La Ascensión del Señor.

17 de mayo de 2015

Solemnidad de la Ascensión del Señor

- Ciclo B.-

 

Primera lectura

Lectura del libro de los Hechos de los Apóstoles (1,1-11):

En mi primer libro, querido Teófilo, escribí de todo lo que Jesús fue haciendo y enseñando hasta el día en que dio instrucciones a los apóstoles, que había escogido, movido por el Espíritu Santo, y ascendió al cielo. Se les presentó después de su pasión, dándoles numerosas pruebas de que estaba vivo, y, apareciéndoseles durante cuarenta días, les habló del reino de Dios.
Una vez que comían juntos, les recomendó: «No os alejéis de Jerusalén; aguardad que se cumpla la promesa de mi Padre, de la que yo os he hablado. Juan bautizó con agua, dentro de pocos días vosotros seréis bautizados con Espíritu Santo.»
Ellos lo rodearon preguntándole: «Señor, ¿es ahora cuando vas a restaurar el reino de Israel?»
Jesús contestó: «No os toca a vosotros conocer los tiempos y las fechas que el Padre ha establecido con su autoridad. Cuando el Espíritu Santo descienda sobre vosotros, recibiréis fuerza para ser mis testigos en Jerusalén, en toda Judea, en Samaria y hasta los confines del mundo.»
Dicho esto, lo vieron levantarse, hasta que una nube se lo quitó de la vista. Mientras miraban fijos al cielo, viéndolo irse, se les presentaron dos hombres vestidos de blanco, que les dijeron: «Galileos, ¿qué hacéis ahí plantados mirando al cielo? El mismo Jesús que os ha dejado para subir al cielo volverá como le habéis visto marcharse.»
Palabra de Dios

 

Salmo

Sal 46,2-3.6-7.8-9


R/. Dios asciende entre aclamaciones;
el Señor, al son de trompetas


Pueblos todos batid palmas,
aclamad a Dios con gritos de júbilo;
porque el Señor es sublime y terrible,
emperador de toda la tierra. R/.

Dios asciende entre aclamaciones;
el Señor, al son de trompetas;
tocad para Dios, tocad, 
tocad para nuestro Rey, tocad. R/.

Porque Dios es el rey del mundo;
tocad con maestría.
Dios reina sobre las naciones,
Dios se sienta en su trono sagrado. R/.

 

Segunda lectura

Lectura de la carta del apóstol san Pablo a los Efesios (1,17-23):

Que el Dios de nuestro Señor Jesucristo, el Padre de la gloria, os dé espíritu de sabiduría y revelación para conocerlo. Ilumine los ojos de vuestro corazón, para que comprendáis cuál es la esperanza a la que os llama, cuál la riqueza de gloria que da en herencia a los santos, y cuál la extraordinaria grandeza de su poder para nosotros, los que creemos, según la eficacia de su fuerza poderosa, que desplegó en Cristo, resucitándolo de entre los muertos y sentándolo a su derecha en el cielo, por encima de todo principado, potestad, fuerza y dominación, y por encima de todo nombre conocido, no sólo en este mundo, sino en el futuro. Y todo lo puso bajo sus pies, y lo dio a la Iglesia como cabeza, sobre todo. Ella es su cuerpo, plenitud del que lo acaba todo en todos.
Palabra de Dios

 

Evangelio

Conclusión del santo evangelio según san Marcos (16,15-20):

En aquel tiempo, se apareció Jesús a los Once y les dijo: «ld al mundo entero y proclamad el Evangelio a toda la creación. El que crea y se bautice se salvará; el que se resista a creer será condenado. A los que crean, les acompañarán estos signos: echarán demonios en mi nombre, hablarán lenguas nuevas, cogerán serpientes en sus manos y, si beben un veneno mortal, no les hará daño. Impondrán las manos a los enfermos, y quedarán sanos.»
Después de hablarles, el Señor Jesús subió al cielo y se sentó a la derecha de Dios. Ellos se fueron a pregonar el Evangelio por todas partes, y el Señor cooperaba confirmando la palabra con las señales que los acompañaban.
Palabra del Señor

COLLATIONES

El Señor asciende al cielo tras habernos prometido  que no nos deja solos. Nos dice San León Magno, que los Apóstoles “desde aquel momento elevaron toda la contemplación de su alma a la  divinidad, sentada a la diestra del Padre y ya no les era obstáculo la vista  de su cuerpo para que la inteligencia, iluminada por la fe, creyera que Cristo, ni descendiendo, se había apartado del Padre, ni con su ascensión se había apartado de sus discípulos”. Pide a sus discípulos que esperen en Jerusalén  para que se cumpla esta promesa del Padre, de la que Él les ha hablado, y les dice: “Cuando el Espíritu Santo descienda sobre vosotros, recibiréis fuerza para ser mis testigos en Jerusalén, en toda Judea, en Samaria y hasta los confines del mundo”.

