2 de agosto de 2015. Domingo 18º del Tiempo Ordinario – CICLO B.-

2 de agosto de 2015

Domingo 18º del Tiempo Ordinario

- Ciclo B.-

Primera lectura

Lectura del libro del Éxodo (16,2-4.12-15):

En aquellos días, en el desierto, comenzaron todos a murmurar contra Moisés y Aarón, y les decían: «¡Ojalá el Señor nos hubiera hecho morir en Egipto! Allí nos sentábamos junto a las ollas de carne, y comíamos hasta hartarnos; pero vosotros nos habéis traído al desierto para matarnos a todos de hambre.»
Entonces el Señor dijo a Moisés: «Voy a hacer que os llueva comida del cielo. La gente saldrá a diario a recoger únicamente lo necesario para el día. Quiero ver quién obedece mis instrucciones y quién no.» 
Y el Señor se dirigió a Moisés y le dijo: «He oído murmurar a los israelitas. Habla con ellos y diles: “Al atardecer comeréis carne, y por la mañana comeréis pan hasta quedar satisfechos. Así sabréis que yo soy el Señor vuestro Dios.”» 
Aquella misma tarde llegaron codornices, las cuales llenaron el campamento; y por la mañana había una capa de rocío alrededor del campamento. Después que el rocío se hubo evaporado, algo muy fino, parecido a la escarcha, quedó sobre la superficie del desierto. 
Los israelitas, no sabiendo qué era aquello, al verlo se decían unos a otros: «¿Y esto qué es?» 
Moisés les dijo: «Éste es el pan que el Señor os da como alimento.»
Palabra de Dios

 

Salmo

Sal 77

R/. El Señor les dio un trigo celeste

Lo que oímos y aprendimos,
lo que nuestros padres nos contaron,
lo contaremos a la futura generación: 
las alabanzas del Señor, su poder. R/.

Dio orden a las altas nubes,
abrió las compuertas del cielo:
hizo llover sobre ellos maná,
les dio un trigo celeste. R/.

Y el hombre comió pan de ángeles,
les mandó provisiones hasta la hartura.
Los hizo entrar por las santas fronteras,
hasta el monte que su diestra había adquirido. R/.

 

Segunda lectura

Lectura de la carta del apóstol san Pablo a los Efesios (4,17.20-24):

En el nombre del Señor os digo y encargo que no viváis más como los paganos, que viven de acuerdo con sus vanos pensamientos. Pero vosotros no conocisteis a Cristo para vivir de ese modo, si es que realmente oísteis acerca de él; esto es, si de Jesús aprendisteis en qué consiste la verdad. En cuanto a vuestra antigua manera de vivir, despojaos de vuestra vieja naturaleza, que está corrompida por los malos deseos engañosos. Debéis renovaros en vuestra mente y en vuestro espíritu, y revestiros de la nueva naturaleza, creada a imagen de Dios y que se manifiesta en una vida recta y pura, fundada en la verdad.
Palabra de Dios

 

Evangelio

Lectura del santo evangelio según san Juan (6,24-35):

En aquel tiempo, al no ver allí a Jesús ni a sus discípulos, la gente subió a las barcas y se dirigió en busca suya a Cafarnaún. 
Al llegar a la otra orilla del lago, encontraron a Jesús y le preguntaron: «Maestro, ¿cuándo has venido aquí?» 
Jesús les dijo: «Os aseguro que vosotros no me buscáis porque hayáis visto las señales milagrosas, sino porque habéis comido hasta hartaros. No trabajéis por la comida que se acaba, sino por la comida que permanece y os da vida eterna. Ésta es la comida que os dará el Hijo del hombre, porque Dios, el Padre, ha puesto su sello en él.»
Le preguntaron: «¿Qué debemos hacer para que nuestras obras sean las obras de Dios?» 
Jesús les contestó: «La obra de Dios es que creáis en aquel que él ha enviado.» 
«¿Y qué señal puedes darnos –le preguntaron– para que, al verla, te creamos? ¿Cuáles son tus obras? Nuestros antepasados comieron el maná en el desierto, como dice la Escritura: “Dios les dio a comer pan del cielo.”» 
Jesús les contestó: «Os aseguro que no fue Moisés quien os dio el pan del cielo. ¡Mi Padre es quien os da el verdadero pan del cielo! Porque el pan que Dios da es aquel que ha bajado del cielo y da vida al mundo.»
Ellos le pidieron: «Señor, danos siempre ese pan.» 
Y Jesús les dijo: «Yo soy el pan que da vida. El que viene a mí, nunca más tendrá hambre, y el que en mí cree, nunca más tendrá sed.»
Palabra del Señor

 

COLLATIONES

La primera lectura de hoy empieza diciéndonos: “Comenzaron todos a murmurar contra Moisés y Aarón”, y  vemos que a continuación, Dios dice a Moisés: “He oído murmurar a los israelitas…”. Orígenes nos pide que prestemos atención a esto, pues: “Ya veis que nuestra murmuración no escapa a Dios; lo oye todo aunque no lo castiga inmediatamente, sino que espera la penitencia de nuestra conversión”. “Cuando nos quejamos de la intemperie del cielo, de la infecundidad de los frutos, de la escasez de las lluvias, de la prosperidad de unos y la desgracia de otros, esto es murmurar contra Dios”.

A pesar de la murmuración, dice Dios a Moisés: “Voy a hacer que os llueva comida del cielo. La gente saldrá a diario a recoger únicamente lo necesario para el día. Quiero ver quién obedece mis instrucciones y quién no”. Nos dice San Agustín que: “no es una prueba para que Dios supiera algo, sino para darles a conocer a los propios hombres, a fin de que se hagan más humildes para pedir auxilio y para conocer la gracia de Dios”.

En la segunda lectura, san Pablo invita a los efesios a despojarse de su antigua manera de vivir, a renovar su mente y su espíritu y revestirse de su nueva naturaleza. Eso es ser cristiano. Y  como les dice san Pablo “se manifiesta en una vida recta y pura, fundada en la verdad”. San Gregorio de Nisa nos explica que es necesario saber qué significa ser cristiano: “Pues nos esforzaremos, mediante una conducta más elevada, en ser realmente lo que nos llamamos… Para que no suceda que, si nos revestimos con el mero ropaje del nombre, aparezcamos ante Aquél que ve en lo escondido como algo distinto de lo que aparentamos ser en lo exterior”. Como nos diría Tertuliano, seamos cristianos “de vida probada, que hayamos conseguido ese honor con el testimonio de nuestra vida”.

Y Jesús nos explica en el evangelio, cómo debemos despojarnos de esta antigua manera de vivir: “No trabajéis por la comida que se acaba, sino por la comida que permanece y os da vida eterna”. Y, ¿qué debemos hacer para trabajar por la comida que permanece y nos da vida eterna?. Queda claro que tenemos que trabajar en las obras de Dios.  Le preguntaron: ¿Qué debemos hacer para que nuestras obras sean las obras de Dios?” A lo que Jesús contesta: “La obra de Dios es que creáis en Aquel que Él ha enviado”. San Agustín explica esto diciendo que: “la fe misma es obra, pues esa misma fe es la que obra mediante el amor”. Por la fe creemos que  “el pan es el Verbo de Dios. Él es el pan vivo que ha bajado del cielo y da la vida a este mundo… y se saciarán de pan los que cumplen sus mandamientos”. Porque: El que viene a mí, nunca más tendrá hambre, y el que en mí cree, nunca más tendrá sed”.

 “Habéis amado mis signos; ¿despreciáis al que significaban? Moisés, NO ha dado el pan venido del cielo; DIOS DA PAN. Pero ¿qué pan? ¿Quizá maná? No, sino el pan que el maná significó, a saber, AL SEÑOR JESÚS EN PERSONA”. (San Agustín). “El Pan del cielo, el verdadero, me lo reservó el Padre. Descendió para mí del cielo aquel pan de Dios, que da vida a este mundo. Este es el pan de vida: y el que come la vida no puede morir. Pues ¿cómo puede morir quien se alimenta de la vida?”. (San Ambrosio).

Nos dice San Juan Crisóstomo: “Aprendamos, pues, carísimos, a pedir a Dios lo que es conveniente que a Dios se le pida”. “Señor, danos siempre de ese pan”.

