Domingo de Pascua de la Resurrección del Señor – CICLO B.-

5 de abril de 2015

Domingo de Pascua

de la Resurrección del Señor

 

Primera lectura

Lectura del libro de los Hechos de los Apóstoles (10,34a.37-43):

En aquellos días, Pedro tomó la palabra y dijo: «Conocéis lo que sucedió en el país de los judíos, cuando Juan predicaba el bautismo, aunque la cosa empezó en Galilea. Me refiero a Jesús de Nazaret, ungido por Dios con la fuerza del Espíritu Santo, que pasó haciendo el bien y curando a los oprimidos por el diablo, porque Dios estaba con él. Nosotros somos testigos de todo lo que hizo en Judea y en Jerusalén. Lo mataron colgándolo de un madero. Pero Dios lo resucitó al tercer día y nos lo hizo ver, no a todo el pueblo, sino a los testigos que él había designado: a nosotros, que hemos comido y bebido con él después de su resurrección. Nos encargó predicar al pueblo, dando solemne testimonio de que Dios lo ha nombrado juez de vivos y muertos. El testimonio de los profetas es unánime: que los que creen en él reciben, por su nombre, el perdón de los pecados.»
Palabra de Dios

Salmo

Sal 117,1-2.16ab-17.22-23

R/. Éste es el día en que actuó el Señor:

sea nuestra alegría y nuestro gozo

 

Dad gracias al Señor porque es bueno, 
porque es eterna su misericordia. 
Diga la casa de Israel: 
eterna es su misericordia. R/.

La diestra del Señor es poderosa, 
la diestra del Señor es excelsa. 
No he de morir, viviré 
para contar las hazañas del Señor. R/.

La piedra que desecharon los arquitectos 
es ahora la piedra angular. 
Es el Señor quien lo ha hecho, 
ha sido un milagro patente. R/.

Secuencia

Ofrezcan los cristianos

ofrendas de alabanza
a gloria de la Víctima
propicia de la Pascua.

Cordero sin pecado
que a las ovejas salva,
a Dios y a los culpables
unió con nueva alianza.

Lucharon vida y muerte
en singular batalla,
y, muerto el que es la Vida,
triunfante se levanta.

«¿Qué has visto de camino,
María, en la mañana?»
«A mi Señor glorioso,
la tumba abandonada,

los ángeles testigos,
sudarios y mortaja.
¡Resucitó de veras
mi amor y mi esperanza!

Venid a Galilea,
allí el Señor aguarda;
allí veréis los suyos
la gloria de la Pascua.»

Primicia de los muertos,
sabemos por tu gracia 
que estás resucitado;
la muerte en ti no manda.

Rey vencedor, apiádate
de la miseria humana
y da a tus fieles parte
en tu victoria santa.

Segunda lectura

Lectura de la carta del apóstol san Pablo a los Colosenses (3,1-4):

Ya que habéis resucitado con Cristo, buscad los bienes de allá arriba, donde está Cristo, sentado a la derecha de Dios; aspirad a los bienes de arriba, no a los de la tierra. Porque habéis muerto, y vuestra vida está con Cristo escondida en Dios. Cuando aparezca Cristo, vida nuestra, entonces también vosotros apareceréis, juntamente con él, en gloria.
Palabra de Dios

 

Evangelio

Lectura del santo evangelio según san Juan (20,1-9):

El primer día de la semana, María Magdalena fue al sepulcro al amanecer, cuando aún estaba oscuro, y vio la losa quitada del sepulcro. 
Echó a correr y fue donde estaba Simón Pedro y el otro discípulo, a quien tanto quería Jesús, y les dijo: «Se han llevado del sepulcro al Señor y no sabemos dónde lo han puesto.»
Salieron Pedro y el otro discípulo camino del sepulcro. Los dos corrían juntos, pero el otro discípulo corría más que Pedro; se adelantó y llegó primero al sepulcro; y, asomándose, vio las vendas en el suelo; pero no entró. Llegó también Simón Pedro detrás de él y entró en el sepulcro: vio las vendas en el suelo y el sudario con que le habían cubierto la cabeza, no por el suelo con las vendas, sino enrollado en un sitio aparte. Entonces entró también el otro discípulo, el que había llegado primero al sepulcro; vio y creyó. Pues hasta entonces no habían entendido la Escritura: que él había de resucitar de entre los muertos.
Palabra del Señor

COLLATIONES

“Este es el día en que actuó el Señor”.  Nos dice San Gregorio de Nisa que, hoy “Ha comenzado el reino de la vida y se ha disuelto el imperio de la muerte”. “En este día es creado el verdadero hombre, aquel que fue hecho a imagen y semejanza de Dios”. “Este día es el principio de una nueva creación”.

Mucho más poético, nos dice Guerrico de Igny: “Ha empezado a clarear la aurora de aquel día sin ocaso, es decir, ya ha vuelto de los infiernos la Luz eterna más serena y grata para nosotros, y la aurora matutina nos devuelve el nuevo Sol”. “Velad,… , para que amanezca en vosotros la aurora matutina, Cristo”.

Cristo nos invita a participar  de su resurrección y de su gloria. Y qué debemos hacer para participar de su resurrección nos lo explica San Bernardo: “El que después de los rigores de la penitencia no vuelve a los consuelos humanos, sino que vive confiado en la misericordia divina y respira el fervor y gozo del Espíritu Santo; el que ya no se angustia con el recuerdo de los pecados pasados, sino que se deleita y se inflama con el recuerdo y deseo de los premios eternos, ése es el que resucita con Cristo, el que celebra la Pascua, el que corre a Galilea”.

