25 de octubre de 2015. Domingo 30º del Tiempo Ordinario – Ciclo B.-

25 de octubre de 2015

Domingo 30º del Tiempo Ordinario

- Ciclo B.-

 

Primera lectura

Lectura del libro de Jeremías (31,7-9):

Así dice el Señor: «Gritad de alegría por Jacob, regocijaos por el mejor de los pueblos; proclamad, alabad y decid: El Señor ha salvado a su pueblo, al resto de Israel. Mirad que yo os traeré del país del norte, os congregaré de los confines de la tierra. Entre ellos hay ciegos y cojos, preñadas y paridas: una gran multitud retorna. Se marcharon llorando, los guiaré entre consuelos; los llevaré a torrentes de agua, por un camino llano en que no tropezarán. Seré un padre para Israel, Efraín será mi primogénito.»
Palabra de Dios

 

Salmo

Sal 125,1-2ab.2cd-3.4-5.6

R/. El Señor ha estado grande con nosotros, y estamos alegres

Cuando el Señor cambió la suerte de Sión,
nos parecía soñar:
la boca se nos llenaba de risas,
la lengua de cantares. R/.

Hasta los gentiles decían:
«El Señor ha estado grande con ellos.»
El Señor ha estado grande con nosotros,
y estamos alegres. R/.

Que el Señor cambie nuestra suerte,
como los torrentes del Negueb.
Los que sembraban con lágrimas
cosechan entre cantares. R/.

Al ir, iba llorando,
llevando la semilla;
al volver, vuelve cantando,
trayendo sus gavillas. R/.

 

Segunda lectura

Lectura de la carta a los Hebreos (5,1-6):

Todo sumo sacerdote, escogido entre los hombres, está puesto para representar a los hombres en el culto a Dios: para ofrecer dones y sacrificios por los pecados. Él puede comprender a los ignorantes y extraviados, ya que él mismo está envuelto en debilidades. A causa de ellas, tiene que ofrecer sacrificios por sus propios pecados, como por los del pueblo. Nadie puede arrogarse este honor: Dios es quien llama, como en el caso de Aarón. Tampoco Cristo se confirió a sí mismo la dignidad de sumo sacerdote, sino aquel que le dijo: «Tú eres mi Hijo: yo te he engendrado hoy», o, como dice otro pasaje de la Escritura: «Tú eres sacerdote eterno, según el rito de Melquisedec.»
Palabra de Dios

 

Evangelio

Lectura del santo evangelio según san Marcos (10,46-52):

En aquel tiempo, al salir Jesús de Jericó con sus discípulos y bastante gente, el ciego Bartimeo, el hijo de Timeo, estaba sentado al borde del camino, pidiendo limosna. Al oír que era Jesús Nazareno, empezó a gritar: «Hijo de David, Jesús, ten compasión de mí.»
Muchos lo regañaban para que se callara. Pero él gritaba más: «Hijo de David, ten compasión de mí.»
Jesús se detuvo y dijo: «Llamadlo.»
Llamaron al ciego, diciéndole: «Ánimo, levántate, que te llama.» Soltó el manto, dio un salto y se acercó a Jesús.
Jesús le dijo: «¿Qué quieres que haga por ti?»
El ciego le contestó: «Maestro, que pueda ver.»
Jesús le dijo: «Anda, tu fe te ha curado.» Y al momento recobró la vista y lo seguía por el camino.
Palabra del Señor

 

 

COLLATIONES

Hoy el Señor nos vuelve a hablar de lo importante que es pedir con fe y pedir la fe. En esta ocasión el ciego Bartimeo al oír pasar a Jesús: “Empezó a gritar: «Hijo de David, Jesús, ten compasión de mí.»

San Gregorio Magno nos explica que creer en el Redentor, es estar sentado a la vera del camino, como estaba el ciego Bartimeo, pero esto no es suficiente para recobrar la vista al paso de Jesús: “Si deja de orar para recibir la fe y abandona las imploraciones, es un ciego sentado a la vera del camino pero sin pedir limosna. Solamente si cree y, convencido de la tiniebla que le oscurece el corazón, pide ser iluminado, entonces será como el ciego que estaba sentado en la vera del camino pidiendo limosna”. San Gregorio Magno nos  invita a gritar: «Hijo de David, Jesús, ten compasión de mí.» Nos invita a pedir limosna, a pedir ser iluminados, como este ciego que para San Beda, representa al pueblo de los gentiles: “Este pueblo de los gentiles estaba sentado entonces pidiendo junto al camino, porque aún no había entrado en el camino de la verdad, aunque se esforzaba para llegar a él. Habiéndose hecho famoso el nombre de Cristo, el pueblo de los gentiles trataba de unirse a Él a pesar de la oposición de muchos: primero de los judíos y luego también de los gentiles, quienes no querían que el mundo una vez iluminado invocase al Señor”. A pesar de que muchos le regañaban para que callara, él gritaba más. Tanto gritaba, que el Señor lo manda llamar, y nos dice San Beda que: “El Señor llama al ciego que gritaba cuando manda la palabra de la fe al pueblo de las naciones por medio de sus ministros, quienes llamando al ciego le ordenan que se levante y se acerque al Señor, esto es, predicando a los ignorantes les mandan que tengan esperanza de su salvación, que se levanten del fango de los vicios y que se dispongan al estudio de las virtudes”. Nos dice san Juan Crisóstomo, en este precioso texto sobre el sacerdocio, que: “Los sacerdotes son quienes nos engendran espiritualmente, los que por el Bautismo nos dan a luz”. Con el Bautismo recibimos la fe.

Jesús le dijo: «¿Qué quieres que haga por ti?» El ciego le contestó: «Maestro, que pueda ver.» “Imitémosle, pues, pidiendo al Señor, no las riquezas, no los bienes terrenos, ni los honores, sino la luz que nos hace ver como solo los ángeles ven. El camino para ello es la fe, y por eso el Señor contesta al ciego: “Anda, que tu fe te ha salvado” (San Beda)”.

