6 de diciembre de 2015. Domingo 2º de Adviento – CICLO C.-

6 de diciembre de 2015

Domingo 2º de Adviento

- Ciclo C.-

 

Primera lectura

Lectura del libro de Baruc (5,1-9):

Jerusalén, quítate tu ropa de duelo y aflicción, y vístete para siempre el esplendor de la gloria que viene de Dios. Envuélvete en el manto de la justicia que procede de Dios, pon en tu cabeza la diadema de gloria del Eterno. Porque Dios mostrará tu esplendor a todo lo que hay bajo el cielo. Pues tu nombre se llamará de parte de Dios para siempre: “Paz de la Justicia” y “Gloria de la Piedad”. Levántate, Jerusalén, sube a la altura, tiende tu vista hacia el Oriente y ve a tus hijos reunidos desde oriente a occidente, a la voz del Santo, alegres del recuerdo de Dios. Salieron de ti a pie, llevados por enemigos, pero Dios te los devuelve traídos gloria, como un trono real. Porque ha ordenado Dios que sean rebajados todo monte elevado y los collados eternos, y colmados los valles hasta allanar la tierra, para que Israel marche en seguro bajo la gloria de Dios. Y hasta las selvas y todo árbol aromático darán sombra a Israel por orden de Dios. Porque Dios guiará a Israel con alegría a la luz de su gloria, con la misericordia y la justicia que vienen de él.
Palabra de Dios

 

Salmo

Sal 125,1-2ab.2cd-3.4-5.6

R/. El Señor ha estado grande con nosotros, y estamos alegres

Cuando el Señor cambió la suerte de Sión,
nos parecía soñar:
la boca se nos llenaba de risas,
la lengua de cantares. R/.

Hasta los gentiles decían:
«El Señor ha estado grande con ellos.»
El Señor ha estado grande con nosotros,
y estamos alegres. R/.

Que el Señor cambie nuestra suerte,
como los torrentes del Negueb.
Los que sembraban con lágrimas
cosechan entre cantares. R/.

Al ir, iba llorando,
llevando la semilla;
al volver, vuelve cantando,
trayendo sus gavillas. R/.

 

Segunda lectura

Lectura de la carta del apóstol san Pablo a los Filipenses (4-6.8-11):

Ruego siempre y en toda mis oraciones con alegría por todos vosotros a causa de la colaboración que habéis prestado al Evangelio, desde el primer día hasta hoy; firmemente convencido de que, quien inició en vosotros la buena obra, la irá consumando hasta el Día de Cristo Jesús. Pues testigo me es Dios de cuánto os quiero a todos vosotros en el corazón de Cristo Jesús. Y lo que pido en mi oración es que vuestro amor siga creciendo cada vez más en conocimiento perfecto y todo discernimiento, llenos de los frutos de justicia que vienen por Jesucristo, para la gloria y alabanza de Dios.
Palabra de Dios

 

Evangelio

Lectura del santo evangelio según san Lucas (3,1-6):

En el año quince del reinado del emperador Tiberio, siendo Poncio Pilato gobernador de Judea, y Herodes virrey de Galilea, y su hermano Felipe virrey de Iturea y Traconítide, y Lisanio virrey de Abilene, bajo el sumo sacerdocio de Anás y Caifás, vino la palabra de Dios sobre Juan, hijo de Zacarías, en el desierto.
Y recorrió toda la comarca del Jordán, predicando un bautismo de conversión para perdón de los pecados, como está escrito en el libro de los oráculos del profeta Isaías: «Una voz grita en el desierto: Preparad el camino del Señor, allanad sus senderos; elévense los valles, desciendan los montes y colinas; que lo torcido se enderece, lo escabroso se iguale. Y todos verán la salvación de Dios.»
Palabra del Señor

 

COLLATIONES

Cuando el pueblo judío regresaba del destierro de Babilonia, daba gracias a Dios porque había cambiado su suerte: “El Señor ha estado grande con nosotros y estamos alegres”. Esa es la actitud que debemos tener los cristianos, pues ya nos sabemos salvados por la resurrección de Cristo. Mientras caminamos de vuelta, este debe ser nuestro cantar, “porque Dios guiará a Israel con alegría a la luz de su gloria, con la misericordia y la justicia que vienen de él”.

