11 de octubre de 2015. Domingo 28º del tiempo ordinario -CICLO B.-

11 de octubre de 2015

Domingo 28º del Tiempo Ordinario

- Ciclo B.-

 

Primera lectura

Lectura del libro de la Sabiduría (7,7-11):

 

 

Supliqué, y se me concedió la prudencia; invoqué, y vino a mí el espíritu de sabiduría. La preferí a cetros y tronos, y, en su comparación, tuve en nada la riqueza. No le equiparé la piedra más preciosa, porque todo el oro, a su lado, es un poco de arena, y, junto a ella, la plata vale lo que el barro. La quise más que la salud y la belleza, y me propuse tenerla por luz, porque su resplandor no tiene ocaso. Con ella me vinieron todos los bienes juntos, en sus manos había riquezas incontables. 
Palabra de Dios

Salmo

Sal 89,12-13.14-15.16-17

 

R/. Sácianos de tu misericordia, Señor.

Enséñanos a calcular nuestros años,
para que adquiramos un corazón sensato.
Vuélvete, Señor, ¿hasta cuándo?
Ten compasión de tus siervos. R/.

Por la mañana sácianos de tu misericordia,
y toda nuestra vida será alegría y júbilo.
Danos alegría, por los días en que nos afligiste,
por los años en que sufrimos desdichas. R/.

Que tus siervos vean tu acción,
y sus hijos tu gloria.
Baje a nosotros la bondad del Señor
y haga prósperas las obras de nuestras manos. R/.

 

Segunda lectura

Lectura de la carta a los Hebreos (4,12-13):

 

 

La palabra de Dios es viva y eficaz, más tajante que espada de doble filo, penetrante hasta el punto donde se dividen alma y espíritu, coyunturas y tuétanos. Juzga los deseos e intenciones del corazón. No hay criatura que escape a su mirada. Todo está patente y descubierto a los ojos de aquel a quien hemos de rendir cuentas.
Palabra de Dios

 

Evangelio

Lectura del santo evangelio según san Marcos (10,17-30):

 

 

En aquel tiempo, cuando salía Jesús al camino, se le acercó uno corriendo, se arrodilló y le preguntó: «Maestro bueno, ¿qué haré para heredar la vida eterna?»
Jesús le contestó: «¿Por qué me llamas bueno? No hay nadie bueno más que Dios. Ya sabes los mandamientos: no matarás, no cometerás adulterio, no robarás, no darás falso testimonio, no estafarás, honra a tu padre y a tu madre.»
Él replicó: «Maestro, todo eso lo he cumplido desde pequeño.»
Jesús se le quedó mirando con cariño y le dijo: «Una cosa te falta: anda, vende lo que tienes, dale el dinero a los pobres, así tendrás un tesoro en el cielo, y luego sígueme.»
A estas palabras, él frunció el ceño y se marchó pesaroso, porque era muy rico. Jesús, mirando alrededor, dijo a sus discípulos: «¡Qué difícil les va a ser a los ricos entrar en el reino de Dios!»
Los discípulos se extrañaron de estas palabras. Jesús añadió: «Hijos, ¡qué difícil les es entrar en el reino de Dios a los que ponen su confianza en el dinero! Más fácil le es a un camello pasar por el ojo de una aguja, que a un rico entrar en el reino de Dios.»
Ellos se espantaron y comentaban: «Entonces, ¿quién puede salvarse?»
Jesús se les quedó mirando. y les dijo: «Es imposible para los hombres, no para Dios. Dios lo puede todo.»
Pedro se puso a decirle: «Ya ves que nosotros lo hemos dejado todo y te hemos seguido.»
Jesús dijo: «Os aseguro que quien deje casa, o hermanos o hermanas, o madre o padre, o hijos o tierras, por mí y por el Evangelio, recibirá ahora, en este tiempo, cien veces más casas y hermanos y hermanas y madres e hijos y tierras, con persecuciones, y en la edad futura, vida eterna.»
Palabra del Señor

COLLATIONES

“Dejar lo que es nada para tenerlo todo” (San Rafael Arnaiz)

 

“Maestro bueno, ¿qué haré para heredar la vida eterna?”. San Agustín piensa que a aquel joven rico: “El temor de la muerte le interpelaba continuamente y en medio de sus placeres se consumía. Pensaba, en efecto, que había de dejar todos aquellos bienes”. Y por eso formula esta pregunta a Jesús, como diciendo: “Dime dónde puedo conseguir lo que dure para siempre; dime cómo puedo alcanzar lo que no pueda perder”.

El Señor le dice que debe cumplir los mandamientos, a lo que él responde que ya lo hace, por eso Jesús añade: “Una cosa te falta: anda, vende lo que tienes, dale el dinero a los pobres, así tendrás un tesoro en el cielo, y luego sígueme”. Dice San Agustín que: “Preguntaba al Señor qué tenía que hacer de bueno para conseguir la vida eterna, porque deseaba pasar de unos placeres a otros, y temía abandonar aquellos en que encontraba su gozo, se alejó triste, volviendo a sus tesoros terrenos”. Comenta San Agustín que: “El joven se alejó triste: él vería cómo había guardado los mandamientos de la Ley. Yo opino que respondió que los había guardado con más arrogancia que verdad. Con todo, el buen Maestro distinguió entre los mandamientos de la Ley y esa perfección más excelente”.  A este joven que se alejó de Cristo por no renunciar a sus riquezas, le diría Balduino de Ford: “Despreciar a Dios por cosas despreciables y amar lo despreciable más que a Dios es un vil orgullo y algo digno de vergüenza”.

