DOMINGO DE RAMOS -CICLO B.-

29 de marzo de 2015

Domingo de Ramos en la Pasión del Señor

                                              – Ciclo B -.

PROCESION DE LAS PALMAS

LECTURA DEL SANTO EVANGELIO SEGÚN SAN MARCOS (11, 1-10)

 

Se acercaban a Jerusalén, por Betfagé y Betania, junto al monte de los Olivos, y Jesús mandó a dos de sus discípulos, diciéndoles:

– Id a la aldea de enfrente y, en cuanto entréis, encontraréis un borrico atado, que nadie ha montado todavía. Desatadlo y traedlo. Y si alguien os pregunta por qué lo hacéis, contestadle: “El Señor lo necesita y lo devolverá pronto.”

Fueron y encontraron el borrico en la calle, atado a una puerta, y lo soltaron. Algunos de los presentes les preguntaron:

– ¿Por qué tenéis que desatar el borrico?

Ellos les contestaron como había dicho Jesús; y se lo permitieron. Llevaron el borrico, le echaron encima sus mantos, y Jesús se montó. Muchos alfombraron el camino con sus mantos, otros con ramas cortadas en el campo. Los que iban delante y detrás gritaban:

- Hosanna, bendito el que viene en nombre del Señor. Bendito el reino que llega, el de nuestro padre David. ¡Hosanna en el cielo!

 

MISA

 

Primera lectura

Lectura del libro de Isaías (50,4-7):

Mi Señor me ha dado una lengua de iniciado, para saber decir al abatido una palabra de aliento. Cada mañana me espabila el oído, para que escuche como los iniciados. El Señor me abrió el oído; y yo no resistí ni me eché atrás: ofrecí la espalda a los que me apaleaban, las mejillas a los que mesaban mi barba; no me tapé el rostro ante ultrajes ni salivazos. El Señor me ayuda, por eso no sentía los ultrajes; por eso endurecí el rostro como pedernal, sabiendo que no quedaría defraudado.
Palabra de Dios

Salmo

Sal 21,8-9.17-18a.19-20.23-24

R/. Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?

Al verme, se burlan de mí, hacen visajes,
menean la cabeza: «Acudió al Señor, 
que lo ponga a salvo;
que lo libre, si tanto lo quiere.» R/.

Me acorrala una jauría de mastines,
me cerca una banda de malhechores;
me taladran las manos y los pies,
puedo contar mis huesos. R/.

Se reparten mi ropa,
echan a suertes mi túnica.
Pero tú, Señor, no te quedes lejos;
fuerza mía, ven corriendo a ayudarme. R/.

Contaré tu fama a mis hermanos,
en medio de la asamblea te alabaré.
Fieles del Señor, alabadlo;
linaje de Jacob, glorificadlo;
temedlo, linaje de Israel. R/.

Segunda lectura

Lectura de la carta del apóstol san Pablo a los Filipenses (2,6-11):

Cristo, a pesar de su condición divina, no hizo alarde de su categoría de Dios; al contrario, se despojó de su rango y tomó la condición de esclavo, pasando por uno de tantos. Y así, actuando como un hombre cualquiera, se rebajó hasta someterse incluso a la muerte, y una muerte de cruz. Por eso Dios lo levantó sobre todo y le concedió el «Nombre-sobre-todo-nombre»; de modo que al nombre de Jesús toda rodilla se doble en el cielo, en la tierra, en el abismo, y toda lengua proclame: Jesucristo es Señor, para gloria de Dios Padre.
Palabra de Dios

Evangelio

Pasión de nuestro Señor Jesucristo según san Marcos (15,1-39):

