26 de julio de 2015. Domingo 17º del Tiempo Ordinario -CICLO B.-

26 de julio de 2015

Domingo 17º del Tiempo Ordinario

- Ciclo B.-

 

Primera lectura

Lectura del segundo libro de los Reyes (4,42-44):

En aquellos días, uno de Baal-Salisá vino a traer al profeta Eliseo el pan de las primicias, veinte panes de cebada y grano reciente en la alforja. 
Eliseo dijo: «Dáselos a la gente, que coman.» 
El criado replicó: «¿Qué hago yo con esto para cien personas?» 
Eliseo insistió: «Dáselos a la gente, que coman. Porque así dice el Señor: Comerán y sobrará.» 
Entonces el criado se los sirvió, comieron y sobró, como había dicho el Señor.
Palabra de Dios

Salmo

Sal 144,10-11.15-16.17-18


R/. Abres tú la mano, Señor, y nos sacias

Que todas tus criaturas te den gracias, 
Señor, que te bendigan tus fieles; 
que proclamen la gloria de tu reinado, 
que hablen de tus hazañas. R/. 

Los ojos de todos te están aguardando, 
tú les das la comida a su tiempo; 
abres tú la mano, 
y sacias de favores a todo viviente. R/. 

El Señor es justo en todos sus caminos, 
cerca está el Señor de los que lo invocan, 
de los que lo invocan sinceramente. R/.

 

Segunda lectura

Lectura de la carta del apóstol san Pablo a los Efesios (4,1-6):

Yo, el prisionero por el Señor, os ruego que andéis como pide la vocación a la que habéis sido convocados. Sed siempre humildes y amables, sed comprensivos, sobrellevaos mutuamente con amor; esforzaos en mantener la unidad del Espíritu con el vínculo de la paz. Un solo cuerpo y un solo Espíritu, como una sola es la esperanza de la vocación a la que habéis sido convocados. Un Señor, una fe, un bautismo. Un Dios, Padre de todo, que lo trasciende todo, y lo penetra todo, y lo invade todo. 
Palabra de Dios

 

Evangelio

Lectura del santo evangelio según san Juan (6,1-15):

En aquel tiempo, Jesús se marchó a la otra parte del lago de Galilea (o de Tiberíades). Lo seguía mucha gente, porque habían visto los signos que hacía con los enfermos. Subió Jesús entonces a la montaña y se sentó allí con sus discípulos. Estaba cerca la Pascua, la fiesta de los judíos. 
Jesús entonces levantó los ojos, y al ver que acudía mucha gente, dice a Felipe: «¿Con qué compraremos panes para que coman éstos?» Lo decía para tentarlo, pues bien sabía él lo que iba a hacer.
Felipe contestó: «Doscientos denarios de pan no bastan para que a cada uno le toque un pedazo.»
Uno de sus discípulos, Andrés, el hermano de Simón Pedro, le dice: «Aquí hay un muchacho que tiene cinco panes de cebada y un par de peces; pero, ¿qué es eso para tantos?» 
Jesús dijo: «Decid a la gente que se siente en el suelo.» 
Había mucha hierba en aquel sitio. Se sentaron; sólo los hombres eran unos cinco mil. Jesús tomó los panes, dijo la acción de gracias y los repartió a los que estaban sentados, y lo mismo todo lo que quisieron del pescado. 
Cuando se saciaron, dice a sus discípulos: «Recoged los pedazos que han sobrado; que nada se desperdicie.» 
Los recogieron y llenaron doce canastas con los pedazos de los cinco panes de cebada, que sobraron a los que habían comido. 
La gente entonces, al ver el signo que había hecho, decía: «Éste sí que es el Profeta que tenía que venir al mundo.» 
Jesús entonces, sabiendo que iban a llevárselo para proclamarlo rey, se retiró otra vez a la montaña él solo.
Palabra del Señor

 

COLLATIONES

San Agustín resume perfectamente lo que acabamos de leer: “Un gran milagro ha tenido lugar, amadísimos: con cinco panes y dos peces se han saciado cinco mil hombres, y los pedazos restantes llenan doce canastos”. Para  San Agustín “los milagros que hizo nuestro Señor Jesucristo son obras ciertamente divinas y estimulan a la mente humana a comprender a Dios a partir de lo visible”. 

Dice el evangelista que “lo seguía mucha gente” y nos dice San Juan Crisóstomo que: “No lo seguían aún con ánimo muy firme, pues antes que tan eximias enseñanzas, más bien los atraían los milagros: cosa propia de gente ruda. Porque dice Pablo: Los milagros son no para los fieles, sino para los no creyentes…”. Jesús quiere alimentar a todos los que le siguen y lo hace no sólo física, sino también espiritualmente. Dice San Agustín: “Y mandó partir los panes; partiéndolos, se multiplicaron… Como los misterios de la ley, al exponerlos, se dilatan, así también aquellos panes crecían al partirlos… Exponer estos misterios equivale a partirlos; comprenderlos equivale a alimentarse”.

Jesús sacia el hambre que sienten sus cuerpos, pero también sacia el hambre que sienten su almas, pues “la gente entonces, al ver el signo que había hecho, decía: “Éste sí que es el Profeta que tenía que venir al mundo”.

 

Subió Jesús entonces a la montaña y se sentó allí con sus discípulos”. San Juan Crisóstomo nos explica el motivo de este proceder de Jesús y nos dice que: “Con frecuencia sube solo al monte a orar y pasa la noche en oración, para enseñarnos que quien se acerca a Dios debe estar libre de todo tumulto y buscar un sitio tranquilo”. “Por aquí declara el evangelista que Jesús nunca se asentaba con sus discípulos sin motivo, sino tal vez para enseñarlos y hablar con mayor cuidado y para más unirlos consigo”. Subamos con el Señor al monte, encontrémonos con él en la eucaristía, sentémonos allí con él para que nos enseñe y para que pueda unirnos más consigo. “Pablo afirma: El pan es uno, y así nosotros, aunque somos muchos, formamos un solo cuerpo, porque comemos todos de un mismo pan… ¿Por qué tomamos la eucaristía? ¿No será quizá para que la eucaristía haga habitar en nosotros a Cristo, incluso corporalmente, mediante la participación y la comunión de su sagrada carne?”. (San Cirilo de Alejandría).