Dice San Pablo a los colosenses: “Ya que habéis resucitado con Cristo, buscad los bienes de allá arriba”. En palabras de Guerrico: “Realmente es un buen negocio despreciar lo que te destruye y mancha para ganar a Cristo, y si es preciso, no sólo dar lo tuyo, sino también a ti mismo, para  merecer recuperarte con tales intereses de inmortalidad y de gloria”.

También San Bernardo nos invita a aspirar a los bienes de arriba, no a los de la tierra: “Estad centrados arriba, no en la tierra, para que así como Cristo fue resucitado de la muerte por el poder del Padre, así también vosotros empecéis una vida nueva. Cambiad las alegrías y consuelos humanos por la compunción y tristeza que Dios quiere, para gozar de la devoción santa y espiritual”. Y nos dice aún más: “Los amantes del mundo y enemigos de la cruz de Cristo llevan en balde el nombre de cristianos”.

Por la resurrección, nos dice San Juan Crisóstomo, “despreciamos la vida presente. Por ella nos inflamamos en el deseo de los bienes futuros”.

La Pascua del Señor es hacer “el paso” a una vida nueva, pero para iniciar esa vida nueva, tenemos que estar dispuestos a morir con Cristo, para que nuestra vida esté con Cristo escondida en Dios, y de ese modo, cuando Cristo aparezca, también apareceremos con él en gloria.

San Pedro fue testigo de la resurrección del Señor, “mártir” significa “testigo”. Los mártires han dado el testimonio supremo, y aunque nosotros no sabemos si se nos pedirá llegar hasta el extremo de derramar nuestra sangre por el Evangelio, debemos ser fieles en lo poco, para estar preparados y ser fieles en lo mucho. Somos testigos de la resurrección del Señor y hemos recibido el encargo de “predicar el evangelio” para que todos conozcan a Cristo y sepan “que los que creen en él reciben, por su nombre, el perdón de los pecados”.

 

Beato Guerrico de Igny:

♦ Ahora, pues, queridos hermanos, ¿el gozo de vuestro corazón da testimonio en vosotros del amor de Cristo? Yo creo, vosotros veréis si está bien, que si alguna vez habéis amado a Jesús, vivo o muerto, o bien vuelto a la vida, hoy, cuando tan frecuentemente suenan y resuenan los anuncios de la resurrección, vuestro corazón rebosa de alegría y dice: me han dicho que Jesús, mi Dios, vive. Al oírlo, mi corazón, que estaba adormecido por la tristeza o angustiado por la tibieza, o ya casi muerto por la pusilanimidad, ha vuelto a la vida. Pues hasta de la muerte hace surgir a los criminales la gozosa voz de este anuncio. De lo contrario, hay que desesperar y dar por perdido en la sepultura aquel a quien Cristo, al volver del infierno, deja en lo más profundo del abismo. Podrás saber si tu corazón realmente ha vuelto a la vida en Cristo, si puede decir plenamente convencido: ¡Me basta, si Jesús vive!.

¡Qué grito tan fiel y verdaderamente digno de los amigos de Jesús! ¡Oh afecto purísimo el que así prorrumpe: me basta, si Jesús vive! Si vive, vivo, ya que mi alma depende toda de él. Más aún: él es mi misma vida, y mi todo. Pues, ¿qué me puede faltar si Jesús vive? No me importa que me falte todo lo demás, con tal de que Jesús viva. Que yo mismo desaparezca, si él lo quiere. Me basta con que viva él, aunque sólo sea para él. Cuando el amor de Cristo llena de tal modo todo el afecto del hombre, que olvidándose y perdiéndose a sí mismo, sólo le preocupa Cristo y lo que quiere Jesús, entonces creo que la caridad ha llegado en él a la perfección. Para quien siente tal afecto la pobreza no es una carga, no siente las injurias, se ríe de las humillaciones, desprecia los males, la muerte la considera como una ganancia. Y ni siquiera piensa que vaya a morir, ya que sabe que más bien es un paso a la vida, y dice con confianza: ¡Iré (a Galilea) y lo veré antes de morir!… (En la Resurrección del Señor, Sermón 1, 5).

 

♦ Pero, ¡demos gracias a Dios, que nos ha dado la victoria tanto del pecado como de la muerte por Nuestro Señor Jesucristo! Él estaba totalmente inmune del pecado, y por tanto, inmune de la deuda con la muerte. Sin embargo, la pagó muriendo “por nuestros pecados, y ha resucitado para nuestra justificación”. Pues al morir pagó la pena de nuestros pecados, y al resucitar ha establecido el modelo y la causa de la justificación para siempre; y así como “Cristo, al resucitar de entre los muertos ya no muere más, la muerte ya no tiene dominio sobre él”, el cristiano, resucitando con Cristo ya no ha de cometer el pecado que lleva a la muerte, ni el pecado ha de tener dominio sobre él…

No se equivocaba el Apóstol, quien, comparando con esta ganancia todo lo que había tenido como tal, no sólo lo consideraba como una pérdida, sino que lo miraba como estiércol, con tal de encontrarse con Cristo, configurado tanto a su muerte como a su resurrección. Realmente es un buen negocio despreciar lo que te destruye y mancha para ganar a Cristo, y si es preciso no sólo dar lo tuyo, sino también a ti mismo, para  merecer recuperarte con tales intereses de inmortalidad y de gloria. ¿Quién, en efecto, dudará de que es un buen negocio sembrar un cuerpo mortal, animal y sin esplendor, para que resurja inmortal, espiritual y glorioso? ¿Morir al mundo para poder decir: “Para mí la vida es Cristo y el morir una ganancia?. (En la Resurrección del Señor, Sermón 2, 3).

