5 de julio de 2015. Domingo 14º del tiempo ordinario – CICLO B.-

5 de julio de 2015

Domingo 14º del Tiempo Ordinario

- Ciclo B.-

 

Primera lectura

Lectura de la profecía de Ezequiel (2,2-5):

En aquellos días, el espíritu entró en mí, me puso en pie, y oí que me decía: «Hijo de Adán, yo te envío a los israelitas, a un pueblo rebelde que se ha rebelado contra mí. Sus padres y ellos me han ofendido hasta el presente día. También los hijos son testarudos y obstinados; a ellos te envío para que les digas: “Esto dice el Señor.” Ellos, te hagan caso o no te hagan caso, pues son un pueblo rebelde, sabrán que hubo un profeta en medio de ellos.»
Palabra de Dios

 

Salmo

Sal 122


R/.
 Nuestros ojos están en el Señor,
esperando su misericordia


A ti levanto mis ojos,
a ti que habitas en el cielo.
Como están los ojos de los esclavos
fijos en las manos de sus señores. R/.

Como están los ojos de la esclava
fijos en las manos de su señora,
así están nuestros ojos
en el Señor, Dios nuestro,
esperando su misericordia. R/.

Misericordia, Señor, misericordia,
que estamos saciados de desprecios;
nuestra alma está saciada
del sarcasmo de los satisfechos,
del desprecio de los orgullosos. R/.

 

Segunda lectura

Lectura de la segunda carta del apóstol san Pablo a los Corintios (12,7b-10):

Para que no tenga soberbia, me han metido una espina en la carne: un ángel de Satanás que me apalea, para que no sea soberbio. Tres veces he pedido al Señor verme libre de él; y me ha respondido: «Te basta mi gracia; la fuerza se realiza en la debilidad.» Por eso, muy a gusto presumo de mis debilidades, porque así residirá en mí la fuerza de Cristo. Por eso, vivo contento en medio de mis debilidades, de los insultos, las privaciones, las persecuciones y las dificultades sufridas por Cristo. Porque, cuando soy débil, entonces soy fuerte.
Palabra de Dios

 

Evangelio

Lectura del santo evangelio según san Marcos (6,1-6):

En aquel tiempo, fue Jesús a su pueblo en compañía de sus discípulos. 
Cuando llegó el sábado, empezó a enseñar en la sinagoga; la multitud que lo oía se preguntaba asombrada: «¿De dónde saca todo eso? ¿Qué sabiduría es ésa que le han enseñado? ¿Y esos milagros de sus manos? ¿No es éste el carpintero, el hijo de María, hermano de Santiago y José y Judas y Simón? Y sus hermanas ¿no viven con nosotros aquí?» 
Y esto les resultaba escandaloso. 
Jesús les decía: «No desprecian a un profeta más que en su tierra, entre sus parientes y en su casa.» 
No pudo hacer allí ningún milagro, sólo curó algunos enfermos imponiéndoles las manos. Y se extrañó de su falta de fe. Y recorría los pueblos de alrededor enseñando.
Palabra del Señor

 

COLLATIONES

Sabemos que “muchas veces y de muchos modos habló Dios en el pasado a nuestros padres por medio de los Profetas”. Ezequiel fue uno de esos profetas enviado por Dios a su pueblo, pueblo al que Dios llama testarudo, obstinado y rebelde. Ya le avisa de antemano de que unos le harán caso y otros no: “Ellos, te hagan o no te hagan caso,…”. Porque no depende del enviado sino de aquel que recibe el  mensaje, el creer lo que se le dice.  Dice San Gregorio Magno que: “El conocer a los buenos suele servir a los malos o para ayuda de su salvación o para testimonio de su condenación. Sepan, pues, que en medio de ellos hay un profeta, para que, oyendo su predicación, o sean impelidos a levantarse y convertirse o sean condenados en sus iniquidades de tal suerte que no tengan excusa…”.

Pero no sólo fueron tratados con incredulidad los profetas, en el Evangelio vemos como el Hijo, que también fue enviado por el Padre, se encontró con la dureza de corazón de su Pueblo. Pero donde más dureza de corazón y falta de fe encontró, fue en su propia tierra: “No desprecian a un profeta más que en su propia tierra, entre sus parientes y en su casa”. Según San Beda, la causa de esta desconfianza es la envidia: “No solamente El, que es el Señor de los Profetas, sino también Elías, Jeremías y los demás profetas, han sido menos considerados en su patria que en los pueblos extranjeros; porque es casi natural la envidia entre los compatriotas, no considerando los hechos de un hombre, y recordando la fragilidad de su infancia”. Y según San Ambrosio, a la envidia podemos añadir el odio: “Observa qué males acarrea el odio; a causa de su odio, esa patria es considera indigna de que Él, conciudadano suyo, obrase en ella, después de haber tenido la dignidad de que el Hijo de Dios morase en ella”.

Y añade el relato del evangelio: “No pudo hacer allí ningún milagro,..”. Porque aunque el Señor quiera y tenga el poder, no puede actuar allí donde el hombre no se lo permite. En su tierra desconfiaban de Él y como leemos en el texto de San Juan Cristóstomo: “El Padre ciertamente no otorga el conocimiento de Cristo a los impuros, ni infunde la utilísima gracia del Espíritu en los que se obstinan en correr tras una incurable incredulidad: no es efectivamente decoroso derramar en el fango el precioso ungüento”.

“Este Verbo fue despreciado por los suyos; pero por la predicación de los apóstoles las naciones paganas creyeron en él,… Por él, la Iglesia se enriquece de una gracia que se abre y se acrecienta en los santos,… Sí tú no dañas esta gracia, conocerás los secretos que el Verbo comunica a quien quiere y cuando él quiere…” (Carta a Diogneto).

San Pablo, al igual que hicieron los profetas, anuncia la palabra de Dios y reconoce que es una tarea ardua y difícil, que no podría llevar a cabo por sí mismo, reconoce que la fuerza para hacer frente a todas las dificultades sufridas por Cristo, le vienen de la gracia que recibe del mismo Cristo. Así le respondió el Señor cuando se lamentaba por su debilidad: “Te basta mi gracia: la fuerza se realiza en la debilidad”. Y sobre esta frase nos habla San Bernardo: “¿Qué tipo de fuerza? Que nos lo diga el mismo Apóstol: Con muchísimo gusto presumiré de mis debilidades, porque así residirá en mí la fuerza de Cristo. Tal vez aún no entiendes bien de qué fuerza habla en concreto, ya que Cristo las tuvo todas. A pesar de ello, en su expresión aprended de mí, que soy manso y humilde de corazón, nos recomendó una sobre todas: la humildad”. Efectivamente en esta lectura San Pablo empieza hablándonos de lo perjudicial que es la soberbia. Recordemos que Dios se resiste a los soberbios. Y sobre los arrogantes y su falta de fe, también nos dirá San Juan Crisóstomo: “Todo el que se portaba honestamente y buscaba la verdad era destinado a salvarse por la fe, ayudado por la gracia de Dios Padre; en cambio los arrogantes fariseos y, con ellos, los pontífices y ancianos de dura cerviz se obstinaban en no creer, por más que habían sido con anterioridad instruidos por Moisés y los profetas”. “Lo mismo que se negó la entrada en la tierra prometida a los que en el desierto dudaron de Dios, así también a los que, por la incredulidad, desprecian a Cristo, se les niega el ingreso en el reino de los cielos, del que la tierra prometida era figura”.