 

San Pablo exhorta a los efesios: “Esforzaos en mantener la unidad del Espíritu con el vínculo de la paz. Un solo cuerpo y un solo Espíritu, como una sola es la esperanza de la vocación a la que habéis sido convocados”. San Bernardo nos invita a “practicar la unidad que santifica” y San Cipriano nos exhorta a nosotros sobre la unidad de la Iglesia  y nos dice que: “La Iglesia es una, aunque al crecer por su fecundidad se extienda hasta formar una pluralidad”.  En ella nos alimentamos con el Pan de la unidad y aunque el Pan es uno,  por más gente que se alimente de él: “Comerán y sobrará”.                                                                                                                  

San Juan Crisóstomo:

No nos mezclemos, carísimos, con los perversos y dañinos; pero mientras no hagan daño a nuestra virtud, procuremos ceder y no dar ocasión a sus dolos y asechanzas. De este modo se les quebrantan todos sus ímpetus. Así como los dardos cuando dan sobre un objeto duro y firme, rebotan con gran impulso centra quienes los dispararon; pero, si una vez lanzados con violencia, no encuentran objeto alguno duro ni resistente, muy luego pierden su fuerza y caen al suelo, del mismo modo los hombres feroces por su audacia, si les presentamos resistencia más se enfurecen; pero si cedemos a su furia, pronto apagamos sus ímpetus.

Así procedió Cristo. Cuando los fariseos oyeron que juntaba más discípulos que Juan y que bautizaba a muchos más. Él se apartó a Galilea, para apagar así la envidia de ellos y suavizar con su retirada el furor que aquel buen suceso les causaba; furor que era verosímil que habrían concebido. Y vuelto a Galilea, no fue a los mismos sitios que antes. Porque no se retiró a Cana, sino al otro lado del mar…
Dice: Y lo seguía un gran gentío porque veían los milagros que obraba. No lo seguían aún con ánimo muy firme, pues antes que tan eximias enseñanzas, más bien los atraían los milagros: cosa propia de gente ruda. Porque dice Pablo: Los milagros son no para los fieles, sino para los no creyentes…                                                                                                                       

Mas ¿por qué ahora se retira al monte y ahí se asienta con sus discípulos? Porque va a hacer un milagro. Que sólo los discípulos subieran con El, culpa fue del pueblo que no lo siguió. Pero no fue ése el único motivo de subir al monte, sino además para enseñarnos que debemos evitar el tumulto de las turbas y que la soledad se presta para el ejercicio de la virtud. Con frecuencia sube solo al monte a orar y pasa la noche en oración, para enseñarnos que quien se acerca a Dios debe estar libre de todo tumulto y buscar un sitio tranquilo. 

Preguntarás: ¿por qué no sube a Jerusalén para la festividad, sino que mientras todos se dirigían a Jerusalén, Él se retiró a Galilea; y no va solo, sino que lleva a los discípulos, y luego baja a Cafarnaúm? Poco a poco va abrogando la ley, tomando ocasión de la perversidad de los judíos. Y como hubiese levantado la mirada y viera la gran turba… Por aquí declara el evangelista que Jesús nunca se asentaba con sus discípulos sin motivo, sino tal vez para enseñarlos y hablar con mayor cuidado y para más unirlos consigo. Vemos por aquí la gran providencia que de ellos tenía, y cómo a ellos se acomodaba y se abajaba. Y estaban sentados, quizá mirándose frente a frente. 

Luego, habiendo explayado su mirada, vio una gran turba que venía hacia Él. Los otros evangelistas refieren que los discípulos se le acercaron y le rogaron y suplicaron que no la despidiera en ayunas. Juan, en cambio, presenta al Señor preguntando a Felipe. A mí ambas cosas me parecen verdaderas, aunque no verificadas al mismo tiempo; sino que precedió una de ellas; de manera que en realidad se narran cosas distintas. ¿Por qué pregunta a Felipe? Porque sabía muy bien cuáles de los discípulos estaban más necesitados de enseñanza. Felipe fue el que más tarde le dijo: Muéstranos al Padre y esto nos basta. Por tal motivo es a él a quien primeramente instruye. Si el milagro se hubiera realizado sin ninguna preparación, no habría brillado en toda su magnitud. Por lo cual cuida Jesús de que previamente Felipe le confiese la escasez; para que con esto, el milagro le pareciera mayor.

Observa lo que dice a Felipe: ¿De dónde obtendremos tantos panes como para que éstos coman? Del mismo modo en la Ley Antigua dijo a Moisés antes de obrar el milagro: ¿Qué es lo que tienes en tu mano?  Y como los milagros repentinos suelen borrar de nuestra memoria los sucesos anteriores, en primer lugar ató a Felipe con la propia confesión de éste, para que no sucediera que después, herido de estupor, se olvidara de lo que había confesado; y para que por aquí, mediante la comparación, conociera la magnitud del milagro. Como en efecto sucedió. 

A la pregunta contestó Felipe: Doscientos denarios de panes no bastarían para que cada uno tomara un bocado. Esto se lo decía a Felipe para probarlo, pues Él sabía bien lo que iba a hacer. ¿Qué significa: para probarlo? ¿Acaso ignoraba Jesús lo que Felipe respondería? Semejante cosa no puede afirmarse. ¿Cuál es pues el pensamiento que encierra esa expresión? Podemos conocerlo por la Ley Antigua. También en ella leemos: Sucedió después de estas cosas que Dios tentó a Abrahán y le dijo: Toma a tu hijo unigénito, al que amas, Isaac. No se lo dijo para saber si obedecería o no el patriarca, pues Dios todo lo ve antes de que acontezca; sino que en ambos pasajes habla al modo humano. Lo mismo, cuando la Escritura dice: Dios escruta los corazones de los hombres no significa ignorancia, sino un conocimiento exacto. Igualmente cuando dice: tentó, no significa otra cosa sino que El con exactitud ya lo sabía…

Habiendo, pues, el Señor preguntado a Felipe: Respondió Andrés, el hermano de Simón Pedro: Hay aquí un niño que tiene cinco panes de cebada y dos pececillos. Pero ¿qué significa esto para tantos? Más altamente piensa Andrés que Felipe; y sin embargo, no llegó al fondo del asunto. Por tal parte, pienso que no sin motivo se expresó así: sino que teniendo noticia de los milagros de los profetas, como el de Elíseo sobre los panes, por aquí elevó su pensamiento a cierta altura, pero no llegó a la cima.

