Domingo 2º de Pascua -CICLOB.-

12 de abril de 2015

Domingo 2º de Pascua

- Ciclo B.-

Primera lectura

Lectura del libro de los Hechos de los Apóstoles (4,32-35):

En el grupo de los creyentes todos pensaban y sentían lo mismo: lo poseían todo en común y nadie llamaba suyo propio nada de lo que tenía. Los apóstoles daban testimonio de la resurrección del Señor Jesús con mucho valor. Y Dios los miraba a todos con mucho agrado. Ninguno pasaba necesidad, pues los que poseían tierras o casas las vendían, traían el dinero y lo ponían a disposición de los apóstoles; luego se distribuía según lo que necesitaba cada uno.
Palabra de Dios

 

Salmo

Sal 117,2-4.16ab-18.22-24


R/.
 Dad gracias al Señor porque es bueno,
porque es eterna su misericordia
.

Diga la casa de Israel: eterna es su misericordia. 
Diga la casa de Aarón: eterna es su misericordia. 
Digan los fieles del Señor: eterna es su misericordia. R/.

La piedra que desecharon los arquitectos 
es ahora la piedra angular. 
Es el Señor quien lo ha hecho, 
ha sido un milagro patente. 
Éste es el día en que actuó el Señor: 
sea nuestra alegría y nuestro gozo. R/.

Señor, danos la salvación; 
Señor, danos prosperidad. 
Bendito el que viene en nombre del Señor, 
os bendecimos desde la casa del Señor; 
el Señor es Dios, él nos ilumina. R/.

 

Segunda lectura

Lectura de la primera carta del apóstol san Juan (5,1-6):

Todo el que cree que Jesús es el Cristo ha nacido de Dios; y todo el que ama a Dios que da el ser ama también al que ha nacido de él. En esto conocemos que amamos a los hijos de Dios: si amamos a Dios y cumplimos sus mandamientos. Pues en esto consiste el amor a Dios: en que guardemos sus mandamientos. Y sus mandamientos no son pesados, pues todo lo que ha nacido de Dios vence al mundo. Y lo que ha conseguido la victoria sobre el mundo es nuestra fe. ¿Quién es el que vence al mundo, sino el que cree que Jesús es el Hijo de Dios? Éste es el que vino con agua y con sangre: Jesucristo. No sólo con agua, sino con agua y con sangre; y el Espíritu es quien da testimonio, porque el Espíritu es la verdad.
Palabra de Dios

 

Evangelio

Lectura del santo evangelio según san Juan (20,19-31):

Al anochecer de aquel día, el primero de la semana, estaban los discípulos en una casa, con las puertas cerradas por miedo a los judíos. 
Y en esto entró Jesús, se puso en medio y les dijo: «Paz a vosotros.» 
Y, diciendo esto, les enseñó las manos y el costado. Y los discípulos se llenaron de alegría al ver al Señor.
Jesús repitió: «Paz a vosotros. Como el Padre me ha enviado, así también os envío yo.» 
Y, dicho esto, exhaló su aliento sobre ellos y les dijo: «Recibid el Espíritu Santo; a quienes les perdonéis los pecados, les quedan perdonados; a quienes se los retengáis, les quedan retenidos.» 
Tomás, uno de los Doce, llamado el Mellizo, no estaba con ellos cuando vino Jesús. 
Y los otros discípulos le decían: «Hemos visto al Señor.» 
Pero él les contestó: «Si no veo en sus manos la señal de los clavos, si no meto el dedo en el agujero de los clavos y no meto la mano en su costado, no lo creo.» 
A los ocho días, estaban otra vez dentro los discípulos y Tomás con ellos. 
Llegó Jesús, estando cerradas las puertas, se puso en medio y dijo: «Paz a vosotros.» 
Luego dijo a Tomás: «Trae tu dedo, aquí tienes mis manos; trae tu mano y métela en mi costado; y no seas incrédulo, sino creyente.» 
Contestó Tomás: «¡Señor mío y Dios mío!» 
Jesús le dijo: «¿Porque me has visto has creído? Dichosos los que crean sin haber visto.» 
Muchos otros signos, que no están escritos en este libro, hizo Jesús a la vista de los discípulos. Éstos se han escrito para que creáis que Jesús es el Mesías, el Hijo de Dios, y para que, creyendo, tengáis vida en su nombre.
Palabra del Señor

COLLATIONES:

Leemos en la primera carta del Apóstol San Juan: “Todo el que cree que Jesús es el Cristo, ha nacido de Dios”. San Agustín nos lo explica preguntándonos: ¿Quién es el que no cree que Jesús es el Cristo? Quien no vive en conformidad con los preceptos de Cristo. Muchos son, en efecto, los que dicen: «creo», pero la fe sin las obras no salva”. Y añade que “la obra de la fe es el amor mismo”.

Continúa  la segunda lectura: “Todo el que nace de Dios vence al mundo”, y lo que vence al mundo es nuestra fe. Según San Bernardo: “A los auténticos cristianos el mundo los odia como a Cristo, pero ellos lo vencen unidos a Cristo”. “Por él los odia el mundo y por él vencen ellos al mundo”. “Por la fe somos hijos adoptivos de Dios; la fe es lo que odia y persigue en nosotros este mundo perverso; y la fe consigue la victoria, como dice la Escritura: ellos con su fe subyugaron reinos. Si la vida procede de la fe, también el triunfo: el justo vive de la fe”.

 

Fijémonos en la frase del Evangelio que dice: “Como el Padre me ha enviado, así también os envío yo”. El Padre lo ha enviado para que sea víctima de propiciación por nuestros pecados y por los del mundo entero, así que mirad a qué nos envía Cristo. San Gregorio Magno nos lo recuerda: “Dios quiso que su Hijo viniera a este mundo a padecer, pero no dejó por eso de amarle en todo momento. El Señor también envió a los Apóstoles que había elegido, no para que gozasen de este mundo, sino para padecer”. Y tras esta frase, Jesús les dice: “Recibid el Espíritu Santo; a quienes les perdonéis los pecados, les quedan perdonados; a quienes se los retengáis, les quedan retenidos”. “La caridad de la Iglesia, que mediante el Espíritu Santo se derrama en nuestros corazones, perdona los pecados de sus compañeros”. (San Agustín). Y es también “una vez recibido el único y mismo Espíritu, a saber, el Espíritu Santo”, como “nos fundimos entre nosotros y con Dios”. (San Cirilo de Alejandría).

 

Y por último observemos la actitud de Tomás. Dice San Gregorio que: “La divina Misericordia obró de una manera tan maravillosa para que, al tocar aquel discípulo las heridas de su Maestro, sanase en nosotros las llagas de nuestra incredulidad. De manera que la duda de Tomás fue más provechosa para nuestra fe, que la de los discípulos creyentes, pues, decidiéndose él a palpar para creer, nuestra alma se afirma en la fe, desechando toda duda”. A la duda de Tomás Jesús respondió: “¿Porque me has visto has creído? Dichosos los que crean sin haber visto”. “Bienaventurados los que sin haber visto han creído. En esta sentencia estamos especialmente comprendidos nosotros, que confesamos con el alma al que no hemos visto en la carne” (San Gregorio Magno). Porque si creemos que Jesús es el Mesías, el Hijo de Dios, tendremos vida en su Nombre.

San Gregorio Magno:

La primera cuestión que viene a nuestro pensamiento durante la lectura del Evangelio de este día es: ¿cómo era real y verdadero el cuerpo de Jesucristo después de su resurrección, que pudo penetrar en el lugar donde estaban sus discípulos con las puertas cerradas?