C. Apenas se hizo de día, los sumos sacerdotes, con los ancianos, los escribas y el Sanedrín en pleno, se reunieron, y, atando a Jesús, lo llevaron y lo entregaron a Pilato. Pilato le preguntó:
S. «¿Eres tú el rey de los judíos?»
C. Él respondió:
+ «Tú lo dices.»
C. Y los sumos sacerdotes lo acusaban de muchas cosas. Pilato le preguntó de nuevo:
S. «¿No contestas nada? Mira cuántos cargos presentan contra ti.»
C. Jesús no contestó más; de modo que Pilato estaba muy extrañado. Por la fiesta solía soltarse un preso, el que le pidieran. Estaba en la cárcel un tal Barrabás, con los revoltosos que habían cometido un homicidio en la revuelta. La gente subió y empezó a pedir el indulto de costumbre. Pilato les contestó:
S. «¿Queréis que os suelte al rey de los judíos?»
C. Pues sabía que los sumos sacerdotes se lo habían entregado por envidia. Pero los sumos sacerdotes soliviantaron a la gente para que pidieran la libertad de Barrabás. Pilato tomó de nuevo la palabra y les preguntó:
S. «¿Qué hago con el que llamáis rey de los judíos?»
C. Ellos gritaron de nuevo:
S. «¡Crucifícalo!»
C. Pilato les dijo:
S. «Pues ¿qué mal ha hecho?»
C. Ellos gritaron más fuerte:
S. «¡Crucifícalo!»
C. Y Pilato, queriendo dar gusto a la gente, les soltó a Barrabás; y a Jesús, después de azotarlo, lo entregó para que lo crucificaran. Los soldados se lo llevaron al interior del palacio –al pretorio– y reunieron a toda la compañía. Lo vistieron de púrpura, le pusieron una corona de espinas, que habían trenzado, y comenzaron a hacerle el saludo:
S. «¡Salve, rey de los judíos!»
C. Le golpearon la cabeza con una caña, le escupieron; y, doblando las rodillas, se postraban ante él. Terminada la burla, le quitaron la púrpura y le pusieron su ropa. Y lo sacaron para crucificarlo. Y a uno que pasaba, de vuelta del campo, a Simón de Cirene, el padre de Alejandro y de Rufo, lo forzaron a llevar la cruz. Y llevaron a Jesús al Gólgota (que quiere decir lugar de «la Calavera»), y le ofrecieron vino con mirra; pero él no lo aceptó. Lo crucificaron y se repartieron sus ropas, echándolas a suerte, para ver lo que se llevaba cada uno. Era media mañana cuando lo crucificaron. En el letrero de la acusación estaba escrito: «El rey de los judíos.» Crucificaron con él a dos bandidos, uno a su derecha y otro a su izquierda. Así se cumplió la Escritura que dice: «Lo consideraron como un malhechor.» Los que pasaban lo injuriaban, meneando la cabeza y diciendo:
S. «¡Anda!, tú que destruías el templo y lo reconstruías en tres días, sálvate a ti mismo bajando de la cruz.»
C. Los sumos sacerdotes con los escribas se burlaban también de él, diciendo:
S. «A otros ha salvado, y a sí mismo no se puede salvar. Que el Mesías, el rey de Israel, baje ahora de la cruz, para que lo veamos y creamos.»
C. También los que estaban crucificados con él lo insultaban. Al llegar el mediodía, toda la región quedó en tinieblas hasta la media tarde. Y, a la media tarde, Jesús clamó con voz potente:
+ «Eloí, Eloí, lamá sabaktaní.»
C. Que significa:
+ «Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?»
C. Algunos de los presentes, al oírlo, decían:
S. «Mira, está llamando a Elías.»
C. Y uno echó a correr y, empapando una esponja en vinagre, la sujetó a una caña, y le daba de beber, diciendo:
S. «Dejad, a ver si viene Elías a bajarlo.»
C. Y Jesús, dando un fuerte grito, expiró. El velo del templo se rasgó en dos, de arriba abajo. El centurión, que estaba enfrente, al ver cómo había expirado, dijo:
S. «Realmente este hombre era Hijo de Dios.»
Palabra del Señor

 

COLLATIONES

Hoy nosotros también hemos pasado de oír aclamar al Señor con hosannas a escuchar atónitos cómo gritan ¡crucifícalo, crucifícalo!.

Nos habla San Bernardo de que en esta entrada triunfal de Jesús en Jerusalén, encontramos cuatro tipos de personas, las mismas que podemos encontrar en la procesión que celebramos hoy: Unos son los que van delante, preparando el camino, otros van detrás, otros van junto a él y, por último, está el jumento que lo lleva.

Los que van delante “son los que preparan el camino al Señor para que venga a vuestros corazones, los que os gobiernan y dirigen vuestros pasos por el camino de la paz”.  Los que van detrás “son aquellos que reconocen su ignorancia y siguen con fervor y absoluta fidelidad a los que les preceden”. Los que van junto a él son sus discípulos, “los que han elegido la mejor parte y viven consagrados a Dios en el claustro, identificados con él y atentos a cumplir su voluntad. Y allí vemos, por fin, el asno en el que iba sentado: simboliza a los duros de corazón y a los espíritus que se parecen a las bestias”.

Ahora mismo todos estamos pensando en cuál de los cuatro tipos de personas nos incluimos, pero de lo que podemos estar seguros, es que todos entraron con Jesús en la ciudad santa. Y concluye su sermón San Bernardo: “Que él, en su infinita misericordia, nos conceda perseverar toda la vida en su procesión, para que merezcamos entrar con él en la ciudad santa, en aquella otra solemne procesión en que será recibido con todos los suyos por el Padre, y entregará el reino a su Dios y Padre, que vive y reina por los siglos de los siglos”.

 

 

Hoy podemos ver “en la procesión la gloria de la patria celeste, y en la Pasión el camino que a ella conduce”. Cristo va libremente a Jerusalén, va libremente hacia su pasión. Viene manso y humilde de corazón buscando su gloria. Jesús identifica su gloria con su elevación en la cruz.

San Andrés de Creta nos invita a revestirnos de la gracia de Cristo, que hemos recibido con el bautismo, y prosternarnos a su pies como si fuéramos túnicas: “Y si antes, teñidos como estábamos de la escarlata del pecado, volvimos a encontrar la blancura de la lana gracias al saludable baño del bautismo, ofrezcamos ahora al vencedor de la muerte no ya ramas de palma, sino trofeos de victoria”.