 

… Usó de la criatura para obrar el milagro; y lo obró cuando ambos discípulos menos lo esperaban. De este modo obtuvieron mayor ganancia espiritual, habiendo de antemano confesado lo difícil del negocio: para que, llevado a cabo el prodigio, reconocieran el poder de Dios.

 
Y pues iba a obrarse un milagro ya antes obrado también por los profetas, aunque no del mismo modo; y lo iba a verificar Jesús comenzando por la acción de gracias, para que la gente ruda no cayera en error, observa cómo todo lo que hace va levantando las mentes y poniendo de manifiesto la diferencia. Cuando aún no aparecían los panes, ya Él tenía hecho el milagro; para que entiendas que tanto lo que ya existe como lo que aún no existe, todo le está sujeto, como dice San Pablo: El que llama lo que no existe a la existencia como si ya existiera. Pues como si ya estuviera la mesa puesta, mandó que al punto se sentaran a ella; y de este modo levantó el pensamiento de los discípulos.

Como ya por la pregunta anterior habían logrado provecho espiritual, al punto obedecieron y no se conturbaron ni dijeron: ¿Qué es, esto? ¿Por qué ordenas sentarse a la mesa cuando aún nada hay que poner en ella?, de modo que aún antes de ver el milagro comenzaron a creer, los que al principio no creían y decían: ¿De dónde compraremos panes? Más aún: activamente dispusieron que las turbas se sentaran. Mas ¿por qué cuando va a sanar al paralítico, a resucitar al muerto, a calmar el mar no ruega, y ahora en cambio cuando se trata de panes sí lo hace? Es para enseñarnos que antes de tomar el alimento se ha de dar gracias a Dios…

Por otra parte, estaba presente una turba inmensa a la cual era necesario persuadir de que Él había venido por voluntad de Dios. Por esto cuando obra un milagro estando solo y en privado, no procede así; pero cuando lo hace en presencia de muchos y para persuadirlos de que Él no es contrario a Dios, ni adversario del Padre, con dar gracias suprime toda sospecha errónea y acaba con ella. Y los distribuyó entre los que estaban sentados. Y se saciaron. ¿Adviertes la diferencia entre el siervo y el Señor? Los siervos, porque tenían solamente cierta medida de gracia, conforme a ella hacían los milagros; pero Dios, procediendo con absoluto poder, todo lo hacía y disponía con autoridad. Y dijo a los discípulos: recoged los fragmentos. Y ellos los recogieron y llenaron doce espuertas. No fue vana ostentación, sino que se hizo para que no se creyera haber sido aquello obra de brujería; y por este mismo motivo trabaja el Señor sobre materia preexistente. ¿Por qué no entregó los restos a las turbas para que los llevaran consigo, sino que los dio a los discípulos? Porque sobre todo a éstos quería instruir, pues habían de ser los maestros del orbe.

La multitud no iba a sacar ganancia grande espiritual de los milagros; y, en efecto, rápidamente lo olvidaron y pedían un nuevo milagro. Por lo demás, a Judas le sobrevino gravísima condenación del hecho de llevar su espuerta. Pues que el milagro se haya obrado para instrucción de los discípulos, consta por lo que se dice al fin; que tuvo Jesús que traérselo a la memoria y decirles: ¿Aún no comprendéis ni recordáis cuántos canastos recogisteis? Y el mismo motivo hubo para que el número de las espuertas fuera doce. O sea, igual al de los discípulos. En la otra multiplicación, como ya estaban instruidos, no sobraron tantos canastos, sino solamente siete espuertas. Por mi parte yo me admiro no únicamente de la abundancia de panes, sino además de la multitud de fragmentos y de lo exacto del número; y de que Jesús cuidara de que no sobraran ni más ni menos, sino los que Él quiso, pues sabía de antemano cuántos panes se iban a consumir; lo que fue señal de un poder inefable… 

Y las turbas decían: verdaderamente éste es el Profeta. ¡Oh avidez de la gula! Infinitos milagros mayores que éste había hecho Jesús y nunca las turbas le habían hecho semejante confesión, sino ahora que se hartaron. Pero por aquí se ve claramente que esperaban a un profeta eximio. Allá con el Bautista preguntaban: ¿Eres tú el Profeta? Acá afirman: Este es el Profeta. Pero Jesús, en cuanto advirtió que iban a venir para arrebatarlo y proclamarlo rey, se retiró de nuevo El solo a la montaña. ¡Cielos! ¡Cuán grande es la tiranía de la gula! ¡Cuán inmensa la humana volubilidad! Ya no defienden la ley; ya no se cuidan del sábado violado; ya no los mueve el celo de Dios. ¡Repleto el vientre, todo lo han olvidado! Tenían consigo al Profeta e iban a coronarlo rey; pero Cristo huyó. 

¿Por qué lo hizo? Para enseñarnos que se han de despreciar las dignidades humanas y demostrar que El no necesita de cosa alguna terrena. Quien todo lo escogió humilde -madre, casa, ciudad, educación, vestido- no iba a brillar mediante cosas terrenas. Las celestiales, eximias y preclaras eran: los ángeles, la estrella, el Padre clamando, el Espíritu Santo testimoniando, los profetas ya de antiguo prediciendo; mientras que en la tierra todo era vil y bajo. Todo para que así mejor apareciera su poder. Vino a enseñarnos el desprecio de las cosas presentes y a no admirar las que en esta vida parecen espléndidas; sino que todo eso lo burlemos y amemos las cosas futuras. Quien admira las terrenas no admirará las del cielo. Por eso decía Cristo a Pilato: Mi reino no es de este mundo. Para no parecer que para persuadir echaba mano de humanos terrores y poderes. Pero entonces ¿por qué dice el profeta: He aquí que viene a ti tu rey, humilde y montado en un jumento? Es que el profeta trataba del reino celeste y no del terreno. Por lo cual decía también: Yo no acepto gloria del hombre… (Comentarios al Evangelio de San Juan, homilía 42).

