Domingo 6º de Pascua – Ciclo B.-

10 de mayo de 2015

Domingo 6º de Pascua

- Ciclo B.-

 

Primera lectura

Lectura del libro de los Hechos de los Apóstoles (10,25-26.34-35.44-48):

Cuando iba a entrar Pedro, salió Cornelio a su encuentro y se echó a sus pies a modo de homenaje, pero Pedro lo alzó, diciendo: «Levántate, que soy un hombre como tú.»
Pedro tomó la palabra y dijo: «Está claro que Dios no hace distinciones; acepta al que lo teme y practica la justicia, sea de la nación que sea.»
Todavía estaba hablando Pedro, cuando cayó el Espíritu Santo sobre todos los que escuchaban sus palabras. Al oírlos hablar en lenguas extrañas y proclamar la grandeza de Dios, los creyentes circuncisos, que habían venido con Pedro, se sorprendieron de que el don del Espíritu Santo se derramara también sobre los gentiles.
Pedro añadió: «¿Se puede negar el agua del bautismo a los que han recibido el Espíritu Santo igual que nosotros?»
Y mandó bautizarlos en el nombre de Jesucristo. Le rogaron que se quedara unos días con ellos.
Palabra de Dios

 

Salmo

Sal 97,1.2-3ab.3cd-4


R/. El Señor revela a las naciones su salvación

 

Cantad al Señor un cántico nuevo,
porque ha hecho maravillas;
su diestra le ha dado la victoria,
su santo brazo. R/.

El Señor da a conocer su victoria,
revela a las naciones su justicia:
se acordó de su misericordia y su fidelidad 
en favor de la casa de Israel. R/.

Los confines de la tierra han contemplado 
la victoria de nuestro Dios.
Aclama al Señor, tierra entera,
gritad, vitoread, tocad. R/.

 

Segunda lectura

Lectura de la primera carta del apóstol san Juan (4,7-10):

Amémonos unos a otros, ya que el amor es de Dios, y todo el que ama ha nacido de Dios y conoce a Dios. Quien no ama no ha conocido a Dios, porque Dios es amor. En esto se manifestó el amor que Dios nos tiene: en que Dios envió al mundo a su Hijo único, para que vivamos por medio de él. En esto consiste el amor: no en que nosotros hayamos amado a Dios, sino en que él nos amó y nos envió a su Hijo como víctima de propiciación por nuestros pecados.
Palabra de Dios

 

Evangelio

Lectura del santo evangelio según san Juan (15,9-17):

En aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos: «Como el Padre me ha amado, así os he amado yo; permaneced en mi amor. Si guardáis mis mandamientos, permaneceréis en mi amor; lo mismo que yo he guardado los mandamientos de mi Padre y permanezco en su amor. Os he hablado de esto para que mi alegría esté en vosotros, y vuestra alegría llegue a plenitud. Éste es mi mandamiento: que os améis unos a otros como yo os he amado. Nadie tiene amor más grande que el que da la vida por sus amigos. Vosotros sois mis amigos, si hacéis lo que yo os mando. Ya no os llamo siervos, porque el siervo no sabe lo que hace su señor: a vosotros os llamo amigos, porque todo lo que he oído a mi Padre os lo he dado a conocer. No sois vosotros los que me habéis elegido, soy yo quien os he elegido y os he destinado para que vayáis y deis fruto, y vuestro fruto dure. De modo que lo que pidáis al Padre en mi nombre os lo dé. Esto os mando: que os améis unos a otros.»
Palabra del Señor

COLLATIONES

Hay una frase de hoy que no debemos pasar por alto: “Quien no ama no ha conocido a Dios, porque Dios es Amor”.

