La Santísima Trinidad -CICLO B.-

  • 31 de mayo de 2015

SOLEMNIDAD DE LA SANTÍSIMA TRINIDAD

- CICLO B.-

 

PRIMERA LECTURA

Lectura del libro del Deuteronomio 4, 32-34. 39-40

Moisés habló al pueblo, diciendo: 
—«Pregunta, pregunta a los tiempos antiguos, que te han precedido, desde el 
día en que Dios creó al hombre sobre la tierra: ¿hubo jamás, desde un extremo al otro del cielo, palabra tan grande como ésta?;¿se oyó cosa semejante?;¿hay algún pueblo que haya oído, como tú has oído, la voz del Dios vivo, hablando desde el fuego, y haya sobrevivido?;¿algún Dios intentó jamás venir a buscarse una nación entre las otras por medio de pruebas, signos, prodigios y guerra, con mano fuerte y brazo poderoso, por grandes terrores, como todo lo que el Señor, vuestro Dios, hizo con vosotros en Egipto, ante vuestros ojos? 
Reconoce, pues, hoy y medita en tu corazón, que el Señor es el único Dios, allá 
arriba en el cielo, y aquí abajo en la tierra; no hay otro. Guarda los preceptos y 
mandamientos que yo te prescribo hoy, para que seas feliz, tú y tus hijos después de ti, y prolongues tus días en el suelo que el Señor, tu Dios, te da para siempre.» 

Palabra de Dios

 

SALMO

Salmo 32, 4-5. 6 y 9. 18-19. 20 y 22

R/. Dichoso el pueblo que el Señor se escogió como heredad.

La palabra del Señor es sincera, y todas sus acciones son leales; él ama la justicia y el derecho, y su misericordia llena la tierra. R/. 

La palabra del Señor hizo el cielo; el aliento de su boca, sus ejércitos, porque él lo dijo, y existió, él lo mandó, y surgió. R/. 

Los ojos del Señor están puestos en sus fieles, en los que esperan en su misericordia, para librar sus vidas de la muerte y reanimarlos en tiempo de hambre. R/. 
Nosotros aguardamos al Señor: él es nuestro auxilio y escudo; que tu misericordia, Señor, venga sobre nosotros, como lo esperamos de ti. R/. 

SEGUNDA LECTURA

Lectura de la carta del apóstol san Pablo a los Romanos 8, 14-17

Hermanos: 
Los que se dejan llevar por el Espíritu de Dios, ésos son hijos de Dios. 
Habéis recibido, no un espíritu de esclavitud, para recaer en el temor, sino un 
espíritu de hijos adoptivos, que nos hace gritar: «¡Abba!» (Padre). 
Ese Espíritu y nuestro espíritu dan un testimonio concorde: que somos hijos de 
Dios; y, si somos hijos, también herederos; herederos de Dios y coherederos con Cristo, ya que sufrimos con él para ser también con él glorificados. 

Palabra de Dios

 

EVANGELIO

Lectura del santo evangelio según san Mateo 28, 16-20

En aquel tiempo, los once discípulos se fueron a Galilea, al monte que Jesús les 
había indicado. Al verlo, ellos se postraron, pero algunos vacilaban. 
Acercándose a ellos, Jesús les dijo: 
—«Se me ha dado pleno poder en el cielo y en la tierra. Id y haced discípulos de todos los pueblos, bautizándolos en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo; y enseñándoles a guardar todo lo que os he mandado. Y sabed que yo estoy con vosotros todos los días, hasta el fin del mundo.» 

Palabra del Señor

 

 

COLLATIONES

La primera lectura concluye así: Reconoce, pues, hoy y medita en tu corazón, que el Señor es el único Dios, allá
arriba en el cielo, y aquí abajo en la tierra; no hay otro. Guarda los preceptos y mandamientos que yo te prescribo hoy, para que seas FELIZ,…”
Nos invita a reconocer que hay un único Dios y que nuestra felicidad está en guardar sus preceptos y mandamientos. San Agustin nos habla del error de los epicúreos que decían: «Para mí, el bien consiste en gozar de la carne». Y del error de los estoicos, que decían: «Para mí, el bien consiste en gozar de mi mente». Errores a los que el Apóstol Pablo respondía: «Para mí el bien consiste en estar unido a Dios». San Agustín nos explica en qué consiste la verdadera felicidad: “se equivoca el epicúreo: es falso que sea feliz el hombre que dispone del placer carnal; se engaña también el estoico: es falso también y completamente falaz que sea feliz el hombre que dispone de la virtud del alma. Feliz, pues, aquel cuya esperanza es el nombre del Señor”. Serás feliz pues, si guardas los preceptos y mandamientos que yo te prescribo hoy”. Y dirá San Agustín: “Esta es nuestra tarea durante esta vida: dar muerte con el espíritu a las obras de la carne; debilitarlas, disminuirlas, refrenarlas y darles muerte día a día”. Fijaos que dice “dar muerte con el espíritu”, pero “para que no se ensalce aquí el espíritu humano y se jacte de ser capaz y con fuerza para realizarlo, añade: “Pues quienes son movidos por el Espíritu de Dios, esos son los hijos de Dios”.

Pero para ser movidos por el Espíritu de Dios hemos de recibir la fe de la iglesia, pues como dice San Ireneo de Lyon: “(La Iglesia) Conserva una misma fe, como si tuviese una sola alma y un solo corazón, y la predica, enseña y transmite con una misma voz, como si no tuviese sino una sola boca”. La Iglesia está formada por los hijos de Dios, pero es el mismo Espíritu el que da testimonio a nuestro espíritu de que somos hijos de Dios, pues “la debilidad de nuestra razón nos hace incapaces de conocer al Padre y al Hijo y nos dificulta el creer en la encarnación de Dios, el Don que es el Espíritu Santo, con su luz, nos ayuda a penetrar en estas verdades.” (San Hilario).   Y, si somos hijos, también herederos; herederos de Dios y coherederos con Cristo”. “Los herederos de Dios somos de tal condición, que nuestra herencia es Dios mismo”. (San Agustín). Este Don, (que es el Espíritu Santo), está con nosotros hasta el fin del mundo (San Hilario).

San Gregorio de Nisa nos recuerda que en el santo Bautismo se nos imparte la gracia de la inmortalidad por la fe en el Padre y en el Hijo
y en el Espíritu Santo: “por la fe somos hechos dignos de esta gracia, así también esta gracia es imperfecta si en el bautismo de salvación es omitido el nombre de una cualquiera de las personas de la santísima Trinidad”. Porque como nos dice San Bernardo: “Ni puede estar el Padre sin el Hijo o el Hijo sin el Padre o sin los dos el que procede de ambos, el Espíritu Santo”. “El Padre es quien da, por mediación de aquel que es su Palabra, lo que el Espíritu distribuye a cada uno… Toda gracia o don que se nos da en la Trinidad se nos da por el Padre, a través del Hijo, en el Espíritu Santo.  Si no fuera por el Espíritu, somos extraños y estamos alejados de Dios, mientras que por la participación del Espíritu nos religamos a la divinidad. Así pues, el que nosotros estemos en el Padre no es cosa nuestra, sino del Espíritu que está en nosotros y permanece en nosotros todo el tiempo en que por la confesión (de fe) lo guardamos en nosotros”. (San Atanasio de Alejandría).

 “Trinidad increada, que está fuera del tiempo, santa, libre, igualmente digna de adoración: ¡único Dios que gobierna el mundo con triple esplendor!”. (San Gregorio nacianceno). ¡Alabanza y gloria a Ti, Trinidad Santísima, único y sumo Dios!.

