13 de septiembre de 2015. Domingo 24º del tiempo ordinario -CICLO B.-

13 de septiembre de 2015

Domingo 24º del Tiempo Ordinario

- Ciclo B.-

 

Primera lectura

Lectura del libro de Isaías (50,5-9a):

El Señor me abrió el oído; yo no resistí ni me eché atrás: ofrecí la espalda a los que me apaleaban, las mejillas a los que mesaban mi barba; no me tapé el rostro ante ultrajes ni salivazos. El Señor me ayuda, por eso no sentía los ultrajes; por eso endurecí el rostro como pedernal, sabiendo que no quedaría defraudado. Tengo cerca a mi defensor, ¿quién pleiteará contra mí? Comparezcamos juntos. ¿Quién tiene algo contra mí? Que se me acerque. Mirad, el Señor me ayuda, ¿quién me condenará?
Palabra de Dios

 

Salmo

Sal 114, 1-9

R/. Caminaré en presencia del Señor en el país de la vida.
Amo al Señor, porque escucha mi voz suplicante, 

porque inclina su oído hacia mí 
el día que lo invoco. R/.

Me envolvían redes de muerte, 
me alcanzaron los lazos del abismo, 
caí en tristeza y angustia. 
Invoqué el nombre del Señor: 
«Señor, salva mi vida.» R/.

El Señor es benigno y justo, 
nuestro Dios es compasivo; 
el Señor guarda a los sencillos: 
estando yo sin fuerzas, me salvó. R/.

Arrancó mi alma de la muerte, 
mis ojos de las lágrimas, mis pies de la caída. 
Caminaré en presencia del Señor 
en el país de la vida. R/.

 

Segunda lectura

Lectura de la carta del apóstol Santiago (2,14-18):

¿De qué le sirve a uno, hermanos míos, decir que tiene fe, si no tiene obras? ¿Es que esa fe lo podrá salvar? Supongamos que un hermano o una hermana andan sin ropa y faltos del alimento diario, y que uno de vosotros les dice: «Dios os ampare; abrigaos y llenaos el estómago», y no les dais lo necesario para el cuerpo; ¿de qué sirve? Esto pasa con la fe: si no tiene obras, por sí sola está muerta. Alguno dirá: «Tú tienes fe, y yo tengo obras. Enséñame tu fe sin obras, y yo, por las obras, te probaré mi fe.»
Palabra de Dios

 

Evangelio

Lectura del santo evangelio según san Marcos (8,27-35):

En aquel tiempo, Jesús y sus discípulos se dirigieron a las aldeas de Cesarea de Felipe; por el camino, preguntó a sus discípulos: «¿Quién dice la gente que soy yo?»
Ellos le contestaron: «Unos, Juan Bautista; otros, Elías; y otros, uno de los profetas.»
Él les preguntó: «Y vosotros, ¿quién decís que soy?»
Pedro le contestó: «Tú eres el Mesías.»
Él les prohibió terminantemente decírselo a nadie. Y empezó a instruirlos: «El Hijo del hombre tiene que padecer mucho, tiene que ser condenado por los ancianos, sumos sacerdotes y escribas, ser ejecutado y resucitar a los tres días.» Se lo explicaba con toda claridad. 
Entonces Pedro se lo llevó aparte y se puso a increparlo. Jesús se volvió y, de cara a los discípulos, increpó a Pedro: «¡Quítate de mi vista, Satanás! ¡Tú piensas como los hombres, no como Dios!»
Después llamó a la gente y a sus discípulos, y les dijo: «El que quiera venirse conmigo, que se niegue a sí mismo, que cargue con su cruz y me siga. Mirad, el que quiera salvar su vida la perderá; pero el que pierda su vida por mí y por el Evangelio la salvará.»
Palabra del Señor

COLLATIONES

Hoy el Señor anuncia su Pasión a los discípulos, pero no sólo les anuncia que Él tiene que sufrir, sino que les avisa: El que quiera venirse conmigo, que se niegue a sí mismo, que cargue con su cruz y me siga. Mirad, el que quiera salvar su vida la perderá; pero el que pierda su vida por mí y por el Evangelio la salvará”. Y es que, Jesús se ofrece  en holocausto por amor, y abriéndonos el oído, como nos dice el profeta,  nos pide que ofrezcamos nuestros sufrimientos y humillaciones, y en definitiva nuestra vida, también por Él y por amor. Porque como dice San Gregorio de Nisa: “Si somos propiedad del que nos redimió, sigamos incondicionalmente al Señor, de modo que ya no vivamos para nosotros, sino para el que nos compró al precio de su vida: pues ya no somos dueños de nosotros mismos; nuestro Señor es aquel que nos compró y nosotros estamos sometidos a su dominio. En consecuencia, su voluntad ha de ser la norma de nuestro vivir”. Y nos explica San Agustín qué significa negarse a sí mismo y seguir a Cristo: “Sígale la Iglesia única en su totalidad…, niéguense a sí mismos, es decir, no presuman de sí; tomen su cruz, es decir, mientras están en el mundo toleren por Cristo cuantos sufrimientos les procure el mundo” “Duro y pesado parece el precepto del Señor de que quien quiera seguirle ha de negarse a sí mismo. Pero no es duro ni pesado lo que manda el que ayuda a hacer lo que manda… La caridad convierte en suave lo que los preceptos tienen de duro”.  