Guerrico de Igny nos aconseja que aprendamos de Cristo que: “anonadándose a sí mismo”, no sólo tomó “la forma de siervo, hecho como un hombre cualquiera”, sino que cumplió el oficio de siervo humillándose y “obedeciendo” al Padre “hasta la muerte, y una muerte de cruz”. Y “que nadie se engría sobre sí mismo, sino que más bien se abaje a sí mismo… Sigamos, hermanos, por este camino a Cristo en su condición de siervo,  y llegaremos a verle en su condición divina”.

 

San Bernardo:

⇒ Más ¿por qué quiso hacer esta procesión si sabía que muy pronto iba a morir? Tal vez para que la entrada triunfal aumentara la amargura de la muerte. Las mismas personas, en el mismo lugar y en el espacio de unos días, le reciben con ritos de triunfo y le crucifican. ¡Qué abismo entre ese: Fuera, fuera, crucifícalo, y aquel: Bendito el que viene en nombre del Señor! ¡Hosanna en las alturas! ¡Qué distinto es llamarle: Rey de Israel, a decir: No tenemos más rey que el César! ¡Qué poco se parecen los ramos frescos a la cruz, y las flores a las espinas! Poco antes alfombran el suelo con mantos, ahora le arrancan el suyo y lo echan a suerte. ¡Qué enorme es la amargura de nuestros pecados, cuando tanto tiene que soportar el que ha querido satisfacer por ellos!

Y ciñéndonos ya a la procesión, creo que participan en ella cuatro clases de personas, que pueden darse también hoy en nuestra celebración. Unos iban delante y disponían el camino: son los que preparan el camino al Señor para que venga a vuestros corazones, los que os gobiernan y dirigen vuestros pasos por el camino de la paz. Otros iban detrás: son aquellos que reconocen su ignorancia y siguen con fervor y absoluta fidelidad a los que les preceden.

Estaban también los discípulos, los íntimos e inseparables: son los que han elegido la mejor parte y viven consagrados a Dios en el claustro, identificados con él y atentos a cumplir su voluntad. Y allí vemos, por fin, el asno en el que iba sentado: simboliza a los duros de corazón y a los espíritus que se parecen a las bestias. A decir verdad, no hubo muchos animales de este género, ni hacían falta. Porque en vez de ennoblecer entorpecen, y no hacen más brillante la procesión. Sus cantos se reducen a unos destemplados rebuznos y necesitan continua disciplina, el Señor no los abandona, pues les dice: Servid al Señor con temor. Abrazaos a la disciplina, no sea que se irrite el Señor y vayáis a la ruina. Si este pobre jumento no acepta la disciplina, el Señor lo alejará de sí indignado, se descarriará y se perderá entre los cardos y espinas que ahogan la palabra de Dios, es decir, entre las riquezas del mundo y los deleites carnales.

Si hay entre nosotros algunos, para quienes la vida monástica es pesada e insoportable, y a quienes es preciso aguijonear y espolear frecuentemente, les ruego que intenten cambiarse de jumentos a hombres, y unirse a los que van delante, detrás o muy cerca del Señor. Si no hacen eso, les pido que perseveren en lo que son, y soporten con paciencia lo que les conviene, aunque no les resulte agradable. El Señor se fijará en su humildad y los hará mucho más dignos.

¿Queréis que demos un pequeño consuelo a este jumento? Es verdad que no entiende de músicas y no puede decir con el salmista: Tus leyes eran mi canción en tierra extranjera. Pero es el que está más cerca del Señor. Ni los que van junto a él lo tienen tan próximo como el asno que lo lleva: Y el Profeta añade: El Señor está cerca de los atribulados. Al hijo que más cuida y abraza una madre es al que está enfermo.

Por tanto, nadie se indigne ni desprecie si quiere ser jumento de Cristo, porque el que escandalice a uno de estos pequeños ofende grandemente al que los guarda como una madre en su regazo, hasta que sean más fuertes. De aquí que San Benito nos manda tolerar con suma paciencia todas las debilidades morales.

Asisten, pues, a la procesión cuatro clases de personas. Los buenos sensatos y los buenos sencillos. Unos van delante y otros detrás. Añado el calificativo “buenos” porque si los prudentes no son buenos son unos perversos, como dice la Escritura: Son listos para el mal; y los simples que no son buenos son unos insensatos. Y al Señor no pueden acompañar ni los malvados ni los necios. Los que van junto a él son los contemplativos. Los que le llevan y soportan son los duros de corazón y los tibios.

Todos asisten a la procesión y ninguno de ellos ve el rostro del Señor. Los que van delante tienen que preparar el camino, es decir, ocuparse de los pecados y tentaciones de los demás. Los que van detrás, lo único que pueden ver es su espalda, como Moisés. El jumento en que va sentado tiene sus ojos clavados en la tierra y ni se le ocurre levantarlos hacia arriba. Y los que están junto a él le pueden mirar de vez en cuando, pero deprisa y no de una manera continua y perfecta, pues tienen que caminar.