En realidad, como nos explica San Clemente de Alejandría: “El Señor no manda que tiremos nuestra hacienda y nos apartemos del dinero. Lo que Él quiere es que desterremos de nuestra alma la primacía de las riquezas, la desenfrenada codicia y fiebre de ellas, las solicitudes, las espinas de la vida, que ahogan la semilla de la verdadera Vida”. “No deben, consiguientemente, rechazarse las riquezas que pueden ser de provecho a nuestro prójimo… Son cosas que están ahí y se destinan, como materia o instrumento, para uso bueno en manos de quienes saben lo que es un instrumento… Instrumento así es también la riqueza… Por su naturaleza está destinada a servir, no a mandar… lo que hay que destruir no son las riquezas, sino las desordenadas pasiones del alma que no permiten hacer mejor uso de ellas”. En la carta a los hebreos, leemos que el Señor: “Juzga los deseos e intenciones del corazón”.  Dice Simeón el Nuevo Teólogo: ¿No has oído que Dios es el juez de los pensamientos y de las intenciones del corazón?… Has de saber y estar seguro, hombre, que quien es dominado por el deseo de las riquezas también es juzgado avaro, aunque no posea nada de lo que tiene el otro”.

También vemos en este pasaje, que Pedro, entendiendo que tenemos que dejarlo todo por Cristo, le dice: “Ya ves que nosotros lo hemos dejado todo y te hemos seguido”. Actuar así, es actuar con sabiduría, y hemos leído que es preferible la sabiduría, al poder y las riquezas, porque: “Con ella me vinieron todos los bienes juntos, en sus manos había riquezas incontables”. El que lo deje todo, “por mí y por el Evangelio, recibirá ahora, en este tiempo, cien veces más casas y hermanos y hermanas y madres e hijos y tierras, con persecuciones, y en la edad futura, vida eterna”. Porque como afirma San Agustín: “Del hombre fiel es todo el mundo de las riquezas. De ese modo se realiza que, no teniendo nada, lo poseen todo y en el siglo futuro poseerán la vida eterna”.

Nos dice San Bernardo: “Mira si posees algo que te aprisione. Hay que sacudirse de los hombros todo cuanto pueda entorpecer la carrera hacia la patria”. Pero en el Evangelio, Jesús nos recuerda, que salvarse es imposible para los hombres, no para Dios. Dios lo puede todo”. Su Palabra: “es viva y eficaz, más tajante que espada de doble filo, …. “Es eficaz y más tajante que una espada de dos filos, cuando se cree en ella y se la ama. ¿Qué cosa es imposible para el que cree, o difícil para el que ama?” (Balduino de Ford).

 

Clemente de Alejandría:

Vino corriendo uno y, arrodillado a sus pies, le preguntó: Maestro bueno, ¿qué debo hacer para conseguir la vida eterna? (…). Jesús, mirándole de hito en hito, mostró quedar prendado de él; y le dijo: una cosa te falta: anda, vende cuanto tienes y dalo a los pobres, que así tendrás un tesoro en el Cielo; y ven después, y sígueme. A esta propuesta, entristecido el joven, marchóse muy afligido, pues tenía muchos bienes.

¿Qué es lo que le movió a la fuga y le hizo desertar del Maestro, de la súplica, de la esperanza y de los pasados trabajos? Lo de vende cuanto tienes. ¿Y qué quiere decir esto? No lo que a la ligera admiten algunos. El Señor no manda que tiremos nuestra hacienda y nos apartemos del dinero. Lo que Él quiere es que desterremos de nuestra alma la primacía de las riquezas, la desenfrenada codicia y fiebre de ellas, las solicitudes, las espinas de la vida, que ahogan la semilla de la verdadera Vida. Si no fuera así, los que nada absolutamente tienen, los que, privados de todo auxilio, andan diariamente mendigando y se tienden por los caminos, sin conocimiento de Dios y de su justicia, serían, por el mero hecho de su extrema indigencia, por carecer de todo medio de vida y andar escasos de lo más esencial, los más felices y amados de Dios, y los únicos que alcanzarían la vida eterna.

Por otra parte, tampoco es cosa nueva renunciar a las riquezas y repartirlas entre los pobres y necesitados, pues lo hicieron muchos antes del advenimiento del Salvador: unos, para dedicarse a las letras y por amor de la vana sabiduría; otros, a la caza de fama y de gloria, como Anaxágoras, Demócrito y Crates.

¿Qué es, pues, lo que manda el Señor como cosa nueva, como propio de Dios, como lo único que vivifica, y no lo que no salvó a los anteriores? ¿Qué nos indica y enseña como cosa eximia el que es, como Hijo de Dios, la nueva criatura? No nos manda lo que dice la letra y otros han hecho ya, sino algo más grande, más divino y más perfecto que por aquello es significado, a saber: que desnudemos el alma misma de sus pasiones desordenadas, que arranquemos de raíz y arrojemos de nosotros lo que es ajeno al espíritu. He ahí la enseñanza propia del creyente, he ahí la doctrina digna del Salvador. Los que antes del Señor despreciaron los bienes exteriores, no hay duda de que abandonaron y perdieron sus riquezas, pero acrecentaron aún más las pasiones de sus almas. Porque, imaginando haber realizado algo sobrehumano, vinieron a dar en soberbia, petulancia, vanagloria y menosprecio de los otros.

Ahora bien, ¿cómo iba el Salvador a recomendar, a quienes han de vivir para siempre, algo que dañara y destruyera la vida que Él promete? En efecto, puede darse el caso de que uno, echado de encima el peso de los bienes o hacienda, no por eso mantenga menos impresa y viva en su alma la codicia y apetito de las riquezas. Se desprendió, sin duda, de sus bienes; pero, al carecer y desear a la par lo que dejó, será doblemente atormentado por la ausencia de las cosas necesarias y por la presencia del arrepentimiento. Porque es ineludible e imposible que quien carece de lo necesario para la vida no se turbe de espíritu y se distraiga de lo más importante, con intento de procurárselo cómo y dónde sea.

