21 de junio de 2015. Domingo 12º del Tiempo Ordinario -CICLO B.-

21 de junio de 2015

Domingo 12º del Tiempo Ordinario

- Ciclo B.-

Primera lectura

Lectura del libro de Job (38,1.8-11):

El Señor habló a Job desde la tormenta: «¿Quién cerró el mar con una puerta, cuando salía impetuoso del seno materno, cuando le puse nubes por mantillas y nieblas por pañales, cuando le impuse un límite con puertas y cerrojos, y le dije: “Hasta aquí llegarás y no pasarás; aquí se romperá la arrogancia de tus olas”?»
Palabra de Dios

 

Salmo

Sal 106,23-31

R/. Dad gracias al Señor, porque es eterna su misericordia

Entraron en naves por el mar, 
comerciando por las aguas inmensas. 
Contemplaron las obras de Dios, 
sus maravillas en el océano. R/.

Él habló y levantó un viento tormentoso, 
que alzaba las olas a lo alto; 
subían al cielo, bajaban al abismo, 
el estómago revuelto por el mareo. R/.

Pero gritaron al Señor en su angustia, 
y los arrancó de la tribulación.
Apaciguó la tormenta en suave brisa,
y enmudecieron las olas del mar. R/.

Se alegraron de aquella bonanza, 
y él los condujo al ansiado puerto. 
Dad gracias al Señor por su misericordia, 
por las maravillas que hace con los hombres. R/.

 

Segunda lectura

Lectura de la segunda carta del apóstol san Pablo a los Corintios (5,14-17):

Nos apremia el amor de Cristo, al considerar que, si uno murió por todos, todos murieron. Cristo murió por todos, para que los que viven ya no vivan para sí, sino para el que murió y resucitó por ellos. Por tanto, no valoramos a nadie según la carne. Si alguna vez juzgamos a Cristo según la carne, ahora ya no. El que es de Cristo es una criatura nueva. Lo antiguo ha pasado, lo nuevo ha comenzado.
Palabra de Dios

 

 

Evangelio

Lectura del santo evangelio según san Marcos (4,35-40):

Un día, al atardecer, dijo Jesús a sus discípulos: «Vamos a la otra orilla.»
Dejando a la gente, se lo llevaron en barca, como estaba; otras barcas lo acompañaban. Se levantó un fuerte huracán, y las olas rompían contra la barca hasta casi llenarla de agua. Él estaba a popa, dormido sobre un almohadón. 
Lo despertaron, diciéndole: «Maestro, ¿no te importa que nos hundamos?»
Se puso en pie, increpó al viento y dijo al lago: «¡Silencio, cállate!» 
El viento cesó y vino una gran calma. 
Él les dijo: «¿Por qué sois tan cobardes? ¿Aún no tenéis fe?» 
Se quedaron espantados y se decían unos a otros: «¿Pero quién es éste? ¡Hasta el viento y las aguas le obedecen!»
Palabra del Señor

COLLATIONES

 

“Vamos a la otra orilla”. Parece fácil lo que el Señor nos pide, pero como dice San Bernardo: “Es muy difícil, sobre todo en estos tiempos invadidos de maldad, sortear las tormentas de los vicios y los abismos del pecado entre el oleaje del mundo. ¿Y habrá alguna nave capaz de resistir un oleaje tan embravecido y no zozobrar en medio de tantos peligros?”. A esto responde San Agustín: “¿Está sacudido tu barco? Quizás sea porque en ti Cristo duerme”. “Si no piensas en Cristo, él duerme. Despierta a Cristo, llama a tu fe”. “De él vendrá la paz”. ¡Y qué razón tiene!, porque sin Cristo, sólo “ves la prosperidad de los malos y las fatigas de los buenos. Es la tentación, es el oleaje”. “Has oído una afrenta, he ahí el viento. Te airaste, he ahí el oleaje. Si sopla el viento y se encrespa el oleaje, se halla en peligro la nave, fluctúa tu corazón. Oída la afrenta, deseas vengarte. Pero advierte que te vengaste y, claudicando ante el mal ajeno, naufragaste. Pero ¿cuál es la causa de ello? Que Cristo duerme en ti. ¿Qué significa: duerme en ti Cristo? Te olvidaste de Cristo. Despierta a Cristo”.

Hoy vemos que el Señor lleva consigo a los que elige y a pesar de que Él va con ellos, se levanta la tempestad. Permitió la tempestad para que no se ensoberbecieran por haber sido los elegidos y porque como dice San Juan Crisóstomo: “los ejercitaba para que en las adversidades permanecieran impertérritos y en los honores procedieran con moderación”. “Y (aquello) era figura de las tentaciones que los habían de acometer”. El Señor: “Comienza por increpar a los discípulos, para demostrar que conviene tener confianza aun cuando se levanten grandes oleadas; y que El todo lo dispone para nuestra utilidad”. “Increpándolos, antes aplaca la tempestad de sus pensamientos que la de las aguas, diciéndoles: ¿Por qué teméis, hombres de poca fe? Juntamente les enseña cómo el temor no nace de la tentación misma, sino de la poca firmeza del alma”.

Se levanta la tempestad porque el Señor en ellos está dormido, pero una vez despierto, una vez despierta su fe: “En  tal forma y tan repentinamente se disolvió la tempestad, que no quedó ni rastro de ella. Así lo declaró el evangelista cuando dijo: Y sobrevino una gran calma”. (San Juan Crisóstomo).

