16 de agosto de 2015. Domingo 20º del tiempo ordinario -CICLO B.-

16 de agosto de 2015

Domingo 20º del Tiempo Ordinario

- Ciclo B.-

Primera lectura

Lectura del libro de los Proverbios (9,1-6):

La Sabiduría se ha construido su casa plantando siete columnas, ha preparado el banquete, mezclado el vino y puesto la mesa; ha despachado a sus criados para que lo anuncien en los puntos que dominan la ciudad: «Los inexpertos que vengan aquí, quiero hablar a los faltos de juicio: “Venid a comer de mi pan y a beber el vino que he mezclado; dejad la inexperiencia y viviréis, seguid el camino de la prudencia.”»
Palabra de Dios

 

Salmo

Sal 33,2-3.10-11.12-13.14-15

R/. Gustad y ved qué bueno es el Señor

Bendigo al Señor en todo momento,
su alabanza está siempre en mi boca;
mi alma se gloría en el Señor:
que los humildes lo escuchen y se alegren. R/.

Todos sus santos, temed al Señor,
porque nada les falta a los que le temen;
los ricos empobrecen y pasan hambre,
los que buscan al Señor no carecen de nada. R/.

Venid, hijos, escuchadme:
os instruiré en el temor del Señor. 
¿Hay alguien que ame la vida 
y desee días de prosperidad? R/.

Guarda tu lengua del mal,
tus labios de la falsedad;
apártate del mal, obra el bien,
busca la paz y corre tras ella. R/.

 

Segunda lectura

Lectura de la carta del apóstol san Pablo a los Efesios (5,15-20):

Fijaos bien cómo andáis; no seáis insensatos, sino sensatos, aprovechando la ocasión, porque vienen días malos. Por eso, no estéis aturdidos, daos cuenta de lo que el Señor quiere. No os emborrachéis con vino, que lleva al libertinaje, sino dejaos llenar del Espíritu. Recitad, alternando, salmos, himnos y cánticos inspirados; cantad y tocad con toda el alma para el Señor. Dad siempre gracias a Dios Padre por todo, en nombre de nuestro Señor Jesucristo.
Palabra de Dios

Evangelio

Lectura del santo evangelio según san Juan (6,51-58):

En aquel tiempo, dijo Jesús a la gente: «Yo soy el pan vivo que ha bajado del cielo; el que coma de este pan vivirá para siempre. Y el pan que yo daré es mi carne para la vida del mundo.»
Disputaban los judíos entre sí: «¿Cómo puede éste darnos a comer su carne?»
Entonces Jesús les dijo: «Os aseguro que si no coméis la carne del Hijo del hombre y no bebéis su sangre, no tenéis vida en vosotros. El que come mi carne y bebe mi sangre tiene vida eterna, y yo lo resucitaré en el último día. Mi carne es verdadera comida, y mi sangre es verdadera bebida. El que come mi carne y bebe mi sangre habita en mí y yo en él. El Padre que vive me ha enviado, y yo vivo por el Padre; del mismo modo, el que me come vivirá por mí. Éste es el pan que ha bajado del cielo: no como el de vuestros padres, que lo comieron y murieron; el que come este pan vivirá para siempre.»
Palabra del Señor

COLLATIONES

La Sabiduría “ha preparado el banquete, mezclado el vino y puesto la mesa”. Los Santos Padres, como podemos leer en el breve texto que hemos escogido de San Cipriano, ven aquí un anuncio de la Eucaristía: “Habla del vino mezclado, es decir, que anuncia proféticamente el cáliz del Señor, mezclado de agua y vino”.

También San Bernardo, tiene una excelente explicación de esa primera frase que dice: “La Sabiduría se ha construido su casa plantando siete columnas”. ¿Cuál es esa Sabiduría  y qué casa se construyó?. “Esta sabiduría, que era de Dios, que era Dios, vino a nosotros del seno del Padre y edificó para sí una casa, es a saber, a María virgen, su madre, en la que talló siete columnas. ¿Qué significa tallar en ella siete columnas sino hacer de ella una digna morada con la fe y las buenas obras?… También nosotros, si queremos ser hechos casa de esta sabiduría, debemos tallar en nosotros las mismas siete columnas, esto es, nos debemos preparar para ella con la fe y las costumbres”.

Sobre esta necesidad de fe y de buenas obras, nos habla el salmo: “Venid, hijos, escuchadme: os instruiré en el temor del Señor… Apártate del mal, obra el bien… ”. Leemos en el texto de Orígenes que: “Las palabras “apártate del mal y haz el bien” no se refieren a los males corporales, como los llaman algunos, ni a los males externos, sino a los males y bienes del alma. El que se aparta del mal y hace el bien en este sentido, amando así la vida verdadera, llegará a poseerla”. También nos dice que apartarnos del mal y hacer el bien, depende de nosotros: “Porque para que uno quiera lo que le indica el que le persuade, de manera que prestando oído a éste se haga digno de las promesas de Dios, es necesaria la voluntad del que oye y su aceptación de lo que le dice…”. La fe nos la da Dios y por ello debemos bendecir al Señor en todo momento, como nos pide el salmo, y cantar y tocar con toda el alma para el Señor y dar  siempre gracias a Dios Padre por todo, en nombre de nuestro Señor Jesucristo, como nos pide San Pablo en la segunda lectura, pero es necesaria nuestra voluntad para aceptar esa fe.