 

Orígenes:

 

Después de esto, está escrito: El segundo mes, después de haber partido de Egipto, el día quince del mes, murmuró el pueblo contra Moisés, diciendo: ¡ojalá hubiésemos muerto en la tierra de Egipto, cuando nos sentábamos junto a las ollas de carne y comíamos panes hasta saciarnos, porque nos has sacado a este desierto para matar de hambre a toda la asamblea. Para corrección de los lectores se indica el pecado del pueblo, que murmuró y fue ingrato con los beneficios divinos, cuando había recibido el maná celestial; pero, ¿por qué se dice también el día en el que el pueblo murmuró? En el segundo mes, el día quince del mes.

Ciertamente, no se ha escrito sin un motivo. Acuérdate de las leyes que se dictaron sobre la Pascua y encontrarás en ellas que se trata del tiempo establecido para que celebraran la segunda Pascua aquellos que eran impuros en el alma y estaban ocupados en negocios en países extranjeros. Por tanto, los que no fueron impuros en el alma y no estaban de viaje en países lejanos, el día catorce del primer mes celebraron la Pascua. Pero los que estaban de viaje en países lejanos y eran impuros hacen en este tiempo la segunda Pascua, en la cual desciende maná del cielo. En el día en que se celebró la primera Pascua, no desciende el maná, sino que desciende en éste en el que se celebra la segunda Pascua. Veamos, pues, ahora, cuál es aquí el orden del misterio. La primera Pascua es del primer pueblo; la segunda Pascua es nuestra. Nosotros hemos sido impuros en el alma, nosotros que adorábamos al leño y a la piedra, y no conociendo a Dios, servíamos a aquellos que por naturaleza no eran dioses. Nosotros éramos también los que estábamos de viaje en países lejanos, de los cuales dice el Apóstol que fuimos huéspedes y extraños a las alianzas de Dios, sin esperanza y sin Dios en este mundo. Sin embargo, no se da maná del cielo en el día en que se celebra la primera Pascua, sino en el día en que se celebra la segunda. En efecto, el pan que baja del cielo no viene a los que celebraban la primera solemnidad, sino a nosotros que recibimos la segunda. Nuestra Pascua inmolada es Cristo  que es para nosotros verdadero pan que baja del cielo.

Veamos qué significa el gesto mostrado en este día. Dice: El día quince del mes segundo murmuró el pueblo, y dijo: Habría sido mejor morir en Egipto, cuando nos sentábamos junto a las ollas de carne. ¡Oh pueblo ingrato! ¡Él, que ha visto a los egipcios destruidos, tiene deseo de Egipto! ¡Añora las carnes de Egipto, el que ha visto la carne de los egipcios dada en pasto a los peces del mar y a los pájaros del cielo! Así levantan un rumor contra Moisés, incluso contra Dios. Se les perdona una vez, se les perdona también la segunda, quizá también la tercera; pero si ellos no cesan, si persisten, escucha lo que le ocurrirá en seguida al pueblo que murmura. En el Libro de los Números se refiere una sentencia que el Apóstol recuerda en sus escritos: No murmuréis como algunos de ellos, que perecieron mordidos por serpientes. La mordedura envenenada de la serpiente devora en el desierto al pueblo que murmura.

Veamos nosotros, que oímos esto, nosotros, digo, para quienes ha sido escrito: Aquello les ocurrió para su castigo, pero fue escrito por nosotros, para los que estamos cerca del fin de los tiempos. Si no dejamos de murmurar, si no abandonamos las quejas que frecuentemente ponemos contra Dios, tengamos cuidado de no caer en un caso similar de ofensa. En efecto, cuando nos quejamos de la intemperie del cielo, de la infecundidad de los frutos, de la escasez de las lluvias, de la prosperidad de unos y la desgracia de otros, esto es murmurar contra Dios. Al principio, se perdona a los que hacen estas cosas, pero para los que no las abandonan el castigo es grave. Se envían contra ellos serpientes, esto es, son entregados a espíritus impuros y a demonios envenenados, que los hacen perecer por mordeduras secretas y escondidas y los consumen con pensamientos íntimos en las entrañas del corazón.

Os suplico que los ejemplos del castigo que se ha propuesto os aprovechen; que su pena sirva para nuestra enmienda. Dice el Señor: He escuchado la murmuración de los hijos de Israel. Ya veis que nuestra murmuración no escapa a Dios; lo oye todo aunque no lo castiga inmediatamente, sino que espera la penitencia de nuestra conversión.

¿Qué se nos ha proclamado después de esto? Dice: El Señor dijo a Moisés: Mira, yo haré llover sobre vosotros panes del cielo, saldrá el pueblo y recogerá uno para cada día todos los días, para probar si andan en mi Ley o no. El sexto día, prepararán todo lo que recojan y habrá el doble de lo que recojan cada día.

Sobre esta Escritura querría yo, en primer lugar, hablar con los judíos, a quienes han sido confiados los oráculos de Dios, para saber qué piensan de esto: Durante seis días recogeréis, pero el sexto día recogeréis el doble. Es evidente que el sexto día es el que precede al sábado, que entre nosotros es llamado “parasceve”. Pues el sábado es el día séptimo. Pretendo ahora saber en qué día se comenzó a dar maná del cielo, y quiero comparar nuestro domingo con el sábado de los judíos. Pues en las divinas Escrituras aparece que fue un domingo el primer día en que se dio el maná a la tierra. Si, en efecto, como dice la Escritura, se recogió durante seis días continuos, pero el séptimo día, que es el sábado, se dejó de recoger, sin duda su inicio fue el día primero, que es el domingo. Por tanto, si en las divinas Escrituras consta que Dios hizo llover el maná en domingo, y no lo hizo llover en sábado, entiendan los judíos que ya entonces nuestro domingo fue preferido al sábado judío, que ya entonces estaba indicado que en su sábado no descendía del cielo para ellos ninguna gracia de Dios, que no venía a ellos ningún pan celestial, que es la Palabra de Dios.

Dice en otro lugar el profeta: Durante muchos días estarán los hijos de Israel sin rey, sin príncipe, sin profeta, sin víctimas, sin sacrificio, sin sacerdote. Siempre es en nuestro domingo cuando Dios hace llover maná del cielo. Digo que también hoy el Señor hace llover maná del cielo. Porque son celestiales los oráculos que se nos han leído, y porque han descendido de Dios las palabras que se nos han proclamado; y por eso a nosotros, que recibimos semejante maná, siempre nos es dado maná del cielo; aquellos infelices sufren y suspiran y se dicen a sí mismos desgraciados porque parece que no merecen recibir el maná, tal como sus padres lo recibieron. Ellos nunca comen el maná, no pueden comerlo, porque es menudo como la semilla del coriandro y blanco como la nieve. Porque, a su juicio, en la Palabra de Dios no hay nada menudo, nada sutil, nada espiritual, sino que todo les parece grosero, todo espeso; se ha espesado el corazón de este pueblo. Incluso la interpretación del nombre suena a esto; maná significa «¿qué es esto?». Considera si la misma virtud del nombre no te incita a aprender para que, cuando oigas proclamar la Ley de Dios, busques siempre, preguntes y digas a los doctores: “¿qué es esto?”. Esto es lo que significa la palabra «maná».

Por tanto, si quieres comer el maná, esto es, si quieres recibir la Palabra de Dios, has de saber que es menuda y muy sutil, como el grano de coriandro. Hay también en él una parte de legumbres, con las que poder alimentar y restablecer a los enfermos, porque el débil coma legumbres. Hay también en él algo de frío y por eso es como la nieve. Pero también hay en él calor y dulzura. ¿Qué hay más luminoso, más espléndido que la enseñanza divina? ¿Qué más dulce y más suave que los oráculos del Señor que superan la miel y el panal? Pero, ¿por qué dice que en el día sexto se recoge el doble, como reserva para que llegue también para el sábado? A mi modo de ver no se debe dejar pasar esta palabra como si fuese ociosa e indiferente.

