27 de septiembre de 2015. Domingo 26º del tiempo ordinario-CICLO B.-

27 de septiembre de 2015

Domingo 26º del Tiempo Ordinario

- Ciclo B.-

Primera lectura

Lectura del libro de los Números (11,25-29):

El Señor bajó en la nube y habló a Moisés; tomó parte del espíritu que había en él y se lo pasó a los setenta ancianos. Cuando el espíritu de Moisés se posó sobre ellos, comenzaron a profetizar, pero esto no volvió a repetirse. Dos de ellos se habían quedado en el campamento, uno se llamaba Eldad y otro Medad. Aunque estaban entre los elegidos, no habían acudido a la tienda. Pero el espíritu vino también sobre ellos y se pusieron a profetizar en el campamento. 
Un muchacho corrió a decir a Moisés: «Eldad y Medad están profetizando en el campamento.»
Josué, hijo de Nun, ayudante de Moisés desde joven, intervino diciendo: «¡Señor mío, Moisés, prohíbeselo!»
Moisés replicó: «¿Tienes celos por mí? ¡Ojalá que todo el pueblo profetizara y el Señor infundiera en todos su espíritu!»
Palabra de Dios

 

Salmo

Sal 18, 8-14

R/. Los mandatos del Señor son rectos y alegran el corazón

La ley del Señor es perfecta
y es descanso del alma;
el precepto del Señor es fiel
e instruye al ignorante. R/.

La voluntad del Señor es pura
y eternamente estable;
los mandamientos del Señor son verdaderos
y enteramente justos. R/.

Aunque tu siervo vigila
para guardarlos con cuidado,
¿quién conoce sus faltas?
Absuélveme de lo que se me oculta. R/.

Preserva a tu siervo de la arrogancia,
para que no me domine:
así quedaré libre e inocente
del gran pecado. R/.

 

Segunda lectura

Lectura de la carta de Santiago (5,1-6):

Vosotros los ricos, gemid y llorad ante las desgracias que se os avecinan. Vuestra riqueza está podrida y vuestros vestidos son pasto de la polilla. Vuestro oro y vuestra plata están oxidados y este óxido será un testimonio contra vosotros y corroerá vuestras carnes como fuego. ¿Para qué amontonar riquezas si estamos en los últimos días? Mirad, el jornal de los obreros que segaron vuestros campos y ha sido retenido por vosotros está clamando y los gritos de los segadores están llegando a oídos del Señor todopoderoso. En la tierra habéis vivido lujosamente y os habéis entregado al placer; con ello habéis engordado para el día de la matanza. Habéis condenado, habéis asesinado al inocente, y ya no os ofrece resistencia.
Palabra de Dios

 

Evangelio

Lectura del santo evangelio según san Marcos (9,38-43.45.47-48):

En aquel tiempo, Juan dijo a Jesús: «Maestro, hemos visto a uno que expulsaba demonios en tu nombre y se lo hemos prohibido, porque no es de nuestro grupo.»
Jesús replicó: «No se lo prohibáis, porque nadie que haga un milagro en mi nombre puede luego hablar mal de mí. Pues el que no está contra nosotros está a favor nuestro. Os aseguro que el que os dé a beber un vaso de agua porque sois del Mesías no quedará sin recompensa. Al que sea ocasión de pecado para uno de estos pequeños que creen en mí, más le valdría que le colgaran del cuello una piedra de molino y lo echaran al mar. Y si tu mano es ocasión de pecado para ti, córtatela. Más te vale entrar manco en la vida, que ir con las dos manos al fuego eterno que no se extingue. Y si tu pie es ocasión de pecado para ti, córtatelo. Más te vale entrar cojo en la vida, que ser arrojado con los dos pies al fuego eterno. Y si tu ojo es ocasión de pecado para ti, sácatelo. Más te vale entrar tuerto en el reino de Dios que ser arrojado con los dos ojos al fuego eterno, donde el gusano que roe no muere y el fuego no se extingue.»
Palabra del Señor

 

COLLATIONES

 

Hoy vamos a dejar que San Agustín nos explique por qué el Señor dice a sus discípulos que no prohíban echar demonios en su nombre. La razón es que  en realidad, aquel que no le seguía con los discípulos, pero que expulsaba demonios en su nombre, estaba con ellos: “Pues el que no está contra nosotros está a favor nuestro”. Dice San Agustín que: “Lo que debieron prohibirle era el estar fuera de su compañía, para persuadirle la unidad de la Iglesia, no aquello en que estaba con ellos, encareciendo el nombre de su Maestro y Señor con la expulsión de los demonios. Así actúa la Iglesia católica al no reprobar en los herejes los sacramentos comunes; en lo que a éstos respecta, ellos están con nosotros y no contra nosotros”.

Os aseguro que el que os dé a beber un vaso de agua porque sois del Mesías no quedará sin recompensa” Nos comenta San Agustín, hablando de aquel que echaba demonios, que: “El suyo era el caso frecuente de hombres que no se atreven aún a recibir los sacramentos de Cristo y, sin embargo, favorecen al nombre cristiano, hasta acoger a cristianos por el único motivo de que son cristianos… Efectivamente, éstos, incluso antes de asociarse al número de los cristianos, son más útiles que aquellos otros que, llamándose ya cristianos e imbuidos incluso de los sacramentos cristianos, persuaden tales cosas que arrastran consigo al castigo eterno a aquellos a quienes las persuaden. A esos les da el nombre de miembros; y, como si se tratase de una mano o un ojo que es ocasión de pecado, manda arrancarlos del cuerpo, es decir, de la misma sociedad de la unidad, siendo mejor llegar a la vida sin su compañía que ir a la gehena con ellos”.