No seamos incrédulos, sino creyentes. Tengamos fe para entrar en el reino de los cielos: “A ti levanto mis ojos, a Ti que habitas en el cielo”. Que como repetimos en el salmo: “Nuestros ojos estén puestos en el Señor, esperando su misericordia”.

 

San Beda el Venerable:

Su patria era Nazaret, en donde había nacido. Pero ¡cuánta no sería la ceguedad de los nazarenos, que menosprecian, por sólo la noticia de su nacimiento, al que debían reconocer por Cristo en sus palabras y hechos! “Llegado el sábado -continúa- comenzó a enseñar”, etc. En su doctrina se encierra su sabiduría, y su poder en las curas y milagros que hacía.
“¿No es Este aquel artesano hijo de María?”

“¿No es éste el carpintero…?” Pues aunque las cosas humanas no deban compararse a las divinas, queda íntegra, sin embargo, esta figura, porque el Padre de Cristo trabaja por el fuego y por el Espíritu.
Y continúa: “Hermano de Santiago, y de José, y de Judas y de Simón; y sus hermanas, ¿no moran aquí entre nosotros?”. Ellos atestiguan así que los hermanos de Jesús están allí con El; pero no viendo en ellos, como los herejes, a otros hijos de José y de María, sino a parientes sólo de Él, a los cuales, según costumbre de la Escritura, se llama hermanos, como a Abraham y Lot, siendo Lot hijo del hermano de Abraham. “Y estaban escandalizados de Él”. El escándalo y el error de los judíos es nuestra salvación y la condenación de los herejes. Despreciaban, pues, al Señor hasta el punto de llamarle carpintero e hijo del carpintero. “Mas Jesús les decía -prosigue-: Cierto que ningún Profeta está sin honor”, etc. Que haya sido llamado Profeta el Señor en la Escritura, lo confirma el mismo Moisés, quien prediciendo su futura Encarnación a los hijos de Israel, dijo: “Tu Señor Dios te suscitará un profeta de entre tus hermanos”. No solamente El, que es el Señor de los Profetas, sino también Elías, Jeremías y los demás profetas, han sido menos considerados en su patria que en los pueblos extranjeros; porque es casi natural la envidia entre los compatriotas, no considerando los hechos de un hombre, y recordando la fragilidad de su infancia.

“Y se maravilló de su falta de fe…” No se asombraba como de una cosa no esperada e imprevista, puesto que conoce todas las cosas aun antes de ser hechas; pero conociendo hasta lo más secreto de los corazones, manifiesta delante de los hombres que se asombra de lo que quiere que se asombren los hombres. Y es bien de asombrar por cierto la ceguedad de los judíos, que ni quisieron creer lo que sus profetas les decían de Cristo, ni tampoco en El que nació entre ellos. En sentido místico, Jesús, despreciado en su casa y en su patria, es Jesús despreciado en el pueblo judío. Hizo allí algunos milagros, para que no pudieran excusarse del todo; pero hace todos los días mayores milagros en medio de las naciones, no tanto por la salud de los cuerpos, sino por la del espíritu de los hombres. (Sobre Marcos, 2,23).

San Ambrosio:     

«La envidia no se traiciona medianamente: olvidada del amor entre sus compatriotas, convierte en odios crueles las causas del amor. Al mismo tiempo, ese dardo, como estas palabras, muestra que esperas en vano el bien de la misericordia celestial si no quieres los frutos de la virtud en los demás; pues Dios desprecia a los envidiosos y aparta las maravillas de su poder a los que fustigan en los otros los beneficios divinos. Los actos del Señor en su carne son la expresión de su divinidad, y “lo que es invisible en Él nos lo muestra por las cosas visibles”.

«No sin motivo se disculpa el Señor de no haber hecho milagros en su patria, a fin de que nadie pensase que el amor a la patria ha de ser en nosotros poco estimado: amando a todos los hombres, no podía dejar de amar a sus compatriotas; mas fueron ellos los que por su envidia renunciaron al amor de su patria… Y, sin embargo, esta patria no ha sido excluida de los beneficios divinos –allí vivió treinta años–. Observa qué males acarrea el odio; a causa de su odio, esa patria es considera indigna de que Él, conciudadano suyo, obrase en ella, después de haber tenido la dignidad de que el Hijo de Dios morase en ella» (Tratado sobre San Lucas lib. IV, 46-47).

 

San Bernardo:

Pablo confiesa que había sido arrebatado hasta el tercer cielo;… Pero ¿por qué dice arrebatado y no más bien llevado? Para que yo, que soy menos que Pablo, cuando me diga tan gran apóstol que fue arrebatado a donde ni el sabio supo, ni el que fue así levantado pudo llegar, no presuma pensando que con mis fuerzas o mi tesón pueda lograr esa meta. Así no confiaré en mi virtud ni me agotaré en esfuerzos vanos. El que es enseñado o guiado, por el mero hecho de seguir al que le enseña o le guía, se ve obligado a trabajar y a poner algo de su parte para ser llevado hasta el lugar de su destino. Entonces podrá decir: No soy yo, sino el favor de Dios….

Y ¿cómo yo, miserable, presumo atravesar los dos cielos superiores y decir palabras vanas que ni yo mismo entiendo? Todavía voy arrastrándome por el más inferior de los tres. Para subir a este cielo inferior he levantado una escalera con la ayuda de Dios, que allí me llama. Ese es el camino que me lleva a la salvación eterna. Levanto los ojos hacia el Señor, que está en lo más alto. Exulto al oír la voz de la Verdad. Él me ha llamado, y yo le he respondido: Extiendes tu mano derecha hacia la obra de tus manos.   

