30 de agosto de 2015. domingo 22º del tiempo ordinario -CICLO B.-

30 de agosto de 2015

Domingo 22º del Tiempo Ordinario

- Ciclo B.-

 

Primera lectura

Lectura del libro del Deuteronomio (4,1-2.6-8):

Moisés habló al pueblo, diciendo: «Ahora, Israel, escucha los mandatos y decretos que yo os mando cumplir. Así viviréis y entraréis a tomar posesión de la tierra que el Señor, Dios de vuestros padres, os va a dar. No añadáis nada a lo que os mando ni suprimáis nada; así cumpliréis los preceptos del Señor, vuestro Dios, que yo os mando hoy. Ponedlos por obra, que ellos son vuestra sabiduría y vuestra inteligencia a los ojos de los pueblos que, cuando tengan noticia de todos ellos, dirán: “Cierto que esta gran nación es un pueblo sabio e inteligente.” Y, en efecto, ¿hay alguna nación tan grande que tenga los dioses tan cerca como lo está el Señor Dios de nosotros, siempre que lo invocamos? Y, ¿cuál es la gran nación, cuyos mandatos y decretos sean tan justos como toda esta ley que hoy os doy?»
Palabra de Dios

 

Salmo

Sal 14,2-3a.3bc-4ab.5

R/. Señor, ¿quién puede hospedarse en tu tienda?

El que procede honradamente
y practica la justicia,
el que tiene intenciones leales
y no calumnia con su lengua. R/.

El que no hace mal a su prójimo
ni difama al vecino,
el que considera despreciable al impío
y honra a los que temen al Señor. R/.

El que no presta dinero a usura
ni acepta soborno contra el inocente.
El que así obra nunca fallará. R/.

 

Segunda lectura

Lectura de la carta del apóstol Santiago (1,17-18.21b-22.27):

Todo beneficio y todo don perfecto viene de arriba, del Padre de los astros, en el cual no hay fases ni períodos de sombra. Por propia iniciativa, con la palabra de la verdad, nos engendró, para que seamos como la primicia de sus criaturas. Aceptad dócilmente la palabra que ha sido plantada y es capaz de salvaros. Llevadla a la práctica y no os limitéis a escucharla, engañándoos a vosotros mismos. La religión pura e intachable a los ojos de Dios Padre es ésta: visitar huérfanos y viudas en sus tribulaciones y no mancharse las manos con este mundo.
Palabra de Dios

 

Evangelio

Lectura del santo evangelio según san Marcos (7,1-8.14-15.21-23):

En aquel tiempo, se acercó a Jesús un grupo de fariseos con algunos escribas de Jerusalén, y vieron que algunos discípulos comían con manos impuras, es decir, sin lavarse las manos. (Los fariseos, como los demás judíos, no comen sin lavarse antes las manos restregando bien, aferrándose a la tradición de sus mayores, y, al volver de la plaza, no comen sin lavarse antes, y se aferran a otras muchas tradiciones, de lavar vasos, jarras y ollas.) 
Según eso, los fariseos y los escribas preguntaron a Jesús: «¿Por qué comen tus discípulos con manos impuras y no siguen la tradición de los mayores?»
Él les contestó: «Bien profetizó Isaías de vosotros, hipócritas, como está escrito: “Este pueblo me honra con los labios, pero su corazón está lejos de mí. El culto que me dan está vacío, porque la doctrina que enseñan son preceptos humanos.” Dejáis a un lado el mandamiento de Dios para aferraros a la tradición de los hombres.»
Entonces llamó de nuevo a la gente y les dijo: «Escuchad y entended todos: Nada que entre de fuera puede hacer al hombre impuro; lo que sale de dentro es lo que hace impuro al hombre. Porque de dentro, del corazón del hombre, salen los malos propósitos, las fornicaciones, robos, homicidios, adulterios, codicias, injusticias, fraudes, desenfreno, envidia, difamación, orgullo, frivolidad. Todas esas maldades salen de dentro y hacen al hombre impuro.»
Palabra del Señor

 

COLLATIONES

Los fariseos y escribas se aferraban de tal manera a las tradiciones  de sus mayores, que al ver lo que hacen los discípulos de Jesús, le preguntan: “¿Por qué comen tus discípulos con manos impuras y no siguen la tradición de los mayores?”. Entonces Jesús les llama hipócritas, porque sabe que honran a Dios con los labios pero no con el corazón, y citando a Isaías les acusa de dar a Dios un culto vacío, porque “dejáis a un lado el mandamiento de Dios para aferraros a la tradición de los hombres”. “Llegó a tales términos la perversidad, que sus preceptos se guardaban y en cambio se violaba la Ley de Dios”,  “Con razón, pues, los discípulos no los guardan” (San Juan Crisóstomo).

 

Ya hemos leído en la primera lectura lo que dice Moisés al pueblo: “No añadáis nada a lo que os mando ni suprimáis nada; así cumpliréis los preceptos del Señor, vuestro Dios, que yo os mando hoy”. En  cambio, con el tiempo, se habían añadido muchos preceptos humanos, muchos comportamientos externos, que es en lo que los fariseos y escribas han acabado fijándose. Como explica San Juan Crisóstomo: “Los sacerdotes habían metido muchas innovaciones, a pesar de que Moisés con terrores grandes y muchas amenazas había prohibido que algo se añadiera o quitara a la Ley”. Al leer este evangelio, “nosotros debemos ante todo examinar por qué los discípulos comían sin lavarse las manos. ¿Por qué causa comían así? No lo hacían deliberadamente y con torcida intención, sino que para atender a lo necesario omitían lo superfluo”.

