14 de junio de 2015. Domingo 11 tiempo ordinario -CICLO B.-

14 de junio de 2015

XI Domingo del Tiempo Ordinario

-CICLO B.-

Primera lectura

Lectura del Profeta Ezequiel (17,22-24):

Esto dice el Señor Dios: «Arrancaré una rama del alto cedro y la plantaré. De sus ramas más altas arrancaré una tierna y la plantaré en la cima de un monte elevado; la plantaré en la montaña más alta de Israel; para que eche brotes y dé fruto y se haga un cedro noble. Anidarán en él aves de toda pluma, anidarán al abrigo de sus ramas. Y todos los árboles silvestres sabrán que yo soy el Señor, que humilla los árboles altos y ensalza los árboles humildes, que seca los árboles lozanos y hace florecer los árboles secos. Yo, el Señor, lo he dicho y lo haré.»
Palabra de Dios

 Salmo

Sal 91,2-3.13-14.15-16


R/.
 Es bueno darte gracias, Señor

Es bueno dar gracias al Señor
y tocar para tu nombre, oh Altísimo,
proclamar por la mañana tu misericordia
y de noche tu fidelidad. R/.

El justo crecerá como una palmera,
se alzará como un cedro del Líbano;
plantado en la casa del Señor,
crecerá en los atrios de nuestro Dios. R/.

En la vejez seguirá dando fruto
y estará lozano y frondoso,
para proclamar que el Señor es justo,
que en mi Roca no existe la maldad. R/.

Segunda lectura

Lectura de la segunda carta de san Pablo a los Corintios (5,6-10):


Siempre tenemos confianza, aunque sabemos que, mientras vivimos en el cuerpo, estamos desterrados, lejos del Señor. Caminamos guiados por la fe, sin ver todavía. Estamos, pues, llenos de confianza y preferimos salir de este cuerpo para vivir con el Señor. Por eso procuramos agradarle, en el destierro o en la patria. Porque todos tendremos que comparecer ante el tribunal de Cristo, para recibir el premio o el castigo por lo que hayamos hecho en esta vida.

Palabra de Dios

Evangelio

Lectura del santo evangelio según san Marcos (4,26-34):


En aquel tiempo, Jesús dijo a la multitud: «El Reino de Dios se parece a lo que sucede cuando un hombre siembra la semilla en la tierra: que pasan las noches y los días, y sin que él sepa cómo, la semilla germina y crece; y la tierra, por sí sola, va produciendo el fruto: primero los tallos, luego las espigas y después los granos en las espigas. Y cuando ya están maduros los granos, el hombre echa mano de la hoz, pues ha llegado el tiempo de la cosecha.»

Les dijo también: «¿Con qué compararemos el Reino de Dios? ¿Con qué parábola lo podremos representar? Es como una semilla de mostaza que, cuando se siembra, es la más pequeña de las semillas; pero una vez sembrada, crece y se convierte en el mayor de los arbustos y echa ramas tan grandes, que los pájaros pueden anidar a su sombra.»
Y con otras muchas parábolas semejantes les estuvo exponiendo su mensaje, de acuerdo con lo que ellos podían entender. Y no les hablaba sino en parábolas; pero a sus discípulos les explicaba todo en privado.
Palabra del Señor

 

COLLATIONES

 

La Iglesia, formada por aquellos que caminamos “guiados por la fe” y que “procuramos agradarle (al Señor), en el destierro o en la patria”, “empezó siendo como una semilla de mostaza”. Todos los que la formamos trabajamos para el Reino de Dios y esperamos a que crezca lo sembrado en nosotros para poder recoger la cosecha a su tiempo. Ahora “pasan las noches y los días, y sin que” nosotros sepamos “cómo, la semilla germina y crece” porque  todo, el sembrarla, el que crezca y el que de fruto, es obra de Dios. “Si has notado en ti algún progreso, debes atribuírselo a Dios, ya que todo es don suyo, no mérito tuyo” (San Agustín). Por ello como repetimos en el salmo de hoy: “Es bueno darte gracias, Señor”.

“Yo soy el Señor, que humilla los árboles altos y ensalza los árboles humildes”. Es la humildad de la Iglesia la que la ha convertido en el mayor de los arbustos, para que todos nosotros hayamos podido anidar a su sombra. Nos explica San Bernardo que “La cabeza se une al cuerpo por el cuello. ¿Puede tener el cuello otro sentido mejor que nuestro empeño? Mientras mantenemos incólume nuestro propósito pese a las tribulaciones que nos arrecien, nunca nos separaremos de nuestra cabeza que es Cristo… Este cuello debe ser consistente, inmóvil y largo, como una torre, y tener por cimiento la humildad. La humildad reúne a las virtudes, las mantiene unidas y las perfecciona. El cimiento se oculta en tierra, no puede conocerse su consistencia hasta que los muros se asienten o se desmoronen. La humildad clava su raíz en lo profundo del corazón”.

 

 “Mientras vivimos en el cuerpo, estamos desterrados, lejos del Señor”, como nos dice Santo Tomás de Aquino: “Porque estamos fuera de nuestra patria, que es Dios”. Y  “caminamos guiados por la fe, sin ver todavía”. “Porque la palabra de fe es como una luz por la cual somos iluminados para caminar en esta vida. Antorcha para mis pies es tu palabra”. También nos dirá san Bernardo que “Necesitamos sus frecuentes visitas y su consuelo en esta cárcel y, en última instancia, nuestra liberación de esta mazmorra”.

Los que estamos plantados en la casa del Señor “procuramos agradarle, en el destierro o en la patria” y anunciar a los demás el Reino de Dios: “Os anuncian a vosotros los que están plantados en la casa del Señor; os anuncian los que alaban al Señor con el cántico y la cítara, es decir, con la palabra y las obras, y os dicen: No os dejéis seducir por la felicidad de los malvados; no os fijéis en la flor del heno; no prestéis atención a que son felices por un tiempo, y miserables eternamente” (San Agustín).

Nos dice San Ambrosio que “si tanto al reino de los cielos como a la fe se les compara al grano de mostaza, no se puede dudar que la fe es el reino de los cielos, y el reino de los cielos es una realidad que en nada difiere de la fe. Por tanto, quien tiene la fe posee el reino de los cielos, reino que está dentro de nosotros como está dentro de nosotros la fe”.

“Que tu fe sea como una semilla de mostaza, que cuanto más se la pisa, tanto más perfuma; esto es, que cuanto más te desprecien y parezca que Dios te rechace, con mayor confianza esperes conseguir lo que pides”. (San Bernardo).