 

Atenágoras de Atenas:

  Se podría pensar que nuestra doctrina es humana; pero son las palabras de los profetas las que dan credibilidad a nuestros razonamientos, y pienso que vosotros, que sois amicísimos del saber e instruidísimos, no dejáis de estar iniciados en los escritos de Moisés, de Isaías, de Jeremías y de los demás profetas, que saliendo de sus propios pensamientos y movidos del Espíritu divino, hablaron según eran movidos, pues el Espíritu se servía de ellos como el flautista de la flauta en que sopla. ¿Qué decían, pues, los profetas? “El Señor es nuestro Dios: ningún otro será tenido por Dios junto a él”. Y en otro lugar: “Yo soy Dios primero y después, y fuera de mí no hay otro Dios…”.

He mostrado, pues, suficientemente que no somos ateos: admitimos un solo Dios, increado, eterno, invisible, impasible, incomprensible, inmenso, que sólo puede ser alcanzado por la razón y la inteligencia, rodeado de luz, de belleza, de espíritu, de fuerza inexplicable. Por él ha sido hecho el universo, y ha sido ordenado y se conserva, por medio de su Verbo. Y creemos también en un Hijo de Dios, Que nadie tenga por ridículo eso de que Dios tenga un Hijo. Porque no pensamos sobre Dios Padre o sobre su Hijo a la manera de vuestros poetas que hacen fábulas en las que presentan a dioses que en nada son mejores que los hombres, sino que el Hijo de Dios es el Verbo del Padre en idea y operación, pues con relación a él y por medio de él fueron hechas todas las cosas, siendo el Padre y el Hijo uno solo. Y estando el Hijo en el Padre y el Padre en el Hijo, en unidad y potencia de espíritu, el Hijo de Dios es inteligencia y Verbo del Padre. Y si se os ocurre preguntar con vuestra extraordinaria inteligencia qué quiere decir “hijo,” os lo diré brevemente: El Hijo es el primer brote del Padre, pero no como hecho, ya que desde el principio Dios, que es inteligencia eterna, tenía en sí al Verbo y era eternamente racional, sino como procediendo de Dios cuando todas las cosas materiales eran naturaleza informe y tierra inerte y estaban mezcladas las más pesadas con las más ligeras, para ser sobre ellas idea y principio activo. Y concuerda con este razonamiento el Espíritu profético que dice: “El Señor me crió como principio de sus caminos para sus obras”. Y en verdad, el mismo Espíritu Santo que obra en los que hablan proféticamente, decimos que es una emanación de Dios, que emana y vuelve como un rayo de sol. Realmente uno no puede menos de maravillarse al oír llamar ateos a los que admiten a un Dios Padre, y a un Dios Hijo y a un Espíritu Santo, mostrando su potencia en la unidad y su distinción en el orden. (Súplica en favor de los cristianos).

Dídimo de Alejandría:

♦ En el bautismo nos renueva el Espíritu Santo como Dios que es, a una con el Padre y el Hijo, y nos devuelve desde el informe estado en que nos hallamos a la primitiva belleza, así como nos llena con su gracia de forma que ya no podemos ir tras cosa alguna que no sea deseable; nos libera del pecado y de la muerte; de terrenos, es decir, de hechos de tierra y polvo, nos convierte en espirituales, partícipes de la gloria divina, hijos y herederos de Dios Padre, configurados de acuerdo con la imagen de su Hijo, herederos con él, hermanos suyos, que habrán de ser glorificados con él y reinarán con él; en lugar de la tierra nos da el cielo y nos concede liberalmente el paraíso; nos honra más que a los ángeles; y con las aguas divinas de la piscina bautismal apaga la inmensa llama inextinguible del infierno.

En efecto, los hombres son concebidos dos veces, una corporalmente, la otra por el Espíritu divino. De ambas escribieron acertadamente los evangelistas, y yo estoy dispuesto a citar el nombre y la doctrina de cada uno.

Juan: A cuantos lo recibieron, les da poder para ser hijos de Dios, si creen en su nombre. Estos no han nacido de sangre, ni de amor carnal, ni de amor humano, sino de Dios. Todos aquellos, dice, que creyeron en Cristo recibieron el poder de hacerse hijos de Dios, esto es, del Espíritu Santo, para que llegaran a ser de la misma naturaleza de Dios. Y, para poner de relieve que aquel Dios que engendra es el Espíritu Santo, añadió con palabras de Cristo: Te lo aseguro, el que no nazca de agua y de Espíritu no puede entrar en el reino de Dios.

Así, pues, de una manera visible, la pila bautismal da a luz a nuestro cuerpo mediante el ministerio de los sacerdotes; de una manera espiritual, el Espíritu de Dios, invisible para cualquier inteligencia, bautiza en sí mismo y regenera al mismo tiempo cuerpo y alma, con el ministerio de los ángeles.

Por lo que el Bautista, históricamente y de acuerdo con esta expresión de agua y de Espíritu, dijo a propósito de Cristo: Él os bautizará con Espíritu Santo y fuego. Pues el vaso humano, como frágil que es, necesita primero purificarse con el agua y luego fortalecerse y perfeccionarse con el fuego espiritual (Dios es, en efecto, un fuego devorador): y por esto necesitamos del Espíritu Santo, que es quien nos perfecciona y renueva: este fuego espiritual puede, efectivamente, regar, y esta agua espiritual es capaz de fundir como el fuego. (Tratado sobre la santísima Trinidad; Lib 2, 12).

 

♦ Bautismo auténtico es el que, después de la aparición o visible manifestación del Hijo y del Espíritu Santo, ejerce su acción liberadora cada día o, mejor, a cada hora o, para expresarme con mayor exactitud, a cada momento; sobre todos los que descienden a las aguas bautismales; sobre todo tipo de pecado y para siempre. Además, este bautismo, a los que ya son hermanos por la gracia, los convierte en primogénitos y recién nacidos, sin exceptuar ni a los de corta edad ni a los de edad avanzada. Incluso a quienes —según la prudencia humana— no se les confían las riquezas terrenas por no ofrecer suficiente garantía de seguridad, bien por su escasa, bien por su excesiva edad, incluso a éstos se les hace entrega con plena seguridad de todo el patrimonio divino, hasta el punto de que cantan alborozados: El Señor es mi pastor, nada me falta: en verdes praderas me hace recostar; me conduce hacia fuentes tranquilas. Y: Preparas una mesa ante mí enfrente de mis enemigos; me unges la cabeza con perfume, y mi copa rebosa.

El mismo ángel que removía el agua era precursor del Espíritu Santo; y Juan es paralelamente llamado ángel del Señor, fue constituido precursor del Señor, y bautizaba en el agua. Y el crisma con que fueron ungidos Aarón y Moisés y posteriormente todos cuantos eran ungidos con la cuerna sacerdotal —y que por razón del crisma fueron denominados «cristos», es decir, ungidos—, eran tipo del crisma santificado que nosotros recibimos. Crisma que aunque fluya corporalmente, espiritualmente aprovecha. Pues tan pronto como la fe de la Trinidad beatísima desciende sobre nuestro corazón, la palabra del Espíritu sobre nuestra boca y el sello de Cristo brilla en nuestra frente; tan pronto como se ha recibido el bautismo y nos ha confirmado el crisma, inmediatamente –repito– encontramos propicia a la Trinidad, ella que es por naturaleza la dispensadora de todos los bienes; inmediatamente viene a nosotros, y en el mismo momento los espíritus inmundos se retiran de los que ya están limpios, cede el interés por los asuntos mundanos, huye de nosotros todo tipo de pasiones corporales, se nos perdonan todos los delitos, nuestros nombres son inscritos en libros indelebles, se nos dispensan los bienes celestiales: tanto, que la misma Trinidad, inefablemente generosa y próvida como es, queriendo ser el principio de toda obra buena, previene y antecede incluso nuestros proyectos de bondad.

