Jesucristo Rey del Universo. Domingo 34º tiempo ordinario-Ciclo B.-

22 de noviembre de 2015

Domingo 34º del Tiempo Ordinario.

- Ciclo B.-

Jesucristo, Rey del Universo

Primera lectura

Lectura de la profecía de Daniel (7,13-14):

Mientras miraba, en la visión nocturna vi venir en las nubes del cielo como un hijo de hombre, que se acercó al anciano y se presentó ante él. Le dieron poder real y dominio; todos los pueblos, naciones y lenguas lo respetarán. Su dominio es eterno y no pasa, su reino no tendrá fin.
Palabra de Dios

 

Salmo

Sal 92,1ab.1c-2.5


R/.
 El Señor reina, vestido de majestad

El Señor reina, vestido de majestad,
el Señor, vestido y ceñido de poder. R/.

Así está firme el orbe y no vacila.
Tu trono está firme desde siempre,
y tú eres eterno. R/.

Tus mandatos son fieles y seguros;
la santidad es el adorno de tu casa,
Señor, por días sin término. R/.

 

Segunda lectura

Lectura del libro del Apocalipsis (1,5-8):

Jesucristo es el testigo fiel, el primogénito de entre los muertos, el príncipe de los reyes de la tierra. Aquel que nos ama, nos ha librado de nuestros pecados por su sangre, nos ha convertido en un reino y hecho sacerdotes de Dios, su Padre. A él la gloria y el poder por los siglos de los siglos. Amén. Mirad: Él viene en las nubes. Todo ojo lo verá; también los que lo atravesaron. Todos los pueblos de la tierra se lamentarán por su causa. Sí. Amén. Dice el Señor Dios: «Yo soy el Alfa y la Omega, el que es, el que era y el que viene, el Todopoderoso.»
Palabra de Dios

 

Evangelio

Lectura del santo evangelio según san Juan (18,33b-37):

En aquel tiempo, dijo Pilato a Jesús: «¿Eres tú el rey de los judíos?»
Jesús le contestó: «¿Dices eso por tu cuenta o te lo han dicho otros de mí?»
Pilato replicó: «¿Acaso soy yo judío? Tu gente y los sumos sacerdotes te han entregado a mí; ¿qué has hecho?»
Jesús le contestó: «Mi reino no es de este mundo. Si mi reino fuera de este mundo, mi guardia habría luchado para que no cayera en manos de los judíos. Pero mi reino no es de aquí.»
Pilato le dijo: «Conque, ¿tú eres rey?»
Jesús le contestó: «Tú lo dices: soy rey. Yo para esto he nacido y para esto he venido al mundo; para ser testigo de la verdad. Todo el que es de la verdad escucha mi voz.»
Palabra del Señor

 

COLLATIONES

Dice San Bernardo que: “Sabemos que ha vuelto con el título real porque nos dice: se me ha dado plena autoridad en el cielo y en la tierra”. “Su dominio es eterno y no pasa, su reino no tendrá fin”, porque como responde a Pilato: “Mi reino no es de este mundo”, simplemente “radica aquí pero sólo hasta el fin del mundo” (San Agustín).

Leemos en el Apocalipsis: “Jesucristo es el testigo fiel, el primogénito de entre los muertos, el príncipe de los reyes de la tierra”. Y en el Evangelio Jesús dice a Pilato: “Tú lo dices: soy rey. Yo para esto he nacido y para esto he venido al mundo; para ser testigo de la verdad. Todo el que es de la verdad escucha mi voz”. Y así escuchando su voz seguimos al primogénito, al que nos precede en todo, al testigo fiel, al testigo de la verdad, que nos indica el camino a su reino. Todo el que es de la verdad escucha mi voz” “Oye mi voz, pero con los oídos interiores, es decir, obedece mi voz, lo cual equivale a decir: Me cree”. (San Agustín).

 

“El Señor reina, vestido de majestad, el Señor, vestido y ceñido de poder”. Dice San Agustín que el Señor “se vistió de hermosura para aquellos a quienes agradaba; y para sus detractores, se vistió de fortaleza y poder. Imita tú también a tu Señor, para que puedas ser su túnica; ponte bien vestido para quienes les agraden tus buenas obras; y sé fuerte frente a tus detractores”. También nos explica cómo se ciñó de poder, porque el verdadero poder, la verdadera fortaleza que se ciñó el Señor, fue la humildad: “Veremos al Señor ceñido de fortaleza, porque en la humildad se encuentra toda la fortaleza… Si, pues, en la humildad está la fortaleza, no tengáis miedo a los soberbios. Los humildes son como la piedra: la piedra está por debajo, pero es sólida. Y los soberbios ¿qué? Son como el humo: están por arriba, pero se esfuman”.

