24 de enero de 2016. Domingo 3º del Tiempo Ordinario – Ciclo C.-

24 de enero de 2016

Domingo 3º del Tiempo Ordinario

- Ciclo C.-

 

Primera lectura

Lectura del libro de Nehemías (8,2-4a.5-6.8-10):

En aquellos días, el sacerdote Esdras trajo el libro de la Ley ante la asamblea, compuesta de hombres, mujeres y todos los que tenían uso de razón. Era mediados del mes séptimo. En la plaza de la Puerta del Agua, desde el amanecer hasta el mediodía, estuvo leyendo el libro a los hombres, a las mujeres y a los que tenían uso de razón. Toda la gente seguía con atención la lectura de la Ley. Esdras, el escriba, estaba de pie en el púlpito de madera que había hecho para esta ocasión. Esdras abrió el libro a la vista de todo el pueblo –pues se hallaba en un puesto elevado– y, cuando lo abrió, toda la gente se puso en pie. Esdras bendijo al Señor, Dios grande, y todo el pueblo, levantando las manos, respondió: «Amén, amén.» Después se inclinaron y adoraron al Señor, rostro en tierra.
Los levitas leían el libro de la ley de Dios con claridad y explicando el sentido, de forma que comprendieron la lectura. Nehemías, el gobernador, Esdras, el sacerdote y escriba, y los levitas que enseñaban al pueblo decían al pueblo entero: «Hoy es un día consagrado a nuestro Dios: No hagáis duelo ni lloréis.» Porque el pueblo entero lloraba al escuchar las palabras de la Ley. 
Y añadieron: «Andad, comed buenas tajadas, bebed vino dulce y enviad porciones a quien no tiene, pues es un día consagrado a nuestro Dios. No estéis tristes, pues el gozo en el Señor es vuestra fortaleza.»
Palabra de Dios

 

Salmo

Sal 18,8.9.10.15


R/. Tus palabras, Señor, son espíritu y vida

La ley del Señor es perfecta
y es descanso del alma;
el precepto del Señor es fiel 
e instruye al ignorante. R/.

Los mandatos del Señor son rectos
y alegran el corazón; 
la norma del Señor es límpida
y da luz a los ojos. R/.

La voluntad del Señor es pura 
y eternamente estable;
los mandamientos del Señor son verdaderos 
y enteramente justos. R/.

Que te agraden las palabras de mi boca,
y llegue a tu presencia 
el meditar de mi corazón,
Señor, roca mía, redentor mío. R/.

 

Segunda lectura

Lectura de la primera carta del apóstol san Pablo a los Corintios (12,12-30):

Lo mismo que el cuerpo es uno y tiene muchos miembros, y todos los miembros del cuerpo, a pesar de ser muchos, son un solo cuerpo, así es también Cristo. Todos nosotros, judíos y griegos, esclavos y libres, hemos sido bautizados en un mismo Espíritu, para formar un solo cuerpo. Y todos hemos bebido de un solo Espíritu. El cuerpo tiene muchos miembros, no uno solo. Si el pie dijera: «No soy mano, luego no formo parte del cuerpo», ¿dejaría por eso de ser parte del cuerpo? Si el oído dijera: «No soy ojo, luego no formo parte del cuerpo», ¿dejaría por eso de ser parte del cuerpo? Si el cuerpo entero fuera ojo, ¿cómo oiría? Si el cuerpo entero fuera oído, ¿cómo olería? Pues bien, Dios distribuyó el cuerpo y cada uno de los miembros como él quiso. Si todos fueran un mismo miembro, ¿dónde estaría el cuerpo? Los miembros son muchos, es verdad, pero el cuerpo es uno solo. El ojo no puede decir a la mano: «No te necesito»; y la cabeza no puede decir a los pies: «No os necesito.» Más aún, los miembros que parecen más débiles son más necesarios. Los que nos parecen despreciables, los apreciamos más. Los menos decentes, los tratamos con más decoro. Porque los miembros más decentes no lo necesitan. Ahora bien, Dios organizó los miembros del cuerpo dando mayor honor a los que menos valían. Así, no hay divisiones en el cuerpo, porque todos los miembros por igual se preocupan unos de otros. Cuando un miembro sufre, todos sufren con él; cuando un miembro es honrado, todos se felicitan. Pues bien, vosotros sois el cuerpo de Cristo, y cada uno es un miembro. Y Dios os ha distribuido en la Iglesia: en el primer puesto los apóstoles, en el segundo los profetas, en el tercero los maestros, después vienen los milagros, luego el don de curar, la beneficencia, el gobierno, la diversidad de lenguas. ¿Acaso son todos apóstoles? ¿O todos son profetas? ¿O todos maestros? ¿O hacen todos milagros? ¿Tienen todos don para curar? ¿Hablan todos en lenguas o todos las interpretan?
Palabra de Dios