Y al momento recobró la vista y lo seguía por el camino.
Hoy se nos invita a pedir la luz, a pedir la fe. Dice Orígenes, que el Señor “Tocaría nuestros ojos, ciegos antes de su venida, y al tocarlos, se retiraría la tiniebla y la ignorancia, e inmediatamente no sólo recobraríamos la vista, sino que le seguiríamos a él, que nos devolvió la vista, para que no hagamos ya otra cosa que seguirle, para que siguiéndole perpetuamente seamos conducidos por él hasta el mismo Dios y veamos a Dios con los ojos que recobraron la vista por su virtud.”

San Juan Crisóstomo:

Cuando contemplas al Señor sacrificado y puesto sobre el altar, y al sacerdote que ora y asiste al sacrificio, y a todos los presentes bañados con la púrpura de aquella sangre preciosísima, ¿acaso piensas que estás aún entre los hombres y que pisas la tierra? ¿no te sientes más bien trasladado a los Cielos donde, desterrado de tu alma todo pensamiento carnal, miras con alma desnuda y mente pura las realidades mismas de la gloria? ¡Oh maravilla! ¡Oh benignidad de nuestro Dios! El que está sentado en la gloria junto al Padre, es tomado en aquel momento en manos de todos, y se deja abrazar y estrechar de los que quieren. Así lo hacen con los ojos de la fe.

¿Quieres ver la soberana santidad de estos misterios? Imagínate, te ruego, que tienes ante los ojos al profeta Elías; mira la ingente muchedumbre que lo rodea, las víctimas sobre las piedras, la quietud y el silencio absoluto de todos y sólo el profeta que ora; y, de pronto, el fuego que baja del cielo sobre el sacrificio… Todo esto es admirable y nos llena de estupor.

Pues trasládate ahora de ahí y contempla lo que entre nosotros se cumple: verás no sólo cosas maravillosas, sino algo que sobrepasa toda admiración. Aquí está en pie el sacerdote, no para hacer bajar fuego del cielo, sino para que descienda el Espíritu Santo; y prolonga largo rato su oración, no para que una llama desprendida de lo alto consuma las víctimas, sino para que descienda la gracia sobre el sacrificio y, abrasando las almas de todos los asistentes, las deje más brillantes que plata acrisolada.

¿Quién habrá, pues, tan loco, quién tan perdido de juicio que desprecie soberbiamente misterio tan tremendo? ¿Acaso ignoras que, sin una particular ayuda de la gracia de Dios, no habría alma humana capaz de soportar el fuego de ese sacrificio, sino que nos consumiría a todos absolutamente?

Si alguien considera atentamente qué cosa significa estar un hombre envuelto aún de carne y sangre, y poder no obstante llegarse tan cerca de aquella bienaventurada y purísima naturaleza; ése podrá comprender cuán grande es el honor que la gracia del Espíritu otorgó a los sacerdotes. Porque por manos del sacerdote se cumplen no sólo los misterios dichos, sino otros que en nada les van en zaga, ya en razón de su dignidad en sí, ya en orden a nuestra salvación.

En efecto, a moradores de la tierra, a quienes en la tierra tienen aún su conversación, se les ha encomendado administrar los tesoros del Cielo, y han recibido un poder que Dios no concedió jamás a los ángeles ni a los arcángeles. A ninguno de éstos dijo: lo que atareis sobre la tierra será también atado en el cielo. Cierto que quienes ejercen autoridad en el mundo tienen también poder de atar, pero sólo los cuerpos. La ligadura del sacerdote toca al alma misma y penetra dentro de los cielos. Lo que los sacerdotes hacen aquí abajo, Dios lo ratifica allá arriba; la sentencia de los siervos es confirmada por el Señor. ¿Qué otra cosa es esto, sino haberles concedido todo el poder celeste? A quienes perdonareis — dice — los pecados, les serán perdonados; y a quienes se los retuviereis, les serán retenidos. ¿Qué poder puede haber mayor que éste? Todo el juicio se lo ha dado el Padre al Hijo; pero yo veo que ese juicio ha sido a su vez enteramente puesto por el Hijo en manos de sus sacerdotes (…)

Sin la dignidad del sacerdocio no podríamos salvarnos ni alcanzar los bienes que nos han sido prometidos. Porque si nadie puede entrar en el reino de los cielos, si no es regenerado por el agua y el Espíritu, si se excluye de la vida eterna al que no come la carne y bebe la sangre del Señor, y todo esto sólo puede cumplirse por las manos santas del sacerdote, ¿cómo podría nadie escapar al fuego del infierno y alcanzar las coronas que nos están reservadas?

Los sacerdotes son quienes nos engendran espiritualmente, los que por el Bautismo nos dan a luz. Por ellos nos revestimos de Cristo, nos consepultamos con el Hijo de Dios y nos hacemos miembros de aquella bienaventurada Cabeza. De suerte que los sacerdotes debieran merecernos más reverencia que los magistrados y reyes, y sería incluso justo tributarles mayor honor que a nuestros mismos padres. Porque éstos nos engendran por la sangre y la voluntad de la carne, mas aquellos son autores de nuestro nacimiento de Dios, de la regeneración bienaventurada, de la libertad verdadera y de la filiación divina por la gracia.

Los sacerdotes judíos tenían poder de librar de la lepra del cuerpo; digo mal: sólo tenían poder de examinar a los ya curados de ella, y bien sabemos cuán disputada era entonces la dignidad sacerdotal. Mas los sacerdotes cristianos han recibido potestad, no sobre la lepra del cuerpo, sino sobre la impureza del alma; no de examinar la lepra ya curada, sino de limpiar absolutamente de ella. Por eso, los que desprecian al sacerdote cometen un sacrilegio mayor que Datán y sus secuaces, y merecen más severo castigo.