“Tu trono está firme desde siempre” “¿Cuál es el trono de Dios, dónde se asienta Dios? En sus santos. ¿Quieres ser trono de Dios? Prepara en tu corazón un lugar donde se asiente. ¿Cuál es el trono de Dios, sino el lugar donde Dios habita? ¿Y dónde habita Dios, sino en su templo? ¿Cuál es el templo de Dios? ¿Está construido con paredes? De ninguna manera. ¿Es acaso este mundo, ya que es lo bastante grande y digno para contener en él a Dios? No; no cabe en él quien lo ha hecho. ¿Y en dónde cabe Dios? En el alma que está en paz, en el alma del justo; en ella está” (San Agustín).

Es así como nos ha convertido en su reino, como dice la segunda lectura: “Aquel que nos ama, nos ha librado de nuestros pecados por su sangre, nos ha convertido en un reino y hecho sacerdotes de Dios, su Padre”. Dice San Bernardo que: “Si hemos muerto al pecado, ¿cómo vamos a vivir todavía sujetos a él? Si hemos sentido dolor de nuestros defectos, ¿vamos a reincidir en ellos?… Hermanos, eso no es cambiar de viva. Así no veremos a Cristo, ni es ése el camino que nos lleva a la salvación de Dios. Porque como sabemos todos, quien sigue mirando atrás no vale para el Reino de Dios”. O como nos diría Orígenes:  “Si queremos que Dios reine en nosotros, procuremos que de ningún modo el pecado siga dominando nuestro cuerpo mortal”.

 

“Todos los pueblos de la tierra se lamentarán por su causa” “Tiemblen quienes lo rechazaron diciendo: no tenemos más rey que al César. Teman quienes decían: no queremos a éste por rey. Ha vuelto con el título real y hará morir de mala muerte a estos malvados” (San Bernardo).

 

San Agustín:

El Señor reina, vestido de belleza; el Señor vestido y ceñido de poder. Vemos que se ha vestido de dos formas: de hermosura y de fortaleza. ¿Para qué? Para fundar la tierra. Así continúa el salmo: Pues ha afianzado el orbe de la tierra, y no se moverá. ¿Cómo la afianzó? Vistiéndose de hermosura. No la habría afianzado si sólo se hubiera vestido de hermosura, y no también de fortaleza. ¿Por qué se vistió de hermosura, y por qué de fortaleza? Pues ha expresado las dos cosas, ya que sigue el salmo: El señor reina vestido de belleza; el Señor vestido y ceñido de poder. Sabéis, hermanos, que al venir nuestro Señor Jesucristo en la carne, y predicar el Evangelio del reino, a unos les agradaba y a otros les disgustaba. Se dividió el parecer de los judíos… Por tanto se vistió de hermosura para aquellos a quienes agradaba; y para sus detractores, se vistió de fortaleza y poder. Imita tú también a tu Señor, para que puedas ser su túnica; ponte bien vestido para quienes les agraden tus buenas obras; y sé fuerte frente a tus detractores… Si te alegras sólo cuando te alaban los hombres porque les agradan tus buenas obras, y cesas en ellas cuando te censuran, y piensas que has perdido su fruto, porque topaste con vituperadores, y no permaneces inconmovible, pues entonces no perteneces al orbe de la tierra que no se conmoverá… Fíjate dónde se halla la hermosura y la fortaleza: en la gloria y en la afrenta; en la gloria, la belleza; en la afrenta, la fortaleza: para unos se predicaba como algo digno de elogio, para otros como algo despreciable. Mostraba la hermosura a los que agradaba; y la fortaleza frente a los que se disgustaban… No es, pues, de extrañar que prosiga: Porque afianzó el orbe de la tierra, que no se conmoverá. ¿De qué modo el orbe de la tierra no se conmoverá? Creyendo todos los fieles en Cristo, y hallándose preparados para ambas situaciones: a alegrarse con los que alaban, y a ser fuertes frente a los criticones; no languidecer por las alabanzas, ni abatirse con los reproches.

