4 de Octubre de 2015. Domingo 27º del tiempo ordinario -CICLO B.-

4 de octubre de 2015

Domingo 27º del Tiempo Ordinario

- Ciclo B.-

Primera lectura

Lectura del libro del Génesis (2,18-24):

El Señor Dios se dijo: «No está bien que el hombre esté solo; voy a hacerle alguien como él que le ayude.»
Entonces el Señor Dios modeló de arcilla todas las bestias del campo y todos los pájaros del cielo y se los presentó al hombre, para ver qué nombre les ponía. Y cada ser vivo llevaría el nombre que el hombre le pusiera. Así, el hombre puso nombre a todos los animales domésticos, a los pájaros del cielo y a las bestias del campo; pero no encontraba ninguno como él que lo ayudase. Entonces el Señor Dios dejó caer sobre el hombre un letargo, y el hombre se durmió. Le sacó una costilla y le cerró el sitio con carne. Y el Señor Dios trabajó la costilla que le había sacado al hombre, haciendo una mujer, y se la presentó al hombre.
El hombre dijo: «Ésta sí que es hueso de mis huesos y carne de mi carne! Su nombre será Mujer, porque ha salido del hombre. Por eso abandonará el hombre a su padre y a su madre, se unirá a su mujer y serán los dos una sola carne.»
Palabra de Dios

 

Salmo

Sal 127,1-2.3.4-5.6

R/. Que el Señor nos bendiga todos los días de nuestra vida

Dichoso el que teme al Señor 
y sigue sus caminos. 
Comerás del fruto de tu trabajo, 
serás dichoso, te irá bien. R/.

Tu mujer, como parra fecunda, 
en medio de tu casa; 
tus hijos, como renuevos de olivo, 
alrededor de tu mesa. R/.

Ésta es la bendición del hombre que teme al Señor.
Que el Señor te bendiga desde Sión, 
que veas la prosperidad de Jerusalén
todos los días de tu vida. R/.

Que veas a los hijos de tus hijos. 
¡Paz a Israel! R/.

 

Segunda lectura

Lectura de la carta a los Hebreos (2,9-11):

Al que Dios había hecho un poco inferior a los ángeles, a Jesús, lo vemos ahora coronado de gloria y honor por su pasión y muerte. Así, por la gracia de Dios, ha padecido la muerte para bien de todos. Dios, para quien y por quien existe todo, juzgó conveniente, para llevar a una multitud de hijos a la gloria, perfeccionar y consagrar con sufrimientos al guía de su salvación. El santificador y los santificados proceden todos del mismo. Por eso no se avergüenza de llamarlos hermanos. 
Palabra de Dios

 

Evangelio

Lectura del santo evangelio según san Marcos (10,2-16):

En aquel tiempo, se acercaron unos fariseos y le preguntaron a Jesús, para ponerlo a prueba: «¿Le es lícito a un hombre divorciarse de su mujer?»
Él les replicó: «¿Qué os ha mandado Moisés?»
Contestaron: «Moisés Permitió divorciarse, dándole a la mujer un acta de repudio.»
Jesús les dijo: «Por vuestra terquedad dejó escrito Moisés este precepto. Al principio de la creación Dios “los creó hombre y mujer. Por eso abandonará el hombre a su padre y a su madre, se unirá a su mujer, y serán los dos una sola carne.” De modo que ya no son dos, sino una sola carne. Lo que Dios ha unido, que no lo separe el hombre.»
En casa, los discípulos volvieron a preguntarle sobre lo mismo. Él les dijo: «Si uno se divorcia de su mujer y se casa con otra, comete adulterio contra la primera. Y si ella se divorcia de su marido y se casa con otro, comete adulterio.»
Le acercaban niños para que los tocara, pero los discípulos les regañaban. Al verlo, Jesús se enfadó y les dijo: «Dejad que los niños se acerquen a mí: no se lo impidáis; de los que son como ellos es el reino de Dios. Os aseguro que el que no acepte el reino de Dios como un niño, no entrará en él.»
Y los abrazaba y los bendecía imponiéndoles las manos.
Palabra del Señor

