9 de agosto de 2015. Domingo 19º del tiempo ordinario- CICLO B.-

9 de agosto de 2015

Domingo 19º del Tiempo Ordinario

- Ciclo B.-

 

Primera lectura

Lectura del primer libro de los Reyes (19, 4-8):

En aquellos días, Elías continuó por el desierto una jornada de camino, y, al final, se sentó bajo una retama y se deseó la muerte: «¡Basta, Señor! ¡Quítame la vida, que yo no valgo más que mis padres!»
Se echó bajo la retama y se durmió. De pronto un ángel lo tocó y le dijo: «¡Levántate, come!»
Miró Elías, y vio a su cabecera un pan cocido sobre piedras y un jarro de agua. Comió, bebió y se volvió a echar. Pero el ángel del Señor le volvió a tocar y le dijo: «¡Levántate, come!, que el camino es superior a tus fuerzas.»
Elías se levantó, comió y bebió, y, con la fuerza de aquel alimento, caminó cuarenta días y cuarenta noches hasta el Horeb, el monte de Dios.
Palabra de Dios

 

Salmo

Sal 33,2-3.4-5.6-7.8-9

R/. Gustad y ved qué bueno es el Señor

Bendigo al Señor en todo momento,
su alabanza está siempre en mi boca;
mi alma se gloría en el Señor:
que los humildes lo escuchen y se alegren. R/.

Proclamad conmigo la grandeza del Señor,
ensalcemos juntos su nombre.
Yo consulté al Señor, y me respondió,
me libró de todas mis ansias. R/.

Contempladlo, y quedaréis radiantes,
vuestro rostro no se avergonzará.
Si el afligido invoca al Señor,
él lo escucha y lo salva de sus angustias. R/.

El ángel del Señor acampa 
en torno a sus fieles y los protege.
Gustad y ved qué bueno, es el Señor,
dichoso el que se acoge a él. R/.

 

Segunda lectura

Lectura de la carta del apóstol san Pablo a los Efesios (4,30–5,2):

No pongáis triste al Espíritu Santo de Dios con que él os ha marcado para el día de la liberación final. Desterrad de vosotros la amargura, la ira, los enfados e insultos y toda la maldad. Sed buenos, comprensivos, perdonándoos unos a otros como Dios os perdonó en Cristo. Sed imitadores de Dios, como hijos queridos, y vivid en el amor como Cristo os amó y se entregó por nosotros a Dios como oblación y víctima de suave olor.
Palabra de Dios

 

Evangelio

Lectura del santo evangelio según san Juan (6,41-51):

En aquel tiempo, los judíos criticaban a Jesús porque había dicho: «Yo soy el pan bajado del cielo», y decían: «¿No es éste Jesús, el hijo de José? ¿No conocemos a su padre y a su madre? ¿Cómo dice ahora que ha bajado del cielo?»
Jesús tomó la palabra y les dijo: «No critiquéis. Nadie puede venir a mí, si no lo atrae el Padre que me ha enviado. Y yo lo resucitaré el último día. Está escrito en los profetas: “Serán todos discípulos de Dios.”
Todo el que escucha lo que dice el Padre y aprende viene a mí. No es que nadie haya visto al Padre, a no ser el que procede de Dios: ése ha visto al Padre. Os lo aseguro: el que cree tiene vida eterna. Yo soy el pan de la vida. Vuestros padres comieron en el desierto el maná y murieron: éste es el pan que baja del cielo, para que el hombre coma de él y no muera.
Yo soy el pan vivo que ha bajado del cielo; el que coma de este pan vivirá para siempre. Y el pan que yo daré es mi carne para la vida del mundo.»
Palabra del Señor

 

COLLATIONES

 

Creo que no es necesario recordar la historia de Elías, al que hoy hemos visto huir  por el desierto durante cuarenta días, como consecuencia de su pecado. Y sobre lo que causó esta huida, nos dice san Juan Crisóstomo: “¿Por qué hiciste, oh Elías, una cosa tan llena de inhumanidad? Pero Dios se movió a misericordia al ver la desgracia; porque es Él el Creador y el que ha fabricado todas las cosas; y tiene providencia de ellas; y por esto quiso suavizar tu inhumanidad; pero tú perseveraste en ella”. “¿Ves cómo permitió Dios que cayera en aquel pecado pequeño  a fin de que se revistiera del vestido completo de la benignidad? ¡Finalmente, oh Elías, Dios te ha enseñado! ¡Sé tú benigno como lo es Dios, como has sido enseñado por El, como de tu Señor lo has aprendido!”. Esto es justo lo que nos pide San Pablo en la segunda lectura: Sed buenos, comprensivos, perdonándoos unos a otros como Dios os perdonó en Cristo. Sed imitadores de Dios, como hijos queridos, y vivid en el amor como Cristo os amó”. No pongáis triste al Espíritu Santo de Dios con que él os ha marcado para el día de la liberación final”. Dice San juan Crisóstomo que: “¡Elías era muy arrogante, como si él fuera impecable! “.  San Pablo nos recuerda que no somos impecables y que debemos perdonar como Dios nos perdonó en Cristo.