Al final el Señor nos muestra que “Como existe en la Católica lo que no es católico, así puede haber algo católico fuera de la Católica” (San Agustín).   Si uno está fuera de la Iglesia, pero no está contra nosotros está a favor nuestro”, y si uno está en la Iglesia pero es ocasión de pecado para uno de estos pequeños que creen en mí, más le valdría que le colgaran del cuello una piedra de molino y lo echaran al mar”.

Más aún, si un miembro del propio cuerpo, tu mano, tu pie,… , son ocasión de pecado para ti, córtatelos. Pero mira primero lo que dice el salmo: “Los mandatos del Señor son rectos y alegran el corazón”, “Aunque tu siervo vigila para guardarlos con cuidado, ¿quién conoce sus faltas? Absuélveme de lo que se me oculta”.  Porque como leemos en el comentario que hace San Agustín del salmo: “No sea que, como hombre que soy, se me infiltren algunos y, en cuanto tal, me vea sorprendido por ellos: Límpiame de mis pecados ocultos, Señor”.

Y hablando de pecados ocultos, la segunda lectura nos habla de algo que parece no ser pecado en sí, pero fijaos lo que dice San Basilio a los ricos: “Si hubieses amado a tu prójimo, sin duda hubieras repartido con él tu dinero. Mas ahora tienes pegadas a ti las riquezas más estrechamente que los miembros del cuerpo, y cuando se separan de ti te duele lo mismo que si te cortasen la parte más principal de él”. Está diciendo al rico que su riqueza es el miembro de su cuerpo que debe cortarse, porque lo pone en ocasión de pecar.

Qué cierto es lo que pregunta el salmo: “¿quién conoce sus faltas?”, y no menos cierto lo que nos invita a pedir a Dios: “Absuélveme de lo que se me oculta”.

 

San Agustín:

Le respondió Juan y le dijo: Maestro, hemos visto a uno que expulsaba los demonios en tu nombre y no viene con nosotros, y se lo hemos prohibido. Jesús le dijo: No se lo prohibáis; no hay nadie que haga milagros en mi nombre y pueda luego hablar mal de mí. Pues el que no está contra vosotros, está con vosotros. Lucas refiere esto de modo semejante, si exceptuamos que él no dice: «No hay nadie que haga milagros en mi nombre y pueda luego hablar mal de mí». No hay, pues, cuestión alguna de discordancia. Pero hay que ver si esto parece contrario a aquella sentencia del Señor que dice: Quien no está conmigo, está contra mí, y el que no recoge conmigo, desparrama. ¿Cómo no estaba contra él este que no estaba con él, de quien sugiere Juan que no seguía a Jesús con ellos, si está contra él quien no está con él? O, si estaba contra él, ¿cómo dice a sus discípulos: No se lo prohibáis, pues el que no está contra vosotros, está con vosotros? ¿O dirá alguien que la diferencia está en que aquí dijo a sus discípulos: El que no está contra vosotros, está de parte vuestra, mientras que allí habló de sí mismo: Él que no está conmigo, está contra mí? ¡Como si pudiese no estar con él el que se asocia como miembro a sus discípulos!

De lo contrario, ¿cómo será verdad: Quien a vosotros os recibe, a mí me recibe, y cuando lo hicisteis a uno de los míos más pequeños, a mí me lo hicisteis? O ¿puede no estar tampoco contra él quien estuviere contra sus discípulos? ¿Dónde quedará entonces aquello: Quien a vosotros desprecia, a mí me desprecia, y cuando no lo hicisteis a uno de mis pequeños, a mí no me lo hicisteis ciertamente, Saulo, Saulo, por qué me persigues? ¿No perseguía a sus discípulos? Pero quiere que se entienda esto: en tanto no está alguien con él en cuanto está contra él, y en tanto no está contra él, en cuanto está con él. Por ejemplo: este que hacía milagros en el nombre de Cristo y no estaba en el grupo de los discípulos de Jesús, en la medida en que obraba milagros en su nombre, en esa misma medida estaba con ellos y no contra ellos; pero en la medida en que no se adhería a su grupo, en esa misma medida no estaba con ellos y estaba contra ellos. Pero como ellos le prohibieron hacer aquello en lo que estaba con ellos, les dijo el Señor: No se lo prohibáis. Lo que debieron prohibirle era el estar fuera de su compañía, para persuadirle la unidad de la Iglesia, no aquello en que estaba con ellos, encareciendo el nombre de su Maestro y Señor con la expulsión de los demonios. Así actúa la Iglesia católica al no reprobar en los herejes los sacramentos comunes; en lo que a éstos respecta, ellos están con nosotros y no contra nosotros. Pero desaprueba y prohíbe la división y separación o alguna sentencia contraria a la paz y la verdad; pues en esto están contra nosotros, porque en esto no están con nosotros ni con nosotros recogen y, en consecuencia, desparraman.

