3 de enero de 2016. Domingo 2º después de Navidad

3 de enero de 2016

Domingo 2º después de Navidad

Primera lectura

Lectura del libro del Eclesiástico (24,1-2.8-12):

 

La sabiduría se alaba a sí misma, se gloría en medio de su pueblo, abre la boca en la asamblea del Altísimo y se gloría delante de sus Potestades. En medio de su pueblo será ensalzada, y admirada en la congregación plena de los santos; recibirá alabanzas de la muchedumbre de los escogidos y será bendita entre los benditos. El Creador del universo me ordenó, el Creador estableció mi morada: «Habita en Jacob, sea Israel tu heredad.» Desde el principio, antes de los siglos, me creó, y no cesaré jamás. En la santa morada, en su presencia, ofrecí culto y en Sión me establecí; en la ciudad escogida me hizo descansar, en Jerusalén reside mi poder. Eché raíces entre un pueblo glorioso, en la porción del Señor, en su heredad, y resido en la congregación plena de los santos.
Palabra de Dios

 

Salmo

Sal 147, 12-15.19-20


R/.
 La Palabra se hizo carne y acampó entre nosotros

Glorifica al Señor, Jerusalén;
alaba a tu Dios, Sión:
que ha reforzado los cerrojos de tus puertas,
y ha bendecido a tus hijos dentro de ti. R/.

Ha puesto paz en tus fronteras,
te sacia con flor de harina.
Él envía su mensaje a la tierra,
y su palabra corre veloz. R/.

Anuncia su palabra a Jacob,
sus decretos y mandatos a Israel;
con ninguna nación obró así,
ni les dio a conocer sus mandatos. R/.

Segunda lectura

Lectura de la carta del apóstol san Pablo a los Efesios (1,3-6.15-18):

Bendito sea Dios, Padre de nuestro Señor Jesucristo, que nos ha bendecido en la persona de Cristo con toda clase de bienes espirituales y celestiales. Él nos eligió en la persona de Cristo, antes de crear el mundo, para que fuésemos santos e irreprochables ante él por el amor. Él nos ha destinado en la persona de Cristo, por pura iniciativa suya, a ser sus hijos, para que la gloria de su gracia, que tan generosamente nos ha concedido en su querido Hijo, redunde en alabanza suya. Por eso yo, que he oído hablar de vuestra fe en el Señor Jesús y de vuestro amor a todos los santos, no ceso de dar gracias por vosotros, recordándoos en mi oración, a fin de que el Dios de nuestro Señor Jesucristo, el Padre de la gloria, os dé espíritu de sabiduría y revelación para conocerlo. Ilumine los ojos de vuestro corazón, para que comprendáis cuál es la esperanza a la que os llama, cuál la riqueza de gloria que da en herencia a los santos.
Palabra de Dios

 

Evangelio

Lectura del santo evangelio según san Juan (1,1-18):

En el principio ya existía la Palabra, y la Palabra estaba junto a Dios, y la Palabra era Dios. La Palabra en el principio estaba junto a Dios. Por medio de la Palabra se hizo todo, y sin ella no se hizo nada de lo que se ha hecho. En la Palabra había vida, y la vida era la luz de los hombres. La luz brilla en la tiniebla, y la tiniebla no la recibió. Surgió un hombre enviado por Dios, que se llamaba Juan: éste venía como testigo, para dar testimonio de la luz, para que por él todos vinieran a la fe. No era él la luz, sino testigo de la luz. La Palabra era la luz verdadera, que alumbra a todo hombre. Al mundo vino, y en el mundo estaba; el mundo se hizo por medio de ella, y el mundo no la conoció. Vino a su casa, y los suyos no la recibieron. Pero a cuantos la recibieron, les da poder para ser hijos de Dios, si creen en su nombre. Éstos no han nacido de sangre, ni de amor carnal, ni de amor humano, sino de Dios. Y la Palabra se hizo carne y acampó entre nosotros, y hemos contemplado su gloria: gloria propia del Hijo único del Padre, lleno de gracia y de verdad. 
Juan da testimonio de él y grita diciendo: «Este es de quien dije: “El que viene detrás de mí pasa delante de mí, porque existía antes que yo.”» 
Pues de su plenitud todos hemos recibido, gracia tras gracia. Porque la ley se dio por medio de Moisés, la gracia y la verdad vinieron por medio de Jesucristo. A Dios nadie lo ha visto jamás: Dios Hijo único, que está en el seno del Padre, es quien lo ha dado a conocer. 
Palabra del Señor

COLLATIONES

San Agustín nos explica cómo puede ser que Moisés diga en el Génesis: “En el principio hizo Dios el cielo y la tierra, pero no menciona al Hijo por quien se hicieron todas las cosas, mientras que Juan dice: En el principio era la Palabra, y la Palabra estaba en Dios y la Palabra era Dios. Esta estaba en el principio en Dios. Todo fue hecho por ella, y sin ella nada se hizo. Y la razón que San Agustín nos da, es que “el Hijo de Dios es el Principio mismo en que Dios hizo el cielo y la tierra”. Jesús es a la vez la Palabra creadora y la Palabra encarnada.

“La Palabra tendió una mano a los hijos de Abrahán, como afirma el Apóstol, y por eso tenía que parecerse en todo a sus hermanos y asumir un cuerpo semejante al nuestro” (San Atanasio). “¡Trueque admirable! Él se hace carne y éstos se hacen espíritu” (San Agustín). Y aquí viene el mensaje para nosotros: “Vino a su casa, y los suyos no la recibieron. Pero a cuantos la recibieron, les da poder para ser hijos de Dios, si creen en su nombre”. Nos explica San Agustín que los hijos de Dios nacemos de Dios y de la Iglesia. Y que Cristo vino para redimir a los que estaban bajo ley, para que ya no estemos bajo ley, sino bajo gracia. “Pues de su plenitud todos hemos recibido, gracia tras gracia”. “¿Qué gracia recibimos primero? La fe. Quienes andamos en la fe andamos en la gracia”.