Llamarán santos a todos los inscritos en Jerusalén entre los vivos; porque el Señor lavará la suciedad de los hijos y de las hijas de Sión, y fregará la sangre de en medio de ellos, con el soplo del juicio, con el soplo ardiente. En su primera carta, nos enseña Pedro que si antiguamente el bautismo, que no era sino una figura, salvaba, con mucha mayor razón el bautismo, que es la realidad, nos hace inmortales y nos deifica. Escribe, en efecto; Aquello fue un símbolo del bautismo que actualmente os salva: que no consiste en limpiar una suciedad corporal, sino en impetrar de Dios una conciencia pura, por la resurrección de Cristo Jesús, que llegó al cielo, se le sometieron los ángeles, autoridades y poderes, y está a la derecha de Dios.

Nosotros que vamos transformándonos en espirituales, no sólo vemos y percibimos estas cosas, sino que gratuitamente somos iluminados por el Espíritu Santo, y disfrutamos de ellas cada vez que participamos del Cuerpo de Cristo y degustamos la fuente de la inmortalidad. (Tratado sobre la Trinidad; Lib 2,14)

San Hilario de Poitiers:

El Señor mandó bautizar en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo, esto es, en la profesión de fe en el Creador, en el Hijo único y en el que es llamado Don.

Uno solo es el Creador de todo, ya que uno solo es Dios Padre, de quien procede todo; y uno solo el Hijo único, nuestro Señor Jesucristo, por quien ha sido hecho todo; y uno solo el Espíritu, que a todos nos ha sido dado.

Todo, pues, se halla ordenado según la propia virtud y operación: un Poder del cual procede todo, un Hijo por quien existe todo, un Don que es garantía de nuestra esperanza consumada. Ninguna falta se halla en semejante perfección; dentro de ella, en el Padre y el Hijo y el Espíritu Santo, se halla lo infinito en lo eterno, la figura en la imagen, la fruición en el don.

Escuchemos las palabras del Señor en persona, que nos describe cuál es la acción específica del Espíritu en nosotros; dice, en efecto: Muchas cosas me quedan por deciros, pero no podéis cargar con ellas por ahora. Os conviene, por tanto, que yo me vaya, porque, si me voy, os enviaré al Defensor.

Y también: Yo le pediré al Padre que os dé otro Defensor, que esté siempre con vosotros, el Espíritu de la verdad. Él os guiará hasta la verdad plena. Pues lo que hable no será suyo: hablará de lo que oye y os comunicará lo que está por venir. Él me glorificará, porque recibirá de mí.

Esta pluralidad de afirmaciones tiene por objeto darnos una mayor comprensión, ya que en ellas se nos explica cuál sea la voluntad del que nos otorga su Don, y cuál la naturaleza de este mismo Don: pues, ya que la debilidad de nuestra razón nos hace incapaces de conocer al Padre y al Hijo y nos dificulta el creer en la encarnación de Dios, el Don que es el Espíritu Santo, con su luz, nos ayuda a penetrar en estas verdades.

Al recibirlo, pues, se nos da un conocimiento más profundo. Porque, del mismo modo que nuestro cuerpo natural, cuando se ve privado de los estímulos adecuados, permanece inactivo (por ejemplo, los ojos, privados de luz, los oídos, cuando falta el sonido, y el olfato, cuando no hay ningún olor, no ejercen su función propia, no porque dejen de existir por la falta de estímulo, sino porque necesitan este estímulo para actuar), así también nuestra alma, si no recibe por la fe el Don que es el Espíritu, tendrá ciertamente una naturaleza capaz de entender a Dios, pero le faltará la luz para llegar a ese conocimiento. El Don de Cristo está todo entero a nuestra disposición y se halla en todas partes, pero se da a proporción del deseo y de los méritos de cada uno. Este Don está con nosotros hasta el fin del mundo; él es nuestro solaz en este tiempo de expectación. Tratado sobre la Trinidad (Lib 2, 1, 33.35)

San Gregorio de Nisa:

Como quiera que gracias al don de la santísima Trinidad se hacen partícipes de una fuerza vivificante los que, a partir de la muerte, son reengendrados a la vida eterna y por la fe son hechos dignos de esta gracia, así también esta gracia es imperfecta si en el bautismo de salvación es omitido el nombre de una cualquiera de las personas de la santísima Trinidad. En efecto, el misterio del segundo nacimiento no adquiere su plenitud en el solo nombre del Padre y del Hijo, sin el Espíritu Santo; ni tiene el bautismo capacidad de otorgarnos la vida perfecta en el solo nombre del Padre y del Espíritu, si se silencia al Hijo; ni en el Padre y el Hijo, omitido el Espíritu, se consuma la gracia de nuestra resurrección. Por eso tenemos depositada toda nuestra esperanza y la confianza de la salvación de nuestras almas en tres personas, que conocemos con estos nombres: creemos en el Padre de nuestro Señor Jesucristo, que es fuente de la vida; y en el Hijo unigénito del Padre, que es el autor de la vida, según afirma el Apóstol; y en el Espíritu Santo de Dios, del que dice el Señor: El Espíritu es quien da vida.

Y como quiera que a nosotros, redimidos de la muerte, se nos imparte en el bautismo —como acabamos de decir—la gracia de la inmortalidad por la fe en el Padre y en el Hijo y en el Espíritu Santo, basados en esta razón creemos no estar autorizados a admitir en la santísima Trinidad nada servil, nada creado, nada indigno de la majestad del Padre; toda vez que una sola es nuestra vida, vida que conseguimos por la fe en la santísima Trinidad, y que indudablemente fluye del Dios de todo lo creado, como de su fuente, que se difunde a través del Hijo y que se consuma en el Espíritu Santo.

Teniendo, pues, esto por cierto y por bien sentado, accedemos a recibir el bautismo tal como se nos ha ordenado; creemos tal como hemos sido bautizados; sentimos tal como creemos; de suerte que, sin discrepancia alguna, nuestro bautismo, nuestra fe y nuestro modo de sentir están radicados en el Padre, en el Hijo y en el Espíritu Santo.

Y todos cuantos, acomodándose a esta regla de verdad, confiesan tres personas y pía y religiosamente las reconocen en sus propiedades, y creen que existe una sola divinidad, una sola bondad, un solo principado, una sola potestad y un solo poder, ni abrogan la potencia de la monarquía, ni se dejan arrastrar a la confesión del politeísmo, ni confunden las personas, ni se forjan una Trinidad con elementos dispares y heterogéneos, sino que aceptan con simplicidad el dogma de fe, colocando toda la esperanza de su salvación en el Padre y en el Hijo y en el Espíritu Santo: todos estos comparten con nosotros una misma forma de pensar. Pedimos a Dios tener también nosotros parte con ellos en el Señor. (Carta 5)

San Atanasio de Alejandría:

⇒ Siempre resultará provechoso esforzarse en profundizar el contenido de la antigua tradición, de la doctrina y la fe de la Iglesia católica, tal como el Señor nos la entregó, tal como la predicaron los apóstoles y la conservaron los santos Padres. En ella, efectivamente, está fundamentada la Iglesia, de manera que todo aquel que se aparta de esta fe deja de ser cristiano y ya no merece el nombre de tal.