Siguiendo con la historia de Elías, a pesar de que Elías huye, “El ángel del Señor acampa en torno a sus fieles y los protege”. El ángel del Señor acampó junto a Elías y tocándolo hasta en dos ocasiones le dice: “¡Levántate, come!, que el camino es superior a tus fuerzas”. San Bernardo comenta que los ángeles: “están presentes junto a ti, y lo están para tu bien. Están presentes para protegerte, lo están en beneficio tuyo. Y, aunque lo están porque Dios les ha dado esta orden, no por ello debemos dejar de estarles agradecidos, pues que cumplen con tanto amor esta orden y nos ayudan en nuestras necesidades, que son tan grandes”. Y también sobre los ángeles nos habla Ricardo de San Víctor, y nos dice que: “mediante su ayuda actual conseguiremos la herencia y la salvación eternas y participaremos, en su compañía, de su gozo sin fin”.

Nos dice Jesús en el evangelio: Nadie puede venir a mí, si no lo atrae el Padre que me ha enviado”. El Padre nos atrae hacia Jesús y nos lo da como alimento. “El que coma de este pan vivirá para siempre”. Porque como dice Balduino de Ford: “Creer en Cristo es comer el pan de vida”. “Cristo… concede a todos los que creen el él no morir espiritualmente”. Y  San Juan Crisóstomo  también nos explica que: “Llama aquí pan a la doctrina de salvación, a la fe en El, o también a su propio cuerpo. Porque todo eso robustece al alma”. “Y el pan que yo daré es mi carne para la vida del mundo”. “Le pago con lo que ama, le pago con lo que espera; verá lo que creyó sin verlo, comerá lo que hambrea, se saciará de eso de que tiene sed. ¿Cuándo? En la resurrección de los muertos, porque yo le resucitaré en el último día”. (San Agustín).

 “¡Levántate, come!, que el camino es superior a tus fuerzas”. Eso nos dicen los mensajeros y eso mismo nos dice su Señor. “Yo soy el pan vivo que ha bajado del cielo; el que coma de este pan vivirá para siempre”. ¡Levántate, aliméntate del “Pan bajado del cielo”!,  Nos ha dejado el Señor su cuerpo como viático porque “el camino es superior a tus fuerzas”

 

San Juan Crisóstomo:

¡Oh Elías! ¿Qué es esto? ¿Eres tú aquel que cerró los cielos, enfrenó la lluvia, mandó a los vientos, hizo bajar fuego del cielo, mató a los sacerdotes y dijo a Acab: “¡Tú eres el que destruyes a Israel, y la casa de tu padre!”, y eres el que dijo: “¡Vive el Señor que no lloverá sino por mandato de mi boca!” y el que convirtió en lagar y en era y en manojos de grano la casa de la viuda, y el que imperó a los elementos? ¿Tú el que al solo oír la palabra de una meretriz huyó y en cierta forma fue hecho prisionero por una mujer? ¡Las dos fortalezas de la Iglesia temieron: Pedro a una criada, éste a Jezabel! ¡Cayeron ambos en el mismo pecado!.

Y huyó Elías durante cuarenta días de camino. ¿Dónde está ahora, oh Elías, aquel tu celo con que clamabas: “¡Vive el Señor que no lloverá sino por mandato de mi boca!”, y cuando confundías a Acab, y cuando hacías bajar el fuego del cielo? ¿Tan grandes hazañas hiciste y no soportaste la voz de una mujer? ¿Dónde está aquella tu constancia de cuando te negaste a rogar al Señor que mandara la lluvia sobre la tierra? Porque El claramente te lo daba a entender; como si te dijera: “¡Ruégame por la lluvia! Porque, aunque yo puedo enviarla sin ti, pero no quiero; para que así como fuiste consejero en los males, así seas la causa y principio de los bienes”. ¿Por qué hiciste, oh Elías, una cosa tan llena de inhumanidad? Pero Dios se movió a misericordia al ver la desgracia; porque es Él el Creador y el que ha fabricado todas las cosas; y tiene providencia de ellas; y por esto quiso suavizar tu inhumanidad; pero tú perseveraste en ella.

Él te decía: “¡Conozco la calamidad que ha sobrevenido! ¡Conozco el llanto de las madres! ¡Conozco los gemidos de los infantes! ¡Veo desolada la tierra que yo crié! Pero quiero tratarla con benignidad. Con todo, no quiero hacerte injuria, ni enviar la lluvia sin tu consentimiento, a fin de que no seas tú causa de los males sino de los bienes. ¡Quiero honrarte! ¡Oh humanidad de Dios, superada por la benignidad para con su siervo! Pero ¡Elías era muy arrogante, como si él fuera impecable! En cambio ahora se nos muestra caído en pecado, permitiéndolo así la providencia de Dios con el objeto de que, de aquellas cosas de que él luego logró el perdón, sacara como provecho el no ser inhumano para con los demás.

Y huyó Elías, dice, durante cuarenta días. ¿Dónde están ahora aquellas palabras que dijo a los jefes de cincuenta soldados, y bajó fuego del cielo y los consumió? Pues, como quisiera manifestar Dios que cuando se producían los milagros, no se hacían por virtud de Elías, sino por su poder de Él, ve lo que hace. Cuando Dios obraba caían por tierra los reyes, los príncipes y los pueblos; pero se apartó Dios y entonces la débil naturaleza humana fue vencida. Y habiendo huido Elías durante cuarenta días, llegó a un cierto sitio y se durmió. Y entonces vino a él Dios, el Señor al siervo; Aquel, digo, que tiene providencia y amor de todos los hombres.

Y ¿qué hace? Conocedor de la causa porque Elías había llegado a ese sitio, con todo le pregunta: ¿Qué haces aquí tú, oh Elías? ¿Qué haces? Respondió Elías: ¡Señor! ¡Han dado muerte a tus profetas y han derribado tus altares! ¡He que dado yo solo y andan acechando contra mi vida para quitármela!

