Domingo 3º de Pascua -CICLO B.-

19 de abril de 2015

Domingo 3º de Pascua

- Ciclo B.-

 

Primera lectura

Lectura del libro de los Hechos de los Apóstoles (3,13-15.17-19):

En aquellos días, Pedro dijo a la gente: «El Dios de Abrahán, de Isaac y de Jacob, el Dios de nuestros padres, ha glorificado a su siervo Jesús, al que vosotros entregasteis y rechazasteis ante Pilato, cuando había decidido soltarlo. Rechazasteis al santo, al justo, y pedisteis el indulto de un asesino; matasteis al autor de la vida, pero Dios lo resucitó de entre los muertos, y nosotros somos testigos. Sin embargo, hermanos, sé que lo hicisteis por ignorancia, y vuestras autoridades lo mismo; pero Dios cumplió de esta manera lo que había dicho por los profetas, que su Mesías tenía que padecer. Por tanto, arrepentíos y convertíos, para que se borren vuestros pecados.»
Palabra de Dios

 

Salmo

Sal 4,2.7.9

R/. Haz brillar sobre nosotros la luz de tu rostro, Señor

Escúchame cuando te invoco,
Dios, defensor mío;
tú que en el aprieto me diste anchura,
ten piedad de mí y escucha mi oración. R/.

Hay muchos que dicen:
«¿Quién nos hará ver la dicha, 
si la luz de tu rostro 
ha huido de nosotros?» R/.

En paz me acuesto
y en seguida me duermo,
porque tú solo, Señor,
me haces vivir tranquilo. R/.

 

Segunda lectura

Lectura de la primera carta del apóstol san Juan (2,1-5):

Hijos míos, os escribo esto para que no pequéis. Pero, si alguno peca, tenemos a uno que abogue ante el Padre: a Jesucristo, el Justo. Él es víctima de propiciación por nuestros pecados, no sólo por los nuestros, sino también por los del mundo entero.
En esto sabemos que lo conocemos: en que guardamos sus mandamientos. Quien dice: «Yo lo conozco», y no guarda sus mandamientos, es un mentiroso, y la verdad no está en él. Pero quien guarda su palabra, ciertamente el amor de Dios ha llegado en él a su plenitud. En esto conocemos que estamos en él.
Palabra de Dios

Evangelio

Lectura del santo evangelio según san Lucas (24,35-48):

En aquel tiempo, contaban los discípulos lo que les había pasado por el camino y cómo habían reconocido a Jesús al partir el pan. 
Estaban hablando de estas cosas, cuando se presenta Jesús en medio de ellos y les dice: «Paz a vosotros.»
Llenos de miedo por la sorpresa, creían ver un fantasma. 
Él les dijo: «¿Por qué os alarmáis?, ¿por qué surgen dudas en vuestro interior? Mirad mis manos y mis pies: soy yo en persona. Palpadme y daos cuenta de que un fantasma no tiene carne y huesos, como veis que yo tengo.»
Dicho esto, les mostró las manos y los pies. 
Y como no acababan de creer por la alegría, y seguían atónitos, les dijo: «¿Tenéis ahí algo que comer?»
Ellos le ofrecieron un trozo de pez asado. Él lo tomó y comió delante de ellos. 
Y les dijo: «Esto es lo que os decía mientras estaba con vosotros: que todo lo escrito en la ley de Moisés y en los profetas y salmos acerca de mí tenía que cumplirse.»
Entonces les abrió el entendimiento para comprender las Escrituras. 
Y añadió: «Así estaba escrito: el Mesías padecerá, resucitará de entre los muertos al tercer día, y en su nombre se predicará la conversión y el perdón de los pecados a todos los pueblos, comenzando por Jerusalén. Vosotros sois testigos de esto.»
Palabra del Señor

 

 

COLLATIONES:

Después de la resurrección, el Señor se apareció a sus discípulos, pero ellos creyeron ver un fantasma y para disipar sus dudas, el Señor les enseñó las manos y los pies. Dice San Agustín que: “El hecho se hacía patente no sólo a los ojos, sino también a las manos, para que a través del sentido corporal descendiese al corazón la fe y, habiendo descendido allí, pudiera ser predicada por el mundo a quienes ni veían ni palpaban y, no obstante, creían sin dudar”. Ellos fueron testigos y creyeron, pero podemos añadir como decíamos la semana pasada: “Dichosos los que crean, o creamos,  sin haber visto” porque nosotros creemos a aquellos que fueron testigos y que nos anuncian el mensaje que han oído del Señor. Y este mensaje es que: “Dios es luz sin tiniebla alguna. Si decimos que estamos unidos a él, mientras vivimos en las tinieblas, mentimos con palabras y obras. Pero, si vivimos en la luz, lo mismo que él está en la luz, entonces estamos unidos unos con otros, y la sangre de su Hijo Jesús nos limpia los pecados”. “ En la Cruz realizó un gran negocio; allí fue abierto el saco que contenía nuestro precio: cuando la lanza del que lo hería abrió el costado, brotó de Él el precio de todo el orbe» (San Agustín).

“Arrepentíos y convertíos, para que se borren vuestros pecados”. A lo que podemos aplicar las palabras de San Clemente: “Bienaventurados somos, si cumplimos los mandamientos de Dios en conformidad con el amor, a fin de que nuestros pecados sean perdonados por el amor”. Y a esto puede añadir San Agustín: “Si decimos que no hemos pecado, nos engañamos y no somos sinceros. Por tanto, si te confiesas pecador, la verdad está en ti, pues la verdad es luz. Aún no brilla tu vida en todo su esplendor, porque en ti habita el pecado; pero ya has comenzado a ser iluminado, porque en ti mora la confesión de los pecados”.