Existe, pues, una Trinidad, santa y perfecta, de la cual se afirma que es Dios en el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo, que no tiene mezclado ningún elemento extraño o externo, que no se compone de uno que crea y de otro que es creado, sino que toda ella es creadora, es consistente por naturaleza, y su actividad es única. El Padre hace todas las cosas a través del que es su Palabra, en el Espíritu Santo. De esta manera, queda a salvo la unidad de la santa Trinidad. Así, en la Iglesia se predica un solo Dios, que lo trasciende todo, y lo penetra todo, y lo invade todo. Lo trasciende todo, en cuanto Padre, principio y fuente; lo penetra todo, por su Palabra; lo invade todo, en el Espíritu Santo.

San Pablo, hablando a los corintios acerca de los dones del Espíritu, lo reduce todo al único Dios Padre, como al origen de todo, con estas palabras: Hay diversidad de dones, pero un mismo Espíritu; hay diversidad de ministerios, pero un mismo Señor; y hay diversidad de funciones, pero un mismo Dios que obra todo en todos.

El Padre es quien da, por mediación de aquel que es su Palabra, lo que el Espíritu distribuye a cada uno. Porque todo lo que es del Padre es también del Hijo; por esto todo lo que da el Hijo en el Espíritu es realmente don del Padre. De manera semejante, cuando el Espíritu está en nosotros, lo está también la Palabra, de quien recibimos el Espíritu, y en la Palabra está también el Padre, realizándose así aquellas palabras: El Padre y yo vendremos a él y haremos morada en él. Porque, donde está la luz, allí está también el resplandor; y donde está el resplandor, allí está también su eficiencia y su gracia esplendorosa.

Es lo que nos enseña el mismo Pablo en su segunda carta a los Corintios, cuando dice: La gracia del Señor Jesucristo, el amor de Dios y la comunión del Espíritu Santo esté siempre con todos vosotros. Porque toda gracia o don que se nos da en la Trinidad se nos da por el Padre, a través del Hijo, en el Espíritu Santo. Pues, así como la gracia se nos da por el Padre, a través del Hijo, así también no podemos recibir ningún don si no es en el Espíritu Santo, ya que, hechos partícipes del mismo, poseemos el amor del Padre, la gracia del Hijo y la comunión de este Espíritu. (Carta 1 a Serapión, 28-30)

 

⇒ Existe, pues, una Trinidad santa y completa, de la que se afirma que es Dios, en el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo. En ella todos y en todos: “sobre todos,” en cuanto Padre, principio y fuente; “por todos,” por el Verbo; “en todos,” en el Espíritu Santo. Es una verdadera Trinidad no sólo de nombre y por pura ficción verbal, sino en verdad y realidad. Así como el Padre el que es, así también su Verbo es el que es y Dios soberano. El Espíritu Santo no está privado de existencia real, sino que existe con verdadera realidad…

¿Cómo podemos nosotros estar en Dios, y Dios en nosotros? ¿Cómo nosotros formamos una cosa con él? ¿Cómo se distingue el Hijo en cuanto a su naturaleza de nosotros?… Escribe, pues, Juan lo siguiente: “En esto conocemos que permanecemos en él, y él en nosotros, en que nos ha dado de su Espíritu”. Así pues, por el don del Espíritu que se nos ha dado estamos nosotros en él y él en nosotros. Puesto que el Espíritu es de Dios, cuando él viene a nosotros con razón pensamos que al poseer el Espíritu estamos en Dios. Así está Dios en nosotros: no a la manera como el Hijo está en el Padre estamos también nosotros en el Padre, porque el Hijo no participa del Espíritu ni está en el Padre, por medio del Espíritu; ni recibe tampoco el Espíritu: al contrario, más bien lo distribuye a todos. Ni tampoco el Espíritu junta al Verbo con el Padre, sino que al contrario, el Espíritu es respectivo con respecto al Verbo. El Hijo está en el Padre como su propio Verbo y como su propio resplandor: nosotros, en cambio, si no fuera por el Espíritu, somos extraños y estamos alejados de Dios, mientras que por la participación del Espíritu nos religamos a la divinidad. Así pues, el que nosotros estemos en el Padre no es cosa nuestra, sino del Espíritu que está en nosotros y permanece en nosotros todo el tiempo en que por la confesión (de fe) lo guardamos en nosotros, como dice también Juan: “Si uno confiesa que Jesús es el Hijo de Dios, Dios permanece en él, y él en Dios”. ¿En qué, pues, nos asemejamos o nos igualamos al Hijo?… Una es la manera como el Hijo está en el Padre, y otra la manera como nosotros estamos en el Padre. Nosotros no seremos jamás como el Hijo, ni el Verbo será como nosotros, a no ser que se atrevan a decir… que el Hijo está en el Padre por participación del Espíritu y por merecimiento de sus obras, cosa cuyo solo pensamiento muestra impiedad extrema. Como hemos dicho, es el Verbo el que se comunica al Espíritu, y todo lo que el Espíritu tiene, lo tiene del Verbo…   (Oraciones contra Arrio).

San Gregorio Nacianceno:

Bien sé que, al hablar de Dios a los que le buscan, es como si quisiéramos atravesar el mar con pequeñas naves, o nos lanzáramos hacia el cielo constelado de estrellas, sostenidos por débiles alas. Porque queremos hablar de ese Dios que ni siquiera los habitantes del Cielo son capaces de honrar como conviene.

Sin embargo, Tú, Espíritu de Dios, trompeta anunciadora de la verdad, estimula mi mente y mi lengua para que todos puedan gozar con su corazón inmerso en la plenitud de Dios.

Hay un solo Dios, sin principio ni causa, no circunscrito por ninguna cosa preexistente o futura, infinito, que abraza el tiempo, grande Padre del grande y santo Hijo unigénito. Es Espíritu purísimo, que no ha sufrido en el Hijo nada de cuanto el Hijo ha sufrido en la carne (…).

Único Dios, distinto en la Persona pero no en la divinidad, es el Verbo divino. Él es la imagen viva del Padre, Hijo único de Aquél que no tiene principio, solo que procede del solo, igual hasta el punto de que mientras sólo Aquél es plenamente Padre, el Hijo es también creador y gobernador del mundo, fuerza e inteligencia del Padre.

Cantemos en primer lugar al Hijo, adorando la sangre que fue expiación de nuestros pecados. En efecto, sin perder nada de su divinidad, me salvó inclinándose, como médico, sobre mis heridas purulentas. Era mortal, pero era Dios; descendiente de David, pero creador de Adán; revestido de cuerpo, pero no partícipe de la carne. Tuvo madre, pero madre virgen; estuvo circunscrito, pero permaneció siempre inmenso. Fue víctima, pero también pontífice; sacerdote, y sin embargo era Dios. Ofreció a Dios su sangre y purificó el mundo entero. Fue alzado en la cruz, pero los clavos derrotaron al pecado. Se confundió entre los muertos, pero resucitó de la muerte y trajo a la vida a muchos que habían muerto antes que Él: en éstos se hallaba la pobreza del hombre, en Él la riqueza del Espíritu.

Alma, ¿por qué tardas? Canta también la gloria del Espíritu; no separes en tu discurso lo que la naturaleza no ha dividido. Temblemos ante el poderoso Espíritu, como delante de Dios; gracias a Él he conocido a Dios. Él, que me diviniza, es evidentemente Dios: es omnipotente, autor de dones diversos, el que suscita himnos en el coro de los santos, el que da la vida a los habitantes del cielo y de la tierra, el que reina en los cielos. Es fuerza divina que procede del Padre, no sujeto a ningún poder. No es hijo: uno solo, en efecto, es el Hijo santo del único Bien. Y no se encuentra fuera de la divinidad indivisible, sino que es igual en honor (…).

