25 de diciembre de 2015. Natividad del Señor. Misa de la noche.

25 de diciembre

NATIVIDAD DEL SEÑOR

MISA DE LA NOCHE

 

PRIMERA LECTURA

Lectura del libro de Isaías     9, 1-3. 5-6

El pueblo que caminaba en las tinieblas ha visto una gran luz; sobre los que habitaban en el país de la oscuridad ha brillado una luz.
Tú has multiplicado la alegría, has acrecentado el gozo; ellos se regocijan en tu presencia, como se goza en la cosecha, como cuando reina la alegría por el reparto del botín.
Porque el yugo que pesaba sobre él, la barra sobre su espalda y el palo de su carcelero, todo eso lo has destrozado como en el día de Madián. Porque un niño nos ha nacido, un hijo nos ha sido dado. La soberanía reposa sobre sus hombros y se le da por nombre: «Consejero maravilloso, Dios fuerte, Padre para siempre, Príncipe de la paz.» Su soberanía será grande, y habrá una paz sin fin para el trono de David y para su reino; él lo establecerá y lo sostendrá por el derecho y la justicia, desde ahora y para siempre. El celo del Señor de los ejércitos hará todo esto.

Palabra de Dios.

SALMO     95, 1-3. 11-13

R. Hoy nos ha nacido un Salvador,
que es el Mesías, el Señor.


Canten al Señor un canto nuevo,
cante al Señor toda la tierra;
canten al Señor, bendigan su Nombre. R.

Día tras día, proclamen su victoria,
anuncien su gloria entre las naciones,
y sus maravillas entre los pueblos. R.

Alégrese el cielo y exulte la tierra,
resuene el mar y todo lo que hay en él;
regocíjese el campo con todos sus frutos,
griten de gozo los árboles del bosque. R.

Griten de gozo delante del Señor,
porque él viene a gobernar la tierra:
él gobernará al mundo con justicia,
y a los pueblos con su verdad. R.

SEGUNDA LECTURA

Lectura de la carta del apóstol san Pablo a Tito     2, 11-14

La gracia de Dios, que es fuente de salvación para todos los hombres, se ha manifestado. Ella nos enseña a rechazar la impiedad y los deseos mundanos, para vivir en la vida presente con sobriedad, justicia y piedad, mientras aguardamos la feliz esperanza y la manifestación de la gloria de nuestro gran Dios y Salvador, Cristo Jesús. Él se entregó por nosotros, a fin de librarnos de toda iniquidad, purificarnos y crear para sí un Pueblo elegido y lleno de celo en la práctica del bien.

Palabra de Dios.

EVANGELIO

Evangelio de nuestro Señor Jesucristo según san Lucas     2, 1-14

En aquella época apareció un decreto del emperador Augusto, ordenando que se realizara un censo en todo el mundo. Este primer censo tuvo lugar cuando Quirino gobernaba la Siria. Y cada uno iba a inscribirse a su ciudad de origen.
José, que pertenecía a la familia de David, salió de Nazaret, ciudad de Galilea, y se dirigió a Belén de Judea, la ciudad de David, para inscribirse con María, su esposa, que estaba embarazada.
Mientras se encontraban en Belén, le llegó el tiempo de ser madre; y María dio a luz a su Hijo primogénito, lo envolvió en pañales y lo acostó en un pesebre, porque no había lugar para ellos en el albergue.
En esa región acampaban unos pastores, que vigilaban por turno sus rebaños durante la noche. De pronto, se les apareció el Ángel del Señor y la gloria del Señor los envolvió con su luz. Ellos sintieron un gran temor, pero el Ángel les dijo: «No teman, porque les traigo una buena noticia, una gran alegría para todo el pueblo: Hoy, en la ciudad de David, les ha nacido un Salvador, que es el Mesías, el Señor. Y esto les servirá de señal: encontrarán a un niño recién nacido envuelto en pañales y acostado en un pesebre.» Y junto con el Ángel, apareció de pronto una multitud del ejército celestial, que alababa a Dios, diciendo:
«¡Gloria a Dios en las alturas, y en la tierra, paz a los hombres amados por él!»