 

COLLATIONES

Hoy vemos cómo los fariseos preguntan a Jesús: “¿Le es lícito a un hombre divorciarse de su mujer?”. Pero no le plantean la duda inversa, es decir: ¿Le es lícito a una mujer divorciarse de su marido?. San Gregorio Nacianceno se plantea también esta pregunta y nos la expone de la siguiente forma: “Si una mujer hubiere consentido en deshonrar el tálamo nupcial, quedaría obligada a expiar su adulterio, penalizándola legalmente con durísimas sanciones; ¿por qué, pues, el marido que hubiera violado con el adulterio la fidelidad prometida a su mujer queda absuelto de toda condena?. Y a continuación él mismo nos da la respuesta: “Los que sancionaron esta ley eran hombres, y por eso fue promulgada en contra de la mujer”. Y más adelante continua diciendo: “¿Dónde está, pues, la equidad de la ley? Uno es el creador del varón y de la mujer, ambos fueron formados del mismo barro, una misma es la imagen, única la ley, única la muerte, una misma la resurrección… A ambos salvó Cristo con su pasión. ¿O es que se encarnó sólo por el hombre? No, también por la mujer”.

En cambio, cuando los discípulos preguntan a Jesús en casa, Él sí que les muestra que la ley es aplicable a ambos, al marido y a la mujer, pues les dice: Si uno se divorcia de su mujer y se casa con otra, comete adulterio contra la primera. Y si ella se divorcia de su marido y se casa con otro, comete adulterio”. La ley se aplica a ambos de igual modo, porque  “Ya no son dos, sino una sola carne”. Y como dice San Gregorio Nacianceno: “Por consiguiente, la carne, que es una sola, tenga igual honor”.

 

En el salmo vemos algo que con frecuencia menciona San Pablo, y que es ese simbolismo que existe entre marido y mujer – Cristo e Iglesia. Dice San Agustín que: “Fue hecha la esposa del costado durmiendo el varón, fue hecha Eva; y, muerto Cristo, fue hecha la Iglesia; Eva, del costado del varón, sacándole una costilla—la Iglesia, del costado de Cristo, al ser herido con la lanza y brotaron los sacramentos”. Estamos unidos a Aquel del cual somos miembros, el cuerpo no puede separarse de la cabeza, la Iglesia no puede separarse de Cristo y la mujer no puede separarse del marido. “Lo que Dios ha unido, que no lo separe el hombre”. Dios ha unido a la mujer con el marido, pero también al marido con la mujer y siempre permanecerá esta unión. Nos dice San Agustín: “Porque la mujer está ligada a su marido mientras éste viva. Por consiguiente, también el varón está ligado mientras viva su mujer. Esta ligadura hace que no pueda contraerse nuevo matrimonio que no sea una unión adulterina” “Acéptese la continencia, pues ninguna ley la prohíbe, y no se cometa un nuevo adulterio. Poco importa que la adúltera no sea recibida de nuevo por su marido ni aun después de purificada por la divina misericordia, con tal de que los adúlteros no reconciliados no contraigan nuevo matrimonio, que no es sino adulterio” “Existe entre los cónyuges vivientes tal vínculo, que ni la separación ni la unión adúltera lo pueden romper”.

Y concluimos con Tertuliano, que define el matrimonio como un “dulce yugo”: “¡Qué dulce es el yugo que une a dos fieles en una misma esperanza, en una misma ley, en un mismo servicio!”.