(…) Pero no sólo en orden a castigar, sino también para hacernos bien, ha dado Dios a los sacerdotes mayor poder que a los padres naturales. Va de los unos a los otros la diferencia que corre entra la vida presente y la venidera, pues los unos nos engendran para aquélla y los otros para ésta. Además, los padres no pueden librar a sus hijos de la muerte corporal, no son capaces ni de alejar de ellos una enfermedad que les acometa; los sacerdotes, en cambio, curan muchas veces a un alma enferma y salvan a la que está a punto de perderse; a unas les mitigan el castigo que merecen, a otras les impiden en absoluto caer. Y eso no sólo por sus enseñanzas y amonestaciones, sino también con la ayuda de sus oraciones. Y es así que los sacerdotes no sólo tienen poder de perdonar los pecados cuando nos regeneran por el Bautismo, sino también los que cometemos después de nuestra regeneración (…). Además, los padres naturales poco o nada pueden hacer en favor de sus hijos, cuando éstos ofenden a algún personaje o poderoso de la tierra los sacerdotes, en cambio, nos reconcilian muchas veces, no ya con magistrados o emperadores, sino con el mismo Dios irritado contra nosotros. (Sobre el sacerdocio III, 4-6).

 

San Beda:

Que el Señor diera la vista a uno solo al acercarse a Jericó, y a dos al partir de esta ciudad, significa que antes de su pasión predicó sólo al pueblo judío, y después de su resurrección y ascensión manifestó a los judíos y los gentiles por medio de los apóstoles los misterios de su divinidad y de su humanidad. Lo que escribe San Marcos del ciego curado hace referencia a la salvación de los gentiles, puesto que presentaba así a los que instruía en la fe la figura de su salvación. Pero San Mateo, que escribía su Evangelio para los que creían de entre los hebreos y para los gentiles a cuya noticia iba a llegar con el tiempo, habla de la cura de dos ciegos, a fin de enseñar que ambos pueblos habían de alcanzar la gracia de profesar la misma fe. Al salir el Señor de Jericó seguido de sus discípulos y de una muchedumbre de gente, se hallaba sentado el ciego pidiendo a orillas del camino. Porque el pueblo de los gentiles empezó a tener esperanza de ser iluminado cuando, seguido de muchos fieles, subió el Señor a los cielos, en donde entraron juntos con El los elegidos desde el principio del mundo. Este pueblo de los gentiles estaba sentado entonces pidiendo junto al camino, porque aún no había entrado en el camino de la verdad, aunque se esforzaba para llegar a él.

Habiéndose hecho famoso el nombre de Cristo, el pueblo de los gentiles trataba de unirse a Él a pesar de la oposición de muchos: primero de los judíos y luego también de los gentiles, quienes no querían que el mundo una vez iluminado invocase al Señor. Sin embargo, su furiosa oposición no podía apartar de la salvación a los que estaban destinados a la vida. Al pasar Jesús oyó al ciego que gritaba, porque se compadecía por su humanidad, como por el poder de su divinidad disipa las tinieblas de nuestro entendimiento: por nosotros es por quienes nació y padeció Jesús, como quien está de paso porque esta acción es temporal, así como es atributo de Dios el disponerlo todo de un modo inmutable. El Señor llama al ciego que gritaba cuando manda la palabra de la fe al pueblo de las naciones por medio de sus ministros, quienes llamando al ciego le ordenan que se levante y se acerque al Señor, esto es, predicando a los ignorantes les mandan que tengan esperanza de su salvación, que se levanten del fango de los vicios y que se dispongan al estudio de las virtudes. Arrojando su manto, al instante se pone en pie, como el que liberado de los obstáculos que ofrece el mundo, se adelanta con paso ligero hacia el dador de la luz eterna.
Imitémosle, pues, pidiendo al Señor, no las riquezas, no los bienes terrenos, ni los honores, sino la luz que nos hace ver como solo los ángeles ven. El camino para ello es la fe, y por eso el Señor contesta al ciego: “Anda, que tu fe te ha salvado”. Ve, pues, y sigue al que obra el bien que ve su inteligencia. Porque el que hace el bien que conoce, y el que imita a Jesús, que no quiso la prosperidad en este mundo y toleró el oprobio y el desprecio, ése es el que lo sigue. Y porque perdimos la alegría interior por el goce de lo temporal, nos muestra con cuánta amargura se vuelve a ella. (Catena Aurea)

 

San Gregorio Magno:

Con razón la Escritura nos presenta a este ciego al borde del camino y pidiendo limosna, porque el que es la Verdad misma ha dicho: Yo soy el camino. Quien ignora el esplendor de la eterna luz, es ciego. 

Con todo, si ya cree en el Redentor, entonces ya está sentado a la vera del camino. Esto, sin embargo, no es suficiente. Si deja de orar para recibir la fe y abandona las imploraciones, es un ciego sentado a la vera del camino pero sin pedir limosna. Solamente si cree y, convencido de la tiniebla que le oscurece el corazón, pide ser iluminado, entonces será como el ciego que estaba sentado en la vera del camino pidiendo limosna. 

Quienquiera que reconozca las tinieblas de su ceguera, quienquiera que comprenda lo que es esta luz de la eternidad que le falta, invoque desde lo más íntimo de su corazón, grite con todas las energías de su alma, diciendo: ‟Jesús, Hijo de David, ten piedad de mí‟. 

