8 de noviembre de 2015. Domingo 32º del tiempo ordinario – CICLO B.-

8 de noviembre de 2015

Domingo 32º del Tiempo Ordinario

- Ciclo B.-

Primera lectura

Lectura del primer libro de los Reyes (17,10-16):

En aquellos días, el profeta Elías se puso en camino hacia Sarepta, y, al llegar a la puerta de la ciudad, encontró allí una viuda que recogía leña. La llamó y le dijo: «Por favor, tráeme un poco de agua en un jarro para que beba.»
Mientras iba a buscarla, le gritó: «Por favor, tráeme también en la mano un trozo de pan.»
Respondió ella: «Te juro por el Señor, tu Dios, que no tengo ni pan; me queda sólo un puñado de harina en el cántaro y un poco de aceite en la alcuza. Ya ves que estaba recogiendo un poco de leña. Voy a hacer un pan para mí y para mi hijo; nos lo comeremos y luego moriremos.»
Respondió Elías: «No temas. Anda, prepáralo como has dicho, pero primero hazme a mí un panecillo y tráemelo; para ti y para tu hijo lo harás después. Porque así dice el Señor, Dios de Israel: “La orza de harina no se vaciará, la alcuza de aceite no se agotará, hasta el día en que el Señor envíe la lluvia sobre la tierra.”»
Ella se fue, hizo lo que le había dicho Elías, y comieron él, ella y su hijo. Ni la orza de harina se vació, ni la alcuza de aceite se agotó, como lo había dicho el Señor por medio de Elías.
Palabra de Dios

Salmo

Sal 145,7.8-9a.9bc-10

R/. Alaba, alma mía, al Señor

Que mantiene su fidelidad perpetuamente,
que hace justicia a los oprimidos,
que da pan a los hambrientos.
El Señor liberta a los cautivos. R/.

El Señor abre los ojos al ciego,
el Señor endereza a los que ya se doblan,
el Señor ama a los justos,
el Señor guarda a los peregrinos. R/.

Sustenta al huérfano y a la viuda
y trastorna el camino de los malvados.
El Señor reina eternamente,
tu Dios, Sion, de edad en edad. R/.

 

Segunda lectura

Lectura de la carta a los Hebreos (9,24-28):

Cristo ha entrado no en un santuario construido por hombres imagen del auténtico, sino en el mismo cielo, para ponerse ante Dios, intercediendo por nosotros. Tampoco se ofrece a sí mismo muchas veces como el sumo sacerdote, que entraba en el santuario todos los años y ofrecía sangre ajena; si hubiese sido así, tendría que haber padecido muchas veces, desde el principio del mundo. De hecho, él se ha manifestado una sola vez, al final de la historia, para destruir el pecado con el sacrificio de sí mismo. Por cuanto el destino de los hombres es morir una sola vez. Y después de la muerte, el juicio. De la misma manera, Cristo se ha ofrecido una sola vez para quitar los pecados de todos. La segunda vez aparecerá, sin ninguna relación al pecado, a los que lo esperan, para salvarlos. 
Palabra de Dios 

Evangelio

Lectura del santo evangelio según san Marcos (12,38-44):

En aquel tiempo, entre lo que enseñaba Jesús a la gente, dijo: «¡Cuidado con los escribas! Les encanta pasearse con amplio ropaje y que les hagan reverencias en la plaza, buscan los asientos de honor en las sinagogas y los primeros puestos en los banquetes; y devoran los bienes de las viudas, con pretexto de largos rezos. Éstos recibirán una sentencia más rigurosa.»
Estando Jesús sentado enfrente del arca de las ofrendas, observaba a la gente que iba echando dinero: muchos ricos echaban en cantidad; se acercó una viuda pobre y echó dos reales. 
Llamando a sus discípulos, les dijo: «Os aseguro que esa pobre viuda ha echado en el arca de las ofrendas más que nadie. Porque los demás han echado de lo que les sobra, pero ésta, que pasa necesidad, ha echado todo lo que tenía para vivir.»
Palabra del Señor

COLLATIONES

Hoy el profeta Elías se encuentra con la viuda de Sarepta. La encuentra recogiendo leña y le pide agua y pan. Dice San Agustín que: “De vez en cuando, los siervos de Dios padecen necesidad para poner a prueba a los que poseen bienes. Pero aquella viuda no tenía nada”. La viuda responde a Elías, que sólo le queda un puñado de harina en el cántaro y un poco de aceite en la alcuza: “Voy a hacer un pan para mí y para mi hijo; nos lo comeremos y luego moriremos”.