En el evangelio el Señor nos pide que tengamos esa fe, fe en las palabras: “Yo soy el pan vivo que ha bajado del cielo; el que coma de este pan vivirá para siempre. Y el pan que yo daré es mi carne para la vida del mundo”, porque “El que come mi carne y bebe mi sangre tiene vida eterna, y yo lo resucitaré en el último día”. En una de las catequesis de San Cirilo de Jerusalén, leemos: “La fe que has aprendido te da, pues, esta certeza: lo que parece pan no es pan, aunque tenga gusto de pan, sino el cuerpo de Cristo; y lo que parece vino no es vino, aun cuando así lo parezca al paladar, sino la sangre de Cristo”.

“El que come mi carne y bebe mi sangre habita en mí y yo en él”. No perdamos de vista la importancia y necesidad de este sacramento, pues nos permite, como nos dice San Juan Crisóstomo, mezclarnos con Cristo y, con Él, tener vida eterna: “Quien come mi carne permanece en Mí, para dar a entender que íntimamente se mezcla con El… Pues si en Mí permanece y Yo vivo, es manifiesto que también él vivirá”. Por medio de este sacramento, nos mezclamos con Cristo y formamos un solo cuerpo con Él. Y esto, ¿dónde?, en su Iglesia, que como madre nos alimenta, nos prepara en la fe y nos invita a realizar buenas obras.

Nos exhorta San Agustín: “Mantente en el cuerpo de Cristo… El cuerpo de Cristo no puede vivir sino del Espíritu de Cristo… ¡Oh sacramento de piedad! ¡Oh signo de unidad! ¡Oh vínculo de caridad! Quien quiere vivir, tiene dónde vivir, tiene de qué vivir. Acérquese, crea, incorpórese para ser vivificado”. Porque, como dice Balduino de Ford: “el espíritu de los justos que adhiere a Dios, nunca se separará de su amor, y por eso vivirá siempre…”.

San Cipriano:

También anuncia el Espíritu Santo por Salomón el tipo de sacrificio del Señor, haciendo mención de la víctima inmolada y del pan y vino, y aun del altar  y de los apóstoles: “La Sabiduría”, dice, “se ha edificado una casa, ha levantado sus siete columnas. Sacrificó  sus víctimas, mezcló su vino…”. Habla del vino mezclado, es decir, que anuncia proféticamente el cáliz del Señor, mezclado de agua y vino, para que se vea en la pasión del Señor que se realizó lo que antes se había predicho. (Carta 63 [A Cecilio], 5).

San Bernardo:

La sabiduría edificó para sí una casa, etcétera. Como hay varias sabidurías, debemos buscar qué sabiduría edificó para sí la casa. Hay una sabiduría de la carne, que es enemiga de Dios, y una sabiduría de este mundo, que es insensatez ante Dios. Estas dos, según el apóstol Santiago, son terrenas, animales y diabólicas. Según estas sabidurías, se llaman sabios los que hacen el mal y no saben hacer el bien, los cuales se pierden y se condenan en su misma sabiduría, como está escrito: Cogeré a los sabios en su astucia; Perderé la sabiduría de los sabios y reprobaré la prudencia de los prudentes. Y, ciertamente, me parece que a tales sabios se adapta digna y competentemente el dicho de Salomón: Vi una malicia debajo del sol: el hombre que se cree ante sí ser sabio. Ninguna de estas sabidurías, ya sea la de la carne, ya la del mundo, edifica, más bien destruyen cualquiera casa en que habiten. Pero hay otra sabiduría que viene de arriba; la cual primero es pudorosa, después pacífica. Es Cristo, Virtud y Sabiduría de Dios, de quien dice el Apóstol: Al cual nos ha dado Dios como sabiduría y justicia, santificación y redención.

Así, pues, esta sabiduría, que era de Dios, que era Dios, vino a nosotros del seno del Padre y edificó para sí una casa, es a saber, a María virgen, su madre, en la que talló siete columnas. ¿Qué significa tallar en ella siete columnas sino hacer de ella una digna morada con la fe y las buenas obras? Ciertamente, el número ternario pertenece a la fe en la santa Trinidad, y el cuaternario, a las cuatro principales virtudes. Que estuvo la Santísima Trinidad en María (me refiero a la presencia de la majestad), en la que sólo el Hijo estaba por la asunción de la humanidad, lo atestigua el mensajero celestial, quien, abriendo los misterios ocultos, dice: Dios, te salve, llena de gracia, el Señor es contigo; y en seguida: El Espíritu Santo vendrá sobre ti y la virtud del Altísimo te cubrirá con su sombra». He ahí que tienes al Señor, que tienes la virtud del Altísimo, que tienes al Espíritu Santo, que tienes al Padre, al Hijo y al Espíritu Santo. Ni puede estar el Padre sin el Hijo o el Hijo sin el Padre o sin los dos el que procede de ambos, el Espíritu Santo, según lo dice el mismo Hijo: Yo estoy en el Padre y el Padre está en mí. Y otra vez: El Padre, que permanece en mí, ése hace los milagros. Es claro, pues, que en el corazón de la Virgen estuvo la fe en la Santísima Trinidad.

