Domingo 5º de Pascua -Ciclo B.-

3 de mayo de 2015

Domingo 5º de Pascua

- Ciclo B.-

 

Primera lectura

Lectura del libro de los Hechos de los apóstoles (9,26-31):

En aquellos días, llegado Pablo a Jerusalén, trataba de juntarse con los discípulos, pero todos le tenían miedo, porque no se fiaban de que fuera realmente discípulo. Entonces Bernabé se lo presentó a los apóstoles. Saulo les contó cómo había visto al Señor en el camino, lo que le había dicho y cómo en Damasco había predicado públicamente el nombre de Jesús. Saulo se quedó con ellos y se movía libremente en Jerusalén, predicando públicamente el nombre del Señor. Hablaba y discutía también con los judíos de lengua griega, que se propusieron suprimirlo. Al enterarse los hermanos, lo bajaron a Cesarea y lo enviaron a Tarso. La Iglesia gozaba de paz en toda Judea, Galilea y Samaria. Se iba construyendo y progresaba en la fidelidad al Señor, y se multiplicaba, animada por el Espíritu Santo.
Palabra de Dios

 

Salmo

Sal 21,26b-27.28.30.31-32


R/. El Señor es mi alabanza en la gran asamblea

Cumpliré mis votos delante de sus fieles.
Los desvalidos comerán hasta saciarse,
alabarán al Señor los que lo buscan:
viva su corazón por siempre. R/.

Lo recordarán y volverán al Señor
hasta de los confines del orbe;
en su presencia se postrarán las familias de los pueblos.
Ante él se postrarán las cenizas de la tumba,
ante él se inclinarán los que bajan al polvo. R/.

Me hará vivir para él, mi descendencia le servirá,
hablarán del Señor a la generación futura,
contarán su justicia al pueblo que ha de nacer:
todo lo que hizo el Señor. R/.

 

Segunda lectura

Lectura de la primera carta del apóstol san Juan (3,18-24):

Hijos míos, no amemos de palabra y de boca, sino de verdad y con obras. En esto conoceremos que somos de la verdad y tranquilizaremos nuestra conciencia ante él, en caso de que nos condene nuestra conciencia, pues Dios es mayor que nuestra conciencia y conoce todo. Queridos, si la conciencia no nos condena, tenemos plena confianza ante Dios. Y cuanto pidamos lo recibimos de él, porque guardamos sus mandamientos y hacemos lo que le agrada. Y éste es su mandamiento: que creamos en el nombre de su Hijo, Jesucristo, y que nos amemos unos a otros, tal como nos lo mandó. Quien guarda sus mandamientos permanece en Dios, y Dios en él; en esto conocemos que permanece en nosotros: por el Espíritu que nos dio.
Palabra de Dios

Evangelio

Lectura del santo evangelio según san Juan (15,1-8):

En aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos: «Yo soy la verdadera vid, y mi Padre es el labrador. A todo sarmiento mío que no da fruto lo arranca, y a todo el que da fruto lo poda, para que dé más fruto. Vosotros ya estáis limpios por las palabras que os he hablado; permaneced en mí, y yo en vosotros. Como el sarmiento no puede dar fruto por sí, si no permanece en la vid, así tampoco vosotros, si no permanecéis en mí. Yo soy la vid, vosotros los sarmientos; el que permanece en mí y yo en él, ése da fruto abundante; porque sin mí no podéis hacer nada. Al que no permanece en mí lo tiran fuera, como el sarmiento, y se seca; luego los recogen y los echan al fuego, y arden. Si permanecéis en mí, y mis palabras permanecen en vosotros, pedid lo que deseáis, y se realizará. Con esto recibe gloria mi Padre, con que deis fruto abundante; así seréis discípulos míos.»
Palabra del Señor

 

 

COLLATIONES

“Éste es su mandamiento: que creamos en el nombre de su Hijo Jesucristo y nos amemos unos a otros”. Hemos recibido del Señor el mandato de amarnos unos a otros y ese amor mutuo es el fruto que Dios espera de nosotros. Es ese amor mutuo entre los miembros de su Iglesia, el que permite que el Espíritu Santo esté siempre presente en medio de ella. En palabras de San Agustín: “Nos destinó para que diéramos fruto, esto es, para que nos amáramos mutuamente. Sin él, nosotros no podemos producir este fruto, como los sarmientos no son capaces de dar fruto separados de la vid. La caridad es, pues, nuestro fruto.” “Quien estima que por sí mismo él da fruto, no está en la Vid; quien no está en la Vid, no está en Cristo; quien no está en Cristo no es cristiano”.

Nos pide que produzcamos fruto y no debemos olvidar que sólo si permanecemos unidos a Él, mediante la fe, seremos capaces de cumplir este mandato. Y nos dice cómo permanecer unidos a Él: “Si guardáis mis mandamientos permaneceréis en mi amor, como Yo he guardado los mandamientos de mi Padre y permanezco en su amor”. Y además  de darnos el mandamiento, nos da el “Amor” con el que poder cumplirlo. Quiere que nos amemos unos a otros con su mismo amor y para eso nos da el Espíritu Santo: “El amor de Dios ha sido derramado en vuestros corazones con el Espíritu Santo que se os ha dado”. Dice san Cirilo de Alejandría que el Señor: “Otorga su Espíritu a los que están unidos con Él por la fe”. También a esto hace referencia el final de la primera lectura de hoy: “La iglesia se iba construyendo y progresaba en la fidelidad al Señor, y se multiplicaba, animada por el Espíritu Santo”.

Y es a esa Iglesia, a ti y a mí, a la que el Señor nos dice en el Evangelio: “A todo sarmiento mío que no da fruto lo arranca (mi Padre), y a todo el que da fruto lo poda, para que dé más fruto”. Dice San Juan Crisóstomo que: “Alude aquí al momento de vivir, y a que nadie puede sin buenas obras estar unido a Él. 
Al que no produce fruto alguno no lo mantiene en la vid ni puede El permanecer en Él; y al que produce fruto lo torna más fructífero”. Al que produce fruto le hará producir más. Mas amor, pues según San Pablo “El fruto del Espíritu es: el amor.”

Como nos dice San Juan Crisóstomo: “Siendo, pues, el amor algo muy grande e invencible, y no consistiendo en solas palabras, manifestémoslo en las obras”.

 

 

San Juan Crisóstomo: 

Luego añadió: Yo soy la vid, vosotros sois los sarmientos. ¿Qué quiere dar a entender con esta parábola? Que no puede tener vida quien no escucha sus palabras; y que los milagros que luego ellos harían provendrían de su poder. 

Mi Padre es el viñador. ¿Cómo es eso? ¿Necesita el Hijo de auxilio? ¡Lejos tal cosa! La parábola no indica eso. Observa cuán exactamente va Cristo siguiéndola. No dice que la raíz goce de los cuidados del viñador, sino los sarmientos. La raíz aquí no se menciona; pero se asevera que los sarmientos nada podrán hacer sin el auxilio de su poder; y que por lo mismo deben permanecer unidos a El mediante la fe los discípulos. Como los sarmientos a la vid. Todo sarmiento que en Mí no produce fruto lo cortará el Padre. Alude aquí al momento de vivir, y a que nadie puede sin buenas obras estar unido a Él. 