Hemos sido ungidos, pues como dice San Cirilo de Jerusalén: “Bautizados en Cristo y revestidos de Cristo, habéis sido hechos semejantes al Hijo de Dios…  Hechos, por tanto, partícipes de Cristo (que significa Ungido), con toda razón os llamáis ungidos”. Ya no nos pertenecemos, pertenecemos a Cristo y  debemos permanecer con Cristo, si queremos reinar con Él. Nos explica San Elredo que: “Hemos sido llamados a seguir las huellas de aquel que cuando lo insultaban, no devolvía el insulto; en su pasión no profería amenazas. Imitemos, por tanto, su pasión: pues quien dice que permanece en Cristo debe vivir como vivió él”. “Fuisteis llamados por Cristo; fuisteis llamados a compartir los sufrimientos de Cristo, con la expresa finalidad de que reinéis eternamente con Cristo”.

Al igual que la semana pasada, Jesús es reconocido como Mesías, y “les prohibió terminantemente decírselo a nadie” porque para salvarnos tenía que sufrir su Pasión. San Gregorio Nacianceno nos invita a imitarle diciéndonos: “Inmolémonos nosotros mismos a Dios, ofrezcámosle todos los días nuestro ser con todas nuestras acciones. Estemos dispuestos a todo por causa del Verbo; imitemos su pasión con nuestros padecimientos, honremos su sangre con nuestra sangre, subamos decididamente a su cruz”.

Dios nos abre el oído y recibimos la fe, a la pregunta: “Y vosotros, ¿quién decís que soy?” somos capaces de responder como Pedro: “Tú eres el Mesías”,  pero: “¿De qué le sirve a uno, hermanos míos, decir que tiene fe, si no tiene obras?”. La fe no nos puede salvar sin obras y la obra que Cristo nos pide es el amor, un amor sacrificado como el suyo, que se demuestra con nuestros actos de amor a Dios y al prójimo. Demos gloria a Dios con nuestras obras, como dice san Cirilo de Alejandría: “Y no porque le damos algo que él no tiene —ya que su inefable naturaleza divina es gloriosísima—, sino porque movemos a darle gloria a quien nos ve o recibe algún beneficio derivado de nuestras obras”.

 

San Agustín:

Duro y pesado parece el precepto del Señor de que quien quiera seguirle ha de negarse a sí mismo. Pero no es duro ni pesado lo que manda el que ayuda a hacer lo que manda. Pues también es cierto lo que se le dice en el salmo: Por las palabras de tus labios he seguido ásperos caminos. Y es verdadero también lo que dijo él mismo: Mi yugo es suave y mi carga ligera. La caridad convierte en suave lo que los preceptos tienen de duro…. Si, pues, la mayor parte de los hombres son como son sus amores, de ninguna otra cosa debe uno preocuparse en la vida sino de elegir lo que ha de amar. ¿De qué te extrañas de que el que ama a Cristo y quiere seguirlo, por fuerza del mismo amor se niegue a sí mismo? Pues si, amándose a sí mismo, el hombre se pierde, negándose a sí mismo, se reencuentra al instante.

El hombre se perdió por primera vez a causa del amor a sí mismo. Pues si no se hubiese amado y hubiese antepuesto a Dios a sí mismo, hubiese querido estar siempre sometido a Dios; no se hubiese inclinado a hacer su propia voluntad descuidando la de él. Amarse a uno mismo no consiste en otra cosa que en querer hacer la propia voluntad. Antepón a estas cosas la voluntad de Dios; aprende a amarte no amándote…

¿Qué significa: «niéguese a sí mismo»? No presuma de sí; advierta que es hombre y escuche el dicho profético: ¡Maldito todo el que pone su esperanza en un hombre! Retírese de sí mismo, pero no hacia abajo; retírese de sí mismo, mas para adherirse a Dios. Cuanto tiene de bueno, atribúyaselo a aquel por quien ha sido hecho; cuanto tiene de malo fue de cosecha propia. No hizo Dios lo que de malo existe en él: pierda lo que personalmente ha hecho quien se ha apartado de Dios: Niéguese a sí mismo —dice—, y tome su cruz y sígame.

¿A dónde hay que seguir al Señor? Sabemos adónde fue: hace muy pocos días hemos celebrado la fiesta solemne. En efecto, resucitó y subió al cielo: allí hay que seguirle. No hay motivo alguno para perder la esperanza; no porque el hombre pueda algo, sino porque Dios lo prometió. El cielo estaba lejos de nosotros antes de que nuestra cabeza subiese a él. ¿Por qué perder la esperanza si somos miembros de tal cabeza? Allí, pues, hemos de seguirle. ¿Y quién hay que no quiera seguirle a tal lugar, habida cuenta sobre todo de las muchas fatigas que, entre temores y dolores, se padecen en la tierra? ¿Quién no quiere seguir a Cristo al lugar en el que la felicidad es suma; la paz también y la seguridad, perpetuas? Cosa buena es seguirle a tal lugar; pero hay que ver por dónde. En efecto, el Señor Jesús no decía estas cosas después de haber resucitado. Aún no había resucitado; tenía que pasar por la cruz, la deshonra, las afrentas, la flagelación, la coronación de espinas, las llagas, los insultos, los oprobios, la muerte. Es como un camino abrupto: te convierte en perezoso, y no quieres seguirle. Síguele. Áspero es el camino que el hombre se hizo, pero está ya trillado al pisarlo Cristo en su regreso al Padre. En efecto, ¿quién no quiere caminar hacia la exaltación? A todos agrada la altura, pero la humildad es el peldaño para alcanzarla. ¿Por qué pones tu pie por encima de ti? Quieres caer, no subir. Comienza por el peldaño, y has subido. Este peldaño de la humildad lo querían ignorar los dos discípulos que decían: Señor, ordena que en tu reino uno de nosotros se siente a tu derecha y otro a tu izquierda. Buscaban la altura, no veían el peldaño. Pero el Señor se lo mostró. ¿Qué les respondió? ¿Podéis beber el cáliz que he de beber yo? Los que buscáis la cima más alta, ¿podéis beber el cáliz de la humildad? Por eso no dice simplemente: Niéguese a sí mismo y sígame, sino que añade: Tome su cruz y sígame.