Los signos religiosos externos, son buenos siempre y cuando manifiesten lo que hay en nuestro corazón, porque de lo contrario sólo serán algo superfluo. Será alabar a Dios con los labios, pero no con el corazón. A cumplir la palabra, externa e internamente, a alabar a Dios con los labios y con el corazón, es a lo que nos exhorta hoy el apóstol Santiago. A que no nos limitemos a escuchar la palabra, sino que la pongamos en práctica: “Aceptad dócilmente la palabra que ha sido plantada y es capaz de salvaros. Llevadla a la práctica y no os limitéis a escucharla, engañándoos a vosotros mismos”. Porque como nos dice San Agustín: “Cosa mala es, pues, no escuchar; mala también escuchar y no obrar; lo único que queda es escuchar y obrar. Sed —pues— cumplidores de la palabra y no sólo oyentes engañándoos a vosotros mismos”. Y hablando de su propia predicación, nos dice: “Yo os hablo exteriormente, él os despierta en el interior. Todos, pues, somos oyentes en el interior y todos debemos ser cumplidores de la palabra externa e internamente en la presencia de Dios”.

Con nuestro comportamiento externo podremos engañar a los demás, que ven cómo  honramos a Dios con los labios y desconocen si le honramos con el corazón, podremos engañar incluso al diablo, que como dice San Jerónimo: “No puede sondear los secretos de los corazones. Él conjetura lo que pasa en nuestro interior según nuestras actitudes corporales y nuestros gestos”. Pero a quien no podemos engañar es a Dios, que ve en nuestro interior y “observa la intención en sí misma” (San Clemente de Alejandría).

También nos exhorta el apóstol a “no mancharnos las manos con este mundo”. Para los judíos, comer con manos impuras es simplemente, comer sin lavarse las manos, por eso Jesús dice a la gente, que nada que entre de fuera hace impuro al hombre, sólo lo que sale de dentro, sólo las maldades que salen del corazón, hacen impuro al hombre. Y San Juan Crisóstomo nos invita a que: “Aprendamos, pues, qué cosas manchan al hombre: sepámoslo y apartémoslas. Porque veo que hay en la iglesia una costumbre de venir con los vestidos muy limpios y con las manos lavadas, pero en cambio, no se preocupan de presentar al Señor un alma limpia”. Esa es la limpieza y la pureza que Dios nos pide. Es importante la limpieza exterior, pero sin descuidar el lavar nuestra alma con el sacramento de la confesión, para presentar al Señor un alma limpia. “Hay que lavar las manos, no las del cuerpo sino las del alma, para que en ellas se realice la palabra de Dios” (San Jerónimo).

 

San Juan Crisóstomo:

¿Qué significa eso de fariseos y escribas venidos de Jerusalén? Lo dice porque aún cuando estaban dispersos entre todas las tribus y divididos en las doce partes, pero los de Jerusalén eran los más perversos, porque disfrutaban de más crecidos honores y eran muy arrogantes. Observa cómo por su mismo modo de preguntar quedan cogidos. Porque no dicen: ¿por qué traspasan la Ley de Moisés? sino: la tradición de los ancianos. Por aquí se ve que los sacerdotes habían metido muchas innovaciones, a pesar de que Moisés con terrores grandes y muchas amenazas había prohibido que algo se añadiera o quitara a la Ley: No añadirás nada a lo que yo os prescribo ni nada quitarás.” Sin embargo, ellos añadían novedades como era eso de no comer sin lavarse las manos y sin lavar las copas y vasos de bronce y purificarse. Y precisamente cuando ya era tiempo de eximirse de tales observancias fue cuando ellos más se ataron a ellas. Temían que alguien les arrebatara el principado y anhelaban hacerse más temibles con su papel de legisladores.

Llegó a tales términos la perversidad que sus preceptos se guardaban y en cambio se violaba la Ley de Dios. Y en tal manera se habían impuesto, que era pecado violar sus mandamientos. Había en esto una doble falta: que introducían innovaciones y que, sin tener en cuenta lo de Dios, vindicaban en forma tan rígida lo suyo. Ahora, haciendo a un lado lo de las medidas y lo de las copas de bronce, que eran cosas ridículas, traen al medio lo que les pareció de mayor importancia; y esto con el objeto, según me parece, de concitar contra Cristo la cólera del pueblo. Por lo mismo, trajeron a la memoria los ancianos, como si Cristo los despreciara, y tomar de aquí ocasión de acusarlo.

Nosotros debemos ante todo examinar por qué los discípulos comían sin lavarse las manos. ¿Por qué causa comían así? No lo hacían deliberadamente y con torcida intención, sino que para atender a lo necesario omitían lo superfluo. Tampoco tenían como ley el comer con las manos lavadas o sin lavar, sino que hacían lo uno y lo otro según se presentaba la ocasión. Si no se cuidaban del necesario sustento ¿por qué se iban a cuidar con diligencia de eso otro? Como esto aconteciera a los discípulos muchas veces en que de pronto y como fortuitamente tenían que hacerlo, por ejemplo cuando comían en el desierto y cuando arrancaron las espigas, los escribas y fariseos, que siempre descuidaban lo importante y en cambio cuidadosamente procuraban lo superfluo, tomaron ocasión de aquello como si fuera un pecado, para acusar a Cristo. ¿Qué hace Jesús? No atiende a eso ni rechaza la acusación, sino que al punto los recrimina, con el objeto de reprimir su audacia. Y para manifestar que quien cae en pecados mayores no debe tan cuidadosamente indagar las faltas pequeñas de otros, como si les dijera: Vosotros que debíais ser acusados, acusáis.