Y a todo el que produce fruto lo limpia. Es decir, procura que lleve fruto abundante. Ciertamente, antes que los sarmientos es la raíz la que necesita cuidado. Débesele cavar en torno y quitarle los impedimentos. Pero para nada trata aquí de la raíz, sino solamente de los sarmientos, con lo cual demuestra que se basta a Sí mismo; mientras que los discípulos necesitan de grandes cuidados, aun estando dotados de virtud. Por eso dice que al sarmiento que lleva fruto lo limpia. Al que no produce fruto alguno no lo mantiene en la vid ni puede El permanecer en él; y al que produce fruto lo torna más fructífero. 

Podría decirse que esto se refiere a las fatigas y trabajos que luego iban a venir. Pues lo limpiará quiere decir que lo podará, con lo que producirá mayor fruto. Declárase con esto que la tentación los toma más fuertes. Y para que no preguntaran a quiénes se refería, ni tampoco dejarlos solícitos, les dice:

Y vosotros estáis purificados por la fe en la doctrina que os he enseñado. ¿Adviertes cómo aquí se muestra viñador cuidadoso de los sarmientos? Dice, pues, que Él los ha purificado a pesar de que antes dijo que eso lo hizo el Padre; pero es que en esto no hay entre el Padre y el Hijo diferencia. Conviene que además vosotros pongáis en la purificación la parte que se debe. 

Y para declararles que todo eso lo llevó a cabo sin la cooperación de ellos, dice: Así como el sarmiento no puede llevar fruto por sí mismo, así tampoco el que en Mí no permanece. Y con el objeto de que no quedaran separados de El por el temor, les conforta los ánimos y los une a Sí mismo y les concede la buena esperanza. Pues la raíz permanece; y el ser separado o arrancado de la vid es cosa no de ella sino de los mismos sarmientos. Y mezclando lo suave y lo amargo, y partiendo de ambas cosas, nos exige primeramente que nosotros hagamos lo que nos toca. 

Quien permanece en Mí y Yo en él. ¿Adviertes cómo concurre a la purificación el Hijo no menos que el Padre? El Padre purifica y Cristo contiene en Sí. Y el permanecer unido a la raíz es causa de que el sarmiento produzca fruto. El sarmiento no podado, aunque produzca fruto, pero no da todo lo que debía; mas el que no permanece en la vid, ningún fruto produce. Ya se demostró antes que purificar es también obra del Hijo; y el permanecer unido a la raíz es cosa del Padre, que engendra esa raíz. 

¿Notas cómo todo es común al Padre y al Hijo, así el purificar como el gozar el sarmiento del jugo de la raíz? Gran mal es no poder hacer nada; pero no para aquí el castigo, sino que va mucho más allá. Pues dice: Será echado fuera y ya no se le cultivará; y se secará. Es decir, que si algo tenía de la raíz, lo perderá: si alguna gracia y favor poseía, se le despojará y juntamente quedará sin auxilios y sin vida. Y ¿en qué acabará?: Será arrojado al fuego. No le sucede eso al que permanece en la vid. Declara luego qué sea el permanecer en la vid y dice:

Si mi doctrina permanece en vosotros. ¿Ves cómo con toda razón dije anteriormente que El busca la demostración del amor mediante las obras?

Porque habiendo dicho: Yo haré cuanto vosotros pidáis, añadió: Si permaneciereis en mí y mi doctrina permaneciere en vosotros, pedid cuanto queráis y se os concederá. Dijo esto para indicar que quienes les ponían asechanzas irían al fuego, pero ellos fructificarían. Pasado ya el miedo que sentían por los enemigos, tras de haber demostrado a los discípulos que ellos eran inexpugnables, añadió Jesús: En esto es glorificado mi Padre, en que fructifiquéis abundantemente, como corresponde a discípulos míos. Por aquí hace creíble su discurso, pues si redunda en gloria del Padre el que ellos fructifiquen, El no descuidará su gloria propia. Y os haréis mis discípulos. ¿Adviertes cómo aquel que lleva fruto ése es su discípulo? ¿Qué significa: En esto es glorificado mi Padre? Quiere decir que el Padre se goza de ver que permanecéis en Mí y dais fruto. 

Como me amó el Padre, así os amo Yo. Ahora habla Cristo en forma más humana; puesto que semejante expresión tiene su propia fuerza, tomada como dicha a hombres. Puesto que quien quiso morir, quien en tal forma colmó de honores a los siervos, a los enemigos y a los adversarios ¿cuán grande amor no demuestra al hacer eso? Como si les dijera: Pues Yo os amo, tened confianza. Si es gloria del Padre que fructifiquéis, no temáis mal alguno. Y nuevamente, para no hacer que desmayen de ánimo, mira cómo los une consigo: Permaneced en mi amor. 

Mas ¿cómo podremos hacerlo?: Si guardáis mis mandamientos permaneceréis en mi amor, como Yo he guardado los mandamientos de mi Padre y permanezco en su amor. Otra vez el discurso procede al modo humano, puesto que el Legislador no está sujeto a preceptos. ¿Ves cómo lo que yo constantemente digo aparece aquí de nuevo a causa de la rudeza de los oyentes? Pues muchas cosas las dice Jesús acomodándose a ellos, y por todos los medios les demuestra que están seguros y que sus enemigos perecerán; y que todo cuanto tienen lo tienen del Hijo; y que si viven sin pecado, nadie los vencerá. 

Advierte cómo habla con ellos con plena autoridad, pues no les dice: Permaneced en el amor del Padre, sino: En mi amor. Y para que no dijeran: Nos has hecho enemigos de todos, y ahora nos abandonas y te vas, les declara que El no se les aparta, sino que si quieren los tendrá unidos a Sí como el sarmiento lo está a la vid. Y para que no, por el contrario, por excesiva confianza, se tornen perezosos, les declara que semejante bien, si se dan a la desidia, no será permanente ni inmóvil. Y para no atribuirse todo a Sí mismo y con esto causarles una más grave caída, les dice: En esto es glorificado el Padre. En todas partes les demuestra su amor y el del Padre. De modo que no eran gloria del Padre las cosas de los judíos sino los dones que ellos iban a recibir. Y para que no dijeran: ya perdimos todo lo paterno y hemos quedado sin nada y abandonados, les dice: Miradme a Mí: Soy amado del Padre, y sin embargo tengo que padecer todo lo que ahora acontece…

Siendo, pues, el amor algo muy grande e invencible, y no consistiendo en solas palabras, manifestémoslo en las obras. Jesús nos reconcilió consigo, siendo nosotros sus enemigos. En consecuencia nosotros, hechos ya sus amigos, debemos permanecer siéndolo. El comenzó la obra, nosotros a lo menos vayamos tras El. Él no nos ama para propio provecho, pues de nada necesita; amémoslo nosotros a lo menos por propia utilidad. Él nos amó cuando éramos sus enemigos; nosotros amémoslo a Él, que es nuestro amigo. 

(Sobre el Evangelio de San Juan, Homilía 75).