 

Evangelio

Lectura del santo evangelio según san Lucas (1,1-4;4,14-21):

Excelentísimo Teófilo: Muchos han emprendido la tarea de componer un relato de los hechos que se han verificado entre nosotros, siguiendo las tradiciones transmitidas por los que primero fueron testigos oculares y luego predicadores de la palabra. Yo también, después de comprobarlo todo exactamente desde el principio, he resuelto escribírtelos por su orden, para que conozcas la solidez de las enseñanzas que has recibido.
En aquel tiempo, Jesús volvió a Galilea con la fuerza del Espíritu; y su fama se extendió por toda la comarca. Enseñaba en las sinagogas, y todos lo alababan. Fue a Nazaret, donde se había criado, entró en la sinagoga, como era su costumbre los sábados, y se puso en pie para hacer la lectura. Le entregaron el libro del profeta Isaías y, desenrollándolo, encontró el pasaje donde estaba escrito: «El Espíritu del Señor está sobre mí, porque él me ha ungido. Me ha enviado para anunciar el Evangelio a los pobres, para anunciar a los cautivos la libertad, y a los ciegos, la vista. Para dar libertad a los oprimidos; para anunciar el año de gracia del Señor.» Y, enrollando el libro, lo devolvió al que le ayudaba y se sentó. Toda la sinagoga tenía los ojos fijos en él. 
Y él se puso a decirles: «Hoy se cumple esta Escritura que acabáis de oír.»

Palabra de Dios

 

COLLATIONES

Vemos en la primera lectura que “toda la gente seguía con atención la lectura de la Ley” que hacía Esdras, y nos dirá San Agustín que, “la ley del Señor es él mismo, que vino a cumplirla, no a abrogarla”, por eso nos dice el Señor en el Evangelio: “Hoy se cumple esta Escritura que acabáis de oír”.

Orígenes nos comenta que, aquel día “no fue mera casualidad, sino providencia de Dios, el que, desenrollando el libro, diera con el capítulo de Isaías que hablaba proféticamente de él”. “El Espíritu del Señor está sobre mí, porque él me ha ungido. Me ha enviado para anunciar el Evangelio a los pobres, para anunciar a los cautivos la libertad, y a los ciegos, la vista. Para dar libertad a los oprimidos; para anunciar el año de gracia del Señor”. “Como has podido escuchar, vino para ungir nuestras heridas, y mitigar nuestros dolores. Por eso vino ungido, sencillo y humilde, con entrañas de misericordia para cuantos lo invocan. Sabía que bajaba para los débiles, mostrándose como ellos lo necesitaban. Y como eran tantas las enfermedades, como médico prevenido procuró traer toda clase de medicinas. Vino con el espíritu de prudencia y sabiduría, el espíritu de consejo y valentía, el espíritu de conocimiento y de piedad, y el espíritu de temor del Señor” (San Bernardo). Y dejó estas medicinas en su Iglesia, para que nos procure siempre la salud. Dejó su Espíritu para que todos los miembros de su cuerpo, permanezcamos unidos a él, que es la cabeza y conservemos la salud. Eso es lo que nos recuerda la segunda lectura, que “todos nosotros, judíos y griegos, esclavos y libres, hemos sido bautizados en un mismo Espíritu, para formar un solo cuerpo”. Nos dirá San Juan Crisóstomo que “no fuimos bautizados para formar cuerpos diversos, sino para que todos cooperemos unánimes por mantener la perfecta conexión del único cuerpo; o lo que es lo mismo: hemos sido bautizados para ser todos un solo cuerpo”. “Pues bien, vosotros sois el cuerpo de Cristo, y cada uno es un miembro. Y Dios os ha distribuido en la Iglesia”, porque “lo mismo que el cuerpo y la cabeza forman un solo hombre, así también la Iglesia y Cristo son una sola realidad” (San Juan Crisóstomo). “Procuremos, pues, conservar la integridad de este cuerpo que formamos en Cristo Jesús, y que cada uno se ponga al servicio de su prójimo según la gracia que le ha sido asignada por donación de Dios” (San Clemente de Roma).