Que poseyó las cuatro principales virtudes como cuatro columnas, debemos investigarlo. Primero veamos si tuvo la fortaleza. ¿Cómo pudo estar lejos esta virtud de aquella que, relegadas las pompas seculares y despreciados los deleites de la carne, se propuso vivir sólo para Dios virginalmente? Si no me engaño, ésta es la virgen de la que se lee en Salomón: ¿Quién encontrará a la mujer fuerte? Ciertamente, su precio es de los últimos confines. La cual fue tan valerosa, que aplastó la cabeza de aquella serpiente a la que dijo el Señor: Pondré enemistad entre ti y la mujer, tu descendencia y su descendencia; ella aplastará tu cabeza . Que fue templada, prudente y justa, lo comprobamos con luz más clara en la alocución del ángel y en la respuesta de ella. Habiendo saludado tan honrosamente el ángel diciéndole: Dios te salve, llena de gracia, no se ensoberbeció por ser bendita con un singular privilegio de la gracia, sino que calló y pensó dentro de sí qué sería este insólito saludo. ¿Qué otra cosa brilla en esto sino la templanza? Mas cuando el mismo ángel la ilustraba sobre los misterios celestiales, preguntó diligentemente cómo concebiría y daría a luz la que no conocía varón; y en esto, sin duda ninguna, fue prudente. Da una señal de justicia cuando se confiesa esclava del Señor. Que la confesión es de los justos, lo atestigua el que dice: Con todo eso, los Justos confesarán tu nombre y los rectos habitarán en tu presencia. Y en otra parte se dice de los mismos: Y diréis en la confesión: Todas las obras del Señor son muy buenas.

Fue, pues, la bienaventurada Virgen María fuerte en el propósito, templada en el silencio, prudente en la interrogación, justa en la confesión. Por tanto, con estas cuatro columnas y las tres predichas de la fe construyó en ella la Sabiduría celestial una casa para sí. La cual Sabiduría de tal modo llenó la mente, que de su Plenitud se fecundó la carne, y con ella cubrió la Virgen, mediante una gracia singular, a la misma sabiduría, que antes había concebido en la mente pura. También nosotros, si queremos ser hechos casa de esta sabiduría, debemos tallar en nosotros las mismas siete columnas, esto es, nos debemos preparar para ella con la fe y las costumbres. Por lo que se refiere a las costumbres, pienso que basta la justicia, mas rodeada de las demás virtudes. Así, pues, para que el error no engañe a la ignorancia, haya una previa prudencia; haya también templanza y fortaleza para que no caiga ladeándose a la derecha o a la izquierda. (Sermones sobre la Virgen María: De la casa de la Divina Sabiduría, esto es, de la Virgen María).

Orígenes:

Partiendo de las divinas Escrituras, consideremos brevemente lo que se refiere al bien y al mal. ¿De qué forma hay que responder a la objeción de cómo es posible que Dios hiciera el mal y por qué es incapaz de convencer y amonestar a los hombres? Según las divinas Escrituras, los bienes propiamente dichos son las virtudes y las obras que de ellas provienen, y los males propiamente dichos son lo contrario de esto. Bástenos por el momento con las palabras del salmo 33, que muestran esto así: “Los que buscan al Señor no serán privados de bien alguno”. Mirad, hijos, oídme: os enseñaré el temor de Dios. ¿Quién es el hombre que ama la vida, que desea ver días buenos? Guarda tu boca del mal, y tus labios de hablar con engaño. Apártate del mal y haz el bien.” Las palabras “apártate del mal y haz el bien” no se refieren a los males corporales, como los llaman algunos, ni a los males externos, sino a los males y bienes del alma. El que se aparta del mal y hace el bien en este sentido, amando así la vida verdadera, llegará a poseerla.

El que “desea ver días buenos,” iluminados por el “Sol de justicia”  que es el Logos, llegará a alcanzarlos, pues Dios le librará “del malvado tiempo presente”  y de los días malos, de los que dijo Pablo: “Rescatando el tiempo, porque los días son malos”…

Nosotros afirmamos que Dios no hizo los males, ni la misma maldad, ni las acciones que de ella proceden. Si Dios hubiese hecho lo que verdaderamente es malo, ¿cómo se podría tener la audacia de anunciar el mensaje del juicio, que nos enseña que los malvados son castigados por sus malas acciones en proporción a su pecado, y que los que han vivido según la virtud y han obrado virtuosamente serán felices y alcanzarán los premios de Dios? Sé muy bien que los que quieren audazmente decir que Dios hizo los males aducirán ciertos pasajes de la Escritura; pero no lograrán con ella hacer un tejido argumental completo, porque la Escritura condena a los que pecan y aprueba a los que obran bien…

Así pues, Dios no ha hecho los males, si uno entiende con esta palabra lo que propiamente se llama tal. Pero de las obras que él tuvo intención primaria de hacer, se han seguido algunos males, pocos en comparación con el orden de todo el conjunto. Así también de las obras que el carpintero hace con intención primaria se siguen las virutas espirales y el aserrín; y los albañiles parecen hacer la suciedad esparcida junto a las edificaciones, que son los desperdicios de las piedras y el cemento.

