1 de noviembre de 2015. Todos los santos -CICLO B.-

1 de noviembre de 2015

Todos los Santos

Primera lectura

Lectura del libro del Apocalipsis (7,2-4.9-14):

Yo, Juan, vi a otro Ángel que subía del Oriente y tenía el sello de Dios vivo; y gritó con fuerte voz a los cuatro Ángeles a quienes había encomendado causar daño a la tierra y al mar: «No causéis daño ni a la tierra ni al mar ni a los árboles, hasta que marquemos con el sello la frente de los siervos de nuestro Dios.» 
Y oí el número de los marcados con el sello: ciento cuarenta y cuatro mil sellados, de todas las tribus de los hijos de Israel. Después miré y había una muchedumbre inmensa, que nadie podría contar, de toda nación, razas, pueblos y lenguas, de pie delante del trono y el Cordero, vestidos con vestiduras blancas y con palmas en sus manos. 
Y gritan con fuerte voz: «La salvación es de nuestro Dios, que está sentado en el trono, y del Cordero.»
Y todos los Ángeles que estaban en pie alrededor del trono de los Ancianos y de los cuatro Vivientes, se postraron delante del trono, rostro en tierra, y adoraron a Dios diciendo: «Amén, alabanza, gloria, sabiduría, acción de gracias, honor, poder y fuerza, a nuestro Dios por los siglos de los siglos, amén.»
Uno de los Ancianos tomó la palabra y me dijo: «Esos que están vestidos con vestiduras blancas quiénes son y de dónde han venido?»
Yo le respondí: «Señor mío, tú lo sabrás.»
Me respondió: «Esos son los que vienen de la gran tribulación; han lavado sus vestiduras y las han blanqueado con la Sangre del Cordero.»
Palabra de Dios

 

Salmo

Sal 23,1-2.3-4ab.5-6

R/. Este es el grupo que viene a tu presencia, Señor

Del Señor es la tierra y cuanto la llena,
el orbe y todos sus habitantes:
él la fundó sobre los mares,
él la afianzó sobre los ríos. R/.

¿Quién puede subir al monte del Señor?
¿Quién puede estar en el recinto sacro?
El hombre de manos inocentes y puro corazón,
que no confía en los ídolos. R/.

Ése recibirá la bendición del Señor,
le hará justicia el Dios de salvación.
Éste es el grupo que busca al Señor,
que viene a tu presencia, Dios de Jacob. R/.

 

Segunda lectura

Lectura de la primera carta del apóstol san Juan (3,1-3):

Mirad qué amor nos ha tenido el Padre para llamarnos hijos de Dios, pues ¡lo somos! El mundo no nos conoce porque no le conoció a él. Queridos, ahora somos hijos de Dios y aún no se ha manifestado lo que seremos. Sabemos que, cuando se manifieste, seremos semejantes a él porque le veremos tal cual es. Todo el que tiene esta esperanza en él se purificará a sí mismo, como él es puro. 
Palabra de Dios

 

Evangelio

Lectura del santo evangelio según san Mateo (5,1-12):

Viendo la muchedumbre, subió al monte, se sentó, y sus discípulos se le acercaron. Y tomando la palabra, les enseñaba diciendo: «Bienaventurados los pobres de espíritu, porque de ellos es el Reino de los Cielos. Bienaventurados los mansos, porque ellos poseerán en herencia la tierra. Bienaventurados los que lloran, porque ellos serán consolados. Bienaventurados los que tienen hambre y sed de justicia, porque ellos serán saciados. Bienaventurados los misericordiosos, porque ellos alcanzarán misericordia. Bienaventurados los limpios de corazón, porque ellos verán a Dios. Bienaventurados los que trabajan por la paz, porque ellos serán llamados hijos de Dios. Bienaventurados los perseguidos por causa de la justicia, porque de ellos es el Reino de los Cielos. Bienaventurados seréis cuando os injurien, y os persigan y digan con mentira toda clase de mal contra vosotros por mi causa. Alegraos y regocijaos, porque vuestra recompensa será grande en los cielos; pues de la misma manera persiguieron a los profetas anteriores a vosotros.» 
Palabra del Señor

COLLATIONES

 

San Bernardo nos habla de lo importante que es este día, porque aviva en nosotros el deseo de imitar a los santos y nos recuerda que interceden desde el cielo por nosotros: “Los Santos no necesitan nuestros homenajes, ni aumenta su gloria con nuestro fervor. La celebración de su memoria nos es muy provechosa a nosotros, no a ellos… El recuerdo de cada uno es una chispa o una antorcha luminosa que inflama a las almas fervientes en el deseo de verles y abrazarles… Pero no aspiremos únicamente a la compañía de los Santos: anhelamos también su felicidad; ambicionemos su presencia y codiciemos apasionados su gloria… Debemos desear con todas nuestras ansias los sufragios de los Santos para que su intercesión supla nuestra impotencia”.   Y San Agustín también nos habla de ese deseo de imitar a los santos y de la paciencia que hemos de tener y que nos sirve para ejercitar ese deseo: “Como ahora no podéis verlo, ocupaos en desearlo. La vida entera del buen cristiano es un santo deseo. Lo que deseas aún no lo ves, pero deseándolo te capacitas para que, cuando llegue lo que has de ver, te llenes de ello… Si, pues, esperamos lo que no vemos, con paciencia lo esperamos. La misma paciencia ejercita el deseo”. Efectivamente esperamos lo que no vemos, y leemos en la segunda lectura: “Todo el que tiene esta esperanza en él se purificará a sí mismo, como él es puro”. Y esta esperanza es lo que caracteriza a los cristianos, pero no a los cristianos que se llaman a sí mismos cristianos, sino a los que realmente lo son. A los que se les puede aplicar lo de: “Mirad qué amor nos ha tenido el Padre para llamarnos hijos de Dios, pues ¡lo somos!” Dice San Agustín: “A los que se les llama hijos de Dios, sin serlo, ¿de qué les aprovecha llevar el nombre, si están privados de la realidad?… Se les llama cristianos, pero no son hallados tales en la realidad, pues no son lo que indica ese nombre, es decir, no lo son en la vida, en las costumbres, en la fe, en la esperanza, en la caridad”. Nuestra esperanza nos pone en el camino de las bienaventuranzas, con los ojos siempre puestos en el cielo y siendo capaces de vivir en la tribulación con la alegría que el Señor nos pide:  “Alegraos y regocijaos, porque vuestra recompensa será grande en los cielos”.

 

San Juan nos comenta: “Y oí el número de los marcados con el sello: ciento cuarenta y cuatro mil sellados, de todas las tribus de los hijos de Israel”. Nos explica Cesáreo de Arlés que: “Ciento cuarenta y cuatro millares es la Iglesia toda entera… El Señor, en el Evangelio, muestra que toda la Iglesia, tanto de los judíos como de los gentiles, está en las doce tribus de Israel”.