 

San Ambrosio de Milán:

¿A qué es semejante el reino de Dios y a qué lo com­pararé? Es semejante a un grano de mostaza que toma un hom­bre y lo arroja en el huerto, y crece y se convierte en un árbol y las aves del cielo anidan en sus ramas. La presente lectura nos enseña que en las comparaciones hemos de atender a la natura­leza y no a la apariencia. Veamos, pues, por qué el sublime reino de los cielos se compara a un grano de mostaza; pues recuerdo que también el grano de mostaza es comparado, en otro pasaje, a la fe, cuando dice el Señor: Si tuviereis fe como un grano de mostaza, diríais a este monte: arrójate al mar. Y, realmente, no es mezquina, sino verdaderamente grande esa fe que tiene tal potencia, que es capaz de imperar a un monte para que cambie de lugar; el Señor tampoco exige una fe mediocre a sus apóstoles, porque sabe que ellos deben combatir contra la po­tencia y soberbia del espíritu del mal. ¿Quieres saber por qué hace falta una gran fe? Lee lo que dice el Apóstol: Y si yo tuviera una fe tal que fuera capaz de trasladar los montes.

Luego, si tanto al reino de los cielos como a la fe se les compara al grano de mostaza, no se puede dudar que la fe es el reino de los cielos, y el reino de los cielos es una realidad que en nada difiere de la fe. Por tanto, quien tiene la fe posee el reino de los cielos, reino que está dentro de nosotros como está dentro de nosotros la fe; y así leemos: El reino de Dios está dentro de vosotros, y en otra parte: Guardad la fe en vuestro interior. Y por eso Pedro, que tanta fe tuvo, recibió las llaves del reino de los cielos y poder de abrir este reino también a los otros.

Ahora, a través de la naturaleza de la mostaza, exami­nemos el contenido de esta comparación. No hay duda de que su grano es algo vil y pequeñísimo; y solamente cuando se le tritura es cuando esparce su fuerza. También la fe parece al prin­cipio algo simple, pero, una vez puesta a prueba por la adversi­dad, expande la gracia de su valor, hasta tal punto que con su perfume embriaga a todos los que oyen o leen algo sobre ella. Grano de mostaza son nuestros mártires Félix, Nabor y Víctor, los cuales, aunque lo tenían oculto, llevaban en sí mismos el buen olor de la fe. Pero con la venida de la persecución depu­sieron sus armas, ofrecieron sus cuellos y, una vez muertos por la espada, derramaron por los confines de todo el mundo la belleza de su martirio; y por eso se dice con toda razón: Su eco se ha propagado por toda la tierra.

Pero la fe unas veces es triturada, otras oprimida y otras sembrada. El mismo Señor es también un grano de mostaza. Él estaba lejos de cualquier clase de falta, pero, al igual que en el ejemplo del grano de mostaza, el pueblo, por no conocerlo, no tuvo contacto con Él. Y prefirió ser triturado, con el fin de que pudiéramos decir: Nosotros somos delante de Dios el buen olor de Cristo; prefirió también ser opri­mido, y por eso dijo Pedro: Las turbas te oprimen; y, finalmente, prefirió ser sembrado como el grano que un hom­bre toma y lo arroja en su huerto. Y así fue, en efecto: Cristo fue apresado y sepultado en un huerto, en un huerto creció, y en un huerto resucitó y se hizo árbol, como está escrito: Como un manzano entre los árboles silvestres es mi amado entre los mancebos.

Por tanto, siembra tú también en tu huerto a Cristo —la realidad de un huerto no es otra que un lugar pletórico de gran variedad de flores y frutos—, en el cual florezca la belleza de tus obras y se respire el multiforme olor de las diversas vir­tudes. Y por eso, que allí donde haya algún fruto, esté presente Cristo. Siembra al Señor Jesús: Él es grano cuando es apresado, y en el momento de resucitar se convierte en ese árbol que da sombra al mundo; cuando es sepultado, es también grano, que se hace árbol cuando sube al cielo.

Coge también con Cristo la fe y siémbrala en ti. Siempre que creemos en Cristo crucificado, hemos cogido la fe…
Y, finalmente, sembramos la fe, cuando, a través de la lectura del Evangelio y de los escritos apostólicos y proféticos, creemos en la pasión del Señor. Sembramos, pues, la fe, cuando la sepul­tamos en la tierra abonada y preparada de la carne del Señor, para que esta fe, con el espíritu y la dulce opresión de su cuerpo divino, se propague por su propia virtud. Y así todo el que crea que el Hijo de Dios se ha hecho hombre, creerá que murió y resucitó por nosotros. Yo, pues, siembro la fe cuando la en­tierro dentro de mí.

¿Quieres saber mejor por qué Cristo es como un grano y por qué fue sembrado? Si el grano de trigo no cae en la tierra y muere, quedará solo; pero si muere, llevará consigo mucho fruto. Luego no nos hemos equivocado al decir que esto era algo que El mismo había dicho. Él es, a la vez un grano de trigo, porque fortalece el corazón del hombre, y de mostaza, porque infunde calor en el corazón del mismo hombre. Y aunque ambas especies de grano parecen cuadrar plenamente, sin embargo, resulta más exacto el grano de trigo cuando se trata de su resurrección; porque Él es el pan de Dios que ha bajado del cielo, y por eso, la palabra de Dios y la realidad de la resurrección alimenta las mentes, agudiza la esperanza, e intensifica el amor; mientras que el grano de mos­taza, por ser más amargo y áspero, se aplica mejor a la pasión del Señor, puesto que ese amargor invita a las lágrimas y esa aspe­reza a la compasión. Así, cuando leemos u oímos que el Señor ayunó, que tuvo hambre, que lloró, que fue flagelado y .que en el momento de su pasión dijo: Vigilad y orad para no caer en la tentación, agarrándonos, por así decirlo, al amargo sabor de su palabra y con su ayuda, lograremos renunciar aun a los más agradables placeres del cuerpo. Luego el que siembra el grano de mostaza, siembra el reino de los cielos.

