20 de diciembre de 2015. Domingo 4º de Adviento -CICLO C.-

20 de diciembre de 2015

Domingo 4º de Adviento

- Ciclo C.-

Primera lectura

Lectura de la profecía de Miqueas (5,1-4):

Así dice el Señor: «Pero tu, Belén de Efrata, pequeña entre las aldeas de Judá, de ti saldrá el jefe de Israel. Su origen es desde lo antiguo, de tiempo inmemorial. Los entrega hasta el tiempo en que la madre dé a luz, y el resto de sus hermanos retornará a los hijos de Israel. En pie, pastorea con la fuerza del Señor, por el nombre glorioso del Señor, su Dios. Habitarán tranquilos, porque se mostrará grande hasta los confines de la tierra, y éste será nuestra paz.»
Palabra de Dios

 

Salmo

Sal 79,2ac.3c.15-16.18-19

 

R/. Oh Dios, restáuranos, que brille tu rostro y nos salve

Pastor de Israel, escucha,
tú que te sientas sobre querubines, resplandece. 
Despierta tu poder y ven a salvarnos. R/.

Dios de los ejércitos, vuélvete: 
mira desde el cielo, fíjate, 
la cepa que tu diestra plantó, 
y que tú hiciste vigorosa. R/.

Que tu mano proteja a tu escogido, 
al hombre que tú fortaleciste. 
No nos alejaremos de ti: 
danos vida, para que invoquemos tu nombre. R/.

 

Segunda lectura

Lectura de la carta a los Hebreos (10,5-10):

Cuando Cristo entró en el mundo dijo: «Tú no quieres sacrificios ni ofrendas, pero me has preparado un cuerpo; no aceptas holocaustos ni víctimas expiatorias. Entonces yo dije lo que está escrito en el libro: “Aquí estoy yo para hacer tu voluntad”.» Primero dice: «No quieres ni aceptas sacrificios ni ofrendas, holocaustos ni víctimas expiatorias,» que se ofrecen según la Ley. Después añade: «Aquí estoy yo para hacer tu voluntad.» Niega lo primero, para afirmar lo segundo. Y conforme a esa voluntad todos quedamos santificados por la oblación del cuerpo de Jesucristo, hecha una vez para siempre.
Palabra de Dios

 

Evangelio

Lectura del santo Evangelio según San Lucas (1,39-45):

En aquellos días, María se puso de camino y fue a prisa a la montaña, a un pueblo de Judá; entró en casa de Zacarías y saludó a Isabel. En cuanto Isabel oyó el saludo de María, saltó la criatura en su vientre. Se llenó Isabel del Espíritu Santo y dijo a voz en grito: «¡Bendita tú entre las mujeres, y bendito el fruto de tu vientre! ¿Quién soy yo para que me visite la madre de mi Señor? En cuanto tu saludo llegó a mis oídos, la criatura saltó de alegría en mi vientre. Dichosa tú que has creído, porque lo que te ha dicho el Señor se cumplirá.»
Palabra de Dios

 

COLLATIONES

Es el cuarto domingo de Adviento, pronto celebraremos el nacimiento del Señor. Hoy nos visita María, a la que dedicamos este domingo, porque es a través de María como nos llega Cristo: “¿Quién soy yo para que me visite la madre de mi Señor?” le dirá Santa Isabel, y le podemos decir también nosotros.

María fue, como nos recuerda San Bernardo: “Elegida desde la eternidad; predestinada y preparada por el Altísimo para él mismo, guardada por los ángeles, designada anticipadamente por los padres antiguos, prometida por los profetas”. Y por eso, yo me repito: ¿Quién soy yo? ¿Quién soy yo para que vengas a mí y contigo traigas a mi Señor?

De ti saldrá el jefe de Israel”, anunciaba el profeta Miqueas; “¡Bendita tú entre las mujeres, y bendito el fruto de tu vientre!”, le decía Santa Isabel. Muchos son los que veían a la madre y reconocían al Hijo. San Ambrosio nos explica así la escena: “Isabel sintió la proximidad de María, Juan la del Señor; la mujer oyó la salutación de la mujer, el hijo sintió la presencia del Hijo; ellas proclaman la gracia, ellos, viviéndola interiormente, logran que sus madres se aprovechen de este don hasta tal punto que, con un doble milagro, ambas empiezan a profetizar por inspiración de sus propios hijos”.