… Una vez que Cristo les demostró que quienes pisoteaban la ley de Dios no tienen derecho a reprender a otros, por haber traspasado la tradición de los ancianos, luego aduce la prueba con las palabras del profeta. Y tras de haberlos redargüido con vehemencia, prosigue adelante, como lo hace siempre citando las Escrituras, para demostrar además que Él está de acuerdo con la palabra de Dios. ¿Qué es lo que dice el profeta?: Este pueblo se me acerca sólo de palabra y me honra sólo con los labios, mientras que su corazón está lejos de mí; y su temor de mí no es sino un mandamiento humano…

Porque dice: Sólo me honra con los labios, mientras que cuidan grandemente de sus propios preceptos, enseñando mandatos de hombres. Con razón, pues, los discípulos no los guardan. Dado este golpe mortal y reforzada su acusación por los hechos, las propias sentencias de ellos y lo del profeta, ya no se ocupa de aquellos escribas y fariseos, puesto que era imposible enmendarlos; sino que se vuelve con su discurso a las turbas para exponerles una verdad sublime, grande, llena de alta sabiduría. Y tomando pie de lo dicho, explicó algo más eximio aún y excluyó la diferencia de alimentos. Pero atiende a la ocasión. Habiendo limpiado al leproso, removió la ley del sábado, se declaró rey de tierras y mares, estableció leyes, perdonó pecados, resucitó muertos y dio infinitas pruebas de su divinidad; y finalmente ahora habla de los alimentos. Porque todo el judaísmo a esto se había reducido; y si esto suprimes, a todo él lo habrás suprimido. Porque partiendo de aquí demuestra que también es necesario abrogar la circuncisión. Aunque esto último no lo aclaró por entonces, por ser un precepto más antiguo y que con mayor reverencia y piedad se guardaba. Más adelante lo abrogó por medio de sus discípulos. Era un precepto tan magno que cuando los discípulos quisieron abrogarlo, pasado ya mucho tiempo, comenzaron por practicarlo y al final lo abolieron.

Porque si ellos, fuera de oportunidad, quebrantaron la ley por causa de su tradición y vosotros les habéis dado oídos, mucho más conviene que ahora me oigáis a mí que oportunamente os llevo a más alta sabiduría. No dijo: la distinción de alimentos nada es; ni tampoco: Moisés erróneamente mandó eso; ni tampoco: lo hizo para acomodarse a vosotros; sino que, entre amonestando y aconsejando y apoyándose en la naturaleza de las cosas, les dijo: No es lo que entra por la boca lo que hace impuro al hombre, sino lo que sale de la boca. Atendiendo a la naturaleza de las cosas, profiere su ley y establece su parecer. Cuando esto oyeron no lo contradijeron ni le alegaron y objetaron: ¿Qué es lo que dices? Habiendo Dios dado innumerables preceptos acerca de la discriminación de alimentos ¿tú ahora estableces esta ley? Sino que, puesto que con vehemencia los había reprimido, no solamente refutándolos sino poniendo de manifiesto su dolo y revelando lo que ellos a ocultas tramaban y los secretos de sus corazones, se apartaron en silencio.

Pero tú considera cómo ni en público ni claramente había Cristo hablado de los alimentos. Por esto ni siquiera los nombró diciendo alimentos, sino: Lo que entra no mancha al hombre…

Por eso Cristo a los comienzos no habló claramente acerca de los alimentos, sino que dijo: Lo que entra por la boca. Y también cuando luego más claramente parece haber hablado, no lo dio a entender sino hacia el fin, cuando dijo: Pero comer sin lavarse las manos eso no contamina al hombre; como si por aquí comenzara su discurso y que las otras cosas solamente las había intercalado. Por eso no dijo: la comida de los alimentos no contamina al hombre, sino que habló como si tratara de otra cosa, para que nada le pudieran objetar…

Y no terminó aquí, sino que añadió: Todo lo que entra por la boca va al vientre y se expele en la letrina. Pero lo que sale de la boca procede del corazón, y eso hace impuro al hombre. Porque del corazón proceden los malos pensamientos, los homicidios, los adulterios, las fornicaciones, los robos, los falsos testimonios, las blasfemias. Esto es lo que contamina al hombre; pero comer sin lavarse las manos, eso no contamina al hombre.

… Aprendamos, pues, qué cosas manchan al hombre: sepámoslo y apartémoslas. Porque veo que hay en la iglesia una costumbre de venir con los vestidos muy limpios y con las manos lavadas, pero en cambio, no se preocupan de presentar al Señor un alma limpia. Y no lo digo prohibiendo lavarse las manos o la boca, sino que yo prefiero que os lavéis no con agua, sino como debe ser con el baño de las virtudes. Las suciedades de la boca son las maldiciones, las blasfemias, las querellas, las palabras llenas de ira u obscenas, los chistes y payasadas. Si tienes conciencia de no haber dicho tales cosas y que no estás manchado con semejantes horruras, acércate confiadamente. Pero si en esto tienes innumerables manchas ¿para qué en vano te lavas con agua la lengua, mientras llevas en ella esas mugres dañinas y perniciosas?

Porque, dime: ¿Si tuvieras en tus manos estiércol y lodo te atreverías a orar? ¡De ningún modo! Y sin embargo, eso no causa daño alguno; mientras que lo otro es dañosísimo. Entonces ¿por qué en lo que es indiferente te muestras pío, mientras que eres negligente en lo que está prohibido? Dirás: ¿qué pues? Entonces: ¿no se ha de orar? En verdad que es necesario, pero no manchado con horruras, no cubierto de tanto lodo. Pero ¿y si por casualidad he caído? ¡Limpíate! ¿Cómo? Llora, gime, haz limosna, ponte de acuerdo con aquel a quien injuriaste, reconcíliate con él, limpia tu lengua, para que no irrites a Dios más gravemente.