El Señor manda a sus discípulos a predicar en su nombre “la conversión y el perdón de los pecados, a todos los pueblos, comenzando por Jerusalén”, asistimos pues al nacimiento de la Iglesia. Y como diría San Agustín: “¿Qué dijo acerca de la esposa? Y que en su nombre se predique el arrepentimiento y el perdón de los pecados en todos los pueblos, comenzando por Jerusalén. Esto aún no lo veían los discípulos; aún no veían a la Iglesia extendida por todos los pueblos, comenzando por Jerusalén. Veían la Cabeza y respecto al cuerpo creían lo que ella decía. Por lo que veían creían en lo que no veían. Semejantes a ellos somos también nosotros. Vemos algo que ellos no veían y no vemos algo que ellos veían. ¿Qué vemos nosotros que no veían ellos? La Iglesia presente en todos los pueblos. ¿Qué no vemos nosotros que veían ellos? A Cristo en la carne”.

Los apóstoles, o la Iglesia, no predican en su propio nombre,  predican en nombre de Cristo, como dice San Juan Crisóstomo: “No creáis que somos nosotros quienes os rogamos: es el mismo Cristo el que os ruega, el mismo Padre os suplica por nuestro medio”. Y, “¿Qué es lo que ruega? Reconciliaos con Dios”. “Si amamos a Cristo como él se merece, nosotros mismos nos impondremos el castigo por nuestros pecados. Y no porque sintamos un auténtico horror por el infierno, sino más bien porque nos horroriza ofender a Dios; pues esto es más atroz que aquello: que Dios, ofendido, aparte de nosotros su rostro”.

Guerrico de Igny:

En verdad, Señor Jesús, por muy cambiado que aparezca tu rostro, sea lleno de gloria o bien cubierto de ignominia, siempre resplandece la sabiduría. De tu rostro irradia el “resplandor de la luz eterna”. Ojalá resplandezca la “luz de tu rostro sobre nosotros, Señor”. Tu rostro, tanto en las cosas tristes como en las alegres, es apacible, sereno y siempre resplandeciente con la luz oculta del corazón. Para los justos, sonriente y alegre; para los penitentes, clemente y piadoso. Mirad, hermanos, el rostro del rey serenísimo. En el “rostro sonriente del rey”, dice la Escritura, “está la vida, y su clemencia es como la lluvia tardía”. Miró al primer hombre y enseguida quedó lleno de vida. Miró a Pedro, e inmediatamente compungido, se sintió movido al perdón. Ya que en cuanto el Señor miró a Pedro, Pedro recibió de la clemencia de su rostro piadosísimo la lluvia de la tarde, las lágrimas después del pecado. (En el Domingo de Ramos, Sermón 3, 5).

 

San Agustín:

⇒ Lo que existía desde el principio, lo que hemos oído, lo que hemos visto con nuestros propios ojos, lo que contemplamos y palparon nuestras manos: la Palabra de la vida (pues la vida se hizo visible), nosotros la hemos visto, os damos testimonio y os anunciamos la vida eterna que estaba con el Padre y se nos manifestó. Eso que hemos visto y oído os lo anunciamos, para que estéis unidos con nosotros en esa unión que tenemos con el Padre y con su Hijo Jesucristo. Os escribimos esto, para que nuestra alegría sea completa.

Os anunciamos el mensaje que le hemos oído a él: Dios es luz sin tiniebla alguna. Si decimos que estamos unidos a él, mientras vivimos en las tinieblas, mentimos con palabras y obras. Pero, si vivimos en la luz, lo mismo que él está en la luz, entonces estamos unidos unos con otros, y la sangre de su Hijo Jesús nos limpia los pecados.

Si decimos que no hemos pecado, nos engañamos y no somos sinceros. Pero, si confesamos nuestros pecados, él, que es fiel y justo, nos perdonará los pecados y nos limpiará de toda injusticia. Si decimos que no hemos pecado, lo hacemos mentiroso y no poseemos su palabra.

«Pero el precio de estas muertes [la de los mártires] es la muerte de uno solo. ¡Cuántas muertes compró muriendo Aquél que de no haber muerto, no hubiera hecho que se multiplicara el grano de trigo!. Oísteis las palabras que dijo al acercarse su pasión, es decir, al acercarse nuestra redención: “Si el grano de trigo caído en tierra, no muere, permanece solo; pero si muere da mucho fruto”. En la Cruz realizó un gran negocio; allí fue abierto el saco que contenía nuestro precio: cuando la lanza del que lo hería abrió el costado, brotó de Él el precio de todo el orbe» (Sermón 329,1).