 

♦ ¡Oh hermanos! ¡Este es el día que ha hecho el Señor, alegrémonos y exultemos de gozo en él! Esperémosle, saltando de gozo, para que veamos y gocemos con su luz. Abrahán saltaba de gozo deseando ver el día de Cristo, y por ello “lo vio y se llenó de gozo”.

Pues también tú, si velas todos los días a las puertas de la Sabiduría y acechas a su entrada, y muy de mañana te levantas con la Magdalena para ir a la entrada de su sepulcro, si no me equivoco, experimentarás como la misma María, qué verdad es lo que se lee en la Escritura de la Sabiduría, que es Cristo: “Los que la aman la contemplan si dificultad, y la hallan los que la buscan. Sale al encuentro de los que la desean para aparecérseles en primer lugar a ellos. El que la busque desde el amanecer, no tendrá que trabajar, pues la encontrará sentada a las puertas”. Esto mismo prometió él: “Yo amo a los que me aman, y los que de mañana vigilen por mí, me encontrarán”. María encontró de un modo físico a Jesús por el que velaba, a cuya tumba había ido cuando aún era de noche. Tú, en cambio, que debes conocer ya a Jesús, no según la carne sino según el espíritu, podrás encontrarlo espiritualmente, si lo buscas con un deseo como el de ella, si te encuentra también velando en oración. Di, pues, al Señor Jesús con el deseo y el afecto de María: “Mi alma te ha deseado de noche, y mi espíritu desde lo más profundo de mi corazón. Desde el amanecer velaré por ti”. Di, con las palabras y el espíritu del salmista: “Dios, Dios mío, te busco desde la aurora, mi alma está sedienta de ti”, e intenta cantar con ellos: “Desde la mañana rebosamos de tu misericordia, estamos llenos de alegría y de felicidad”.

Velad, pues, hermanos, dedicados a la oración; velad, obrando prudentemente, tanto más que ya ha empezado a clarear la aurora de aquel día sin ocaso, es decir, ya ha vuelto de los infiernos la Luz eterna más serena y grata para nosotros, y la aurora matutina nos devuelve el nuevo Sol. En verdad “ya es hora de despertar del sueño, pues ya ha pasado la noche y el día se echa encima”. Velad, os repito, para que amanezca en vosotros la aurora matutina, Cristo, “cuya aparición está preparada desde el amanecer”, preparada para los que están dispuestos a renovar con frecuencia en sí el misterio de su resurrección matutina.  Entonces cantarás de verdad con el corazón lleno de júbilo: “El Señor Dios nos ha iluminado. Este es el día que ha hecho el Señor; exultemos de gozo y alegrémonos en él”, porque te ha concedido que brille para ti la luz que lleva escondida en sus manos, anunciando a su amigo que es algo suyo y  puede conseguirla.

¿Hasta cuándo has de estar durmiendo, perezoso? ¿Hasta cuándo vas a estar adormilado? “Un rato durmiendo; otro poco amodorrado; otro poco recostado para dormir”, y mientras tú duermes, y no te das cuenta, Cristo resucita del sepulcro, y al pasar su gloria no verás ni siquiera sus espaldas…

Óiganlo  y alégrense los que caminan por las sendas de la justicia. Óiganlo, repito, porque Jesús se digna visitar y manifestarse no sólo a los que lo buscan dedicados a la contemplación, sino también a los que siguen justa y piadosamente los caminos de la acción…

Resucite, pues, y reviva el espíritu de todos nosotros, sea para velar en la oración sea para ser asiduos en la acción, de modo que por una energía viva y renovada se vea que ha participado en la Resurrección de Cristo.  (En la Resurrección del Señor, Sermón 3, 2-5).

San Elredo de Rieval:

⇒ Si, pues, “habéis resucitado con Cristo, buscad las cosas de arriba”. Pero  en primer lugar hemos de saber a quiénes se refiere el Apóstol. A aquellos seguramente que han resucitado con Cristo. ¿Y quiénes son los que resucitan con Cristo sino los que participan en todas estas cosas que Cristo ha padecido?.

Por eso pienso que, por no hablar de otros, el Apóstol se refiere especialmente a vosotros; a vosotros, sin duda, que sufrís muchas pruebas con Cristo como azotes; los que morís con Cristo en los trabajos y pruebas de cada día; los que os habéis sepultado a vosotros mismos con Cristo en el claustro y en este silencio. Vosotros, que sufrís todas estas cosas no en el alma contra Cristo, sino en el cuerpo por Cristo, también vosotros habéis resucitado con Cristo. Habéis resucitado ahora en el alma, más tarde resucitaréis con el cuerpo. Por eso, buscad las cosas de arriba. Pero como no todos los que participan en esta resurrección tienen la misma perfección, veamos brevemente cómo todos deben buscar las cosas de arriba a su modo…

De arriba son las virtudes, de abajo los vicios. De arriba es la castidad, pues es propia del cielo; de abajo la lujuria, ya que pertenece al infierno. De arriba es la continencia, pues eleva el alma a las cosas celestiales; de abajo la gula, ya que hace al alma esclava del vientre. De abajo es el amor a las cosas de este mundo, por ejemplo, el gusto por los vestidos bonitos; de arriba es el desprecio del mundo, pues el que desprecia al mundo está sobre él, el que ama al mundo se hace esclavo suyo.

Por tanto, los que están empezando deben despreciar las cosas de aquí abajo, los vicios y los pecados, y tener siempre presentes en su corazón las virtudes que son de arriba.

En cambio, aquellos que ya han progresado en las virtudes y son tentados de soberbia, miren a ver por qué se enorgullecen. Si es por las virtudes que tienen, tengan presentes que no son virtudes, pues las virtudes llenas de soberbia no son virtudes. Tengan también ellos presente que los que se enorgullecen de las cosas de aquí abajo, no están arriba.