Es precioso el principio del sermón de San Bernardo, porque nos dice que el motivo por el que el Señor quiere que crucemos a la otra orilla es, para alcanzar la libertad: “Todos sabemos que hay tres clases de hombres que alcanzan la libertad cruzando, cada uno de un modo distinto, este mar inmenso, símbolo de esta vida llena de molestias y oleajes”. Unos hombres cruzan en una nave, otros cruzan por un puente y otros cruzan nadando. “Los prelados son sin duda alguna, los que se internan en naves por el mar, comerciando por las aguas inmensas”. Esto último lo hemos oído en  el salmo: “Comerciando por las aguas inmensas”. Porque pueden remar y acudir en ayuda de todos. Y también hemos oído: “Subían y bajaban al abismo”, porque según San Bernardo: “Tan pronto suben al cielo como bajan al abismo, porque unas veces tratan cosas muy espirituales y otras juzgan acciones horribles e infernales”.

Para que la nave resista en la tempestad ha de estar construida con las tres paredes que nos menciona: el amor, la pureza del corazón y una vida intachable. Lo que realmente necesita esta nave para no naufragar es “un amor que le brota de un corazón limpio, de una conciencia honrada y de una fe sentida. Con razón se exige amor al que va en la barca, para convertirlo en pescador de hombres”. 

Pero, intentemos cruzar con una nave, por un puente o a nado, hagamos caso a San Agustín, y en la tempestad: “Despertemos a Cristo para navegar en la bonanza y llegar a la patria”.

San Juan Crisóstomo:

Despachadas, pues, las turbas por delante, luego él tomó consigo a sus discípulos, pues así lo afirman los evangelistas. Y los tomó consigo, no a la ventura y en vano, sino para que fueran testigos del futuro milagro. A la manera de un excelente ejercitador en la palestra, los ejercitaba para ambas cosas. Para que en las adversidades permanecieran impertérritos y en los honores procedieran con moderación.

A fin de que no se ensoberbecieran al ver que, despachadas las turbas, a ellos solos los retenía a su lado, permitió la tempestad: tanto para ese efecto, como para ejercitarlos en sobrellevar las aflicciones con fortaleza. Grandes habían sido los milagros anteriores; pero este otro les proporcionaba una especial ejercitación no despreciable, e iba a ser semejante a cierto milagro antiguo. Por tales motivos Jesús toma consigo a solos los discípulos. Antes, al hacer los milagros, permitió que el pueblo estuviera presente. Pero ahora, que iba a haber peligros y terrores, toma consigo a solos los discípulos, es decir, a los atletas de todo el orbe, con el fin de amaestrarlos.

Mateo dice solamente que Él se durmió. Lucas añade que lo hizo en el cabezal, demostrando con esto cuán lejos estaba del fausto, y para enseñarnos gran sabiduría. Levantada, pues, la tempestad y enfurecido el mar, los discípulos lo despiertan diciéndole: ¡Señor! ¡Sálvanos que perecemos! Y El increpó primero a ellos y luego al mar. Pues como ya dije, todo aquello lo permitió para ejercitarlos y era figura de las tentaciones que los habían de acometer. Porque más tarde permitió que cayeran en más terribles tempestades prácticas, pero entonces tardó en socorrerlos. Por lo cual Pablo decía: No queremos, hermanos, que ignoréis la tribulación grande que nos sobrevino, pues fue muy sobre nuestras fuerzas, tanto que ya desesperábamos de salir con vida. Y poco después: que nos sacó (Dios) de tan mortal peligro.

Comienza por increpar a los discípulos, para demostrar que conviene tener confianza aun cuando se levanten grandes oleadas; y que El todo lo dispone para nuestra utilidad. A ellos les fue útil padecer turbación, a fin de que el milagro pareciera mayor y quedara en perpetua memoria. Cuando va a suceder algo que no se espera, se preparan muchas cosas necesarias para conservar su recuerdo, a fin de que el inesperado y maravilloso suceso no caiga en el olvido. Así, en el caso de Moisés, éste primero tuvo miedo de la serpiente; y no sólo le tuvo miedo sino grande terror; pero enseguida contempló el estupendo milagro.

Lo mismo sucedió con los discípulos: cuando ya desesperaban de salir con vida, fueron liberados; para que, confesando el peligro en que estuvieron, advirtieran la magnitud del prodigio. Por lo mismo Él duerme. Si esto hubiera sucedido estando El despierto, o ellos no habrían temido o les habría venido al pensamiento que Cristo no podía hacer el milagro. Duerme, pues, para darles ocasión de temer y para despertar en ellos una más poderosa sensación del peligro presente. Nadie estima lo mismo lo que ve suceder en cuerpo ajeno que lo que en el propio experimenta. Viendo todos el beneficio que todos habían recibido, pero estando cada cual como si no hubiera recibido el beneficio él en particular, andaban embobados. No estaban ellos antes cojos, ni sufrían alguna otra enfermedad semejante; pero convenía que cayeran bien en la cuenta del actual beneficio. Por esto permitió Cristo que se levantara la tempestad, para que, librados ellos de ella, tuvieran una más clara percepción del beneficio.