María ayudó al Señor a llegar hasta nosotros con un: “Hágase en mí según tu palabra”, y El, vino a nosotros dispuesto a decir al Padre: “Aquí estoy yo para hacer tu voluntad”. La fe estuvo presente en la Encarnación y en la Redención. La fe hizo que Santa Isabel reconociera al Salvador. Nosotros por la fe y ayudados por la gracia, también seremos capaces de reconocerle. Y por la fe, también nosotros diremos: “Aquí estoy yo para hacer tu voluntad”

Santa Isabel acaba con una preciosa frase dirigida a María: “Dichosa tú que has creído, porque lo que te ha dicho el Señor se cumplirá”. Y yo acabo con una frase de San Ambrosio: “Pero dichosos también vosotros, porque habéis oído y creído; pues toda alma creyente concibe y engendra la Palabra de Dios y reconoce sus obras”.

 

San Bernardo de Claraval:

El único nacimiento digno de Dios era el procedente de la Virgen; asimismo, la dignidad de la Virgen demandaba que quien naciere de ella no fuere otro que el mismo Dios. Por esto, el Hacedor del hombre, al hacerse hombre, naciendo de la raza humana, tuvo que elegir, mejor dicho, que formar para sí, entre todas, una madre tal cual él sabía que había de serle conveniente y agradable.

Quiso, pues, nacer de una virgen inmaculada, él, el inmaculado, que venía a limpiar las máculas de todos.

Quiso que su madre fuese humilde, ya que él, manso y humilde de corazón, había de dar a todos el ejemplo necesario y saludable de estas virtudes. Y el mismo que ya antes había inspirado a la Virgen el propósito de la virginidad y la había enriquecido con el don de la humildad le otorgó también el don de la maternidad divina.

De otro modo, ¿cómo el ángel hubiese podido saludarla después como llena de gracia, si hubiera habido en ella algo, por poco que fuese, que no poseyera por gracia? Así, pues, la que había de concebir y dar a luz al Santo de los santos recibió el don de la virginidad para que fuese santa en el cuerpo, el don de la humildad para que fuese santa en el espíritu.

Así, engalanada con las joyas de estas virtudes, resplandeciente con la doble hermosura de su alma y de su cuerpo, conocida en los cielos por su belleza y atractivo, la Virgen regia atrajo sobre sí las miradas de los que allí habitan, hasta el punto de enamorar al mismo Rey y de hacer venir al mensajero celestial.

Fue enviado el ángel, dice el Evangelio, a la Virgen. Virgen en su cuerpo, virgen en su alma, virgen por su decisión, virgen, finalmente, tal cual la describe el Apóstol, santa en el cuerpo y en el alma; no hallada recientemente y por casualidad, sino elegida desde la eternidad; predestinada y preparada por el Altísimo para él mismo, guardada por los ángeles, designada anticipadamente por los padres antiguos, prometida por los profetas. (Homilía 2 sobre las excelencias de la Virgen Madre, 1-2.4)

 

San Ambrosio de Milán:

El ángel que anunciaba los misterios, para llevar a la fe mediante algún ejemplo, anunció a la Virgen María la maternidad de una mujer estéril y ya entrada en años, manifestando así que Dios puede hacer todo cuanto le place.

Desde que lo supo, María, no por falta de fe en la profecía, no por incertidumbre respecto al anuncio, no por duda acerca del ejemplo indicado por el ángel, sino con el regocijo de su deseo, como quien cumple un piadoso deber, presurosa por el gozo, se dirigió a las montañas.

Llena de Dios de ahora en adelante, ¿cómo no iba a elevarse apresuradamente hacia las alturas? La lentitud en el esfuerzo es extraña a la gracia del Espíritu. Bien pronto se manifiestan los beneficios de la llegada de María y de la presencia del Señor; pues en el momento mismo en que Isabel oyó el saludo de María, saltó la criatura en su vientre, y ella se llenó del Espíritu Santo.

Considera la precisión y exactitud de cada una de las palabras: Isabel fue la primera en oír la voz, pero Juan fue el primero en experimentar la gracia, porque Isabel escuchó según las facultades de la naturaleza, pero Juan, en cambio, se alegró a causa del misterio. Isabel sintió la proximidad de María, Juan la del Señor; la mujer oyó la salutación de la mujer, el hijo sintió la presencia del Hijo; ellas proclaman la gracia, ellos, viviéndola interiormente, logran que sus madres se aprovechen de este don hasta tal punto que, con un doble milagro, ambas empiezan a profetizar por inspiración de sus propios hijos.