San Gregorio de Nacianceno:

Se acercaron a Jesús unos fariseos y le preguntaron para ponerlo a prueba: ¿Es lícito a uno despedir a su mujer por cualquier motivo? Nuevamente lo ponen a prueba los fariseos, nuevamente los que leen la ley no entienden la ley, nuevamente los que se dicen intérpretes de la ley necesitan de otros maestros. No bastaba con que los saduceos le hubieran tendido una trampa a propósito de la resurrección, que los letrados le interrogaran sobre la perfección, los herodianos a propósito del impuesto, y otros sobre las credenciales de su poder. Todavía hay quien quiere sondearlo a propósito del matrimonio, a él que no es susceptible de ser tentado, a él que instituyó el matrimonio, a él que creó todo este género humano a partir de una primera causa.

Y él, respondiéndoles, les dijo: ¿No habéis leído que el Creador en el principio los creó hombre y mujer? Entiendo que este problema que me habéis planteado —dijo—, concierne a la estima y al honor de la castidad, y requiere una respuesta humana y justa. Pues observo que sobre esta cuestión hay muchos mal predispuestos y que acarician ideas injustas e incoherentes.

Porque ¿qué razón hay para usar la coacción contra la mujer, mientras se es indulgente con el marido, al que se le deja en libertad? En efecto, si una mujer hubiere consentido en deshonrar el tálamo nupcial, quedaría obligada a expiar su adulterio, penalizándola legalmente con durísimas sanciones; ¿por qué, pues, el marido que hubiera violado con el adulterio la fidelidad prometida a su mujer queda absuelto de toda condena? Yo no puedo en modo alguno dar mi aprobación a esta ley, estoy en completa disconformidad con dicha tradición.

Los que sancionaron esta ley eran hombres, y por eso fue promulgada en contra de la mujer; y como quiera que pusieron a los hijos bajo la patria potestad, dejaron al sexo débil en la ignorancia y el abandono. ¿Dónde está, pues, la equidad de la ley? Uno es el creador del varón y de la mujer, ambos fueron formados del mismo barro, una misma es la imagen, única la ley, única la muerte, una misma la resurrección. Todos hemos sido procreados por igual de un varón y de una mujer: uno e idéntico es el deber que tienen los hijos para con sus progenitores.

¿Con qué cara exiges, pues, una honestidad con la que tú no correspondes? ¿Cómo pides lo que no das? ¿Cómo puedes establecer una ley desigual para un cuerpo dotado de igual honor? Si te fijas en la culpabilidad: pecó la mujer, mas también Adán pecó: a ambos engañó la serpiente, induciéndolos al pecado. No puede decirse que una era más débil y el otro más fuerte. ¿Prefieres hacer hincapié en la bondad? A ambos salvó Cristo con su pasión. ¿O es que se encarnó sólo por el hombre? No, también por la mujer. ¿Padeció la muerte sólo por el hombre? También a la mujer le deparó la salvación mediante su muerte.

Pero me replicarás que Cristo es proclamado descendiente de la estirpe de David y quizá concluirás de aquí que a los hombres les corresponde el primado en el honor. Lo sé, pero no es menos cierto que nació de la Virgen, lo que es válido igualmente para las mujeres. Serán, pues —dice—, los dos una sola carne: por consiguiente, la carne, que es una sola, tenga igual honor.

Ahora bien, san Pablo —incluso con su ejemplo— da a la castidad carácter de ley. Y ¿qué es lo que dice y en qué se funda? Es éste un gran misterio: y yo lo refiero a Cristo y a la Iglesia. Es hermoso para una mujer reverenciar a Cristo en su marido; es igualmente hermoso para el marido no menospreciar a la Iglesia en su mujer. Que la mujer —dice— respete al marido, como a Cristo. Por su parte, que el marido dé a su esposa alimento y calor, como Cristo hace con la Iglesia. (Sermón 37, sobre Mateo 19, 1-12)

 

San Cirilo de Jerusalén:

¿De quién nació Eva al principio? ¿Qué madre la hizo si carecía de ella? Pero la Escritura dice que fue hecha de la costilla de Adán. Pero si Eva fue hecha de la costilla del hombre sin necesitar una madre, ¿no podría nacer un niño del vientre de una virgen sin concurso de varón? Las mujeres están sometidas al hombre para procrear. Pues Eva había nacido de Adán, sin ser concebida por una madre, sino salida de un hombre como si él la hubiese dado a luz: la deuda de esta gracia la devolvió María cuando, por la fuerza de Dios, no por un hombre sino por sí sola, concibió intacta y por el poder del Espíritu Santo.