¡Cuánto más provechoso es lo contrario! Poseer, por una parte, lo suficiente y no angustiarse por tenerlo que buscar; y, por otra, socorrer a los que convenga. Porque, de no tener nadie nada, ¿qué comunión de bienes podría darse entre los hombres? ¿Cómo no ver que esta doctrina de abandonarlo todo pugnaría y contradiría patentemente a otras muchas y muy hermosas enseñanzas del Salvador? Haceos amigos con las riquezas de iniquidad, a fin de que, cuando falleciereis, os reciban en los eternos tabernáculos. Tened vuestros tesoros en los cielos, donde el orín y la polilla no los destruyen, ni los ladrones horadan las paredes. ¿Cómo dar de comer al hambriento, de beber al sediento, vestir al desnudo, acoger al desamparado—cosas por las que, de no hacerse, amenaza el Señor con el fuego eterno y las tinieblas exteriores—, si cada uno empezara por carecer de todo eso?

(…) No deben, consiguientemente, rechazarse las riquezas que pueden ser de provecho a nuestro prójimo. Se llaman efectivamente posesiones porque se poseen, y bienes o utilidades porque con ellas puede hacerse bien y para utilidad de los hombres han sido ordenadas por Dios. Son cosas que están ahí y se destinan, como materia o instrumento, para uso bueno en manos de quienes saben lo que es un instrumento. Si del instrumento se usa con arte, es beneficioso; si el que lo maneja carece de arte, la torpeza pasa al instrumento, si bien éste no tiene culpa alguna.

Instrumento así es también la riqueza. Si se usa justamente, se pone al servicio de la justicia. Si se hace uso injusto, se la pone al servicio de la injusticia. Por su naturaleza está destinada a servir, no a mandar. No hay, pues, que acusarla de lo que de suyo no tiene, al no ser buena ni mala. La riqueza no tiene culpa. A quien hay que acusar es al que tiene facultad de usar bien o mal de ella, por la elección que hace; y esto compete a la mente y juicio del hombre, que es en sí mismo libre y puede, a su arbitrio, manejar lo que se le da para su uso. De suerte que lo que hay que destruir no son las riquezas, sino las desordenadas pasiones del alma que no permiten hacer mejor uso de ellas. De este modo, convertido el hombre en bueno y noble, puede hacer de las riquezas uso bueno y generoso.   (¿Quién es el rico que se salva? 11-14)

San Agustín:

Cuando nos va mal no tememos morir; cuando nos va bien es cuando más tememos la muerte. Por eso, creo que para aquel rico a quien causaban gran satisfacción sus riquezas -pues tenía muchas y muchas posesiones-, el temor de la muerte le interpelaba continuamente y en medio de sus placeres se consumía. Pensaba, en efecto, que había de dejar todos aquellos bienes. Los había acumulado sin saber para quién; deseaba algo eterno. Se acerca al Señor y le dice: Maestro bueno: ¿qué tengo que hacer de bueno para conseguir la vida eterna?  Me va bien, pero se me escapa lo que poseo; me va bien, pero pronto desaparecerá lo que poseo. Dime dónde puedo conseguir lo que dure para siempre; dime cómo puedo alcanzar lo que no pueda perder. Y el Señor le dijo: Si quieres entrar en la vida, guarda los mandamientos. ¿Qué mandamientos? -preguntó-. Los escuchó. Respondió que los había guardado todos desde su juventud. Y el Señor, aconsejándole respecto de la vida eterna, le dijo: Una sola cosa te falta. Si quieres ser perfecto, vete, vende todo lo que posees y dalo a los pobres, y tendrás un tesoro en el cielo. No le dijo: «Déjalo que se pierda», sino: véndelo y ven y sígueme. Él, que se gozaba en sus riquezas y por eso preguntaba al Señor qué tenía que hacer de bueno para conseguir la vida eterna, porque deseaba pasar de unos placeres a otros, y temía abandonar aquellos en que encontraba su gozo, se alejó triste, volviendo a sus tesoros terrenos. No quiso confiar en el Señor, que puede conservar en el cielo lo que ha de perecer en la tierra. No quiso ser verdadero amador de su tesoro. Poseyéndolo en forma inadecuada, lo perdió; amándolo con exceso, lo echó a perder. Pues si lo hubiese amado como debía, lo hubiese enviado al cielo, adonde le seguiría él después. El Señor le mostró una casa adonde llevarlo, no un lugar donde perderlo. A continuación dice: Donde esté tu tesoro, allí estará también tu corazón.

Pero los hombres quieren estar viendo sus riquezas. Suponte que las acumulan en la tierra, ¿no temen acaso que se las vean? Hacen hoyos, las cubren, las tapan. Y una vez que las han cubierto y tapado, ¿ven acaso lo que tienen? Ni siquiera el mismo rico las ve; desea que estén ocultas; teme que estén a la vista. Quiere ser rico en la opinión de los demás, no en la realidad. ¡Como si le bastase con saber que tiene lo que guarda en la tierra! ¡Oh, cuánta más y mejor conciencia tendrías de ellas, si las guardases en el cielo! Aquí, cuando lo entierras en la tierra, temes que lo sepa tu criado, las robe y huya; aquí temes que él te las arrebate. Allí no temes nada, porque te lo guarda bien tu Señor… Las guarda para ti; permanecen allí para ti; te hace libre y te hace imperecedero. Ni te pierde a ti ni lo que le has encomendado… Heme aquí: Dame, y recibe. En el momento debido te devolveré. ¿Qué te devolveré? Me diste poco, recibe mucho; me diste bienes terrenos, recibe bienes celestiales; me los diste temporales, recíbelos eternos; me diste de lo mío, recíbeme a mí mismo. Pues ¿qué me diste, sino lo que recibiste de mí? ¿No voy a devolver lo que me prestaste, yo, que te di con qué prestarme; yo que te di a ti mismo, que me prestas; yo, que te di a Cristo a quien prestar y quien te dijo: Cuando lo hiciste con uno de estos mis pequeños, conmigo lo hiciste?» Mira a quien prestas; él alimenta y pasa hambre por ti; da y está necesitado. Cuando da, quieres recibir; cuando está necesitado, no quieres darle. Cristo está necesitado cuando lo está un pobre. Quien está dispuesto a dar a todos los suyos la vida eterna, se ha dignado recibir de manera temporal en cualquier pobre.