Si, pues, hermanos carísimos, ya conocemos la ceguera de nuestro peregrinar; si, con la fe en el misterio de nuestro Redentor, ya estamos sentados en la vera del camino; si, con una oración continua, ya pedimos la luz a nuestro creador; si, además de eso, después de la ceguera, por el don de la fe que penetra la inteligencia, fuimos iluminados, esforcémonos por seguir con las obras a aquel Jesús que conocemos con la inteligencia. Observemos hacia donde el Señor se dirige e, imitándolo, sigamos sus pasos. En efecto, sólo sigue a Jesús quien lo imita”. (Homilía sobre Mc 10, 46-52) 

 

Orígenes:

Y habiendo oído lo que se decía acerca del Salvador, le dicen que quieren que se abran sus ojos. Y muy en particular dicen esto los que al leer las Escrituras no son insensibles al hecho de que están ciegos en lo que a su sentido se refiere. Estos son los que dicen: «Apiádate de nosotros» y «Queremos que se nos abran nuestros ojos». Ojalá que también nosotros tuviéramos conciencia de la medida en que estamos ciegos y no somos capaces de ver. Sentados junto al camino de las escrituras y oyendo que Jesús pasa, lograríamos hacerle parar con nuestras peticiones y le diríamos que «queremos que se nos abran nuestros ojos». Y si dijésemos esto con la disposición deseosa de ver lo que él nos conceda ver, tocando Jesús los ojos de nuestras almas, mostraría nuestro Salvador sus entrañas de misericordia, mostrando ser la fuerza, y la palabra, y la sabiduría, y todo lo que está escrito sobre él. Tocaría nuestros ojos, ciegos antes de su venida, y al tocarlos, se retiraría la tiniebla y la ignorancia, e inmediatamente no sólo recobraríamos la vista, sino que le seguiríamos a él, que nos devolvió la vista, para que no hagamos ya otra cosa que seguirle, para que siguiéndole perpetuamente seamos conducidos por él hasta el mismo Dios y veamos a Dios con los ojos que recobraron la vista por su virtud, juntamente con aquellos que se dicen bienaventurados porque tienen limpio el corazón. (Com. in Mat. XVI, 10).

Guillerno de Saint Thierry:

Señor Dios de los Ejércitos, vuélvenos a ti, muéstranos tu faz y seremos salvos.

Pero, ¡ay, ay Señor!, ¡qué precipitado, temerario y desordenado, qué presuntuoso y ajeno a la regla del Verbo de Vida y de tu Sabiduría es para el corazón inmundo el querer ver a Dios! Pero tú, soberana Bondad, soberano Bien, Vida de los corazones, Luz de los ojos interiores, a causa de tu bondad, Señor, ten piedad. Porque ésta es mi purificación, ésta mi confianza, ésta mi justicia; la contemplación de tu bondad, buen Señor.

Entonces, Señor Dios mío, tú que dices a mi alma, de la manera que tú sabes: “Yo soy tu Salud”, tú Rabboni, el Maestro, el único Doctor para poder ver lo que deseo ver, di a tu mendigo ciego: “¿Qué quieres que haga por ti?” Y tú sabes, ya que viene precisamente de ti, cómo, desde lo más profundo de su retiro, después de haber arrojado lejos todas las grandezas, las bellezas y dulzuras de este siglo y todo lo que puede o suele despertar la concupiscencia de la carne, o de los ojos, o la ambición del espíritu, tú sabes cómo te dice mi corazón: “Mi rostro te ha buscado, tu rostro buscaré. No apartes tu rostro de mí, ni, enojado te alejes de tu siervo”.

Señor, Ayudador antiguo y mi Defensor infatigable, de veras soy desvergonzado e inoportuno, pero mira, como sólo tú me ves, que es por a mor de tu amor que lo hago, yo que no te veo, así como me diste el deseo de ti, así me diste cuanto en mí te agrada. Pronto perdonas a tu ciego que corre hacia ti y le tiendes la mano cuando al correr, tropieza en alguna cosa. (Tratado sobre la contemplación de Dios, 2).

San Agustín:

Continúa Mateo: Cuando salían de Jericó, le siguió una gran muchedumbre. En esto, dos ciegos que estaban sentados junto al camino, oyeron que Jesús pasaba y se pusieron a gritar diciendo: Señor, ten compasión de nosotros, Hijo de David, etc., hasta—. Al instante comenzaron a ver y le siguieron. Este hecho lo menciona también Marcos, pero referido a un solo ciego. La dificultad tiene la misma solución que la de las dos personas que padecían una legión de demonios en la región de los gerasenos. Que de los dos ciegos, que ahora incorporó, uno era muy conocido y famoso en aquella ciudad, resulta igualmente del hecho de que Marcos mencionó también su nombre y el de su padre, dato único entre tantas curaciones anteriores del Señor, si exceptuamos la mención nominal de Jairo, el jefe de la sinagoga, cuya hija resucitó Jesús. En él ha de aparecer más esta interpretación, puesto que también el jefe de la sinagoga era persona de categoría en aquel lugar. Sin duda, este Bartimeo, hijo de Timeo, antes en una buena posición, cayó en una muy conocida y célebre miseria, puesto que no sólo era ciego, sino que hasta mendigaba sentado. A ello se debe el que Marcos quisiera mencionar sólo a éste, cuya recuperación de la vista aportó al milagro tanta celebridad cuanto era conocida su desgracia.

Hay que entender que Lucas, por su parte, aunque realizado de modo absolutamente idéntico, menciona un milagro semejante y una modalidad parecida del mismo milagro en otro ciego. En efecto, él dice que tuvo lugar al acercarse a Jericó, mientras Mateo y Marcos, al salir de Jericó. El nombre de la ciudad y la semejanza de lo hecho invita a pensar que se trata de una única acción; pero que los evangelistas se contradigan aquí porque uno hable del momento de acercarse a Jericó y otros de la salida de allí, en verdad no lo persuade sino a los que están más proclives a pensar que miente el Evangelio que a admitir que Jesús hizo dos milagros semejantes y de semejante manera. Qué sea más creíble o, mejor, más verdadero, lo ve con toda facilidad todo creyente hijo del Evangelio y, al menos cuando se le advierte, todo polemista se responde a sí mismo, ya con su silencio, ya, si no quiere callar, en su reflexión.

(Concordancia de los evangelistas, 2,65,125)

 

Devolvió a los ciegos los ojos, que ciertamente alguna vez habría de cerrar la muerte; resucitó a Lázaro, que iba a morir otra vez. Y todo lo que hizo en beneficio de la salud de los cuerpos no lo hizo para que fuesen eternos; aunque, no obstante, aun al mismo cuerpo ha de dar al final la salud eterna. Mas, como no se creía lo que no se percibía por los ojos, mediante estas cosas temporales que se veían, edificaba la fe en las que no se veían.