Quizá nos preguntemos por qué usó esta palabra: se ciñó… Cuando uno se ciñe se pone algo delante con lo que se ciñe. Por eso leemos en el Evangelio que Jesús se ciñó una toalla y lavó los pies de sus discípulos. Ciñéndose con un paño, lavó los pies de sus discípulos. Toda su fortaleza se mostró en la humildad, puesto que la soberbia es algo frágil… Veamos si lo entendieron después; veamos si él les aclaró lo que les hizo y así veremos al Señor ceñido de fortaleza, porque en la humildad se encuentra toda la fortaleza. Después de lavarles los pies, se volvió a sentar, y les dijo: Me llamáis Señor y Maestro, y decís bien, pues lo soy. Si, pues, yo soy vuestro Señor y Maestro, y os he lavado los pies, ¿cómo os deberéis portar entre vosotros? Si, pues, en la humildad está la fortaleza, no tengáis miedo a los soberbios. Los humildes son como la piedra: la piedra está por debajo, pero es sólida. Y los soberbios ¿qué? Son como el humo: están por arriba, pero se esfuman. Debemos, pues, fijarnos en la humildad del Señor, que se ciñó, como nos recuerda el Evangelio. Se ciñó para lavar los pies a sus discípulos.

Hay algo más que en esta palabra podemos entender. Dijimos que el que se ciñe se pone algo delante para adaptárselo ciñéndolo. A veces, los que nos critican, lo hacen en nuestra ausencia, a nuestras espaldas, y otras veces nos lo hacen a la cara, como lo hicieron con el Señor pendiente de la cruz: Si es el Hijo de Dios, que baje de la cruz. Cuando alguien te injuria estando ausente, no necesitas fortaleza, porque no le oyes ni lo sientes; pero si se te injuria a la cara, necesitas ser fuerte. ¿Qué significa que seas fuerte? Que debes soportar la ofensa. No creas ser fuerte, cuando oyes un ultraje, y le respondes con un puñetazo al ultrajador, como vencedor de la ofensa. No está la fortaleza en herir al ultrajador, porque entonces eres tú el vencido por la ira. Y el colmo de la idiotez es llamar fuerte al vencido, siendo así que dice la Escritura: Mejor es el que vence la ira, que el que conquista una ciudad. Dijo que era mejor el vencedor de la ira, que el conquistador de una ciudad. Tienes, pues, un gran adversario dentro de ti mismo. Cuando al oír un ultraje comience a despertase en ti la ira, para devolver mal por mal, recuerda las palabras del Apóstol: No devolváis mal por mal, ni injuria por injuria. Recordando estas palabras, quebrantarás la ira y tendrás la fortaleza. Y si alguien te ofendió a la cara, no a tus espaldas, te has ceñido de fortaleza.

Ha consolidado el orbe de la tierra, y no se moverá. Ya veis, hermanos, que muchos creen en Cristo; son una gran multitud… Hay, pues un orbe de la tierra que no se conmoverá, y otro que se conmoverá. Los buenos que permanecen firmes en la fe, son un orbe de la tierra, y nadie diga que se hallan aparte; los malos que no permanecieron en la fe, al soportar alguna tribulación, son también otro orbe de la tierra. Luego hay un orbe de la tierra móvil, y otro inmóvil, del que habla el Apóstol… El Señor conoce a los que son suyos. Este es el orbe de la tierra que no se conmoverá. El Señor conoce a los que son suyos. ¿Y cuál es la señal? Aléjese de la injusticia todo el que invoca el nombre del Señor. Apártese ahora de la injusticia, puesto que no puede apartarse de los injustos, ya que la paja está mezclada con el trigo hasta que no sea aventada. ¿Qué diremos, hermanos? Hasta en la misma era es admirable lo que pasa con el trigo. Se aparta de la paja al ventilarla, pero no de la era cuando es trillado. ¿Cuándo será definitivamente apartado? Cuando venga el bieldador. Luego ahora la era es todo el orbe de la tierra; es, pues, necesario, si quieres progresar, que vivas en medio de los malvados. No puedes apartarte de ellos; apártate de la maldad. Apártese de la maldad todo el que invoca el nombre del Señor, y residirá en el orbe de la tierra que no se conmoverá.