Si alguien se te acercara como suplicante a tocar tus pies con las manos llenas de excremento, sin duda que no sólo no lo oirías, sino que a puntapiés lo rechazarías. Entonces ¿cómo te atreves a presentarte así a Dios? Porque manos del que suplica es la lengua y con ella toca las rodillas de Dios. ¡No la manches, para que no te diga: Cuanto multiplicáis las plegarias yo no escucho. Y también: La muerte y la vida están en el poder de la lengua. Y además: Pues por tus palabras serás declarado justo o por tus palabras serás condenado. Guarda, pues, tu lengua más que la pupila de tus ojos. Corcel regio es la lengua. Si le pones freno y la enseñas a caminar rítmicamente, el rey se sentará en ella con quietud; pero si la dejas ir sin freno y que ande saltando, será cabalgadura del diablo y de los demonios…

No manches tu lengua, pues ¿rogará ella por ti no teniendo ya tú confianza? Adórnala con la modestia y la humildad en las palabras; hazla digna de Dios a quien ella ruega; llénala de bendiciones mediante la limosna Porque también con la lengua puedes hacer limosna. Pues dice el Eclesiástico: La buena palabra es mejor que el don; y también: Responde al pobre con mansedumbre y con palabras amables. Y el resto del tiempo, adórnala con la narración de las leyes divinas. Tu conversación sea toda según la ley del Altísimo. Acerquémonos al Rey eterno adorándolo en esta forma y caigamos en sus rodillas no sólo corporalmente, sino también con la mente. Pensemos a quién nos acercamos y en favor de quiénes y con qué finalidad. Nos acercamos a Dios ante el cual los serafines apartan su rostro porque no pueden soportar su esplendor, y a quien la tierra al verlo tiembla. Nos acercamos a Dios que habita en una luz inaccesible. Nos acercamos para que nos libre de la gehena y para alcanzar perdón de nuestros pecados; para vernos libres de aquel intolerable suplicio; y para conseguir el Cielo con todos los bienes que allá están preparados.

Postrémonos, pues, ante El con el cuerpo y con la mente, para que El, a nosotros postrados, nos levante. Hablémosle con toda modestia y mansedumbre. Preguntarás: ¿quién hay tan miserable e infeliz que no sea humilde en su oración? El que al orar lanza maldiciones contra sus prójimos y está lleno de furor y clama contra sus enemigos. Si quieres acusar, acúsate a ti mismo. Si quieres aguzar la espada de tu lengua, agúzala contra ti mismo, contra tus pecados. No hables del mal que otro te ha causado, sino del mal que tú le has hecho: lo contrario sería el mayor de los males. Porque nadie puede dañarte si tú no te dañas a ti mismo. Si quieres, pues, levantarte contra los que te dañan, levántate primero contra ti mismo. Nadie te lo impide. Si acometes a otros saldrás con mayor daño…

(Homilías sobre el ev. de San Mateo; homilía 51).

San Agustín:

El bienaventurado apóstol Santiago amonesta a los oyentes asiduos de la palabra de Dios diciéndoles: Sed cumplidores de la palabra y no sólo oyentes, engañándoos a vosotros mismos. A vosotros mismos os engañáis, no al autor de la palabra ni al ministro de la misma. Partiendo de esa frase que mana de la fuente de la verdad a través de la veracísima boca del apóstol, también yo me atrevo a exhortaros, y mientras os exhorto a vosotros, pongo la mirada en mí mismo. Pierde el tiempo predicando exteriormente la palabra de Dios quien no es oyente de ella en su interior. Quienes predicamos la palabra de Dios a los pueblos no estamos tan alejados de la condición humana y de la reflexión apoyada en la fe que no advirtamos nuestros peligros. Pero nos consuela el que donde está nuestro peligro por causa del ministerio, allí tenemos la ayuda de vuestras oraciones. Y para que sepáis, hermanos, que vosotros estáis en lugar más seguro que nosotros, cito otra frase del mismo apóstol, que dice: Cada uno de vosotros sea rápido para escuchar y lento, en cambio, para hablar. Pensando en esta frase, en la que se nos amonesta a ser rápidos para escuchar y lentos para hablar, hablaré en primer lugar de este mi ministerio; luego, después de haber justificado el ministerio de quienes hablamos con frecuencia, volveré a lo que había propuesto en primer lugar.

Es conveniente que os exhorte a no ser sólo oyentes de la palabra, sino también cumplidores. Así, pues, ¿quién, por el hecho de que os hablo frecuentemente, sin parar mientras es mi obligación, no me juzga cuando lee: Sea todo hombre rápido para escuchar y lento para hablar? Ved que la preocupación por vosotros no me permite cumplir esta norma. Debéis, pues, orar y levantar a quien obligáis a ponerse en peligro. Con todo, hermanos míos, voy a deciros algo a lo que quiero que deis crédito, porque no podéis verlo en mi corazón. Yo, que tan frecuentemente os hablo por mandato de mi señor y hermano, vuestro obispo, y porque vosotros me lo exigís, sólo disfruto verdaderamente cuando escucho. Mi gozo —repito— sólo es auténtico cuando escucho, no cuando predico. Entonces mi gozo carece de temor, pues tal placer no lleva consigo la hinchazón. No se teme el precipicio de la soberbia allí donde está la piedra sólida de la verdad. Y para que sepáis que así es en verdad, escuchad lo que está dicho: Darás regocijo y alegría a mi oído. Entonces es cuando gozo, cuando escucho. A continuación añadió: Se regocijarán los huesos humillados. Así, pues, mientras escuchamos somos humildes; en cambio, cuando predicamos, aun cuando no nos ponga en peligro la soberbia, al menos nos sentimos frenados. Y si no me enorgullezco, corro peligro de enorgullecerme. Sin embargo, cuando escucho, me deleito sin nadie que me engañe, disfruto sin testigos…