Balduino de Ford:

Es continua aquella caridad de está consolidada en la verdad, aquella que no está quebrada ni por los odios ni por las sospechas, la que siempre está protegida, alimentada por mutuas atenciones y paciencia mutua y, para que perdure, es guardada con esmero y prudencia y no es empañada por ninguna simulación. Esta caridad es la de aquellos que verdaderamente se aman en Cristo, no de palabra ni con la lengua, sin con obras y de verdad. Cristo imprime, hunde, inscribe esta caridad muy profundamente en nuestros corazones con la palabra y el ejemplo cuando dice: “Este es mi mandamiento: que os améis unos a otros como yo os he amado”. En esta caridad se conserva la unidad del espíritu como un vínculo de paz. Esta es pues la ley de la vida común, la unidad del espíritu en la caridad de Dios, el vínculo de la paz en la mutua y continua caridad de todos los hermanos, comunión de todos los bienes que pueden ser compartidos, relegando lejos del propósito de la santa vida religiosa toda ocasión de poseer una propiedad cualquiera. Para que estas realidades estén en nosotros y en nosotros permanezcan como quienes tienen un solo corazón, una sola alma y todo en común: la gracia de nuestro Señor Jesucristo  y la caridad de Dios y la comunión del Espíritu Santo estén siempre con todos nosotros. Amén.

Esta unidad del espíritu que se encuentra en nosotros por la caridad de Dios, se guarda en nosotros por el amor al prójimo, a fin de que permanezcamos simultáneamente en el amor a Dios: y al permanecer en este amor permanezcamos en Dios, y Dios en nosotros. En el amor al prójimo se revela, se incremente y ase arraiga el amor a Dios.

Dios, sin duda, puede estar contento consigo mismo,  y en todo bien se basta a sí mismo y no necesita de nuestros bienes; nadie puede perjudicarlo si no lo ama, ni aportarle algo ni serle útil si lo ama. Por eso, cuando hayamos hecho todo bien, hemos de decirnos, siervos inútiles somos. Cualquier bien que hagamos, nos aprovecha más a nosotros que a él.

Sin embargo, porque hemos de amar a Dios no de palabra ni de lengua, como lo amaron aquellos de los que está  escrito: “lo amaron con su boca y su lengua le mentía”; porque, digo, hemos de amar a Dios de tal modo que se manifieste este amor en obra y en verdad. Dios, que no está necesitado de beneficios, nos delegó por así decir a nuestros hermanos y prójimos, que están necesitados, para que reciban de nosotros en vez de él los beneficios que le debemos…

Pues Dios en sus miembros pide y recibe, es amado y despreciado. Por consiguiente, en el amor al prójimo, tanto por el nexo del amor como por el vínculo dela paz, la caridad de Dios y la unidad del Espíritu son retenidos por nosotros y conservados en nosotros. El que no ama a su hermano, se aleja de la unidad del Espíritu; ni ama a Dios, ni vive en el Espíritu de Dios sino en su propio espíritu porque vive para sí y no para Dios.  (Tratado XV. La vida común o cenobítica).

 

San Agustín: 

Esto os mando —dice el Señor—: que os améis unos a otros. De lo cual debemos colegir que éste es nuestro fruto, del que dice: Yo os he elegido para que vayáis y deis fruto, y vuestro fruto dure. Y lo que añade: De modo que lo que pidáis al Padre en mi nombre, os lo dé, demuestra que ciertamente nos lo dará, si nos amamos unos a otros. Pues incluso esto es donación de aquel que nos eligió cuando no dábamos fruto –pues no fuimos nosotros quienes le elegimos a él–, y nos destinó para que diéramos fruto, esto es, para que nos amáramos mutuamente. Sin él, nosotros no podemos producir este fruto, como los sarmientos no son capaces de dar fruto separados de la vid. La caridad es, pues, nuestro fruto, fruto que el Apóstol define: El amor brota del corazón limpio, de la buena conciencia y de la fe sincera. Por esta caridad nos amamos mutuamente, por la caridad amamos a Dios.

Pues no podríamos amarnos mutuamente con amor sincero, si no amásemos a Dios. Se ama al prójimo como a sí mismo, si se ama a Dios, ya que si no ama a Dios, no se ama a sí mismo. Estos dos mandamientos del amor sostienen la ley entera y los profetas. Este es nuestro fruto. Éste es el fruto que nos exige a nosotros al decir: Este es mi mandamiento: Que os améis unos a otros. Por eso el apóstol Pablo, queriendo recomendar el fruto del Espíritu en oposición a las obras de la carne, coloca en primer lugar al amor, diciendo: El fruto del Espíritu es: el amor; y a continuación enumera los restantes como emanados del amor y en íntima conexión con él. Son: alegría, paz, longanimidad, servicialidad, bondad, lealtad, amabilidad, dominio de sí. (Tratado 87 sobre el evangelio de san Juan, 1).

 

 

Ese lugar evangélico, hermanos, donde el Señor dice que él es la vid y sus discípulos los sarmientos, habla en cuanto que el Mediador de Dios y hombres, Cristo Jesús hombre, es cabeza de la Iglesia y nosotros sus miembros. En efecto, de única naturaleza son la vid y los sarmientos; por lo cual, porque era Dios, de cuya naturaleza no somos, se hizo hombre para que la naturaleza humana fuese en él la vid cuyos sarmientos pudiéramos ser nosotros, los hombres. ¿Qué significa, pues, Yo soy la vid verdadera? Para añadir verdadera, ¿acaso ha relacionado esto con la vid de donde se ha tomado en sentido metafórico esa analogía? En efecto, por analogía, no en sentido propio, se le llama la Vid así como se le llama Oveja, Cordero, León, Roca, piedra angular y demás cosas por el estilo que, más bien, son verdaderas esas mismas, de las cuales se toman estas analogías, no los sentidos propios. Pero, evidentemente, cuando dice: «Yo soy la vid verdadera», se distingue de aquella a la que se dice: ¡Cómo te has vuelto amargura, vid ajena! En realidad, ¿cómo es verdadera la vid de la que se aguardaba que produjese uva y, en cambio, produjo espinas?

Yo soy, afirma, la vid verdadera, y mi Padre es el agricultor. A todo sarmiento en mí que no da fruto, lo retirará y a todo el que da fruto lo limpiará para que produzca más fruto. ¿Acaso son una única cosa agricultor y vid? Cristo, pues, es la vid según esto, según lo cual asevera: «El Padre es mayor que yo»; en cambio, en cuanto que asevera: «Yo y el Padre somos una única cosa», también él en persona es el agricultor, mas no tal cuales son quienes obrando extrínsecamente ejercen el oficio, sino tal que también interiormente da el crecimiento. En realidad, ni quien planta es algo, ni quien riega, sino quien da el crecimiento, Dios. Pero, evidentemente, Cristo es Dios, porque la Palabra era Dios; por ende, él mismo y el Padre son una única cosa, y, si la Palabra se hizo carne, cosa que no era, ella sigue siendo lo que era. Por eso, tras haber dicho acerca del Padre, como acerca de un agricultor, que retira los sarmientos infructuosos y, en cambio, limpia los fructuosos para que produzcan más fruto, al instante, para mostrarse a sí mismo como limpiador de los sarmientos, afirma: Vosotros estáis ya limpios a causa de la palabra que os he dicho.