Los profetas recibieron la misión de preparar el camino al Señor, de preparar nuestros corazones. Preparar nuestros corazones es allanar el camino al Señor para que pueda llegar hasta nosotros y así, poder acoger la Palabra y seguirla hasta la Patria celestial. “Aquella voz manda preparar un ca­mino para la Palabra de Dios, así como allanar sus obs­táculos y asperezas, para que cuando venga nuestro Dios pueda caminar sin dificultad” (Eusebio de Cesarea).

Los profetas nos invitan a la conversión, porque “el reino de los cielos es el premio de los justos, el juicio de los pecadores, pena de los impíos” (San Pedro Crisólogo). Y San Policarpo de Esmirna, nos da unas nociones sobre la conversión que se nos pide: “Aquel que lo resucitó de entre los muertos nos resucitará también a nosotros, si cumplimos su voluntad y caminamos según sus mandatos, amando lo que él amó y absteniéndonos de toda injusticia, de todo fraude, del amor al dinero, de la maldición y de los falsos testimonios, no devolviendo mal por mal, o insulto por insulto, ni golpe por golpe, ni maldición por maldición”.

“Cuando no puedes de otra manera camina cayendo y levantándote, pero clamando siempre al que quieres seguir y a quien quieres conseguir: Asegura mis pasos en tus senderos para que mis pies no vacilen” (Beato Guerrico de Igny).

Pero no nos conformemos con preparar nuestro corazón para la venida del Señor, ayudemos a preparar el camino a otros. Imitemos a la voz para que a otros les llegue la Palabra: “Y todos verán la salvación de Dios”.

 

Beato Guerrico de Igny:

En primer lugar, creo que hay que considerar la gracia de la soledad, y la bienaventuranza del desierto, que desde el inicio de la era de la gracia mereció ser concedida para descanso de los santos. Nos concedió realmente una morada en el desierto la voz del que clama en el desierto, Juan, que predicaba y administraba un bautismo de penitencia en el desierto, aunque antes que a él le fue concedida como ayuda espiritual a algunos santísimos profetas la soledad amiga. Pero mucho más excelente y divina fue la gracia santificante que recibió este lugar, cuando Jesús vino después de Juan, el cual incluso antes de empezar a predicar a los penitentes pensó prepararles un lugar, y viviendo en el desierto durante cuarenta días, purificando el lugar y consagrando uno nuevo par la nueva vida, aplastó al tirano que incubaba allí mismo con toda su malicia y engaño, y lo hizo por todos los que habían de habitar en el desierto…

La providencia divina ha dispuesto efectivamente por una gracia admirable que en estos nuestros desiertos gocemos de la tranquilidad de la soledad, y a la vez no carezcamos del consuelo de una santa y agradable compañía. Cada uno puede descansar solitario y en silencio sin que nadie le moleste, y sin embargo no se puede decir: ¡Ay del solo porque no tiene quien le ayude, o si cae, alguien que lo levante! Vivimos con muchos hombres, pero no en medio de la turba. Vivimos como en una ciudad, pero no tenemos que aguantar el barullo que nos impide oír la voz del que clama en el desierto, si guardamos el silencio interior y exterior. Pues las palabras de los sabios, dice Salomón, se escuchan mejor en el silencio que los gritos del príncipe en medio de los necios. Así pues, si todo tu interior guarda el silencio de la noche, la Palabra omnipotente penetrará en ti secretamente desde el trono del Padre. ¡Dichoso el que así se ha apartado huyendo del tumulto del mundo, el que de tal modo se ha retirado al secreto y a la soledad de un alma tranquila, que merezca oír no sólo la voz de la palabra sino la Palabra misma, no a Juan sino a Jesús!