Esta ocupación había elegido también para sí aquella María que, mientras su hermana hacía el servicio y se ocupaba en muchas cosas, estaba sentada a los pies del Señor, sin hacer otra cosa que escuchar su palabra. Juan se mantenía en pie, ella estaba sentada; pero ella estaba de pie con el corazón y él estaba sentado por su humildad. El estar de pie significa la permanencia, y el estar sentado, la humildad. Y para que sepáis que estar de pie significa la permanencia, se dice que el diablo, de quien está escrito: Él era homicida desde el principio y no se mantuvo de pie en la verdad, no la tuvo. Igualmente, que el estar sentado significa la humildad lo muestra aquel salmo que, invitando al arrepentimiento, dice: Levantaos después de haber estado sentados los que coméis el pan del dolor. ¿Qué significa: Levantaos después de haber estado sentados? Quien se humilla será exaltado. Con las palabras que dijo de María, que, sentada a sus pies, le escuchaba, el Señor se convirtió en testigo de la bondad del escuchar. Cuando su hermana, afanada en el servicio se quejó de que se lo había dejado todo a ella, escuchó del Señor, al que había interpelado, lo siguiente: Marta, Marta, te ocupas de muchas cosas, y una sola es necesaria. María eligió la mejor parte, que no le será quitada. ¿Era, acaso, malo lo que Marta hacía? ¿Quién de nosotros tendrá suficientes palabras para ponderar la bondad de servir a los santos? Si a cualquier santo, ¡cuánto más a la cabeza y a los principales miembros, a Cristo y a los apóstoles! ¿Acaso no dice para sí cada uno de vosotros cuando escucha lo que Marta hacía y teniendo ante los ojos el bien de la hospitalidad: «¡Oh dichosa, oh feliz mujer, que mereció recibir al Señor; que tuvo como huéspedes a los apóstoles cuando caminaban en la carne!»?… Y, sin embargo, María eligió la mejor parte, porque mientras la hermana estaba preocupada, afanosa y pendiente de muchos quehaceres, ella se hallaba ociosa, sentada y a la escucha.

Así, pues, el Señor, y con él sus discípulos, se dignó sentir necesidad para poder recompensar la atención a la misma. También él sentía hambre y sed, pero no por necesidad, sino por dignación suya. Estaba bien que sintiese hambre quien hizo todas las cosas; de esta forma sería feliz quien le diese de comer… ¡Grande es este servicio, grande esta obra, inmenso don! Y, no obstante, María eligió la mejor parte, que no le seré quitada. La parte de Marta, pues, es transitoria; pero —como dije— no lo es la recompensa recibida por ella.

En cambio, la parte de María no pasa. Ved cómo no pasa. ¿Qué deleitaba a María mientras escuchaba? ¿Cuál era su alimento, cuál su bebida? ¿Sabéis qué comía y qué bebía? Preguntémoselo a él. Dichosos —dice— quienes tienen hambre y sed de justicia, porque ellos serán, saciados. De esta fuente y de este granero de justicia recibía María algunas migajas cuando, hambrienta, se sentaba a los pies del Señor. El Señor le daba entonces en la medida de su capacidad. Ni los discípulos ni los mismos apóstoles tenían entonces capacidad para recibir cuanto les había de dar en su futura mesa; por eso les decía: Todavía tengo muchas cosas que comunicaros, pero ahora no podéis escucharlas. ¿Qué era, pues —como dije—, lo que deleitaba a María? ¿Qué comía, qué bebía con las fauces avidísimas de su corazón? La justicia, la verdad. Escuchaba la verdad, y en ella se deleitaba; anhelaba y suspiraba por la verdad. Sentía hambre de la verdad y la comía; sed de verdad y la bebía; ella reparaba sus fuerzas sin que disminuyera lo que la alimentaba…

He mostrado a Vuestra Caridad dulcísima, en cuanto pude y en cuanto se dignó ayudarme el Señor, cuánto más seguros estáis vosotros escuchando que yo predicando, pues ahora hacéis vosotros lo que entonces haremos todos. Nadie será entonces maestro de la palabra, sino que el Maestro será la Palabra. Se sigue, por tanto, que a vosotros os toca realizarla y a mí amonestaros a ello. Vosotros sois, en efecto, los oyentes de la palabra, yo el predicador. Pero dentro, donde nadie ve, somos todos oyentes; en el interior, en el corazón, en la mente, donde os enseña aquel que os exhorta a la alabanza. Yo os hablo exteriormente, él os despierta en el interior. Todos, pues, somos oyentes en el interior y todos debemos ser cumplidores de la palabra externa e internamente en la presencia de Dios. Cumplirla interiormente, ¿cómo? Pues quien vea a una mujer y la desee, ya adulteró con ella en su corazón. Y puede ser adúltero sin que hombre alguno lo vea, pero castigándole Dios. ¿Quién es, pues, el que cumple interiormente? Quien la ve sin desearla. ¿Quién es el que cumple externamente? Reparte tu pan con el hambriento. En efecto, cuando hace esto, le ve también su prójimo, pero sólo Dios ve con qué intención lo hace. Por tanto, hermanos míos, sed cumplidores y no sólo oyentes de la palabra, engañándoos a vosotros mismos, no a Dios ni a quien predica. Pues yo, o cualquiera otro que os predique la palabra, no veo vuestro corazón; no puedo juzgar lo que mascáis interiormente en vuestros pensamientos. Y dado que al hombre no le es posible, lo ve Dios, a quien no se le puede ocultar el corazón humano. Él ve con qué fin escuchas, qué piensas, con qué te quedas, qué provecho sacas de sus ayudas, con cuánta insistencia oras, cómo pides a Dios lo que no tienes y cómo le agradeces lo que tienes: lo sabe él, que ha de pedir cuentas. Nosotros podemos distribuir el dinero del Señor; vendrá a pedir cuentas quien dijo: Siervo malvado, debiste haber dado mi dinero a los banqueros para que al venir yo lo recobrase con los intereses.