Y no desprecies este grano de mostaza; es cierto que es el más pequeño de todos los granos, pero, cuando crece, llega a ser la mayor de todas las plantas. Si este grano de mostaza es Cristo, ¿cómo puede ser este Cristo el menor o estar sujeto a crecimiento? Realmente por naturaleza no puede crecer, pero lo hace según la apariencia. ¿Quieres saber en qué sentido es el más pequeño? Atiende: Le hemos visto y no tenía apariencia ni be­lleza. Y mira ahora cómo es el mayor: Eres el más hermoso de los hijos de los hombres…
Y Cristo es semilla, puesto que es descendiente de Abrahán; pues las promesas fueron hechas a Abrahán y a su descendencia. No dijo a sus descendencias, como hablando de mu­chas, sino de una sola. Y a tu descendencia que es Cristo. Pero no solamente Cristo es semilla, sino también la más pequeña entre todas, porque no vino con poder temporal, ni entre riquezas, ni poseyendo la sabiduría de este mundo. No obs­tante, pronto consiguió, como si se tratara de un árbol, la más elevada cima de poder, para que pudiéramos decir: A su sombra he anhelado sentarme. Y son muchas veces, al parecer, las que El aparece al mismo tiempo como grano y como árbol. El grano, cuando decían de El: ¿Acaso no es éste el hijo de José, el carpintero?. Pero pronto creció entre estas palabras, siendo testigos los mismos judíos, aun­que no podían comprender las ramas de un árbol de tal altura, y por eso decían: ¿De dónde le viene esta sabiduría?.

Por eso el grano es como un símbolo, mientras que el árbol representa a la sabiduría, en cuyas frondosas ramas ha encontrado su morada segura no sólo el ave nocturna que ya tenía su nido, y el pájaro solitario que vivía en el tejado, sino también el que fue arrebatado al paraíso  y el que será transportado sobre el aire y las nubes. Allí también descansan las potestades, y los ángeles del cielo y todos los que merecieron subir por haber sometido su conducta a las normas del espíritu. Allí descansó Juan, cuando se recostó sobre el pecho de Jesús; y aún mejor es decir que aquél brotó como una rama alimentada con la savia de este árbol. Otra rama es Pedro y otra Pablo, que, olvidando lo que ya quedó atrás, se lanza en persecución de lo que tiene delante. Nosotros que nos hemos sentido angustiados durante tanto tiempo en el vacío de este mundo, por la tempestad y la agitación del espíritu del mal, una vez congregados de todas las naciones y después de tomar las alas de la virtud, nos hemos levantado hasta el propósito de cumplir no sólo lo esencial, sino también lo accidental de la predicación apostólica, de la que antes estuvimos tan lejos, y esto para que la sombra de los santos nos defienda del calor asfixiante de este mundo, y así, ya habitemos en la tranquilidad de una morada segura.

Y una vez que esa alma nuestra, encorvada antes, como aquella mujer, bajo el peso de los pecados, al sentirse libre ahora, como el pájaro que ha sido liberado de la red de los cazadores, podrá levantar su vuelo hacia las ramas y los montes del Señor. Así, pues, antes estábamos cautivos de las superfluas observancias de la vanidad y la ligereza del vicio, pero ahora, por el contrario, desatadas nuestras manos por la fe de Cristo y libres de las cadenas de la ley del sábado, nos es­forzamos por hacer buenas obras, por lo cual, aun en los mis­mos banquetes, respetamos nuestra libertad y evitamos la intem­perancia, para que, ya que estamos libres de la ley, no seamos esclavos de los placeres. Porque es cierto que la Ley nos ligó a ella para que no ambicionásemos los placeres. Pero la gracia que suprime una esclavitud menor, ordena cosas mucho más arduas: Todo me es lícito, pero no todo conviene; pues re­sulta verdaderamente bochornoso usar del poder para volver a ser esclavo suyo. Deja, por tanto, de ser súbdito de la Ley para que, por medio de la virtud, puedas estar por encima de la Ley.
(Tratado sobre el Evangelio de San Lucas I).

San Agustín:

Dios nos enseña únicamente el cántico de la fe, la esperanza y la caridad. El de la fe, para que creamos en aquel que no vemos, y sea con una fe firme mientras no lo vemos. Y entonces, cuando ya no se nos diga: Cree en lo que no ves, sino: Alégrate, porque ya ves, nos regocijemos cuando lo veamos, y la visión de su luz reemplace nuestra fe. El de la esperanza para que nuestra fe sea inmutable, y se afiance en él y no vacile, no se conmueva ni fluctúe, así como el mismo Dios, en quien se afianza, no puede conmoverse. Ahora hay esperanza. Después, cuando se posea la realidad, no la habrá. Esperanza se llama mientras lo que se espera no se ve, de acuerdo con lo que dice el Apóstol: La esperanza de lo que se ve, no es esperanza, porque lo que uno ve, ¿a qué lo espera? Si lo que no vemos esperamos, con paciencia aguardamos. Luego ahora, mientras se cumple la promesa, se necesita la paciencia. Nadie es paciente en las cosas buenas; en las malas es cuando se exige al hombre la paciencia. Cuando se nos dice: Sé paciente, tolera, soporta; es una molestia en la cual quiere Dios que seas fuerte, tolerante, animoso, paciente… Muchos son los dolores, tanto exteriores como interiores, que hay en este mundo; es más, no cesan; los escándalos están a la orden del día, y sólo lo percibe el que camina por la senda de Dios. A él se le dice en todas las divinas páginas, que tolere el presente y espere el futuro; que ame al que no ve, para que al verlo le abrace. La caridad, tercera de las virtudes, que se une en nosotros a la fe y a la esperanza, es la mayor de las tres. La fe tiene por objeto lo que no se ve; cuando se vea todo, desaparecerá y tendrá lugar la visión. La esperanza, que tiene por objeto las cosas que no se poseen, al poseerlas, desaparecerá también, porque ya no se espera lo que se tiene. La caridad, en cambio sólo sabe aumentar más y más. Si amamos a quien no vemos, ¡cómo amaremos cuando lo veamos! Crezca, pues, nuestro deseo. Únicamente somos cristianos por el siglo futuro. Que nadie espere los bienes presentes; nadie se prometa la felicidad en el mundo, puesto que es cristiano. De la felicidad de este mundo use como mejor pueda, y en la medida que pueda. Cuando la tenga, dé gracias a Dios por este consuelo; cuando le falte, dé también gracias al designio de Dios. Muéstrese siempre agradecido, jamás ingrato. Sea agradecido al Padre que consuela y acaricia, y al Padre que corrige, educa y azota, porque él siempre ama, sea que acaricie o que amenace; diga, por tanto, las palabras que habéis oído en el salmo: Es bueno dar gracias al Señor, y cantar salmos a tu nombre, ¡oh Altísimo!