Y por tal motivo no hace el milagro delante de las turbas, para que no los fueran a condenar como hombres de poca fe, sino que allá aparte los corrige; y luego, increpándolos, antes aplaca la tempestad de sus pensamientos que la de las aguas, diciéndoles: ¿Por qué teméis, hombres de poca fe? Juntamente les enseña cómo el temor no nace de la tentación misma, sino de la poca firmeza del alma. Y si alguno dijera que los discípulos habían despertado al Señor no por temor, sino por falta de fe, responderé que esto sobre todo es señal de que no tenían de Cristo la debida idea. Sabían que El, una vez despierto, podía increpar a los vientos; pero aún no les venía al pensamiento que pudiese hacerlo también estando dormido. Pero ¿por qué te admiras de que ahora teman, siendo así que después de muchos milagros todavía eran débiles? Por esto con frecuencia Cristo los increpa, como cuando les dijo: ¿Tampoco vosotros entendéis?

No te admires, pues, de que siendo los discípulos tan débiles en la fe, las turbas no pensaran nada grande acerca de Cristo. Ciertamente se admiraban y decían: ¿Quién es éste a quien hasta los vientos y el mar obedecen? Pero Cristo no les corrigió que pensaran de El ser sólo hombre, sino que esperó; y mientras, les iba enseñando mediante los milagros que era falsa la opinión que de él tenían. Mas ¿de dónde colegían ser El simplemente hombre? Por su aspecto, su sueño, el uso de la nave para cruzar el lago. Por esto caían en estupor y decían: ¿Quién es éste? El sueño y todas las apariencias demostraban ser El un hombre; pero el mar y la tranquilidad que en él se hizo, lo comprobaban como Dios.

Aun cuando en otro tiempo Moisés había hecho algo semejante, sin embargo, en este paso se demostraba la excelencia de Cristo. Aquél, como siervo, Cristo como Señor hacían los milagros. Cristo no tendió su vara, como Moisés, ni levantó sus manos al cielo, ni necesitó suplicar; pues así como es propio del Señor mandar a los esclavos y del Creador a su criatura, así Cristo con sola su palabra y precepto apaciguó y enfrenó el mar.

Y en tal forma y tan repentinamente se disolvió la tempestad, que no quedó ni rastro de ella. Así lo declaró el evangelista cuando dijo: Y sobrevino una gran calma. Lo que el evangelista dijo acerca del Padre como una obra excelente, eso Cristo lo llevó a cabo ahora. Pero ¿qué se dijo del Padre?: Habló y se contuvo el viento de tempestad. Lo mismo en este pasaje: Y sobrevino una gran calma. Por tales motivos, las turbas sumamente lo admiraban, pero no lo habrían admirado en tan sumo grado si hubiera procedido como Moisés.

(Homilía 28, sobre el Evangelio de San Mateo).


San Beda el Venerable:

Por la barca en que entró se entiende el árbol de la Pasión, por la cual llegan los fieles a la patria celestial como al descanso de un puerto seguro. Las demás barcas que se dice estaban con el Señor, representan a los que llenos de fe en su cruz están al abrigo del aguacero de las tribulaciones, o gozan de la bonanza de la paz después de las tormentas de las tentaciones. Se entrega Cristo al sueño en tanto que bogan los discípulos, porque llega el tiempo de la Pasión del Señor para los fieles que meditan en el descanso del reino futuro. Sucedió por la tarde, para significar que el sueño del Señor, no sólo es el ocaso del verdadero sol, sino que se verificó en la misma hora que la luz desaparece. Mientras que Él se levanta en la popa de la cruz, se encrespan las olas de los perseguidores blasfemos, movidos por las tormentas infernales, que no alteran la paciencia del Señor, pero sí a sus ignorantes discípulos. Despiertan éstos al Señor, porque pedían con los mayores votos la resurrección de aquel cuya muerte veían. Levantándose amenaza al viento, porque después de su resurrección aplasta la soberbia del diablo y manda callar al mar, porque, resucitado combate el furor de los judíos. Reprende a sus discípulos porque después de la resurrección ha de reprenderlos por su incredulidad. Y a nosotros también cuando, instruidos en la doctrina del Crucificado, nos disponemos a abandonar el mundo, subimos con Jesús a la barca, y nos esforzamos por pasar el mar. Pero mientras navegamos se entrega al sueño entre los bramidos del mar, cuando en medio de los esfuerzos de las virtudes languidece la llama del amor combatida por los espíritus inmundos, por los hombres depravados o por el ímpetu de nuestros mismos pensamientos. Más si en medio de estas tormentas nos apresuramos a despertarle, bien pronto calmará la tempestad, restablecerá la tranquilidad y nos dará el puerto de salvación.

 

San Agustín:

«Increpó al viento y dijo al lago: ‘¡Silencio, cállate!» Estás en el mar y llega la tempestad. No puedes hacer otra cosa que gritar: «¡Señor, sálvame!». Que te extienda su mano el que camina sin temor sobre las olas, que saque de ti tu miedo, que ponga tu seguridad en él, que hable a tu corazón y te diga: «Piensa en lo que yo he soportado. ¿Tienes que sufrir de un mal hermano, de un enemigo de fuera de ti? ¿Es que yo no he tenido los míos? Por fuera los que rechinaban de dientes, por dentro ese discípulo que me traicionaba». Es verdad, la tempestad hace estragos. Pero Cristo nos salva «de la estrechez de alma y de la tempestad». ¿Está sacudido tu barco? Quizás sea porque en ti Cristo duerme. Un mar furioso sacudía la barca en la que navegaban los discípulos y, sin embargo Cristo dormía. Pero por fin llegó el momento en que los hombres se dieron cuenta que estaba con ellos el amo y creador de los vientos. Se acercaron a Cristo, le despertaron: Cristo increpó a los vientos y vino una gran calma. Con razón tu corazón se turba si te has olvidado de aquel en quien has creído; y tu sufrimiento se te hace insoportable si el recuerdo de todo lo que Cristo ha sufrido por ti, está lejos de tu espíritu. Si no piensas en Cristo, él duerme. Despierta a Cristo, llama a tu fe. Porque Cristo duerme en ti si te has olvidado de su Pasión; y si te acuerdas de su Pasión, Cristo vela en ti. Cuando habrás reflexionado con todo tu corazón lo que Cristo ha sufrido, ¿no podrás soportar tus penas con firmeza cuando te lleguen? Y con gozo, quizás, a través del sufrimiento, te encontrarás un poco semejante a tu Rey. Sí, cuando estos pensamientos empezarán a consolarte, a producirte gozo, has de saber que es Cristo que se ha levantado y ha increpado a los vientos; de él vendrá la paz que has experimentado. «Yo esperaba, dice un salmo, al que me salvaría de la estrechez de alma y de la tempestad».

