Domingo 4º de Pascua -CICLO B.-

26 de abril de 2015

Domingo 4º de Pascua

- Ciclo B.-

Primera lectura

Lectura del libro de los Hechos de los Apóstoles (4,8-12):

En aquellos días, Pedro, lleno de Espíritu Santo, dijo: «Jefes del pueblo y ancianos: Porque le hemos hecho un favor a un enfermo, nos interrogáis hoy para averiguar qué poder ha curado a ese hombre; pues, quede bien claro a todos vosotros y a todo Israel que ha sido en nombre de Jesucristo Nazareno, a quien vosotros crucificasteis y a quien Dios resucitó de entre los muertos; por su nombre, se presenta éste sano ante vosotros. Jesús es la piedra que desechasteis vosotros, los arquitectos, y que se ha convertido en piedra angular; ningún otro puede salvar; bajo el cielo, no se nos ha dado otro nombre que pueda salvarnos.»
Palabra de Dios

Salmo

Sal 117,1.8-9.21-23.26.28-29


R/.
 La piedra que desecharon los arquitectos
es ahora la piedra angular

Dad gracias al Señor porque es bueno,
porque es eterna su misericordia.
Mejor es refugiarse en el Señor
que fiarse de los hombres,
mejor es refugiarse en el Señor 
que fiarse de los jefes. R/.

Te doy gracias porque me escuchaste
y fuiste mi salvación.
La piedra que desecharon los arquitectos 
es ahora la piedra angular.
Es el Señor quien lo ha hecho,
ha sido un milagro patente. R/.

Bendito el que viene en nombre del Señor,
os bendecimos desde la casa del Señor.
Tu eres mi Dios, te doy gracias;
Dios mío, yo te ensalzo.
Dad gracias al Señor porque es bueno,
porque es eterna su misericordia. R/.

Segunda lectura

Lectura de la primera carta del apóstol san Juan (3,1-2):

Mirad qué amor nos ha tenido el Padre para llamarnos hijos de Dios, pues ¡lo somos! El mundo no nos conoce porque no le conoció a él. Queridos, ahora somos hijos de Dios y aun no se ha manifestado lo que seremos. Sabemos que, cuando él se manifieste, seremos semejantes a él, porque lo veremos tal cual es.
Palabra de Dios

Evangelio

Lectura del santo evangelio según san Juan (10,11-18):

En aquel tiempo dijo Jesús: «Yo soy el buen Pastor. El buen pastor da la vida por las ovejas; el asalariado, que no es pastor ni dueño de las ovejas, ve venir al lobo, abandona las ovejas y huye; y el lobo hace estragos y las dispersa; y es que a un asalariado no le importan las ovejas. Yo soy el buen Pastor, que conozco a las mías y las mías me conocen, igual que el Padre me conoce y yo conozco al Padre; yo doy mi vida por las ovejas. Tengo, además, otras ovejas que no son de este redil; también a ésas las tengo que traer, y escucharán mi voz, y habrá un solo rebaño, un solo Pastor. Por esto me ama el Padre, porque yo entrego mi vida para poder recuperarla. Nadie me la quita, sino que yo la entrego libremente. Tengo poder para entregarla y tengo poder para recuperarla: este mandato he recibido de mi Padre.»
Palabra del Señor

COLLATIONES

“Bendito el que viene en nombre del Señor”, porque “bajo el cielo no se nos ha dado otro nombre que pueda salvarnos”. Y es a aquellos que vienen, o dicen venir,  en nombre del Señor, a los que San Agustín ruega: “Que todos se identifiquen con el único pastor y hagan oír la única voz del pastor, para que la oigan las ovejas y sigan al único pastor, y no a éste o a aquél, sino al único. Y que todos en él hagan oír la misma voz, y que no tenga cada uno su propia voz: Os ruego, hermanos, en nombre de nuestro Señor Jesucristo: poneos de acuerdo y no andéis divididos. Que las ovejas oigan esta voz, limpia de toda división y purificada de toda herejía, y que sigan a su pastor, que les dice: Mis ovejas escuchan mi voz y me siguen”.

Dice San Elredo que: “El Buen Pastor es el único pastor con todos los buenos pastores… La verdad es que Cristo no considera como pastor al que no sabe amar. Y nadie tiene amor más grande que el que da su vida por sus amigos. Los amigos son las ovejas. Y el buen pastor da su vida por sus ovejas”. “Él no las abandona, sino que da su vida para que no perezcan. 

Cuando los judíos pensaron en darle muerte, no desistió de enseñar ni traicionó a los creyentes, sino que estuvo firme y sufrió la muerte. Por lo cual repetía: Yo soy el buen pastor”. (San Juan Crisóstomo).

“Él es también quien, sin excluir a ningún pueblo, ha reunido en una sola grey las santas ovejas de todas las naciones que hay bajo el cielo, realizando cada día lo que prometió cuando dijo: Tengo, además, otras ovejas que no son de este redil; también a ésas las tengo que traer, y escucharán mi voz y habrá un solo rebaño, un solo pastor”. (San León Magno).

“Hablaba del primer redil, de la estirpe de Israel según la carne. Y había otros, pertenecientes por la fe a la estirpe de Israel, que todavía estaban fuera, en el paganismo, predestinados, pero no aún congregados. Los conocía el que los había predestinado; los conocía el que había venido a redimirles con la efusión de su sangre. Los veía, pero aún no le veían; los conocía, pero aún no creían en él”. (San Agustín).

No olvidemos que somos ovejas de Cristo, porque hemos sido adquiridos por la sangre de Cristo. El Señor nos avisa para que no prestemos oídos a otros pastores que intentan imitar su voz, pero que no darían la vida por nosotros. Somos sus ovejas y le conocemos, le seguimos, seguimos a Cristo porque lo amamos y reconocemos su voz.

Según San Agustín: “si existen buenas ovejas, habrá también buenos pastores, pues de entre las buenas ovejas salen los buenos pastores. Pero hay que decir que todos los buenos pastores son, en realidad, como miembros del único pastor y forman una sola cosa con él. Cuando ellos apacientan, es Cristo quien apacienta”. Formemos buenas ovejas de las que salgan buenos pastores, que apacienten al pueblo de Dios en “nombre del Señor”, porque “bajo el cielo no se nos ha dado otro nombre que pueda salvarnos”.

 

 

San Elredo de Rieval:

Yo, dice, “soy el Buen Pastor”. “El Buen Pastor da su vida por sus ovejas”. Escuchad, pastores, al buen pastor. Los ojos del sabio, dice Salomón, están en su frente. El Señor dice: “Tengo otras ovejas que no son de este redil y he de traerlas a mí, y habrá un solo rebaño y un solo pastor”. Por tanto, el Buen Pastor es el único pastor con todos los buenos pastores. “Todos los que han venido, dice, fueron ladrones y salteadores. Verdaderamente fuera de este pastor, que es un solo pastor con todos sus miembros, todos los que vinieron fueron ladrones y salteadores. Por tanto, si él es la cabeza y vosotros los miembros, que “vuestros ojos estén en vuestra cabeza”, para que sigáis las huellas del que dice: “El buen pastor da la vida por sus ovejas”. ¿Qué hace el mercenario? Huye, porque es mercenario y no le interesan las ovejas. ¿Y el ladrón? Realmente no viene más que  para robar y matar y deshacer. ¿Y el lobo qué? “Arrebata y  dispersa a las ovejas”. Que nadie se adule a sí mismo, que nadie ande con complacencias consigo mismo, que nadie tenga en su boca “el óleo del pecador” para ungir la cabeza. He aquí el espejo. Mírate, por favor, con toda atención y reconoce “el rostro” de tu alma “en el espejo”. Si das tu vida por tus ovejas, eres un buen pastor. Si las cuidas por la paga, no cuidándote nada o poco de la oveja, eres un mercenario; por eso, al ver que viene el lobo, dejas las ovejas y huyes. Además, si no entraste por la puerta, sino que te subiste por otra parte, eres un ladrón y salteador, y por eso robas y matas y dispersas. El pastor ama, el  mercenario busca el salario, el ladrón odia. El pastor busca las cosas de Jesucristo; el mercenario las suyas; el ladrón incluso las ajenas.

