Santísimo Cuerpo y Sangre de Cristo -CICLO B.-

7 de junio de 2015

SOLEMNIDAD DEL SANTÍSIMO CUERPO

Y SANGRE DE CRISTO

  • - CICLO B.-

 

PRIMERA LECTURA

Lectura del libro del Éxodo 24, 3-8

En aquellos días, Moisés bajó y contó al pueblo todo lo que había dicho el Señor y todos sus mandatos; y el pueblo contestó a una: 
—«Haremos todo lo que dice el Señor.» 
Moisés puso por escrito todas las palabras del Señor. Se levantó temprano y edificó un altar en la falda del monte, y doce estelas, por las doce tribus de Israel. Y mandó a algunos jóvenes israelitas ofrecer al Señor holocaustos, y vacas como sacrificio de comunión. Tomó la mitad de la sangre, y la puso en vasijas, y la otra mitad la derramó sobre el altar. Después, tomó el documento de la alianza y se lo leyó en alta voz al pueblo, el cual respondió: 
—«Haremos todo lo que manda el Señor y lo obedeceremos.» 
Tomó Moisés la sangre y roció al pueblo, diciendo: 
—«Ésta es la sangre de la alianza que hace el Señor con vosotros, sobre todos estos mandatos.» 

SALMO

Sal 115,12-13.15 y 16bc. 17-18

R/. Alzaré la copa de la salvación, invocando el nombre del Señor.

¿Cómo pagaré al Señor todo el bien que me ha hecho? Alzaré la copa de la salvación, invocando su nombre. R/. 
Mucho le cuesta al Señor la muerte de sus fieles. Señor, yo soy tu siervo, hijo de tu esclava; rompiste mis cadenas. R/. 
Te ofreceré un sacrificio de alabanza, invocando tu nombre, Señor. Cumpliré al Señor mis votos en presencia de todo el pueblo. R/. 

SEGUNDA LECTURA

Lectura de la carta a los Hebreos 9, 11-15

Hermanos: 
Cristo ha venido como sumo sacerdote de los bienes definitivos. Su tabernáculo 
es más grande y más perfecto: no hecho por manos de hombre, es decir, no de este mundo creado. 
No usa sangre de machos cabríos ni de becerros, sino la suya propia; y así ha 
entrado en el santuario una vez para siempre, consiguiendo la liberación eterna. 
Si la sangre de machos cabríos y de toros y el rociar con las cenizas de una 
becerra tienen el poder de consagrar a los profanos, devolviéndoles la pureza 
externa, cuánto más la sangre de Cristo, que, en virtud del Espíritu eterno, se ha ofrecido a Dios como sacrificio sin mancha, podrá purificar nuestra conciencia de las obras muertas, llevándonos al culto del Dios vivo. Por esa razón, es mediador de una alianza nueva: en ella ha habido una muerte que ha redimido de los pecados cometidos durante la primera alianza; y así los llamados pueden recibir la promesa de la herencia eterna. 

EVANGELIO

Lectura del santo evangelio según san Marcos 14, 12-16. 22-26

El primer día de los Ázimos, cuando se sacrificaba el cordero pascual, le dijeron 
a Jesús sus discípulos: 
—«¿Dónde quieres que vayamos a prepararte la cena de Pascua?» 
Él envió a dos discípulos, diciéndoles: 
—«Id a la ciudad, encontraréis un hombre que lleva un cántaro de agua;
seguidlo y, en la casa en que entre, decidle al dueño: “El Maestro pregunta: ¿Dónde está la habitación en que voy a comer la Pascua con mis discípulos?”
Os enseñará una sala grande en el piso de arriba, arreglada con divanes. 
Preparadnos allí la cena.» 
Los discípulos se marcharon, llegaron a la ciudad, encontraron lo que les había 
dicho y prepararon la cena de Pascua. 
Mientras comían, Jesús tomó un pan, pronunció la bendición, lo partió y se lo 
dio, diciendo: 
—«Tomad, esto es mi cuerpo.» 
Cogiendo una copa, pronunció la acción de gracias, se la dio, y todos bebieron. 
Y les dijo: 
—«Ésta es mi sangre, sangre de la alianza, derramada por todos. Os aseguro 
que no volveré a beber del fruto de la vid hasta el día que beba el vino nuevo en el reino de Dios.» 
Después de cantar el salmo, salieron para el monte de los Olivos. 

 

 

COLLATIONES

Cuando Moisés comunicó al pueblo los mandatos del Señor, el pueblo contestó a una: “Haremos todo lo que dice el Señor”. Moisés puso por escrito la alianza y la leyó en voz alta al pueblo que respondió: “Haremos todo lo que manda el Señor y le obedeceremos”. Después derramó sobre ellos la sangre del sacrificio, la sangre de la alianza que hacían con el Señor. Pero esa alianza será renovada por una alianza nueva y eterna que sellará Cristo con su Iglesia y en la que  la ofrenda a Dios es “el Cordero de Dios que quita el pecado del mundo”. Cristo “entregó por nuestra salvación todo cuanto tomó de nosotros. Porque, por nuestra reconciliación, ofreció, sobre el altar de la cruz, su cuerpo como víctima a Dios, su Padre, y derramó su sangre como precio de nuestra libertad y como baño sagrado que nos da, para que fuésemos liberados de una miserable esclavitud y purificados de todos nuestros pecados”. (Santo Tomás de Aquino). O como nos dice San León magno: “En la inmolación de Cristo, la Pascua pasara a ser el verdadero y único sacrificio, mediante el cual fue liberado, no un solo pueblo de la dominación del Faraón, sino todo el mundo de la cautividad del diablo”.

San Elredo nos habla de tres Pascuas, en la “primera pascua estaba prefigurada la pasión de Cristo, en la segunda se lleva a cabo la pasión, en la tercera se pone de manifiesto el fruto de dicha pasión en la potencia de la resurrección”. Hablándonos de la segunda, nos dice: “Se celebró otra Pascua cuando, no sólo los judíos, sino todo el género humano pasó de la muerte a la vida, del yugo del diablo al yugo de Cristo, de la esclavitud de las tinieblas a la libertad de la gloria de los hijos de Dios, del alimento inmundo de los vicios a aquel pan verdadero, verdadero pan de los ángeles, que dice de sí mismo: Yo soy el pan vivo que ha bajado del cielo”. Nos dirá San Ambrosio: “el alimento que tú recibes, este pan vivo que ha bajado del cielo, comunica el sostén de la vida eterna, y todo el que coma de él no morirá para siempre, porque es el cuerpo de Cristo”.

“Cristo instituyó este sacramento como el memorial perenne de su pasión, como el cumplimiento de las antiguas figuras y la más maravillosa de sus obras; y lo dejó a los suyos como singular consuelo en las tristezas de su ausencia”. (Santo Tomas de Aquino). “El mismo Verbo, ansiando ardientemente la salvación universal, les entregaba el misterio”. (Eusebio de Cesarea).