 

San Bernardo:

Las santas Escrituras nos dicen que Cristo procede del Padre, está en el Padre y con el Padre; que actúa por el Padre y para el Padre, y que también es inferior al Padre. Procede del Padre, por su inefable nacimiento; está en el Padre, por su unión consustancial, y con el Padre por su idéntica majestad. Todo esto es eterno. Ahora bien, si nace del Padre, ¿qué implica estar en el Padre o con el Padre? Podríamos decir que reposa en el Padre y se sienta con el Padre. Y voy a explicaros este reposar y compartir el trono. Estar sentado es sino de majestad; y compartir la sede indica poseer idéntica dignidad; particularmente cuando se dice que está sentado a la derecha del Padre, y no a sus pies ni detrás de él. 

Por otra parte, si el que está sentado descansa, mucho más el que está recostado. ¿Y qué es más agradable y dulce al Hijo: estar con el Padre o gobernar con él todas las cosas? ¿A cuál de estas dos actividades se debe esa paz infinita de Dios, que supera todo razonar? ¿De cuál modo podemos afirmar con más propiedad que es la fuente incomparable de descanso para Dios? Las palabras se sienten impotentes de expresarlo, pero el corazón sí puede, intuirlo. Y dejando intacta la unidad indivisible de la esencia, podemos tal vez hacer alguna distinción entre la igualdad de su gloria y su unidad sustancial, la misma que puede existir entre reposar y sentarse junto al Padre.

 

La esposa no se contenta con verle sentado: quiere que repose junto a ella. Avísame, dice, amor de mi alma, dónde sesteas al mediodía. Y a cualquier alma, con auténtico paladar espiritual, le gusta mucho más esto que dice el Apóstol: El que se apega a Dios se hace un espíritu con él, que aquello otro que escucharon los apóstoles: Cuando el rey se siente en el trono de su gloria, también vosotros os sentaréis para juzgar. Sí, estar acostados es mucho más placentero que estar sentados. 

El Hijo nos dice que Yo estoy en el Padre y el Padre está en mí. Imposible expresar con más claridad su unidad sustancial. Si cada uno está en el otro, es imposible imaginar algo distinto fuera o dentro de ellos: tenemos que aceptar la más absoluta unidad sustancial entre ambos. Algo semejante nos quiere decir aquella otra frase: Quien permanece en el amor permanece en Dios y Dios con él. Aquí se trata más bien de una unión espiritual-lo mismo que en el texto antes citado: el que se apega a Dios se hace un espíritu con él-, y no de una misma cosa o una misma sustancia. Allí, en cambio, se expresa claramente la unidad natural y sustancial. Por eso leemos en el Evangelio: El Padre y yo somos uno.

Siguiendo, pues, con la metáfora, aquello es algo así como la alcoba del Unigénito, el reposo más exquisito del Señor. Y si nosotros fomentamos la unión de voluntades y la adhesión del espíritu, fruto de la caridad, también compartirá con nosotros el Primogénito la intimidad de su alcoba y su descanso.

 

Cuando se dice que es enviado por el Padre, lo vemos como un peregrino, y pensamos en su adviento, que con su gracia lo celebraremos muy en breve. Él nos ha dicho: Viene de parte de Dios y estoy aquí. Apareció en el mundo y vivió entre los hombres; estuvo entre nosotros y no lo conocimos; fue el verdadero Emmanuel, o Dios con nosotros y uno de nosotros. Pero vivía para el Padre, cumpliendo su voluntad. Míralo colgado de la cruz, contempla a Cristo crucificado y qué sumisión tan profunda la suya hacia el Padre. Con esto manifestó de una manera evidente y clarísima la humildad de su naturaleza humana, como él mismo dijo: El Padre es mayor que yo.
¿Y nos atreveremos a afirmar que vivió un solo momento sin su Padre? Lejos de nosotros cosa semejante. Pero fue él mismo quien exclamó: Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado? Allí todo hablaba de un abandono absoluto: la necesidad era extrema y no aparecían los signos de poder, ni las huellas de la majestad. 

Ahí tenemos a Jesucristo: nace del Padre, reposa en el Padre, está sentado junto al Padre, actúa por el Padre y vive para el Padre; está colgado por sumisión al Padre y, en cierto modo, muere abandonado de su Padre. ¿Cómo le vio Isaías cuando exclamó: Vi al Señor sentado sobre un trono alto y excelso? ¿Y cómo le contemplaba cuando sollozaba: Lo vimos totalmente desfigurado y abatido, y lo estimamos leproso, herido de Dios y humillado? En ambos casos ve a la misma persona, pero no la ve del mismo modo; casi diríamos que ve a otra persona distinta. Allí lo contempla amoratado de heridas, saciado de oprobios, agotado por los tormentos y colmado de insultos. Lo ve despreciable, colgado de un madero, agonizando por nosotros y exclama: Fue triturado por nuestros crímenes, y sus cicatrices nos curaron. Allí está el despreciado y evitado de los hombres. Aquí, en cambio, llena el mundo entero con su gloria. Allí el hombre de dolores acostumbrado al sufrimiento, aquí el Señor en su trono.
En aquello que vieron muchos se usa un verbo en plural; esto otro es totalmente exclusivo y sublime. Allí habla en nombre de la multitud y dice: Vimos. Aquí está totalmente aislado y solitario, y exclama transportado en éxtasis: Vi al Señor sentado, etc. Al que ve sentado le da, con toda justicia, el título de Señor. Estar sentado pertenece al que preside, al que domina y reina. Y estar sentado sobre un trono es la cumbre del señorío. Porque a veces decimos solamente sentarse, como sinónimo de humillación. En fin, el que disfruta en el seno del Padre, se siente como Señor con el Padre. Allí es el esposo amable, aquí el Señor admirable. Dios es glorioso en su santuario y resplandeciente por su majestad. 