La verdad es que Cristo no considera como pastor al que no sabe amar. Y nadie tiene amor más grande que el que da su vida por sus amigos. Los amigos son las ovejas. Y el buen pastor da su vida por sus ovejas. Este amor requirió del primero a quien confió apacentara sus ovejas. “¿Pedro, me amas?”, le dijo. Y Pedro: “te amo, Señor. Entonces el Señor añadió: “Apacienta mis ovejas”. Y esto mismo lo repitió por tres veces. Y entonces el Señor le dijo: Sé que me amas y por tanto, como buen pastor das tu vida por tus ovejas. “Cuando eras joven, le dice, tú mismo te ponías el cinto e ibas adonde querías; peo cuando seas viejo, otro te ceñirá y te llevará adonde no quieres”. Y añade el evangelista: “Esto lo decía refiriéndose a la muerte con que había de dar gloria a Dios”, es decir, “dar su vida por sus ovejas”. Pero por qué le dijo por tres veces: ¿me amas?. Fijaos señores, hermanos y padre; que el amor del sacerdote, a mi modo de ver, debe constar de tres virtudes, pues es necesario que sea prudente, amable y fuerte. Prudente para no ser engañado, amable para que no se deje seducir, fuerte para que no se quebrante. Prudente por la discreción, amable por la compasión, fuerte por la longanimidad, es necesario, en efecto, que el sacerdote evite los males de los súbditos, o los corte con prudencia, que soporte las debilidades compasivamente, y que tolere con magnanimidad los vicios. Este es el “lazo de tres cuerdas, que es difícil que se rompa”. (En un sínodo a los presbíteros. Sermón 63, 3-7)

 

San León Magno:

Es indudable, queridos hermanos, que la naturaleza humana fue asumida tan íntimamente por el Hijo de Dios, que no sólo en él, que es el primogénito de toda criatura, sino también en todos sus santos, no hay más que un solo Cristo; pues, del mismo modo que la cabeza no puede separarse de los miembros, tampoco los miembros de la cabeza.

Aunque no es propio de esta vida, sino de la eterna, el que Dios lo sea todo en todos, no por ello deja de ser ya ahora el Señor huésped inseparable de su templo que es la Iglesia, de acuerdo con lo que él mismo prometió al decir: Sabed que yo estoy con vosotros todos los días, hasta el fin del mundo.

Por ello, todo cuanto el Hijo de Dios hizo y enseñó para la reconciliación del mundo, no sólo podemos conocerlo por la historia de los acontecimientos pasados, sino también sentirlo en la eficacia de las obras presentes.

Por obra del Espíritu Santo nació él de una Virgen, y por obra del mismo Espíritu Santo fecunda también su Iglesia pura, a fin de que, a través del bautismo, dé a luz a una multitud innumerable de hijos de Dios, de quienes está escrito: Estos no han nacido de sangre, ni de amor carnal, ni de amor humano, sino de Dios.

Él es aquel vástago en quien fue bendecida la descendencia de Abrahán y por quien la adopción filial se extendió a todos los pueblos, llegando por ello Abrahán a ser el padre de todos los hijos nacidos, no de la carne, sino de la fe en la promesa.

Él es también quien, sin excluir a ningún pueblo, ha reunido en una sola grey las santas ovejas de todas las naciones que hay bajo el cielo, realizando cada día lo que prometió cuando dijo: Tengo, además, otras ovejas que no son de este redil; también a ésas las tengo que traer, y escucharán mi voz y habrá un solo rebaño, un solo pastor.

Porque, si bien fue a Pedro a quien dijo principalmente: Apacienta mis ovejas, sólo el Señor es quien controla el cuidado de todos los pastores, y alimenta a los que acuden a la roca de su Iglesia con tan abundantes y regados pastos, que son innumerables las ovejas que, fortalecidas con la suculencia de su amor, no dudan en morir por el nombre del pastor, como el buen Pastor se dignó ofrecer su vida por sus ovejas.

Es él también aquel en cuya pasión participa no sólo la gloriosa fortaleza de los mártires, sino también la fe de todos los que renacen en el bautismo.

Por este motivo la Pascua del Señor se celebra legítimamente con ázimo de sinceridad y de verdad si, desechado el fermento de la antigua malicia, la nueva criatura se embriaga y nutre del mismo Señor. Porque la participación del cuerpo y de la sangre de Cristo no hace otra cosa sino convertirnos en lo que recibimos: y seamos portadores, en nuestro espíritu y en nuestra carne, de aquel en quien y con quien hemos sido muertos, sepultados y resucitados. (Sermón 12 sobre la pasión del Señor (3.6.7)).

San Agustín: 

Hemos oído cómo el Señor Jesús nos encarecía las obligaciones del buen pastor. En esta recomendación nos recordó —según se desprende— que también nosotros somos buenos pastores. Y sin embargo, para que no se interpretara erróneamente esta multitud de pastores: Yo –dijo— soy el buen pastor. Y a continuación nos declara por qué él es el buen pastor: El buen pastor da la vida por sus ovejas. ¿Por qué, pues, haces a los pastores buenos el elogio del único pastor, sino porque en este único pastor quieres enseñamos la unidad?

El Señor en persona va a exponernos esto más claramente por ministerio nuestro, recordando a Vuestra Caridad el mismo pasaje evangélico y diciendo: Escuchad bien lo que os recomendé. Dije: Yo soy el buen pastor, porque todos los demás, todos los pastores buenos, son miembros míos. Una cabeza, un cuerpo, un Cristo. Así pues, tanto el pastor de pastores, como los pastores del pastor y las ovejas con los pastores están bajo el Pastor. ¿No es esto precisamente lo que dice el Apóstol: Lo mismo que el cuerpo es uno y tiene muchos miembros, y todos los miembros del cuerpo, a pesar de ser muchos, son un solo cuerpo, así también es Cristo? Por tanto, si así es también Cristo, con razón Cristo, que se ha incorporado todos los pastores buenos, recomendó uno solo cuando dijo: Yo soy el buen pastor. Yo soy, soy uno, todos forman conmigo una unidad. Quien apacienta al margen de mí, apacienta contra mí. El que no recoge conmigo, desparrama.

Pero escuchadle recomendar la unidad con más vehemencia si cabe: Tengo —dice— otras ovejas que no son de este redil. Hablaba del primer redil, de la estirpe de Israel según la carne. Y había otros, pertenecientes por la fe a la estirpe de Israel, que todavía estaban fuera, en el paganismo, predestinados, pero no aún congregados. Los conocía el que los había predestinado; los conocía el que había venido a redimirles con la efusión de su sangre. Los veía, pero aún no le veían; los conocía, pero aún no creían en él. Tengo —dice— otras ovejas que no son de este redil, pues no son de la estirpe de Israel según la carne. Pero no quedarán fuera de mi redil, porque también a ésas las tengo que traer y habrá un solo rebaño, un solo pastor. (Sermón 138,1).

 

 Cristo apacienta a sus ovejas debidamente, discierne a las que son suyas de las que no lo son. Mis ovejas escuchan mi voz —dice— y me siguen.

En estas palabras descubro que todos los buenos pastores se identifican con este único pastor. No es que falten buenos pastores, pero todos son como los miembros del único pastor. Si hubiera muchos pastores, habría división, y, porque aquí se recomienda la unidad, se habla de un único pastor. Si se silencian los diversos pastores y se habla de un único pastor, no es porque el Señor no encontrara a quien encomendar el cuidado de sus ovejas, pues cuando encontró a Pedro las puso bajo su cuidado. Pero incluso en el mismo Pedro el Señor recomendó la unidad. Eran muchos los apóstoles, pero sólo a Pedro se le dice: Apacienta mis ovejas. Dios no quiera que falten nunca buenos pastores, Dios no quiera que lleguemos a vernos faltos de ellos; ojalá no deje el Señor de suscitarlos y consagrarlos.