Digamos todos a una: “Haremos todo lo que manda el Señor y le obedeceremos”. Y lo que el Señor dijo fue: “Tomad esto es mi cuerpo”… “Esta es mi sangre, sangre de la alianza, derramada por todos. Os aseguro que no volveré a beber del fruto de la vid hasta el día que beba el vino nuevo en el reino de Dios”. Y nosotros “Haremos todo lo que dice el Señor”, porque como nos explica San Agustín: “al decir beberé con vosotros, también les promete la resurrección corporal para revestir la inmortalidad”. “Y cuando, al hablar de este producto de la vid, dice que también hay un vino nuevo, quiere dar a entender que estos mismos cuerpos que ahora morirán a causa de la vejez terrena, resucitarán asimismo según la renovación celestial”.

“Este es el viático de nuestro viaje, con el que nos alimentamos y nutrimos durante el camino de esta vida, hasta que saliendo de este mundo lleguemos a él; por eso decía el mismo Señor: Si no coméis mi carne y no bebéis mi sangre, no tenéis vida en vosotros”. (San Gaudencio de Brescia).

“Estamos firmemente persuadidos de que recibimos como alimento el cuerpo y la sangre de Cristo. Pues bajo la figura del pan se te da el cuerpo, y bajo la figura del vino, la sangre; para que, al tomar el cuerpo y la sangre de Cristo, llegues a ser un solo cuerpo y una sola sangre con él. Así, al pasar su cuerpo y su sangre a nuestros miembros, nos convertimos en portadores de Cristo. Y como dice el bienaventurado Pedro, nos hacemos partícipes de la naturaleza divina”. (San Cirilo de Jerusalén).

 

Eusebio de Cesarea:

Los seguidores de Moisés inmolaban el cordero pascual una vez al año, el día catorce del primer mes, al atardecer. En cambio, nosotros, los hombres de la nueva Alianza, que todos los domingos celebramos nuestra Pascua, constantemente somos saciados con el cuerpo del Salvador, constantemente participamos de la sangre del Cordero; constantemente llevamos ceñida la cintura de nuestra alma con la castidad y la modestia, constantemente están nuestros pies dispuestos a caminar según el evangelio, constantemente tenemos el bastón en la mano y descansamos apoyados en la vara que brota de la raíz de Jesé, constantemente nos vamos alejando de Egipto, constantemente vamos en busca de la soledad de la vida humana, constantemente caminamos al encuentro con Dios, constantemente celebramos la fiesta del «paso» (Pascua).

Y la palabra evangélica quiere que hagamos todo esto no sólo una vez al año, sino siempre, todos los días. Por eso, todas las semanas, el domingo, que es el día del Salvador, festejamos nuestra Pascua, celebramos los misterios del verdadero Cordero, por el cual fuimos liberados. No circuncidamos con cuchillo nuestro cuerpo, pero amputamos la malicia del alma con el agudo filo de la palabra evangélica. No tomamos ázimos materiales, sino únicamente los ázimos de la sinceridad y de la verdad. Pues la gracia que nos ha exonerado de los viejos usos, nos ha hecho entrega del hombre nuevo creado según Dios, de una ley nueva, de una nueva circuncisión, de una nueva Pascua, y de aquel judío que se es por dentro. De esta manera nos liberó del yugo de los tiempos antiguos.

Cristo, exactamente el quinto día de la semana, se sentó a la mesa con sus discípulos, y mientras cenaba, dijo: He deseado enormemente comer esta comida pascual con vosotros antes de padecer. En realidad, aquellas Pascuas antiguas o, mejor, anticuadas, que había comido con los judíos, no eran deseables; en cambio, el nuevo misterio de la nueva Alianza, de que hacía entrega a sus propios discípulos, con razón era deseable para él, ya que muchos antiguos profetas y justos anhelaron ver los misterios de la nueva Alianza. Más aún, el mismo Verbo, ansiando ardientemente la salvación universal, les entregaba el misterio. Y, que todos los hombres iban a celebrar en lo sucesivo, y declaraba haberlo él mismo deseado.

La pascua mosaica no era realmente apta para todos los pueblos, desde el momento en que estaba mandado celebrarla en lugar único, es decir, en Jerusalén, razón por la cual no era deseable. Por el contrario, el misterio del Salvador, que en la nueva Alianza era apto para todos los hombres, con toda razón era deseable.

En consecuencia, también nosotros debemos comer con Cristo la Pascua, purificando nuestras mentes de todo fermento de malicia, saciándonos con los panes ázimos de la verdad y la simplicidad, incubando en el alma aquel judío que se es por dentro, y la verdadera circuncisión, rociando las jambas de nuestra alma con la sangre del Cordero inmolado por nosotros, con miras a ahuyentar a nuestro exterminador. Y esto no una sola vez al año, sino todas las semanas.

Nosotros celebramos a lo largo del año unos mismos misterios, conmemorando con el ayuno la pasión del Salvador el sábado precedente, como primero lo hicieron los apóstoles cuando se les llevaron el Esposo. Cada domingo somos vivificados con el santo Cuerpo de su Pascua de salvación, y recibimos en el alma el sello de su preciosa sangre. (Tratado sobre la solemnidad de Pascua 7.9.10-12).

San Cirilo de Jerusalén:

Nuestro Señor Jesucristo, en la noche en que iban a entregarlo, tomó pan y, pronunciando la acción de gracias, lo partió y lo dio a sus discípulos, diciendo: “Tomad, comed; esto es mi cuerpo”. Y, después de tomar el cáliz y pronunciar la acción de gracias, dijo: “Tomad, bebed; ésta es mi sangre”. Si fue él mismo quien dijo sobre el pan: Esto es mi cuerpo, ¿quién se atreverá en adelante a dudar? Y si él fue quien aseguró y dijo: Ésta es mi sangre, ¿quién podrá nunca dudar y decir que no es su sangre?

Por lo cual estamos firmemente persuadidos de que recibimos como alimento el cuerpo y la sangre de Cristo. Pues bajo la figura del pan se te da el cuerpo, y bajo la figura del vino, la sangre; para que, al tomar el cuerpo y la sangre de Cristo, llegues a ser un solo cuerpo y una sola sangre con él. Así, al pasar su cuerpo y su sangre a nuestros miembros, nos convertimos en portadores de Cristo. Y como dice el bienaventurado Pedro, nos hacemos partícipes de la naturaleza divina.

En otro tiempo, Cristo, disputando con los judíos, dijo: Si no coméis mi carne y no bebéis mi sangre, no tenéis vida en vosotros. Pero como no lograron entender el sentido espiritual de lo que estaban oyendo, se hicieron atrás escandalizados, pensando que se les estaba invitando a comer carne humana.

En la antigua alianza existían también los panes de la proposición: pero se acabaron precisamente por pertenecer a la antigua alianza. En cambio, en la nueva alianza, tenemos un pan celestial y una bebida de salvación, que santifican alma y cuerpo. Porque del mismo modo que el pan es conveniente para la vida del cuerpo, así el Verbo lo es para la vida del alma.

No pienses, por tanto, que el pan y el vino eucarísticos son elementos simples y comunes: son nada menos que el cuerpo y la sangre de Cristo, de acuerdo con la afirmación categórica del Señor; y aunque los sentidos te sugieran lo contrario, la fe te certifica y asegura la verdadera realidad.