 

San Agustín:

Los milagros que hizo nuestro Señor Jesucristo son obras ciertamente divinas y estimulan a la mente humana a comprender a Dios a partir de lo visible. De hecho, porque él no es sustancia tal que los ojos puedan ver, y sus milagros, con que rige el mundo entero y gobierna toda la creación, por su frecuencia se han depreciado hasta el punto de que casi nadie se digna observar en cualquier grano de semilla las admirables y asombrosas obras de Dios, según esa misericordia misma suya se ha reservado ciertas obras para realizarlas en tiempo oportuno, fuera del curso y orden normales de la naturaleza, para que, aquellos para quienes se han depreciado las cotidianas, se queden estupefactos al ver otras no mayores, sino insólitas. En efecto, mayor milagro es el gobierno del mundo entero que saciar a cinco mil hombres con cinco panes; y empero nadie se asombra de aquello; se asombran de esto los hombres no por ser mayor, sino por ser raro. ¿Quién, en efecto, alimenta ahora al mundo entero, sino quien de pocos granos crea las mieses? Obró, pues, como Dios, ya que, con lo que de pocos granos multiplica las mieses, con eso multiplicó en sus manos lo cinco panes. La potestad estaba, en efecto, en las manos de Cristo; en cambio, los cinco panes eran cual semillas, no ciertamente echadas en tierra, sino multiplicadas por quien hizo la tierra. Esto, pues, se acercó a los sentidos para levantar la mente, y se mostró a los ojos para aguijonear la inteligencia, para que admirásemos mediante las obras visibles al invisible Dios y, erguidos hacia la fe y purgados por la fe, deseásemos ver invisiblemente al Invisible que a partir de las cosas visibles habíamos conocido.

No basta empero mirar esto en los milagros de Cristo. Interroguemos a los milagros mismos, qué nos dicen de Cristo, ya que, si se los entiende, tienen su lengua porque, ya que Cristo es la Palabra de Dios, también un hecho de la Palabra es para nosotros palabra. Como, pues, hemos oído cuán grande es este milagro, busquemos también cuán profundo es; no nos deleitemos sólo en su superficie, sino investiguemos también su profundidad, pues lo que fuera nos asombra tiene dentro algo…

El Señor está en el monte: mucho más entendamos que el Señor en el monte es la Palabra en lo alto. Por ende, lo que en el monte sucedió no yace como a ras del suelo ni hay que dejarlo atrás de pasada, sino que hay que levantar la vista hacia ello. Vio a las turbas, reconoció que tenían hambre, misericordiosamente las alimentó, no sólo según su bondad, sino también según su potestad. ¿Qué aprovecha, en efecto, la sola bondad, donde no había pan con que alimentar a la turba hambrienta? Si la potestad no asistiese a la bondad, la turba continuaría en ayunas y hambrienta. Por eso, también los discípulos que con hambre estaban con el Señor, también ellos querían alimentar a las turbas, para que no continuasen vacías, pero no tenían con qué alimentarlas. Interrogó el Señor cómo comprar panes para alimentar a las turbas. Y asevera la Escritura: «Ahora bien, decía esto para ponerlo a prueba —o sea, al discípulo Felipe, a quien le había preguntado—, pues él mismo sabía qué iba a hacer. ¿Para qué bien lo ponía a prueba sino porque demostraba la ignorancia del discípulo? Y quizá con la demostración de la ignorancia del discípulo significó algo. Aparecerá, pues, cuando a propósito de los cinco panes comience a hablarnos del misterio mismo y a indicar qué significa;… Después entenderemos también, como he dicho, por qué hizo esto.

Andrés dice: Aquí hay cierto muchacho que tiene cinco panes y dos peces; pero esto ¿qué es para tantos? Aunque Felipe, interrogado, hubiese dicho que doscientos denarios de pan no bastarían para restablecer a aquella turba tan numerosa, había allí cierto muchacho que llevaba cinco panes de cebada y dos pecesY dijo Jesús: Haced a los hombres recostarse. Ahora bien, había allí mucha hierba, y se recostaron casi cinco mil hombres. El Señor Jesús, por su parte, tomó los panes, dio gracias, mandó, los panes fueron partidos y puestos ante los recostados. Ya no eran cinco panes, sino lo que había añadido quien había creado lo que se había aumentado. Y de los peces cuanto bastaba. Poco es haber saciado a aquella turba, quedaron incluso fragmentos, también se mandó recogerlos para que no pereciesen. Y llenaron doce canastos de fragmentos.

Para recorrer el relato brevemente: por los cinco panes se entienden los cinco libros de Moisés; con razón no son de trigo, sino de cebada, porque pertenecen al Antiguo Testamento. Ahora bien, sabéis que la cebada está creada de forma que apenas se llega a su médula, pues la misma médula está vestida con una cubierta de paja, y la paja misma es tan resistente y está tan adherida, que se la arranca con esfuerzo. Tal es la letra del Antiguo Testamento, está vestida con las cubiertas de sacramentos carnales; pero, si se llega a su médula, alimenta y sacia.

Cierto muchacho, pues, llevaba cinco panes y dos peces. Si preguntamos quién sería ese muchacho, quizá era el pueblo de Israel; los llevaba con actitud pueril y no los comía, pues lo que llevaba, cerrado, abrumaba; abierto, alimentaba. Por otra parte, los dos peces me parece que significaban aquellas dos personas sublimes del Antiguo Testamento a las que se ungía para santificar y gobernar al pueblo: la del sacerdote y la del rey. Y en misterio vino por fin ese que era significado mediante aquéllas; vino por fin quien se mostraba mediante la médula de la cebada, pero se ocultaba mediante la paja de la cebada. Vino ese único que en sí lleva a una y otra persona, la del sacerdote y la del rey; la del sacerdote mediante la víctima, él mismo, que por nosotros ofreció a Dios; la del rey, porque él nos gobierna; y está abierto lo que se llevaba cerrado. ¡Gracias a él! Mediante sí cumplió lo que se prometía mediante el Antiguo Testamento.

Y mandó partir los panes; partiéndolos, se multiplicaron. Nada más verdadero. En efecto, aquellos cinco libros de Moisés, ¿a cuantísimos libros han dado origen, cuando se los expone, partiéndolos, digamos, esto es, explicándolos? Pero, porque en la cebada se ocultaba la ignorancia del pueblo primero, del que está dicho: «Mientras se lee a Moisés, un velo está puesto sobre sus corazones» —pues aún no se había retirado el velo, porque Cristo no había venido aún; el velo del templo no se había rasgado aún, colgado él en la cruz—; porque, pues, en la Ley estaba la ignorancia del pueblo, la prueba del Señor demostraba la ignorancia del discípulo.

