28 de junio de 2015. Domingo 13º del tiempo ordinario -CICLO B.-

28 de junio de 2015
Domingo 13º del Tiempo Ordinario
– Ciclo B.-

Primera lectura

Lectura del libro de la Sabiduría (1,13-15; 2,23-24):

Dios no hizo la muerte ni goza destruyendo los vivientes. Todo lo creó para que subsistiera; las criaturas del mundo son saludables: no hay en ellas veneno de muerte, ni el abismo impera en la tierra. Porque la justicia es inmortal. Dios creó al hombre para la inmortalidad y lo hizo a imagen de su propio ser; pero la muerte entró en el mundo por la envidia del diablo; y los de su partido pasarán por ella.
Palabra de Dios

Salmo

Salmo 29, 2-6.11-13

R/. Te ensalzaré, Señor, porque me has librado

Te ensalzaré, Señor, porque me has librado
y no has dejado que mis enemigos se rían de mí.
Señor, sacaste mi vida del abismo,
me hiciste revivir cuando bajaba a la fosa. R/.

Tañed para el Señor, fieles suyos,
dad gracias a su nombre santo;
su cólera dura un instante;
su bondad, de por vida;
al atardecer nos visita el llanto;
por la mañana, el júbilo. R/.

Escucha, Señor, y ten piedad de mí;
Señor, socórreme.
Cambiaste mi luto en danzas.
Señor, Dios mío, te daré gracias por siempre. R/.

Segunda lectura

Lectura de la segunda carta del apóstol san Pablo a los Corintios (8,7.9.13-15):

Ya que sobresalís en todo: en la fe, en la palabra, en el conocimiento, en el empeño y en el cariño que nos tenéis, distinguíos también ahora por vuestra generosidad. Porque ya sabéis lo generoso que fue nuestro Señor Jesucristo: siendo rico, se hizo pobre por vosotros para enriqueceros con su pobreza. Pues no se trata de aliviar a otros, pasando vosotros estrecheces; se trata de igualar. En el momento actual, vuestra abundancia remedia la falta que ellos tienen; y un día, la abundancia de ellos remediará vuestra falta; así habrá igualdad. Es lo que dice la Escritura: «Al que recogía mucho no le sobraba; y al que recogía poco no le faltaba.»
Palabra de Dios

Evangelio

Lectura del santo Evangelio según san Marcos (5,21-43):

En aquel tiempo Jesús atravesó de nuevo a la otra orilla, se le reunió mucha gente a su alrededor, y se quedó junto al lago.
Se acercó un jefe de la sinagoga, que se llamaba Jairo, y al verlo se echó a sus pies, rogándole con insistencia: «Mi niña está en las últimas; ven, pon las manos sobre ella, para que se cure y viva.»
Jesús se fue con él, acompañado de mucha gente que lo apretujaba. Había una mujer que padecía flujos de sangre desde hacía doce años. Muchos médicos la habían sometido a toda clase de tratamientos y se había gastado en eso toda, su fortuna; pero en vez de mejorar, se había puesto peor. Oyó hablar de Jesús y, acercándose por detrás, entre la gente, le tocó el manto, pensando que con sólo tocarle el vestido, curaría. Inmediatamente se secó la fuente de sus hemorragias y notó que su cuerpo estaba curado.
Jesús, notando que, había salido fuerza de él, se volvió en seguida, en medio de la gente, preguntando: «¿Quién me ha tocado el manto?»
Los discípulos le contestaron: «Ves cómo te apretuja la gente y preguntas: “¿quién me ha tocado?”»
Él seguía mirando alrededor, para ver quién había sido. La mujer se acercó asustada y temblorosa, al comprender lo que había pasado, se le echó a los pies y le confesó todo.
Él le dijo: «Hija, tu fe te ha curado. Vete en paz y con salud.»
Todavía estaba hablando, cuando llegaron de casa del jefe de la sinagoga para decirle: «Tu hija se ha muerto. ¿Para qué molestar más al maestro?»
Jesús alcanzó a oír lo que hablaban y le dijo al jefe de la sinagoga: «No temas; basta que tengas fe.»
No permitió que lo acompañara nadie, más que Pedro, Santiago y Juan, el hermano de Santiago. Llegaron a casa del jefe de la sinagoga y encontró el alboroto de los que lloraban y se lamentaban a gritos.
Entró y les dijo: «¿Qué estrépito y qué lloros son éstos? La niña no está muerta, está dormida.»
Se reían de él. Pero él los echó fuera a todos, y con el padre y la madre de la niña y sus acompañantes entró donde estaba la niña, la cogió de la mano y le dijo: «Talitha qumi (que significa: contigo hablo, niña, levántate).»
La niña se puso en pie inmediatamente y echó a andar –tenía doce años–. Y se quedaron viendo visiones. Les insistió en que nadie se enterase; y les dijo que dieran de comer a la niña.
Palabra del Señor

 