¿Qué significa tome su cruz? Soporte lo que le sea molesto: sígame así. Cuando comience a seguirme en mis costumbres y preceptos, muchos le llevarán la contraria, muchos se lo impedirán, muchos le disuadirán, y esto de entre los que figuran como compañeros de viaje de Cristo. Al lado de Cristo caminaban quienes prohibían gritar a los ciegos. Por tanto, si quieres seguirle, convierte en cruz tanto las amenazas como los halagos o cualquier clase de prohibiciones; tolérala, sopórtala y no sucumbas. Parece que estas palabras del Señor exhortan al martirio. En caso de persecución, ¿no debe despreciarse todo por Cristo? Se ama el mundo, pero antepóngase el que hizo el mundo. Grande es el mundo, pero mayor el que hizo el mundo. Hermoso es el mundo, pero más hermoso el que hizo el mundo. Suave es el mundo, pero más suave el que hizo el mundo…

¿Cuál es el mundo que persigue? Aquel del que se nos dice: No améis el mundo ni lo que hay en el mundo. La caridad del Padre no está en quien ama el mundo. Porque cuanto hay en el mundo es concupiscencia de la carne, y concupiscencia de los ojos y ambición mundana, que no procede del Padre, sino del mundo. Y el mundo pasa y también su concupiscencia. En cambio, quien cumpla cabalmente la voluntad de Dios permanece en eterno, del mismo modo que también Dios permanece en eterno

Pero fijaos: el que persigue recibe el nombre de mundo; mostremos si también se llama mundo al perseguido. ¿Eres acaso sordo ante la voz de Cristo que dice, o mejor de las Escrituras santas que atestiguan: Dios estaba reconciliando consigo el mundo mediante Cristo? Si el mundo os odia —dice— sabed que antes me odió a mí. Ved que el mundo odia. ¿Qué odia sino al mundo? ¿Qué mundo? Dios estaba reconciliando consigo el mundo mediante Cristo. Persigue el mundo condenado; sufre persecución el mundo reconciliado. El mundo condenado es cuanto está fuera de la Iglesia; el mundo reconciliado es la Iglesia. Pues el Hijo del hombre no vino —dice— a juzgar el mundo, sino para que el mundo se salve por él.

Pero en este mundo santo, bueno, reconciliado, salvado; mejor, necesitado de salvación, de momento salvado en esperanza —en esperanza estamos salvados—; en este mundo, pues, es decir, en la Iglesia, que toda entera sigue a Cristo, a todos se ha dicho: Quien quiera seguirme, niéguese a sí mismo. Pues no es cosa que deban oír las vírgenes y no las casadas; o las viudas y no las esposas; o los monjes y no los casados; o los clérigos y no los laicos; al contrario, siga a Cristo la Iglesia entera, la totalidad del cuerpo, todos los miembros según sus funciones propias y distintas. Sígale la Iglesia única en su totalidad, sígale la paloma, la esposa, la redimida y la que recibió en dote la sangre de Cristo. En ella encuentra su lugar específico la integridad virginal; en ella encuentra su lugar propio la continencia de los viudos; en ella la castidad conyugal; en ella no tiene lugar ni el adulterio ni la lascivia ilícita y merecedora de castigo. Sigan a Cristo estos miembros que tienen allí su lugar, cada uno en su género, en su puesto, a su manera; niéguense a sí mismos, es decir, no presuman de sí; tomen su cruz, es decir, mientras están en el mundo toleren por Cristo cuantos sufrimientos les procure el mundo. Amen al único que no decepciona, el único que no sufre engaño, el único que no engaña. Ámenle porque es verdad lo que promete. Mas como no lo da al instante, la fe titubea. Resiste, persevera, aguanta, soporta la dilación, y has cargado con tu cruz. (Sermón 96).

 

Amé, porque el Señor oirá la voz de mi oración. Cante esto el alma que peregrina hacia el Señor; cante esto la oveja extraviada; cante esto el hijo que había muerto, y revivió, se había perdido, y fue encontrado; cante esto nuestra alma, hermanos e hijos carísimos. Nos instruyamos, y permanezcamos, y cantemos esto con los santos: Amé, porque el Señor oirá la voz de mi oración. ¿Por ventura el motivo de amar es porque oirá el Señor la voz de mi oración? ¿Y no es más bien la causa de amar el habernos oído? ¿O es que amamos para que nos oiga? ¿Luego qué quiere decir: Amé, porque oirá? ¿Quizá dijo que amó porque la esperanza suele suscitar el amor, ya que esperó que Dios había de oír la voz de su oración?