Tu trono ¡Oh Dios! está preparado desde entonces. ¿Y qué es desde entonces? Es como si dijera: ¿Cuál es el trono de Dios; dónde se asienta Dios? En sus santos. ¿Quieres ser trono de Dios? Prepara en tu corazón un lugar donde se asiente. ¿Cuál es el trono de Dios, sino el lugar donde Dios habita? ¿Y dónde habita Dios, sino en su templo? ¿Cuál es el templo de Dios? ¿Está construido con paredes? De ninguna manera. ¿Es acaso este mundo, ya que es lo bastante grande y digno para contener en él a Dios? No; no cabe en él quien lo ha hecho. ¿Y en dónde cabe Dios? En el alma que está en paz, en el alma del justo; en ella está. ¡Qué cosa admirable, hermanos! No hay duda de que Dios es grande: para los fuertes es de gran peso, pero es leve para los débiles. ¿A quiénes me refiero cuando digo fuertes? A los soberbios, que se apoyan en sus propias fuerzas. Porque la debilidad, ésa que reside en la humildad, es la mayor fortaleza. Fíjate en lo que dice el Apóstol: Cuando soy débil, entonces soy fuerte. Esto es lo que recordé al hablaros de que el Señor se ciñó de fortaleza para enseñar la humildad. Luego ella es el trono de Dios, que lo expresa claramente un Profeta: ¿Sobre quién descansa mi Espíritu? Es decir: ¿Dónde descansa el Espíritu de Dios, sino en el trono de Dios? Mira cómo describe este trono. Quizá esperabas oír hablar de una casa de mármol, de amplios atrios y de gran magnitud, con luminosos artesonados, y situada en una alta cumbre. Escucha lo que Dios se ha preparado para él: ¿Sobre quién reposará mi Espíritu? Sobre el humilde y el pacífico que teme mis palabras. ¿Eres humilde y pacífico? En ti habita Dios. Dios es excelso, pero no habitará en ti, si pretendes ser excelso. ¿Quieres ser elevado, para que habite en ti? Sé humilde y teme sus palabras, y entonces habitará. No teme la casa que se estremece, porque él la afianza. ¡Oh Dios!, tu trono está preparado desde entonces…

Tus testimonios han llegado a ser muy dignos de crédito. Más admirable es el Señor en las alturas, y más que las impresionantes olas espumantes y alzas del mar… En el mundo tendréis presiones, pero ¡ánimo, que yo he vencido al mundo! Luego como el mundo os ha de presionar, por eso os digo esto. Comenzaron a sufrir, y confirmaron en sí mismos lo que el Señor les había pronosticado. Y esto los hizo más fuertes. Al ver que se cumplían en ellos los tormentos, empezaron a esperar que se cumpliría en ellos la prometida corona. Por tanto, más admirable es el Señor en las alturas, que los temibles oleajes del mar. Para que tengáis —dice— paz en mí, dado que en el mundo vais a tener sufrimientos. ¿Qué hacer, pues? Se enfurece el mar, se encrespan las olas y braman furiosas. Soportamos torturas. ¿Acaso no desfalleceremos? En absoluto. El Señor es admirable en las aturas…

Luego, si dice que ha vencido al mundo, adheríos a él, que venció el mundo. Que venció el mar. Alegraos con él, porque el Señor es admirable en las alturas, y tus testimonios son dignos de todo crédito. Y todas estas admoniciones ¿qué frutos han dado? A tu casa, Señor la embellece la santidad. Tu casa, toda tu casa: no aquí, allá o acullá, sino tu casa entera, extendida por toda la tierra. ¿Por qué por todo el orbe de la tierra? Porque afianzó el orbe de la tierra, y no se conmoverá. La casa del Señor será una fortaleza; se extenderá por toda la tierra: muchos caerán, pero esa casa está firme. Muchos vacilarán, pero esta casa no se moverá. A tu casa, Señor le corresponde la santidad. ¿Será por poco tiempo? No, en absoluto. A lo largo de todas las edades. (Comentario a los salmos; salmo 92).

 

 

Mi reino no es de este mundo. Su reino radica aquí pero sólo hasta el fin del mundo. En efecto, la siega es el fin del mundo, momento en que vendrán los segadores, es decir, los ángeles, y arrancarán de su reino a todos los corruptores y malvados, lo cual no sería factible si su reino no estuviera aquí. Y sin embargo no es de aquí, porque está en el mundo como peregrino. Por eso dice a su reino: No sois del mundo, sino que yo os he escogido sacándoos del mundo.

Luego eran del mundo, cuando no eran reino suyo, sino que pertenecían al príncipe del mundo. Es, por tanto, del mundo todo lo que en el hombre es creado, sí, por el Dios verdadero, pero ha sido engendrado de la viciada y condenada estirpe de Adán; y se ha convertido en reino, ya no de este mundo, todo lo que a partir de entonces ha sido regenerado en Cristo. De esta forma, Dios nos ha sacado del dominio de las tinieblas, y nos ha trasladado al reino de su Hijo querido. De este reino dice: Mi reino no es de este mundo, o Mi reino no es de aquí.