Debemos tener presente que las operaciones divinas, si llegan a ser comprensibles por la razón, dejan de ser maravillosas; tampoco tiene mérito la fe cuando la razón humana la comprueba con la experiencia. Estas mismas obras de nuestro Redentor, que de suyo no pueden comprenderse deben ser medidas con alguna otra obra suya, para que los hechos más admirables confirmen a los que lo son menos. Así, aquel mismo cuerpo que, al nacer, salió del seno virginal de María, entró en aquella habitación cerrada donde se encontraban los discípulos. ¿Qué tiene, pues, de extraño, que el que había de vivir para siempre, el que al venir a morir salió del seno de la Virgen, penetrase en ese lugar con las puertas cerradas?

Enseguida, como vacilaba la fe de los que veían aquel cuerpo visible, les enseña las manos y el costado, y dio a tocar la misma carne que introdujo en aquella estancia cerrada. Con este gesto, al mostrar su cuerpo palpable e incorruptible a la vez, manifestó dos hechos maravillosos que, según la razón humana, son totalmente opuestos entre sí, pues es de necesidad que se corrompa lo palpable y que lo incorruptible no pueda tocarse. No obstante, de modo admirable e incomprensible, nuestro Redentor, después de la resurrección, manifestó su cuerpo incorruptible para invitarnos al premio, y palpable, para confirmarnos en la fe. Nos lo mostró así para manifestar que su cuerpo resucitado era de la misma naturaleza que antes, pero con distinta gloria.

Y les dijo: la paz sea con vosotros. Como el Padre me envió así os envío Yo; esto es: así como mi Padre, Dios, me envió a mí, Yo también, Dios-Hombre, os envío a vosotros, hombres. El Padre envió al Hijo cuando, por determinación suya, debía encarnarse para la redención del género humano. Dios quiso que su Hijo viniera a este mundo a padecer, pero no dejó por eso de amarle en todo momento. El Señor también envió a los Apóstoles que había elegido, no para que gozasen de este mundo, sino para padecer. Del mismo modo que el Hijo fue amado del Padre, y no obstante lo envía al Calvario, así también el Señor amó a los discípulos, y sin embargo los envía a padecer: así como me envió el Padre, también os envío a vosotros, es decir: cuando Yo os mando ir entre las asechanzas de los perseguidores, os amo con el mismo amor con que el Padre me ama al hacerme venir a sufrir tormentos (…).

Dicho esto, sopló sobre ellos y les dijo: Recibid el Espíritu Santo. Debemos preguntarnos qué significa el que Nuestro Señor enviara una sola vez el Espíritu Santo cuando vivía en la tierra y otra cuando ya reinaba en el Cielo, pues en ningún otro lugar se dice claramente que fue dado el Espíritu Santo sino ahora, y después, cuando desde lo alto descendió sobre los Apóstoles en forma de lenguas de fuego. ¿Por qué motivo lo hizo, sino porque es doble el precepto de la caridad: el amor a Dios y al prójimo?

Así como la caridad es una sola y sus preceptos dos, el Espíritu Santo es uno y se da dos veces: la primera, por el Señor cuando vive en la tierra; la segunda, desde el Cielo, porque en el amor del prójimo se aprende el modo de llegar al amor de Dios. De ahí que diga el mismo San Juan: el que no ama a su hermano, a quien ve, no puede amar a Dios a quien no ve. Cierto que ya estaba el mismo Espíritu Santo en las almas de los discípulos por la fe, pero hasta después de la Resurrección del Señor no les fue dado de una manera manifiesta (…).

Tomás, uno de los doce, llamado Dídimo, no estaba con ellos cuando vino Jesús. Sólo este discípulo no se hallaba presente, y cuando vino oyó lo que había sucedido y no quiso creer lo que oía. Volvió de nuevo el Señor y descubrió al discípulo incrédulo su costado para que lo tocase y le mostró las manos, y presentándole las cicatrices de sus llagas curó las de su incredulidad.

¿Qué pensáis de todo esto, hermanos carísimos? ¿Acaso creéis que fue una casualidad todo lo que sucedió en aquella ocasión: que no se hallase presente aquel discípulo elegido y que, cuando vino, oyera, y oyendo dudara, y dudando palpara, y palpando creyera? No, no sucedió esto casualmente, sino por disposición de la divina Providencia. La divina Misericordia obró de una manera tan maravillosa para que, al tocar aquel discípulo las heridas de su Maestro, sanase en nosotros las llagas de nuestra incredulidad. De manera que la duda de Tomás fue más provechosa para nuestra fe, que la de los discípulos creyentes, pues, decidiéndose él a palpar para creer, nuestra alma se afirma en la fe, desechando toda duda (…).

Respondió Tomás y le dijo: ¡Señor mío y Dios mío! Jesús contestó: porque me has visto has creído. Dice el Apóstol San Pablo: la fe es certeza en las cosas que se esperan; y prueba de las que no se ven. Resulta claro que la fe es la prueba decisiva de las cosas que no se ven, pues las que se ven, ya no son objeto de la fe, sino del conocimiento. Ahora bien, ¿por qué, cuando Tomás vio y palpó, el Señor le dice: porque me has visto has creído? Porque él vio una cosa y creyó otra: el hombre mortal no puede ver la divinidad; por tanto, Tomás vio al hombre y confesó a Dios, diciendo: ¡Señor mío y Dios mío!: viendo al que conocía como verdadero hombre, creyó y aclamó a Dios, aunque como tal no podía verle.

Causa mucha alegría lo que sigue a continuación: bienaventurados los que sin haber visto han creído. En esta sentencia estamos especialmente comprendidos nosotros, que confesamos con el alma al que no hemos visto en la carne. Sí, en ella se nos designa a nosotros, pero con tal que nuestras obras se conformen a nuestra fe, pues quien cumple en la práctica lo que cree, ése es el que cree de verdad. Por el contrario, de aquéllos que sólo creen con palabras, dice San Pablo: hacen profesión de conocer a Dios, pero lo niegan con sus obras. Y, por eso, dice Santiago: la fe sin obras está muerta. (…).  (Homilía 26 sobre los Evangelios).

San Bernardo

Todo el que nace de Dios vence al mundo. Después que el Unigénito de Dios, lejos de aferrarse a su categoría divina, se dignó hacerse hombre y presentarse como simple hombre, la pequeñez humana se siente orgullosa de su nacimiento celeste. No desdice tampoco de Dios hacerse padre de los que Cristo ha hecho hermanos suyos. El evangelista Juan, que nos recuerda con mucha frecuencia y gran empeño esta adopción divina, dice en el pórtico mismo de su evangelio: a los que le recibieron, les hizo capaces de ser hijos de Dios.

Lo mismo nos ha repetido hoy: todo el que nace de Dios vence al mundo. A los auténticos cristianos el mundo los odia como a Cristo, pero ellos lo vencen unidos a Cristo. Recordad: no os extrañéis si el mundo os odia; tened presente que primero me  ha odiado a mí. Ánimo, que yo  he vencido al mundo. Así comprendemos lo que dice el Apóstol: a quienes eligió -el Padre, sin duda alguna- los destinó a que reprodujeran los rasgos de su Hijo. Fijaos en el paralelismo: por él son hijos adoptivos para que él sea el  hermano mayor; por él los odia el mundo y por él vencen ellos al mundo.

 

Sí, es verdad: todo el que nace de Dios vence al mundo; la prueba más clara de este nacimiento celeste es superar la tentación. Lo mismo que el Hijo de Dios por naturaleza triunfó del mundo y de su jefe, los hijos adoptivos también lo hemos vencido. Lo hemos vencido, pero unidos a él que nos hace fuertes, y con el que todo lo podemos. Porque la victoria que vence al mundo es nuestra fe. Por la fe somos hijos adoptivos de Dios; la fe es lo que odia y persigue en nosotros este mundo perverso; y la fe consigue la victoria, como dice la Escritura: ellos con su fe subyugaron reinos. Si la vida procede de la fe, también el triunfo: el justo vive de la fe.