Y ¿qué le contesta Dios? ¡Al punto le arguye en contrario! ¡No, Elías, no has huido por eso! ¡Porque no eres tú solo el que no has adorado a Baal! Y confundiéndolo, añade: ¡Me he reservado siete mil hombres que no han doblado su rodilla delante de Baal.  De manera que lo acusa de que no fue la causa de su fuga sino el miedo a una mujer. De esta manera una sola mujer hizo huir a un tan grande y excelente varón a fin de que aprendas, oh Elías, que cuando alguna maravilla llevas a cabo, esa no se ha de atribuir a tu poder, sino al de Dios.

¿Habéis visto cómo, en separándose la gracia, fue vencida la naturaleza? “¡Huyó Elías durante cuarenta días!” ¡Oh temor excesivo! ¡Oh fuerza del terror! ¡No huyó durante un día, ni durante dos o tres, sino durante cuarenta; y se marchó a una región completamente distante y desierta, sin llevar consigo ningún alimento ni manjar! ¡Como ebrio por el temor, ni siquiera se cuidó de eso; sino que buscó el desierto! ¡Entró en el profeta la palabra de una mujer; y a la manera que un viento huracanado soplando sobre el velamen de un navío lo empuja con ímpetu, así la palabra de una mujer, habiendo entrado en el profeta, lo arrojó violentamente al desierto.

¿Dónde está, oh Elías, aquella tu libertad de hablar? ¿Dónde aquella tu boca terrible? ¿Dónde aquella lengua que administraba las lluvias? ¿Dónde está el que mandaba a ambos elementos, y unas veces cerraba los cielos y otras hacía descender fuego para el sacrificio? ¡Pero, como dije, todos esos prodigios los hacía obrándolos la gracia; y por esto el mismo Dios lo convence de ello. ¿Ves cómo permitió Dios que cayera en aquel pecado pequeño  a fin de que se revistiera del vestido completo de la benignidad? ¡Finalmente, oh Elías, Dios te ha enseñado! ¡Sé tú benigno como lo es Dios, como has sido enseñado por El, como de tu Señor lo has aprendido!

¿Has visto cómo permitió Dios que cayeran en un pequeño pecado aquellas fortalezas, columnas y torres, a fin de que no sucediera que si estaban del todo exentos de pecado a todos los arrojaran de la Iglesia? Y para que cuando vieran a alguno caer en pecado y se sintieran movidos a no mostrarle misericordia al recibirlo, se acordaran de sus pecados y ejercitaran con él la benignidad que habían alcanzado del Señor.

Todo esto lo hemos dicho, no para acusar a aquellos justos, sino para abriros a vosotros el camino de la salud. Para que si caéis en pecado no desesperéis de vuestra salvación, acordándoos de aquellos varones que cayeron; pero mediante la penitencia, permanecieron, sin menoscabo alguno, en el mismo grado y honor. En primer lugar os declaramos sus virtudes y luego sus pecados. Tú, pues, si eres pecador, no faltes de la Iglesia; y si eres justo, tampoco te apartes. Todo con el objeto de que, teniendo delante la narración de las Escrituras, sigas siendo justo, y recuerdes el reino de los cielos, y los bienes que Dios ha preparado para los que le aman. Porque a Él pertenece la gloria, con el Hijo y con el divino Espíritu, ahora y siempre y por los siglos de los siglos. Amén. (Homilía 42, DISCURSO en honor del apóstol PEDRO y del profeta ELIAS).

Todavía lo reverenciaban a causa del reciente milagro de los panes; y por esto no lo contradecían abiertamente, pero murmuraban y demostraban su indignación, pues no les preparaba una mesa como ellos la querían. Y decían murmurando: ¿Acaso no es éste el hijo de José? Se ve claro por aquí que aún ignoraban su admirable generación. Por lo cual todavía lo llaman hijo de José. 

Jesús no los corrigió ni les dijo: No soy hijo de José. No lo hizo porque en realidad fuera el hijo de José, sino porque ellos no podían aún oír hablar de aquel parto admirable. Ahora bien, si no estaban aún dispuestos para oír acerca del parto según la carne, mucho menos lo estaban para oír acerca del otro admirable y celestial. Si no les reveló lo que era más asequible y humilde, mucho menos les iba a revelar lo otro. A ellos les molestaba que hubiera nacido de padre humilde; pero no les reveló la verdad para no ir a crear otro tropiezo tratando de quitar uno. ¿Qué responde, pues, a los que murmuraban? Les dice: Nadie puede venir a Mí si mi Padre que a Mí me envió no lo atrae. Aquí se levantan los maniqueos y dicen que nada podemos nosotros por nosotros mismos. Pero precisamente por aquí se demuestra sobre todo que nuestro querer está en nuestra mano. Instan: pero si alguno viene a El ¿para qué es necesario que se le atraiga? Es que esto no nos quita nuestro albedrío, sino que pone de manifiesto que necesitamos auxilio. 

Por lo demás, no se trata aquí de cualquiera que se acerque, sino de quien disfruta de un auxilio grande. Enseguida declara Cristo el modo como el Padre lo atrae. Para que no pensaran acerca de Dios algo al modo de lo sensible, añadió: No que alguien haya visto a Dios, sino sólo el que viene de Dios, éste ha visto al Padre. Pregunta el maniqueo: ¿cómo lo atrae? Ya antiguamente lo había declarado el profeta con estas palabras: Serán todos enseñados por Dios. ¿Has advertido la dignidad de la fe y cómo profetizó que no de los hombres ni por los hombres, sino por el mismo Dios serán enseñados? Y para autorizar sus palabras se remitió a los profetas.