Habían sido sus testigos, pero necesitaban la fuerza del Espíritu Santo para cumplir lo que el Señor les manda: “Id al mundo entero y proclamad el Evangelio a toda la creación…”. Y ¿cómo cumplieron esta misión? Dice San Elredo que “Jesús llamó a los suyos de tres modos: por la doctrina, por el ejemplo y los milagros. Lo que enseñó de palabra lo llevó a cabo de hecho, y lo confirmó con los milagros. Así está escrito en los Hechos de los Apóstoles: “Lo que Jesús empezó a hacer y enseñar”. Con estas tres cosas todo el mundo se ha convertido a Dios, ya que los Apóstoles, fueron y “predicaron por todas partes, con la ayuda de Dios que confirmaba sus palabras con señales”. Y también nos dice que los apóstoles, “movidos, pues, por el ejemplo de nuestro Salvador, fieles a la doctrina que habían recibido, lucharon denodadamente por la fe en la que habían sido iniciados hasta el “derramamiento de la sangre”.

Esta es la misión de la Iglesia, siendo fieles a la doctrina que hemos recibido, luchar denodadamente por la fe, hasta el “derramamiento de la sangre”. Sabemos que se cumplirá aquello que los ángeles anunciaron en la ascensión del Señor: “El mismo Jesús que os ha dejado para subir al cielo volverá como le habéis visto marcharse”. El Señor volverá en su carne y como dice San Agustín  “el que fue juzgado será juez, y el que fue reprobado aprobará y reprobará”.

Aprovechemos ahora que estamos en el tiempo de la misericordia, nos toca a nosotros pregonar el Evangelio hasta los confines de la tierra, porque “el que crea y se bautice se salvará; el que se resista a creer será condenado”.

San Elredo de Rieval:

Así pues, después de haber realizado todas las cosas por las que quiso vivir tanto tiempo en la tierra, este día en el que quiso ascender a los cielos, como dice Lucas en los Hechos de los Apóstoles, se les apareció y comió con ellos: “Y mientras estaban a la mesa, les mandó que no se alejaran de Jerusalén, etc”. ¡Qué felices se sintieron en aquel banquete! Sin embargo, como dice el evangelista: “Les echó en cara su incredulidad y dureza de corazón por no haber creído a los que le habían visto resucitado de entre los muertos”.

Después de su resurrección se había aparecido muchas veces, había comido y bebido con sus discípulos, pero en esta última aparición, cuando quiso ascender al cielo, creo que hubo muchos que antes no le habían visto, sino sólo habían oído a los que le habían visto, y aún dudaban. Por eso el Señor “les echó en cara su incredulidad”.  Y lo hizo muy bien: por una parte les echó en cara y por otra les confortó. Y precisamente les reprochó cuando les prometió cosas tan grandes, como está escrito: “Les mandó que no se alejaran de Jerusalén, sino que esperasen la promesa del Padre de la que os he hablado; porque Juan bautizó con agua, pero vosotros seréis bautizados con el Espíritu Santo no dentro de muchos días”. (En la Ascensión del Señor, Sermón 13, 9-10).

 

Por tanto, si os parece, fijémonos en estas cuatro cosas: la forma de la vida de Cristo, su pasión, la resurrección y la ascensión, pues “apareció en la tierra y convivió entre los hombres” para llamar a los suyos; padeció para redimirlos; resucitó para justificarlos; subió al cielo para glorificarlos. Llamó a los suyos de tres modos: por la doctrina, por el ejemplo y los milagros. Lo que enseñó de palabra lo llevó a cabo de hecho, y lo confirmó con los milagros. Así está escrito en los Hechos de los Apóstoles: “Lo que Jesús empezó a hacer y enseñar”. Con estas tres cosas todo el mundo se ha convertido a Dios, ya que los Apóstoles, fueron y “predicaron por todas partes, con la ayuda de Dios que confirmaba sus palabras con señales”. Viene luego la pasión y con mucho acierto, ya que de tal modo hemos de acoger las enseñanzas de Cristo, abrazar y llevar a la práctica lo que nos mandó, y gozar en el amor de Cristo, que “ni la muerte, ni la vida, ni tribulación, ni sufrimiento alguno pueda separarnos del amor de Dios manifestado en Cristo”. Movidos, pues, por el ejemplo de nuestro Salvador, fieles a la doctrina que habían recibido, lucharon denodadamente por la fe en la que habían sido iniciados hasta el “derramamiento de la sangre”. A la pasión sigue la resurrección, pues el que muere con Cristo ha de resucitar con Cristo. Pero hay una primera resurrección del alma, que es la justificación, a la que sigue la segunda, es decir, la glorificación de los cuerpos, para que salvados en el uno y en la otra, participemos de aquella gran ascensión en la que todo el Cristo, la cabeza y el cuerpo, entre en la Jerusalén celeste. (En la Ascensión del Señor, Sermón 65, 10-13).