⇒ Corremos efectivamente y corremos hacia la patria; y si desesperamos poder llegar, la misma desesperación nos hace desfallecer. Pero el que quiere que lleguemos, para tenernos con él en la patria, nos alienta en el camino. Digamos, pues: Si decimos que estamos unidos a él, mientras vivimos en las tinieblas, mentimos con palabras y obras. No digamos que estamos unidos a él, si vivimos en las tinieblas. Pero, si vivimos en la luz lo mismo que él está en la luz, entonces estamos unidos unos con otros. Vivamos en la luz, lo mismo que él está en la luz, para poder estar unidos a él. Y, ¿qué hacemos con los pecados? Escucha lo que sigue: Y la sangre de su Hijo Jesús nos limpia los pecados. ¿Qué significa nos limpia los pecados? Estad atentos: Ya sabéis que en el nombre de Cristo y por la sangre de aquel a quien acaban de confesar éstos a quienes llamamos infantes, han quedado ya limpios de todo pecado. Entraron viejos, salieron niños. La vejez decrépita es la vida vieja; la infancia regenerada es la vida nueva. Y nosotros, ¿qué hacemos? Los pecados de la vida pasada no sólo les han sido perdonados a ellos, sino también a nosotros; pero es posible que, viviendo en medio de las tentaciones de este mundo después de la abolición y el perdón de todos los pecados, se hayan cometido otros nuevos. Por eso, que el hombre haga lo que pueda; confiese lo que es para que le cure el que siempre es lo que es: pues él siempre era y es; nosotros no éramos y somos.

Fíjate bien lo que dice: Si decimos que no hemos pecado, nos engañamos y no somos sinceros. Por tanto, si te confiesas pecador, la verdad está en ti, pues la verdad es luz. Aún no brilla tu vida en todo su esplendor, porque en ti habita el pecado; pero ya has comenzado a ser iluminado, porque en ti mora la confesión de los pecados. Mira en efecto lo que sigue: Pero, si confesamos nuestros pecados, él que es fiel y justo, nos perdonará los pecados y nos limpiará de toda injusticia. No sólo los pecados pasados, sino los que hubiéramos contraído en la vida actual, pues el hombre, mientras vive en la carne, no puede menos de tener pecados, siquiera leves. Pero no debes minusvalorar éstos que llamamos pecados leves. Si los minusvaloras al pesarlos, tiembla al contarlos. Muchas cosas pequeñas hacen una grande; muchas gotas hacen desbordar el río; muchos granos hacen un gran granero. Y ¿qué esperanza nos queda? Ante todo, la confesión: que nadie se considere justo y, ante los ojos de Dios que ve lo que es, no alce la cerviz el hombre que no era y es. Por tanto, ante todo la confesión, luego la dilección; pues ¿qué es lo que se ha dicho del amor? El amor cubre la multitud de los pecados. (Tratado 1 sobre la primera carta de san Juan, 5-6).

 

⇒ Como acabáis de escuchar, después de la resurrección el Señor se apareció a sus discípulos y los saludó con estas palabras: Paz a vosotros. Esta es la paz y este el saludo de la salud, pues «saludo» es nombre derivado de salud. ¿Qué hay mejor que el hecho de que la salud misma salude al hombre? Cristo es, en efecto, nuestra salud. Es nuestra salud él que por nosotros fue herido y fijado con clavos a un madero y, luego de ser bajado de él, colocado en un sepulcro. Pero resucitó del sepulcro con las heridas curadas, aunque conservando las cicatrices, pues juzgó que, en bien de sus discípulos, era conveniente mantenerlas para sanar con ellas las heridas de su corazón. ¿Qué heridas? Las de la incredulidad. Se apareció ante sus ojos mostrándoles su verdadera carne, y ellos creyeron estar viendo un espíritu…

Pero, ¿qué les dijo el Señor Jesús? ¿Por qué estáis turbados y suben esos pensamientos a vuestro corazón? Si los pensamientos suben a vuestro corazón, proceden de la tierra. Es un bien para el hombre no el que el pensamiento suba al corazón, sino el que su corazón mismo se eleve hacia arriba, allí donde quería el Apóstol que lo colocasen los creyentes a quienes decía: Si habéis resucitado con Cristo, saboread las cosas de arriba, donde está Cristo sentado a la derecha de Dios; buscad las cosas de arriba, no las de la tierra. Pues estáis muertos y vuestra vida está escondida con Cristo en Dios: cuando aparezca Cristo, vuestra vida, entonces apareceréis también vosotros con él en la gloria. ¿En qué gloria? En la de la resurrección… ¿Por qué estáis turbados y suben esos pensamientos a vuestro corazón? Ved mis manos y mis pies, en los que fui sujetado con clavos. Palpad y ved. Pero veis y no veis. Palpad y ved. ¿Qué cosa? Que un espíritu no tiene ni huesos ni carne, como veis que yo tengo. Mientras decía esto — así se ha leído— les mostró las manos y los pies.

Estando aún sobresaltados y llenos de asombro por el gozo. Ya había gozo, pero aún permanecía el sobresalto. Había ocurrido algo increíble, pero efectivamente había ocurrido. ¿Acaso resulta increíble ahora el que resucitase del sepulcro la carne del Señor? Todo el mundo lo creyó y quien no lo creyó permaneció inmundo. Pero entonces era increíble; por eso el hecho se hacía patente no sólo a los ojos, sino también a las manos, para que a través del sentido corporal descendiese al corazón la fe y, habiendo descendido allí, pudiera ser predicada por el mundo a quienes ni veían ni palpaban y, no obstante, creían sin dudar. ¿Tenéis aquí —les dijo— algo que comer? ¡Cuántas cosas añade al edificio de la fe el buen constructor! No sentía hambre y buscaba comer. Y comió porque podía hacerlo, no porque tuviese necesidad. Reconozcan, pues, los discípulos como verdadero el cuerpo que reconoció el mundo entero gracias a su predicación.