Que nadie, por tanto, diga, hermanos, que nuestro Señor Jesucristo no hace ahora estos milagros y, por ello, anteponga los primeros tiempos de la Iglesia a los presentes. Pues en cierto lugar el mismo Señor antepone los que no ven y creen a los que ven y por eso creen…

Todo esto lo hizo el Señor para invitar a la fe. Esta fe hierve ahora en la Iglesia, extendida por todo el orbe. También ahora obra curaciones y mayores, pensando en las cuales no desdeñó hacer las menores. Pues como es mejor el alma que el cuerpo, así es mejor también la salud del alma que la del cuerpo. Ahora no abre sus ojos la carne ciega por un milagro de Dios, pero sí los abre el corazón por su palabra. No resucita ahora un cadáver mortal; resucita, en cambio, el alma que yacía muerta en un cadáver vivo. No se abren ahora los oídos sordos del cuerpo, pero ¡cuántos son los que tienen cerrados los oídos del corazón, que, sin embargo, se abren al penetrar la palabra de Dios, de forma que creen quienes no creían y viven santamente quienes vivían perdidamente y obedecen quienes no obedecían! Decimos también: «Fulano ha venido a la fe», y nos extrañamos cuando lo oímos referido a personas cuya dureza anterior conocíamos. ¿Por qué, entonces, te extrañas de que ahora crea, no haga daño a nadie, sirva a Dios, sino porque adviertes que ve el que tú conocías ciego; que vive el que conocías muerto; que oye el que conocías sordo? …

A su vez, ¿qué ojos buscaba cuando estaba hablando a personas que ciertamente veían, pero con los ojos de la carne? En efecto, al decirle Felipe: Señor, muéstranos al Padre y nos basta, bien entendía que podía bastar con mostrar al Padre; pero ¿cómo iba a bastar el Padre a quien no le bastaba el igual al Padre? ¿Por qué no le bastaba? Porque no le veía. ¿Por qué no le veía? Porque aún no tenía sano el ojo con que poder verle. De hecho, lo que en la carne del Señor era visible a estos ojos, lo vieron no sólo los discípulos que le honraron, sino también los judíos que le crucificaron. Por tanto, quien quería ser visto de otra manera, requería otros ojos. Y, en consecuencia, a quien le dijo: Muéstranos al Padre, le respondió: ¿Tanto tiempo llevo con vosotros y aún no me habéis conocido? Felipe, quien me ha visto a mí, ha visto también al Padre. Y para sanar en el entretanto los ojos de la fe, primero le amonesta invitándole a la fe, a fin de que pueda llegar a la visión… Así, pues, se dispuso a sanar y fortalecer con el medicamento y lenitivo de la fe la mirada de la mente aún dañada, incapaz de ver tanta luz, y le dijo: ¿No crees que yo estoy en el Padre y el Padre en mí? Por tanto, quien todavía no puede ver lo que ha de mostrar el Señor, no busque ver antes de creer, sino más bien crea primero para poder sanar el ojo con que ver… Con ese ojo no podía ver aún ni al Padre ni al Hijo igual al Padre; mas, para sanar el que le posibilitara ver, tenía que ser ungido para creer. Por tanto, antes de ver lo que no puedes ver, cree lo que todavía no ves. Camina en la fe para llegar a la visión. La visión no alegrará en la patria a aquel al que la fe no consoló en el camino. Pues así dice el Apóstol: Mientras estamos en el cuerpo, somos peregrinos lejos del Señor. Acto seguido añadió por qué aún somos peregrinos, a pesar de haber creído ya: Caminamos en la fe —dijo— no en la visión.

Por tanto, hermanos míos, todo nuestro esfuerzo en esta vida ha de consistir en sanar el ojo del corazón con que ver a Dios. Con esta finalidad se celebran los sacrosantos misterios; con esta finalidad se predica la palabra de Dios; a eso van dirigidas las exhortaciones morales de la Iglesia, es decir, las que miran a corregir las costumbres, a enmendar los apetitos de la carne, a renunciar a este mundo no sólo de palabra, sino también con un cambio de vida; a esta finalidad va encaminado todo el actuar de las Escrituras divinas y santas, para que se purifique nuestro interior de lo que nos impide la contemplación de Dios. De igual manera, este ojo ha sido hecho para ver esta luz temporal, luz que, aunque celeste, es corporal y visible, no sólo al hombre, sino también a los animales más diminutos —para eso fue hecho el ojo: para ver esta luz—. Sin embargo, si se le arroja o le cae algo que lo enturbie, queda fuera de la luz, y aunque ella lo envuelva con su presencia, él se vuelve a otro lugar y está ausente. Al estar turbio, el ojo no sólo se aparta de la luz presente, sino que hasta le resulta molesta esa luz, para ver la cual fue hecho. De idéntica manera, el ojo del corazón turbio y dañado se aparta de la luz de la justicia y ni se atreve ni es capaz de contemplarla.

¿Qué es lo que turba el ojo de carne? O un amor, o algo de tierra que cae sobre él. ¿Qué turba el ojo del corazón? Una apetencia malsana, la avaricia, la iniquidad, los deseos mundanos son lo que turban, cierran y ciegan el ojo del corazón. ¡Cómo se busca el médico cuando el ojo de carne está turbio; cómo no se difiere abrirlo y limpiarlo, para que sane lo que nos posibilita ver esta luz! Si a uno le cae en el ojo una pajita, corre, no descansa, no lo deja siquiera para más tarde. Sin duda, fue Dios quien hizo el sol que queremos ver cuando los ojos están sanos. Ciertamente, es mucho más brillante quien lo hizo, pero no es siquiera de este género de luz que corresponde al ojo de la mente. Esa luz es la sabiduría eterna. Dios te hizo a ti, ¡oh hombre!, a su imagen. Dándote con qué ver el sol que él hizo, ¿no te iba a dar con qué ver a quien te hizo, habiéndote hecho a su imagen? También te dio esto; te dio lo uno y lo otro. Pero si mucho amas estos ojos exteriores, mucho descuidas también el ojo interior; lo llevas cansado y herido. Si quien te fabricó quisiera mostrársete, te causaría dolor; sería un tormento para tu ojo antes de ser sanado y curado. Pues hasta en el paraíso pecó Adán y se escondió de la presencia de Dios. Mientras tenía el corazón sano por la pureza de conciencia, gozaba hallándose en la presencia de Dios; después que, por el pecado, su ojo quedó dañado, comenzó a temer la luz divina, se refugió en las tinieblas y en la densidad del bosque, huyendo de la verdad y ansiando la oscuridad.