Uno de los Ancianos tomó la palabra y me dijo: “Esos que están vestidos con vestiduras blancas ¿quiénes son y de dónde han venido?” También nos dice Cesáreo de Arlés que: “Uno de los ancianos que tomó la palabra designa el oficio de los sacerdotes; porque ellos enseñan a la Iglesia, es decir, al pueblo en la Iglesia, cual es la recompensa del trabajo de los santos”

“Me respondió: «Esos son los que vienen de la gran tribulación; han lavado sus vestiduras y las han blanqueado con la Sangre del Cordero”. “Despojados de los vestidos de luto de la vida pasada y del hombre viejo, nos revestimos de Cristo en el bautismo y somos inundados de la alegría del Espíritu Santo” (Cesáreo de Arlés). Y es así, como podremos decir un día: Este es el grupo que viene a tu presencia, Señor”.

 

Cesáreo de Arlés:

Y al número de los marcados: ciento cuarenta y cuatro millares marcados de toda tribu de los hijos de Israel. Ciento cuarenta y cuatro millares es la Iglesia toda entera. Tras esto vi. Y he aquí un pueblo numeroso, al cual nadie podía contar, de todas las naciones, tribus, pueblos y lenguas. No dijo: después de esto yo vi a otro pueblo, sino yo vi al pueblo, es decir, al mismo que él había visto en el misterio de los ciento cuarenta y cuatro mil; él lo vio innumerable de toda tribu, lengua y nación, porque todas las naciones han sido injertadas, creyendo, en la raíz. El Señor, en el Evangelio, muestra que toda la Iglesia, tanto de los judíos como de los gentiles, está en las doce tribus de Israel, cuando dice: «Os sentaréis sobre doce tronos, para juzgar las doce tribus de Israel». Vestidos de ropas blancas: las ropas blancas representan el don del Espíritu Santo. 

Y todos los ángeles estaban en derredor del trono. Los ángeles significan la Iglesia, porque a excepción de ella, nada ha descrito de otro. Y tomó la palabra uno de los ancianos diciéndome: éstos que andan revestidos de ropas blancas ¿quiénes son? Uno de los ancianos que tomó la palabra designa el oficio de los sacerdotes; porque ellos enseñan a la Iglesia, es decir, al pueblo en la Iglesia, cual es la recompensa del trabajo de los santos. Diciendo: éstos son los que han venido de la gran tribulación y lavaron sus vestiduras en la sangre del Cordero. No se trata aquí de los solo mártires, como algunos piensan, sino de todo el pueblo que está en la Iglesia porque no dijo que habían lavado sus vestiduras en su sangre, sino en la sangre del Cordero, es decir, en la gracia de Dios por medio de Jesucristo Nuestro Señor, como está escrito: «Y la sangre de su Hijo nos purificó». Y el que está sentado sobre el trono tenderá su tienda sobre ellos. Pues ellos son el trono sobre los cuales habita Dios en la Iglesia. Ni caerá sobre ellos el sol ni ardor alguno, como se dice en Isaías a propósito de la Iglesia: «El será una sombra contra el calor». Y los conducirá a las fuentes de las aguas de la vida y lo que sigue. En efecto, todas estas cosas acaecen también espiritualmente en la Iglesia en la vida presente, cuando después de la remisión de los pecados, nosotros resucitamos y, despojados de los vestidos de luto de la vida pasada y del hombre viejo, nos revestimos de Cristo en el bautismo y somos inundados de la alegría del Espíritu Santo.           

 (Exposición sobre el Apocalipsis, Homilía 6).

 

San Hilario de Poitiers:

Habiéndose congregado en tomo a Jesús un gran gentío, sube a la montaña y se pone a enseñar; es decir, se sitúa en la soberana elevación de la majestad paterna, y promulga el código de la vida celestial. No hubiera, en efecto, podido entregarnos estatutos de eternidad, sino situado en la eternidad. A continuación, el texto se expresa así: Abriendo la boca, se puso a enseñarles. Hubiera sido más rápido decir simplemente habló. Pero como estaba instalado en la gloria de la majestad paterna y enseñaba la eternidad, por eso se pone de manifiesto que la articulación de la boca humana obedecía al impulso del Espíritu que hablaba.

Dichosos los pobres en el espíritu, porque de ellos es el reino de los cielos. El Señor había ya enseñado con su ejemplo que hay que renunciar a la gloria de la ambición humana, diciendo: Al Señor, tu Dios, adorarás y a él sólo darás culto. Y como por boca del profeta había advertido que estaba dispuesto a elegirse un pueblo humilde y que se estremece ante sus palabras, puso los fundamentos de la dicha perfecta en la humildad de espíritu.

Hemos, pues, de aspirar a la sencillez, esto es: recordar que somos hombres, hombres a quienes se les ha dado posesión del reino de los cielos, hombres conscientes de que, siendo el resultado de una combinación de gérmenes pobrísimos y deleznables, son procreados en orden a este hombre perfecto y para comportarse —con la ayuda de Dios— según este modelo de sentir, programar, juzgar y actuar.

Nadie piense que algo es suyo, que es de su propiedad: a todos se nos han dado, por donación de un padre común, unos mismos cauces para entrar en la vida y se han puesto a nuestra disposición idénticos medios para disfrutar de ella. A ejemplo de ese óptimo Padre, que nos ha dado todas estas cosas, debemos nosotros convertirnos en émulos de esa bondad que él ha derrochado en nosotros, de manera que seamos buenos con todos y estemos firmemente convencidos de que todo es común a todos; que no nos corrompa ni la provocativa fastuosidad del siglo ni la codicia de riquezas ni la ambición de la vanagloria, sino estemos más bien sometidos a Dios y, en razón de la comunión de vida, estemos unidos a todos por el amor a la vida común, estimando además que, desde el momento en que Dios nos ha llamado a la vida, nos tiene preparado un gran premio, premio y honor que nosotros hemos de merecer con las obras de la presente vida Y así, con esta humildad de espíritu, por la que esperamos alcanzar de Dios tanto un indulto general en el presente y mayores dones en el porvenir, será nuestro el reino de los cielos.

Dichosos los perseguidos por causa de la justicia. En último término, recompensa con la perfecta felicidad a quienes, por causa de Cristo, están dispuestos a soportarlo todo por él: pues él es la justicia.

A éstos, además de reservárseles el reino, se les promete una sustanciosa recompensa, es decir, a los pobres de espíritu en su desprecio del mundo, a los marginados por la pérdida de los bienes presentes u otras desventuras, a los confesores de la justicia celeste contra las maldiciones de los hombres, finalmente, a los gloriosos mártires de las promesas de Dios, en una palabra, a todos los que han gastado su vida como testimonio de su eternidad.  (Comentario sobre el evangelio de san Mateo; Cap 4, 1-3.9)

 

Balduino de Ford:

“Las promesas de Dios son varias y diferentes, según los méritos de los justos y los medios de santificación que ellos han elegido. A cada medio de santificación le corresponde su propia retribución, y cada virtud posee su propia alabanza, su propia recompensa, según la dignidad de su clase y la cualidad de su especie. Vean los pobres y alégrense. Vean cuál es su parte, cuál su herencia: no terrena, no caduca, sino incontaminada, inmarcesible, reservada en los cielos. Vean y alégrense, porque de ellos es el Reino de los cielos…

 

·         Bienaventurados los pobres de espíritu, porque de ellos es el Reino de los cielos:

 

La pobreza es el camino hacia el cielo…Pero si todos los buenos han de entrar en el Reino de los cielos, tanto los que aman la pobreza, como los que la soportan, como también los que la remedian: ¿qué significa que este Reino que todos deben compartir, sólo es prometido a aquellos que abrazan la pobreza voluntaria, si sólo estos son considerados como pobres de espíritu?. Y es por esta diferencia que no se dice de ellos: entrarán en el Reino de los cielos, sino lo que parece mayor aún: de ellos es el Reino de los cielos. Porque como todos los bendecidos por Dios deben ser bendecidos, recibirán el Reino de los cielos que les está preparado desde el origen del mundo (Mt 25, 34); De todos por cierto se cree que entrarán en el Reino de los cielos, sin embargo de algunos se dice especialmente: De los tales es el Reino de los cielos.