Volvamos al Profeta: Vi al Señor sentado sobre un trono alto y excelso; la tierra estaba llena de su gloria, y lo que estaba debajo de él llenaba el templo. ¿Qué había debajo de él? ¿El trono? Aunque era alto y excelso, estaba debajo de él. Porque si él está sentado en un trono, éste está debajo de él. ¿Y es posible que ese trono llenara el templo? Si la tierra ya estaba llena de su gloria, ¿cómo llenaba el templo? Ten en cuenta que aquí no se refiere a un edificio material, sino a una criatura angélica. Si el alma del justo es sede de la sabiduría, ¿cuánto más los ángeles santos? Este es el trono de su gloria: sublime por su naturaleza, y mucho más encumbrado aún por la gracia. Su condición natural los hizo maravillosos, y los elevó aún más la gracia de la confirmación, de la cual se dice: Con la palabra del Señor se reafirman los cielos.
Así, pues, estos ejércitos de ángeles, en los que Dios se sienta y que están debajo de él, llenan el templo; lo cual no impide que la tierra esté llena de su gloria. Su reino, su imperio y su gloria lo abarcan todo; pero no así su gracia. Su voluntad buena, agradable y perfecta no es tan aceptada por todos como su poder. Por eso decimos: Hágase tu voluntad en la tierra como en el cielo. Su voluntad se cumple sobre todas las cosas, y por todas; pero no en todas. Se cumple la voluntad de Dios en los espíritus bienaventurados, cuando su voluntad se identifica con la suya. Esta unión espiritual culmina en un solo espíritu; recordad un ejemplo: La multitud de los creyentes no tenía sino un solo corazón y una sola alma.

Todo cuanto estaba debajo de él llenaba el templo. Lo llenaba con toda clase de bendición espiritual y consuelos divino, con inmensa variedad de gracia y frutos de santidad, porque tu casa exige santidad. Lo llenaba con múltiples carismas; con el espíritu de sabiduría y entendimiento, de consejo y de fortaleza, de ciencia y de piedad; y con el espíritu del temor del Señor. 
(La visión de Isaías: sermón quinto, primer domingo de noviembre 1-5)

 

 

San Agustín:

Moisés dice: En el principio hizo Dios el cielo y la tierra, pero no menciona al Hijo por quien se hicieron todas las cosas, mientras que Juan dice: En el principio era la Palabra, y la Palabra estaba en Dios y la Palabra era Dios. Esta estaba en el principio en Dios. Todo fue hecho por ella, y sin ella nada se hizo. ¿Hay aquí contradicción o son más bien ellos los que se llevan la contraria a sí mismos cuando prefieren censurar lo que en su ceguera no entienden antes que investigarlo con piedad? ¿Qué han de decir cuando les responda que el Hijo de Dios es el Principio mismo en que Dios hizo el cielo y la tierra, según el Génesis? ¿Acaso me será imposible probarlo, dado que sé que tengo a mi disposición testimonios del Nuevo Testamento al que, quieran o no, se someten, una vez quebrantada la cerviz de su orgullo? Así dijo el Señor a los incrédulos judíos: Si creyerais a Moisés, me creeríais también a mí, pues él de mí escribió. ¿Cómo no voy a entender que el Señor mismo es el Principio en que Dios Padre hizo el cielo y la tierra? En efecto, que En el Principio hizo Dios el cielo y la tierra lo escribió ciertamente Moisés, y que él escribió del Señor lo avalan las palabras del Señor mismo. ¿O acaso no es también él principio? Tampoco será razonable dudar de ello, habiendo hablado el evangelio. Una vez que los judíos preguntaron al Señor quién era, les respondió: El Principio, pues también os estoy hablando. He ahí el principio en que hizo Dios el cielo y la tierra. Así, pues, Dios hizo el cielo y la tierra en el Hijo, por quien se hicieron todas las cosas y sin el cual nada se hizo. Concordando, por lo tanto, el Evangelio con el Génesis, retengamos la herencia según el consenso de ambos Testamentos y dejemos esas acusaciones falsas y pendencieras a los desheredados herejes.

No debe turbar a vuestra prudencia el que Juan no haya dicho: «Todo fue hecho en él», sino Todo fue hecho por él. No leamos en el Génesis: «Por el principio hizo Dios el cielo y la tierra», sino En el principio hizo Dios el cielo y la tierra. Porque dice el Apóstol: Para mostrarnos el misterio de su voluntad según su buen designio que se propuso en él al planificar la plenitud de los tiempos: instaurar en Cristo cuanto hay en el cielo, y lo que hay en la tierra en él. Y así, como aquí oyes que dice en él para entender también por él, de igual manera en lo que dice Juan: Todo fue hecho por él también te ves forzado a entender en él. Y como aquí, cuando leo por él, no dejo de entender que todo fue hecho en él, de igual manera, ¿quién me prohibirá entender también por él, cuando lea en el Génesis que el cielo y la tierra fueros hechos en él? A no ser que los maniqueos dejen de lado el litigio referido a dos testamentos para plantearlo entre los beatísimos testigos del Nuevo Testamento, esto es, entre Pablo y Juan porque uno dice en él y otro por él. Pero nosotros, que no creemos que Pablo y Juan se opongan entre sí, los forzamos a confesar idéntico acuerdo entre Moisés y Pablo.