¿De dónde procedió esperar esto? Porque inclinó —dice— su oído hacia mí y en mis días le invoqué. Luego le amé porque me oirá, y me oirá porque inclinó su oído hacia mí. Pero ¿cómo sabes, alma humana, que Dios inclinó su oído hacia ti si no es porque dices: “Creí”? Luego aquí se dan estas tres cosas: la fe, la esperanza y la caridad, pues porque creíste esperaste, y porque esperaste amaste. Por tanto, si pregunto yo: ¿Por qué creyó el alma que su Dios inclinó hacia ella su oído?; ¿no responderá: “Porque primeramente nos amó, y no perdonó a su propio Hijo, sino que le entregó por todos nosotros”? ¿Cómo invocarán a Aquel en quien no creyeron —dice el Doctor de las gentes— o cómo creerán a Aquel a quien no oyeron? ¿Y cómo oirán, si no hay quién predique? ¿O cómo le predicarán, si no son enviados?  Al contemplar todas estas cosas hechas conmigo, ¿cómo no creeré que el Señor inclinó su oído hacia mí? De tal modo realzó su amor para con nosotros, que Cristo murió por los impíos. Al predicarme estas cosas los hermosos pies de aquellos que anunciaron la paz, que anunciaron los bienes, puesto que todo el que invocare el nombre del Señor se salvará; creí que su oído se inclinó hacia mí: Y en mis días le invoqué.

¿Qué días tuyos son éstos, puesto que dijiste: En mis días te invoqué? ¿Por ventura son aquellos en los que llegó el cumplimiento del tiempo y envió Dios a su Hijo, el cual había dicho: En tiempo aceptable te oí y en el día de la salud te ayudé? Oíste por boca del predicador que vino hacia ti con pies hermosos: He aquí ahora el tiempo aceptable, ved aquí ahora el tiempo de la salud, y creíste, y en tus días invocaste y dijiste: ¡Oh Señor!, libra a mi alma. Existen ciertamente estos días; pero con más propiedad puedo denominar a mis días, días de mi miseria, días de mi mortalidad, días de Adán llenos de trabajo y sudor, días de antigua podredumbre. Pues, yaciendo yo en tierra, estoy sumergido en el cieno del abismo; y así exclamé en otro salmo: He aquí que constituiste viejos mis días: pues bien, en estos días míos te invoqué. Por tanto, se diferencian mis días de los días de mi Señor. Llamo días míos a los que Él me permitió pasar con particular audacia, por la cual le abandoné; pero como Él reina en todas las partes y es omnipotente y todo lo sostiene, merecí la cárcel; es decir, recibí los grillos de la mortalidad y las tinieblas de la ignorancia. En estos días míos invoqué, puesto que yo también clamo en otro lugar: Saca de la cárcel a mi alma. Mas como llega a su presencia el gemido de los presos, en el día de la salud que me ofreció me ayudó. En estos días míos me rodearon dolores de muerte, peligros de infierno cayeron sobre mí, los cuales no me hubieran sobrevenido si no me hubiera alejado de ti. Ellos me salieron al encuentro; sin embargo, yo, que me gozaba en las cosas prósperas del mundo, en las cuales engañan más los peligros del infierno, no los vi.

Pero aun después que encontré la tribulación y el dolor invoqué el nombre del Señor. Me estaba oculta la tribulación y el dolor útil; la tribulación, por la cual auxilia a quien se dijo: Socórrenos en la tribulación, porque vana es la salud del hombre. Yo pensaba que debía alegrarme y regocijarme con la falaz salud del hombre, pero al oír de mi Señor: Bienaventurados los que lloran, porque ellos serán consolados, no esperé a perder primeramente los bienes temporales con los que me recreaba y después llorar, sino que inmediatamente puse la mirada en mi misma miseria, con la que me recreaba en las cosas que temía perder y no podía retener; puse con vehemencia y fortaleza la mirada en ella, y me vi no sólo atormentado con las contrariedades de este inundo, sino también encadenado con sus prosperidades, así encontré la tribulación y el dolor que se me escondían e invoqué el nombre del Señor. ¡Oh Señor!, libra a mi alma. ¡Miserable hombre yo! ¿Quién me librará del cuerpo de esta muerte? La gracia de Dios por Jesucristo Señor nuestro. Diga, pues, el santo pueblo de Dios: Encontré la tribulación y el dolor e invoqué el nombre del Señor, y oigan los residuos de las gentes que todavía no invocan el nombre del Señor; oigan y busquen para que encuentren la tribulación y el dolor e invoquen el nombre del Señor, y así se salven. No les decimos que busquen la miseria que no tienen, sino que perciban la que tienen ignorándolo. Tampoco les deseamos que carezcan de los bienes terrenos necesarios, de los cuales necesitan mientras viven la vida mortal, sino que lloren, porque, habiendo perdido la hartura celeste por los bienes terrenos, no merecieron necesitar los bienes estables para gozarse, sino los necesarios para sustentarse. Reconozcan y lloren este infortunio; los haga bienaventurados llorosos el que no quiso que fuesen siempre infelices.