Si uno se refiere a estos llamados males en un sentido menos exacto, los males corporales o externos, hay que conceder que a veces Dios ha hecho alguno de ellos, como medio para la conversión de algunos. ¿Qué dificultad puede haber en esta doctrina? Hablando vulgarmente llamamos males a los dolores que infligen los padres, maestros y educadores a los que se educan, o los que infligen los médicos cortando y quemando con vistas a la curación. De la misma manera si se dice que Dios inflige alguna de estas cosas, para conversión y curación de los que tienen necesidad de tales dolores, no habrá que objetar nada a este modo de hablar, aunque se diga que “bajó el mal de parte del Señor sobre las puertas de Jerusalén,” en forma de dolores infligidos por los enemigos, tales dolores miran a la conversión. O aunque se diga que visita con una vara las iniquidades de los que abandonan la ley de Dios, y con un látigo sus pecados o se diga: “Tienes carbones ardientes: siéntate sobre ellos, y ellos te servirán de ayuda”. De la misma manera explicamos las palabras “Yo soy el que hace la paz y el que crea los males”: pues Dios crea los males corporales y externos para purificar y educar a los que no quieren dejarse educar por la razón y por la sana enseñanza…

La objeción “por qué Dios no puede convencer a los hombres” se presenta también a todos los que creen en la Providencia. Lo que hay que responder es lo siguiente: El persuadir pertenece al género de las que llaman acciones recíprocas, como aquel a quien cortan el cabello es activo en cuanto que se lo deja cortar. Por ello, no basta con la acción del que persuade, sino que se requiere, por así decirlo, sumisión al que persuade, o aceptación de lo que éste dice. Por esto, con respecto a los que no se persuaden, no hay que decir que Dios no puede persuadirlos, sino que ellos no aceptan las palabras persuasivas de Dios…

Porque para que uno quiera lo que le indica el que le persuade, de manera que prestando oído a éste se haga digno de las promesas de Dios, es necesaria la voluntad del que oye y su aceptación de lo que le dice… (Contra Celso VI, 54 – 57).

San Cirilo de Jerusalén:

Nuestro Señor Jesucristo, en la noche en que iban a entregarlo, tomó pan y, pronunciando la acción de gracias, lo partió y lo dio a sus discípulos, diciendo: “Tomad, comed; esto es mi cuerpo”. Y, después de tomar el cáliz y pronunciar la acción de gracias, dijo: “Tomad, bebed; ésta es mi sangre”. Si fue él mismo quien dijo sobre el pan: Esto es mi cuerpo, ¿quién se atreverá en adelante a dudar? Y si él fue quien aseguró y dijo: Ésta es mi sangre, ¿quién podrá nunca dudar y decir que no es su sangre?

Por lo cual estamos firmemente persuadidos de que recibimos como alimento el cuerpo y la sangre de Cristo. Pues bajo la figura del pan se te da el cuerpo, y bajo la figura del vino, la sangre; para que, al tomar el cuerpo y la sangre de Cristo, llegues a ser un solo cuerpo y una sola sangre con él. Así, al pasar su cuerpo y su sangre a nuestros miembros, nos convertimos en portadores de Cristo. Y como dice el bienaventurado Pedro, nos hacemos partícipes de la naturaleza divina.

En otro tiempo, Cristo, disputando con los judíos, dijo: Si no coméis mi carne y no bebéis mi sangre, no tenéis vida en vosotros. Pero como no lograron entender el sentido espiritual de lo que estaban oyendo, se hicieron atrás escandalizados, pensando que se les estaba invitando a comer carne humana.

En la antigua alianza existían también los panes de la proposición: pero se acabaron precisamente por pertenecer a la antigua alianza. En cambio, en la nueva alianza, tenemos un pan celestial y una bebida de salvación, que santifican alma y cuerpo. Porque del mismo modo que el pan es conveniente para la vida del cuerpo, así el Verbo lo es para la vida del alma.

No pienses, por tanto, que el pan y el vino eucarísticos son elementos simples y comunes: son nada menos que el cuerpo y la sangre de Cristo, de acuerdo con la afirmación categórica del Señor; y aunque los sentidos te sugieran lo contrario, la fe te certifica y asegura la verdadera realidad.

La fe que has aprendido te da, pues, esta certeza: lo que parece pan no es pan, aunque tenga gusto de pan, sino el cuerpo de Cristo; y lo que parece vino no es vino, aun cuando así lo parezca al paladar, sino la sangre de Cristo; por eso, ya en la antigüedad, decía David en los salmos: El pan da fuerzas al corazón del hombre y el aceite da brillo a su rostro; fortalece, pues, tu corazón comiendo ese pan espiritual, y da brillo al rostro de tu alma.

Y que con el rostro descubierto y con el alma limpia, contemplando la gloria del Señor como en un espejo, vayamos de gloria en gloria, en Cristo Jesús, nuestro Señor, a quien sea dado el honor, el poder y la gloria por los siglos de los siglos. Amén. (Catequesis 22 [Mistagógica 4], 1.3-6.9).