En comparación de los otros, éstos son los que le ven más cara a cara. Eso mismo se dice de Moisés: a los otros profetas se les daba a conocer en visión y en sueño; a Moisés, en cambio, le hablaba cara a cara. Pero la visión perfecta ni el mismo Moisés disfrutó de ella en esta vida. Lo dice el mismo Señor: Nadie puede ver mi rostro y quedar con vida. En la procesión de esta vida, nos dice, nadie puede verme; mientras vais de camino os es imposible contemplar mi rostro.

Que él, en su infinita misericordia, nos conceda perseverar toda la vida en su procesión, para que merezcamos entrar con él en la ciudad santa, en aquella otra solemne procesión en que será recibido con todos los suyos por el Padre, y entregará el reino a su Dios y Padre, que vive y reina por los siglos de los siglos.

(SERMÓN II DE SEMANA SANTA: SOBRE LA PASIÓN, LA PROCESIÓN Y LAS CUATRO CLASES DE PERSONAS QUE ASISTEN A ELLA).

 

 

 

⇒ Con gran acierto, como tiene el Espíritu de su Esposo y de su Dios,  la Iglesia une hoy, con admirable y nueva sabiduría, la procesión y la Pasión. La procesión suscita vítores y la pasión lágrimas. Como estoy al servicio de sabios e ignorantes, intentaré explicar a todos el fruto de esta unión.

Y comenzaré refiriéndome a los del mundo porque no es primero lo espiritual, sino lo animal. Que el hombre mundano observe y comprenda que la alegría termina en el pesar. Por eso aquel que practicó y enseñó tantas cosas, cuando se hizo hombre quiso demostrar personalmente con su palabra y su ejemplo lo que nos había dicho mucho antes por boca del Profeta: Toda carne es hierba, y su belleza como flor campestre y manifestándose en la carne se empeñó en experimentarlo en sí mismo. Aceptó, pues, el triunfo de la procesión, consciente de que estaba ya inminente el día terrible de la muerte.

¿Podrá alguien fiarse de la gloria versátil del mundo si contempla al Santo por excelencia y además Dueño supremo del universo, pasando rápidamente de la victoria más sublime al desprecio más absoluto? Una misma ciudad, las mismas personas y en unos pocos días le pasea triunfal entre himnos de alabanza y le acusa, le maltrata y le condena como a un malhechor. Así acaba la alegría caduca y a esto se reduce la gloria del mundo. El Profeta pide que el Señor viva en una gloria inmarcesible; es decir, que a la procesión no acompañe la pasión.

Vosotros, en cambio, sois espirituales y podéis captar un mensaje más espiritual: por eso os presentamos en la procesión la gloria de la patria celeste, y en la Pasión el camino que a ella conduce. Ojalá que la procesión te recuerde el gozo y alegría incomparables de nuestro encuentro con Cristo en el aire, cuando seamos arrebatados en las nubes. Y que te consumas en el deseo de ver el día glorioso en que Cristo entrará en la Jerusalén celestial. El irá como cabeza de un gran cuerpo; enarbolará el trofeo de la victoria, y no recibirá los aplausos de una turba vulgar, sino aquel himno de los coros angélicos y de los pueblos de la Antigua y de la Nueva alianza: Bendito el que viene en nombre del Señor.

La procesión te dice a dónde nos dirigimos, y la Pasión nos muestra el camino. Los sufrimientos de hoy son el sendero de la vida, la avenida de la gloria, el camino de nuestra patria, la calzada del reino, como grita el ladrón crucificado: Señor, acuérdate de mí cuando llegues a tu reino. Lo ve caminar hacia el reino y le pide que, cuando llegue, se acuerde de él. También él llegó, y por un atajo tan corto que aquel mismo día mereció estar con el Señor en el Paraíso. La gloria de la procesión hace llevaderas las angustias de la pasión, porque nada es imposible para el que ama.

Y no te extrañe nada oír que esta procesión es símbolo de la celestial, ya que al mismo se le recibe en ambas, aunque las personas y el modo sean muy diversos. En esta procesión Cristo va sentado en un bruto animal: en aquella, en cambio, habrá animales racionales, como dice la Escritura: Señor, tu salvas a hombres y animales. Recordemos aquel otro pasaje: Soy como un animal ante ti y estaré siempre contigo. Y continúa, refiriéndose a la procesión: Tú agarras mi mano derecha, me guías según tus planes y me llevas a un destino glorioso.

Ni siquiera faltarán allí los pollinos, aunque murmure el hereje que no deja venir a los niños y les niega el bautismo. También él fue niño y quiso verse acompañado de una hueste de niños: los inocentes. No excluye de su gracia a los niños, porque no desdice de su misericordia ni está reñido con su majestad que el don de la gracia supla las limitaciones de la naturaleza.

Aquel gentío no alfombrará el camino con ramas ni pobres mantos, sino que los animales simbólicos plegarán sus alas, los veinticuatro ancianos ofrendarán sus coronas ante al trono del cordero, y todos los coros angélicos le brindarán y le dedicarán su gloria y hermosura.