Misericordioso y justo es el Señor, y nuestro Dios se compadece. Es misericordioso y justo y se compadece. Primeramente es misericordioso, porque inclinó su oído hacia mí; y yo ignoraba que el oído de mi Dios se acercó a mi boca si no me hubiesen excitado los hermosos pies a que invocase; pues ¿quién le invocó sino aquel que primeramente fue llamado por Él? Luego de aquí que primeramente es misericordioso. Es justo, porque azota, y de nuevo misericordioso, porque recibe por hijo. El Apóstol dice que castiga a todo aquel que recibe por hijo; por tanto, debe serme tan consolador cuando castiga como dulce cuando me recibe. ¿Cómo no ha de castigar el Señor custodiando a los pequeñuelos, siendo así que les busca para que sean herederos ya de grandes? ¿Qué hijo hay a quien su padre no castigue? Fui humillado, y me salvó. Me salvó porque fui humillado. No es penal, sino saludable, el dolor que el médico produce cuando saja.

Luego vuelve, alma mía, a tu reposo, porque el Señor hizo el bien contigo; no por tus méritos o fuerzas, sino porque el Señor te hizo el bien. Porque arrancó —dice— a mi alma de la muerte. Maravilloso es, carísimos hermanos, que después de haber dicho que su alma debe volver al descanso, porque el Señor le hizo el bien, añada: porque arrancó a mi alma de la muerte. ¿Acaso se vuelve al descanso porque fue eximida de la muerte? Pero ¿no suele decirse más bien que con la muerte se consigue el descanso? En fin, ¿cuál es la actividad del alma por la cual la vida le sea un descanso y la muerte una inquietud? Luego debe ser tal la actividad del alma, que tienda a la seguridad tranquila, mas no que aumente la desgracia desasosegada, porque la arrancó de la muerte el que, compadeciéndose de ella, dijo: Venid a mí todos los que estáis cansados, y yo os aliviaré; tomad sobre vosotros mi yugo y aprended de mí, que soy manso y humilde de corazón, y hallaréis descanso para vuestras almas, porque mi yugo es suave, y mi carga ligera. Por tanto, la actividad del alma que tiende al descanso debe ser seguir el camino de Cristo mansa y humilde, no perezosa y desidiosa, para que termine su carrera conforme está escrito: Hijo, con mansedumbre ejecuta tus obras a perfección. Así, pues, para que la mansedumbre no condujese a la inactividad se añadió: Ejecuta perfectamente tus obras. Dice esto no porque acontezca, lo que sucede en esta vida, que el descanso del sueño nos restablece para la acción, sino porque la acción buena conduce siempre al vigilante descanso. (Comentario a los salmos; Salmo 114).

San Cirilo de Jerusalén:

Bautizados en Cristo y revestidos de Cristo, habéis sido hechos semejantes al Hijo de Dios. Porque Dios nos predestinó para la adopción, nos hizo conformes al cuerpo glorioso de Cristo. Hechos, por tanto, partícipes de Cristo (que significa Ungido), con toda razón os llamáis ungidos; y Dios mismo dijo de vosotros: No toquéis a mis ungidos.

Fuisteis convertidos en Cristo al recibir el signo del Espíritu Santo: pues con relación a vosotros todo se realizó en símbolo e imagen; en definitiva, sois imágenes de Cristo.

Por cierto que él, cuando fue bautizado en el río Jordán, comunicó a las aguas el fragante perfume de su divinidad y, al salir de ellas, el Espíritu Santo descendió substancialmente sobre él como un igual sobre su igual.

Igualmente vosotros, después que subisteis de la piscina, recibisteis el crisma, signo de aquel mismo Espíritu Santo con el que Cristo fue ungido. De este Espíritu dice el profeta Isaías en una profecía relativa a sí mismo, pero en cuanto que representaba al Señor: El Espíritu del Señor está sobre mí, porque el Señor me ha ungido; me ha enviado para dar la buena noticia a los que sufren.

Cristo, en efecto, no fue ungido por los hombres ni su unción se hizo con óleo o ungüento material, sino que fue el Padre quien lo ungió al constituirlo Salvador del mundo, y su unción fue el Espíritu Santo tal como dice san Pedro: Jesús de Nazaret, ungido por Dios con la fuerza del Espíritu Santo, y anuncia también el profeta David: Tu trono, oh Dios, permanece para siempre; cetro de rectitud es tu cetro real. Has amado la justicia y odiado la impiedad: por eso el Señor, tu Dios, te ha ungido con aceite de júbilo entre todos tus compañeros.

Cristo fue ungido con el aceite espiritual de júbilo, es decir, con el Espíritu Santo, que se llama aceite de júbilo, porque es el autor y la fuente de toda alegría espiritual, pero vosotros, al ser ungidos con ungüento material, habéis sido hechos partícipes y consortes del mismo Cristo. (Catequesis 21; Mistagógica III, 1-3). 

San Gregorio de Nacianceno:

Nosotros hemos de tomar parte en esta fiesta ritual de la Pascua en un sentido evangélico, y no literal; de manera perfecta, no imperfecta; no de forma temporal, sino eterna. Tomemos como nuestra capital, no la Jerusalén terrena, sino la ciudad celeste; no aquella que ahora pisan los ejércitos, sino la que resuena con las alabanzas de los ángeles.

Sacrifiquemos no jóvenes terneros ni corderos con cuernos y pezuñas, más muertos que vivos y desprovistos de inteligencia, sino más bien ofrezcamos a Dios un sacrificio de alabanza sobre el altar del cielo, unidos a los coros celestiales. Atravesemos la primera cortina, avancemos hasta la segunda y dirijamos nuestras miradas al Santísimo.