Hay otra cosa que nos puede impresionar: mientras las otras promesas -en esta serie de la distribución evangélica- son diferidas para el futuro, esta promesa no queda aplazada por ninguna dilación, sino que se la señala como ya presente, de modo que parece más la adquisición de un beneficio presente, que la espera de una retribución futura. Y de aquellos que padecen persecución por la justicia se añade una norma similar: tanto a estos como a aquellos se les dice que el Reino de los cielos les pertenece, como si la recompensa les fuera ya concedida sin retardo, sin impedimento, sin dilación. A los mansos todavía no se les dice que poseen la tierra, sino que poseerán la tierra; y a los misericordiosos, que obtendrán misericordia; y a los que lloran, que serán consolados; y a los que tienen hambre de justicia, que serán saciados; y los pacíficos serán llamados hijos de Dios; y los limpios de corazón verán a Dios, pero todo esto en el futuro. Pareciera que hay que buscar alguna razón para esta diferencia. Tal vez estos dos medios de santificación, a saber el primero y el último, cuya recompensa no es diferida, pertenecen a los perfectos, que en el crisol de la pobreza o en el fuego de la persecución son examinados, como se examina la plata, y fundidos hasta quedar sin mezcla alguna; ellos que se edifican sobre el cimiento del oro, de la plata y de las piedras preciosas al abandonar esta vida no llevan consigo ni madera, ni heno, ni paja que pueda arder en ellos; sino que enseguida que abandonan esta vida vuelan al cielo sin dilación: porque de ellos es el Reino de los cielos… 

Cuando el espíritu del hombre es movido por este espíritu del mundo, pronto se hincha, y asimilado a aquel por el cual está movido, puede también él mismo llamarse espíritu de este mundo, puesto que desea cosas propias del mundo. Este espíritu es orgulloso, vano, presuntuoso, ambicioso, se complace siempre en la altivez y desprecia la humildad. Pero los que son conducidos por el Espíritu de Dios, cuanto más son movidos por él, tanto menos se hinchan y tanto más se humillan; como pobres de espíritu no se complacen en la altivez, sino que se complacen en la humildad…

Porque aquellos que progresan según el espíritu de Dios aminoran en su propio espíritu…

 

·         Bienaventurados los mansos, porque ellos poseerán la tierra:

 

¿Qué quiere decir en sí esta promesa: Bienaventurados los mansos, porque ellos poseerán la tierra? ¿Qué quiere decir en sí el que Dios prometa la tierra a los mansos, cuando a otros les promete el Reino de los cielos? Bienaventurados los pobres de espíritu, porque de ellos es el Reino de los cielos. ¿Qué tierra promete aquel que aconseja menospreciar la tierra? ¿No se promete el cielo a los justos y a los pecadores que hagan penitencia?…El Señor se propone a sí mismo como ejemplo de mansedumbre que debe aprenderse: Aprended de mí, que soy manso y humilde de corazón, y hallaréis reposo para vuestras almas (Mt 11, 29). Y dónde reposa su espíritu, lo muestra al decir: ¿Sobre quién reposará mi espíritu, sino sobre el humilde y tranquilo, que teme mis palabras?…

A Abrahán, a quien le fueron otorgadas las promesas, el Señor le prometió la tierra… para conducirlo a la tierra que le había prometido, lo hizo salir antes de la tierra en la que acostumbraba habitar…

Antes del propósito de conversión, nuestra carne es la tierra de los caldeos, de donde se ordenó a Abrahán que saliera. En el comienzo de la conversión los vicios no están todavía sometidos: es la tierra de Canaán…La tierra prometida es poseída ya por los hijos de Israel, cuando, rechazados los vicios por la ascesis, la carne es castigada de tal modo que el pecado no reina más en el cuerpo mortal. La carne, reducida a servidumbre y sometida al espíritu,…., ya purificada, es poseída por los hijos de Israel…

 

Esta es la Tierra santa donde habita la descendencia de Abrahán -entendido en sentido y afecto espiritual- donde está el templo del  Señor, en el que se adora y rinde culto a Dios, por lo cual dice el Apóstol:  ¿No sabéis que vuestros cuerpos son templo del Espíritu Santo?. Y también: El templo de Dios es santo, y vosotros sois ese templo.

En efecto, los justos heredarán la tierra,… será algún día poseída plenamente, cuando por la gloria de la resurrección toda la corrupción de la carne sea aniquilada y ya no luche la voluntad contra la razón, ni la carne contra la voluntad…

Para dar a los dóciles esta tierra, el Señor, que se sienta sobre querubines, viene dócil, humilde, sentado sobre un asno, animal que denota la docilidad en toda obediencia y paciencia; en el cual Dios puso y propuso para nosotros un ejemplo de docilidad, a fin de que en obediencia y paciencia también nosotros llevemos a Cristo como jinete, los dóciles al dócil…

 

·         Bienaventurados los que lloran, porque ellos serán consolados:

 

Estos son los cuatro motivos de aflicción: el primero es el temor por los pecados que cometimos; el segundo es el peligro por las tentaciones que debemos soportar; el tercero es el peso de las tribulaciones que nos apremian; el cuarto es el juicio de condenación que nos aterra…

…Y la Madre de Jesús sugiere y dice: No tienen vino (Jn 2, 3), el agua de la aflicción se convierte en el vino de la alegría, pero cuando se cumplió lo que Jesús ordenó al decir: Llenad las tinajas de agua. Por tanto, conviene primero llenar las tinajas de agua, esto es, saciar nuestros corazones más plenamente con largas efusiones de lágrimas, y satisfacer dignamente por todas las faltas cometidas, llorar suficientemente todo lo que debe ser llorado, y así acoger dentro de nosotros la consolación de la devoción interior, el gozo en el Espíritu Santo, y trocar en alegría la tristeza de nuestro corazón…

 

·         Bienaventurados los que tienen hambre y sed de justicia, porque ellos serán saciados:

¿Así pues el amor de la justicia es insaciable como el amor del dinero?. Si el hambre siempre crece y se fortalece mediante el crecimiento de la justicia ¿cuándo llegará un término, y cuándo se encontrará la saciedad?. Responda el profeta y diga: Mas yo en la justicia vengo a tu presencia; me saciaré cuando aparezca tu gloria (Sal 16, 15). El tener hambre es propio del tiempo presente, la saciedad empero, del futuro, cuando serán saciados los que ahora tienen hambre…

(Tratado IX, Las Bienaventuranzas evangélicas).