Y como estos dos van de acuerdo entre sí, también Juan va de acuerdo con ellos, porque dijo por él de tal manera que no impide entender en él. Todos los divinos escritos están en paz entre sí. Suele acontecer que, cuando en la oscuridad de la noche vemos pasar las nubes, su opacidad perturba nuestra vista de manera que parece que las estrellas corren en dirección contraria a nosotros; de igual manera a estos herejes, al no hallar paz en la nube de su error, les parece que son más bien las divinas escrituras las que están en pugna consigo mismas.

Quizá repliquen que En el principio hizo Dios el cielo y la tierra no se dijo en referencia a la Palabra de Dios. Admitamos que el texto En el principio hizo Dios el cielo y la tierra no hay que entenderlo del principio que es el Hijo único de Dios sino del principio del tiempo. No porque ya existiese el tiempo antes de existir criatura alguna -pues nadie dirá que el tiempo es coeterno con Dios, creador de los tiempos- sino en el sentido de que el tiempo comenzó a existir junto con el cielo y la tierra. Por tanto, si alguien lo entiende así -admitiendo la distancia entre la criatura y el creador, para no afirmar que lo hecho es coeterno con Dios que lo hizo- sin duda saldrá a la luz el número plural de personas al menos allí donde se dijo: Hagamos al hombre a nuestra imagen y semejanza, e Hizo Dios al hombre a imagen de Dios. Aunque, incluso si no se manifestase, la Trinidad se insinuaría a los capacitados que lo entenderían bajo la mención de la unidad. De igual manera a los inteligentes no les debió parecer que el comienzo del evangelio se oponga al comienzo del Génesis; sólo los no instruidos pudieron tener esa opinión. (SERMÓN 1, Concordancia entre Gn 1,1 y Jn 1,1, contra los maniqueos 2-5)

El mundo fue hecho por el Señor, y el mundo no le conoció. ¿Qué mundo fue hecho por él? ¿qué mundo no le conoció? El mundo, desde luego, que no le conoció no es el mundo hecho por él. ¿Qué mundo fue hecho por él? El cielo y la tierra. ¿Cómo no le conoció el cielo, si en su pasión se oscureció el sol? ¿Cómo no le conoció la tierra si tembló cuando él pendía de la cruz? Pero el mundo no le conoció: el mundo que tiene por príncipe a aquel de quien se dijo: Ved que viene el príncipe de este mundo, pero en mí no halló nada. Se llama mundo a los hombres malos, a los hombres incrédulos. Recibieron ese nombre de lo que aman. Amando a Dios, nos hacemos dioses; luego amando al mundo, se nos llama mundo. Pero Dios estaba en Cristo, reconciliando el mundo consigo. El mundo, pues, no le conoció; mas ¿no le conoció nadie?

Vino a su casa, y los suyos no le recibieron. Todo es suyo, pero se llama «su casa» al pueblo del que procedía su madre, del que había tomado carne; a aquellos a los que había mandado delante de sí pregoneros de su llegada, a los que había dado la ley, a los que había rescatado de la esclavitud de Egipto, y a cuyo padre, Abrahán, había elegido. Pues dijo con toda verdad: Antes de que Abrahán existiera, yo soy. Y no dijo: «Yo fui creado antes de que existiera Abrahán», o «antes de que fuera creado Abrahán», porque la Palabra existía en el principio, sin haber sido creada. Así, pues, vino a su casa, es decir, a los judíos, y los suyos no le recibieron.

Mas a cuantos le recibieron… De allí, en efecto, eran los apóstoles, que sí le recibieron; de allí, los que llevaban ramos delante de su cabalgadura. Le precedían o le seguían, alfombrando el suelo con sus ropas, y gritaban con gran voz ¡Hosanna al Hijo de David! ¡Bendito el que viene en el nombre del Señor! Entonces le dijeron los fariseos: Haz callar a los niños; que no te digan tales cosas. Pero él les replicó: Si callan estos, gritarán las piedras. Nos estaba viendo a nosotros cuando decía esto último: Si callan estos, gritarán las piedras. ¿Quiénes son esas piedras sino los que daban culto a las piedras? Si callan los niños judíos, gritarán los gentiles, grandes y pequeños…Dios tiene poder para hacer de estas piedras mismas hijos de Abrahán…Mas a vosotros os ha llegado la gracia: y a cuantos le recibieron les dio poder llegar a ser hijos de Dios. Ahí tenéis a los recién nacidos: Les dio poder llegar a ser hijos de Dios. ¿A quiénes se lo dio? A los que creen en su nombre.

Y ¿cómo llegan a ser hijos de Dios? Los cuales no nacieron de sangres, ni de deseo de la carne, ni de deseo de varón, sino de Dios. Recibido el poder llegar a ser hijos de Dios, nacieron de Dios…Han nacido de Dios. El primer nacimiento proviene de varón y hembra; el segundo, de Dios y de la Iglesia.

Ved que han nacido de Dios. ¿A qué se debió que nacieran de Dios quienes antes habían nacido de los hombres? ¿A qué de debió? Y la Palabra se hizo carne para habitar entre nosotros. ¡Trueque admirable! Él se hace carne y éstos se hacen espíritu. ¿Qué significa esto? ¡Qué condescendencia, hermanos míos! Levantad el ánimo a esperar y recibir cosas mejores. No os entreguéis a las apetencias mundanas. Fuisteis comprados a un precio; por vosotros se hizo carne la Palabra; por vosotros se hizo hijo del hombre quien era Hijo de Dios para que los que erais hijos del hombre fuerais hechos hijos de Dios…Llegó, pues a ser lo que no era, sin dejar de ser lo que era. Se hizo hijo del hombre, pero no dejó de ser Hijo de Dios. Por eso es el Mediador que está en el medio. ¿Qué significa «en el medio»? Ni arriba ni abajo. ¿Cómo ni arriba ni abajo? Ni arriba, por ser carne, ni abajo, por no ser pecador. Efectivamente, no vino a nosotros abandonando al Padre. Se alejó de nosotros, pero no nos abandonó; volverá a nosotros, pero no abandonará al Padre. (SERMÓN 121, La Palabra creadora y encarnada, Jn 1,10-14)