Sigue diciendo Marcos: Todo el que os dé a beber un vaso de agua fría en mi nombre, porque sois de Cristo, os digo que no perderá su recompensa. Y todo el que escandalizare a uno de estos pequeños que creen en mí, le sería mejor que le pusieran al cuello una piedra de molino y lo arrojaran al mar. Si tu mano te es ocasión de pecado, córtatela; te es mejor entrar débil en la vida que ir con las dos manos a la gehena, al fuego inextinguible, donde su gusano no muere y el fuego no se apaga, etc. Esto lo dijo el Señor, después que vetó la prohibición a aquel que en su nombre expulsaba demonios y que no le seguía con los discípulos. Marcos lo menciona a continuación, introduciendo algunas cosas que ningún otro evangelista refirió, otras que trae Mateo y otras además que traen tanto Mateo como Lucas. Pero ellos tomando pie de otras circunstancias y en otro orden de acontecimientos, no en este lugar en que se aludió a aquel que no le seguía con los discípulos de Cristo y expulsaba demonios en su nombre.

Por eso a mí me parece que, según el relato verídico de Marcos, el Señor dijo en este lugar cosas que dijo también en otros, porque combinaban bien con esta su sentencia por la que vetaba que se prohibiese hacer milagros en su nombre, incluso a quien no le seguía en compañía de sus discípulos. Así enlazó: Pues quien no está contra vosotros, está de parte vuestra. Todo el que os diere a beber un vaso de agua en mi nombre, porque sois de Cristo, os digo en verdad que no perderá su recompensa. Con esto mostró que tampoco aquel a quien había aludido Juan, y de quien tomó origen este su discurso, se separaba tanto del grupo de los discípulos que lo censurase, como hacen los herejes; el suyo era el caso frecuente de hombres que no se atreven aún a recibir los sacramentos de Cristo y, sin embargo, favorecen al nombre cristiano, hasta acoger a cristianos por el único motivo de que son cristianos. De ellos dice que no perderán su recompensa; no porque ya deban verse protegidos y seguros por la benevolencia que tienen hacia los cristianos, aunque no estén lavados con el bautismo de Cristo ni estén incorporados a su unidad, sino porque ya están gobernados por la misericordia de Dios de tal manera que llegan a esos hechos y salen seguros de este mundo.

Efectivamente, éstos, incluso antes de asociarse al número de los cristianos, son más útiles que aquellos otros que, llamándose ya cristianos e imbuidos incluso de los sacramentos cristianos, persuaden tales cosas que arrastran consigo al castigo eterno a aquellos a quienes las persuaden. A ésos les da el nombre de miembros; y, como si se tratase de una mano o un ojo que es ocasión de pecado, manda arrancarlos del cuerpo, es decir, de la misma sociedad de la unidad, siendo mejor llegar a la vida sin su compañía que ir a la gehena con ellos. Separarse de ellos consiste en no darles asentimiento cuando persuaden al mal, esto es, cuando son ocasión de pecado. Y cuando los buenos con quienes tratan llegan a conocer también dicha perversidad, se les aparta completamente de la común compañía y hasta de la participación en los sacramentos divinos. Si, por el contrario, ya resultan conocidos a algunos, mientras que a la mayoría aún es desconocida esta maldad, han de ser tolerados como se tolera la paja en la era antes de la bielda, de manera que ni se les dé asentimiento, comulgando así en su iniquidad, ni se abandone la sociedad por causa de ellos. Esto lo hacen los que tienen sal en sí mismos y paz entre ellos.

(Concordancia de los evangelistas, libro cuarto, 5-6).

 

“Pusilo de Lamasba dijo: Creo que el bautismo saludable sólo existe en la Iglesia católica. Cuanto hay fuera de la Católica es simulación”.

Ciertamente es verdad que el bautismo saludable sólo existe en la Iglesia católica. Puede, en efecto, existir fuera de la Católica, pero no es saludable allí, ya que no causa allí la salud; al igual que el buen olor de Cristo no es saludable en los que perecen, no por su culpa, sino por la de aquéllos.

Cuanto hay fuera de la Católica es simulación, ciertamente, pero en cuanto no es católico. Puede haber, en cambio, algo católico fuera de la Católica, como pudo estar el nombre de Cristo fuera de la compañía de Cristo, y en ese nombre arrojaba los demonios aquel que no le seguía con sus discípulos. En efecto, la simulación puede existir también en la Iglesia católica, sin duda en los que renuncian al mundo de palabra y no de obra; pero no por ello es católica la simulación. Como existe en la Católica lo que no es católico, así puede haber algo católico fuera de la Católica.            

(Tratado sobre el bautismo, libro VII, 39, 76-77).

 

Errores pastorales. —En la cuestión que tratamos hay también quienes, fijándose en los preceptos de severidad, que nos recuerda que hay que reprender a los inquietos, no echar lo santo a los perros, tener como gentil al que desprecia a la Iglesia, arrancar de la trabazón del cuerpo el miembro que escandaliza, perturban la paz de la Iglesia de tal modo que se empeñan antes de tiempo en separar la cizaña; y, obcecados más bien con este error, ellos mismos se separan de la unidad de Cristo. Este es nuestro contencioso contra el cisma de Donato. Y no precisamente con los que conocieron a Ceciliano, acusado no de crímenes verdaderos, sino calumniosos, sin cejar hipócritamente en su perniciosa opinión, sino con aquellos a quienes decimos: que aunque hubiesen sido malos aquellos por cuya causa vosotros no estáis en la Iglesia, sin embargo, vosotros debisteis permanecer en la Iglesia, soportando a quienes de ningún modo podíais mejorar ni separar”. Otros, por el contrario, vacilando al observar que está demostrada o predicha la mezcolanza de buenos y malos en la Iglesia, y al conocer los preceptos de la paciencia (que nos hacen tan firmes que, aunque aparezca en la Iglesia la cizaña, no se paraliza por eso ni nuestra fe ni nuestra caridad, para separarnos de la Iglesia, aunque veamos que en ella crece también la cizaña), piensan que hay que abandonar la disciplina de la Iglesia, censurando a los responsables por cierta perversísima pasividad en lo que hay que evitar y en lo que se debe hacer, sin preocuparse de lo que haga cada uno.