(Comentarios sobre los salmos, salmo 54,10).

 

La barca zozobraba en el lago y Jesús dormía. Navegamos, en efecto, como en un lago y no faltan vientos ni tormentas. Nuestra barca está casi hasta rebosar de las tentaciones cotidianas de este siglo. ¿Cuál es el origen de esta situación sino el hecho de que Jesús duerme? Si Jesús no durmiera en ti, no sufrirías esas tormentas, sino que, al estar Jesús despierto a tu lado, disfrutarías de bonanza interior. ¿Y qué significa este dormir de Jesús? Que se ha dormido tu fe en Jesús. Estallan las tormentas de este lago: ves la prosperidad de los malos y las fatigas de los buenos. Es la tentación, es el oleaje. Y tu alma exclama: Oh Dios, ¿consiste tu justicia en que los malos prosperen y los buenos sufran fatigas? Dices a Dios: ¿es esta tu justicia? Y Dios te responde: ¿es esta tu fe? ¿Es eso lo que te prometí? ¿Te has hecho cristiano para prosperar en este siglo? ¿Te atormentas porque los que aquí prosperan son los malos que serán atormentados más tarde con el diablo? Pero ¿por qué te expresas así? ¿Por qué te turba el oleaje y la tempestad del lago? Porque Jesús está dormido, es decir, porque está adormilada en tu corazón tu fe en Jesús. ¿Qué haces para salvarte? Despierta a Jesús y dile: Maestro, que vamos a pique. La inseguridad del lago nos hace estremecer: vamos a pique. Él despertará, es decir, tu fe retornará a ti y, con su ayuda, reflexionarás en tu alma que todo cuanto aquí se les da a los malos no continuará con ellos, porque o se les va de las manos en vida, o lo dejan al morir. Al contrario, lo que se te promete a ti durará por siempre. Las concesiones que temporalmente se les asignan, se les retiran con rapidez. Floreció como flor del heno. Pues toda carne es heno: se secó el heno y cayó la flor, pero la palabra del Señor permanece para siempre. Por tanto, vuelve la espalda a lo que cae y la cara a lo que permanece. Con Cristo despierto, la tormenta dejará de agitar tu corazón y el oleaje no anegará tu barquilla, porque tu fe da órdenes a los vientos y al oleaje y pasará el peligro…

(Comentarios sobre los salmos, sermón 2º sobre el salmo 25,4).

 

Este salmo nos recuerda las misericordias que Dios ha tenido con nosotros, y por eso es más agradable a quienes las han experimentado. Y será maravilloso si pudiera resultar agradable a cualquier otro, además de quien ha experimentado en sí mismo lo que oye en este salmo. No obstante, este salmo no se compuso para uno o dos, sino para el pueblo de Dios; y fue propuesto para que el mismo pueblo se reconociese como en un espejo. Su título no es ahora el momento de exponerlo. Es Aleluya, es más, un doble Aleluya…

Hay que repetir con insistencia lo que acabamos de cantar: Alaben al Señor sus misericordias, y las maravillas que hace con los hombres. Este versículo, como he podido comprobar, —y que también vosotros lo podéis hacer— está repetido cuatro veces. Y este número —en cuanto he podido investigar, con la ayuda del Señor— nos da a conocer cuatro clases de tentaciones, de las que nos libra aquél a quien se confiesan sus misericordias. Imagínate primeramente a un hombre que no busca nada, y que vive según su antigua vida, con una seguridad engañadora, creyendo que no hay nada después de esta vida, que ha de acabar algún día; a un hombre negligente y desidioso, que tiene embotado el corazón con los atractivos del mundo, y adormecido con los deleites mortíferos. Para que éste sea impulsado a buscar la gracia de Dios, para que se conmueva, y despierte como de un sueño, ¿No es, acaso, la mano de Dios quien lo despierta? Pero él ignora quién lo impulsa. No obstante, comienza a ser ya de Dios cuando conoce la verdad de la fe. Pero antes de conocerla se duele de su error; y al encontrarse en el error, quiere conocer la verdad; por eso llama donde puede, tantea cuanto puede, vaga por donde puede y soporta el hambre de la verdad. Así pues, la primera tentación es la del error y la del hambre. Cuando, ya fatigado en esta tentación, clama al Señor, es conducido al camino de la fe; y así comienza a dirigirse a la ciudad del descanso. Es conducido a Cristo, que ha dicho: Yo soy el camino.