Hermanos míos, que vinisteis con entusiasmo a escuchar la palabra: no os engañéis a vosotros mismos, fallando a la hora de cumplir lo que escucháis. Pensad que, si es hermoso oírla, ¡cuánto más lo será el llevarla a la práctica! Si no la escuchas, si no pones interés en oírla, nada edificas. Pero si la oyes y no la llevas a la práctica, levantas un edificio ruinoso. Cristo el Señor puso a este respecto una semejanza muy oportuna: Quien escucha —dice— estas mis palabras será semejante a un varón prudente que edifica su casa sobre roca. Cayó la lluvia, llegaron los ríos, soplaron los vientos, se abatieron contra aquella casa y no se derrumbó. ¿Por qué no se derrumbó? Porque estaba cimentada sobre roca. Por tanto, el escuchar la palabra y cumplirla equivale a edificar sobre roca. Pues el sólo escuchar es ya edificar. En cambio —dice—quien escucha estas mis palabras y no las pone en práctica será semejante a un varón necio que edifica. También él edifica, ¿Qué edifica? Ved que edifica su casa, mas puesto que no pone en práctica lo que escucha, escuchando edifica sobre arena. Quien la escucha y no la pone en práctica edifica sobre arena, y edifica sobre roca quien la escucha y la pone en práctica; y quien ni siquiera la escucha, no edifica ni sobre roca ni sobre arena. Considera, no obstante, lo que sigue: Cayó la lluvia, llegaron los ríos, soplaron los vientos y se abatieron contra aquella casa, y se vino al suelo y se convirtió en una gran ruina. ¡Lamentable espectáculo!

Entonces, dirá alguno: «¿Qué necesidad tengo de oír lo que no voy a poner en práctica? Pues —dice— si escucho y no lo pongo en práctica levanto un edificio ruinoso. ¿No es más seguro quedarse sin escuchar nada?». En la semejanza propuesta por el Señor, él no quiso tocar expresamente lo que ése propone, pero lo dio a entender. En efecto, en este mundo nunca cesan las lluvias, los vientos y los ríos. ¿Te niegas a edificar sobre roca para evitar que te derriben, cuando lleguen? ¿No edificas sobre arena, para evitar que, cuando lleguen, derriben la casa? Entonces quedarás sin techo donde cobijarte si nada escuchas. Viene la lluvia, llegan los ríos; ¿acaso te sentirás seguro porque te arrastrarán desnudo? Considera, pues, qué vas a elegir para ti. Aunque lo pienses así, no tendrás seguridad evitando el escuchar; si te hallas sin techo, necesariamente serás sepultado, arrastrado y sumergido. Por tanto, si es malo para ti edificar sobre arena, malo es también no edificar nada; sólo queda como bueno edificar sobre roca. Cosa mala es, pues, no escuchar; mala también escuchar y no obrar; lo único que queda es escuchar y obrar. Sed —pues— cumplidores de la palabra y no sólo oyentes engañándoos a vosotros mismos.

Temo que, después de esta exhortación, en lugar de haber levantado vuestro ánimo con mi palabra lo haya hundido en la desesperación. Es posible que alguno, sea uno o dos o ciertamente muchos, entre los que asiduamente asistís, formule juicios sobre mí y diga: «Quisiera saber si ese que me habla cumple todo lo que él mismo oye o lo que dice a los demás». A ése le respondo: Me trae sin cuidado el ser juzgado por vosotros o por un tribunal humano. Pues también yo mismo puedo saber parcialmente lo que soy ahora, pero ignoro lo que vaya a ser mañana. Mas por lo que respecta a mí, el Señor te dio seguridad, a ti a quien eso preocupa. En efecto, si cumplo lo que digo o escucho: Sed imitadores míos, como yo lo soy de Cristo; si, en cambio, lo digo, pero no lo cumplo, escuchad al Señor: Haced lo que os dicen, pero no hagáis lo que ellos hacen. En consecuencia, si piensas bien de mí, me alabas; si piensas mal, me acusas a mí, mas no por eso te excusas a ti. ¿Cómo te va a servir de excusa el revertir la acusación contra quien te habla la palabra de Dios, aunque sea un predicador de la verdad malo y que obra el mal, si tu Señor, tu redentor, quien ha pagado tu precio, te ha agregado a su milicia y de siervo suyo te hizo hermano, no cesa de exhortarte y decirte: Haced lo que os dicen, pero no hagáis lo que ellos hacen? Pues dicen y no hacen. Son palabras suyas. Hablan el bien, pero hacen el mal; tú escucha el bien y no hagas el mal. A esto responderás: «¿Cómo puedo oír cosas buenas de un hombre malo? ¿Por ventura se recogen uvas de las zarzas?». (Sermón 179).