No hay que abandonar la Iglesia por causa de los malos ni descuidar la disciplina contra los mismos malos —Nosotros creemos de veras, por los testimonios de unos y de otros, que pertenece a la doctrina sana moderar la vida y las ideas para que toleremos a los perros también en la Iglesia por la paz de la misma Iglesia, sin echar tampoco lo santo a los perros cuando la paz de la Iglesia está segura. Empero, cuando ya por negligencia de los responsables, ya por alguna necesidad excusable, ya por ocultas permisividades, encontramos en la Iglesia malos a quienes no podemos corregir ni sujetar con la disciplina eclesiástica —que no se levante en nuestro corazón la presunción impía y perniciosa de creer que hay que separarnos de ellos para no contaminarnos con sus pecados, y de este modo intentar arrastrar con nosotros discípulos como limpios y santos, pero separados tanto de la trabazón de la unidad como de la compañía de los malos —, entonces que vengan a nuestra mente aquellas parábolas de la Escritura con las profecías divinas y los ejemplos certísimos donde se demuestra y predice que los malos han de estar mezclados con los buenos hasta el fin del siglo y hasta el tiempo del juicio; y que nada ha de suceder dentro de la unidad y participación de los sacramentos a los buenos que no consientan con sus obras. Además, como a los que rigen la Iglesia les asiste, salva la paz de la Iglesia, la potestad de la disciplina para ejercerla contra los impíos y malvados, entonces debemos animarnos de nuevo con el acicate de otros preceptos que se refieren a la severidad de la represión, para que no nos durmamos por cobardía y pereza. Dirigiendo así nuestros pasos por el camino del Señor, con la guía y ayuda de ambos testimonios, ni nos abandonemos so pretexto de la paciencia ni nos ensañemos por razón de celo.

 (La fe las obras, 4-6).

 

Después de rogar al Señor que nos purifique de nuestros pecados ocultos y libre a sus siervos de los pecados ajenos, debemos entender lo que significa para cantar de manera racional, no como cantan los pájaros. Porque con relativa frecuencia vemos que los hombres enseñan a los mirlos, loros, cuervos, urracas u otras aves de este tipo, a repetir sonidos cuyo significado desconocen. La voluntad de Dios ha concedido a la naturaleza humana cantar sabiendo lo que canta… Todos y cada uno hemos rogado al Señor en este cántico diciéndole: Purifícame de mis pecados ocultos, Señor, y libra a tu siervo de los ajenos. Si no llegan a dominarme, entonces seré irreprochable, y quedaré purificado del gran pecado. Para conocer bien de qué trata y su importancia, vamos a recorrer brevemente, con la ayuda de Dios, el texto del salmo…

¿Quieres conocer cuán rápidamente recorrió su camino (el de Cristo)? Su punto de salida fue la cima del cielo, y su carrera llega hasta la extremidad del cielo. Después de haber salido y haber regresado deshaciendo el camino, envió el Espíritu Santo. Se vieron lenguas como de fuego repartidas sobre aquellos sobre los que vino. El Espíritu Santo vino como fuego para consumir la hierba de la carne y para fundir y purificar el oro. Vino como fuego y por eso prosigue: Y no hay quien se libre de su calor.

La ley del Señor es intachable y convierte las almas. La ley es aquí personificación del Espíritu Santo. El testimonio del Señor es fiel y otorga sabiduría a los pequeños, no a los orgullosos. Nueva referencia al Espíritu Santo.

Las justicias del Señor son rectas, no terroríficas, y alegran el corazón. Esto es el Espíritu Santo. El precepto del Señor es radiante y da luz a los ojos, sin ofuscarlos. No a los ojos carnales, sino a los del corazón. No a los ojos del hombre exterior, sino a los del hombre del interior. De nuevo es el Espíritu Santo.

El temor del Señor: no el servil, sino el casto: el que ama gratis, el que no teme el castigo de la persona temida, sino verse apartado de la persona amada. Este es el temor casto, no aquel al que echa fuera la caridad perfecta, sino el que permanece por los siglos de los siglos. Aquí aparece el Espíritu Santo. Es decir, es el Espíritu quien lo dona, quien lo entrega, y quien lo infunde. Los juicios del Señor son verdaderos, y se justifican por un único objetivo fomentar no las discordias del cisma, sino la comunión de la unidad. Esto es lo que significa por un único objetivo. Otra obra del Espíritu Santo. Por eso hizo que aquéllos sobre quienes vino por vez primera hablaran las lenguas de todas las naciones: porque comunicó su intención de agrupar en la unidad todas las lenguas. Lo que aquel día realizaba un solo hombre después de recibir el Espíritu Santo: hablar él solo todas las lenguas, lo hace actualmente la unidad misma: hablarlas todas. Y en la época actual un solo hombre habla en todas las naciones todas las lenguas, un solo hombre, cabeza y cuerpo, un único hombre: Cristo y la Iglesia, el varón perfecto, él esposo y ella esposa. Serán dos, dice, en una sola carneLos juicios de Dios son verdaderos y se justifican por un único objetivo: la unidad.