Pilato le dijo: con que, ¿tú eres rey? Jesús le contestó: Tú lo dices: Soy rey. Y a continuación añadió: Yo para esto he nacido y para esto he venido al mundo: para ser testigo de la verdad. De donde se deduce claramente que aquí se refiere a su nacimiento en el tiempo cuando, encarnado, vino al mundo, no a aquel otro sin principio por el cual era Dios, y por medio del cual el Padre creó el mundo. Para esto dijo haber nacido, o sea, ésta es la razón de su nacimiento, y para esto ha venido al mundo —naciendo ciertamente de una virgen—, para ser testigo de la verdad. Pero como la fe no es de todos, añadió y dijo: Todo el que es de la verdad escucha mi voz.

Oye mi voz, pero con los oídos interiores, es decir, obedece mi voz, lo cual equivale a decir: Me cree. Siendo, pues, Cristo testigo de la verdad, da realmente testimonio de sí mismo. Suya es efectivamente esta afirmación: Yo soy la verdad. Y en otro lugar dice también: Yo doy testimonio de mí mismo. En cuanto a lo que añade: Todo el que es de la verdad, escucha mi voz, alude a la gracia con que llama a los predestinados.

Pilato le dijo: Y ¿qué es la verdad? Y no esperó a escuchar la respuesta, sino que dicho esto, salió otra vez a donde estaban los judíos y les dijo: Yo no encuentro en él ninguna culpa. Me supongo que cuando Pilato preguntó: ¿Qué es la verdad? le vino inmediatamente a la memoria la costumbre de los judíos de que por Pascua les pusiera a un preso en libertad, y por eso no le dio tiempo a Jesús para que respondiera qué es la verdad, a fin de no perder tiempo, al recordar la costumbre que podía ser una coartada para ponerle en libertad con motivo de la Pascua. Pues no cabe duda de que lo deseaba ardientemente. Pero no consiguió apartar de su pensamiento la idea de que Jesús era el rey de los judíos, como si allí —como lo hizo él en el título de la cruz la misma Verdad lo hubiera clavado, esa verdad de la que él había preguntado qué era. (Tratado 115 sobre el evangelio de san Juan, 2-5)

 

San Juan Crisóstomo:

Admirable cosa es la paciencia, pues al alma, liberada de las tempestades que suscitan los espíritus malignos, la establece en un puerto tranquilo. Cristo nos la enseñó y nos la enseña, sobre todo ahora que es llevado y traído para juicio… 

Cuando lo acusaron de facineroso, cosa que no le podían probar, El, de pie, lo toleró todo en silencio. Cuando se le preguntó acerca del reino, le respondió a Pilato, pero adoctrinándolo y levantándole sus pensamientos a cosas mayores. Mas ¿por qué Pilato no examina a Jesús delante de los judíos sino en el interior del pretorio? Porque tenía gran estima de Jesús y quería examinar la causa cuidadosamente, lejos del tumulto. Cuando le preguntó: ¿Qué has hecho? Jesús nada le responde; en cambio, sí le responde acerca del reino. Le dice: Mi reino no es de este mundo, que era lo que más anhelaba saber el presidente. Como si le dijera: En verdad soy rey, pero no como tú lo sospechas, sino rey mucho más espléndido. Por aquí y por lo que sigue le declara no haber hecho nada malo. Pues quien asegura: Yo para esto he nacido y a esto vine, para dar testimonio de la verdad, claramente dice no haber hecho nada malo. 

Y cuando dice: Todo el que es discípulo de la verdad oye mi voz, invita a Pilato y lo persuade a oír sus palabras. Como si le dijera: Si alguno es veraz y anhela la verdad, sin duda me escuchará. Con estas pocas palabras lo excita hasta el punto de que Pilato le pregunta: ¿Qué es la verdad? Pero mientras lo insta y oprime lo urgente del momento. Pues advierte que semejante pregunta necesitaba tiempo para responderse, mientras que a él lo urgía el ansia de librarlo del furor de los judíos. Por tal motivo salió afuera. Y ¿qué les dice?: Yo no encuentro en él delito alguno…

Y ordenó Pilato que lo azotaron, quizá para salvarlo, una vez aplacado así el furor de los judíos. Como por los medios anteriores no logró arrancárselo de las manos, esperando que con esto otro terminaría el daño, ordenó que lo azotaran y permitió que le vistieran la clámide y le pusieran la corona, a fin de amansar con esto la ira de los judíos. Por igual motivo, una vez coronado, lo sacó hacia ellos, para que viendo los ultrajes que se le habían inferido, reprimieran los judíos sus furores y vomitaran todo el veneno. Mas ¿por qué sin mandato del pretor los soldados hicieron todo esto? Para congraciarse con los judíos. También sin órdenes de él, durante la noche fueron al huerto: con ese motivo y para recibir la paga se atrevieron a todo. Y en medio de tantas y tan crueles injurias, Jesús permanecía callado, como lo estuvo también cuando nada respondió a Pilato, que lo interrogaba. 