Pero hay otro ejemplo mucho mejor. Aunque parezca asombroso que unos cuerpos se generan de otros, es, sin embargo, posible. Y más asombroso es que el hombre se haga del polvo de la tierra. Y todavía es más admirable que de una masa de lodo aparezcan los párpados y la luz de los ojos, y que de un poco de barro nazcan la solidez de los huesos, la suavidad de los pulmones y las diversas clases de miembros. Todo eso es admirable. Y que un barro que ha cobrado vida recorra el mundo por cualquier lugar y edifique, y que enseñe y hable, realice trabajos fabriles o haga tareas de gobierno, todo ello es digno de admiración. Por tanto, judíos ignorantes, ¿de dónde ha salido Adán? ¿Acaso no ha moldeado Dios su figura admirable tomando polvo de la tierra? ¿Qué, pues? Si el lodo se transforma en ojo, ¿no engendrará una virgen a un hijo? Lo que al juicio humano parece más imposible se convierte, sin embargo, en realidad. ¿Y no habrá de realizarse lo que por sí mismo es posible? (Catequesis 12, 29-30).

San Agustín:

Si pensamos con fe y humildad en la reciprocidad de la común condición, mal común, riesgo común, herida común, salud común, no será torpe ni difícil la reconciliación de los cónyuges, aun después de cometido, pero ya purgado, el adulterio, pues nadie duda de que por las llaves del reino de los cielos se perdonan los pecados. Y no es solo que, tras la separación del varón, se haya de seguir llamando adúltera, sino que, tras el consorcio de Cristo, no se la ha de llamar ya adúltera. Pero supongamos que no se hace así, ya que no hay obligación de hacerlo, pues quizá lo prohíbe alguna ley de este siglo según el estilo de la ciudad terrena, en la que no se piensa en la abolición de los crímenes por la Sangre redentora. Acéptese la continencia, pues ninguna ley la prohíbe, y no se cometa un nuevo adulterio. Poco importa que la adúltera no sea recibida de nuevo por su marido ni aun después de purificada por la divina misericordia, con tal de que los adúlteros no reconciliados no contraigan nuevo matrimonio, que no es sino adulterio, como hemos demostrado.

Porque la mujer está ligada a su marido mientras éste viva. Por consiguiente, también el varón está ligado mientras viva su mujer. Esta ligadura hace que no pueda contraerse nuevo matrimonio que no sea una unión adulterina. Si ella se casa con otro y él con otra, de dos adúlteros se hacen cuatro necesariamente. Más delictivo es el adulterio del que abandonó a su mujer inocente y tomó otra; Mateo cita este género de adulterio; pero no solo es adúltero él, sino que, como está escrito en Marcos, cualquiera que abandonare a su mujer y tomare otra, comete adulterio sobre ella; y si la mujer abandonase a su marido y se casase con otro, comete adulterio. Y como está escrito en Lucas: todo el que abandona a su mujer y toma otra comete adulterio; y el que tome a la abandonada por su marido comete adulterio.  (Las uniones adúlteras, 2, 9, 8).