He ahí que el Limpiador de los sarmientos, cosa que es oficio de agricultor, no de la vid, es el mismo que hizo también operarios suyos a los sarmientos. En realidad, aunque no dan el crecimiento, dedican empero alguna ayuda; pero no de lo suyo porque sin mí, afirma, no podéis hacer nada. También a ellos óyelos confesar: Ahora bien, ¿qué es Apolo, qué, por otra parte, Pablo? Ministros mediante los que creísteis, y como el Señor dio a cada uno: yo planté, Apolo regó. Y esto, pues, como el Señor dio a cada uno; por tanto, no de lo suyo. Añado lo que sigue: Pero Dios dio el crecimiento, lo hace no mediante ellos, sino por sí mismo; esto excede la humana poquedad, excede la angélica sublimidad y no pertenece en absoluto sino a la agricultora Trinidad.

Vosotros estáis ya limpios: limpios y, por supuesto, por limpiar. En efecto, si no estuviesen limpios, no habrían podido producir fruto; y empero a todo el que da fruto lo limpia el Agricultor para que produzca más frutoDa fruto porque está limpio y, para que produzca más fruto, es limpiado aún…

Vosotros estáis ya limpios a causa de la palabra que os he dicho. ¿Por qué no asevera «estáis limpios a causa del bautismo que os ha lavado», mas asevera «a causa de la palabra que os he dicho», sino porque aun en el agua limpia la palabra? Quita la palabra, y ¿qué es el agua sino agua? Se suma la palabra al elemento y resulta el sacramento, también ese mismo, digamos, palabra visible…

Esa eficacia del agua, tan grande que ésta toca el cuerpo, mas lava el corazón, ¿a qué se debe sino a la palabra, la cual, porque, aun en esta palabra misma, una cosa es el sonido transitorio, otra la eficacia permanente, actúa no porque se pronuncia, sino porque es creída? Ésta es la palabra de la fe que predicamos, asevera el Apóstol; porque, si con tu boca hubieres confesado que Jesús es el Señor, y con tu corazón creyeres que Dios lo resucitó de entre los muertos, serás salvo. Con el corazón, en efecto, se cree para justicia; con la boca, por otra parte, se hace la confesión para salvación.

Ésta es la palabra de la fe que predicamos, por la cual, sin duda, es consagrado el bautismo para que pueda limpiar. Cristo, en efecto, la Vid con nosotros, el Labrador con el Padre, amó a la Iglesia y se entregó a sí mismo por ella. Lee al Apóstol y mira qué añade: Para santificarla, afirma, limpiándola mediante el baño del agua con la palabra. Por tanto, la limpieza no se atribuiría de ningún modo al perecedero y lábil elemento, si no se añadiese: Con la palabra. En la Iglesia de Dios, esta palabra de la fe es tan vigorosa que, mediante ese mismo que cree, ofrece, bendice y sumerge, limpia incluso a un bebé, por pequeñín que sea, aunque aún no es capaz de creer con el corazón para justicia ni de confesar con la boca para salvación. Todo esto se hace mediante la palabra acerca de la que asevera el Señor: Vosotros estáis ya limpios a causa de la palabra que os he dicho. (Tratado 80 sobre el evangelio de san Juan).

 

Jesús ha dicho que él es la vid, sus discípulos los sarmientos y el Padre el agricultor, cuestión que, como pude, hace tiempo fue expuesta con detalle. Pues bien, en esta lectura, como aún hablase de sí mismo, que es la Vid, y de sus sarmientos, esto es, los discípulos, afirma: «Permaneced en mí, y yo en vosotros»: ellos en él no de ese modo como él en ellos. Pues bien, una y otra cosa aprovechan no a él, sino a ellos. En efecto, los sarmientos están en la vid de forma que no son útiles a la vid, sino que de ahí reciben con qué vivan; de hecho, la vid está en los sarmientos de forma que les suministra el vital alimento, no de forma que lo tome de ellos. Y, por eso, una y otra cosa, tener a Cristo que permanece en ellos y permanecer en Cristo, aprovecha a los discípulos, no a Cristo, porque, cortado un sarmiento, otro puede retoñar de la raíz viva; en cambio, el que ha sido cortado no puede vivir sin la raíz.

Por eso añade y dice: Como el sarmiento no puede por sí mismo dar fruto si no permaneciere en la vid, así tampoco vosotros si no permaneciereis en mí. ¡Gran encomio de la gracia, hermanos míos: instruye los corazones de los humildes, cierra las bocas de los soberbios! He ahí a quién respondan, si se atreven, quienes, por ignorar la justicia de Dios y querer constituir la suya, no se sometieron a la justicia de Dios. He ahí a quién respondan quienes están satisfechos de sí y suponen que Dios no les es necesario para hacer obras buenas. ¿Acaso no se oponen a esta verdad los hombres corruptos de mente, réprobos en cuanto a la fe, que responden y hablan iniquidad, al decir: «De Dios tenemos ser hombres; en cambio, de nosotros mismos ser justos»? ¿Qué decís quienes os engañáis a vosotros mismos, del libre arbitrio no defensores sino despeñadores desde la altura del engreimiento, por el vacío del envanecimiento, a lo profundo del hundimiento? Como es notorio, fórmula vuestra es que el hombre practica en virtud de sí mismo la justicia. Esto es la altura de vuestro engreimiento. Pero la Verdad contradice y dice: El sarmiento no puede por sí mismo dar fruto si no permaneciere en la vid. Id ahora a través de precipicios y, al no tener dónde os sujetéis, la ventosa locuacidad os zarandee. Estas cosas son el vacío de vuestro envanecimiento. Pero ved qué os acaece en consecuencia y, si en vosotros hay algo de seso, horrorizaos. En efecto, quien estima que por sí mismo él da fruto, no está en la Vid; quien no está en la Vid, no está en Cristo; quien no está en Cristo no es cristiano. Esto es lo profundo de vuestro hundimiento.

Una y otra vez considerad que añade y dice aún la Verdad: Yo soy, afirma, la Vid; vosotros, los sarmientos. Quien permanece en mí y yo en él, éste da mucho fruto, porque sin mí nada podéis hacer. Para que nadie supusiera que por sí mismo puede el sarmiento dar algún fruto, pequeño al menos, tras haber dicho: «Éste da mucho fruto», no asevera: «Porque sin mí poco podéis hacer», sino: Nada podéis hacer. Sin ese, pues, sin el que nada puede hacerse, no puede hacerse ni poco ni mucho porque, aunque el sarmiento haya producido poco y, para que produzca más, lo limpia el agricultor, sin embargo, si no permaneciere en la vid y viviere de la raíz, por sí mismo no puede dar fruto de ningún tamaño. Por otra parte, aunque Cristo no sería la Vid si no fuese hombre, sin embargo, no proporcionaría a los sarmientos esa gracia si no fuese también Dios. Porque vivir sin esta gracia es en verdad tan imposible que en potestad del libre arbitrio está precisamente la muerte, afirma: Si alguien no permaneciere en mí, cual el sarmiento será echado fuera y se secará, y lo recogerán y lo enviarán al fuego, y arderá