El sexto día es esta vida en la que actualmente estamos (en efecto en seis días Dios creó este mundo); en este día, por tanto, debemos guardar como reserva tanto que baste también para el día futuro. Si aquí adquieres buenas obras, si acumulas un poco de justicia, de misericordia y de piedad, todo ello te servirá de alimento en el siglo futuro. ¿Acaso no leemos en el Evangelio que el que adquirió aquí diez talentos, allí recibirá diez ciudades; y que el que ha adquirido cuatro, recibirá cuatro ciudades? Esto es lo que con otra imagen dice el Apóstol: Lo que el hombre siembre, eso recogerá. ¿Qué haremos nosotros, que amamos acumular lo que se corrompe y no lo que permanece y perdura para el mañana? Los ricos de este mundo recogen lo que en este siglo, más bien, con este siglo se corrompe; si alguno recoge buenas obras, ellas permanecen hasta el mañana.

Por último está escrito que los que fueron infieles guardaron el maná y salieron de él gusanos, y se pudrió. Pero aquel que era guardado para el día del sábado, no se corrompió ni salieron de él gusanos, sino que permaneció íntegro. Asimismo, si atesoras sólo para la presente vida y por el amor del mundo, también de ti saldrán gusanos. ¿En qué sentido salen gusanos? Escucha la sentencia del profeta sobre los pecadores y los que aman el siglo presente: Su gusano no morirá y su fuego no se extinguirá. Estos son los gusanos que engendra la avaricia, los gusanos que engendra el ciego deseo de las riquezas en los que teniendo riquezas y viendo en necesidad a sus hermanos les cierran sus entrañas. Por eso el Apóstol dice: A los ricos de este mundo recomiéndales que no sean altaneros ni pongan su esperanza en lo incierto de sus riquezas, sino que sean ricos en buenas obras, que den con generosidad, que compartan lo que tienen y que atesoren para ellos la verdadera vida.

Alguno dirá: si dices que el maná es la Palabra de Dios, ¿cómo es que engendra gusanos? De hecho, los gusanos en nosotros no proceden sino de la Palabra de Dios. Así lo dice Él mismo: Si yo no hubiese venido y no les hubiese hablado, no tendrían pecado. Pero si alguno peca después de haber acogido la Palabra de Dios, esta misma palabra se torna para él en gusano que siempre roe su conciencia y corroe los secretos de su corazón.

A continuación se añade: Por la tarde comeréis carne, y por la mañana os saciaréis de panes.

También de esto querría saber en qué orden reciben los Judíos los dichos del profeta. ¿Qué conclusión se sacará de que por la tarde coman carne sin pan, o por la mañana pan sin alimento? ¿Qué se muestra aquí del don divino y de la dispensación de la gracia celestial? ¿Acaso pones el reconocimiento de Dios en que por la tarde se coma carne sin acompañamiento de pan, y decís que aparece la majestad de Dios, si se comen panes sin añadir carne? Guardaos eso para vosotros y para todos los que estando de acuerdo con vosotros piensan que Dios puede ser reconocido entre las codornices. Nosotros, para quienes el Verbo se ha hecho carne al fin del siglo y en la tarde del mundo, decimos que el Señor puede ser reconocido en la carne que tomó de la Virgen. En efecto, esta carne del Verbo de Dios no es comida ni por la mañana, ni al mediodía, sino por la tarde. La llegada del Señor en la carne tuvo lugar por la tarde, como dice Juan: Hijos míos, es la última hora.

Dice: Por la mañana os saciaréis de panes. Para nosotros el pan es el Verbo de Dios. Él es el pan vivo que ha bajado del cielo y da la vida a este mundo. En cuanto a lo que dice—que este pan es dado por la mañana, aunque su venida en la carne, como ya hemos dicho, tuvo lugar en la tarde—, pienso que ha de ser entendido de este modo: ciertamente, el Señor vino a la tarde de un mundo que ya declinaba y que estaba cerca del fin de su propia carrera, pero a su llegada, puesto que Él es el Sol de justicia, creó para los creyentes un nuevo día. Porque Él ha encendido para el mundo la nueva luz del conocimiento, porque de alguna manera por la mañana Él ha creado su propio día y como Sol de justicia  ha producido su propia mañana, y en esta mañana se saciarán de pan los que cumplen sus mandamientos. No te asombres de que el Verbo de Dios sea llamado también carne y pan, leche e incluso legumbres, y que sea llamado con diversos nombres según la capacidad de los creyentes o la posibilidad de los que le reciben.

No obstante, es posible otra interpretación: después de su resurrección que, como ya se ha mostrado, ocurrió por la mañana, sació a los creyentes de panes, porque nos ha dado los libros de la Ley y de los profetas antes ignorados y desconocidos y para nuestra enseñanza ha dado estas escrituras a la Iglesia, para ser Él mismo pan en el Evangelio; pero los otros libros de la Ley o de los profetas o los históricos son llamados panes, de los cuales se sacian los creyentes que proceden de las naciones. Nosotros mantenemos que esto no ha ocurrido sin la autoridad profética. Ya lo había predicho Isaías de este modo: Subirán a la montaña, beberán vino, se ungirán con ungüento. Transmite todo eso a las naciones, pues es el designio del Señor todopoderoso.

Por eso recibimos convenientemente carne por la tarde, y por la mañana nos saciamos de panes, porque no era posible para nosotros comer carne por la mañana, pues todavía no había llegado el tiempo, ni tampoco podíamos a mediodía. A duras penas los ángeles comen carne a mediodía, y tal vez el tiempo del mediodía sí le está permitido a este orden. Incluso podemos entenderlo de otro modo: para cada uno de nosotros la mañana y el inicio del día es el tiempo en que somos iluminados por primera vez y llegamos a la luz de la fe. En este tiempo, cuando todavía estamos en el principio, no podemos comer la carne del Verbo, esto es, no somos todavía capaces de una perfecta y consumada doctrina. Pero después de largos ejercicios, después de un gran progreso, cuando ya estamos próximos a la tarde y casi tocamos el mismo fin de la perfección, entonces podemos ser capaces de un alimento más sólido y perfecto. Por tanto, corramos ahora a recibir el maná celestial; este maná, sabe, en la boca de cada uno, a lo que Él quiere.

Escucha al Señor que dice a los que se acercan a Él: Que te suceda según tu fe. Por tanto, si recibes la Palabra de Dios, que es predicada en la iglesia, con gran fe y completa devoción, esta misma Palabra se convertirá para ti en lo que deseas. Por ejemplo, si estás atribulado, te consolará diciendo: Dios no desprecia un corazón contrito y humillado. Si gozas por la esperanza futura, te aumenta el gozo diciendo: Alegraos en el Señor y exultad los justos. Si estás airado, te tranquiliza diciendo: Abandona tu ira y deja tu indignación. Si sufres, te cura: El Señor cura todas tus enfermedades. Si te consume la pobreza, te consuela diciendo: El Señor levanta del suelo al pobre y lo saca del estercolero. Así el maná de la Palabra de Dios toma en tu boca el sabor que tú deseas. Pero si alguno lo recibe sin fe y no lo come, sino que lo esconde, saldrán de él gusanos. ¿Crees que es posible reducir la Palabra de Dios hasta convertirla en gusanos? No te turbes por lo que oyes, mas escucha al profeta que dice: Soy un gusano, no un hombre. Del mismo modo que es Él mismo quien para unos es causa de ruina, y para otros de resurrección, así también es Él el que, en el maná, se convierte en dulzura de miel para los fieles, pero en gusano para los incrédulos. Él mismo es la palabra de Dios que confunde los pensamientos de los inicuos y oscurece con los dardos de sus castigos las conciencias de los pecadores. Es Él mismo quien se torna fuego en los corazones de aquellos a los cuales abre las Escrituras, que dicen: ¿Acaso no ardía nuestro corazón mientras nos explicaba las Escrituras?  Para otros es fuego que quema las espinas de la mala tierra, esto es, que consume los malos pensamientos del corazón. Y por eso, para los pecadores, ni el gusano acusador muere nunca ni el fuego ardiente se extingue jamás; para los justos y para los fieles permanece dulce y suave. Gustad y ved qué suave es el Señor, el mismo Dios y Salvador nuestro Jesucristo; a Él la gloria y el poder por los siglos de los siglos. Amén. (Homilía VII; 4-6, 8).

 

San Agustín:

Pero el Señor dijo a Moisés: «Mira, yo haré llover sobre vosotros panes del cielo, y saldrá el pueblo a recoger la cantidad de un día cada día, para tentarlos a ver si andan según mi ley o no». Esta tentación es una prueba, no una seducción para pecar. Y no es una prueba para que Dios supiera algo, sino para darles a conocer a los propios hombres, a fin de que se hagan más humildes para pedir auxilio y para conocer la gracia de Dios.