 

Ciertamente, a los esposos cristianos no se les recomienda sólo la fecundidad, cuyo fruto es la prole; ni sólo la pureza, cuyo vínculo es la fidelidad, sino también un cierto sacramento del matrimonio -por lo que dice el Apóstol: Maridos, amad a vuestras mujeres como Cristo amó a la Iglesia- . Sin duda, la res (virtud propia) del sacramento consiste en que el hombre y la mujer, unidos en matrimonio, perseveren unidos mientras vivan y que no sea lícita la separación de un cónyuge de otro, excepto por causa de fornicación. De hecho, así sucede entre Cristo y la Iglesia, a saber, viviendo uno unido al otro no los separa ningún divorcio por toda la eternidad. En tan gran estima se tiene este sacramento en la ciudad de nuestro Dios, en su monte santo  -esto es, en la Iglesia de Cristo- por todos los esposos cristianos, que, sin duda, son miembros de Cristo, que, aunque las mujeres se unan a los hombres y los hombres a las mujeres con el fin de procrear hijos, no es lícito abandonar a la consorte estéril para unirse a otra fecunda. Si alguno hiciese esto, sería reo de adulterio; no ante la ley de este mundo, donde, mediante el repudio, está permitido realizar otro matrimonio con otro cónyuge -según el Señor, el santo Moisés se lo permitió a los israelitas por la dureza de su corazón-, pero sí lo es para la ley del Evangelio. Lo mismo sucede con la mujer que se casara con otro.

Hasta tal punto permanecen entre los esposos vivos los derechos del matrimonio una vez ratificados, que los cónyuges que se han separado el uno del otro siguen estando más unidos entre sí que con el que se han juntado posteriormente, pues no cometerían adulterio con otro si no permaneciesen unidos entre sí. A lo más, muerto el varón, con el que existía un auténtico matrimonio, podrá realizarse una verdadera unión con el que antes se vivía en adulterio. Por tanto, existe entre los cónyuges vivientes tal vínculo, que ni la separación ni la unión adúltera lo pueden romper. Pero permanece para el castigo del delito, no para el vínculo de la alianza, igual que el alma del apóstata, que se separa, por decirlo de alguna forma, del matrimonio con Cristo: por más que haya perdido la fe, no destruye el sacramento de la fe, que recibió con el baño de la regeneración. Sin duda, le sería devuelto al tornar, si lo hubiera perdido alejándose. Pero quien se haya separado lo tiene para aumento del suplicio, no para mérito del premio. (El matrimonio y la concupiscencia, 1,10,11)

 

Así como en el principio del género humano se le quitó una costilla al costado del varón para hacer a la mujer, era conveniente que en tal hecho se simbolizase proféticamente a Cristo y a la Iglesia. En efecto, aquel sopor del varón significaba la muerte de Cristo, cuyo costado fue atravesado pendiente aún en la cruz después de muerto, de donde salieron sangre y agua. Que es la figura de los sacramentos con que se edifica la Iglesia.

De esa misma palabra usa la Escritura, en la que no dice que «formó» o «modeló», sino: la construyó mujer. Y por ello el Apóstol habla de la construcción del Cuerpo de Cristo, que es la Iglesia.

La mujer es, pues, criatura de Dios como el varón; pero en el hecho de salir del varón se pone de relieve la unidad, y en cuanto al modo de ser formada, se significa a Cristo y a la Iglesia. De suerte que quien estableció uno y otro sexo los restablecerá a los dos. Así, el mismo Jesús, interrogado por los saduceos, que niegan la resurrección, de cuál de los siete sería la mujer que habían tenido sucesivamente todos, tratando cada uno, como había mandado la Escritura, de conservar la familia del difunto, respondió: Estáis muy equivocados por no comprender las Escrituras ni el poder de Dios. El lugar era muy oportuno para decir: «Sobre lo que me preguntáis, ella misma será varón, no mujer», y, sin embargo, no contestó así, sino que dijo: Porque cuando llegue la resurrección, ni los hombres ni las mujeres se casarán, serán como ángeles del cielo.