San Cromacio de Aquileya:

Cuando nuestro Señor y Salvador recorría numerosas ciudades y regiones, predicando y curando todas las enfermedades y todas las dolencias, al ver el gentío –como nos refiere la lectura que acabamos de oír– subió a la montaña. Con razón el Dios Altísimo sube a una altura, para allí predicar sublimes doctrinas a hombres deseosos de escalar las más sublimes virtudes.

Y es justo que la ley nueva se predique en una montaña, ya que la ley de Moisés fue dada en un monte. Esta consta de diez preceptos, destinados a iluminar y reglamentar la vida presente; aquélla consta de ocho bienaventuranzas, ya que conduce a sus seguidores a la vida eterna y a la patria celestial.

Dichosos los sufridos, porque ellos heredarán la tierra. Por tanto, los sufridos han de ser de carácter tranquilo y sinceros de corazón. Que su mérito no es irrelevante lo evidencia el Señor, cuando añade: Porque ellos heredarán la tierra. Se refiere a aquella tierra de la que está escrito: Espero gozar de la dicha del Señor en el país de la vida. Así pues, heredar esa tierra equivale a heredar la inmortalidad del cuerpo y la gloria de la resurrección eterna.

La mansedumbre no sabe de soberbia, ignora la jactancia, desconoce la ambición. Por eso, no sin razón exhorta en otro lugar el Señor a sus discípulos, diciendo: Aprended de mí, que soy manso y humilde de corazón, y encontraréis vuestro descanso.

Dichosos los que lloran, porque ellos serán consolados. No los que deploran la pérdida de seres queridos, sino los que lloran los propios pecados, los que con lágrimas lavan sus delitos; o también los que lamentan la iniquidad de este mundo o lloran los pecados ajenos.

Dichosos los que trabajan por la paz, porque ellos se llamarán «los hijos de Dios». Fíjate en el inmenso mérito de los que trabajan por la paz, pues ya no son llamados siervos, sino «los hijos de Dios». Y no sin razón, pues quien ama la paz, ama a Cristo, el autor de la paz, a quien el apóstol Pablo llamó «paz», cuando dijo: El es nuestra paz. En cambio, quien no ama la paz, propugna la discordia, pues ama al diablo que es el autor de la discordia. En efecto, él fue el primero en sembrar la discordia entre Dios y el hombre, pues arrastró al hombre a la transgresión del precepto de Dios. Y si el Hijo de Dios bajó del cielo, fue justamente para condenar al diablo, autor de la discordia, y hacer las paces entre Dios y el hombre, reconciliando al hombre con Dios y devolviendo al hombre el favor divino. Por lo cual, hemos de trabajar por la paz, para merecer ser llamados «los hijos de Dios», ya que sin la paz no sólo perdemos el nombre de hijos, sino el mismo nombre de siervo, pues dice el Apóstol: Buscad la paz, sin la cual nadie puede agradar a Dios. (Sermón 39).

San Elredo de Rieval:

“Así que, hermanos míos, si queremos conseguir esta belleza, es necesario purificar nuestros corazones y ser pacíficos. Si hacemos esto, sin duda que alcanzaremos la felicidad de que disfrutan para siempre los Bienaventurados en cuyo honor hoy nos reunimos aquí, es decir, la visión de Dios, pues es lo que dice el Señor: Dichosos los pacíficos, porque serán llamados hijos de Dios. La pureza de corazón consiste en dos cosas. En primer lugar debe limpiarse el corazón de la concupiscencia, y después de la debilidad…

Por eso hemos de procurar vencer estas cosas lo antes posible, ya que cuanto más las vencemos tanto más se purifica el corazón, y cuanto más nos vencen tanto más se mancha nuestro corazón.

Pero el que ya estuviere así sanado de la concupiscencia, seguro que después de esta vida será sanado de toda debilidad, y así podrá ver a Dios, que es la felicidad perfecta. Entonces tendrá una paz plena, paz entre sí y el prójimo, entre la carne y el espíritu, entre el espíritu y Dios.

Pero aunque no podemos llegar a esta paz completa en esta vida, hemos de esforzarnos por ella ahora, para llegar a ser pacíficos, obradores de la paz entre nosotros y el prójimo, entre el cuerpo y el alma, entre nosotros  y Dios, pues dichosos los pacíficos, porque serán llamados hijos de Dios. Pues aquél que procura conseguir esta paz en sí mismo y salir victorioso de las guerras de los vicios y de las tentaciones de los enemigos, recibe ya cierta semejanza del Hijo de Dios, que es verdaderamente pacífico, aniquiló al diablo, y reconcilió la naturaleza humana con Dios. Pero no podemos alcanzar esta paz, ni superar las guerras de los vicios y las tentaciones de los enemigos, a no ser que el que ha dado la ley dé también la bendición; a no ser que el que nos enseñó lo que hemos de hacer nos ayude para que podamos hacerlo.

Por esta paz todos los santos, cuya festividad hoy celebramos, llegaron a tanta gloria. Mantuvieron esta paz, no sólo cuando les iba bien en este mundo, sino con mucho más fervor en medio de las persecuciones, ya que siempre tenían presente esto que prometió el Señor, que después de enseñarnos sobre esta paz, añadió: Dichosos los que sufren persecución por la justicia, etc. Y por eso, porque no quisieron abandonar esta justicia, unos fueron lapidados, otros azotados, otros quemados, otros devorados por las fieras, otros colgados de los árboles, otros desollados vivos. Ciertamente, hermanos míos, no hay quien pueda contar cuántos tormentos, cuántas injurias, cuántos oprobios sufrieron estos santos por no abandonar esta justicia. Esto se lo predijo el Señor, y por eso les llamó Dichosos, con estas palabras: Dichosos seréis cuando los hombres os odien, etc.

Pongamos nuestros ojos en aquella bienaventuranza a la que han llegado estos santos  a través de los sufrimientos de esta vida. Ya ha secado Dios las lágrimas de sus ojos; ya ven a su rey, por el que sufrieron estas cosas, en su esplendor, y viéndolo son plenamente felices. Ahora no se nos dice que suframos las fieras y los tormentos por Cristo, sino que venzamos nuestras inclinaciones por él; que no nos dejemos arrastrar por nuestra carne y sus  apetitos por Cristo.

Por tanto, hermanos, sigamos el ejemplo de estos santos, cuya festividad hoy celebramos, y desechemos por completo el descanso y el placer de la carne. Soportemos con gusto las adversidades y sufrimientos temporales de esta vida por Cristo, y purifiquemos nuestros corazones y seamos pacíficos, para no amar nada fuera de Dios y del prójimo, a fin de que podamos llegar a aquella suma y plena felicidad, la visión de Dios”. (Sermón 46, En la festividad de todos los santos).