Respondió Elías: «No temas. Anda, prepáralo como has dicho, pero primero hazme a mí un panecillo y tráemelo; para ti y para tu hijo lo harás después. Nos exhorta San Juan Crisóstomo: “¡Considera ahora la sabiduría y la fe de Elías! … porque se fiaba del Señor que hace fáciles las cosas que parecen imposibles”. Y continúa preguntando San Juan Crisóstomo: “¿Qué haces, oh Elías? ¡Pase que pidas para ti el pan! Mas, ¿por qué exiges que se te aparte primero a ti? … No quiero matarlos, dice, sino aumentar el beneficio; porque yo conozco la liberalidad y abundancia de mi Señor”. Elías sabe que: La orza de harina no se vaciará, la alcuza de aceite no se agotará, hasta el día en que el Señor envíe la lluvia sobre la tierra”. La viuda creyó a Elías e hizo lo que le pedía, y “ni la orza de harina se vació, ni la alcuza de aceite se agotó, como lo había dicho el Señor por medio de Elías”. Dice San Agustín que: “La necesidad de un alma santa se convirtió en abundancia para un alma piadosa”. Y que: “Aquella mujer era una imagen de la Iglesia. Dado que dos maderos forman una cruz, a punto de morir buscaba lo que la haría vivir por siempre”.

En el Evangelio podemos ver a otra viuda, que como nos dice San Paulino de Nola: “Olvidándose de sí misma y preocupada únicamente por los pobres, pensando sólo en el futuro, dio todo lo que tenía para vivir”. “Os aseguro que esa pobre viuda ha echado en el arca de las ofrendas más que nadie. Porque los demás han echado de lo que les sobra, pero ésta, que pasa necesidad, ha echado todo lo que tenía para vivir”.
Nos dice San  Agustín: “¿Quién se dignó poner al menos los ojos en ella? La vio el que no mira la mano llena sino el corazón. Él se fijó en ella e hizo que otros se fijasen también; haciendo que se fijasen en ella, dijo que nadie había dado tanto como ella. En efecto, nadie dio tanto como la que no reservó nada para sí”.

Dice el Evangelio que: “Muchos ricos echaban en cantidad”. Pero nos comenta San Agustín que: “Dios no se fija en las riquezas por abundantes que sean, sino en las voluntades rebosantes de amor”. Y añade que: “El reino de los cielos está en venta a precio de limosnas… Para que no pienses que no está a tu alcance, te indico su precio: vale tanto cuanto tienes”.

Leemos en la carta a los hebreos: “Él se ha manifestado una sola vez, al final de la historia, para destruir el pecado con el sacrificio de sí mismo”. Y nos dice San Paulino de Nola: “Congratulémonos por haber sido comprados a gran precio, al precio de la sangre del propio Señor… Negociemos, pues, al Señor con los mismos dones del Señor; nada poseemos que de él no hayamos recibido… Démosle a él, que recibe en la persona de cada pobre”.

Creo que la conclusión a las lecturas de hoy nos la puede dar San Ambrosio: “El Señor enseña que hay que ser misericordioso y generoso para con los pobres, sin pararse a pensar en la propia pobreza; porque la generosidad no se calcula según la abundancia del patrimonio sino según la disposición a dar”.

 

San Agustín:

En el tiempo presente, para que advirtamos cuánto nos encarece Dios las obras de misericordia hizo padecer necesidad a sus propios santos a fin de que, haciéndose aquí amigos con la mammona de iniquidad, reciban también ellos mismos a sus amigos en los tabernáculos eternos. Con otras palabras: cuando los que tienen riquezas dan limosna a los siervos de Dios que, por consagrarle toda su vida, sienten a veces necesidad, del mismo modo que los hacen partícipes a ellos de sus bienes terrenos, merecen tener con ellos parte en la vida eterna.