… ¿Qué añadió a continuación? Estas son las palabras que os dije cuando aún estaba con vosotros. ¿Qué significa cuando aún estaba con vosotros? ¿Acaso no estaba entonces con ellos y con ellos hablaba? ¿Qué significa cuando aún estaba con vosotros? Cuando era mortal como vosotros, lo que ya no soy ahora. Lo que era con vosotros cuando aún tenía que morir. ¿Qué significa con vosotros? Que había de morir junto con quienes tienen que morir. Ahora ya no estoy con vosotros, puesto que ya no he de morir nunca más, como los otros han de hacerlo. Esto os decía: ¿Qué? Que convenía que se cumpliesen todo lo que está escrito de mí en la ley, en los profetas y en los salmos. Os dije que convenía que se cumpliera todo. Entonces les abrió la inteligencia. Ven, pues, Señor; fabrica las llaves; abre para que comprendamos. He aquí que dices todo y no se te da crédito. Se te toma por un espíritu. Te tocan, te palpan y aún se sobresaltan quienes lo hacen. Los instruyes con las Escrituras y aún no comprenden. Están cerrados los corazones; abre y entra. Así lo hizo. Entonces les abrió la inteligencia. Ábrela, Señor; abre también el corazón a quien duda de Cristo. Abre la inteligencia a quien cree que Cristo fue un fantasma. Entonces les abrió la inteligencia para que comprendiesen las Escrituras.

Y les dijo. ¿Qué? Que así convenía. Que así estaba escrito y que así convenía. ¿Qué? Que Cristo padeciera y resucitara de entre los muertos al tercer día. Vieron esto. Le vieron sufriendo, le vieron colgando; después de la resurrección le veían presente, vivo. ¿Qué era, entonces, lo que no veían? El cuerpo, es decir, la Iglesia. Le veían a él, no a ella. Veían al esposo; la esposa aún permanecía oculta. Prométala también a ella. Así está escrito y así convenía que Cristo padeciera y resucitase de entre los muertos al tercer día. Esto se refiere al esposo. ¿Qué dijo acerca de la esposa? Y que en su nombre se predique el arrepentimiento y el perdón de los pecados en todos los pueblos, comenzando por Jerusalén. Esto aún no lo veían los discípulos; aún no veían a la Iglesia extendida por todos los pueblos, comenzando por Jerusalén. Veían la Cabeza y respecto al cuerpo creían lo que ella decía. Por lo que veían creían en lo que no veían. Semejantes a ellos somos también nosotros. Vemos algo que ellos no veían y no vemos algo que ellos veían. ¿Qué vemos nosotros que no veían ellos? La Iglesia presente en todos los pueblos. ¿Qué no vemos nosotros que veían ellos? A Cristo en la carne. Del mismo modo que ellos le veían a él y creían lo referente al cuerpo, así nosotros que vemos el cuerpo creamos lo referente a la Cabeza. Sírvanos de ayuda recíproca lo que cada uno hemos visto. El haber visto a Cristo les ayuda a ellos a creer en la Iglesia futura; el ver a la Iglesia nos ayuda a nosotros a creer que Cristo ha resucitado. Lo que ellos creían se ha hecho realidad; realidad es también lo que nosotros creemos. Se hizo realidad lo que ellos creyeron de la cabeza; se hace realidad lo que nosotros creemos del cuerpo. Cristo entero se manifestó a ellos y a nosotros, pero ni ellos ni nosotros lo hemos visto en su totalidad. Ellos vieron la Cabeza y creyeron en el cuerpo; nosotros vemos el cuerpo y creemos en la Cabeza. A ninguno, sin embargo, le falta Cristo: en todos está íntegro, y todavía le falta el cuerpo. Creyeron ellos, creyeron por su mediación muchos habitantes de Jerusalén; creyó Judea, creyó Samaría. Lleguen los miembros, únase el edificio al cimiento. Pues —dice el Apóstol— nadie puede poner otro cimiento distinto del que está puesto, Cristo Jesús. Enfurézcanse los judíos; llénense de celos; apedreen a Esteban; guarde Saulo los vestidos de quienes arrojaban las piedras; Saulo, el futuro apóstol Pablo. Désele muerte a Esteban; agítese la Iglesia de Jerusalén; aléjense de ella maderos ardiendo, acérquense a otros lugares y prendan fuego. En efecto, en cierto modo ardían maderos en Jerusalén; ardían por obra del Espíritu Santo cuando tenían todos una sola alma y un solo corazón hacia Dios. A la lapidación de Esteban sucedió una multitud de persecuciones: los maderos se esparcieron y el mundo se incendió.

Esparce el Evangelio; lo que has concebido en tu corazón, dispérsalo con tu boca. Que te oigan las naciones; que crean los pueblos; que pululen las naciones, nazca de la sangre de los mártires la esposa vestida de púrpura para el Señor. ¡Cuántos, gracias a ella, se acercaron a él! ¡Cuán numerosos miembros se han adherido a la cabeza, y se adhieren ahora, y creen. Fueron bautizados unos, serán bautizados otros y después de nosotros vendrán aún otros. Entonces —repito—, al final del mundo, se unirán las piedras al cimiento, piedras vivas, piedras santas, para que se complete el edificio que tuvo sus inicios en aquella Iglesia; mejor, en esta misma Iglesia que ahora, mientras se edifica la casa, canta el cántico nuevo. Así se expresa el salmo mismo: Cuando se edificaba la casa después del cautiverio. ¿Y qué? Cantad al Señor un cántico nuevo; cantad al Señor toda la tierra. ¡Casa grandiosa! Pero ¿cuándo canta el cántico nuevo? Mientras se edifica. ¿Cuándo tiene lugar su consagración? Al final del mundo. El fundamento de la misma ya ha sido consagrado, porque subió al cielo y no muere. También nosotros seremos consagrados entonces: cuando hayamos resucitado para nunca más morir. (Sermón 116).