 

Insisten aún: pero si se dijo que serán enseñados por Dios ¿por qué algunos no creen? Porque eso se dijo de la mayor parte. Por lo demás el profeta no se refiere a todos en absoluto, sino sólo a todos los que quieran. El Maestro se les propone a todos, dispuesto a dar su enseñanza, pues derrama su doctrina para todos. Y Yo lo resucitaré al final de los tiempos. Grande aparece aquí la dignidad del Hijo, pues el Padre atrae y El resucita. No es que se reparta la obra entre el Padre y el Hijo. ¿Cómo podría ser semejante cosa? sino que declaraba Jesús la igualdad de poder. Así como cuando dijo: El Padre que me envió da testimonio de Mí, los remitió a la Sagrada Escritura, no fuera a suceder que algunos vanamente cuestionaran acerca de sus palabras, así ahora los remite a los profetas, y los cita para que se vea que Él no es contrario al Padre. 

Pero dirás: Los que antes existieron ¿acaso no fueron enseñados por Dios? Entonces ¿qué hay de más elevado en lo que ahora ha dicho? Que en aquellos tiempos anteriores los dogmas divinos se aprendían mediante los hombres; pero ahora se aprenden mediante el Unigénito y el Espíritu Santo. Luego continúa: No que alguien haya visto al Padre, sino el que viene de Dios. No dice aquí esto según la razón de causa, sino según el modo de la substancia. Si lo dijera según la razón de causa lo cierto es que todos venimos de Dios. Y entonces ¿en dónde quedaría la prestancia del Hijo y su diferencia con nosotros?

Dirás: ¿por qué no lo expresó más claramente? Por la rudeza de los oyentes. Si cuando afirmó: Yo he venido del Cielo, tanto se escandalizaron ¿qué habría sucedido si hubiera además añadido lo otro? A Sí mismo se llama pan de vida porque engendra en nosotros la vida así presente como futura. Por lo cual añade: Quien comiere de este pan vivirá para siempre. Llama aquí pan a la doctrina de salvación, a la fe en El, o también a su propio cuerpo. Porque todo eso robustece al alma. En otra parte dijo: Si alguno guarda mi doctrina no experimentará la muerte; y los judíos se escandalizaron. Aquí no hicieron lo mismo, quizá porque aún lo respetaban a causa del milagro de los panes que les suministró. 

Nota bien la diferencia que establece entre este pan y el maná, atendiendo a la finalidad de ambos. Puesto que el maná nada nuevo trajo consigo, Jesús añadió: Vuestros Padres comieron el maná en el desierto y murieron. Luego pone todo su empeño en demostrarles que de él han recibido bienes mayores que los que recibieron sus padres, refiriéndose así oscuramente a Moisés y sus admiradores. Por esto, habiendo dicho que quienes comieron el maná en el desierto murieron, continuó: El que come de este pan vivirá para siempre. Y no sin motivo puso aquello de en el desierto, sino para indicar que aquel maná no duró perpetuamente ni llegó hasta la tierra de promisión; pero que éste otro pan no es como aquél. (Homilías sobre el ev. de San Juan; Homilía 46)

 

San Agustín:

Porque nuestro Señor Jesucristo, como hemos oído en el evangelio cuando se leía, dijo que el pan venido del cielo es él, los judíos murmuraron y dijeron: ¿Acaso éste no es Jesús, el hijo de José, cuyos padre y madre conocemos? ¿Cómo, pues, dice que «he descendido del cielo»? Ésos estaban lejos del pan venido del cielo y no sabían tener hambre de él. Tenían enferma la garganta del corazón, eran sordos aun abiertos los oídos, veían y estaban ciegos. Por cierto, ese pan exige el hambre del hombre interior…

El Señor, pues, que iba a dar el Espíritu Santo, dijo que él es el pan que desciende del cielo, para exhortarnos a creer en él, pues comer el pan vivo es esto: creer en él. Quien cree lo come; es cebado invisiblemente porque renace invisiblemente. Dentro es bebé, dentro es nuevo; donde se renueva, allí se sacia.

¿Qué respondió, pues, Jesús a tales murmuradores? No murmuréis entre vosotros. Como si dijera: Sé por qué no tenéis hambre ni entendéis ni buscáis ese pan. No murmuréis entre vosotros; nadie puede venir a mí si el Padre que me envió no tira de él. ¡Gran encomio de la gracia! Nadie viene si no se tira de él. Si no quieres errar, no juzgues a ese de quien tira ni a ese de quien no, por qué tira de éste y no tira de aquél. Acéptalo una vez por todas y entenderás. ¿Aún no se tira de ti? Ora para que se tire de ti. ¿Qué digo aquí, hermanos? Si se tira de nosotros hacia Cristo, creemos, pues, forzados; se emplea, pues, la violencia, no se estimula a la voluntad. Alguien puede entrar a la iglesia sin querer, puede acercarse al altar sin querer, puede recibir el sacramento sin querer; no puede creer sino porque quiere. Si se creyera con el cuerpo, sucedería en quienes no creen; pero no se cree con el cuerpo. Escucha al Apóstol: Con el corazón se cree para justicia. ¿Y qué sigue? En cambio, con la boca se hace la confesión para salvación. Esa confesión surge de la raíz del corazón. A veces oyes a alguien confesar, y no sabes si cree. Pero no debes llamar confesor a quien juzgas que no cree. En efecto, confesar es decir lo que tienes en tu corazón; si empero en el corazón tienes una cosa y dices otra, hablas, no confiesas. Porque, pues, se cree en Cristo con el corazón, cosa que nadie  hace forzado, y, por otra parte, porque se tira de él parece que es obligado como a la fuerza, ¿cómo resolveremos ese problema: Nadie viene a mí si el Padre que me envió no tira de él?