He dicho esto a causa de la lectura del Libro de los Reyes que escuchamos antes. ¿Acaso Dios había dejado de alimentar a su siervo Elías? ¿No le servían las aves cuando faltaban los hombres? ¿No le llevaba el cuervo el pan por la mañana y la carne por la tarde? Así, pues, Dios manifiesta que puede alimentar a sus siervos con lo que quiere y como quiere y, no obstante, para que una viuda piadosa pudiera alimentarle le hizo sentir necesidad. La necesidad de un alma santa se convirtió en abundancia para un alma piadosa. ¿No podía Elías, con la misericordia de Dios, darse a sí mismo lo que dio a aquella tinaja? Veis, pues, y está claro que, de vez en cuando, los siervos de Dios padecen necesidad para poner a prueba a los que poseen bienes. Pero aquella viuda no tenía nada; lo que le quedaba se le había acabado e iba a morir con sus hijos. Para prepararse el pan, salió a coger dos maderos, y entonces la vio Elías. El hombre de Dios la veía precisamente cuando ella buscaba dos maderos. Aquella mujer era una imagen de la Iglesia. Dado que dos maderos forman una cruz, a punto de morir buscaba lo que la haría vivir por siempre. Intuido el misterio, Elías le habla lo que oyó; ella le refiere su decisión, le dice que va a morir, una vez que haya consumido lo que le quedaba. ¿Dónde queda lo que el Señor había dicho a Elías: Vete a Sarepta de Sidón, pues he encargado allí a una viuda para que te dé de comer? Ya advertís de qué manera manda Dios: no al oído, sino al corazón. ¿Acaso leemos que fue enviado algún profeta a aquella mujer y que se le dijo: «Esto dice el Señor: ha de llegar hasta ti un siervo mío con hambre; dale de lo que tienes, no temas la indigencia, puesto que yo te devolveré lo que le des»? No leemos que se le dijera tal cosa. Tampoco leemos que le fuera enviado un ángel en sueños y le anunciase que había de llegar Elías hambriento, o que alguien indicara a aquella mujer que tenía que darle de comer. Pero Dios, que habla al pensamiento, manda de modos extraños. Decimos que Dios le mandó hablándole al corazón, sugiriéndole lo que era menester, persuadiendo lo que era útil al alma racional de aquella mujer. De igual manera leemos en los profetas que Dios ordenó al gusano roer la raíz de la calabaza. ¿Qué significa «ordenó», sino «preparó el corazón»? De este modo, merced a la inspiración del Señor, aquella mujer viuda tenía el corazón preparado para obedecer. Así había llegado, así hablaba con Elías. El que moraba en Elías en el acto de mandar moraba en la viuda en el momento de obedecer. Vete -le dice- y, aún en tu pobreza, hazme a mí primero una torta; no mermarán tus riquezas. Pues el patrimonio de la viuda consistía en un poco de harina y un poco de aceite. Y ese poco no menguó. ¿Quién posee una posesión de estas características? Aquella viuda alimentaba al siervo de Dios con sumo gusto, dado que su patrimonio pendía de un clavo. ¿Qué cosa más feliz que esta pobreza? Si aquí recibió tales bienes, ¿cómo los esperará para el final?

Os he dicho esto para que no esperemos la recompensa de nuestra siembra en este tiempo en que estamos sembrando. Pues en él sembramos con sudor la mies de las buenas obras, pero su fruto lo recogeremos con gozo en el futuro, según está escrito: Al ir iban llorando, echando sus semillas; mas al volver vendrán con gozo portando sus gavillas. Aquel hecho, pues, tuvo lugar como signo, no como don. En efecto, si aquella viuda recibió aquí lo que dio de comer al siervo de Dios, no es gran qué lo que sembró. Recibió una recompensa temporal, una harina que no se agotaría y un aceite que no se acabaría hasta que Dios hiciese llover sobre la tierra. Y así comenzó a sentir mayor necesidad cuando Dios se dignó hacer llover, pues entonces tendría que trabajar, esperar el fruto del campo y recogerlo. En cambio, mientras no llovía, su alimento le llegaba sin problemas. Este mismo signo que Dios le había dado para pocos días, era signo de la vida futura, en la que nuestra recompensa desconoce lo que es faltar. Dios vendrá a ser nuestra harina. Así como no le faltaron en aquellos días la harina y el aceite, así tampoco nos faltará Dios por toda la eternidad. Esperemos, por lo tanto, tal retribución cuando obramos el bien, no sea que alguno de vosotros se vea tentado por un pensamiento que le lleve a decir. «Daré de comer a algún siervo hambriento de Dios para que no se vacíe mi recipiente o para encontrar siempre vino en mi cuba». No busques esto en este tiempo. Siembra seguro, tu cosecha vendrá más tarde, será más tardía; pero cuando llegue, no tendrá fin. (Sermón 11: Elías y la viuda de Sarepta y la paciencia de Job).