Moisés y Aarón dicen al pueblo entre otras cosas: Porque ha oído el Señor vuestras murmuraciones, que dirigís contra nosotros. Pero ¿qué somos nosotros? Vuestras murmuraciones no van contra nosotros, sino contra Dios. De aquí no se deduce que pretendieran tener tanto poder como Dios, pues dijeron: ¿Qué somos nosotros? Sabían que el pueblo murmuraba contra Dios, que era quien los había enviado y que actuaba por medio de ellos…

Dios manda al pueblo por medio de Moisés: A la tarde comeréis carne y por la mañana os hartaréis de pan. Es claro que el pan se menciona aquí no como sinónimo de cualquier alimento, porque, de lo contrario, el pan comprendería también a la carne, ya que también la carne es alimento. Ni tampoco se le llama pan sólo al que se hace de trigo —esto es lo que solemos llamar pan en sentido propio—, sino que da el nombre de pan al maná. Y no carece de importancia lo que se dice respecto a que por la tarde se les dará carne y por la mañana pan. Porque una cosa parecida se indica también en el caso de Elías, cuando un cuervo le llevaba el alimento. ¿Se simboliza quizá en la carne por la mañana y en el pan por la tarde aquel que fue entregado por nuestros delitos y resucitó por nuestra justificación? Muerto por la tarde, a causa de la debilidad humana fue enterrado, pero por la mañana apareció a los discípulos, él que había resucitado con poder. (Cuestiones sobre el Heptateuco, libro II, cuestiones sobre el éxodo).

 

 

Al día siguiente, la turba que estaba al otro lado del mar de donde habían venido, vio que allí no había sino una única navecilla, y que no había entrado con sus discípulos a la nave, sino que sus discípulos se habían ido solos. Pero detrás llegaron de Tiberíades unas naves junto al lugar donde habían comido el pan tras haber dado gracias el Señor. Como, pues, la turba hubiese visto que ni Jesús ni sus discípulos estaban allí, subieron a las navecillas y vinieron a Cafarnaún a buscar a Jesús. Sin embargo, se les insinuó tan gran milagro, pues vieron que a la nave habían subido los discípulos solos y que allí no había otra nave. Pues bien, de allí llegaron también junto al lugar donde habían comido el pan unas naves en que las turbas lo siguieron. No había subido, pues, con los discípulos, allí no había otra nave; ¿cómo Jesús se encontró súbitamente al otro lado de mar, sino porque caminó sobre el mar, para mostrar un milagro?

Y como las turbas lo hubiesen hallado. He aquí que se presenta a las turbas por las que había temido ser raptado, y había huido al monte. Confirma absolutamente y nos insinúa que todo eso se ha dicho en misterio y que ha sucedido como sacramento grande para significar algo. Ahí está quien de las turbas había huido al monte. ¿Acaso no habla con las turbas mismas? Deténganlo ahora, háganlo rey. Y, como lo hubiesen hallado al otro lado del mar, le dijeron: Rabí, ¿cuándo has llegado aquí?

Tras el sacramento del milagro, él añade un sermón para, si es posible, alimentar a quienes ya habían sido alimentados, y con las palabras saciar las mentes de aquellos cuyos vientres sació de pan; pero si comprenden; y, si no comprenden, para que no perezcan los fragmentos se recogerá lo que no entienden. Hable, pues, y escuchemos: Jesús les respondió y dijo: En verdad, en verdad os digo: me buscáis no porque visteis signos, sino porque comisteis de mis panes. Me buscáis por la carne, no por el espíritu. ¡Cuantísimos no buscan a Jesús sino para que les haga bien según el tiempo! Uno tiene un negocio, busca la intercesión de los clérigos; oprime a otro uno más poderoso, se refugia en la Iglesia; otro quiere que se intervenga a su favor ante quien el primero vale poco; uno de una manera, otro de otra; cotidianamente se llena de individuos tales la Iglesia. Apenas se busca a Jesús por Jesús. Me buscáis no porque visteis signos, sino porque comisteis de mis panes. Trabajad no por el alimento que perece, sino por el que permanece para vida eterna. Me buscáis a mí por otra cosa; buscadme por mí. Por cierto, se insinúa a sí mismo como ese alimento que más adelante aclara él: El que os dará el Hijo del hombre

Este alimento, pues, que no perece, sino que permanece para vida eterna, el que os dará el Hijo del hombre, pues a este marcó el Padre, Dios. No toméis a este Hijo del hombre como a otros hijos de hombres de quienes está dicho: En cambio, los hijos de los hombres esperarán en la protección de tus alas. Ese hijo de hombre puesto aparte por cierta gracia del Espíritu y, según la carne, hijo de hombre, retirado del número de los hombres, es el Hijo del hombre. Ese Hijo del hombre e Hijo de Dios, ese hombre es también Dios… Era, pues, hijo de hombre de ese modo, cuando la Palabra de Dios se hizo carne y habitó entre nosotros. Por eso, en efecto, a éste marcó el Padre, Dios. ¿Qué es marcar sino poner algo propio? De hecho, marcar es poner sobre una cosa algo para que ella no se confunda con las demás. Marcar es poner marca a una cosa. A cualquier cosa a que pones marca le pones marca precisamente para que, no confundida con otras, puedas reconocerla. El Padre, pues, lo marcó. ¿Qué significa: marcó? Le dio algo propio para que no se equipare con los hombres. Por eso está dicho de él: Te ungió Dios, tu Dios, con óleo de exultación más que a tus compañeros. Signar, pues, ¿qué es? Tener retirado; esto significa: más que a tus compañeros. Afirma: «Por eso, no me despreciéis por ser hijo de hombre y pedidme no el alimento que perece, sino el que permanece para vida eterna. Soy, en efecto, hijo de hombre, pero sin ser uno de vosotros; soy hijo de hombre, de forma que el Padre, Dios, me marca. ¿Qué significa “me marca”? Me da algo propio, mediante lo que, en vez de ser yo confundido con el género humano, el género humano sea liberado a través de  mí».

Pues les había dicho: «Trabajad no por la comida que perece, sino por la que permanece para vida eterna», le dijeron, pues: ¿Qué haremos para realizar las obras de Dios? ¿Qué haremos? preguntan. Podremos cumplir este precepto, observando ¿qué? Respondió Jesús y les dijo: Ésta es la obra de Dios: que creáis en quien él envió. Eso es, pues, comer el alimento que no perece, sino que permanece para vida eterna. ¿Para qué preparas dientes y vientre? Cree y has comido. Por cierto, la fe se distingue de las obras, como dice el Apóstol «que el hombre es justificado sin obras mediante fe», y hay obras que, sin la fe de Cristo, parecen buenas y no son buenas porque no se refieren al fin en virtud del cual son buenas: Pues fin de la Ley es Cristo para justicia a favor de todo el que cree. Por eso no quiso distinguir de la obra la fe, sino que dijo que la fe misma es obra, pues esa misma fe es la que obra mediante el amor. No dijo «Ésta es vuestra obra», sino: Ésta es la obra de Dios: que creáis en quien él envió, para que quien se gloría, gloríese en el Señor.  Porque, pues, los invitaba a la fe, ellos todavía pedían signos para creer. Mira los judíos, no piden signos. Le dijeron, pues: ¿Qué signo, pues, haces tú, para que lo veamos y te creamos? ¿Qué realizas? ¿Acaso era poco haber sido saciados con cinco panes? De hecho, sabían esto, preferían a este alimento el maná del cielo. En cambio, el Señor Jesús decía ser de tal clase que se anteponía a Moisés, pues Moisés no osó decir de sí que daría el alimento que no perece, sino que permanece para vida eterna. Ése prometía algo más que Moisés, pues mediante Moisés se prometía un reino, tierra que manaba leche y miel, paz temporal, abundancia de hijos, salud corporal y todo lo demás, temporal, sí, pero espiritual en figura porque en el Viejo Testamento se prometía al hombre viejo. Observaban, pues, lo prometido mediante Moisés y observaban lo prometido mediante Cristo. Aquél prometía en la tierra un vientre lleno, pero de alimento que perece; éste prometía el alimento que no perece, sino que permanece para vida eterna. Observaban que él prometía más, y como que aún no veían que hacía cosas mayores. Así pues, observaban la calidad de las que había hecho Moisés, y aún querían que hiciese algunas mayores quien las prometía tan grandes…