Por tanto, nada es ocioso, todo hace señas, pero requiere un entendedor, porque también ese número de pueblo alimentado significaba al pueblo constituido bajo la Ley. ¿Por qué, en efecto, eran cinco mil sino porque estaban bajo la Ley, Ley que se desarrolla en los cinco libros de Moisés? Por eso, también los enfermos estaban puestos a la vista en aquellos cinco pórticos, mas no se curaban. En cambio, el mismo que allí curó al enfermo, aquí alimentó con cinco panes a las turbas. Porque se recostaban sobre la hierba pensaban, pues, carnalmente y reposaban en lo carnal. En efecto, toda carne es heno. Por otra parte, ¿qué significan los fragmentos sino lo que el pueblo no pudo comer? Se entienden, pues, ciertas realidades muy secretas de comprender, que la masa no puede captar. ¿Qué resta, pues, sino que las realidades muy secretas de comprender, que la masa no puede captar, se confíen a quienes son idóneos incluso para enseñarlos a otros, como eran los apóstoles? Por eso se llenaron doce canastos. Esto se hizo maravillosamente por ser un hecho grande, y útilmente por ser un hecho espiritual. Quienes lo vieron entonces, se asombraron; en cambio, nosotros no nos asombramos al oírlo. Sucedió, en efecto, para que ellos lo vieran; fue escrito, en cambio, para que nosotros lo oyéramos. Lo que los ojos fueron capaces de hacer en ellos, esto es capaz de hacer en nosotros la fe, pues percibimos con el ánimo lo que con los ojos no hemos podido, y los aventajamos porque de nosotros está dicho: Dichosos quienes no han visto y han creído. Ahora bien, añado que quizá hasta hemos entendido lo que la turba no entendió. Y verdaderamente hemos sido alimentados nosotros, porque hemos podido llegar a la médula de la cebada. (Tratados sobre el Evangelio de San Juan; Tratado 24).

 

 

Un gran milagro ha tenido lugar, amadísimos: con cinco panes y dos peces se han saciado cinco mil hombres, y los pedazos restantes llenan doce canastos. Gran milagro, pero no nos causará excesiva admiración, si nos fijamos en su autor. El que multiplicó los panes entre las manos de los repartidores es el mismo que multiplica las semillas que germinan en la tierra de modo que se siembran pocos granos y se llenan las trojes. Pero como esto lo hace cada año, nadie se admira. La admiración la excluye no la insignificancia del hecho, sino su repetición. Ahora bien, al hacer estas cosas, el Señor hablaba a los que las entendían no sólo mediante palabras, sino también por medio de los milagros mismos. Los cinco panes simbolizaban los cinco libros de la ley de Moisés. La ley antigua es, respecto al Evangelio, lo que al trigo la cebada. Esos libros encierran grandes misterios concernientes a Cristo. Por eso decía él: Si creyerais a Moisés, me creeríais también a mí, pues él ha escrito de mí. Pero igual que en la cebada el meollo está bajo el cascabillo, así Cristo se oculta bajo el velo de los misterios de la ley. Como los misterios de la ley, al exponerlos, se dilatan, así también aquellos panes crecían al partirlos. Y en el hecho mismo de exponeros esto os he partido el pan. Los cinco mil hombres significan el pueblo constituido al amparo de los cinco libros de la ley; los doce canastos son los doce apóstoles, que, a su vez, se llenaron con los rebojos de la misma ley. Los dos peces son, o bien los dos mandamientos del amor de Dios y del prójimo, o bien los dos pueblos: el de la circuncisión y el del prepucio, o aquellas dos funciones sagradas: la real y la sacerdotal. Exponer estos misterios equivale a partirlos; comprenderlos equivale a alimentarse.

Volvamos al hacedor de estas cosas. Él es el pan que ha bajado del cielo, pero un pan que repara sin menguar él; un pan que se puede consumir sin que pueda consumirse. Este pan estaba figurado también en el maná. Por eso se dijo: Les dio pan del cielo; el hombre comió el pan de los ángeles. ¿Quién es el pan del cielo sino Cristo? Mas para que el hombre comiera el pan de los ángeles se hizo hombre el Señor de los ángeles, pues si no se hubiera hecho esto, no tendríamos su carne; y, si no tuviéramos su carne, no comeríamos el pan del altar. (Sermón 130).

 

 

 

Confiésente, Señor, todas tus obras y bendígante tus santos. Confiésente todas tus obras. ¿Pues qué? La tierra, ¿no es obra suya? ¿No son sus obras los árboles? Los animales domésticos, las bestias, los peces, las aves, ¿no son sus obras? Sin duda, son obras suyas. Pero ¿cómo le confesarán estos seres? Veo que en los ángeles le confiesan sus obras, puesto que los ángeles son obras suyas. También los hombres son obras suyas, y, cuando le confiesan los hombres, le confiesan sus obras. Pero ¿por ventura los árboles y las piedras poseen voz de confesión? Sin duda que le confiesan todas sus obras. ¿Qué dices? ¿También la tierra y los árboles? Todas sus obras. Si todas le ensalzan, ¿por qué no le han de confesar todas ellas? La confesión no es sólo de pecados, sino también de alabanza. Digo esto para que, al oír en cualquier sitio la palabra concesión, no penséis que únicamente se trata de pecados. Hasta tal punto se cree así, que, cuando se oye esta palabra en los discursos divinos, inmediatamente se acostumbra a herir los pechos. Ve que también la confesión es de alabanza. ¿Por ventura nuestro Señor Jesucristo tenía pecados? Y, sin embargo, dice: “Confíteor tibi”: Te confieso, ¡oh Padre!, Señor del cielo y de la tierra. Esta confesión es de alabanza. Por tanto, ¿cómo ha de entenderse confiteantur tibi Domine omnia opera tua? Te alaban, Señor, todas tus obras. La dificultad que se presentaba en la palabra confesión recae ahora en la alabanza, ya que, si no pueden confesar los árboles, la tierra y cualquier ser insensible, porque les falta la voz, tampoco alabarán, porque carecen de voz para alabar. Pero los tres jóvenes que caminaban entre las llamas inofensivas y que contaron con tiempo, no sólo para quemarse, sino también para alabar a Dios, ¿no enumeran todos los seres de la creación, y todos dicen, a partir de los celestes hasta los terrestres: Bendecid y cantad himnos y ensalzadle por los siglos? Ved cómo cantan himnos de alabanza. Con todo, nadie piense que el peñasco insensible o el mundo animal poseen mente racional para conocer a Dios. Quienes creyeron esto se apartaron inmensamente de la verdad. Dios creó y ordenó todas las cosas; a unas les dio sentido, entendimiento e inmortalidad, como a los ángeles; a otras, sentido, entendimiento y mortalidad, como a los hombres; a otras les dio sentido corporal, mas no entendimiento ni inmortalidad, como a las bestias; a otras no les dio sentido, ni entendimiento, ni inmortalidad, como a las hierbas, a los árboles y a las piedras; sin embargo, ellas mismas en su género no pueden flaquear, puesto que ordenó a la criatura en ciertos grados, desde el cielo hasta la tierra, desde las cosas visibles hasta las invisibles, desde las mortales hasta las inmortales. Este concatenamiento de la criatura, esta ordenadísima hermosura, subiendo de lo ínfimo a lo sumo y bajando de lo sumo a lo ínfimo, jamás interrumpida, sino acomodada a los seres dispares, toda ella alaba a Dios. ¿Por qué toda ella alaba a Dios? Porque, cuando la contemplas tú y la ves hermosa, por ella alabas a tu Dios. La muda tierra tiene voz, tiene faz. Tú atiendes y ves su faz, su superficie; ves su fecundidad, ves su vigor, ves cómo germina en ella la semilla; cómo muchas veces hace brotar lo que no se sembró en ella. Ves esto, y con tu reflexión la interrogas, ya que esta inquisición es una interrogación. Pues bien; cuando, admirado, hayas investigado y escudriñado, y hayas encontrado el vigor inmenso, la gran hermosura, el excelso poder, como de sí misma y por sí misma no puede tener esta virtud, al instante se te ocurre que únicamente puede estar dotada de ella por haberla recibido del mismo Creador. Y lo que en ella encontraste es la voz de su confesión para que alabes tú al Creador. ¿Por ventura, considerando toda la belleza de este mundo, no te responde a una su hermosura: “No me hice yo, sino Dios”?