Ciertamente que, si existen buenas ovejas, habrá también buenos pastores, pues de entre las buenas ovejas salen los buenos pastores. Pero hay que decir que todos los buenos pastores son, en realidad, como miembros del único pastor y forman una sola cosa con él. Cuando ellos apacientan, es Cristo quien apacienta. Los amigos del esposo no pretenden hacer oír su propia voz, sino que se complacen en que se oiga la voz del esposo. Por esto, cuando ellos apacientan, es el Señor quien apacienta; aquel Señor que puede decir por esta razón: «Yo mismo apaciento», porque la voz y la caridad de los pastores son la voz y la caridad del mismo Señor. Esta es la razón por la que quiso que también Pedro, a quien encomendó sus propias ovejas como a un semejante, fuera una sola cosa con él: así pudo entregarle el cuidado de su propio rebaño, siendo Cristo la cabeza y Pedro como el símbolo de la Iglesia que es su cuerpo; de esta manera, fueron dos en una sola carne, a semejanza de lo que son el esposo y la esposa.

Así, pues, para poder encomendar a Pedro sus ovejas, sin que con ello pareciera que las ovejas quedaban encomendadas a otro pastor distinto de sí mismo, el Señor le pregunta: «Pedro, ¿me amas?» El respondió: «Te amo». Y le dice por segunda vez: «¿Me amas?» Y respondió: «Te amo». Y le pregunta aún por tercera vez: «¿Me amas?» Y respondió: «Te amo». Quería fortalecer el amor para reforzar así la unidad. De este modo, el que es único apacienta a través de muchos, y los que son muchos apacientan formando parte del que es único.

Y parece que no se habla de los pastores, pero sí se habla. Los pastores pueden gloriarse, pero el que se gloría que se gloríe del Señor. Esto es hacer que Cristo sea el pastor, esto es apacentar para Cristo, esto es apacentar en Cristo, y no tratar de apacentarse a sí mismo al margen de Cristo. No fue por falta de pastores —como anunció el profeta que ocurriría en futuros tiempos de desgracia—que el Señor dijo: Yo mismo apacentaré a mis ovejas, como si dijera: «No tengo a quien encomendarlas». Porque, cuando todavía Pedro y los demás apóstoles vivían en este mundo, aquel que es el único pastor, en el que todos los pastores son uno, dijo: Tengo otras ovejas que no son de este redil; también a ésas las tengo que traer, y escucharán mi voz, y habrá un solo rebaño y un solo Pastor.

Que todos se identifiquen con el único pastor y hagan oír la única voz del pastor, para que la oigan las ovejas y sigan al único pastor, y no a éste o a aquél, sino al único. Y que todos en él hagan oír la misma voz, y que no tenga cada uno su propia voz: Os ruego, hermanos, en nombre de nuestro Señor Jesucristo: poneos de acuerdo y no andéis divididos. Que las ovejas oigan esta voz, limpia de toda división y purificada de toda herejía, y que sigan a su pastor, que les dice: Mis ovejas escuchan mi voz y me siguen. (Sobre los pastores. Sermón 46, 29-30).

 

Todas las ovejas oyen la voz de su pastor, el cual dice: Yo soy el buen pastor. No añadiría «bueno» si no hubiera pastores malos. Pero los pastores malos, esos mismos, son ladrones y asesinos o, como muchas veces, ciertamente mercenarios…

En efecto, si consideramos las propiedades,  Cristo no es pastor como los pastores que acostumbramos ver y conocer; tampoco es puerta, pues a él no lo hizo un carpintero; si, en cambio, según alguna analogía es la Puerta y el Pastor, oso decir que es también oveja; de seguro, la oveja está sometida al pastor; sin embargo, él es pastor y oveja. ¿Dónde está como pastor? He ahí que lo tienes aquí, lee el evangelio: Yo soy el buen pastor. ¿Dónde está en cuanto oveja? Interroga al profeta: Fue conducido como oveja para ser inmolada. Interroga al amigo del Novio: He ahí el cordero de Dios; he ahí el que quita el pecado del mundo. Según esas analogías, aún voy a decir algo más asombroso. Cordero, oveja y pastor son realidades amigas entre sí; ahora bien, los pastores suelen proteger a las ovejas contra los leones y, sin embargo, de Cristo, aunque es oveja y pastor, leemos que está dicho: Venció el león de la tribu de Judá. Entended, hermanos, todo esto según las analogías, no según las propiedades. Solemos ver a los pastores sentarse sobre una roca y desde ahí custodiar los ganados encomendados a ellos; evidentemente, el pastor es mejor que la roca sobre la que se sienta el pastor; y, sin embargo, Cristo es el Pastor y la Roca. Todo esto según analogía…

Del asalariado, por otra parte, ¿qué decimos? No se le ha recordado aquí entre los buenos. El buen pastor, asevera, da su vida por las ovejas. El asalariado y quien no es pastor, del cual no son las ovejas, ve venir al lobo y abandona las ovejas y huye; y el lobo arrebata y dispersa las ovejas. No desempeña aquí el asalariado un papel bueno, y empero es útil en algo y no se le llamaría asalariado si del empresario no recibiera un salario. ¿Quién es, pues, ese asalariado, culpable y necesario? Aquí, hermanos, ilumínenos de verdad el Señor mismo, para que conozcamos a los asalariados y no seamos asalariados.

¿Quién es, pues, el asalariado? Hay en la Iglesia algunos jefes, de quienes el apóstol Pablo dice: los que buscan lo suyo, no lo de Jesucristo. ¿Qué significa «los que buscan lo suyo»? Los que no quieren gratis a Cristo, no buscan a Dios por Dios, persiguen ventajas temporales, codician ganancias, de los hombres apetecen honores. Cuando un jefe ama esto y en atención a esto se sirve a Dios, cualquiera que es así, es asalariado, no se cuente a sí mismo entre los hijos, pues de individuos tales dice el Señor: En verdad os digo, recibieron su salario. Escucha qué dice de san Timoteo el apóstol Pablo: Ahora bien, espero en el Señor Jesús enviaros pronto a Timoteo, para estar también yo de buen ánimo cuando haya sabido lo que hay acerca de vosotros; de hecho no tengo a nadie unánime que por vosotros esté solícito sinceramente, pues todos buscan lo suyo, no lo de Jesucristo. Entre asalariados gimió el pastor; buscó a alguien que quisiera sinceramente a la grey de Cristo, mas no lo halló cerca de sí entre quienes en ese tiempo habían estado con él. Por cierto, en la Iglesia de Cristo sí había entonces quien, además del apóstol Pablo y de Timoteo, estuviese solícito fielmente por el rebaño; pero había sucedido que, en el tiempo en que envió a Timoteo, no tenía cerca de sí a otro de entre los hijos, sino que estaban con él solos los asalariados, los que buscan lo suyo, no lo de Jesucristo. Y empero él mismo, solícito fielmente por el rebaño, prefirió enviar un hijo y permanecer entre asalariados. Hemos descubierto también a los asalariados; no los examina sino el Señor; quien inspecciona el corazón, ese mismo lo examina; sin embargo, a veces nosotros nos damos cuenta de ellos, pues el Señor mismo no ha dicho en vano sobre los lobos: Por sus frutos los conoceréis. A muchos interrogan las tentaciones y entonces aparecen las intenciones; muchos, en cambio, están ocultos. El aprisco del Señor tenga como jefes a hijos y a asalariados. Ahora bien, pastores son los jefes que son hijos. Si son pastores, ¿cómo hay un único pastor, sino porque todos ellos son miembros del único pastor, propias del cual son las ovejas? Efectivamente, esos mismos son miembros de ese mismo único pastor, oveja también porque Fue conducido como oveja para ser inmolada?