San Agustín:

Nosotros, además de creer en Jesús a quien no vimos, esperamos su venida. Todos los que le esperan con fe se llenarán de gozo cuando venga; quienes carecen de ella se llenarán de confusión cuando llegue lo que ahora no ven. Y tal confusión no será de un día ni pasajera, como la que suelen experimentar quienes son sorprendidos en alguna culpa y sufren los insultos de los hombres. Aquella confusión llevará a la izquierda a los que la sufren para que oigan: Id al fuego eterno que está preparado para el diablo y sus ángeles. Permanezcamos, pues, en sus palabras para no quedar confundidos cuando llegue. Él mismo dice en el evangelio a los que habían creído en él: Si permanecéis en mi palabra, seréis en verdad discípulos míos. Y como si preguntaran: «¿Qué fruto obtendremos?», añade: Y conoceréis la verdad y la verdad os hará libres. Pues ahora nuestra salvación es salvación en esperanza, no en la realidad; pues aún no tenemos lo prometido, sino que esperamos su llegada. Quien lo prometió es de fiar, no te engaña; tú, por tu parte, no desfallezcas, espera la promesa, pues la Verdad no sabe engañar. No seas mentiroso proclamando una cosa y haciendo otra; mantén la fe, que él mantiene la promesa. Pues si tú no mantienes la fe, eres tú quien te defraudas, no el que hizo la promesa…

Escuchad: Mirad qué amor nos ha dado el Padre que nos llamamos y somos hijos de Dios. Pues a los que se les llama hijos de Dios, sin serlo, ¿de qué les aprovecha llevar el nombre, si están privados de la realidad? ¿A cuántos se les llama médicos y no saben curar? ¿A cuántos se les llama serenos y pasan la noche entera durmiendo? Lo mismo acontece con muchos hombres: se les llama cristianos, pero no son hallados tales en la realidad, pues no son lo que indica ese nombre, es decir, no lo son en la vida, en las costumbres, en la fe, en la esperanza, en la caridad. Pero ¿qué habéis oído aquí, hermanos? Ved qué amor nos ha dado el Padre que nos llamamos y somos hijos de Dios. Por eso el mundo no nos conoce, porque no le conoció a él; el mundo no nos conoce. El mundo entero es cristiano, y el mundo entero es impío, pues en el mundo entero hay personas impías y en el mundo entero hay personas piadosas. Los primeros no conocen a los segundos. ¿Por qué juzgamos que no los conocen? Porque insultan a los que viven santamente. Prestad atención y ved, porque igual los hay también entre vosotros. Suponed que uno de vosotros vive santamente, desprecia lo mundano, renuncia a asistir a los espectáculos, a embriagarse de un modo casi ritual y -lo que es más grave- a mancillarse al amparo de los días festivos; si rehúsa hacer todo eso, ¡cómo le insultan los que lo hacen! ¿Le insultarían acaso si le conociesen? Mas, ¿por qué no se le conoce? Porque el mundo no le conoce. ¿Quién es el mundo? Se llama mundo a los que lo habitan, igual que se llama casa a sus moradores. Son cosas dichas con frecuencia y no me resulta molesto repetirlas. Por tanto, cuando oigáis hablar de mundo en su acepción negativa, entended bajo ese término a los amantes del mundo. Merecieron tal nombre porque lo habitan y lo habitan porque lo aman. Ésta es la razón por la que el mundo no nos conoce: porque no le conoció a él. El mismo Señor Jesucristo caminaba, era Dios en carne, oculto en su debilidad. ¿A qué se debió que no le conocieran? Al hecho de que enfrentaba a todos los hombres con sus pecados. Éstos, al amar los deleites que procuraban los pecados, no conocían a Dios; amando lo que les sugería su fiebre, ultrajaban al médico.

Y de nosotros, entonces, ¿qué? Que ya hemos nacido de él, pero, como vivimos en esperanza, dice la carta: Amadísimos, ahora somos hijos de Dios. ¿Ahora ya? ¿Qué esperamos, entonces, si ya somos hijos de Dios? Sigue: Y aún no se ha manifestado lo que seremos. ¿Qué otra cosa seremos más que hijos de Dios? Escuchad cómo continúa: Sabemos que, cuando se manifieste, seremos semejantes a él, porque le veremos como es. Entienda vuestra Caridad. Realidad grandiosa: Sabemos que, cuando se manifieste, seremos semejantes a él, porque le veremos como es. Prestad atención ya a qué se designa con «es». Lo sabéis. Aquello a lo que se llama «es» y no sólo se le llama, sino que lo es en verdad, es inmutable; permanece por siempre, desconoce el cambio y la corrupción; ni va a más, porque ya es perfecto, ni a menos, porque es eterno. ¿Y qué es eso? En el principio existía la Palabra y la Palabra estaba junto a Dios y la Palabra era Dios. ¿Y quién es esa Palabra? Quien existiendo en forma de Dios no juzgó objeto de rapiña ser igual a Dios. Los malos no pueden ver a Cristo en este modo de existencia, en su condición divina, como Palabra de Dios y Unigénito del Padre e igual a él. En cambio, también los malos pueden ver la Palabra en su condición humana. De hecho en el día del juicio lo verán también ellos, porque vendrá a juzgar igual que vino a ser juzgado. En la misma forma humana, pero como Dios, pues maldito todo el que pone su esperanza en el hombre. En condición humana vino a ser juzgado, en condición humana vendrá a juzgar. Y si no le van a ver, ¿qué queda de lo que está escrito: Verán a aquel a quien traspasaron? Pues de los impíos dice la Escritura que le verán y se sentirán confundidos. ¿Cómo no le van a ver los impíos cuando ponga a unos a la derecha y a otros a la izquierda? A los colocados a la derecha les dirá: Venid, benditos de mi Padre, recibid el reino; y a los colocados a la izquierda: Id al fuego eterno. Le verán, sí; pero sólo en su condición de siervo, no en la de Dios. ¿Por qué? Porque son impíos, y el mismo Señor dice: Bienaventurados los limpios de corazón, porque ellos verán a Dios. Así, pues, hemos de contemplar, hermanos, cierta visión que ni el ojo vio ni el oído oyó, ni subió al corazón del hombre: una determinada visión que supera la de todas las bellezas de la tierra, la del oro, la de la plata, la de los bosques y campos, la belleza del mar y la del aire, la del sol y la de la luna, la de las estrellas, la belleza de los ángeles; una belleza que supera toda otra belleza, porque de ella reciben el ser bellas todas las demás.

¿Qué seremos, pues, cuando le veamos? ¿Qué se nos ha prometido? Seremos semejantes a él porque le veremos tal cual es. La lengua ha dicho lo que ha podido; lo demás ha de ser meditado en el corazón. Pues ¿qué dijo incluso el mismo Juan en comparación de aquel que es, o qué podemos decir los hombres tan por debajo de sus méritos?