COLLATIONES

“Dios no hizo la muerte”. San Atanasio nos lo explica diciendo que: “Los hombres se apartaron de las cosas eternas, y por insinuación del diablo se volvieron hacia las cosas corruptibles: y así, por su culpa le vino la corrupción de la muerte”. “Dios creó al hombre para la incorrupción y para ser imagen de su propia eternidad: pero por la envidia del diablo entró la muerte en el mundo”. Según San Atanasio: “Era indigno de la bondad de Dios que lo que era obra suya pereciera a causa del engaño del diablo en que el hombre había caído”. Y por eso: “Estando todos nosotros bajo el castigo de la corrupción y de la muerte, él tomó un cuerpo de igual naturaleza que los nuestros, y lo entregó a la muerte en lugar de todos, ofreciéndolo en sacrificio al Padre”.
“La muerte entró en el mundo por la envidia del diablo” como nos dice la Sabiduría, pero como expresa tan acertadamente San Juan Crisóstomo: “Si Jesucristo no se hubiera hecho pobre, los hombres no hubieran podido ser enriquecidos… Todo esto ha venido a nosotros por el canal de la pobreza, es decir, porque Jesucristo se ha revestido de nuestra carne, se ha hecho hombre, ha sufrido todo lo que sabemos”. San Pablo en la segunda lectura también nos invita a nosotros a que nos distingamos por nuestra generosidad: “Bien sabéis lo generoso que ha sido nuestro Señor Jesucristo: siendo rico, por vosotros se hizo pobre, para que vosotros, con su pobreza, os hagáis ricos”.
Nos hemos hecho ricos porque: “La corrupción de la muerte ya no tiene lugar en los hombres, pues el Verbo habita en ellos a través del cuerpo de uno” (San Atanasio). Cristo puso fin a la corrupción, a la muerte, por la gracia de la resurrección.
“Dios todo lo creó para que subsistiera”. Y para ello vino Cristo, y “Una vez que vino Cristo y sufrió la muerte por dar la vida al mundo, la muerte ya no se llama muerte, sino sueño y descanso” (San Juan Crisóstomo).
Por eso dice Jesús al jefe de la sinagoga: “La niña no está muerta, está dormida”. “Es decir, la niña, que ha muerto para vosotros, vive para mí: para vosotros está muerta, para mí duerme. Y el que duerme puede ser despertado” (San jerónimo). Y también le dijo: “No temas; basta que tengas fe”. Porque aunque los demás, sabiéndola muerta, lloraban y se lamentaban, como nos diría San Ambrosio: “Lloren pues, sus muertos los que se creen muertos; cuando se tiene fe en la resurrección, no se considera la muerte, sino el reposo”. “La niña se puso en pie inmediatamente y echó a andar”.
Pero en este día, Jesús no sólo hace el milagro de la hija del jefe de la sinagoga, que según San Agustín simboliza al pueblo judío. De camino, una mujer, que simboliza la Iglesia de los gentiles, toca el manto con tanta fe, que inmediatamente queda curada de la enfermedad que padecía. “Hija, tu fe te ha curado”.
Según San Agustín, esta escena “Significa la curación de la Iglesia de los gentiles que Cristo no vio con su presencia corporal… Y La orla del vestido del Señor es, pues, el apóstol Pablo, el enviado a los gentiles, porque él fue el último de los Apóstoles. ¿No es la orla la franja última y mínima de un vestido? Una y otra cosa dice de sí mismo el Apóstol: Mas yo soy el último de los Apóstoles, y yo soy el menor de los Apóstoles”.
Nos dice San Bernardo que tiene flujos de sangre todo el que comete pecados y que “quien comete el pecado se hace esclavo del pecado y es incapaz de vencerse a sí mismo aunque lo quiera. A este hombre no le conviene acercarse personalmente a Cristo, sino tocar el borde de su manto si lo encuentra; es decir, fijarse en el hombre más humilde y el último de la Iglesia, simbolizado en el manto de Cristo. Nos conviene observar al que ha elegido ser nada en la casa de Dios, pues es la orla puesta en el borde del manto, y allí se encuentra todo el perfume espiritual que desciende desde la cabeza”. Toquemos, con fe, el borde del manto del Señor, porque “El que logra tocarle con algunas obras buenas, la oración humilde o una sincera confesión, e inspirarle un gesto de compasión, tenga confianza y sin duda alguna sanará”.

 

San Atanasio:

Pero los hombres se apartaron de las cosas eternas, y por insinuación del diablo se volvieron hacia las cosas corruptibles: y así, por su culpa le vino la corrupción de la muerte, pues, como dijimos, por naturaleza eran corruptibles, y sólo por la participación del Verbo podían escapar a su condición natural, si permanecían en el bien. Porque, en efecto, la corrupción no podía acercarse a los hombres a causa de que tenían con ellos al Verbo, como dice la Sabiduría: “Dios creó al hombre para la incorrupción y para ser imagen de su propia eternidad: pero por la envidia del diablo entró la muerte en el mundo”. Entonces fue cuando los hombres empezaron a morir, y desde entonces la corrupción los dominó y tuvo un poder contra todo el linaje humano, superior al que le correspondía por naturaleza…
Todo esto no hacía sino aumentar el poder de la muerte, y la corrupción seguía amenazando el hombre, y el género humano iba pereciendo. El hombre hecho según el Verbo y a imagen (de Dios) estaba por desaparecer, y la Obra de Dios iba a quedar destruida. La muerte… tenía poder contra nosotros en virtud de que no era posible escapar a esta ley, habiendo sido puesta por Dios a causa de la trasgresión. La situación era absurda y verdaderamente inaceptable. Era absurdo que Dios, una vez que había hablado, nos hubiera engañado, y que habiendo establecido la ley de que si el hombre traspasaba su precepto moriría, en realidad no muriese después de la trasgresión, desvirtuándose así su palabra Por otra parte era inaceptable que lo que una vez había sido hecho según el Verbo y lo que participaba del Verbo quedara destruido y volviera a la nada a través de la corrupción. Porque era indigno de la bondad de Dios que lo que era obra suya pereciera a causa del engaño del diablo en que el hombre había caído. Sobre todo, era particularmente inaceptable que la obra de Dios en el hombre desapareciera, ya por negligencia de ellos, ya por el engaño del diablo… ¿Qué necesidad había de crear ya desde el principio tales seres? Mejor era no crearlos, que abandonarlos y dejarlos perecer una vez creados … Si no los hubiese creado, nadie habría pensado en atribuirlo a impotencia. Pero una vez que los hizo y los creó para que existieran, era de lo más absurdo que tales obras perecieran a la vista misma del que las había hecho…
Estando todos nosotros bajo el castigo de la corrupción y de la muerte, él tomó un cuerpo de igual naturaleza que los nuestros, y lo entregó a la muerte en lugar de todos, ofreciéndolo en sacrificio al Padre. Esto lo hizo por pura benignidad, en primer lugar a fin de que muriendo todos en él quedara abrogada la ley que condenaba a los hombres a la corrupción, ya que su fuerza quedaba totalmente agotada en el cuerpo del Señor y no le quedaba ya asidero en los hombres; y en segundo lugar para que, al haberse los hombres entregado a la corrupción, pudiera él restablecerlos en la incorrupción y resucitarlos de la muerte por la apropiación de su cuerpo y por la gracia de la resurrección, desterrando de ellos la muerte, como del fuego la paja.
Vio el Verbo que no podía ser destruida la corrupción del hombre sino pasando absolutamente por la muerte; por otra parte, era imposible que el Verbo muriera, siendo inmortal e Hijo del Padre. Por esto tomó un cuerpo que fuera capaz de morir, a fin de que éste, hecho partícipe del Verbo que está sobre todas las cosas, fuera capaz de morir en lugar de todos y al mismo tiempo permaneciera inmortal a causa del Verbo que en él moraba. Así se imponía fin para adelante a la corrupción por la gracia de la resurrección. Así, él mismo tomó para sí un cuerpo y lo ofreció a la muerte como sacramento y víctima libre de toda mancha, y al punto con esta ofrenda ofrecida por los otros, hizo desaparecer la muerte de todos aquellos que eran semejantes a él. Porque el Verbo de Dios estaba sobre todos, y era natural que al ofrecer su propio templo y el instrumento de su cuerpo por la vida de todos, pagó plenamente la deuda de la muerte. Y así, el Hijo incorruptible de Dios, al compartir la suerte común mediante un cuerpo semejante al de todos, les impuso a todos la inmortalidad con la promesa de la resurrección. La corrupción de la muerte ya no tiene lugar en los hombres, pues el Verbo habita en ellos a través del cuerpo de uno. Es como si el emperador fuera a una gran ciudad y se hospedara en una de sus casas: absolutamente toda la ciudad se sentiría grandemente honrada, y no habría enemigo o ladrón que la asaltara para vejarla, sino que se tendría toda ella como digna de particular protección por el hecho de que el emperador habitaba en una de sus casas. Algo así sucede con respecto al que es emperador de todo el universo. Al venir a nuestra tierra y morar en un cuerpo semejante al nuestro, hizo que en adelante cesaran todos los ataques de los enemigos contra los hombres, y que desapareciera la corrupción de la muerte que antes tenía gran fuerza contra ellos… (Sobre la Encarnación 4,6; 8;9).