Palabra del Señor.

 

COLLATIONES

Hoy leemos en el Evangelio cómo ocurrió el nacimiento del Mesías. El emperador Augusto ordenó que se realizara un censo: “Y cada uno iba a inscribirse a su ciudad de origen”. Según San Gregorio Magno: “Aparecía en la carne el que inscribiría en la eternidad a sus elegidos”.

Hoy nos ha nacido un Salvador. Nació en Belén, “casa del pan”, que según San Elredo: “Es la santa Iglesia, en la cual se distribuye el cuerpo de Cristo, a saber, el pan verdadero. El pesebre de Belén se ha convertido en el altar de la Iglesia”.

“Y esto les servirá de señal: encontrarán a un niño recién nacido envuelto en pañales y acostado en un pesebre”. “La envoltura de los pañales es la cobertura de los sacramentos. En este pesebre y bajo las especies de pan y vino está el verdadero cuerpo y la sangre de Cristo. En este sacramento creemos que está el mismo Cristo; pero está envuelto en pañales, es decir, invisible bajo los signos sacramentales” (San Elredo). “…Nacido, es reclinado en el pesebre, para alimentar con el trigo de su carne a todos los fieles…” (San Gregorio Magno).

“María dio a luz a su Hijo primogénito, lo envolvió en pañales y lo acostó en un pesebre, porque no había lugar para ellos en el albergue”. La Sabiduría eterna del Padre se edificó un templo en el seno de la santísima Virgen María. No necesita albergue quien tiene un templo. “Cantad al Señor un cántico nuevo, porque ha hecho maravillas. Aquel que es el reflejo de la gloria del Padre e impronta de su ser ha querido asumir la naturaleza humana de la purísima virgen María” (San Teodoto de Ancira).

San Agustín nos exhorta hoy en su sermón: “Su madre lo llevó en el seno; llevémoslo nosotros en el corazón; la virgen quedó grávida por la encarnación de Cristo, estén grávidos nuestros corazones de la fe en Cristo; ella alumbró al salvador; alumbremos nosotros la alabanza. No seamos estériles; dejemos que nuestras almas las fecunde Dios”.

San Elredo de Rieval:

Hoy, en la ciudad de David, nos ha nacido un Salvador: El Mesías, el Señor. La ciudad de que aquí se habla es Belén, a la que debemos acudir corriendo, como lo hicieron los pastores, apenas oído este rumor. Así es como soléis cantar —en el himno de María, la Virgen—: «Cantaron gloria a Dios, corrieron a Belén». Y aquí tenéis la señal: encontraréis un niño envuelto en pañales y acostado en un pesebre.

Ved por qué os dije que debéis amar. Teméis al Señor de los ángeles, pero amadle chiquitín; teméis al Señor de la majestad, pero amadle envuelto en pañales; teméis al que reina en el cielo, pero amadle acostado en un pesebre. Y ¿cuál fue la señal que recibieron los pastores? Encontraréis un niño envuelto en pañales y acostado en un pesebre. Él es el Salvador, él es el Señor. Pero, ¿qué tiene de extraordinario ser envuelto en pañales y yacer en un establo? ¿No son también los demás niños envueltos en pañales? Entonces, ¿qué clase de señal es ésta? Una señal realmente grande, a condición de que sepamos comprenderla. Y la comprendemos si no nos limitamos a escuchar este mensaje de amor, sino que, además, albergamos en nuestro corazón aquella claridad que apareció junto con los ángeles. Y si el ángel se apareció envuelto en claridad, cuando por primera vez anunció este rumor, fue para enseñarnos que sólo escuchan de verdad, los que acogen en su alma la claridad espiritual.