Si se tira de él, asevera alguien, viene forzado. Si viene forzado, no cree; si no cree, tampoco viene, pues a Cristo corremos no caminando, sino creyendo; ni nos acercamos con un movimiento del cuerpo, sino con la decisión del corazón…

Por eso, si también aquí observas: «Nadie viene a mí sino ese a quien el Padre atraiga», no pienses que se tira de ti a la fuerza: también el amor tira del ánimo. No debemos temer que hombres que examinan minuciosamente las palabras y están muy alejados de entender las cosas, máxime las divinas, respecto a esta palabra evangélica de las Santas Escrituras, nos critiquen y se nos diga: «¿Cómo creo con la voluntad si se tira de mí?». Yo digo: «Poco es “con la voluntad”; incluso el placer tira de ti». ¿Qué significa que el placer tira de uno? Deléitate en el Señor, y te dará las peticiones de tu corazón. Hay cierto placer del corazón, para el que es dulce el pan celeste. Además, si a un poeta fue lícito decir: «Su placer tira de cada cual»; —no la necesidad, sino el placer; no la obligación, sino la delectación—, ¿con cuánta más fuerza debemos nosotros decir que hacia Cristo se tira del hombre que se deleita en la verdad, se deleita en la dicha, se deleita en la justicia, se deleita en la vida sempiterna, todo lo cual es Cristo?…

¿Qué significa «de quien el Padre tire», cuando Cristo mismo arrastra? ¿Por qué quiso decir: De quien el Padre tire? Si ha de tirarse de nosotros, tire de nosotros aquel a quien dice cierta mujer que ama: Correremos tras el olor de tus perfumes. Pero observemos, hermanos, qué quiso dar a entender, y comprendámoslo, en la medida en que podemos. El Padre arrastra hacia el Hijo a quienes creen en el Hijo precisamente porque piensan que tiene a Dios por Padre, pues Dios Padre se engendró un Hijo igual a sí; como a quien piensa y con su fe siente y rumia que ese en quien cree es igual al Padre, de ése tira el Padre hacia el Hijo… El Padre tiró de quien afirmó: Tú eres el Mesías, el Hijo del Dios vivo. No como un profeta, no como Juan, no como algún gran justo, sino como el Único, como el igual al Padre, tú eres el Mesías, el Hijo del Dios vivo..Esa revelación es ella misma la atracción. Muestras un ramo verde a una oveja y tiras de ella. Se muestran nueces a un niño y se tira de él; y hacia donde corre se tira de él; amando se tira de él, sin lesión del cuerpo se tira de él, el vínculo del corazón tira de él. Si, pues, eso que entre las delicias y placeres terrenos se les revela a los amantes, tira de ellos porque es verdad que «su placer tira de cada cual», ¿no arrastrará Cristo, revelado por el Padre? En efecto, ¿qué desea el alma más fuertemente que la verdad? ¿De qué debe tener ávida la garganta, por qué debe desear que dentro esté sano el paladar con que juzgar la verdad, sino para comer y beber la sabiduría, la justicia, la verdad, la eternidad?

¿Dónde está esto? Allí mejor; allí de modo enteramente verdadero; allí de modo enteramente pleno. En efecto, aquí podemos más fácilmente sentir hambre que ser saciados, y esto aunque tenemos una esperanza buena, pues afirma: «Dichosos quienes tienen hambre y sed de la justicia», pero aquí, porque ésos serán saciados, pero allí. Por eso, cuando dijo: «Nadie viene a mí si el Padre que me envió no tira de él», ¿qué añadió? Y yo le resucitaré en el último día. Le pago con lo que ama, le pago con lo que espera; verá lo que creyó sin verlo, comerá lo que hambrea, se saciará de eso de que tiene sed. ¿Cuándo? En la resurrección de los muertos, porque yo le resucitaré en el último día.

Pues está escrito en los profetas: Y todos serán aprendices de Dios. ¿Por qué he dicho esto, oh judíos? El Padre no os ha instruido; ¿cómo podréis reconocerme? Todos los hombres de aquel reino serán aprendices de Dios, no oirán a los hombres. Y, si algo oyen a los hombres, sin embargo, lo que entienden se da dentro; dentro resplandece, dentro se revela…