Pero ahora, recibido ya el alimento de la verdad, y puesto en el recto camino, siente que se le dice: “Vive bien, según lo que ya sabes; antes no sabías cómo debías vivir; pero ahora ya lo has aprendido y lo sabes”. Lo intenta, pero no puede; se siente atado y clama al Señor. Así que la segunda tentación es la dificultad en el bien obrar, como la primera era la del error y la del hambre. También en esta tentación levanta la voz al Señor, y el Señor lo libra de esta precaria situación, le rompe las ataduras de la dificultad, y lo establece en la práctica de la bondad. A partir de aquí comienza ya a serle fácil lo que antes le era difícil: abstenerse del mal, no adulterar, no matar, no cometer sacrilegios, abstenerse del deseo de los bienes ajenos: se ha convertido en facilidad lo que antes había sido dificultad. Le ha podido el Señor brindar todo esto sin dificultad; pero si esto nosotros lo tuviéramos sin trabajo, no reconoceríamos al dador de este bien. Pues si cuando el hombre quiere algo, pudiera realizarlo con facilidad, y no sintiese el acoso de las pasiones contra sí mismo, ni que el alma, cargada con sus ataduras, es zarandeada, atribuiría a sus propias fuerzas este poder que advierte en sí mismo, y no alabarían al Señor sus misericordias.

Después de estas dos tentaciones: la primera la del error y la carencia de la verdad, y la segunda, la de la dificultad de obrar el bien, hay una tercera que se le presenta al hombre… Ten cuidado, pues, no sea que después del peligro de la ignorancia y de la concupiscencia, de los cuales te alegras de haberte evadido, te maten el tedio y el hastío. No es ésta, ni mucho menos, una leve tentación. Reconócete estar en ella, y levanta tu voz al Señor, para que también aquí te libre de tus flaquezas. Y, apenas te veas libre de ellas, que le alaben sus misericordias.

Librado ya del error, librado de la dificultad de obrar el bien, librado del hastío y del tedio de la palabra de Dios, tal vez seas digno de que se te encomiende el pueblo, y de ser constituido timonel de la nave, encargándote el gobierno de la Iglesia. Es aquí donde está la cuarta tentación. Las tempestades del mar, que baten la a Iglesia, alteran también al capitán. En fin, las tres primeras tentaciones las puede experimentar todo fiel piadoso del pueblo de Dios. La cuarta, en cambio, me toca a mí. Pues cuanto más me vea honrado, tanto más me veo en peligro. Está el temor de que el peligro del error aleje de la verdad a alguno de vosotros; y el temor de que a alguno le venza su propia codicia, y se deje guiar por ella, en lugar de clamar al Señor en las luchas que se derivan de sus vicios. Y hay que temer que en cada uno de vosotros se venga abajo la estima de la palabra de Dios, y que muera por el hastío. Pero la tentación del gobierno, la tentación de los peligros que hay en la dirección de la Iglesia, me toca a mí de una manera muy particular. Pero ¿cómo vais a sentiros libres vosotros, si es toda la nave la que corre este peligro? He dicho esto para evitar que en esta cuarta tentación, al creerla exclusiva y personalmente mía (en la que es muy necesario elevar plegarias), no dejéis de hacerlas, ya que los primeros en naufragar seréis vosotros; por tanto, sin bajar la guardia, no dejéis de orar solícitamente por mí. ¿O creéis, hermanos, que por no estar sentados junto al timón, no navegáis todos en la misma nave que yo?

Después de estas cuatro tentaciones, que son cuatro imploraciones de auxilio, de estas cuatro liberaciones, de estas cuatro confesiones de las misericordias del Señor, este salmo continúa recordándonos toda la Iglesia en general, para que conozcáis que de ella hablaba el salmo desde su comienzo…

Creo que lo tenéis bien claro ante vuestros ojos, pero para que lo recordéis mejor, lo voy a repetir brevemente. La primera tentación es la del error, y la del hambre de la palabra divina; la segunda, es la de la dificultad en vencer las pasiones; la tercera, la del tedio o hastío; la cuarta, la de la tempestad y los peligros que hay en los gobiernos de las Iglesias. En todas ellas están las exclamaciones, las liberaciones, y las alabanzas de las misericordias de Dios. Al final se encuentra recordada y recomendada la Iglesia, que obtiene la salvación por la gracia de nuestro Dios, no por sus propios méritos…

