23 de agosto de 2015. Domingo 21º del tiempo ordinario -CICLO B.-

23 de agosto de 2015

Domingo 21º del Tiempo Ordinario

- Ciclo B.-

 

Primera lectura

Lectura del libro de Josué (24,1-2a.15-17.18b):

En aquellos días, Josué reunió a las tribus de Israel en Siquén. Convocó a los ancianos de Israel, a los cabezas de familia, jueces y alguaciles, y se presentaron ante el Señor. Josué habló al pueblo: «Si no os parece bien servir al Señor, escoged hoy a quién queréis servir: a los dioses que sirvieron vuestros antepasados al este del Éufrates o a los dioses de los amorreos en cuyo país habitáis; yo y mi casa serviremos al Señor.»
El pueblo respondió: «¡Lejos de nosotros abandonar al Señor para servir a dioses extranjeros! El Señor es nuestro Dios; él nos sacó a nosotros y a nuestros padres de la esclavitud de Egipto; él hizo a nuestra vista grandes signos, nos protegió en el camino que recorrimos y entre todos los pueblos por donde cruzamos. También nosotros serviremos al Señor: ¡es nuestro Dios!»
Palabra de Dios

 

Salmo

Sal 33,2-3.16-17.18-19.20-21.22-23

R/. Gustad y ved qué bueno es el Señor.

Bendigo al Señor en todo momento,
su alabanza está siempre en mi boca;
mi alma se gloría en el Señor:
que los humildes lo escuchen y se alegren. R/.

Los ojos del Señor miran a los justos,
sus oídos escuchan sus gritos;
pero el Señor se enfrenta con los malhechores,
para borrar de la tierra su memoria. R/.

Cuando uno grita, el Señor lo escucha
y lo libra fe sus angustias;
el Señor está cerca de los atribulados,
salva a los abatidos. R/.

Aunque el justo sufra muchos males,
de todos lo libra el Señor;
él cuida de todos sus huesos,
y ni uno solo se quebrará. R/.

La maldad da muerte al malvado,
y los que odian al justo serán castigados.
El Señor redime a sus siervos,
no será castigado quien se acoge a él. R/.

 

Segunda lectura

Lectura de la carta del apóstol san Pablo a los Efesios (5,21-32):

Sed sumisos unos a otros con respeto cristiano. Las mujeres, que se sometan a sus maridos como al Señor; porque el marido es cabeza de la mujer, así como Cristo es cabeza de la Iglesia; él, que es el salvador del cuerpo. Pues como la Iglesia se somete a Cristo, así también las mujeres a sus maridos en todo. Maridos, amad a vuestras mujeres como Cristo amó a su Iglesia. Él se entregó a sí mismo por ella, para consagrarla, purificándola con el baño del agua y la palabra, y para colocarla ante sí gloriosa, la Iglesia, sin mancha ni arruga ni nada semejante, sino santa e inmaculada. Así deben también los maridos amar a sus mujeres, como cuerpos suyos que son. Amar a su mujer es amarse a sí mismo. Pues nadie jamás ha odiado su propia carne, sino que le da alimento y calor, como Cristo hace con la Iglesia, porque somos miembros de su cuerpo. «Por eso abandonará el hombre a su padre y a su madre, y se unirá a su mujer y serán los dos una sola carne.» Es éste un gran misterio: y yo lo refiero a Cristo y a la Iglesia.
Palabra de Dios

 

Evangelio

Lectura del santo evangelio según san Juan (6,60-69):

En aquel tiempo, muchos discípulos de Jesús, al oírlo, dijeron: «Este modo de hablar es duro, ¿quién puede hacerle caso?»
Adivinando Jesús que sus discípulos lo criticaban, les dijo: «¿Esto os hace vacilar?, ¿y si vierais al Hijo del hombre subir a donde estaba antes? El espíritu es quien da vida; la carne no sirve de nada. Las palabras que os he dicho son espíritu y vida. Y con todo, algunos de vosotros no creen.»
Pues Jesús sabía desde el principio quiénes no creían y quién lo iba a entregar. Y dijo: «Por eso os he dicho que nadie puede venir a mí, si el Padre no se lo concede.» Desde entonces, muchos discípulos suyos se echaron atrás y no volvieron a ir con él.
Entonces Jesús les dijo a los Doce: «¿También vosotros queréis marcharos?»
Simón Pedro le contestó: «Señor, ¿a quién vamos a acudir? Tú tienes palabras de vida eterna; nosotros creemos y sabemos que tú eres el Santo consagrado por Dios.»
Palabra del Señor

COLLATIONES

Hoy Josué, reúne a las tribus de Israel en el episodio llamado “la asamblea de Siquén”, y les pregunta a quién quieren servir. Es allí donde, las tribus de Israel,  eligen servir al Señor. En el Evangelio también encontramos reunidos a los discípulos, en esta ocasión ante Jesús, que también les está haciendo elegir a quién quieren servir. Pero, mientras que en Siquén hubo unanimidad, y los israelitas respondieron a Josué: También nosotros serviremos al Señor: ¡es nuestro Dios!”, la respuesta de los discípulos no es unánime: “Desde entonces, muchos discípulos suyos se echaron atrás y no volvieron a ir con él”. No comprendieron lo que Jesús les explicaba y se escandalizaron, asique como nos dice Balduino de Ford: “Si sus discípulos encontraron esto demasiado duro, ¿qué debió parecerles a sus enemigos? Entendieron que Jesús se disponía a cortar su carne en pedazos, y a darla a los que no creyeran en Él”.