El niño saltó de gozo y la madre fue llena del Espíritu Santo, pero no fue enriquecida la madre antes que el hijo, sino que, después que fue repleto el hijo, quedó también colmada la madre. Juan salta de gozo y María se alegra en su espíritu. En el momento que Juan salta de gozo, Isabel se llena del Espíritu, pero, si observas bien, de María no se dice que fuera llena del Espíritu, sino que se afirma únicamente que se alegró en su espíritu (pues en ella actuaba ya el Espíritu de una manera incomprensible); en efecto: Isabel fue llena del Espíritu después de concebir; María, en cambio, lo fue ya antes de concebir, porque de ella se dice: ¡Dichosa tú que has creído!

Pero dichosos también vosotros, porque habéis oído y creído; pues toda alma creyente concibe y engendra la Palabra de Dios y reconoce sus obras.

Que en todos resida el alma de María para glorificar al Señor; que en todos esté el espíritu de María para alegrarse en Dios. Porque si corporalmente no hay más que una madre de Cristo, en cambio, por la fe, Cristo es el fruto de todos; pues toda alma recibe la Palabra de Dios, a condición de que, sin mancha y preservada de los vicios, guarde la castidad con una pureza intachable.

Toda alma, pues, que llega a tal estado proclama la grandeza del Señor, igual que el alma de María la ha proclamado, y su espíritu se ha alegrado en Dios Salvador.

El Señor, en efecto, es engrandecido, según puede leerse en otro lugar: Proclamad conmigo la grandeza del Señor. No porque con la palabra humana pueda añadirse algo a Dios, sino porque él queda engrandecido en nosotros. Pues Cristo es la imagen de Dios y, por esto, el alma que obra justa y religiosamente engrandece esa imagen de Dios, a cuya semejanza ha sido creada, y, al engrandecerla, también la misma alma queda engrandecida por una mayor participación de la grandeza divina.  (Exposición sobre el evangelio de san Lucas, Lib 2, 19.22-23.26-27)

 

San León Magno:

Dios elige a una virgen de la descendencia real de David; y esta virgen, destinada a llevar en su seno el fruto de una sagrada fecundación, antes de concebir corporalmente a su prole, divina y humana a la vez, la concibió en su espíritu. Y para que no se espantara, ignorando los designios divinos, al observar en su cuerpo unos cambios inesperados, conoce, por la conversación con el ángel, lo que el Espíritu Santo ha de operar en ella. Y la que ha de ser Madre de Dios confía en que su virginidad ha de permanecer sin detrimento. ¿Por qué había de dudar de este nuevo género de concepción, si se le promete que el Altísimo pondrá en juego su poder? Su fe y su confianza quedan, además, confirmadas cuando el ángel le da una prueba de la eficacia maravillosa de este poder divino, haciéndole saber que Isabel ha obtenido también una inesperada fecundidad: el que es capaz de hacer concebir a una mujer estéril puede hacer lo mismo con una mujer virgen.

Así, pues, el Verbo de Dios, que es Dios, el Hijo de Dios, que en el principio estaba junto a Dios, por medio del cual se hizo todo, y sin el cual no se hizo nada, se hace hombre para librar al hombre de la muerte eterna; se abaja hasta asumir nuestra pequeñez, sin menguar por ello su majestad, de tal modo que, permaneciendo lo que era y asumiendo lo que no era, une la auténtica condición de esclavo a su condición divina, por la que es igual al Padre; la unión que establece entre ambas naturalezas es tan admirable que ni la gloria de la divinidad absorbe la humanidad, ni la humanidad disminuye en nada la divinidad.

Quedando, pues, a salvo el carácter propio de cada una de las naturalezas, y unidas ambas en una sola persona, la majestad asume la humildad, el poder la debilidad, la eternidad la mortalidad; y, para saldar la deuda contraída por nuestra condición pecadora, la naturaleza invulnerable se une a la naturaleza pasible, Dios verdadero y hombre verdadero se conjugan armoniosamente en la única persona del Señor; de este modo, tal como convenía para nuestro remedio, el único y mismo mediador entre Dios y los hombres pudo a la vez morir y resucitar, por la conjunción en él de esta doble condición. Con razón, pues, este nacimiento salvador había de dejar intacta la virginidad de la madre, ya que fue a la vez salvaguarda del pudor y alumbramiento de la verdad.