 

Salmo de David. No vamos a hacer del título punto de discusión. Señor, ¿quién mora en tu tienda durante la campaña? Aunque a veces la palabra tienda tenga la acepción de morada eterna, propiamente hablando, la tienda es un término castrense. Por eso a los soldados se les llama compañeros de tienda porque comparten la misma tienda. Este sentido se ve corroborado en el texto ¿quién durante la campaña? En la actualidad estamos de campaña contra el diablo y en tales circunstancias es imprescindible una tienda para reponer fuerzas. Tal tienda significa ante todo la fe en la economía temporal que en favor nuestro se realizó en el tiempo por medio de la encarnación del Señor. ¿Y quién descansará en tu monte santo? Quizás este monte signifique la morada eterna, interpretando el vocablo monte como la suprema excelsitud del amor de Cristo en la vida eterna.

El que entra sin mancha y practica la justicia: esto es un proyecto cuya realización viene después.

El que dice la verdad en su corazón: porque hay algunos que tienen la verdad en los labios, pero no la hospedan en el corazón. Pongamos el ejemplo de una persona que le indica a otra un camino a ciencia y conciencia de que en él hay bandidos, y le dice: “Si vas por aquí, caminarás seguro”; si se da la casualidad de que en el camino no hay bandidos, esa persona dijo la verdad, pero no la dijo en su corazón. Sus pensamientos eran muy otros y sin saberlo dijo la verdad. Por consiguiente, decir la verdad es poco si ésta no se halla formalmente en el corazón. Que no ha practicado el engaño con su lengua: se pratica el engaño con la lengua cuando una cosa es lo que se dice con la boca y otra lo que se oculta en el interior. El que no ha hecho mal a su prójimo: es de todos conocido que por prójimo hay que entender a todos los hombres. Y no ha aceptado injuria contra su prójimo: es decir, ni gustosa ni temerariamente ha dado crédito al que lo acusaba.

En su presencia el malvado quedó reducido a la nada. Esta perfección estriba en que el malvado no tenga poder alguno sobre el hombre y en que este hecho ocurra en su presencia. Es decir, que tenga constancia inequívoca de que no hay malvado, a no ser que el espíritu se desvíe de la belleza eterna e inmutable de su Creador y se vuelva a la belleza de las criaturas, sacadas de la nada. Y honra a los que temen al Señor: por supuesto, el Señor mismo. El comienzo de la sabiduría es el temor del Señor. En resumidas cuentas: cuanto se ha dicho hasta ahora es patrimonio de los perfectos; lo que sigue a continuación se refiere a los debutantes.

El que jura a su prójimo y no lo engaña; el que no ha prestado su dinero con usura y no ha aceptado soborno contra los inocentes. No se trata de nada extraordinario. Pero el que no es capaz ni siquiera de practicar esto, tampoco lo será de decir la verdad en su corazón y de no practicar el engaño con su lengua, esto es, de decir la verdad tal como se halla en su corazón y de tener en la boca el sí, sí, o no, no. Tampoco será capaz de hacer mal alguno a su prójimo, es decir, a nadie, ni de aceptar injuria contra su prójimo. Todos estos extremos son patrimonio de los perfectos, en cuya presencia el malvado ha quedado reducido a la nada. No obstante, aunque se trata de cosas menores, concluye de esta manera: El que hace estas obras, nunca se verá movido. Es decir, tendrá acceso a aquellas realidades de porte mayor en las que se halla la magna e inamovible estabilidad. En cuanto a los tiempos verbales, tal vez no han variado sin razón, puesto que en la primera conclusión se usa el tiempo pretérito: el malvado en su presencia quedó reducido a la nada, mientras que aquí se usa el futuro: nunca se verá movido. (Comentarios a los salmos; salmo 14).

San Jerónimo:

“¿Por qué tus discípulos no respetan la tradición de los antepasados?” ¡Mira la necedad de los fariseos y escribas! Acusan al Hijo de Dios preguntándole por qué no observa las tradiciones y preceptos de los hombres.

“Pues no se lavan las manos para comer el pan”. Hay que lavar las manos, no las del cuerpo sino las del alma para que en ellas se realice la palabra de Dios.

“Él les respondió: Y, ¿por qué vosotros, por seguir vuestras tradiciones, no observáis el mandamiento de Dios?” Con una respuesta verdadera refuta la falsa calumnia. Vosotros, dice, que por respetar una tradición humana descuidáis los preceptos del Señor, ¿por qué pensáis que debo reprender a mis discípulos que hacen poco caso de las prescripciones de los antiguos para guardar las órdenes de Dios?…

“No es lo que entra en la boca lo que contamina al hombre, sino lo que sale de la boca, eso es lo que  contamina al hombre”. El término communicat (contamina) es propio de las Escrituras, no se usa en el lenguaje corriente. El pueblo judío, que se jactaba de ser el pueblo de Dios, llama alimentos comunes a aquellos que usan todos los hombres, a saber la carne de cerdo, las ostras, las liebres y todos los animales que no tienen la uña hendida ni rumian, como también los peces que no tienen escamas. Así está escrito en los Hechos de los Apóstoles: “Lo que Dios ha santificado no lo llames tú común”. Por eso lo que es común porque es ofrecido a los otros hombres y por así decir, excluido de la herencia de Dios, es tenido por impuro. “No es lo que entra en la boca lo que contamina al hombre, sino lo que sale de la boca, eso es lo que contamina al hombre”. El lector atento podría objetar: Si lo que entra en la boca no contamina al hombre, ¿por qué no nos alimentamos de las carnes ofrecidas a los ídolos? Y el Apóstol escribe: “No podéis beber de la copa del Señor y de la copa de los demonios”. Debemos saber que los mismos alimentos y todo lo que ha sido creado por Dios es puro en sí, pero su consagración a los ídolos y a los demonios los torna impuros…

“Porque del corazón salen los malos pensamientos, los homicidios, fornicaciones, etc”. “Del corazón”, dice, “salen los malos pensamientos”. Por tanto la facultad principal del alma no está en el cerebro como dice Platón, sino según Cristo en el corazón. De acuerdo a esto habría que refutar a los que piensan que el diablo inspira pensamientos y que éstos no nacen de nuestra propia voluntad. El diablo puede contribuir a los malos pensamientos, puede fomentarlos pero no puede ser su autor. Si bien, siempre al acecho, con sus excitaciones transforma en llama la débil chispa de nuestros pensamientos, no debemos pensar sin embargo que puede también sondear los secretos de los corazones. Él conjetura lo que pasa en nuestro interior según nuestras actitudes corporales y nuestros gestos… (Comentario al Ev. de Mateo, 15).