 

Balduino de Ford:

Después de haber dicho que es el pan vivo bajado del cielo, y que puede dar la vida eterna, lo que equivale a afirmar que es Dios y que es la vida de los ángeles y de los hombres, muestra, para causarles mayor asombro aún, que la carne que ha tomado es una comida vivificante, y que él la da por la vida del mundo”. El cuerpo de Cristo es carne según su propia naturaleza; es llamado pan, porque es ofrecido bajo la apariencia de pan y porque hay analogía entre su función y la de pan.

“Los judíos discutían”. ¿Cómo había de comprender la carne que él llame “pan” a la carne? La carne recibe un nombre que no comprende la carne; y por eso, menos comprende la carne el que a eso se le llame carne. Ellos se horrorizaron, dijeron que era demasiado, juzgaron que era imposible. También discutían entre sí diciendo: “¿Cómo este hombre puede darnos a comer carne?”…

Jesús les dijo entonces: “En verdad os digo”, lo que significa: Aún si no queréis saberlo, aún si rehusáis creerlo, sin embargo es verdadero. “Si no coméis la carne del Hijo del hombre y no bebéis su sangre, no tendréis vida en vosotros” esto se entiende de la vida espiritual que hace vivir en la justicia, y de la eterna que hace vivir en la felicidad. Quien no come la carne de Cristo no tendrá ni la una ni la otra.

Lo que pierde el que no come, dice Cristo, lo gana el que come: “Quien come mi carne y bebe mi sangre tiene la vida eterna”. La tiene desde ahora, lo hemos dicho, si no según la carne, al menos según el espíritu. Porque el espíritu de los justos que adhiere a Dios, nunca se separará de su amor, y por eso vivirá siempre…

Las palabras del Señor podían hacer pensar que cualquiera que comiera de esta carne no moriría de muerte corporal. Él previene este error diciendo: “Y Yo lo resucitaré”. Lo que equivale a decir: Sí, morirá según la carne; pero yo lo resucitaré, y su misma carne no quedará privada de la vida eterna. Pero será el último día.

Luego, para mostrar que esta comida basta para hacer desaparecer toda indigencia, para dar la vida y todo lo necesario añade: “Porque mi carne es verdadera comida, y mi sangre es verdadera bebida”. Con la comida y la bebida los hombres buscan vivir y no tener más hambre ni sed: resultado que sólo pueden procurar verdaderamente esta comida y esta bebida capaces de hacer inmortales e incorruptibles a los que las toman. Es una verdadera comida la que verdaderamente da lo que se busca en la comida, la que puede dar al cuerpo y al alma la vida y todo lo que es menester para que no tengan necesidad de nada. Es para apaciguar las exigencias de ambas por lo que el Profeta exclama: “Mi alma tiene sed de ti, ardientemente mi carne suspira cerca de ti”.

Se come a Cristo de dos maneras, porque hay dos maneras de unirse a él.

En primer lugar por la fe… “El que cree en mi tiene la vida eterna”. Esta fe no existe sin caridad. Ahora bien, por la fe Cristo habita en nuestros corazones, se da a nosotros para que le conozcamos y nos unamos a él. Los ángeles conocen por la visión al Verbo de Dios coeterno con el Padre, un solo verdadero Dios con el Padre. Nosotros, al conocerle por la fe, comemos según nuestra medida el pan de los ángeles que está en el cielo. Al conocer por la fe al Hijo Único “que está en el seno del Padre”, que nos ha sido enviado desde el cielo y se ha encanado por nosotros, comemos el pan vivo bajado del cielo. Al conocer por la fe la carne que ha asumido por nosotros, comemos esta carne de Cristo que nos ha sido dada en alimento. Es pues la fe en la unidad, la fe en la unión, la fe en la comunión.

Por la fe en la unidad creemos que el Hijo es uno con el Padre, como él mismo lo dijo: “El Padre y yo somos uno”. A esta fe se añade la fe en la Trinidad…

Por la fe en la unión, creemos que el Hijo Único de Dios se ha unido a la naturaleza humana en la unidad de Persona por el misterio de la Encarnación…

Por la fe en la comunión creemos que se nos da la carne sacratísima de Cristo, carne vivificante y santificadora que nos es comunicada, dispensada, para la remisión de los pecados, por una admirable disposición de Dios, a quien le plugo tomar de nosotros, por nosotros, lo que quiere que nosotros tomemos ahora como alimento. A esta fe está ligada la fe en la pasión, representada en la ofrenda de la santa comunión que anuncia también la muerte del Señor.

Este es el compendio de nuestra fe: conocer a Cristo en el Padre, a Cristo en la carne, a Cristo en la comunión del altar. Todos los misterios de la fe confluyen en esto; todo lo que está escrito en la Ley, los salmos y los profetas no tienen más que un fin: hacer conocer y amar a Cristo. El que justificado por la fe, tiene pensamientos dignos, piadosos y fieles sobre el misterio de la unidad, el misterio de la unión y el misterio de la comunión, éste come el pan de los ángeles que está en el cielo, el pan vivo bajado del cielo, la carne de Cristo; éste, comiendo a Cristo se une a él, y al unirse a él lo come.