Jesús pasa para que gritemos. ¿Qué significa que pasa Jesús? Que realiza acciones temporales. ¿Qué significa que pasa Jesús? Que realiza acciones transitorias. Prestad atención y ved cuántas de sus obras han pasado. Nació de la virgen María: ¿acaso está siempre naciendo? De pequeño fue amamantado: ¿acaso está siempre tomando el pecho? Pasó por las distintas edades hasta su juventud: ¿acaso está siempre creciendo físicamente? A su infancia siguió su niñez; a su niñez, su adolescencia, y a su adolescencia, pasajera y caduca, su juventud. Pasaron hasta los milagros mismos que realizó; los leemos y los creemos. En efecto, al ser fueron escritos para que pudieran leerse, pasaban a la vez que se realizaban. Finalmente, para no demorarme más, fue crucificado: ¿acaso pende siempre de la cruz? Fue sepultado, resucitó, subió al cielo; ya no muere y la muerte ya no tiene poder sobre él: a la vez que permanece para siempre su divinidad, su inmortalidad corporal nunca vendrá a menos. No obstante, todo lo que hizo en el tiempo pasó y se escribió para que se leyese, y se predica para que se crea. Así, pues, en todas estas cosas pasa Jesús…

Prestad atención ahora, amadísimos. El Señor pasaba, los ciegos gritaban. ¿Qué significa «pasaba»? Que hacía obras transitorias, como ya dije. Nuestra fe se edifica en conformidad con estas obras transitorias. Creemos, en efecto, en el Hijo de Dios: no sólo que es la Palabra por la que fueron hechas todas las cosas. Pues si hubiera permanecido siempre en la forma de Dios en la que es igual a Dios, no se hubiera anonadado tomando la forma de siervo, ni le hubieran sentido los ciegos para poder gritarle. Mas al realizar obras transitorias, es decir, al humillarse, haciéndose obediente hasta la muerte y muerte de cruz, gritaron los dos ciegos: Ten compasión de nosotros, hijo de David. Pues el hecho mismo de que el Señor y Creador de David quiso ser también hijo suyo, lo realizó en el tiempo, lo hizo pasando.

Pero ¿qué es, hermanos, gritar a Cristo sino adecuarse a la gracia de Cristo con las buenas obras? Digo esto, hermanos, no sea que hagamos excesivo ruido de palabra, pero callen nuestras costumbres. ¿Quién es el que grita a Cristo para que le haga desparecer la ceguera interior cuando pasa, es decir, cuando nos dispensa los misterios temporales con los que se nos exhorta a adquirir los bienes eternos? ¿Quién es el que grita a Cristo? Quien desprecia al mundo grita a Cristo. Quien desprecia los placeres mundanos grita a Cristo. Quien reparte, da a los pobres para que su justicia permanezca por los siglos de los siglos, grita a Cristo. Quien dice, no con la lengua, sino con la vida: El mundo está crucificado para mí y yo para el mundo grita a Cristo. Grita a Cristo el que reparte y da a los pobres para que su justicia permanezca por los siglos de los siglos. Quien escucha sin hacerse el sordo: Vended vuestras cosas y dad lo obtenido a los pobres; procuraos bolsas que no envejecen, un tesoro inagotable en el cielo, como si oyese el ruido de los pasos de Cristo que pasa, grite en cuanto ciego por estas cosas, es decir, hágalas realidad. Su voz sean sus hechos. Comience a despreciar al mundo, a distribuir de su abundancia, a tener en nada lo que los hombres aman: desprecie las injurias, no desee vengarse, prepare la mejilla al que le golpea, ore por su enemigo; si alguien le quita lo suyo, no lo exija; si, al contrario, ha quitado algo a alguien, devuélvale el cuádruplo.

Una vez que ha comenzado a hacer esto, todos sus familiares, allegados y amigos se alborotan. Quienes aman al mundo se le ponen en contra. «¿Es que te has vuelto loco? No te pases; ¿acaso los demás no son cristianos? Esto es una idiotez, una locura». Otras cosas como éstas grita la turba para que no griten los ciegos. La turba los reprendía cuando ellos gritaban, pero no ahogaba sus gritos. Comprendan qué han de hacer quienes desean que Jesús les cure. También ahora pasa Jesús; griten los que se hallan a la vera del camino. Pues están a la vera del camino los que le honran con los labios, pero su corazón está alejado de Dios. Están a la vera del camino los contritos de corazón, esos a los que el Señor dio los preceptos. En efecto, siempre que se nos leen las obras transitorias del Señor se nos muestra a Jesús que pasa. Hasta el fin del mundo nunca faltan ciegos sentados junto al camino. Es necesario que griten los que se hallan sentados a la vera del camino. La muchedumbre que acompañaba al Señor reprimía el grito de los que buscaban su salud. Hermanos, ¿os dais cuenta de lo que digo? Pues no sé cómo decirlo, pero sé menos aún cómo callar. Esto es lo que digo y lo digo abiertamente: Temo a Jesús en cuanto pasa y en cuanto permanece y por eso no puedo callar. Los buenos cristianos, los realmente entusiastas y deseosos de cumplir los preceptos de Dios escritos en el Evangelio, se sienten impedidos por los cristianos malos y tibios. La muchedumbre misma que acompaña al Señor les prohíbe gritar, es decir, les prohíbe obrar el bien, no sea que con su perseverancia sean curados. Griten ellos, no se cansen ni se dejen como arrastrar por la presión de la masa; no imiten siquiera a los que, siendo cristianos desde antes que ellos, viven como malvados y les miran mal a causa de sus buenas obras. No digan: «Vivamos como vive una multitud ya tan grande». ¿Por qué no vivir como ordena el Evangelio? ¿Por qué quieres ajustar tu vida al reproche de la muchedumbre que te impide gritar, y no a las huellas del Señor que pasa? Te insultará, te vituperará, te invitará a volverte atrás; tú grita hasta llegar a los oídos de Jesús. Pues quienes son constantes en hacer lo que ordenó Cristo sin hacer caso de los muchos que se lo prohíben y no otorgan demasiado valor al hecho de que estos parecen seguir a Jesús —es decir, de que se llaman cristianos—, sino que tienen más amor a la luz que Cristo les ha de devolver que temor al vocerío de los que le prohíben gritar, en modo alguno se verán separados de Jesús: no sólo se detendrá; también los sanará.