Hoy se ha terminado de leer lo que quedaba de la resurrección del Señor según el evangelio de Lucas; hemos escuchado cómo el Señor se apareció en medio de sus discípulos, que discutían sobre su resurrección, sin creer en ella. Les resultó tan inesperado e increíble que ni viéndole le veían. Veían, en efecto, vivo el cuerpo que habían llorado muerto; veían de pie en su presencia aquel por quien habían sentido dolor cuando pendía de la cruz; lo veían, pues, y como no creían lo que sus ojos estaban viendo en verdad, pensaban estar engañados. Como habéis oído, pensaban estar viendo un espíritu…

Les dijo el Señor: ¿Por qué estáis turbados? Esta turbación creyó lo mismo que crees tú; ¿qué? Creían estar viendo un espíritu. Y el Señor dice al respecto: ¿Por qué estáis turbados y suben a vuestro corazón estos pensamientos. Son pensamientos terrenos; si fuesen del cielo, descenderían, no ascenderían a vuestro corazón. ¿Por qué, pues, se nos dice a nosotros: Levantemos el corazón, sino para que los pensamientos terrenos y nuestro corazón no se hallen al mismo nivel, puesto que lo hemos puesto en lo alto? Por tanto: ¿Por qué estáis turbados y suben a vuestro corazón esos pensamientos? Ved mis manos y mis pies; palpad y ved. Si el ver es poco para vosotros, introducid la mano; si es poco el ver y no os basta tocar, palpad. No dijo sólo: Tocadme, sino también: palpadme y manoseadme. Que vuestras manos aporten la prueba de si vuestros ojos mienten. Palpad y ved: haced de las manos vuestros ojos. ¿Por qué Palpad y ved? ¿Por qué? Porque un espíritu no tiene carne y huesos como veis que yo tengo. Estabas en el error con los discípulos; corrígete como ellos. Es cosa humana, estoy de acuerdo. Pensaste que Cristo era un espíritu; también lo pensó Pedro y los restantes apóstoles: pensaron que estaban viendo un espíritu; pero no se quedaron en el error. Para que sepas que era falso lo que albergaban sus corazones, el médico no los dejó ir en esas condiciones. Se les acercó, les aplicó la medicación; veía las heridas de sus corazones y llevaba en su cuerpo las cicatrices con que curarlas.

Sea así nuestra fe: Sé que así lo creéis. Mas, por si acaso hay en este campo alguna hierba mala, me dirijo incluso a aquellos cuyo interior no veo. Que nadie crea, respecto a Cristo, algo diferente de lo que Cristo mismo quiso que creyéramos. ¡Cuánto nos conviene creer lo que quiso que creyéramos acerca de él quien nos redimió, quien buscó nuestra salvación, quien derramó por nosotros su sangre, quien cargó con lo que no le correspondía! Creámoslo. (Sermón 237).

 

La lectura del evangelio, sagrada e imperecedera, nos descubre al verdadero Cristo y a la verdadera Iglesia para que no caigamos en error respecto a ninguno de los dos o para que ni atribuyamos al santo esposo otra esposa en lugar de la suya, ni a la santa esposa otro esposo que no sea el propio. Así, pues, para no errar en ninguno de los dos, escuchemos el evangelio cual acta de su matrimonio.