Tú, Señor, cuentas mis pasos. Yo subo lentamente; camino jadeante; busco otro sendero. ¡Desgraciado de mí si me sorprenden las tinieblas, si mi huida es en invierno o en sábado! Ahora es el tiempo favorable y el día de la salvación, y evito caminar hacia la luz. ¿Por qué me retraso? Ruega por mí, hijo, hermano, amigo mío, y suplica al Todopoderoso, para que afiance el pie indolente y no me alcancen los pasos de la soberbia. Si el paso indolente no es apto para subir a la verdad, es, con todo, más soportable que el  paso de la soberbia, como está escrito: Derribados, no se pueden levantar…

El Apóstol se lamentaba de la rigidez de su articulación. La razón era que el mismo Satanás le abofeteaba, y no un ángel del Señor. Pero Pablo escuchó esta respuesta: Te basta mi gracia; la fuerza se realiza en la debilidad. ¿Qué tipo de fuerza? Que nos lo diga el mismo Apóstol: Con muchísimo gusto presumiré de mis debilidades, porque así residirá en mí la fuerza de Cristo. Tal vez aún no entiendes bien de qué fuerza habla en concreto, ya que Cristo las tuvo todas. A pesar de ello, en su expresión aprended de mí, que soy manso y humilde de corazón, nos recomendó una sobre todas: la humildad. 

Señor Jesús, también yo, con muchísimo gusto, me gloriaré, si lo permite mi debilidad, en la rigidez de mi articulación, para que tu fuerza, la humildad, llegue en mí a su perfección; pues cuando mi fuerza desfallece, me basta tu gracia. Apoyando con fuerza el pie de la gracia y retirando con suavidad el mío, que es débil, subiré seguro por los grados de la humildad; hasta que, adhiriéndome a la verdad, pase a los llanos de la caridad. Entonces cantaré con acción de gracias y diré: has puesto mis pies en un camino ancho. Así se avanza con mucha precaución; se sube peldaño a peldaño la difícil escalera, hasta que, incluso arrastrándose o cojeando en la misma seguridad, se logra la verdad. Pero ¡desgraciado de mí! Mi destierro se ha prolongado. ¿Quién me diera alas de paloma para volar raudamente hacia la verdad y hallar el reposo en la caridad? Pero como no las tengo, enséñame, Señor, tu camino, para que siga tu verdad; y la verdad me hará libre…

(Sobre los grados de humildad y soberbia).

 

¿No ves cómo la humildad nos hace justos? He dicho la humildad, no la humillación. ¡Cuántos son humillados y no son humildes! Unos acogen la humillación con rencor, otros con paciencia y otros con gusto. Los primeros son reos de pecado, los siguientes son irreprochables, y los últimos, santos.

La inocencia pertenece a la justicia, pero sólo el humilde la posee en plenitud. El que puede decir: Me estuvo bien el sufrir, así aprendí tus mandamientos, ése es verdaderamente humilde. No puede decirlo el que lo aguanta contra su voluntad, y mucho menos el que se queja murmurando. A ninguno de los dos le garantizamos la gracia sólo por el hecho de su humillación, aunque se diferencien entre sí; porque uno es dueño de sí mismo por su paciencia y el otro perece en su murmuración. El segundo merece la ira de Dios; pero ninguno de los dos se gana su favor, porque Dios da la gracia a los humildes, no a los humillados. Es humilde el que convierte la humillación en humildad; ése es el que dice a Dios: me estuvo bien el sufrir.

A nadie le resulta agradable sufrir con paciencia, sino molesto. Y sabemos que Dios ama al que da de buena gana. Por eso se prescribe que cuando ayunemos nos perfumemos la cabeza y nos lavemos la cara, para condimentar con la alegría nuestra buena obra espiritual, y así le agrade nuestro sacrificio. Porque la gracia, que es lo que él prefiere, sólo se merece con la humildad alegre y total. No así la coaccionada o arrebatada a la fuerza, como la del alma paciente, que simplemente es dueña de sí misma. Esa humildad, aunque  consiga la vida por su paciencia, no gozará del favor de Dios por su tristeza; no le corresponde lo que dice la Escritura: El humilde esté orgulloso de su alta dignidad, porque no se humilla espontánea ni gustosamente.

¿Quieres ver a uno que se ufana con razón y es verdaderamente digno de su gloria? Mira lo que dice: Con muchísimo gusto presumiré de mis debilidades, porque así residirá en mí la fuerza de Cristo. No dice que soporta con paciencia sus debilidades: presume de ellas y con mucho gusto. Así demuestra que la humillación es su gran delicia, y que no sirve para nada ser dueño de sí mismo por la paciencia, mientras no reciba la gracia, porque se ha humillado espontáneamente. Escucha este principio general: al que se abaja lo ensalzarán. Lo cual significa que no toda la humildad se ve encumbrada; debe nacer de la voluntad, no de la tristeza ni de la necesidad. Por el contrario, no serán humillados todos los ensalzados, sino el que se ensalza a sí mismo, es decir, por su propia vanidad. Y al revés: no es encumbrado el humillado, sino el que se humilla espontáneamente, es decir, por el mérito de su voluntad. Suponed que la ocasión de la humildad es algo externo, por ejemplo: oprobios, quiebras de fortuna, suplicios. Sólo si se acoge todo esto con una conciencia resignad y alegre, y por amor de Dios, se podrá decir que no ha sido humillado por otros, sino por sí mismo. (Sermones sobre el Cantar de los cantares. Sermón 34, 3-4).

Sólo pretendo que no seáis indulgentes con vosotros mismos y que os acuséis cuantas veces advirtáis en vosotros que se enfría lo más mínimo la gracia o languidece la virtud, como yo me acuso de todo esto. Hacerlo así corresponde a todo hombre que se vigila con atención, que examina sus pasos y deseos, y sospecha siempre que va a caer en el vicio de la arrogancia, para no deslizarse insensiblemente. En verdad, he aprendido que nada es tan eficaz para conseguir la gracia, mantenerla o recuperarla, como no ser nunca soberbio ante Dios, sino temerle.

Dichoso el hombre que se mantiene alerta. Teme cuando sonríe la gracia, teme cuando se aleja, teme cuando vuelve; eso es mantenerse alerta…

Así debemos temerlo cuando está presente la gracia. ¿Y si se retira? ¿No debemos temerlo mucho más? Sí, muchísimo más; porque cuando falla la gracia fallas tú. Escucha lo que dice el dador de la gracia: Sin mí nada podéis hacer. Teme cuando te falta la gracia, porque caerás al punto: teme y tiembla porque, como lo intuyes, Dios está irritado contigo. Teme porque te ha abandonado el que te cuida. No dudes que la causa es la soberbia, aunque no parezca, aunque tú seas inconsciente. Pues lo que tú no sabes lo conoce Dios, y él es quien te juzga. Pues el que a sí mismo se alba, no es el que está aprobado, sino aquel a quien Dios alaba. ¿Acaso te felicita Dios cuando te priva de la gracia? ¿El que da la gracia a los humildes, se la va a quitar al humilde? Po tanto, la privación de la gracia es indicio de soberbia. Pero a veces la retira no por la soberbia ya presente, sino para evitar la futura si no se la retira. Tienes una prueba evidente de esto en el Apóstol, el cual soportaba en contra de su voluntad el aguijón de la carne, y no por ser soberbio, sino para no llegar a serlo. Pero exista o no, siempre será la soberbia el motivo por el que se nos priva de la gracia.