Más apetecibles que oro y piedras preciosas en cantidad. Puede tratarse de mucho oro, de oro muy valioso, o de algo muy apetecible. Con todo, aunque es mucho, para el hereje es poco. No coinciden con nosotros en el objeto del amor, y, no obstante, confiesan a Cristo con nosotros. Ama conmigo a ese mismo Cristo al que confiesas conmigo. Pero quien no quiere ese mismo objetivo, lo rehúsa, se resiste a él, lo rechaza. No le resulta más apetecible que oro y piedras preciosas en cantidad. Oye otra cosa: Más dulces que la miel y el panal. Pero el texto va contra el que yerra: la miel sabe amarga al que tiene fiebre, pero dulce y agradable al que está sano, ya que es apreciada en relación con la salud. Más apetecibles que oro y piedras preciosas en cantidad y más dulces que la miel y el panal.

También tu siervo los guarda. La dulzura de los mandamientos la muestra tu siervo guardándolos, no hablando. Tu siervo los guarda porque ahora son dulces y más tarde serán saludables. Porque en guardarlos hay una gran recompensa. Sin embargo, el hereje, prefiriendo su inquina, ni ve su resplandor ni percibe su dulzura.

¿Quién conoce los pecados? Padre, perdónalos porque no saben lo que hacen. Por tanto, dice, este es siervo: el que mantiene esta dulzura, la suavidad de la caridad, el amor de la unidad. Y yo, que la mantengo, te pregunto: ¿Quién conoce los pecados? No sea que, como hombre que soy, se me infiltren algunos y, en cuanto tal, me vea sorprendido por ellos: Límpiame de mis pecados ocultos, Señor. Esto es lo que hemos cantado, y hasta este punto he llegado en mi exposición. Digamos y cantemos comprendiendo lo que cantamos, cantando oremos y orando consigamos lo que pedimos. Digamos: Límpiame de mis pecados ocultos, Señor. Porque ¿quién conoce sus pecados? Si se vieran las tinieblas, se conocerían los pecados. La realidad es que nos hallamos en la luz cuando deploramos nuestros pecados. Pero, cuando alguien se halla enfundado por su propio pecado como si tuviera los ojos velados u ofuscados que le impiden verlo. Lo propio te pasaría a ti: si te vendan los ojos, no ves nada, ni siquiera la venda. Por consiguiente, al Dios que sabe ver lo que hay que depurar y sabe examinar lo que hay que sanar digámosle: Límpiame de mis pecados ocultos, Señor. Y libra a tu siervo de los ajenos. Mis propios pecados, dice, me contaminan, y los ajenos me afligen. Límpiame éstos, líbrame de aquéllos. Arranca de mi corazón los malos pensamientos, ahuyenta de mí al mal asesor. Es decir, límpiame de mis pecados ocultos, y libra a tu siervo de los ajenos. Pues estas dos clases de pecados, que son a la vez propios y ajenos, aparecieron por vez primera ya en los orígenes. El diablo cayó por su propio pecado, Adán cayó por el ajeno. Este mismo siervo de Dios que guarda sus mandamientos, a los que va unida una gran recompensa, ora también en otro salmo de esta manera: Que no venga a mí el pie de la soberbia, y que la mano de los pecadores no me mueva. Que no venga a mí el pie de la soberbia, es decir: límpiame de mis pecados ocultos, Señor y que las manos de los malvados no me muevan, que equivale a  y libra a tu siervo de los pecados ajenos.

Si no llegan a dominarme. Se entiende de mis pecados ocultos y de las faltas ajenas. Entonces seré irreprochable. Esto no osa atribuirlo a sus propias fuerzas, sino que ruega al Señor que lo haga realidad. A él se dice en otro salmo: Dirige mis vías según tu palabra, que ninguna maldad me domine. Si eres cristiano, no temas al hombre, que domina solo sobre lo exterior; teme siempre al Señor tu Dios. Teme al mal que hay en ti, es decir, tus apetencias viciosas; no temas lo que Dios ha realizado en ti, sino lo que tú mismo te has hecho. Dios hizo de ti un siervo bueno; tú te has creado en tu corazón un amo malvado. Con razón te ves sometido a la maldad; con razón te hallas dominado por el amo que tú mismo te has hecho, ya que no quisiste someterte a quien te hizo.