Si permaneciereis en mí, afirma, y mis palabras permanecieren en vosotros, pediréis cualquier cosa que quisiereis, y se os hará. En efecto, permaneciendo en Cristo, ¿qué pueden querer sino lo que está de acuerdo con Cristo? ¿Qué pueden querer permaneciendo en el Salvador, sino lo que no es inadecuado a la salvación? En efecto, una cosa queremos porque estamos en Cristo, y otra queremos porque estamos aún en este mundo. De hecho, a causa de la permanencia en este mundo nos coge a veces a traición el pedir esto respecto a lo que desconocemos que no nos conviene. Pero ¡ni pensar que esto se nos haga si permanecemos en Cristo, el cual, cuando pedimos, no hace sino lo que nos conviene! Mientras, pues, permanezcamos en él cuando sus palabras permanecen en nosotros, pediremos y se nos hará cualquier cosa que quisiéremos…

Por cierto que sus palabras permanecen en nosotros ha de decirse cuando hacemos lo que ha preceptuado y amamos lo que ha prometido; en cambio, cuando sus palabras permanecen en la memoria, mas no se hallan en la vida, al sarmiento no se le considera en la vid porque a la vida no la tira hacia sí desde la raíz. Respecto a esta diferencia vale lo que está escrito: Y para quienes en la memoria retienen sus mandatos a fin de cumplirlos. Por cierto, muchos los retienen en la memoria para despreciarlos o también ridiculizarlos y atacarlos. Las palabras de Cristo no permanecen en estos que en cierto modo las tocan ligeramente, mas no están sólidamente unidos a ellas; por eso, les servirán no de beneficio, sino de testimonio, y asimismo, porque se hallan en ellos sin permanecer en ellos, se las saben ellos para que se les juzgue conforme a ellas. (Tratado 81 sobre el evangelio de San Juan).

 

El Salvador, al encomiar más y más la gracia con que somos salvados, hablando a los discípulos afirma «Mi Padre fue clarificado con esto: que produzcáis muchísimo fruto y seáis hechos discípulos míos». Dígase glorificado o clarificado, una y otra cosa están traducidas de un único verbo griego, que es doxázein, pues la que en griego se llama dóxa, en nuestro idioma significa «gloria». He estimado que había de mencionarse esto, precisamente porque el Apóstol dice: Si Abrahán fue justificado en virtud de las obras, tiene gloria, pero no ante Dios. La gloria por la que ante Dios es glorificado no el hombre, sino Dios, es ésta: que aquél es justificado en virtud no de las obras, sino de la fe, de forma que, porque el sarmiento, como ha dicho más arriba, no puede dar fruto por sí mismo, por Dios tiene incluso obrar bien. Por cierto, si Dios Padre fue clarificado con esto, que produzcamos muchísimo fruto y seamos hechos discípulos de Cristo, no atribuyamos esto a nuestra gloria, como si por nosotros mismos lo tuviéramos, pues suya es esta gracia y, por tanto, en esto hay gloria no nuestra, sino suya. Por ende, aunque también en otra parte había dicho: «Luzca vuestra luz ante los hombres, de forma que vean vuestras obras buenas», para que no supusieran que sus obras buenas vienen de sí mismos, ha añadido inmediatamente: Y glorifiquen a vuestro Padre que está en los cielosEl Padre es, en efecto, glorificado con esto: que produzcamos muchísimo fruto y seamos hechos discípulos de Cristo. ¿Por quién somos hechos sino por ese cuya misericordia se nos ha adelantado? En efecto, producción suya somos, creados en Cristo Jesús para obras buenas.

Como el Padre me quiso, también yo os quise; permaneced en mi dilección. He ahí en virtud de qué tenemos obras buenas. Efectivamente, ¿en virtud de qué las tendríamos sino porque la fe obra mediante la dilección? Ahora bien, ¿en virtud de qué querríamos si antes no fuésemos queridos? Lo ha dicho clarísimamente en una carta suya este mismo evangelista: Nosotros queramos a Dios, porque él nos quiso primero. Por otra parte, lo que asevera: Como el Padre me quiso, también yo os quise, muestra no igualdad de nuestra naturaleza y de la suya, como es la de él y la del Padre, sino la gracia por la que mediador de Dios y hombres es Cristo Jesús hombre. En efecto, cuando dice «el Padre a mí; también yo a vosotros», se muestra como mediador porque, evidentemente, el Padre nos quiere, pero en él, porque el Padre es glorificado con esto: que en la vid, esto es, en el Hijo, produzcamos fruto y seamos hechos sus discípulos.

Permaneced, afirma, en mi dilección. ¿Cómo permaneceremos? Oye qué sigue: Si observareis mis preceptos, afirma, permaneceréis en mi dilección. ¿La dilección hace que se observen los preceptos, o los preceptos, observados, hacen la dilección? Pero ¿quién discute que la dilección precede, pues quien no ama no tiene en virtud de qué observar los preceptos?… ¡Que nadie, si no observa sus preceptos, se engañe diciendo que le quiere; efectivamente, le queremos en tanto en cuanto observamos sus preceptos; en cambio, en cuanto los observamos menos, en tanto le queremos menos…

¿Qué significa, pues: «Permaneced en mi dilección», sino: permaneced en mi gracia?… Pero, porque nosotros somos hijos por gracia, no por naturaleza y, en cambio, el Unigénito lo es por naturaleza, no por gracia, ¿acaso la gracia con que el Padre quiere al Hijo ha de entenderse también aquí como es la gracia con que nos quiere el Hijo o, aún respecto al Hijo mismo, esto ha de referirse al hombre? Verdaderamente así porque, diciendo: «Como el Padre me quiso, también yo os quise», muestra la gracia del Mediador. Ahora bien, Cristo Jesús es Mediador de Dios y hombres no en cuanto Dios, sino en cuanto hombre, y ciertamente en tanto que es hombre se lee de él: Y Jesús progresaba en sabiduría y edad y gracia ante Dios y hombres.

Por tanto, según esto podemos decir con razón que, aunque a la naturaleza de Dios no pertenece la humana naturaleza, sin embargo, a la persona del Unigénito Hijo de Dios pertenece, mediante la gracia, la humana naturaleza, y mediante una gracia tan grande que no hay ninguna mayor, absolutamente ninguna igual, pues a esa asunción del hombre no precedieron méritos algunos, sino que a partir de esa asunción comenzaron todos sus méritos. El Hijo, pues, permanece en la dilección con que le quiso el Padre y, por eso, observó sus preceptos. De hecho, ¿qué es incluso ese hombre, sino lo que es Dios, su asumidor? En efecto, la Palabra era Dios, el Unigénito era coeterno con el Engendrador; pero, para que se nos diera un Mediador, mediante una gracia inefable la Palabra se hizo carne y habitó entre nosotros. (TRATADO 82 sobre el evangelio de San Juan).