Esto ha sido dicho acerca de la primera manera de comer, según la cual Cristo es comido por los justos sólo en la fe…

Hay otra manera: cuando Cristo no sólo es recibido o poseído en nuestro corazón por la fe y la virtud de la santa comunión, sino que entra en nosotros por la manducación, el uso, la recepción de su cuerpo y de su sangre; cuando está en nosotros no sólo por la presencia de su divinidad que nos ha creado, sino también por la presencia de su cuerpo que nos ha rescatado según su promesa y su palabra: “He aquí que yo estoy con vosotros hasta la consumación de los siglos”. Dice pues: “Quien come mi carne y bebe mi sangre permanece en mí, y yo en él”…

Más arriba ha mostrado el beneficio que aporta la carne de Cristo si se la come, su sangre si se la bebe. Ahora muestra qué gracia de familiaridad dan y qué honor. Ellas hacen que el que come esté en Cristo y Cristo en él. ¡Gran honor e inestimable, el de tener su morada en Cristo y ofrecer a Cristo una morada! Del mismo modo que comemos al creer, así también permanecemos en Cristo  al amarlo con perseverancia. Porque “Dios es amor, y el que permanece en el amor permanece en Dios”…

Estas palabras de Cristo: “El que me come vivirá por mí”, lógicamente pueden entenderse de dos maneras, como indicando un efecto o un signo: la manducación hace que vivamos por Cristo, es decir, por su gracia, por su gloria, y al mismo tiempo, vivir por Cristo es el signo de que lo comemos. Igualmente, de dos maneras puede entenderse la frase precedente: “Quien come mi carne y bebe mi sangre permanece en mí y yo en él”. Permanecer en Cristo es a la vez el efecto y el signo de la manducación. Como si se dijera: el signo de que come mi carne y bebe mi sangre es que permanece en mí y vive por mí… (Sacramento del Altar, capítulo tercero, 2).

San Agustín:

Yo soy el pan vivo que he descendido del cieloVivo precisamente porque he descendido del cielo. También el maná bajó del cielo. Pero el maná era la sombra; éste es la realidad. Si alguien comiere de este pan vivirá eternamente; y el pan que yo daré es mi carne por la vida del mundo. ¿Cuándo la carne entendería que llamó pan a la carne? Se llama carne a lo que la carne no entiende, y mucho menos lo entiende, precisamente, por llamarle carne. Por cierto, de esto se horrorizaron, dijeron que esto era demasiado para ellos, supusieron que esto no podía suceder. Es mi carne, afirma, por la vida del mundo. Los fieles conocen el cuerpo de Cristo si no descuidan ser cuerpo de Cristo. Sean hechos cuerpo de Cristo si quieren vivir del Espíritu de Cristo. Del Espíritu de Cristo no vive sino el cuerpo de Cristo. Entended, hermanos míos, qué he dicho. Eres hombre, tienes cuerpo y tienes espíritu. Llamo espíritu a lo que se llama alma, de la que consta lo que eres en cuanto hombre, pues constas de alma y cuerpo. Tienes, pues, un espíritu invisible, un cuerpo visible. Dime qué vive en virtud de qué: ¿tu espíritu vive en virtud de tu cuerpo, o tu cuerpo en virtud de tu espíritu? Responde todo el que vive —quien, en cambio, no puede responder a esto, no sé si vive—; ¿qué responde todo el que vive? Mi cuerpo vive, sí, de mi espíritu. ¿Y tú, pues, quieres vivir del Espíritu de Cristo? Mantente en el cuerpo de Cristo. Por cierto, ¿acaso mi cuerpo vive de tu espíritu? El mío vive de mi espíritu, y el tuyo del tuyo. El cuerpo de Cristo no puede vivir sino del Espíritu de Cristo. De ahí es que, al explicarnos el apóstol Pablo este pan, afirme: Los muchos somos un único pan, un único cuerpo. ¡Oh sacramento de piedad! ¡Oh signo de unidad! ¡Oh vínculo de caridad! Quien quiere vivir, tiene dónde vivir, tiene de qué vivir. Acérquese, crea, incorpórese para ser vivificado. No sienta repugnancia de la trabazón de los miembros, no sea un miembro podrido que merezca ser amputado, no sea deforme que deba ruborizarse de ello; sea bello, sea proporcionado, sea sano, adhiérase al cuerpo; de Dios viva para Dios; fatíguese ahora en la tierra, para reinar después en el cielo.

Litigaban, pues, entre sí los judíos, diciendo: ¿Cómo puede éste darnos a comer su carne? Litigaban, sí, entre ellos porque no entendían ni querían comer el pan de la concordia. De hecho, quienes comen tal pan no litigan entre sí, porque los muchos somos un único pan, un único cuerpo, y mediante este pan hace Dios habitar de una única manera en la casa.