Y es ese Amor de Dios el que no hace acepción de personas. Es el Espíritu Santo el que forma la Iglesia de Cristo, el que hace que permanezca unida y el que elige para  pertenecer a ella a personas de lo más dispares. También es el Espíritu Santo el que nos capacita para, permaneciendo  unidos en el Amor de Dios, guardar sus mandamientos. Es el Espíritu Santo, el amor de Dios, el que no hace acepción de personas y forma la nueva esposa del Hijo de Dios: la Iglesia. Así nos lo explica san Agustín: “Este es el amor que nos renueva, y nos hace ser hombres nuevos, herederos del nuevo Testamento, intérpretes de un cántico nuevo. Este amor, hermanos queridos, renovó ya a los antiguos justos, a los patriarcas y a los profetas, y luego a los bienaventurados apóstoles; ahora renueva a los gentiles, y hace de todo el género humano, extendido por el universo entero, un único pueblo nuevo, el cuerpo de la nueva esposa del Hijo de Dios,…”

Hoy Jesús dice a su Iglesia: “Éste es mi mandamiento: que os améis unos a otros como yo os he amado”. Comenta san Agustín, que Jesús nos dice “como yo os he amado”, para distinguirlo del amor puramente carnal. Él nos ha amado, derramando su amor, su Espíritu en nuestros corazones y “con su amor hizo posible que nos ligáramos estrechamente, y como miembros unidos por tan dulce vínculo, formemos el cuerpo de tan espléndida cabeza”.  

Y si el que es nuestra cabeza nos pide que nos amemos como él nos ha amado y añade: “Nadie tiene amor más grande que el que da la vida por sus amigos”. ¿Qué nos quiere decir? Según San Cirilo de Alejandría, esto quiere decir: “que tengan un amor recíproco tan profundo como el que yo les he demostrado y he practicado previamente. Cuán generosa sea la medida del amor de Cristo, él mismo lo ha indicado al decir que nadie tiene un amor más grande que el que llega hasta dar la vida por los amigos”. Y cuando dice el Señor: “No sois vosotros los que me habéis elegido, soy yo quien os he elegido; y os he destinado para que vayáis y deis fruto, y vuestro fruto dure”. Quiere decirnos: “Revestíos de mutuo amor, discípulos míos. Vosotros mismos debéis gustar estas cosas llevándolas a la práctica, y hacer unos por otros con ferventísimo deseo y esforzado ánimo, todo cuanto primeramente he hecho yo con vosotros”.

Y para no caer en la soberbia, oigamos atentamente a san Agustín que nos dice:  “Ved, carísimos, cómo no elige a buenos, sino que hace buenos a quienes ha elegido. Yo, afirma, os elegí y os puse para que vayáis y produzcáis fruto y vuestro fruto dure”. Nuestro fruto es el amor y no podemos amar si no permanecemos en Él. Como nos explica San Juan Crisóstomo: “Si ese permanecer en Él depende de la caridad, y la caridad depende de la guarda de los mandamientos, y el mandamiento es que nos amemos los unos a los otros, entonces permanecer en Dios se consigue mediante el amor mutuo. Y no indica únicamente el amor, sino también el modo de amar, cuando dice: Como Yo os he amado”. “Porque para fructificar necesitamos de su auxilio. De suerte que cuanto pidiereis al Padre en mi nombre os lo otorgue”. “¿Por qué continuamente ensalza la caridad? Por ser ella el sello de sus discípulos y la que alimenta la virtud”.

Y para terminar volvamos a la frase con la que hemos empezado: “Quien no ama no ha conocido a Dios, porque Dios es Amor”. Amémonos unos a otros y que “se note” que hemos conocido a Dios: “En esto conocerán todos que sois discípulos míos: si os amáis unos a otros”.

 

 

San León Magno:

Dice el Señor en el evangelio de Juan: La señal por la que conocerán todos que sois discípulos míos será que os amáis unos a otros; y en la carta del mismo apóstol se puede leer: Queridos, amémonos unos a otros, ya que el amor es de Dios, y todo el que ama ha nacido de Dios y conoce a Dios.