Volvamos, pues, a aquella su Unción; volvamos a aquella su Unción que enseña interiormente algo que no podemos decir con palabras. Como ahora no podéis verlo, ocupaos en desearlo. La vida entera del buen cristiano es un santo deseo. Lo que deseas aún no lo ves, pero deseándolo te capacitas para que, cuando llegue lo que has de ver, te llenes de ello. Es como si quieres llenar una cavidad, conociendo el volumen de lo que se va a dar; extiendes la cavidad del saco, del pellejo o de cualquier otro recipiente; sabes la cantidad que has de introducir y ves que la cavidad es limitada. Extendiéndola aumentas su capacidad. De igual manera, Dios, difiriendo el dártelo, extiende tu deseo, con el deseo extiende tu espíritu y extendiéndolo lo hace más capaz. Deseemos, pues, hermanos, porque seremos llenados. Ved cómo Pablo extiende su cavidad para poder acoger lo que ha de venir. Dice, pues: No se trata de que ya lo haya recibido o de que ya haya alcanzado la perfección, hermanos; yo no creo haberlo alcanzado. ¿Qué haces, pues, en esta vida, si aún no la has alcanzado? Una sola cosa: Olvidando lo pasado, extendido hacia lo que está delante, con toda intención persigo la palma de la vocación suprema. Dijo que estaba extendido y que lo perseguía con toda intención. Se sentía poco capaz para acoger lo que ni el ojo vio, ni el oído oyó, ni ha subido al corazón del hombre. Ésta es nuestra vida: ejercitarnos mediante el deseo. Pero el deseo santo nos ejercita en la medida en que apartemos nuestros deseos del amor mundano. Ya he dicho con anterioridad: vacía el recipiente que has de llenar con otra cosa. Tienes que llenarte del bien, derrama el mal. Imagínate que Dios quiere llenarte de miel; si estás lleno de vinagre, ¿dónde depositas la miel? Hay que derramar el contenido del vaso; hay que limpiar el vaso mismo; hay que limpiarlo, aunque sea con fatiga, a fuerza de frotar, para hacerlo apto para determinada realidad. Designémosla con un nombre erróneo; llamémosla oro, llamémosla vino; cualquier nombre que asignemos a lo que no puede ser nombrado, cualquier nombre que sea el que queramos darle, se llama Dios. Y, al decir Dios, ¿qué hemos dicho? ¿Todo lo que esperamos se reduce a esta única sílaba? Todo lo que fuimos capaces de decir, pues, se queda por debajo de esa realidad; extendámonos hacia él, para que cuando venga nos llene. Seremos semejantes a él porque le veremos tal cual es.

Y todo el que tiene esta esperanza en él… Estáis viendo que nos dejó anclados en la esperanza. Advertís cómo el apóstol Pablo concuerda con su colega en el apostolado. Dice: Estamos salvados en esperanza. Pero la esperanza que se ve no es esperanza; porque lo que uno ve, ¿cómo puede esperarlo? Si, pues, esperamos lo que no vemos, con paciencia lo esperamos. La misma paciencia ejercita el deseo. Permanece tú, pues él permanece, y persevera en tu caminar, hasta que llegues, pues el lugar a donde te encaminas no se retirará. Ved: Y todo el que tiene esta esperanza en él se hace puro como él es puro. Ved cómo no suprimió el libre albedrío, pues dice: se hace puro. ¿Quién nos hace puros sino Dios? Pero él no te hace puro si tú no quieres. Por tanto, te haces puro a ti mismo en tanto en cuanto unes tu voluntad a la de Dios. Te haces puro a ti mismo no por tus fuerzas sino por las de aquel que vino para habitar en ti. No obstante, como en ello intervienes de alguna manera con tu voluntad, también se te asigna tu parte. Pero se te asigna tu parte para que digas como el salmo: Sé mi ayuda, no me abandones. Si dices: «Sé mi ayuda», es que algo haces tú; pues, si nada haces tú, ¿cómo es que te ayuda él?… (Homilías sobre la primera carta de San Juan a los Partos; Homilía cuarta).

 

Todas estas bienaventuranzas constituyen ocho sentencias. Y como convocando a otros, se dirige, no obstante, a los presentes diciéndoles: Seréis felices cuando hablen mal de vosotros y os persigan. Hablaba en general en las sentencias anteriores, pues no dijo: Felices los pobres en el espíritu, porque vuestro es el reino de los cielos, sino porque de ellos es el reino de los cielos; ni dijo: Felices los mansos, porque vosotros poseeréis la tierra; sino, porque ellos poseerán la tierra; y así las otras sentencias hasta la octava a la que añade: Bienaventurados los que padecen persecución por ser honestos, porque de ellos es el reino de los cielos. Ahora comienza a hablar dirigiéndose ya a los presentes, si bien es verdad que los aforismos que habían sido enunciados anteriormente, se dirigen también a aquellos que, estando presentes, escuchaban; y éstos, que parecen ser dichos de modo especial para los presentes, se refieren también a los ausentes o a los que vendrán en el futuro. Por lo cual hay que considerar con mucha diligencia este número de las sentencias. Comienza la bienaventuranza por la humildad: Felices los pobres de espíritu, es decir, los que no son hinchados, cuando el alma se somete a la divina autoridad, ya que teme ir a la perdición después de esta vida, aunque, quizás, le parezca ser feliz en esta vida. Como consecuencia llega al conocimiento de la Sagrada Escritura, donde con espíritu de piedad aprende la mansedumbre, para que nunca se propase a condenar aquello que los profanos juzgan absurdo y no se haga indócil sosteniendo obstinadas contiendas. De aquí comienza a entender con qué lazos de la vida presente se siente impedida mediante la costumbre sensual y los pecados. Por consiguiente, en el tercer grado, en el cual se halla la ciencia, se llora la pérdida del sumo bien que sacrificó, adhiriéndose a los más ínfimos y despreciables. En el cuarto grado está presente el trabajo, que se da cuando el alma hace esfuerzos vehementes para separarse de las cosas que le cautivan con funesta delectación. Aquí tiene hambre y sed de honestidad y es muy necesaria la fortaleza, ya que no se deja sin dolor lo que se posee con delectación. En el quinto grado se da el consejo de dejar a un lado a quienes persisten en el esfuerzo, ya que, si no son ayudados por un ser superior, no son absolutamente capaces de desembarazarse de las múltiples complicaciones de tantas miserias. Pues es un justo consejo que, quien quiere ser ayudado por un ser superior, ayude a otros más débiles en aquello en que él es más fuerte. Así pues, felices los misericordiosos, porque a ellos se les hará misericordia. En el sexto grado se tiene la pureza del corazón, que, consciente de las buenas obras, anhela contemplar el sumo bien que solo se puede vislumbrar con mente pura y serena. Finalmente, la séptima bienaventuranza es la misma sabiduría, es decir, la contemplación de la verdad que pacifica a todo el hombre al recibir la semejanza de Dios y así concluye: Felices los pacíficos, porque se llamarán hijos de Dios. La octava vuelve al principio, ya que muestra y prueba que se ha consumado y perfeccionado. De hecho, en el primero y en el octavo se nombra el reino de los cielos: Felices los pobres en el espíritu, porque de ellos es el reino de los cielos, y felices los que padecerán persecución por la justicia, porque de ellos es el reino de los cielos. De hecho, leemos en la Escritura: ¿Quién nos separará de la caridad de Cristo: quizás la tribulación, la angustia, la persecución, el hambre, la desnudez, el peligro, la espada? Son siete, por tanto, las bienaventuranzas que llevan al cumplimiento; pues la octava, como volviendo todavía al principio, clarifica y muestra lo que ha sido cumplido, a fin de que a través de estos grados sean completados también los demás…

Seréis felices, continúa, cuando os insulten y os persigan y, mintiendo, dijeren toda clase de maldades contra vosotros por mi causa. Alegraos y regocijaos, porque será grande vuestra recompensa en los cielos. Cualquiera que busque en el nombre de cristiano la gloria de este mundo y la abundancia de los bienes de la tierra, advierta que nuestra felicidad está en el interior, como se dice del alma de la Iglesia con las palabras del profeta: toda la belleza de la hija del rey está en el interior. Pues desde el exterior se prometen injurias, persecuciones, difamaciones, por las cuales será grande la recompensa en los cielos, la cual se percibe en el corazón de los que sufren, de los cuales se ha podido decir: nos gloriamos en los sufrimientos, ya que sabemos que los sufrimientos producen paciencia, y la paciencia es una virtud puesta a prueba y la virtud probada produce la esperanza; y la esperanza no defrauda, ya que el amor de Dios ha sido derramado en nuestros corazones por medio del Espíritu Santo que nos ha sido dado. En efecto, no es suficiente sufrir estos males para recoger el fruto, sino que hace falta soportarlos por el nombre de Cristo, y no solo con ánimo tranquilo, sino incluso hasta con alegría… (El Sermón del Señor en la montaña; Libro 1º, 3,10.13).