Luego confiésente, Señor, tus obras y bendígante tus santos. Examinen tus santos la criatura que confiesa para que en la confesión de tus obras te bendigan. Oye su voz que alaba. Cuando tus santos te bendicen, ¿qué profieren? Proclamarán la gloria de tu reino y hablarán de tu poder. ¡Cuán poderoso es Dios, que hizo la tierra, que la llenó de bienes, que dio vidas convenientes a los animales, que entregó diversas semillas a las entrañas de la tierra para que produjesen tan inmensa variedad de frutos, tan grande variedad de árboles! ¡Cuán poderoso es Dios, cuán grande es Dios! Pregunta tú, la criatura te responde; y por la respuesta, como por confesión de ella, tú, ¡oh santo de Dios!, bendices a Dios y proclamas su poder.

Los ojos de todos esperan en ti, y tú les das alimento en tiempo oportuno. Como restableciendo al enfermo en tiempo oportuno, le das cuando debe y lo que debe recibir. Así, pues, alguna vez se desea recibir de Él, y no da. El que restaura conoce el tiempo de dar. ¿Por qué digo estas cosas, hermanos? Para que, cuando quizá alguno, pidiendo algo justo o bueno a Dios, no fuese oído, puesto que, si pide algo injusto o malo, para su castigo es oído, no se amilane, no desfallezca al pedir algo justo y no ser oído; esperen sus ojos el alimento que El da en tiempo oportuno, ya que, cuando no da, no da para que no perjudique lo que da… Luego aprende a no murmurar contra Dios; y, cuando no seáis escuchados, no falte en vosotros lo que se escribió anteriormente: Te bendeciré todos los días. El mismo Hijo, el Unigénito, que vino a padecer, a pagar la deuda indebida, a morir en manos de los pecadores, a borrar con su sangre el decreto de nuestra muerte, pues a esto había venido, y que también, para darte ejemplo de paciencia, transformó el cuerpo de nuestra bajeza, acomodándolo al cuerpo de su gloria, dice: Padre, si es posible, pase de mí este cáliz. Y, aunque no recibiría lo que parecía pedir, para que se cumpliese: Te bendeciré todos los días, dice: Con todo, no se haga lo que yo quiero, sino lo que tú quieres, ¡oh Padre! Los ojos de todos esperan en ti, y tú les das alimento en tiempo oportuno.

Tú abres tu mano, y llenas de bendición a todo animal. Si no das en alguna ocasión, das, sin embargo, a su tiempo. Difieres, no quitas. Mas esto a su tiempo.

El Señor es justo en todos sus caminos. Es justo cuando castiga y cuando cura, puesto que en El no hay iniquidad. En fin, todos los santos que se hallaron en medio de las tribulaciones, primeramente ensalzaron la justicia de Dios y después pidieron sus dones…  Nadie le tenga por injusto cuando quizá padece algún mal; al contrario, alabe la justicia de Dios y vitupere su propia iniquidad. El Señor es justo en todos sus caminos, y santo en todas sus obras.

El Señor está cerca de todos los que le invocan. Entonces ¿a qué viene aquello: Habrá tiempo en que me invocarán, y no los oiré? Atiende a lo que sigue: está cerca de todos los que le invocan con verdad. Muchos le invocan, pero no con verdad, pues piden otra cosa de Él y no a Él mismo. ¿Por qué amas a Dios? “Porque me dio la salud.” Esto es evidente; Él te la dio; de Él únicamente procede toda salud. “Porque me dio —dice— también mujer rica para que me sirviese a mí, que nada tenía.” También dio Él esto; dices verdad. “Me dio —dices— hijos, muchos y buenos; me dio servidumbre, me dio todos los bienes.” ¿Y por esto le amas? ¿No pides más? Sé hambriento; llama a la puerta del Padre de familias; aún tiene qué dar, pues te hayas en la miseria con todas las cosas que recibiste, y lo ignoras. Aún llevas la carne andrajosa de la mortalidad. ¿Por ventura ya recibiste la vestidura de gloria inmortal, y, como ya saciado, no pides? Bienaventurados los que tienen hambre y sed de justicia, porque ellos sean saciados. Luego, si Dios es bueno porque te dio estas cosas, ¿cuánto más alegre estarás cuando se te haya dado a sí mismo? Deseaste estas cosas de Él; desea, te ruego, también a Él mismo. Estas cosas no son más dulces que Él, ni deben ser comparadas a Él por ninguna razón. Luego invoca a Dios con verdad el que prefiere al mismo Dios, de quien recibió las cosas de que se goza, a los bienes que recibió. Porque habéis de saber que, cuando se propone y se dice a estos hombres pegados a los bienes del mundo: “¿Qué harías si Dios quisiera quitarte todas las cosas de que te gozas?”, ya no sería amado, ya no habría quien dijese: El Señor me lo dio, el Señor me lo quitó; como a Dios le agradó, así se hizo; bendito sea su santo nombre. Es más: quizá aquel a quien se le quitó dice a Dios: “¿Qué te hice? ¿Por qué me las quitaste y se las diste a otros? Se las das a los inicuos y se las quitas a los tuyos.” (Por esto) acusas a Dios como a injusto y a ti te alabas como justo. Conviértete; acúsate a ti y alábale a Él. Serás justo cuando Dios te agrade en todas las cosas que hizo y no te desagrade en todos los males que padezcas. Esto es invocar a Dios con verdad. Los que así invocan a Dios son oídos, pues está cerca, es decir, si aún no te dio lo que quieres; con todo, está allí… Luego el Señor está cerca de todos los que le invocan. Pero ¿de qué todos? De todos los que le invocan con verdad. A todos estos que caen y que invocan a Dios con verdad, Dios los levanta. (Comentario a los salmos, salmo 144).