Les dijo, pues, Jesús: En verdad, en verdad os digo: No os ha dado Moisés el pan venido del cielo, sino mi Padre os dio desde el cielo el pan, pues el pan verdadero es el que desciende del cielo y da vida al mundo. Verdadero pan, pues, es el que da vida al mundo y ése mismo es el alimento del que poco antes he dicho: Trabajad no por el alimento que perece, sino por el que permanece para vida eterna. El maná, pues, significaba esto y todo aquello eran signos míos. Habéis amado mis signos; ¿despreciáis al que significaban? Moisés, pues, no ha dado el pan venido del cielo; Dios da pan. Pero ¿qué pan? ¿Quizá maná? No, sino el pan que el maná significó, a saber, al Señor Jesús en persona. Mi Padre os da el verdadero pan, pues el pan de Dios es el que desciende del cielo y da vida al mundo. Le dijeron, pues: Señor, danos siempre este pan. Como aquella mujer samaritana a quien está dicho: «Quien bebiere de esta agua no tendrá sed nunca», al entender ella esto según el cuerpo, pero en todo caso, porque quería carecer de necesidad, dice a continuación: «Señor, dame de esta agua», así también ésos: Señor, danos este pan que nos restaure y no falte.

Ahora bien, Jesús les dijo: Yo soy el pan de la vida. Quien viene a mí no tendrá hambre y quien cree en mí nunca tendrá sed. «Quien viene a mí» es lo mismo que «y quien cree en mí»; y, en cuanto a lo que dijo: «No tendrá hambre», ha de entenderse esto: Nunca tendrá sed; efectivamente, una y otra cosa significan la saciedad eterna, donde no hay escasez alguna. Deseáis el pan venido del cielo: lo tenéis ante vosotros y no lo coméis. Pero os dije que me habéis visto y no habéis creído. Pero no por eso he destruido yo al pueblo. En efecto, ¿acaso vuestra infidelidad ha anulado la lealtad de Dios?… (Comentarios sobre el Ev. de san Juan, Tratado 25, 8-14).

San Juan Crisóstomo:

No siempre resultan útiles la clemencia y la suavidad, sino que a veces el Maestro necesita usar un lenguaje más punzante. Cuando el discípulo es perezoso y rudo, hay que echar mano del aguijón para que despierte de semejante gran desidia…

¿Qué es lo que les dice? Como quien afirma y confirma se expresa así: En verdad, en verdad os digo: me buscáis no porque hayáis comprendido las señales, sino porque habéis comido de los panes y os habéis hartado. Con tales palabras los hiere y los reprende. Sin embargo, no procede con excesiva violencia, sino todavía con mucha indulgencia…

Y que esto no lo dijera Jesús por meras conjeturas, muy pronto ellos mismos lo dejaron ver. Pues precisamente se le acercaron de nuevo para poder disfrutar otra vez de aquel bien. Por lo cual le decían: Nuestros padres comieron el maná en el desierto. De modo que de nuevo anhelan el alimento carnal, cosa digna de grave reprensión. Pero Jesús no se contenta con la reprensión, sino que añade la doctrina con estas palabras: Mirad de haceros no con el alimento corruptible, sino con el alimento permanente de vida eterna, el que os dará el Hijo del hombre. Porque éste es a quien Dios, el Padre, acreditó con su sello. 

Como quien dice: No busquéis y procuréis ese alimento, sino el otro espiritual. Mas, como hay quienes para vivir en el ocio abusan de estas palabras, como si Cristo hubiera prohibido el trabajo corporal, conviene contestarles, pues calumnian a todo el cristianismo y hacen con eso que sea burlado. Antes que nada conviene oír a Pablo. ¿Qué dice? Acordaos de la doctrina del Señor que dijo: Mayor dicha es dar que recibir. Pero ¿de dónde dará quien nada tiene? Pero ¿cómo es que Jesús le dice a Marta: Solícita andas y te inquietas por atender a muchas cosas, cuando pocas y aun una sola es la necesaria. María en realidad escogió la mejor parte?…

¿Qué responderemos? Que no andar solícito no significa dejar el trabajo, sino no apegarse a las cosas de este mundo; es decir, no andar solícitos por la seguridad y descanso del día de mañana, sino tener eso como cosa superflua. Puede quien trabaja atesorar, pero no para el día de mañana; puede el que trabaja atesorar, pero sin preocupación. Porque preocupación y trabajo son cosas distintas. Que se trabaje, pero no para confiar en el trabajo, sino para ayudar al indigente. Lo que se dice de Marta no se refiere al trabajo ni al oficio, sino a que se ha de tener cuenta con el tiempo; y que el tiempo de los sermones no se ha de emplear en cosas temporales. De modo que no lo dijo Jesús para tener ociosa a Marta, sino para atraerla a escuchar. 

Como si le dijera: Ven para que yo te enseñe lo que de verdad es necesario. ¿Andas solícita acerca de la comida? ¿Tratas de agasajarme y prepararme una mesa bien provista? Prepárame mejor otro manjar. Atiende a mis palabras. Imita el empeño de tu hermana. De modo que no prohíbe la hospitalidad ¡lejos tal cosa! ¡ni se hable de eso! Lo que enseña es que al tiempo de la predicación no se ha de cuidar de tales cosas. Y cuando dice: Haceos no del alimento que perece, no significa que se haya de vivir en el ocio, pues el ocio es sobre todo ese alimento que perece (ya que dice la Escritura: La desidia enseñó todas las maldades); sino que indica el deber de trabajar y también de compartir. Este alimento no perece. 

Quien vive en ocio y se entrega a los placeres del vientre, se procura un alimento que perece. Por el contrario, si alguno mediante su trabajo proporciona a Cristo alimento, bebida, vestido, nadie que no esté loco dirá que se procura un alimento perecedero, puesto que es un alimento tal que por él se promete el reino de los cielos y también los bienes de allá arriba. Este alimento permanece para siempre. En cambio el otro lo llamó alimento que perece, tanto porque la turba ningún aprecio hizo de la fe ni se preocupó de investigar quién era el que había obrado el milagro o con qué poder, sino únicamente de llenar el vientre sin trabajar. 

Como si les dijera: Nutrí vuestros cuerpos para que por este medio os buscarais otro alimento que permanece y que puede nutrir vuestras almas; pero vosotros corréis de nuevo hacia el alimento terreno. Por eso no entendéis que yo no quise llevaros a ese alimento imperfecto, sino al otro extra-temporal, que da la vida eterna y alimenta no los cuerpos sino las almas. Y luego, pues había hablado de Sí enalteciéndose y diciendo que Él lo proporcionaría, para que no se sintieran ofendidos con semejantes palabras, sino que le dieran crédito, refiere el don y dádiva al Padre. Por eso, una vez que dijo: El cual os dará el Hijo del hombre, añadió: Porque éste es a quien Dios, el Padre, acreditó con su sello. Es decir, os lo envió precisamente para que os trajera este alimento. También puede explicarse de otro modo, pues en otro lugar dijo Cristo: Quien escucha mis palabras, a éste ha señalado el Padre con su sello, porque Dios es veraz. Lo ha señalado con su sello quiere decir lo ha manifestado claramente. Esto es lo que a mí me parece que se da a entender. Porque lo selló el Padre no quiere decir sino que lo manifestó, lo reveló dando testimonio de Él. En realidad El mismo se manifestó; pero como hablaba a judíos, trajo al medio el testimonio del Padre. 

Aprendamos, pues, carísimos, a pedir a Dios lo que es conveniente que a Dios se le pida. Las cosas del siglo, como quiera que sucedan nos acarrean daño. Si nos enriquecemos, sólo en este tiempo gozamos; si empobrecemos, nada molesto sufriremos. Ya vengan sucesos tristes, ya alegres, no tienen virtud en lo referente a la tristeza o al placer: ambos hay que despreciarlos, como cosas que velocísimamente pasan y desaparecen. Por esto con razón esta vida se llama camino, pues sus cosas pasan y no duran mucho tiempo. En cambio lo futuro, sea suplicio, sea reino, es inmortal. Pongamos pues en esto gran empeño, para que huyamos del suplicio y consigamos el reino.