Lo primero que debes hacer es: si has notado en ti algún progreso, debes atribuírselo a Dios, ya que todo es don suyo, no mérito tuyo. Comienza por esto el sábado: no atribuyéndote algo, como si procediera de ti, cuando en realidad, todo lo has recibido; pero tampoco excusándote de lo que hayas hecho mal, ya que eso es lo tuyo. Los hombres malvados, que no viven el sábado, le atribuyen a Dios sus males y a ellos sus bondades. Si algo bueno han hecho, dicen: Eso lo hice yo; y si realizan algún mal, buscan a quién acusar, para no reconocerlo delante de Dios. ¿Cómo buscan a quién acusar? Si no es demasiado impío, tiene a mano a quién acusar: Satanás es el culpable; fue él quien me persuadió, dice. Como si Satanás tuviera poder para obligarle. Cierto que tiene sagacidad para insinuar. Si hablase Satanás y callase Dios, tendrías excusa; pero tus oídos están entre Dios que advierte, y la serpiente que te sugiere. ¿Por qué te inclinas a ésta, y te haces el sordo a Dios? Satanás no cesa de insinuar el mal, pero Dios tampoco cesa de aconsejar el bien. Satanás no te fuerza la libertad; en tu poder está consentir o no. Si por incitación de Satanás hubieras cometido algún mal, deja en paz a Satanás, acúsate a ti mismo, y con tu confesión alcanzarás la misericordia de Dios. ¿Intentas acusar al que no puede conseguir perdón? Acúsate a ti mismo, y conseguirás el perdón. Hay muchos que no acusan a Satanás, sino a la fatalidad, pues dicen: la mala suerte me arrastró. Si le preguntas a alguien: ¿Por qué has hecho esto; por qué pecaste? Y él, por no inculparse a sí mismo, responde: fue la fatalidad. Éste ya ha levantado sus manos contra Dios, ha blasfemado con su lengua. No blasfema abiertamente, pero fíjate bien, y verás que sí lo dice. Si le preguntas qué es la fatalidad, y contesta: La mala estrella; pregúntale de nuevo: ¿Quién hizo las estrellas; quién las puso en orden? Y únicamente te responderá que Dios. Resta sólo que, a la ligera, o por el augur encantador, o echando la culpa al prójimo, al final acuse a Dios, y de esta forma, puesto que es Dios el castigador de los pecados, lo hace a él autor de sus pecados. Y como no puede ser que él castigue lo que ha hecho, castigará lo que tú has hecho, para dejar a salvo lo que él ha creado. Pero es posible, a veces, que quienes, dejando de lado todas las excusas, se lo achacan a Dios, diciendo: Dios lo ha querido. Si no fuera así, yo no habría pecado. El salmo te amonesta no sólo a no pecar, sino también a acusarte de haber pecado. ¿Qué nos dice este salmo? Es bueno confesar al Señor. ¿Qué es confesar al Señor? Que en ambas cosas: tanto en el pecado que tú has cometido, como en el bien realizado, que es obra suya, alabar al Señor. Cantarás salmos al nombre del Señor Altísimo, si buscas la gloria de Dios, no la tuya, su nombre, no el tuyo. Si vas en busca del nombre de Dios, él va en busca del tuyo. Si tú abandonas el nombre de Dios, él borrará también tu nombre…

Para anunciar por la mañana tu misericordia, y de noche tu fidelidad. ¿Por qué debe ser anunciada la misericordia de Dios por la mañana, y por la noche su fidelidad, o su verdad? Se dice mañana, cuando nos va bien; y noche cuando nos agobia la tristeza de la tribulación. En resumen, ¿qué ha querido decir? Cuando te va bien, regocíjate en Dios, porque se debe a su misericordia. Pero quizá tú digas: Si yo me regocijo en Dios cuando me va bien, porque es obra de su misericordia; cuando estoy triste, cuando me rodea la tribulación, ¿qué he de hacer? Su misericordia está cuando me va bien, y cuando me va mal, ¿se debe, acaso a su crueldad? Si alabo su misericordia cuando todo va bien, ¿protestaré contra su crueldad cuando me van mal las cosas? No. Cuando va todo bien, alaba su misericordia, y cuando va mal, alaba su fidelidad; porque castiga los pecados. Dios no es un malvado..Anunciaba la verdad de Dios durante la noche. ¿Qué es anunciar la verdad de Dios por la noche? Que si padeces algún mal, no se lo atribuyas a Dios, sino a tus pecados. Atribúyele a él la corrección, y podrás anunciar por la mañana su misericordia y de noche su fidelidad. Cuando anuncias su misericordia de mañana, y su verdad por la noche, estás alabando siempre a Dios, estás siempre confesando a Dios y salmodiando a su nombre.

Desaparece la hierba, pasa el florecimiento de los pecadores; ¿Y qué será de los justos? El justo florecerá como una palmera. Los otros brotan como la hierba; el justo florecerá como la palmera. En la palmera se simboliza la sublimidad; quizá porque en sus últimos brotes es hermosa; y así vayas a sus raíces en la tierra, que es su comienzo, y sigas hasta su cima, donde tiene toda su hermosura. Su raíz se la ve tosca en la tierra, pero su copa es hermosa en lo alto. Así también será tu hermosura al final. Sea firme tu raíz; pero nuestra raíz se halla en lo alto. Nuestra raíz es Cristo, que ha ascendido al cielo. Aquí será humillado, y luego exaltado. Se multiplicará como cedro del Líbano. Mirad cuántos árboles cita: El justo florecerá como una palmera; y se multiplicará como un cedro del Líbano. ¿Acaso la palma se seca, y lo mismo el cedro, cuando sale el sol? Pero cuando a veces el sol calienta, se seca la hierba. Vendrá el juicio; entonces lo pecadores se agostarán, y los fieles reverdecerán. Se multiplicará como un cedro del Líbano.