Beato Isaac de Stella:

¿Por qué, hermanos, nos preocupamos tan poco de nuestra mutua salvación, y no procuramos ayudarnos unos a otros en lo que más urgencia tenemos de prestarnos auxilio, llevando mutuamente nuestras cargas, con espíritu fraternal? Así nos exhorta el Apóstol, diciendo: Arrimad todos el hombro a las cargas de los otros, que con eso cumpliréis la ley de Cristo; y en otro lugar: Sobrellevaos mutuamente con amor. En ello consiste, efectivamente, la ley de Cristo.

Cuando observo en mi hermano alguna deficiencia incorregible –consecuencia de alguna necesidad o de alguna enfermedad física o moral—, ¿por qué no lo soporto con paciencia, por qué no lo consuelo de buen grado, tal como está escrito: Llevarán en brazos a sus criaturas y sobre las rodillas las acariciarán? ¿No será porque me falta aquella caridad que todo lo aguanta, que es paciente para soportarlo todo, que es benigna en el amor?

Tal es ciertamente la ley de Cristo, que, en su pasión, soportó nuestros sufrimientos y, por su misericordia, aguantó nuestros dolores, amando a aquellos por quienes sufría, sufriendo por aquellos a quienes amaba. Por el contrario, el que hostiliza a su hermano que está en dificultades, el que le pone asechanzas en su debilidad, sea cual fuere esta debilidad, se somete a la ley del diablo y la cumple. Seamos, pues, compasivos, caritativos con nuestros hermanos, soportemos sus debilidades, tratemos de hacer desaparecer sus vicios.

Cualquier género de vida, cualesquiera que sean sus prácticas o su porte exterior, mientras busquemos sinceramente el amor de Dios y el amor del prójimo por Dios, será agradable a Dios. La caridad ha de ser en todo momento lo que nos induzca a obrar o a dejar de obrar, a cambiar las cosas o a dejarlas como están. Ella es el principio por el cual y el fin hacia el cual todo debe ordenarse. Nada es culpable si se hace en verdad movido por ella y de acuerdo con ella.

Quiera concedérnosla aquel a quien no podemos agradar sin ella, y sin el cual nada en absoluto podemos, que vive y reina y es Dios por los siglos inmortales. Amén. (Sermón 31).

 

San Bernardo:

Pero tengamos muy en cuenta que existe la unidad de los santos, tal como lo indicamos con la Escritura, y la de los criminales, que la misma Escritura demuestra y rechaza…

Esta unión o perversión suele ser frecuente en algunos hermanos que viven con tibieza y desgana. Si les pides que se esfuercen por una vida más honesta y virtuosa, prefieren derrochar todas sus energías y afrontar las mayores dificultades para rechazar esa propuesta, antes que desear conseguir con facilidad lo que es tan razonable. No existe unidad más perversa y detestable. 
Excluyamos radicalmente esto de nuestros corazones y de nuestras palabras, y busquemos aquella otra unidad que es tan buena y propia de los buenos. También ésta tiene dos aspectos: por una parte santífica y por otra glorífica. Lo primero tiene carácter de mérito, lo segundo de premio. El mérito se refleja en aquel texto sagrado: la multitud de los creyentes no tenía sino un solo corazón y una sola alma. Y el premio en aquel otro: el que se une al Señor se hace un solo espíritu con él. Pero esto lo esperamos en el futuro, porque es más propio del mañana que del hoy en que vivimos; por eso esperemos recibirlo de Dios y por el momento prescindamos de ello.

Practiquemos la unidad que santifica; esa que ahora nos es tan necesaria. Esa amabilidad tan deslumbrante que entusiasma al salmista: ¡ved qué dulzura, que delicia convivir los hermanos unidos! Y no contento con proclamar su belleza, proclama también su utilidad: porque allí manda el Señor la bendición y la vida. Ahora la bendición, y en el tiempo venidero la vida eterna. Esta es la unidad que tan vivamente nos recomienda el Apóstol: Esforzaos por mantener la unidad que crea el Espíritu, estrechándola con la paz. 
Este bien tan magnífico de la unidad lo deben fomentar los responsables de dos maneras: prometiéndola en sí misma y en el prójimo. En sí mismos por medio de la integridad, y en el prójimo por la conformidad. Toda criatura, y particularmente la racional, debe imitar al que es su origen. Nuestro Dios es uno como lo atestigua Moisés: escucha, Israel, el Señor, nuestro Dios es solamente uno. Pero, a pesar de ser uno, idéntico a sí mismo e infinitamente perfecto e independiente, siente para con nosotros una gran bondad y nos ama haciéndonos todo el bien posible. Imitémosle estando unificados por la integridad de la virtud, y unidos al prójimo con los vínculos del amor. El apóstol Juan nos estimula a ella cuando trata del amor y dice: Como él es, así somos nosotros en este mundo. 