 

San Bernardo:

Dichosos aquellos ojos que veían al Señor de la majestad presente en la carne, al creador del mundo convivir con los hombres, irradiar poder, curar enfermos, pasear por el mar, resucitar muertos, someter demonios, y comunicar ese mismo poder a los hombres. Lo vieron manso y humilde de corazón, compasivo, cariñoso y con inmensas entrañas de misericordia: el Cordero de Dios que jamás cometió pecado y cargó con el pecado de todos. Dichosos los oídos que merecieron escuchar las palabras de la vida de la misma boca del Verbo encarnado. Les hablaba el Unigénito, el que está en el seno del Padre, y les comunicaba todo lo que había oído a su Padre. Bebían los raudales de la doctrina celestial en el manantial cristalino de la Verdad, y así podían esparcirla, por no decir eructarla, a todos los hombres…

Esto mismo se realizó mucho mejor aún en los Apóstoles. Cuando vieron subir a aquel Jesús tan amado, y elevarse tan  gloriosamente  al  cielo,  ninguno  necesitó preguntarle: ¿dónde vas?. No: la fe, convertida ya en pura visión por así decirlo, les había enseñado a levantar humildemente los ojos al cielo, extender sus manos limpias y pedir los dones prometidos. Y de repente se oyó un ruido del cielo, como de viento recio, un viento de fuego que Jesús arrojaba a la tierra con ansias de que prendiera. Ya sabemos que habían recibido el Espíritu cuando sopló sobre ellos y les dijo: Recibid el Espíritu Santo. Pero era el espíritu de fe y de inteligencia, no el de fervor. Les iluminó la razón, no les inflamó el afecto. Para esto era necesario recibir un doble espíritu.

Así, pues, a los que el Verbo del Padre había enseñado primeramente la disciplina y la sabiduría, y les había llenado de inteligencia, el fuego divino descendió después sobre ellos. Los encontró completamente purificados, derramó en abundancia los dones de las gracias, y los abrasó en un amor totalmente espiritual. El amor que ardía en ellos era tan fuerte como la muerte, y no les permitía cerrar las puertas ni las bocas por miedo a los judíos.

Para prepararnos a recibir esta gracia en la medida de nuestra pequeñez, procuremos, hermanos, humillarnos en todo y vaciar nuestro corazón de los míseros y caducos consuelos. Y ante la proximidad de este día tan solemne, perseveremos unidos en la oración; con todo fervor y confianza, para que el Espíritu se digne visitarnos, consolarnos y confirmarnos. Que ese Espíritu suave, dulce y fuerte fortalezca nuestra debilidad, suavice nuestras asperezas y  unifique los corazones. Es una misma cosa con el Padre y el Hijo, pero es distinto de ellos: los tres son una realidad y esa única realidad son tres. Así lo confiesa fielmente la Iglesia católica, adoptada por el Padre, desposada por el Hijo y confirmada por el Espíritu Santo. En ellos hay una misma substancia y una misma gloria por los siglos de los siglos. Amén.

Pero ¿qué tengo que ver yo con estas fiestas? Señor Jesús, ¿qué consuelo puedo tener si no te vi colgado de la cruz, ni cubierto de heridas, ni en la palidez de la muerte? ¿Si no puedo calmar sus heridas con mis lágrimas, porque no he sufrido con el crucificado, ni le he atendido después de morir? ¿Por qué no me saludaste cuando entraste en el cielo vestido de gala y como rey glorioso? El único consuelo que tengo son estas gozosas palabras de los ángeles: Galileos, ¿qué hacéis ahí plantados mirando al cielo? El mismo Jesús que se han llevado de aquí al cielo volverá como lo habéis visto marcharse.  Volverá, dicen ellos, ¿volverá a por nosotros, en aquella procesión grandiosa y universal, cuando venga a juzgar a vivos y muertos, con los ángeles como mensajeros y el séquito de los hombres? Sí, vendrá. Vendrá tal y como ascendió, no como bajó. Se hizo humilde para salvarnos, y aparecerá sublime cuando resucite este cadáver y reproduzca en nuestro cuerpo el resplandor del suyo, dando a esta pobre criatura suya una grandeza incalculable. El que antes aparecía como un hombre cualquiera, vendrá con gran poder y majestad. Yo también lo contemplaré, pero no ahora; lo veré, pero no inmediatamente. Esa otra glorificación deslumbrará a la primera por su gloria incomparable. (SERMO SEXTUS; De intellectu et affectu)

 

 

(…)Hermanos, perseverad en la disciplina que abrazasteis y subid por la pequeñez a la grandeza: es el único camino. Quien elige otro desciende, no asciende, porque únicamente la humildad encumbra y sólo ella nos lleva a la vida. Cristo, por su naturaleza divina, no podía crecer ni ensalzarse, porque nada hay más alto que Dios. Pero vio que la humildad es el medio de elevarse, y vino a encarnarse, padecer y morir, para que nosotros no cayéramos en la muerte eterna; por eso Dios lo glorificó, lo resucitó, lo ensalzó y lo sentó a su derecha. Anda, haz tú lo mismo. Si quieres ascender, desciende; abraza esa ley irrevocable: a todo el que se encumbra lo abajarán, y al que se abaja lo encumbrarán. ¡Qué maldad y necedad la de los hombres! Con lo difícil que es ascender y lo fácil que es descender, prefieren subir antes que bajar. Siempre están dispuestos para recibir los honores y grandezas eclesiásticas, que hacen temblar a los mismos ángeles. ¡Qué pocos son los que te siguen, Señor Jesús, los que se dejan atraer por ti, los que se dejan guiar por la senda de tus mandatos! Algunos se dejan seducir y exclaman: llévame contigo. Otros se dejan guiar y dicen: condúceme a tu alcoba, rey mío. Otros son arrebatados como lo fue el Apóstol al tercer cielo. Los primeros son felices, porque a base de paciencia consiguen la vida. Los segundos son más felices, porque le alaban espontáneamente. Y los últimos son totalmente felices: han sepultado ya su voluntad en la insondable misericordia de Dios y están transportados por el soplo ardiente a los tesoros de la gloria. No saben si con el cuerpo o sin él; pero lo cierto es que han sido arrebatados. ¡Dichoso quien te sigue siempre a ti, Señor Jesús, y no a ese espíritu fugitivo que quiso subir y sintió sobre sí el peso infinito de la mano divina! Nosotros, pueblo tuyo y ovejas de tu rebaño, queremos seguirte a ti, con tu ayuda, para llegar hasta ti. Porque tú eres el camino, la verdad y la vida. Camino con el ejemplo, verdad en las promesas y vida en el premio. Tienes palabras de vida eterna, y nosotros sabemos y creemos que eres el Cristo, el Cristo, el Hijo de Dios vivo, Dios bendito por siempre.   (Sermón segundo sobre la Ascensión).