Y ya que hemos hablado del asno, de los mantos y de las ramas de los árboles, quiero fijarme con más atención en las tres clases de ayuda que se le ofrecen en esta procesión al Salvador. La primera se la da el jumento en que va montado, la segunda los que tienden sus vestidos y la tercera los que cortan ramas de árboles. ¿No os parece que todos los demás le presentan lo que les sobra, y honran al Señor sin molestarse ellos en nada, a excepción del jumento que se le ofrece él mismo?

¿Me callo para evitaros el peligro de la vanidad o hablo para alentaros? Yo creo que ese asno en que Cristo va sentado sois vosotros que, en frase del Apóstol, glorificáis y lleváis a Cristo con vuestro cuerpo. Los hombres del mundo, cuando hacen limosna de sus bienes, no le ofrecen al Señor su cuerpo, sino lo que usa o necesita el cuerpo. Los prelados cortan ramas de árboles cuando hablan de la fe y obediencia de Abraham, de la castidad de José, de la mansedumbre de Moisés o de las virtudes de otros santos. No hacen más que tomarlo de sus bien nutridas despensas; y deben recibir gratuitamente lo que recibieron de balde. Si todos cumplen fielmente su ministerio, es indudable que participan en la procesión del Salvador y entran con él en la ciudad santa, porque el Profeta predijo las tres clases de hombres que se salvarán: Noé cortando ramas para hacer el arca, Daniel que con su ayuno y abstinencia se convierte en el jumento que lleva al Salvador, y Job que hace buen uso de los bienes de este mundo y abriga a los pobres con la lana de sus ovejas. ¿Quién va más cerca de Jesús en la procesión? ¿Quién de los tres está en contacto más inmediato con la salvación? Creo que os es muy fácil comprenderlo.( DOMINGO DE RAMOS. SOBRE LA PROCESIÓN Y LA PASIÓN. SERMÓN PRIMERO).

 

San Andrés de Creta:

Venid, y al mismo tiempo que ascendemos al monte de los Olivos, salgamos al encuentro de Cristo, que vuelve hoy de Betania y, por propia voluntad, se apresura hacia su venerable y dichosa pasión, para llevar a plenitud el misterio de la salvación de los hombres.

Porque el que va libremente hacia Jerusalén es el mismo que por nosotros, los hombres, bajó del cielo, para levantar consigo a los que yacíamos en lo más profundo y colocarnos, como dice la Escritura, por encima de todo principado, potestad, fuerza y dominación, y por encima de todo nombre conocido.

Y viene, no como quien busca su gloria por medio de la fastuosidad y de la pompa. No porfiará —dice—, no gritará, no voceará por las calles, sino que será manso y humilde, y se presentará sin espectacularidad alguna.

Ea, pues, corramos a una con quien se apresura a su pasión, e imitemos a quienes salieron a su encuentro. Y no para extender por el suelo, a su paso, ramos de olivo, vestiduras o palmas, sino para prosternarnos nosotros mismos, con la disposición más humillada de que seamos capaces y con el más limpio propósito, de manera que acojamos al Verbo que viene, y así logremos captar a aquel Dios que nunca puede ser totalmente captado por nosotros.

Alegrémonos, pues, porque se nos ha presentado mansamente el que es manso y que asciende sobre el ocaso de nuestra ínfima vileza, para venir hasta nosotros y convivir con nosotros, de modo que pueda, por su parte, llevarnos hasta la familiaridad con él.

Ya que, si bien se dice que, habiéndose incorporado las primicias de nuestra condición, ascendió, con ese botín, sobre los cielos, hacia el oriente, es decir, según me parece, hacia su propia gloria y divinidad, no abandonó, con todo, su propensión hacia el género humano hasta haber sublimado al hombre, elevándolo progresivamente desde lo más ínfimo de la tierra hasta lo más alto de los cielos.

Así es como nosotros deberíamos prosternarnos a los pies de Cristo, no poniendo bajo sus pies nuestras túnicas o unas ramas inertes, que muy pronto perderían su verdor, su fruto y su aspecto agradable, sino revistiéndonos de su gracia, es decir, de él mismo, pues los que os habéis incorporado a Cristo por el bautismo os habéis revestido de Cristo. Así debemos ponernos a sus pies como si fuéramos unas túnicas.

Y si antes, teñidos como estábamos de la escarlata del pecado, volvimos a encontrar la blancura de la lana gracias al saludable baño del bautismo, ofrezcamos ahora al vencedor de la muerte no ya ramas de palma, sino trofeos de victoria.

Repitamos cada día aquella sagrada exclamación que los niños cantaban, mientras agitamos los ramos espirituales del alma: Bendito el que viene, como rey, en nombre del Señor…

Digamos, digamos también nosotros a Cristo: ¡Bendito el que viene en nombre del Señor, el rey de Israel! Tendamos ante él, a guisa de palmas, nuestra alabanza por la victoria suprema de la cruz. Aclamémoslo, pero no con ramos de olivos, sino tributándonos mutuamente el honor de nuestra ayuda material. Alfombrémosle el camino, pero no con mantos, sino con los deseos de nuestro corazón, a fin de que, caminando sobre nosotros, penetre todo él en nuestro interior y haga que toda nuestra persona sea para él, y él, a su vez, para nosotros. Digamos a Sión aquella aclamación del profeta: Confía, hija de Sión, no temas: Mira a tu rey que viene a ti; modesto y cabalgando en un asno, en un pollino de borrica.