Podríamos decir muchas cosas sobre esta señal, pero como el tiempo corre, insistiré brevemente en este tema. Belén, «casa del pan», es la santa Iglesia, en la cual se distribuye el cuerpo de Cristo, a saber, el pan verdadero. El pesebre de Belén se ha convertido en el altar de la Iglesia. En él se alimentan los animales de Cristo. De esta mesa se ha escrito: Preparas una mesa ante mí. En este pesebre está Jesús envuelto en pañales. La envoltura de los pañales es la cobertura de los sacramentos. En este pesebre y bajo las especies de pan y vino está el verdadero cuerpo y la sangre de Cristo. En este sacramento creemos que está el mismo Cristo; pero está envuelto en pañales, es decir, invisible bajo los signos sacramentales. No tenemos señal más grande y más evidente del nacimiento de Cristo como el hecho de que cada día sumimos en el altar santo su cuerpo y su sangre; como el comprobar que a diario se inmola por nosotros, el que por nosotros nació una vez de la Virgen.

Apresurémonos, hermanos, al pesebre del Señor; pero antes y en la medida de lo posible, preparémonos con su gracia para este encuentro de suerte que asociados a los ángeles, con corazón limpio, con una conciencia honrada y con una fe sentida, cantemos al Señor con toda nuestra vida y toda nuestra conducta: Gloria a Dios en el cielo, y en la tierra, paz a los hombres que Dios ama. Por el mismo Jesucristo, nuestro Señor, a quien sea el honor y la gloria por los siglos de los siglos. Amén.  (Sermón 1 de la Natividad del Señor. PL 195, 226-227)

 

San Gregorio Magno:

Pues bien, ¿qué significa el que, cuando ha de nacer el Señor, se hace la inscripción del mundo, sino esto que claramente resalta, a saber: que aparecía en la carne el que inscribiría en la eternidad a sus elegidos? En cambio, de los réprobos se dice por el profeta: Raídos sean del libro de los vivientes y no queden escritos en el libro de los justos.

También nace convenientemente en Belén, porque Belén significa casa del pan; y precisamente Él mismo es quien dice: Yo soy el pan vivo que he descendido del cielo. Por tanto, el lugar en que nace el Señor, ya antes fue llamado casa del pan, porque, en efecto, había de verificarse que quien saciaría interiormente a las almas aparecería allí en la sustancia de la carne.

Y no nace en la casa de sus padres, sino en el camino, para mostrar en realidad que nacía como de prestado en la humanidad suya que había tomado. De prestado, digo, o de ajeno, refiriéndome, no a su potestad, sino a la naturaleza; porque de su potestad está escrito: Vino a su propia casa; y por lo que hace a su naturaleza, en la suya nació antes de los tiempos, en la nuestra vino en el tiempo; por tanto, el que, permaneciendo eterno, apareció en el tiempo, es ajeno a donde descendió.

Y como por el profeta se dice: Toda carne es heno, hecho hombre, convirtió nuestro heno en grano el que dice de sí mismo: Si el grano de trigo, después de echado en la tierra, no muere, queda infecundo. De ahí el que, nacido, es reclinado en el pesebre, para alimentar con el trigo de su carne a todos los fieles, esto es, a los santos animales, para que no permanezcan ayunos del sustento de la sabiduría eterna.

¿Y qué significa el que aparece el ángel a los pastores que estaban en vela y el que los circunde de luz la claridad de Dios, sino que, con preferencia a los demás, merecen ver las cosas más altas los que saben presidir con solicitud a los rebaños fieles, y que, cuando ellos vigilan piadosos sobre la grey, brilla copiosa sobre ellos la luz de la divina gracia?

Pero el ángel anuncia al Rey nacido, y a su voz cantan acordes los coros de los ángeles y, mutuamente regocijados, claman: Gloria a Dios en lo más alto de los cielos y en la tierra paz a los hombres de buena voluntad; porque antes de que nuestro Redentor naciera en la carne, estábamos en desacuerdo con los ángeles, de cuya claridad y pureza distábamos mucho, por merecerlo así la primera culpa y nuestros diarios delitos; pues como pecando nos habíamos extrañado de Dios, los ángeles, ciudadanos de Dios, nos consideraban también como extraños a su compañía; pero, cuando ya reconocimos a nuestro Rey, los ángeles nos reconocieron como ciudadanos suyos, porque, habiendo tomado el Rey del cielo la tierra de nuestra carne, la celsitud angélica ya no desprecia nuestra pequeñez: los ángeles hacen las paces con nosotros; dejan a un lado los motivos de la antigua discordia y respetan ya como compañeros a los que antes, por enfermos y abyectos, habían despreciado.