 

En el Evangelio de hoy vemos que Jesús “Enseñaba en las sinagogas, y todos lo alababan”, y nos dice Orígenes algo muy importante: que “el Señor no hablaba sólo entonces en las sinagogas de los judíos, sino que hoy, en esta reunión, habla el Señor”. También hoy, nos anuncia a nosotros, el año de gracia del Señor.

Orígenes:

Jesús volvió a Galilea, con la fuerza del Espíritu; y su fama se extendió por toda la comarca. Enseñaba en las sinagogas y todos lo alababan.

Cuando lees: Enseñaba en las sinagogas y todos lo alababan, cuida de no juzgarlos dichosos únicamente a ellos, creyéndote privado de doctrina. Porque si es verdad lo que está escrito, el Señor no hablaba sólo entonces en las sinagogas de los judíos, sino que hoy, en esta reunión, habla el Señor. Y no sólo en ésta, sino también en cualquiera otra asamblea y en toda la tierra enseña Jesús, buscando los instrumentos adecuados para transmitir su enseñanza. ¡Orad para que también a mí me encuentre dispuesto y apto para ensalzarlo!

Después fue a Nazaret, donde se había criado, entró en la sinagoga, como era su costumbre los sábados, y se puso en pie para hacer la lectura. Le entregaron el libro del profeta Isaías y, desenrollándolo, encontró el pasaje donde estaba escrito: «El Espíritu del Señor está sobre mí, porque él me ha ungido». No fue mera casualidad, sino providencia de Dios, el que, desenrollando el libro, diera con el capítulo de Isaías que hablaba proféticamente de él. Pues si, como está escrito, ni un solo gorrión cae en el lazo sin que lo disponga vuestro Padre y si los cabellos de la cabeza de los apóstoles están todos contados, posiblemente tampoco el hecho de que diera precisamente con el libro del profeta Isaías y concretamente no con otro pasaje, sino con éste, que subraya el misterio de Cristo: El Espíritu del Señor está sobre mí, porque él me ha ungido —no olvidemos que es el mismo Cristo quien proclama este texto—, hay que pensar que no sucedió porque sí o fue producto del juego de la casualidad, sino que ocurrió de acuerdo con la economía y la providencia divina.

Terminada la lectura, Jesús, enrollando el libro, lo devolvió al que le ayudaba y se sentó. Toda la sinagoga tenía los ojos fijos en él. También ahora, en esta sinagoga, en esta asamblea, podéis —si así lo deseáis— fijar los ojos en el Salvador. Desde el momento mismo en que tú dirijas la más profunda mirada de tu corazón a la Sabiduría, a la Verdad y al Unigénito de Dios, para sumergirte en su contemplación, tus ojos están fijos en Jesús. ¡Dichosa la asamblea, de la que la Escritura atestigua que los ojos de todos estaban fijos en él! ¡Qué no daría yo porque esta asamblea mereciera semejante testimonio, de modo que los ojos de todos: catecúmenos y fieles, hombres, mujeres y niños, tuvieran en Jesús fijos los ojos! Y no los ojos del cuerpo, sino los del alma. En efecto, cuando vuestros ojos estuvieren fijos en él, su luz y su mirada harán más luminosos vuestros rostros, y podréis decir: «La luz de tu rostro nos ha marcado, Señor». A él corresponde la gloria y el poder por los siglos de los siglos Amén. (Homilía 32 sobre el evangelio de san Lucas 2-6)

⊕ Que cada uno sepa y entienda el cupo de gracia que Dios le ha concedido en atención a su fe. A veces recibe uno de Dios el don de ejercer la caridad, o de visitar, o de practicar la misericordia con los pobres, o de cuidar a los enfermos, o de defender a los huérfanos y a las viudas, o de ejercer la hospitalidad con solicitud. Todos estos dones los otorga Dios a cada uno según la medida de la fe.

Pero si quien ha recibido uno cualquiera de estos dones no conoce la medida de la gracia que se le ha dado, sino que pretende ser un experto en la sabiduría de Dios, en la doctrina o en el planteamiento de una ciencia más profunda, para lo cual no recibió una determinada gracia; y abriga la pretensión no ya de aprender, sino de enseñar lo que no sabe, este tal, cuanto menos sabe, más pretende saber lo que no conviene.

