18 de octubre de 2015. Domingo 29º del Tiempo Ordinario – Ciclo B.-

18 de octubre de 2015

Domingo 29º del Tiempo Ordinario

- Ciclo B.-

 

Primera lectura

Lectura del libro de Isaías (53,10-11):

El Señor quiso triturarlo con el sufrimiento, y entregar su vida como expiación: verá su descendencia, prolongará sus años, lo que el Señor quiere prosperará por su mano. Por los trabajos de su alma verá la luz, el justo se saciará de conocimiento. Mi siervo justificará a muchos, porque cargó con los crímenes de ellos. 
Palabra de Dios

 

Salmo

Sal 32,4-5.18-19.20 y 22

R/. Que tu misericordia, Señor, venga sobre nosotros, como lo esperamos de ti

Que la palabra del Señor es sincera,
y todas sus acciones son leales;
él ama la justicia y el derecho,
y su misericordia llena la tierra. R/.

Los ojos del Señor están puestos en sus fieles,
en los que esperan en su misericordia,
para librar sus vidas de la muerte
y reanimarlos en tiempo de hambre. R/.

Nosotros aguardamos al Señor:
él es nuestro auxilio y escudo.
Que tu misericordia, Señor, venga sobre nosotros,
como lo esperamos de ti. R/.

 

Segunda lectura

Lectura de la carta a los Hebreos (4,14-16):

Mantengamos la confesión de la fe, ya que tenemos un sumo sacerdote grande, que ha atravesado el cielo, Jesús, Hijo Dios. No tenemos un sumo sacerdote incapaz de compadecerse nuestras debilidades, sino que ha sido probado en todo exactamente como nosotros, menos en el pecado. Por eso, acerquémonos con seguridad al trono de la gracia, para alcanzar misericordia y encontrar gracia que nos auxilie oportunamente.
Palabra de Dios

 

Evangelio

Lectura del santo evangelio según san Marcos (10,35-45):

En aquel tiempo, se acercaron a Jesús los hijos de Zebedeo, Santiago y Juan, y le dijeron: «Maestro, queremos que hagas lo que te vamos a pedir.»
Les preguntó: «¿Qué queréis que haga por vosotros?»
Contestaron: «Concédenos sentarnos en tu gloria uno a tu derecha y otro a tu izquierda.»
Jesús replicó: «No sabéis lo que pedís, ¿sois capaces de beber el cáliz que yo he de beber, o de bautizaros con el bautismo con que yo me voy a bautizar?»
Contestaron: «Lo somos.»
Jesús les dijo: «El cáliz que yo voy a beber lo beberéis, y os bautizaréis con el bautismo con que yo me voy a bautizar, pero el sentarse a mi derecha o a mi izquierda no me toca a mí concederlo; está ya reservado.» Los otros diez, al oír aquello, se indignaron contra Santiago y Juan.
Jesús, reuniéndolos, les dijo: «Sabéis que los que son reconocidos como jefes de los pueblos los tiranizan, y que los grandes los oprimen. Vosotros, nada de eso: el que quiera ser grande, sea vuestro servidor; y el que quiera ser primero, sea esclavo de todos. Porque el Hijo del hombre no ha venido para que le sirvan, sino para servir y dar su vida en rescate por todos.»
Palabra del Señor

COLLATIONES

Dirigiéndose Santiago y Juan al Maestro, se atreven a pedirle: Concédenos sentarnos en tu gloria uno a tu derecha y otro a tu izquierda. A lo que Jesús replica, como hace en otras ocasiones: No sabéis lo que pedís”, y esta vez añade: “¿sois capaces de beber el cáliz que yo he de beber, o de bautizaros con el bautismo con que yo me voy a bautizar?”.  Nos explica San Juan Crisóstomo que: “No es tiempo de coronas y de premios, sino de combates, luchas, sudores, de pruebas y de peleas. Esto es lo que significa la frase: No sabéis lo que pedís. Todavía no habéis probado las cárceles, aún no habéis salido a la palestra para combatir. ¿Sois capaces de beber el cáliz que yo he de beber, o de bautizaros con el bautismo con que yo me voy a bautizar? En este pasaje llama cáliz y bautismo a su cruz y a su muerte: cáliz, por la avidez con que lo apura; bautismo, porque por medio de su muerte iba a purificar el orbe de la tierra”.

Ante la petición de Santiago y Juan, los otros diez se indignaron, pero el Señor les contesta: “El que quiera ser grande, sea vuestro servidor; y el que quiera ser primero, sea esclavo de todos”. Y nos comenta San Jerónimo, que: “En vano, pues, aquellos piden cosas desmedidas y éstos se indignan contra su gran ambición, ya que se llega a la cima de la virtud no por el poder sino por la humildad. Finalmente propone su propio ejemplo de modo que, si hacen poco caso de sus palabras, su conducta los haga enrojecer”. Se pone él mismo como ejemplo y les dice: “El Hijo del hombre no ha venido para que le sirvan, sino para servir y dar su vida en rescate por todos”. También se lo hemos oído decir al profeta Isaías: Mi siervo justificará a muchos, porque cargó con los crímenes de ellos”. 

Es interesante lo que nos pide San Juan Crisóstomo: “Que ninguno de vosotros se perturbe por ver así de imperfectos a los apóstoles, pues aún no había llegado la cruz, aún no se había dado la gracia del Espíritu Santo. Si quieres conocer su virtud contémplalos después de esos misterios: los encontrarás superiores a toda enfermedad y vicio del alma. Por eso el evangelista descubre sus imperfecciones, para que veas cuáles fueron luego por obra de la gracia”.