He ahí por qué Lot y Josué adoran a los ángeles y, sin embargo, no se les prohíbe tal adoración; en cambio, Juan en el Apocalipsis quiso adorar al ángel, pero el ángel le manifestó que no debía adorarle, diciendo: Guárdate de hacerlo, que soy yo un consiervo tuyo y de tus hermanos.

¿Qué significa el que, antes del advenimiento del Redentor, los hombres adoran a los ángeles y éstos callan, pero después lo rehúsan, sino que, después que ven levantada por encima de ellos nuestra naturaleza, que antes habían menospreciado, temen verla postrada ante ellos? Y ya no se han atrevido a despreciar por más débil que la suya a la que en el Rey del cielo veneran por superior en realidad a la suya; ni se desdeñan de tener por socio al hombre ellos, que adoran al Hombre Dios por superior a ellos.

Por consiguiente, hermanos carísimos, cuidemos que no nos mancille inmundicia alguna, puesto que en la eterna presciencia somos ciudadanos de Dios e iguales a los ángeles. Recabemos nuestra dignidad con las costumbres; no nos manche la lujuria, ningún pensamiento torpe nos acuse, no nos remuerda de maldad la conciencia, no nos consuma el rescoldo de la envidia, no nos hinche la soberbia, no nos devore la ambición por los deleites terrenos, no nos abrase la ira. Dioses se ha llamado a los hombres. Pues defiende en ti, ¡oh hombre!, contra los vicios el honor de Dios, ya que por ti se ha hecho hombre Dios, el cual vive y reina por los siglos de los siglos. Amén. (Homilías sobre los Evangelios. En la Natividad del Señor: 1, 8; BAC 170, 564-566)

 

San Teodoto de Ancira:

Cuando el Rey de la gloria nació según la carne, los habitantes del cielo y los de la tierra se estrecharon en un maravilloso abrazo. Los ángeles, dirigiendo desde lo alto su mirada sobre la tierra, vieron la constelación que avanzaba de Jacob, y los magos, mirando hacia arriba, distinguieron la estrella que brillaba sobre Belén. Los magos encontraron en la gruta igual número de dones espirituales que los dones visibles que donaron, como representando la unidad del Dios trino. Cantemos también nosotros con ellos, de un modo digno, nuestras propias alabanzas: Gloria a Dios en el cielo, y en la tierra, paz a los hombres que Dios ama.

Cantad al Señor un cántico nuevo, porque ha hecho maravillas. Aquel que es el reflejo de la gloria del Padre e impronta de su ser ha querido asumir la naturaleza humana de la purísima virgen María. Aquel que subsiste en la misma naturaleza divina del Padre se ha dignado hacerse semejante a nosotros en nuestra pobreza; engendrado antes de la aurora, al final de los tiempos quiso tener una madre. La Sabiduría eterna del Padre se edificó un templo, no construido por hombres, en el seno de la santísima Virgen, y acampó entre nosotros, porque, como está escrito: Dios no habita en templos construidos por hombres. Vino para ser como uno de nosotros, él que no abandona el seno del Padre y es glorificado por encima de los tronos de los querubines. Sólo él, con el Espíritu Santo, conoce al Padre; y él es únicamente conocido por el Padre y el Espíritu Santo; y, sentado sobre un trono igual, tiene idéntico poder real, goza de la misma inmensa gloria en su única naturaleza, y en toda la creación se encuentra muy por encima de todo lo creado. Siendo Rey de reyes y Señor de señores, ha venido a sus siervos; y no hay proporción entre la culpa y el don, sino que éste desborda sobremanera a la malicia, trayendo la felicidad a la humanidad desgraciada, y repartiendo, con largueza, a los culpables dones inestimables.

Él es el Fuerte que, sometido a nuestra debilidad, la hace surgir más fuerte que la muerte, y, tomando sobre sí la naturaleza humana caída y vencida por la culpa y la corrupción, le otorga nuevas energías con que superar toda clase de males.