No han faltado ni faltan quienes se engañan, respecto a Cristo el Señor, creyendo que no tuvo verdadera carne. Escuchen lo que acabamos de oír. Él está en el cielo, pero se deja oír aquí; está sentado a la derecha del Padre, pero conversa con nosotros. Indique él quién es, manifiéstese a sí mismo; ¿qué necesidad tenemos de buscar otro testigo para que nos hable de él? Escuchémosle a él mismo. Se apareció a sus discípulos, presentándose de forma repentina en medio de ellos. Lo oísteis cuando se leyó. Ellos se sintieron turbados y creían que estaban viendo un espíritu. Es lo mismo que piensan quienes creen que él no tuvo verdadera carne: los maniqueos, los priscilianistas y cualquier otra peste que ni siquiera merece ser nombrada. No es que piensen que Cristo no existió; no, no es esto; sino que piensan que era un espíritu sin carne. ¿Qué piensas tú, ¡oh Católica!? ¿Qué piensas tú, su esposa, no una adúltera? ¿Qué piensas tú sino lo que aprendiste de su boca? En efecto, no has podido encontrar mejor testimonio sobre él que el dado por él mismo. ¿Qué piensas, pues, tú? Tú aprendiste que Cristo constaba de la Palabra, alma humana y carne humana. ¿Qué aprendiste acerca de la Palabra? En el principio existía la Palabra, y la Palabra estaba junto a Dios, y la Palabra era Dios; ésta existía al principio junto a Dios. ¿Qué aprendiste referente a su espíritu humano? E, inclinada la cabeza, entregó su Espíritu. ¿Qué te enseñó respecto a la carne? Escúchalo. Perdona a quienes piensan ahora lo que antes pensaron equivocados los discípulos5; equivocación en la que, sin embargo, no permanecieron. Los discípulos pensaron lo mismo que hoy piensan los maniqueos, los priscilianistas, a saber, que Cristo el Señor no tenía carne verdadera, que era solamente un espíritu. Veamos si el Señor los dejó errar. Ved que el pensar eso es un perverso error, pues el médico se apresuró a curarlo y no lo quiso confirmar. Ellos, pues, creían estar viendo un espíritu; pero ¿qué dijo para erradicar esos pensamientos de sus corazones quien sabía lo dañinos que eran? ¿Por qué estáis turbados? ¿Por qué estáis turbados y suben esos pensamientos a vuestro corazón? Ved mis manos y mis pies; tocad y ved, que un espíritu no tiene carne ni huesos, como veis que yo tengo. Contra cualquier pensamiento dañino, venga de donde venga, agárrate a lo que has recibido; de lo contrario, estás perdido. Cristo, la Palabra verdadera, el Unigénito igual al Padre, tiene verdadera alma humana y verdadera carne, aunque sin pecado. Fue la carne la que murió, la que resucitó, la que colgó del madero, la que yació en el sepulcro y ahora está sentada en el cielo. Cristo el Señor quería convencer a sus discípulos de que lo que estaban viendo eran huesos y carne; tú, sin embargo, le llevas la contraria. ¿Es él quien miente y tú quien dice la verdad? ¿Eres tú quien edifica y él quien engaña? ¿Por qué quiso convencerme Cristo de esto sino porque sabía qué me es provechoso creer y qué me es dañino no creer? Creedlo, pues, así; él es el esposo.

Escuchemos también lo referente a la esposa, pues no sé quiénes, poniéndose también de parte de los adúlteros, quieren apartar a la verdadera y poner en su lugar una extraña. Escuchemos lo referente a la esposa. Después que los discípulos hubieron tocado sus pies, manos, su carne y huesos, el Señor dice: ¿Tenéis aquí algo que comer? La consumición del alimento, efectivamente, sería una prueba más de su verdadera humanidad. Lo recibió, lo comió y dio a comer de él; y, cuando aún estaban temblorosos de miedo, les dijo: ¿No os decía estas cosas cuando aún estaba con vosotros? ¿Cómo? ¿No estaba ahora con ellos? ¿Qué significa: cuando aún estaba con vosotros? Cuando era aún mortal, como lo sois todavía vosotros. ¿Qué os decía? Que convenía que se cumpliese todo lo que estaba escrito de mí en la ley, en los profetas y en los salmos. Entonces les abrió la inteligencia para que comprendiesen las Escrituras; y les dijo que convenía que Cristo padeciera y resucitase de entre los muertos al tercer día. Eliminad la carne verdadera, y dejará de existir verdadera pasión y verdadera resurrección. Aquí tienes al esposo: Convenía que Cristo padeciera y resucitase de entre los muertos al tercer día. Retén lo dicho sobre la cabeza; escucha ahora lo referente al cuerpo. ¿Qué es lo que tenemos que mostrar ahora? Quienes hemos escuchado quién es el esposo, reconozcamos también a la esposa. Y que se predique la penitencia y el perdón de los pecados en su nombre. ¿Dónde? ¿A partir de dónde? ¿Hasta dónde? En todos los pueblos comenzando por Jerusalén. Ve aquí la esposa; que nadie te venda fábulas; cese de ladrar desde un rincón la rabia de los herejes. La Iglesia está extendida por todo el orbe de la tierra; todos los pueblos poseen la Iglesia. Que nadie os engañe: ella es la auténtica, ella la católica. A Cristo no lo hemos visto, a ella la estamos viendo. Creamos lo referente a él. Los apóstoles, por el contrario, le veían a él y creían lo referente a la Iglesia. Ellos veían una cosa y creían la otra; nosotros también, puesto que vemos una creamos la otra. Ellos veían a Cristo, y creían en la Iglesia que no veían; nosotros, que vemos la Iglesia, creamos también en Cristo, a quien no vemos, y, agarrándonos a lo que vemos, llegaremos a quien aún no vemos. Conociendo, pues, al esposo y a la esposa, reconozcámoslos en el acta de su matrimonio para que tan santas nupcias no sean causa de litigio. (Sermón 238).

San Juan Crisóstomo:

El Padre envió al Hijo para que, en su nombre, exhortara y asumiera el oficio de embajador ante el género humano. Pero como quiera que, una vez muerto, él se ausentó, nosotros le hemos sucedido en la embajada, y os exhortamos en su nombre y en nombre del Padre. Pues aprecia tanto al género humano, que le dio a su Hijo, aun a sabiendas de que habrían de matarlo, y a nosotros nos ha nombrado apóstoles para vuestro bien. Por tanto, no creáis que somos nosotros quienes os rogamos: es el mismo Cristo el que os ruega, el mismo Padre os suplica por nuestro medio.

¿Hay algo que pueda compararse con tan eximia bondad? Pues ultrajado personalmente como pago de sus innumerables beneficios, no sólo no tomó represalias, sino que además nos entregó a su Hijo para reconciliamos con él. Mas quienes lo recibieron, no sólo no se cuidaron de congraciarse con él, sino que para colmo lo condenaron a muerte.