Yo soy, afirma, el pan de la vida. Y ¿de qué se ensoberbecían ellos? Vuestros padres, afirma, comieron en el desierto el maná y murieron. ¿Qué hay para ensoberbeceros? Comieron el maná y murieron. ¿Por qué comieron y murieron? Porque creían lo que veían; no entendían lo que no veían. Padres vuestros, precisamente porque vosotros sois semejantes a ellos. Por cierto, en cuanto se refiere, hermanos míos, a esa muerte visible y corporal, ¿acaso no morimos nosotros que comemos el pan que desciende del cielo? Aquéllos murieron como nosotros vamos a morir, en cuanto, como he dicho, atañe a la muerte visible y carnal de este cuerpo. En cambio, en cuanto se refiere a la muerte con que el Señor aterroriza, muerte con que murieron los padres de ésos, comió el maná Moisés, comió el maná Aarón, comió el maná Finés, comieron allí muchos que agradaron al Señor, y no murieron. ¿Por qué? Porque entendieron espiritualmente el alimento visible, espiritualmente lo hambrearon, espiritualmente lo gustaron para ser saciados espiritualmente. De hecho, también nosotros recibimos hoy un alimento visible; pero una cosa es el sacramento, otra la eficacia del sacramento. ¡Cuantísimos lo reciben del altar y mueren, y mueren por recibirlo! Por ende dice el Apóstol: Se come y bebe la condena. En efecto, el bocado del Señor no fue veneno para Judas, y, sin embargo, lo recibió y, cuando lo recibió, entró en él el enemigo, no por haber recibido algo malo, sino porque, malo, recibió mal algo bueno. Mirad, pues, hermanos, comed espiritualmente el pan celeste, traed inocencia al altar. Los pecados, aunque son cotidianos, al menos no sean mortíferos. Antes de acercaros al altar observad qué decís: Perdónanos nuestras deudas, como también nosotros perdonamos a nuestros deudores. Perdonas: se te perdonará; acércate seguro, es pan, no veneno. Pero mira si perdonas, porque, si no perdonas, mientes, y mientes a quien no engañas. Puedes mentir a Dios, no puedes engañar a Dios. Sabe qué hacer. Dentro te ve, dentro te examina, dentro te inspecciona, dentro te juzga, dentro te condena o te corona. Pues bien, los padres de ésos, esto es, los malos padres de malos, son infieles padres de infieles, murmuradores padres de murmuradores. De hecho, se dice que con ninguna cosa ofendió más a Dios aquel pueblo que murmurando contra Dios. Y, precisamente por eso, el Señor, al querer presentarlos como hijos de tales individuos, comienza respecto a ellos: ¿Por qué murmuráis entre vosotros, murmuradores hijos de murmuradores? Vuestros padres comieron en el desierto el maná y murieron, no porque el maná era malo, sino porque lo comieron mal.

Éste es el pan que desciende del cielo. A este pan significó el maná, a este pan significó el altar de Dios. Sacramentos eran aquellas cosas; en cuanto signos, eran diversos; en cuanto a la realidad que se significaba, son iguales. Escucha, el Apóstol  afirma: Pues no quiero que ignoréis, hermanos, que nuestros padres estuvieron todos bajo la nube, y todos atravesaron el mar, y todos fueron bautizados en Moisés mediante la nube y mediante el mar, y todos comieron idéntica comida espiritual. Sí, idéntica comida espiritual; de hecho comieron otra corporal porque ellos comieron el maná, nosotros otra cosa; mas comieron la comida espiritual que nosotros comemos; pero la comieron nuestros padres, a los que nosotros somos similares, no los padres de ellos, a los que ellos fueron similares. Y añade: Y todos bebieron idéntica bebida espiritual. Ellos una, nosotros otra, pero en su apariencia corporal, porque, sin embargo, en cuanto a la fuerza espiritual significa esto mismo. ¿Cómo, en efecto, idéntica bebida? Bebían, afirma, de la roca espiritual que los seguía; ahora bien, la roca era el Mesías. De ahí el pan, de ahí la bebida. La roca era Cristo, el verdadero Cristo en cuanto a la Palabra y en cuanto a la carne. ¿Y cómo bebieron? Fue golpeada dos veces la roca con la vara; la doble percusión significa los dos maderos de la cruz. Éste es, pues, el pan que desciende del cielo, para que, si alguien comiere de él, no muera. Pero en cuanto a lo que se refiere a la fuerza del sacramento, no en cuanto se refiere al sacramento visible: quien lo come dentro, no fuera; quien lo come con el corazón, no quien lo aplasta con los dientes. (Tratados sobre el  ev. de San Juan; Tratado 26).

 

Balduino de Ford:

Cristo es pan de vida para los que creen en él. Creer en Cristo es comer el pan de vida, poseer en sí a Cristo, poseer la vida eterna. Para mostrar esto Cristo dice: “Quien cree en mí tiene la vida eterna”. Y queriendo aclarar sus palabras añade: “Yo soy el pan vivo”. Hubiera podido decir en síntesis: Quien cree en mí me posee, y por eso tiene la vida eterna. La tiene ciertamente en su causa, la tiene en mérito, la tiene en esperanza, la tiene en prenda, la tiene porque la procura. Por fin, el que posee en sí a Cristo posee la vida eterna, aún no revelada en su persona, pero sí escondida en Cristo a quien posee en sí.  Porque “nuestra vida está escondida con Cristo en Dios”. Esta gracia excelente que está en nosotros por Cristo, ya la poseemos en Cristo, por el hecho de que poseemos a Cristo que nos ha prometido esta gracia, que nos la da, que fielmente nos la conserva: ella está como en depósito junto a él y él la resucitará el día en que se vea revelada la gloria de los hijos de Dios.

… “Este es el pan vivo bajado del cielo. Quien coma de él no morirá”. Éste pan, es decir, Cristo que hablaba a los incrédulos, fue figurado por el mana; pero puede más que el maná. Porque ni a los creyentes ni a los incrédulos pudo el maná por sí mismo concederles el no morir espiritualmente. Pero Cristo, figurado por el maná, y es a él a quien vieron en el maná los antiguos justos y en cuya venida creyeron, concede a todos los que creen el él no morir espiritualmente. Por eso dice: “Éste es el pan bajado del cielo, para que el que lo coma no muera”. ”Este” ahora en la tierra; ”este” ahora ante vuestros ojos, no los ojos del corazón sino los de la carne, “es el pan bajado del cielo”. Y al punto revela que él mismo es este pan al decir: “Yo soy el pan vivo bajado del cielo”. Se llama ahora “pan vivo” al que hace un momento era llamado “pan de vida”. Pan vivo porque en sí la vida permanece y porque puede liberar de la muerte espiritual y dar la vida. Pues de la liberación de la muerte había dicho antes: “Para que el que coma de él no muera”. Hablando ahora de la vida que procura añade: “Si alguno come de este pan, vivirá eternamente”. (Sacramento del Altar, capítulo 3º, 2).