[Ésta es la] Trinidad increada, que está fuera del tiempo, santa, libre, igualmente digna de adoración: ¡único Dios que gobierna el mundo con triple esplendor! Mediante el Bautismo, soy regenerado como hombre nuevo por los Tres; y, destruida la muerte, avanzo en la luz, resucitado a una vida nueva. Si Dios me ha purificado, yo debo adorarlo en la plenitud de su Todo. (Poemas dogmáticos, 1, 2, 3).

San Ireneo de Lyon:

La Iglesia, extendida por el orbe del universo hasta los confines de la tierra, recibió de los Apóstoles y de sus discípulos la fe en un solo Dios Padre Soberano universal «que hizo los cielos y la tierra y el mar y todo cuanto hay en ellos» , y en un solo Jesucristo Hijo de Dios, encarnado por nuestra salvación, y en el Espíritu Santo, que por los profetas proclamó las Economías y el advenimiento, la generación por medio de la Virgen, la pasión y la resurrección de entre los muertos y la asunción a los cielos del amado Jesucristo nuestro Señor; y su advenimiento de los cielos en la gloria del Padre para recapitular todas las cosas y para resucitar toda carne del género humano; de modo que ante Jesucristo nuestro Señor y Dios y Salvador y rey, según el beneplácito del Padre invisible «toda rodilla se doble en el cielo, en la tierra y en los infiernos, y toda lengua lo confiese». El juzgará a todos justamente, los «espíritus del mal» y los ángeles que cayeron y a los hombres apostatas, impíos, injustos y blasfemos, para enviarlos al fuego eterno, y para dar como premio a los justos y santos que observan sus mandatos y perseveran en su amor, unos desde el principio, otros desde el momento de su conversión, para la vida incorruptible, y rodearlos de la luz eterna.

Como antes hemos dicho, la Iglesia recibió esta predicación y esta fe, y, extendida por toda la tierra, con cuidado la custodia como si habitara en una sola familia. Conserva una misma fe, como si tuviese una sola alma y un solo corazón, y la predica, enseña y transmite con una misma voz, como si no tuviese sino una sola boca. Ciertamente son diversas las lenguas, según las diversas regiones, pero la fuerza de la Tradición es una y la misma. Las iglesias de la Germania no creen de manera diversa ni transmiten otra doctrina diferente de la que predican las de Iberia o de los Celtas, o las del Oriente, como las de Egipto o Libia, así como tampoco de las iglesias constituidas en el centro del mundo; sino que, así como el sol, que es una criatura de Dios, es uno y el mismo en todo el mundo, así también la luz, que es la predicación de la verdad, brilla en todas partes e ilumina a todos los seres humanos que quieren venir al conocimiento de la verdad. Y ni aquel que sobresale por su elocuencia entre los jefes de la Iglesia predica cosas diferentes de éstas -porque ningún discípulo está sobre su Maestro, ni el más débil en la palabra recorta la Tradición: siendo una y la misma fe, ni el que mucho puede explicar sobre ella la aumenta, ni el que menos puede la disminuye”. (Contra las herejías I,10,1-2).

Tertuliano:

→ El Hijo promete que, cuando haya subido al Padre, le pedirá que envíe el Paráclito, y lo enviará. Nótese que es “otro.” Además dice: “El tomará de mí”, como él toma del Padre. De esta forma la conexión entre el Padre y el Hijo por una parte, y entre el Hijo y el Paráclito por otra, hace una serie coherente de tres en la que uno depende de otro. Estos tres son una sola cosa, pero no una sola persona (tres unum sunt, non unus)como está escrito: “Yo y el Padre somos una sola cosa”, con referencia a la unidad esencial, no a la individualidad numérica (ad substantiae unitatem, non ad numen singularitatem).

→ Dios profirió su palabra, como la raíz produce el retoño, la fuente el arroyo y el sol el rayo de luz… Y no tengo ningún reparo en usar estos nombres… porque todo origen es una paternidad, y todo lo que procede de un origen es engendrado: mucho más la Palabra de Dios, que, además, con toda propiedad recibió el nombre de Hijo. Sin embargo, ni el retoño se distingue de la raíz, ni el arroyo de la fuente, ni el rayo del sol, y así tampoco la Palabra se distingue de Dios. De acuerdo con estas imágenes, confieso admitir dos realidades, Dios y su Palabra, el Padre y el Hijo del mismo. Porque la raíz y el retoño son dos realidades, pero unidas; la fuente y el arroyo tienen dos formas, pero no están divididas; el sol y el rayo tienen dos modalidades, pero están juntas. Todo lo que procede de otro ha de ser necesariamente distinto de aquello de lo que procede, pero no ha de estar necesariamente separado. Cuando hay una nueva realidad hay dos realidades; cuando hay una tercera, hay tres realidades. Ahora bien, el Espíritu es una tercera realidad que procede del Padre y del Hijo, como el fruto es una tercera realidad procedente de la raíz y del retoño, y el río es una tercera realidad procedente de la fuente y del arroyo y el punto de luz es una tercera realidad con respecto al sol y a su rayo. Con todo, nada queda separado de la matriz de la que recibo sus propiedades. De esta suerte la Trinidad, procede del Padre en estadios bien trabados y conexos, sin que la defensa de la condición de su obra suponga un ataque a su realidad monárquica. Profeso la regla de fe por la que declaro que el Padre y el Hijo y el Espíritu son inseparados. (Adversas Praxean ; Contra Práxeas). 

Gregorio de Taumaturgo:

Hay un solo Dios, Padre del Verbo viviente, de la Sabiduría subsistente, del Poder y de la Imagen eterna; Engendrador perfecto del perfecto Engendrado, Padre del Hijo Unigénito. Hay un solo Señor, Único del Único, Dios de Dios, Figura (carácter) e Imagen de la Divinidad, Verbo Eficiente, Sabiduría que abraza todo el universo y Poder que crea el mundo entero, Hijo verdadero del verdadero Padre, Invisible del Invisible, Incorruptible del Incorruptible, Inmortal del Inmortal, Eterno del Eterno. Y hay un solo Espíritu Santo, que tiene su subsistencia de Dios y fue manifestado a los hombres por el Hijo: Imagen del Hijo, Imagen Perfecta del Perfecto, Vida, Causa de los vivientes, Manantial Sagrado, Santidad que comunica la santificación, en quien se manifiestan Dios Padre, que está por encima de todos y en todos, y Dios Hijo, que está a través de todos. Hay una Trinidad perfecta, en gloria y eternidad y majestad, que no está dividida ni separada. No hay, por consiguiente, nada creado ni esclavo en la Trinidad, ni tampoco nada sobreañadido, como si no hubiera existido en un período anterior y hubiera sido introducido más tarde. Y así ni al Padre le falló nunca el Hijo, ni el Espíritu Santo al Hijo, sino que, sin variación ni mudanza, la misma trinidad para siempre”. (Exposición de la fe). 

San Agustín:

La ley se estableció pensando en la trasgresión hasta que llegase la descendencia a quien se había hecho la promesa, dispuesta por los ángeles por manos de un mediador.