Y si vuelve la gracia por medio de la reconciliación, teme con mayor motivo que al recaer te suceda aquello del Evangelio: como ves estás sano, no vuelvas a pecar no sea que te ocurra algo peor. Ya lo has oído; volver a caer es peor que caer. Por tanto, cuando pasa el peligro debe robustecerse el temor. Dichoso tú, si llenas tu corazón de ese triple temor: si temes por la gracia recibida, más por su pérdida, y mucho más por su recuperación. Hazlo así y serás como la tinaja del banquete de Cristo. Llena hasta los bordes, contendrás no dos, sino tres medidas,  y merecerás la bendición de Cristo que convertirá tu agua en el vino de la alegría, para que el amor perfecto eche fuera el temor. (Sermones sobre el Cantar de los cantares. Sermón 54, 9-11).

Beato Guerrico de Igny:

Al que es amado por Dios, aunque parezca que le falta algo, no es sino para que no le falte nada, y para que por eso mismo que parece que le falta, sea más perfecto. Pues la virtud se hace más fuerte en la debilidad. Dice el Señor: Pablo, te basta mi gracia. Aquél a quien le basta la gracia de Dios, sufre alguna deficiencia en la gracia sin grave daño, e incluso con no pequeña ganancia, ya que la misma deficiencia  debilidad acrece la virtud, y la disminución de alguna gracia hace que la gracia de Dios, que supera a todas, sea mayor y  más segura.

Aparta, Señor, de tus siervos cualquier gracia que pueda quitar o disminuir la gracia de ti mismo, quiero decir, que le haga más glorioso a sus ojos pero más repugnante a los tuyos. Ésa no es una gracia sino una desgracia, que merecen aquellos con los que estás airado, a quienes les has quitado eso como lazo, humillándoles cuando se enaltecen y abatiendo con vigor a los que se apoyan en el viento. Así pues, para que sólo tengamos segura aquella gracia sin la cual nadie es amado por ti, ¡qué tu gracia nos quite toda otra gracia, o que nos dé también la gracia de servirnos de ella! De este modo, teniendo la gracia de servirte, agradándote con temor y reverencia, con la gracia del don merezcamos la gracia de la recompensa, y cuanta más gracia recibida cada uno tanto más agradecido será. (En la festividad de san Benito, Sermón III)

 

San Cromacio de Aquileya:

Concluidas pues las parábolas, entrando el Señor en su ciudad les enseñaba en sus sinagogas de modo que se admiraban y decían: ¿De dónde le vienen a éste la sabiduría y los poderes? Los judíos incrédulos e infieles, que desconocían el sacramento de la encarnación del Señor, se asombraban tras haber escuchado la enseñanza del Señor y haber visto sus poderes. Y se admiraban de que Cristo Señor, que parecía hombre según la figura del cuerpo humano, mostrara tan celeste enseñanza de salvación junto con las obras del poder divino. Pues no entendían que Dios se había hecho hijo del hombre. Veían los poderes divinos, pero ignoraban el sacramento del cuerpo que asumió. Por eso con razón sufrían el escándalo, diciendo: ¿De dónde le vienen a éste la sabiduría y los poderes? ¿No es el hijo de José el artesano? ¿No se llama su madre María?, y lo demás.

Pero si hubieran tenido abiertos los ojos del corazón y de la fe, nunca habrían sufrido escándalo por Él a causa de la figura del cuerpo humano. Pues a partir de los poderes divinos le podrían haber reconocido, si hubieran querido como Dios e Hijo de Dios.

Pues los profetas habían testimoniado anteriormente la gloria de su divinidad, que se mostraba en sus poderes, así como la humildad corporal y la forma de siervo, para que no tuviera excusa alguna la incredulidad de los judíos…

Y Él mismo en el Evangelio declaró manifiestamente a los judíos que el templo era su cuerpo, diciendo: Destruid este templo de Dios y yo lo levantaré en tres días. Y después añadió el evangelista: Pero Él se refería al templo de su cuerpo. Pues también a Abraham se le apareció antiguamente el mismo unigénito Hijo de Dios en figura del hombre, en vista del sacramento de la encarnación venidera. Pero el santo Abraham reconoció por la fe que era Dios aquél a quien veía hombre. Pues no pudo la figura del cuerpo impedir que reconociera con los ojos de la fe la mirada del espíritu a su Señor y Dios, porque creyó fielmente a Dios.

Pero también fue visto por Jacob en figura de un cuerpo humano, hasta el punto de que luchó con él y sufrió ser vencido por él en vista del misterio de la pasión venidera. Pero no pudo la mirada ni el tacto del cuerpo turbar la fe del patriarca Jacob, de modo que no conociera que era su Dios aquel con quien había luchado. Así dice en efecto después de la lucha: Vi a Dios cara a cara, y mi alma se ha salvado. Por eso tampoco los incrédulos judíos habrían dudado en ningún momento o se habrían equivocado acerca del Hijo de Dios por la figura del cuerpo que asumió si hubieran conservado la fe de sus santos padres. Por eso, no sin razón los acusaba el Salvador diciendo: Si no me queréis creer a mí, creed a mis obras y conoced que el Padre está en mí y yo en Él.

Pero acaso dudaban de Cristo Señor porque se le tenía por hijo de José y no se ignoraba que había nacido de María, su madre. Pero si hubieran querido creer a las predicciones proféticas no habrían llegado sin duda hasta tan gran ignorancia, o mejor aún, infidelidad; de modo que no creyeran que era Hijo de Dios porque se sabía que había nacido de María su madre. En efecto, claramente había anunciado el Espíritu Santo por medio de Isaías que el mismo Señor y Salvador nuestro nacería de una madre virgen,… También el Señor mismo, para mostrar que iba a asumir un cuerpo del linaje de los judíos,… Por lo cual los judíos, no ya por ignorancia sino solo por su infidelidad, no pudieron reconocer al Hijo de Dios, diciendo: ¿De dónde le vienen a éste la sabiduría y los poderes? ¿No es el hijo de José el artesano? ¿No se llama su madre María?, y lo demás. ¡Qué gran ignorancia, mejor aún, cuánta incredulidad de los judíos con el Señor y Salvador nuestro, para que dijeran: ¿De dónde le vienen a éste la sabiduría y los poderes?, de aquel que era el poder y la sabiduría de Dios!.

¿No es acaso éste el hijo de José el artesano? También esto, sin duda, lo decían los judíos incrédulos para desprestigiar al Hijo de Dios, que era tenido por hijo de un artesano. Pero a veces acostumbra la iniquidad a profetizar, aun ignorándolo. Pues en verdad el Señor y Salvador nuestro era hijo de un artesano, pero hijo de aquel artesano, es decir de Dios Padre, que por el mismo Hijo condescendió a fabricar el cielo y la tierra y el mundo universo. Este es el hijo del artesano que, para clavar un hierro al madero con el fin de labrar los corazones de los creyentes, condescendió a ser suspendido de una cruz. En verdad hijo del artesano, ya que ablandó con un fuego espiritual los corazones de los hombres que eran como de hierro para la gracia de su fe. Pues acostumbra el artesano a ablandar el hierro con fuego.