La fe que has aprendido te da, pues, esta certeza: lo que parece pan no es pan, aunque tenga gusto de pan, sino el cuerpo de Cristo; y lo que parece vino no es vino, aun cuando así lo parezca al paladar, sino la sangre de Cristo; por eso, ya en la antigüedad, decía David en los salmos: El pan da fuerzas al corazón del hombre y el aceite da brillo a su rostro; fortalece, pues, tu corazón comiendo ese pan espiritual, y da brillo al rostro de tu alma.

Y que con el rostro descubierto y con el alma limpia, contemplando la gloria del Señor como en un espejo, vayamos de gloria en gloria, en Cristo Jesús, nuestro Señor, a quien sea dado el honor, el poder y la gloria por los siglos de los siglos. Amén. (De las Catequesis de Jerusalén (Catequesis 22 [Mistagógica 4], 1.3-6.9)

San León Magno:

Y si cuando Israel salió de Egipto, la sangre del cordero les valió la recuperación de la libertad, y aquella fiesta se convirtió en algo sagrado, por haber alejado, mediante la inmolación de un animal, la ira del exterminador, ¿cuánto mayor gozo no debe inundar a los pueblos cristianos, por los que el Padre todopoderoso no perdonó a su Hijo unigénito, sino que lo entregó a la muerte por nosotros, de modo que, en la inmolación de Cristo, la Pascua pasara a ser el verdadero y único sacrificio, mediante el cual fue liberado, no un solo pueblo de la dominación del Faraón, sino todo el mundo de la cautividad del diablo. (Sermón 60 sobre la Pasión del Señor 2).

 

San Elredo de Rieval

Ya sabéis, carísimos hermanos, que en esta vida mortal nos es imposible celebrar la Pascua sin verduras amargas, es decir, sin la amargura de la vida. Como muy bien sabe vuestra caridad, Pascua significa «paso». Si no me falla la memoria, en las sagradas Escrituras encontramos un triple paso, correspondiente a tres pascuas. En efecto, cuando Israel salió de Egipto, se celebró la Pascua, realizándose el paso de los judíos a través del Mar Rojo, de la esclavitud a la libertad, de las ollas de carne al maná de los ángeles.

Se celebró otra Pascua cuando, no sólo los judíos, sino todo el género humano pasó de la muerte a la vida, del yugo del diablo al yugo de Cristo, de la esclavitud de las tinieblas a la libertad de la gloria de los hijos de Dios, del alimento inmundo de los vicios a aquel pan verdadero, verdadero pan de los ángeles, que dice de sí mismo: Yo soy el pan vivo que ha bajado del cielo.

Se celebrará gozosamente una tercera Pascua, cuando demos el paso de la mortalidad a la inmortalidad, de la corrupción a la incorrupción, de la miseria a la felicidad, de la fatiga al descanso, del temor a la seguridad. La primera es la pascua de los judíos, la segunda la de los cristianos, la tercera la de los santos y perfectos. En la pascua de los judíos se inmoló un cordero, en nuestra pascua es inmolado Cristo, finalmente, en la pascua de los santos y de los perfectos Cristo es glorificado. Considerad los grados y diferencias de estas solemnidades, considerad cómo Cristo opera nuestra salvación, él que alcanza con vigor de extremo a extremo y gobierna el universo con acierto.

Pues en la pascua judía se inmoló un cordero, pero según un lenguaje figurativo y arcano, en ese cordero es inmolado Cristo. En nuestra Pascua, Cristo es inmolado no en figura, sino en realidad. En la pascua de los santos y de los perfectos, Cristo ya no es inmolado, sino que más bien será manifestado. En aquella primera pascua estaba prefigurada la pasión de Cristo, en la segunda se lleva a cabo la pasión, en la tercera se pone de manifiesto el fruto de dicha pasión en la potencia de la resurrección. De esta forma, la sabiduría vence a la malicia.

En efecto, mi Señor Jesús, fuerza de Dios y sabiduría de Dios, venció con sabiduría, suavidad y vigor la malicia de aquella antigua serpiente. Porque la malicia es una taimada astucia, que genera y comprende dos vicios: la soberbia y la envidia. La soberbia es el origen de todo pecado y por la envidia del diablo entró la muerte en el mundo. Pues bien, a esta malicia que echó a perder todo el género humano, Cristo Jesús, mi Señor, sabiamente la venció por completo y de modo no menos fuerte que suave. (Sermón en el día de Pascua).

 

San Agustín:

 

♦  Las palabras que pronunció el Señor en el comienzo de su pasión: a partir de ahora no beberé este producto de la vid hasta el día en que beba el nuevo con vosotros en el reino de mi Padre, quieren dar a entender que este producto de la vid es añejo, puesto que, en contraposición, habla de un vino nuevo. Y dado que había tomado cuerpo de la descendencia de Adán, el llamado hombre viejo, y este cuerpo lo iba a entregar a la muerte (y lógicamente eso significa también su sangre mediante el misterio del vino), ¿qué es el vino nuevo sino la inmortalidad de los cuerpos renovados? Por lo cual, al decir beberé con vosotros, también les promete la resurrección corporal para revestir la inmortalidad. La circunstancia de compañía, con vosotros, no hay que interpretarla como identidad temporal, sino como identidad renovadora. El Apóstol dice, por otra parte, que también nosotros hemos resucitado con Cristo, para que la esperanza de una realidad futura nos proporcione un gozo presente. Y cuando, al hablar de este producto de la vid, dice que también hay un vino nuevo, quiere dar a entender que estos mismos cuerpos que ahora morirán a causa de la vejez terrena, resucitarán asimismo según la renovación celestial. Y si piensas que son los judíos la vid de cuya solera bebe este cáliz de la pasión, también queda significado que esta misma gente accederá al cuerpo de Cristo por medio de una renovación de vida, cuando, al irrumpir la plenitud de los gentiles, se salve la totalidad de Israel. (Cuestiones sobre los evangelios. LIBRO I, 43).

♦ Hay que advertir que el pueblo responde de nuevo así: Todas las palabras que ha dicho el Señor las haremos y las escucharemos. El orden parece exigir más bien que se hubiera dicho: «Las escucharemos y las haremos». Pero sería algo raro que aquí no hubiera algún sentido oculto. Porque si la palabra escucharemos se puso en lugar de «entenderemos», entonces es preciso dedicar primero a las palabras de Dios el trabajo de realizarlas para que él nos lleve a comprender aquellas cosas que el hombre hace por mandato de Dios, en razón de la devoción, pues no las desprecia, sino que las cumple. Pero conviene advertir si este pueblo se parece a aquel hijo que respondió a su padre que le mandaba una cosa: Iré a tu viña, y no fue. Pues los gentiles, que despreciaron totalmente al Señor, justificados luego por la obediencia de uno, que no buscaban la justicia, alcanzaron la justicia.

Hay que señalar que Moisés erigió un altar al pie del monte y doce piedras por las doce tribus de Israel. Se entiende que el altar erigido con doce piedras, significaba que el propio pueblo era el altar de Dios, como es el templo de Dios.