Nuevamente envió otros intercesores, y, enviados, es él mismo quien por ellos ruega. ¿Qué es lo que ruega? Reconciliaos con Dios. No dijo: Recuperad la gracia de Dios, pues no es él quien provoca la enemistad, sino vosotros; Dios efectivamente no provoca la enemistad. Más aún: viene como enviado a interceder en la causa.

Al que no había pecado –dice–, Dios lo hizo expiar nuestros pecados. Aun cuando Cristo no hubiera hecho absolutamente nada más que hacerse hombre, piensa, por favor, lo agradecidos que debiéramos de estar a Dios por haber entregado a su Hijo por la salvación de aquellos que le cubrieron de injurias. Pero la verdad es que hizo mucho más, y por si fuera poco, permitió que el ofendido fuera crucificado por los ofensores.

Dice: Al que no había pecado, sino que era la misma justicia, lo hizo expiar nuestros pecados: esto es, toleró que fuera condenado como un pecador y que muriese como un maldito: pues maldito todo el que cuelga de un árbol. Era ciertamente más atroz morir de este modo, que morir simplemente. Es lo que él mismo viene a sugerir en otro lugar: Se rebajó hasta someterse incluso a la muerte y una muerte de cruz. Considerad, pues, cuántos beneficios habéis recibido de él.

En consecuencia, si amamos a Cristo como él se merece, nosotros mismos nos impondremos el castigo por nuestros pecados. Y no porque sintamos un auténtico horror por el infierno, sino más bien porque nos horroriza ofender a Dios; pues esto es más atroz que aquello: que Dios, ofendido, aparte de nosotros su rostro. Reflexionando sobre estos extremos, temamos ante todo el pecado: pecado significa castigo, significa infierno, significa males incalculables. Y no sólo lo temamos, sino huyamos de él y esforcémonos por agradar constantemente a Dios: esto es reinar, esto es vivir, esto es poseer bienes innumerables. De este modo entraremos ya desde ahora en posesión del reino y de los bienes futuros, bienes que ojalá todos consigamos por la gracia y la benignidad de nuestro Señor Jesucristo. (Homilía 11 sobre la segunda carta a los Corintios, 3-4)

 

San Clemente de Roma:

Que el que ama a Cristo cumpla los mandamientos de Cristo. ¿Quién puede describir el vínculo del amor de Dios? ¿Quién es capaz de narrar la majestad de su hermosura? La altura a la cual el amor exalta es indescriptible. El amor nos une a Dios; el amor cubre multitud de pecados; el amor soporta todas las cosas, es paciente en todas las cosas. No hay nada burdo, nada arrogante en el amor. El amor no tiene divisiones, el amor no hace sediciones, el amor hace todas las cosas de común acuerdo. En amor fueron hechos perfectos todos los elegidos de Dios; sin amor no hay nada agradable a Dios; en amor el Señor nos tomó para sí; por el amor que sintió hacia nosotros, Jesucristo nuestro Señor dio su sangre por nosotros por la voluntad de Dios, y su carne por nuestra carne, y su vida por nuestras vidas.

Veis, pues, amados, qué maravilloso y grande es el amor, y que no hay manera de declarar su perfección. ¿Quién puede ser hallado en él, excepto aquellos a quienes Dios se lo ha concedido? Por tanto, supliquemos y pidamos de su misericordia que podamos ser hallados intachables en amor, manteniéndonos aparte de las facciones de los hombres. Todas las generaciones desde Adán hasta este día han pasado a la otra vida; pero los que por la gracia de Dios fueron perfeccionados en el amor residen en la mansión de los píos; y serán manifestados en la visitación del Reino de Dios. Porque está escrito: Entra en tus aposentos durante un breve momento, hasta que haya pasado mi indignación, y yo recordaré un día propicio y voy a levantaros de vuestros sepulcros.

Bienaventurados somos, amados, si cumplimos los mandamientos de Dios en conformidad con el amor, a fin de que nuestros pecados sean perdonados por el amor. Porque está escrito: Bienaventurados aquellos cuyas iniquidades son perdonadas, y cuyos pecados son cubiertos. Bienaventurado el hombre a quien el Señor no imputará pecado, ni hay engaño en su boca. Esta declaración de bienaventuranza fue pronunciada sobre los que han sido elegidos por Dios mediante Jesucristo nuestro Señor, a quien sea la gloria por los siglos de los siglos. Amén.

Respecto a todas nuestras transgresiones que hemos cometido por causa de las añagazas del adversario, roguemos para que nos sea concedido perdón. Sí, y también los que se hacen cabecillas de facciones y divisiones han de mirar a la base común de esperanza. Porque los que andan en temor y amor prefieren ser ellos mismos los que padecen sufrimiento más bien que sus prójimos; y más bien pronuncian condenación contra sí mismos que contra la armonía que nos ha sido entregada de modo tan noble y justo. Porque es bueno que un hombre confiese sus transgresiones en vez de endurecer su corazón, como fue endurecido el corazón de los que hicieron sedición contra Moisés el siervo de Dios; cuya condenación quedó claramente manifestada, porque descendieron al Hades vivos, y la muerte será su pastor. Faraón y sus huestes y todos los gobernantes de Egipto, sus carros y sus jinetes, fueron sumergidos en las profundidades del Mar Rojo, y perecieron, y ello sólo por la razón de que sus corazones insensatos fueron endurecidos después de las señales y portentos que habían sido realizados en la tierra de Egipto por la mano de Moisés el siervo de Dios.