 

San Agustín:

En este día solemne exhortemos a quienes conocen su significado e instruyamos a los negligentes. Hoy celebramos solemnemente la ascensión del Señor al cielo. En efecto, el Señor, nuestro Salvador, después de despojarse del cuerpo y de haberlo tomado de nuevo al resucitar de entre los muertos, se manifestó vivo a sus discípulos, que, al verle morir, habían perdido toda esperanza. Luego se prestó para que lo vieran con los ojos y lo tocaran con las manos, edificando su fe y mostrándoles la realidad del cuerpo. Era poco para la fragilidad humana y para la debilidad temblorosa el que tan gran milagro se les mostrase un solo día, sustrayéndose luego a sus ojos; por eso -como hemos escuchado en la lectura de los Hechos de los Apóstoles- los acompañó en la tierra durante cuarenta días, entrando y saliendo, comiendo y bebiendo; no porque sintiera necesidad, sino para demostrar la verdad de su cuerpo. A los cuarenta días precisos, viéndolo y siguiéndolo ellos con la mirada, subió al cielo. Es lo que hoy celebramos.

Después que, llenos de asombro, le vieron ascender y se alegraron de que subiera a lo alto -el que la cabeza vaya delante es garantía para los miembros-, escucharon también la voz de los ángeles: Varones de Galilea, ¿por qué estáis plantados mirando al cielo? Este mismo Jesús vendrá así, como lo habéis visto subir al cielo. ¿Qué significa: Vendrá así? Vendrá en la misma forma, para que se cumpla lo que está escrito: Verán al que traspasaron. Vendrá así. Vendrá a los hombres, vendrá como hombre, pero como hombre Dios. Vendrá como verdadero Dios y como verdadero hombre, para divinizar al hombre. Ascendió el juez del cielo; sonó el pregonero celeste. Sea buena nuestra causa, para no temer el juicio futuro… Nuestro pecado es nuestra perdición, y la sangre de Cristo el precio pagado por nosotros. La resurrección de Cristo es nuestra esperanza; su segunda venida, la realidad de lo esperado. Hay que esperar, hasta que venga, al que está sentado a la derecha del Padre. Diga nuestra alma sedienta de él: «¿Cuándo vendrá?», y: Mi alma tiene sed del Dios vivo. «¿Cuándo vendrá? Ciertamente vendrá; pero ¿cuándo?» Deseas que venga; ¡ojalá te encuentre preparado!

Mas no creamos que somos sólo nosotros quienes tenemos tal deseo de nuestro Señor, que nos impulsa a decir: «¿Cuándo vendrá?» … Los mismos discípulos se lo preguntaron al Señor Jesucristo que veían presente. Ya que no podéis hacerle la pregunta que ellos le hicieron, escuchad lo que ellos escucharon. Ellos estaban presentes entonces cuando nosotros aún no existíamos; pero, si les damos fe, ellos le preguntaron en lugar nuestro y en lugar nuestro escucharon la respuesta de su boca. Así, pues, los discípulos de Cristo, que iban a seguirle con la mirada cuando subiera al cielo, le preguntaron con estas palabras: Señor, ¿es ahora cuando te vas a manifestar? ¿A quién se lo decían? Al que tenían ante ellos. ¿Es ahora cuando te vas a manifestar? ¿Y qué significa eso? ¿No le tenían ante sus ojos? ¿No lo escuchaban y lo tocaban teniéndole presente? ¿Qué significa: Es ahora cuando te vas a manifestar, sino que sabían que el juicio futuro tendrá lugar en presencia de Cristo, para que lo vean tanto los suyos como los extraños? En efecto, después de haber resucitado, sólo los suyos lo vieron. Sabían y creían que habrá un tiempo futuro en el que el que fue juzgado será juez, y el que fue reprobado aprobará y reprobará; un tiempo en el que, visible a ambas categorías de hombres, pondrá a unos a su derecha y a otros a su izquierda. Sabían que ha de decir palabras específicas para aquéllos y para éstos, que su oferta no la recibirán todos y que su amenaza tampoco la temerán todos. Sabían que eso ha de suceder, pero preguntaban cuándo. ¿Es ahora cuando te vas a manifestar? No ciertamente a nosotros, puesto que te estamos viendo; te manifestarás también a quienes no han creído en ti. Si es ahora cuando te vas a manifestar, dinos también cuándo vas a manifestar el reino de Israel. Dos cosas le preguntaron: si se manifestaría él mismo y si manifestaría entonces el reino de Israel. ¿Qué reino? Aquel del que decimos: Venga tu reino. ¿Qué reino? Aquel sobre el cual oirán los que están a la derecha: Venid benditos de mi Padre; recibid el reino preparado para vosotros desde el comienzo del mundo; circunstancia en que dirá también a los de su izquierda: Id al fuego eterno, que está preparado para el diablo y sus ángeles. Palabras terribles y tremendas, pero: La memoria del justo será eterna; nada malo temerá oír. A cada uno una cosa, pero en unos y otros será veraz, porque en ambos será justo.