Te da también un consejo sobre el lugar adonde llevar tu tesoro; más aún, adonde debes llevarlo. Para no perderlo, llévalo de la tierra el cielo. Pues ¡cuántos no perdieron lo que guardaron ellos y, ni siquiera escarmentados de esa manera, aprendieron a ponerlo en el cielo! Si, por casualidad, alguien te dijera: «Traspasa tus riquezas de occidente a oriente si no quieres que perezcan», sudarías, te fatigarías, estarías angustiado, considerarías la multitud de cosas que posees y verías que, debido a su cantidad, no te sería fácil llevarlas tan lejos. Quizá hasta llorarías al verte obligado a marchar sin haber encontrado el modo de llevar contigo lo que habías reunido. A lugares más lejanos te ordenó trasladar tus bienes quien no te dice: «Traspásalos de occidente a oriente», sino: «Traspásalos de la tierra al cielo». Te ves abrumado, te parece encontrarte en mayor aprieto y te dices a ti mismo: «Si no encontraba monturas y naves con las que trasladarlos de occidente a oriente, ¿cómo voy a encontrar escaleras para trasladarlos de la tierra al ciclo?» «No te fatigues -te dice Dios-; no te fatigues. El que te hizo rico, el que te otorgó el poder dar, hizo de los pobres tus portaequipajes. Si, por ejemplo, encontraras a un pobre de allende los mares o encontraras a algún ciudadano necesitado del lugar a donde quieres ir, te dirías a ti mismo: «Este es ciudadano del país a donde yo quiero ir; aquí está necesitado; le voy a dar algo, que él me devolverá allí». Mira, aquí está necesitado el pobre; es ciudadano del reino de los cielos; ¿por qué dudas en hacer el contrato de traspaso? Pues, si quienes lo hacen dan para recibir más, una vez que hayan llegado al lugar de procedencia del que recibió el dinero, hagámoslo también nosotros. (Sermón 38,  5-7).

 

Pero, ante todo, lavaos, purificaos, arrancad la maldad de vuestras almas y de la presencia de mi vista, a fin de que aparezca la tierra árida. Aprended a hacer bien, juzgad al pupilo, haced justicia a la viuda, para que la tierra produzca hierba tierna y árboles frutales; y luego venid, dice el Señor, disputemos, a fin de que sean hechas las lumbreras en el firmamento del cielo y luzcan sobre la tierra.

Aquel rico quería saber del Maestro bueno qué debía hacer para conseguir la vida eterna. Dígale el Maestro bueno —a quien él juzgaba hombre y nada más, pero que realmente es bueno porque es Dios—, dígale que si quiere conseguir la vida, guarde tus mandamientos separe de sí lo amargo de la malicia y de la iniquidad; que no mate, no fornique, no hurte, no diga falsos testimonios, a fin de que aparezca la tierra seca, germine el honor de la madre y del padre y la dilección del prójimo.

Todo esto —dijo— lo he practicado. ¿De dónde, pues, tantas espinas si es tierra fructífera? Vete, arranca los espesos zarzales de la avaricia, vende lo que posees, y llénate de frutos dándolo todo a los pobres, tendrás un tesoro en los cielos, y sigue al Señor si quieres ser perfecto, en compañía de aquellos entre quienes habla la sabiduría, aquel que conoce qué se debe dar al día y qué a la noche, como lo conoces tú, a fin de que sean también para ti lumbreras en el firmamento del cielo, lo cual no se hará si no estuviese allí tu corazón, ni tampoco podrá ser si no estuviera allí tu tesoro, como oíste del Maestro bueno. Pero se contristó la tierra estéril y las espinas sofocaron la palabra.

Pero vosotros, raza escogidalo más débil del mundo, que dejasteis todas las cosas para seguir al Señor, id tras él, confundid a los fuertes; id tras él, pies especiosos, y lucid en el firmamento, para que los cielos narren su gloria dividiendo entre la luz de los perfectos, aunque no como la de los ángeles, y las tinieblas de los pequeñuelos, aunque no de los desesperados: lucid sobre toda tierra, el día, incandescente por el sol, anuncie al día la palabra de la sabiduría; la noche, esclarecida por la luna, anuncie a la noche la palabra de la ciencia. La luna y las estrellas lucen en la noche, mas no las oscurece la noche, porque ellas mismas la iluminan, según su capacidad.

Ved aquí como si Dios dijera: Háganse lumbreras en el firmamento del cielo, y al punto se oyó un sonido del cielo, como si sonara un viento vehemente, y fueron vistas lenguas divididas como de fuego, el cual se puso sobre cada uno de ellos, y fueron hechas las lumbreras en el firmamento del cielo, teniendo palabras de vida. Discurrid por todas partes, fuegos santos, fuegos hermosos. Vosotros sois la luz del mundo, y no estáis debajo del celemín. Ha sido exaltado Aquel a quien os juntasteis, y os exaltará a vosotros. Discurrid y dadle a conocer a todas las gentes. (Confesiones 13, 19,24 y 25).