Tal era, amadísimos, la clase de nacimiento que convenía a Cristo, fuerza y sabiduría de Dios; con él se mostró igual a nosotros por su humanidad, superior a nosotros por su divinidad. Si no hubiera sido Dios verdadero, no hubiera podido remediar nuestra situación; si no hubiera sido hombre verdadero, no hubiera podido darnos ejemplo.

Por eso, al nacer el Señor, los ángeles cantan llenos de gozo: Gloria a Dios en el cielo, y proclaman: y en la tierra paz a los hombres que ama el Señor. Ellos ven, en efecto, que la Jerusalén celestial se va edificando por medio de todas las naciones del orbe. ¿Cómo, pues, no habría de alegrarse la pequeñez humana ante esta obra inenarrable de la misericordia divina, cuando incluso los coros sublimes de los ángeles encontraban en ella un gozo tan intenso? (Sermón 1, en la Natividad del Señor, 2.3)

San Agustín:

Tú que pastoreas a Israel, escucha. ¿Qué significa: Tú que pastoreas a Israel, escucha; tú que guías como a ovejas a José? Se le invoca, se le espera, se desea que venga. Que encuentre, por tanto, dirigentes: Tú que conduces como ovejas a José: al mismo José como a las ovejas. José mismo es un rebaño y una oveja. Hemos oído el nombre de José, y el significado de su nombre puede ayudar mucho, ya que significa crecimiento, y por eso vino él, para que, muerto el grano, el fruto se multiplique, es decir, para que aumentase el pueblo de Dios. Sin embargo, recordad lo que ya sabéis que le aconteció a José: que fue vendido por sus hermanos, que fue deshonrado por los suyos y exaltado por los extranjeros, y así entenderéis en qué rebaño debemos situarnos, junto con aquellos que ya dirigen al bien su corazón, para que la piedra rechazada por los constructores, venga a ser la piedra angular, uniendo las dos paredes que proceden de diversas direcciones, pero coinciden en el mismo ángulo. Tú que te sientas sobre querubines. Los querubines son el trono de la gloria de Dios, y significan la plenitud de la ciencia…

Tú que te sientas sobre querubines, muéstrate. Por eso andábamos errantes, porque no te mostrabas. Ante Efraín, Benjamín y Manasés. Muéstrate, sí, ante el pueblo judío, en presencia del pueblo de Israel; allí está Efraín, allí Manasés, y allí está benjamín. Pero veamos el significado de estos nombres: Efraín significa fructificación; Benjamín el hijo de la derecha; Manasés olvidado. Sería, entonces: Muéstrate ante el que ha dado frutos, ante el hijo de la derecha, y ante el olvidado, para que ya no sea olvidado, sino que en su recuerdo estés tú, que lo has liberado. Porque si los gentiles han de acordarse, y se convertirán al Señor todos los confines de la tierra, el pueblo descendiente de Abrahán ¿no va a tener su propia pared que confluya gozosamente en el ángulo, cuando está escrito: Los restantes serán salvados? Despierta tu poder. Pues eras débil, cuando se decía: Si es el Hijo de Dios, que baje de la cruz. Parecías totalmente impotente; contra ti prevaleció el perseguidor, como ya habías prefigurado mucho antes, cuando el mismo Jacob, un hombre, venció en la lucha contra el ángel. ¿Cómo sería esto posible, si el ángel no lo hubiera permitido? Prevaleció el hombre, y fue vencido el Ángel; y el hombre vencedor retiene al Ángel y le dice: No te dejaré ir, a no ser que me bendigas. ¡Qué gran misterio! Se queda el vencido, y bendice al vencedor: vencido porque así lo quiso él: débil en la carne; fuerte en su majestad. Y lo bendijo diciéndole: Te vas a llamar Israel. Y le tocó el tendón de su muslo, y se paralizó. Con el mismo acto lo bendijo y lo dejó rengo. Ya ves cómo ha claudicado el pueblo judío. Ved también allí la bendición a la estirpe de los Apóstoles. Despierta, pues, tu poder. ¿Hasta cuándo te mostrarás débil? Crucificado en tu debilidad, resucita por tu poder. Despierta tu poder, y ven a salvarnos…