Que los fieles abran de par en par sus mentes y traten de penetrar, con un examen verídico, los afectos de su corazón; si llegan a encontrar alguno de los frutos de la caridad escondido en sus conciencias, no duden de que tienen a Dios consigo, y, a fin de hacerse más capaces de acoger a tan excelso huésped, no dejen de multiplicar las obras de una misericordia perseverante.

Pues, si Dios es amor, la caridad no puede tener fronteras, ya que la Divinidad no admite verse encerrada por ningún término. , (Sermón 10 sobre la Cuaresma).

San Gregorio Magno:

Todas las palabras sagradas del Evangelio están repletas de mandamientos del Señor. ¿Entonces, por qué, el Señor dijo que el amor era su mandato? “Este es mi mandamiento: amaos los unos a los otros.” Resulta que todos los mandamientos surgen del amor, que todos los preceptos son sólo uno, y cuyo único fundamento es la caridad. Las ramas de un árbol brotan de la misma raíz: así todas las virtudes nacen sólo de la caridad. La rama de una buena obra, no permanece vigorosa,  si se separa de la raíz de la caridad. Por lo tanto, los mandamientos del Señor son numerosos, y al mismo tiempo son uno – múltiple por la diversidad de las obras, uno en la raíz del amor.

¿Cómo mantener este amor? El mismo Señor nos lo da a entender: en la mayoría de los preceptos de su Evangelio, ordena a sus amigos que se amen en Él, y que amen a sus enemigos por Él. El que ama a su amigo en Dios y a su enemigo por Dios, posee la verdadera caridad.

Hay personas que aman a sus familiares, pero sólo movidos por sentimientos de afecto que surgen del parentesco natural…  Las palabras sagradas del Evangelio no hacen a estos hombres ningún reproche. Pero lo que espontáneamente se le da a la naturaleza es una cosa, y aquello que se da por caridad en obediencia es otra. Las personas a las que me he referido, aman sin duda a su prójimo… pero según la carne y no según el Espíritu…  Diciendo: “Este es mi mandamiento: amaos los unos a los otros”, el Señor, inmediatamente ha añadido: “Como yo os he amado.” Estas palabras significan claramente: “amar por la misma razón que Yo os he amado”. (Homilías sobre los Evangelios, n° 27).

San Bernardo:

El diablo no se arredra ante los que se dan a los ayunos, se privan del sueño y se moderan, porque ya ha arrastrado a unos y a otros a la ruina. Pero los que viven en concordia y armonía en la casa del Señor, unidos por los lazos del amor, provocan al diablo dolor, pavor e incluso le propinan palizas. Esta unidad del grupo tortura al enemigo, pero más que nada reconcilia con Dios, como él mismo declara en el Cantar de los Cantares: Has lacerado mi corazón, hermana y esposa mía, con una sola de tus miradas, con un rizo de tu pelo. Se refiere a la unidad entre superiores y súbditos. Por eso nos advierte también Pablo: Esforzaos por mantener la unidad de espíritus en el vínculo de la paz. Sabe bien el espíritu maligno que no se pierde ninguno de los que el Padre ha entregado al Hijo, que nadie podrá arrancarlos de su mano. Al encontrarlos en sana armonía, reconoce a las claras que están en las manos de Dios y que no les tocará el tormento de la muerte.

El Señor dice: En esto conocerán todos, incluso los demonios, que sois discípulos míos: en que os amáis unos a otros. El diablo ahuyenta de  los hombres ese amor que él mismo no supo mantener en su relación con Dios y con los ángeles en el cielo. Y ésa es la ciudad firmemente asentada e inexpugnable. Su cuello es como la torre de David, construida con sillares; de ella penden miles de escudos, miles de adargas de capitanes. La cabeza se une al cuerpo por el cuello. ¿Puede tener el cuello otro sentido mejor que nuestro empeño? Mientras mantenemos incólume nuestro propósito pese a las tribulaciones que nos arrecien, nunca nos separaremos de nuestra cabeza que es Cristo. Nos aprietan por todos los lados, pero no nos aplastan. Porque ¿quién nos separará del amor de Dios? Por él volamos en los caminos de los mandamientos de Dios con el corazón dilatado. Este cuello debe ser consistente, inmóvil y largo, como una torre, y tener por cimiento la humildad.  (Sermón octavo de Adviento: los tres infiernos).