Escucha ahora algo acerca de los ricos, que es lo que tú me preguntas en tu carta a continuación. Dicen esos herejes según tus palabras: «El rico que se queda con sus riquezas no podrá entrar en el reino de Dios si no vende todas sus propiedades, y no le ha de aprovechar, aunque con sus riquezas guarde los mandamientos». Han escapado a su crítica nuestros padres Abrahán, Isaac y Jacob, que emigraron de la vida hace ya tanto tiempo. Todos ellos tenían grandes riquezas, como lo atestigua la fidelísima Escritura. Pero el mismo que por nosotros se hizo pobre, siendo verdaderamente rico, anunció con una fiel promesa que muchos vendrían del oriente y del occidente a descansar en el reino de los cielos, no por encima de ellos o separados de ellos, sino con ellos. Bien es verdad que el epulón soberbio, que se vestía de púrpura y lino y banqueteaba espléndidamente cada día, padeció desde su muerte los tormentos del infierno. Pero hubiese merecido también él misericordia si se hubiese apiadado del pobre ulceroso que yacía olvidado ante su puerta. Y si el mérito de aquel pobre hubiese sido su pobreza y no su justicia, no le hubiesen llevado los ángeles al seno de Abrahán, pues Abrahán fue aquí rico. No honró Dios la pobreza por ella misma, ni condenó en el rico las riquezas, sino que en aquél la piedad y en éste la impiedad tuvieron su merecido. Para mostrarnos eso, el rico impío cayó en el tormento del fuego, pero el pobre piadoso cayó en el seno de un rico. Sólo que el rico Abrahán vivía aquí con sus riquezas y las tenía en tan poco, en comparación de los mandamientos de Dios, que hasta quería inmolar a su propio hijo antes de ofender al Dios legislador; y eso que esperaba y deseaba que su hijo había de ser heredero de sus riquezas.

A esto dicen ellos que los antiguos padres no vendieron sus posesiones y las repartieron a los pobres porque eso no se lo había mandado a ellos el Señor. Aun no se había revelado el Nuevo Testamento, ni convenía que se revelase sino en la plenitud de los tiempos; por ello no se había revelado su virtud. Dios, que veía sus corazones, sabía que ellos con esa virtud podían fácilmente ejecutarlo, por lo que dio de ellos tan insigne testimonio, que, a pesar de ser Dios de todos los santos, se digna referirse a ellos como a sus amigos predilectos diciendo: Yo soy el Dios de Abrahán, Dios de Isaac, Dios de Jacob: tal es mi nombre para siempre. Mas después el gran sacramento de piedad se manifestó en carne, y la venida de Cristo resplandeció para todas las gentes que iban a ser llamadas. En esa venida también aquellos padres habían creído, aunque ocultaban como en la raíz del árbol de que habla el Apóstol, la oliva de esta fe que iba a manifestarse a su debido tiempo. Y entonces se le dijo al rico: Ve, vende todo lo que tienes y dalo a los pobres, y tendrás un tesoro en los cielos, y ven y sígueme.

Si eso dicen, parece que sugieren alguna cosa racional. Pero escúchenlo todo, atiendan a todo; no abran los ojos a una parte y los cierren a otra. ¿A quién dio el Señor ese precepto? A aquel rico que para conseguir la vida eterna quería recibir un consejo. Eso había dicho él al Señor: ¿Qué haré para conseguir la vida eterna? Pero Cristo no le contestó: «Si quieres venir a la vida, ve y vende todo lo que tienes», sino: Si quieres venir a la vida, guarda los mandamientos. Al decir el joven que los había guardado, según el Señor los consignaba en la ley, y al preguntar qué le faltaba aún, recibió esta respuesta: Si quieres ser perfecto, ve, vende lo que tienes y dalo a los pobres. Y para que no creyera que de ese modo perdía lo que mucho amaba, añadió: Y tendrás un tesoro en el cielo. Después añadió: Y ven y sígueme. Así, nadie piense que le aprovechará el ejecutarlo si no sigue a Cristo. Pero el joven se alejó triste: él vería cómo había guardado los mandamientos de la Ley. Yo opino que respondió que los había guardado con más arrogancia que verdad. Con todo, el buen Maestro distinguió entre los mandamientos de la Ley y esa perfección más excelente. De los primeros dijo: Si quieres venir a la vida, guarda los mandamientos. Y de la segunda: Si quieres ser perfecto, ve y vende todo lo que tienes. ¿Por qué hemos de negar que los ricos vienen a la vida eterna, aunque se excluyan de la otra perfección, con tal de que guarden los mandamientos, y den para que se les dé, y perdonen para que se les perdone?…

Esto se dijo, replican ellos, por lo que había de suceder: los ricos oirían el Evangelio, venderían su patrimonio y lo darían a los pobres, para seguir al Señor y entrar en el reino de los cielos, y así se realizaría lo que parecía difícil. No conseguirían la vida eterna quedándose con sus riquezas y guardando los preceptos del Apóstol, es decir, no alardeando de soberbia ni esperando en lo incierto de las riquezas, sino en Dios vivo; haciendo el bien y distribuyendo y comunicando sus bienes a los indigentes. Al vender todas sus cosas, cumplirían también esos mismos preceptos apostólicos.

Si eso dicen, y bien sé que lo dicen, no advierten ante todo cómo el Señor recomienda su gracia contra la doctrina que defienden ellos. Porque no dijo: «Lo que a los hombres parece imposible, es fácil para ellos si quieren», sino: Lo que es imposible para los hombres es fácil para Dios. De este modo muestra que, cuando eso se ejecuta rectamente, no se ejecuta por el poder humano, sino por la gracia de Dios. Atiendan, pues, y si reprenden a los que se glorían en sus riquezas, cuiden de no confiar ellos en su propia virtud. Porque ambos vicios son reprendidos juntamente con un salmo: Los que confían en su virtud y los que se glorían de la abundancia de sus riquezas. Oigan los ricos: Lo que es imposible para los hombres es fácil para Dios. Y ya se queden con sus riquezas y hagan con ellas buenas obras, … Eso es lo que les dice el Apóstol: Con temor y temblor obrad vuestra propia salud. Porque Dios es quien obra en vosotros el querer y el obrar conforme a la buena voluntad. Precisamente dicen que han recibido del Señor un consejo de perfección, el vender sus posesiones para seguir al Señor, porque en ese pasaje se añadió: Y ven y sígueme. Entonces, ¿por qué presumen de sola su voluntad en los bienes que hacen, y no oyen al Señor, aunque dicen que le van siguiendo, que les increpa y advierte: Sin mí nada podéis hacer?…