Plantados en la casa del Señor, florecerán en los atrios de la casa de nuestro Dios. Aún en la lozanía de la vejez, se multiplicarán; y estarán tranquilos para anunciar. Este es el sábado que os recomendé hace un momento, de donde toma su título el salmo. Estarán tranquilos anunciando. ¿Por qué anuncian tranquilos? No les preocupa el heno de los pecadores: tanto el cedro como la palmera, no se cimbrean ni en la tempestad. Luego están tranquilos anunciando, y lo están ciertamente, porque ahora hay que predicar también a los hombres burladores. ¡Oh miserables hombres amantes del mundo! os anuncian a vosotros los que están plantados en la casa del Señor; os anuncian los que alaban al Señor con el cántico y la cítara, es decir, con la palabra y las obras, y os dicen: No os dejéis seducir por la felicidad de los malvados; no os fijéis en la flor del heno; no prestéis atención a que son felices por un tiempo, y miserables eternamente. Esta felicidad que aparece fuera, no es auténtica; no son felices en su corazón, porque les remuerde su conciencia. Tú permanece tranquilo, esperando las promesas de tu Dios y Señor. ¿Qué vas a anunciar en tu tranquilidad? Que el Señor Dios es recto, y no hay injusticia alguna en él. Poned atención, hermanos, si es que estáis plantados en la casa del Señor, si queréis florecer como la palmera, y multiplicaros como el cedro de Líbano, y no queréis secaros como la hierba bajo el ardor del sol, como los que parecen florecer en la ausencia del sol. Por lo tanto, si no queréis ser heno, sino palmera y cedro, ¿Qué vais a anunciar? Que el Señor Dios es recto, y no hay maldad ninguna en él. ¿En qué sentido no hay maldad? El que comete muchos males está sano, tiene hijos, su casa está colmada, él rodeado de gloria, honrado y exaltado; se venga de sus enemigos, perpetra todos los males. En cambio, el otro, que es inocente en sus negocios, no roba nada ajeno, no ofende a nadie, soporta cadenas, está encarcelado, se agita y gime en su indigencia. ¿Cómo entonces no hay en Dios maldad alguna? Estate tranquilo, y entenderás; porque estás perturbado, y tienes apagada la luz de tu aposento. El Dios eterno quiere iluminarte; no te forme una tiniebla tu perturbación. Sosiégate y atiende a lo que te digo. Dios es eterno, y el que ahora perdona a los malvados, es para inducirlos a la conversión; castiga a los buenos enseñándoles a poner la vista en el reino de los cielos. No hay maldad en él. ¡No temas! Otros dicen: Pero he aquí que he sido castigado yo sólo. Es evidente, lo confieso; he pecado; no me tengo por justo. Esto lo dicen muchos. Cuando tal vez alguno se halla en una desgracia, sufriendo dolores, entras a consolarlo; y él te dice: He pecado, lo confieso, esto se debe a mis pecados, lo sé muy bien; pero ¿habré pecado tanto como aquel otro? Yo sé cuántos pecados él ha cometido; tengo pecados, se los confieso a Dios; pero son más leves que los de aquel otro; y mira, él no sufre ningún mal. No, no te perturbes, y sabrás que el Señor es recto, y no hay en él maldad alguna. ¿Qué dirías si te castiga ahora, precisamente porque no quiere enviarte al fuego eterno? ¿Y qué dirías, si ahora al otro no le molesta, porque ha de oír: Id al fuego eterno? ¿Pero cuándo? Cuando tú estés colocado a la derecha, y se dirá a los de la izquierda: Id al fuego eterno, que fue preparado para el diablo y sus ángeles. No pierdas, pues, la paz por estas cosas temporales. ¡Estate tranquilo! Vive sereno el sábado, y proclama: el Señor es recto, y no hay en él maldad alguna. (Comentario al salmo 91).

 

 

San Bernardo:

El alma pasa por tres situaciones distintas: está en el cuerpo, sin el cuerpo, y nuevamente con el cuerpo. La primera se le concede para hacer penitencia, y las otras dos para recibir el descanso o la pena, según que haya practicado el bien o el mal mientras estaba en el cuerpo.

Para hacer penitencia se requieren tres cosas: tiempo, el cuerpo y el lugar. El Apóstol habla así sobre la necesidad del tiempo: He aquí el tiempo propicio, he aquí los días de salvación. Y sobre el cuerpo dice también: Todos tenemos que comparecer ante el tribunal de Cristo, y cada uno recibirá lo suyo, bueno o malo, según se haya portado mientras tenía este cuerpo. En cuanto al lugar, se expresa así la Escritura: Si el que manda se enfurece contra ti, tú no dejes tu lugar.

El tiempo presenta tres dimensiones: el pasado, el presente y el futuro. El que se entrega verdaderamente a la penitencia no pierde ninguno de ellos, porque  el pasado que tenía perdido lo recupera repasando todos sus años en la amargura de su alma; posee el presente por la práctica de las buenas obras; y el futuro perseverando en los buenos propósitos. El Apóstol habla así del pasado: Rescatemos el tiempo, pues corren día malos. Y nos exhorta también a llenar el presente: Mientras tenemos ocasión, trabajemos por el bien de todos, especialmente por el de la familia de la fe. El Señor, por su parte, nos da este consejo sobre el futuro: Todos os odiarán por causa mía; pero quien resista hasta el final se salvará.

También el cuerpo es necesario para hacer penitencia; porque con él podemos soportar los males y practicar el bien: sufrir por los pecados cometidos y obrar para conseguir los premios de la vida eterna. ¿Cómo puede hacer frutos dignos de penitencia quien carece de cuerpo? Además conviene advertir que la penitencia que se realiza con el cuerpo es breve y suave. Breve porque se acaba con la muerte del cuerpo,  y suave porque con la compañía del cuerpo se soporta más fácilmente. No hay duda que sería mucho más pesada si la sufriera sola el alma. Pero al compartir esa carga el cuerpo, cuanto más peso asume éste, más descargada se siente el alma.

Igualmente parece útil y necesario el lugar, que no es otro sino la Iglesia del tiempo presente. Quien descuida hacer verdadera penitencia en ella mientras vive en el cuerpo, se verá privado de los remedios de la salvación del futuro.
(Sermón 106; La triple situación del alma).

 

 

 

Cuando celebramos la venida del Señor con lecturas y cantos, reavivamos en nosotros los anhelos de los santos padres, a quienes Dios, mediante el Espíritu Santo, se dignó revelar la redención futura, que llevaría a cabo por su Hijo, encarnándose y muriendo por la salvación de los hombres. Incluso algunos de ellos gozaron en vida del carisma profético e intuyeron de antemano la encarnación de Cristo; y nos transmitieron en sus escritos sus gozos sentidos en el interior y el fuego de sus deseos. Después de su muerte pasaron a ser moradores de los infiernos, moradores de las tinieblas y sombras de muerte. Y nadie puede imaginarse ni expresar sus hondos anhelos de expectación hacia el único que podría soltarlos del yugo de la cautividad. El fruto que podemos lograr de todos estos deseos es una serie de suspiros y anhelos con los que debemos también nosotros esperar mientras vivimos en este cuerpo de muerte, en el infierno de estas tinieblas, la llegada de nuestro libertador. Porque necesitamos sus frecuentes visitas y su consuelo en esta cárcel y, en última instancia, nuestra liberación de esta mazmorra.