Pero tú no te contentes con oír estas cosas, sino tenlas constantemente presentes, viendo al que es rey de la tierra y de los ángeles burlado por los soldados con palabras y con obras; y cómo todo lo tolera en silencio, y procura imitarlo de verdad. Como oyeron los soldados que Pilato lo había llamado rey de los judíos, lo revistieron de un paramento risible. Y Pilato lo sacó afuera y dijo: No encuentro en él delito alguno. Salió, pues, Jesús llevando su corona; pero ni aun así se aplacó el furor de los judíos, sino que clamaban: ¡Crucifícalo, crucifícalo! Como viera Pilato que en vano intentaba todos los caminos, les dijo: ¡Tomadlo allá y crucificadlo! Por aquí se ve que las afrentas anteriores fueron una concesión hecha a la ira de los judíos…

 
Mas los judíos de nuevo clamaban: Si dejas libre a éste, no eres amigo del César. Puesto que con presentar infracciones contra la ley de ellos nada habían aprovechado, astutamente acuden a las leyes civiles y dicen: Todo el que se hace rey se rebela contra el César. Pero ¿en dónde apareció Cristo anhelando ser rey? ¿cómo podéis comprobarlo? ¿Por la púrpura? ¿por la diadema, por el vestido, por los soldados? ¿Acaso no andaba siempre con solos los doce discípulos? ¿Acaso no usaba de alimentos, vestido, habitación más humildes que todos? Pero ¡oh impudentes! ¡oh miedo inmotivado! Pilato, temeroso del peligro si en eso del reino se descuidaba, salió como quien va a examinar las acusaciones (porque esto da a entender el evangelista cuando dice que se sentó al tribunal); pero luego, sin instituir examen alguno, puso a Jesús en manos de los judíos, creyendo que así los doblegaría. 

Que éste fuera su pensamiento, óyelo por sus palabras: ¡He aquí a vuestro rey! Y como ellos clamaran: ¡Crucifícalo! todavía les dijo: ¿A vuestro rey he de crucificar? Pero ellos gritaban: No tenemos otro rey que el César. Espontáneamente se sujetaron al castigo. Por eso Dios los entregó a sus enemigos, ya que ellos primero se habían sustraído a su providencia y protección; y pues de común consentimiento negaron a su rey, permitió Dios que por sus mismos votos se arruinaran…

Por nuestra parte, no únicamente leamos estas cosas, sino llevemos en nuestro pensamiento la corona de espinas, la clámide, la caña hueca, las bofetadas, los golpes dados en los ojos, los salivazos y las burlas. Tales cosas, si frecuentemente las meditamos, pueden apagar toda la ira. Aun cuando se burlen de nosotros, aun cuando suframos injusticias, repitamos muchas veces: No es el siervo más que su señor. Atraigamos a la memoria lo que los judíos rabiosos le decían a Jesús: Eres poseso, eres samaritano; en nombre de Beel zebul arroja los demonios. Todo esto lo sufrió El para que sigamos sus huellas, soportando las afrentas, que es la cosa que más duele a las almas…

 
La misma muerte nos espera a todos y la misma necesidad de salir de este mundo se nos echa encima, quizá incluso antes de que llegue la noche. Preparémonos para semejante partida, puesto que necesitamos abundante viático; porque allá al otro lado hay grandes calores, mucho bochorno y gran soledad. Allá no se puede demorar en la hospedería ni comprar en la plaza: todo hay que llevarlo preparado desde aquí. Oye lo que dicen las vírgenes prudentes del evangelio: Id a los vendedores. Oye lo que dice Abrahán: Grande abismo hay entre vosotros y nosotros. Escucha lo que clama Ezequiel en referencia a ese día último: Ni Noé, ni Job, ni Daniel librarán a sus hijos. 

Pero… ¡lejos de nosotros que vayamos a oír tales palabras; sino que habiendo apañado aquí todo el viático necesario para la vida eterna, ojalá contemplemos al Señor nuestro Jesucristo, con el cual sean al Padre, juntamente con el Espíritu Santo, la gloria, el poder y el honor, ahora y siempre y por los siglos de los siglos. Amén. (Homilía 84)

San Bernardo:

El plan divino es de tres días: dolor, descanso y gloria. Los humanos aceptan esto, pero anteponen su día; y de ese modo retrasan la penitencia para entregarse al placer. Ese día no lo ha hecho el Señor. Tienen ya cuatro días y huelen mal. 