Algunos no creyeron estas palabras, y como no creyeron no entendieron, según san Agustín: “No entienden precisamente porque no creen”. No entendieron que  “El espíritu es quien da vida; la carne no sirve de nada”. Dice San Juan Crisóstomo que con esto les quería decir: “lo que de Mí se dice hay que tomarlo en sentido espiritual; pues quien carnalmente oye, ningún provecho saca…”. Las palabras que os he dicho son espíritu y vida”, “¿Las has entendido carnalmente? Aun así, ellas son espíritu y vida, pero para ti no lo son” (San Agustín).

Pero, ante los mismos hechos y palabras,  ¿por qué unos creen y otros no? La respuesta nos la da el Señor: “Nadie puede venir a mí, si el Padre no se lo concede”. Frase que emplea, según San Agustín, “para enseñarnos que aun el mismo creer es don y no merecimiento”. Los doce le creen y le siguen, reconocen que tiene palabras de vida eterna: “Señor, ¿a quién vamos a acudir? Tú tienes palabras de vida eterna”. Dice San Bernardo que: “También hoy son muchos los que encuentran espíritu y vida en las palabras de Jesús, y por eso le siguen. A otros, en cambio, les resultan muy duras y buscan el consuelo en otra parte”.

Los que seguimos a Jesús, sabemos que: “Cristo es cabeza de la Iglesia,… la Iglesia se somete a Cristo”. “Pues nadie jamás ha odiado su propia carne, sino que le da alimento y calor, como Cristo hace con la Iglesia, porque somos miembros de su cuerpo”. Dice san Agustín que:El Espíritu, pues, es quien vivifica, pues el espíritu hace vivos a los miembros. El espíritu no hace vivos sino a los miembros que hallare en el cuerpo al que vivifica el espíritu mismo… Nada, en efecto, debe temer tanto el cristiano como separarse del cuerpo de Cristo”. De eso habla San Pablo en la segunda lectura, de la unidad de la Iglesia, como un matrimonio, formando un solo cuerpo con Cristo, somos una sola carne mediante su carne, para poder tener un solo espíritu que es el que nos vivifica. “El que no guarda aquella unidad, no guarda la ley de Dios, no guarda la fe del Padre y del Hijo, no conserva la vida y la salvación” (San Cipriano).

San Bernardo:

Leemos en el Evangelio que, cuando el Señor predicaba y exhortaba a sus discípulos a participar en sus sufrimientos comiendo el sacramento de su cuerpo, algunos dijeron: “Este lenguaje es intolerable”.  Y le abandonaron muchos. Preguntados los discípulos si también ellos querían marcharse, respondieron: “Señor, y ¿a quién vamos a acudir? En tus palabras hay vida eterna”.

Esto os digo yo, hermanos: también hoy son muchos los que encuentran espíritu y vida en las palabras de Jesús, y por eso le siguen. A otros, en cambio, les resultan muy duras y buscan el consuelo en otra parte. La sabiduría predica en todas las plazas, es decir, en las calzadas anchas y cómodas que llevan a la muerte, para disuadir a los que pasean por ellas. “Hace cuarenta años”, dice un salmo, “que estoy gritando a esta gente: tenéis el corazón extraviado”. Y otro salmo dice: “Dios habló una vez”. Sí, una vez, porque jamás se interrumpe. Su palabra es única, y no enmudece, es continua y eterna.

Insiste a los pecadores que vuelvan a su interior y reprende sus desvaríos. El mora allí y les habla, y realiza aquello del Profeta: “Hablad al corazón de Jerusalén”. Babilonia, en cambio, es pura tierra y no puede soportar las palabras del Señor. Vive lejos de su propio corazón y actúa carnalmente. Parece tener muerto el corazón, o ser una paloma seducida que no tiene corazón. Sólo conoce la alegría de hacer el mal y su regocijo es cometer maldades. Cuando oye al Señor que no aprueba estos goces, sino que  los detesta, reprende y condena, huye y se esconde como Adán.

¡Pobre de mí! ¡Con qué miseria pretendes cubrirte, alma mí! No vale para nada, son unas hojas mal cosidas, unas hojas que no dan calor ni duran cuatro días. En cuanto salga el sol se secarán y el viento bochornoso las hará polvo. Y te quedarás desnuda y miserable. Nada hay encubierto que no se descubra; porque vendrá el Señor y sacará a luz lo que esconden las tinieblas y pondrá al descubierto las intenciones del corazón.  Imposible ocultarte entonces, desgraciada. Será inútil que grites a los montes: Desplomaos sobre mí; o a las colinas: Sepultadnos. Tendrás que comparecer desnuda y sin tapujos ante el tribunal de Cristo, para escuchar su sentencia, por haber despreciado su consejo.

El Señor está repitiendo: “Convertíos”. Pero muchos no hacen caso, se hacen sordos y dicen: “Este lenguaje es insoportable”. Pero cuando retumbe aquella otra palabra terrible y fatal: “Id, malditos, al fuego eterno”, entonces, impíos, podréis acaso disculparos?.

… Es mucho más útil y provechoso acoger hoy sus consejos y sus consuelos, sus avisos y sus enseñanzas y, en último caso, sus reprensiones, que escuchar en aquel otro día sus sentencia, su venganza y su condena.

Prefiero que el justo me humille, me corrija y reprenda con misericordia, a que el ungüento del impío perfume mi cabeza; no quiero ser una tierra castigada con la vara de su palabra, cuando el cetro de hierro triture los jarros de loza. Quiero ser fiel a sus palabras, como el Profeta, y mantenerme en el camino recto, antes que ser aniquilado como el malvado, con el resuello de sus labios.