 

Somos hombres cristianos, de lo cual no creo que haya que persuadir largo tiempo a Vuestra Caridad; y, si cristianos, pertenecientes a Cristo, según indica, sí, el nombre mismo. Llevamos en la frente su señal y de ella no nos ruborizamos si la llevamos también en el corazón. Esta señal es su humildad. Los magos lo conocieron mediante una estrella, y esta señal celeste y preclara venía del Señor. Quiso que en la frente de los fieles su señal fuese no una estrella, sino su cruz. Por ser humillado, fue glorificado. Levantó a los humildes de donde él descendió humillándose. Nosotros pertenecemos al Evangelio, pertenecemos al Nuevo Testamento. La Ley se dio mediante Moisés, pero la gracia y la verdad acontecieron mediante Jesucristo.

Preguntemos al Apóstol y nos dirá que no estamos bajo ley, sino bajo graciaEnvió, pues, Dios a su Hijo, hecho de mujer, hecho bajo ley, para redimir a los que estaban bajo ley, para que recibiéramos la adopción de hijos. He aquí que Cristo vino para redimir a los que estaban bajo ley, para que ya no estemos bajo ley, sino bajo gracia. ¿Quién, pues, dio la Ley? Dio la Ley el mismo que dio la gracia; pero envió la Ley mediante un siervo, con la gracia descendió él en persona. ¿Y por qué los hombres estaban bajo el peso de la Ley? Por no cumplirla. En efecto, quien cumple la Ley está no bajo la ley, sino con la Ley; a quien, en cambio, está bajo la Ley, la Ley no lo levanta, sino que lo oprime…

En el principio existía la Palabra. ¿En qué principio? La Palabra estaba con Dios. ¿Qué clase de Palabra? Y la Palabra era Dios. ¿Acaso esta Palabra ha sido quizá hecha por Dios? No, pues Ésta estaba en el principio con Dios. ¿Qué, pues? ¿Las otras cosas que ha hecho Dios no son similares a la Palabra? No, porque Todo se hizo mediante ella, y sin ella nada se hizo. ¿Cómo se hizo todo mediante ella? Porque lo que se hizo, era vida en ella y antes de ser hecho era vida. Lo que ha sido hecho no es vida; pero en el ingenio artístico, esto es, en la Sabiduría de Dios, era vida antes de ser hecho. Lo que ha sido hecho, pasa; lo que existe en la Sabiduría, no puede pasar. En ella, pues, era vida lo que se hizo. ¿Y qué clase de vida? Porque el alma también es la vida del cuerpo: nuestro cuerpo tiene su vida y, cuando la pierde, es la muerte del cuerpo. ¿Era, pues, de esta clase aquella vida? No, sino que la vida era la luz de los hombres. ¿Acaso la luz de los ganados? Porque esta luz es tanto de los hombres como de los ganados. Hay cierta luz de los hombres. Veamos en qué distan de los ganados los hombres, y entonces entenderemos qué es la luz de los hombres. No distas del ganado sino por la inteligencia: no te enorgullezcas de otras diferencias. ¿Presumes de fuerzas?; te vencen las bestias. ¿De velocidad presumes?; te vencen las moscas. ¿Presumes de belleza?; ¡cuánta belleza hay en las plumas del pavo real! ¿A qué se debe, pues, que seas mejor? A la imagen de Dios. ¿Dónde está la imagen de Dios? En la mente, en la inteligencia. Si, pues, eres mejor que el ganado, precisamente porque tienes mente con la que en tiendas lo que el ganado no puede entender, y, por otra parte, eres hombre por ser más perfecto que el ganado, la luz de los hombres es la luz de las mentes. La luz de las mentes está sobre las mentes y excede a todas las mentes. Esto era aquella vida mediante la que todo se hizo.

¿Dónde estaba? ¿Estaba con el Padre y aquí no estaba? O, lo que es totalmente verdadero, ¿estaba con el Padre y aquí estaba? Si, pues, estaba aquí, ¿por qué se veía? Porque la luz brilla en las tinieblas, y las tinieblas no la comprendieron. Oh hombres, no seáis tinieblas, no seáis infieles, injustos, inicuos, ladrones, avaros, amantes del mundo: éstas son las tinieblas. La luz no está ausente, pero vosotros estáis ausentes de la luz. Un ciego, al sol, tiene presente al sol, pero él mismo está ausente del sol. No seáis, pues, tinieblas. Efectivamente, la gracia de que voy a hablaros es quizá ésta: que no seamos ya tinieblas y el Apóstol nos diga: «Pues otrora fuisteis tinieblas; ahora, en cambio, sois luz en el Señor. Porque, pues, la luz de los hombres, esto es, la luz de las mentes, no se veía, era necesario que de la luz diera testimonio un hombre no tenebroso, sino ya iluminado. Sin embargo, no por estar iluminado era por eso la luz misma, sino para dar testimonio de la luz. Porque él no era la luz. ¿Y cuál era la luz? Era la luz verdadera que ilumina a todo hombre que viene a este mundo. ¿Y dónde estaba ésa? Estaba en este mundo ¿Y cómo estaba en este mundo? ¿Acaso como esta luz del sol, de la luna, de las antorchas, así está también en el mundo esa luz? No, porque el mundo se hizo mediante él, y el mundo no lo conoció; esto es: La luz brilla en las tinieblas, y las tinieblas no la comprendieronEl mundo es, en efecto, las tinieblas, porque el mundo son los amantes del mundo. Por cierto, ¿acaso la criatura no ha reconocido a su Creador? El cielo ha dado testimonio mediante la estrella; ha dado testimonio el mar, transportó al Señor que caminaba; han dado testimonio los vientos, se calmaron a su mandato; ha dado testimonio la tierra, se estremeció, crucificado él. Si todos estos elementos han dado testimonio, ¿cómo el mundo no lo conoció, sino porque el mundo son los amantes del mundo, que con el corazón habitan el mundo? Y es malo el mundo, porque son malos los habitantes del mundo, como mala es una casa: no las paredes, sino quienes viven dentro.