La cuarta tentación, por la que todos estamos en peligro, puesto que todos nos hallamos en la nave. Unos son los encargados de la navegación, y otros son conducidos; pero en la tempestad todos están en peligro, y todos se salvan al llegar al puerto. Después de todo esto, el salmo continúa: Los que descienden al mar en las naves, para traficar en las aguas inmensas, es decir en muchos pueblos. Con frecuencia las aguas simbolizan a los pueblos, según lo atestigua el Apocalipsis de Juan, cuando al preguntar él sobre el significado de aquellas aguas, se le respondió: Son los pueblos. Luego, quienes trafican en las aguas inmensas, son los que han visto las hazañas del Señor y sus maravillas en profundidad. ¿Y qué hay más profundo que el corazón de los hombres? Allí se originan los vientos y las tempestades de las sediciones y de las rebeliones que perturban la nave. ¿Y qué habrá que hacer en tales situaciones? Queriendo Dios que clamasen a él los capitanes y los pasajeros: Habló, y se detuvo el viento de la tempestad. ¿Qué significa: se detuvo? Que se quedó, que permaneció; que aún perturba, todavía azota, se ensaña y no pasa. Habló, pues, y se detuvo el viento de la tempestad. ¿Y qué hizo este viento tempestuoso? Y se encresparon sus olas. Suben hasta los cielos, por su osadía. Descienden hasta los abismos, por su miedo. Suben hasta los cielos, y bajan hasta los abismos. Fuera se afrontan luchas, dentro hay temores. Su alma se consumía en esas desgracias. Se agitaron y se tambalearon como un borracho. Los encargados del gobierno de la nave, y los que la aman sinceramente, comprenden lo que estoy diciendo: Se agitaron y se tambalearon como un borracho. No hay duda de que cuando hablan, cuando leen, cuando explican, parecen sabios. Pero ¡ay cuando llega la tempestad! Y toda su sabiduría —dice— se ha desvanecido. Algunas veces faltan todos los recursos humanos. Adondequiera que uno se vuelve, brama el oleaje, se enfurece la tempestad, desfallecen los brazos; los timoneles no ven absolutamente hacia dónde dirigir la proa, a qué ola presentar el costado, adónde dejar que sea llevada la nave, cómo frenarla para que no se estrelle contra los peñascos, nada de esto ven los capitanes. En estas circunstancias, ¿qué habrá que hacer, sino lo que sigue? Y gritaron al Señor en su angustia, y los sacó de sus tribulaciones. Y dio orden a la borrasca, y se apaciguó en suave brisa. No permaneció como tempestad, sino como suave brisa. Y enmudeció el oleaje. Escuchad sobre este punto la voz de un timonel que vivió el peligro, la humillación y la liberación: No quiero —dice—, hermanos, que ignoréis la tribulación que hemos sufrido en Asia, porque hemos sido abrumados sobre nuestras fuerzas, y hasta el extremo (aquí veo toda su sabiduría venida abajo), hasta tal punto, dice, que nos daba hastío incluso el mismo vivir. ¿Y entonces qué? ¿Acaso debía Dios abandonar a los hombres en este estado de incapacidad? ¿O bien, ellos desfallecieron para que él encontrara en ellos su gloria? ¿Qué es lo que sigue a continuación? Pero nosotros hemos tenido sobre nosotros mismos la sentencia de muerte, para que no confiemos en nosotros mismos, sino en Dios, que resucita a los muertosY dio orden a la borrasca, y se apaciguó en suave brisa. Ya aquellos, de quienes se había desvanecido toda su sabiduría, habían tenido de sí mismos un veredicto de muerte sobre sí mismos. Y enmudeció el oleaje. Y se alegraron de aquella bonanza. Y los condujo al puerto tan ansiado por ellos. Alaben al Señor sus misericordias. Sí, de verdad, en todo lugar, por todas partes, alaben al Señor, no nuestros méritos, no nuestras fuerzas, no nuestra sabiduría, sino sus misericordias. En cada liberación nuestra, debe ser amado aquél que hemos invocado en todas nuestras tribulaciones. Alaben al Señor sus misericordias, y las maravillas que ha hecho con los hombres.

 (Comentarios sobre los salmos, salmo 106).

Con la gracia del Señor, os voy a hablar de la lectura del santo Evangelio que acabamos de oír, y en nombre del Señor mismo os exhorto a que no se duerma en vuestros corazones la fe que hace frente a las tempestades y oleajes de este mundo. En efecto, no cabe que Cristo el Señor tuviera dominio sobre su muerte y no lo tuviera sobre su sueño, ni que el sueño se apoderase del navegante omnipotente sin quererlo él. Si creéis esto, él duerme en vosotros; si, por el contrario, Cristo está despierto en vosotros, despierta está vuestra fe. Dice el Apóstol que Cristo habita en vuestros corazones por la fe. Luego también el sueño de Cristo es signo de un misterio. Los navegantes son las almas que pasan este mundo en un madero. La nave figuraba asimismo a la Iglesia. Y, en efecto, todo cristiano es templo de Dios, todo cristiano navega en su corazón y, si piensa rectamente, no naufraga.

Has oído una afrenta, he ahí el viento. Te airaste, he ahí el oleaje. Si sopla el viento y se encrespa el oleaje, se halla en peligro la nave, fluctúa tu corazón. Oída la afrenta, deseas vengarte. Pero advierte que te vengaste y, claudicando ante el mal ajeno, naufragaste. Pero ¿cuál es la causa de ello? Que Cristo duerme en ti. ¿Qué significa: duerme en ti Cristo? Te olvidaste de Cristo. Despierta a Cristo, pues; acuérdate de Cristo, esté Cristo despierto en ti: piensa en él. ¿Qué querías? Vengarte. ¿Se te ha pasado de la memoria que él, cuando fue crucificado, dijo: Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen? Quien dormía en tu corazón no quiso vengarse. Despiértale, acuérdate de él. Memoria de él es su palabra; memoria de él, su precepto. Y, si Cristo está despierto en ti, dirás para ti: «¿Qué clase de hombre soy yo para querer vengarme? ¿Quién soy yo para proferir amenazas contra un hombre? Moriré quizá antes de vengarme. Y si salgo de este mundo resoplando, inflamado de ira y sediento de venganza, no me recibirá el que no quiso vengarse; no me recibirá el que dijo: Dad y se os dará, perdonad y se os perdonará. Por lo tanto, haré que amaine mi ira y volveré a la quietud de mi corazón». Dio órdenes Cristo al mar y se produjo la bonanza.