“No tenemos un sumo sacerdote incapaz de compadecerse nuestras debilidades, sino que ha sido probado en todo exactamente como nosotros, menos en el pecado”. Dice San Juan Crisóstomo que cuando Jesús les contesta, les está queriendo decir: “Ni penséis que lo digo sin razón, sino tomad ejemplo de mis obras. Porque yo hice todavía algo más. Siendo Rey de las Potestades del cielo, quise hacerme hombre y ser vilipendiado y sufrir improperios. Y no contento con esto, me presenté a la muerte…” Y continúa diciendo San Juan Crisóstomo: “Pues por más que te humilles, no puedes abajarte tanto cuanto se abajó tu Señor. Pero ese abajarse fue ascensión para todos y manifestó así su gloria”.

“La misericordia del Señor llena la tierra”. Según San Agustín: “La misericordia consiste, lo sabemos, en perdonar los pecados; la misericordia consiste en conceder la vida eterna”. Los Apóstoles llevaron la misericordia del Señor a toda la tierra. “Al ser la gran misericordia del Señor el perdón de los pecados, fue este perdón lo que el Señor predijo que se predicaría por todas las naciones” (San Agustín).

“Acerquémonos con seguridad al trono de la gracia, para alcanzar misericordia y encontrar gracia que nos auxilie oportunamente”. Es muy bonita la explicación de San Elredo, que dice que el Señor: “Hizo para sí un trono en el cuerpo y alma de la Santísima Virgen, en el que concede y distribuye con caridad las riquezas de su misericordia”. Acerquémonos todos, con confianza, a ese trono que es María, Madre de la Iglesia, desde el cual nos llegan la misericordia y la gracia que vienen de Dios.

San Jerónimo:

En las divinas Escrituras por cáliz entendemos la pasión: Padre. Si es posible, aparta de mí este cáliz; y en el salmo: ¿Cómo pagaré al Señor todo el bien que me ha hecho?, tomaré el cáliz de la salvación e invocaré el nombre del Señor; e inmediatamente añade cuál es este cáliz: Es preciosa a los ojos del Señor la muerte de sus santos.

Les dijo: Está bien, vosotros beberéis mi cáliz, pero no me toca a mí conceder que os sentéis a mi derecha o a mi izquierda, sino que esos puestos son para quienes se los ha destinado mi Padre. Nos preguntamos cómo los hijos de Zebedeo, es decir Santiago y Juan, han bebido el cáliz del martirio ya que la Escritura cuenta que solamente el apóstol Santiago fue decapitado por Herodes, Juan en cambio terminó su vida con una muerte natural. Pero si leemos la historia de la Iglesia en la que se narra que también él fue colocado en una olla de aceite hirviendo para ser martirizado y que, atleta de Cristo, salió de allí para recibir la corona y fue relegado enseguida a la isla de Patmos, veremos que su alma no se sustrajo al martirio. Juan bebió el cáliz de la confesión como lo habían bebido los tres jóvenes en el horno ardiente, aunque el perseguidor no haya derramado su sangre. En cuanto a las palabras: No me toca a mí conceder que os sentéis a mi derecha o a mi izquierda, sino que esos puestos son para quienes se los ha destinado mi Padre, debemos comprenderlas así: El Reino de los cielos no pertenece a aquel que lo da, sino al que lo recibe; Dios no hace acepción de personas, pero cualquiera que se haya mostrado digno del Reino de los cielos, recibirá lo que está preparado para los triunfadores y vencedores, también vosotros lo recibiréis. Otros pretenden que se habla de Moisés y Elías, a quienes poco antes habían visto conversar con él en el monte; pero ésta no es de ningún modo mi opinión. Por eso aquí no se dan los nombres de los que estarán sentados en el Reino de los cielos, no sea que al nombrar unos pocos, todos los demás se sientan excluidos.

Humilde y manso, el Maestro no reprocha a los dos solicitantes su ambición inmoderada ni reprende a los otros diez por su indignación y sus celos, sino que les propone un ejemplo adecuado para enseñarles que el mayor es el que haya sido el menor y que llegará a ser al amo el que es siervo de todos. En vano, pues, aquellos piden cosas desmedidas y éstos se indignan contra su gran ambición, ya que se llega a la cima de la virtud no por el poder sino por la humildad. Finalmente propone su propio ejemplo de modo que, si hacen poco caso de sus palabras, su conducta los haga enrojecer. Dice: Como el Hijo del hombre no vino a ser servido sino a servir. Fíjate, lo hemos dicho a menudo, el que sirve es llamado Hijo del hombre. Y a dar la vida en rescate por muchos, es decir, por aquellos que quieran creer. (Comentario al Ev. de Mateo, 20).

San Juan Crisóstomo:

Mientras Jesús iba subiendo a Jerusalén, se acercó a Jesús la madre de los Zebedeos con sus hijos, Santiago y Juan, y le dijeron: Ordena que estos dos hijos míos se sienten uno a tu derecha y el otro a la izquierda. En cambio, el otro evangelista pone esta petición en boca de los hijos. Sin embargo, no existe discrepancia alguna, ni tenemos por qué detenernos en tales minucias. La verdad es que, habiendo enviado por delante a la madre para preparar el terreno, después que ella hubo hablado, fueron ellos quienes presentaron la petición, sin saber, desde luego, lo que pedían, pero pidiéndolo efectivamente. Pues aun siendo apóstoles, eran, no obstante, todavía muy imperfectos, como polluelos que se remueven en el nido por no haberles aún crecido las alas. Porque es muy útil que sepáis que, antes de la pasión, los apóstoles andaban como inmersos en un mar de ignorancia, por lo cual increpándolos les decía: A estas alturas, ¿tampoco vosotros sois capaces de entender? … Arrastrándose sobre la tierra, eran todavía incapaces de levantar el vuelo a las alturas.