Por otra parte, oíd que los asalariados son también necesarios. En efecto, muchos que en la Iglesia persiguen ventajas terrenas, predican empero a Cristo y mediante ellos se oye la voz de Cristo y las ovejas siguen no al asalariado, sino, mediante el asalariado, la voz del pastor. Oíd que el Señor en persona señala a los asalariados: Los escribas y los fariseos, afirma, se sientan en la cátedra de Moisés; haced lo que dicen; en cambio, no hagáis lo que hacen. ¿Qué otra cosa ha dicho, sino «mediante los asalariados escuchad la voz del pastor»? En efecto, sentándose en la cátedra de Moisés, enseñan la ley de Dios; Dios, pues, enseña mediante ellos; pero, si quieren ellos enseñar lo suyo, no escuchéis, no lo hagáis, pues esos tales buscan lo suyo, no lo de Jesucristo

Acabamos de ver también quién es el asalariado. ¿Quién es el lobo sino el diablo? ¿Y qué está dicho del asalariado? Aunque haya visto al lobo venir, huye porque las ovejas no son suyas propias ni se preocupa de las ovejas. ¿Acaso era tal el apóstol Pablo? ¡Ni pensarlo! ¿Acaso Pedro era tal? ¡Ni pensarlo! ¿Acaso eran tales los demás apóstoles, exceptuado Judas, el hijo de la perdición? ¡Ni pensarlo! ¿Ellos, pues, eran pastores? Pastores, lisa y llanamente. ¿Y cómo hay un único pastor? Ya lo he dicho: eran pastores por ser miembros del Pastor. Gozaban de esa cabeza, concordaban bajo esa cabeza, gracias al único Espíritu vivían en la trabazón del único cuerpo y por eso pertenecían todos al único Pastor. Si, pues, eran pastores y no asalariados, exponnos, oh Señor, por qué huían cuando padecían persecución. En una carta he visto a Pablo huir: por el muro fue descolgado en una espuerta, para escapar de las manos del perseguidor. ¿No se preocupó, pues, de las ovejas que abandonaba al venir el lobo? Se preocupó simple y llanamente; pero con oraciones las encomendaba al Pastor que está sentado en el cielo; en cambio, él, huyendo, se conservaba para utilidad de ellas, como asevera en cierto lugar: Permanecer en la carne es necesario por vosotros. De hecho, todos habían oído al Pastor en persona: Si os persiguieren en una ciudad, huid a otra. Dígnese el Señor exponernos esta cuestión: «Señor, tú, a quienes evidentemente querías que fueran pastores fieles, a los que formabas para ser miembros tuyos, has dicho: Si os persiguieren, huid. Les haces, pues, una injuria cuando reprendes a los asalariados que ven al lobo venir y huyen. Te rogamos, pues, que nos indiques qué tiene la profundidad de la cuestión». Aldabeemos; acudirá a abrirse a sí mismo el portero de la puerta, la cual es él en persona.

¿Quién es el asalariado, que ve al lobo venir y huye? Quien busca lo suyo, no lo de Jesucristo: no osa denunciar libremente al pecador. He ahí que ha pecado no sé quién, ha pecado gravemente; ha de ser increpado, ha de ser excomulgado; pero excomulgado será enemigo, insidiará, dañará cuando pudiere. El que busca lo suyo, no lo de Jesucristo, se calla ya, no corrige, para no perder lo que persigue, la ventaja de la amistad humana, ni exponerse a la molestia de las enemistades humanas. He ahí que el lobo agarra la oveja por la garganta; el diablo ha inducido al adulterio a un fiel; tú callas, no increpas; oh asalariado, has visto al lobo venir y has huido. Quizá responde y dice: «Mira, estoy aquí, no he huido». Has huido porque has callado; has callado porque has temido. El temor es la huida del ánimo. Te has mantenido con el cuerpo, con el espíritu has huido, cosa que no hacía el que decía: Aunque con el cuerpo estoy ausente, con el espíritu estoy con vosotros. En efecto, ¿cómo huía con el espíritu quien aún ausente con el cuerpo denunciaba por carta a los fornicadores? Nuestros sentimientos son los movimientos de los ánimos. La alegría es la expansión del ánimo; la tristeza, el encogimiento del ánimo; el deseo, el avance del ánimo; el temor, la huida del ánimo. En efecto, te expandes en el ánimo cuando algo te atrae; te encoges en el ánimo cuando algo te apena; avanzas en el ánimo cuando deseas algo; huyes en el ánimo cuando tienes miedo. He ahí por qué se dice que el asalariado, visto el lobo, huye. ¿Por qué? Porque no se preocupa de las ovejas. ¿Por qué no se preocupa de las ovejas? Porque es asalariado. ¿Qué significa «es asalariado»? Uno que busca salario temporal y en la casa no habitará para siempre… (Tratado 46)

 

En el nombre del Señor sabéis ya quién es el buen pastor, cómo los pastores buenos son miembros suyos y que por eso hay un único pastor; sabéis quién es el asalariado que tolerar, quiénes el lobo, los ladrones y asesinos que evitar; quiénes son las ovejas, cuál es la puerta por la que entran las ovejas y el pastor; cómo ha de entenderse al portero; sabéis también que cualquiera que no entrare por la puerta es ladrón y asesino y no viene sino a robar, asesinar y destruir. Según opino, está suficientemente tratado todo esto que he dicho. Porque Jesucristo mismo, Salvador nuestro, ha dicho que él es el pastor y la puerta y ha dicho que el pastor bueno entra por la puerta, debemos decir hoy, en la medida en que ayuda el Señor, cómo él en persona entra por sí mismo. En efecto, si nadie es pastor bueno sino quien entra por la puerta, y si principalmente éste es en persona el buen Pastor y él mismo es la Puerta, no puedo entender sino que él mismo entra a sus ovejas por sí mismo, les da la voz de seguirle, y que ellas, al entrar y salir, hallan pastos, que son la vida eterna.

Digo, pues, inmediatamente: yo, porque busco entrar a vosotros, esto es, a vuestro corazón, predico a Cristo; si predico otra cosa, intentaré trepar por otra parte. Así pues, Cristo es mi entrada hacia vosotros; por Cristo entro no a vuestras paredes, sino a vuestros corazones. Por Cristo entro, en mí habéis oído gustosamente a Cristo. ¿Por qué habéis oído gustosamente en mí a Cristo? Porque sois ovejas de Cristo, porque habéis sido adquiridos por la sangre de Cristo. Reconocéis vuestro precio, que por mí no es dado, pero mediante mí es predicado. En efecto, os ha comprado el que su sangre preciosa ha derramado; preciosa sangre es la del sin pecado. Sin embargo, él mismo ha hecho preciosa también la sangre de los suyos, por los que ha dado precio de sangre, porque, si no hiciera preciosa la sangre de los suyos, no se diría: Es preciosa en presencia del Señor la muerte de sus santos. Así pues, él no es el único en haber hecho incluso esto que asevera, El buen pastor depone su alma por las ovejas, y empero, si quienes lo hicieron son sus miembros, él mismo en persona es el único que lo hizo, pues él pudo hacerlo sin ellos, mas ellos ¿en virtud de qué lo pudieron sin él, ya que él en persona ha dicho: Sin mí nada podéis hacer? Pues bien, que también otros lo hicieron lo demuestro, precisamente porque el apóstol Juan mismo, que predicó este evangelio que acabáis de escuchar, dijo en una carta suya: como Cristo depuso por nosotros su alma, así también nosotros debemos deponer por los hermanos las almas. Debemos, dijo: nos hace deudores el primero que lo ha efectuado. Por eso está escrito en cierto lugar: Si te sentares a cenar a la mesa de un poderoso, entiende sabiamente lo que se te sirve y echa tu mano sabedor de que es preciso que tú prepares algo igual. Sabéis cuál es la mesa del Poderoso: ahí están el cuerpo y la sangre de Cristo; quien se acerca a tal mesa, prepare algo igual. Y ¿qué significa «prepare algo igual»? Como él mismo depuso por nosotros su alma, así también nosotros, para dar buen ejemplo al pueblo y sostener la fe, debemos deponer por los hermanos las almas. Por eso, a Pedro, de quien quería hacer un pastor bueno, dice no en atención a Pedro mismo, sino en atención a su cuerpo: Pedro, ¿me amas? Apacienta mis ovejas. Esto una vez, esto de nuevo, esto por tercera vez, hasta entristecerlo. Y tras haberlo interrogado el Señor tanto cuanto juzgó que había de interrogársele para que confesase tres veces quien tres veces había negado, y tras haberle encomendado tres veces sus ovejas para apacentarlas, le dice: Cuando eras más joven, te ceñías y caminabas adonde querías; en cambio, cuando hayas envejecido, extenderás tus manos, y otro te ceñirá y conducirá adonde tú no quieres. Y el evangelista ha explicado qué había dicho el Señor: Ahora bien, afirma, dijo esto para significar con qué muerte iba a glorificar a Dios. A esto, pues, se refiere «Apacienta mis ovejas»: a que depongas por mis ovejas tu alma.