E inmolaron sacrificios de salvación para Dios. No dice «sacrificios salvadores», sino sacrificios de salvación, que corresponde al griego soteríon. Por eso, en el salmo se dice: Tomaré la copa de la salvación, y no se dice: «la copa salvadora». Por todo ello hay que prestar atención, no sea que se pretenda señalar a aquel de quien dijo Simeón: Porque mis ojos han visto tu salvación. A esto mismo alude el salmo, cuando dice: Anunciad bien su salvación de día en día. Si atendemos más profundamente al sentido, ¿qué significa la expresión: de día en día, sino la luz de luz, es decir, Dios de Dios, o lo que es lo mismo, el Hijo unigénito?

Tomando Moisés la mitad de la sangre, la derramó en una vasija, y la parte restante de la sangre la derramó junto al altar. Y tomando el libro de la alianza lo leyó a los oídos del pueblo. Hay que advertir que la Escritura dice aquí claramente que Moisés ofreció por primera vez un sacrificio desde que el pueblo salió de Egipto. Primeramente se había dicho de su suegro Jetró, aunque con alguna ambigüedad, que había ofrecido sacrificios a Dios. Y hay que señalar que el libro de la alianza se leía con la sangre del sacrificio. Debemos pensar que en ese libro se hallaban escritas aquellas justificaciones. Porque que el Decálogo de la ley fuera escrito en tablas de piedra se dio a conocer después.

Y dijeron: «Todo lo que ha dicho el Señor lo haremos y lo escucharemos». Es ya la tercera vez que el pueblo responde de esta manera. (CUESTIONES SOBRE EL HEPTATEUCO, libro 2).

San Ireneo de lyon:

Está claro que Dios no exigía a los judíos sacrificios y holocaustos, sino fe y obediencia y justicia, en orden a su salvación. En el profeta Óseas les muestra Dios lo que quería: “Prefiero la misericordia al sacrificio, y el conocimiento de Dios a los holocaustos…”. Y a sus discípulos les aconseja el Señor ofrecer a Dios las primicias de las criaturas que poseen, no porque él tenga necesidad de ellas, sino para que ellos no fueran estériles e ingratos. Y así tomó aquel pan que es parte de la creación, y dio gracias diciendo: Esto es mi cuerpo. Y de igual manera tomó el cáliz, que es parte de la misma creación de la que nosotros formamos parte, y proclamó ser su sangre, enseñando así la nueva oblación del nuevo Testamento. Esta oblación es la que la Iglesia, que la recibió de los apóstoles, ofrece en todo el mundo al Dios que nos da el alimento, como primicias de todos los dones que nos ha hecho en el nuevo Testamento. Sobre esto, Malaquías, uno de los doce profetas, profetizó lo siguiente: “Mi voluntad no está con vosotros, dice el Señor omnipotente, y no recibiré sacrificio de vuestras manos. Porque desde el oriente al poniente mi nombre es glorificado entre las naciones, y en todas partes se ofrece incienso a mi nombre y se hace un sacrificio puro, ya que mi nombre es grande entre las naciones, dice el Señor omnipotente”. Estas palabras indican con toda claridad que el pueblo más antiguo dejará de ofrecer sacrificios a Dios, y en cambio se le ofrecerá en todo lugar un sacrificio que será puro, y su nombre será glorificado entre las naciones…

La oblación de la Iglesia, que según la enseñanza del Señor se ofrece en todo el mundo, es tenida por Dios como un sacrificio puro y le es aceptable. No es que él necesite sacrificio alguno de nosotros, sino que más bien es el que ofrece un sacrificio, si su ofrenda es aceptada, el que queda con ello honrado. El que ofrece un regalo a un rey, tiene con ello una prueba de honor y de afecto (de parte de aquél)… Así pues, hemos de ofrecer a Dios las primicias de su creación, como dice Moisés: “No te presentarás vacío ante la presencia del Señor Dios tuyo”. De esta suerte, mostrándose agradecido con aquellas mismas cosas que ha recibido en don, el hombre recibe el honor que viene de Dios. Así pues, no es que se haya rechazado todo género de oblación: oblaciones tenían los judíos, y oblaciones tenemos nosotros; sacrificios tenía el pueblo judío, y sacrificios tiene la Iglesia. Sólo que se ha cambiado la forma, puesto que la oblación ya no la hacen esclavos, sino hombres libres. Uno y el mismo es el Señor: pero es distinta la forma de la oblación del esclavo y la de los libres, a fin de que aun en la forma de los sacrificios se manifieste la condición de la libertad. Porque en lo que se refiere a Dios no hay nada sin sentido, nada que no tenga su significado y su razón de ser. Por esta razón, aquellos consagraban los diezmos de sus bienes: pero los que han alcanzado la libertad todos sus bienes los tienen a disposición del Señor, y dan con alegría y liberalidad aquello que es menos, porque tienen la esperanza de bienes mayores, a la manera de aquella viuda pobre que echaba todo su sustento en las arcas de Dios.

Ofreciendo, pues, la Iglesia su oblación con simplicidad, su don es justamente tenido como sacrificio puro delante de Dios… Porque es conveniente que nosotros hagamos una oblación a Dios, mostrándonos en todo agradecidos para con el Creador, con una mente limpia, y una fe sin hipocresía, una esperanza firme y un amor ardiente, ofreciendo las primicias de las criaturas que son suyas. Sólo la Iglesia ofrece esta oblación pura al Creador, pues ella le ofrece en acción de gracias lo que es parte de su creación. Porque los judíos ya no hacen oblación, puesto que sus manos están llenas de sangre por no haber recibido al Verbo por medio del cual se hace la oblación a Dios. Como tampoco hacen oblación todas las congregaciones de herejes: porque unos afirman que existe otro Padre distinto del Creador, y por tanto, si ofrecen a aquél lo que es de nuestra creación, lo presentan como ávido de lo que no es suyo y codicioso de lo ajeno. Por otra parte, los que dicen que nuestro mundo procede de un defecto, una ignorancia o una pasión, si ofrecen lo que es fruto de ignorancia, pasión o defecto, pecan contra su Padre, y lejos de darle gracias, más bien le hacen ultraje. ¿Cómo podrán admitir que el pan sobre el que se han dado gracias es el cuerpo de su Señor, y el cáliz es su sangre, si no admiten que él es Hijo del Creador del mundo, es decir, su Verbo, por el cual el árbol da su fruto, manan las fuentes, y la tierra produce primero la hierba, luego la espiga y luego el grano lleno en la espiga? Asimismo, ¿cómo pueden afirmar que la carne pasa a corromperse y no recibe la vida, si admiten que se alimenta del cuerpo y de la sangre del Señor? En consecuencia, o han de cambiar de opinión, o se han de abstener de ofrecer los dones que hemos dicho. En cambio nuestras creencias están en armonía con la eucaristía, y a su vez la eucaristía es confirmación de nuestras creencias. Porque ofrecemos lo que es de él, proclamando de una manera consecuente la comunicación y la unidad que se da entre la carne y el Espíritu. Y así como el pan que procede de la tierra al recibir la invocación de Dios ya no es pan común, sino eucaristía, compuesta de dos cosas, la terrena y la celestial, así también nuestros cuerpos, cuando han recibido la eucaristía, ya no son corruptibles, sino que tienen la esperanza de la resurrección.