Lo que he dicho respecto a la ira, retenedlo como norma para todas las tentaciones que os sobrevengan. Surgió la tentación, es el viento; te turbaste, es el oleaje. Despierta a Cristo; hable él contigo. ¿Quién es este, dado que le obedecen el viento y el mar? ¿Quién es este a quien obedece el mar? Suyo es el mar; él lo hizoTodo fue hecho por él. Imita más bien a los vientos y al mar; obedece al Creador. Escucha el mar la orden de Cristo ¿y tú permaneces sordo? Le escucha el mar, amaina el viento ¿y tú soplas? ¿Qué? Hablo, actúo, simulo: ¿qué es esto sino soplar y no querer ceder ante la orden de Cristo? No os venza el oleaje cuando se perturbe vuestro corazón. Pero, puesto que somos hombres, si el viento nos empuja, si nos mueve el afecto de nuestra alma, no perdamos la esperanza; despertemos a Cristo para navegar en la bonanza y llegar a la patria. (Sermón 63).

 

San Bernardo:

 Todos sabemos que hay tres clases de hombres que alcanzan la libertad cruzando, cada uno de un modo distinto, este mar inmenso, símbolo de esta vida llena de molestias y oleajes. Son Noé, Daniel y Job. El primero lo cruza en una nave, el segundo por un puente y el tercero nadando. Estos tres hombres representan tres estados de vida en la Iglesia: Noé dirigía el arca para no morir durante el diluvio. En él reconozco sin vacilar la misión de los que gobiernan la Iglesia. Daniel es el varón de deseos, entregado a la abstinencia y castidad: el prototipo de los que se consagran exclusivamente a Dios en la penitencia y continencia. Job administra sabiamente las riquezas del mundo en la vida matrimonial, representa al pueblo cristiano que posee honestamente los bienes terrenos.

 Trataremos del primero y del segundo, porque tenemos aquí presentes a nuestros venerables hermanos y coabades que pertenecen a la jerarquía, y también se hallan algunos monjes, que viven en la condición de penitentes. Nosotros los abades no podemos olvidar que también pertenecemos a ese estado, a  no ser que -Dios no lo permita-por los privilegios de nuestro ministerio olvidemos nuestra profesión.