Ahora bien, el mediador no lo es de una sola persona: Dios, en cambio, es uno solo. ¿Qué significa que el mediador no lo es de una sola persona? Que, sin duda, el mediador se halla entre dos personas. Si Dios es uno solo y el mediador no lo es de una sola persona, ¿entre qué cosa y Dios está el mediador? En efecto, el mediador no lo es de una sola persona; Dios, en cambio, es uno sólo. En el mismo Apóstol encontramos entre qué cosa y qué cosa está el mediador, cuando dice: Pues Dios es uno y único el mediador entre Dios y los hombres, el hombre Cristo Jesús. Si no te hallaras caído, no tendrías necesidad del mediador; mas, puesto que lo estás y no puedes levantarte, Dios, en condición de mediador, te alarga en cierto modo su propio brazo. ¿A quién fue revelado el brazo del Señor? Por tanto, que nadie diga: «Puesto que no estamos bajo la ley, sino bajo la gracia, pequemos, pues, y hagamos lo que queramos». Quien esto dice ama la enfermedad, no la salud. La gracia es una medicina. Quien quiere estar siempre enfermo, se muestra ingrato con la medicina. Por lo tanto, hermanos, recibida la ayuda, alargado hasta nosotros desde lo alto el auxilio divino, el brazo del Señor y, por el mismo brazo del Señor, hecho llegar hasta nosotros el Espíritu Santo, no somos deudores de la carne para caminar según la carne. La fe no puede obrar bien si no es por el amor. Esa es la fe de los fieles, para que se distinga de la de los demonios, pues también los demonios creen, pero tiemblan. Así, pues, la fe digna de alabanza, la verdadera fe de la gracia es la que obra por amor. Mas para poseer el amor y poder obrar bien por medio de él, ¿acaso podemos otorgárnoslo a nosotros, siendo así que está escrito: La caridad de Dios, que ha sido derramada en nuestros corazones por el Espíritu Santo que se nos ha dado? La caridad hasta tal punto es don de Dios, que se la llama Dios, según dice el apóstol Juan: Dios es caridad, y quien permanece en caridad, permanece en Dios y Dios en él.

Por tanto, hermanos, no somos deudores de la carne, para vivir según la carne. Pues, si vivís según la carne, moriréis. No porque la carne sea mala, pues también ella es criatura de Dios y tiene el mismo creador que el alma. Ni la carne ni el alma son partes de Dios, sino que una y otra son criaturas suyas. Por lo mismo, la carne no es un mal, pero sí lo es vivir según la carne. Dios es el sumamente bueno, porque sumamente bueno es quien dice: Yo soy el que soy. Dios, pues, es el bien supremo; el alma es un gran bien, pero no el supremo. Cuando escuchas que Dios es el bien supremo, no pienses que se dice solamente del Padre; se dice del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo. Esta trinidad constituye una sola realidad, y Dios es único a la vez que supremo bien. Así, pues, no hay más que un Dios, y eso has de responder cuando te pregunten por la misma Trinidad. No vayas a pensar cuando oyes que hay un solo Dios que el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo son la misma persona. Esto no es cierto, pues el que en aquella Trinidad es Padre, no es Hijo; quien es Hijo, no es Padre; quien es Espíritu Santo no es ni Hijo ni Padre, sino Espíritu del Padre y, el mismo, Espíritu del Hijo. Uno mismo es el Espíritu Santo del Padre y del Hijo, eterno con el Padre y el Hijo, consustancial a ellos e igual. Esta Trinidad en su totalidad es un solo Dios sumamente bueno…

Algunos filósofos de este mundo pensaron que no existía otra felicidad que vivir según la carne y pusieron el bien del hombre en el placer corporal. Reciben el nombre de epicúreos, derivado de Epicuro, cierto autor, su maestro. Otros existen parecidos a ellos. Pero hubo también otros, orgullosos, que en cierto modo se apartaban de la carne y pusieron toda su esperanza de felicidad en su alma y el sumo bien en la propia virtud. Vuestro sentimiento piadoso ha reconocido la voz del salmo; sabéis, conocéis, os habéis dado cuenta de cómo el salmo se burla de quienes confían en su virtud. Tales fueron los filósofos llamados estoicos. Aquellos vivían según la carne, estos según el alma, pero ni los unos ni los otros vivían según Dios. Por ello, cuando el apóstol Pablo llegó a la ciudad de Atenas, donde estas sectas filosóficas hervían en afán de emulación, como se lee en los Hechos de los Apóstoles —y me alegro de que vosotros os adelantéis a mis palabras reconociendo y recordando cómo allí está escrito: Disputaron con él ciertos filósofos epicúreos y estoicosdiscutieron con él, que vivía según Dios, quienes vivían según la carne y quienes vivían según el alma. Decía el epicúreo: «Para mí, el bien consiste en gozar de la carne». El estoico: «Para mí, el bien consiste en gozar de mi mente». Y el Apóstol: Para mí el bien consiste en estar unido a Dios. Decía el epicúreo: «Dichoso aquel que dispone del placer de la carne». El estoico: «Más bien, dichoso aquel que dispone de la virtud de su alma». Y el Apóstol: Dichoso aquel cuya esperanza es el nombre del Señor. Se equivoca el epicúreo: es falso que sea feliz el hombre que dispone del placer carnal; se engaña también el estoico: es falso también y completamente falaz que sea feliz el hombre que dispone de la virtud del alma. Feliz, pues, aquel cuya esperanza es el nombre del Señor. Y puesto que aquellos, además de ser vanos, mienten, dice: Y no ha vuelto sus ojos a vanidades y necias mentiras.

Por lo tanto, hermanos, no somos deudores de la carne para vivir según la carne, como los epicúreos. Pero hasta el alma será carnal si quiere vivir según ella misma; piensa carnalmente y no se levanta por encima de ella. No tiene posibilidad de levantarse si no halla un brazo tendido. Si, pues, vivís según la carne. Pues donde se dijo: ¿Qué me va a hacer el hombre?, allí se dijo: ¿Qué me va a hacer la carne? Pues si vivís según la carne, moriréis. No con la muerte que consiste en la separación del cuerpo; pues ella os llegará aunque viváis según el espíritu. Moriréis con aquella otra muerte de la que el Señor, infundiendo terror, dice en el Evangelio: Temed a aquel que tiene poder para perder en la gehenna del juego tanto el alma como el cuerpo. Por consiguiente, si vivís según la carne, moriréis.

Si, en cambio, dais muerte a las obras de la carne, viviréis. Esta es nuestra tarea durante esta vida: dar muerte con el espíritu a las obras de la carne; debilitarlas, disminuirlas, refrenarlas y darles muerte día a día. ¡Cuántas cosas que antes deleitaban, dejan de hacerlo a medida que se progresa! Se le daba muerte cuando, aunque deleitaba, no se le daba consentimiento. Como ya no deleita, está muerto. Pisotea al muerto, pasa al vivo; pisotea al que yace en tierra, lucha con quien te ofrece resistencia. Ha muerto un deleite, pero se mantiene en vida otro; dale muerte también negándole tu consentimiento. Cuando comience a no deleitarte en absoluto, le has dado muerte. Esta es nuestra tarea, esta nuestra milicia. Mientras dirimimos esta batalla, tenemos a Dios de espectador, y si durante ella nos encontramos en apuros, le suplicamos que venga en nuestra ayuda, pues si él no nos ayuda, no podremos no digo vencer, ni siquiera luchar.