Así pues, le hacemos nuestra oblación, no porque él necesite de ella, sino como acción de gracias por sus dones y como consagración de lo creado. Dios no necesita de nuestras cosas, pero nosotros sí necesitamos ofrecer algo a Dios, como dice Salomón: “El que hace misericordia con un pobre, hace un préstamo a Dios”. Porque Dios, que no necesita de nada, acepta nuestras buenas acciones para podernos dar en recompensa sus bienes. Así lo dice nuestro Señor: “Venid, benditos de mi Padre, recibid el reino que os ha sido preparado. Porque tuve hambre, y me disteis de comer; tuve sed, y me disteis de beber”. En efecto, aunque no tiene necesidad de estas cosas, por nuestro bien quiere que nosotros las hagamos, a saber, para que no seamos estériles. De manera semejante el Verbo dio al pueblo judío el precepto de hacer sacrificios, aunque no tenía necesidad de ellos, a fin de que aprendiera a servir a Dios. E igualmente quiere que nosotros ofrezcamos también nuestro don sobre el altar frecuentemente y sin intermisión. Porque hay un altar en los cielos, y es allí adonde tienden nuestras oraciones y nuestros sacrificios; y hay allí un templo, como dice Juan en el Apocalipsis: “Y se abrió el templo de Dios”  y hay un tabernáculo, pues dice: “He ahí el tabernáculo de Dios, en el cual cohabitará con los hombres”. Todos los dones, oblaciones y sacrificios, los tenía el pueblo judío en figura, como le fue mostrado a Moisés en el monte por obra de uno y el mismo Dios, cuyo nombre es ahora glorificado por todos los pueblos en la Iglesia, Porque convenía que las cosas terrenas que fueron dispuestas para bien nuestro, fuesen figura de las cosas celestiales, siendo unas y otras obra de un mismo Dios. No había otra manera de hacer una imagen de las cosas espirituales…

Son absolutamente vanos los que desprecian todo el plan de Dios, negando la salvación de la carne y no admitiendo su regeneración, alegando que no es capaz de incorrupción. Porque si ésta no se salva, habrá que decir que tampoco el Señor nos redimió con su sangre, y que el cáliz de la eucaristía tampoco es la comunión de su sangre, y que el pan que partimos tampoco es la comunión con su cuerpo. Porque no hay sangre si no es de las venas y las carnes y de la restante sustancia del hombre: y es haciéndose verdaderamente de esta sustancia como el Verbo de Dios nos redimió con su sangre, como dice su Apóstol: “En él tenemos redención, por medio de su sangre, y remisión de los pecados”. Porque somos miembros suyos, y nos alimentamos de las criaturas. Y las criaturas es él quien nos las da, haciendo salir su sol, y haciendo llover como quiere. Él proclamó que el cáliz que procede de la creación es su propia sangre, con la cual irriga la nuestra. Y él confirmó que el pan de la creación es su propio cuerpo, con el cual da incremento a nuestros cuerpos. Así pues, en cuanto el cáliz de vino templado y el pan amasado reciben la palabra de Dios y se hace eucaristía del cuerpo de Cristo, la sustancia de nuestra carne recibe de ella incremento y la asimila. ¿Cómo dicen, pues, que la carne no puede recibir el don de Dios que es la vida eterna, si se alimenta del cuerpo y de la sangre del Señor y es miembro suyo? El bienaventurado Pablo dice en la carta a los Efesios: “Porque somos miembros de su cuerpo, de su carne, de sus huesos”; y esto no lo dice de un hombre espiritual e invisible, “porque un espíritu no tiene huesos ni carnes”  sino de la constitución del hombre real, que está compuesto de carne y de nervios y de huesos. Éste es el que se alimenta de su cáliz, que es sangre de Cristo, y crece con el pan que es su cuerpo.

Y así como el tronco de la vid puesto en la tierra da fruto en el tiempo apropiado, y el grano de trigo, al caer en la tierra y descomponerse, surge multiplicado por el Espíritu de Dios que mantiene todas las cosas, de suerte que luego por la sabiduría de Dios puede, ser puesto a uso del hombre, y recibiendo la palabra de Dios se convierte en la eucaristía, que es el cuerpo y la sangre de Cristo; así también nuestros cuerpos que se alimentan con ella, y son puestos en la tierra, y se descomponen en ella, resurgirán a su propio tiempo, cuando la palabra del Señor les haga el don de la resurrección para gloria de Dios Padre. Él es quien confiere en verdad la inmortalidad a lo que es mortal, y regala la incorrupción a lo corruptible, porque el poder de Dios se cumple en la debilidad. Y así no podemos hincharnos como si tuviéramos la vida de nosotros mismos, ni podemos levantarnos contra Dios concibiendo un pensamiento de ingratitud: al contrario, habiendo aprendido por experiencia que la capacidad de permanecer para siempre la tenemos de la generosidad de Dios y no de nuestra propia naturaleza, no nos apartemos de la gloria de Dios tal como es, ni ignoremos nuestra propia naturaleza, sino que al contrario, consideremos hasta dónde llega el poder de Dios y cuál es el beneficio que el hombre recibe. Así no nos engañaremos en la concepción verdadera de la realidad de lo que existe, es decir de Dios y de los hombres… (Contra los herejes).

 

San Ambrosio de Milán:

Es, ciertamente, admirable el hecho de que Dios hiciera llover el maná para los padres y los alimentase cada día con aquel manjar celestial, del que dice el salmo: El hombre comió pan de ángeles. Pero los que comieron aquel pan murieron todos en el desierto; en cambio, el alimento que tú recibes, este pan vivo que ha bajado del cielo, comunica el sostén de la vida eterna, y todo el que coma de él no morirá para siempre, porque es el cuerpo de Cristo.

Considera, pues, ahora qué es más excelente, si aquel pan de ángeles o la carne de Cristo, que es el cuerpo de vida. Aquel maná caía del cielo, éste está por encima del cielo; aquél era del cielo, éste del Señor de los cielos; aquél se corrompía si se guardaba para el día siguiente, éste no sólo es ajeno a toda corrupción, sino que comunica la incorrupción a todos los que lo comen con reverencia. A ellos les manó agua de la roca, a ti sangre del mismo Cristo; a ellos el agua los sació momentáneamente, a ti la sangre que mana de Cristo te lava para siempre. Los judíos bebieron y volvieron a tener sed, pero tú, si bebes, ya no puedes volver a sentir sed, porque aquello era la sombra, esto la realidad.

Si te admira aquello que no era más que una sombra, mucho más debe admirarte la realidad. Escucha cómo no era más que una sombra lo que acontecía con los padres: Bebían —dice el Apóstol— de la roca que los seguía, y la roca era Cristo; pero la mayoría de ellos no agradaron a Dios, pues sus cuerpos quedaron tendidos en el desierto. Estas cosas sucedieron en figura para nosotros. Los dones que tú posees son mucho más excelentes, porque la luz es más que la sombra, la realidad más que la figura, el cuerpo del Creador más que el maná del cielo.