 

San Agustín:

El Señor Jesús pone de manifiesto que lo que da a sus discípulos es un nuevo mandamiento, que se amen unos a otros: Os doy —dice— un mandamiento nuevo: que os améis unos a otros.

¿Pero acaso este mandamiento no se encontraba ya en la ley antigua, en la que estaba escrito: Amarás a tu prójimo como a ti mismo? ¿Por qué lo llama entonces nuevo el Señor, si está tan claro que era antiguo? ¿No será que es nuevo porque nos viste del hombre nuevo después de despojarnos del antiguo? Porque no es cualquier amor el que renueva al que oye, o mejor al que obedece, sino aquel a cuyo propósito añadió el Señor, para distinguirlo del amor puramente carnal: como yo os he amado.

Este es el amor que nos renueva, y nos hace ser hombres nuevos, herederos del nuevo Testamento, intérpretes de un cántico nuevo. Este amor, hermanos queridos, renovó ya a los antiguos justos, a los patriarcas y a los profetas, y luego a los bienaventurados apóstoles; ahora renueva a los gentiles, y hace de todo el género humano, extendido por el universo entero, un único pueblo nuevo, el cuerpo de la nueva esposa del Hijo de Dios, de la que se dice en el Cantar de los cantares: ¿Quién es esa que sube del desierto vestida de blanco? Sí, vestida de blanco, porque ha sido renovada; ¿y qué es lo que la ha renovado sino el mandamiento nuevo?

Porque, en la Iglesia, los miembros se preocupan unos de otros; y si padece uno de ellos, se compadecen todos los demás, y si uno de ellos se ve glorificado, todos los otros se congratulan. La Iglesia, en verdad, escucha y guarda estas palabras: Os doy un mandamiento nuevo: que os améis unos a otros. No como se aman quienes viven en la corrupción de la carne, ni como se aman los hombres simplemente porque son hombres; sino como se quieren todos los que se tienen por dioses e hijos del Altísimo, y llegan a ser hermanos de su único Hijo, amándose unos a otros con aquel mismo amor con que él los amó, para conducirlos a todos a aquel fin que les satisfaga, donde su anhelo de bienes encuentre su saciedad. Porque no quedará ningún anhelo por saciar cuando Dios lo sea todo en todos.

Este amor nos lo otorga el mismo que dijo: Como yo os he amado, amaos también entre vosotros. Pues para esto nos amó precisamente, para que nos amemos los unos a los otros; y con su amor hizo posible que nos ligáramos estrechamente, y como miembros unidos por tan dulce vínculo, formemos el cuerpo de tan espléndida cabeza. (Tratado 65 sobre el evangelio de san Juan 1-3).

 