Pero como los judíos, que no quisieron reconocer la divinidad del Hijo de Dios, decían todas estas cosas como oprobio y desprecio del Señor, les dice el Señor: No hay profeta sin honor, salvo en su tierra y en su casa, para acusarles de su infidelidad; porque un profeta tan grande y de tal categoría no fue acogido por aquellos a quienes había venido en modo especial como a su propia gente, sino que fue deshonrado y despreciado; aquel profeta que Moisés antaño había declarado, incluso bajo amenaza, que habría que acoger y escuchar en todo, diciendo: Os suscitará un profeta el Señor vuestro Dios de entre vuestros hermanos, a quien escucharéis como a mí en todo. Si alguien no escuchara a aquel profeta perecerá su alma de en medio de su pueblo. Y por eso, dice, no hizo allí muchos prodigios a causa de su incredulidad, porque se mostraron en todo incrédulos e infieles contra el Señor, el unigénito Hijo de Dios que es bendito por los siglos. Amén. (Comentario al Evangelio de Mateo. Tratado 51 A).

 

Carta a Diogneto:

El Padre ha enviado al Verbo para manifestarle al mundo. Este Verbo fue despreciado por los suyos; pero por la predicación de los apóstoles las naciones paganas creyeron en él, El existía desde el principio, y se ha manifestado en una época concreta. Aunque sea antiguo, renace siempre nuevo en el corazón de los santos. Es proclamado Hijo en un eterno hoy.

Por él, la Iglesia se enriquece de una gracia que se abre y se acrecienta en los santos, les confiere la inteligencia espiritual, les desvela los misterios sagrados y les hace comprender los signos de los tiempos. La Iglesia se regocija en los creyentes: se ofrece a los que la buscan respetando los compromisos de la fe y los jalones puestos por los Padres. Desde ahora el temor de la Ley sugiere cantos de alabanza, se reconoce la gracia anunciada por los profetas, la fe evangélica es afianzada, la tradición de los apóstoles permanece intacta y la gracia de la iglesia salta de júbilo.

Sí tú no dañas esta gracia, conocerás los secretos que el Verbo comunica a quien quiere y cuando él quiere… Si con empeño las atendéis y escucháis, sabréis qué bienes procura Dios a quienes lealmente le aman, cómo se convierten en un paraíso de deleites, produciendo en sí mismos un árbol fértil y frondoso, adornados de toda variedad de frutos. Porque en este lugar fue plantado el árbol de la ciencia y el árbol de la vida;…

Que tu corazón pues sea entero conocimiento, y que el Verbo de la verdad se haga tu vida. Si este árbol crece en ti y si deseas ardientemente su fruta, cosecharás siempre los mejores dones de Dios. (11-12).

 

San Juan Crisóstomo:

Si todo beneficio y todo don perfecto viene de arriba, del Padre de los astros, ¿cómo no va a ser también un don de la diestra del Padre el conocimiento de Cristo? ¿Cómo no considerar la comprensión de la verdad superior a cualquier otra gracia? El Padre ciertamente no otorga el conocimiento de Cristo a los impuros, ni infunde la utilísima gracia del Espíritu en los que se obstinan en correr tras una incurable incredulidad: no es efectivamente decoroso derramar en el fango el precioso ungüento.

De ahí que el santo profeta Isaías manda a quienes desean acercarse a Cristo que se purifiquen primero dedicándose a cualquier obra buena. Dice en efecto: Buscad al Señor mientras se le encuentra, invocadlo mientras está cerca; que el malvado abandone su camino, y el criminal sus planes; que regrese al Señor, y él tendrá piedad, a nuestro Dios, que es rico en perdón.

Fíjate cómo primero nos dice que hay que abandonar los viejos caminos y renunciar a los criminales proyectos, para así conseguir el perdón de los pecados, indudablemente por la fe en Cristo. Pues somos justificados, no por la observancia de la ley, sino por la gracia que nos viene de él y por la abolición de los pecados que nos viene de arriba.

-Pero quizá alguno objete: ¿Qué se oponía a relegar al olvido y conceder a los judíos y a Israel la remisión de los pecados lo mismo que a nosotros? Este parecería ser el comportamiento adecuado de quien es bueno a carta cabal.

-Pero se le puede responder: ¿Cómo entonces mostrarse veraz, cuando nos dijo: No he venido a llamar a los justos, sino a los pecadores para que hagan penitencia?

¿Qué objetar a esto? La gracia del Salvador estaba destinada primeramente a solos los israelitas: pues —como él mismo afirma— sólo fue enviado a las ovejas descarriadas de la casa de Israel. Y ciertamente a los que quisieren aceptar la fe, les estaba igualmente permitido caminar decididos a la vida eterna. Todo el que se portaba honestamente y buscaba la verdad era destinado a salvarse por la fe, ayudado por la gracia de Dios Padre; en cambio los arrogantes fariseos y, con ellos, los pontífices y ancianos de dura cerviz se obstinaban en no creer, por más que habían sido con anterioridad instruidos por Moisés y los profetas.

Mas, habiéndose hecho —a causa de su perversidad— totalmente indignos de la vida eterna, no recibieron la iluminación que procede de Dios Padre. De esto tenemos un precedente en el antiguo Testamento. Lo mismo que se negó la entrada en la tierra prometida a los que en el desierto dudaron de Dios, así también a los que, por la incredulidad, desprecian a Cristo, se les niega el ingreso en el reino de los cielos, del que la tierra prometida era figura. (Comentario sobre el evangelio san Juan, Lib 4)

 

San Gregorio Magno:

«El conocer a los buenos suele servir a los malos o para ayuda de su salvación o para testimonio de su condenación. Sepan, pues, que en medio de ellos hay un profeta, para que, oyendo su predicación, o sean impelidos a levantarse y convertirse o sean condenados en sus iniquidades de tal suerte que no tengan excusa… Consta cuán perversos sean aquellos a quienes se les manda predicar, puesto que se les aconseja que no teman; y porque todos los depravados y perversos hacen otras iniquidades con los que les predican cosas buenas y hasta los amenazan con otras por aquello bueno que hacen, se dice: no los temas; y por las amenazas que les dirigen se agrega: ni te amedrenten sus palabras. O bien, porque los réprobos y los inicuos infieren males a los buenos y siempre quitan autoridad a los actos de ellos, al profeta enviado se le amonesta que no tema ni su crueldad ni su furor y que no tema sus palabras» (Homilía 9 sobre Ezequiel 11-12).