… ¿Qué respondió a quienes le preguntaban: Es ahora cuando te vas a manifestar y cuando vas a manifestar el reino de Israel? No os corresponde a vosotros conocer el momento que el Padre se ha reservado en su poder. ¿Qué es esto? Se le dice a Pedro: No os corresponde a vosotros; y ¿dices tú: «Me corresponde a mí»? No os corresponde a vosotros conocer el momento, que el Padre se ha reservado en su poder. Creéis, y creéis bien, que ha de venir. Mas ¿qué te importa cuándo ha de venir? Prepárate para cuando llegue. No os corresponde a vosotros conocer el momento que el Padre se ha reservado en su poder. ¡Retírese la curiosidad y preséntese la piedad! ¿Qué te importa a ti cuándo vendrá? Vive como si fuera a venir hoy y no temerás cuando llegue.

Con todo, considerad el procedimiento y la pedagogía del maestro bueno, maestro singular, maestro único. No les respondió a lo que le preguntaban, y sí a lo que no le habían preguntado. Sabía, en efecto, que no les convenía saber lo que le preguntaron; pero lo que sabía que les convenía, se lo dijo aun sin preguntárselo ellos… Recibiréis el poder del Espíritu Santo que vendrá sobre vosotros y seréis mis testigos. ¿Dónde? En Jerusalén. Esto era lo que lógicamente teníamos que escuchar, pues en estas palabras se anuncia la Iglesia, se pregona la Iglesia, se proclama la unidad y se condena la división. Se dijo a los apóstoles: Seréis mis testigos. Seréis mis testigos, se dice a los fieles, a los vasos de Dios, a los vasos de misericordia. ¿Dónde? En Jerusalén, donde me dieron muerte; en toda Judea, y Samaria, y hasta los confines de la tierra. Ved lo que habéis de oír y retener. Sed la esposa y esperad tranquilos al esposo. La esposa es la Iglesia…

Hermanos: con gran interés suelen escucharse las últimas palabras de un padre que está a punto de ir al sepulcro; ¿y se van a despreciar las últimas palabras del Señor antes de subir al cielo? Supongamos que nuestro Señor dejó un testamento escrito y que en ese testamento están sus últimas palabras. Previó, en efecto, las futuras disputas de sus malos hijos, previó a los hombres que intentarían hacer parcela propia lo que era posesión de otro. ¿Por qué no dividir entre sí lo que no compraron? ¿Por qué no partir aquello por lo que nada pagaron? Pero él no quiso que se dividiera la túnica inconsútil tejida de abajo arriba; recurrió al sorteo. En aquella prenda de vestir está simbolizada la unidad; en ella está anunciada la caridad: es ella misma, tejida de arriba abajo. De la tierra nace la ambición; de lo alto la caridad. Obrad en consecuencia, hermanos; el Señor dejó un testamento escrito; en él están sus últimas palabras. Examinadlo, os lo suplico; que os conmueva a vosotros como me conmueve a mí; que os conmueva, si es posible. (Sermón 265).

 

San León Magno:

El misterio de nuestra salvación, que el Creador del universo compró con el precio de su Sangre, se fue realizando desde el día de su nacimiento hasta el fin de su Pasión, con gran derroche de humildad. Y aunque bajo la forma de siervo, se manifestaron muchas señales de su divinidad, con todo, su manera de obrar  durante este tiempo estuvo encaminada a demostrar la verdad de su naturaleza humana. Pero, después de su Pasión, libre ya de las ataduras de la muerte, las cuales habían perdido su fuerza al sujetar a Aquel que estaba exento de todo pecado, la debilidad se convirtió en valor, la mortalidad en eternidad, la ignominia en gloria. Esta gloria la declaró nuestro Señor Jesucristo, mediante muchas y manifiestas pruebas en presencia de muchos, hasta que el triunfo de la victoria conseguida sobre la muerte fue patente con su Ascensión a los cielos. Así como en la solemnidad de Pascua la resurrección del Señor fue causa de nuestra alegría, así su ascensión a los cielos es igualmente para todos nosotros motivo del gozo presente, al conmemorar aquel día y celebrarlo como es debido, en el que la humildad de nuestra naturaleza, sentándose con Cristo, en compañía de Dios Padre, fue elevada sobre la milicia celestial y sobre los coros de los ángeles, y por encima de todas las potestades…