El que viene es el mismo que está en todo lugar, llenándolo todo con su presencia, y viene para realizar en ti la salvación de todos. El que viene es aquel que no ha venido a llamar a los justos, sino a los pecadores a que se conviertan, para sacarlos del error de sus pecados. No temas. Teniendo a Dios en medio, no vacilarás.

Recibe con las manos en alto al que con sus manos ha diseñado tus murallas. Recibe al que, para asumirnos a nosotros en su persona, se ha hecho en todo semejante a nosotros, menos en el pecado. Alégrate, Sión, la ciudad madre, no temas: Festeja tu fiesta. Glorifica por su misericordia al que en ti viene a nosotros. Y tú también, hija de Jerusalén, desborda de alegría, canta y brinca de gozo. ¡Levántate, brilla (así aclamamos con el son de aquella sagrada trompeta que es Isaías), que llega tu luz; la gloria del Señor amanece sobre ti!

¿De qué luz se trata? De aquella que, viniendo a este mundo, alumbra a todo hombre. Aquella luz, quiero decir, eterna, aquella luz intemporal y manifestada en el tiempo, aquella luz invisible por naturaleza y hecha visible en la carne, aquella luz que envolvió a los pastores y que guio a los Magos en su camino. Aquella luz que estaba en el mundo desde el principio, por la cual empezó a existir el mundo, y que el mundo no la reconoció. Aquella luz que vino a los suyos, y los suyos no la recibieron.

¿Y a qué gloria del Señor se refiere? Ciertamente a la cruz, en la que fue glorificado Cristo, resplandor de la gloria del Padre, tal como afirma él mismo, en la inminencia de su pasión: Ahora es glorificado el Hijo del hombre, y Dios es glorificado en él, y pronto lo glorificará. Con estas palabras identifica su gloria con su elevación en la cruz. La cruz de Cristo es, en efecto, su gloria y su exaltación, ya que dice: Cuando yo sea elevado, atraeré a todos hacia mí.  (Sermón 9 sobre el domingo de Ramos).

 

Guerrico de Igny:

“Tened en vosotros los mismos sentimientos que tuvo Cristo Jesús, quien siendo Dios”.

¡Óigalo el siervo malo y fugitivo! Me refiero al hombre que, siendo por naturaleza y condición siervo, y por lo tanto teniendo que servir, negándose a servir, quiso arrebatar la libertad de su Señor y ser igual a Él. Cristo, “siendo igual a Dios”, igual no por robo, sino por naturaleza, por ser omnipotente, coeterno y consubstancial, anonadándose a sí mismo, no sólo tomó “la forma de siervo, hecho como un hombre cualquiera”, sino que cumplió el oficio de siervo humillándose y “obedeciendo” al Padre “hasta la muerte, y una muerte de cruz”.

Pero piensa que si fuese poco el que, siendo hijo e igual al Padre, lo sirviese como siervo, sirvió más que como un siervo a un siervo suyo. Se había hecho verdaderamente un hombre para servir al Creador. Y ¿qué hay más justo que sirvas a aquél que te ha creado, y sin el cual ni siquiera existirías? ¿Y qué hay más dichoso y más sublime que servir a aquél a quien servir es reinar? No serviré, dice el hombre su Creador. Pues yo te serviré a ti, dice el Creador al hombre. Tú siéntate; yo serviré, yo te lavaré los pies. Tú descansa; yo llevare tus achaques… si te sientes cansado o recargado, yo te llevaré a ti y a tu carga, para cumplir el primer mandamiento, que dice: “llevad los unos las cargas de los otros y así cumpliréis la ley de Cristo”…

Es verdad que parezco un esclavo de poco valor, pero aunque sea llevado violentamente de noche y a ocultas como algo robado, aunque sea comprado por los sumamente avarientos sacerdotes de los judíos, sin embargo, al menos me considerarán que valgo treinta monedas de plata. Con este precio mío podrá ser comprada una sepultura para los peregrinos, y con mi precio la vida de los sepultados. Si temes caer enfermo o morir, yo moriré por ti, para que con mi sangre prepares el remedio para la vida.

¡Qué dichosos seríamos, hermanos, si escuchásemos el consejo que nos da el Apóstol sobre esto: “Tened en vosotros los mismos sentimientos, dice, que sabéis tuvo Cristo Jesús”. Esto es, que nadie se engría sobre sí mismo, sino que más bien se abaje a sí mismo. El que es mayor, sirva a los demás. Si alguno se siente ofendido, sea el primero en dar una satisfacción pública, y que todos obedezcan hasta la muerte. Sigamos, hermanos, por este camino a Cristo en su condición de siervo,  y llegaremos a verle en su condición divina, en la que  vive y reina por los siglos de los siglos. (En el Domingo de Ramos, Sermón I, 1.3).