Llevó sobre sí la imagen de Adán culpable, y así nos libró del pecado. En suma, con su divino anonadamiento rescató a los pecadores de todos sus delitos. Y así como reinó el pecado causando la muerte, así también reina la gracia causando la salvación y la vida eterna. (Sermones. Ed. M. Jugie: PO 19, 1926, 331-333)

San Agustín:

Aquel Día, es decir, la Palabra de Dios, Día que alumbra a los ángeles, Día que resplandece en aquella patria adonde peregrinamos, se revistió de carne y nació de la virgen María. Su nacimiento produce asombro. ¿Hay algo más asombroso que el parto de una virgen? Concibe, y es virgen; da a luz, y sigue siendo virgen. Fue hecho de aquella a la que él hizo; él le aportó la fecundidad sin dañar su integridad. ¿De dónde procede María? De Adán. Y Adán, ¿de dónde procede? De la tierra. Si Adán procede de la tierra y María de Adán, también María es tierra. Si María es tierra, reconozcamos lo que cantamos: La Verdad ha brotado de la tierra. ¿Qué beneficio nos ha aportado? La Verdad ha brotado de la tierra y la Justicia ha mirado desde el cielo. Pues los judíos, según dice el Apóstol, ignorando la justicia de Dios y queriendo establecer la suya propia, no se sometieron a la justicia de Dios. ¿De dónde le viene al hombre el poder ser justo? ¿De sí mismo? ¿Qué pobre se da a sí mismo el pan? ¿Qué desnudo se viste, si no recibe un vestido? No poseíamos justicia alguna; aquí no había más que pecados. ¿De dónde procede la justicia? ¿Qué justicia hay sin fe? Pues el justo vive de la fe. Quien dice que es justo sin tener fe, miente. ¿Cómo no es mentiroso aquel en quien no hay fe? Si quiere decir verdad, conviértase a la verdad. Pero estaba lejos. La Verdad ha brotado de la tierra. Estabas dormido y vino hasta ti; roncabas, y te despertó; te hizo un camino a través de sí para no perderte. Así, pues, como la Verdad ha brotado de la tierra, nuestro Señor Jesucristo nació de una virgen; la Justicia ha mirado desde el cielo para que los hombres tuvieran justicia, no propia, sino de Dios.

¡Qué condescendencia la suya! ¡Cuán airado estaba antes! ¿Por qué? Éramos mortales, nos oprimían nuestros pecados, cargábamos con nuestros castigos. Todo hombre comienza su vida en la miseria; ya desde su nacimiento. No creas que hago profecías; pregunta a quien acaba de nacer y observa cómo llora. Siendo tan grande la ira de Dios sobre la tierra, ¡cuál y cuán rápida fue su condescendencia! La Verdad ha surgido de la tierra. Creó todas las cosas, y entre ellas fue creado él; hizo el día, y vino al día; existía antes del tiempo y marcó los tiempos. Cristo el Señor existe sin comienzo y por siempre junto al Padre. Pregunta, no obstante: -¿Qué es el día de hoy? -Es el día del nacimiento. -¿De quién? – Del Señor. -¿Tiene él día de nacimiento? -Lo tiene. -La Palabra que existía en el principio, Dios junto a Dios, ¿tiene día de nacimiento? -Sí, lo tiene. -Si él no hubiera tenido generación humana, no llegaríamos nosotros a la regeneración divina: nació para que renaciéramos. Nadie dude de este renacer: Cristo ha nacido; fue engendrado, pero no ha de ser regenerado. ¿Quién necesitaba la regeneración sino aquel cuya generación estaba condenada? Hágase presente en nuestros corazones su misericordia. Su madre lo llevó en el seno; llevémoslo nosotros en el corazón; la virgen quedó grávida por la encarnación de Cristo, estén grávidos nuestros corazones de la fe en Cristo; ella alumbró al salvador; alumbremos nosotros la alabanza. No seamos estériles; dejemos que nuestras almas las fecunde Dios. (Sermón 189, 2-3)

 

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