 

Conviene que demos fe a quien nos dice: Pues la vida del hombre no radica en la abundancia. ¿Por qué? A muchos les han sido perjudiciales las riquezas. Es más, ignoro si puede encontrarse alguna persona a la que hayan aprovechado. Tal vez hallemos a alguna a la que no hayan perjudicado.

Ignoro —repito— si puede encontrarse alguna persona a la que hayan aprovechado. Quizá diga alguien: «Entonces, ¿no fueron de provecho las riquezas a quien usó bien de ellas alimentando a los hambrientos, vistiendo a los desnudos, hospedando a los forasteros, redimiendo a los cautivos?». Todo el que obra así, lo hace para que no le perjudiquen sus riquezas. ¿Qué sucedería si no poseyese esas riquezas con las que hace misericordia, siendo tal que estuviese dispuesto a hacerla, si se hallase en posesión de ellas? Dios no se fija en las riquezas por abundantes que sean, sino en las voluntades rebosantes de amor. ¿Acaso eran ricos los apóstoles? Abandonaron solamente unas redes y una barquichuela y siguieron al Señor. Mucho abandonó quien abandona toda esperanza mundana, como la viuda que depositó dos céntimos en el cepillo del templo. Nadie —dijo el Señor— dio más que ella; a pesar de que muchos ofrecieron gran cantidad de dinero porque eran ricos, ninguno donó tanto como ella en ofrenda a Dios, es decir, en el cepillo del templo. Muchos ricos echaban en abundancia, y él los contemplaba, pero no porque echaban mucho. Esta mujer entró en el templo con solo dos céntimos. ¿Quién se dignó poner al menos los ojos en ella? La vio el que no mira la mano llena sino el corazón. Él se fijó en ella e hizo que otros se fijasen también; haciendo que se fijasen en ella, dijo que nadie había dado tanto como ella. En efecto, nadie dio tanto como la que no reservó nada para sí.

Por ello, si tienes poco, poco darás; si tienes más, darás más. Ahora bien, ¿acaso, por dar poco al tener poco, tendrás menos, o recibirás menos porque diste menos? Si se examinan las cosas que se dan, unas son grandes, otras son pequeñas; unas copiosas, otras escasas. Pero si se escudriñan los corazones de quienes dan, con frecuencia hallarás en quienes dan mucho un corazón tacaño, y en quienes dan poco, un corazón generoso. Efectivamente, te fijas en lo mucho que uno da y no en cuánto se reservó para sí ese que tanto dio, ni en cuánto en definitiva dio, ni en cuántos bienes ajenos robó quien de lo robado da algo a los pobres, como queriendo corromper con ello al juez divino.

Lo que consigues con tu donación es que no te perjudiquen tus riquezas, no que te aprovechen. Porque, incluso si fueras pobre y desde tu pobreza dieses aunque fuera poco, se te imputaría tanto como al rico que da en abundancia, o quizá más, como a aquella mujer.