San Juan Crisóstomo:

«Si no podéis entender que la pobreza enriquece, representaos a Jesucristo y en seguida se disiparán vuestras dudas. En efecto, si Jesucristo no se hubiera hecho pobre, los hombres no hubieran podido ser enriquecidos. Esas riquezas inefables, que por un milagro incomprensible para los hombres han encontrado su fuente en la pobreza son: el conocimiento de Dios y de la verdadera virtud, la liberación del pecado, la justicia, la santidad y otros mil beneficios que Jesucristo ya nos ha concedido y que nos concederá todavía. Todo esto ha venido a nosotros por el canal de la pobreza, es decir, porque Jesucristo se ha revestido de nuestra carne, se ha hecho hombre, ha sufrido todo lo que sabemos, aunque Él no fuera, como lo somos nosotros, deudor de la pena y de los sufrimientos» (Homilía 17, sobre 2 Cor.).

Para que aprendas que los muertos, incluso los que aquí yacen, no están muertos, sino que aquí descansan y duermen. Antes de la venida de Cristo, la muerte se llamaba muerte… Y no solamente se llama muerte sino también infierno… Pero, una vez que vino Cristo y sufrió la muerte por dar la vida al mundo, la muerte ya no se llama muerte, sino sueño y descanso. Y que se llame sueño lo testifican aquellas palabras del Señor: ¡Nuestro amigo Lázaro duerme! No dijo está muerto, aunque de verdad estaba muerto. Y para que comprendas que ese nombre de sueño era desusado, considera cómo se turban los discípulos cuando lo oyen, y dicen: ¡Señor! ¡Si duerme, sanará! ¡Hasta ese punto no entendían lo que esa palabra significaba! Y también Pablo: Entonces ¿también los que durmieron perecieron?, preguntó a algunos. Y en otra parte, hablando de nuestros difuntos: Nosotros, dice, los que vivimos no nos anticiparemos a los que durmieron Y en otra parte todavía: ¡Levántate tú que duermes! Y para demostrar que hablaba de los muertos, añadió: y levántate de entre los muertos. ¿Ves, pues, cómo en todas partes a la muerte se le llama sueño, y por este motivo el sitio obtuvo el nombre de Cementerio, como si dijeses dormitorio? Porque este nombre tiene su utilidad y está lleno de sabiduría cristiana. Así, cuando traes aquí a alguno que ha fallecido, no decaigas de ánimo. Porque no lo llevas a la muerte, sino al sueño. Este nombre te basta para consuelo y alivio en la desgracia. Entiende a dónde lo llevas: ¡al Cementerio! Y también cuándo lo llevas, que es después de la muerte de Cristo, cuando ya han sido quebrantados los nervios de la muerte. De manera que, tanto por el sitio como por el tiempo, podrás recibir gran consuelo…
¿Quién podrá contar las obras del poder de Yahvé? ¡Sacados de la muerte se nos hizo inmortales! ¡Son éstas las preciadas hazañas de la cruz! ¿Has comprendido la victoria? ¿Has comprendido el modo de ella? ¡Pues entiende ahora cómo sin trabajos ni sudores nuestros se alcanzó esta victoria! ¡No ensangrentamos nosotros nuestras armas; no nos presentamos en el combate; no sufrimos las heridas; ni siquiera vimos la batalla; y con todo ganamos la victoria! ¡Fue del Señor la pelea y fue nuestra la corona! Siendo pues nuestra la victoria, imitemos a los soldados, y cantemos las alabanzas y honores del triunfo con alegres voces: ¡La muerte ha sido absorbida por la victoria! ¿Dónde está, oh muerte, tu victoria? ¿Dónde está, oh muerte, tu aguijón? ¡Y fue la cruz la que nos engendró todas estas preclaras hazañas!…
(Homilía 21, acerca del cementerio y de la Cruz del Señor Dios y Salvador nuestro Jesucristo).