Mas esta unidad, tan necesaria para todos, encuentra tres obstáculos: la presunción, el apocamiento y la ligereza. Los engreídos se jactan de poder lo que en realidad no pueden, o presumen de lo que no tienen. Pedro nos da un ejemplo típico de esto, momentos antes de la pasión de Jesús: Señor, estoy dispuesto a ir contigo incluso a la cárcel y a la muerte. Los apocados son el polo opuesto. También es Pedro quien los encarnó en otra ocasión: Apártate de mí, Señor, que soy un pecador. Y los ligeros e inconstantes son los que viven a merced de la última teoría: hace un momento les agradaba una cosa y ahora la rechazan; y lo que eligen ahora lo abandonan dentro de unos instantes. 
Pero poco vale enumerar estos vicios si no añadimos los remedios con que podemos curarlos. Persigamos, pues, a los enemigos de nuestra unidad y no desistamos hasta derrotarlos. Contra la jactancia presentemos la consideración de nuestra propia fragilidad, que es el remedio por excelencia para aniquilar esta detestable presunción. Contra la pusilanimidad apoyémonos confiados en la fuerza de Dios, y si no eres capaz de hacer algo por ti mismo lo podrás con su ayuda, y dirás con el Apóstol: Todo lo puedo en aquel que me conforta, Cristo. Y contra la superficialidad acude al consejo del anciano para evitar las teorías novedosas y peregrinas, y cumplir el precepto divino: Pregunta a tu padre y te lo contará, a tus ancianos y te lo dirán. 

Hemos hablado de la unión de cada uno consigo mismo. Pasemos ahora a la unión con el prójimo. Se consigue de dos maneras: acercándonos al otro con amor y acogiendo el afecto que el otro nos ofrece. Los dos impedimentos para conseguirlo son la obstinación y la suspicacia. La obstinación no nos permite entrar en el interior del otro y la suspicacia impide creer que los otros nos aman. De este modo, ni nosotros amamos al otro, por nuestra obstinación, ni creemos que nos otros nos aman, por culpa de nuestra suspicacia. Y quien sufre las consecuencias es la unión que debemos tener con el prójimo. A esta doble enfermedad acude presurosa la caridad con un doble remedio: no buscar los propios intereses y fiarse siempre. El obstinado fomente esa caridad que no busca lo suyo y ame a los otros. Y el suspicaz practique esa caridad que todo lo cree, y esté firmemente convencido de que todos le aman a él. (Sermón 5º de la Asunción).

San Cipriano:

“El que abandona esta cátedra de Pedro, sobre la cual está fundada la Iglesia, ¿puede creer que está todavía en la Iglesia? El que se rebela contra la Iglesia y se opone a ella, ¿puede pensar que está en ella? El mismo Apóstol Pablo enseña idéntica doctrina declarando el misterio de la unidad con estas palabras: “un solo cuerpo y un solo espíritu, una sola esperanza en vuestra vocación”… Esta unidad hemos de mantener y vindicar particularmente aquellos que estamos al frente de la Iglesia como obispos, mostrando con ello que el mismo episcopado es uno e indiviso.

Nadie engañe a los hermanos con falsedades; nadie corrompa la verdad de nuestra fe con desleal prevaricación: el episcopado es uno y cada uno de los que lo ostentan tienen una parte de un todo sólido. La Iglesia es una, aunque al crecer por su fecundidad se extienda hasta formar una pluralidad. El sol tiene muchos rayos, pero su luz es una; muchas son las ramas de un árbol, pero uno es el tronco, bien fundado sobre sólidas raíces; muchos son los arroyos que fluyen de la fuente, pero aunque la abundancia del caudal parezca difundirse en pluralidad, se mantiene la unidad en el origen”.  (Sobre la unidad de la Iglesia, 4-7).

 

San Cirilo de Alejandría:

Que seamos capaces de unirnos espiritualmente con Cristo mediante una disposición interior de caridad perfecta, con fe recta y firme, con ánimo sincero y deseoso de virtud, no es en absoluto impugnado por la doctrina de nuestros dogmas: al contrario, afirmamos que nos enseñan precisamente esto.

En efecto, ¿quién, en su sano juicio, puede poner en duda que si Cristo es comparado a la vid y nosotros a los sarmientos, es porque de él y por él tenemos la vida, sobre todo cuando Pablo afirma: El pan es uno, y así nosotros, aunque somos muchos, formamos un solo cuerpo, porque comemos todos de un mismo pan? Que alguien nos diga la causa de la mesa mística y nos explique su eficacia. ¿Por qué tomamos la eucaristía? ¿No será quizá para que la eucaristía haga habitar en nosotros a Cristo, incluso corporalmente, mediante la participación y la comunión de su sagrada carne? Evidente. Pablo escribe efectivamente que también los gentiles son coherederos, miembros del mismo cuerpo y partícipes de la promesa.

¿Cómo los gentiles se han hecho miembros del mismo cuerpo? Pues precisamente, siendo admitidos al honor de participar de la ofrenda mística, se han hecho un mismo cuerpo con Cristo, lo mismo que cada uno de los apóstoles. De lo contrario, ¿por qué razón llama miembros de Cristo a sus propios miembros, más aún, a los miembros de todos lo mismo que a los suyos? Escribe efectivamente: ¿Se os ha olvidado que sois miembros de Cristo?, y ¿voy a quitarle un miembro a Cristo para hacerlo miembro de una prostituta? ¡Ni pensarlo!

Y el Salvador mismo dice: El que come mi carne y bebe mi sangre habita en mí y yo en él. En este pasaje vale la pena señalar que Cristo no se limita a decir que habitará en nosotros por una cierta relación afectiva, sino mediante una participación natural. Lo mismo que si fundimos al fuego dos trozos de cera de ambos se forma una sola masa, así también mediante la participación del cuerpo de Cristo y de su preciosa sangre, Cristo en nosotros y nosotros en Cristo formamos una sola realidad.

No de otro modo puede revitalizarse lo que por naturaleza es corruptible, si no es uniéndose corporalmente al cuerpo de quien es vida por naturaleza, es decir, uniéndose al Unigénito. Pero por si mis palabras no acaban de infundir en tu ánimo la persuasión, otorga tu credibilidad a Cristo que dice personalmente: Os aseguro que si no coméis la carne del Hijo del hombre y no bebéis su sangre no tendréis vida en vosotros. El que come mi carne y bebe mi sangre tiene vida eterna, y yo lo resucitaré en el último día. (Comentario sobre el evangelio de san Juan, Lib 10).

 

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