¿Y qué fruto dio todo esto? ¡Dios de los ejércitos, vuélvete! Aunque hayan sucedido estas cosas, ¡vuélvete! Mira desde el cielo, fíjate, y ven a visitas esta viña, Cuida y perfecciona la que tu diestra plantó. No plantes otra; perfecciona ésta. Porque ella es la descendencia de Abrahán; es la descendencia en la que serán benditas todas las generaciones. Ahí está la raíz que sostiene el acebuche injertado. Lleva a la perfección esta viña que tu diestra plantó. Pero ¿dónde la perfeccionará? Y sobre el hijo del hombre, a quien afianzaste para ti. ¿Qué cosa hay más clara? ¿Por qué esperáis todavía que, discutiendo, aclaremos, y no, más bien, que admirando exclamemos junto con vosotros: Perfecciona esta viña que tu diestra plantó, y perfecciónala sobre el hijo del hombre ¿Sobre qué hijo del hombre? El que afianzaste para ti. ¡Qué gran firmamento! ¡Edifica cuanto puedas! Pues nadie puede poner otro cimiento fuera de aquel que ya está puesto, Jesucristo.

Lo inflamado por el fuego, y lo que han talado perecerá por la amenaza de tu rostro. ¿Cuáles son las cosas inflamadas por el fuego y las taladas, que perecerán por la amenaza de tu rostro? Tratemos de entender qué cosas están incendiadas, y cuáles taladas. ¿Qué fue lo que Cristo reprochó? Los pecados: por la reprensión de su rostro, se desvanecieron. ¿Y por qué los pecados son las cosas ardientes al fuego y las taladas? Todos los pecados producen dos efectos en el hombre: la pasión y el temor. Pensad, discutid, preguntad a vuestros corazones; escudriñad vuestras conciencias, mirad a ver si puede haber pecados que no estén acompañados de la pasión o del temor. Para que peques se te ofrece una, digamos, recompensa, es decir, algo que te deleita; lo haces porque te apetece. Pero tal vez no te seduce esa recompensa, sino que estás temeroso por las amenazas. Lo haces porque tienes miedo. Alguien, por ejemplo, te quiere corromper para que des un falso testimonio. Son innumerables las situaciones, pero os presento los casos más claros, y de ellos podéis deducir los demás. Tú has escuchado a Dios, y te dijiste en tu intimidad: ¿de qué le sirve al hombre ganar el mundo entero, si arruina su vida? No me dejo llevar por el premio. No me mueve el incentivo de la dádiva a perder mi vida por la ganancia de un dinero. He aquí cómo te hace sentir el miedo; el que no pudo corromperte con una recompensa, empieza a amenazarte con algún daño: el rechazo, la tortura, y quizá la muerte. Si en este caso la pasión no logró vencerte, tal vez consiga el temor que peques. Si recordaste el pasaje de la Escritura contra la codicia: ¿De qué le sirve al hombre ganar todo el mundo si arruina su vida?, recuerda también contra el temor este otro testimonio: No temáis a los que matan el cuerpo, pero no pueden matar el alma. Todo el que quiera matarte, podrá hacerlo en cuanto al cuerpo, pero no en cuanto al alma. Tu alma no muere si tú no quieres matarla. Que la ajena maldad eche a perder tu cuerpo, mientras la verdad conserve tu alma. Si te apartas de la verdad, ¿qué mayor mal te podrá hacer tu enemigo del que tú mismo te haces? El enemigo, furioso, puede matar tu cuerpo, pero tú, con un falso testimonio, matas tu alma. Escucha la escritura: La boca que miente mata el alma. Así pues, hermanos míos, el amor y el temor llevan a toda buena obra y a todo pecado. Para obrar bien, amas a Dios y temes a Dios; para obrar mal, amas al mundo y temes el mundo. Diríjanse estas dos cosas al bien. Amabas la tierra: ama ahora la vida eterna. Temías la muerte: teme el infierno. Por mucho que te hubiera prometido el mundo, cuando eras malo, ¿te podrá dar, acaso, cuanto te va a dar Dios, siendo tú bueno? Y por más que te amenace el mundo, siendo tú justo, ¿te podrá causar más daño, si eres perverso, que el mal que te reserva Dios? ¿Quieres ver lo que te va a dar Dios si vives con justicia? Venid, benditos de mi Padre, recibid el reino que os está preparado desde el principio del mundo. ¿Y quieres saber lo que hará con los malvados? Id al fuego eterno, que se preparó para el diablo y sus ángeles. Con razón tú sólo quieres que te vaya bien, puesto que en lo que amas, quieres que te vaya bien, y en lo que temes, no quieres que te vaya mal, pero no buscas el bien donde debe ser buscado. Te afanas, porque no quieres padecer pobreza, y quieres vivir cómodamente; bueno es lo que quieres, pero soporta lo que no quieres para conseguir lo que quieres. Por lo tanto, el rostro de aquel que borra los pecados, ¿qué hará? ¿Cuáles son los pecados inflamados por el fuego y talados? ¿Qué había hecho tu amor malo? Había encendido como un fuego. ¿Y qué había hecho el mal temor? Había como cavado una fosa. El amor, en efecto, inflama; el temor humilla; por eso los pecados del amor malo son talados o socavados. El temor bueno también humilla, lo mismo que inflama también el amor bueno, pero de distinta manera. El viñador, intercediendo para que no fuese arrancado el árbol que no daba frutos, dice: le cavaré a su alrededor, y echaré un cesto de abono. El cavar simboliza la piadosa humildad, y el cesto de abono las obras de penitencia. Sobre el fuego del buen amor dice el Señor: Vine a traer fuego a la tierra. Enciéndanse con este fuego los fervorosos de espíritu, y los enardecidos en el amor a Dios y al prójimo. Por lo tanto, así como todas las obras buenas se ejecutan por el amor y el temor buenos, así también se cometen todos los pecados por el mal amor y el mal temor. Luego, inflamados por el fuego, y talados todos, a saber, los pecados, perecerán por la amenaza de tu rostro.