Vino a lo propio, esto es, a lo suyo, y los suyos no le recibieron. Pero queda una esperanza, sí, y es que a cuantos le recibieron les dio la potestad de ser hechos hijos de Dios. Si son hechos hijos, nacen; si nacen, ¿cómo nacen? No de la carne, no de las sangres ni de voluntad de la carne ni de voluntad de varón, sino que nacieron de Dios. Alégrense de haber nacido de Dios; presuman de pertenecer a Dios; tomen la prueba de que han nacido de Dios: Y la Palabra se hizo carne y habitó entre nosotros. Si la Palabra no se ruborizó de nacer de hombre, ¿ruborizarán los hombres de nacer de Dios? Ahora bien, porque hizo esto, curó; porque curó, vemos. En efecto, esta Palabra que se hizo carne y habitó entre nosotros, se hizo nuestra medicina para que, porque la tierra nos cegaba, fuésemos sanados gracias a la tierra y, sanados, viéramos ¿qué? Responde: Y vimos su gloriagloria como de Hijo único nacido del Padre, lleno de gracia y de verdad.

Juan da testimonio de ése mismo y clama, diciendo: Éste es de quien dije: El que viene detrás de mí ha sido hecho antes de míViene detrás de mí, pero me precedió. ¿Qué significa ha sido hecho delante de mí? Me precedió. No que haya sido hecho antes que yo fuese hecho, sino que ha sido antepuesto a mí. Esto significa «Ha sido hecho antes de mí». ¿Por qué ha sido hecho antes de ti, si ha venido después de ti? Porque estaba primero que yo. ¿Antes que tú, Juan? ¿Qué hay de extraordinario en él, para estar antes que tú? Bien, ya que tú das testimonio de él, oigamos sus palabras: Y antes de Abrahán existo yo. Pero también Abrahán surgió en medio del género humano: muchos delante de él, muchos detrás de él. Oye la voz del Padre al Hijo: Te engendré antes del lucero. Quien ha sido engendrado antes del lucero, ése ilumina a todos. Por cierto, a un quídam que cayó se le ha llamado Lucero (Lucifer), pues era ángel y se hizo diablo y de él dijo la Escritura: Cayó el lucero que salía de mañana. ¿Por qué lucero? Porque brillaba iluminado. Ahora bien, ¿por qué se hizo tenebroso? Porque no permaneció en la verdad. Aquél, pues, es antes del lucero, antes de todo iluminado, puesto que es necesario que, antes que todo iluminado, exista ese por quien son iluminados todos los que pueden ser iluminados.

Por eso sigue esto: Y de su plenitud recibimos todos nosotros. ¿Qué recibisteis? Y gracia por gracia. Así, en efecto, son las palabras evangélicas, comparadas con los códices griegos. No afirma: «Y de su plenitud recibimos todos nosotros gracia por gracia», sino que afirma así: Y de su plenitud todos nosotros recibimos, y gracia por gracia. No entiendo qué ha querido dar a entender con la expresión «haber recibido de su plenitud y además gracia por gracia». Recibimos, en efecto, de su plenitud, primero gracia, y nuevamente recibimos graciagracia por gracia.

¿Qué gracia recibimos primero? La fe. Quienes andamos en la fe andamos en la gracia. Por cierto, ¿cómo merecimos esto?, ¿con qué méritos nuestros precedentes? Nadie se envanezca, regrese a su conciencia, busque las tinieblas de sus pensamientos, repase la historia de su vida; fíjese no en lo que él es, si ya es algo, sino en lo que ha sido para ser algo: hallará que él no había sido digno sino de castigo. Si, pues, fuiste digno de castigo y vino no aquel que castigaría los pecados, sino que perdonaría los pecados, se te ha dado una gracia, no se te ha pagado un salario. ¿Por qué se llama gracia? Porque se da gratis, pues no has comprado con méritos precedentes lo que has recibido. El pecador, pues, ha recibido esta primera gracia: que fueran perdonados sus pecados. ¿Qué ha merecido? Interrogue a la justicia; como respuesta encontrará «castigo»; interrogue a la misericordia; como respuesta hallará «gracia». Pero Dios había prometido también esto mediante los profetas. Por eso, cuando vino a dar lo que había prometido, dio no sólo la gracia, sino también la verdad. ¿Cómo se ha manifestado la Verdad? Porque se ha hecho lo que se prometió.