 

San Ambrosio:

«No está muerta la niña sino dormida. Los que no creen se ríen. Lloren pues, sus muertos los que se creen muertos; cuando se tiene fe en la resurrección, no se considera la muerte, sino el reposo. Y no está fuera de propósito lo que dice San Mateo de que había en la casa del jefe flautistas y una multitud de plañideras; ya porque, siguiendo los usos antiguos, se hizo venir a los flautistas para inflamar y excitar los plañidos; ya porque la Sinagoga, a través de los cánticos de la ley y de la letra, no podía captar la alegría del Espíritu.
«Tomando, pues, la mano de la niña, Jesús la curó y mandó que le dieran de comer. Es una atestación de vida, para que no se crea que es un fantasma, sino una realidad. Dichoso aquél al que la Sabiduría coge de la mano. ¡Ojalá que ella dirija nuestras acciones, que la justicia tenga mi mano, que la tenga el Verbo de Dios, que Él me introduzca en su interior, que me aparte del espíritu del error, que me conduzca el espíritu que salva, que ordene que me den de comer! Pues el Pan celestial es el Verbo de Dios. Esta Sabiduría, que ha llenado los santos altares con los alimentos del Cuerpo y de la Sangre divinos ha dicho: “Venid, comed mis panes, bebed mi vino, que he preparado para vosotros”» (Tratado sobre el Evangelio de San Lucas lib.VI, 62-63).

San Agustín:

Al príncipe de la muerte le dolió la derrota de la muerte. Y no has permitido que mis enemigos se diviertan a costa mía, porque no me han podido retener en el infierno.
Señor, Dios mío, he clamado a ti y tú me has curado: el Señor oró en el monte antes de la Pasión, y Dios lo curó. ¿A quién curó? ¿A quien nunca estuvo enfermo, a la Palabra de Dios, a la Palabra que es Divinidad? No, pero él era portador de la carne mortal, era portador de tu herida e iba a curarte de ella. Y la carne quedó curada. ¿Cuándo? Cuando resucitó. Presta oído al Apóstol y considera la auténtica sanación: La muerte -dice- quedó absorbida en la victoria. ¿Dónde está, muerte, tu aguijón? ¿Dónde está, muerte, tu pretensión? Luego aquel ensalzamiento será entonces la glorificación de nuestra voz, ahora es el ensalzamiento de Cristo.
Señor, has sacado mi alma del infierno. No hay necesidad de exponer este pasaje. Y me has salvado de los que bajan a la fosa. ¿Quiénes son los que bajan a la fosa? Todos los pecadores que se hunden en el abismo, pues la fosa es el abismo del siglo. ¿Y qué es eso del abismo del siglo? La proliferación de la lujuria y de la maldad. Por tanto, quienes se zambullen en los placeres y ambiciones terrenales bajan a la fosa. Estos tales son los que persiguieron a Cristo. ¿Y qué es lo que dice? Me has salvado de los que bajan a la fosa.
Cantad himnos al Señor, vosotros sus santos: porque ha resucitado vuestra Cabeza, vosotros que sois el resto de los miembros, esperad lo que en ella veis. Esperad, oh miembros, lo que habéis creído que tuvo lugar en vuestra Cabeza. Hay un proverbio antiguo y verídico: “Donde está la cabeza está el resto de los miembros”. Cristo ha subido al cielo adonde nosotros le seguiremos; no se quedó en los infiernos, sino que ha resucitado para no volver a morir. Cuando también nosotros resucitemos, ya no volveremos a morir. Contando, pues, con tales promesas, cantad himnos al Señor, vosotros sus santos; y confesad el recuerdo de su santidad. ¿Qué quiere decir confesar el recuerdo? Vosotros os habíais olvidado de él, pero él no se había olvidado de vosotros.
Porque la ira está en su indignación y la vida está en su voluntad. Para el pecador la ira se halla en la indignación de Dios: El día que comáis de él, moriréis. Tocaron el fruto, murieron, fueron expulsados del paraíso porque la ira está en su indignación: pero no quedaron desposeídos de la esperanza, porque la vida está en su voluntad. ¿Qué quiere decir en su voluntad? Que no está en nuestras fuerzas ni en nuestros méritos, sino que nos salvó porque quiso, no porque fuéramos merecedores de ello. ¿De qué es merecedor el pecador, sino de castigo? Sin embargo é1 mismo ha dado su vida a cambio del castigo. Les dio vida. Y si ha dado la vida a los impíos, ¿qué tiene reservado para los fieles?
Por la tarde se demorará el llanto. No tengáis miedo de que os haya dicho anteriormente cantad himnos y de que ahora se hable de un gemido; en el canto de himnos hay gozo, en la oración gemido. Gime ante las realidades presentes, canta himnos ante las futuras; ora por lo que tienes, canta por lo que esperas. Por la tarde se demorará el llanto. ¿Qué quiere decir que por la tarde se demorará el llanto? La tarde llega cuando se pone el sol. Al hombre se le puso el sol, es decir, la luz de la justicia, la presencia de Dios. Por eso cuando Adán fue expulsado del paraíso, ¿qué se dijo en el Génesis? Cuando Dios se paseaba por el paraíso, paseaba por la tarde. Aquel pecador ya se había ocultado entre el follaje, no quería ver la cara de Dios de la que se había acostumbrado a gozar. Se le había ocultado el sol de justicia, ya no gozaba de la presencia de Dios. Aquí tuvo su inicio toda esta vida mortal. Por la tarde se demorará el llanto. Tu llanto será duradero, oh, género humano. Naces de Adán y la realidad es ésta; también nosotros descendemos de Adán y todos cuantos engendraron o van a engendrar hijos proceden de Adán, de quien también ellos descienden. Por la tarde se demorará el llanto y por la mañana la alegría: cuando comience a despuntar para los fieles la luz que había tenido su ocaso para los pecadores. Justamente por este motivo, también el Señor Jesucristo resucitó del sepulcro por la mañana, para prometerle a la casa la dedicación que ya tuvo lugar en su cimiento. En el caso de Nuestro Señor, su sepultura tuvo lugar por la tarde, mientras que su resurrección al tercer día ocurrió por la mañana. También a ti te sepultaron en el paraíso por la tarde y resucitaste al tercer día. ¿Cómo es que resucitaste al tercer día? Si piensas en el siglo, el primer día es la época anterior a la Ley, el segundo bajo la Ley y el tercero bajo la gracia. Lo que ha mostrado tu Cabeza en aquellos tres días, eso mismo se manifiesta en ti en tres días del siglo. ¿Cuándo? En la mañana hay que esperar y alegrarse, pero ahora hay que aguantar y gemir…
Escucha ya lo referente a la resurrección misma: Mudaste mi llanto en júbilo; rompiste mi sayal y me ceñiste de alegría. ¿De qué sayal se trata? De la mortalidad. Los sayales se confeccionan a base de pelo de cabra o de cabrito y, por otra parte, tanto a las cabras como a los cabritos se les coloca entre los pecadores. El Señor sólo recibió de nuestra condición humana el sayal, pero no asumió lo que mereció ese sayal. Merecimiento del sayal es el pecado; ese sayal, la mortalidad. Por amor a ti asumió la mortalidad quien no merecía la muerte. Lo que merece la muerte lo tiene el que peca; pero el que no pecó no tuvo lo que merece el sayal. En otro pasaje dice su misma voz: Pero yo, cuando me molestaban, me vestía de cilicio. ¿Qué significado tiene me vestía de cilicio? Que presentaba a los que me perseguían lo que tengo de cilicio. Para que únicamente vieran en él a un hombre, se escondió de los ojos de los perseguidores, dado que éstos eran indignos de contemplar al vestido de cilicio. Por tanto, rompiste mi sayal y me ceñiste de alegría.
Para que mi gloria te cante y nada me punce. Lo que se da en la cabeza se da también en el cuerpo. ¿Qué significa para que nada me punce? Que ya no muera. Pues fue punzado cuando pendía de la cruz; fue traspasado con la lanza. Así, pues, nuestra Cabeza dice: Que nada me punce: que no muera ya. Y nosotros ¿qué decimos ante la dedicación de la casa? Que no nos punce nuestra conciencia con los aguijones de los pecados. Se nos perdonarán todos y entonces seremos libres. Para que te cante -dice– mi gloria, no mi humildad. Si la gloria es nuestra, es también de Cristo, porque nosotros somos el Cuerpo de Cristo. ¿Por qué? Porque, aunque Cristo está sentado en el cielo, ha de decir a algunos: Tuve hambre y me disteis de comer. Está allí y está aquí: allí está en su persona, aquí en nosotros. ¿Qué dice, pues? Para que te cante mi gloria y nada me punce. Mi humildad gime para ti, mi gloria cantará para ti. Y por último, Señor Dios mío, te confesaré por siempre. ¿Qué quiere decir te confesaré por siempre? Te alabaré por siempre, ya que, como dije, la confesión se extiende no sólo a las alabanzas, sino también a los pecados. Confiesa, pues, ahora lo que has hecho contra Dios y confesarás lo que Dios ha hecho contigo. ¿Qué has hecho? Pecados. ¿Qué ha hecho Dios? Al confesar tu iniquidad, él perdona tus pecados, para que, acto seguido, al confesar sus alabanzas por siempre, no te punce tu pecado. (Comentarios a los salmos; salmo 29).