Por lo tanto, siempre que resistes a la tentación y vences el mal, no te lo atribuyas a ti mismo, ni te gloríes de ti mismo, sino del Señor. Ese enemigo tan fuerte no se rendiría jamás ante tu flaqueza. Escucha las palabras del que ha sido nombrado por el Señor pastor del rebaño: vuestro adversario el diablo, rugiendo como un león, ronda buscando a quien devorar. Hacedle frente firmes en la fe. Los testigos de la verdad coinciden plenamente: Pablo dice que los santos han vencido por la fe; Pedro exhorta a resistir al Jefe de este mundo con la fortaleza de la fe; y Juan proclama: la victoria que vence al mundo es nuestra fe.

Continúa diciendo: ¿Quién puede vencer al mundo sino el que cree que Jesús es el Hijo de Dios? Nada más cierto que esto, hermanos: el que no cree en el Hijo de Dios no sólo está derrotado sino condenado. Porque sin fe es imposible agradar a Dios. Alguno puede replicar que actualmente muchos que admiten a Jesús como Hijo de Dios, se dejan dominar por los deseos del mundo. ¿Cómo decimos que únicamente vence al mundo el que cree que Jesús es el Hijo de Dios, si el mundo acepta esta verdad? ¿No lo creen también los demonios y les hace temblar? ¿Crees tú que ve en Jesús al Hijo de Dios el hombre que no teme sus amenazas ni le mueven sus promesas, ni cumple sus preceptos, ni le importan sus consejos? Ese tal, aunque diga que cree en Dios, lo niega con sus obras. Porque la fe sin obras es como un cadáver. Y el que no vive, difícilmente puede vencer.

¿Quieres saber cuál es la fe que da vida y consigue la victoria? Aquella por la cual Cristo habita en lo íntimo de nuestro ser. Él es nuestra virtud y nuestra vida. Cuando se manifieste Cristo, que es nuestra vida, dice el Apóstol, os manifestaréis también vosotros gloriosos con él. Esa gloria será vuestra victoria. Y nos manifestaremos con él porque vencemos por él. Solamente llegan a ser hijos de Dios los que reciben a Cristo, y únicamente en ellos se cumple lo que dice la Escritura: todo el que nace de Dios, vence al mundo.

Por eso, el mismo que había dicho: ¿quién puede vencer al mundo sino el que cree que Jesús es el Hijo de  Dios?, quiere ensalzar sin reservas la fe, por la cual Cristo habita en nuestros corazones. Refiriéndose a su venida añade: el que vino con agua y sangre fue él, Jesucristo. Muestra además otro camino más perfecto: el Espíritu atestigua que Jesús es Hijo de Dios. Lo que dice antes de esto: no vino sólo en el agua, sino en el agua y la sangre, creo que hace referencia a Moisés, que vino en el agua, y por eso se llama así.

Recordemos el episodio del Antiguo Testamento: mataban a todos los niños israelitas que nacían en Egipto, excepto a Moisés que lo pusieron en el agua y lo recogió la hija del Faraón. Moisés es una clara figura de Cristo. Herodes se inquietó y sospechó como el Faraón, acudió a idénticos medios de crueldad, y quedó tan burlado como aquél. En ambos casos mueren degollados muchos niños por una sola persona que suscita esos hechos; y en ambos casos se libra el que buscaban. A Moisés lo salvó la hija del Faraón, y a Cristo Egipto, cuyo sentido es hija del Faraón. Pero es evidente que éste es muy superior a Moisés, porque no sólo vino en el agua, sino en el agua y la sangre. Muchas aguas equivalen a muchos pueblos.

El que vino sólo en el agua formó un pueblo, pero no lo redimió. La liberación de la esclavitud de Egipto no se hizo con la sangre de Moisés, sino del Cordero. Y es símbolo de la liberación del modo de vivir idolátrico que nosotros hemos conseguido por la sangre del Cordero inmaculado, Cristo Jesús. Él es nuestro verdadero Legislador, y de él nos viene una redención copiosa. No sólo murió por la nación, sino también para reunir a los hijos de Dios dispersos. Juan fue testigo presencial, y da testimonio: y nos consta que su testimonio es verdadero. Del costado de Cristo muerto en la cruz salió sangre y agua, es decir, del costado del nuevo Adán dormido nació y fue redimida la Iglesia.

Hoy viene también a nosotros por el agua y la sangre: y dan testimonio de su venida y de nuestra fe victoriosa. Además tenemos otro testimonio mucho mayor: el del espíritu de la verdad. Lo que estos tres afirman es cierto y verídico. Dichosa el alma que merece escuchar: los que dan testimonio en la tierra son tres: el Espíritu, el agua y la sangre. El agua simboliza el bautismo, la sangre el martirio, y el Espíritu el amor. El Espíritu da vida, y la vida de la fe es el amor. La relación que existe entre el Espíritu y el amor la pregona Pablo: el amor que Dios nos tiene inunda nuestros corazones por el Espíritu Santo que nos ha sido dado. Por eso debemos unir siempre el Espíritu al agua y a la sangre, ya que, como dice el Apóstol, sin el amor nada tiene valor alguno.

Si el agua es símbolo del bautismo y la sangre lo es del martirio, eso quiere decir que tanto el uno como el otro son una realidad única y de cada día. Las continuas molestias corporales son una especie de martirio y un continuo derramar la sangre. La compunción del corazón y las lágrimas también son un  martirio. De este modo los cobardes y apocados, incapaces de dar de una vez su vida por Cristo, pueden derramar su sangre en un martirio más lento y llevadero. Y como el bautismo no se puede repetir, de este modo pueden purificarse continuamente los que pecan sin cesar. Lo dice el Profeta: de noche lloro sobre el lecho; riego mi cama con lágrimas. Ahí tienes al que vence al mundo. Intenta comprender lo que desea superar. Lo dice el mismo Juan: No améis el mundo ni lo que hay en el mundo. Porque todo lo que hay en el mundo es: bajos instintos, ojos insaciables y arrogancia del dinero.

Estas son las tres bandas que hicieron los caldeos. Recuerda, asimismo, que Jacob formó tres grupos por temor a Esaú, cuando regresó de Mesopotamia. También vosotros necesitáis una triple defensa contra estas tres tentaciones: contra los bajos instintos la mortificación corporal, indicada en el testimonio de la sangre. Los ojos insaciables se dominan con el espíritu de compunción y la frecuencia de las lágrimas. Y la ambición del dinero se excluye por el amor, único capaz de limpiar el alma y purificar la intención.

La seña más patente de haber vencido al mundo es dominar el cuerpo y obligarle a que nos sirva, y de este modo evitar que vaya tras el desenfreno del placer; entregarse al llanto, más bien que a la altivez o curiosidad; y en vez de llenar el corazón de vanidad abrasarse en amor espiritual.

El Espíritu es el único testimonio del cielo y de la tierra, porque las fatigas corporales cesarán y las lágrimas se agotarán. Pero el amor no  cesa nunca. Ahora lo gustamos por anticipado: la plenitud y la saciedad serán más tarde. El Espíritu perdura mucho más que el agua y la sangre -la carne y la sangre no pueden heredar el reino de Dios-; pero actualmente es imposible encontrar el Espíritu sin ellos, porque los tres son una misma realidad, y si falta uno los otros tampoco están. Por el contrario, cuando se encuentran los tres juntos son dignos de todo crédito, y quien los posea en esta vida no se verá privado de ellos en la otra.

Ahora se pronuncia por el Hijo de Dios ante los hombres, no con palabras y de boca, sino con obras y de verdad; y el Hijo se pronunciará en su favor ante los ángeles de Dios. El Padre no rechaza un testimonio refrendado por el Hijo. Y el Espíritu tampoco discrepa del Padre y del Hijo, porque es el Espíritu de ambos. Además no puede verse privado en el cielo de su testimonio el que ya gozó de él en la tierra. Así, pues, tres son los que dan testimonio en el cielo, el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo. No temas que falte la armonía entre ellos: los tres son uno, El mejor testimonio imaginable es que el Padre nos reciba en el cielo como hijos y herederos, el Hijo nos admita como hermanos y coherederos, y el Espíritu Santo haga un mismo espíritu con él a quienes se unen a Dios. El Espíritu es el vínculo indisoluble de la Trinidad, por el cual el Padre y el Hijo son uno. Ojalá nosotros seamos también uno en ellos, por la  gracia del que pidió esto mismo para sus discípulos, Jesucristo nuestro Señor. (IN OCTAVA PASCHAE: SERMÓN PRIMERO. SOBRE LA LECTURA DE LA CARTA DE SAN JUAN).