 

San Juan Crisóstomo:

Muchas veces había Jesús subido a Jerusalén, pero nunca lo había hecho con tan grande pompa. ¿Por qué fue esto? Porque las otras subidas eran apenas el principio de la nueva economía; ni él era suficientemente conocido; ni estaba próximo el tiempo de su Pasión. Por eso anteriormente se mezclaba entre las turbas y aun subía de incógnito. Además de que semejante modo de subir anteriormente no habría causado admiración y en cambio podría haber causado mayor ira a los fariseos. Pero una vez que ya había dado pruebas convincentes de su poder y estando ya la cruz a las puertas, se revela con mayor claridad y todo lo hace con solemnidad mayor, tal que pudiera luego herirlos a ellos.

Pudo todo hacerlo desde el principio, pero no habría tenido utilidad. Advierte por tu parte cuántos milagros se verifican y cuántas profecías se cumplen. Les dijo: Encontraréis una asna; les predijo que nadie se les opondría, sino que quienes tal oyeran guardarían silencio. No es pequeña condenación de los judíos todo esto de que Jesús a hombres desconocidos y que nunca había visto los persuada a que le entreguen lo que les pertenece, sin contradecirlo. En cambio los judíos, cuando El por medio de sus discípulos obraba milagros, estando ellos presentes no creyeron. Ni pienses que fue cosa pequeña lo que sucedió. Porque ¿quién les persuadió a los dueños que, al ver cómo les llevaban lo suyo, sobre todo siendo pobres y probablemente agricultores, no lo impidieran? Pero ¿qué digo no lo impidieran, pero ni siquiera altercaran o si altercaron en seguida los persuadió a retirarse? Ambas cosas eran admirables: que nada dijeran cuando les llevaban los animalitos; y que en oyendo que el Señor los necesitaba, se apartaran y no contradijeran, sobre todo cuando no veían delante al Señor en persona, sino a sus discípulos. Por aquí declara que bien podía impedir a los judíos en su obra aunque ellos se resistieran, al tiempo en que lo iban a prender y dejarlos mudos; pero que no quiso hacerlo. Enseña, por otra parte, a los discípulos que cuando El pida se le debe dar, aun cuando ordene que se le entregue la vida; y que no se le ha de contradecir. Pues si lo obedecieron los desconocidos, mucho más debían ellos abandonarlo todo.

Además cumplía entonces otra doble profecía: una con sus obras, otra cosa con sus palabras. Pues Zacarías predijo que Él se asentaría en una asna como rey, y así al asentarse ahora cumplió esa profecía. Al mismo tiempo, comenzaba a cumplir otra, que con sus hechos Él presignificaba. ¿Cómo? Prefigurando la vocación de las naciones impuras con el sentarse en el asna y cumplir la profecía de Zacarías, pues había de suceder que Él se asentara en ellas y ellas se llegaran a él y lo siguieran. Así se enlazó una profecía con otra. Pero a mí me parece que no fue esta la única causa de que se asentase en la pollina, sino además para darnos ejemplo de virtud. Porque no únicamente cumplía las profecías, ni únicamente iba injertando los dogmas verdaderos, sino que además nos enseñaba el recto modo de ordenar nuestra vida. Por dondequiera nos iba dejando reglas para el diario uso y para llevar continuamente una vida virtuosa.

Por esto al nacer no se procuró una mansión espléndida, ni una madre rica e ilustre, sino pobre y desposada con un artesano; y nació en un tugurio, y fue recostado en un pesebre. Y cuando escogió a sus discípulos no los tomó de entre los retóricos y sabios filósofos ni de entre los ricos, opulentos y nobles, sino de entre los pobres e hijos de pobres y plebeyos. Y cuando ha de poner la mesa a las turbas, sólo presenta panes de cebada o manda a los discípulos que vayan a la plaza y los compren; y cuando dispone los lechos del triclinio, usa únicamente de heno. Se viste de paños vulgares y que usan los del pueblo. Casa no la llega a tener. Y si necesita ir de un sitio a otro, camina a pie y se fatiga. Cuando se asienta, no necesita de trono ni de almohadones, sino que toma asiento en la tierra, unas veces en el monte y otras junto a la fuente; ni solamente al lado del pozo, y solo y sin cortejo, y así habla a la samaritana.

También puso términos definidos al dolor, y cuando se hace necesario llorar, derrama algunas lágrimas, siempre proponiéndonos la regla y modo de hasta dónde debemos ir y en dónde conviene detenernos en semejantes manifestaciones. Y como acontece que algunos, por ser más débiles, necesitan de cabalgadura, aquí nos puso la medida, demostrándonos no ser necesarios los corceles, ni los mulos, sino que se ha de usar del asno y no más y que con eso basta para el diario uso. Pero veamos también la profecía expresada con las palabras y con los hechos. ¿Cuál es?: He aquí que tu rey viene a ti manso y montado sobre un asno, en un pollino, cría de asna – no conduciendo una carroza como los otros reyes, no exigiendo tributos, no metiendo pavor, no circundado de guardias, sino en todo esto mostrando su modestia grande.