Pues si se enorgullecen, o buscan los honores de cualquier otro, o se glorían de sí mismos, ambas cosas son de aquí abajo, no de arriba, pues ambas vienen de los hombres… “El que se gloría, que se gloríe en el Señor”.

Pero los que ya han alcanzado tanta perfección, que después de vencer todos los vicios se consideran a sí mismos con humildad aún en las obras buenas y perfectas, suban más arriba y busquen las cosas de arriba. No se contenten más que en tender siempre a lo más perfecto. Empiecen desprendiendo el corazón de los pensamientos terrenos, cierren los ojos a todas las cosas visibles y procuren estar sobre todas las criaturas, para que así puedan contemplar al rey en todo su esplendor.

Por tanto, que los que empiezan tiendan a la virtud, los que progresan a una sincera humildad, y los perfectos a la contemplación, y así se realizará lo que dice el Apóstol: “Si habéis resucitado con Cristo, buscad las cosas de allá arriba”. Y añade: “Saboread las cosas de allá arriba, no las de la tierra”. ¿Qué diferencia hay entre buscar y saborear? Muchísima, hermanos. ¡Ojalá todos los que buscan la verdad tengan el gusto de la verdad! Como podemos leer, todos los hijos de Israel recogían el maná, pero no a todos les sabía lo mismo. ¡Cuántos también hay hoy día que buscan la verdad y la encuentran, y sin embargo no tienen el gusto de la verdad cuando la encuentran!.

“Gustad”, es decir, rumiad con frecuencia, pensad con frecuencia en la grandeza de la verdad, en la seguridad que da la pureza, la gran felicidad del servicio de Dios. Pensad en estas cosas, y desechad todo lo que os presente la carne. Seguid la razón,  y estimad las cosas celestes y eternas comparadas con los atractivos terrenos y caducos. Y así, con la frecuente meditación llegar no sólo a la ciencia de la verdad, que muchos malos tienen, sino al gusto.

Y así, si resucitamos y nosotros mismos nos elevamos de la tierra con la mente, con la intención, con el deseo y el amor, entonces participaremos verdaderamente de la resurrección del Señor. Pero poco sirven nuestros esfuerzos, a no ser que también nos ayude su gracia, roguemos a su piadosísima misericordia, para que el que nos ha dado el querer nos dé también llevarlo a cabo con una buena voluntad, Jesucristo nuestro Señor, que vive y reina y es Dios por todos los siglos de los siglos. Amén. (En el día de Pascua, Sermón 40, 9.10.12-16.19.20).

 

⇒ Pero no duró mucho tiempo el llanto, pue en seguida por la mañana vino la alegría, cuando empezó a amanecer el día de su glorificación por la sublimidad de la resurrección del Señor. “Éste es el día que hizo el Señor, exultemos y alegrémonos en él”. Lo mismo que  en el día de la reparación Dios redimió al hombre, así lo glorificó en el día de la resurrección. También esperamos nuestra gloria plena en nuestra resurrección cuando esto mortal se revista de inmortalidad y la corrupción de la incorruptibilidad, cuando se cumpla la palabra que está escrita: “La muerte ha sido absorbida por la victoria”.

¿Y qué gloria será ésta? Cuando nuestro cuerpo reciba una salud plena, belleza total, una fortaleza colmada, una agilidad suma. Cuando no haya trabajo, ni cansancio, ni tentaciones, ni temor de perder algo que se posee. ¿Y qué más diré? Nada nos contradecirá, ni se opondrá a nuestro gozo, ni a nuestros deseos, sino que todo lo que hay en el cielo y en la tierra, en los mares y en los infiernos; todo lo que veamos, sintamos u oigamos, y todo lo que exista contribuya para mayor gloria nuestra.

¿Pero por qué nos estamos esforzando por expresar con palabras lo que no se puede expresar? Pues ni el ojo vio, ni el oído oyó, no ha llegado al corazón. Ved, pues, hermanos toda esa gloria que estará en Dios y vendrá de Dios, en el prójimo y del prójimo, en nosotros y de nosotros. Y toda esta gloria la hace el amor y la visión. Y de un modo admirable el amor aumentará la visión el amor, ya que en la medida en que amemos, veremos, y en la medida que veamos, amaremos.

Ya sabéis, hermanos, y debéis saber muy bien lo que dice el Apóstol: “serán los dos una sola carne; este es un gran sacramento en Cristo y en la Iglesia”. ¿Y cuál es el sacramento? Indudablemente que Cristo y la Iglesia son una sola cosa. Nosotros, hermanos, que creemos en Cristo, si no pervertimos la fe con una vida mala, sin duda somos Iglesia, como dice el Apóstol: “los que  habéis creído en Cristo, os habéis revestido de Cristo”. Pero Cristo es nuestra cabeza nosotros su cuerpo. Fijaos qué alegría debéis sentir en este día. Hoy Cristo ha resucitado. Este es el principio de nuestra gloria. “Éste es el día que ha hecho el Señor; exultemos y alegrémonos en él”.

Este día tuvo su mañana al resucitar el Señor; tendrá su mediodía cuando aquella gloria, aquel esplendor, aquella claridad, que hoy tuvo su comienzo en la cabeza, pase a todos los miembros, cuando “transforme nuestro cuerpo humilde configurándolo con el resplandor de su cuerpo”. Entonces “resplandecerá como la luz nuestra justicia, y nuestro juicio como el mediodía”. Entonces nuestro mediodía pasará a ser el mediodía de aquel primer día, el día de la eternidad, que no puede decrecer ni terminarse al atardecer, sino que ha de permanecer  con el mismo fervor, con la misma luz, con la misma claridad, siempre tan sublime. Entonces cantaremos en la realidad lo que ahora cantamos en la esperanza: “Éste es el día que ha hecho el Señor”. (En el Santo día de Pascua, Sermón 41, 7-11).