Para que nosotros pudiéramos hacernos sujetos capaces de semejante dicha, habiendo nuestro Señor Jesucristo cumplido todas las cosas referentes a la predicación evangélica y a los misterios del Nuevo Testamento, a los cuarenta días de su resurrección y a la vista de sus discípulos se elevó a los cielos y allí está en presencia corporal, sentado  a la diestra del Padre hasta que se cumplan los tiempos señalados por Dios para que la Iglesia se multiplique en sus hijos y venga a juzgar a los vivos y a los muertos con la misma carne en la cual subió a los cielos. Estos hechos de la vida de nuestro Redentor que eran bien patentes se convirtieron en misterios, y para que la fe fuera más excelente y firme, la enseñanza sucedió a la visión real, cuya autoridad seguirían los corazones de los creyentes iluminados por resplandores celestiales.

Esta fe, corroborada con la ascensión del Señor y fortalecida con los dones del Espíritu Santo, ni las cadenas, ni las cárceles, ni los destierros, ni el hambre, ni el fuego, ni los dientes de las fieras, ni los más exquisitos tormentos de los perseguidores la pudieron amedrentar. Por esta fe lucharon por todo el mundo y hasta derramar su sangre, no sólo varones, sino también mujeres y ni sólo niños de corta edad, sino hasta las tiernas doncellas. Esta fe arrojó a los demonios, libró de enfermedades, resucitó a los muertos. Así los mismos Apóstoles, que confirmados con tantos milagros e ilustrados con tantas enseñanzas, no obstante se atemorizaron ante la atrocidad de la pasión del Señor y que sólo después de muchas vacilaciones creyeron en la resurrección, se aprovecharon tanto de la ascensión del Señor, que todo cuanto antes les causaba miedo, después se convirtió en gozo. Desde aquel momento elevaron toda la contemplación de su alma a la  divinidad, sentada a la diestra del Padre y ya no les era obstáculo la vista  de su cuerpo para que la inteligencia, iluminada por la fe, creyera que Cristo, ni descendiendo, se había apartado del Padre, ni con su ascensión se había apartado de sus discípulos.

…Y estando los ojos de los discípulos llenos de admiración siguiendo sin pestañear al Señor que subía a los cielos, aparecieron dos ángeles resplandecientes por la blancura de sus vestidos, que dijeron: “Galileos, ¿qué hacéis ahí plantados mirando al cielo? El mismo Jesús que os ha dejado para subir al cielo volverá como le habéis visto marcharse”. Cuyas palabras enseñaban a todos los hijos de la Iglesia a creer que Jesucristo vendría visible con la misma carne con que había subido y no pudiese dudarse de que todas las cosas estaban sujetas a Aquel que desde su mismo nacimiento corporal había tenido a su servicio las milicias angélicas. Lo mismo que el Ángel anunció a la bienaventurada Virgen la concepción de Cristo por obra del Espíritu Santo, así al nacer de una Virgen fue la voz del cielo la que avisó a los pastores; y como su resurrección de entre los muertos fue dada a conocer por testimonio de ángeles, así también cuando venga a juzgar al mundo en su propia carne será proclamado por obra de los mismos ángeles, para que tengamos entendido cuántas potestades celestiales asistirán a Cristo cuando venga a juzgar si tantas le sirvieron cuando vino a ser juzgado.

Así, pues, hermanos míos, rebosemos de gozo espiritual y alabando a Dios con digna acción de gracias levantemos los ligeros ojos del corazón hasta aquella altura en la cual se encuentra Cristo. No abatan  afanes terrenos nuestros pensamientos invitados a lo alto, ni llenen las cosas caducas a los elegidos para las celestiales. (Sermón 74. De la Ascensión del Señor).

 

San Juan Crisóstomo:

Y, ¿qué clase de solemnidad es la presente? ¡Grande y veneranda, carísimos; y que sobrepasa todo sentido y entendimiento humano; y es digna de la munificencia de Dios que la instituyó!. Porque hoy el género humano fue reconciliado con Dios; hoy la perpetua y larguísima guerra y enemistad quedó borrada y suprimida; hoy nos volvió una paz admirable y nunca jamás esperada. Porque ¿quién podía esperar que Dios se reconciliara con el hombre? Y esto no porque Dios sea inhumano, sino porque el siervo es tardo y perezoso: ¡No porque el Señor sea cruel y duro, sino porque el siervo es contumaz e ingrato!…
Pero volvamos a lo que yo decía. De tan mala manera se portaba nuestro linaje anteriormente que estuvo en peligro de desaparecer de la tierra. Pues bien: nosotros, los que parecíamos indignos de vivir en la tierra, en este día hemos sido levantados al cielo. Los que no éramos dignos ni siquiera de mandar sobre la tierra, subimos al reino celeste allá arriba, entramos en el cielo y hemos obtenido un trono real y señorial. Y la naturaleza por culpa de la cual un Querubín quedó guardando el paraíso, esa ahora se sienta sobre todos los Querubines…