Dijo el Apóstol: Si dais muerte a las obras de la carne, viviréis, es decir, a las apetencias carnales. Negarles el consentimiento merece gran alabanza, pero la perfección está en carecer de ellas. Si dais muerte con el espíritu a estas obras malsanas de la carne que llevan consigo la lucha que viene de la muerte, viviréis. Aquí ya hay que temer que alguno vuelva a presumir de que su espíritu es capaz de dar muerte a las obras de la carne. En efecto, no sólo Dios es espíritu; también lo es tu alma y tu mente. Y cuando dices: Con la mente sirvo a la ley de Dios; con la carne, en cambio, a la ley del pecado, se debe a que el espíritu tiene deseos contrarios a los de la carne, y la carne, contrarios a los del espíritu. Por lo tanto, para que no presumas de que tu espíritu es capaz de dar muerte a las obras de la carne y no perezcas a causa de la soberbia, y te encuentres con que como a soberbio se te resiste, en lugar de concedérsete como a humilde la gracia, Dios resiste a los soberbios, y a los humildes, en cambio, da su gracia.

Así, pues, para que tal vez surja en ti esa soberbia, advierte cómo continúa. Después de haber dicho: Si dais muerte a las obras de la carne, viviréis, para que no se ensalce aquí el espíritu humano y se jacte de ser capaz y con fuerza para realizarlo, añade: Pues quienes son movidos por el Espíritu de Dios, esos son los hijos de Dios. ¿Por qué, entonces, ya querías ensalzarte al oír: Si dais muerte a las obras de la carne, viviréis? Estabas a punto de decir: «Esto lo puede mi voluntad, lo puede mi libre albedrío». ¿Qué voluntad? ¿Qué libre albedrío? Si Dios no te gobierna, vas a dar al suelo, y si él no te levanta, allí te quedas. ¿Cómo puedes hacerlo con tu espíritu si el Apóstol dice: Quienes son movidos por el Espíritu de Dios, esos son los hijos de Dios? ¿Quieres que sea obra tuya, quieres realizar tú lo que conduce a dar muerte a las obras de la carne? ¿De qué te sirve no ser epicúreo, si eres estoico? Tanto si eres epicúreo, como si eres estoico, no estarás entre los hijos de Dios. Quienes son movidos por el Espíritu de Dios, esos son los hijos de Dios. No lo son quienes viven según la carne, ni quienes viven según su espíritu; no lo son quienes son movidos por el placer carnal, ni los movidos por su espíritu, sino: quienes son movidos por el Espíritu de Dios, esos son los hijos de Dios.

Me dirá alguno: «Entonces no obramos nosotros, sino que otro obra en nosotros». Respondo: «Mejor, obras tú y otro obra en ti; y sólo obras bien cuando actúa en ti el que es bueno. El Espíritu de Dios que obra en ti, te ayuda cuando obras tú. Su mismo apelativo de auxiliador te indica que también tú haces algo. Reconoce lo que pides, reconoce lo que proclamas cuando dices: Sé mi auxiliador, no me abandones. Invocas ciertamente a Dios como auxiliador. Nadie recibe ayuda si él nada hace. Quienes son movidos por el Espíritu de Dios —dice— esos son los hijos de Dios: movidos, no por la letra, sino por el Espíritu; no por la ley que ordena, amenaza y promete, sino por el Espíritu que exhorta, ilumina y ayuda. Sabemos —dice el mismo Apóstol— que todo coopera para el bien de los que aman a Dios. Si tú no hicieses nada, él no sería tu colaborador»…

Quizá estabais a punto de decir: «También nos basta la ley». La ley infundió el temor, y ved lo que añadió al respecto el Apóstol. Tras haber dicho: Quienes son movidos por el Espíritu de Dios, esos son los hijos de Dios, puesto que cuando son movidos por el Espíritu de Dios, son movidos por la caridad —pues la caridad de Dios se ha derramado en nuestros corazones por el Espíritu Santo que se nos ha dado —prosiguió diciendo: No habéis recibido el espíritu de servidumbre para recaer de nuevo en el temor. ¿Qué significa de nuevo? Como con aquel insoportable y aterrador pedagogo. ¿Qué significa de nuevo? De forma idéntica a como en el Sinaí recibisteis el espíritu de servidumbre. Se me dirá que una cosa es el espíritu de servidumbre y otra el espíritu de libertad. Si fuera distinto no diría el Apóstol de nuevo. El espíritu es, pues, el mismo, pero en las tablas de piedra con temor, en las tablas del corazón con amor. Quienes estuvisteis presentes anteayer escuchasteis cómo el ruido, el fuego y el humo aterrorizaba al pueblo que se mantenía en pie a distancia y cómo, por el contrario, vino el Espíritu Santo, el mismo dedo de Dios, cincuenta días después de la sombra de la Pascua, y se posó en lenguas como de fuego sobre cada uno de los presentes. Pero esta vez no infundía temor, sino amor, para que seamos no siervos, sino hijos. En efecto, quien aún obra bien por temor al castigo, aún no ama a Dios, aún no se cuenta entre los hijos. Con todo, ¡ojalá que al menos tema el castigo! El temor es siervo, y la caridad, libre; y, para decirlo así, el temor es siervo de la caridad. No se adueñe el diablo de tu corazón; vaya el siervo delante y haga reserva del lugar de tu corazón para la dueña que ha de llegar. Haz el bien; hazlo al menos por temor del castigo, si aún no puedes hacerlo por amor a la justicia. Llegará la dueña, y entonces se retirará el esclavo, porque la caridad perfecta expulsa el temor. No habéis recibido el espíritu de servidumbre para recaer de nuevo en el temor. Estamos en el Nuevo Testamento, no en el Antiguo. Lo antiguo ha pasado, y todas las cosas se han renovado. Todo ello proviene de Dios.

¿Para concluir, cómo sigue? Como si preguntaras qué es lo que hemos recibido, dice: Sino que recibisteis el espíritu de adopción de hijos, por el que gritamos: Abba, ¡Padre! Al amor se le teme, al Padre se le ama. Recibisteis el espíritu de adopción de hijos, por el que gritamos: Abba, ¡Padre! Este es un grito que sale del corazón, no de la garganta, ni de los labios; suena interiormente, suena a los oídos de Dios. Así gritaba Susana, teniendo la boca cerrada y sin mover los labios. Sino que recibisteis el espíritu de adopción de hijos, por el que clamamos: Abba, ¡Padre! Grite el corazón: Padre nuestro, que estás en los cielos

 

El mismo Espíritu da testimonio a nuestro espíritu de que somos hijos de Dios. No es nuestro espíritu quien nos testimonia que somos hijos de Dios, sino el Espíritu de Dios; el anticipo da testimonio de lo que se nos ha prometido. El mismo Espíritu da testimonio a nuestro espíritu de que somos hijos de Dios.

Y si hijos, también herederos. Pues no somos hijos en vano. Esta es la recompensa: También herederos... Pero una herencia diferente de la de un padre humano, pues la deja a sus hijos, no la comparte con ellos y, sin embargo, se considera magnánimo y desea que se le den las gracias porque quiso dejar lo que no podía llevar consigo… Los herederos de Dios somos de tal condición, que nuestra herencia es Dios mismo, al que dice el salmo: El Señor es la parte de mi herencia. Herederos, en efecto, de Dios; si esto os parece poco, escuchad algo que aumente vuestra alegría: Herederos de Dios y coherederos con Cristo… (Sermón 156).

San Bernardo:

⊗ La ley del Señor es perfecta y convierte las almas. Porque es la única papaz  de arrancar al alma del amor de sí misma y del mundo, y volverla hacia Dios. Ni el temor ni el amor de sí mismo son capaces de convertir el alma. A veces cambian la expresión del rostro o la conducta exterior, más nunca los sentimientos. Los esclavos hacen algunas veces obras de Dios, pero no las realizan espontáneamente y les cuesta mucho. También los asalariados pero no lo hacen gratuitamente, y se dejan arrastrar por la codicia. Donde hay amor propio allí hay individualismo. Y donde hay individualismo hay rincones. Y donde hay rincones hay basura e inmundicia. La ley del siervo es el temor que le invade. La del asalariado es la codicia que le domina, le atrae y le distrae. Ninguna de estas leyes es pura y capaz de convertir las almas. La caridad, en cambio, convierte las almas y las hace también libres.