 

 

Si recordáis, hermanos, ayer concluimos el sermón al llegar a esta frase: Hijos, no amemos sólo de palabra y de lengua, sino de obra y en verdad. Frase que, por ser la última de todas las que oísteis, sin duda debió y debe quedar en vuestro corazón. El texto sigue así: Y en eso conocemos que somos de la verdad y persuadimos a nuestro corazón en su presencia. Si nuestro corazón se siente intranquilo, Dios es mayor que nuestro corazón y conoce todo. Antes había dicho: Hijos, no amemos sólo de palabra y de lengua, sino de obra y en verdad. Se trata de saber en qué obra y en qué verdad se reconoce el que ama a Dios o el que ama a su hermano. Previamente había dicho ya dónde alcanza la caridad su máxima perfección, algo que el Señor indicó en el evangelio al decir: Nadie tiene mayor caridad que el que entrega su vida por sus amigos, y también el apóstol Juan en esta afirmación: Como él entregó su vida por nosotros, también nosotros debemos entregar las nuestras por los hermanos. Aquí alcanza su perfección la caridad; no se puede hallar otra mayor.

Mas como no en todos ha alcanzado la perfección, aquel en quien aún no la ha alcanzado no ha de perder la esperanza, si ya ha nacido esa caridad que busca plenitud. Y ciertamente, si ya ha nacido, hay que nutrirla y conducirla a la propia perfección, mediante la nutrición adecuada. Hemos investigado dónde estaba el comienzo de la caridad y lo hallamos acto seguido: Si alguno tiene riquezas de este mundo y ve a su hermano necesitado y le cierra las entrañas, ¿cómo puede permanecer en él el amor del Padre? Aquí se halla, por tanto, el comienzo de la caridad, hermanos: en dar de lo que uno tiene de superfluo al necesitado, al que se encuentra en algún tipo de apuro; en liberar de la tribulación temporal al hermano con aquello de que uno tiene abundancia en el tiempo. Éste es el inicio de la caridad. Si nutres con la palabra de Dios y la esperanza de la vida futura la caridad incoada, llegarás a aquella perfección que consiste en estar dispuesto a entregar tu vida por los hermanos.

Pero como hacen muchas cosas idénticas a las indicadas otras personas, impulsadas por otros móviles distintos del amor fraterno, busquemos el testimonio de la conciencia. ¿Cómo probamos que hacen muchas cosas idénticas quienes no aman a los hermanos? ¡Cuántos entre los herejes y cismáticos no se llaman mártires! Les parece que entregan su vida por sus hermanos. Si entregaran su vida por los hermanos, no se separarían del conjunto de los hermanos. Asimismo, ¡cuán numerosos son los que distribuyen y reparten muchos bienes por ostentación! Con su acción no buscan más que la alabanza humana y la popularidad vana y sin estabilidad ni solidez alguna. Como los tales existen, ¿cuál es la prueba que garantiza que existe la caridad fraterna? El apóstol [Juan], en efecto, quiso que se la sometiese a prueba y de ahí nace su amonestación: Hijos, no amemos sólo de palabra y con la lengua, sino de obra y en verdad. La pregunta es: ¿con qué obra y en qué verdad? ¿Puede haber obra más diáfana que dar bienes a los pobres? Muchos hacen eso mismo por ostentación, no por amor. ¿Puede haber obra más heroica que morir por los hermanos? También hay muchos que, movidos por el deseo orgulloso de celebridad, no por entrañas de amor, quieren que se piense que hacen eso mismo. Sólo queda que ama de hecho a su hermano la persona que recibe seguridad de ello en su corazón, ante Dios, el único que ve lo que hay en él; la persona que se interroga en su corazón si realmente obra así por amor al hermano y la mirada de Dios que penetra el corazón -donde el ojo humano no puede alcanzar- testimonia en su favor. Por eso el apóstol Pablo, que estaba dispuesto a morir por sus hermanos, decía: Yo me desgastaré por vuestras almas; pero, como Dios veía eso en su corazón, no los hombres a quienes se dirigía, les dice: Para mí lo de menos es que me juzguéis vosotros o un tribunal humano. Él mismo en cierto pasaje mostró que ese tipo de obras suelen hacerse por vana ostentación, sin el fundamento de la caridad. Encareciendo la misma caridad, dice: Aunque distribuya todos mis bienes a los pobres y entregue mi cuerpo a las llamas, si no tengo caridad, de nada me sirve. ¿Puede alguien hacer esas cosas sin la caridad? Sí, pues quienes no tienen caridad dividieron la unidad. Buscad entre ellos y veréis que muchos reparten abundancia de bienes a los pobres; veréis a otros dispuestos a aceptar la muerte hasta tal punto que, a falta de perseguidores, se precipitan ellos mismos. No hay duda alguna de que hacen todo eso sin caridad.

Volvámonos a la conciencia de la que dice el Apóstol: Pues nuestra gloria es ésta: el testimonio de nuestra conciencia. Volvámonos a la conciencia, refiriéndose a la cual dice él mismo: Que cada cual examine su obra y entonces tendrá gloria en sí mismo y no en otro. Por tanto, cada uno de nosotros ha de examinar su propia obra y ver si mana del venero de la caridad, si los ramos de las buenas obras brotan de la raíz del amor. Que cada cual -dice- examine su obra y entonces tendrá gloria en sí mismo y no en otro: no cuando testimonie en su favor una lengua ajena, sino cuando lo haga la propia conciencia.

Esto, pues, es lo que recomienda aquí el apóstol Juan. En esto conocemos que somos de la verdad, es decir, en el hecho de amar con obras y en verdad, no sólo de palabra y de boca, y persuadimos a nuestro corazón en su presencia. ¿Qué significa en su presencia? Donde él ve… Estás en presencia de Dios: interroga a tu corazón; mira qué hiciste y qué buscaste al hacerlo: si fue tu salvación o la alabanza de los hombres, tan volandera como el viento. Mira dentro, pues el hombre no puede juzgar a quien no puede ver. Si persuadimos a nuestro corazón, persuadámoslo en presencia de él.

Porque si nuestro corazón se siente intranquilo, es decir, si nos acusa interiormente porque no obramos con la intención debida, Dios es mayor que nuestro corazón y lo conoce todo… Halle modo de nutrirse en ti el amor, pues sólo él conduce a la vida. Testimonie tu conciencia que es «de Dios». Si es de Dios, no aceptes que fanfarronee ante los hombres, pues ni sus alabanzas te elevan al cielo ni sus reproches te hacen bajar de él. Te basta con que te vea el que te corona; sea el testigo el mismo que haga de juez cuando seas coronado. Dios es mayor que nuestro corazón, y lo conoce todo.