Balduino de Ford:

La institución de la vida común no está sostenida ni apuntalado por una pequeña, ligera ni mediocre autoridad. La Iglesia está fundada en la vida común primitiva; en la vida común nació la Iglesia y en ella comenzó su infancia. La vida común recibió de los mismos apóstoles el modelo de su profesión, el título de su honor, el privilegio de su dignidad, el testimonio de sus autoridad, la protección que la hizo inatacable, el sostén de su esperanza.

Los apóstoles, ¡constituidos por Dios príncipes sobre toda la tierra; príncipes de los pueblos, reunidos con el Dios de Abrahán, dioses fuertes de la tierra elevados sobre manera…!.

Estos hombres eximios, tan poderosos, tan preclaros, revestidos con la fuerza de lo alto, recibieron la misión, por inspiración del Espíritu Santo, de observar la vida común, la consolidaron con su ejemplo, la confirmaron con sus costumbres y nos la transmitieron para que la observáramos; a fin de que , estando en la tierra, por la semejanza de la vida común, comencemos a ser configurados a los ángeles de Dios, de los cuales debemos ser en la vida eterna los compañeros, los iguales y los semejantes. La vida común ha sido establecida según los modelos del cielo, ha sido trasladada del cielo, trasplantada hasta nosotros desde la vida celestial de los santos ángeles…

Existe todavía una cierta comunión entre aquellos que viven en comunidad, de los cuales se ha dicho:” La multitud de los creyentes tenía un solo corazón y una sola alma. Nadie consideraba sus bienes como propios, sino que todo era común entre ellos”. Lo que crea la vida común es pues tener un solo corazón, una sola alma y una comunión en todo. Esta vida representa en la tierra la vida de los ángeles tanto cuanto permite la fragilidad humana…

La comunión atañe al amor del prójimo, y donde el amor es pleno, es plena la comunión. No hay comunión más plena que la de la comunión de todos, como está escrito: “Todo lo tenían en común”. Pero nos puede hacer vacilar lo siguiente: “Se dividía para dar a cada uno según su necesidad”. ¿Cómo conciliar “comunión” y “división”?¿Cómo conciliar “comunión” y “propiedad”? se dividía para dar a cada uno según sus necesidades, se cedía a cada uno el uso y la propiedad de lo que requerían sus necesidades. Si cada uno tenía diversas necesidades y a causa de ellas subsidios propios, si tenía las propias debilidades y para solucionarlas los propios remedios; si tenía alguno la propia aflicción, y para aliviarla el propio consuelo, ¿cómo todas las cosas eras comunes a todos, si cada uno tenía más de una cosa propia?

El Apóstol agrava esta objeción al decir: “A cada uno se le otorga la manifestación del Espíritu para común utilidad”; y: “Cada uno tiene de Dios su propio don: este, uno; aquel, otro”. Y también: “Hay diversidad de gracias, y diversidad de ministerios y diversidad de operaciones”. ¿Cómo pues puede haber comunión de todo donde hay tantas diversidades de gracias, tantos dones propios? ¿Qué diremos a esto? ¿Qué diremos a esto? ¿Quién sería idóneo para hacerlo? “Es cosa ardua para mí”.

Veamos sin embargo, si el nudo del amor, que no debe ser desatado, puede desatar esta objeción. De hecho puede hacerlo. La caridad en efecto sabe reducir a su arbitrio la propiedad a la comunión; no de modo que no haya propiedad, sino de modo que la propiedad conduzca a la comunión, para que no falte la comunión ni impida el bien de la comunión. Pero la diversidad o la propiedad que impide el bien de la comunión, es ajena a la caridad. Pues la caridad ama la comunión, ama también la propiedad que aprovecha al bien de la comunión o no la impide. En efecto, la comunión no puede existir sin propiedad; aunque la propiedad pueda existir sin el bien de la comunión. Realmente, ¿cómo podría haber algo en común, allí donde la propiedad no distinguiera unos bienes de otros, de aquellos que tienen algo en común?.  (Tratado XV; La vida común o cenobítica).

San Agustín:

♦ Diga, pues, la casa de Israel que es bueno, que su misericordia es eterna. Diga, pues, la casa de Aarón que es bueno, que su misericordia es eterna. Digan ahora todos los que temen al Señor que su misericordia es eterna. Creo que sabéis, carísimos, cuál sea la casa de Israel y la de Aarón y que una y otra temen al Señor. Estos son los mismos grandes y pequeños insinuados ya claramente en otro salmo a vuestras mentes. Por tanto, alegrémonos todos nosotros asociados al número de éstos por la gracia de Aquel que es bueno y su misericordia permanece eternamente, puesto que fueron oídos los que dijeron: Añada el Señor (bendición) sobre vosotros, sobre vosotros y sobre vuestros hijos. Habiendo sido agregada a los Israelitas que creyeron en Cristo, a los cuales pertenecen nuestros padres los apóstoles, la multitud de los gentiles para elevación de los perfectos y obediencia de los párvulos, digamos todos hechos uno en Cristo, hecho un solo rebaño bajo un solo pastor; digamos el Cuerpo de aquella Cabeza como un solo hombre: En la tribulación invoqué al Señor, y me oyó en la anchura. Se terminó la angustia de nuestra tribulación; sin embargo, la anchura a la que pasamos no tiene fin, pues ¿quién acusará a los elegidos de Dios?.

La diestra del Señor obró proezas. ¿A qué llama proezas? La diestra del Señor me levantó. Gran proeza es ensalzar al humilde, deificar al mortal, perfeccionar al flaco, dar gloria al abyecto, victoria al que sufre y auxilio en la tribulación para que se patentizase en los afligidos la verdadera salud de Dios y permaneciese en los que afligen la vana salud del hombre. Grande es esta proeza; pero ¿de qué te admiras? Oye que lo repite. No se ensalzó el hombre, no se perfeccionó a sí mismo, no se dio la gloria, no venció, no fue él mismo salud para sí mismo. La diestra del Señor obró proezas.

No moriré, sino que viviré y contaré las obras del Señor. Al llevar ellos por todo el mundo la ruina de muerte, pensaban que la Iglesia de Cristo murió, y ved que ahora anuncia las obras de Dios. Cristo es la gloria de los bienaventurados mártires en todas las partes. Venció azotando a los que herían, soportando a los impacientes y amando a los crueles.

Sin embargo, nos diga por qué soportó tantas afrentas en el Cuerpo de Cristo, la santa Iglesia, el pueblo adoptivo. El Señor me castigó duramente, mas no me entregó a la muerte. No piense la rabia de los impíos que pudo hacer algo por sus propias fuerzas, pues no hubiera tenido este poder si no se le hubiera dacio de arriba. Con frecuencia el padre de familias manda castigar a los hijos por perversísimos siervos, siendo así que a aquéllos les reserva la herencia, y a éstos los grillos. ¿Cuál es esta heredad? ¿Es de oro, de plata, de piedras preciosas, de fincas, de amenísimos prados? Ve por dónde se entra y conoce cuál sea.

Pero a éste, ¿cómo le llamamos? Piedra reprobada por los constructores, pero que se hizo aquí cabeza de ángulo para erigir en sí a los dos en un solo hombre nuevo, haciendo las paces y reconciliando a entrambos en un solo cuerpo con Dios, esto es, a la circuncisión y al prepucio.