El Santo que nació de María no hizo tal cosa: resucitó al tercer día y no conoció la corrupción. Por eso ha vencido el león de Judá. Murió como un cordero y venció como un león. Ruge el león, ¿quién no temerá? El león, el más valiente de los animales, el que no retrocede ante nadie. El león de Judá. Tiemblen quienes lo rechazaron diciendo: no tenemos más rey que al César. Teman quienes decían: no queremos a éste por rey. Ha vuelto con el título real y hará morir de mala muerte a estos malvados.

Y sabemos que ha vuelto con el título real porque nos dice: se me ha dado plena autoridad en el cielo y en la tierra. Y su Padre añade en el salmo: pídemelo, te daré en herencia las naciones; en posesión los confines de la tierra; los gobernarás con cetro de hierro, los quebrarás como jarro de loza. El león es fuerte, no cruel; su indignación es terrible. La ira de la paloma es insoportable. Pero este León rugirá en favor de los suyos, no en contra de ellos. Teman los extraños y salte de gozo Judá.

 

Regocíjense quienes le alaban y proclamen: Dios mío, ¿quién como tú? Tú eres el león de Judá y la raíz de David. David significa envidiable o de mano fuerte. El mismo dice: no se te ocultan mis deseos. Y en otro lugar: por ti conservo mi fuerza. Ha dicho Raíz de David. No es David raíz de él, sino él la raíz de David. Porque él es quien lo sostiene y no al revés. Tienes razón, David, en llamar señor tuyo a tu hijo, porque no eres tú quien sostiene a la raíz, sino que es la raíz la que te sostiene a ti. El es la raíz de tu fuerza y de tu deseo, una raíz envidiable y vigorosa. Ha vencido el león de Judá, la raíz de David él abrirá el rollo y sus siete sellos. Son palabras del Apocalipsis. Apréndanlo quienes lo ignoran, y recuérdenlo quienes lo sabían.

Escuchemos nuevamente a Juan: En la diestra del que está sentado en el trono vi un rollo sellado con siete sellos, y nadie podía abrirlo ni examinarlo. Y continúa: lloraba yo mucho porque no había nadie que fuera capaz de abrir el rollo. Entonces uno de los ancianos me dijo: no llores, ha vencido el león de la tribu de Judá, etc. Entonces vi entre el trono un cordero: estaba de pie, aunque parecía degollado. Se acercó y recibió el rollo de la diestra del que está sentado en el trono; lo abrió y hubo gozo y alegría, con acción de gracias.

Juan oyó al león, y vio el cordero. Y los ancianos aclaman: El Cordero que está degollado merece todo poderío. Sin perder la mansedumbre recibe la fortaleza: sigue siendo cordero y se convierte en león. Y me atrevo incluso a decir que él mismo es el libro que nadie podía abrir. ¿Hay alguien capaz de abrir este libro? El mismo Juan Bautista, el más grande nacido de mujer, se considera indigno. No merezco ni desatarle la correa de las sandalias. Efectivamente: la majestad vino a nosotros con unas sandalias, la divinidad se hizo carne. Teníamosla Sabiduría de Dios, pero en un rollo cerrado y sellado. Allí lo atan las correas de las sandalias, aquí lo ocultan los sellos del rollo.

Si hemos muerto al pecado, ¿cómo vamos a vivir todavía sujetos a él? Si hemos sentido dolor de nuestros defectos, ¿vamos a reincidir en ellos? ¿Seremos tan curiosos como antes? ¿Tan charlatanes, perezosos y negligentes? ¿Tan vanidosos, sospechosos, detractores e iracundos? ¿Tornaremos a los mismos vicios que tan sinceramente hemos llorado estos días? Ya me quité la túnica, ¿cómo voy a ponérmela de nuevo? Ya me lavé los pies, ¿cómo voy a mancharlos otra vez? Hermanos, eso no es cambiar de viva. Así no veremos a Cristo, ni es ése el camino que nos lleva a la salvación de Dios. Porque como sabemos todos, quien sigue mirando atrás no vale para el Reino de Dios. IN RESURRECTIONE DOMINI SERMO: SERMON PRIMERO.

 

San Cirilo de Alejandría:

Padre, glorifícame cerca de ti, con la gloria que yo tenía cerca de ti antes que el mundo existiese. ¿Ves cómo en estas palabras no pide el comienzo de la glorificación, sino la renovación de la que ya poseía antes, y que esto lo pide hablando como hombre? Además, que al Hijo se le ha dado todo en atención a la encarnación, cualquier estudioso podrá comprenderlo y deducirlo de numerosos textos de la Escritura, pero particularmente de aquella horrible visión de Daniel, en la cual dice haber visto a un anciano, sentado en el trono, y que miles y miles le servían y millones estaban a sus órdenes. Y añade: Y vi venir una especie de hombre entre las nubes del cielo. Avanzó hacia el anciano venerable y llegó hasta su presencia. A él le fue dado poder, honor y reino. Y todos los pueblos, naciones y lenguas le sirvieron.