Con razón se pregunta uno cómo ha de interpretarse lo que el Señor asevera: A vosotros, en cambio, os he llamado amigos porque, cualesquiera cosas que oí a mi Padre, os las di a conocer todas. En efecto, puesto que nadie comprende ni siquiera esto —cómo oye al Padre palabra alguna, pues ése en persona es la única Palabra del Padre—, ¿quién osará afirmar o creer que hombre alguno sabe todo lo que el Unigénito Hijo oyó al Padre? ¿Qué significa lo que afirma algo después, en este mismo discurso, empero, que a los discípulos dirigió tras la cena, antes de la pasión: Muchas cosas tengo para deciros, pero ahora mismo no podéis cargar con ellas? Pues bien, ¿cómo vamos a entender que él hizo conocer a los discípulos todo lo que oyó al Padre, siendo así que, precisamente porque sabe que ellos no pueden ahora mismo cargar con ellas, no dice ciertas cosas, muchas? Pero, sin duda, dice que ha hecho lo que va a hacer él, que hizo esas cosas que van a suceder. En efecto, como mediante un profeta dice: «Taladraron mis manos y mis pies», mas no asevera «van a taladrar» —cual quien dice cosas pasadas y predice empero que ésas van a suceder—, así también en este lugar asevera que él ha hecho conocer a los discípulos todo lo que él sabe que va a hacerlo conocer en esa plenitud de conocimiento acerca de la que el Apóstol dice: «En cambio, cuando haya llegado lo que es perfecto, lo que es en parte será abolido»; ahí, en efecto, dice: Ahora conozco en parte; en cambio, entonces conoceré como soy también conocido» y ahora, enigmáticamente mediante espejo; en cambio, entonces cara a cara. Por cierto, que nosotros hemos sido hechos salvos mediante un baño de regeneración, lo dice también ese apóstol mismo que empero en otro lugar afirma: Con la esperanza fuimos hechos salvos. Ahora bien, esperanza que se ve no es esperanza, pues ¿por qué alguien espera lo que ve? Si, en cambio, esperamos lo que no vemos, con paciencia lo aguardamos. Por ende, también Pedro, su coapóstol, afirma: En el cual creéis aun sin verlo ahora mismo; cuando lo hayáis visto, exultaréis con gozo inenarrable y honrado, al recoger la paga de la fe, la salvación de vuestras almas.

Si, pues, ahora es el tiempo de la fe y, por otra parte, la salvación de las almas es la paga de la fe, ¿quién dudará que en la fe, que actúa mediante la dilección, ha de pasarse el día y que al final del día ha de recibirse en paga no sólo la redención de nuestro cuerpo, de la que habla el apóstol Pablo, sino también la salvación de nuestras almas, de la que habla el apóstol Pedro? Efectivamente, en este tiempo y en esta mortalidad, la felicidad de una y otra cosa se tiene en esperanza más que se la aferra en la realidad. Verdaderamente la diferencia está en esto: nuestro hombre exterior, esto es, el cuerpo, se corrompe aún; en cambio, nuestro hombre interior, esto es, el alma, se renueva ya de día en día. Así pues, como aguardamos que llegarán la inmortalidad de la carne y la salvación de las almas —aunque se dice que por la prenda recibida hemos sido ya hechos salvos—, así debemos esperar que llegará el conocimiento de todo lo que el Unigénito oyó al Padre, aunque Cristo haya dicho que él ha hecho ya esto.

Afirma: No me elegisteis vosotros, sino que yo os elegí. ¡Ésta es la inefable gracia! En efecto, ¿qué éramos cuando aún no habíamos elegido a Cristo y por eso no le queríamos? Efectivamente, quien no lo ha elegido ¿cómo le querrá? ¿Acaso sucedía ya en nosotros lo que se canta en un salmo: Elegí más que habitar en tiendas de pecadores ser abyecto en la casa del Señor? Evidentemente no. ¿Qué éramos, pues, sino inicuos y perdidos? En efecto, no habíamos ya creído en él para que nos eligiera, porque, si eligió a quienes ya creían, eligió una vez elegido. ¿Por qué, pues, diría: «No me elegisteis vosotros», sino porque su misericordia se nos ha adelantado? Aquí es ciertamente ocioso el raciocinio vano de esos que contra la gracia de Dios defienden la presciencia de Dios y dicen que nosotros hemos sido elegidos antes de la constitución del mundo, precisamente por haber Dios preconocido que nosotros íbamos a ser buenos, no porque ha preconocido que él mismo iba a hacernos buenos. No dice esto quien dice «No me elegisteis vosotros», porque, si nos hubiese elegido precisamente porque había preconocido que nosotros íbamos a ser buenos, a la vez hubiese también preconocido que nosotros íbamos primeramente a elegirlo. En efecto, de otro modo no podríamos ser buenos, salvo que haya de calificarse de bueno a quien no ha elegido al Bueno.