Imbuidos, pues, como estaban de esta opinión, y esperando como esperaban que de un momento a otro iba Jesús a instaurar el reino en Jerusalén, eran incapaces de asimilar otra cosa… No habiendo, pues, alcanzado todavía un evidente y exacto conocimiento de los dogmas, sino creyendo dirigirse a un reino terreno y que Jesús iba a reinar en Jerusalén, tomándolo aparte en el camino, estimando que la ocasión era pintiparada, le formulan esta petición. Pues habiéndose separado del grupo de los discípulos, y como si todo dependiese de su arbitrio, piden un puesto de privilegio y que se les aseguren los cargos más importantes, como quienes pensaban que las cosas estaban ya tocando a su fin y que el asunto estaba a punto de cerrarse, y que era llegado el tiempo de las coronas y de los premios. Lo cual era el colmo de la inconsciencia.

Pues bien, hecha esta petición, escucha lo que les responde Jesús: No sabéis lo que pedís. No es tiempo de coronas y de premios, sino de combates, luchas, sudores, de pruebas y de peleas. Esto es lo que significa la frase: No sabéis lo que pedís. Todavía no habéis probado las cárceles, aún no habéis salido a la palestra para combatir. ¿Sois capaces de beber el cáliz que yo he de beber, o de bautizaros con el bautismo con que yo me voy a bautizar? En este pasaje llama cáliz y bautismo a su cruz y a su muerte: cáliz, por la avidez con que lo apura; bautismo, porque por medio de su muerte iba a purificar el orbe de la tierra; y no sólo lo redimía de este modo, sino mediante la resurrección, si bien ésta no le resultaba penosa. Les dice: El cáliz que yo voy a beber lo beberéis, y os bautizaréis con el bautismo con que yo me voy a bautizar, refiriéndose de este modo a la muerte. Santiago fue efectivamente decapitado, y Juan fue varias veces condenado a muerte. Pero el sentarse a mi derecha o a mi izquierda no me toca a mí concederlo; está ya reservado. Vosotros, ciertamente, moriréis, os matarán, conseguiréis la corona del martirio; pero en cuanto a que seáis los primeros, no me toca a mí concederlo: lo recibirán los que luchan, en base a su mayor esfuerzo, en atención a su mayor prontitud de ánimo. (Homilía 7 contra los anomeos, 4-5)

 

Como se iban acercando a Jerusalén, dice, y pensaban ellos que ya iba a establecerse el reino de Dios, hicieron su petición. Pensaban que ya estaba cerca ese reino y que era un reino sensible y que si alcanzaban lo que pedían ya en adelante nada triste les acontecería ni sufrirían. Pues no suplicaban únicamente por el reino, sino por verse libres de trabajos.

Por esto Cristo ante todo les quita semejante pensamiento y les ordena esperar muertes, peligros y toda clase de sufrimientos extremos. Les dice: ¿Podéis beber el cáliz que yo he de beber? Que ninguno de vosotros se perturbe por ver así de imperfectos a los apóstoles, pues aún no había llegado la cruz, aún no se había dado la gracia del Espíritu Santo. Si quieres conocer su virtud contémplalos después de esos misterios: los encontrarás superiores a toda enfermedad y vicio del alma. Por eso el evangelista descubre sus imperfecciones, para que veas cuáles fueron luego por obra de la gracia. Por su petición se descubre que no buscaban nada espiritual y ni noción tenían del reino de allá arriba. Pero veamos cómo se acercan y qué es lo que piden. Le dicen: Queremos que nos concedas cualquier cosa que te pidamos. Cristo les responde: ¿Qué queréis? No lo hizo porque lo ignorara, sino para que ellos quedaran obligados a contestar y así descubrieran su llaga, y ponerle remedio.

… Pienso yo que, como habían oído aquello de: os sentaréis sobre doce tronos, querían obtener los primeros puestos. Sabían que antecedían a los demás, pero temían de Pedro. Le dicen pues a Jesús: Ordena que se siente uno de nosotros a tu diestra y el otro a la izquierda. Y le urgen diciendo: Ordena. ¿Qué les contesta? Para demostrarles que ni pedían cosa alguna espiritual, y que si supieran lo que pedían, jamás lo habrían pedido, les dice. No sabéis lo que pedís. Es decir, cuan alta cosa sea, cuan admirable, cuan por encima de las mismas Potestades del cielo. Luego añade: ¿Podéis beber el cáliz que yo he de beber y ser bautizados con el bautismo con que yo voy a ser bautizado? ¿Observas cómo inmediatamente los aparta de aquella opinión hablándoles de cosas enteramente contrarias? Como si les dijera: vosotros me habláis de honores y coronas; pues yo os hablo de certámenes y trabajos y sudores. No es este tiempo de premios ni ahora aparecerá aquella mi gloria: sino que la vida presente es de muerte, guerras y peligros.