¿Qué significa, pues, gracia por gracia? La fe nos hace acreedores de Dios y se llama gracia porque, quienes no éramos dignos de recibir el perdón de los pecados, recibimos, indignos, tan gran don. ¿Qué significa «gracia»? Dada gratis. ¿Qué significa «dada gratis»? Regalada, no pagada. Si se debía, es salario pagado, no gracia regalada. Ahora bien, si realmente se debía, fuiste bueno. Si, en cambio, como es verdad, fuiste malo, pero has creído en el que justifica al impío —¿qué significa «que justifica al impío»?, convertir en piadoso al impío—, piensa qué debía amenazarte mediante la Ley y qué has conseguido mediante la gracia. Ahora bien, tras conseguir esta gracia de la fe, eres un justo por la fe, pues el justo vive por la fe, y viviendo de la fe te harás acreedor de Dios; cuando viviendo de la fe te hayas hecho acreedor de Dios, recibirás como premio la inmortalidad y la vida eterna. También ésta es gracia, porque ¿en virtud de qué méritos recibes la vida eterna? Por gracia. Sin duda, si la fe es gracia y la vida eterna es como un salario de la fe, parece realmente que Dios otorga la vida eterna como debida —¿debida a quién?, al fiel, porque mediante la fe se ha hecho acreedor a ella—; pero, porque la fe es gracia, también la vida eterna es gracia por gracia

De su plenitud, pues, hermanos, todos hemos recibido: de la plenitud de su misericordia, de la abundancia de su bondad hemos recibido ¿qué? La remisión de los pecados, para quedar justificados por la fe. ¿Y qué más? Y gracia por gracia, es decir, por esta gracia en que vivimos de fe, recibiremos otra. ¿Qué empero, sino gracia? Porque, si digo que también esto se me debe, me asigno algo como si se me debiera. Pero no es así. Dios en nosotros corona los dones de su misericordia, pero si caminamos perseverantemente en esa gracia primera que hemos recibido…

La muerte era pena de los pecados. En el Señor era regalo de misericordia, no pena del pecado, pues el Señor no tenía nada por lo que muriera justamente. Dice él mismo: Mirad que llega el príncipe de este mundo y no encuentra nada en mí. «¿Por qué entonces mueres?». Pero para que todos sepan que cumplo la voluntad de mi Padre, levantaos, vámonos de aquí. No tenía él por qué morir, y murió; tú tienes por qué, ¿y te niegas a morir? Dígnate padecer con ánimo sereno por mérito tuyo lo que él se dignó padecer para liberarte de la muerte sempiterna. Hombre y hombre; pero aquél, solamente hombre; éste, Dios hombre. Aquél, hombre de pecado; éste, de justicia. Has muerto en Adán, resucita en Cristo, porque ambas cosas se te deben. Ya has creído en Cristo; pagarás empero lo que por Adán debes; mas las cadenas del pecado no te retendrán eternamente, porque la muerte temporal de tu Señor ha matado a tu muerte eterna. Ésta es la gracia, hermanos míos, ésta misma es también la verdad, porque ha sido prometida y mostrada.

No existía ésa en el Antiguo Testamento, porque la Ley amenazaba, no ayudaba; mandaba, no sanaba; mostraba la enfermedad, no la quitaba; pero hacía preparativos para el médico que vendría con la gracia y la verdad, como un médico envía primeramente su criado a alguien a quien quiere curar, para encontrarlo atado. No estaba sano, no quería ser sanado y, para no ser sanado, se jactaba de estar sano. Fue enviada la Ley, lo ató; se reconoce reo, ya grita por la atadura. Viene el Señor, cura con medicamentos algo amargos y agrios. Dice, en efecto, al enfermo: «Soporta»; dice: «Aguanta»; dice: No ames el mundo, ten paciencia, cúrete el fuego de la continencia, aguanten tus heridas el bisturí de las persecuciones. Aunque atado, te asustabas. Él, libre y no atado, bebió lo que te daba; sufrió el primero para consolarte, como diciendo: «Sufro el primero por ti lo que temes padecer por ti». Ésta es la gracia. ¡Y gran gracia! ¿Quién la elogia dignamente?

La Ley fue dada mediante Moisés, la gracia y la verdad acontecieron mediante JesucristoLa Ley fue dada mediante un siervo, hace reos; la indulgencia fue dada mediante el Emperador, libró a los reos. La Ley fue dada mediante Moisés. Que el siervo no se atribuya más de lo realizado mediante él. Elegido para un servicio importante, como siervo leal en la casa, pero siervo al fin, puede obrar según la Ley, pero no puede librar del reato de la Ley. La Ley fue dada mediante Moisés, la gracia y la verdad acontecieron mediante Jesucristo.

Y, quizá para que alguien no diga: «Y la gracia y la verdad ¿no acontecieron mediante Moisés, que vio a Dios?», inmediatamente ha añadido: Nadie ha visto nunca a Dios. Y ¿cómo se manifestó Dios a Moisés? Porque el Señor hizo una revelación a su siervo. ¿Qué Señor? Cristo en persona, que mediante un siervo envió por delante la Ley, para venir él mismo con la gracia y la verdad, pues nadie ha visto nunca a Dios. Y ¿cómo se mostró a aquel siervo, en la medida en que éste podía comprender? Afirma: pero un Hijo unigénito que está en el seno del Padre, ése mismo lo contó. ¿Qué significa «en el seno del Padre»? En lo íntimo del Padre…El que conoce al Padre en lo íntimo del Padre, ése mismo lo contó, porque nadie ha visto nunca a Dios. Él, pues, vino en persona y contó todo lo que ha visto.