Vemos que el poder de la gracia es mayor que el de la naturaleza y, con todo, aún hacemos cálculos sobre los efectos de la bendición proferida en nombre de Dios. Si la bendición de un hombre fue capaz de cambiar el orden natural, ¿qué diremos de la misma consagración divina, en la que actúan las palabras del Señor y Salvador en persona? Porque este sacramento que recibes se realiza por la palabra de Cristo. Y si la palabra de Elías tuvo tanto poder que hizo bajar fuego del cielo, ¿no tendrá poder la palabra de Cristo para cambiar la naturaleza de los elementos? Respecto a la creación de todas las cosas, leemos que él lo dijo, y existieron; él lo mandó, y surgieron. Por tanto, si la palabra de Cristo pudo hacer de la nada lo que no existía, ¿no podrá cambiar en algo distinto lo que ya existe? Mayor poder supone dar el ser a lo que no existe que dar un nuevo ser a lo que ya existe.

Mas, ¿para qué usamos de argumentos? Atengámonos a lo que aconteció en su propia persona, y los misterios de su encarnación nos servirán de base para afirmar la verdad del misterio. Cuando el Señor Jesús nació de María, ¿por ventura lo hizo según el orden natural? El orden natural de la generación consiste en la unión de la mujer con el varón. Es evidente, pues, que la concepción virginal de Cristo fue algo por encima del orden natural. Y lo que nosotros hacemos presente es aquel cuerpo nacido de una virgen. ¿Por qué buscar el orden natural en el cuerpo de Cristo, si el mismo Señor Jesús nació de una virgen, fuera de las leyes naturales? Era real la carne de Cristo que fue crucificada y sepultada; es, por tanto, real el sacramento de su carne.

El mismo Señor Jesús afirma: Esto es mi cuerpo. Antes de las palabras de la bendición celestial, otra es la realidad que se nombra; después de la consagración, es significado el cuerpo de Cristo. Lo mismo podemos decir de su sangre. Antes de la consagración, otro es el nombre que recibe; después de la consagración, es llamada sangre. Y tú dices: «Amén», que equivale a decir: «Así es». Que nuestra mente reconozca como verdadero lo que dice nuestra boca, que nuestro interior asienta a lo que profesamos externamente.

Por esto, la Iglesia, contemplando la grandeza del don divino, exhorta a sus hijos y miembros de su familia a que acudan a los sacramentos, diciendo: Comed, mis familiares, bebed y embriagaos, hermanos míos. Compañeros, comed y bebed, y embriagaos, mis amigos. Qué es lo que hay que comer y beber, nos lo enseña en otro lugar el Espíritu Santo por boca del salmista: Gustad y ved qué bueno es el Señor, dichoso el que se acoge a él. En este sacramento está Cristo, porque es el cuerpo de Cristo. No es, por tanto, un alimento material, sino espiritual. Por ello, dice el Apóstol, refiriéndose a lo que era figura del mismo, que nuestros padres comieron el mismo alimento espiritual, y bebieron la misma bebida espiritual. En efecto, el cuerpo de Dios es espiritual, el cuerpo de Cristo es un cuerpo espiritual y divino, ya que Cristo es Espíritu, tal como leemos: El espíritu ante nuestra faz, Cristo, el Señor. Y en la carta de Pedro leemos también: Cristo murió por vosotros. Finalmente, este alimento fortalece nuestro corazón, y esta bebida alegra el corazón del hombre, como recuerda el salmista. (Tratado sobre los misterios (47-49.52-54.58).

San Gaudencio de Brescia:

Uno solo murió por todos; y este mismo es quien ahora por todas las Iglesias, en el misterio del pan y del vino, inmolado, nos alimenta; creído, nos vivifica; consagrado, santifica a los que lo consagran.

Esta es la carne del Cordero, ésta la sangre. El pan mismo que descendió del cielo dice: El pan que yo daré es mi carne para la vida del mundo. También su sangre está bien significada bajo la especie del vino, porque, al declarar él en el Evangelio: Yo soy la verdadera vid, nos da a entender a las claras que el vino que se ofrece en el sacramento de la pasión es su sangre; por eso, ya el patriarca Jacob había profetizado de Cristo, diciendo: Lava su ropa en vino y su túnica en sangre de uvas. Porque habrá de purificar en su propia sangre nuestro cuerpo, que es como la vestidura que ha tomado sobre sí.

El mismo Creador y Señor de la naturaleza, que hace que la tierra produzca pan, hace también del pan su propio cuerpo (porque así lo prometió y tiene poder para hacerlo), y el que convirtió el agua en vino hace del vino su sangre.

Es la Pascua del Señor, dice la Escritura, es decir, su paso, para que no se te ocurra pensar que continúe siendo terreno aquello por lo que pasó el Señor cuando hizo de ello su cuerpo y su sangre.

Lo que recibes es el cuerpo de aquel pan celestial y la sangre de aquella sagrada vid. Porque, al entregar a sus discípulos el pan y el vino consagrados, les dijo: Esto es mi cuerpo; esto es mi sangre. Creamos, pues, os pido, en quien pusimos nuestra fe. La verdad no sabe mentir.

Por eso, cuando habló a las turbas estupefactas sobre la obligación de comer su cuerpo y beber su sangre, y la gente empezó a murmurar, diciendo: Este modo de hablar es duro, ¿quién puede hacerle caso?, para purificar con fuego del cielo aquellos pensamientos que, como dije antes, deben evitarse, añadió: El espíritu es quien da vida; la carne no sirve de nada. Las palabras que os he dicho son espíritu y son vida.

El sacrificio celeste instituido por Cristo constituye efectivamente la rica herencia del nuevo Testamento que el Señor nos dejó, como prenda de su presencia, la noche en que iba a ser entregado para morir en la cruz.

Este es el viático de nuestro viaje, con el que nos alimentamos y nutrimos durante el camino de esta vida, hasta que saliendo de este mundo lleguemos a él; por eso decía el mismo Señor: Si no coméis mi carne y no bebéis mi sangre, no tenéis vida en vosotros.

Quiso, en efecto, que sus beneficios quedaran entre nosotros, quiso que las almas, redimidas por su preciosa sangre, fueran santificadas por este sacramento, imagen de su pasión; y encomendó por ello a sus fieles discípulos, a los que constituyó primeros sacerdotes de su Iglesia, que siguieran celebrando ininterrumpidamente estos misterios de vida eterna; misterios que han de celebrar todos los sacerdotes de cada una de las Iglesias de todo el orbe, hasta el glorioso retorno de Cristo. De este modo los sacerdotes, junto con toda la comunidad de creyentes, contemplando todos los días el sacramento de la pasión de Cristo, llevándolo en sus manos, tomándolo en la boca y recibiéndolo en el pecho, mantendrán imborrable el recuerdo de la redención.