¿No ves cómo aquí se nos describe detalladamente todo el misterio de la encarnación? ¿Ves en qué sentido se dice que el Hijo recibió el reino de manos del Padre? No se trata de la simple descripción del profeta, sino que nos asegura que apareció una especie de hombre. Como está escrito: Se despojó de su rango, pasando por uno de tantos, para que, siendo el primero en regresar al reino, fuera para nosotros el principio y el camino hacia la gloria real. Y habiendo asumido una vida según la naturaleza humana, por nosotros se rebajó hasta la muerte de su cuerpo en beneficio de todos, para liberarnos de la muerte y de la corrupción, dada la semejanza .que con nosotros tiene al haberse, en cierto modo, confundido con nosotros y haciéndonos partícipes de la vida eterna: así, aunque como Dios sea el Señor de la gloria, sin embargo ha cargado sobre sí con nuestra vergüenza, para reconducir la naturaleza humana al honor regio.

De hecho, como dice Pablo, es el primero en todo: es el camino, la puerta, la primicia de todos nuestros bienes; el paso de la muerte a la vida, de la corrupción a la incorrupción, de la debilidad a la fortaleza, de la esclavitud a la adopción de los hijos de Dios, de la vergüenza y la ignominia al honor y la gloria regios. (Comentario sobre el evangelio de san Juan; Lib 2).

 

Orígenes: 

Si, como dice nuestro Señor y Salvador, el reino de Dios no vendrá espectacularmente, ni anunciarán que está aquí o está allí, sino que el reino de Dios está dentro de nosotros, pues la palabra está cerca de nosotros, en los labios y en el corazón, sin duda, cuando pedimos que venga el reino de Dios, lo que pedimos es que este reino de Dios, que está dentro de nosotros, salga afuera, produzca fruto y se vaya perfeccionando. Efectivamente, Dios reina ya en cada uno de los santos, ya que éstos se someten a su ley espiritual, y así Dios habita en ellos como en una ciudad bien gobernada. En el alma perfecta está presente el Padre, y Cristo reina en ella, junto con el Padre, de acuerdo con aquellas palabras del Evangelio: Vendremos a él y haremos morada en él.

Este reino de Dios que está dentro de nosotros llegará, con nuestra cooperación, a su plena perfección cuando se realice lo que dice el Apóstol, esto es, cuando Cristo, una vez sometidos a él todos sus enemigos, entregue a Dios Padre su reino, y así Dios lo será todo para todos. Por esto, rogando incesantemente con aquella actitud interior que se hace divina por la acción del Verbo, digamos a nuestro Padre que está en los cielos: Santificado sea tu nombre, venga a nosotros tu reino.

Con respecto al reino de Dios, hay que tener también esto en cuenta: del mismo modo que no tiene que ver la luz con las tinieblas, ni la justicia con la maldad, ni pueden estar de acuerdo Cristo y el diablo, así tampoco pueden coexistir el reino de Dios y el reino del pecado.

Por consiguiente, si queremos que Dios reine en nosotros, procuremos que de ningún modo el pecado siga dominando nuestro cuerpo mortal, antes bien, mortifiquemos todo lo terreno que hay en nosotros y fructifiquemos por el Espíritu; de este modo, Dios se paseará por nuestro Interior como por un paraíso espiritual y reinará en nosotros él solo con su Cristo, el cual se sentará en nosotros a la derecha de aquella virtud espiritual que deseamos alcanzar: se sentará hasta que todos sus enemigos que hay en nosotros sean puestos por estrado de sus pies, y sean reducidos a la nada en nosotros todos los principados, todos los poderes y todas las fuerzas.

Todo esto puede realizarse en cada uno de nosotros, y el último enemigo, la muerte, puede ser reducido a la nada, de modo que Cristo diga también en nosotros: ¿Dónde está, muerte, su victoria? ¿Dónde está, muerte, tu aguijón? Ya desde ahora este nuestro ser, corruptible, debe revestirse de santidad y de incorrupción, y este nuestro ser, mortal, debe revestirse de la inmortalidad del Padre, después de haber reducido a la nada el poder de la muerte, para que así, reinando Dios en nosotros, comencemos ya a disfrutar de los bienes de la regeneración y de la resurrección. (Opúsculo sobre la oración; Cap 25)

 

 

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