Amadísimos, si el corazón se siente tranquilo, tenemos confianza ante Dios. ¿Qué significa si el corazón se siente tranquilo? Si nos responde la verdad en el sentido de que efectivamente amamos, que existe en nosotros el amor fraterno, amor no fingido, sino sincero; amor que busca la salvación del prójimo, sin esperar más recompensa del hermano que su sola salvación. Tenemos confianza ante Dios y todo lo que le pidamos lo recibiremos de Él, porque cumplimos sus mandamientos. Cumplen los mandamientos, pues, no en presencia de los hombres, sino donde Dios ve, en el corazón. Pues tenemos confianza en Dios y todo lo que le pidamos lo recibiremos de él, pero porque cumplimos sus mandamientos. ¿Cuáles son sus mandamientos? ¿Acaso tengo que estar repitiéndolo siempre? Un mandamiento nuevo os doy: que os améis los unos a los otros. Habla de la misma caridad y la recomienda. Por tanto, quien posea la caridad fraterna y la posea ante Dios, donde él ve, e interrogado su corazón con examen imparcial no le responda otra cosa sino que en él existe la raíz auténtica de la caridad de la que brotan los buenos frutos, tiene confianza ante Dios. Ése recibirá de Él todo lo que le pida, porque guarda sus mandamientos…

Ya he dicho a vuestra Caridad, hermanos, que nadie ponga sus ojos en nosotros, como concernidos en el caso. ¿Qué somos nosotros, en efecto? ¿O qué sois vosotros? ¿Qué, sino la Iglesia de Dios conocida de todos? Y, si a Dios place, en ella estamos. Y los que perseveramos en ella por el amor, perseveremos en ella, si queremos manifestar el amor que tenemos…

Conforme a lo dicho, debemos comprender que, aunque Dios no nos otorga lo que queremos, nos otorga lo adecuado para nuestra salvación. ¿Cómo actuaría un médico al que pidieras algo que te daña, sabiéndolo él? No es cierto que no te escuche el médico cuando, tal vez, tú le pides un vaso de agua fría; si te es provechosa, te la da al instante; si no lo es, te la niega. ¿Se ha de decir que no te escuchó porque no satisfizo tu voluntad o, más bien, que te escuchó en lo referente a tu salvación? Hállese en vosotros, hermanos, la caridad. Hállese en vosotros y estad seguros: Dios os escucha aun cuando no os da lo que pedís, pero ignoráis que os escucha… Aprended a rogar a Dios como quien se confía a un médico que sabe lo que hace. Tú limítate a reconocer tu enfermedad; la medicación le toca a él aplicarla. Tú limítate a tener caridad. Pues él quiere sajar, quiere cauterizar. Si no te escucha aunque grites cuando te saja, te cauteriza o te hace sufrir, considera que él sabe hasta dónde llega la gangrena. Tú quieres que retire ya su mano, pero él considera la profundidad del mal; sabe hasta dónde debe intervenir. No te escucha en cuanto a tu deseo, pero sí en cuanto a tu salud.

Tened, pues, la seguridad, hermanos, de que es verdad lo que dice el Apóstol, a saber, que no sabemos qué nos conviene pedir; pero el mismo Espíritu intercede por nosotros con gemidos inenarrables porque él intercede por los santos. ¿Qué significa: El mismo Espíritu intercede por los santos? Que intercede la Caridad misma producida en ti por el Espíritu. Por eso dice el mismo Apóstol: La caridad de Dios ha sido derramada en nuestros corazones por el Espíritu Santo que se nos ha dado. Es la caridad misma la que gime, la caridad misma la que ora. Quien la otorgó no puede cerrar sus oídos a ella. Estate seguro; ruegue la caridad y ahí se hacen presentes los oídos de Dios. El resultado no es lo que tú quieres, sino lo que te conviene. Por tanto, dice San Juan, todo lo que pidamos lo recibiremos de Él. Ya he dicho que si refieres estas palabras a lo concerniente a la salvación, no hay problema alguno. Si las desvinculas de la salvación, el problema existe y tan grande que te convierte en calumniador del apóstol Pablo. Todo lo que pidamos lo recibiremos de Él, porque guardamos sus mandamientos y hacemos en su presencia lo que le place a Él. En su presencia: en el interior, donde Él ve.

¿Y de qué mandamientos se trata? Éste es, dice, su mandamiento: que creamos en el nombre de su hijo Jesucristo y nos amemos unos a otros. Advertís que éste es el mandamiento; advertís que quien obra contra este mandamiento comete el pecado de que carece todo el que ha nacido de Dios. Tal como nos dio el mandamiento, es decir, el de amarnos unos a otros. Y quien guarde su mandamiento: estáis viendo cómo no se nos ordena otra cosa que amarnos unos a otros. Y quien guarda su mandamiento permanecerá en Dios y Dios en Él. Y en esto conocemos que permanece en nosotros por el Espíritu que nos ha dado. ¿No resulta evidente que es fruto de la acción del Espíritu en el hombre que exista en él el amor y la caridad? ¿No son diáfanas las palabras del apóstol Pablo: La caridad de Dios ha sido derramada en nuestros corazones por el Espíritu que se nos ha dado? De la caridad, efectivamente, hablaba Juan y decía que debemos interrogar a nuestro corazón en presencia de Dios. Si nuestro corazón no está intranquilo, es decir, si confiesa que toda obra buena que hace brota del amor al hermano. A eso hay que añadir también lo que, al hablar del mandamiento, dice Juan: Éste es su mandamiento: que creamos en el nombre de su hijo Jesucristo y nos amemos unos a otros. Y quien guarda su mandamiento permanece en Dios y Dios en Él, y en esto conocemos que permanece en nosotros por el Espíritu que nos ha dado. Pues si adviertes que tienes la caridad, tienes el Espíritu Santo que te capacita para comprender. Algo muy necesario.

En los inicios de la Iglesia el Espíritu Santo descendía sobre los creyentes y hablaban lenguas que no habían aprendido, según el Espíritu les concedía expresarse. Era un signo adecuado a los tiempos. Convenía, en efecto, que el Espíritu se hallase figurado en el hecho de hablar en todas las lenguas, dado que el evangelio de Dios iba a recorrer el entero orbe de la tierra sirviéndose de todas ellas. Se significó lo que había que significar y desapareció el signo. ¿Acaso cuando se imponen ahora las manos a los cristianos para que reciban el Espíritu Santo, se espera que hablen en lenguas? O cuando impusimos las manos a estos que acaban de ser bautizados ¿estaba cada uno de vosotros a la expectativa para ver si hablaban las lenguas? En ese caso, al no verlo hecho realidad, ¿tuvisteis el corazón tan extraviado que llegasteis a decir: «Éstos no han recibido el Espíritu Santo, pues, si lo hubiesen recibido, hablarían en lenguas como aconteció entonces?». Así, pues, si la presencia del Espíritu Santo no la atestiguan ya milagros como ése, ¿cómo acontece, cómo sabe cada cual si ha recibido el Espíritu Santo? Interrogue a su corazón. Si ama al hermano, el Espíritu de Dios permanece en Él. Examínese, pruébese a sí mismo en presencia de Dios. Vea si mora en él el amor de la paz y de la unidad, el amor a la Iglesia difundida en todo el orbe de la tierra. No mire a amar sólo al hermano que ve ante sí, pues son muchos los hermanos nuestros que no vemos y con los cuales estamos vinculados en la unidad del Espíritu. ¿Qué tiene de extraño que no estén con nosotros? Estamos en un único cuerpo, tenemos una única cabeza en el cielo. Hermanos, nuestros ojos no se ven, parece que no se conocen. ¿Acaso no se conocen en la caridad que une al organismo físico? Para que sepáis que se conocen en la unión que crea la caridad, cuando ambos están abiertos no es posible que el derecho se fije en algo sin que se fije también en ello el izquierdo. Dirige el rayo del ojo derecho sin el del izquierdo, si puedes. Van juntos y en la misma dirección. La mirada es única, aunque parta de distintos lugares. Por tanto, si todos los que aman a Dios contigo dirigen la mirada en la misma dirección, no des importancia al hecho de estar física y localmente separado. Habéis fijado simultáneamente la mirada del corazón en la luz de la verdad. Así, pues, si quieres saber si has recibido el Espíritu, interroga a tu corazón, no sea que poseas el sacramento, pero no se haya mostrado eficaz en ti. Interroga a tu corazón, y si en él hallas el amor fraterno, quédate tranquilo. No puede haber amor sin el Espíritu de Dios. Es Pablo quien grita: La caridad de Dios ha sido derramada en nuestros corazones por el Espíritu que se nos ha dado. (HOMILÍAS SOBRE LA PRIMERA CARTA DE SAN JUAN A LOS PARTOS. HOMILÍA SEXTA).


