Jornada Monástica

IMG_9254El carisma cisterciense se manifiesta en el equilibrio efectivo entre lectio divina, liturgia y trabajo.

La lectura orante, asidua de la Escritura (Lectio divina) fomenta sobremanera la fe de las hermanas en Dios. Esta excelente práctica de la vida monástica, en la que se escucha y rumia la Palabra de Dios, es fuente de oración en la que la monja dialoga diariamente con Dios de corazón a corazón.

El fin espiritual de la comunidad se manifiesta especialmente en la celebración litúrgica. La Eucaristía es fuente y cumbre de toda la vida cristiana y de la comunión de las hermanas en Cristo; por eso es celebrada diariamente por toda la comunidad. De hecho, las hermanas se unen más íntimamente entre sí y con toda la iglesia por la participación en el misterio pascual del Señor. La Liturgia de las Horas es escuela de oración continua y tarea privilegiada de la vida monástica. Por ello la comunidad la celebra y de esta manera cumple, en unión con la Iglesia, la función sacerdotal de Cristo, ofreciendo a Dios un sacrificio de alabanza e intercediendo por la salvación de todo el mundo.

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“Todo hombre lleva en lo más íntimo de su corazón, de modo consciente o inconsciente, la nostalgia de una satisfacción definitiva, de la máxima felicidad; por tanto, en el fondo, de Dios. Un monasterio en el que la comunidad se reúne varias veces al día para alabar a Dios testimonia que este deseo humano originario no cae en el vacío: Dios creador no nos ha puesto a los hombres en medio de tinieblas espantosas donde, andando a ciegas, deberíamos buscar desesperadamente un sentido último fundamental(cf. Hch. 17,27); Dios no nos ha abandonado en un desierto de la nada, sin sentido, donde, en definitiva, nos espera sólo la muerte. No. Dios ha iluminado nuestras tinieblas con su luz, por obra de su Hijo Jesucristo. En él Dios ha entrado en nuestro mundo con toda su plenitud(cf. Co. 1, 19); en él, toda verdad, de la que sentimos nostalgia, tiene su origen y su culmen(cf. Gaudium et spes, 22)

  (Benedicto XVI, discurso a los monjes cistercienses de la Abadía de Heiligenkreuz, Austria, 9-9-2007)

El trabajo, sobre todo el manual, que ofrece a la monja la ocasión de participar en la obra divina de la creación y restauración, y comprometerse en el seguimiento de Cristo, goza siempre de alta estima en la tradición cisterciense.

“El alma del monaquismo es la adoración, vivir al estilo de los ángeles. Sin embargo, al ser los monjes hombres de carne y sangre en esta tierra, al imperativo central ora, San Benito añadió un segundo: labora. Según el concepto de San Benito, así como de San Bernardo, no sólo la oración forma parte de la vida monástica, sino también el trabajo, el cultivo de la tierra de acuerdo con la voluntad del Creador. Así, a lo largo de los siglos, los monjes, partiendo de su mirada dirigida a Dios, han hecho que la tierra fuera acogedora y hermosa. Su labor de salvaguardia y desarrollo de la creación provenía precisamente de su mirada puesta en Dios. En el ritmo del ora et labora la comunidad de los consagrados da testimonio del Dios que en Jesucristo nos mira; y el hombre y el mundo , mirados por él, se convierten en buenos”(Benedicto XVI ibi.)

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