Ahora bien, lo que preguntan litigando, cómo pueda el Señor dar a comer su carne, no lo oyen inmediatamente, sino que se les dice aún: En verdad, en verdad os digo: si no comiereis la carne del Hijo del hombre y bebiereis su sangre, no tendréis en vosotros vida. Ignoráis ciertamente cómo se come y cuál es el modo de comer ese pan; sin embargo, si no comiereis la carne del Hijo del hombre y bebiereis su sangre, no tendréis en vosotros vida. Decía esto no a cadáveres, no, sino a vivientes. Por ende, para que al entender esa vida no litigasen tampoco sobre este punto, añadió a continuación: Quien come mi carne y bebe mi sangre tiene vida eterna. No la tiene, pues, quien no come ese pan ni bebe esa sangre. Sin eso pueden, sí, los hombres tener vida temporal, pero no pueden tener en absoluto vida eterna. Quien, pues, no come su carne ni bebe su sangre, no tiene en él vida; y quien come su carne y bebe su sangre, tiene vida. Ahora bien, a una y otra cosa responde lo que ha dicho: eterna. No es así respecto a esta comida que tomamos para sustentar esta vida temporal. En efecto, quien no la tome, no vivirá; tampoco empero quien la tome vivirá, pues puede suceder que, por vejez o enfermedad o por otra circunstancia, mueran muchísimos que incluso la han tomado. En cambio, respecto a este alimento y bebida, esto es, el cuerpo y la sangre del Señor, no es así, porque quien no lo come no tiene vida y quien lo come tiene vida, y vida eterna.

Así pues, quiere que este alimento y bebida se entienda como la sociedad del cuerpo y de sus miembros, cosa que es la santa Iglesia en sus predestinados, llamados, justificados, santos glorificados y fieles. La primera de estas cosas ya ha sucedido, esto es, la predestinación; la segunda y tercera han sucedido, suceden y sucederán, esto es, la vocación y la justificación; la cuarta, en cambio, esto es, la glorificación, existe ahora en esperanza; es futura, en cambio, en la realidad. El sacramento de esta realidad, esto es, de la unidad del cuerpo y de la sangre de Cristo, se prepara en la mesa del Señor, en algunos lugares diariamente, en otros cada ciertos días, y de la mesa del Señor unos lo toman para la vida, otros para el desastre. En cambio, la realidad de este sacramento sirve para la vida a todo hombre que participa de él, a ninguno para el desastre.

Ahora bien, para que no supusieran que en esa comida y bebida se promete vida eterna de forma que ya no morirían en cuanto al cuerpo, se dignó salir al paso de este pensamiento. Efectivamente, tras haber dicho: «Quien come mi carne y bebe mi sangre, tiene vida eterna», añadió a continuación: Y yo lo resucitaré el último día. Así, mientras tanto, según el espíritu tendrá vida eterna en cuanto al descanso que acoge a los espíritus de los santos; por otra parte, en cuanto atañe al cuerpo, tampoco se le priva de vida eterna, pero en la resurrección de los muertos el último día.

Pues mi carne es verdaderamente comida, afirma, y mi sangre es verdaderamente bebida. Por cierto, aunque mediante el alimento y la bebida los hombres buscan esto, no tener hambre ni sed, esto no lo proporciona realmente sino ese alimento y esa bebida que hacen inmortales e incorruptibles a quienes los toman, esto es, a la sociedad misma de los santos, donde habrá paz y unidad plenas y perfectas. Por eso ciertamente, como algunos hombres de Dios lo han entendido antes que nosotros, nuestro Señor Jesucristo ha confiado su cuerpo y sangre mediante cosas que, de muchas, se reducen a alguna unidad. En efecto, uno se constituye en unidad a partir de muchos granos; el otro confluye a la unidad a partir de muchos granos.

Finalmente expone ya cómo sucede lo que dice, y qué significa comer su cuerpo y beber su sangre. Quien come mi carne y bebe mi sangre permanece en mí y yo en él. Comer, pues, aquella comida y beber aquella bebida es esto: permanecer en Cristo y tenerlo a él, que permanece en nosotros. Y, por eso, quien no permanece en Cristo y aquel en quien Cristo no permanece, sin duda no come su carne ni bebe su sangre, sino que, más bien, come y bebe para su condena el sacramento de realidad tan grande, porque se atrevió a acercarse inmundo a los sacramentos de Cristo, los cuales nadie toma dignamente, sino quien está limpio; de éstos está dicho: Dichosos los de corazón limpio, porque ésos verán a Dios.

Afirma: Como me envió el Padre, que vive, y yo vivo por el Padre, también quien me come vivirá  por mí… En efecto, a diferencia de la participación en el Hijo, la cual nos hace mejores mediante la unidad de su cuerpo y sangre, cosa que significan ese comer y beber, la participación en el Padre no hace mejor al Hijo, que nació igual. Nosotros, pues, vivimos por él mismo al comerlo, esto es, al recibirlo a él, Vida eterna que no teníamos en virtud de nosotros; en cambio, por el Padre vive él, enviado por él porque se vació a sí mismo, hecho obediente hasta la muerte de cruz. … Sin embargo, diciendo «Quien me come vivirá por mí», no significó la idéntica igualdad suya y nuestra, sino que muestra la gracia de Mediador.