Por el Señor a él se le hizo; es decir, por el Señor fue hecho cabecera de ángulo. Pues, aunque no hubiera sido hecho piedra angular, si no hubiera padecido, con todo, no fue hecho por quienes le propinaron la pasión. Ellos que edificaban, ciertamente le reprobaron; pero por lo mismo que el Señor edifica ocultamente, constituyó en cabecera de ángulo lo que ellos desecharon. Y es admirable a nuestros ojos; a los ojos interiores del hombre, a los ojos de los que creen, esperan y aman; mas no a los ojos carnales de aquellos que despreciándole como a hombre le desecharon.

Este es el día que hizo el Señor. Este hombre recuerda que dijo en un salmo anterior conmemorando sus días antiguos: Inclinó su oído hacia mí y en mis días le invoqué. Por eso dice ahora: Este es el día que hizo el Señor, es decir, el día en que me dio la salud. Este es el día del cual dijo: En tiempo aceptable te oí y en el día de la salud le ayudé; a saber, éste es el día en el que, Mediador, se hizo cabeza de ángulo. Luego regocijémonos y  alegrémonos en Él. (Comentario al Salmo 117).

 

♦ Todo el que cree que Jesús es el Cristo, ha nacido de Dios. ¿Quién es el que no cree que Jesús es el Cristo? Quien no vive en conformidad con los preceptos de Cristo. Muchos son, en efecto, los que dicen: «creo», pero la fe sin las obras no salva. Ahora bien, la obra de la fe es el amor mismo, según lo que dice el apóstol Pablo: Y la fe que obra por el amor. Las obras que realizaste antes de venir a la fe o eran nulas o, si tenían la apariencia de bondad, eran vanas. Si eran nulas eras como un hombre sin pies o que, por tenerlos doloridos, no puede caminar; si, por el contrario, tus obras tenían la apariencia de buenas, antes de venir a la fe, corrías ciertamente, pero, al correr fuera del camino, más que llegar a la meta, te extraviabas. Tenemos, pues, que correr y que correr por el camino. Quien corre fuera del camino corre en vano; más aún, sólo corre para fatigarse. Fuera de él, cuanto más corre, más se extravía. ¿Cuál es el camino por el que corremos? Cristo lo dijo: Yo soy el camino. ¿Cuál es la patria a donde nos dirigimos? Cristo dijo: Yo soy la verdad. Por Él corres, hacia Él corres, en Él hallas el descanso. Mas para que corramos por Él, se extendió hasta nosotros, pues nos hallábamos lejos, peregrinos muy distantes de la patria. Es poco decir que éramos peregrinos muy distantes de la patria. Por estar débiles no podíamos movernos. Vino el médico a visitar a los enfermos, ofreció el camino, se alargó hasta los peregrinos. Dejémonos salvar por Él, caminemos por Él.

Creer que Jesús es Dios equivale a creer como creen los cristianos que no lo son sólo de nombre, sino con los hechos y la vida, no como creen los demonios. Pues, como dice la Escritura, también los demonios creen, pero tiemblan. ¿Qué más pudieron creer los demonios, si llegaron a decir: Sabemos que eres el Hijo de Dios? Lo que dijeron los demonios es lo mismo que dijo Pedro. Cuando el Señor les preguntó quién era y quién decían los hombres que era Él, los discípulos respondieron: Unos dicen que eres Juan Bautista, otros que Elías, otros que Jeremías o uno de los profetas. A lo que Él replicó: Pero vosotros ¿quién decís que soy yo? Respondió Pedro: Tú eres el Cristo, el Hijo de Dios vivo. Y él oyó de boca del Señor: Dichoso eres Simón, hijo de Jonás, porque no te lo reveló la carne y la sangre, sino mi Padre que está en los cielos. Ved qué alabanzas acompañan a esta profesión de fe: Tú eres Pedro y sobre esta roca edificaré mi Iglesia. ¿Qué significa sobre esta piedra edificaré mi Iglesia? Sobre esta profesión de fe, es decir, sobre las palabras: Tú eres el Cristo, el Hijo de Dios vivo. «Sobre esta roca fundamentaré mi Iglesia», le dijo. ¡Magnífica alabanza! Así, pues, dice Pedro: Tú eres el Cristo, el Hijo de Dios vivo; dicen asimismo los demonios: Sabemos quién eres, el Hijo de Dios, el Santo de Dios. Lo mismo que dice Pedro, lo dicen los demonios, las mismas palabras, pero no con el mismo espíritu. ¿Y cómo consta que Pedro lo decía con amor? Porque la fe del cristiano va acompañada del amor; la de los demonios, no. ¿Cómo es que no va acompañada de amor? Pedro dijo aquellas palabras para adherirse a Cristo, y los demonios, en cambio, para que se alejase de ellos. Pues, antes de decir: Sabemos quién eres, tú eres el Hijo de Dios, habían dicho: ¿Qué tenemos que ver nosotros contigo? ¿Por qué has venido a echarnos a perder antes de tiempo? Por tanto, una cosa es confesar a Cristo para poseerle y otra es confesarlo para alejarlo de ti. Así, pues, veis en qué sentido dice aquí: Quien cree. Se refiere a una fe específica; no a la fe común a muchos hombres. En consecuencia, hermanos, que ningún hereje os diga: «También nosotros creemos». Os he propuesto el ejemplo de los demonios precisamente para que no os alborocéis ante las solas palabras de los que creen, sino que exploréis los hechos de la vida.

Veamos ya en qué consiste creer en Cristo; qué significa creer que Jesús mismo es el Cristo. Continúa el texto de la carta: Todo el que cree que Jesús es el Cristo ha nacido de Dios. Pero ¿qué significa creer eso? Y todo el que ama a quien le engendró ama también al engendrado por Él. Inmediatamente vinculó el amor a la fe, porque la fe sin amor es vana. La fe del cristiano va acompañada del amor, la de los demonios no. Pero los que no creen son peores que los demonios y más lentos que ellos. Fulano o mengano rehúsan creer en Cristo: aún no imitan ni a los demonios. Supongamos que ya creen en Él, pero que le odian: confiesan la fe por temor al castigo, no por amor a la corona, pues también los demonios temían el castigo. Añade a esta fe el amor, para que se convierta en una fe como la que proclama el apóstol Pablo: La fe que obra por el amor. Has encontrado al cristiano, has hallado al ciudadano de Jerusalén, al conciudadano de los ángeles; has hallado al peregrino que, aún en camino, suspira por la patria. Únete a él, es tu compañero, corre a su lado, siempre que también tú seas eso mismo. Todo el que ama al que le engendró, ama también al engendrado por él. ¿Quién engendró? El Padre. ¿Quién es el engendrado? El Hijo. ¿Qué dice, pues? Todo el que ama al Padre ama al Hijo.

En esto conocemos que amamos a los hijos de Dios. ¿Qué significa esto, hermanos? Poco antes se refería al Hijo, no a los hijos de Dios. Ved cómo se ha propuesto a nuestra contemplación un único Cristo y se nos ha dicho: Todo el que cree que Jesús es el Cristo ha nacido de Dios, y todo el que ama al que le engendró, esto es, al Padre, ama también al engendrado por Él, o sea al Hijo, nuestro Señor Jesucristo. Continúa diciendo: En esto conocemos que amamos a los hijos de Dios, cuando cabía esperar: En esto conocemos que amamos al Hijo de Dios. Llamó hijos de Dios al que poco antes llamaba Hijo de Dios. La razón es que los hijos de Dios son el cuerpo del Hijo único de Dios. Y, dado que él es la cabeza y nosotros los miembros, no hay más que un único Hijo de Dios. Por tanto, quien ama a los hijos de Dios ama al Hijo de Dios, y quien ama al Hijo de Dios ama al Padre. Y nadie puede amar al Padre si no ama al Hijo, y quien ama al Hijo ama también a los hijos de Dios.