Yo diría aún más: inmolémonos nosotros mismos a Dios, ofrezcámosle todos los días nuestro ser con todas nuestras acciones. Estemos dispuestos a todo por causa del Verbo; imitemos su pasión con nuestros padecimientos, honremos su sangre con nuestra sangre, subamos decididamente a su cruz.

Si eres Simón Cireneo, coge tu cruz y sigue a Cristo. Si estás crucificado con él como un ladrón, como el buen ladrón confía en tu Dios. Si por ti y por tus pecados Cristo fue tratado como un malhechor, lo fue para que tú llegaras a ser justo. Adora al que por ti fue crucificado, e, incluso si estás crucificado por tu culpa, saca provecho de tu mismo pecado y compra con la muerte tu salvación. Entra en el paraíso con Jesús y descubre de qué bienes te habías privado. Contempla la hermosura de aquel lugar y deja que, fuera, quede muerto el murmurador con sus blasfemias.

Si eres José de Arimatea, reclama el cuerpo del Señor a quien lo crucificó, y haz tuya la expiación del mundo.

Si eres Nicodemo, el que de noche adoraba a Dios, ven a enterrar el cuerpo, y úngelo con ungüentos.

Si eres una de las dos Marías, o Salomé, o Juana, llora desde el amanecer; procura ser el primero en ver la piedra quitada, y verás también quizá a los ángeles o incluso al mismo Jesús.  (Sermón 45, 23-24)

 

San Cirilo de Alejandría:

Cristo es para nosotros el tipo, el principio y la imagen de la vida sobrenatural, y nos ha demostrado claramente cómo debemos vivir. Los evangelistas nos lo explican con mucha exactitud. Con sus palabras, Cristo nos enseña que, si ejercemos el ministerio que se nos ha confiado y cumplimos los mandamientos de Dios, le damos gloria con nuestras obras. Y no porque le damos algo que él no tiene —ya que su inefable naturaleza divina es gloriosísima—, sino porque movemos a darle gloria a quien nos ve o recibe algún beneficio derivado de nuestras obras.

Dice el Salvador: Alumbre vuestra luz a los hombres para que vean vuestras buenas obras y den gloria a vuestro Padre que está en el cielo. Cuando obramos por Dios con fortaleza y perfección, no busquemos por ningún concepto atraer hacia nosotros la gloria que se deriva, sino procuremos poner de relieve el honor y la gloria del Dios todopoderoso.

Y si llevamos una vida odiosa a Dios e impía, contaminando su inefable gloria, seremos justamente castigados, pues que nuestra alma será merecedora de castigo, y sentiremos como dichas a nosotros las palabras del profeta: Todo el día, sin cesar, ultrajan mi nombre. Y cuando, por el contrario, realizamos obras virtuosas, hagámoslo de modo que Dios sea glorificado.

Por eso, cuando hayamos llevado a cabo la misión que Dios nos ha confiado, seremos elevados, de acuerdo con nuestros méritos, a la libertad de los verdaderos y legítimos hijos, recibiendo de Dios, a quien hemos dado gloria con nuestras obras, una gloria paralela —valga la expresión— a nuestros méritos.

Esta es la palabra del Señor: Porque a los que me honran, yo les honro, pero los que me desprecian son viles. (Comentario sobre el evangelio de san Juan (Lib 11, 6).

 

San Elredo de Rieval:

Tomemos en consideración estas cuatro realidades: el comportamiento vital de Cristo, su pasión, su resurrección y su ascensión. En efecto, apareció en el mundo y vivió entre los hombres para llamar a los suyos. Padeció para redimir, resucitó para justificar, subió a los cielos para glorificar. Llamó a los suyos de tres maneras: con la doctrina, con el ejemplo, con los milagros. Lo que enseñó con la palabra lo cumplió con las obras, lo confirmó con los milagros. Y con esta trilogía todo el mundo se convirtió a Dios. Pues los apóstoles fueron, proclamaron el evangelio por todas partes, y el Señor actuaba con ellos y confirmaba la palabra con los signos que los acompañaban.

Sigue la pasión: y muy oportunamente por cierto. Pues de tal modo hemos de amar la doctrina de Cristo, de tal modo hemos de abrazarnos a la obediencia de sus preceptos, tan sabroso ha de sernos el amor de Cristo, que ni muerte, ni vida, ni aflicción, ni angustia puedan apartarnos del amor de Dios manifestado en Cristo.

Muchos, en efecto, animados por el ejemplo de Cristo, fieles a la doctrina recibida, combatieron felizmente hasta la efusión de la sangre por la fe en que fueron iniciados. A la pasión sigue la resurrección. Porque quien ha muerto con Cristo, necesariamente ha de resucitar con él. Pero existe una primera resurrección consistente en la justificación del alma: a ésta le sigue la segunda, es decir, la glorificación de los cuerpos, para que, salvados en cuerpo y alma, participemos de aquella maravillosa ascensión, por la que el Cristo total, esto es, cabeza y cuerpo, es acogido en la Jerusalén celestial.

Pero considerad, hermanos, vuestra vocación; considerad también los frutos de esta misma vocación. Fijaos cómo fuisteis llamados por Cristo; a qué fuisteis llamados, cuál es la utilidad de vuestra vocación. Fuisteis llamados por Cristo; fuisteis llamados a compartir los sufrimientos de Cristo, con la expresa finalidad de que reinéis eternamente con Cristo. Y hemos sido llamados de tres modos: mediante un aviso exterior, a través de la emulación de los buenos, por una oculta inspiración.