Pues ¿cómo son sanados nuestros ojos? Como por la fe advertimos que Cristo pasa en su plan salvífico temporal, entendamos de igual manera que Cristo es estable en su eternidad inmutable. En efecto, el ojo recibe su curación en el momento en que comprende que Cristo es Dios. Entienda esto Vuestra Caridad; preste atención al gran misterio que voy a decir. Todo lo que nuestro Señor Jesucristo realizó en el tiempo nos inculca la fe…

Una vez sanados los ojos, ¿qué podemos tener de más valor, hermanos? ¡Cómo gozan los que ven esta luz creada, la que refulge desde el cielo o la producida por una antorcha! ¡Y cuán desgraciados se sienten los que no pueden verla! Mas, ¿por qué hablo, por qué digo yo esto, sino para exhortaros a gritar cuando pasa Jesús? Exhorto a Vuestra Caridad a amar la luz que quizá aún no veis. Mientras dura vuestra ceguera, creed y gritad para llegar a ver… (SERMÓN 88)

 

Hubo algunos a quienes la mencionada ceguera, que se producía en el lenguaje de las parábolas, no les fue provechosa para su conversión. De ellos habla ya un profeta, citado a su vez por Pablo, cuando trata sobre la oscuridad de las lenguas. Dice: En otras lenguas y por boca de otros hablaré a este pueblo, y ni así me escucharán, dice el Señor. No diría y ni así me escucharán, si su intención no fuera de que al menos así prestasen atención, dando como fruto una humilde confesión, una inquieta búsqueda, una obediente conversión y un amor fervoroso. Es éste también el método seguido en la medicina corporal. De hecho, gran cantidad de remedios causan primero dolor antes de curar. Los mismos colirios, para bien de los ojos, cuando hay que aplicarlos dentro del ojo, no surten efecto si antes no nublan y perturban la vista.

No nos debe extrañar lo que el mismo profeta dice: Si no creéis, no llegaréis a entender, que parece contradecir a lo que dice Juan: No podían creer porque les había cegado los ojos, es decir, que las parábolas tenían un tal lenguaje que ellos no podían comprender. Y alguien podría replicar: Si para entender debían antes creer, ¿cómo es que no podían creer precisamente porque no entendían, o sea, porque les había cegado los ojos? Pero lo que afirma Isaías: Si no creéis, no llegaréis a entender, se refiere a la comprensión de las realidades inefables que poseeremos eternamente… (DIECISIETE CUESTIONES SOBRE EL EVANGELIO DE SAN MATEO; Cuestión 13).

 

Cuando el Señor devolvía la cautividad a Sión, fuimos como consolados. Con esto quiso decir: nos alegró. ¿Cuándo? Cuando el Señor devolvía los cautivos a Sión. ¿Qué Sión es ésta? La misma Jerusalén es también la Sión eterna. ¿Cómo fue eterna, cómo fue cautiva Sión? Eterna en los ángeles, cautiva en los hombres. Pues no todos los moradores de aquella ciudad fueron hechos cautivos, sino los que salieron de allí fueron los únicos cautivos. El hombre es ciudadano de Jerusalén; pero, vendido al pecado, se hizo peregrino. El género humano nació de su propagación, y así la cautividad llenó la tierra de Sión. ¿Cómo fue sombra de aquella Jerusalén esta cautividad de Sión? La sombra de aquella Sión, que recibieron los judíos en figura, fue el simbolismo de la cautividad de Babilonia, (de la cual) después de setenta años vuelve el pueblo a su ciudad. Los setenta años simbolizan todo el tiempo, el cual se desenvuelve en siete días. Tan pronto como haya transcurrido todo el tiempo, volveremos también nosotros a nuestra patria, así como aquel pueblo volvió de la cautividad de Babilonia después de los setenta años. Babilonia es este mundo, pues Babilonia significa “confusión”. Y ved si no es una confusión toda la vida humana. Todo lo que los hombres hacen con esperanza vana, al darse cuenta de lo que ejecutan, se avergüenzan. ¿Por qué trabajan? ¿Para quién trabajan? “Para mis hijos”, dicen. Y éstos, ¿para quiénes? Para sus hijos. Y éstos, ¿para quiénes? También para sus hijos. Luego nadie para sí. De esta confusión o Babilonia ya habían regresado aquellos a quienes el Apóstol dice: ¡Qué vana ostentación no mostrabais en las cosas de las que os sonrojáis ahora! Luego toda esta vida de los negocios humanos, que no pertenecen a Dios, es una confusión. En esta confusión, en esta Babilonia, se hallaba cautiva Sión; pero el Señor libró de la cautividad a Sión.