¿A qué hijos de Dios? A los miembros del Hijo de Dios. Y, al amarle, se hace también él mismo miembro y, por el amor, entra a formar parte del único organismo que es cuerpo de Cristo y habrá un único Cristo amándose a sí mismo. Pues, cuando los miembros se aman mutuamente, el cuerpo se ama a sí mismo. Y, si sufre un miembro, sufren con él todos los demás; y si recibe gloria un único miembro, se alegran con él todos los restantes. ¿Y cómo sigue? Mas vosotros sois el cuerpo de Cristo y sus miembros. Hablando poco antes del amor fraterno, decía Juan: Quien no ama al hermano a quien ve, ¿cómo puede amar a Dios a quien no ve? Por el contrario, si amas al hermano, ¿acaso amas sólo al hermano, pero no a Cristo? ¿Cómo no vas a amarlo cuando amas a los miembros de Cristo? Por tanto, cuando amas a los miembros de Cristo, amas a Cristo; cuando amas a Cristo, amas al Hijo de Dios; cuando amas al Hijo de Dios, amas también al Padre. El amor no es divisible, pues. Elige un objeto para tu amor: le siguen los restantes. Supongamos que dices: «Sólo amo a Dios, a Dios Padre». -«Mientes; si le amas, no le amas sólo a Él, sino que, si amas al Padre, amas también al Hijo». -«Mira -dices-; amo al Padre y al Hijo, pero sólo a ellos dos, a Dios Padre y al Hijo, nuestro Dios y Señor Jesucristo, que ascendió a los cielos y está sentado a la derecha del Padre, la Palabra por la que todo fue hecho, la Palabra que se hizo carne y habitó entre nosotros: ellos son el único objeto de mi amor». -«Mientes, pues si amas a la Cabeza, amas también a los miembros; si, por el contrario, no amas a los miembros, tampoco amas a la Cabeza». ¿No te llena de espanto la voz de la Cabeza que grita desde el cielo en favor de sus miembros: Saulo, Saulo, ¿por qué me persigues? Llamó perseguidor propio al que perseguía a sus miembros. Quiénes son sus miembros ya lo conocéis, hermanos: la Iglesia de Dios.

En esto conocemos que amamos a los hijos de Dios: en que amamos a Dios. Pero ¿cómo? ¿No son una cosa los hijos de Dios y otra distinta Dios? Sí, pero quien ama a Dios, ama sus preceptos. Y ¿cuáles son los preceptos de Dios? Os doy un mandamiento nuevo: que os améis unos a otros. Que nadie se exima de pasar de un amor a otro. Este amor tiene ciertamente esa característica. Como él se funde en unidad, de idéntica manera reduce a unidad a todos los que dependen de él y, siendo fuego, los funde a todos. He aquí el oro; se funde la masa y se convierte en una única pieza. Pero, si no se enciende el fuego de la caridad los muchos no pueden fundirse en unidad. En el hecho de amar a Dios conocemos que amamos a los hijos de Dios.

Y ¿cómo conocemos que amamos a los hijos de Dios? En que amamos a Dios y cumplimos sus preceptos. La dificultad para cumplir el precepto de Dios nos hace suspirar aquí. Escucha lo que sigue. «¡Oh hombre!, ¿por qué te fatigas amando? Amando la avaricia. Lo que amas no puede amarse sin fatiga, a Dios sí…

Pues el fin de la ley es Cristo para justificación de todo el que cree. Y ¿qué significa la afirmación de que Cristo es el fin? Que Cristo es Dios y la caridad el fin del precepto y que Dios es caridad: que el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo no son más que una realidad. Ahí tienes tu fin; todo lo demás es camino hacia él. No te pegues al camino, lo que te impedirá llegar al fin. Sea cual sea la etapa alcanzada, sigue tu ruta hasta llegar al fin. ¿Cuál es el fin? Mi bien es unirme a Dios. En el momento en que te hayas adherido a Dios habrás dado fin a tu camino: permanecerás en la patria.

Ved, hermanos, cuántas cosas hemos dejado atrás, cosas en las que no se halla el fin. De ellas nos servimos como si se tratase de asistencias en el camino, igual que cuando reponemos fuerzas en los albergues, que luego abandonamos. ¿Dónde está, pues, el fin? Amadísimos, somos hijos de Dios y aún no se ha manifestado lo que seremos. Esto se halla dicho aquí, en esta carta. Por tanto, aún estamos de camino. Sea la que sea la etapa alcanzada, aún debemos dejarla atrás, hasta llegar a determinado fin. Sabemos que, cuando se manifieste, seremos semejantes a Él porque le veremos tal cual es. He aquí el fin. En él la alabanza será perfecta, el aleluya no conocerá interrupción.

Así, pues, a este fin se refirió el salmista al decir: He visto el fin donde todo alcanza su perfección. Y, como si le dijesen: ¿Cuál es el fin que has visto? Tu mandamiento es sumamente ancho. Tal es el fin: la anchura del mandamiento. La anchura del mandamiento es la caridad, porque donde se halla la caridad no hay estrecheces. En esa misma anchura se hallaba ubicado el Apóstol cuando decía: Nuestra boca se ha abierto para vosotros, ¡oh corintios!; nuestro corazón se ha dilatado; no sufrís estrecheces en nosotros. Tal es la razón, pues, por la que tu mandamiento es sumamente ancho Cuál es el mandato ancho? Os doy un mandamiento nuevo: que os améis unos a otros. La caridad, por tanto, no sufre estrecheces. ¿Deseas no sufrir estrecheces en la tierra? Habita en la anchura. Pues nada que pueda hacerte un hombre te causará estrechez, porque amas aquello que el hombre nunca puede dañar: amas a Dios, amas al conjunto de los hermanos, amas la ley de Dios, amas a la Iglesia de Dios. La caridad será eterna. Te fatigas en la tierra, pero llegarás a cosechar el fruto prometido. ¿Quién puede quitarte lo que amas? Si nadie puede quitártelo, duermes tranquilo; mejor, te mantienes seguro en vela, no sea que, por quedarte dormido, pierdas lo que amas. Pues no en vano se ha dicho: Ilumina mis ojos, no sea que alguna vez me duerma en la muerte. Los que cierran sus ojos a la caridad se duermen en las apetencias de placeres carnales. Mantente en vela, pues…

Pues en esto consiste el amor de Dios: en que guardemos sus preceptos. Ya lo habéis oído: De estos dos preceptos penden la ley entera y los profetas. Mira cómo no quiso que te perdieras en las muchas páginas. De estos dos preceptos penden la ley entera y los profetas. ¿Qué dos preceptos? Amarás al Señor con todo tu corazón, con toda tu alma, con toda tu mente Amarás a tu prójimo como a ti mismo 

Por tanto, hermanos, no es necesario que yo ensanche vuestro corazón. Conseguid de Dios amaros unos a otros, amar a todos los hombres, incluidos vuestros enemigos, no porque ya sean hermanos, sino para que lo sean. Obtened de Dios arder siempre en amor fraterno, ya hacia el efectivamente hermano, ya hacia el enemigo, para que, amándole ya como hermano, se convierta realmente en hermano. Siempre que amáis a un hermano, amáis a un amigo. Ya está contigo, ya se ha asociado a ti también en la unidad católica. Si vives santamente amas a quien de enemigo se ha vuelto hermano. Pero amas a alguien que aún no ha creído en Cristo o, si cree, cree como los demonios; reprendes su vaciedad. Tú ámale y ámale con amor fraterno; aún no es tu hermano, mas para eso le amas: para que lo sea. Por tanto, todo nuestro amor fraterno es amor a cristianos, amor a todos los miembros de Cristo. La regla de la caridad, hermanos míos, su fortaleza, sus flores, sus frutos, su hermosura, encanto, su pasto, su bebida, su alimento, sus abrazos desconocen la saciedad. Si así nos deleita cuando aún somos peregrinos, ¿cómo gozaremos de ella en la patria?…

Extiende tu caridad por el orbe entero, si quieres amar a Cristo, puesto que los miembros de Cristo se extienden por todo el orbe. Si amas sólo una parte, estás dividido; si estás dividido, no te hayas en el cuerpo, y, si no te hayas en el cuerpo, no estás bajo la Cabeza.