San Gregorio de Nisa:

Ha comenzado el reino de la vida y se ha disuelto el imperio de la muerte. Han aparecido otro nacimiento, otra vida, otro modo de vivir, la transformación de nuestra misma naturaleza. ¿De qué nacimiento se habla? Del de aquellos que no han nacido de sangre, ni de amor carnal, ni de amor humano, sino de Dios.

¿Preguntas que cómo es esto posible? Lo explicaré en pocas palabras. Este nuevo ser lo engendra la fe; la regeneración del bautismo lo da a luz; la Iglesia, cual nodriza, lo amamanta con su doctrina e instituciones y con su pan celestial lo alimenta; llega a la edad madura con la santidad de vida; su matrimonio es la unión con la Sabiduría; sus hijos, la esperanza; su casa, el reino; su herencia y sus riquezas, las delicias del paraíso; su desenlace no es la muerte, sino la vida eterna y feliz en la mansión de los santos.

Este es el día en que actuó el Señor, día totalmente distinto de aquellos otros establecidos desde el comienzo de los siglos y que son medidos por el paso del tiempo. Este día es el principio de una nueva creación, porque, como dice el profeta, en este día Dios ha creado un cielo nuevo y una tierra nueva. ¿Qué cielo? El firmamento de la fe en Cristo. Y, ¿qué tierra? El corazón bueno que, como dijo el Señor, es semejante a aquella tierra que se impregna con la lluvia que desciende sobre ella y produce abundantes espigas.

En esta nueva creación, el sol es la vida pura; las estrellas son las virtudes; el aire, una conducta sin tacha; el mar, aquel abismo de generosidad, de sabiduría y de conocimiento de Dios; las hierbas y semillas, la buena doctrina y las enseñanzas divinas en las que el rebaño, es decir, el pueblo de Dios, encuentra su pasto; los árboles que llevan fruto son la observancia de los preceptos divinos.

En este día es creado el verdadero hombre, aquel que fue hecho a imagen y semejanza de Dios. ¿No es, por ventura, un nuevo mundo el que empieza para ti en este día en que actuó el Señor? ¿No habla de este día el Profeta, al decir que será un día y una noche que no tienen semejante?

Pero aún no hemos hablado del mayor de los privilegios de este día de gracia: lo más importante de este día es que él destruyó el dolor de la muerte y dio a luz al primogénito de entre los muertos, a aquel que hizo este admirable anuncio: Subo al Padre mío y Padre vuestro, al Dios mío y Dios vuestro.

¡Oh mensaje lleno de felicidad y de hermosura! El que por nosotros se hizo hombre semejante a nosotros, siendo el Unigénito del Padre, quiere convertirnos en sus hermanos y, al llevar su humanidad al Padre, arrastra tras de sí a todos los que ahora son ya de su raza. (Sermón 1 sobre la Resurrección de Cristo).

San Agustín:

⊗ No pudo expresarse más concisamente la alabanza de Dios que diciendo porque es bueno. No veo qué cosa haya más grande que esta concisión; cuando el ser bueno de tal modo pertenece a Dios, que, impelido, el mismo Hijo de Dios al oír decir: Maestro bueno, a cierto hombre que, contemplando su carne y no entendiendo su divinidad, pensaba que sólo era hombre, le responde: ¿Por qué me llamas bueno? Nadie es bueno, sino uno solo, Dios. Con esto, ¿qué otra cosa dice si no es: Si quieres llamarme bueno, entiende que también soy Dios? Pero como se dice al pueblo prediciendo lo futuro, al pueblo librado de todo trabajo, de la cautividad de esta peregrinación y de la mezcla de los inicuos, lo cual se le concedió por gracia de Dios, que no sólo no devuelve males por males, sino que da bienes por males, convenientísimamente se añadió: porque su misericordia es eterna.

La diestra del Señor obró proezas. ¿A qué llama proezas? La diestra del Señor me levantó. Gran proeza es ensalzar al humilde, deificar al mortal, perfeccionar al flaco, dar gloria al abyecto, victoria al que sufre y auxilio en la tribulación para que se patentizase en los afligidos la verdadera salud de Dios y permaneciese en los que afligen la vana salud del hombre. Grande es esta proeza; pero ¿de qué te admiras? Oye que lo repite. No se ensalzó el hombre, no se perfeccionó a sí mismo, no se dio la gloria, no venció, no fue él mismo salud para sí mismo. La diestra del Señor obró proezas.

No moriré, sino que viviré y contaré las obras del Señor. Al llevar ellos por todo el mundo la ruina de muerte, pensaban que la Iglesia de Cristo murió, y ved que ahora anuncia las obras de Dios. Cristo es la gloria de los bienaventurados mártires en todas las partes. Venció azotando a los que herían, soportando a los impacientes y amando a los crueles.

Por el Señor a él se le hizo; es decir, por el Señor fue hecho cabecera de ángulo. Pues, aunque no hubiera sido hecho piedra angular, si no hubiera padecido, con todo, no fue hecho por quienes le propinaron la pasión. Ellos que edificaban, ciertamente le reprobaron; pero por lo mismo que el Señor edifica ocultamente, constituyó en cabecera de ángulo lo que ellos desecharon. Y es admirable a nuestros ojos; a los ojos interiores del hombre, a los ojos de los que creen, esperan y aman; mas no a los ojos carnales de aquellos que despreciándole como a hombre le desecharon. (Comentario al Salmo  117).