Advierte cómo por el modo de preguntarles al mismo tiempo los exhorta y atrae. Porque no les dice: ¿Podéis soportar la muerte? ¿podéis derramar vuestra sangre? Sino ¿qué? ¿Podéis beber el cáliz? Y luego alentándolos y atrayéndolos añade: que yo voy a beber, con el objeto de darles mayor prontitud por razón de su compañía. Y lo llama bautismo para indicar que de ahí vendría gran purificación a todo el orbe. Ellos le dicen: ¡Podemos! Lo prometen al punto, llevados del fervor de su alma, sin saber lo que dicen, pero esperando de este modo conseguir lo que pedían. ¿Qué les dice él? Beberéis en verdad mi cáliz y seréis bautizados con el bautismo con que yo voy a ser bautizado. Grandes bienes les profetiza. Pues significa: Seréis dignos del martirio y padeceréis lo que yo voy a padecer; terminaréis vuestra vida con una muerte violenta y en esto seréis mis compañeros. Pero sentaros a mi diestra y a mi izquierda, no está en mi poder otorgarlo, sino a aquellos a quienes está reservado por mi Padre.

Una vez que les hubo levantado el ánimo y llevado a regiones más altas y los hizo vencedores de la tristeza, finalmente corrige su petición. Mas ¿qué significa lo que ahora se dice? Porque muchos hacen una doble pregunta: en primer lugar si el sentarse a la derecha de Cristo le está reservado a alguno; y en segundo lugar, si acaso el que es Señor de todos no puede concederlo a quienes está reservado. En suma, qué significa lo dicho. Si resolvemos la primera cuestión la segunda quedará clara para esos que preguntan. ¿Qué significa, pues? Ninguno se sentará ni a la diestra ni a la siniestra de Él, pues su trono es inaccesible a todos: no digo únicamente a los hombres ya sean santos y aun apóstoles, pero aun a los ángeles, los arcángeles y todas las Potestades del cielo. Pablo eso lo pone como prerrogativa del Unigénito cuando dice: Porque ¿a cuál de los ángeles dijo jamás: Siéntate a mi diestra hasta que ponga a tus enemigos como escabel de tus pies? A los ángeles dice: El hace a sus ángeles vientos y a sus ministros llama de fuego; pero respecto del Hijo dice: Tu trono, oh Dios, por los siglos de los siglos. Entonces ¿cómo dice: Sentarse a mi diestra y a mi izquierda no está en mi poder otorgarlo? ¿Es porque ya están determinados los que ahí se han de sentar? ¡De ninguna manera! ¡lejos tal cosa! Sino que responde según el pensamiento de los que le preguntaban, atemperándose a su debilidad. Porque ellos nada sabían de aquel trono sublime ni del trono a la diestra del Padre, pues no alcanzaban ni siquiera las cosas más bajas con mucho de que cada día eran instruidos. Lo único que ellos buscaban era sentarse en los primeros lugares y preceder a los otros y que nadie allá con El estuviera antes que ellos. Pues, como ya dije, habían oído lo de los doce tronos e ignorando qué fuera eso, pidieron el primer lugar.

Así que lo que Cristo dice es esto: Ciertamente moriréis por mí, os inmolaréis en aras de la predicación, seréis partícipes de mi Pasión. Pero eso no basta para que os adquiera los primeros lugares y estéis en los puestos delanteros. Si llega algún otro que haya padecido el martirio y haya alcanzado la virtud con mayor perfección que vosotros, aunque yo os amo y os prefiero a otros, no por eso rechazaré al otro a quien ensalzan sus virtudes y os daré el puesto de preferencia. Aunque para no causarles dolor, no se lo dijo con estas palabras, sino que como en enigma lo dejó entender con decirles: Mi cáliz ciertamente lo beberéis y seréis bautizados con el bautismo con que yo lo seré; mas el sentarse a mi diestra o a mi izquierda no está en mi poder otorgarlo, sino a aquellos a quienes está reservado por mi Padre…

Entonces se indignaron los otros diez contra ambos hermanos. Entonces. ¿Cuándo? Cuando Jesús los increpó. Pues mientras Cristo daba su parecer no se indignaban; sino que aun cuando veían que los dos hermanos eran preferidos, por honra y reverencia del Maestro callaban, aunque en su ánimo sintieran dolor, pues no se atrevían a manifestarlo. Ya antes habían sufrido lo mismo respecto de Pedro, es decir, ese afecto humano, allá cuando el didracma: no se indignaron, sino que solamente preguntaron: ¿Quién es mayor? Aquí, cuando vieron lo que los dos discípulos pedían, se indignaron. Pero no se indignaron al hacer aquéllos su petición, sino cuando Cristo los increpó y les advirtió que no ocuparán los primeros asientos, sino en el caso de que se mostraran dignos de ello.

¿Observas cuan imperfectos eran aún todos, tanto los que intentaban preceder a los diez, como los diez que sentían envidia de los otros dos? Pero, como ya dije, tráelos al medio más tarde y los verás desnudos de toda esa clase de afecciones…

¿Qué hace Cristo?… Les dice: Los jefes de las naciones dominan despóticamente sobre ellas y sus magnates ejercen sobre ellas un poder tiránico. No debe ser así entre vosotros, sino que quien aspire entre vosotros a ser grande sea servidor de todos; y quien quiera ser el primero, será esclavo y el último de todos. Demostró así que el anhelar los primeros puestos era cosa que se acercaba a los usos de los gentiles. La ambición es una pasión tiránica que con frecuencia agita a los grandes hombres. Por lo cual necesitan de mayor castigo. Por lo cual también él aplica un mayor castigo al avergonzar a los ánimos llenos de hinchazón mediante la comparación con los gentiles; y con esto corta la envidia de los diez y la arrogancia de los otros dos. Como si dijera: No os indignéis como si se os hiciera injuria Quienes ambicionan los puestos primeros, a sí mismos se hacen daño y se causan desdoro, pues por eso mismo ocupan el último lugar. Porque las cosas no van por el mismo camino entre nosotros y entre los gentiles. Los jefes de las naciones dominan despóticamente sobre ellas; pero aquí conmigo, el último es el primero. Ni penséis que lo digo sin razón, sino tomad ejemplo de mis obras. Porque yo hice todavía algo más. Siendo Rey de las Potestades del cielo, quise hacerme hombre y ser vilipendiado y sufrir improperios. Y no contento con esto, me presenté a la muerte.