La llamo además inmaculada, porque no acostumbra retener nada de lo suyo. Ahora bien, cuando el hombre no tiene nada propio, todo lo que tiene es de Dios. Y lo que es de Dios no puede ser impuro. Por tanto, la ley inmaculada del Señor es la caridad, que no busca su propio provecho, sino el de los demás. Se llama ley del Señor, porque él mismo vive de ella, o porque nadie la posee si no la recibe gratuitamente de él. No es absurdo decir que Dios también vive según una ley, ya que esta ley es la caridad. ¿Qué es lo que conserva la soberana e inefable unidad en la beatísima y suma Trinidad sino la caridad? Ley es, en efecto, y ley del Señor la caridad, porque mantiene a la Trinidad en la unidad, y la enlaza con el vínculo de la paz. (Libro sobre el amor de Dios XII, 34).

 

⊗ Al Sumo Pontífice Inocencio, señor y padre amadísimo, el hermano Bernardo, abad de Clairvaux: con toda humidad.

Es muy conveniente que vuestro ministerio apostólico esté informado de los peligros y escándalos que surgen en el reino de Dios, particularmente los que se refieren a la fe. Porque, en mi opinión, el lugar donde mejor se pueden remediar los estragos de la fe es allí donde la fe no vacilará jamás…

Tenemos en Francia un sabio maestro y novel teólogo, muy versado desde su juventud en el arte de la dialéctica. Y ahora maneja sin el debido respeto, las Santas Escrituras. Está empeñado en dar nuevo impulso a los errores hace tiempo condenados y olvidados, tanto propios como ajenos, y se atreve a inventar otros nuevos…

Nuestro teólogo, …, dice: “¿Qué provecho sacamos con exponer la doctrina si no lo hacemos de manera inteligible?”. Por eso promete a sus oyentes hacerles comprender los misterios más sagrados y profundos de la fe. Y establece grados en la Trinidad, límites en la Majestad y números en la Eternidad. Declara que Dios Padre es el poder absoluto, que el Hijo tiene algún poder y que el Espíritu Santo no tiene ningún poder. La relación del Hijo con el Padre es como la de un poder relativo con el poder absoluto, como la especie con el género, como lo material con la materia, como el hombre con el animal o como un sello de metal con el metal.

¿No es éste peor que Arrio? ¿Se puede tolerar todo esto? ¿Quién es capaz de escuchar semejantes sacrilegios?¿Quién no se horroriza ante tales invenciones de palabras y opiniones? Dice también que es Espíritu Santo procede del Padre y del Hijo, pero que no es de la sustancia del uno ni del otro. ¿De dónde procede, pues?…

Una de dos: o confiesa, con la Iglesia, que el Espíritu Santo tiene la misma esencia que ellos, de los cuales no niega que proceda; o, lo mismo que Arrio, niega la consustancialidad y afirma que ha sido creado. Además, si el Hijo es de la sustancia del padre y el Espíritu Santo no, existirá una gran diferencia entre ellos. No sólo porque el Espíritu Santo no es engendrado, como el Hijo, sino también porque el Hijo es de la sustancia del Padre y el Espíritu Santo no lo es.

La Iglesia Católica nunca ha aceptado esta diferencia. Porque, si la admitimos, ¿qué sería de la Trinidad y de la Unidad?…

Ya ve vuestra Santidad cómo este polemista, por no decir alocado, destruye la Trinidad, divide la Unidad y ofende a la Majestad…

Pensaremos dignamente de la grandeza divina, en la medida de lo posible, si no admitimos disparidad alguna allí donde todo es íntegro; ni desunión, donde todo está entero; ni imperfección, donde todo es todo. El Padre es todo lo que es el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo; el Hijo es todo lo que es el Padre y el Espíritu Santo; y el Espíritu Santo es todo lo que es el Padre y el Hijo. Y este todo es un solo todo, ni mayor en los tres ni menor en cada uno de ellos. El bien sumo y verdadero que son ellos no se lo dividen entre sí, porque no lo poseen por participación, sino que son ese bien por esencia. Y cuando se dice que uno procede de otro, o que tienen relación con el otro, nos referimos a la distinción de las personas, no a la división de la esencia.

La sana doctrina católica permite hablar de uno y otro, en esta esencia inefable e incomprensible de la Divinidad, para distinguir las propiedades personales. Pero no se nos permite hablar de una cosa y de otra, sino de una sola y única realidad. La confesión de la Trinidad no debe atentar contra la Unidad ni la aceptación de la Unidad debe excluir las propiedades personales. (Carta 190, Errores de Pedro Abelardo).

 

⊗ 1¿Quién podrá vislumbrar toda la dulzura que encierran estas cuarto palabras: “Dios será todo para todos”? prescindiendo del cuerpo, percibo claramente en el alma la razón, la voluntad y la memoria: las tres constituyen su esencia. Todo el que vive guiado por el espíritu, sabe cuánto les falta para ser completas  y perfectas estas tres facultades, mientras vivimos en este mundo. ¿No será porque Dios no es todavía todo para todos? De aquí se deriva que la razón se engañe en sus juicios con tanta frecuencia, que la voluntad se vea sacudida por cuatro desórdenes, y que la memoria se desconcierte por sus muchos olvidos. La noble criatura se ve doblegada con este triple fracaso, no por gusto, aunque abriga una esperanza. Pues el que sacia de bienes todos los anhelos, será plenitud luminosa para la razón, torrente de paz para la voluntad, presencia eterna para la memoria. ¡Oh amor, verdad, eternidad!¡Santa y feliz Trinidad! Por ti suspira desde su desgracia esta mi trinidad, desgraciada por su infeliz destierro lejos de ti. ¡Con cuántos errores, sufrimientos y medos se enredó por separarse de ti! ¡Ay de mí! ¡Cómo hemos trastocado esta trinidad contra la tuya! Siento palpitar mi corazón, y me duele mi ser; me abandonan las fuerzas, y me estremezco; me falta hasta la luz de los ojos, y caído en el error. ¡Ay, trinidad de mi alma, te expatriaste al pecar y mira ahora tu gran desemejanza con la Trinidad!

¿Mas por qué te acongojas, alma mía, por qué te me turbas? Espera en Dios, que volverás  a alabarlo cuando se aleje de la razón el error, de la voluntad el sufrimiento, de la memoria todo temor, y les revele lo que esperamos: una maravillosa serenidad, una dulzura absoluta, una seguridad eterna. Lo primero será obra del Dios verdad, lo segundo del Dios amor y lo tercero del Dios omnipotencia. Así será Dios todo para todos, cuando la razón reciba la luz inextinguible, cuando la voluntad llegue a la paz imperturbable, cuando la memoria se acerque para siempre a la fuente inagotable.

Vosotros mismos sabéis asignar lo primero al Hijo, lo segundo al Espíritu Santo, lo tercero al Padre. Pero lo haréis sin sustraer nada de ello al Padre, o al Hijo, o al Espíritu Santo, de modo que la distinción de personas no menoscabe la plenitud, ni la perfección recaiga en detrimento de la propiedad. (Sobre el Cantar de los cantares, Sermón 11, 5-6).

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