 No me entretengo en el tercero, es decir, los que viven en el matrimonio, porque apenas nos atañe a nosotros. Estos atraviesan el océano a nado, lanzados a una aventura llena de fatigas y peligros; y a una travesía inmensamente grande y desprovista de caminos. Es un viaje muy arduo, como lo vemos por tantos como lloramos por perdidos, y los muy pocos que llegan a la meta. Ciertamente, es muy difícil, sobre todo en estos tiempos invadidos de maldad, sortear las tormentas de los vicios y los abismos del pecado entre el oleaje del mundo.
 El estado de los continentes lo cruza por un puente que es, como todos comprendemos, el camino más corto, fácil y seguro. Omito las alabanzas y me limito a indicar los peligros, que es mucho mejor y más provechoso. 
 Queridos hermanos: habéis tomado un camino muy recto y más seguro que el del matrimonio; pero no está plenamente garantizado. Os asechan tres peligros: compararos con otros, mirar hacia atrás o intentar detenerse y plantarse en medio del puente. Ese puente es tan estrecho que no permite hacer eso. El camino que lleva a la vida es muy angosto. Contra el primer peligro, oremos cada uno de nosotros como el Profeta, para que no nos domine el orgullo, porque ahí fracasan los malhechores. El que echa mano al arado y después mira atrás, resbalará muy pronto y se hundirá en el océano. El que se para, aunque no abandone la Orden, y finja deseos de seguir adelante, acabará siendo derribado y arroyado por los que vienen detrás. El sendero es muy estrecho, y ese tal es un estorbo para los que quieren caminar y avanzar. Discuten continuamente con él, le reprenden, no soportan su flojedad y tibieza; le aguijonean y empujan, por así decirlo, con sus manos; y una de dos: o se decide a caminar o se pierde sin remedio. 
 Por eso no nos conviene retardar el paso, y mucho menos aún fijarnos en los otros o compararnos con ellos. Corramos humildemente y avancemos sin cesar, no sea que perdamos de vista al que salió como un héroe a recorrer su camino. Si somos sensatos, procuraremos mirarle sin cesar, atraídos por su fragancia, y el camino se nos hará más ligero y agradable. 
 A pesar de ello los decididos a correr no encuentran demasiado estrecho este puente. Está formado de tres buenos troncos de madera, apoyándose bien en ellos no hay peligro de resbalar. Son la mortificación corporal, la pobreza de bienes de este mundo y la humilde obediencia. Ya sabemos que, es necesario pasar por muchas tribulaciones para entrar en el reino de Dios. Y que los que quieren enriquecerse en esta vida, caen en la tentación y en el lazo del diablo. Además, el que se apartó de Dios por la desobediencia puede volver a Él por el camino recto y seguro de la obediencia. Estas tres cosas deben estar muy ensambladas. Porque la penitencia corporal vacila envuelta en riquezas y si le falta la obediencia, puede caer fácilmente en la indiscreción. Una pobreza rodeada de placeres y egoísmo es pura ilusión. Una obediencia cubierta de riquezas y regalos no es sólida ni merece recompensa.
 Pero si las prácticas con un sabio equilibrio lograrás evitar los tres peligros de este mar: los bajos apetitos, los ojos insaciables y la arrogancia del dinero. Insisto en que deben practicarse con mucho equilibrio; es decir: la penitencia esté libre del mal humor, la pobreza sin ansias de poseer y la obediencia limpia de propia voluntad. Recordemos aquellos murmuradores que perecieron mordidos por las serpientes; y que los que quieren hacerse ricos -no dice los que son ricos, sino los que pretenden ser-, caen en el lazo del diablo.
 Y qué diremos de aquel -Dios no lo permita- que desprecia las riquezas y busca los halagos de la pobreza con la misma pasión o mucho más afán con que los mundanos apetecen las riquezas. ¿Qué diferencia existe en desear una cosa u otra si el afecto está desordenado? Incluso parece más lógico hacer objeto de nuestro deseo aquello que atrae a la mayoría. Por eso, todo el que intenta conseguir directa o indirectamente, que su padre espiritual le mande lo que él quiere, se engaña a sí mismo si presume de ser obediente. En este caso no es él quien obedece al superior, sino el superior a él. 
 Pero recodemos aquel consejo del Salvador: la medida que uséis la usarán con vosotros. Por eso el que da a manos llenas merece que le devuelvan una medida generosa, colmada, remecida y rebosante. Cierto, para la salvación basta llevar con paciencia las molestias corporales; pero lo ideal es abrazarse gustosamente a ellas con fervor de espíritu. También podemos contentarnos con no buscar lo superfluo e incluso no murmurar cuando nos falta lo necesario; pero es mucho más perfecto alegrarse y hacer todo lo posible para que el prójimo tenga lo necesario, aunque nosotros sintamos la penuria. Y también está permitido, sin poner en peligro la salvación, intentar que el superior te mande lo que tú deseas, con tal que actúes con paciencia y lealtad; pero lo superas con creces si huyes de todo cuanto alaga a la propia voluntad, siempre que esto lo permita una conciencia recta. 
 Los prelados son sin duda alguna, los que se internan en naves por el mar, comerciando por las aguas inmensas. No están condicionados por la estrechez del puente ni las fatigas del nadar, sino que pueden bogar en todas direcciones y acudir en ayuda de quien los necesite. Pueden dirigir a los que avanzan por el puente o nadando, orientar a los adelantados, prever y evitar los escollos, espolear a los tibios y animar a los débiles. Tan pronto suben al cielo como bajan al abismo, porque unas veces tratan cosas muy espirituales y otras juzgan acciones horribles e infernales.
 ¿Y habrá alguna nave capaz de resistir un oleaje tan embravecido y no zozobrar en medio de tantos peligros? Sí, el amor es fuerte como la muerte y la pasión es tan cruel como el abismo. Por eso se nos dice a renglón seguido que las aguas torrenciales no podrán apagar el amor. Los superiores necesitan esta nave, construida con esas tres paredes laterales que tienen todos los barcos, y que en frase de Pablo son el amor que brota de un corazón limpio, de una conciencia honrada y de una fe sentida. La pureza del corazón del prelado consiste en querer servir más que presidir. En el desempeño de su cargo no busque su interés ni los honores del mundo, o cosa parecida, sino agradar a Dios y salvar almas.
 Además de esta intención pura necesita también una vida intachable; de este modo se convierte en modelo de su grey, porque enseña más con sus obras que con sus palabras, y según la regla de nuestro Maestro, cuanto indique a sus discípulos que es nocivo, muéstreles con su conducta que no deben hacerlo. En caso contrario, el hermano a quien reprende podría murmurar y decir: Médico, cúrate a ti mismo. Dar pie para ello sería el desprestigio del superior y un daño enorme para los súbditos. 
 Y al hablar así yo no presumo de haber evitado siempre esto. Lo hago porque la Verdad nos recuerda con insistencia a mí y a todos que el superior debe ser irreprensible, y capaz siempre de responder como el Señor a quienes le injurian: ¿Quién de vosotros puede acusarme de algo? Nosotros no podemos liberarnos totalmente del pecado en esta vida miserable; pero lo que el maestro reprenda en sus discípulos debe evitarlo con suma diligencia. 
 En consecuencia, sus pensamientos más íntimos vayan acordes con sus costumbres. No aparezca humilde en su porte exterior y sea altivo en su corazón, presumiendo de sabiduría, virtud o santidad. Esto sería una fe fingida, porque no confía exclusivamente en la misericordia del Señor con una actitud humilde.
 Fijaos qué bien concuerdan con estas tres cualidades -pureza de corazón, conciencia honrada y fe sentida- aquellas otras palabras del mismo Apóstol: A mí me importa muy poco que me exijáis cuentas vosotros o un tribunal humano, etc. Ni siquiera yo me las pido, sigue diciendo, porque la conciencia no me reprocha que busco mis intereses, sino los de Jesucristo. 
 Tampoco me importa nada que vosotros me tengáis como hombre de conciencia honesta y vida intachable. Quien me pide cuentas es el Señor. Con lo cual afirma que sólo en él pone su confianza, y que se humilla ante la mano poderosa de Dios. Dime ahora si podemos comparar todo esto con aquella triple pregunta de Jesús a Pedro, y si no se reduce prácticamente a ¿me amas?, ¿me amas? En realidad se trata de un amor que le brota de un corazón limpio, de una conciencia honrada y de una fe sentida. Con razón se exige amor al que va en la barca, para convertirlo en pescador de hombres. 

(SERMÓN A LOS ABADES; Noé, Daniel y Job cruzan el mar de tres modos distintos: en barca, por un puente y a nado).

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