 

Pues bien, el día uno de la semana, de mañana, cuando aún había tinieblas, María Magdalena vino al sepulcro y vio quitada del sepulcro la piedra. El día uno de la semana es el que por la resurrección del Señor llama día dominical la costumbre cristiana; entre los evangelistas, solo Mateo lo ha nominado primero de la semana. Corrió, pues, y vino a Simón Pedro y al otro discípulo, al que Jesús amaba, y les dice: «Se llevaron del sepulcro al Señor y desconocemos dónde lo pusieron». Algunos códices, incluso griegos, tienen «Se llevaron a mi Señor», lo cual puede parecer dicho a causa de un afecto muy intenso de amor o de servidumbre; pero en la mayoría de los códices que he tenido a mi disposición no he hallado esto.

Salió, pues, Pedro y ese otro discípulo y llegaron al sepulcro. Pues bien, corrían los dos juntos, mas ese otro discípulo corrió delante más aprisa que Pedro y llegó el primero al sepulcro

Afirma: Y, como se hubiese inclinado, ve puestos los lienzos; sin embargo, no entró. Llega, pues, Simón Pedro siguiéndolo y entró al sepulcro y vio puestos los lienzos, y el sudario, que había estado sobre su cabeza, no puesto con los lienzos, sino separadamente enrollado en un lugar

Entonces, pues, entró también ese discípulo que había llegado el primero al sepulcro. Llegó el primero y entró el último. Evidentemente, tampoco esto es ocioso, pero no tengo ocio para ello. Y vio, afirma, y creyó. Algunos, por estar poco atentos, suponen aquí que Juan había creído esto: que Jesús resucitó; pero lo que sigue no indica esto. En efecto, ¿qué significa lo que ha añadido inmediatamente: Pues aún no conocían la Escritura: que es preciso que él resucite de entre los muertos? No creyó, pues, que había resucitado ese respecto a quien desconocía que era preciso que resucitase. ¿Qué, pues, vio; qué creyó? Por supuesto, vio vacío el sepulcro y, pues aún no conocían la Escritura —que es preciso que él resucite de entre los muertos—creyó lo que había dicho la mujer: que lo habían retirado del sepulcro. Y, por tanto, cuando al Señor en persona le oían eso, aunque lo decía clarísimamente, por la costumbre de oírle parábolas no entendían y creían que él aludía a alguna otra cosa. (Comentario al Ev. de San Juan, Tratado 120).

San Bernardo:

Los amantes del mundo y enemigos de la cruz de Cristo llevan en balde el nombre de cristianos: suspiran toda la cuaresma por el día de Pascua, para entregarse desenfrenados al placer. De este modo una triste realidad anula el gozo pascual. Nos duele la injuria que se hace a esta solemnidad, porque se hace precisamente en ella. ¡Qué pena! La resurrección del Salvador se ha convertido en el tiempo propicio de pecar, en la cita para volver a caer. Vuelven las comilonas y borracheras, la obscenidad y el libertinaje; y se da vía libre a la concupiscencia. Como si Cristo hubiera resucitado para esto, y no para rehabilitarnos.

 ¿Así honráis, miserables, al Cristo que aceptasteis? Antes de llegar le preparasteis hospedaje, confesando con lágrimas los pecados, mortificando el cuerpo y dando limosnas. Y ahora que ya lo tenéis con vosotros os entregáis a los enemigos, y le obligáis a que se marche, porque tornáis a vuestros antiguos desenfrenos. ¿Pueden mezclarse la luz y las tinieblas? ¿Tiene algo que ver Cristo con la soberbia, la avaricia, la ambición, el odio entre hermanos, la lujuria o la fornicación? ¿Merece menos el que está presente que quien va a venir? ¿Pide menos santidad  vivir el espíritu de Pascua que el de Pasión? A vosotros os importa lo mismo una cosa que otra. Porque si hubierais compartido sus sufrimientos, compartiríais ahora su gloria; y si hubierais muerto con él, estaríais también resucitados.

Esta lamentable situación que impide la renovación espiritual, se debe a las costumbres seculares y a la desidia. Como dice el Apóstol, ésta es la razón de que  haya entre vosotros muchos enfermos y achacosos y de que hayan muerto tantos. Esta es la causa de tantas muertes como suceden por todas partes en nuestros días. Ya veis, transgresores, cómo os domina la ansiedad, no por ser transgresores, sino por aferraros a vuestro pecado y amontonar delitos. No os arrepentís, o lo hacéis con indolencia; ni evitáis los peligros de pecar, a pesar de que los conocéis por experiencia.

Como dice la Escritura: el enemigo os ha agarrotado los nervios secretos de los testículos. Mientras os comportéis así con los misterios de Cristo, no sois de Cristo, ni tendréis vida. Escuchad: si no coméis la carne y no bebéis la sangre del Hijo del hombre, no tendréis vida en vosotros. Si lo recibís indignamente, os tratáis vuestra condenación, porque no discernís el don sagrado  el Señor. Rebeldes, entrad  dentro de vosotros, y buscad al Señor con todo vuestro ser. Odiad el mal y arrepentíos, no sólo de palabra y con la lengua, sino con espíritu y verdad.

Pero a estos hombres no les pesa haber caído: siguen en el resbaladero; ni creen estar equivocados: no se dejan guiar por nadie. Ojalá dieran muestras de auténtica compunción, huyendo de las ocasiones y alejándose del peligro. En caso contrario temed la condena de ese día, que está establecido para que muchos caigan o se levanten. Si vivís totalmente ajenos a Cristo y desligados de él, si sois camaradas de Judas, en quien entró Satanás al comer el trozo de pan, estad ciertos que os condenará.