Aunque siento que sus palabras son algo duras, también son dulces, porque incluso cuando se indigna sigue siendo misericordioso. Más aún, su indignación brota de su misericordia. Si los reprende y castiga es porque los ama; y azota al hijo que reconoce por suyo. Aplica la vara a sus maldades y el castigo a sus pecados pero no le retira su misericordia. (Sermones varios; Sermón 5- Sobre el verso de Habacuc: “Me pondré de centinela, haré la guardia oteando”, etc)

 

Balduino de Ford:

Muchos de los que estaban presentes no comprendieron y se escandalizaron;  y muchos oyentes – no entre sus enemigos sino entre sus discípulos- dijeron: “Dura es esta palabra. ¿Quién puede escucharla?”. Si sus discípulos encontraron esto demasiado duro, ¿qué debió parecerles a sus enemigos? Entendieron que Jesús se disponía a cortar su carne en pedazos, y a darla a los que no creyeran en Él.

Pero Jesús, conociendo en sí mismo que sus discípulos murmuraban a este respecto – porque ellos hablaban entre sí de modo que él no los oyese; pero él conocía el fondo de su alma y entendía en sí mismo lo que decían- Jesús, digo, les respondió: “¿Vosotros os escandalizáis” porque prometí dar mi carne como comida y mi sangre como bebida? ¡Esto os escandaliza! “¿Y si vierais al Hijo del hombre subir adonde estaba anteriormente?” ¿Qué es esto? Resuelve lo que les turbaba, explica lo que les escandalizaba – Sí, ciertamente con tal de que quisiera entender. Ellos, en efecto, pensaban que distribuiría su cuerpo  cortado en pedazos; Él, dijo que subirá al cielo, evidentemente intacto. “¡Cuándo viéreis al Hijo del hombre subir a donde estaba primero!”, entonces es cuando veréis que no distribuye su cuerpo del modo que vosotros creéis. Entonces comprenderéis que la gracia no se come a pedazos…

Entre los discípulos de Cristo había algunos que creían, otros que no creían. Y entre los que creían estaba Judas que habría de entregarlo. Cristo los conocía a todos, sabía quién creía, quién no creía, quién lo traicionaría, quién se apartaría de él. Antes de dejar ir a los que parten, muestra que la fe no es de todos, sólo la poseen aquellos a los que el Padre ha dado el venir a Cristo. Ni la carne, ni la sangre, en efecto pueden revelar el “misterio de la fe”, sino en Padre que está en los cielos. A unos les concede creer, a otros, no. ¿Por qué no a todos? Sólo él lo sabe. No nos da el saberlo; y en materia tan incomprensible, tan oculta a nuestros ojos, no podemos hacer otra cosa que admirar y exclamar: ¿Oh abismo de las riquezas de la sabiduría y de la ciencia de Dios! ¿Cuán insondables son sus juicios e impenetrables  sus caminos!.

Muchos de los discípulos no creyeron y se volvieron atrás, pero para ir tras Satanás, no tras Cristo… Muchos se fueron en pos de Satanás y no fueron con Cristo. Pero Judas permaneció para traicionarlo.

Dijo Jesús a los Doce que quedaban: “Vosotros ¿también queréis iros?” Simón Pedro respondió: “Señor, ¿a quién iremos? Si nos alejamos de ti, ¿dónde encontraremos la verdad y la vida? “Tú tienes palabras de vida eterna”. Tus palabras, escuchadas con respeto y guardadas en el seno de la fe, dan la vida eterna. Tus palabras prometen la vida eterna por medio de tu cuerpo y de tu sangre; y nosotros, dando crédito a tus palabras “creemos y sabemos que tú eres el Cristo, el Hijo de Dios”, es decir, que tú mismo eres la vida eterna, y que tú, en tu carne y en tu sangre, no das otra cosa que lo que tú eres… Todo lo que has dicho de tu carne que hay que comer y de tu sangre que hay que beber, creemos y sabemos que es verdadero, porque tú eres el Cristo, el Hijo de Dios. No dijo: “Sabemos y creemos”, sino “creemos y sabemos”, lo que tal vez alude a ese conocimiento que consiste en la inteligencia que nace del progreso de la fe y del que está escrito: “Si no creyereis, no comprenderéis”. (Sacramento del Altar; capítulo 3, 2).

San Juan Crisóstomo:

Entonces ¿por qué es lenguaje intolerable? ¿Porque promete la vida y la resurrección? ¿Porque afirma haber venido él del Cielo? ¿Acaso porque dice que nadie puede salvarse si no come su carne? Pero pregunto yo: ¿son intolerables estas cosas? ¿Quién se atreverá a decirlo? Entonces ¿qué es lo que significa ese intolerable? Quiere decir difícil de entender, que supera la rudeza de los oyentes, que es altamente aterrador. Porque pensaban ellos que Jesús decía cosas que superaban su dignidad y que estaban por encima de su naturaleza. Por esto decían: ¿Quién podrá soportarlo? Quizá lo decían en forma de excusa, puesto que lo iban a abandonar.

Quien dijo: Bajé del Cielo, si nada más hubiera añadido, les habría puesto un obstáculo mayor. Pero cuando dice: Mi cuerpo es vida del mundo; y también: Como me envió mi Padre que vive también Yo vivo por el Padre; y luego: He bajado del Cielo, lo que hace es resolver una dificultad. Puesto que quien dice de sí grandes cosas, cae en sospecha de mendaz; pero quien luego añade las expresiones que preceden, quita toda sospecha. Propone y dice todo cuanto es necesario para que no lo tengan por hijo de José. De modo que no dijo lo anterior para aumentar el escándalo, sino para suprimirlo. Quienquiera que lo hubiera tenido por hijo de José no habría aceptado sus palabras; pero quienquiera que tuviese la persuasión de que Él había venido del Cielo, sin duda se le habría acercado más fácilmente y de mejor gana.