Mientras tanto oigamos lo que nos está diciendo la voz de la Palabra, para que al fin podamos llegar por la voz a la Palabra: ¡Preparad, dice, el camino del Señor; enderezad sus senderos! Prepara el camino quien corrige la vida, hace recto su sendero el que anda por una vida más estrecha. Una vida honesta es en verdad el camino recto por el que puede venir a nosotros el Señor, que nos dispone para esto mismo. Pues el Señor dirigirá los caminos del hombre, y tanto le gustará su camino, que viniendo con gusto por el al hombre caminará con él continuamente. Si Él mismo que es el camino, la verdad y la vida, no prepara su venida a nosotros, no podremos corregir nuestro camino según la regla de la verdad, y consiguientemente tampoco dirigirla a la vida eterna. ¿Cómo corrige, efectivamente, el joven su camino si no es guardando sus preceptos, siguiendo las huellas de Aquél que se ha hecho el camino por el cual podemos ir a Él?¡Ojalá se dirijan mis pasos por tus caminos Señor, de modo que siguiendo tus palabras me mantenga incluso en los senderos duros!…

Dichosos, pues, los que andan por el camino sin tacha, los que caminan en la ley del Señor; pues aunque en el camino beberán del torrente, irán con la cabeza alta, ya que siguiendo a su Cabeza por la pasión estarán con ella para siempre en su morada.

Por tanto, cualquier cosa que os ocurra, hermanos, en el camino del Señor, no dejéis de correr con un corazón alegre y dilatado por la senda de los mandamientos del Señor, pues aunque a los pusilánimes les parece un camino angosto, es recto; aunque parezca duro, no tiene tacha. Realmente son bienaventurados aquellos cuyo camino no tiene tacha, los que de tal modo recorren el camino de este mundo que no manchan sus vestidos, o si llegan a mancharlos no pierden el segundo puesto de la bienaventuranza, porque lavan sus vestidos con el bautismo de la penitencia, el que Juan administra en el desierto para preparar el camino al Señor.

Ciertamente la castidad es un camino sin tacha, un camino agradable que transita el Señor de la gracia, a quien el Profeta canta: Dios mío, tu camino es sin mancilla. Sin mancilla fue la castidad de la Virgen por la que descendió a su seno; sin mancha ha de ser la castidad del hombre por la que ha de venir a su alma. Feliz la conciencia de la que se puede decir: Dios me ha ceñido con la virtud de la continencia, y ha hecho mi camino sin tacha. Pero para que no te gloríes de la castidad si no tienes las otras virtudes, como si hubieses preparado un camino sin tacha al Señor, sábete además que es necesario que este camino sea recto y llano, y no tenga tinieblas ni lascivia. Pues el camino de los impíos es tenebroso; no saben por dónde se deslizan, ¿No es posible, hermanos, que en alguno de nosotros haya todavía algo malo en la voluntad, desagradable en el comportamiento, tenebroso por la ignorancia del espíritu, lascivo por la inconstancia en nuestra vida? ¿Cómo cumpliremos lo que dice la Escritura de preparar el camino sino haciendo lo que está escrito, que es enderezar los caminos tortuosos y allanar los escabrosos?

En primer lugar, pues, es necesario que si hay en nosotros una voluntad mala o torcida, la corrijamos y la enderecemos conforme a la voluntad divina. De lo contrario parecerá que decimos lo de los impíos: No es recto el camino del Señor. Pero al momento nos reprocha la Verdad irrefutable y nos reprende la temible Severidad: ¿Acaso no son rectos mis caminos, y no son más bien malos los vuestros? Tú, pues, que te aprestas a preparar el camino del Señor, ante todo ten buena voluntad, ya que la Sabiduría no entrará en un alma perversa.