Pero si no llegan a dominarme mis pecados, dice, entonces seré irreprochable y quedaré limpio del gran pecado. ¿De qué pecado pensamos que se trata? ¿Cuál es ese gran pecado? Quizá sea algo distinto del que voy a hablaros, pero no quiero ocultar lo que pienso. Y entiendo que el gran pecado es el orgullo. Esto quizá esté expresado de otro modo en aquel otro pasaje: y quedaré limpio del gran pecado. ¿Os preguntáis sobre la magnitud de este pecado que derrocó al ángel, que del ángel hizo un diablo, clausurándole para siempre el reino de los cielos? Gran pecado es este, que es, además, cabeza y causa de todos los pecados. Está escrito, efectivamente, que el comienzo del pecado es todo tipo de orgullo. Y para que no lo desestimes como si fuera algo leve, dice: El comienzo del orgullo del hombre es apostatar de Dios. Este vicio no es un mal leve, hermanos míos. A este vicio, presente en esas personas que veis pavonearse, le desagrada la humildad cristiana. Por culpa de este vicio desdeñan someter su cuello al yugo de Cristo, uncidos más en corto al yugo del pecado. En efecto, no se libran de la condición de siervos. No quisieron serlo, pero les conviene serlo. Al negarse a ser siervos, lo que hacen es renunciar a ser siervos de un buen Amo, no dejar de ser siervos. Porque quien no quiera ser siervo de la caridad, forzosamente lo será de la maldad. En este vicio, raíz de todos los demás, porque de él nacen todos, tuvo su origen el apostatar de Dios. El alma fue a parar a las tinieblas, usando mal del libre albedrío, a lo que siguieron también los demás pecados; de hecho, dilapidó toda su fortuna, derrochándola con prostitutas y, forzado por la pobreza, se convirtió en porquerizo el que era socio de los ángeles. A causa de este vicio, a causa de este gran pecado de orgullo, vino Dios en humildad. Este motivo, este gran pecado, esta gran enfermedad de las almas, hizo bajar del cielo al médico todopoderoso, lo humilló hasta tomar la forma de siervo, lo cubrió de insultos, lo colgó del madero para que, por la eficacia de una medicina tan extraordinaria, se cure esta hinchazón. Ya es hora de que se ruborice el hombre de ser soberbio cuando Dios se ha hecho humilde por él. ¡De este modo, dice, quedaré limpio del gran pecado, puesto que Dios resiste a los orgullosos y concede su gracia a los humildes.

Y por ello, que las palabras de mi boca te complazcan, y el meditar de mi corazón estará siempre en tu presencia Porque, si no quedo limpio de este gran pecado, mis palabras agradarán en presencia de los hombres, pero no en tu presencia. El alma orgullosa desea agradar en presencia de los hombres. El alma humilde desea agradar en lo secreto, donde Dios ve, de modo que, si agrada a los hombres con sus buenas obras, felicita a aquellos a quienes agrada la obra buena, no a sí misma pues le debe bastar haber hecho la obra buena. Pues esta es, dice el Apóstol, nuestra gloria, el testimonio de nuestra conciencia. En consecuencia, digamos también lo que sigue: Señor, ayudador mío y redentor mío. Auxiliador mío en el bien, redentor de mis males. Ayudador para habitar en tu caridad; redentor para que me libres de mi maldad. (Comentarios a los salmos; salmo 18, sermón 2º).

 

San Basilio el Grande:

Por eso el que ama al prójimo como a sí mismo, no posee más que su prójimo. Pero tú te presentas con muchas riquezas. ¿De dónde pues, te han venido sino de que has pospuesto a tus comodidades, el bienestar de muchos? De manera que cuanto más abundas en riquezas, tanto menor es tu caridad. Que si hubieses amado a tu prójimo, sin duda hubieras repartido con él tu dinero. Mas ahora tienes pegadas a ti las riquezas más estrechamente que los miembros del cuerpo, y cuando se separan de ti te duele lo mismo que si te cortasen la parte más principal de él. Si hubieras vestido al desnudo, si hubieras dado tu pan al hambriento, si hubieras abierto tus puertas al peregrino, si te hubieras hecho padre de los huérfanos, si te hubieras compadecido del enfermo, ¿qué riquezas, dime, te costaría dejar? ¿Cómo habías de llevar a mal, dejar lo que te quedaba, si ya antes habías procurado distribuirlo a los necesitados? Además, a ninguno le cuesta dar su dinero en las ferias cuando por él se provee de otras cosas necesarias; y cuando por poco dinero se hace con alguna cosa de mucha estima, se alegra porque ha negociado con felicidad; y ¿tú te entristeces porque das oro y plata y riquezas; es decir, piedra y polvo, para poseer la vida eterna?

Mas ¿en qué emplearás la riqueza? ¿Te vestirás con precioso traje? Bástate una túnica de dos codos, y un solo manto puede satisfacer la necesidad de vestidos. ¿Gastarás tus riquezas en comidas? Un solo pan basta para saciar el vientre. Pues ¿por qué te entristeces? ¿Qué es lo que pierdes? ¿La gloria que nace de las riquezas? Si no buscases la gloria terrena, encontrarías la verdadera y resplandeciente gloria que te condujera al reino de los cielos. Pero el mismo poseer las riquezas es cosa deleitosa, aunque ningún provecho resulte de ella. Mas todos sabéis que el deseo de las cosas inútiles es irracional. Te parecerá increíble lo que voy a decir, y es más cierto que cualquier otra cosa. La riqueza, repartida de la manera que el Señor manda, suele durar; retenida, pasa a manos de otro. Si la guardas, no la poseerás; si la repartes, no la perderás. Porque, “La distribuyó, se la dio a los pobres; su justicia permanecerá para siempre”. Pero la mayor parte de los hombres apetecen la riqueza, no por los vestidos o alimentos, sino que ha discurrido el diablo el artificio de sugerir a los ricos mil ocasiones de gastar su dinero, hasta el punto de procurarse como necesario lo superfluo y lo inútil, y de no bastarle nada para los gastos que tienen premeditados. Dividen su riqueza para la necesidad presente y para la que vendrá; y separan una parte para ellos, y otra para sus hijos. Después dividenla también para diversas ocasiones que tengan de gastar. Escucha las cosas a que las destinan: Este dinero, dicen, usémoslo; este otro quede escondido. Lo destinado a nuestros usos, traspase los límites de la necesidad: esto gástese en la opulencia doméstica, aquello sirva para el fausto exterior; esto suministre gastos en abundancia al que tenga que hacer un viaje, aquello proporcione al que quede en casa una vida opípara y fastuosa; de suerte que me admiro de los gastos inútiles en que se piensa. Poseen innumerables carrozas: unas conducen los equipajes; otras, cubiertas de bronce y plata, les conducen a ellos mismos. Numerosos caballos, cuya raza se aprecia por la nobleza de los padres, como se hace entre los hombres. Unos llevan a estos voluptuosos a través de la ciudad, otros prestan sus servicios en la casa, otros en los viajes. Los frenos, los correajes, los collares: todo de plata, todo adornado con oro. Mantos de púrpura adornan a los caballos como a unos esposos; muchedumbre de mulos de distinto color: sus aurigas se suceden unos a otros, caminando unos delante, otros detrás. El número de los demás sirvientes es infinito y suficiente para toda clase de ostentación: mayordomos, despenseros, agricultores, peritos en todas las artes, tanto en las necesarias como en las deleitables y voluptuosas; cocineros, panaderos, coperos, cazadores, escultores, pintores, operarios de toda clase de placer. Manadas de camellos, unos para llevar cargas, otros para que anden por las selvas; multitud de caballos y de bueyes, rebaños de ovejas y de puercos; sus respectivos pastores; campos que no sólo basten para alimentar a todos estos, sino que aumenten aún con sus cosechas las riquezas; balneario en la ciudad; balneario en el campo; casas que brillan con mármoles de toda clase: unos de piedra frigias, otros de incrustaciones lacónicas o tesálicas; y de estas casas, unas calientan en invierno, otras refrescan en el verano. El pavimento adornado con variedad de piedrecitas; el oro reviste la techumbre. Los trozos de pared en que no hay incrustaciones, están adornados con flores pintadas.