Enseguida añadió otra solución. Porque dice: El espíritu es el que vivifica. La carne de nada aprovecha. Es decir: lo que de Mí se dice hay que tomarlo en sentido espiritual; pues quien carnalmente oye, ningún provecho saca… Preguntarás: ¿Cómo podían ellos entender lo que era eso de comer su carne? Respondo que lo conveniente era esperar el momento oportuno y preguntar y no desistir. 

Las palabras que os he dicho son espíritu y son vida; es decir, son divinas y espirituales y nada tienen de carne ni de cosas naturales, pues están libres de las necesidades que imponen las leyes de la naturaleza de esta vida y tienen otro muy diverso sentido. Así como en este sitio usó la palabra espíritu para significar espirituales, así cuando usa la palabra carne no entiende cosas carnales, sino que deja entender que ellos las toman y oyen a lo carnal. Porque siempre andaban anhelando lo carnal, cuando lo conveniente era anhelar lo espiritual. Si alguno toma lo dicho a lo carnal, de nada le aprovecha.

Entonces ¿qué? ¿Su carne no es carne? Sí que lo es. ¿Cómo pues El mismo dice: La carne para nada aprovecha? Esta expresión no la refiere a su propia carne ¡lejos tal cosa! sino a los que toman lo dicho carnalmente. Pero ¿qué es tomarlo carnalmente? Tomar sencillamente a la letra lo que se dice y no pensar en otra cosa alguna. Esto es ver las cosas carnalmente. Pero no conviene juzgar así de lo que se ve, puesto que es necesario ver todos los misterios con los ojos interiores, o sea, espiritualmente. En verdad quien no come su carne ni bebe su sangre no tiene vida en sí mismo. Entonces ¿cómo es que la carne para nada aprovecha, puesto que sin ella no tenemos vida? ¿Ves ya cómo eso no lo dijo hablando de su propia carne, sino del modo de oír carnalmente?

Pero hay entre vosotros algunos que no creen. De nuevo, según su costumbre reviste de alteza sus palabras y predice lo futuro y demuestra que El habla así porque no intenta captar gloria entre ellos, sino mirar por su salvación. Cuando dice algunos deja entender que son de sus discípulos. Pues ya al principio había dicho: Me habéis visto, pero no creéis en Mí. Aquí en cambio dice: Hay entre vosotros algunos que no creen. Porque sabía desde el principio quiénes eran los que no creían y quién era el que lo entregaría. Decíales también: Por esto os he dicho: Nadie puede venir a Mí si no le es otorgado por el Padre. 

… Ya lo sabía yo antes de que sucediera. Ya sabía a quiénes lo otorgaría el Padre. Y cuando oyes ese otorgó no pienses que se trata de una especie de herencia, sino cree que lo otorga a quien se muestra digno de recibirlo. 

Desde aquel momento muchos de sus discípulos se volvieron atrás, y dejaron definitivamente su compañía. Con exactitud no dijo el evangelista se apartaron, sino: Se volvieron atrás, manifestando así que retrocedieron en el camino de la virtud y perdieron la fe que antes tenían, por el hecho de volverse. No procedieron así aquellos doce. Por lo cual Jesús les pregunta: ¿También vosotros queréis marcharos? Manifestó así que no necesitaba de su servicio y culto, y que no era esa la razón de llevarlos consigo. ¿Cómo podía tener necesidad de ellos el Señor que esto les decía?

Pero ¿por qué no los alaba? ¿Por qué no los ensalza? Desde luego para conservar su dignidad de Maestro; y además para demostrar que así era como debían ser atraídos. Si los hubiera alabado, pensando ellos que le habían hecho algún favor, se habrían ensoberbecido; en cambio, con declarar que no los necesitaba, más los une consigo. Observa con cuánta prudencia habla. No les dijo: ¡marchaos! pues hubiera sido propio de quien los rechazaba. Sino que les pregunta: ¿También vosotros queréis marcharos? Con esto suprimía toda violencia y coacción, y hacía que no se quedaran con El por vergüenza, sino que incluso tomaran el quedarse como un favor. Con no acusarlos públicamente sino suavemente punzarlos, nos enseña en qué forma conviene proceder en tales ocasiones. Pero nosotros procedemos al contrario, porque la mayor parte de las cosas las hacemos por nuestra gloria; y por esto pensamos que salimos perdiendo si se apartan de nosotros los siervos.

De modo que no los aduló ni tampoco los rechazó, sino solamente les preguntó. No procedió como quien desprecia, sino como quien no quiere retenerlos por violencia y coacción. Permanecer con El de este segundo modo hubiera equivalido a dejarlo. Y ¿qué hace Pedro? Dice: ¡Señor! ¿A quién iríamos? Tú tienes palabras de vida eterna. Y nosotros hemos creído que Tú eres Cristo, el Hijo de Dios vivo. ¿Ves cómo no fueron las palabras el motivo del escándalo, sino la desidia y pereza y perversidad de los oyentes? Aun cuando Cristo no les hubiera hecho ese discurso, ellos se habrían escandalizado y no habrían cesado de pedirle el alimento corporal y de continuar apegados a lo terreno.