Pero nosotros no somos quién para juzgar a los de fuera. Lo hacemos únicamente porque también nosotros estuvimos en aquel fango, del cual fuimos arrancados por pura misericordia, y nos duele ver a estos hermanos nuestros todavía sumergidos en él. Dios quiera que nosotros estemos ya totalmente santificados y libres de esa miserable y sacrílega costumbre. Y que nuestra vida espiritual no decaiga ni se debilite al llegar el tiempo de la resurrección, sino que nos esforcemos en mejorar y superarnos. El que después de los rigores de la penitencia no vuelve a los consuelos humanos, sino que vive confiado en la misericordia divina y respira el fervor y gozo del Espíritu Santo; el que ya no se angustia con el recuerdo de los pecados pasados, sino que se deleita y se inflama con el recuerdo y deseo de los premios eternos, ése es el que resucita con Cristo, el que celebra la Pascua, el que corre a Galilea.

Vosotros, hermanos, si habéis resucitado con Cristo, buscad lo de arriba, donde Cristo está sentado a la derecha de Dios; estad centrados arriba, no en la tierra, para que así como Cristo fue resucitado de la muerte por el poder del Padre, así también vosotros empecéis una vida nueva. Cambiad las alegrías y consuelos humanos por la compunción y tristeza que Dios quiere, para gozar de la devoción santa y espiritual. Nos la concederá aquel que pasó de este mundo al Padre, y nos llama a Galilea para manifestarse a nosotros. Él es Dios por los siglos.

(Sermón 1, En la Resurrección del Señor).

San Ignacio de Antioquía:

De nada me servirían los placeres terrenales ni los reinos de este mundo. Prefiero morir en Cristo Jesús que reinar en los confines de la tierra. Todo mi deseo y mi voluntad están puestos en aquel que por nosotros murió y resucitó. Se acerca ya el momento de mi nacimiento a la vida nueva. Por favor, hermanos, no me privéis  de esta vida, no queráis que muera; si lo que yo anhelo es pertenecer a Dios, no me entreguéis al mundo ni me seduzcáis con las cosas materiales; dejad que pueda contemplar la luz pura; entonces seré humano en pleno sentido. Permitid que imite la pasión de mi Dios. El que tenga a Dios dentro de sí entenderá lo que quiero decir y se compadecerá de mí, sabiendo cuál es el deseo que me apremia. El príncipe de este mundo me quiere arrebatar y pretende arruinar mi deseo que tiende hacia Dios. Que nadie de los aquí presentes, lo ayude; poneos  más bien de mi parte, esto es, de parte de Dios. No queráis a un mismo tiempo tener a Jesucristo en la boca y los deseos mundanos en el corazón. Que no habite la envidia entre vosotros. Ni me hagáis caso si, cuando esté aquí, os suplicara en sentido contrario; haced más bien caso de lo que ahora os escribo. Porque os escribo en vida, pero deseando morir. Mi amor está crucificado y ya no queda en mí el fuego de los deseos terrenos; únicamente siento en mi interior la voz de un agua viva que me habla y me dice: «Ven al Padre.» No encuentro ya deleite en el alimento material ni en los placeres de este mundo. Lo que deseo es el pan de Dios, que es la carne de Jesucristo, de la descendencia de David, y la bebida de su sangre, que es el amor duradero. No quiero ya vivir más la vida terrena. Y este deseo será realidad si vosotros lo queréis. Os  pido que lo queráis, y así vosotros hallaréis también benevolencia. En dos palabras resumo mi súplica: hacedme caso. Jesucristo os hará ver que digo la verdad, él, que es la boca que no engaña, por la que el Padre ha hablado verdaderamente. Rogad por mí, para que llegue a la meta. Os  he escrito no con criterios humanos, sino conforme a la mente de Dios. Si sufro el martirio, es señal de que me queréis bien; de lo contrario, es que me habéis  aborrecido. Acordaos en vuestras oraciones de la Iglesia de Siria, que, privada ahora de mí, no tiene otro pastor que el mismo Dios. Sólo Jesucristo y vuestro amor harán para con ella el oficio de obispo. Yo me avergüenzo de pertenecer al número de los obispos; no soy digno de ello, ya que soy el último de todos y un abortivo. Sin embargo, llegaré a ser algo, si llego a la posesión de Dios, por su misericordia. Os  saluda mi espíritu y la caridad de las Iglesias que me han acogido en el nombre de Jesucristo, y no como a un transeúnte. En efecto, incluso las Iglesias que no entraban en mi itinerario corporal acudían a mí en cada una de las ciudades por las que pasaba. (De la carta a los romanos).

San Juan Crisóstomo:

Oportunamente podemos hoy todos exclamar con el profeta David: ¿Quién contará las obras del poder de Yavé? ¿Quién podrá darle toda la alabanza que merece?  ¡He aquí que ha llegado la para nosotros deseada y saludable festividad; es a saber, la Resurrección del Señor Jesús, que es motivo de paz y causa de reconciliación; y que ha removido las guerras, acabado con la muerte y derribado al demonio! ¡Hoy los hombres se han mezclado con los ángeles, y los que están vestidos del cuerpo cantan himnos a la par de las Potestades incorpóreas! ¡Hoy se ha echado por tierra la tiranía del demonio! ¡Hoy se han roto las ataduras de la muerte! ¡Hoy se ha vencido al infierno!.