Y, cuando distribuidas las riquezas en mil usos, sobran todavía: entonces las entierran y las guardan en sitios escondidos. — No sabemos lo que ha de suceder; a lo mejor nos sobrevienen necesidades inesperadas-. Tampoco sabes si has de necesitar el oro enterrado: lo que sabes como cierto es el castigo que merecen las costumbres inhumanas. Después que no puedes gastar el oro en un sin número de invenciones, lo ocultas debajo de la tierra. Locura increíble: cavar la tierra cuando el oro estaba en las minas; y volverlo a esconder en la tierra después de haberlo descubierto. Seas quien fueres el que entierras las riquezas; con ellas entierras tu corazón. Porque “donde está tu tesoro, dice la Escritura, allí está también tu corazón”. Por eso los mandamientos entristecen su corazón, porque les parece intolerable la vida, si no la emplean en gastos inútiles. Y lo que le sucede a este joven, sucede a los que le imitan; me parece semejante a lo que sucedería a un viajero que, arrastrado por el deseo de ver una ciudad, se dirigiese a ella apresuradamente; pero que, deteniéndose en las primeras hosterías de junto a la muralla, se abstuviese por la pereza de moverse un poco más, e hiciese inútil el trabajo que se había impuesto, privándose de ver las bellezas de la ciudad. Tales son los que quieren cumplir los demás mandamientos sin desprenderse de sus riquezas. A no pocos he conocido yo que ayunaban, que oraban, que gemían, que ejercitaban toda clase de piedad que no exige gasto alguno; pero que ni un óbolo daban a los pobres. ¿Qué les aprovecha a estos el ejercicio de las demás virtudes? Porque no les ha de recibir el reino de los cielos: pues “más fácil es, dice, que un camello entre por el ojo de una aguja, que el que un rico entre en el reino de los cielos”. Tan terminante es la sentencia, infalible el que la dice, pero raros los que la practican. -Más, ¿cómo viviremos, me decís, si lo dejamos todo?- ¿Qué especie de vida habrá, si todos venden lo que tienen y se quedan sin más?- No me preguntéis cómo se entienden las órdenes establecidas. Sabe el legislador armonizar lo imposible con la Ley. Tu corazón se pesa como en una balanza, para ver si se inclina a la verdadera vida o a las delicias presentes.

Conviene que ponderen los prudentes que el uso de las riquezas se les ha concedido para que sean los repartidores de ellas, no para gozar: deben alegrarse cuando se desprenden de ellas, como el que deja lo ajeno, y no llevarlo a mal como si perdiesen una cosa suya. ¿Por qué te afliges? ¿Por qué se exacerba tu corazón cuando oyes: “Vende lo que tienes?” Si hubieran de acompañarte tus bienes a la vida futura, ni aún así los habías de desear con tanto afán; pues los obscurecerán aquellos premios de allí; pero habiéndoles de dejar necesariamente aquí, ¿por qué no sacamos de ellos la ganancia que se nos promete si los vendemos? Mas tú cuando das oro y compras un caballo, no te entristeces; ¿y cuando se trata de dar estas cosas perecederas para recibir por ellas el reino de los cielos, derramas lágrimas, rechazas al que te las pide y rehúsas darlas inventando mil causas para tus gastos?

¿Qué vas a responder al juez, tú que vistes a las paredes, y no vistes al hombre; que adornas a los caballos, y desprecias a tu hermano cubierto de harapos; que dejas que se pudra el trigo, y no alimentas a los hambrientos; que entierras el oro, y abandonas al oprimido? Y si te acompaña una esposa que también sea amante de las riquezas, la enfermedad se duplica: porque da más pábulo a las comodidades, aumenta el ansia de placeres y excita el aguijón de los caprichos vanos, pensando en hacerse con piedras preciosas, margaritas, esmeraldas y jacintos; forjando y entretejiendo oro; y aumentando la enfermedad con toda clase de vanidades.