 

San Bernardo:

Actualmente toda nuestra felicidad se centra en el temor de Dioscomo nos dice la Escritura: Dichoso el hombre que se mantiene alerta. Dichoso el que teme al Señor y sigue sus caminos. 
Cuán distinta es la felicidad de aquellos cuyo amor perfecto expulsa todo temor, y ya no les asusta el camino de la vida, porque viven y cantan en la patria. Dichosos los que viven en tu casa, Señor, alabándote siempre. Nuestra felicidad y nuestra fiesta la celebramos ahora en el temor de Dios. Ellos, en cambio, entre cantos de gozo y alabanza. 

Los únicos hombres que pueden ser alabados sin temor son los que no viven su vida propia, sino la de Dios; porque la vida del hombre es lucha continua. Y existen dos motivos -íntimamente relacionados-que garantizan esta alabanza. No tememos ensalzar a quienes lo merecen de verdad, ni dudamos en glorificar a los que están tan abismados en la gloria que en nada les afectan nuestros aplausos. Donde reina la verdad no cabe la vanidad. 
Tú ahora me preguntas: ¿qué gloria pueden recibir los Santos? Porque ellos no se alaban a sí mismos. Lo prohíbe el oráculo divino: No te alabe tu propia boca. Tampoco se alaban unos a otros: están tan inmersos y absortos en glorificar al Creador, que eso constituye toda su felicidad, y no les queda ni la más remota posibilidad de alabarse mutuamente. Recordemos, una vez más, al Profeta: Dichosos los que viven en tu casa, Señor, te alabarán por siempre jamás.
Sin embargo, no me resigno a creer que los Santos carezcan de gloria. Me apoyo en el parecer del Apóstol: Nuestras penalidades momentáneas y ligeras nos producen una gloria eterna que los sobrepasa desmesuradamente. Y me lo confirma el Profeta: Ven a traernos tu salvación para que gocemos de la dicha de tus elegidos, nos alegremos con la alegría de tu pueblo y seas glorificado con tu heredad. Ten en cuenta que no dice: “para que seas glorificado por tu heredad”, sino: con tu heredad. Lo cual indica que la alabanza será común para todos. Los elegidos alaban al Señor. Y ¿quién alabará a los elegidos? He aquí la respuesta: Cada uno recibirá su alabanza. ¿De quién? De Dios. Gran loador y alabanza digna de ser ansiosamente deseada. ¡Qué intercambio tan feliz: tan dichoso es alabar como ser alabado!

Qué significan, pues, para los Santos nuestras alabanzas, nuestros himnos y esta solemnidad? ¿Por qué brindarles homenajes terrenos si como lo asevera el Hijo son honrados por el Padre del cielo? ¿Les agradarán nuestros cantos? Están saciados. Así es, queridos hermanos. Los Santos no necesitan nuestros homenajes, ni aumenta su gloria con nuestro fervor. La celebración de su memoria nos es muy provechosa a nosotros, no a ellos.

¿En qué medida nos aprovecha? Yo siento que su recuerdo excita en mí un ardiente deseo con tres aspectos distintos. Un refrán popular dice: “ojos que no ven corazón que no siente”. Mi ojo es mi memoria; y pensar en los Santos es casi como verlos. Según eso, nuestra gran riqueza está en el país de los vivos; y si este recuerdo está empapado de afecto, es una riqueza incalculable.
Esto mismo nos convence de que nuestra patria es el cielo. Aunque de momento no lo sea tan nuestra, como lo es de ellos. Ellos residen allí sustancialmente, nosotros con el deseo; para ellos es presencia, para nosotros recuerdo. ¿Cuándo nos juntaremos con nuestros padres? ¿Cuándo nos asociaremos esencialmente a ellos? Este es el primer deseo que excita o más bien incita en nosotros el recuerdo de los Santos, gozar de su compañía tan deseable, merecer ser conciudadanos y eternos compañeros de los espíritus bienaventurados, asociarnos a la asamblea de los Patriarcas, a los batallones de los Profetas, al senado de los Apóstoles, a los inmensos escuadrones de Mártires, al colegio de los Confesores, al coro de las Vírgenes. En una palabra: mezclarse y regocijarse en la comunión de todos los Santos. 
El recuerdo de cada uno es una chispa o una antorcha luminosa que inflama a las almas fervientes en el deseo de verles y abrazarles. A veces creen estar ya en su compañía, y su corazón suspira por todos o alguno de ellos con todo el ímpetu de su anhelo y de su pasión. ¿Por qué somos tan negligentes, tan perezosos y tan locos que no nos despegamos de aquí con frecuentes suspiros y ardientes afectos, y disparamos nuestro espíritu hacia aquellas huestes tan felices? ¡Desgraciados de nosotros, duros de corazón! ¡Ay de aquellos que, como dice el Apóstol viven sin amor! Nos está esperando la primitiva Iglesia, y somos indolentes; los santos nos desean, y no les prestamos atención; los justos suspiran por nosotros, y disimulamos.
Despertemos ya de una vez, hermanos. Resucitemos con Cristo. Busquemos y saboreemos lo de arriba. Suspiremos por quienes desean nuestra presencia, corramos hacia quienes nos están aguardando, avancemos con nuestros deseos hacia los que nos esperan. En nuestra vida de comunidad no existe la seguridad, ni la perfección, ni el sosiego. Y, sin embargo, ved qué dulzura, qué delicia convivir los hermanos unidos. Si surge una preocupación interior o externa, la compañía de unos hermanos tan entrañables y que piensan y sienten como nosotros, la hace más llevadera. ¡Cuánto más dulce, agradable y dichosa será aquella unión donde no cabe la sospecha ni brota la discusión, y la caridad más exquisita estrechará a todos con una alianza indisoluble! Lo mismo que el Padre y el Hijo son uno, así lo seremos  nosotros con ellos. 