Cuando se narran hechos pasados, iluminan la mente e inyectan esperanza en las realidades futuras. Jesús se encaminaba a resucitar a la hija del jefe de la sinagoga, cuya muerte le habían anunciado. Y, hallándose de camino, como de improviso se cruza una mujer aquejada de una enfermedad, mujer llena de fe, con flujos de sangre, que había de ser redimida de ese mal. Y dijo en su corazón: Si toco aunque solo sea la orla de su vestido, quedaré sana. Decirlo fue tocarlo. A Cristo se le toca con la fe. Se acercó y lo tocó: se realizó lo que creyó. El Señor, sin embargo, preguntó: ¿Quién me ha tocado? Desea saber aquel a quien nada se le oculta; pregunta de quién fue la acción, cosa que conoció ya antes de la acción misma. Existe, pues, un misterio: veámoslo y, en la medida del don de Dios, comprendámoslo.
La hija del jefe de la sinagoga simboliza al pueblo judío; esta mujer, la Iglesia de los gentiles. Cristo, el Señor, nacido de los judíos según la carne, se presentó a ellos en la carne; a los gentiles envió a otros, no fue personalmente. Su existencia corporal y visible se desarrolló en Judea. Por esto dice el Apóstol: Digo que Cristo fue ministro de la circuncisión al servicio de la veracidad de Dios para confirmar las promesas hechas a los padres —en efecto, a Abrahán se le dijo: En tu linaje serán benditos todos los pueblos—; los gentiles, en cambio, glorifican a Dios por su misericordia. Luego Cristo fue enviado a los judíos. Se encaminaba a resucitar a la hija del jefe de la sinagoga. Se cruza la mujer, y queda curada. Primeramente es curada mediante la fe, y da la impresión de que la desconoce el que la ha salvado. ¿Por qué, sino, dijo: Quién me ha tocado? La ignorancia de Dios nos afianza en la existencia de un misterio. Algo quiere indicarnos, cuando ignora algo quien no puede ignorarlo. ¿Qué significa, entonces? Significa la curación de la Iglesia de los gentiles que Cristo no vio con su presencia corporal. Suya es esta frase del salmo: Un pueblo, al que no he conocido, me ha servido. Cuando oyó, me obedeció. Le oyó el orbe de la tierra y creyó; le vio el pueblo judío y primeramente le crucificó, pero después también llegó a él. Creerán también los judíos, pero al final de los tiempos.
Mientras esto llega, quede sanada esta mujer, toque la orla del vestido. En el vestido entended al coro de los Apóstoles. De él formaba parte uno, el último y el menor, a modo de orla, el apóstol Pablo. Él fue enviado a los gentiles, él que dice: Pues yo soy el menor de los Apóstoles, yo que no soy digno de ser llamado Apóstol. Dice también: Yo soy el último de los Apóstoles. Esta orla, la franja estrecha en que acaba un vestido, es necesaria a la mujer no sana, pero que ha de ser sanada. Lo que hemos oído se ha realizado ya; lo que hemos oído se está realizando ahora. Todos los días toca esta mujer la orla, todos los días es curada. El flujo de sangre no es otra cosa que el flujo carnal. Cuando se oye al Apóstol, cuando se escucha la orla, la franja estrecha en que acaba un vestido, que dice: Mortificad vuestros miembros terrenos, se reprime el flujo de sangre, se reprimen la fornicación, la embriaguez, los placeres de este mundo, se reprimen todas las obras de la carne. No te cause maravilla: se ha tocado la orla. Cuando el Señor dijo: ¿Quién me ha tocado?, conociéndola, no la conoció: simbolizaba y designaba a la Iglesia que él no vio con el cuerpo pero redimió con su sangre. (SERMÓN 63 B).