Et facti sumas sicut consolati (y fuimos como consolados), es decir, nos alegramos como los que reciben consuelo. El consuelo se ofrece a los desgraciados, se consuela a los que gimen y lloran. ¿Por qué fuimos consolados? Porque aún gemimos. Gemimos en realidad, somos consolados en esperanza; cuando hubiere pasado la realidad, llegará, procediendo del gemido, el gozo eterno, en donde no se necesitará consuelo, porque no nos afligirá desgracia alguna… El Señor nos libertó de la cautividad para que, a partir de la liberación, retengamos el camino y vayamos hacia la patria. Luego redimidos ya, no temamos en el camino a nuestros insidiantes enemigos, pues nos redimió para que no se atreva el enemigo a ponernos asechanzas si no nos apartamos del camino, pues el mismo Cristo se hizo camino. ¿No quieres ser víctima de alguna emboscada de ladrones? El Señor te dice: “Te allané el camino que conduce a la patria; no te apartes del camino. Fortifiqué este camino para que el ladrón no se atreva a acercarse a ti.” Camina, pues, en Cristo y canta gozoso, canta como consolado, porque te antecedió el que te mandó que le siguieses…

Si te gozas del mundo, con gozo inmundo clamas a Dios. Si te gozas por la redención, como lo declara este salmo: Cuando el Señor devolvía la cautividad a Sión, fuimos regocijados, entonces se llena de verdadero gozo tu boca, y tu lengua de alborozo. Es evidente que te gozas en esperanza y que tu gozo es agradable a Dios. Con el mismo gozo o con la misma lengua que tenemos dentro, comemos y bebemos. Como usamos de la boca corporal para la refección del cuerpo, así usamos de la boca espiritual para la refección del corazón. De aquí que se dijo: Bienaventurados los que tienen hambre y sed de justicia, porque ellos serán saciados…

Entonces dirán entre las gentes: “Grandes cosas hizo el Señor con ellos. Grandes cosas hizo el Señor con nosotros; fuimos regocijados.” Ved, hermanos, si por todo el orbe no dice ahora esto Sión entre las gentes. Ved cómo ahora se corre a la Iglesia. En todo el orbe se recibe el precio de la redención; se responde “amén”. Luego los jerosolimitanos cautivos, los jerosolimitanos que han de volver, ahora peregrinos que suspiran por su patria, dicen entre las gentes… ¿Qué dicen? Grandes cosas hizo el Señor con nosotros; fuimos regocijados. ¿Acaso se hicieron ellos esto consigo? Ellos obraron mal consigo, porque se vendieron al pecado. Vino el Redentor y obró con ellos. El Señor hizo con ellos grandes cosas; el Señor hizo con nosotros grandes cosas; fuimos regocijados…

Prosigue el salmo: Los que siembran con lágrimas recogerán con gozo. Sembremos en esta vida llena de lágrimas. Pero ¿qué sembraremos? Obras buenas. Las obras de misericordia son nuestras semillas. De ellas dice el Apóstol: No desfallezcamos obrando el bien; porque no aflojando, en su tiempo recogeremos. Por tanto, mientras tenemos tiempo, obremos el bien con todos, y principalmente con nuestros deudos en la fe. Hablando, asimismo, sobre la limosna, ¿qué dice? Os digo esto: que el que siembra poco, poco recoge. Luego el que siembra mucho, mucho recoge. El que siembra poco, poco recoge; el que no siembra nada, nada recoge. ¿Por qué deseáis grandes fincas, en las que pretendéis sembrar mucha semilla? No hay fundo más extenso en donde sembrar que Cristo, el cual quiso que se sembrase en El. Vuestra tierra es la Iglesia; sembrad en ella cuanto podáis. Cuentas con poca semilla para hacerlo. ¿Tienes deseo? Como de nada sirve lo que tienes si te falta la buena voluntad; así, no te entristezcas porque no tengas, si tienes un buen deseo. Pues ¿qué siembras? La misericordia. ¿Qué recoges? La paz. ¿Por ventura dijeron los ángeles: “Paz en la tierra para los hombres ricos?” No; sino que dijeron: Paz en la tierra para los hombres de buena voluntad…

Suponte que un hombre no tiene siquiera dos ochavos. ¿Hay algo más vil que podamos sembrar para recoger aquella mies? Lo hay. Cualquiera que diere un vaso de agua fría a título de discípulo, no perderá su recompensa. Un vaso de agua fría se consigue por menos de dos ochavos, no cuesta nada. Sin embargo, aunque no vale nada, uno lo tiene y otro carece de él… ¿Y si no tiene ni esto? Esté tranquilo; si carece de esto, paz en la tierra a los hombres de buena voluntad. Tema únicamente tenerlo y no darlo. Si lo tiene y no lo da, se congeló interiormente; aún no han sido desatados o disipados sus pecados como el torrente con el austro, porque su voluntad está helada…

Alguna vez también el rico es pobre y recibe algo del pobre. Se acerca un individuo, tanto más débil cuanto es más rico, a un río; si, desnudándose, atravesase el río, se enfriaría, enfermaría, moriría; se acerca un pobre robusto, traspasa al rico; dio al rico una limosna. Luego no penséis que únicamente son pobres aquellos que no tienen dinero. Ve en el individuo en qué cosa es cada uno pobre, porque quizás tú eres rico en lo que él es pobre, y, por tanto, tienes de qué prestarle. Quizás le prestes tus miembros, y esto es mucho más que si le dieses dinero. Necesita consejo: tú eres hombre de consejo; él es pobre; tú eres rico en cuanto al consejo. Ve que no trabajas ni pierdes nada; das el consejo y diste limosna. Ahora, hermanos míos, al hablaros, ante mí estáis como pobres, y, porque el Señor se dignó darme, os doy de ello a vosotros; así todos recibimos de Aquel que únicamente es rico. El Cuerpo de Cristo está constituido así; de este modo se unen y adunan los miembros comunes mediante la caridad y con el vínculo de la paz cuando cada uno ofrece lo que tiene al que carece de ello. Es rico por lo que tiene, es pobre por lo que carece. Estimaos así, amaos así. No miréis únicamente por vosotros; atended a los indigentes que están junto a vosotros. Pero como en esta vida se llevan a cabo estas cosas con trabajos y miserias, no desfallezcáis. Sembráis con lágrimas, recogeréis con gozo…

En la resurrección de los muertos recibirá cada uno su haz, es decir, el fruto de lo sembrado, la corona de gozo y de regocijo… (Comentario a los salmos; salmo 125).

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