 

¿Qué utilidad hay en los placeres presentes? Hoy son y mañana desaparecerán. Hoy son flor espléndida, mañana serán polvo que se disipa. Hoy son fuego encendido, mañana serán ceniza apagada. No son así las cosas espirituales, sino que siempre permanecen en flor y en brillo, y cada día resplandecen más aún. Estas riquezas nunca perecen, nunca cambian de dueño, jamás se acaban, jamás acarrean cuidados, envidias ni calumnias; no destrozan el cuerpo, no corrompen el alma, no traen consigo soberbia ni envidia: cosas todas que sí se encuentran en las riquezas mundanas…

Al fin y al cabo, todo cuanto se acaba no se ha de desear en demasía. Lo que cesa y hoy es y mañana perece, aunque sea lo máximo, se reputa por mínimo y despreciable. Busquemos, pues, no lo que huye y pasa, sino lo que permanece sin cambio; para que así podamos alcanzarlo, por gracia y benignidad de nuestro Señor Jesucristo, por el cual y con el cual sea la gloria al Padre, juntamente con el Espíritu Santo, ahora y siempre y por los siglos de los siglos. Amén. (Homilías sobre el evangelio de San Juan; Homilía 44).

Atiende, te ruego. Les había dicho: Me buscáis no porque hayáis comprendido las señales, sino porque comisteis de los panes y os habéis saturado. Los punzó arguyéndoles; les mostró cuál es el pan que se ha de buscar al decirles: Haceos no del alimento que perece; y aun les añadió el premio diciendo: sino el pan para la vida eterna. Y enseguida sale al encuentro de la objeción de ellos con decirles que ha sido enviado por el Padre. ¿Qué hacen ellos? Como si nada hubieran oído, le dicen: ¿Qué debemos hacer para lograr la merced de Dios? No lo preguntaban para aprender y ponerlo por obra, como se ve por lo que sigue, sino queriendo inducirlo a que de nuevo les suministre pan para volver a saturarse. ¿Qué les responde Cristo?: Esta es la obra que quiere Dios: que creáis en el que Él envió. Instan ellos: ¿Qué señal nos das para que la veamos y creamos en ti? Nuestros padres comieron el maná en el desierto.

 

¡No hay cosa más necia y más estulta que eso! Cuando el milagro estaba aún delante de sus ojos, como si nada se hubiera realizado le decían: ¿Qué señal nos das? Y ni siquiera le dan opción a escoger, sino que piensan que acabarán por obligarlo a hacer otro milagro como el que se verificó en tiempo de sus ancestros. Por eso le dicen: Nuestros padres comieron el maná en el desierto. Creían que por este camino lo excitarían a realizar ese mismo milagro que los alimentaría corporalmente…

                                                                                                        
Y advierte bien la ironía. No le dijeron: Moisés hizo este milagro; y tú ¿cuál haces? porque no querían volvérselo contrario. Sino que emplean una forma sumamente honorífica en espera del alimento. No le dijeron: Dios hizo aquel prodigio; y tú ¿cuál haces? porque no querían parecer como si lo igualaran a Dios. Tampoco nombran a Moisés, para no parecer que lo hacen inferior a Cristo. Sino que invocaron el hecho simple y dijeron: Nuestros padres comieron el maná en el desierto. Podía Cristo haberles respondido: Mayor milagro he hecho yo que no Moisés. Yo no necesito de vara ni de súplicas, sino que todo lo he hecho por mi propio poder. Si traéis al medio el maná, yo os di pan. Pero no era entonces ocasión propicia para hablarles así, pues el único anhelo de Cristo era llevarlos al alimento espiritual. 

Observa con cuán eximia prudencia les responde: No fue Moisés quien os dio pan bajado del cielo, sino que es mi Padre quien os da el verdadero pan que viene del cielo. ¿Por qué no dijo: No fue Moisés, sino soy yo, sino que sustituyó a Moisés con Dios y al maná consigo mismo? Fue porque aún era grande la rudeza de los oyentes, como se ve por lo que sigue. Puesto que con tales palabras no los cohibió. Y eso que al principio ya les había dicho: Me buscáis no porque hayáis comprendido las señales, sino porque comisteis de los panes y os habéis saturado. Y como esto era lo que buscaban, en lo que sigue también los corrige. Pero ellos no desistieron. 

… Y dice del pan verdadero, no porque el milagro del maná fuera falso, sino porque era sólo figura y no la realidad. Y al recordar a Moisés se antepuso a éste, ya que ellos no lo anteponían; más aún, tenían por más grande a Moisés. Por lo cual, habiendo dicho: No fue Moisés quien os dio, no añadió: Yo soy el que os doy, sino dijo que el Padre lo daba. Ellos le respondieron: Danos de ese pan para comer, pues aún pensaban que sería una cosa sensible y material y esperaban repletar sus vientres. Y tal era el motivo de que tan pronto acudieran a él. ¿Qué dice Cristo? Poco a poco los va levantando a lo alto; y así les dice: El pan de Dios es el que desciende del cielo y da la vida al mundo. No a solos los judíos sino a todo el mundo. 

Y no habla simplemente de alimento, sino de otra vida diversa. Y dice vida porque todos ellos estaban muertos. Pero ellos siguen apegados a lo terreno y le dicen: Danos ese pan. Los reprochaba de una mesa sensible; pero en cuanto supieron que se trataba de una mesa espiritual, ya no se le acercan. Les dice: Yo soy el pan de vida. El que a mí viene jamás tendrá hambre y el que cree en mí jamás padecerá sed. Pero yo os tengo dicho que aunque habéis visto mis señales, no creéis. 

… Yo soy el pan de vida. Ya se acerca el tiempo de confiar los misterios. Mas primeramente habla de su divinidad y dice: Yo soy el pan de vida. Porque esto no lo dijo acerca de su cuerpo, ya que de éste habla al fin, cuando declara: El pan que yo daré es mi carne. Habla pues todavía de su divinidad. Su carne, por estar unida a Dios Verbo, es pan; así como este pan, por el Espíritu Santo que desciende, es pan del cielo… 

Todos los que me da el Padre vienen a mí; y a cuantos vengan a mí Yo no los desecharé. ¿Observas cómo pone todos los medios para salvar a los hombres? Añadió esto para que no pareciera que hablaba de ligero y que procedía en vano. Y ¿qué es lo que dice?: Todos los que me da el Padre vienen a mí y yo los resucitaré al final de los tiempos. ¿Por qué trae al medio la resurrección, como don concedido a los que creen, puesto que también los impíos la participarán? Porque habla no de la resurrección común, sino de una peculiar resurrección. Pues como al principio dijera: No los echaré fuera y no dejaré perecer a ninguno, luego añadió lo de la resurrección… 

Mas ¿qué significa cuando dice: Todos los que me da el Padre vienen a Mí? Púnzalos por su incredulidad y declara que quienes no creen en El traspasan la voluntad del Padre. No lo dice abiertamente, pero sí lo da a entender. Y vemos que continuamente procede así para declarar que los que no creen en El no lo ofenden a Él solo sino además al Padre. Puesto que si tal es su voluntad y para eso vino al mundo, para salvar al mundo, traspasan su voluntad. Como si dijera: Cuando el Padre me envía alguno, nada le impide que se me acerque. Luego continúa: Nadie puede venir a Mí si mi Padre no lo atrae. Y Pablo dijo: Jesús los entrega al Padre: Cuando haya entregado el reino a Dios Padre. Así como el Padre cuando da no por eso se priva de lo que da, así el Hijo cuando entregó todo, no se defraudó a Sí mismo. Se dice que entrega porque por El tenemos acceso al Padre.

                                                                                                               
Ese por el cual se dice también del Padre, como en Pablo: Por el cual habéis sido llamados a la comunión de su Hijo; o sea por voluntad del Padre. Y Jesús dijo: Bienaventurado eres, Simón hijo de Juan, porque no te lo revelaron la carne y la sangre.  De modo que en este pasaje viene a decir poco más o menos: La fe en Mí no es cosa pequeña, sino que necesita la gracia de arriba. Y en todas partes establece lo mismo: que el alma generosa, atraída por Dios, necesita de la fe. Quizá diga alguno: Si todos los que te da el Padre vienen a Ti; y aquellos a quienes El atrae; y si nadie puede venir a Ti si no se le concede el don de allá arriba, aquellos a quienes no hace semejante don el Padre se encuentran libres de toda culpa. Todo eso es palabrería y vanas excusas. Porque también se necesita nuestra voluntad, ya que a ella le toca el ser enseñada y creer. 