 

San Agustín:

Emprendí exponer a vuestra caridad por orden los cánticos del que sube; del que sube y del que ama; del que sube, por lo mismo que es amante. Todo amor o sube o baja. Por el buen deseo nos elevamos a Dios y por el malo nos precipitamos al abismo. Pero como ya caímos arruinados por el mal deseo, si conocemos quién no cayó, sino que bajó a nosotros, no nos queda más que subir uniéndonos a Él, porque por nuestras fuerzas no podemos… ¿Qué deben hacer los demás? Unirse a su Cuerpo para que haya un solo Cristo que baja y sube. Bajo la Cabeza y sube con el Cuerpo, pues se vistió de la Iglesia, que se presentó a sí mismo sin mancha ni arruga. Luego sólo Él sube. Pero también nosotros, cuando de tal modo estamos en Él, que somos sus miembros en Él, pues entonces es uno con nosotros; y de tal manera uno, que siempre es uno. La unidad nos entrelaza al uno, y así únicamente no suben con Él los que no quieren ser uno con Él. Empero, Él, que se halla en el cielo, inmortal, con la carne resucitada, por la que fue temporalmente mortal, sin soportar en el cielo persecuciones, ultrajes y oprobios, como se dignó soportar estas cosas por nosotros cuando estuvo en la tierra, compadeciéndose de su Cuerpo, que padecía en la tierra, dijo: Saulo, Saulo, ¿por qué me persigues? A Él no le tocaba ya nadie, y, no obstante, clamaba desde el cielo diciendo que padecía persecución. Por tanto, no debemos perder la esperanza; es más, debemos presumir con gran confianza que, si está con nosotros en la tierra por la caridad, por esta misma caridad estamos nosotros con El en el cielo…

Suba, pues, este cantor; pero de cada uno de vuestros corazones cante aquí el hombre, y cada uno sea este hombre. Cuando cada uno en particular canta esto, como todos sois uno en Cristo, un hombre es el que canta y no dice: “A ti, Señor, elevamos nuestros ojos”, sino: A ti, Señor, elevé mis ojos… ¿Por qué se angustia el corazón cristiano? Porque aún no vive con Cristo. ¿Por qué se angustia el corazón cristiano? Porque peregrina y anhela la patria. Si por esto se angustia tu corazón, aun cuando seas feliz en cuanto al siglo, gimes. Y si afluyen a ti todas las cosas prósperas y por todas partes te sonríe el mundo, con todo, gimes, porque te ves colocado en la peregrinación; y si percibes que tienes la que es felicidad a los ojos de los necios, mas no la que lo es según la promesa de Cristo, buscándola, gimes; y buscándola la deseas, y deseándola subes, y ascendiendo cantas el cántico de grado; y, cantando el cántico gradual, dices: Elevé mis ojos a ti, que habitas en el cielo.

Subiendo, ¿adónde debía elevar los ojos si no es a donde se dirigía y deseaba subir? De la tierra se sube al cielo. Ved la tierra, que hollamos con los pies, abajo; ved el cielo, que contemplamos con los ojos, arriba; subiendo, cantamos: A ti que habitas en el cielo, elevé mis ojos. ¿En dónde está la escalera? La distancia que separa al cielo de la tierra es inmensa, grande la separación, infinito el espacio. Queremos subir allí y no vemos escaleras. ¿Por ventura nos engañamos al cantar el cántico gradual, es decir, el cántico de ascensión o subida? Subimos al cielo si pensamos en Dios, que hizo la subida en el corazón. ¿Qué significa “subir en el corazón”? Aprovechar en lo que se refiere a Dios. Así como todo el que decae no baja, sino que cae, así también todo el que progresa sube; pero si progresa de tal modo que no se ensoberbece; si sube de tal suerte que no cae; pues si progresando se ensoberbece, subiendo cae de nuevo. Para no ensoberbecerse, ¿qué debe hacer? Eleve los ojos a Aquel que habita en el cielo, no se mire a sí mismo. Todo soberbio se mira a sí mismo, y el que se agrada se tiene por grande. Pero el que a sí mismo se agrada, agrada a un hombre necio, porque él es necio cuando se agrada a sí mismo. Sólo agrada lleno de confianza el que agrada a Dios. ¿Y quién agrada a Dios? Aquel a quien agradare Dios. Dios no puede desagradarse a sí mismo; te agrade también a ti para que tú le agrades a Él. Pero no puede agradarte a ti El si tú no te desagradas a ti; si te desagradas a ti, aparta de ti tu mirada. ¿Por qué te miras a ti? Si en verdad te mirases, encontrarías en ti lo que te desagradase y dirías a Dios: Mi pecado siempre está delante de mí. Pon tu pecado delante de ti, para que no esté ante Dios, y tú no estés delante de ti, para que estés delante de Dios. Como queremos que Dios no aparte de nosotros su rostro, así deseamos que aparte su mirada de nuestros pecados, pues ambas cosas se cantan a Dios en los salmos: No apartes tu “rostro de mí” es la voz del salmo, es nuestra voz; mas el que dice: No apartes tu rostro de mí, ve lo que dice en otro lugar: Aparta tu rostro “de mis pecados”. Si quieres que Dios aparte su faz de tus pecados, aparta tú la mirada de ti y no la apartes de tus pecados. Pues, si tú no la apartas de ellos, tú mismo te aíras contra ellos. Si tú no apartas tu mirada de tus pecados, los reconoces y Dios los perdona…