Ruperto de Deutz:

Yo soy el pan vivo que ha bajado del cielo: el que come de este pan vivirá para siempre. Puesto que los convidados de mi Padre fueron dispersados por la muerte a causa del manjar prohibido que había comido su progenitor, bajando sus almas a los infiernos y siendo sus cuerpos depositados en el sepulcro, también yo, que soy el pan de los ángeles, seré dispersado, descendiendo a los infiernos donde las almas pasan hambre, según aquella sustancia de que se alimentan los ángeles, y, según el cuerpo, seré enterrado en el vientre de la tierra, donde reposan sus cuerpos: allí permaneceré tres días y tres noches, como estuvo Jonás tres días y tres noches en el vientre del pez, de forma que las almas, recreadas con la visión de Dios, revivirán, y los cuerpos, muchos resucitarán ahora, y todos los demás en el futuro. Y más tarde, al resto, es decir, a todos aquellos que todavía viven corporalmente en este mundo, se les dará aquí ese mismo pan adaptado a su módulo vital, esto es, en el verdadero sacrificio del pan y del vino según el rito de Melquisedec.

Y el pan que yo daré es mi carne, para la vida del mundo. Este es el mayor consuelo para los pobres, a los que el Espíritu del Señor que vino sobre mí me envió a anunciarles la buena noticia; sea ésta, repito, la mayor, la incomparable congratulación para todas las naciones esparcidas por la tierra, que pediré y recibiré del Padre en herencia o posesión. Pues la participación en este pan de vida de aquellos a quienes el Padre que me ha enviado, selló y dio este pan, no será inferior a la de los antiguos padres. Porque al descender a ellos para saciarlos de mí, cuando el infierno me hubiere mordido y yo me hubiere convertido en su aguijón, en muerte de la muerte para los encerrados en sus entrañas, entregado a los santos y justos hambrientos, para que todos recobren la vida, entonces yo daré el pan a este resto. En este pan no está ausente la realidad de mi misma carne o cuerpo que, sacado del vientre del cetáceo sano y salvo, volverá a sentarse a la derecha del Padre por toda la eternidad. El hombre vivo comerá, de un modo adecuado a él, el mismo pan de los ángeles que yo le daré; este pan se lo da el Padre a los que murieron, para que lo coman y resuciten: ahora las almas, el último día los cuerpos.

Y el pan que yo daré es mi carne, para la vida del mundo. Realmente, aquel a quien el Padre nos dio como pan de los ángeles, para que asumiera la carne y muriera a fin de poder dar vida a los muertos, él que es el pan celestial nos da el pan terreno, pan que él transforma en su propia carne para poder dar la vida eterna a los vivientes que son capaces de comerlo. De esta forma, el Verbo, que es el pan de los ángeles, se hizo carne, no convirtiéndose en carne, sino asumiendo la carne; de esta forma el mismo Verbo, ya hecho carne, se hace pan visible, no convertido en pan, sino asumiendo el pan e incorporándolo a la unidad de su persona.

Por consiguiente, como de nuestra carne —asumida en la Virgen María—, confesamos que es verdadero Dios a causa de la unidad de persona, así también de este pan visible —que la divinidad invisible del mismo Verbo asumió y convirtió en su propia carne—, confesamos con plena y católica fe que es el cuerpo de Cristo. Dice, en efecto: Y el pan que yo daré es mi carne, para la vida del mundo, o sea, para que el mundo redimido coma y beba, después de haber previamente lavado, mediante el bautismo, la mancha producida por el antiguo manjar que la serpiente ofreció e indujo a que comiera.  

(Comentario sobre el evangelio de san Juan; Lib 6, 51-52).

San Bernardo:

A sus ángeles ha dado órdenes para que te guarden en tus caminos. Den gracias al Señor por su misericordia, por las maravillas que hace con los hombres. Den gracias y digan entre los gentiles: «El Señor ha estado grande con ellos». Señor, ¿qué es el hombre para que le des importancia, para que te ocupes de él? Porque te ocupas ciertamente de él, demuestras tu solicitud y tu interés para con él. Llegas hasta enviarle tu Hijo único, le infundes tu Espíritu, incluso le prometes la visión de tu rostro. Y, para que ninguno de los seres celestiales deje de tomar parte en esta solicitud por nosotros, envías a los espíritus bienaventurados para que nos sirvan y nos ayuden, los constituyes nuestros guardianes, mandas que sean nuestros ayos.

A sus ángeles ha dado órdenes para que te guarden en tus caminos. Estas palabras deben inspirarte una gran reverencia, deben infundirte una gran devoción y conferirte una gran confianza. Reverencia por la presencia de los ángeles, devoción por su benevolencia, confianza por su custodia. Porque ellos están presentes junto a ti, y lo están para tu bien. Están presentes para protegerte, lo están en beneficio tuyo. Y, aunque lo están porque Dios les ha dado esta orden, no por ello debemos dejar de estarles agradecidos, pues que cumplen con tanto amor esta orden y nos ayudan en nuestras necesidades, que son tan grandes.