¿De qué te sirve creer en Él, si le llenas de afrentas? Le adoras en su cabeza, le injurias en su cuerpo. Él ama a su cuerpo. Si tú te has separado del cuerpo, la Cabeza no se separa del suyo. «En vano me tributas honor», le grita la Cabeza desde el cielo, «en vano me tributas honor». Es como si alguien quisiera besarte la cabeza y, a la vez, pisarte los pies… «¡Qué haces, hombre! Me estás pisando»? … Me honras en la parte superior, me pisoteas en la inferior. Es mayor el dolor que me produce tu pisotón que el gozo que me ocasiona la honra que me tributas, puesto que esa parte que honras sufre por aquella que pisoteas». ¿Qué grita la lengua? «Me duele»; no dice «Le duele a mi pie», sino: «Me duele a mí». -«¡Oh lengua! ¿Quién te tocó? ¿Quién te golpeó? ¿Quién te punzó? ¿Quién te pinchó?». -«Nadie, pero estoy unida a los miembros pisoteados. ¿Cómo quieres que no me duela, si no estoy separada de ellos?».

He aquí por qué nuestro Señor Jesucristo, al ascender al cielo a los cuarenta días de su resurrección, recomendó su cuerpo indicando por dónde iba a extenderse aquí abajo. Veía que muchos le iban a honrar por haber ascendido al cielo, pero que el honor que ésos le iban a tributar no les serviría de nada, si pisoteaban a sus miembros que quedaban en la tierra…

 (Tratado sobre la primera carta de San Juan, Homilía 10).

 

♦ María Magdalena viene a comunicar a los discípulos que «He visto al Señor y me dijo esto». Como, pues, fuese tarde aquel día primero de la semana y a causa del miedo a los judíos estuviesen cerradas las puertas donde los discípulos estaban congregados, vino Jesús y se plantó en el medio y les dice: «Paz a vosotros». Y, como hubiese dicho esto, les mostró las manos y el costado. De hecho, los clavos habían traspasado las manos, la lanza había abierto su costado, donde las marcas de las heridas se han conservado para sanar los corazones de quienes dudaban. Por otra parte, para la mole del cuerpo donde estaba la divinidad no fueron un obstáculo las puertas cerradas; en efecto, sin estar ellas abiertas pudo entrar ese a pesar de cuyo nacimiento permaneció inviolada la virginidad de su madre.

Se alegraron, pues, los discípulos, visto el Señor. Les dijo, pues, de nuevo: «Paz a vosotros». La repetición es confirmación; en efecto, ese mismo da la paz sobre paz, prometida mediante un profeta. Como me envió el Padre, afirma, también yo os envío. Sabemos que el Hijo es igual al Padre, pero aquí reconocemos las palabras del Mediador, pues se muestra a sí mismo como intermediario, diciendo: «Él a mí, también yo a vosotros». Tras haber dicho esto, sopló y les dijo: «Recibid Espíritu Santo». Soplando ha indicado que el Espíritu Santo es el Espíritu no del Padre solo, sino también suyo.

Se condonan los pecados a esos cuyos pecados hayáis condonado, afirma, y quedan retenidos a esos cuyos pecados hayáis retenidoLa caridad de la Iglesia, que mediante el Espíritu Santo se derrama en nuestros corazones, perdona los pecados de sus compañeros; en cambio, mantiene los de esos que no son compañeros suyos. Por eso, después que ha dicho: «Recibid Espíritu Santo», al instante ha añadido esto acerca de la condonación y retención de los pecados.

Ahora bien, Tomás, uno de los doce, al que se llama Dídimo, no estaba con ellos cuando vino Jesús. Le dijeron, pues, los otros discípulos: «Hemos visto al Señor». Por su parte, él les dijo: «Si no viere en sus manos el agujero de los clavos y no meto mi dedo en el lugar de los clavos y no meto mi mano en su costado, no creeré». Y, tras ocho días, estaban de nuevo sus discípulos dentro y Tomás con ellos. Viene Jesús, cerradas las puertas, y se plantó en el medio y dijo: «Paz a vosotros». Después dice a Tomás: «Introduce aquí tu dedo y mira mis manos y acerca y mete tu mano en mi costado y no seas incrédulo, sino fiel». Respondió Tomás y le dijo: «Señor mío y Dios mío». Veía y tocaba a un hombre y confesaba a Dios, al que no veía ni tocaba; pero, mediante esto que veía y tocaba, creía aquello, alejada ya la duda. Jesús le dice: «Porque me has visto has creído». No asevera «me has tocado», sino «me has visto», porque la vista es de algún modo un sentido general. Efectivamente, suele nombrarse también mediante los otro cuatro sentidos, como cuando decimos: «Oye y ve qué bien suena, huele y ve qué bien huele, gusta y ve qué bien sabe, toca y ve qué bien calienta». Por doquier ha sonado «ve», aunque no se niega que la vista pertenece propiamente a los ojos. Por ende, también aquí el Señor mismo afirma: «Introduce aquí tu dedo y mira mis manos»; ¿qué otra cosa dice sino «toca y ve»? Él empero no tenía ojos en el dedo. Porque, pues, o mirando o tocando me has visto, afirma, has creído. Sin embargo, puede decirse que, cuando aquél se ofreció al discípulo para que lo tocase, éste no se atrevió a tocarlo, pues no está escrito «y Tomás lo tocó». Pero, haya visto y creído, sólo mirando o también tocando, lo que sigue pregona y hace valer más la fe de las gentes: Dichosos quienes no han visto y han creído. Ha usado verbos de tiempo pretérito, cual ese que en su predestinación conocía como ya sucedido lo que iba a suceder. (Tratados sobre el Ev. de San Juan, Tratado 121).

San Elredo de Rieval:

Murió, efectivamente, por nuestros pecados, y “resucitó para nuestra justificación” y subió al cielo para nuestra glorificación. Por su muerte recibimos el perdón de nuestros pecados, pues lo que nosotros no podíamos él lo pagó por nuestros pecados. Por la fe en su Resurrección somos justificados, pues los no creyentes, paganos y judíos, conocían y creían que había muerto, aunque no  quisieran creer en su muerte, pero como no pudieron ver su Resurrección, no quisieron creer en ella.

En cambio nuestra fe merece la justificación y espera una gran recompensa, ya que creemos lo que no hemos podido ver. Por eso dijo el Señor a Tomás: “Porque me has visto, has creído; dichosos los que crean sin haber visto”… (En la Ascensión del Señor, Sermón 13, 2-3).

 

San Cirilo de Alejandría:

⇒ Todos los que participamos de la sangre sagrada de Cristo alcanzamos la unión corporal con él, como atestigua san Pablo, cuando dice, refiriéndose al misterio del amor misericordioso del Señor: No había sido manifestado a los hombres en otros tiempos, como ha sido revelado ahora por el Espíritu a sus santos apóstoles y profetas: que también los gentiles son coherederos, miembros del mismo cuerpo y partícipes de la promesa en Jesucristo.

Si, pues, todos nosotros formamos un mismo cuerpo en Cristo, y no sólo unos con otros, sino también en relación con aquel que se halla en nosotros gracias a su carne, ¿cómo no mostramos abiertamente todos nosotros esa unidad entre nosotros y en Cristo? Pues Cristo, que es Dios y hombre a la vez, es el vínculo de la unidad.

Y, si seguimos por el camino de la unión espiritual, habremos de decir que todos nosotros, una vez recibido el único y mismo Espíritu, a saber, el Espíritu Santo, nos fundimos entre nosotros y con Dios. Pues aunque seamos muchos por separado, y Cristo haga que el Espíritu del Padre y suyo habite en cada uno de nosotros, ese Espíritu, único e indivisible, reduce por sí mismo a la unidad a quienes son distintos entre sí en cuanto subsisten en su respectiva singularidad, y hace que todos aparezcan como una sola cosa en sí mismo.