Una vez que hayas enderezado los caminos tortuosos, reconoce que no es menos necesario allanar lo escabroso, es decir, que allanes toda aspereza en el comportamiento y lo niveles con cierta ecuanimidad de la vida comunitaria, no sea que aquel Viajero, lleno de mansedumbre y dulzura, pueda tropezar por la aspereza dl camino. ¿Cómo no tropezará Él, manso y humilde de corazón, que sólo descansa en el manso y humilde, cuando el mismo sentimiento natural huye y aborrece al hombre irascible e intratable?

Pero si has llegado a alcanzar en el camino del Señor una voluntad recta y la mansedumbre en tu comportamiento, no hay duda que has adelantado pero no has llegado a la perfección, hasta que la Palabra del Señor sea lámpara para tus pasos y luz en tus senderos… Si eres sabio no serás para ti mismo el maestro y el guía en el camino por el que nunca has andado, sino que escucharás a los maestros y acogerás sus amonestaciones y consejos, y cuidarás el estudio y la lectura, …

Pero ojalá este camino, por el que debemos recibir la salvación o al Salvador, ya que no es tenebroso por la ignorancia de la verdad, tampoco sea resbaladizo por la inconstancia de la acción; pues lo mismo que Balam cuando se caía, tenía los ojos abiertos, así también nosotros, con los ojos abiertos por la ciencia podemos caer por la negligencia. Pecamos voluntariamente y a sabiendas, y nos dejamos arrastrar gustosamente. Y no podemos quejarnos de que el camino esté resbaladizo, sino de la decisión de nuestra voluntad, es decir, del pie en el que nos apoyamos ¿Quién, en efecto, no anda por un terreno resbaladizo, mientras vive en este mundo y en este cuerpo de barro? Así pues, la culpa no es tanto del camino cuanto del pie, que no está firme en el camino del Señor. Pero, ¿no tendrá fuerzas para levantarse el que cae? Siete veces al día cae el justo y otras tantas se levanta. Pues el Señor levanta a los caídos, el Señor dirige a los justos. Si yo decía: mi pie vacila, tu misericordia Señor me ayudaba. Por tanto, cuando no puedes de otra manera camina cayendo y levantándote, pero clamando siempre al que quieres seguir y a quien quieres conseguir: Asegura mis pasos en tus senderos para que mis pies no vacilen. Aunque hay en mí un camino de iniquidad, como es propio de la fragilidad humana, guíame por el camino eterno. Para que por ti, que eres el Camino y la Verdad, llegue a ti, que eres la Verdad y la Vida eterna. ¡A ti la gloria por los siglos de los siglos! Amén. (En el Adviento, Sermón 4º).

 

San Pedro Crisólogo:

¡Convertíos! ¿Por qué no más bien: alegraos? Mejor, ¡alegraos!: porque a las realidades humanas suceden las divinas, a las terrenales las celestes, a las temporales las eternas, a las malas las buenas, a las ambiguas las seguras, a las molestas las dichosas, a las perecederas las perennes. ¡Convertíos! Sí, que se convierta, conviértase el que prefirió lo humano a lo divino, el que optó por servir al mundo más bien que dominar el mundo junto con el Señor del mundo. Conviértase, el que huyendo de la libertad a que da paso la virtud, eligió la esclavitud que consigo trae el vicio. Conviértase, y conviértase de veras, quien, por no retener la vida, se entregó en manos de la muerte.

Está cerca el reino de los cielos. El reino de los cielos es el premio de los justos, el juicio de los pecadores, pena de los impíos. Dichoso; por tanto, Juan, que quiso prevenir el juicio mediante la conversión; que deseó que los pecadores tuvieran premio y no juicio; que anheló que los impíos entraran en el reino, evitando el castigo. Juan proclamó ya cercano el reino de los cielos en el momento preciso en que el mundo, todavía niño, caminaba a la conquista de la madurez. Al presente conocemos lo próximo que está ya este reino de los cielos al observar cómo al mundo, aquejado por una senectud extrema, comienzan a faltarle las fuerzas, los miembros se anquilosan, se embotan los sentidos, aumentan los achaques, rechaza los cuidados, muere a la vida, vive para las enfermedades, se hace lenguas de su debilidad, asegura la proximidad del fin.