El aviso exterior dice relación con la doctrina, la emulación de los buenos apunta al ejemplo, la oculta inspiración connota el milagro. Y ¿cabe mayor milagro que aquella admirable transformación de nuestro ser, por la que, en un momento, el hombre de impuro se convierte en puro, humilde de soberbio, de irascible en paciente, santo de impío. Pero que no se adscriba este milagro ni al predicador elocuente, ni al que lleva a los ojos de los hombres una vida laudable, sino que la alabanza ha de recaer más bien en aquel que, así como sopla donde quiere, así también sopla cuando quiere, e inspira el bien en la medida que quiere.

Así pues, de estos tres modos hemos sido llamados a seguir las huellas de aquel que cuando lo insultaban, no devolvía el insulto; en su pasión no profería amenazas. Imitemos, por tanto, su pasión: pues quien dice que permanece en Cristo debe vivir como vivió él.

San Gregorio de Nisa:

Cuando se nos enseña que Cristo es la redención y que para redimirnos él mismo se entregó como precio, confesamos al mismo tiempo que, al constituirse en precio de cada una de las almas y otorgándonos la inmortalidad, nos ha convertido —a nosotros comprados por él dando vida por muerte— en posesión suya propia. Ahora bien, si somos propiedad del que nos redimió, sigamos incondicionalmente al Señor, de modo que ya no vivamos para nosotros, sino para el que nos compró al precio de su vida: pues ya no somos dueños de nosotros mismos; nuestro Señor es aquel que nos compró y nosotros estamos sometidos a su dominio. En consecuencia, su voluntad ha de ser la norma de nuestro vivir.

Y así como cuando la muerte nos oprimía con tiránica dominación, todo en nosotros lo disponía la ley del pecado, así ahora que estamos destinados a la vida es lógico que nos gobierne la voluntad del Todopoderoso, no sea que renunciando por el pecado a la voluntad de vivir, nuevamente caigamos por decisión propia bajo la impía dominación del pecado.

Esta reflexión nos unirá más estrechamente al Señor, sobre todo si escucháramos a Pablo llamarle unas veces Pascua, otras sacerdote: porque Cristo se inmoló por nosotros como verdadera Pascua, y, en calidad de sacerdote, el mismo Cristo se ofreció a Dios en sacrificio. Se entregó —dice— por nosotros como oblación y víctima de suave olor. Lo cual es una lección para nosotros. Pues quien ve que Cristo se ha entregado a Dios como oblación y víctima y se ha convertido en nuestra Pascua, él mismo presenta su cuerpo a Dios como hostia viva, santa, agradable, hecho un culto razonable. El modo de realizar el sacrificio es: no ajustarse a este mundo, sino transformarse por la renovación de la mente, para saber discernir lo que es la voluntad de Dios, lo bueno, lo que le agrada, lo perfecto.

En efecto, la voluntad amorosa de Dios no puede manifestarse en la carne no sacrificada por la ley del espíritu, ya que la tendencia de la carne es rebelarse contra Dios, y no se somete a la ley de Dios. De donde se sigue que si antes no se ofrece la carne —mortificado todo lo terreno que hay en ella y con lo que condesciende con el apetito—como hostia viva, no puede llevarse a cabo sin dificultad en la vida de los creyentes la voluntad de Dios agradable y perfecta. Igualmente, la mera consideración de que Cristo se ha erigido en propiciación nuestra a partir de su sangre, nos induce a constituirnos en nuestra propia propiciación y, mortificando nuestros miembros, lograr la inmortalidad de nuestras almas.

Y cuando se dice que Cristo es el reflejo de la gloria de Dios e impronta de su ser, la expresión nos sugiere la idea de su adorable majestad. En efecto, Pablo inspirado por el Espíritu de Dios e instruido directamente por Dios, que en el abismo de generosidad, de sabiduría y conocimiento de Dios había rastreado lo arcano y recóndito de los misterios divinos; y, sintiéndose incapaz de expresar en lenguaje humano los esplendores de aquellas cosas que están más allá de toda indagación o investigación y que sin embargo le habían sido divinamente reveladas, para que los oídos de sus oyentes pudieran captar la inteligencia que él tenía del misterio, echa mano de algunas aproximaciones, hablando en tanto en cuanto sus palabras eran capaces de trasvasar su pensamiento. (Tratado sobre el perfecto modelo del cristiano).

 

Todos los santos arrostraron los peligros, movidos por su confianza en Dios y la libre confesión de su fe, y ofrecieron su cuerpo a quienes querían desgarrarlo y martirizarlo de mil maneras, pero ninguna dificultad logró doblegarlos o disuadirlos, en la esperanza de conseguir como premio de su sangre y de sus preclaras gestas el honor del reino de los cielos.

Por él aceptó Abrahán la orden de sacrificar a su hijo; Moisés hubo de bandearse entre las asperezas y dificultades del desierto, Elías llevó en la soledad una vida dura; y todos los profetas rodaron por el mundo vestidos con pieles de oveja y de cabra, oprimidos, maltratados. Por él y a causa del evangelio, los evangelistas fueron infamados y los mártires lucharon contra los tormentos de los tiranos.

Y todo el que es realmente hombre racional e imagen de Dios y se ha familiarizado con las realidades sublimes y celestiales, no quiere estar, ni ser resucitado junto con los hombres que vuelven a la vida, a menos de ser considerado digno de ser alabado por Dios y recibir los honores tributados al siervo bueno.