¿Qué ha elegido, pues, en los no buenos? En efecto, quienes no serían buenos si no fuesen elegidos, no han sido elegidos porque fueron buenos; en caso contrario, si pretendemos que los méritos han precedido, la gracia ya no es gracia. Ésta, por cierto, es la elección de gracia, acerca de la cual dice el Apóstol: También, pues, en este tiempo, los restos han sido hechos así: según elección de gracia. Por ende, añade: Ahora bien, si por gracia, ya no en virtud de obras; en caso contrario, la gracia ya no es gracia. Escucha, ingrato, escucha: No me elegisteis vosotros, sino que yo os elegí. No hay cómo digas: «He sido elegido precisamente porque ya creía». En efecto, si creías en él, ya lo habías elegido. Pero escucha: No me elegisteis vosotros. No hay cómo digas: «Antes de creer, ya realizaba cosas buenas; por eso he sido elegido». En efecto, antes de la fe ¿qué buena obra hay, pues el Apóstol dice: Todo lo que no proviene de la fe es pecado? Oyendo «No me elegisteis vosotros», ¿qué vamos a decir, sino que éramos malos y hemos sido elegidos para que fuésemos buenos mediante la gracia de quien nos ha elegido? En efecto, no existe la gracia si habían precedido los méritos; ahora bien, ¡existe la gracia! Por tanto, ésta no ha hallado méritos, sino que los ha realizado.

Y ved, carísimos, cómo no elige a buenos, sino que hace buenos a quienes ha elegido. Yo, afirma, os elegí y os puse para que vayáis y produzcáis fruto y vuestro fruto dure. ¿No es ése el fruto acerca del que había ya dicho: Sin mí nada podéis hacer? Nos eligió, pues, y nos puso para que vayamos y produzcamos fruto; así pues, ningún fruto teníamos en virtud del cual nos eligiera. Para que vayáis, afirma, y produzcáis fruto. Vamos para producirlo y él en persona es el Camino por el que vamos y en que nos ha puesto para que vayamos. Por ende, su misericordia se nos ha adelantado en todo. Y vuestro fruto, afirma, dure, de forma que cualquier cosa que en mi nombre pidiereis al Padre os la déDure, pues, la dilección, ya que ella es nuestro fruto. Esta dilección existe ahora en el deseo, no aún en la saciedad, y el Padre nos da cualquier cosa que en nombre del Unigénito Hijo pidiéremos por ese mismo deseo. Ahora bien, no estimemos que pedimos en nombre del Salvador lo que no nos conviene recibir para ser salvos, sino que en nombre del Salvador pedimos esto: lo que atañe a los intereses de la salvación. (Tratado 86 sobre el Ev. de San Juan).

 

San Cirilo de Alejandría:

Este es mi mandamiento: que os améis unos a otros como yo os he amado. Con estas palabras explica el Señor con más claridad lo dicho anteriormente, esto es, que los discípulos disfruten en sí mismos de su mismo gozo. A los que quieran seguirme —dice—, les mando esto, y les enseño a hacerlo y a sentirlo en lo íntimo de su alma: que tengan un amor recíproco tan profundo como el que yo les he demostrado y he practicado previamente. Cuán generosa sea la medida del amor de Cristo, él mismo lo ha indicado al decir que nadie tiene un amor más grande que el que va hasta dar la vida por los amigos.

Además, enseña a sus discípulos que para salvar a los hombres no hay que arredrarse ante la lucha, sino aceptar con intrépida fortaleza el sufrir hasta la misma muerte. Hasta ese extremo límite llegó el gran amor de nuestro Salvador. Hablar de este modo, es simplemente incitar a sus discípulos a una intrepidez sobrenatural y vigorosa y al más alto grado de amor fraterno; es crear en ellos un ánimo generoso y poseído por el amor, elevarlos a una caridad invicta e invencible, pronta a dar todo lo que a Dios pluguiere. Pablo demostró tener este temple, cuando dijo: Para mí la vida es Cristo, y una ganancia el morir. Y añadía: ¿Quién podrá apartarnos del amor de Cristo?: ¿la aflicción?, ¿la angustia?, ¿la persecución?, ¿el hambre?, ¿la desnudez?, ¿el peligro?, ¿la espada? ¿Oyes cómo no hay nada que pueda separarnos del amor de Cristo? Y si apacentar el rebaño y los corderos de Cristo es amarle a él, ¿cómo no va a ser evidente de toda evidencia que el apóstol, predicador de la salvación a quien no conoce a Dios, deberá ser superior a la muerte y a las persecuciones y considerar una nonada cualquiera dificultad?