Por tal motivo dice: El Hijo del hombre no vino a ser servido, sino a servir, y a dar su vida por la redención de muchos. Que es como decir: no paré aquí, sino que di mi vida para redención. Y ¿por quiénes? Por enemigos. Mientras que tú, si fueres humillado, en tu favor lo llevas; yo en cambio lo hice por ti. No temas, pues, como si fueras a perder tu honra. Pues por más que te humilles, no puedes abajarte tanto cuanto se abajó tu Señor. Pero ese abajarse fue ascensión para todos y manifestó así su gloria. Pues antes de hacerse hombre, solamente era conocido de los ángeles; pero una vez que se hizo hombre y fue crucificado, no sólo no disminuyó su gloria, sino que recibió además una nueva por el conocimiento que de Él tuvo el orbe. No temas como si se te arrebatara tu honra por el hecho de humillarte; pues, al contrario, de ese modo, se te aumenta mucho más y se te hace mayor…

Nada aborrece Dios tanto como la soberbia. Por esto desde el principio puso todos los medios para desterrar esta enfermedad. Para ello fuimos hechos mortales, y vivimos entre dolores y gemidos, y entre trabajos y miserias. Por la arrogancia pecó el primer hombre, pues esperaba ser igual a Dios y el resultado fue que ni siquiera conservó lo que ya poseía, sino que todo lo perdió. Esa es la naturaleza de la arrogancia: que no sólo nada nos ayuda para la vida, sino que nos priva aun de lo que ya tenemos. En cambio la humildad no nos priva de bien alguno, sino que nos aporta los que no poseíamos. Pues bien: insistamos en esta virtud, ejercitémosla para que juntamente disfrutemos de la vida presente y consigamos la eterna, por gracia y misericordia de nuestro Señor Jesucristo, al cual sea la gloria y el poder, junto con el Padre y el Espíritu Santo, ahora y siempre y por los siglos de los siglos. Amén. (Homilías sobre el Ev. de San Mateo; Homilía 65)

 

Cuando Cristo se humilló a sí mismo, lo enalteció todo, suprimió la muerte, abrió el paraíso, destruyó el pecado, enrolló como un velo la bóveda del cielo, introdujo en el cielo nuestras primicias, llenó la tierra de piedad, ahuyentó el error, estableció la verdad, hizo sentar en el trono real al que era nuestra primicia, realizó una multitud de buenas acciones que ni nosotros ni nadie puede enumerar ante su vista. Antes que Él se humillase, sólo los ángeles lo sabían, pero una vez humillado, toda la raza humana lo ha reconocido. Mira cómo su abajamiento no ha sido causa de mengua, sino que ha producido innumerables beneficios, millares de acciones buenas y ha hecho que su gloria brillara con mayor resplandor. Cuando se trata de Dios, que no necesita nada porque nada le falta, el hecho de humillarse ha reportado un provecho: ha aumentado el número de sus servidores y ha extendido su reino. ¿Por qué tú cuando te humillan piensas que disminuyes? (Homilía sobre la incomprensibilidad de Dios, 8, 6).

San Ambrosio:

Es provechoso para mí saber que Cristo tomó sobre Él mis propias enfermedades, se sometió a las pasiones de mi propio cuerpo, “por mí”, es decir por todos los hombres, “se hizo pecado”, por mí, llegó a ser maldecido, por mí y en mí se sometió, por mí se hizo cordero, viña, piedra, esclavo, hijo de la esclava; por mí ignoró el día del juicio, por mí no supo ni el día ni la hora. (Sobe la fe, 2, 11, 93).

No afirmó: “No está en mí concederlo”, sino “no me corresponde concedéroslo”, es decir, afirmaba que no le faltaba el poder para concederlo, sino que faltaba el mérito de las criaturas… Y haciendo referencia al Padre, añadió: “Para quienes están dispuestos”, indicando que tampoco el Padre lo concede a quienes se lo piden, sino a los méritos. Porque “Dios no tiene acepción de personas”. Por eso el Apóstol también dijo: “Aquellos que conoció de antemano y predestinó”. El Padre no predestinó antes de conocer, sino que predestinó los premios de quienes había conocido de antemano sus méritos. (Sobe la fe, 5, 6, 81-83).

San Agustín:

Porque la palabra del Señor es recta, y todas sus obras están hechas con fidelidad. Incluso en aquello que desagrada a los malos, él es recto. Y todas sus obras son según la fe. Que tus obras se fundamenten en la fe, ya que el justo vive de la fe, y la fe obra por el amor; que tus obras se fundamenten en la fe, porque creyendo en Dios es como llegas a ser fiel. ¿Y cómo las obras de Dios pueden ser según la fe, como si también Dios viviera de la fe? Vemos que también Dios es fiel, y esto no lo decimos nosotros; escucha al Apóstol: Fiel es Dios, dice, y no permitirá que seáis tentados más allá de vuestras fuerzas, sino que, para que podáis resistir, él hará que con la prueba venga también la victoria. Ya has oído cómo Dios es fiel. Escuchad otra cita: Si perseveramos, reinaremos con él; si lo negamos, también él nos negará; si somos infieles, él permanece fiel, porque no puede negarse a sí mismo. Tenemos, pues, claro que Dios también es fiel. Pero distingamos enseguida la fidelidad de Dios de la del hombre. El hombre fiel es el que cree en las promesas de Dios, y la fidelidad de Dios está en dar al hombre lo prometido. Consideremos fidelísimo al deudor, ya que lo tenemos como un misericordiosísimo prometedor. Y no es que nosotros le hayamos prestado algo, para que él sea nuestro deudor; todo lo que le ofrecemos, se lo debemos a él, y de él procede incluso lo que tenemos de buenos… ¿Deudor por qué? Porque ha hecho promesas. A Dios no le decimos: – Señor, devuelve lo que recibiste, sino: – Dame lo que prometiste. Porque la palabra del Señor es recta. ¿Qué quiere decir que es recta la palabra del Señor? Que nunca te defrauda. Tú no le defraudes. Te digo más, tú no te defraudes a ti mismo. ¿Quién podrá engañar al que todo lo sabe? Pero la maldad se engaña a sí misma. Porque la palabra del Señor es recta, y todas sus obras están hechas con fidelidad.

Él ama la misericordia la justicia. Llévalas tú a la práctica, porque también él las practica. Poned atención en la misericordia y en la justicia. El tiempo de la misericordia es ahora, y el de la justicia viene después. ¿Por qué es ahora el tiempo de la misericordia? Porque ahora llama a los extraviados, perdona los pecados a los que se convierten; tiene paciencia con los pecadores, hasta lograr su conversión; y cuando se convierten olvida todo su pasado y promete el futuro: anima a los perezosos, consuela a los afligidos, enseña a los interesados, ayuda a los que luchan; no abandona a nadie cuando está en apuros y le pide auxilio; él mismo da lo que se le ha de ofrecer en sacrificio, y concede con qué aplacarlo. Que no se nos pase, hermanos, que se nos pase en balde este gran tiempo de la misericordia. El juicio vendrá después: entonces habrá arrepentimiento, pero ya infructuoso…

Pero no vayáis a creer, hermanos, que estas dos cosas en Dios puedan separarse entre sí de alguna manera. Por cierto, que a veces parecerán contrarias entre sí, es decir, que el misericordioso no tenga en cuenta la justicia, y que el riguroso con la justicia, se olvide de la misericordia. No, Dios es omnipotente, y ni en su misericordia se olvida de la justicia, ni en la justicia se olvida de la misericordia. Se compadece, tiene en cuenta su imagen que está en nosotros, tiene en cuenta nuestra fragilidad, nuestros errores, nuestra ceguera, y nos llama; a los que se vuelven y lo escuchan, les perdona sus pecados, y a los que no se convierten no se los perdona. ¿Es misericordioso con los injustos? ¿Acaso abandonó la justicia, o no debió juzgar entre quienes se convirtieron y quienes no? ¿Os parece justo a vosotros, que sean equiparados el que se ha convertido y el impenitente, y que sean recibidos del mismo modo el sincero y el mentiroso, el humilde y el soberbio? Luego la misericordia incluye en sí misma la justicia. Es más, en una tal justicia se incluye la misericordia, con relación a aquéllos a quienes se dirá: Tuve hambre y me disteis de comer. De hecho, se dice en una de las cartas apostólicas: Habrá un juicio sin misericordia para quien no practicó la misericordia. Y se dice también: Dichosos los misericordiosos, porque ellos serán tratados con misericordia. Luego en aquel juicio habrá también misericordia, pero no sin aplicar la justicia. Por lo tanto, si se trata con misericordia no a cualquiera, sino a quien se adelantó en practicar él la misericordia, tal misericordia es justa y no desordenada. La misericordia consiste, lo sabemos, en perdonar los pecados; la misericordia consiste en conceder la vida eterna. Fíjate cómo allí hay justicia: Perdonad y seréis perdonados; dad y se os dará. Sin duda que tanto el se os dará, como el seréis perdonados, es misericordia. Si de allí desapareciera la justicia, no se diría: La misma medida que vosotros uséis, la usarán con vosotros.

Habéis oído cómo Dios practica la misericordia y la justicia; practica tú también la misericordia y la justicia. ¿Es que acaso pertenecen sólo a Dios y a los hombres no? Si no pertenecieran también a los hombres, no habría dicho el Señor a los fariseos: Habéis descuidado lo principal de la Ley: la misericordia y la justicia. Así que también te pertenecen a ti la misericordia y la justicia. No vayas a pensar que sólo tiene que ver contigo la misericordia y no la justicia. (Comentario a los salmos; Salmo 32; Comentario II, sermón primero, 9-12).

 