Pensemos, pues, que el reino de los cielos está en venta a precio de limosnas. Se nos ofrece la posibilidad de comprar una finca fértil y riquísima; una finca que, una vez adquirida y poseída, ni siquiera por la muerte dejaremos a quienes nos sucedan, sino que la disfrutaremos por siempre; no la abandonaremos ya y jamás emigraremos de ella. ¡Magnífica posesión que vale la pena comprar! Solo te queda preguntar por su precio, por si acaso no tienes con qué pagar y, aunque desees adquirirla, no puedas comprarla. Para que no pienses que no está a tu alcance, te indico su precio: vale tanto cuanto tienes. Para tu alegría, supuesto que no seas envidioso, añadiré todavía más: cuando Dios te haya otorgado la posesión de esa finca que debes comprar, no excluyes a otro comprador. La compraron los patriarcas, ¿acaso excluyeron de su compra a los santos profetas? La compraron los profetas, ¿por ventura no permitieron comprarla a los apóstoles? La compraron los apóstoles y a ellos se les sumaron como compradores también los mártires. En fin, tantos son los que la han comprado y aún está en venta.

Veamos, pues, si la pudieron comprar los ricos y no los pobres. Examinemos los casos más recientes, dejando de lado a los antiguos compradores. La compró Zaqueo, jefe de los publicanos que había adquirido grandes riquezas, dando la mitad de ellas a los pobres. Se les llamaba publicanos no en cuanto hombres públicos, sino porque recaudaban los impuestos. Así nos lo expone el santo Evangelio con ocasión de la llamada a la condición de apóstol a uno del cual está escrito: Vio sentado a la mesa de recaudación a cierto hombre llamado Mateo9. De este hombre, llamado cuando estaba en la mesa de recaudación de impuestos, se indica el nombre en otro pasaje: Mateo el publicano. Así, pues, este Zaqueo, luego que entró en su casa el Señor, al que acogió de la forma más inesperada —tenía gran deseo de verlo; pero, como era de baja estatura, no le era posible lograrlo en medio de la multitud; subió a un árbol y desde allí lo vio pasar; para ver al que por él iba a pender de un madero, él mismo se subió a un madero—; así, pues, una vez que el Señor entró en su casa, lleno de gozo puesto que antes había entrado ya en su corazón, dijo: Doy la mitad de mis bienes. Pero se reservó mucho para sí. Advierte la razón por la que se había reservado la otra mitad: Y si he defraudado a alguien —dijo— le devolveré cuatro veces más. Se reservó muchas riquezas, no para retenerlas, sino para restituir lo robado. Gran comprador, dio mucho. El que poco antes era rico, de repente se hace pobre. ¿Acaso porque él la compró a tan gran precio, no la compró igualmente el pobre Pedro con las redes y la barquichuela? El precio exigido a cada uno era lo que cada uno tenía. Después de estos, también la compró la viuda. Pagó dos céntimos y la compró. ¿Hay algo de menos valor? Sí, lo hay. Descubro un precio inferior a esos dos céntimos con que es posible adquirir tan gran posesión. Escucha al vendedor mismo, el Señor Jesucristo: Si alguno —dice— da un vaso de agua fría a uno de los míos más pequeños, en verdad os digo que no perderá su recompensa. ¿Hay cosa de menos valor que un vaso de agua, y esta fría, para no verse obligado uno a comprar leña? No sé si a vuestro juicio puede encontrarse un precio inferior a este. Y, sin embargo, existe. Uno no posee lo que Pedro, ni mucho menos lo que Zaqueo, y ni siquiera halla dos céntimos. ¿Carece en el momento oportuno del agua fría? Paz en la tierra a los hombres de buena voluntad. No discutamos más sobre la variedad de precios. Si entendemos y pensamos conforme a la verdad, el precio de esa posesión es la buena voluntad. Con ella compró Pedro, con ella Zaqueo, con ella la viuda y con ella quien dio el vaso de agua fría. Solo con ella se compra, si no se tiene otra cosa fuera de ella. (Sermón 105/A.1).

San Juan Crisóstomo:

¡Ea, pues! ¡volvamos a Elías! ¡mostremos el piélago de sus buenas obras! ¡Quería Dios usar de benignidad, pero él no quería! ¡Quería Dios mandar la lluvia, pero requería los ruegos del profeta su siervo! ¿Qué fue pues lo que sucedió?