¿Quién desconoce ya lo que asevera: Como el Padre me conoce y yo conozco al Padre? Por sí, en efecto, conoce él al Padre, nosotros mediante él. Que por sí lo conoce él, lo sabemos, y que nosotros le conocemos mediante él, también lo sabemos porque aun esto lo sabemos mediante él, pues él mismo ha dicho: Nadie ha visto nunca a Dios, sino el Unigénito Hijo que está en el seno del Padre; ese mismo lo explicó con todo detalle. Mediante él mismo, pues, también nosotros, a quienes lo explicó con todo detalle. Asimismo asevera en otra parte: Nadie conoce al Hijo sino el Padre; y nadie conoce al Padre sino el Hijo y aquel a quien el Hijo quisiere revelarlo. Como, pues, por sí conoce él al Padre y, en cambio, mediante él conocemos nosotros al Padre, así entra por sí mismo al redil, y nosotros mediante él.

Decíamos que mediante Cristo tenemos nosotros una puerta hacia vosotros; ¿por qué? Porque predicamos a Cristo. Nosotros predicamos a Cristo y, por eso, entramos por la puerta. Cristo, en cambio, predica a Cristo, porque se predica a sí mismo; y por eso el pastor entra por sí mismo. Cuando la luz muestra otras cosas que se ven a la luz, ¿acaso necesita alguna otra cosa para mostrarse? La luz, pues, manifiesta tanto las otras cosas como a sí misma. Con el entendimiento entendemos cualesquiera cosas que entendemos; y ¿cómo entendemos el entendimiento mismo sino con el entendimiento? ¿Acaso ves así con el ojo de la carne tanto las otras cosas como a él mismo? En efecto, aunque los hombres ven con sus ojos, no ven empero sus ojos. El ojo de la carne ve las otras cosas; a sí mismo no puede verse; el entendimiento, en cambio, entiende las otras cosas y a sí mismo. Como el entendimiento se ve, así también Cristo se predica. Si se predica, predicándose entra a ti, por sí entra a ti. También él es la puerta hacia el Padre, porque no hay por dónde venir al Padre sino mediante él mismo, pues hay un único Dios y un único mediador de Dios y hombres, Cristo Jesús hombre10. Con la palabra se dicen muchas cosas; evidentemente, con la palabra he dicho estas mismas que he dicho. Si quisiere describir también la palabra misma, ¿cómo la describo sino con la palabra? Y, por eso, mediante la palabra se dicen otras cosas que no son lo que la palabra, y la palabra misma no puede describirse sino mediante la palabra. Porque el Señor ha ayudado, he abundado en ejemplos.

Retened, pues, cómo el Señor Jesucristo es puerta y pastor: puerta, abriéndose; pastor, entrando por sí. Además, hermanos, ciertamente ha dado también a sus miembros lo que él es en cuanto pastor, porque Pedro es pastor, Pablo es pastor, los demás apóstoles son pastores y los obispos buenos son pastores, pero nadie de nosotros dice que él es puerta; él mismo ha retenido para sí como propio esto por donde entren las ovejas. Por eso, cuando el apóstol Pablo predicaba a Cristo, cumplía el oficio de pastor bueno porque entraba por la Puerta; mas, cuando ovejas indisciplinadas comenzaron a hacer cismas y a ponerse otras puertas no para entrar a fin de ser congregadas, sino para extraviarse a fin de dividirse pues unos decían «Yo soy de Pablo», otros «Yo de Cefas», otros «Yo de Apolo», otros «Yo de Cristo», espantado ante quienes dijeron «Yo soy de Pablo», como si gritase a las ovejas: «Desgraciadas, ¿por dónde vais? No soy la puerta», pregunta: ¿Acaso Pablo fue crucificado por vosotros? ¿O fuisteis bautizados en el nombre de Pablo? En cambio, quienes decían «Yo soy de Cristo», habían hallado la puerta.

Por otra parte, acerca del único redil y del único pastor soléis ya oír asiduamente por cierto, pues mucho he encomiado el único redil, al predicar la unidad para que todas las ovejas entrasen por Cristo, y ninguna siguiera a Donato. Sin embargo, aparece suficientemente por qué el Señor ha dicho esto en sentido propio. Hablaba, en efecto, entre los judíos; ahora bien, había sido enviado a los judíos mismos no en atención a ciertos pertinaces en el odio descomunal y perseverantes en las tinieblas, sino en atención a algunos entre esta nación misma a los que llama ovejas suyas, de quienes aseveró: No fui enviado sino a las ovejas que perecieron de la casa de Israel. Los conocía incluso entre la turba de furiosos, y los preveía en la paz de los creyentes. ¿Qué significa, pues, «No fui enviado sino a las ovejas que perecieron de la casa de Israel», sino que no mostró su presencia corporal sino al pueblo de Israel? A las gentes no se dirigió él mismo, sino que envió; en cambio, al pueblo de Israel envió y vino él mismo, para que quienes lo despreciaban recibieran un juicio mayor, porque también se les mostró su presencia. En persona estuvo allí el Señor, allí eligió madre, allí quiso ser concebido, allí nacer y derramar su sangre; allí están sus huellas, se adoran ahora mismo, donde estuvo en pie por última vez, de donde ha ascendido al cielo; en cambio, a las gentes envió.

Pero, porque él no ha venido en persona a nosotros, sino que ha enviado a nosotros, alguien supone quizá que nosotros hemos oído no la voz de él mismo, sino la voz de esos que ha enviado. ¡Ni pensarlo! Sea expulsado de vuestros corazones ese pensamiento: también en estos que ha enviado estaba él en persona. Escucha a Pablo mismo, al que envió, pues a las gentes envió principalmente a Pablo apóstol, y Pablo mismo, para meter miedo no de sí sino de aquél, pregunta: ¿O queréis recibir una prueba de ese que en mí habla, Cristo? Escuchad también al Señor mismo: Tengo también otras ovejas, esto es, entre las gentes, que no son de este redil, esto es, del pueblo de Israel; es preciso que también a ellas las conduzca. Aun mediante los suyos, pues, no las conduce otro. Escucha aún: Oirán mi voz. He ahí que mediante los suyos habla él en persona y mediante los que envía se oye su voz. Para que haya un único redil y un único pastor14. Para esos dos rebaños, como para dos paredes, él se hizo piedra angular. Es, pues, la Puerta y la Piedra angular; todo por analogía, nada de esto con propiedad…

Escucha también lo demás. Afirma: El Padre me quiere precisamente porque yo depongo mi alma para tomarla de nuevo. ¿Qué asevera? El Padre me quiere precisamente porque muero para resucitar. Por cierto, con gran fuerza está dicho «Yo».  Porque yo depongo, afirma, depongo mi alma. Yo depongo. ¿Qué significa «Yo depongo»? Yo la depongo; no se gloríen los judíos: pudieron ensañarse, no pudieron tener potestad; ensáñense cuanto pueden; si yo no quisiere deponer mi alma, ¿qué van a hacer ensañándose? Una única respuesta los postró: cuando se les dijo «¿A quién buscáis?», dijeron «A Jesús», y les asevera «Yo soy»; retrocedieron y cayeron. Quienes cayeron ante una única voz de Cristo, que iba a morir, ¿qué harán bajo la voz de quien va a juzgar? Yo, yo, insisto, depongo mi alma para tomarla de nuevo. No se gloríen los judíos, cual si hubieran prevalecido; él mismo depuso su alma… Si no fueses capaz, no dirías: Tengo potestad de deponer mi alma y tengo potestad de tomarla de nuevo. En otro lugar del evangelio oye que no sólo el Padre resucitó al Hijo, sino también el Hijo a sí mismo: Destruid este templo, afirma, y en un triduo lo levantaré. Y el evangelista afirma: «Ahora bien, del templo de su cuerpo decía» esto, pues era levantado lo que moría, porque la Palabra no murió, esa alma no murió. Si ni la tuya muere, ¿moriría la del Señor?