Entonces aquella mujer, llegando como de improviso de no sé dónde, sin ser conocida porque tampoco ella conocía, tocó al Señor también con la fe diciéndose: Si toco la orla de su vestido, quedaré sana. La tocó y fue sanada. Sufría una enfermedad detestable: el flujo de sangre. De hecho, todos aborrecen tanto oír hablar de esa enfermedad como padecerla. Aborrecen que fluya sangre de su cuerpo; no toleren, pues, que fluya de su corazón… ¿Qué aprovecha un cuerpo sano e incólume en el que enferma el alma, que es quien habita el cuerpo? Así, pues, traspasado al alma, el flujo de sangre es el derroche… Resulta necesario disponer del médico que vino a sanar las enfermedades de las almas. Por esto mismo quiso sanar las enfermedades corporales: para manifestarse como salvador del alma, porque de ambas realidades es creador. En efecto, no cabe aceptar que sea creador del alma y no lo sea del cuerpo. Él quiso, por tanto, exhortar al alma a que sanase interiormente. Por este motivo curó el cuerpo: al actuar en él pensaba en el alma, a fin de que esta desease que se realizase en sí lo que veía que Jesús obraba fuera de ella. ¿Qué fue lo que obró Dios? Curó el flujo de sangre, curó al leproso, curó al paralítico Todas estas son enfermedades del alma. Curó al cojo y al ciego, pues cojea todo el que no camina de forma recta por el camino de la vida, y es ciego quien no cree a Dios. También el derrochador padece flujo de sangre, y todo el que es inconstante y mendaz, manchas de lepra. Y es necesario que la sane por dentro quien le sanó por fuera precisamente para que desease sanar interiormente…
Esta mujer consume en médicos todos sus haberes… Todos, en efecto, prometen la salud, pero no pueden otorgarla, porque ni ellos tienen qué dar. Luego había gastado todos sus bienes y no se curaba. Dijo: «Tocaré su orla». La tocó y fue curada. Investiguemos qué es la orla del vestido. Esté atenta Vuestra Caridad. Se entiende que el vestido del Señor son los Apóstoles que se adhieren a él. Averiguad qué Apóstol fue enviado a los gentiles. Hallaréis que el enviado fue el apóstol Pablo, pues la mayor parte de su actividad apostólica la desarrolló entre los gentiles. La orla del vestido del Señor es, pues, el apóstol Pablo, el enviado a los gentiles, porque él fue el último de los Apóstoles. ¿No es la orla la franja última y mínima de un vestido? Una y otra cosa dice de sí mismo el Apóstol: Mas yo soy el último de los Apóstoles, y yo soy el menor de los Apóstoles. Él es el último, él el menor. Tal es la orla del vestido. Y la Iglesia de los gentiles, al igual que la mujer que tocó la orla, padecía flujo de sangre. La tocó el Señor y quedó sana. Toquemos también nosotros, es decir, creamos, para poder ser sanados. (SERMÓN 63 A).

San Jerónimo:

¿Quién me ha tocado?, pregunta, mirando en derredor, para descubrir a la que lo había hecho. ¿No sabía el Señor quién lo había tocado? Entonces, ¿por qué preguntaba por ella? Lo hacía como quien lo sabe, pero quiere ponerlo de manifiesto. Y la mujer, llena de temor y temblorosa, conociendo lo que en ella había sucedido…etc. Si no hubiese preguntado y hubiese dicho: ¿Quién me ha tocado?, nadie hubiera sabido que se había realizado un signo. Habrían podido decir: no ha hecho ningún signo, sino que se jacta y habla para gloriarse. Por ello pregunta, para que aquella mujer confiese y Dios sea glorificado.
Y se postró ante él y le dijo toda la verdad. Observad los pasos, ved el progreso. Mientras padecía flujo de sangre, no había podido venir ante el: fue sanada y vino ante él. Y se postró a sus pies. Todavía no osaba mirarle a la cara: apenas ha sido curada, le basta con tener sus pies.
Y le dijo toda la verdad. Cristo es la verdad. Y como había sido curada por la verdad, confesó la verdad…
Llegaron a la casa del jefe de la sinagoga, diciendo: “Tu hija ha muerto: ¿por qué molestar más al maestro?”. Resucitó la Iglesia y murió la sinagoga. Aunque la niña había muerto, le dice, no obstante, el Señor al jefe de la sinagoga: No temas, ten sólo fe. Digamos también nosotros hoy a la sinagoga, mas creed y resucitará.
No permitió que nadie le siguiera más que Pedro, Santiago y Juan, el hermano de Santiago. Alguien podría preguntar, diciendo: ¿por qué son siempre elegidos estos tres, y los demás son dejados aparte? Pues también cuando se transfiguró en el monte, tomó consigo a estos tres. Así, pues, son tres los elegidos: Pedro, Santiago y Juan. En primer lugar, en este número se esconde el misterio de la Trinidad, por lo que este número es santo de por sí. Pues también Jacob, según el Antiguo Testamento, puso tres varas en los abrevaderos. Y está escrito en otro lugar: “El esparto triple no se rompe”. Por tanto, es elegido Pedro, sobre el que ha sido fundada la Iglesia, Santiago, el primero entre los apóstoles que fue coronado con el martirio, y Juan, que es el comienzo de la virginidad.
Y llegó a la casa del jefe de la sinagoga y vio un alboroto y unas lloronas plañideras. Incluso hoy sigue habiendo alboroto en la sinagoga. Aunque afirmen que cantan los salmos de David, su canto, sin embargo, el llanto.
Y entrando les dice: ¿Por qué estáis turbados y lloráis? La niña no ha muerto, sino que duerme. Es decir, la niña, que ha muerto para vosotros, vive para mí: para vosotros está muerta, para mí duerme. Y el que duerme puede ser despertado.
Y se burlaban de él. Pues no creían que la hija del jefe de la sinagoga pudiera ser resucitada por Jesús.
Pero él, echando a todos fuera, tomó consigo al padre y a la madre de la niña. Dirijámonos a los santos varones, que realizan signos, a quienes el Señor les concedió ciertos poderes. He aquí que Cristo, cuando iba a resucitar a la hija del jefe de la sinagoga, echa fuera a todos, para que no pareciera que lo hacía por jactancia. Así, pues, habiendo echado a todos, él tomó consigo al padre y a la madre de la niña. E incluso a ellos les hubiera echado probablemente, si no hubiera sido por consideración a su amor de padres, para que vieran a su hija resucitada.
Y entra donde estaba la niña, y tomándola de la mano… etc. En primer lugar tomó su mano, sanó sus obras y de este modo la resucitó. Entonces se cumplió verdaderamente esto: “Cuando haya entrado la plenitud de las naciones, entonces todo Israel será salvo”. Dice, pues, Jesús: Talitha kumi, que significa: Niña, levántate para mí. Si hubiera dicho:”Talitha kum”, significaría: “Niña, levántate”, pero como dijo “Talitha kumi”, esto significa, tanto en lengua siria como en lengua hebrea: “Niña, levántate para mí”. Observad, pues, el misterio de la misma lengua hebra y siria. Es como si dijese: niña, que debías ser madre, por tu infidelidad continúas siendo niña. Lo que podemos expresar de este otro modo: porque vas a renacer, serás llamada niña. “Niña, levántate para mí”, o sea, no por tu propio merito, sino por mi gracia. Levántate, por tanto, para mí, porque serás curada por tus virtudes.
Y al instante se levantó la niña y echó a andar. Que nos toque también a nosotros Jesús y echaremos a andar. Aunque seamos paralíticos, aunque poseamos malas obras y no podamos andar, aunque estemos acostados en el lecho de nuestros pecados y de nuestro cuerpo, si nos toca Jesús, al instante quedaremos curados. La suegra de Pedro estaba dormida por las fiebres: la tocó Jesús y se levantó, e inmediatamente se puso a servirle. Ved qué diferencia. Aquella es tocada, se levanta, y se pone a servir, a ésta le basta sólo andar.
Y quedaron fuera de sí, presos de gran estupor, y les mandó insistentemente que callaran y que no lo dijeran a nadie. ¿Veis el motivo, por el que había echado a la turba para realizar los signos? Les mandó –y no sólo les mandó, sino que además les mandó insistentemente- que nadie lo supiera. Mandó a los tres apóstoles, y mandó el Señor a todos, mas la niña, que resucitó, no puede callar.
Y dijo que le dieran de comer: para que la resucitada no se tomara por un fantasma. Él mismo también por este motivo, después de su resurrección comió del pescado y de la miel. “Y dijo que le dieran de comer”. Te pido, Señor, que también a nosotros, que estamos tendidos, nos tomes de la mano, nos levantes del lecho de nuestros pecados y nos hagas caminar. Y cuando caminemos, manda que nos den de comer; estando yacentes, no podemos hacerlo. Si no nos levantamos, no somos capaces de recibir el cuerpo de Cristo. A Él la gloria, juntamente con el Padre y el Espíritu Santo, por los siglos de los siglos. Amén.
(Comentario al Evangelio de San Marcos, III).

 

San Gregorio Magno:

Téngase en cuenta que, si bien es verdad que con cualquier pecado que se comete el antiguo enemigo inocula veneno en el corazón humano, en el pecado de envidia, la serpiente activa todas sus entrañas para vomitar y contagiar la peste de su malicia. Sobre él está escrito: La muerte entró en el mundo por la envidia del diablo. Cuando la ponzoña de la envidia corrompe el corazón ya vencido, el mismo aspecto exterior expresa la gravedad de la enfermedad que ataca al ánimo. Se adquiere un color pálido, los ojos se aprietan, la mente se enciende, los miembros se enfrían, los pensamientos se llenan de rabia, rechinan los diente, en lo profundo del corazón se esconde un odio creciente, y una herida interior taladra la conciencia produciendo un dolor ciego. Nada de lo que posee produce alegría, porque la pena consume la mente y la felicidad ajena produce tormento. Cuando más crece el edificio de las acciones de los demás, tanto más profundamente se hunden los cimientos de la mente envidiosa; al ver cómo los otros progresan cada vez más hacia el bien, más se sumerge en el mal. En su ruina, destruye incluso las obras que consideraba haber obrado con perfección. Cuando la envidia consume la mente, acaba con todas las obras buenas que encuentra a su paso.
Se dice por Salomón: La salud del corazón es la vida de la carne; la envidia, podredumbre de los huesos…
¿Por qué hablar de la envidia sin decir cómo erradicarla?…
Quien desea estar completamente libre de la peste de la envidia, ama la herencia que no mengua con el aumento de herederos; herencia que es una para todos y toda entera para cada uno; herencia que se revela tanto mayor cuanto más crece la multitud de los que en ella participan. Por eso, el amor que surge de la dulzura interior disminuye la envidia y el amor perfecto de la eternidad acaba por completo con ella. Cuando la mente aleja de sí el deseo de cosas que se han de repartir entre los demás, ama más al prójimo, pues no considera dañino su provecho. Si se deja arrastrar completamente al amor de la patria celeste, se afianzará plenamente también en el amor al prójimo, porque cuando no se desea nada terreno nada hay que se interponga en tu amor por él.
¿Qué es la caridad sino el ojo de la mente, que si se mancha con el polvo del amor terreno se lesiona y se deslumbra por la visión de la luz interior? Quien ama las cosas terrenas es pequeño; quien contempla las eternas, grande. También se pueden, por tanto, interpretar así las palabras: La envidia mata al pequeño, porque no muere de esta enfermedad pestilente sino quien aún está enfermo en sus deseos. (Moralia; libro 5, 85-86).