Por esto podemos hoy levantar aquel canto profético: ¿En dónde está, oh muerte, tu aguijón? ¿En dónde, oh infierno, tu victoria? ¡Hoy nuestro Señor Jesucristo rompió las puertas de bronce y acabó con la muerte misma! ¿Qué digo con la muerte? ¡Su mismo nombre lo cambió, y ya no se llama muerte, sino sueño y dormición! Porque antes de la venida de Cristo y del ensalzamiento de la cruz, el nombre mismo de la muerte era temible… Y en muchos otros pasajes del Antiguo Testamento encontrarás que el paso de esta vida se llama muerte o infierno.

Pero, como Cristo, el Dios nuestro, se ofreció en sacrificio, y luego se siguió la resurrección, el benigno Señor suprimió esos nombres, y trajo al mundo un modo de vivir extraño y novedoso; y desde entonces al paso de esta vida no se le llama muerte, sino sueño y dormición. Y ¿cómo se demuestra esto? Oye a Cristo que dice; ¡Nuestro amigo Lázaro duerme, pero yo voy para despertarlo del sueño! Porque así como a nosotros nos es fácil despertar y volver en sí al que duerme, así lo es para el común Señor de todos, el resucitar a los muertos.

Así, como era nuevo y extraño lo que Él había dicho, ni los mismos discípulos entendieron lo que decía, hasta que, acomodándose El a la debilidad de ellos, les dijo todo más claramente.

Y el Doctor de todo el orbe, Pablo, escribía a los Tesalonicenses: No quiero que ignoréis, hermanos, lo tocante a la suerte de los que ya durmieron, para que no os entristezcáis como los demás que carecen de esperanza. Y también en otra parte: ¡Entonces los que ya durmieron en Cristo, perecieron!  Y también: Nosotros, los que vivimos, los que quedamos para la venida del Señor, no nos anticiparemos a los que ya durmieron. Y de nuevo: Pues si creemos que Jesús murió y resucitó, así también Dios a los que durmieron los tomará consigo.

¿Ves cómo la muerte con frecuencia se llama sueño y descanso? ¿Y cómo la que antes era temible, ahora se ha hecho despreciable con facilidad? ¿Ves la espléndida victoria de la resurrección? ¡Porque por ella nos vinieron infinitos bienes! Por ella se deshizo la falacia del demonio. Por ella nos reímos de la muerte. Por ella despreciamos la vida presente. Por ella nos inflamamos en el deseo de los bienes futuros. Por ella, aunque estemos vestidos del cuerpo, en nada somos inferiores, si nosotros queremos, a los seres incorpóreos.

¡Hoy celebramos un preclaro triunfo de victoria! ¡Hoy el Señor nuestro, tras de erigir un trofeo contra la muerte, y habiendo pisoteado la tiranía del demonio, nos dejó, con su resurrección, seguro el camino para la salud! ¡Alegrémonos, pues, todos! ¡Demos saltos de gozo y de regocijo! Porque, aunque sea propiamente el Señor quien erigió el trofeo y venció, pero con todo, común es la alegría, común es el gozo; puesto que todo lo llevó a cabo por nuestra salvación; y por los medios por los que el demonio había vencido, por esos mismos Cristo lo venció. Tomó él sus mismas armas y con ellas lo venció. ¡Cómo haya sido eso, óyelo!.

Una virgen, un leño y la muerte eran los símbolos de nuestra ruina. Porque virgen era Eva, puesto que cuando fue engañada aún no conocía varón. Leño era el árbol. La muerte era el castigo impuesto a Adán. ¿Ves, pues, cómo una virgen, un leño y la muerte son símbolos de nuestra ruina? Pues mira ahora cómo ellos mismos vinieron a ser causa de nuestra victoria. En vez de Eva, María. En vez del árbol de la ciencia del bien y del mal, el leño de la Cruz. En vez de la muerte de Adán, la muerte del Señor. ¿Observas cómo por medio de aquellas cosas con que venció el demonio, por ésas fue vencido?

El demonio había vencido a Adán por medio de un árbol; pues Cristo, por medio del árbol de la cruz derrotó al demonio; y por cierto, aquel árbol arrojaba al infierno, mientras que el leño de la cruz a los muertos los saca del infierno. Aquél, al que había sido vencido, le cubría pero como a un guerrero cautivo y desnudo; éste en cambio mostraba a todos al vencedor desnudo y clavado en lo alto. Aquella muerte primera a todos arrastraba a la condenación; pero esta segunda, aun a los que la precedieron los resucita. ¿Quién, pues, podrá contar las obras del poder de Yavé y darle la alabanza que se merece? ¡Por medio de la muerte hemos sido hechos inmortales! ¡Mediante una caída nos hemos levantado! ¡Mediante una derrota somos vencedores!.

Estas son las obras excelentes de la cruz, y la mejor demostración de la resurrección. Hoy los ángeles forman coros, todas las Virtudes del cielo se alegran y en común se gozan por la salvación del género humano. Hoy a la naturaleza humana, libertada de la tiranía del demonio, la volvió Cristo a su prístina dignidad. Porque cuando yo veo que mis primicias han alcanzado la victoria sobre la muerte, ya no temo la guerra, ya no me horroriza. Ya no considero mi debilidad, sino que miro lo inmenso del poder que peleará por mí. Pues, quien venció la tiranía de la muerte y le quitó su fuerza ¿qué no hará en adelante por los de su linaje, cuya forma por su grande clemencia se dignó revestir, y por medio de ella bajó a la arena y se puso a combatir contra el demonio?

Hoy por todo el orbe de la tierra hay gozo y alegría espiritual. Hoy, también, todo el coro de los ángeles y todo el conjunto de las celestes Virtudes se alegran por la salud de los hombres.
(Homilía 22, Sobre la santa Pascua).

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