Y nosotros, más duros que los mismos judíos, que vamos en pos de un mundo que se nos escapa, que no pensamos jamás en los tiempos que se avecinan y nos emborrachamos de los presentes, que tememos, colocados ya frente al juicio, que no salimos al encuentro del Señor que rápidamente se aproxima, que apostamos por la muerte y no suspiramos por la resurrección de entre los muertos, que preferimos servir a reinar, con tal de diferir el magnífico reinado de nuestro Señor, nosotros, digo, ¿cómo damos cumplimiento a aquello: Cuando oréis, decid: «Venga tu reino»?

Necesitados andamos nosotros de una conversión más profunda, adaptando la medicación a la gravedad de la herida. Convirtámonos, hermanos, y convirtámonos pronto, porque se acaba la moratoria concedida, está a punto de sonar para nosotros la hora final, la presencia del juicio nos está cerrando la oportunidad de una satisfacción. Sea solícita nuestra penitencia, para que no le preceda la sentencia: pues si el Señor no viene aún, si espera todavía, si da largas al juicio, es porque desea que volvamos a él y no perezcamos nosotros a quienes, en su bondad, nos repite una y otra vez: No quiero la muerte del malvado, sino que cambie de conducta y viva.

Cambiemos, pues, de conducta, hermanos, mediante la penitencia; no nos intimide la brevedad del tiempo, pues el autor del tiempo desconoce las limitaciones temporales. Lo demuestra el ladrón del evangelio, quien, pendiente de la cruz y en la hora de la muerte, robó el perdón, se apoderó de la vida, forzó el paraíso, penetró en el reino.

En cuanto a nosotros, hermanos, que no hemos sabido voluntariamente merecerlo, hagamos al menos de la necesidad virtud; para no ser juzgados, erijámonos en nuestros propios jueces; concedámonos la penitencia, para conseguir anular la sentencia. (Sermón 167)

 

Eusebio de Cesarea:

 

Una voz grita en el desierto: «Preparad un camino al Señor, allanad una calzada para nuestro Dios». El profe­ta declara abiertamente que su vaticinio no ha de reali­zarse en Jerusalén, sino en el desierto; a saber, que se manifestará la gloria del Señor, y la salvación de Dios llegará a conocimiento de todos los hombres.

Y todo esto, de acuerdo con la historia y a la letra, se cumplió precisamente cuando Juan Bautista predicó el advenimiento salvador de Dios en el desierto del Jordán, donde la salvación de Dios se dejó ver. Pues Cristo y su gloria se pusieron de manifiesto para todos cuando, una vez bautizado, se abrieron los cielos y el Espíritu Santo descendió en forma de paloma y se posó sobre él, mientras se oía la voz del Padre que daba testimonio de su Hijo: Éste es mi Hijo, el amado; escuchadlo.

Todo esto se decía porque Dios había de presentarse en el desierto, impracticable e inaccesible desde siempre. Se trataba, en efecto, de todas las gentes privadas del conocimiento de Dios, con las que no pudieron entrar en contacto los justos de Dios y los profetas.

Por este motivo, aquella voz manda preparar un ca­mino para la Palabra de Dios, así como allanar sus obs­táculos y asperezas, para que cuando venga nuestro Dios pueda caminar sin dificultad. Preparad un camino al Señor: se trata de la predicación evangélica y de la nueva consolación, con el deseo de que la salvación de Dios llegue a conocimiento de todos los hombres.

Súbete a un monte elevado, heraldo de Sión; alza fuerte la voz, heraldo de Jerusalén. Estas expresiones de los antiguos profetas encajan muy bien y se refieren con oportunidad a los evangelistas: ellas anuncian el adveni­miento de Dios a los hombres, después de haberse hablado de la voz que grita en el desierto. Pues a la profecía de Juan Bautista sigue coherentemente la mención de los evangelistas.