Pon tu mano sobre el hombre de tu derecha, y sobre el hijo del hombre que te has afianzado. Y no nos apartaremos de ti. ¿Hasta cuándo seguirá siendo esta generación depravada y provocativa, sin enderezar al bien su corazón? Que diga Asaf: Se dé a conocer tu misericordia; pórtate bien con tu viña, perfecciónala, porque la ceguera le vino a una parte de Israel, hasta que entre [en la fe] la totalidad de los gentiles, y así todo Israel sea salvado. Habiendo dado a conocer su rostro sobre el varón de tu derecha que tú fortaleciste, no nos separaremos de ti. ¿Hasta cuándo nos reprocharás? ¿Hasta cuándo nos estarás acusando? Haz esto: y no nos apartaremos de ti. Nos vivificarás, e invocaremos tu nombre. Tú serás amable con nosotros: nos darás la vida. Primero amábamos la tierra, no a ti; pero mortificaste nuestros miembros terrenos. El Antiguo Testamento, al ofrecer promesas terrenas, parece aconsejar que no se adore a Dios gratuitamente; sino que se lo ame esperando algún don en la tierra. Pero dime, ¿qué amas, sin que no ames a Dios? Ama, si puedes, algo que él no haya creado. Echa una mirada al universo con todas sus criaturas. Mira a ver si alguna de ellas te atrapa codiciosamente, hasta impedirte amar a Dios; y fíjate a ver si no es algo creado por él lo que precisamente te hace dejarlo a un lado. ¿Por qué amas esas cosas, sino porque son hermosas? ¿Y podrán serlo tanto como el que las creó? Tú admiras todo esto porque a él no lo ves. Ama en lo que ves a quien no ves. Pregúntale a la criatura; si existe por sí misma, quédate en ella. Pero si es obra de Dios, únicamente es perjudicial a quien la ama, porque la antepone al Creador. ¿Por qué he dicho esto, hermanos? Por este versículo del salmo que estamos comentando. Estaban muertos los que rendían culto a Dios únicamente para alcanzar algún beneficio según la carne; pues el vivir según la carne es morir, como nos dice el Apóstol, y muertos están los que no adoran a Dios gratuitamente, es decir, porque él es bueno, no porque nos da los bienes que da también a los que no son buenos. ¿Quieres recibir dinero de Dios? También lo tiene el ladrón. ¿Quieres una esposa, muchos hijos, salud corporal, honores mundanos? Fíjate cuántos malvados también lo tienen. ¿Es esto lo único por lo que das culto a Dios? Tus pies han dado un resbalón, pues creías que adoras a Dios gratuitamente, cuando te fijas en aquellas cosas que tienen los que no le dan culto. Todas esas cosas las concede también a los malos; para los buenos, se reserva únicamente él mismo. Nos vivificarás, ya que estábamos muertos cuando nos apegábamos a las cosas terrenas. Estábamos muertos cuando llevábamos la imagen del hombre terreno. Nos vivificarás, nos renovarás, nos darás la vida del hombre interior. E invocaremos tu nombre, o sea, te amaremos. Tú serás el amado y dulce perdonador de nuestros pecados, tú serás el gran premio de los justificados. ¡Oh Señor Dios de los ejércitos, vuélvete a nosotros! Muéstranos tu rostro y seremos salvados. (Comentarios a los salmos. Salmo 79)

 

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