El pan, formado de muchos granos de trigo convertidos en flor de harina, se hace con agua y llega a su entero ser por medio del fuego; por ello resulta fácil ver en él una imagen del cuerpo de Cristo, el cual, como sabemos, es un solo cuerpo formado por una multitud de hombres de toda raza, y llega a su total perfección por el fuego del Espíritu Santo.

Cristo, en efecto, nació del Espíritu Santo y, como convenía que cumpliera todo lo que Dios quiere, entró en el Jordán para consagrar las aguas del bautismo, y después salió del agua lleno del Espíritu Santo, que había descendido sobre él en forma de paloma, como lo atestigua el evangelista: Jesús, lleno del Espíritu Santo, volvió del Jordán.

De modo semejante, el vino de su sangre, cosechado de los múltiples racimos de la viña por él plantada, se exprimió en el lagar de la cruz y bulle por su propia fuerza en los vasos generosos de quienes lo beben con fe.

Los que acabáis de libraros del poder de Egipto y del Faraón, que es el diablo, compartid en nuestra compañía, con toda la avidez de vuestro corazón creyente, este sacrificio de la Pascua salvadora; para que el mismo Señor nuestro, Jesucristo, al que reconocemos presente en sus sacramentos, nos santifique en lo más íntimo de nuestro ser: cuyo poder inestimable permanece por los siglos. (Tratado 2)

 

San Fulgencio de Ruspe:

Cuando ofrecemos nuestro sacrificio, realizamos aquello mismo que nos mandó el Salvador; así nos lo atestigua el Apóstol, al decir: El Señor Jesús, en la noche en que iban a entregarlo, tomó pan y, pronunciando la acción de gracias, lo partió y dijo: «Esto es mi cuerpo, que se entrega por vosotros. Haced esto en memoria mía». Lo mismo hizo con el cáliz, después de cenar, diciendo: «Este cáliz es la nueva alianza sellada con mi sangre; haced esto cada vez que lo bebáis, en memoria mía». Por eso, cada vez que coméis de este pan y bebéis del cáliz, proclamáis la muerte del Señor, hasta que vuelva.

Nuestro sacrificio, por tanto, se ofrece para proclamar la muerte del Señor y para reavivar, con esta conmemoración, la memoria de aquel que por nosotros entregó su propia vida. Ha sido el mismo Señor quien ha dicho: Nadie tiene amor más grande que el que da la vida por sus amigos. Y, porque Cristo murió por nuestro amor, cuando hacemos conmemoración de su muerte en nuestro sacrificio, pedimos que venga el Espíritu Santo y nos comunique el amor; suplicamos fervorosamente que aquel mismo amor que impulsó a Cristo a dejarse crucificar por nosotros sea infundido por el Espíritu Santo en nuestros propios corazones, con objeto de que consideremos al mundo como crucificado para nosotros, y nosotros sepamos vivir crucificados para el mundo; así, imitando la muerte de nuestro Señor, como Cristo murió al pecado de una vez para siempre, y su vivir es un vivir para Dios, también nosotros andemos en una vida nueva, y, llenos de caridad, muertos para el pecado, vivamos para Dios.

El amor de Dios ha sido derramado en nuestros corazones con el Espíritu Santo que se nos ha dado, y la participación del cuerpo y sangre de Cristo, cuando comemos el pan y bebemos el cáliz, nos lo recuerda, insinuándonos, con ello, que también nosotros debemos morir al mundo y tener nuestra vida escondida con la de Cristo en Dios, crucificando nuestra carne con sus concupiscencias y pecados.

Debemos decir, pues, que todos los fieles que aman a Dios y a su prójimo, aunque no lleguen a beber el cáliz de una muerte corporal, deben beber, sin embargo, el cáliz del amor del Señor, embriagados con el cual, mortificarán sus miembros en la tierra y, revestidos de nuestro Señor Jesucristo, no se entregarán ya a los deseos y placeres de la carne ni vivirán dedicados a los bienes visibles, sino a los invisibles. De este modo, beberán el cáliz del Señor y alimentarán con él la caridad, sin la cual, aunque haya quien entregue su propio cuerpo a las llamas, de nada le aprovechará. En cambio, cuando poseemos el don de esta caridad, llegamos a convertirnos realmente en aquello mismo que sacramentalmente celebramos en nuestro sacrificio.  (Tratado contra Fabiano (Cap 28, 16-19)

 

Santo Tomás de Aquino:

El Hijo único de Dios, queriendo hacernos partícipes de su divinidad, tomó nuestra naturaleza, a fin de que, hecho hombre, divinizase a los hombres.

Además, entregó por nuestra salvación todo cuanto tomó de nosotros. Porque, por nuestra reconciliación, ofreció, sobre el altar de la cruz, su cuerpo como víctima a Dios, su Padre, y derramó su sangre como precio de nuestra libertad y como baño sagrado que nos da, para que fuésemos liberados de una miserable esclavitud y purificados de todos nuestros pecados.

Pero, a fin de que guardásemos por siempre jamás en nosotros la memoria de tan gran beneficio, dejó a los fieles, bajo la apariencia de pan y de vino, su cuerpo, para que fuese nuestro alimento, y su sangre, para que fuese nuestra bebida.

¡Oh banquete precioso y admirable, banquete saludable y lleno de toda suavidad! ¿Qué puede haber, en efecto, de más precioso que este banquete en el cual no se nos ofrece, para comer, la carne de becerros o de machos cabríos, como se hacía antiguamente, bajo la ley, sino al mismo Cristo, verdadero Dios?

No hay ningún sacramento más saludable que éste, pues por él se borran los pecados, se aumentan las virtudes y se nutre el alma con la abundancia de todos los dones espirituales.

Se ofrece, en la Iglesia, por los vivos y por los difuntos, para que a todos aproveche, ya que ha sido establecido para la salvación de todos.

Finalmente, nadie es capaz de expresar la suavidad de este sacramento, en el cual gustamos la suavidad espiritual en su misma fuente y celebramos la memoria del inmenso y sublime amor que Cristo mostró en su pasión.

Por eso, para que la inmensidad de este amor se imprimiese más profundamente en el corazón de los fieles, en la última cena, cuando, después de celebrar la Pascua con sus discípulos, iba a pasar de este mundo al Padre, Cristo instituyó este sacramento como el memorial perenne de su pasión, como el cumplimiento de las antiguas figuras y la más maravillosa de sus obras; y lo dejó a los suyos como singular consuelo en las tristezas de su ausencia. (Opúsculo 57, en la fiesta del Cuerpo de Cristo (Lect 1-4)

 

San Basilio el Grande:

El distintivo de los cristianos es esto: tener limpio de toda mancha el cuerpo y el espíritu con la Sangre de Cristo y practicar la santidad en el temor de Dios y en el amor de Cristo; y no tener defectos ni algo semejante, sino ser santos e inmaculados y entonces comer el Cuerpo de Cristo y tomar su Sangre.

Cuando alguien comulga, no comprendiendo el significado por el cual se recibe la comunión del Cuerpo y de la Sangre de Cristo, no tiene ningún beneficio; y quien indignamente comulga está juzgado. Por lo tanto quien comiera el pan o bebiera el cáliz del Señor indignamente, será culpable del Cuerpo y de la Sangre del Señor, examínese cada uno a sí mismo antes de comer el pan y beber el cáliz y luego coma este pan y beba este cáliz, porque aquel que come y bebe no distinguiendo el Cuerpo del Señor, será condenado.