Por lo mismo, con las palabras: Todos los que me da el Padre, no quiere decir sino que: no es cosa de poco precio creer en Mí, ni depende eso de humano raciocinio, sino que se necesita una revelación de lo alto y un alma piadosa que acepte semejante revelación. Y aquello otro: El que viene a Mí será salvo, significa que gozará de especial y grande providencia. Pues por esto vino Cristo y tomó carne y forma de siervo. 

Luego continuó: Porque he descendido del Cielo no para hacer mi voluntad, sino la voluntad de aquel que me envió. ¿Qué dices, Señor? ¿De modo que una es tu voluntad y otra la de tu Padre? Pues para que nadie opine semejante cosa, quita la sospecha añadiendo: Y ésta es la voluntad de aquel que me envió: que todo el que ve al Hijo y cree en El, tenga vida eterna. Pero ¿acaso no es ésta tu misma voluntad, Señor? ¿Por qué entonces en otra parte dices: Fuego vine a traer a la tierra ¿y qué otra cosa anhelo sino que se encienda? Si pues esto es lo que quieres, manifiestamente es una misma voluntad, ya que en otra parte aseguras: Así como el Padre resucita a los muertos y los hace revivir, así el Hijo da vida a quienes le place. 

Y ¿cuál es la voluntad del Padre? ¿Acaso no es que de ésos no perezca ninguno? Esto mismo anhelas tú también. De modo que no es ésta una voluntad y otra aquélla…

Les dice que El coopera con la voluntad de su Padre con el objeto de infundirles más temor. Como si les dijera: ¿Qué es lo que pensáis? ¿Que con no creer en Mí me irritáis? ¡Es a mi Padre a quien movéis a ira! Porque esta es la voluntad del que me envió, que de todos los que me dio Yo a ninguno deje perecer. Les demuestra de este modo que El no necesita del culto de ellos, y que no ha venido en busca de utilidad propia y propios honores, sino para la salvación de ellos. Es lo mismo que dijo en el discurso anterior: Yo no necesito que otro hombre dé testimonio de Mí. Y además: Os digo esto para que os salvéis. Porque continuamente se empeña en declarar que ha venido para la salvación de ellos. 

Y dice que El prepara la gloria del Padre, para que no recaiga sobre El sospecha alguna. Y que por tal motivo lo haga, lo manifiesta en lo que sigue más adelante: El que busca su voluntad, busca su propia gloria. Mas el que busca la gloria de aquel que lo envió, éste es sincero y no hay en él deslealtad. Esta es la voluntad de mi Padre: que todo el que ve al Hijo y cree en Él tenga vida eterna, y Yo lo resucitaré al final de los tiempos. ¿Por qué menciona la resurrección con tanta frecuencia? Para que no circunscriban la providencia de Dios a sólo las cosas presentes; de manera que si acá no disfrutan de bienes, no por eso se tornen más desidiosos, sino que esperen los bienes futuros; y que si al presente no son castigados, no lo desprecien, sino que aguarden la otra vida.

 
Ahora bien, si ellos en nada aprovecharon, empeñémonos nosotros en aprovechar, tratando con frecuencia de la resurrección. Si nos acomete el deseo de enriquecernos, de robar, de hacer algo perverso, pensemos al punto en aquel último día e imaginemos aquel tribunal: este pensamiento reprimirá la pasión del ánimo mucho mejor que cualquier freno. Digamos a otros y a nosotros mismos continuamente: Resurrección hay y un tribunal temible nos espera. Si vemos a alguno que anda hinchado y alegre por los bienes presentes, digámosle y hagámosle ver que todo eso acá se quedará. Si a otro lo encontramos adolorido y oprimido por las fatigas, representémosle eso mismo, o sea, que las cosas tristes todas tienen acá su término. Si lo hallamos perezoso y disipado, repitámosle lo mismo, o sea, que de su desidia sufrirá el castigo… (Homilías sobre el evangelio de San Juan, homilía 45)

 

San Ambrosio de Milán:

Soy pequeño y despreciable, pero no olvido tus decretos. Dispongo de la augusta participación de los sacramentos celestiales. Ahora me cabe el honor de participar de la mesa celestial; mis banquetes ya no los riega el agua de la lluvia, no dependen de los productos del campo, ni del fruto de los árboles. Para mi bebida no necesito acudir a los ríos ni a las fuentes: Cristo es mi alimento, Cristo es mi bebida; la carne  de Dios es mi alimento, y la sangre de Dios es mi bebida. Para saciarme, ya no estoy pendiente de la recolección anual, pues Cristo se me ofrece diariamente.

 

No tendré ya que temer que las inclemencias del tiempo o la esterilidad del campo me lo disminuya, mientras persista en una diligente y piadosa devoción. Ya no deseo que descienda sobre mí una lluvia de codornices, que antes provocaban mi admiración; ni tampoco el maná, que antes prefería a todos los demás alimentos, pues los padres que comieron el maná, siguieron teniendo hambre. Mi alimento es tal, que si uno lo come, no pasará más hambre. Mi alimento no engorda el cuerpo, sino que fortalece el corazón del hombre.

Antes consideraba maravilloso el pan del cielo, pues está escrito: Les dio a comer pan del cielo. Pero no era aquel el pan verdadero, sino sombra del futuro. El Pan del cielo, el verdadero, me lo reservó el Padre. Descendió para mí del cielo aquel pan de Dios, que da vida a este mundo. Este es el pan de vida: y el que come la vida no puede morir. Pues ¿cómo puede morir quien se alimenta de la vida?¿Cómo va a desfallecer quien posee en sí mismo una sustancia vital? Acercaos a él y saciaos , pues es pan; acercaos a él y bebed, pues es la fuente; acercaos a él quedaréis radiantes, pues es luz; acercaos a él y seréis liberados, pues donde está el Espíritu del Señor, hay libertad; acercaos a él y seréis absueltos, pues es el perdón de los pecados. ¿Me preguntáis quién es éste? Oídselo a él mismo, que dice: Yo soy el pan de vida. El que  viene a mí no pasará hambre, y el que cree en mí no pasará nunca sed. Le habéis oído, le habéis visto y no habéis creído en él: por eso estáis muertos; creed al menos ahora, para que podáis vivir. Del cuerpo de Dios brotó para mí una fuente eterna; Cristo bebió mis amarguras, para darme la suavidad de su gracia. (Comentario sobre el salmo 118; sermón 18, 26-29).

 

Balduino de Ford:

Dios, cuya naturaleza es bondad, cuya sustancia es amor, cuya vida es benevolencia, queriendo mostrarnos la dulzura de su naturaleza y la ternura que siente hacia sus hijos, envió a su Hijo a este mundo, el pan de los ángeles  “por el amor extremo con que nos amó”. “Porque Dios amó tanto al mundo que entregó a su Hijo único.”

Este es el verdadero maná que el Señor hizo llover del cielo como alimento de los hombres…éste el que Dios en su bondad ha preparado para sus pobres. Porque Cristo, que descendió por todos los hombres y hasta el lugar concreto de cada hombre, atrae a todos hacia si por su bondad inefable. No rechaza a nadie y admite a todos los hombres a la conversión. Para todos los que le reciben es dulzura deliciosa. Únicamente él puede colmar todos los anhelos del hombre… y se adapta de manera diferente a unos y a otros, según sus tendencias, sus deseos y apetitos…

Cada uno encuentra en él un sabor distinto…Porque no tiene el mismo sabor para el que se convierte y comienza el camino como para el que avanza en él o está ya llegando a la meta. No tiene el mismo sabor en la vida activa que en la vida contemplativa, ni para el que usa de este mundo como el que vive apartado de él, para el célibe y el hombre casado, para el que ayuna y distingue los días como para el que considera todos iguales… Este maná cura las enfermedades, alivia los dolores, anima en los esfuerzos y fortalece la esperanza… Aquellos que lo han saboreado “siempre tendrán hambre”. Los que tienen hambre serán saciados.  (El Sacramento del Altar, capítulo tercero).