Debemos saber por los santos padres, e incluso por tantas personas buenas como malas, que todos los humanos bajaban al infierno antes de la llegada de Cristo y que ocupaban allí puestos distintos según sus respectivos merecimientos. Ello se debía a la perversión del primer hombre, que, por gustar la manzana prohibida, se granjeó el destierro. Este pecado lo precipitó al exilio a él con toda su raza. Ahora sufrimos las consecuencias del pecado original, pasando sed, hambre, frío, enfermedades y, al fin, la muerte.

 

En todo esto debemos considerar, hermanos muy queridos, las funestas consecuencias que arrastramos a causa de nuestros pecados. Con ellos ofendemos a Dios complaciéndonos y a sabiendas. Caímos muy miserablemente por aquel pecado al que nunca dimos nuestro asentimiento. Si por el pecado de otro nos vimos desterrados del paraíso a esta tierra y aguijoneados por tan enormes y frecuentes miserias, ¿adónde nos lanzarán nuestros mismos delitos? Al infierno sin duda donde no hay esperanza de liberación. Y como la culpa de otro, no nuestra, nos arrojó a esta mazmorra, por eso la paga de otro, tampoco nuestra, consiguió nuestra salida. Si por Adán todos mueren, todos vivirán por Cristo. Pero, si se nos arroja al infierno por nuestros delitos, perdamos toda esperanza de liberación, porque Cristo, resucitado de la muerte, no muere más; no volverá a bajar al infierno para desalojarlo. 

 

Fijaos que Adán no fue expulsado inmediatamente después de pecar. El Señor quiso forzarle a una confesión con esta pregunta: Adán, ¿dónde estás? El que nos prohibió pecar nos dio también a los arrepentidos el remedio de la confesión. No es el pecador el que queda excluido del reino de Dios, sino el recalcitrante en su actitud despectiva a raíz del pecado.

 

Comer una manzana no tenía mayor trascendencia; pero como Dios había puesto a Adán en su casa, donde no consentía el mínimo atisbo de desobediencia, cualquier indocilidad, por insignificante o considerable que fuese, merecía la expulsión. Lo mismo vosotros, mientras vivíais en el mundo, estabais lejos de la casa de Dios. El Señor dijo: Mi realeza no pertenece a este mundo. Y si en el mundo se os pasaban por alto tantas cosas en expresiones y actitudes, ahora, viviendo en la casa de Dios, se tendrá por reprobable cualquier actitud desdeñosa, a menos que borréis ese desdén con el llanto de la penitencia.

 

Sabemos que, por el pecado original, todos los hombres bajaban al infierno antes de la venida de Cristo. De modo parecido, y con no menos verdad, puede sostenerse que, antes y después de la venida de Cristo, no hay hombre alguno que no baje al infierno antes de subir al cielo.

Porque distinguimos tres infiernos. El infierno de voracidad, donde el gusano nunca muere y el fuego no se apaga. Aquí no hay liberación posible. El infierno de la expiación, asignado a las almas que deben purificarse a raíz de su muerte. El infierno de aflicción, que es la pobreza voluntaria. Aquí los que renunciamos al mundo debemos afligir nuestras almas para curarlas; de tal modo que pasemos por la muerte al juicio y, mediante la muerte, alcancemos la vida. Penetra en este infierno el que renuncia a sus tendencias carnales y mortifica, por una adecuada penitencia, sus miembros terrenos, prefiriendo afligirse con el pueblo de Dios que con el placer instantáneo del pecado. Quien durante su vida se niegue a bajar a este infierno, tendrá que entrar en los otros dos, y a duras penas o nunca alcanzará la libertad.

El primer infierno es el más riguroso, porque se exige en él hasta el último cuarto. Por eso, su pena no tiene fin. No se concibe ni la más leve mitigación, porque nunca se llega a un ajuste de cuentas que salde la injuria a Dios. La desobediencia ocasiona tan horrible afrenta al Creador, que ninguna pena puede expiarla, a menos que él la perdone de antemano. Lo cual aparece claro en la primera infracción, pues arrastra a la condenación eterna incluso a niños sin bautizar.

El segundo infierno es purificatorio; el tercero, indulgente. En éste, por ser voluntario, se perdona con frecuencia la pena y la culpa. En el segundo infierno, aunque a veces se perdona la pena, nunca a culpa; pero se purifica cuando se perdona.

¡Dichoso infierno el de la pobreza, donde Cristo nació, se alimentó y transcurrió su vida mortal! Bajó hasta él, y no una sola vez, para sacar a los suyos; y además se entregó a sí mismo para librarnos de este perverso mundo presente, para separarnos de la multitud de condenados y reunirnos allí hasta que nos saque definitivamente…

 

Bendito sea Dios, porque no vivimos en tinieblas. Así no nos sorprenderá desprevenidos el día del Señor. No nos encerró el Señor en su cólera, como a todos aquellos que desvarían en la vida almacenando pecados y atesorando ira para el día de la revelación del justo juicio de Dios. El Señor nos ha destinado a obtener la salvación redimiendo nuestra vida mediante una conveniente satisfacción en la penitencia. Los tormentos sorprenden a los carnales en sus mismos deleites; y ya no les basta con lo que tienen, sino que hambrean lo que no tienen. Su única satisfacción son las torpezas y miserias abominables; no cosechan más que frecuentes fastidios, sin llegar nunca a plena satisfacción.

No son los que se alejaron del mundo castigan su cuerpo sometiéndolo a servicio los únicos que beben de la copa de la pasión. Pues el Señor tiene una copa llena de amargo vino mezclado; sus heces no se agotan; beben de ellas todos los pecadores de la tierra. La copa simboliza la pasión. De aquí la pregunta: ¿Podéis beber de la copa que yo voy a beber? La copa está en la mano del Señor, esto es, depende de su poder; y a da a beber a los que él quiere, cuando quiere y de la manera que le parece. Hay quienes beben de esta copa el vino amargo: son los que reniegan de sí mismos por puro amor al Señor, cargando con su cruz y siguiéndole. Otros beben vino mezclado: son aquellos que abrazan la vida de pobreza, pero no renuncian del todo a sí mismos o a su familia; viven, más bien, preocupados de sus parientes con cierto afecto instintivo o se afanan sobremanera en diligencias carnales. Beben del vino a pesar de estar mezclado, pues aun siendo imperfectos, no rechazan el yugo de la obediencia. Apuran las heces los que con tal de satisfacer los deseos de la carne, se abrazan con las penas y pesadumbres que abundan en el mundo y se disipan en vanidades y engaños.