Pues, de tantos bienes, la causa es este día. Porque así como había tomado las primicias de nuestra naturaleza, así hoy las devolvió el Señor. Y, como sucede en los campos, que alguno forma un manojito con unas pocas espigas recogidas y lo ofrece a Dios y así todo el campo queda bendito con aquella pequeñez, así lo hizo Cristo, quien por medio de aquella su carne y primicias, procuró que fuera bendecido todo nuestro linaje. Pero dirá alguno: ¡si convenía que se ofrecieran primicias, debía haberse ofrecido aquel primer hombre que fue criado, porque las primicias son lo primero que se cosecha y lo primero que germina! ¡No, carísimo! ¡No son primicias ni han de estimarse tales, si ofrecemos el primer fruto exiguo y raquítico; sino cuando ofrecemos un fruto perfectamente logrado. Y pues aquel primer fruto se manchó con el pecado, por eso no fue ofrecido aun siendo el primero. Este otro, en cambio, exento estaba de pecado, y por esto fue ofrecido aunque vino después ¡porque en realidad éstas son las primicias!…

¿Ves, pues, cómo no se llaman primicias los frutos primeros que brotan, sino los ya sazones y perfectos? Esto lo hemos dicho por la carne que ofreció Cristo. Ofreció las primicias de nuestra naturaleza al Padre. Y de tal manera admiró al Padre el don que se le ofrecía, tanto por la dignidad del que lo ofrecía como por la pureza de lo que era ofrecido, que lo tomó con sus propias manos y lo colocó junto a sí, y le dijo: ¡Siéntate a mi diestra!…

¡Hoy recibieron los ángeles lo que hacía tiempo deseaban! ¡Hoy vieron los arcángeles lo que hacía tiempo anhelaban!.

¡Hoy vinieron a nuestra naturaleza en el trono real, brillante a la manera del rayo, por la gloria y la belleza inmortal! Porque, aunque nuestra naturaleza, por el honor que se le concedía superaba a todos, pero todos se alegraron de nuestro bien, del mismo modo que todos, cuando éramos castigados, se condolían.

Guando los Querubines custodiaban el paraíso, se dolían de nuestra caída. A la manera que un siervo a otro consiervo suyo, aprehendido y encarcelado por su señor, lo custodia, es verdad, y sin embargo, llevado de la conmiseración para su consiervo, se duele y se angustia por lo que le ha sucedido, del mismo modo los Querubines recibieron el paraíso para custodiarlo, pero se dolían de tener que custodiarlo… Porque esto es digno de admiración: que a pesar de que conocían los pecados de ellos y que habían ofendido a su Señor, con todo se condolían del castigo…

En confirmación de que tienen ellos nuestras cosas como propias, oye cuánto gozo tuvieron cuando vieron al Señor reconciliado con nosotros. Puesto que si antes no se hubieran condolido, tampoco se habrían después llenado de gozo y regocijo. Y que se alegraron es manifiesto por lo que dijo Cristo, que: Habrá gozo en el cielo (y en la tierra) por un pecador que hace penitencia. Pues si por un pecador que los ángeles ven que se convierte se alegran ¿cómo puede ser que no se alegren, y aun en sumo grado, cuando ven a toda la naturaleza humana metida en los cielos en las primicias de ella?

Conoce tú, también por otro capítulo, la alegría de las cohortes celestiales a causa de nuestra reconciliación. Porque cuando nuestro Señor nació según la carne, como vieran ellas, por ese mismo hecho, al hombre ya reconciliado, puesto que si Dios no sé hubiera reconciliado nunca se habría abajado en tal manera; pues, como esto vieran, formando coros acá en la tierra cantaban: ¡Gloria a Dios en las alturas y en la tierra paz a los hombres de buena voluntad!: precisamente aquellos hombres que anteriormente habían sido declarados enemigos e insensatos. ¿Has visto cómo alaban a Dios por los bienes de otros; o mejor dicho por los bienes propios, puesto que ellos estiman ser propios suyos nuestros bienes? ¿Quieres ver también cómo se alegraban de que alguna vez verían al hombre ascendiendo a los cielos y de ello se regocijaban? ¡Oye al mismo Cristo que dice que ascendían y descendían continuamente! Porque esto es lo propio de quienes desean algún admirable espectáculo! ¿De dónde consta que ellos continuamente ascendían y descendían? Oye a Cristo que dice: ¡Veréis los cielos abiertos, y a los ángeles de Dios que suben y bajan sobre el Hijo del Hombre!

¡Costumbre es ésta de los que aman: que no esperan al tiempo sino que anticipan el tiempo establecido, a causa de su alegría! Por esto descienden empujados por el deseo de contemplar aquel espectáculo inaudito y nuevo; es a saber al hombre que se muestra en el cielo. Por esto los ángeles se dejan ver en todas partes: cuando nació y cuando resucitó y también hoy cuando subió a los cielos. Porque dice el evangelista: He aquí que dos. . . en vestiduras blancas…: significaban con las vestiduras su alegría. Y dijeron a los discípulos: ¡Varones de Galilea! ¿Qué hacéis mirando al cielo? ¡Este Jesús que ha sido llevado al cielo de entre vosotros, así vendrá, como lo habéis visto ir al cielo!.