¿Cómo sé, preguntas, si mi alma no muere? No la mates, y no muere. ¿Cómo, preguntas, puedo yo matar mi alma? Por no mencionar de momento otros pecados, la boca que miente mata al alma. ¿Cómo, preguntas, estoy seguro de que no muere? Escucha al Señor mismo dar seguridad al siervo: No temáis a quienes matan el cuerpo, mas después no tienen qué hacer. Pero ¿qué asevera claramente? Temed al que tiene potestad de matar en el quemadero cuerpo y alma. He ahí qué muere, he ahí qué no muere. ¿Qué es su morir? ¿Qué es para tu carne morir? Para tu carne morir es perder su vida; para tu alma morir es perder su vida. La vida de tu carne es tu alma; la vida de tu alma es tu Dios. Como muere la carne, perdida el alma, que es su vida, así muere el alma, perdido Dios, que es su vida. Ciertamente, pues, el alma es inmortal. Simple y llanamente inmortal porque vive incluso muerta. En efecto, lo que el Apóstol dijo de la viuda sensual, puede decirse también del alma si perdiere a su Dios: Aun viva, está muerta… (Tratado 47).

 

San Pedro Crisólogo

 Que el regreso del pastor fue bueno, cuando Cristo vino a la tierra, él mismo acaba de proclamarlo hoy: Yo soy el buen Pastor. El buen pastor da la vida por las ovejas. De aquí que el mismo maestro va buscando por toda la tierra compañeros y colaboradores, diciendo: Aclamad al Señor, tierra entera; de aquí que confíe a Pedro sus ovejas para que las pastoree en su nombre y tome el relevo al subir él al cielo. Pedro –dice–, ¿me amas? Pastorea mis ovejas. Y para no turbar con un comportamiento autoritario los frágiles comienzos de un retorno, sino sostenerlo a base de comprensión, repite: Pedro, ¿me amas? Apacienta mis corderos. Encomienda las ovejas, encomienda el fruto de las ovejas, porque el pastor conocía ya de antemano la futura fecundidad de su rebaño. Pedro, ¿me amas? Apacienta mis corderos. A estos corderos, Pablo, colega del pastor Pedro, les ofrecía como alimento espiritual las ubres llenas de leche, cuando decía: Os alimenté con leche, no con comida. Esto es lo que sentía el santo rey David, y por eso exclamaba como con piadoso balido: El Señor es mi pastor, nada me falta: en verdes praderas me hace recostar; me conduce hacia fuentes tranquilas.

quien retorna a los pastos de la paz evangélica después de tantos gemidos de guerras, después de una triste vida de sangre, el siguiente versículo anuncia la alegría a quienes yacen en la servidumbre. El hombre era siervo del pecado, gemía ‘cautivo de la muerte, sufría las cadenas de sus vicios. ¿Cuándo el hombre no estuvo triste bajo el pecado? ¿Cuándo no gimió atenazado por la muerte? ¿Cuándo no desesperó bajo la tiranía de los vicios? Por esta razón, lanzaba el hombre desesperados gemidos, cuando no le quedaba otro remedio que soportar tales y tan crueles señores. Con razón, pues, el profeta al vernos liberados de tales señores y convertidos al servicio del Creador, a la gracia del Padre y a la libre servidumbre del único Señor bueno, exclama: Servid al Señor con alegría, entrad en su presencia con vítores. Porque los que la culpabilidad había arrojado y la conciencia había expulsado, a éstos la gracia los reconduce y la inocencia los reintroduce.

Nosotros somos su pueblo y ovejas de su rebaño. Quedó ya demostrado con la autoridad de un proverbio, que del cielo se esperaba un pastor que, con gran júbilo, recondujera a los pastos de la vida a las ovejas descarriadas y desahuciadas a causa de un alimento letal. Entrad —dice–por sus puertas con acción de gracias. Únicamente la acción de gracias nos hace entrar por las puertas de la fe: por sus atrios con himnos, dándole gracias y bendiciendo su nombre. Nombre por el que hemos sido salvados, nombre ante el cual dobla la rodilla el cielo, la tierra y el abismo, y por el que toda criatura ama al Señor Dios. El Señor es bueno. ¿Por qué es bueno? porque su misericordia es eterna. En verdad es bueno por su misericordia. En virtud únicamente de su misericordia se dignó revocar la amarguísima sentencia que pesaba sobre todo el mundo. Este es el cordero de Dios, que quita el pecado del mundo. (Sermón 6).

 

 

 

San Juan Crisóstomo:

Gran cosa, por cierto, gran cosa es estar al frente de la Iglesia y necesita esto de eximia virtud y fortaleza; tanta como dijo Cristo; de tal manera que dé su vida por las ovejas y jamás las abandone; y haga frente esforzadamente a los lobos. En esto difiere el pastor de los mercenarios. Estos, despreciando el rebaño, continuamente miran por la propia salud; en cambio, aquél, despreciando su salud, cuida únicamente la de las ovejas. Cristo, tras de haber indicado las señales del buen pastor, declara dos clases de hombres dañinos al rebaño: una es la del ladrón que mata y arrebata las ovejas; la otra es la del que no hace el daño personalmente, pero no aleja al ladrón ni lo estorba. Por el primero significa a Teudas; por el otro a los doctores judíos que para nada cuidaban de las ovejas que se les habían encomendado. De esto los acusaba ya antiguamente Ezequiel diciendo: ¡Ay de los pastores de Israel que se apacientan a sí mismos! ¿no deben los pastores apacentar al rebaño?! Pero ellos hacían todo lo contrario, lo cual es un género de malicia grandísima y causa de los demás males. Por lo cual! continúa el profeta: No volvían al redil las ovejas descarriadas ni buscaban las que se habían perdido ni ligaban las que se habían quebrado ni curaban a las enfermas; porque no apacentaban a las ovejas, sino a sí mismos. Y lo mismo dice Pablo con diversas expresiones: Todos buscan sus propios intereses y no los de Jesucristo? Y también: Nadie busque su propio interés, sino el bien del prójimo? De ambas clases de perniciosos se aparta Jesús. De los que se llegan para matar cuando dice: Yo he venido para que tengan vida y la tengan sobreabundante; y de los que de nada cuidan, aun cuando el lobo arrebate las ovejas, pues Él no las abandona, sino que da su vida para que no perezcan. 

Cuando los judíos pensaron en darle muerte, no desistió de enseñar ni traicionó a los creyentes, sino que estuvo firme y sufrió la muerte. Por lo cual repetía: Yo soy el buen pastor. Y luego, como no había testimonio alguno de ello, pues lo de Doy mi vida sucedió hasta poco después; y lo de Para que tengan vida y la tengan sobreabundante acontecería hasta después de su muerte ¿qué hace? Confirma lo uno con lo otro; o sea, con dar su vida confirma que también dará la vida a sus ovejas…
Mas ¿por qué ahora no lo acusan, como antes, diciéndole: Tú das testimonio de ti mismo; tu testimonio no es fidedigno? Porque ya muchas veces les había cerrado la boca, y a causa de los milagros podía usar de mayor franqueza en expresarse y hacerles frente más confiadamente. Luego, pues anteriormente había dicho: Y mis ovejas oyen mi voz y la siguen, para que: alguno no objetara y le dijera: Bueno, pero ¿los que no creen?, oye lo que sigue. Y conozco a mis ovejas y mis ovejas me conocen a Mí. Pablo lo dijo también: No rechazó Dios a su pueblo, al cual conoció de antemano y lo eligió para El. Y Moisés, por su parte: Conoció el Señor a los suyos.