Quizá les impresiona lo que dice el Señor: El que dejare todas sus cosas por mí, recibirá en este mundo el céntuplo y en el futuro poseerá la vida eterna. Pero una cosa es dejar y otra vender. Entre las cosas que se han de dejar cita a la esposa: ninguna ley humana permite venderla, y la ley de Cristo ni siquiera permite dejarla, a no ser por causa de fornicación. Si esos preceptos no pueden ser contrarios entre sí, ¿qué significan sino que a veces puede darse un caso de necesidad en el que hemos de abandonar a la esposa o a Cristo? …

Lo mismo ha de entenderse de los hijos y padres, hermanos y hermanas. Hay que dejarlos a todos por Cristo, siempre que se interponga la condición de abandonar a Cristo si se desea retenerlos a ellos. Otro tanto se ha de entender en ese pasaje de la casa, campos y demás bienes que se poseen con derecho pecuniario. Tampoco acerca de esos bienes dijo el Señor: «Quien vendiere por mí todo lo que puede lícitamente vender», sino: Quien dejare. Puede acaecer que una autoridad le diga al cristiano: «O dejas de ser cristiano o, si quieres seguir siéndolo, tienes que renunciar a tu casa y a tus posesiones». En este caso, aun aquellos ricos que estaban determinados a retener sus riquezas para emplearlas en buenas obras y merecer a Dios, dejen todo por Cristo antes que dejar a Cristo por todo eso. Y entonces en este siglo recibirán el céntuplo, número perfecto que significa totalidad, porque del hombre fiel es todo el mundo de las riquezas. De ese modo se realiza que, no teniendo nada, lo poseen todo y en el siglo futuro poseerán la vida eterna. Pues, si dejan a Cristo por sus bienes, se precipitarán en la muerte eterna.

Esa ley o condición no afecta tan sólo a aquellos que en la excelencia de su intención abrazaron el consejo perfecto de vender y dar a los pobres sus bienes y llevar la suave carga de Cristo en unos hombros libres de toda la pesadumbre de este siglo. Afecta también a los que son más débiles y menos idóneos para aquella gloriosísima perfección, pero que recuerdan que son cristianos de verdad. Cuando oyen que se les propone el abandonar a Cristo si quieren seguir con esos bienes, tienen que atenerse a la torre de fortaleza frente al enemigo. Cuando la edificaron en su fe, calcularon el coste de la edificación perfecta, es decir, vinieron a la fe con intención de renunciar a este siglo con algo más que con palabras. Si algo compraron, vivían como si no poseyeran, y si utilizaban el mundo, vivían como si no lo utilizaran, porque no esperaban en lo incierto de las riquezas, sino en Dios vivo.

Todo el que renuncia a este siglo, sin duda renuncia a todo lo que implica, para poder ser discípulo de Cristo. El mismo Cristo, después de adelantar las metáforas de los gastos necesarios para edificar la torre y preparar la guerra contra otro rey, añadió: Quien no renuncia a todos sus bienes, no puede ser mi discípulo. Luego renuncia también a sus riquezas, si las tiene: o bien porque, desdeñándolas, las distribuye a los indigentes y se libera de cargas superfluas, o bien porque ama más a Cristo y traslada su fe en ellas a Él. Así las utiliza de modo que, siendo fácil en dar y comunicar, atesora en el cielo. Está dispuesto a dejarlas, del mismo modo que a los padres, hijos, hermanos y esposa, si se le propone la condición de abandonar a Cristo para retenerlas. Porque si, al venir al misterio de la fe, renuncia a este siglo de otro modo, hace lo que el bienaventurado Cipriano dice de los cristianos caídos en la apostasía, gimiendo: «Renuncian al siglo con meras palabras, no con hechos». Cuando llega la tentación y el rico teme más el perder sus riquezas que el negar a Cristo, se dice de él: Mirad un hombre que empezó a edificar y no pudo acabar. Él es quien, cuando todavía el enemigo estaba lejos, envió legados a pedir la paz; es decir, todavía no le afligía la tentación, sino que le amenazaba y urgía a quedarse con las cosas que más amaba, y ya consintió en abandonar y negar a Cristo. Y hay muchos así que hasta piensan que la religión cristiana debe servirles para aumentar sus riquezas y multiplicar los deleites terrenos.

Pero no son así los ricos cristianos, que, aunque poseen bienes, no son poseídos por ellos hasta el punto de anteponerlos a Cristo. Porque renunciaron al siglo con intención tan leal, que no ponen esperanza alguna en esos bienes. Instruyen con sana doctrina a sus esposas, hijos y entera familia para que retengan la religión cristiana. Sus casas están cálidas de hospitalidad, y reciben al justo por el nombre de justo para conseguir el premio del justo. Parten su pan con el hambriento, visten al desnudo, redimen al cautivo y se atesoran un fundamento bueno para el futuro con intención de alcanzar la verdadera vida. Cuando por la fe de Cristo han de padecer daños pecuniarios, odian sus riquezas. Si el mundo les amenaza con la separación o supresión de los suyos por Cristo, odian a los padres, hermanos, hijos y esposas. En fin, si entra en cuestión con el enemigo la misma vida temporal para que Cristo, abandonado él, no los abandone, entonces odian su propia vida. Porque sobre todo eso se les dio precepto bajo pena de no ser discípulos de Cristo.

Se les ha ordenado que odien hasta sus vidas por Cristo. No por eso deben venderlas o quitárselas con mano violenta. Basta que estén prontos a perderlas muriendo por el nombre de Cristo para no vivir muertos negando a Cristo. Aunque no estaban dispuestos a vender esas riquezas por la amonestación de Cristo, deben estar prontos a perderlas por Cristo para no perecer con ellas perdiendo a Cristo. Por eso tenemos eminentísimas personas ricas de ambos sexos sublimadas con la gloria del martirio. Muchos que habían sido anteriormente remisos para alcanzar la perfección vendiendo sus bienes, se hicieron de repente perfectos imitando la pasión de Cristo; con sus riquezas mantuvieron alguna condescendencia con la carne y la sangre, pero de pronto lucharon por su fe contra el pecado hasta la sangre. Los hay que no alcanzaron la palma del martirio ni aceptaron el grande y noble consejo de perfección de vender sus bienes, y, sin embargo, se mantuvieron inmunes de crímenes mortales, alimentaron a Cristo hambriento, le abrevaron sediento, le vistieron desnudo, le hospedaron peregrino; éstos no se sentarán en lo excelso a juzgar con Cristo, pero estarán a su diestra para ser misericordiosamente juzgados. Pues bienaventurados los misericordiosos, porque ellos alcanzarán misericordia de Dios. Se juzgará sin misericordia a quien no tuvo misericordia, aunque la misericordia excede al juicio...