El Señor, hermanos, no tiene necesidad de nada. Él no desea nada de hombre alguno, sino que se confiese su Nombre. (Epístola a los Corintios).

San Ignacio de Antioquía:

Hay quienes, taimadamente, alardean del nombre cristiano, pero hacen cosas indignas de Dios. A estos tales debéis evitarlos como a bestias salvajes. Son efectivamente perros rabiosos, que muerden a traición. ¡Guardaos bien de ellos, pues sufren una enfermedad incurable! Existe un médico, a la vez carnal y espiritual, engendrado y no engendrado, Dios encarnado, vida verdadera sujeta a la muerte, hijo de María e Hijo de Dios, primero pasible y ahora impasible: Jesucristo, nuestro Señor.

Que nadie, pues, os engañe, como, en efecto, no os dejáis engañar, siendo como sois íntegramente de Dios. Pues desde el momento en que ninguna discordia capaz de atormentaros hace blanco en vosotros, es señal de que vivís según Dios. Soy el último de vuestros esclavos y me entrego como oblación por vosotros, Efesios, la iglesia celebrada por los siglos. Los carnales no pueden realizar las obras espirituales, ni los espirituales las obras de la carne, como tampoco la fe puede llevar a cabo las obras de la infidelidad, ni la infidelidad puede producir obras de fe. Y las mismas cosas que hacéis según la carne, son espirituales, pues todo lo hacéis en Jesucristo.

He conocido también a algunos itinerantes que os han visitado, portadores de malas doctrinas; no les habéis permitido sembrarlas entre vosotros, tapándoos los oídos, para no dar acogida a los errores que van propalando en la convicción de que sois piedras del templo del Padre, preparadas para la construcción de Dios Padre, elevadas a lo alto mediante la palanca de Jesucristo, que es la cruz, utilizando como cabría al Espíritu Santo: vuestra fe es vuestro cabrestante, y la caridad, la rampa que os eleva hacia Dios.

Así pues, todos sois además compañeros de ruta, portadores de Dios y portadores del templo, portadores de Cristo, portadores de los vasos sagrados, enteramente adornados de los mandamientos de Jesucristo. Por mi parte, estoy contento de haber merecido la gracia de conversar con vosotros por medio de esta carta, y de congratularme con vosotros porque, siguiendo los postulados de otra vida, no amáis sino solo a Dios.  (Carta a los Efesios 7-9).

San León Magno:

La resurrección del Salvador no dejó por mucho tiempo su alma en el infierno (seno de Abraham), ni su cuerpo en el sepulcro; y fue tan rápida la vuelta a la vida de la carne incorrupta que más puede comparase a sueño que a muerte, porque la Divinidad, que nunca llegó a estar separada de ninguna de las dos sustancias que integran al hombre (alma y cuerpo), lo que con su poder separó con su mismo poder lo volvió a juntar.

A continuación vieron muchas pruebas con que poder autorizar la fe que iba  a ser predicada por todo el mundo. Y aunque la piedra quitada, el sepulcro vacío, los lienzos doblados y los mismos Ángeles con la narración del hecho prueban sobradamente la verdad de la resurrección del Señor, quiso además aparecerse a los Apóstoles, no sólo hablando con ellos, sino también conviviendo y comiendo y llegando a permitir que le tocaran con diligencia y curiosidad aquellos que eran presa de la duda. Por eso entraba con las puertas cerradas donde estaban los Apóstoles, y con su soplo les daba el Espíritu Santo, y proporcionándoles la luz a su inteligencia les abría el sentido oculto de la Escritura, y nuevamente les mostraba la llaga del costado, las desgarraduras de las manos y las otras más recientes señales de su pasión, para que reconociesen que permanecía intacta en él la propiedad de ambas naturalezas (divina y humana), y supiésemos que el Verbo no es igual que la carne (que la naturaleza humana), y que en el Hijo de Dios hay que admitir al Verbo y al hombre…

La resurrección del Señor no fue el fin de su carne (de su humanidad), sino su transformación, ni por adquirir mayor virtud se destruyó la sustancia humana. Las apariencias son las que pasan, pero la naturaleza no se destruye: y se convirtió en cuerpo impasible el que antes pudo ser crucificado, se cambió en inmortal el que pudo ser muerto, se hizo incorruptible el que pudo ser llagado.

…Ha tenido comienzo nuestra resurrección en Cristo, desde que nos precedió la forma de nuestra esperanza, en aquel que murió por todos nosotros. No dudamos con desconfianza ni estamos pendientes con incierta expectación, sino que habiendo recibido ya los comienzos de nuestra promesa con los ojos de la fe empezamos a ver las cosas futuras, y alegrándonos de la exaltación de nuestra naturaleza, lo que creemos ya es como si lo tuviéramos…

Reconozca, pue, el pueblo de Dios que es nueva criatura en Cristo, y entienda con claridad por quién ha sido elevado y a quién se ha consagrado. Lo que ha sido creado de nuevo no vuelva ya a la caduca vejez, ni abandone su obra quien puesto la mano en el arado, sino más bien esté atento a su oficio de sembrador sin preocuparse de aquello que dejó. Nadie recaiga en aquello de lo cual ya resucitó; aunque si por debilidad corporal yace postrado a causa de algunas enfermedades, desee sobre todo levantarse cuanto antes. (Sermón I, De la Resurrección del Señor (71)).

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