Por el contrario, los doce oyeron lo mismo que los otros; pero como estaban con distinta disposición de ánimo, dijeron: ¿A quién iríamos?: palabras que declaran un grande afecto del alma. Significan que amaban al Maestro sobre todas las cosas, padres, madres, haberes; y que a quienes de Él se apartan no les queda a dónde acogerse. Y luego, para que no pareciera que ese: ¿A quién iríamos? lo habían dicho porque no habría quien los recibiera, al punto Pedro añadió: Tú tienes palabras de vida eterna. Los demás escuchaban de un modo carnal y a lo humano; pero ellos escuchaban espiritualmente y poniéndolo todo bajo la fe. 

Por eso Cristo les decía: Las palabras que os he dicho son espíritu. Es decir, no penséis que mis enseñanzas están sujetas a la lógica necesaria de las cosas humanas. No son así las cosas espirituales ni soportan que se las sujete a medidas terrenas. Es lo mismo que declara Pablo con estas palabras: No digas en tu corazón: ¿Quién subirá al Cielo? Se entiende para hacer descender a Cristo. O ¿quién bajará al abismo? Se entiende para hacer subir a Cristo de entre los muertos. Tú tienes palabras de vida eterna. Ya habían ellos aceptado la idea de la resurrección y todo lo demás. Pero advierte, te ruego, la caridad de Pedro para con sus hermanos, y cómo toma a su cargo todo el negocio del grupo. Porque no dijo: Yo conocí; sino: Nosotros conocimos. O mejor aún, advierte cómo penetra en las palabras mismas del Maestro y habla de un modo distinto al de los judíos. Porque ellos decían: Este es hijo de José. Pedro en cambio dice: Tú eres el Cristo, el Hijo de Dios vivo; y también: Tú tienes palabras de vida eterna. Quizá lo dijo porque muchas veces había oído a Cristo repetir: Quien cree en Mí tiene vida eterna. 

Demuestra de este modo que va conservando en la memoria todas las palabras de Cristo, puesto que ya El mismo las usa. Y ¿qué hace Cristo? No alabó ni ensalzó a Pedro, como en otra ocasión lo hizo. Sino ¿qué dice?: ¿Acaso no os escogí yo a los doce? ¡Y uno de vosotros es un diablo! Puesto que Pedro había dicho: Nosotros hemos creído, Cristo exceptúa a Judas. En otra ocasión nada dijo Cristo acerca de sus discípulos. Pues habiendo El preguntado: Pero vosotros ¿quién decís que soy yo? respondió Pedro: Tú eres el Cristo, el Hijo de Dios vivo. Ahora, en cambio, como Pedro los englobó a todos y dijo: Nosotros hemos creído, justamente Cristo exceptúa del número a Judas. Y lo hace comenzando a revelar la perfidia del traidor con mucha antelación. Aunque sabía que de nada le aprovechaba, sin embargo puso Él lo que estaba de su parte. 
(Homilías sobre el ev. de San Juan; Homilía 47).

San Agustín:

Acabamos de oír al Maestro veraz, Redentor divino y Salvador humano, encarecernos nuestro precio: su sangre. Nos ha hablado, en efecto, de su cuerpo y de su sangre: al cuerpo le llamó comida; a la sangre, bebida. Los fieles saben que se trata del sacramento de los fieles; en cambio los otros oyentes ¿qué otra cosa saben sino lo que oyen? Cuando, pues, para recomendarnos tal alimento y tal bebida, decía: Si no coméis mi carne y bebéis mi sangre, no tendréis vida en vosotros —y ¿quién, sino la Vida, diría esto de la Vida misma? A su vez, al hombre que juzgue falaz a la Vida le aportará muerte, no vida— se escandalizaron sus discípulos, aunque no todos, sí muchísimos y decían para sí: ¡Duro es este lenguaje, ¿quién puede escucharlo? Mas habiendo conocido en sí esto el Señor y habiendo percibido el murmullo de sus pensamientos, respondió a los que eso pensaban, aunque nada expresaban con su voz, para que supieran que los había oído y desistiesen de pensar tales cosas. ¿Qué les respondió, pues? ¿Os escandaliza esto? Entonces, ¿si vierais al Hijo del hombre subir a donde estaba antes? ¿Qué significa Os escandaliza esto? ¿Pensáis que voy a fraccionar este cuerpo mío que estáis viendo, a amputar mis miembros y a dároslos a vosotros? ¿Qué significa: Entonces, ¿si vierais al Hijo del hombre subir adonde estaba antes? Ciertamente el que pudo ascender en su integridad, no pudo ser consumido. Así, pues, nos dio en su cuerpo y sangre un saludable alimento, y brevemente resolvió la gran cuestión acerca de su integridad. Coman, pues, quienes lo comen y beban los que lo beben; tengan hambre y sed; coman la vida, beban la vida. Comerlo es restablecerse; pero te restableces de tal forma que no merma lo que te restablece. Y beberlo, ¿qué es sino vivir? Come la vida, bebe la vida: tendrás vida y la vida plena. Mas esto habrá entonces, es decir, el cuerpo y la sangre de Cristo será vida para cada uno, si lo que se toma visiblemente en este sacramento, lo come espiritualmente, lo bebe espiritualmente en su realidad misma. Porque se lo hemos oído al Señor decir: El espíritu es el que da vida, la carne no sirve de nada. Las palabras que yo os he hablado son espíritu y vida. Pero hay algunos —dice— que no creen. Eran los que decían: ¡Duro es este lenguaje, ¿quién puede escucharlo? Duro, sí, mas para los duros; es decir, es increíble, mas para los incrédulos.