Terminó Elías su caminata y llegó a Sarepta de Sidón, y vio ahí a una viuda que recogía unos leños. ¡Considera ahora la sabiduría y la fe de Elías! ¡Un nuevo piélago de virtudes encontró allí! No dijo a Dios: ¿A quién me envías? ¿me obligas a pasar tantos peligros y me envías a una viuda cuando ya el hambre ha llegado a su extremo? ¿Acaso no hay otros varones más ricos que puedan aliviarme el hambre? ¿Tan grande espacio de tierras he de recorrer para venir a encontrarme con esa viuda, como quien dice al conjunto de todas las calamidades, y no solamente viuda sino por añadidura pobre? ¡Considera cómo nada de esto dijo aquel siervo de Dios, porque se fiaba del Señor que hace fáciles las cosas que parecen imposibles.

“¡Anda, le dice, a Sarepta de Sidón y encontrarás una viuda que junta unos leños!” ¿Por qué caminas, oh Elías? ¿Por qué te diriges a una viuda? ¡Tú conoces los vestíbulos de los pobres: no preguntes cuán grande sea su pobreza! ¡Has visto las puertas de los pobres: no preguntes lo que hay allí dentro! ¡A qué casa entras, oh Elías! ¿Has visto a esa mujer recogiendo unos leños y le vas a pedir que te sustente? ¡Pero como llevaba la palabra de Dios en prenda, se dirigió a hablar con la viuda! Y ¿qué le dijo?: “¡Dame un poco de agua para beber!” ¿Adviertes la prudencia de Elías? ¿Ves cómo no pide desde luego lo que era más sino aquello que era de precio menor? ¡No dijo: dame pan, sino dame agua! Primero pide el agua, conjeturando que si la viuda tiene agua también podrá tener pan! “¡Dame, le dice, un poco de agua!” Y la viuda partió y trajo el agua y aquél bebió. Cobrada con esto la confianza, añadió: “¡Tráeme también un bocado de pan para que yo coma!”
Aquélla le respondió: “¡Vive el Señor que no tengo pan subcinericio, sino un puñado de harina en la olla y un poco de aceite en el vaso, que voy a preparar, y lo comeremos yo y mi hijo para luego morir!” Y ¿qué hace Elías? “¡Anda, le dice, y prepárame aparte para mí un pan subcinericio y que yo lo coma, y luego prepararás para tus hijos y comerán!” ¿Qué haces, oh Elías? ¡Pase que pidas para ti el pan! Mas, ¿por qué exiges que se te aparte primero a ti? ¿Acaso no deberías dar gracias de que lo comieras juntamente con sus hijos? ¿Quieres comer tú solo y matar de hambre a los hijos? No quiero matarlos, dice, sino aumentar el beneficio; porque yo conozco la liberalidad y abundancia de mi Señor.
Y la viuda no se turbó ni pensó nada necio, ni dijo: “¿Quién eres tú que produjiste esta hambre, y ahora, en los extremos de ella, vienes a pedirme que te sustente? Ni dijo: ¿para esto recorriste tan grande distancia, para llegarte a mí y matar de hambre a mis hijos? ¿y eso siendo tú mismo el autor y causante de esta hambre? Sino que aquella mujer, digna de la fe de Abrahán, entró en su casa e hizo lo que el profeta le decía. ¡Y era cosa de ver a aquella viuda más hospitalaria que Abrahán! Porque éste, cuando abundaba en riquezas, hospedó a los ángeles; aquélla, en cambio, cuando esperaba la muerte por hambre, hospedó al profeta.
Pudo ahí verse despreciada la naturaleza y honrada la hospitalidad y hecho a un lado el afecto maternal y recibido el profeta. Y abrió aquella mujer el sepulcro para toda la turba de sus hijos. Porque, por lo que hace al propósito que aquella mujer tuvo, todos ellos murieron; aunque por la benignidad de Dios sucedió que vivieran y quedaran salvos. ¡No sé con qué alabanzas ensalzar a esta viuda! ¡hizo a un lado a sus hijos y abrazó la hospitalidad! ¿Cómo su naturaleza no se paralizó? ¿cómo su matriz no se inmutó? ¿cómo sus entrañas no se deshicieron al ver que enseguida todos sus hijos perecerían por el hambre, sino que, haciéndose superior a todo, recibió en hospedaje al profeta?