El que ama la misericordia se compadece. El que se compadece ¿podrá prometer y no dar, cuando podría dar incluso sin prometer? Es evidente, pues, que el amar la misericordia lleva consigo que se vea cumplido lo prometido; y el amar la justicia lleva consigo el tomar cuenta de lo dado. Dijo, por eso, el mismo Señor a uno de los siervos: Deberías haber dado mi dinero en préstamo, y al llegar yo lo habría recuperado con los intereses. Por eso recordamos esto, para caigamos en la cuenta de lo que ahora hemos oído. Él mismo nos dice en otro pasaje del Evangelio: Yo no juzgo a nadie; la palabra que les he hablado a ellos, ésa los juzgará el último día. Que no se excuse el que no quiera oír, como si no hubiera nada que el Señor le vaya a exigir. Se le exigirá también lo mismo por haberse negado a aceptar cuando se le daba. Porque una cosa es no poder recibir, y otra no querer recibir. El primero tiene una excusa necesaria; el segundo una culpa voluntaria. Por eso todas sus obras son fieles; él ama la misericordia y la justicia. Vosotros aceptad la misericordia, pero temed la justicia, no sea que cuando venga y nos exija cuentas, nos encuentre en tal estado, que nos deje con las manos vacías. Porque él nos exige el fruto de lo que nos ha entregado; después de dárselo, él nos otorga la vida eterna. Recibid, pues, la misericordia, recibámosla todos. Que nadie de nosotros se duerma a la hora de recibirla, no sea que nos despertemos sobresaltados a la hora de rendir cuentas. Recibid lo que se os da misericordiosamente: esto es lo que Dios nos grita, como si se nos dijera en tiempo de hambre: “Id a recibir el trigo”. Si en tiempo de hambre oyeras algo así, echarías a correr impulsado por la necesidad, moviéndote de aquí para allá, y buscarías dónde encontrar lo que se te dijo: Tomad. Y una vez encontrado, ¿te ibas a quedar parado? ¿Cuánto tiempo ibas a dejar pasar antes de recibirlo? De la misma manera se nos dice ahora: Id a recibir la misericordia. Porque él ama la misericordia y la justicia. Y cuando lo hayas recibido úsalo bien; así podrás rendir cuentas como es debido, cuando llegue el juicio del que ahora, en este tiempo de hambre, te ha otorgado su misericordia.

Y no me vayas a decir: ¿Dónde la recibiré? ¿A dónde acudir? Recuerda lo que acabas de cantar: La tierra está llena de la misericordia del Señor. ¿Dónde no se predica ya el Evangelio? ¿Dónde no resuena la Palabra del Señor? ¿Dónde la salvación ha dejado de operar? Es necesario que lo quieras recibir: los hórreos están repletos. Toda esta abundancia, toda esta plenitud, no se han quedado esperando a que tú vinieras: al contrario, ellas mismas vinieron a despertarte. No se dijo: Levántense las naciones y vayan a tal lugar; no, todo esto se anunció a los gentiles allí donde estaban, para que se cumpliera la profecía que dice: Le adorará cada uno desde su lugar.

Por eso, al decir: La tierra está llena de la misericordia del Señor, tú podrías preguntar: ¿Cómo se ve que la misericordia del Señor llena la tierra? He aquí la respuesta: primero fueron mandados unos cielos que derramaron la misericordia del Señor sobre la tierra, sobre toda la tierra… Escucha lo que sigue: A toda la tierra llegó su sonido, y hasta los confines del orbe sus palabras. ¿Qué palabras, sino las de los cielos que proclaman la gloria de Dios? Luego si su sonido alcanzó a toda la tierra, y hasta los límites del orbe su lenguaje, que nos diga el que los envió qué fue lo que nos predicaron. Sí, nos lo dice con toda claridad, nos lo indica con toda fidelidad. Porque incluso antes de que sucediera, predijo lo que había de suceder; y lo hizo el que todas sus obras las hizo con fidelidad. Resucitó de entre los muertos, y después que sus discípulos lo reconocieron, porque le habían palpado sus miembros, les dice: Era necesario que Cristo padeciera, que resucitara de entre los muertos al tercer día, y que en su nombre se predicase la conversión y el perdón de los pecados. ¿Desde dónde y hasta dónde? Por todos los pueblos, dice, comenzando por Jerusalén. ¿Y cuál es, hermanos, la misericordia más generosa que todos esperamos del Señor, sino el que nuestros pecados sean perdonados? Por eso, al ser la gran misericordia del Señor el perdón de los pecados, fue este perdón lo que el Señor predijo que se predicaría por todas las naciones: La tierra está llena de la misericordia del Señor. ¿De qué está llena la tierra? De la misericordia del Señor. ¿Por qué? Porque Dios por doquier perdona los pecados, al enviar los cielos para que rociasen la tierra con su lluvia.

¿Y cómo tuvieron estos cielos la audacia de recorrer el mundo llenos de confianza, y de poder llegar a ser cielos ellos, hombres débiles como eran, sino porque los cielos están consolidados en la Palabra del Señor? ¿De dónde iban a tener tanta valentía unas ovejas en medio de lobos, sino porque toda su fortaleza les viene del Espíritu de su boca? Mirad, les dijo, que os envío como ovejas en medio de lobos. ¡Oh Señor misericordiosísimo! Sin duda que haces esto para que tu misericordia llene toda la tierra. Porque si de tal manera eres misericordioso, que llenas la tierra de misericordia, mira a ver a quiénes envías y adónde los envías…

Para librar sus vidas de la muerte. Promete la vida eterna. ¿Y en la presente peregrinación? ¿Los abandonará? Mira cómo sigue el salmo: Y alimentarlos en tiempo de hambre. El tiempo del hambre es ahora, el de la hartura será después. El que no nos abandona durante el hambre que reina en esta corrupción, cuando nos transforme en inmortales, ¿de qué manera nos saciará? Ahora bien, mientras dura el tiempo del hambre, hay que tolerar, hay que resistir, hay que perseverar hasta el fin… ¿Y nuestro espectador quién es? Mira que los ojos del Señor están puestos en los que le temen, en los que esperan en su misericordia, para librar sus vidas de la muerte, y alimentarlos en tiempo de hambre.