¿Qué sigue, puesto que dijo: Elevé mis ojos a ti, que habitas en el cielo? ¿Cómo elevaste los ojos? He aquí que como los ojos de los siervos se hallan atentos a las manos de sus señores, y los ojos de la esclava a las manos de su señora, así están atentos nuestros ojos al Señor, Dios nuestro, hasta que se compadezca de nosotros. Somos siervos y esclava. Dios es el Señor y Señora. ¿O qué quieren expresar estas palabras? ¿O qué significan estas semejanzas de cosas? Atienda vuestra caridad un poquito. No es de extrañar que seamos siervos y Él sea Señor, pero sí que nosotros seamos esclava y Él sea Señora. Mas no es de admirar que seamos esclava, pues somos Iglesia; ni tampoco que Él sea Señora, pues es sabiduría y fortaleza de Dios. Oye al Apóstol, que dice: Nosotros predicamos a Cristo crucificado, escándalo para los judíos y locura para los gentiles; pero para los llamados judíos y griegos, Cristo es virtud o fortaleza de Dios y sabiduría de Dios. Luego para que el pueblo sea siervo y la Iglesia esclava, Cristo es fortaleza de Dios y sabiduría de Dios. Ambas cosas las oísteis al escuchar: Cristo es la fortaleza de Dios y la sabiduría de Dios. Cuando oyes la palabra Cristo, eleva tus ojos a las manos de tu Señor; cuando oyes las palabras fortaleza y sabiduría de Dios, eleva tus ojos a las manos de tu Señora. Eres siervo y esclava; siervo, porque eres pueblo, y esclava, porque eres Iglesia. Con todo, esta esclava halló gran dignidad junto a Dios, pues fue hecha esposa. Pero hasta que llegue al abrazo espiritual, en donde con seguridad goce de Aquel a quien amó y por quien suspiró en esta larga peregrinación, es esposa que recibió preciosísimas arras: la sangre del Esposo, por quien suspira segura. Y no se le dice: “No ames”, conforme se dice en algún tiempo a la virgen ya desposada, pero aún no casada. Y con razón se le dice “no ames”; cuando estuvieres casada ama. Y con razón se le dice, porque es deseo precipitado e intempestivo y no casto amar a aquel que no sabe si con ella ha de casarse. Porque puede acontecer que se despose con uno y se case con otro. Pero como no hay nadie que se anteponga a Cristo, ésta ame segura y antes de unirse a Él, ame, y desde lejos, desde una prolongada peregrinación, suspire. Con Él se casará únicamente, porque El solo le dio arras. Pues ¿quién puede dar tales arras para casarse que muera por aquella con quien quiere casarse? Pero, si muere por aquella con quien quiere casarse, no habrá marido. ¿Qué digo? El murió seguro por la esposa con la que se casaría al resucitar. Con todo, hermanos, mientras tanto, permanecemos como siervos y esclavas… ¿Acaso podemos tener en la Iglesia, aunque de siervos seamos ya hechos hijos, tanto merecimiento cuanto tuvo el mismo apóstol San Pablo? Y, con todo, ¿qué dice en la epístola? Pablo, “siervo” de Jesucristo. Si él, por quien se nos predicó el Evangelio, se denomina a sí mismo siervo, ¿cuánto más debemos reconocer nosotros nuestra condición, para que así aumente en nosotros su gracia? Primeramente hizo siervos a los que redimió. La sangre fue el precio por los siervos y prenda por la esposa. Reconociendo, pues, nuestra condición, ya que, aunque seamos hijos por la gracia, sin embargo, somos siervos por la naturaleza o creación, puesto que toda criatura está sometida a Dios, digamos, pues: Así como los ojos de los siervos (se hallan atentos) a las manos de sus señores, y como los ojos de la esclava (lo están) a las manos de su señora, así (están atentos) nuestros ojos al Señor, Dios nuestro, hasta que se compadezca de nosotros…

Porque estamos demasiado llenos de desprecio; nuestra alma está muy harta; (es) oprobio para los ricos y desprecio para los soberbios. El que es despreciado es perseguido. Todos los que quieren vivir piadosamente según Cristo, necesariamente soportarán oprobios, necesariamente serán perseguidos por aquellos que no quieren vivir piadosamente, y de quienes toda su felicidad es terrena. (Estos) se mofarán de aquellos que tienen por felicidad la que no puede verse con los ojos y les dirán: ¿Qué crees, insensato? ¿Ves lo que crees? ¿Ha vuelto alguno del sepulcro refiriéndote lo que allí acontece? Ve que yo amo lo que veo y me gozo. Serás, pues, despreciado, porque esperas lo que no ves y te desprecia aquel que parece que tiene lo que ve. Pero tú ve si es cierto que lo tiene. No te turbes. Ve si él lo tiene, y que no te insulte, no sea que, pensando que aquél es feliz ahora, pierdas la verdadera felicidad futura. No te turbes; ve si lo tiene…

Nuestra alma está muy harta; es oprobio para los ricos y desprecio para los soberbios. Preguntábamos quiénes eran los ricos, y lo declaró cuando dijo: Los soberbios. Lo mismo significa oprobio que desprecio, y ricos que soberbios. Por tanto, desprecio de los soberbios es repetición de la sentencia oprobio de los ricos. ¿Por qué son ricos los soberbios? Porque quieren ser felices aquí… Quizás nos insultan cuando son felices, cuando se jactan en la abundancia de sus riquezas, cuando se engríen con la vanidad de los falsos honores; entonces ciertamente nos insultan, y como nos dicen: “Me va muy bien, me gozo con las cosas presentes; se aparten de mí los que prometen lo que no muestran; yo tengo lo que veo, me gozo de lo que tengo, me va muy bien en esta vida.” Tú permanece más firmemente, porque Cristo resucitó y te enseñó lo que te ha de dar en la otra vida. Estate seguro que lo dará…

Por el contrario, el hombre cristiano no debe ser rico, sino que debe reconocerse pobre; y, si tiene riquezas, debe saber que no son ellas verdaderas riquezas, a fin de que desee otras mejores. El que desea falsas riquezas, no busca las verdaderas; el que busca las verdaderas, aún es pobre y dice en su corazón: Soy pobre y doliente…

Vea vuestra caridad cómo nosotros nos debemos reconocer pobres para que nos alegremos dirigiéndonos a Él y elevemos los ojos a Aquel que habita en el cielo. Las riquezas de la tierra no son verdaderas, pues aumentan más la codicia de quienes las poseen. La salud del cuerpo no es la verdadera, porque lleva consigo la debilidad y en todas partes es defectuosa; a cualquier lado que se vuelva desfallece… ¿Cuáles son las riquezas verdaderas? La mansión celeste de Jerusalén. ¿Quién se denomina “rico en la tierra”? Cuando se alaba al rico, ¿qué se dice? “Es muy rico; nada le falta”. Esta es una alabanza del que alaba, porque en sí misma, cuando se dice: “Nada le falta”, no lo es. Ve si nada le falta. Si nada desea, nada le falta; pero, si aún desea más de lo que tiene, entonces se le acumularon las riquezas para que creciese la indigencia. En aquella ciudad habrá verdaderas riquezas, porque allí nada nos faltará, puesto que no necesitamos nada y habrá salud perfecta o verdadera. ¿Cuál es la salud verdadera? ¿Y cuándo tendrá lugar ésta? Cuando fuere asumida la muerte por la victoria, y cuando esto corruptible se vista de incorrupción, y esto mortal de inmortalidad, entonces habrá verdadera salud, entonces habrá verdadera y perfecta justicia; de suerte que no sólo no podremos hacer nada malo, sino ni pensarlo. Pero ahora, pobres, necesitados, indigentes y dolientes, suspiramos, gemimos, oramos y elevamos los ojos a Dios, porque los que son dichosos en este mundo nos desprecian. Son, pues, ricos; pero también nos desprecian los que son desgraciados en este siglo, porque asimismo son ricos y tienen en su corazón justicia, pero falsa. Mas tú, para que consigas la verdadera, sé pobre y mendigo de la misma justicia y oye el Evangelio: Bienaventurados los que tienen hambre y sed de justicia, porque ellos serán saciados. (Comentario al salmo 122).