Y para que no creyeran ser igual el modo de conocer, oye cómo lo corrige en lo que sigue. Dice: Conozco a mis ovejas y ellas me conocen a Mí. Pero no con igual conocimiento. ¿En dónde sí es igual? Entre el Padre y el Hijo. Pues dice: Así como me conoce el Padre, también yo conozco al Padre. Si no era la desigualdad de conocimiento lo que intentaba probar ¿para qué habría añadido esa última frase? Como con frecuencia se coloca en el mismo orden y nivel que los demás hombres, para que nadie pensara que El conocía al Padre con un conocimiento como el humano, añadió: Así como me conoce el Padre, así también yo conozco al Padre. Tan perfectamente lo conozco como El a Mí. Por lo cual había dicho: Nadie conoce al Hijo sino el Padre, ni al Padre sino el Hijo, indicando un modo particular de conocimiento, tal que nadie más puede alcanzarlo. 

Yo doy mi vida. Frecuentemente lo repite, declarando que no es engañador. Lo mismo que el Apóstol, para demostrar que era verdadero Maestro y para distinguirse de los falsos apóstoles, recurría a los peligros de muerte y por ellos se recomendaba y decía: En azotes, sin número; en peligros de muerte, muchas veces? Cuando Jesús decía Yo soy la luz, Yo soy la vida, les parecía a los necios que hablaba así por orgullo; pero cuando decía quiero morir no se atraía envidias. Por tal motivo aquí no le objetan: Tú das testimonio de ti mismo; tu testimonio no es fidedigno. Además, con sus palabras demostraba sumo cuidado de ellos, puesto que se quería entregar a la muerte por los que lo lapidaban. 

En consecuencia, oportunamente introduce su discurso acerca de los gentiles: Porque Yo tengo otras ovejas que no son de este aprisco. Y conviene que también a éstas yo las traiga. De nuevo echó mano de la palabra conviene, que no implica ninguna necesidad; y es como si dijera: De hecho así sucederá. ¿Por qué os admiráis de que estas ovejas me hayan de seguir y de que mis ovejas hayan de escuchar mi voz? Cuando veáis a las otras siguiéndome y escuchándome, más os espantaréis. 

Y no te burles porque diga: Que no son de este aprisco. Pues solamente existe una diferencia legal, como dice Pablo: La circuncisión nada es y la incircuncisión nada vale. Y conviene que yo las atraiga. Declara con esto que gentiles y judíos andan dispersos y mezclados y sin pastores, porque aún no había llegado aquel buen Pastor. Luego profetiza que se unirán: Y habrá un solo rebaño. Es lo mismo que Pablo significa al decir: Para crear en sí mismo de los dos un solo hombre nuevo. Por esto me ama el Padre, porque yo entrego mi vida, bien que para recobrarla de nuevo. ¿Habrá cosa más humilde que este lenguaje? El Señor nuestro es amado por causa de nosotros, pues por nosotros va a la muerte. Pero dime: ¿es que anteriormente no era amado sino que ahora comienza el Padre a amarlo y somos nosotros la causa de ese amor? ¿Adviertes en qué forma se adapta a nuestra debilidad? Pero ¿qué es lo que aquí intenta demostrar? Pues lo llamaban ajeno al Padre y engañador, y decían que había venido para ruina del hombre, El asevera: Si otra cosa no, a lo menos ésta me ha atraído a amaros: que vosotros, como Yo, sois amados del Padre; y que Él os ama porque Yo doy mi vida por vosotros. Quiere además demostrar que no va a la muerte contra su voluntad; pues si su muerte fuera involuntaria ¿cómo podría ser vínculo de amor? Y también que ella es voluntad de su Padre. No te espantes de que diga esto, hablando en cuanto hombre; pues ya muchas veces hemos explicado la causa de esto y resulta superfluo y molesto repetirla. 

Yo entrego mi vida, bien que para recobrarla de nuevo. Nadie me la quita, sino que Yo voluntariamente la entrego. Tengo el poder de entregarla y tengo el poder de recobrarla. Puesto que muchas veces se habían confabulado para matarlo, dice: Si yo no quiero, vuestro empeño será en vano. Confirma con lo primero lo segundo, es decir, la resurrección con la muerte. Cosa admirable es ésta y que espanta; porque ambas cosas fueron nuevas y fuera de costumbre. Atendamos con diligencia a lo que dice: Tengo el poder de entregar mi vida. Pero ¿hay alguno que no tenga poder de quitarse la vida? Todos pueden darse la muerte. Pero no en ese sentido en que El habla. Entonces ¿cuál es ese sentido? Como si dijera: De tal modo tengo potestad de entregar mi vida que nadie puede quitármela si Yo no quiero. No sucede así en los demás hombres. Nosotros no podemos dejar nuestra vida si no es dándonos la muerte. Si caemos en manos de quienes nos ponen asechanzas, ya no está en nuestra mano entregar o no nuestra vida, ya que ellos pueden matarnos: nos la quitan contra nuestra voluntad. 

En cambio, Cristo no va por esos caminos; pues aun cuando otros le pusieran asechanzas, podía El no entregar su vida. Por tal motivo, habiendo dicho: Nadie me la quita, añadió: Tengo poder de entregar mi vida. Es decir: Sólo Yo puedo entregarla y vosotros no tenéis poder para quitármela. Muchos hay que pueden quitarnos la vida. Pero Cristo no dijo eso al principio, pues no se le habría creído, sino cuando ya tenía el testimonio de sus obras. Pues como ellos con frecuencia le pusieran asechanzas, sin embargo no pudieron poner en El las manos, sino que muchas veces se les fue de entre ellas. Ahora finalmente les dice: Nadie me quita la vida. 

Si esto es verdad se sigue de aquí que voluntariamente vino al mundo para eso; y por esto mismo se confirma que puede cuando quiera recobrar su vida de nuevo. Puesto que si el morir de ese modo es algo más allá de lo humano, en lo demás ya no puedes poner duda. Siendo El dueño de entregar su vida, con el mismo poder la recabará cuando le plazca. Mira, pues, cómo por lo primero confirma lo segundo; y por el modo de su muerte demuestra su indudable resurrección. 

Este es el mandato que he recibido de mi Padre. ¿Cuál? Que yo muera por el mundo. ¿Esperó acaso hasta escuchar el precepto y entonces obedeció? ¿o siquiera tuvo necesidad de escucharlo? Pero ¿quién que no esté loco lo afirmaría? Así como cuando anteriormente dijo: Por eso me ama el Padre, demostró su libre voluntad y quitó toda sospecha de lo contrario, así ahora cuando dice haber recibido el mandato de su Padre, no significa otra cosa sino que agrada al Padre lo que El hace. Y lo dijo para que no sucediera que una vez muerto creyeran que el Padre lo había abandonado y traicionado; ni a Él lo recriminaran como en efecto luego lo recriminaron diciéndole: A otros salvó y a Sí mismo no puede salvarse. Y también: Si eres el Hijo de Dios, baja de la cruz. Precisamente porque era el Hijo de Dios no descendió de la cruz. 

Y para que al oír: Este mandato he recibido de mi Padre, no fueras a pensar que la obra redentora era de otro, ya de antemano dijo: El buen pastor da su vida por sus ovejas, demostrando así que las ovejas son suyas, y que toda la obra llevada a cabo es suya y que no necesitaba mandato alguno. Si hubiera necesitado mandato ¿por qué habría dicho: Yo voluntariamente entrego mi vida? Quien voluntariamente la entrega no necesita mandato. Añade luego el motivo por el que lo hace. ¿Cuál es? Porque es El el Pastor y buen Pastor. Y el buen pastor no necesita que otro lo exhorte a dar su vida. Y si esto es así entre los hombres, mucho más lo es en Dios. Por lo cual Pablo decía: Se anonadó a Sí mismo. De modo que aquí al decir mandato sólo quiere significar su concordia con el Padre. Y si lo dijo en forma tan humana y humilde, debe atribuirse a la debilidad de los oyentes. (Homilía 60 sobre el Ev. de San Juan).