Ahora, atendedme con toda diligencia. ¿Por qué dicen eso? ¿Acaso porque los discípulos no tuvieran ojos o no hubieran visto lo que había sucedido? Pero ¿no dice el evangelista que viéndolo ellos se elevó? Entonces ¿por qué motivo se les acercan los ángeles y les enseñan que había subido a los cielos? Por estas dos causas. La primera, porque ellos se dolían de que Cristo se apartase de ellos… Pues por esto se les acercó el ángel para mitigar su dolor, nacido de aquel apartarse, mediante la memoria del regreso y así consolarlos.

Por esto les dice: ¡Este Jesús que ha sido llevado de entre vosotros al cielo, del mismo modo regresará! Como si les dijera: ¿Os doléis de que haya sido llevado? Pues no queráis doleros más, porque de nuevo regresará. Y para que no hicieran ellos lo que hizo Eliseo cuando vio que su Maestro era llevado, que rasgó sus vestiduras a causa de que no había nadie que le dijera que de nuevo había Elías de volver; pues para que no hicieran eso, se les acercaron los ángeles y aliviaron y consolaron su tristeza. Y ésta es la primera causa de que se presenten ahí los ángeles.

La segunda causa no es de menor importancia. Y por esto añadió: que ha sido llevado. ¿Qué significa esto? Que ha sido llevado a los cielos. Ingente era el intermedio y no basta la fuerza de nuestras miradas para ver que aquel cuerpo era llevado hasta el cielo; sino que, a la manera de una ave que anda volando, cuanto más alto vuela tanto más se sustrae a nuestras miradas, así aquel cuerpo, cuanto más alto era llevado tanto

más se escondía; puesto que no podían los ojos seguirlo con tan grande espacio puesto intermedio. Por esto, pues, se presentaron los ángeles; para adoctrinarlos acerca de su ascensión a los cielos; y para que no pensaran que El sólo aparentemente había subido a los cielos, al modo de Elías, sino que verdaderamente había subido a los cielos. Y por esto dice: El cual ha sido llevado de entre vosotros al cielo.

Porque no dijeron esto al acaso. Más aún: Elías fue aparentemente llevado al cielo, porque era siervo; pero Jesús lo fue de verdad porque era el Señor. Aquél lo fue en un carro de fuego, éste en una nube. Porque cuando había de ser llamado el siervo, convenía enviar un carro; pero cuando el Hijo, entonces un trono real; y no sólo un trono real, sino el trono mismo del Padre. Porque del Padre dice Isaías: ¡He aquí que el Señor se asienta en una nube ligera!  Pues así como Él se asienta en una nube ligera, así envió al Hijo una nube. Elías, al subir, dejó caer sobre Elíseo una piel de oveja. Pero Jesús, al subir, envió a sus discípulos dones de gracias, con los que hizo, no otro profeta, sino infinitos Elíseos y aún mucho mayores y más ilustres que aquél.

¡Levantémonos, pues, carísimos; y dirijamos los ojos de nuestra mente a este regreso! Porque Pablo dice: El mismo bajará de los cielos a una orden, a la voz del arcángel; y nosotros los vivos, los que quedamos, junto con ellos seremos arrebatados en las nubes al encuentro del Señor por los aires, pero no todos. Y que no todos seremos arrebatados, sino que unos quedarán y otros serán arrebatados, oye cómo lo dice Cristo: Entonces estarán dos moliendo en la misma piedra: una será tomada y otra dejada. Estarán dos en el mismo lecho y uno será tomado y el otro dejado. ¿Qué significa este enigma? ¿Qué significa este recóndito misterio? ¡Por la piedra de moler nos señala a todos los que viven en la pobreza y la miseria; por el lecho y el descanso a todos los que abundan en riquezas y brillan con honores! Y para indicar que de entre los pobres unos serán salvos y otros se condenarán, dijo que de la piedra de moler una será tomada y la otra dejada; y de los que estarán en el lecho, uno será tomado y otro dejado; para significar que los pecadores serán dejados aquí en espera de los suplicios, mientras que los justos serán arrebatados en una nube…

Quienes tienen conciencia de llevar bien su vida, perseveren en la piedad y aumenten constantemente ese excelente tesoro, añadiendo de continuo algo a su primera confianza. Y nosotros, los que andamos llenos de temor y desconfiamos de aquel ser arrebatados, y tenemos conciencia de haber cometido muchos pecados, cambiemos en mejor nuestra vida; a fin de que, habiendo llegado a la confianza misma de aquellos otros, todos juntamente y con un solo ánimo, recibamos, con la debida gloría, al Rey de los ángeles; y gocemos de aquella bienaventurada alegría en Cristo Jesús y Señor nuestro, a quien sea la gloria y el poder con el Padre y el Espíritu Santo, ahora y siempre y por los siglos de los siglos. Amén.
(Homilía 26. Homilía segunda sobre la Ascensión).

 

Últimas publicaciones

Dirección

Monasterio Cisterciense Ntra. Sra. de la Paz
Carril de los Vidales 20
30593 La Palma, Cartagena (Murcia)
Teléfono: 968 55 42 25
Website: http://monasteriodelapalma.es
Email: ocsomclp@gmail.com

Enlaces de interés