¿Qué vio Moisés? Moisés vio una nube, vio un ángel, vio el fuego; todo eso es criatura; ejercía de figura de su Señor, no mostraba la presencia del Señor en persona. En efecto, explícitamente tienes en la Ley: Y Moisés hablaba con el Señor cara a cara, como un amigo con su amigo. Continúas esa misma Escritura y hallas a Moisés, que dice: Si he encontrado gracia en tu presencia, muéstrateme claramente, para que te vea. Pero hay más; recibió respuesta: No puedes ver mi rostro. Hablaba, pues, con Moisés, hermanos míos, el ángel que ejercía de figura del Señor, y todo lo que allí se realizó mediante el ángel prometía esa gracia y verdad venideras…

Expeled, pues, de vuestros corazones los pensamientos carnales, para que estéis verdaderamente bajo gracia, para que pertenezcáis al Nuevo Testamento. Por eso se promete en el Nuevo Testamento la vida eterna. Leed el Antiguo Testamento y ved que a un pueblo todavía carnal se preceptuaba ciertamente lo que a nosotros… Allí, en el decálogo de la Ley se manda lo que también a nosotros; pero no se promete lo que a nosotros. A nosotros ¿qué se promete? La vida eterna. Ahora bien, la vida eterna es ésta: que te conozcan a ti, único Dios verdadero, y a quien enviaste, Jesucristo. El conocimiento de Dios se promete; eso es gracia por gracia. Hermanos, de momento creemos, no vemos; el premio por esta fe será ver lo que hemos creído… Si Dios te ha dado la gracia precisamente porque te la dio gratis, ámalo gratis. No ames a Dios por el premio. Sea él mismo tu premio. Diga tu alma: Una he pedido al Señor, ésa buscaré: Habitar en la casa del Señor por todos los días de mi vida, para contemplar la delectación del Señor… (Tratados sobre el Evangelio de San Juan. Tratado 3)

 

Orígenes:

Esta palabra, principio, quiere decir diversas cosas. Quiere decir principio como el comienzo de un viaje o de una longitud: “El principio del buen camino, es la prueba de los justos”. Significa también el comienzo de una generación, según aquellas palabras de Job: “Este es el principio de la creatura de Dios”. Así pues, sin exageración se puede decir que Dios es el principio de todas las cosas. Es principio también la materia preexistente, para aquéllos que creen que es ingénita. También se dice principio según la especie, así como Jesucristo es el principio de aquéllos que han sido formados a imagen de Dios. Igualmente es principio de disciplina, según aquello: “Cuando deberíais ser maestros por el tiempo transcurrido, otra vez necesitáis ser enseñados en lo que constituye el fundamento del principio de las palabras de Dios”. El principio, pues, es de dos maneras: según su naturaleza y según su relación con nosotros; de modo que se puede decir Jesucristo es por naturaleza el principio de la sabiduría (en cuanto es la Sabiduría y la Palabra de Dios), y es el principio con relación a nosotros en cuanto a que el Verbo se ha hecho carne. Por tanto, con todas estas significaciones de la palabra principio, se puede comprender que se llama principio a aquello por lo cual se dice de algo que es agente; porque el autor de todo es Cristo, como principio, según lo que es Sabiduría; es el Verbo en el principio, como en la sabiduría. Es infinito el número de bienes que se dicen del Salvador. Y así como la vida está en el Verbo, el Verbo estaba en el principio (esto es, en la sabiduría) Consideremos, pues, si es posible que tomemos la palabra principio en el sentido de que se hagan todas las cosas según la sabiduría y los ejemplos que en ella existen. O bien, si el Padre es el principio del Hijo y el principio de todas las criaturas y de todos los seres; según aquellas palabras: “En el principio era el Verbo”, por las que es preciso entender que el Verbo Hijo era en el principio, esto es, en el Padre. (in Ioannem, hom. 1).

 

San Atanasio de Alejandría:

La Palabra tendió una mano a los hijos de Abrahán, como afirma el Apóstol, y por eso tenía que parecerse en todo a sus hermanos y asumir un cuerpo semejante al nuestro. Por esta razón, en verdad, María está presente en este misterio, para que de ella la Palabra tome un cuerpo, y, como propio, lo ofrezca por nosotros. La Escritura habla del parto y afirma: Lo envolvió en pañales; y se proclaman dichosos los pechos que amamantaron al Señor, y, por el nacimiento de este primogénito, fue ofrecido el sacrificio prescrito. El ángel Gabriel había anunciado esta concepción con palabras muy precisas, cuando dijo a María no simplemente «lo que nacerá en ti» —para que no se creyese que se trataba de un cuerpo introducido desde el exterior—, sino de para que creyéramos que aquel que era engendrado en María procedía realmente de ella.

Las cosas sucedieron de esta forma para que la Palabra, tomando nuestra condición y ofreciéndola en sacrificio, la asumiese completamente, y revistiéndonos después a nosotros de su condición, diese ocasión al Apóstol para afirmar lo siguiente: Esto corruptible tiene que vestirse de incorrupción, y esto mortal tiene que vestirse de inmortalidad.

Estas cosas no son una ficción, como algunos juzgaron; ¡tal postura es inadmisible! Nuestro Salvador fue verdaderamente hombre, y de él ha conseguido la salvación el hombre entero. Porque de ninguna forma es ficticia nuestra salvación ni afecta sólo al cuerpo, sino que la salvación de todo el hombre, es decir, alma y cuerpo, se ha realizado en aquel que es la Palabra.

Por lo tanto, el cuerpo que el Señor asumió de María era un verdadero cuerpo humano, conforme lo atestiguan las Escrituras; verdadero, digo, porque fue un cuerpo igual al nuestro. Pues María es nuestra hermana, ya que todos nosotros hemos nacido de Adán.

Lo que Juan afirma: La Palabra se hizo carne, tiene la misma significación, como se puede concluir de la idéntica forma de expresarse. En san Pablo encontramos escrito: Cristo se hizo por nosotros un maldito. Pues al cuerpo humano, por la unión y comunión con la Palabra, se le ha concedido un inmenso beneficio: de mortal se ha hecho inmortal, de animal se ha hecho espiritual, y de terreno ha penetrado las puertas del cielo.

Por otra parte, la Trinidad, también después de la encarnación de la Palabra en María, siempre sigue siendo la Trinidad, no admitiendo ni aumentos ni disminuciones; siempre es perfecta, y en la Trinidad se reconoce una única Deidad, y así la Iglesia confiesa a un único Dios, Padre de la Palabra. (Carta a Epicteto 5-9)

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