San Basilio de Seleucia:

Con razón Cristo, siendo Pastor, exclamaba: Yo soy el buen Pastor. Yo soy el que curo a las enfermas, sano a las delicadas, vendo a las heridas, hago volver a las descarriadas, busco a las perdidas. He visto al rebaño de Israel presa de la enfermedad, he visto al ovil irse a la morada de los demonios, he visto a la grey acosada por los demonios lo mismo que si fueran lobos. Y lo que he visto, no lo dejé desprovisto.

Pues yo soy el buen Pastor: no como los fariseos que envidian a las ovejas; no como los que inscriben en su lista de suplicios, los que para la grey fueron beneficios; no como quienes deploran la liberación de los males y se lamentan de las enfermedades curadas. Resucita un muerto, llora el fariseo; es curado un paralítico y se lamentan los letrados; se devuelve la vista a un ciego y los sacerdotes se indignan; un leproso queda limpio y se querellan los sacerdotes. ¡Oh altivos pastores de la desdichada grey, que tienen como delicias propias las calamidades del rebaño!

Yo soy el buen Pastor. El buen pastor da la vida por las ovejas. Por sus ovejas, el pastor se deja conducir al matadero como un cordero: no rehúsa la muerte, no juzga, no amenaza con la muerte a los verdugos. Como tampoco la pasión era fruto de la necesidad, sino que voluntariamente aceptó la muerte por las ovejas: Tengo poder para quitar la vida y tengo poder para recuperarla. Expía la desgracia con la desgracia, remedia la muerte con la muerte, aniquila el túmulo con el túmulo, arranca los clavos y socava los cimientos del infierno. La muerte mantuvo su imperio, hasta que Cristo aceptó la muerte; los sepulcros eran una pesadilla e infranqueables las cárceles, hasta que el Pastor, descendiendo, llevó la fausta noticia de su liberación a las ovejillas que estaban prisioneras. Lo vieron los infiernos dar la orden de partida; lo vieron repitiendo la llamada de la muerte a la vida.

El buen pastor da la vida por las ovejas. Por este medio procura granjearse la amistad de las ovejas. Y a Cristo lo ama el que escucha solícito su voz. Sabe el pastor separar los cabritos de las ovejas. Venid vosotros, benditos de mi Padre: heredad el reino preparado para vosotros desde la creación del mundo. ¿En recompensa de qué? Porque tuve hambre y me disteis de comer, tuve sed y me disteis de beber, fui forastero y me hospedasteis: pues lo que das a los míos, de mí lo cosechas. Yo, por su causa, estoy desnudo, soy huésped, peregrino y pobre: suyo es el don, pero mía la gracia. Sus súplicas me desgarran el alma.

Sabe Cristo dejarse vencer por las plegarias y las dádivas de los pobres, sabe perdonar grandes suplicios en base a pequeños dones. Extingamos el fuego con la misericordia, ahuyentemos las amenazas contra nosotros mediante la observancia de la mutua amistad, abramos unos para con otros las entrañas de misericordia, habiendo nosotros mismos recibido la gracia de Dios en Cristo, a quien corresponde la gloria y el poder por los siglos de los siglos. Amén.  (Homilía 26, 2).

 

Miremos a nuestro pastor, Cristo… Se regocija con las ovejas que están cercanas a él y va en busca de las extraviadas. No teme montes y bosques; recorre barrancos hasta llegar a la oveja perdida. Y aunque la encuentre en estado lastimoso, no se encoleriza, sino llevado por la compasión, la toma sobre sus hombros y, de su propio cansancio, cura la oveja cansada… Con razón Cristo proclama: “Yo soy el Buen Pastor, busco la oveja perdida, recupero a la extraviada, vendo a la que está herida, curo a la que está enferma». He visto al rebaño de los hombres agobiado por la enfermedad; he visto a mis corderos descender al lugar de los demonios; he visto a mi rebaño despedazado por los lobos.

He visto esto y no lo he visto desde lo alto. Por eso tomé la mano desecada, atrapada por el mal, como por un lobo; desaté aquello que la fiebre había atado; hice ver a aquellos, cuyos ojos permanecieron cerrados desde el seno de su madre; saqué a Lázaro de la tumba, donde yacía desde hacía cuatro días. «Porque soy el buen pastor; el buen pastor da su vida por sus ovejas “…

Los profetas conocieron a este pastor, ya que antes de su Pasión, anunciaban lo que iba a venir: “Como cordero, llevado al matadero; como oveja ante el esquilador, no abría la boca”. Como una oveja, el pastor ofreció su garganta por sus ovejas… Por su muerte, remedia a la muerte; por su tumba, vacía las tumbas…

Las tumbas son pesadas y la prisión está cerrada, mientras el pastor, desciende de la cruz, no viene para llevar a sus ovejas apresadas la alegre noticia de su liberación. Lo vemos en los infiernos donde da la orden de liberación; lo vemos llamar de nuevo a sus ovejas, llamarlas por su nombre y llevarlas de la estancia de los muertos a la vida. “El buen pastor da su vida por sus ovejas”. Así es como se propone ganar el afecto de sus ovejas, y a las que saben oír su voz las ama Cristo… (Oración 26).

 

 

San Gregorio Magno:

Yo soy el buen Pastor, que conozco a mis ovejas, es decir, que las amo, y las mías me conocen. Habla, pues, como si quisiera dar a entender a las claras: «Los que me aman vienen tras de mí». Pues el que no ama la verdad es que no la ha conocido todavía.

Acabáis de escuchar, queridos hermanos, el riesgo que corren los pastores; calibrad también, en las palabras del Señor, el que corréis también vosotros. Mirad si sois, en verdad, sus ovejas, si le conocéis, si habéis alcanzado la luz de su verdad. Si le conocéis, digo, no sólo por la fe, sino también por el amor; no sólo por la credulidad, sino también por las obras. Porque el mismo Juan Evangelista, que nos dice lo que acabamos de oír, añade también: Quien dice: «Yo le conozco», y no guarda sus mandamientos, es un mentiroso.

Por ello dice también el Señor en el texto que comentamos: Igual que el Padre me conoce, y yo conozco al Padre, yo doy mi vida por las ovejas. Como si dijera claramente: «La prueba de que conozco al Padre y el Padre me conoce a mí está en que entrego mi vida por mis ovejas; es decir: en la caridad con que muero por mis ovejas, pongo de manifiesto mi amor por el Padre».

Y de nuevo vuelve a referirse a sus ovejas, diciendo: Mis ovejas escuchan mi voz, y yo las conozco, y ellas me siguen, y yo les doy la vida eterna. Y un poco antes había dicho: Quien entre por mí se salvará, y podrá entrar y salir, y encontrará pastos. O sea, tendrá acceso a la fe, y pasará luego de la fe a la visión, de la credulidad a la contemplación, y encontrará pastos en el eterno descanso.

Sus ovejas encuentran pastos, porque quienquiera que siga al Señor con corazón sencillo se nutrirá con un alimento de eterno verdor. ¿Cuáles son, en efecto, los pastos de estas ovejas, sino los gozos eternos de un paraíso inmarchitable? Los pastos de los elegidos son la visión del rostro de Dios, con cuya plena contemplación la mente se sacia eternamente.

Busquemos, por tanto, hermanos queridísimos, estos pastos, en los que podremos disfrutar en compañía de tan gran asamblea de santos. El mismo aire festivo de los que ya se alegran allí nos invita. Levantemos, por tanto, nuestros ánimos, hermanos; vuelva a enfervorizarse nuestra fe, ardan nuestros anhelos por las cosas del cielo, porque amar de esta forma ya es ponerse en camino.

Que ninguna adversidad pueda alejarnos del júbilo de la solemnidad interior, puesto que, cuando alguien desea de verdad ir a un lugar, las asperezas del camino, cualesquiera que sean, no pueden impedírselo.

Que tampoco ninguna prosperidad, por sugestiva que sea, nos seduzca, pues no deja de ser estúpido el caminante que, ante el espectáculo de una campiña atractiva en medio de su viaje, se olvida de la meta a la que se dirigía. (Homilía sobre los evangelios 14, 3-6).

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