Serán iguales a los ángeles por la inmortalidad y la felicidad, no por la carne; como tampoco lo serán en la resurrección, puesto que los ángeles no la necesitaron, ya que no pudieron morir. El Señor negó, pues, que en la resurrección hubiera nupcias, no que hubiera mujeres; y lo negó precisamente donde se trataba de tal cuestión; habría quedado resuelta con pronta facilidad negando el sexo femenino si sabía que no había de existir. Pero confirmó su existencia al decir non nubent (no se casarán las mujeres), neque uxores ducent (ni se casarán los hombres). Existirán las unas y los otros, pero ni unas ni otros se casarán. (La Ciudad de Dios, 22,17)

 

Comienza con muchos, diciendo: Bienaventurados todos los que temen al Señor, los que andan en sus caminos. Habla a muchos, pero como estos muchos son uno en Cristo, prosigue exponiendo ya en singular: Comerás los trabajos de tus frutos. Anteriormente dijo: Bienaventurados son todos los que temen al Señor, los que caminan en sus sendas. ¿Por qué dice ahora: Comerás los trabajos de tus frutos, y no “comeréis”? ¿Y por qué los trabajos de tus frutos y no “los trabajos de vuestros frutos”? ¿Tan pronto se olvidó que hablaba de muchos? Pero si ya sacudiste, ¿qué te responde? Cuando nombro a muchos cristianos, reconozco a uno solo en un solo Cristo. Luego sois muchos y sois uno. ¿Cómo somos muchos y uno? Porque estamos unidos a Aquel del cual somos sus miembros, de cuyos miembros está la Cabeza en el cielo para que después sigan los miembros.

… Así quedarán en claro todas las cosas que siguen. Vosotros únicamente temed al Señor y andad en sus caminos, y no envidiéis a quienes no andan por los caminos de Dios cuando los viereis que son infelizmente felices. Los hombres mundanos son infelizmente felices; por el contrario, los mártires eran felizmente infelices, pues eran temporalmente infelices, pero eternamente felices, y por lo mismo que eran temporalmente infelices, se les juzgaba más infelices que eran…

Luego entendamos este salmo como si hablase de Cristo; y todos, unidos al Cuerpo de Cristo y hechos miembros de Él, andemos los caminos del Señor y le temamos con temor casto, temor que permanece por los siglos de los siglos…

¿Cuál es este temor casto? Aquel según el cual debemos entender, hermanos míos, lo que se dijo: Bienaventurados todos los que temen al Señor, los que andan en sus caminos. Si pudiese hablar dignamente, ayudándome el Señor, Dios nuestro, sobre este temor casto, muchos quizás por él se inflamarían en el amor puro. Tal vez no puedo exponerlo si no es aduciendo alguna semejanza. Imagínate a una mujer casta que teme a su marido y a otra adúltera que igualmente le teme. La casta teme que su esposo se aparte de la casa, la adúltera que venga. ¿Y qué sucede si ambos se hallan ausentes? La primera teme que tarde, la segunda que llegue. Ausente está, en cierto modo, Aquel con quien estamos desposados; ausente está el que os dio en arras el Espíritu Santo; ausente está el que nos redimió con su sangre: el esposo más hermoso que todo lo que existe, el cual apareció como disforme entre las manos de los perseguidores, y del que poco antes decía Isaías: Le vimos, y no tenía forma ni hermosura…

El es hermoso y está ausente. Se pregunte la esposa si es casta. Todos, hermanos míos, nos hallamos en sus miembros; somos miembros de Él, y, por tanto, somos un único hombre. Vea cada uno qué temor tenga; si aquel que la caridad arroja o el casto, que permanece por los siglos de los siglos. Ahora lo conoció. ¿Qué digo? Lo conocerá. Nuestro esposo se halla ausente; pregunta a tu conciencia: ” ¿Quieres que venga o que retarde su venida?”…