Mas, para enseñarnos que aun el mismo creer es don y no merecimiento, dice: Como os he dicho, nadie viene a mí sino aquel al que se lo haya concedido mi Padre. Trayendo a la memoria lo que antecede, hallaremos que en la misma circunstancia en que el Señor dijo esto, había dicho también: Nadie viene a mí si el Padre que me ha enviado no lo arrastra. No empleó el verbo guiar, sino arrastrar. Esta violencia se le hace al corazón, no al cuerpo. ¿Por qué, entonces, te extrañas? Cree, y vienes; ama, y eres arrastrado. No pienses que se trata de una violencia brusca y molesta; es dulce, es suave; es la misma suavidad lo que te arrastra…

… Hay, en efecto, hombres ingratos a la gracia, que otorgan demasiado a la naturaleza menesterosa y herida. Es cierto, al ser creado, el hombre recibió la gran fuerza del libre albedrío, pero la perdió al pecar. Cayó en manos de la muerte, se debilitó, y los ladrones le dejaron medio muerto en el camino: le puso sobre su cabalgadura un pasajero samaritano, que significa guardián, y todavía es conducido al mesón. ¿De qué se enorgullece? Aún está sometido a tratamiento. —«A mí me basta —dice— haber recibido en el bautismo el perdón de todos los pecados». —«¿Acaso por haberse borrado la maldad se acabó la debilidad? —«He recibido —repite— el perdón de los pecados» —Indiscutiblemente es verdad; en el sacramento del bautismo quedaron borrados todos los pecados; todos en absoluto, tanto los cometidos con el pensamiento, como los cometidos de palabra y obra; todos han sido eliminados. Pero esto no es sino aquel aceite y vino que se le aplicó en el camino». Recordáis, amadísimos, cómo aquel hombre al que los ladrones hirieron y dejaron medio muerto, recibió el alivio del aceite y el vino vertido sobre sus heridas. Sin duda ya se le ha concedido el indulto por su error, pero, no obstante, aún recibe cura su enfermedad en la posada. Esa posada, si lo advertís, es la Iglesia. Ahora es posada, porque nuestra vida es un ir de paso; será casa que nunca abandonaremos, una vez que hayamos llegado sanos al reino de los cielos. Mientras tanto, aceptamos gustosos la cura en la posada; estando aún convalecientes, no presumamos de salud, no siendo que, al enorgullecernos, no consigamos sino no sanar nunca, al no someternos a la cura.

Alma mía, bendice al Señor. Dile, dile a tu alma: «Aún estás en esta vida, aún cargas con una carne frágil, el cuerpo corruptible aún abruma al alma; aún has recibido, tras el perdón total, el remedio de la oración; aún dices, ¿no es verdad?, mientras se curan tus dolencias: Perdónanos nuestras deudas». Di, pues, a tu alma, valle humilde, no collado erguido; di a tu alma: «Bendice, alma mía, al Señor y no olvides ninguno de sus favores». —«¿Qué beneficios?» Dilos, enuméralos y agradécelos. Él perdona todas tus iniquidades. Esto tuvo lugar en el bautismo. ¿Qué tiene lugar ahora? Él sana todas tus dolencias. Esto tiene lugar ahora, lo reconozco. Pero, mientras me hallo aquí, este cuerpo corruptible abruma al alma. Di, pues, también lo que sigue: Él rescata tu vida de la corrupción. Tras rescatarte de la corrupción, ¿qué resta? Cuando esto corruptible se vista de incorruptibilidad y esto mortal se vista de inmortalidad, entonces se cumplirá lo escrito: «La muerte ha sido absorbida en victoria. ¿Dónde está, ¡oh muerte!, tu contienda?». Allí ciertamente: ¿Dónde está, ¡oh muerte!, tu aguijón? Buscas su lugar, y no lo hallas. ¿Qué cosa es el aguijón de la muerte? ¿Qué significa ¿Dónde está, ¡oh muerte!, tu aguijón? ¿Dónde está el pecado? Lo buscas, y no lo hallas en ninguna parte. Pues el aguijón de la muerte es el pecado. Lo dice el Apóstol, no yo. Entonces se dirá: «¿Dónde está, ¡oh muerte!, tu aguijón?» En ninguna parte se hallará el pecado, ni el que te cautive, ni el que te ataque, ni el que reconcoma a tu conciencia. Entonces no se dirá: Perdónanos nuestras deudas. ¿Qué se dirá, entonces? Señor, Dios nuestro, danos la paz, pues eres tú quien nos ha dado todo. (Sermón 131).

 

Pues bien, diciendo «Quien come mi carne y bebe mi sangre permanece en mí y yo en él», expuso el modo de este reparto y don suyo, cómo da su carne a comer. Signo de que uno lo ha comido y bebido es esto: si permanece y es objeto de permanencia, si habita y es inhabitado, si se adhiere sin ser abandonado. Con palabras místicas, pues, nos ha enseñado y estimulado a esto: a estar en su cuerpo bajo esa misma cabeza, entre sus miembros, comiendo su carne, sin abandonar su unidad. Pero demasiados de quienes estaban presentes se escandalizaron por no entender, ya que, al oír esto, no pensaban sino en la carne, cosa que ésos mismos eran. Ahora bien, el Apóstol dice, y dice la verdad: Pensar según la carne es muerte. El Señor nos da a comer su carne, mas pensar según la carne es muerte, aunque de su carne dice que allí hay vida eterna. Ni siquiera la carne, pues, debemos entenderla según la carne, como en las palabras siguientes.