San Bernardo:

El hombre que vive en el mundo hace mucho con tener las manos limpias. Para el monje, en cambio, eso es muy poco; y es indigno de él no evitar toda clase de contactos con el mal.

 

A nosotros se nos pide tener las manos más limpias de toda falta, y más colmadas de justicia que ellos. A ellos se les dice: “Huid de la fornicación, y el que robaba, ya no robe”. Y otras cosas semejantes. Porque quienes tales cosas hacen no heredarán el reino de Dios. ¿Debemos tener nosotros tal inmundicia en las obras, y tan grave impureza en las manos? Cuanto más limpias están las manos tanto más resalta en ellas la menor mancha. Y el vestido lujoso desluce con la más pequeña mácula. Así ocurre en nosotros: una simple desobediencia es ya una mancha. Y la negligencia en nuestros actos o en los preceptos menos importantes, no es una pequeña imperfección, sino una falta muy grave…

 

Una vez limpias las manos, no por ello se llega inmediatamente al corazón. Es preciso purificar los labios con una atención y solicitud particular… ¿Quién es capaz de enumerar la cantidad de mezquindades que comete un miembro tan pequeño como la lengua? ¿Cuánta inmundicia no acumulan los labios impuros? ¿Cuánta maldad no profiere una boca indiscreta?…

Si los hombres habrán de dar cuenta en el día del juicio de toda palabra ociosa que profieren, ¿cuánto más rigurosa será la sentencia de la palabra mentirosa, mordaz e injuriosa, de la arrogante y lasciva, de la que calumnia y difama?…

Grandes son, en efecto, las ventajas de la palabra; y muy abundantes y fecundos sus frutos. El justo vive de la fe; la fe procede de la escucha y ésta viene de la Palabra de Dios. ¿Puede vivir el que no cree? ¿Y puede creer sin oír? ¿Y puede oír si no se le predica? Debemos prestarle, pues, gran atención y vigilancia, porque según la Escritura “la muerte y la vida están en poder de la lengua”. Si solamente nos diera vida, no tendríamos por qué reprimirla; si sólo muerte, deberíamos amputarla. Pongamos un guardia a nuestra boca y un centinela a la puerta de nuestros labios, para que no estén herméticamente cerrados a lo que nos proporciona la vida, ni salga libremente de ellos el veneno mortal. Vigilemos, por tanto, hermanos, nuestras obras, para no omitir lo que se nos manda, ni hacer lo que se nos prohíbe.

 

El profeta nos exhorta a esta doble vigilancia cuando dice: “Apártate del mal y haz el bien”. Vigilemos también nuestras palabras, para no ofender con ellas a Dios ni dañar al prójimo…

 

Creo, sin embargo, que no es todavía perfecto quien evita los pecados de la lengua, a no ser que lo comparemos con el que solamente atiende a sus obras… Es la vigilia del corazón, sobre la cual insiste de manera especial el Sabio, “porque es el manantial de la vida”… Los manantiales de las fuentes deben llenarse ellos mismos, para poder elevarse, rebosar y llenar otros recipientes. Lo mismo sucede al hombre: mientras no consiga el perfecto dominio de las manos y de la lengua, no puede dedicarse a su perfección, ni saborear el sosiego gozoso de la devoción, ni remontarse a las alturas de la contemplación divina… (Sermón 17. La triple vigilancia: de las manos, de la lengua y del corazón).

 

San Beda el Venerable:

Los hombres de la tierra de Genesaret, que parecían menos instruidos, no vienen solos, sino que llevan sus enfermos al Señor, para poder siquiera tocar la franja de su vestido. Pero los fariseos y escribas, que debieran ser los doctores del pueblo, acuden al Señor, no para buscar la salud, sino para promover controversias. “Acercáronse a Jesús los fariseos”, etc.

Habían recibido en un sentido material las palabras espirituales de los profetas, que se referían a la corrección del espíritu y del cuerpo, diciendo: “Lavaos y sed puros”; y: “Purificaos los que lleváis los vasos del Señor”, y observaban solamente estos preceptos lavándose el cuerpo. Por tanto, es necia la tradición de lavarse varias veces para comer, habiéndolo hecho ya una vez, y de no comer nada sin hacer antes estas purificaciones. Pero es necesario para los que desean participar del pan que baja del cielo, el purgar con frecuencia sus obras con limosnas, lágrimas y los demás frutos de justicia. Necesario es igualmente purificar bajo la acción incesante de los buenos pensamientos y obras las manchas que podamos contraer en los cuidados temporales de los negocios. Así, pues, inútilmente se lavan las manos los judíos y se purifican exteriormente mientras no lo hagan en la fuente del Salvador. En vano purifican sus vasos, siendo así que descuidan el lavar las verdaderas manchas de sus cuerpos, esto es, las del espíritu.
“Preguntábanle, pues, los escribas y fariseos: ¿Por qué razón tus discípulos no se conforman con la tradición de los antiguos, sino que comen sin lavarse las manos?”. (In Marcum, 2, 29).

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