Y así como la virtud de la santa humanidad de Cristo hace que formen un mismo cuerpo todos aquellos en quienes ella se encuentra, pienso que de la misma manera el Espíritu de Dios que habita en todos, único e indivisible, los reduce a todos a la unidad espiritual.

Por esto nos exhorta también san Pablo: Sobrellevaos mutuamente con amor; esforzaos en mantener la unidad del Espíritu, con el vínculo de la paz. Un solo cuerpo y un solo Espíritu, como una sola es la esperanza de la vocación a la que habéis sido convocados. Un Señor, una fe, un bautismo. Un Dios, Padre de todo, que lo trasciende todo, y lo penetra todo, y lo invade todo. Pues siendo uno solo el Espíritu que habita en nosotros, Dios será en nosotros el único Padre de todos por medio de su Hijo, con lo que reducirá a una unidad mutua y consigo a cuantos participan del Espíritu.

Ya desde ahora se manifiesta de alguna manera el hecho de que estemos unidos por participación al Espíritu Santo. Pues si abandonamos la vida puramente natural y nos atenemos a las leyes espirituales, ¿no es evidente que hemos abandonado en cierta manera nuestra vida anterior, que hemos adquirido una configuración celestial y en cierto modo nos hemos transformado en otra naturaleza mediante la unión del Espíritu Santo con nosotros, y que ya no nos tenemos simplemente por hombres, sino como hijos de Dios y hombres celestiales, puesto que hemos llegado a ser participantes de la naturaleza divina?

De manera que todos nosotros ya no somos más que una sola cosa en el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo: una sola cosa por identidad de condición, por la asimilación que obra el amor, por comunión de la santa humanidad de Cristo y por participación del único y santo Espíritu. (Comentario sobre el evangelio de san Juan , Lib 11, cap 11).

 

⇒ Tomás, reacio en un primer momento a creer, fue pronto en la confesión, y en un instante, fue curado de su incredulidad. En efecto, habían transcurrido tan sólo ocho días, y Cristo removió los obstáculos de la incredulidad al mostrarle las cicatrices de los clavos y su costado abierto.

Después de haber entrado milagrosamente a través de las puertas cerradas —milagrosamente ya que todo cuerpo terreno y extenso busca una entrada adecuada al mismo, y para entrar requiere un espacio en proporción a su magnitud—, nuestro Señor Jesucristo con toda espontaneidad descubrió su costado a Tomás y le mostró las heridas impresas en su carne, confirmando —a propósito de Tomás—la fe de todos los creyentes.

Sólo de Tomás se dice que afirmó: Si no veo en sus manos la señal de los clavos, si no meto el dedo en el agujero de los clavos y no meto la mano en su costado, no lo creo. Pero el pecado de incredulidad era, en cierto modo, común a todos, y sabemos que la mente de los demás discípulos no estuvo libre de dudas, bien que aseguraran a Tomás: Hemos visto al Señor.

Y como no acababan de creer por la alegría, y seguían atónitos, Cristo les dijo: ¿Tenéis ahí algo que comer? Ellos le ofrecieron un trozo de pez asado y un poco de miel. Él lo tomó y comió delante de ellos. ¿Ves cómo la duda de la incredulidad no hizo únicamente presa en santo Tomás, sino que este virus atacó asimismo el ánimo de los restantes discípulos?

Así pues, la admiración hacía a los discípulos más tardos en la fe. Pero en realidad, para quien observa y ve no existe excusa alguna de incredulidad; por eso, santo Tomás hizo una correcta confesión cuando dijo: ¡Señor mío y Dios mío!

Jesús le dijo: ¿Porque me has visto, Tomás, has creído? Dichosos los que crean sin haber visto. Esta expresión del Salvador está llena de una singular providencia y puede sernos a nosotros de suma utilidad. En efecto, también en esta ocasión Cristo ha tenido en cuenta el bien de nuestras almas, porque es bueno y quiere que todos los hombres se salven y lleguen al conocimiento de la verdad, según está escrito. Todo lo cual es digno de admiración.

Era, pues, necesario tolerar con paciencia las reservas de Tomás y a los demás discípulos que le creían un espíritu o un fantasma, y, para ofrecer al universo mundo la credibilidad de la fe, mostrar las señales de los clavos y la herida del costado, así como tomar alimento fuera de lo acostumbrado y sin necesidad alguna, a fin de eliminar absolutamente todo motivo de incredulidad en aquellos que buscaban estas pruebas para su propia utilidad.

Pero el que acepta lo que no ve y cree ser verdad lo que el doctor le comunica, éste demuestra una adhesión ferviente al predicador. Por eso se declara dichoso a todo aquel que accede a la fe mediante la predicación de los apóstoles que, al decir de Lucas, fueron testigos oculares de las obras y ministros de la palabra. A ellos debemos nosotros obedecer si es que aspiramos a la vida eterna y estimamos en lo que realmente vale habitar en las moradas eternas. (Comentario sobre el evangelio de san Juan, Lib 12, cap 1).

 

San Juan Crisóstomo:

 

Cristo resucitó y se apareció a sus discípulos. Y precisamente entre ellos hubo un incrédulo, esto es, Tomás, llamado el Mellizo, a quien para creer le fue necesario meter las manos en el agujero de los clavos, tuvo necesidad de tocar su costado.

 

Ahora bien, si aquel discípulo que había convivido con él durante tres años, que había participado de su mesa, que había sido testigo de signos y prodigios extraordinarios, que había escuchado la doctrina de su boca, habiéndolo incluso visto resucitado de entre los muertos, no creyó sino después de haber visto los agujeros de los clavos y la herida de la lanza, ¿cómo habría creído todo el mundo de haberlo visto resucitado de entre los muertos? ¿Quién osaría afirmarlo? No sólo de este episodio, sino de otros muchos, aparecerá claro que para convencer al mundo tuvo mayor fuerza persuasiva la prueba de los milagros, que si él se hubiese mostrado resucitado a los ojos de todos.

 

De hecho, cuando el pueblo oyó que Pedro decía al lisiado: En nombre de Jesucristo Nazareno, echa a andar, creyeron en Cristo, una vez tres mil hombres y otra cinco mil. En cambio, aquel discípulo, aun habiéndolo visto resucitado, permaneció incrédulo. ¿Te das cuenta cómo el milagro fue más provechoso a la fe en la resurrección? Su discípulo, incluso viéndolo resucitado, permaneció incrédulo; los enemigos, en cambio, viendo el milagro, creyeron. De suerte que este milagro pareció más grande y más evidente, y por eso los atrajo y los indujo con mayor eficacia a la fe en la resurrección.

 

¿Que por qué hablo de Tomás? Pues hablo para que sepas y observes atentamente que ni siquiera los otros discípulos creyeron a la primera. Sin embargo, no te apresures a condenarlos: si Cristo no los condenó, no lo hagas tú tampoco. Se encontraron ante un hecho maravilloso e inusitado; el primero que resucitaba de entre los muertos. Además, la mayoría de estos milagros solían, en un primer momento, infundir un profundo temor, hasta que con el decurso del tiempo comenzaron a hallar en la mente de los fieles una fe segura. Es lo que entonces les ocurrió a los discípulos.

 

En efecto, después de que Cristo, ya resucitado, les dijo: «Paz a vosotros», llenos de miedo por la sorpresa —como nos dice el evangelista—, creían ver un fantasma. Él les dijo: ¿Por qué os alarmáis? Y después de haberles mostrado las manos y los pies, como no acababan de creer por la alegría, y seguían atónitos, les dijo: ¿Tenéis ahí algo que comer?, queriendo persuadirles con esta demostración de la realidad de su resurrección. Es como si quisiera decir: ¿No te convencen el costado abierto y las heridas? Convéncete al menos al verme tomar alimento. (Homilía 4 sobre el libro de los Hechos de los apóstoles).

 

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