Con este propósito, también David hace suya la sed de la cierva para expresar lo vehemente de su deseo de Dios; ansía ver el rostro de Dios, para gozarse con unos abrazos que caen bajo el dominio de la inteligencia. Y Pablo desea ser despojado del cuerpo, como de un vestido pesado e incómodo, para estar con Cristo: ambos a dos no piensan sino en el gozo bienaventurado e indefectible. De no existir este amor, todo lo demás no pasa de ser —como muy bien dice el Predicador— vaciedad sin sentido.

Por tanto, cristianos, que compartís el mismo llamamiento, huid de este modo de pensar, digno de ladrones y maleantes, y no consideréis una suerte escapar del suplicio; amad más bien los trofeos y las coronas que Dios tiene preparados para los atletas de la justicia; anhelad sinceramente el bautismo, recibid el talento y cuidad de que no quede improductivo: de esta forma —como quiere la parábola— se os dará autoridad sobre diez ciudades. Pues quien, habiendo sido sepultado al recibir el bautismo, esconde su talento en tierra, oirá ciertamente lo que se le dijo al empleado negligente y holgazán. Quien recientemente ha sido iluminado y su modo de obrar no es consecuente con su fe, es como si hubiera cometido un delito.

Estuvo cautivo, reo de innumerables crímenes, vivió bajo el régimen del miedo al juicio y del terror al día de la cuenta. De repente, la benevolencia del rey abrió la cárcel, dejó en libertad a los malhechores. Alabado sea quien concedió la amnistía, el que, con su generosa bondad, conservó la vida a quienes no esperaban vivir. Que este tal tome conciencia de sí mismo y viva en la humildad: que no se gloríe, como si hubiera realizado una gran proeza, por el hecho de haber sido liberado de las cadenas. Porque el perdón de los crímenes es exponente de la misericordia del que lo ha concedido, no signo de la presunta rectitud del perdonado. (Discurso sobre el bautismo)

San Ireneo de Lyon:

El sacrificio puro y acepto a Dios es la oblación de la Iglesia, que el Señor mandó que se ofreciera en todo el mundo, no porque Dios necesite nuestro sacrificio, sino porque el que ofrece es glorificado él mismo en lo que ofrece, con tal de que sea aceptada su ofrenda. La ofrenda que hacemos al rey es una muestra de honor y de afecto; y el Señor nos recordó que debemos ofrecer nuestras ofrendas con toda sinceridad e inocencia, cuando dijo: Si cuando vas a poner tu ofrenda sobre el altar, te acuerdas allí mismo de que tu hermano tiene quejas contra ti, deja allí tu ofrenda ante el altar y vete primero a reconciliarte con tu hermano, y entonces vuelve a presentar tu ofrenda. Hay que ofrecer a Dios las primicias de su creación, como dice Moisés: No te presentarás al Señor, tu Dios, con las manos vacías; de este modo, el hombre, hallado grato en aquellas mismas cosas que a él le son gratas, es honrado por parte de Dios.

Y no hemos de pensar que haya sido abolida toda clase de oblación, pues las oblaciones continúan en vigor ahora como antes: el antiguo pueblo de Dios ofrecía sacrificios, y la Iglesia los ofrece también. Lo que ha cambiado es la forma de la oblación, puesto que los que ofrecen no son ya siervos, sino hombres libres. El Señor es uno y el mismo, pero es distinto el carácter de la oblación, según sea ofrecida por siervos o por hombres libres; así la oblación demuestra el grado de libertad. Por lo que se refiere a Dios, nada hay sin sentido, nada que no tenga su significado y su razón de ser. Y, por esto, los antiguos hombres debían consagrarle los diezmos de sus bienes; pero nosotros, que ya hemos alcanzado la libertad, ponemos al servicio del Señor la totalidad de nuestros bienes, dándolos con libertad y alegría, aun los de más valor, pues lo que esperamos vale más que todos ellos; echamos en el cepillo de Dios todo nuestro sustento, imitando así el desprendimiento de aquella viuda pobre del Evangelio.

Es necesario, por tanto, que presentemos nuestra ofrenda a Dios y que le seamos gratos en todo, ofreciéndole, con mente sincera, con fe sin mezcla de engaño, con firme esperanza, con amor ferviente, las primicias de su creación. Esta oblación pura sólo la Iglesia puede ofrecerla a su Hacedor, ofreciéndole con acción de gracias del fruto de su creación.

Le ofrecemos, en efecto, lo que es suyo, significando, con nuestra ofrenda, nuestra unión y mutua comunión, y proclamando nuestra fe en la resurrección de la carne y del espíritu. Pues, del mismo modo que el pan, fruto de la tierra, cuando recibe la invocación divina, deja de ser pan común y corriente y se convierte en eucaristía, compuesta de dos realidades, terrena y celestial, así también nuestros cuerpos, cuando reciben la eucaristía, dejan ya de ser corruptibles, pues tienen la esperanza de la resurrección. (Tratado contra las herejías; Lib 4,18, 1-2.4.5).

Últimas publicaciones

Dirección

Monasterio Cisterciense Ntra. Sra. de la Paz
Carril de los Vidales 20
30593 La Palma, Cartagena (Murcia)
Teléfono: 968 55 42 25
Website: http://monasteriodelapalma.es
Email: ocsomclp@gmail.com

Enlaces de interés