Yo, que esto escribo, amé ardientemente la perfección de la que habló el Señor cuando dijo al adolescente: Ve, vende cuanto tienes y dalo a los pobres, y tendrás un tesoro en el cielo, y ven y sígueme. Pero no por mis fuerzas, sino que lo hice con ayuda de la gracia divina y no por ser pobre se me tendrá menos en cuenta. Tampoco eran ricos los mismos apóstoles que lo hicieron antes que todos. Todo el mundo abandonó quien abandona lo que tiene y desea tener… (Carta a Hilario; 157,4)

 

San Bernardo:

Los peldaños que suben al cielo, a la ciudad, son los mismos que los descendentes; una misma es la puerta de entrada a Dios y la de salida, como también era única la escalera por la que subían y bajaban los ángeles que se aparecieron a Jacob.

Por tanto, el último peldaño descendente coincide con el primero ascendente; lo que ha sido camino de iniquidad para el descenso se convierte en camino de verdad para el ascenso. Extirpada toda codicia, hay que despreciar las realidades temporales, pero no en cuanto al uso de las mismas, sino porque empujan a muchos a la ruina. Los que van repletos y sobrecargados no corren bien; los desprendidos y liberados avanzan con mayor seguridad. El que no lleva el lastre de las posesiones terrenas está desnudo porque debe luchar con el desnudo, esto es, con el diablo. Mira si posees algo que te aprisione. Hay que sacudirse de los hombros todo cuanto pueda entorpecer la carrera hacia la patria. Pues nadie puede estar al servicio de dos amos, y ningún soldado activo se enreda en asuntos civiles. Por tanto, el que quiera vivir con devoción debe abrazar la pobreza espiritual, para comprender que la naturaleza misma nos asiste abundantemente aun en lo material. La vida es corta y no necesita muchas provisiones. Dichosos los pobres de espíritu. Esta es la primera etapa de la subida. (Tercera serie de sentencias, 94).

 

Simeón el Nuevo Teólogo:

Hombre, ¿no tienes miedo al ver que Dios te dice todos los días por medio de toda la divina Escritura: “Que no salga de vuestra boca ninguna palabra mala”? “Os digo que de toda palabra vana tendréis que responder”, y “cualquiera que dé de beber tan sólo un vaso de agua fresca recibirá una recompensa. ¿No has oído que Dios es el juez de los pensamientos y de las intenciones del corazón? ¿Qué es lo que dice? “Todo el que mira a una mujer deseándola, ya ha cometido adulterio en su corazón”. ¿Ves cómo juzga el adulterio de quien mira con deseo la cara de otra persona? Has de saber y estar seguro, hombre, que quien es dominado por el deseo de las riquezas también es juzgado avaro, aunque  no posea nada de lo que tiene el otro; y el que desea banquetes de platos suntuosos es un glotón, aunque, falto de todo, se alimente de pan seco y de agua. Es impuro el que se detiene y se fija en imaginaciones sucias, aunque jamás haya contemplado un rostro humano. Lo mismo que el que dice en su corazón: “Esto ha sido mal hecho y ha resultado todo al revés”, o también: “¿Cómo ha podido suceder esto o lo otro?”. Y también: “¿Por qué no ha sucedido esto?”. Que no se engañe, es un calumniador y será juzgado como culpable de malos juicios, aunque no haya salido una palabra de su boca y nadie haya oído su voz. (Catequesis, 3,6).

 

San Jerónimo

Cierto día un joven mancebo rico, que se jactaba de haber cumplido todo lo mandado en la Ley, díjole el Señor: “Una cosa te falta. Si quieres ser perfecto, vende todo cuanto tienes y dáselo a los pobres; y ven y sígueme” … Y no has de alegar tu noble alcurnia y el peso de tus riquezas. Mira al santo varón Pammaquio y al presbítero Paulino, ferventísimo en la fe, que no sólo las riquezas, sino a sí mismos se ofrecieron; quienes, contra la tergiversación del diablo, no dieron pellejo por pellejo, sino carnes y huesos y almas consagraron al Señor; los que de ejemplo y de palabra, esto es, de obra y de lengua pueden conducirte a mayores cosas. Noble eres; también ellos, y aún más nobles ellos en Cristo… tú haces limosnas… Pero estos son los rudimentos de tu milicia. Desprecias el oro; pero lo despreciaron también filósofos mundanos, uno de los cuales (Crates el cínico), por no mencionar otros, sumió en piélago el precio de sus cuantiosas posesiones, diciendo: “Idos al abismo, codicias malas, yo os ahogo para que vosotras no me ahoguéis”. Un filósofo animal de gloria y vil esclavo del aura popular, lanzó de una vez todo su lastre; ¿y tú te crees ya encaramado en la cima de las virtudes por haber ofrecido una parte del todo? A ti mismo te quiere el Señor cual hostia viva, santa, grata a Dios. A ti, digo, no a lo tuyo…

No quiero ofrezcas al Señor lo que puede el ladrón robar o el enemigo invadir, o la proscripción sustraer, lo que puede ir y venir a modo de olas y flujo, pasando de estos a otros dueños, o para decirlo, en una palabra, lo que, quieras o no quieras, con la muerte has de dejar. Ofrece aquello que ningún enemigo puede robarte, ningún tirano arrebatarte, lo que contigo vaya al sepulcro, mejor, a los reinos celestiales, a las delicias del Paraíso. Construyes monasterios y muchos santos por ti se sustentan en las islas de Dalmacia. Pero mejor harías si vivieses entre esos mismos santos…

No te digo esto censurando tus obras o para rebajar tu liberalidad y tus limosnas, sino porque no quisiera que fueses monje entre los seglares y seglar entre los monjes. Quiero el todo, cuando oigo que tu alma está del todo dedicada al culto divino… (Carta a Julián, rico caballero).