¿Cuál es esta Sión sino aquella misma que antes se lla­maba Jerusalén? Y ella misma era aquel monte al que la Escritura se refiere cuando dice: El monte Sión donde pusiste tu morada; y el Apóstol: Os habéis acercado al monte Sión. ¿Acaso de esta forma se estará aludiendo al coro apostólico, escogido de entre el primitivo pueblo de la circuncisión?

Y esta Sión y Jerusalén es la que recibió la salvación de Dios, la misma que a su vez se yergue sublime sobre el monte de Dios, es decir, sobre su Verbo unigénito: a la cual Dios manda que, una vez ascendida la subli­me cumbre, anuncie la palabra de salvación. ¿Y quién es el que evangeliza sino el coro apostólico? ¿Y qué es evangelizar? Predicar a todos los hombres, y en primer lugar a las ciudades de Judá, que Cristo ha venido a la tierra. (Sobre Isaías 40)

 

San León Magno:

Demos gracias a Dios Padre por medio de su Hijo en el Espíritu Santo, que, por la inmensa misericordia con que nos amó, se compadeció de nosotros y, estando muertos por el pecado, nos resucitó a la vida de Cristo para que fuésemos en Él una nueva criatura, una nueva obra de sus manos. Por tanto, dejemos al hombre viejo con sus acciones y renunciemos a las obras de la carne nosotros que hemos sido admitidos a participar del nacimiento de Cristo. Reconoce ¡oh cristiano! tu dignidad, pues participas de la naturaleza divina y no vuelvas a la antigua vileza con una vida depravada. Ten presente que, arrancado al poder de las tinieblas se te ha trasladado al reino y claridad de Dios. Por el sacramento del bautismo te convertiste en templo del Espíritu Santo. No ahuyentes a tan escogido huésped con acciones pecaminosas. (Homilía 1ª sobre la Natividad del Señor 3).

San Policarpo de Esmirna:

Policarpo y los presbíteros que están con él, a la Iglesia de Dios que vive como forastera en Filipos: Que la misericordia y la paz, de parte de Dios todopoderoso y de Jesucristo, nuestro Salvador, os sean dadas con toda plenitud.

Sobremanera me he alegrado con vosotros, en nuestro Señor Jesucristo, al enterarme de que recibisteis a quienes son imágenes vivientes de la verdadera caridad y de que asististeis, como era conveniente, a quienes estaban cargados de cadenas dignas de los santos, verdaderas diademas de quienes han sido escogidos por nuestro Dios y Señor. Me he alegrado también al ver cómo la raíz vigorosa de vuestra fe, celebrada desde tiempos antiguos, persevera hasta el día de hoy y produce abundantes frutos en nuestro Señor Jesucristo, quien, por nuestros pecados, quiso salir al encuentro de la muerte, y Dios lo resucitó, rompiendo las ataduras de la muerte. No lo veis, y creéis en él con un gozo inefable y transfigurado, gozo que muchos desean alcanzar, sabiendo como saben que estáis salvados por su gracia, y no se debe a las obras, sino a la voluntad de Dios en Cristo Jesús.

Por eso, estad interiormente preparados y servid al Señor con temor y con verdad, abandonando la vana palabrería y los errores del vulgo y creyendo en aquel que resucitó a nuestro Señor Jesucristo de entre los muertos y le dio gloria, colocándolo a su derecha; a él le fueron sometidas todas las cosas, las del cielo y las de la tierra, y a él obedecen todos cuantos tienen vida, pues él ha de venir como juez de vivos y muertos, y Dios pedirá cuenta de su sangre a quienes no quieren creer en él.