San Bernardo:

El reino de los cielos sufre violencia y solamente los violentos lo consiguen. El publicano hizo esa violencia al reino de los cielos: no se atrevió a levantar los ojos al cielo y con ello consiguió que el cielo descendiese hasta él. Lo mismo aquella mujer que sufría flujos de sangre: temía acercarse a Cristo y logró que brotara de él una fuerza especial. Tocó a escondidas el borde de su manto y quedó curada de su dolencia. Por eso pregunta Jesús aparentemente indignado: ¿Quién me ha tocado? Y añade: He sentido salir de mí una fuerza.
Estoy cierto que ninguno de nosotros ha sentido esto. Pero tal vez alguno, cuando vivía en el mundo, pudo experimentar lo que os digo: sufrir pérdida involuntaria de sangre, de esa sangre que no merece el reino de Dios. Efectivamente, quien comete el pecado se hace esclavo del pecado y es incapaz de vencerse a sí mismo aunque lo quiera. A este hombre no le conviene acercarse personalmente a Cristo, sino tocar el borde de su manto si lo encuentra; es decir, fijarse en el hombre más humilde y el último de la Iglesia, simbolizado en el manto de Cristo. Nos conviene observar al que ha elegido ser nada en la casa de Dios, pues es la orla puesta en el borde del manto, y allí se encuentra todo el perfume espiritual que desciende desde la cabeza.
El que logra tocarle con algunas obras buenas, la oración humilde o una sincera confesión, e inspirarle un gesto de compasión, tenga confianza y sin duda alguna sanará. Mas sepa la orla que esa virtud no procede de ella, sino de Cristo, pues él mismo dice que le han tocado en ella. (Sermón 25).

Hermanos, estos trabajos nos recuerdan nuestro destierro, nuestra pobreza, nuestro pecado. ¿Por qué nos matamos día, tras día con frecuentes ayunos y largas vigilias, con trabajos y fatigas? ¿Fuimos creados para esto? En absoluto. El hombre nace condenado a trabajar, pero no fue creado para el trabajo. Su nacimiento está manchado por la culpa, y por eso merece pena. Todos debemos gemir con el Profeta: en la culpa nací, pecador me concibió mi madre. La primera creación fue muy distinta, porque Dios no creó la culpa ni la pena. De la muerte, que es la mayor de todas, dice explícitamente la Escritura: La muerte entró en el mundo por la envidia del diablo. Y en otro lugar: Dios no hizo la muere, etc.
Así como cuando trabajan las manos no se cierran los ojos ni los oídos, del mismo modo, y con mayor razón, mientras trabaja el cuerpo, el espíritu debe estar atento a su labor y no perder el tiempo. Piense durante el trabajo el motivo del trabajo, para que la pena que sufre le recuerde la culpa que la bajó, para que la pena que sufre le recuerde la culpa que la mereció. Y al ver la herida vendada, piense en la herida que está debajo de las vendas. Con este pensamiento somos más humildes bajo la mano poderosa de Dios, el espíritu se satura de dulce piedad y se presenta como un pobre ante su presencia. La Escritura no cesa de advertirnos: Compadécete de tu alma agradando a Dios. Y no hay duda que la miseria que agrada a Dios alcanza fácilmente misericordia. No digamos que no tenemos de qué compadecernos de nuestras almas. Si somos sinceros, encontraremos en ella muchas cosas dignas de compasión.
Voy a fijarme solamente en una, y de este modo vosotros podréis examinar las demás. ¿No os parece que nos hayamos en medio de dos mesas y que contemplamos muertos de hambre a los que comen aquí y allá? Eso somos, sin duda alguna. ¿Cuándo podremos nosotros reírnos, regocijarnos, aliviarnos y vivir orgullosos y satisfechos? ¿No conocemos las mesas, no apreciamos los banquetes, no vemos los manjares? Aquí veo a los que estrujan los placeres de los bienes sensibles de este mundo; allí contemplo a los que Cristo confirió la realeza, para que coman y beban a su mesa en el reino de su Padre.
En cualquiera de los casos, veo que son hombres semejantes a mí, que son mis hermanos. Pero, hay de mí, a ninguna mesa puedo extender la mano. Las dos me están prohibidas: esta por la profesión, aquella por vivir en el cuerpo. No me atrevo a acercarme a la de abajo, ni puedo llegar a la de arriba. La única solución es comer el pan del dolor, que las lágrimas sean mi pan noche y día, y esperar que algún convidado celestial -movido a compasión- arroje unas migajas de felicidad a la boca del cachorrillo que ladra bajo la mesa.
La envidia que sentimos al ver a los que están saturados de los goces de este mundo, rebela un alma enferma y ese afecto no me parece propio de un alma espiritual. Y, todavía, está más lejos de la verdad quien tiene por dichosos a los que debería compadecer como miserables: los que pecan y no se arrepienten. Ese se cree desgraciado, no por el juicio de la razón, sino por el sentimiento de no ser como ellos. En realidad debería desear que todos fueran como él.
Quien así piensa sólo merece alabanza, si lo que él cree que es una desgracia, se decide a soportarlo pacientemente por amor o temor de Dios, y dice con sinceridad al Señor: Por ser fiel a tus palabras he seguido caminos duros. Esta manera de pensar es propia de principiantes, como la leche para los niños. Cuando el alma progresa y decide seguir el dictamen de la razón, todo lo tiene por pérdida y basura, y se lamenta con el Profeta de los que se revuelcan en el estiércol.
Desprecia todo esto con una especie de santa y humilde soberbia, y con su grandeza de espíritu, en vez de ensalzar a la gente que tiene todo eso, la tiene por desgraciada, proclama dichoso a aquel cuyo Dios es el Señor. Es decir, se compadece de unos al compararlos consigo mismo, y verá a otros que le hacen compadecerse de sí mismo, porque contempla las riquezas celestiales y sus alegrías perpetuas a la derecha del Señor. Y así el que se lamentaba de no participar en la abundancia de aquí abajo, porque, por tu causa nos degüellan cada día, ahora suspira con más anhelo por la opulencia de arriba y dice: Ay de mí, cuanto se prolonga mi destierro. (En las faenas de la cosecha, sermón 2º: las dos mesas).

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