No sois vosotros los que me habéis elegido, soy yo quien os he elegido; y os he destinado para que vayáis y deis fruto, y vuestro fruto dure. Revestíos de mutuo amor, discípulos míos. Vosotros mismos debéis gustar estas cosas llevándolas a la práctica, y hacer unos por otros con ferventísimo deseo y esforzado ánimo, todo cuanto primeramente he hecho yo con vosotros.

Yo os he elegido, no vosotros a mí. Con inaudita bondad y gran generosidad me he revelado a vosotros que no me conocíais, y os he conducido a una tan grande constancia y firmeza de ánimo, para que podáis caminar y progresar siempre hacia lo mejor y dar fruto para Dios; os he dado una confianza tan grande, de modo que todo lo que pidáis en mi nombre, estad seguros que lo recibiréis. Por eso, si seguís las huellas que os he señalado con mis palabras y con mi manera de actuar, si estáis llenos de aquel espíritu que conviene a los verdaderos y legítimos discípulos, no debéis contemporizar esperando que alguien venga por sí mismo a la fe y al culto de Dios, sino que debéis ofreceros como guías a los que todavía no conocen a Dios y están en el error, o aún no han aceptado espontáneamente la predicación de la salvación.

Conviene que vosotros los exhortéis con calor a profundizar, mediante una plena comprensión, el verdadero conocimiento de Dios, aunque se irrite el ánimo de los oyentes, persistiendo en la incredulidad. De este modo, también ellos acabarán haciendo como vosotros, esto es, avanzarán por el buen camino y, progresando en el bien, volverán a producir en Dios frutos vitales y duraderos. De manera que sus plegarias, gratas y aceptas a Dios, conseguirán lo que piden, si lo piden en mi nombre. (Comentario sobre el evangelio de san Juan, Lib 10).

 

San Clemente de Roma:

El que posee el amor de Cristo que cumpla sus mandamientos. ¿Quién será capaz de explicar debidamente el vínculo que el amor divino establece? ¿Quién podrá dar cuenta de la grandeza de su hermosura? El amor nos eleva hasta unas alturas inefables. El amor nos une a Dios, el amor cubre la multitud de los pecados, el amor lo aguanta todo, lo soporta todo con paciencia; nada sórdido ni altanero hay en él; el amor no admite divisiones, no promueve discordias, sino que lo hace todo en la concordia; en el amor hallan su perfección todos los elegidos de Dios, y sin él nada es grato a Dios. En el amor nos acogió el Señor: por su amor hacia nosotros, nuestro Señor Jesucristo, cumpliendo la voluntad del Padre, dio su sangre por nosotros, su carne por nuestra carne, su vida por nuestras vidas. Ya veis, amados hermanos, cuán grande y admirable es el amor y cómo es inenarrable su perfección. Nadie es capaz de practicarlo adecuadamente, si Dios no le otorga este don. Oremos, por tanto, e imploremos la misericordia divina, para que sepamos practicar sin tacha el amor, libres de toda parcialidad humana. Todas las generaciones anteriores, desde Adán hasta nuestros días, han pasado; pero los que por gracia de Dios han sido perfectos en el amor obtienen el lugar destinado a los justos y se manifestarán el día de la visita del reino de Cristo… Dichosos nosotros, amados hermanos, si cumplimos los mandatos del Señor en la concordia del amor, porque este amor nos obtendrá el perdón de los pecados. (Primera epístola a los Corintios, 49).