Pero no aspiremos únicamente a la compañía de los Santos: anhelamos también su felicidad; ambicionemos su presencia y codiciemos apasionados su gloria. Es una ambición totalmente inofensiva, y una ansia de gloria completamente pura. Pues cuando decimos: No a nosotros, Señor, no a nosotros, sino a tu nombre da la gloria, nos referimos a esta vidaLo mismo cantan los ángeles: Gloria a Dios en el cielo, y en la tierra paz a los hombres de buena voluntad. En otro lugar oímos: No me toques, que aún no he subido al Padre. Es el Verbo de la gloria. Ciertamente, el hijo sabio es gloria del padre. Por eso dice a Gloria por excelencia: No me toques. Es decir, no busques la gloria, rehúyela y no te atrevas a tocarme hasta que lleguemos al Padre, mansión invulnerable de la gloria. Allí me gloriaré en el Señor: que lo escuchen los humildes y se alegren. El que antes decía: No me toques, que aún no he subido al padre, parece haber escuchado el grito de la esposa del Cantar: Huye, amado mío, huye. O lo que citábamos hace un momento: No a nosotros, Señor, no a nosotros, sino a tu nombre da la gloria. Y en uno de los himnos hemos cantado hoy, inspirándonos en el canto de los ángeles: Da paz a tus siervos, y que nosotros te damos gloria por los siglos sin fin.

Como la vida del hombre es una lucha continua, le interesa más buscar la paz que la gloria. La paz con Dios, con el prójimo y consigo mismo. Centinela del hombre, ¿por qué te has convertido en mi adversario, y me he convertido en carga para mí mismo? La guerra está a punto de estallar, se está fraguando una sedición; no es una guerra civil, sino familiar: la carne y el espíritu están enfrentados. El motivo es evidente: Te has convertido en mi adversario. Tú eres la libertad verdadera, la vida, la gloria, la plenitud y la felicidad. Yo, en cambio, soy pobreza, miseria, indigencia, turbación y abatimiento, víctima y esclavo del pecado. Tú eres el deleite sumo y perfecto, el descanso de los espíritus bienaventurados: y yo estoy colocado por ti, desde siempre, lejos del Edén, lejos del deleite, sumido en la fatiga y en la angustia.

Y nos dices: Convertíos a mí de todo corazón. Si nos exhortas a volver es que estamos alejados de ti. Si nos pides la conversión es porque vivimos enfrentados contigo. ¿Cómo convertirnos? Con ayuno, con llanto y con luto. ¡Oh realidad admirable! ¿Practicas tú, acaso, el ayuno o te entregas al llanto o al luto? No, vives ajeno a todo esto. Es algo inconcebible en ti. Tu reino es Jerusalén, a quien sacias con flor de harina. Allí no existe ni luto, ni llanto, ni dolor, sino cantos de gratitud y de alabanza. Que los justos se alegren y gocen en la presencia de Dios, rebosando de alegría.

¿Cómo, pues, volvemos a él con ayuno, con llanto y con luto? ¿No será que el justo le encuentra en el gozo y la alegría, y el que todavía no lo es, solamente en el ayuno, el llanto y el luto? Sí, así es. pero el justo de que hablamos es el que ya ve a Dios, no el que vive aún en la fe. Como cuando dice el Señor: Estoy con él en la tribulación, se refiere al que camina en la fe, y no al que goza de la presencia. Es cierto que todos tienen una misma cabeza, pero no se manifiesta del mismo modo a todos los miembros. Unos la ven coronada de espinas y apoyada sobre la cruz, para que se humillen y se muevan a compunción. Otros la contemplan gloriosa para ser glorificados por ella y se gloríen en ella, hechos semejantes a él, porque la ven tal como es.

Esta es la segunda clase de deseo que suscita en nosotros el recuerdo de los Santos: que Cristo se nos manifieste como nuestra vida, lo mismo que a ellos, y nosotros seamos glorificados en él. Mientras tanto, nuestra cabeza no se nos presenta tal como es, sino tal como se hizo por nosotros. En vez de una corona gloriosa, lleva la corona de espinas de nuestros pecados: ¡Muchachas de Sión, salid para ver al rey Salomón con la rica corona que le ciñó su madre! ¡Qué rey y qué corona! La madre es la Sinagoga, que no actuó como madre, sino como madrastra, al ceñir a nuestro Rey una corona de espinas.

Ruborícense esos miembros ansiosos de gloria viendo a su cabeza tan deshonrada, sin figura, sin encanto ni belleza ni cosa semejante: Ahora sí que es el verdadero Salomón; ahora viene como rey de paz, y no de dicha o de gloria. De este modo da plenitud a lo que cantaron los ángeles; paz en la tierra y gloria en el cielo. Sonrójate de ser un miembro refinado de una cabeza acribillada, y a quien la púrpura no le sirve de honra, sino de mofa.

Es triste que este día se celebre en muchos lugares a base de banquetes y grandes derroches. Eso no es celebrar, sino vilipendiar. Ellos verán lo que hacen. Con eso se festejan a sí mismos, no a los Santos. No buscan el agrado de los Santos, sino su propio capricho. Pero Cristo volverá, y su muerte dejará de ser proclamada. Y entonces veremos si hemos muerto de verdad y si nuestra vida está escondida con Cristo en Dios. La cabeza aparecerá radiante de gloria, y con ella brillarán sus miembros glorificados. Y transformará la bajeza de nuestro ser, reproduciendo en él la gloria de la cabeza, que es él mismo. Anhelemos esta gloria con toda la audacia y ambición de que somos capaces y que nunca se nos diga: Os dedicáis al intercambio de honores y no buscáis el honor que viene sólo de Dios.

Para poder esperar esta gloria y aspirar a tanta dicha, debemos desear con todas nuestras ansias los sufragios de los Santos para que su intercesión supla nuestra impotencia. ¡Piedad, piedad de mí, amigos míos! Vosotros conocéis nuestros peligros, nuestro barro, nuestra insipiencia, la astucia y la furia del enemigo y nuestra fragilidad. Hablo con vosotros, que os visteis en esta misma tentación, superasteis idénticas peleas, escapasteis de lazos semejantes y vuestra experiencia os enseñó a ser compasivos.
También confío que los ángeles se dignarán visitar a su propio linaje, y me apoyo en aquel texto: Visitarás a tu raza y no pecarás. Sin embargo, aunque me atrevo a confiar en ellos por la semejanza de su ser espiritual y la forma racional, me inspiran mucha mayor confianza los que participan de mi misma humanidad. Esto les impulsa a compadecerse íntima y profundamente del que es hueso de sus huesos y carne de su carne. 
Y finalmente, cuando pasaron de este mundo al Padre nos dejaron la más sagrada fianza. Sus cuerpos reposan en paz junto a nosotros, y su fama perdura por generaciones; es decir, su gloria es inmortal..Vivimos en mutua relación: nosotros gozamos con ellos, y ellos sufren con nosotros; nosotros reinamos con ellos por la oración fervorosa, y ellos luchan en nosotros y en nuestro favor con su atenta protección. No podemos dudar de su compasiva solicitud. Si como dije anteriormente no alcanzarán su plenitud sin nosotros, esperan a que recibamos nuestra recompensa. Y en ese día último y solemne de la fiesta, todos los miembros unidos a su excelsa cabeza formarán el hombre total; y será ensalzado Jesucristo, nuestro Señor, junto con sus elegidos. Él es Dios soberano bendito y glorioso por siempre. (Sermón 5º de la festividad de Todos los Santos).

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