Mas el profeta, una vez que hubo gustado el pan que había recibido, entonces hizo el pago. La viuda sembró la hospitalidad y enseguida cosechó los frutos completos de la hospitalidad. Porque le dijo Elías: ¡Vive el Señor que la olla de harina no quedará exhausta ni el vaso de aceite se disminuirá! Así la mano diestra de la viuda se hizo lagar y la izquierda se hizo era; y produjeron los manojos que trajeron el fruto en el momento de la necesidad, y nutrieron a la viuda, gracias a la palabra del profeta. La casa de la viuda se tornó en lagar y en era. Ni la lluvia, ni la llovizna, ni la primavera, ni el otoño, ni el verano, ni el calor, ni la fuerza de los vientos, ni los cambios de las estaciones, sino una sola palabra proferida por determinación del profeta, suministró a la viuda en abundancia todas las cosas. (Homilía 42. Discurso en honor del apóstol Pedro y del profeta Elías).

 

San Ireneo de Lyon:

El sacrificio puro y acepto a Dios es la oblación de la Iglesia, que el Señor mandó que se ofreciera en todo el mundo, no porque Dios necesite nuestro sacrificio, sino porque el que ofrece es glorificado él mismo en lo que ofrece, con tal de que sea aceptada su ofrenda. La ofrenda que hacemos al rey es una muestra de honor y de afecto; y el Señor nos recordó que debemos ofrecer nuestras ofrendas con toda sinceridad e inocencia, cuando dijo: Si cuando vas a poner tu ofrenda sobre el altar, te acuerdas allí mismo de que tu hermano tiene quejas contra ti, deja allí tu ofrenda ante el altar y vete primero a reconciliarte con tu hermano, y entonces vuelve a presentar tu ofrenda. Hay que ofrecer a Dios las primicias de su creación, como dice Moisés: No te presentarás al Señor, tu Dios, con las manos vacías; de este modo, el hombre, hallado grato en aquellas mismas cosas que a él le son gratas, es honrado por parte de Dios.

Y no hemos de pensar que haya sido abolida toda clase de oblación, pues las oblaciones continúan en vigor ahora como antes: el antiguo pueblo de Dios ofrecía sacrificios, y la Iglesia los ofrece también. Lo que ha cambiado es la forma de la oblación, puesto que los que ofrecen no son ya siervos, sino hombres libres. El Señor es uno y el mismo, pero es distinto el carácter de la oblación, según sea ofrecida por siervos o por hombres libres; así la oblación demuestra el grado de libertad. Por lo que se refiere a Dios, nada hay sin sentido, nada que no tenga su significado y su razón de ser. Y, por esto, los antiguos hombres debían consagrarle los diezmos de sus bienes; pero nosotros, que ya hemos alcanzado la libertad, ponemos al servicio del Señor la totalidad de nuestros bienes, dándolos con libertad y alegría, aun los de más valor, pues lo que esperamos vale más que todos ellos; echamos en el cepillo de Dios todo nuestro sustento, imitando así el desprendimiento de aquella viuda pobre del Evangelio.

Es necesario, por tanto, que presentemos nuestra ofrenda a Dios y que le seamos gratos en todo, ofreciéndole, con mente sincera, con fe sin mezcla de engaño, con firme esperanza, con amor ferviente, las primicias de su creación. Esta oblación pura sólo la Iglesia puede ofrecerla a su Hacedor, ofreciéndole con acción de gracias del fruto de su creación.

Le ofrecemos, en efecto, lo que es suyo, significando, con nuestra ofrenda, nuestra unión y mutua comunión, y proclamando nuestra fe en la resurrección de la carne y del espíritu. Pues, del mismo modo que el pan, fruto de la tierra, cuando recibe la invocación divina, deja de ser pan común y corriente y se convierte en eucaristía, compuesta de dos realidades, terrena y celestial, así también nuestros cuerpos, cuando reciben la eucaristía, dejan ya de ser corruptibles, pues tienen la esperanza de la resurrección. (Tratado contra las herejías; Lib 4,18, 1-2.4.5)

San Ambrosio:

El Señor enseña que hay que ser misericordioso y generoso para con los pobres, sin pararse a pensar en la propia pobreza; porque la generosidad no se calcula según la abundancia del patrimonio sino según la disposición a dar. Por eso la palabra del Señor provoca que todos prefieran a esa viuda de la cual se ha dicho: «Esa pobre viuda ha echado más que nadie». En el sentido moral el Señor enseña a todo el mundo que es preciso no dejar de hacer el bien pensando en la vergüenza de la pobreza, y que los ricos no deben gloriarse cuando parece que dan más que los pobres. Una pequeña moneda cogida de unos pocos bienes es más valiosa que la que se saca de la abundancia; no se calcula lo que se da sino lo que queda. Nadie ha dado más que la que no ha guardado nada para sí…

Ahora bien, en el sentido místico es necesario no olvidar a esta mujer que ha tirado dos monedas en el cepillo. Ciertamente, ¡grande es esta mujer que, por el juicio de Dios, mereció ser preferida a todos! ¿No será que ella ha sacado su fe de los dos Testamentos que son en beneficio de los hombres? Nadie hizo más, ni ningún hombre ha podido igualar la grandeza de su don, puesto que ella unió la fe a la misericordia. También tú, quienquiera que seas…, no dudes de llevar al cepillo dos monedas llenas de fe y de gracia. (Exhortación a las viudas, n. 27s).

San Paulino de Nola:

¿Tienes algo —dice el Apóstol— que no hayas recibido? Por tanto, amadísimos, no seamos avaros de nuestros bienes como si nos perteneciesen, sino negociemos con ellos como con un préstamo. Se nos ha confiado la administración y el uso temporal de los bienes comunes, no la eterna posesión de una cosa privada. Si en la tierra la consideras tuya sólo temporalmente, podrás hacerla tuya eternamente en el cielo. Si recuerdas a aquellos empleados del evangelio que recibieron unos talentos de su Señor y lo que el propietario, a su regreso, dio a cada uno en recompensa, reconocerás cuánto más ventajoso es depositar el dinero en la mesa del Señor para hacerlo fructificar, que conservarlo intacto con una fidelidad estéril; comprenderás que el dinero celosamente conservado, sin el menor rendimiento para el propietario, se tradujo para el empleado negligente en un enorme despilfarro y en un aumento de su castigo.

Recordemos también a aquella viuda, que olvidándose de sí misma y preocupada únicamente por los pobres, pensando sólo en el futuro, dio todo lo que tenía para vivir, como lo atestigua el mismo juez. Los demás —dice— han echado de lo que les sobra; pero ésta, más pobre tal vez que muchos pobres —ya que toda su fortuna se reducía a dos reales—, pero en su corazón más espléndida que todos los ricos, puesta su esperanza en solas las riquezas de la eterna recompensa y ambicionando para sí solo los tesoros celestiales, renunció a todos los bienes que proceden de la tierra y a la tierra retornan. Echó lo que tenía, con tal de poseer los bienes invisibles. Echó lo corruptible, para adquirir lo inmortal. No minusvaloró aquella pobrecilla los medios previstos y establecidos por Dios en orden a la consecución del premio futuro; por eso tampoco el legislador se olvidó de ella y el árbitro del mundo anticipó su sentencia: en el evangelio hace el elogio de la que coronará en el juicio.

Negociemos, pues, al Señor con los mismos dones del Señor; nada poseemos que de él no hayamos recibido, sin cuya voluntad ni siquiera existiríamos. Y sobre todo, ¿cómo podremos considerar algo nuestro, nosotros que, en virtud de una hipoteca importante y peculiar, no nos pertenecemos, y no ya tan sólo porque hemos sido creados por Dios, sino por haber sido por él redimidos?

Congratulémonos por haber sido comprados a gran precio, al precio de la sangre del propio Señor, dejando por eso mismo de ser personas viles y venales, ya que la libertad consistente en ser libres de la justicia es más vil que la misma esclavitud. El que así es libre, es esclavo del pecado y prisionero de la muerte. Restituyamos, pues, sus dones al Señor; démosle a él, que recibe en la persona de cada pobre; demos, insisto, con alegría, para recibir de él la plenitud del gozo, como él mismo ha dicho. (Carta 34, 2-4)

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