La vida de todos éstos transcurre entre heces y torpezas. Ya lo fustiga el Profeta, diciendo: Bebe y adormécete, que tienes al lado la copa de la diestra del Señor, y el vómito de tu ignominia superará a tu honor. Beben de verdad quienes soportan miserias mucho más graves comparadas con las que se ciernen sobre los pobres de Cristo. El honor de éstos es tan afrentoso, que repele a cualquier persona normal, como repugna un pañuelo impregnado de vomitona. Beben de la copa hedionda y no saludable porque no invocan al Señor. Aléjense de la iniquidad cuantos invocan al Señor, pues los que invoquen al Señor se salvarán.

 

Por tanto, aun pasando por alto otros aspectos, la ciudad de Dios vive desterrada del Señor en el infierno de la pobreza, mientras el cuerpo es su domicilio. La ciudad es santa, es hermosa, aunque está plantada en un paraje de aflicción. Así ensalza el esposo esa hermosura en el Cantar de los Cantares: Eres bella, amiga mía; eres delicada y preciosa como Jerusalén, terrible como escuadrón en orden. Eres delicada para los hombres; preciosa para la divinidad; terrible para los demonios. ¿Por qué? Porque avanza como un escuadrón; pero no en desorden por la envidia, sino compacto en el amor. Es escuadrón por el número, escuadrón de batalla por su disposición. Y escuadrón ordenado por el consenso. La penitencia forma el grupo, la vigilancia suscita la disposición y la concordia proporciona el consenso.

El diablo no se arredra ante los que se dan a los ayunos, se privan del sueño y se moderan, porque ya ha arrastrado a unos y a otros a la ruina. Pero los que viven en concordia y armonía en la casa del Señor, unidos por los lazos del amor, provocan al diablo dolor, pavor e incluso le propinan palizas. Esta unidad del grupo tortura al enemigo, pero más que nada reconcilia con Dios, como él mismo declara en el Cantar de los Cantares: Has lacerado mi corazón, hermana y esposa mía, con una sola de tus miradas, con un rizo de tu pelo. Se refiere a la unidad entre superiores y súbditos. Por eso nos advierte también Pablo: Esforzaos por mantener la unidad de espíritus en el vínculo de la paz. Sabe bien el espíritu maligno que no se pierde ninguno de los que el Padre ha entregado al Hijo, que nadie podrá arrancarlos de su mano. Al encontrarlos en sana armonía, reconoce a las claras que están en las manos de Dios y que no les tocará el tormento de la muerte.

El Señor dice: En esto conocerán todos, incluso los demonios, que sois discípulos míos: en que os amáis unos a otros. El diablo ahuyenta los hombres ese amor que él mismo no supo mantener en su relación con Dios y con los ángeles en el cielo. Y ésa es la ciudad firmemente asentada e inexpugnable. Su cuello es como la torre de David, construida con sillares; de ella penden miles de escudos, miles de adargas de capitanes. La cabeza se une al cuerpo por el cuello. ¿Puede tener el cuello otro sentido mejor que nuestro empeño? Mientras mantenemos incólume nuestro propósito pese a las tribulaciones que nos arrecien, nunca nos separaremos de nuestra cabeza que es Cristo. Nos aprietan por todos los lados, pero no nos aplastan. Porque ¿quién nos separará del amor de Dios? Por él volamos en los caminos de los mandamientos de Dios con el corazón dilatado. Este cuello debe ser consistente, inmóvil y largo, como una torre, y tener por cimiento la humildad.

 

La humildad reúne a las virtudes, las mantiene unidas y las perfecciona. El cimiento se oculta en tierra, no puede conocerse su consistencia hasta que los muros se asienten o se desmoronen. La humildad clava su raíz en lo profundo del corazón. No puede conocerse su ausencia o su debilitamiento hasta que los muros del edificio se disuelven por el desorden o se disgreguen y desmoronen. Esta es la torre que David posee con mano fuerte. Si no eres contemplativo, no te desazones; sé activo en las buenas obras, defiende con ardor la torre de tu empeño, y algún día lograrás la pureza de corazón, pues Dios se entregó a sí mismo para rescatarnos de toda clase de maldad y purificarse un pueblo escogido, entregado a hacer el bien. Por eso juró a David, es decir, al que actúa con denuedo: A uno de tus entrañas, esto es, de la sensualidad, que es lo más frágil del hombre, pondré sobre tu trono.

Esta torre o ciudad tiene por muro la obediencia, que reúne a los dispersos; contiene a los vagabundos, para que salgan sólo por la puerta, esto es, por el mandato del superior.

El primero es la acción recta. Lo que va contra Dios no es obediencia. El segundo es lo voluntario, pues lo que se hace por la fuerza no es bueno. El tercero, lo puro. Que la intención sea pura; porque, si tu ojo es sencillo, toda tu persona quedará esclarecida. El cuarto, lo discreto. Que no haya excesos. Si se ofrece algo bueno, pero no se reparte como es debido, habrá pecado. El quinto, lo estable. El que es constante, lo posee todo dispone de todo. No hay bien sin perseverancia. Para que la perseverancia tenga el muro de la obediencia necesita pertrecharse con los baluartes de la paciencia, como los defensores de las murallas necesitan baluartes para estrellar los dardos del enemigo. Quienes se empeñan en mantener la obediencia necesitan de la paciencia, que protege al hombre contra las palabras desabridas y los trabajos agitadores.

 

Después de la justicia y el juicio, el hombre necesita la vigilancia, para que no afloje por la tibieza o le desmorone la vanidad. Le conviene andar solícito con su Dios, estarle sumiso e implorarle y para evitar cualquier enervamiento o duda en la oración al ser azuzado por artimañas y sugestiones diabólicas, sostenga de continuo el escudo de la fe, sabiendo que suyo será todo lugar que hollen los pies de la fe. Quiere decir que todo lo que se pida a él directamente o a través de su nombre, se hará.

Que tu fe sea como una semilla de mostaza, que cuanto más se la pisa, tanto más perfuma; esto es, que cuanto más te desprecien y parezca que Dios te rechace, con mayor confianza esperes conseguir lo que pides. Y, si no por amistad, al menos por tu impertinencia, se levantará y te dará cuanto necesitas. Por eso añade el Apóstol: Con la ayuda del Espíritu, resistid en la oración y en la vigilancia. No debemos entregarnos a la oración esporádicamente, sino con frecuencia y asiduidad, explayando ante Dios los deseos de nuestro corazón; y en determinados momentos servirnos de la expresión de los labios…

 

¿Y en qué se funda mi esperanza? En la vara de tu corrección y en el cayado de tu apoyo, que me consuela. Aunque me corrijas y refrenes mi soberbia reduciéndome a polvo de muerte, protegerás mi vida, agarrándome de la mano para que no caiga en el lago de muerte. No descuidaré la disciplina el Señor, no protestaré cuando me reprenda. Comprendo que todo contribuye al bien de los que aman a Dios y que la criatura está sometida a la vanidad no por gusto, sino con dolor. ¿Por qué me voy a impacientar? No. Aguantaré con paciencia. ¿Y por qué? Porque la misma criatura se verá liberada de la esclavitud de la corrección para alcanzar la libertad y la gloria de los hijos de Dios. Ciudad de Jerusalén, no llores, que pronto vendrá tu salvación. Aunque tarde con respecto a ti, no será mucho retraso con respecto a él, porque mil años en su presencia es como ayer que pasó.  (SERMON OCTAVO DE ADVIENTO: LOS TRES INFIERNOS).