 

Tertuliano:

Voy a mostrar las verdaderas actividades de la “secta” cristiana: habiendo refutado las perversidades que se les atribuyen, mostraré sus excelencias. Somos un cuerpo unido por una común profesión religiosa, por una disciplina divina y por una comunión de esperanza. Nos reunimos en asamblea o congregación, con el fin de asaltar a Dios como en fuerza organizada. Esta fuerza es agradable a Dios. Oramos hasta por los emperadores, por sus ministros y autoridades, por el bienestar temporal, por la paz general, para que el fin del mundo sea diferido. Nos reunimos para meditar las Escrituras divinas, por ver si nos ayudan a prever o a reconocer algo para los tiempos presentes. En todo caso, alimentamos nuestra fe con aquellas santas palabras, levantamos nuestra esperanza, fortalecemos nuestra confianza, robustecemos nuestra disciplina insistiendo en sus preceptos. En estas reuniones tienen lugar las exhortaciones, los reproches, las censuras divinas. Porque se juzgan las cosas con gran severidad, pues tenemos la certeza de andar bajo la mirada de Dios, dándose como una suprema anticipación del juicio futuro cuando uno ha cometido tales delitos que hacen sea excluido de la participación en la oración, en la asamblea y en todo acto piadoso. Nuestros presidentes son ancianos de vida probada, que han conseguido este honor, no con dinero, sino con el testimonio de su vida: porque ninguna de las cosas de Dios puede comprarse con dinero. Aunque tenemos una especie de caja, sus ingresos no provienen de cuotas fijas, como si con ello se pusiera un precio a la religión, sino que cada uno, si quiere o si puede, aporta una pequeña cantidad el día señalado de cada mes, o cuando quiere, En esto no hay compulsión alguna, sino que las aportaciones son voluntarias, y constituyen como un fondo de caridad. En efecto, no se gasta en banquetes, o bebidas, o despilfarres chabacanos, sino en alimentar o enterrar a los pobres, o ayudar a los niños y niñas que han perdido a sus padres y sus fortunas, o a los ancianos confinados en sus casas, a los náufragos, o a los que trabajan en las minas, o están desterrados en las islas o prisiones o en las cárceles. Éstos reciben su pensión a causa de su confesión, con tal que sufran por pertenecer a los seguidores de Dios.

Pero es precisamente esta eficacia del amor entre nosotros, lo que nos atrae la odiosidad de algunos, pues dicen: “Mira cómo se aman,” mientras ellos sólo se odian entre sí. “Mira cómo están dispuestos a morir el uno por el otro,” mientras que ellos están más bien dispuestos a matarse unos a otros. El hecho de que nos llamemos hermanos lo tienen por infamia, a mi entender sólo porque entre ellos todo nombre de parentesco se usa sólo con falsedad afectada. Sin embargo, somos incluso hermanos vuestros en virtud de nuestra única madre la naturaleza, por más que vosotros sois bien poco hombres, pues sois tan malos hermanos. Con cuánta mayor razón se llaman y son verdaderamente hermanos los que reconocen a un único Dios como Padre, los que bebieron un mismo Espíritu de santificación, los que de un mismo útero de ignorancia salieron a una misma luz de verdad… Los que compartimos nuestras mentes y nuestras vidas, no vacilamos en comunicar todas las cosas. Todas las cosas son comunes entre nosotros, excepto las mujeres: en esta sola cosa, en que los demás practican tal consorcio, nosotros renunciamos a todo consorcio…

¿Qué tiene de extraño, pues, que tan gran amor se exprese en un convite? …Digo esto, porque andáis por ahí chismorreando acerca de nuestras modestas cenas, diciendo que no son sólo infames y criminales, sino también opíparas… Pero su mismo nombre muestra lo que son nuestras cenas, pues se llaman ágapes, que significa en griego “amor.” Todo lo que en días se gasta, es en nombre y en beneficio de la caridad, ya que con tales refrigerios ayudamos a los indigentes de toda suerte, no a los jactanciosos parásitos que se dan entre vosotros… Considerad el orden que en ellas se sigue, para que veáis su carácter religioso: no se admite en ellas nada vil o contrario a la templanza. Nadie se sienta a la mesa sin haber hecho antes una oración a Dios. Se come lo que conviene para saciar el hambre; se bebe lo que conviene a hombres modestos. Se sacian teniendo presente que incluso durante la noche han de adorar a Dios, y hablan teniendo presente que les oye su Señor. Después de lavarse las manos y de encenderse las luces, cada uno es invitado a salir y recitar algo de las sagradas Escrituras o de su propia inspiración, y con esto se muestra hasta qué punto ha bebido. El convite termina con la oración, como comenzó. (Adv. Jud. 7).

 

San Gregorio de Nisa:

¿Qué significa ser cristiano? Seguro que la consideración de este asunto nos deparará mucho provecho.

En efecto, si captamos con precisión lo que se significa con este nombre — cristiano —, recibiremos gran ayuda para vivir virtuosamente. Pues nos esforzaremos, mediante una conducta más elevada, en ser realmente lo que nos llamamos.

Así le sucede, por ejemplo, al que se llama médico, orador o geómetra: no deja que se le prive de este título a causa de su incompetencia, como le ocurriría si en el ejercicio de su profesión se le encontrara sin la experiencia debida. Por el contrario, como no quiere que su nombre se le aplique falsamente, se esfuerza por hacerlo verdadero en su trabajo. Lo mismo debe apreciarse en nosotros. Si buscamos el verdadero sentido de ser cristiano no querremos apartarnos de lo que significa el nombre que llevamos, para que no se emplee contra nosotros la anécdota de la mona, tan divulgada entre los paganos.

Cuentan que en la ciudad de Alejandría un titiritero había domesticado a una mona para que danzase. Aprovechando su facilidad para adoptar los pasos de la danza, le puso una máscara de danzante y la cubrió con un vestido apropiado. Le puso unos músicos y se hizo famoso con el simio, que se contoneaba con el ritmo de la melodía. El animal, gracias al disfraz, ocultaba su naturaleza en todo lo que hacía. El público estaba sorprendido por la novedad del espectáculo; pero había un niño mas astuto, que mostró a los espectadores boquiabiertos que la mona no era más que una mona.

Mientras los demás aclamaban y aplaudían la agilidad del simio, que se movía conforme al canto y la melodía, el chico arrojó sobre la orquesta golosinas que excitan la glotonería de estos animales. Cuando la mona vio las almendras esparcidas delante del coro, sin pensarlo más, olvidada enteramente de la música, de los aplausos y de los adornos de la vestimenta, corrió hacia ellas. Cogió con las manos todas las que encontró y, para que la máscara no estorbase a la boca, se quitó con las uñas apresuradamente la engañosa apariencia que la revestía. De este modo, en vez de admiración y elogios, provocó la risa del público, puesto que, bajo los restos del disfraz, aparecía risible y ridícula.

La falsa apariencia no le fue suficiente a la mona para que la considerasen un ser humano, pues su verdadera naturaleza se descubrió en su glotonería por las chucherías. Así, también serán descubiertos por las golosinas del diablo aquellos que no conformen realmente su naturaleza a la fe cristiana y sean una cosa distinta de lo que profesan.

En efecto, la vanagloria, la ambición, el afán de riquezas y de placer, y todas las demás cosas que constituyen la perversa mercancía del diablo son presentados como chucherías a la avidez de los hombres, en lugar de higos, almendras o cualquiera de esas cosas. Esto es precisamente lo que lleva a descubrir con facilidad a las almas simiescas: quienes simulan el cristianismo con fingimiento hipócrita, se quitan la máscara de la templanza, de la mansedumbre o de cualquier otra virtud en el tiempo de la prueba.

Es necesario conocer la tarea que lleva consigo llamarse cristiano. Sólo así llegaremos a ser de verdad lo que el nombre exige, para que no suceda que, si nos revestimos con el mero ropaje del nombre, aparezcamos ante Aquél que ve en lo escondido como algo distinto de lo que aparentamos ser en lo exterior. (Epístola a Armonium, 4-11).

 

 

Últimas publicaciones

Dirección

Monasterio Cisterciense Ntra. Sra. de la Paz
Carril de los Vidales 20
30593 La Palma, Cartagena (Murcia)
Teléfono: 968 55 42 25
Website: http://monasteriodelapalma.es
Email: ocsomclp@gmail.com

Enlaces de interés