Comulgar cotidianamente es obra buena y muy útil. Porque Cristo claramente dijo: “Porque mi Carne es verdadera comida y mi sangre es verdadera bebida”. (El tesoro espiritual, parte I, art.4).

San Justino:

A nadie es lícito participar de la eucaristía si no cree que son verdad las cosas que enseñamos y no se ha purificado en aquel baño que da la remisión de los pecados y la regeneración, y no vive como Cristo nos enseñó.

Porque no tomamos estos alimentos como si fueran un pan común o una bebida ordinaria, sino que, así como Cristo, nuestro Salvador, se hizo carne por la Palabra de Dios y tuvo carne y sangre a causa de nuestra salvación, de la misma manera hemos aprendido que el alimento sobre el que fue recitada la acción de gracias que contiene las palabras de Jesús, y con que se alimenta y transforma nuestra sangre y nuestra carne, es precisamente la carne y la sangre de aquel mismo Jesús que se encarnó.

Los apóstoles, en efecto, en sus tratados llamados Evangelios, nos cuentan que así les fue mandado, cuando Jesús, tomando pan y dando gracias, dijo: Haced esto en conmemoración mía. Esto es mi cuerpo; y luego, tomando del mismo modo en sus manos el cáliz, dio gracias y dijo: Esto es mi sangre, dándoselo a ellos solos. Desde entonces seguimos recordándonos siempre unos a otros estas cosas; y los que tenemos bienes acudimos en ayuda de los que no los tienen, y permanecemos unidos. Y siempre que presentamos nuestras ofrendas alabamos al Creador de todo por medio de su Hijo Jesucristo y del Espíritu Santo.

El día llamado del sol se reúnen todos en un lugar, lo mismo los que habitan en la ciudad que los que viven en el campo, y, según conviene, se leen los tratados de los apóstoles o los escritos de los profetas, según el tiempo lo permita.

Luego, cuando el lector termina, el que preside se encarga de amonestar, con palabras de exhortación, a la imitación de cosas tan admirables.

Después nos levantamos todos a la vez y recitamos preces; y a continuación, como ya dijimos, una vez que concluyen las plegarias, se trae pan, vino y agua: y el que preside pronuncia fervorosamente preces y acciones de gracias, y el pueblo responde Amén; tras de lo cual se distribuyen los dones sobre los que se ha pronunciado la acción de gracias, comulgan todos, y los diáconos se encargan de llevárselo a los ausentes.

Los que poseen bienes de fortuna y quieren, cada uno da, a su arbitrio, lo que bien le parece, y lo que se recoge se deposita ante el que preside, que es quien se ocupa de repartirlo entre los huérfanos y las viudas, los que por enfermedad u otra causa cualquiera pasan necesidad, así como a los presos y a los que se hallan de paso como huéspedes; en una palabra, él es quien se encarga de todos los necesitados.

Y nos reunimos todos el día del sol, primero porque este día es el primero de la creación, cuando Dios empezó a obrar sobre las tinieblas y la materia; y también porque es el día en que Jesucristo, nuestro Salvador, resucitó de entre los muertos. Le crucificaron, en efecto, la víspera del día de Saturno, y al día siguiente del de Saturno, o sea el día del sol, se dejó ver de sus apóstoles y discípulos y les enseñó todo lo que hemos expuesto a vuestra consideración.  (Primera apología en defensa de los cristianos (Caps 66-67).

San Cirilo de Alejandría:

Pues por estar unida (la carne) al Verbo vivificador, se ha hecho toda vivificadora, levantada ella a la potencia del que es superior (el Verbo), no habiendo forzado ella hacia su propia naturaleza al que por ningún lado puede ser vencido. Y así, por más que la naturaleza de la carne sea impotente, por cuanto a ella hace, para vivificar, pero obrará esto teniendo el Verbo vivificador y llevando en sí toda la potencia del Verbo. Pues es cuerpo de la que es vida por naturaleza y no de uno cualquiera de los hombres, acerca del cual con razón valdría aquello: la carne de nada aprovecha. Porque no obrará en nosotros esto la carne de Pablo, por ejemplo, ni la de Pedro, o bien la de cualquier otro; la sola excepción es la carne de Cristo, nuestro Salvador, en el cual habitó toda la plenitud de la divinidad corporalmente…

Todo su propio cuerpo llena (Cristo) con la potencia vivificadora del Espíritu. Y así llama ya espíritu a su carne, y no porque eche abajo el que es carne, sino  por estar ésta sumamente unida a él por revestir toda su fuerza vivificadora de él, debiendo ya ser llamada también espíritu…

Aquí tenemos que considerar que Cristo no dice que estará en nosotros solamente con cierta relación de afecto, sino también con una participación carnal o física. Porque así como cuando uno junta dos trozos de cera y los derrite por medio del fuego, de los dos se forma una sola cosa, así también por la participación del cuerpo de Cristo y de su preciosa sangre, Él se une a nosotros y nosotros nos unimos a Él. Porque lo que por su naturaleza es corruptible, no puede vivificarse de otro modo que uniéndose corporalmente al cuerpo del que es vida por su propia naturaleza, es decir, del Unigénito…

Pero cómo y de qué manera nos resucitará esta carne en el último día, tú lo oirás sin duda alguna y para mí no será molesto el explicártelo. Después que (esta carne) se hijo carne de la vida, esto es, del Verbo que procede de Dios y Padre como un fulgor, pasó a tener la fuerza de la vida, y es imposible que la vida sea vencida por la muerte. Y como quiera que en nosotros está la vida, no sufrirá de ninguna manera las ataduras de la muerte, sino que superará la corrupción, ya que no puede soportar las cosas corruptibles. Porque la corrupción no heredará la incorrupción, según la frase del Apóstol. Y, efectivamente, cuando Cristo dice: Yo le resucitaré, de ninguna manera atribuye a su carne sola el poder de resucitar a los muertos, sino que, siendo una misma cosa con su carne le Dios Verbo que está en ella, dice aquel Yo con toda verdad. Porque no se divide Cristo en dos hijos ni habrá nadie que piense que su cuerpo no pertenece al Unigénito, como nadie dirá, creo yo, que a nuestra alma es ajeno su cuerpo.

… Por consiguiente, con toda razón celebramos las santas reuniones en las iglesias el día octavo (el domingo). Y cuando es menester decir algo más místico, por la inevitable necesidad de impedir malas inteligencias, cerramos las puertas, mas se presenta y aparece a todos nosotros Cristo invisible y visiblemente; invisiblemente, como Dios; pero también visiblemente en el cuerpo, y permite y concede que toquemos su santa carne. Porque nos acercamos, por gracia de Dios, a la participación de la mística bendición (Eucaristía), recibiendo en las manos a Cristo, a fin de que también nosotros creamos que efectivamente resucitó a su propio templo (cuerpo).  (Comentario a San Juan)

 

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