Expongamos ya lo que significa tu esposa, pues se habla a Cristo. Luego su esposa es su Iglesia. Su Iglesia, que somos nosotros, como viña fértil, es su esposa. ¿En quiénes es viña fértil? Vemos que muchos estériles constituyen estas paredes. Vemos que forman estas paredes muchos borrachos, usureros, charlatanes, agoreros, que se acercan a los hechiceros y hechiceras cuando les duele la cabeza. ¿Esta es la fertilidad de la vida? ¿Esta es la fecundidad de la esposa? No es ésta. Estas cosas son espinas, pero no es espinosa en todas las partes. Pues posee cierta fecundidad y es viña fértil. Pero ¿en quiénes? En los lados de tu casa, a la puerta de tu casa. No todos son lados de la casa. Indago cuáles son los lados, ¿y qué diré? ¿Las paredes son como piedras duras? Si hablase de la morada material, quizás entenderíamos por lados esto. Denominamos lados de la casa a los que se adhieren a Cristo… Con razón fue hecha la esposa del costado Durmiendo el varón, fue hecha Eva; y, muerto Cristo, fue hecha la Iglesia; Eva, del costado del varón, sacándole una costilla—la Iglesia, del costado de Cristo, al ser herido con la lanza y brotaron los sacramentos. Luego tu esposa, como viña fértil. Pero ¿en quiénes? En los lados de tu casa. En los que no se adhieren a Cristo es estéril. Y no los contaré de tu viña.

Tus hijos. La esposa son los mismos hijos. En las nupcias y matrimonios carnales, una es la esposa y otros los hijos. En la Iglesia, la esposa son los hijos. Los apóstoles pertenecían a la Iglesia, pues se hallaban entre los miembros de la Iglesia. Luego se hallaban en la esposa y eran esposa en cuanto a la parte que les correspondía como miembros de ella. ..

 (Comentarios a los salmos. Salmo 127).

Tertuliano:

No hay palabras para expresar la felicidad de un matrimonio que la Iglesia une, la oblación divina confirma, la bendición consagra, los ángeles lo registran y el Padre lo ratifica. En la tierra no deben los hijos casarse sin el consentimiento de sus padres. ¡Qué dulce es el yugo que une a dos fieles en una misma esperanza, en una misma ley, en un mismo servicio! Los dos son hermanos, los dos sirven al mismo Señor, no hay entre ellos desavenencia alguna, ni de carne ni de espíritu. Son verdaderamente dos en una misma carne; y donde la carne es una, el espíritu es uno. Rezan juntos, adoran juntos, ayunan juntos, se enseñan el uno al otro, se animan el uno al otro, se soportan mutuamente. Son iguales en la iglesia, iguales en el banquete de Dios. Comparten por igual las penas, las persecuciones, las consolaciones. No tienen secretos el uno para el otro; nunca rehúyen la compañía mutua; jamás son causa de tristeza el uno para el otro… Cantan juntos los salmos e himnos. En lo único que rivalizan entre sí es en ver quién de los dos cantará mejor. Cristo se regocija viendo a una familia así, y les envía su paz. Donde están ellos, allí está también él presente y donde está él, el maligno no puede entrar. (A su esposa 2.8)

 

San Bernardo:

Está escrito: Lo que Dios ha unido, no lo separe el hombre. Y, con todo, han surgido hombres descarados que no vacilan en separar contra la voluntad de Dios a los que están unidos por Dios. Y además de esto se atreven a unir a los que no pueden unirse, acumulando delitos. Se destroza lo más sagrado de la Iglesia, se desgarran – ¡oh dolor! -los vestidos de Cristo y para colmo de males hacen esto quienes debían defender su honor. Tus amigos, oh Dios, y tus compañeros se precipitan contra ti y te atacan. Pues quienes violan tus mandatos no son los extranjeros ni los ajenos al santuario, sino los que actualmente ocupan el lugar de aquellos a los que dijiste: si me amáis, guardad mis mandatos. Dios había unido al conde Rodolfo y a su esposa por los ministros de la Iglesia, y ésta lo hizo por concesión de Dios, que da a los hombres tal autoridad.  ¿Cómo ha separado la Cámara apostólica a quienes unió la Iglesia?… (Carta 216, Al Papa Inocencio, sobre el conde Rodolfo y su esposa).

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