Así pues, muchos oyentes, no de sus enemigos, sino de sus discípulos, dijeron: Dura es esta palabra. ¿Quién puede oírla?3 Si los discípulos tuvieron por dura esta palabra, los enemigos ¿qué pensarían? Y, sin embargo, era preciso decir así lo que no todos podían entender. El secreto de Dios debe suscitar personas atentas, adversarias. En cambio, ésos desertaron pronto, tras decir tales palabras el Señor Jesús; no creyeron que decía algo importante y que con las palabras aquellas cubría enteramente alguna gracia; más bien, como quisieron y al modo humano entendieron que Jesús podía o disponía esto: distribuir como troceada, a quienes en él creen, la carne de que estaba vestida la Palabra. Afirman: Dura es esta palabra. ¿Quién puede oírla?

Ciertamente os escandaliza esto, haber dicho yo: Os doy a comer mi carne y a beber mi sangre. ¿Si, pues, vierais al Hijo del hombre ascender adonde estaba antes? … Ellos, en efecto, suponían que él iba a distribuir su cuerpo; él, en cambio, dijo que iba a subir al cielo, por supuesto, él íntegro. Cuando veáis al Hijo del hombre ascender adonde estaba antes, entonces veréis ciertamente que distribuye su cuerpo no del modo que suponéis, o entonces entenderéis ciertamente que su gracia no se consume a bocados…

¿Qué significa, pues, lo que añade: El espíritu es quien vivifica; la carne no sirve de nada? Puesto que nos soporta, si, en vez de contradecirle, deseamos saber, digámosle: Oh Señor, Maestro bueno, ¿cómo la carne no sirve de nada, cuando tú has dicho: «Si alguien no comiere mi carne y bebiere mi sangre, no tendrá en sí vida? ¿O la vida no sirve de nada? Y ¿por qué somos lo que somos sino para tener la vida eterna que prometes con tu carne? ¿Qué significa, pues, la carne no sirve de nada? De nada sirve, pero como la entendieron aquéllos; por cierto, entendieron la carne como en un cadáver se desgarra o en el mercado se vende; no como la vivifica el espíritu…

Por eso afirma: Las palabras que yo os he dicho son espíritu y vida. Ya dije, hermanos, que en el comer su carne y beber su sangre nos encarece el Señor esto: que permanezcamos en él y él en nosotros. Pues bien, permanecemos en él cuando somos sus miembros; por su parte, él mismo permanece en nosotros cuando somos su templo. Ahora bien, la unidad nos traba para ser sus miembros. ¿Quién, sino la caridad, hace que la unidad trabe? ¿Y la caridad de Dios de dónde viene? Interroga al Apóstol: La caridad de Dios, afirma, ha sido derramada en nuestros corazones mediante el Espíritu Santo que nos ha sido dadoEl Espíritu, pues, es quien vivifica, pues el espíritu hace vivos a los miembros. El espíritu no hace vivos sino a los miembros que hallare en el cuerpo al que vivifica el espíritu mismo. En efecto, oh hombre, el espíritu que hay en ti, del que constas para ser hombre, ¿acaso vivifica al miembro al que halle separado de tu carne? Llamo espíritu tuyo a tu alma; tu alma no vivifica sino a los miembros que están en tu carne; si retiras uno, ya no es vivificado en virtud de tu alma, por no estar asociado a la unidad de tu cuerpo. Se dice esto para que amemos la unidad y temamos la separación. Nada, en efecto, debe temer tanto el cristiano como separarse del cuerpo de Cristo, ya que, si se separa del cuerpo de Cristo, no es miembro suyo; si no es miembro suyo, no lo vivifica su Espíritu: Todo el que no tiene el Espíritu de Cristo, afirma el Apóstol, no es suyo12El Espíritu, pues, es quien vivifica; la carne, en cambio, no sirve de nada. Las palabras que yo os he dicho son espíritu y vida. ¿Qué significa Son espíritu y vida? Que han de entenderse espiritualmente. ¿Las has entendido espiritualmente? Son espíritu y vida. ¿Las has entendido carnalmente? Aun así, ellas son espíritu y vida, pero para ti no lo son.

Pero entre vosotros, afirma, hay algunos que no creen. No ha dicho: Hay algunos entre vosotros que no entienden, sino que ha dicho la causa por la que no entienden: pues entre vosotros hay algunos que no creen, y no entienden precisamente porque no creen. En efecto, un profeta ha dicho: Si no creéis, no entenderéis. Mediante la fe somos ligados, mediante la comprensión somos vivificados. Primeramente adhirámonos mediante la fe, para que haya algo que sea vivificado mediante la intelección. De hecho, quien no se adhiere se resiste; quien se resiste no cree. De hecho, quien se resiste, ¿cómo es vivificado? Es enemigo del rayo de luz que ha de penetrarlo; no aparta la mirada, sino que cierra la mente. Hay, pues, algunos que no creen. Crean y abran; abran y serán iluminados.

Pues desde el inicio sabía Jesús quiénes serían creyentes y quién iba a entregarlo. Allí, en efecto, estaba también Judas. De hecho, algunos se escandalizaron; él, en cambio, permaneció para acechar, no para entender. Y, porque había permanecido para eso, el Señor no se calló respecto a él. No lo nombró expresamente, pero tampoco se calló, para que todos temieran, aunque uno solo pereciera. Pero, después de hablar y distinguir de los no creyentes a los creyentes, expresó la causa de que no creen: Por eso os he dicho, afirma, que nadie puede venir a mí si mi Padre no se lo diere. Incluso creer, pues, se nos da, ya que creer no es nada. Ahora bien, si es algo importante, alégrate de haber creído, pero no te ensoberbezcas, pues ¿qué tienes que no hayas recibido?