Y no se cuidan de esto alguna que otra vez, sino que de día y de noche están pensando en lo mismo. Y son innumerables los aduladores que van en pos, al servicio de sus apetitos: llaman a tintoreros, a cinceladores en oro, a perfumistas, a tejedores, a bordadores. Y no le dejan a uno ni tiempo para respirar, por los continuos encargos que le dan. No hay riquezas que puedan satisfacer los caprichos de una mujer, ni aun cuando corriesen por los ríos: pues compran el ungüento que viene del extranjero lo mismo que si fuese aceite de la plaza. Añádanse a esto las flores marítimas, la púrpura, las plumas de ave, y la lana más abundante que la de las ovejas. El oro ensartando piedras de inmenso precio adorna sus frentes y sus cuellos, está incrustado en sus cinturones, y ata sus manos y sus pies; porque las mujeres avaras de oro, se gozan de atarse con esposas, con tal que sea de oro lo que las ata. Pues ¿cuándo cuidará de su alma el que está al cuidado de los caprichos de una mujer? Así como los turbiones y las tempestades hunden los navíos que están podridos, así también las perversas inclinaciones de las mujeres, sumergen las almas débiles de sus esposos. Pues distribuyéndose entre el marido y la mujer las riquezas en tantos usos, venciéndose mutuamente en la invención de nuevas vanidades, no es extraño que ninguna oportunidad tengan de mirar por los extraños. Si oyes: “Vende lo que tienes, y dalo a los pobres” para que tengas provisión durante el viaje a la felicidad eterna, te marchas tristes; pero si oyes: da dinero a las mujeres derrochadoras, dáselo a los cinceladores, a los escultores, a los que trabajan en piedras, a los pintores; entonces te alegras como si con tu dinero alcanzaras cosa más preciosa. ¿No ves estas murallas derruidas por la acción del tiempo, cuyos restos se levantan como escollos alrededor de toda la ciudad? ¡Cuántos pobres había en la ciudad cuando se construyeron, quienes por trabajar en ellas eran despreciados por los ricos de entonces! Y ¿dónde está el espléndido aparato de las obras? ¿Dónde, aquél tan alabado por la magnificencia de estas cosas? (*). ¿No han desaparecido y venido los muros a tierra lo mismo que los que hacen los niños con arena: mientras que está en el infierno aquel a quien ahora le pesará del empeño que puso en cosas vanas? Ensancha tu corazón: los muros grandes o pequeños cubren la misma necesidad. Cuando entro en la casa de un hombre vanidoso y que hasta el fin de su vida no acaba de enriquecerse, y veo su morada brillar con toda clase de adornos; veo que para él no hay cosa más estimable que lo visible, pues hermosea las cosas inanimadas y tiene sin adornar su alma. Dime, ¿qué utilidad mayor te proporcionan los lechos de plata, las mesas de plata, los asientos y sillas de marfil, si por usar tales cosas no llegan las riquezas a los pobres que se agolpan a tus puertas, lanzando toda clase de gemidos dignos de toda compasión? Y tú les niegas la limosna y dices que no puedes socorrer a los pordioseros. Juras con tu lengua que no puedes, pero tu mano te contradice; porque aunque ella calle, pregona tu mentira el anillo que brilla a vista de todos. ¿A cuántos puedes sacar de sus deudas con un solo de tus anillos? ¿Cuántas casas puedes levantar que están en ruinas? Una sola arca de aquellas en que guardas tus vestidos, basta para vestir a todo el pueblo, que está aterido de frío; y, sin embargo, sufres que el pobre se vaya sin nada, sin temer el justo castigo del juez. No te compadeciste, no se te compadecerá; no abriste tu casa, se te cerrará el reino de los cielos; no diste pan, no recibirás la vida eterna.

Pero te llamas pobre a ti mismo; convengo contigo en ello, porque pobre es el que necesita muchas cosas. Mas a vosotros os hace necesitar muchas cosas vuestra insaciable avaricia. Te esfuerzas por amontonar diez talentos encima de otros diez: reunidos veinte, apeteces otros tantos, y lo que vas amontonando no satisfacen tu avaricia, sino que la enciende. Como para los ebrios el tener junto a sí vino es ocasión para beber, así los que acaban de hacerse ricos después de adquirir muchas cosas desean aún más, alimentando su enfermedad a la vez que amontonan y produciéndoles sus ansias un efecto contrario al que ellos buscan. Porque no les alegran tanto los bienes presentes, con ser tan abundantes, cuanto les entristecen los que les faltan, o mejor dicho, los que ellos creen que les faltan; de suerte que siempre está su ánimo preocupado, luchando por adquirir más. Cuando habían de alegrarse y estar en paz por ser más ricos que muchos, se amargan y se entristecen de que haya alguno que otro más rico que les supere. Cuando alcanzan a uno de estos ricos enseguida se esfuerzan por igualar a otro que lo es más; y cuando alcanzan también a este pasan su emulación a otro. Como los que suben una escalera tienen siempre un pie levantado para ponerle sobre el banzo que sigue y no se detienen hasta que llegan al último; así estos no cesan de apetecer el poder hasta que, subidos a lo alto, se estrellan desde lo más alto de la desgracia.

(Homilía a los ricos).

 

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