 

Balduino de Ford:

 ♦ El espíritu se hincha por la ambición vana de dos maneras, a saber: por amor de utilizar o de tener las cosas que se poseen, o por el deseo de poseer las que no se tienen. Ese mismo deseo ciertamente es amor, porque desear es en cierto modo amar. La ambición es amor del mundo, así como la caridad es amor de Dios. La ambición busca las cosas que le son propias, no las de Jesucristo…

Despreciar a Dios por cosas despreciables y amar lo despreciable más que a Dios es un vil orgullo y algo digno de vergüenza. Despreciar por Dios la gloria del mundo es un noble orgullo, y más noble aún si por Cristo se desprecia sin vergüenza la propia vergüenza; por Cristo, que en lugar del gozo que se le proponía, soportó la cruz y despreció la ignominia. Es mejor avergonzarse en este mundo de las dignidades y los honores, que de la cruz de Cristo. Quien se avergüence, dice, de mí y de mis palabras, de ese se avergonzará el Hijo del hombre, cuando venga en su gloria, en la de su Padre y en la de los santos ángeles… (Tratado IX; Las Bienaventuranzas evangélicas).

 

 

  Por estas palabras del Apóstol se muestra cuánta es la fuerza y cuánta la sabiduría que encierra la Palabra de Dios para aquellos que buscan a Cristo, Palabra, Fuerza y Sabiduría de Dios. Esta Palabra que, al principio, estaba junto al Padre y era coeterna con él, a su tiempo se reveló a los profetas, fue anunciada por ellos y recibida humildemente por la fe de los pueblos creyentes…

Esta Palabra de Dios, Palabra de la cual hablamos, es viva: el Padre le dio vida en sí misma, así como él mismo tiene la vida en sí mismo. Por esta razón no sólo es viva, sino que es también la Vida según dice de sí misma: Yo soy el camino, la Verdad y la Vida. Ella, como es la Vida, de tal modo es viva que da la vida. Porque como el Padre resucita a los muertos y les da la vida, así también el Hijo da la vida a los que quiere. Da la vida, cuando llama a un muerto del sepulcro y grita: ¡Lázaro, al fuera! Cuando esta palabra se hace escuchar tiene una virtud: escuchada desde fuera, es captada, y obra en el interior: los muertos resucitan, y de estas piedras surgen hijos de Abrahán.

Esta Palabra de Dios es pues viva en el corazón del Padre, viva en la boca del predicador, viva en el corazón del que cree y ama.

Viva como es, esta Palabra, sin ninguna duda es también eficaz, porque es la Palabra omnipotente. Cuando dijo: haya luz, enseguida hubo luz. Cuando dijo: haya lumbreras, enseguida hubo lumbreras. Sin demora todo lo que ella dijo se hizo. Esta palabra corre velozmente, y en su celeridad súbitamente existieron los altos cielos, la vasta tierra, los profundos mares…

Es eficaz cuando obra; eficaz cuando se la predica: En verdad que no volverá a mí vacía, sino que será propicia en todo a lo que ella ha sido enviada.

Es eficaz y más tajante que una espada de dos filos, cuando se cree en ella y se la ama. ¿Qué cosa es imposible para el que cree, o difícil para el que ama?

Cuando esta Palabra habla, sus palabras traspasan el corazón, como las saetas agudas de un fuerte. Como clavos que penetran profundamente, y en tal forma penetran, que penetran hasta lo más recóndito. En efecto, esta Palabra es más tajante que una espada de dos filos, …

Son dos los poderes que rigen el mundo: el poder real, y la dignidad sacerdotal… El rey lleva la espada… Más tajante que esta espada impotente es la Palabra, que tiene la capacidad, según el poder concedido por la Iglesia de perder el cuerpo y el alma en la gehena del fuego. Los jefes de la Iglesia, en virtud de la Palabra de Dios llevan una espada, …

Esta Palabra, que obra todo en todas las cosas de una manera admirable, obra casi por una cierta palabra íntima más admirable todavía en el corazón de los santos por efecto de su gracia, es decir por el temor, el amor y las otras virtudes santas, y muestra su poder y su sabiduría al penetrar hasta lo más recóndito y alcanzar hasta la división del alma y del espíritu.

… Y aunque alma y espíritu en naturaleza de su esencia son uno, sin embargo, de tal modo se los diferencia como diversos que el Apóstol dice: Que el propio Dios os santifique plenamente, y que todo vuestro ser, el espíritu, el alma y el cuerpo, se conserve sin mancha hasta la venida de Nuestro Señor Jesucristo, y en el texto que estamos tratando: Penetra hasta la división del alma y del espíritu. Aquí, porque alma y espíritu se encuentran unidos pero como siendo dos realidades separadas parece suponerse una distinción en esta unión. Por eso me parece que espíritu conviene a la parte más digna y mejor, es decir la vida para Dios.  El alma ciertamente que es también espíritu, cuando vive bien, vive para Dios…, y esta es la vida de gracia. Cuando vive mal, vive para sí, porque es la esclava de su voluntad propia: y esta es la vida de la falta…

Esta espada llega hasta la división del alma y del espíritu; ella separa recíprocamente el alma del espíritu, a la vida natural o vida carnal, de la vida espiritual…

Esta espada de tal modo persigue al hombre viejo, que no le basta con matarlo, sino que, después de haberlo matado, lo corta en trozos, lo despedaza completamente y penetra hasta la división de las coyunturas y de las médulas, hasta destruir por completo el cuerpo del pecado… (Tratado VI; La fuerza de la Palabra de Dios).

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