San Cirilo de Alejandría:

Pues, así como la raíz hace llegar su misma manera de ser a los sarmientos, del mismo modo el Verbo Unigénito de Dios Padre comunica a los santos una especie de parentesco consigo mismo y con el Padre, al darles parte en su propia naturaleza, y otorga su Espíritu a los que están unidos con Él por la fe: y así les comunica una santidad inmensa, los nutre en la piedad y los lleva al conocimiento de la verdad, y a la práctica de la virtud. (Comentario sobre el Ev. de San Juan. lib 10,2).

Todos los que participamos de la sangre sagrada de Cristo alcanzamos la unión corporal con él, como atestigua san Pablo, cuando dice, refiriéndose al misterio del amor misericordioso del Señor: No había sido manifestado a los hombres en otros tiempos, como ha sido revelado ahora por el Espíritu a sus santos apóstoles y profetas: que también los gentiles son coherederos, miembros del mismo cuerpo y partícipes de la promesa en Jesucristo.

Si, pues, todos nosotros formamos un mismo cuerpo en Cristo, y no sólo unos con otros, sino también en relación con aquel que se halla en nosotros gracias a su carne, ¿cómo no mostramos abiertamente todos nosotros esa unidad entre nosotros y en Cristo? Pues Cristo, que es Dios y hombre a la vez, es el vínculo de la unidad.

Y, si seguimos por el camino de la unión espiritual, habremos de decir que todos nosotros, una vez recibido el único y mismo Espíritu, a saber, el Espíritu Santo, nos fundimos entre nosotros y con Dios. Pues aunque seamos muchos por separado, y Cristo haga que el Espíritu del Padre y suyo habite en cada uno de nosotros, ese Espíritu, único e indivisible, reduce por sí mismo a la unidad a quienes son distintos entre sí en cuanto subsisten en su respectiva singularidad, y hace que todos aparezcan como una sola cosa en sí mismo.

Y así como la virtud de la santa humanidad de Cristo hace que formen un mismo cuerpo todos aquellos en quienes ella se encuentra, pienso que de la misma manera el Espíritu de Dios que habita en todos, único e indivisible, los reduce a todos a la unidad espiritual.

Por esto nos exhorta también san Pablo: Sobrellevaos mutuamente con amor; esforzaos en mantener la unidad del Espíritu, con el vínculo de la paz. Un solo cuerpo y un solo Espíritu, como una sola es la esperanza de la vocación a la que habéis sido convocados. Un Señor, una fe, un bautismo. Un Dios, Padre de todo, que lo trasciende todo, y lo penetra todo, y lo invade todo. Pues siendo uno solo el Espíritu que habita en nosotros, Dios será en nosotros el único Padre de todos por medio de su Hijo, con lo que reducirá a una unidad mutua y consigo a cuantos participan del Espíritu.

Ya desde ahora se manifiesta de alguna manera el hecho de que estemos unidos por participación al Espíritu Santo. Pues si abandonamos la vida puramente natural y nos atenemos a las leyes espirituales, ¿no es evidente que hemos abandonado en cierta manera nuestra vida anterior, que hemos adquirido una configuración celestial y en cierto modo nos hemos transformado en otra naturaleza mediante la unión del Espíritu Santo con nosotros, y que ya no nos tenemos simplemente por hombres, sino como hijos de Dios y hombres celestiales, puesto que hemos llegado a ser participantes de la naturaleza divina?

De manera que todos nosotros ya no somos más que una sola cosa en el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo: una sola cosa por identidad de condición, por la asimilación que obra el amor, por comunión de la santa humanidad de Cristo y por participación del único y santo Espíritu. (Comentario sobre el Ev. de San Juan, Lib 11, cap 11).

 

San Cirilo de Jerusalén

La Iglesia se llama católica o universal porque está esparcida por todo el orbe de la tierra, del uno al otro confín, y porque de un modo universal y sin defecto enseña todas las verdades de fe que los hombres deben conocer, ya se trate de las cosas visibles o invisibles, de las celestiales o las terrenas; también porque induce al verdadero culto a toda clase de hombres, a los gobernantes y a los simples ciudadanos, a los instruidos y a los ignorantes; y, finalmente, porque cura y sana toda clase de pecados sin excepción, tanto los internos como los externos; ella posee todo género de virtudes, cualquiera que sea su nombre, en hechos y palabras y en cualquier clase de dones espirituales.

Con toda propiedad se la llama Iglesia o convocación, ya que convoca y reúne a todos, como dice el Señor en el libro del Levítico: Convoca a toda la asamblea a la entrada de la tienda del encuentro. Y es de notar que la primera vez que la Escritura usa esta palabra «convoca» es precisamente en este lugar, cuando el Señor constituye a Aarón como sumo sacerdote. Y en el Deuteronomio Dios dice a Moisés: Reúneme al pueblo, y les haré oír mis palabras, para que aprendan a temerme. También vuelve a mencionar el nombre de Iglesia cuando dice, refiriéndose a las tablas de la ley: Y en ellas estaban escritas todas las palabras que el Señor os había dicho en la montaña, desde el fuego, el día de la iglesia o convocación; es como si dijera más claramente: «El día en que, llamados por el Señor, os congregasteis». También el salmista dice: Te daré gracias, Señor, en medio de la gran iglesia, te alabaré entre la multitud del pueblo.

Anteriormente había cantado el salmista: En la iglesia bendecid a Dios, al Señor, estirpe de Israel. Pero nuestro Salvador edificó una segunda Iglesia, formada por los gentiles, nuestra santa Iglesia de los cristianos, acerca de la cual dijo a Pedro: Y sobre esta piedra edificaré mi Iglesia, y el poder del infierno no la derrotará.

En efecto, una vez relegada aquella única iglesia que estaba en Judea, en adelante se van multiplicando por toda la tierra las Iglesias de Cristo, de las cuales se dice en los salmos: Cantad al Señor un cántico nuevo, resuene su alabanza en la iglesia de los fieles. Concuerda con esto lo que dijo el profeta a los judíos: Vosotros no me agradáis —dice el Señor de los ejércitos—, añadiendo a continuación: Del oriente al poniente es grande entre las naciones mi nombre. (Catequesis 18, 23-25).

Últimas publicaciones

Dirección

Monasterio Cisterciense Ntra. Sra. de la Paz
Carril de los Vidales 20
30593 La Palma, Cartagena (Murcia)
Teléfono: 968 55 42 25
Website: http://monasteriodelapalma.es
Email: ocsomclp@gmail.com

Enlaces de interés