Pregunta, pues, a los judíos: ¿qué rey montado en un asno penetró en Jerusalén? No podrán señalar a otro, sino a éste. Y, como ya dije, esto lo hacía Jesús prefigurando lo futuro. Pues aquí por el pollino es significada la Iglesia y el nuevo pueblo, el antes impuro, purificado una vez que Jesús se asentó entre él. Observa la exactitud de la imagen. Son los discípulos quienes desatan el asna. Pues mediante los apóstoles los pueblos y nosotros hemos sido llamados y traídos a Jesús. Y pues nuestra vocación enciende la emulación de ellos, por ser gloriosa, por esto el asna sigue al pollino. Y una vez que Cristo se asiente entre las naciones, entonces vendrán también los judíos, pero inflamados en perversos propósitos, como lo declara Pablo con estas palabras: Una parte de Israel cayó en ceguedad, hasta que ingrese la totalidad de los gentiles. Entonces todo Israel será salvo.

Que esto fuera una profecía, es manifiesto por lo ya dicho; pues si no fuera profecía no habría el profeta declarado con tanta diligencia la edad del pollino. Ni solamente se significa eso con lo dicho antes, sino además que los apóstoles con facilidad traerán los pueblos. Así como en este caso nadie contradijo ni quiso detener el asna, así en la conversión de las naciones, nadie de los que antes las habían poseído pudo impedirlas ahora. Y no se asienta Jesús sobre el asna en pelo, sino sobre los mantos de los apóstoles. Pues ya habían recibido el pollino, arrojan todo lo demás. Así dijo Pablo: Por lo que a mí hace, con sumo gusto gastaré y me desgastaré yo todo, en bien de vuestras almas? Por tu parte, considera también la mansedumbre del pollino, que siendo aún sin domar y sin haber experimentado el freno, no recalcitra, sino que quietamente era llevado. Y también esto era profecía de lo futuro; y significaba la mansedumbre futura de los pueblos y el pronto cambio de las costumbres. Todo lo llevó a cabo aquella palabra: Desatadlo y traédmelo; de manera que lo desordenado se ordenara y lo inmundo se purificara finalmente.

Observa también el ánimo abyecto de los judíos. Muchos milagros hizo Jesús y nunca lo admiraron como ahora; pero como vieron a las turbas que afluían, quedaron espantados: Y se conmovió toda la ciudad y se decían: ¿Quién es éste? Y las turbas respondían: Este es Jesús el profeta de Nazaret de Galilea. Les parecía con eso decir algo grande, pero en eso mismo su sentencia era rastrera, baja, abyecta. Por su parte Cristo procedía así no por ostentación, como ya dije, sino para cumplir una profecía y enseñarnos la virtud y para consolar a los discípulos que se dolían de que iba a morir; y al mismo tiempo demostrando que todo lo iba a padecer voluntariamente.

Advierte lo exacto del profeta y cómo todo lo predijo. Unas cosas las profetizó David, otras Zacarías. Procedamos nosotros de igual manera: celebrémoslo con himnos y demos nuestros vestidos a los que lo traen. ¿De qué perdón seremos dignos si otros cubren con sus mantos el asno en donde Él se asentaba y otros arrojaban sus vestidos a sus pies y nosotros viéndolo a Él desnudo y cuando no se nos ordena despojarnos de todo, sino solamente gastar un poco, ni siquiera esa pequeña generosidad demostramos? Aquéllos lo siguen delante y en pos, mientras que nosotros aun acercándose Él lo rechazamos y lo injuriamos. ¿De qué castigo, de qué venganza no es digno todo esto?

Se acerca a ti el Señor necesitado y ni siquiera quieres escuchar su súplica, sino que lo acusas, lo increpas; y lo haces tras de haber escuchado las palabras de este pasaje. Pues si con dar una miseria de pan o una mezquindad de dinero, todavía te muestras tan agarrado, tan avaro, tan tardo, ¿qué sería si tuvieras que dar todo lo que tienes?…

(Homilía LXVI sobre el Evangelio de San Mateo).

San Clemente de Roma:

A los humildes pertenece Cristo, no a los que se muestran arrogantes sobre su rebaño. El cetro de la majestad de Dios, el Señor, Jesucristo, no vino al mundo con aparato de arrogancia ni de soberbia, aunque hubiera podido hacerlo, sino en espíritu de humildad, tal como lo había dicho de él el Espíritu Santo: “Señor, ¿quién lo creerá cuando lo oiga de nosotros?… No tiene figura ni gloria, le vimos sin belleza ni hermosura, su aspecto era despreciable, más feo que el aspecto de los hombres”. Considerad, hermanos, el modelo que se nos propone: porque si el Señor se humilló hasta este extremo, ¿qué tendremos que hacer nosotros, que nos hemos sometido al yugo de su gracia?. (V. Jesucristo).

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