 

Muéstranos, Apóstol santo, otro pasaje más claro, en el que confieses tu debilidad, no donde busques la inmortalidad. También contra este texto se oyen murmullos y objeciones. Me parece estar oyendo los pensamientos de algunos, y respecto al pasaje se me dice: «Es cierto; sé lo que me vas a decir. Confiesa su debilidad, pero debilidad de la carne, no de la mente; la debilidad del cuerpo, no del alma; y es en el alma, no en el cuerpo donde está la justicia plena. En efecto, ¿quién ignora que sin lugar a duda el Apóstol era frágil y mortal en su cuerpo, según lo que él mismo dice: Llevamos este tesoro en vasos de barro? ¿Por qué te ocupas del vaso de barro? Dinos algo acerca del tesoro. Descubramos si le faltaba algo, si existía algo que se le pudiera añadir al oro de la justicia. Escuchémosle a él mismo para que no se piense que le estoy injuriando. Y para que no me envanezca por la grandeza de mis revelaciones —dice el Apóstol— para que no me envanezca por la grandeza de mis revelaciones. Aquí tenéis, pues, al Apóstol que teme el precipicio del orgullo al mismo tiempo que proclama la grandeza de sus revelaciones. Por tanto, para que sepas que también el Apóstol que deseaba salvar a los otros necesitaba todavía curación personal; para que conozcas esto, si tienes en grande estima su honor, escucha qué apósito aplicó el médico a su tumor; escúchale a él, no a mí. Escucha su confesión para reconocerle maestro…

Tú —pregunta— ¿qué me dices? Escucha también tú lo que soy; no pretendas alturas, teme más bien. Escucha cómo entra el corderillo allí donde el carnero se halla en tal peligro. Para que no me envanezca —dijo— por la grandeza de mis revelaciones, se me ha dado el aguijón de la carne, el ángel de Satanás, que me abofetea. ¡Cuál no sería el tumor que tenía, si tan punzante fue el emplasto que se le aplicó! … Somos hombres; reconozcamos a los apóstoles como hombres, aunque santos. Son vasos selectos, pero aún frágiles, que aún peregrinan en la carne, sin haber alcanzado el triunfo en la patria celestial. Él mismo rogó tres veces al Señor para que le quitase tal aguijón y no fue oído en cuanto a su voluntad, porque lo fue en cuanto a la salud…

Advierte esto: Temió que aquel al que llamó con anterioridad espiritual, sufriese la debilidad de la tentación. De donde se deduce que el espiritual puede ser tentado, si no en la mente, sí en la carne. Pues es espiritual porque vive según el espíritu; más por lo que respecta a su parte mortal es todavía carnal. Es espiritual y carnal al mismo tiempo. Espiritual: Con la mente sirvo a la ley de Dios; carnal: con la carne, en cambio, a la ley del pecado. ¿Por lo tanto, uno mismo es carnal y espiritual? Ciertamente; mientras vive aquí, así es… ¿Dónde está, ¡oh muerte!, tu contienda? Esta es: No hago lo que quiero; hela aquí: Sabemos que la ley es espiritual, pero yo soy carnal. Si, pues, el Apóstol dice eso de sí mismo; si dice —hablo en condicional—, si dice de sí mismo: Sabemos que la ley es espiritual, pero yo soy carnal, claramente es espiritual en la mente y carnal en el cuerpo. ¿Cuándo, pues, será totalmente espiritual? Cuando se cumpla: Se siembra un cuerpo animal y resucitará un cuerpo espiritual. Por lo tanto, ahora, mientras existe el ardor de la contienda, no hago lo que quiero; en parte soy espiritual y en parte carnal. Espiritual en la parte superior, carnal en la inferior. Todavía lucho; aún no he vencido y tengo en mucho el no ser vencido. No hago lo que quiero, sino lo que detesto. ¿Qué haces? Apetezco. Aunque no doy mi consentimiento a mis apetitos, aunque no voy tras de ellos, con todo, apetezco y, sin duda, incluso en esa parte, soy yo mismo…

Efectivamente, el querer el bien lo tengo, pero no el ejecutarlo plenamente. Tengo el quererlo, pero no el ejecutarlo plenamente. No habló de ejecutarlo, sino de ejecutarlo plenamente. No se trata de que no hagas nada. Se rebela la concupiscencia y no le das tu consentimiento;…Tú, concupiscencia, alborotas la carne, pero no sometes la mente a tu imperio. Esperaré en el Señor; no temeré lo que me haga la carne. La carne se alborota sin que yo, sin que yo, esto es, sin que mi mente consienta. Esperaré —dice— en el Señor; no temeré lo que haga la carne. Ni la ajena, ni la mía tampoco. ¿Acaso quien hace en sí todo esto no hace nada? Es mucho y grande lo que hace, pero aún no plenamente. ¿En qué consiste, entonces, hacerlo plenamente? ¿Dónde está, ¡oh muerte!, tu contienda? Por lo tanto, el querer hacer el bien lo tengo, pero no el ejecutarlo.

Pero tú, cristiano, ruega cuanto puedas, exclama y di: Desdichado el hombre que soy yo; ¿quién me librará del cuerpo de esta muerte? Se te responderá: hallarás seguridad no en ti, sino en tu Señor. Tu seguridad proviene de la garantía que tienes. Teniendo como prenda la sangre de Cristo, espera con él el reino de Cristo. Di, repite: ¿Quién me librará del cuerpo de esta muerte? para que se te responda: La gracia de Dios por medio de nuestro Señor Jesucristo. Pues el ser liberado del cuerpo de esta muerte no equivale a carecer de este cuerpo. Lo tendrás, pero no será el cuerpo de esta muerte. Será el mismo y no será el mismo. Será el mismo porque existirá la misma carne; no será el mismo porque no será mortal. En esto, en esto consistirá tu liberación de este cuerpo de muerte: en que este cuerpo mortal se vista de inmortalidad y este cuerpo corruptible de incorrupción. ¿Quién la efectuará? ¿Por medio de quien se hará realidad? La gracia de Dios por medio de nuestro Señor Jesucristo, porque por un hombre vino la muerte, y por otro la resurrección de los muertos. Como todos mueren en Adán —he aquí la causa de tu gemir—. En Adán mueren todos —de aquí proceden tus gemidos, de aquí tu lucha con la muerte; de aquí el cuerpo de esta muerte—. Pero como todos mueren en Adán, del mismo modo todos recibirán la vida en Cristo. Una vez recibido el cuerpo inmortal y devuelto a la vida, cuando digas: ¿Dónde está, ¡oh muerte!, tu contienda?, habrás sido librado del cuerpo de esta muerte, pero no por tu poder, sino por la gracia de Dios a través de Jesucristo nuestro Señor. (Sermón 154).

Últimas publicaciones

Dirección

Monasterio Cisterciense Ntra. Sra. de la Paz
Carril de los Vidales 20
30593 La Palma, Cartagena (Murcia)
Teléfono: 968 55 42 25
Website: http://monasteriodelapalma.es
Email: ocsomclp@gmail.com

Enlaces de interés