Pero para resistir durante la peregrinación, mientras dura el hambre, y mantenemos la esperanza de ser aliviados en el camino, para no desfallecer, ¿qué se nos impone, o qué es lo que debemos manifestar? Nuestra alma espera en el Señor. Nuestra esperanza ha de ser segura en el que promete con misericordia, y con misericordia lo cumplirá realmente. ¿Y qué haremos hasta que lo cumpla? Nuestra alma espera en el Señor. ¿Y qué sucederá si no permanecemos en esa esperanza? Sí, claro que permaneceremos: Porque él es nuestro auxilio y nuestro protector. Ayuda en la lucha, protege del bochorno, no te abandona: tú aguanta, persevera. El que persevere hasta el fin, ése se salvará.

Y cuando hayas perseverado, y sido paciente, y hayas llegado hasta el final, ¿qué tendrás? ¿Por qué premio estás aguantando? ¿Qué motivo hay para sufrir trabajos tan duros durante tanto tiempo? Porque en él se alegrará nuestro corazón, y en su santo nombre hemos confiado. Espera aquí para gozarte allí; pasa hambre y sed aquí, para disfrutar allí del banquete.

Nos ha exhortado a todo, nos ha llenado del gozo de la esperanza, nos ha indicado lo que debemos amar, y cuál es aquello en lo que solamente debemos poner nuestra confianza. Después de todo esto, se hace una breve y saludable oración: Que tu misericordia, Señor, venga sobre nosotros. ¿Por qué mérito? Como lo hemos esperado de ti.  (Comentario a los salmos; Salmo 32; Comentario II, sermón segundo).

 

Por tanto, si nos es posible, no busquemos algo que pueda subir a nuestro corazón, sino algo a donde merezca subir nuestro corazón. En efecto, merecerá ser glorificado con el Rey quien haya aprendido a poner su gloria en el Crucificado. El Apóstol vio no sólo adónde subir, sino también por dónde. Muchos hubo que vieron el adónde, pero no el por dónde; amaron la patria excelsa, pero desconocieron el camino de la humildad…

Escuchaste en el Evangelio a los hijos del Zebedeo. Buscaban un lugar de privilegio, al pedir que uno de ellos se sentase a la derecha de tan gran Padre y otro a la izquierda. De privilegio sin duda y muy de privilegio era el lugar que buscaban; pero dado que descuidaban el por dónde, el Señor retrae su atención del adónde querían llegar, para que la pongan en aquello por dónde han de caminar. ¿Qué les responde a quienes buscaban lugar tan privilegiado? ¿Podéis beber el cáliz que yo he de beber? ¿Qué cáliz, sino el de la humildad, el de la pasión, bebiendo el cual y haciendo suya nuestra debilidad dice al Padre: Padre, si es posible, pase de mí este cáliz? Poniéndose en lugar de quienes rehusaban beber ese cáliz y buscaban un lugar privilegiado, descuidando el camino de la humildad, dijo: ¿Podéis beber el cáliz que yo he de beber? Buscáis a Cristo glorificado; volveos a él crucificado. Queréis reinar y ser glorificados junto al trono de Cristo; aprended antes a decir: Lejos de mí el gloriarme a no ser en la cruz de nuestro Señor Jesucristo. Esta es la doctrina cristiana, el precepto y la recomendación de la humildad; no gloriarse a no ser en la cruz de nuestro Señor Jesucristo. Pues no tiene nada de grande gloriarse en la sabiduría de Cristo, pero sí lo es hacerlo en su cruz. Donde encuentra el impío motivo para insultar, allí encuentre el piadoso su gloria. Sea idéntico lo que provoca el insulto del soberbio y la gloria del cristiano. No te avergüences de la cruz de Cristo; para eso recibiste su señal en la frente, la sede del pudor por decirlo así. Piensa en tu frente para no temer la lengua ajena. (Sermón 160, 4-5).

 

Teodoreto de Ciro:

Los que habían creído sufrían por aquel entonces una gran tempestad de tentaciones; por eso el Apóstol los consuela, enseñando que nuestro Sumo Pontífice no solo conoce en cuanto Dios la debilidad de nuestra naturaleza, sino también en cuanto hombre experimentó nuestros sufrimientos, aunque estaba exento de pecado. Como conoce bien nuestra debilidad, puede concedernos la ayuda que necesitamos, y al juzgarnos dictará su sentencia teniendo en cuenta esa debilidad. (Comentario a la Carta a los Hebreos 4,14-16).

 

San Elredo de Rieval:

Nuestro Salomón tiene su trono, en el que se sienta a la derecha del Padre reinando por toda la eternidad. También tiene su trono en los santos ángeles por medio de los cuales dirige y dispone todas las cosas rectamente. Igualmente se hizo para sí hoy un trono en el cuerpo y alma de la Santísima Virgen, en el que concede y distribuye con caridad las riquezas de su misericordia. El primer trono es de gloria, el segundo de justicia, el tercero de misericordia. Acerquémonos con confianza al trono de su gracia. No nos era posible acercarnos a aquel Excelso que reinaba en el trono de su gloria, ni contemplar al Rey en su esplendor. Nos espantaba el trono de su justicia, y no nos atrevíamos a tratar de tú a tú ni a responderle de una entre mil. Acerquémonos, por tanto, ahora con confianza al trono de su gracia, es decir, a las entrañas de la gloriosa Virgen, y con seguridad pidamos como pequeños al Pequeño, como miserables al Mísero, como hombres al Hombre, pobres al Pobre. Acerquémonos, digo, a este su trono, a su dulcísima Madre, en la que se han encontrado la misericordia y la fidelidad. Ella es en verdad el trono grande de marfil. (Sermón 75, 4-5).

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