Seamos, pues, devotos y agradecidos a unos guardianes tan eximios; correspondamos a su amor, honrémoslos cuanto podamos y según debemos. Sin embargo, no olvidemos que todo nuestro amor y honor ha de tener por objeto a aquel de quien procede todo, tanto para ellos como para nosotros, gracias al cual podemos amar y honrar, ser amados y honrados.

En él, hermanos, amemos con verdadero afecto a sus ángeles, pensando que un día hemos de participar con ellos de la misma herencia y que, mientras llega este día, el Padre los ha puesto junto a nosotros, a manera de tutores y administradores. En efecto, ahora somos ya hijos de Dios, aunque ello no es aún visible, ya que, por ser todavía menores de edad, estamos bajo tutores y administradores, como si en nada nos distinguiéramos de los esclavos.

Por lo demás, aunque somos menores de edad y aunque nos queda por recorrer un camino tan largo y tan peligroso, nada debemos temer bajo la custodia de unos guardianes tan eximios. Ellos, los que nos guardan en nuestros caminos, no pueden ser vencidos ni engañados, y menos aún pueden engañarnos. Son fieles, son prudentes, son poderosos: ¿por qué espantarnos? Basta con que los sigamos, con que estemos unidos a ellos, y viviremos así a la sombra del Omnipotente. (Sermón 12 sobre el salmo 90, 3, 6-8).

 

Ricardo de san Víctor:

Dios esconde a sus elegidos en la Iglesia, los protege en su tienda el día del peligro, los defiende con la protección de los ángeles. Pone, a disposición de los suyos, ángeles en calidad de servidores y mensajeros, para que les ayuden a conseguir la salvación, le den cuenta de sus necesidades y le presenten sus peticiones. Y aun cuando Dios mismo vea y conozca la situación de cada uno, quiere no obstante que se la expongan los ángeles, para demostrar así su caridad y su condescendencia para con los hombres, y, en atención a unos mensajeros tan dignos y tan queridos, atenderlos más cumplidamente.

Nada tiene de extraño que ponga a disposición de los elegidos, en calidad de ministros, a sus propios ángeles cuando lo hace él mismo. Él es, en efecto, el ángel del gran consejo, o sea, de nuestra redención y salvación, salvación que fue enviado a realizar en medio de la tierra. Él nos sirve realmente con su vida y su humildad, ofreciéndonos en sí mismo un ejemplo de cómo ha de vivirse, haciéndose pequeño en medio de sus discípulos, para que también nosotros nos hagamos pequeños como él.

Nos sirvió hasta con su propia muerte, en la cual sufrió para que nosotros no tuviéramos que sufrir, y padeció la muerte temporal para librarnos a nosotros de la muerte eterna. Así pues, el Señor se puso a nuestro servicio en esta vida, y, de ésta, pasará a servirnos en aquel banquete, cuya dulzura será por partida doble: nos alimentará con la leche de su humanidad y con la miel de la divinidad. Incluso el ministerio que los ángeles nos prestan, es no sólo temporal, sino también eterno, pues mediante su ayuda actual conseguiremos la herencia y la salvación eternas y participaremos, en su compañía, de su gozo sin fin.

¿Y cómo hacernos una idea de lo que desean ellos nuestra salvación y hasta qué punto anhelan tenernos por compañeros? ¿Cómo calibrar la caridad y solicitud con que velan sobre quienes les han sido confiados? ¡Cómo estimulan a los perezosos y cómo animan a los diligentes y fervorosos para que progresen más y más! ¡Cómo, por una parte, saben excusar el mal cometido y, por otra, ponderar las obras buenas ante el divino acatamiento! ¡Cómo defienden y cómo saben impetrar la gracia! Y cuando ven un alma inflamada por un gran deseo y que suspira por Dios con pureza de intención ¿podemos nosotros imaginarnos cuánto la aman, cómo se congratulan con ella, con qué frecuencia la visitan y cómo median solícitos entre el alma y Dios? Como son los amigos del Esposo, ellos escuchan su voz y la hacen llegar al Esposo; sus voces son sus deseos: éstos son los que resuenan con vehemencia en los oídos del Esposo, éstos son los que escuchan los amigos, es decir, los ángeles; en ellos se deleitan, éstos son los que le anuncian. Ellos invitan al alma para que venga, la consuelan, la exhortan a buscar y a llamar, para que buscando encuentre y, llamando, se le abra.

Mientras tanto, los ángeles frecuentan y visitan al alma fervorosa, hasta que llegue el Esposo y, con un suplemento de gracia, preparan más a fondo al alma para la llegada del Esposo. Inducen su inteligencia a una mejor comprensión de su presencia y al conocimiento experimental de un trato familiar con ellos, para que, con esta experiencia, crezca y aumente la familiaridad con Dios. Yendo, pues, el alma en busca de Dios, es encontrada por los guardias que rondan la ciudad; y después de recorrer la ciudad, después de la búsqueda, tiene bien merecida la llegada de los santos ángeles, se da cuenta de ella y es recibida por los ángeles. Estos, en efecto, preceden al Esposo, manifiestan su propia presencia, se revelan: y como son ángeles de la luz, vienen con la Luz. Difundida esta luz, el alma es simultáneamente iluminada y como tocada, de manera que pueda advertir su llegada y sentir su presencia. (Comentario sobre el Cantar de los cantares, Cap 4).

 

 

 

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