San Elredo de Rieval:

Con razón Pedro camina sobre el mar, pisando de verdad las olas pero temiendo hundirse. Pues ciertamente caminamos por la fe y no por la visión en medio de las olas de este mar grande y dilatado. Y nuestro enemigo, como un león rugiente nos ronda buscando a quién devorar, a quien resistimos permaneciendo firmes en la fe. Por la fe pisoteamos las riquezas del mundo, por la fe estamos por encima de las persecuciones del mundo, por la fe despreciamos sus honores, por la fe resistimos sus tentaciones. ¿Pero quién puede sentirse seguro en medio de todas estas cosas? ¿Quién no teme? ¿Quién no tiembla? ¿Quién al sentirse rodeado y sacudido por las olas de este mundo no exclama como Pedro: Sálvame Señor?. En tierno afecto por Dios ansiando los pechos de Cristo, y reclinando la cabeza del alma sobre el seno del amor, dando de lado toda preocupación, olvidado todo cuidado, se entrega a las delicias de la sabiduría, emitiendo una palabra graciosa, y diciendo: Mí amado para mí, y yo para él. Qué bueno lo que se le dijo a Pedro: Sígueme. ¿Adónde? Cuando eras joven, tú mismo te ceñías e ibas donde querías; pero cuando seas viejo otro te ceñirá y te llevará a donde no quieres. La fe, pues, sigue a Cristo, el amor lo encuentra. La fe camina, el amor descansa. La fe está en la cruz, el amor en el pecho. La fe en Pedro, el amor en Juan. (En la fiesta de los apóstoles Pedro y Pablo. Sermón 70, 4-5).

San Clemente de Roma:

Seamos, pues, hermanos, humildes de corazón, y deponiendo toda jactancia, ostentación e insensatez, y los arrebatos de la ira, cumplamos lo que está escrito, pues lo dice el mismo Espíritu Santo: No se gloríe el sabio de su sabiduría, no se gloríe el fuerte de su fortaleza, no se gloríe el rico de su riqueza; el que se gloríe, que se gloríe en el Señor, para buscarle a él y practicar el derecho y la justicia; especialmente si tenemos presentes las palabras del Señor Jesús, aquellas que pronunció para enseñarnos la benignidad y la longanimidad.

Dijo, en efecto: Sed misericordiosos, y alcanzaréis misericordia; perdonad, y se os perdonará; como vosotros hagáis, así se os hará a vosotros; dad, y se os dará; no juzguéis y no os juzgarán; como usareis la benignidad, así la usarán con vosotros; la misma medida que uséis la usarán con vosotros.

Que estos mandamientos y estos preceptos nos comuniquen firmeza para poder caminar, con toda humildad, en la obediencia de sus consejos. Pues dice la Escritura santa: En ése pondré mis ojos: en el humilde y el abatido que se estremece ante mis palabras. (Carta a los Corintios 12-13).

 

San Jerónimo:

El Reino de los cielos es la predicación del Evangelio y el conocimiento de las Escrituras que conduce a la vida de la cual se dice a los judíos: “Se os quitará el Reino de Dios para dárselo a un pueblo que produzca frutos”. Esta “Reino, pues, es semejante a un grano de mostaza que tomó un hombre y lo sembró en su campo”. En este hombre que siembra en su campo muchos ven al Salvador porque siembra en las almas de los fieles. Otros piensan que es el hombre mismo que siembra en su propio campo, es decir en sí mismo, en su corazón. ¿Quién es el que siembra sino nuestra inteligencia, nuestra alma que al recibir el grano de la predicación y fecundando la siembra por la humedad de la fe la hace multiplicarse en el campo de su corazón?. La predicación del Evangelio es la menor de todas las doctrinas. A primera vista no parece verosímil esta doctrina que predica a un Dios hombre, un Cristo muerto y el escándalo de la cruz. Compara esta doctrina con los principios de los filósofos, con sus libros, con el esplendor de su elocuencia y su estilo armonioso y verás cuán inferior a las otras es la semilla del sembrador del Evangelio. Pero aquellos cuando crecen no muestran ningún vigor, ninguna vida, ninguna vitalidad. Totalmente flácidos, marchitos, producen legumbres y hierbas que pronto se secan y caen por tierra. En cambio esta predicación que al principio parecía insignificante, una vez sembrada en el alma del creyente en todo el mundo, no crece como legumbre sino que se desarrolla hasta hacerse árbol de modo que las aves del cielo – por las que debemos entender las almas de los creyentes o bien las potencias sometidas al servicio de Dios-, vienen a habitar en sus ramas. Pienso que las ramas del árbol del Evangelio que creció a partir de un grano de mostaza, son los diversos dogmas sobre los cuales reposa cada una de las mencionadas aves. Tomemos también nosotros las alas de la paloma para que volando hacia mayores alturas podamos habitar en las ramas de este árbol, hacernos pequeños nidos de estas enseñanzas y huyendo de las cosas terrenas corramos hacia las celestiales. Al leer que el grano de mostaza es la más pequeña de todas la semillas y lo que dicen en el Evangelio los discípulos: “Señor, auméntanos la fe”, y la respuesta  del Salvador: “Os aseguro que si tuvierais fe como un granito de mostaza y dijerais a esta montaña: Trasládate de este lugar, se trasladaría”, muchos piensan que los apóstoles piden al Señor una fe pequeña o que el Señor desconfía de su poca fe. Pero el apóstol Pablo juzga que esta fe, comparada a un grano de mostaza es muy grande. En efecto, ¿qué dice? “Aunque tuviera plenitud de fe como para trasladar montañas, si no tengo caridad no me sirve de nada”. Por tanto la eficacia de la fe mencionada por el Señor y que él compara con un grano de mostaza, el Apóstol la atribuye a una gran fe. (Comentario al Evangelio de San Mateo).

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