Aquel que lo resucitó de entre los muertos nos resucitará también a nosotros, si cumplimos su voluntad y caminamos según sus mandatos, amando lo que él amó y absteniéndonos de toda injusticia, de todo fraude, del amor al dinero, de la maldición y de los falsos testimonios, no devolviendo mal por mal, o insulto por insulto, ni golpe por golpe, ni maldición por maldición, sino recordando más bien aquellas palabras del Señor, que nos enseña: No juzguéis, y no os juzgarán; perdonad, y seréis perdonados; compadeced, y seréis compadecidos. La medida que uséis la usarán con vosotros. Y: Dichosos los pobres y los perseguidos, porque de ellos es el reino de Dios. (Comienzo de la carta de san Policarpo de Esmirna a los Filipenses 1, 1- 2,3)

 

San Agustín:

Juan era la voz, pero el Señor es la Palabra que en el principio ya existía. Juan era una voz provisional; Cristo, desde el principio, es la Palabra eterna.

Quita la palabra, ¿y qué es la voz? Si no hay concepto, no hay más que un ruido vacío. La voz sin la palabra llega al oído, pero no edifica el corazón.

Pero veamos cómo suceden las cosas en la misma edifi­cación de nuestro corazón. Cuando pienso lo que voy a decir, ya está la palabra presente en mi corazón; pero, si quiero hablarte, busco el modo de hacer llegar a tu cora­zón lo que está ya en el mío.

Al intentar que llegue hasta ti y se aposente en tu in­terior la palabra que hay ya en el mío, echo mano de la voz y, mediante ella, te hablo: el sonido de la voz hace Llegar hasta ti el entendimiento de la palabra; y una vez que el sonido de la voz ha llevado hasta ti el concepto, el sonido desaparece, pero la palabra que el sonido condujo hasta ti está ya dentro de tu corazón, sin haber abando­nado el mío.

Cuando la palabra ha pasado a ti, ¿no te parece que es el mismo sonido el que está diciendo: Ella tiene que crecer y yo tengo que menguar? El sonido de la voz se dejó sen­tir para cumplir su tarea y desapareció, como si dijera: Esta alegría mía está colmada. Retengamos la palabra, no perdamos la palabra concebida en la médula del alma. ¿Quieres ver cómo pasa la voz, mientras que la divini­dad de la Palabra permanece? ¿Qué ha sido del bautismo de Juan? Cumplió su misión y desapareció. Ahora el que se frecuenta es el bautismo de Cristo. Todos nosotros creemos en Cristo, esperamos la salvación en Cristo: esto es lo que la voz hizo sonar.

Y precisamente porque resulta difícil distinguir la palabra de la voz, tomaron a Juan por el Mesías. La voz fue confundida con la palabra: pero la voz se reconoció a sí misma, para no ofender a la palabra. Dijo: No soy el Mesías, ni Elías, ni el Profeta.

Y cuando le preguntaron: ¿Quién eres?, respondió: Yo soy la voz que grita en el desierto: «Allanad el camino del Señor». La voz que grita en el desierto, la voz que rompe el silencio. Allanad el camino del Señor, como si dijera: «Yo resueno para introducir la palabra en el corazón; pero ésta no se dignará venir a donde yo trato de introducirla, si no le allanáis el camino».

¿Qué quiere decir: Allanad el camino, sino: «Suplicad debidamente?» ¿Qué significa: Allanad el camino, sino: «Pensad con humildad»? Aprended del mismo Juan un ejemplo de humildad. Le tienen por el Mesías, y niega serlo; no se le ocurre emplear el error ajeno en beneficio propio.

Si hubiera dicho: «Yo soy el Mesías», ¿cómo no lo hubieran creído con la mayor facilidad, si ya le tenían por tal antes de haberlo dicho? Pero no lo dijo: se reconoció a sí mismo, no permitió que lo confundieran, se humilló a sí mismo.

Comprendió dónde tenía su salvación; comprendió que no era más que una antorcha, y temió que el viento de la soberbia la pudiese apagar. (Sermón 293,3)

 

 

 

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