 

San Juan Crisóstomo:

Este es el mandamiento mío: que os améis los unos a los otros tal como Yo os he amado. Advierte cómo el amor de Dios está enlazado con el nuestro y como vinculado con una cadena. Por lo cual Jesús unas veces lo llama un solo precepto y otras dos. Es que quien ha abrazado el uno no puede no poseer el otro. 

Unas veces dice: En esto se resumen la Ley y los profetas. Otras dice: Todo cuanto quisiereis que con vosotros hagan los hombres, hacedlo también vosotros con ellos. Porque esta es la Ley y los profetas. Y también: La plenitud de la Ley es la caridad. Es lo mismo que dice aquí Jesús. Si ese permanecer en Él depende de la caridad, y la caridad depende de la guarda de los mandamientos, y el mandamiento es que nos amemos los unos a los otros, entonces permanecer en Dios se consigue mediante el amor mutuo. Y no indica únicamente el amor, sino también el modo de amar, cuando dice: Como Yo os he amado. Les declara de nuevo que el apartarse de ellos no nace de repugnancia, sino de cariño. Como si les dijera: precisamente porque ese es el motivo, debía yo ser más admirado, pues entrego mi vida por vosotros. Sin embargo, en realidad, nada de eso les dice, sino que ya antes al describir al excelentísimo Pastor, y ahora aquí cuando los amonesta y les manifiesta la grandeza de su caridad, sencillamente se da a conocer tal como es. 

¿Por qué continuamente ensalza la caridad? Por ser ella el sello de sus discípulos y la que alimenta la virtud. Pablo, que la había experimentado como verdadero discípulo de Cristo, habla del mismo modo de ella: Vosotros sois mis amigos. Ya no os llamaré siervos, porque el siervo no sabe los secretos de su señor. A vosotros os he llamado amigos, porque os he dado a conocer todo lo que mi Padre me confió. Pero entonces ¿por qué dice: Tengo todavía muchas cosas que deciros, pero no podéis ahora comprenderlas? Cuando dice: todo lo que he oído sólo quiere decir que no ha tomado nada ajeno, sino únicamente lo que oyó del Padre. Y como sobre todo se tiene por muy íntima amistad la comunicación de los secretos arcanos, también, les dice, se os ha concedido esta gracia. Al decir todo, entiende todo lo que convenía que ellos oyeran. 

Pone luego otra señal no vulgar de amistad. ¿Cuál es? Les dice: No me elegisteis vosotros a Mí, sino que Yo os elegí a vosotros. Yo ardientemente he buscado vuestra amistad. Y no se contentó con eso, sino que añadió: Y os puse, es decir, os planté (usando la metáfora de la vid), para que recorráis la tierra y deis fruto, un fruto que permanezca. Y si el fruto ha de permanecer, mucho más vosotros. Como si les dijera: No me he contentado con amaros en modo tan alto, sino que os he concedido grandes beneficios para que se propaguen por todo el mundo vuestros sarmientos. 

¿Adviertes de cuántas maneras les manifiesta su amor? Les da a conocer sus arcanos secretos, es el primero en buscar la amistad de ellos, les hace grandes beneficios; y todo lo que padeció, por ellos lo padeció. Por este modo les declara que permanecerá perpetuamente con ellos y que también ellos perpetuamente fructificarán. Porque para fructificar necesitan de su auxilio. De suerte que cuanto pidiereis al Padre en mi nombre os lo otorgue. A aquel a quien se le pide le toca hacer lo que se le pide. Entonces, si es al Padre a quien se le pide ¿por qué es el Hijo quien lo hace? Para que conozcas que el Hijo no es menor que el Padre. 

Esto os ordeno: Amaos los unos a los otros: Como si les dijera: Esto no os lo digo por reprenderos; o sea, lo de que Yo daré mi vida, pues fui el primero en buscar vuestra amistad; sino para atraeros a la amistad. (Homilía 76 sobre el Ev. de San Juan).

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