Desde entonces muchos discípulos suyos se volvieron atrás y ya no andaban con élSe volvieron atrás, pero detrás de Satanás, no detrás de Cristo… En adelante no anduvieron con él. He aquí que, desgajados del cuerpo, perdieron la vida, quizá porque ni siquiera estuvieron en el cuerpo. Entre quienes no creían han de contarse también ésos, aunque se llamasen discípulos. Se volvieron atrás no pocos, sino muchos. Esto sucedió quizá para consuelo, porque a veces sucede que un hombre dice la verdad y no se comprende lo que dice y quienes lo oyen se escandalizan y se retiran. Por otra parte, le pesa a ese hombre haber dicho lo que es verdadero; dice, en efecto, para sus adentros ese hombre: «No debí hablar así; no debí decir esto». He aquí que le sucedió al Señor: habló y perdió a muchos, se quedó para pocos. Pero él no se turbaba porque desde el inicio sabía quiénes serían creyentes y quiénes no creyentes; si nos sucede a nosotros, nos perturbamos. Hallemos solaz en el Señor y empero digamos cautamente las palabras.

Y él habla a los pocos que se habían quedado. Dijo, pues, Jesús a los doce, esto es, a los doce que se quedaron: ¿Acaso también vosotros, pregunta, queréis iros? Ni siquiera Judas se marchó. Pero para el Señor estaba claro por qué permanecía; después nos lo ha manifestado. Respondió Pedro por todos, uno por muchos, la unidad por todos sin excepción: Le respondió, pues, Simón Pedro: Señor, a quién iremos? Nos rechazas de ti, danos otro tú. ¿A quién iremos? Si de ti nos apartamos, ¿a quién iremos? Tú tienes palabras de vida eterna. Mirad cómo Pedro, por donación de Dios, porque el Espíritu Santo ha vuelto a crearlo, ha entendido. ¿Por qué, sino porque ha creído? Tú tienes palabras de vida eterna, pues tienes la vida eterna en el servicio de tu cuerpo y tu sangre. Y nosotros hemos creído y conocido. No hemos conocido y hemos creído, sino hemos creído y conocido, pues hemos creído para conocer, porque, si quisiéramos primero conocer y después creer, no seríamos capaces ni de conocer ni de creer. ¿Qué hemos creído y qué hemos conocido? Que tú eres el Mesías, el Hijo de Dios, esto es, que tú eres la vida eterna misma, y que en tu carne y sangre no das sino lo que eres…

Todo lo que el Señor nos ha hablado de su cuerpo y de su sangre es esto: en la gracia de su reparto nos ha prometido la vida eterna; quiso que con eso se entienda que los comensales y bebedores de su carne y de su sangre permanecen en él y él en ellos; no entendieron quienes no creyeron; se escandalizaron por haber entendido carnalmente lo espiritual, y, escandalizados y perecidos ellos, el Señor acudió, para consolación, a los discípulos que se habían quedado, para probar a los cuales interrogó: «¿Acaso también vosotros queréis iros?», para que se nos diera a conocer la respuesta de su permanencia, porque sabía que permanecían. Todo esto, pues, queridísimos, nos sirva, para que comamos la carne de Cristo y la sangre de Cristo no sólo en el sacramento, cosa que hacen también muchos malos, sino que la comamos y bebamos hasta la participación del Espíritu. Así permaneceremos en el cuerpo del Señor como miembros, para que su Espíritu nos vivifique y no nos escandalicemos aunque, de momento, con nosotros comen y beben temporalmente los sacramentos muchos que al final tendrán tormentos eternos. De hecho, el cuerpo de Cristo está por ahora mezclado como en la era; pero el Señor conoce a quienes son suyos. Si tú sabes qué trillas, que la masa está allí latente y que la trilla no destruye lo que la bielda va a limpiar, estamos ciertos, hermanos, de que todos los que estamos en el cuerpo del Señor y permanecemos en él para que él mismo permanezca también en nosotros, en este mundo necesariamente tenemos que vivir hasta el final entre los malos. Digo: no entre los malos que denuestan a Cristo, pues se encuentra a pocos que lo denuestan con la lengua; pero se encuentra a muchos que lo hacen con la vida. Es, pues, necesario vivir hasta el final entre ellos… (Tratados sobre el ev. de San Juan; Tratado 27).

San Cipriano:

La que es esposa de Cristo, no puede cometer adulterio, sino que permanece íntegra y casta. No conoce más que una casa, y guarda con casto pudor la santidad de un solo tálamo. Ella nos guarda para Dios, ella nos inscribe en el reino de los hijos que ella ha engendrado. Todo el que se separa de la Iglesia, se une a una adúltera, se separa de las promesas de la Iglesia, es un extraño, un excomulgado, un enemigo. No llegará a los premio de Cristo el que abandona la Iglesia de Cristo. No puede tener a Dios por padre el que no tiene a la Iglesia por madre. Tanto puede uno pretender salir a salvo fuera de la Iglesia, cuanto podía uno salvarse fuera del arca de Noé. Así nos lo avisa el Señor diciendo: “El que no está conmigo está contra mí, y el que no recoge conmigo, desparrama”. El que rompe la paz y la concordia de Cristo, lucha contra Cristo… El que no guarda aquella unidad, no guarda la ley de Dios, no guarda la fe del Padre y del Hijo, no conserva la vida y la salvación. (La unidad de la Iglesia).

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