Éste es el pan que ha bajado del cielo para que, comiéndolo, vivamos, ya que por nosotros no podemos tener vida eterna. Afirma: A diferencia de vuestros padres, que comieron el maná y murieron, quien come este pan vivirá eternamente. Quiere, pues, que el que ellos murieron se entienda de forma que no viven eternamente. De hecho, temporalmente morirán en realidad aun quienes comen a Cristo; pero viven eternamente, porque Cristo es la Vida eterna. (Tratados al ev. de San Juan; Tratado 26, 13-20).

San Juan Crisóstomo:

… Son escalofriantes las palabras que hoy se nos han leído. Escúchalas de nuevo: En verdad os digo, dice el Señor, si alguno no come mi carne y bebe mi sangre, no tendrá vida en sí mismo. 

Puesto que le habían dicho: eso es imposible, Él les declara ser esto no solamente posible, sino sumamente necesario. Por lo cual continúa: El que come mi carne y bebe mi sangre tiene vida eterna y Yo lo resucitaré al final de los tiempos. Había El dicho: Si alguno come de este pan no morirá para siempre; y es verosímil que ellos lo tomaran a mal, como cuando anteriormente dijeron: Nuestro Padre Abrahán murió y los profetas también murieron; entonces ¿cómo dices tú: no gustará la muerte? Por tal motivo ahora, como solución a la pregunta, pone la resurrección; y declara que ese tal no morirá para siempre. 

… Dice: Mi carne verdaderamente es comida y mi sangre verdaderamente es bebida. ¿Qué significa esto? Quiere decir o bien que es verdadero alimento que conserva la vida del alma; o bien quiere hacer creíbles sus palabras y que no vayan a pensar que lo dijo por simple enigma o parábola, sino que entiendan que realmente es del todo necesario comer su cuerpo. 
Continúa luego: Quien come mi carne permanece en Mí, para dar a entender que íntimamente se mezcla con El. Lo que sigue, en cambio, no parece consonar con lo anterior, si no ponemos atención. Porque dirá alguno: ¿qué enlace lógico hay entre haber dicho: Quien come mi carne permanece en Mí, y a continuación añadir: Como me envió el Padre que vive, así Yo vivo por el Padre? Pues bien, lo cierto es que tienen muy estrecho enlace ambas frases. Puesto que con frecuencia había mencionado la vida eterna, para confirmar lo dicho añade: En Mí permanece. Pues si en Mí permanece y Yo vivo, es manifiesto que también él vivirá. Luego prosigue: Así como me envió el Padre que vive. Hay aquí una comparación y semejanza; y es como si dijera: Vivo Yo como vive el Padre. Y para que no por eso lo creyeras Ingénito, continúa al punto: así Yo vivo por el Padre, no porque necesite de alguna operación para vivir, puesto que ya anteriormente suprimió esa sospecha, cuando dijo: Así como el Padre tiene vida en Sí mismo, así dio al Hijo tener vida en Sí mismo. Si necesitara de alguna operación, se seguiría o que el Padre no le dio vida, lo que es falso; o que, si se la dio, en adelante la tendría sin necesidad de que otro le ayudara para eso.

¿Qué significa: Por el Padre? Solamente indica la causa. Y lo que quiere decir es esto: Así como mi Padre vive, así también Yo vivo. Y el que me come también vivirá por Mí. No habla aquí de una vida cualquiera, sino de una vida esclarecida. Y que no hable aquí de la vida simplemente, sino de otra gloriosa e inefable, es manifiesto por el hecho de que todos los infieles y los no iniciados viven, a pesar de no haber comido su carne. ¿Ves cómo no se trata de esta vida, sino de aquella otra? De modo que lo que dice es lo siguiente: Quien come mi carne, aunque muera no perecerá ni será castigado. Más aún, ni siquiera habla de la resurrección común y ordinaria, puesto que todos resucitarán; sino de una resurrección excelentísima y gloriosa, a la cual seguirá la recompensa. 

Este es el pan bajado del cielo. No como el que comieron vuestros padres, el maná, y murieron. Quien come de este pan vivirá para siempre. Frecuentemente repite esto mismo para clavarlo hondamente en el pensamiento de los oyentes (ya que era esta la última enseñanza acerca de estas cosas); y también para confirmar su doctrina acerca de la resurrección y acerca de la vida eterna. Por esto añadió lo de la resurrección, tanto con decir: Tendrán vida eterna, como dando a entender que esa vida no es la presente, sino la que seguirá a la resurrección. 

Preguntarás: ¿cómo se comprueba esto? Por las Escrituras, pues a ellas los remite continuamente para que aprendan. Y cuando dice: Que da vida al mundo, excita la emulación a fin de que otros, viendo a los que disfrutan don tan alto, no permanezcan extraños. También recuerda con frecuencia el maná, tanto para mostrar la diferencia con este otro pan, como para más excitarlos a la fe. Puesto que si pudo Dios, sin siega y sin trigo y el demás aparato de los labradores, alimentarlos durante cuarenta años, mucho más los alimentará ahora que ha venido a ejecutar hazañas más altas y excelentes. Por lo demás, si aquellas eran figuras, y sin trabajos ni sudores recogían el alimento los israelitas, mucho mejor será ahora, habiendo tan grande diferencia y no existiendo una muerte verdadera y gozando nosotros de una verdadera vida… (Homilías sobre el Ev. de San Juan, homilía 47).

 

 

 

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