No tiene la necesaria moderación para mantener la medida de fe que Dios otorgó a cada uno. Y para exponer con mayor claridad su pensamiento, el Apóstol acude a un ejemplo: Pues así como nuestro cuerpo, en su unidad, posee muchos miembros y no desempeñan todos los miembros la misma función, así nosotros, siendo muchos, somos un solo cuerpo en Cristo, pero cada miembro está al servicio de los otros miembros. De esta forma, Pablo estructura con gran precisión todo el organismo de la Iglesia. Así como los miembros del cuerpo tienen cada uno su propia función y cada cual desempeña su particular cometido, sin que esto quiera decir que no puedan suplirse recíprocamente, así también —dice— en la Iglesia, que es el cuerpo de Cristo, cada uno ejercemos distintas funciones.

Por ejemplo: uno centra todo su interés en el estudio de la sabiduría de Dios y la doctrina de la palabra, perseverando día y noche en la meditación de la ley divina: es el ojo de este macrocuerpo. Otro se ocupa del servicio a los hermanos y a los indigentes: es la mano de este santo cuerpo. Otro es ávido oyente de la palabra de Dios: es el oído del cuerpo. Otro se muestra incansable en visitar a los postrados en cama, en buscar a los atribulados y en sacar de apuros a los que se encuentran en alguna necesidad: podemos indudablemente llamar a éste pie del cuerpo de la Iglesia. Y de este modo descubrirás que cada cual tiene una especial propensión hacia un determinado servicio y a él se entrega con especialísima dedicación. (Comentario sobre la carta a los Romanos, Lib 9, 2)

 

San Juan Crisóstomo: 

Lo mismo que el cuerpo es uno y tiene muchos miembros, y todos los miembros del cuerpo, a pesar de ser muchos, son un solo cuerpo, así es también Cristo. Dicho esto y habiéndolo demostrado con plena evidencia a través de un recuento pormenorizado de todos los miembros, añade: Así es también Cristo. Cuando esperábamos que dijera: Así es también la Iglesia, como era natural, no lo dijo, sino que en su lugar puso a Cristo, elevando el tono y causando así mayor impresión en el oyente.

En realidad, es esto lo que quiere decir: Así es también el cuerpo de Cristo, que es la Iglesia. Lo mismo que el cuerpo y la cabeza forman un solo hombre, así también la Iglesia y Cristo son una sola realidad. Por eso puso Cristo en vez de Iglesia, llamando así a su cuerpo. Que es como si dijera: lo mismo que nuestro cuerpo es uno aunque lo integren muchos miembros, así también en la Iglesia todos somos uno. Y aun cuando la Iglesia consta de muchos miembros, todos esos miembros forman un solo cuerpo.

Una vez reanimado y levantado el ánimo, con este ejemplo de evidencia inmediata, del que se creía en inferioridad de condiciones, nuevamente abandona el lenguaje corriente para elevarse a hablar de otra cabeza, de la cabeza espiritual, reportándonos un consuelo más profundo, al demostrarnos que existe una gran igualdad en el honor. Y ¿cuál es esa cabeza? Todos nosotros, judíos y griegos, esclavos y libres, hemos sido bautizados en un mismo Espíritu, para formar un solo cuerpo. Esto es: lo que ha hecho que seamos un solo cuerpo y nos ha regenerado es un único Espíritu: pues éste y aquél no han sido bautizados uno en uno y otro en otro espíritu. Ya que no sólo es uno el que nos bautiza, sino que también es uno aquel en quien bautiza, es decir, por medio de quien bautiza. Pues no fuimos bautizados para formar cuerpos diversos, sino para que todos cooperemos unánimes por mantener la perfecta conexión del único cuerpo; o lo que es lo mismo: hemos sido bautizados para ser todos un solo cuerpo.

Así pues, tanto el que construyó el cuerpo como el cuerpo construido son uno. Y no dijo: «para que seamos un mismo cuerpo», sino: «para que todos seamos un cuerpo», procurando en todo momento utilizar aquellas palabras que den más énfasis a la expresión.

Y todos hemos bebido de un solo Espíritu. El cuerpo tiene muchos miembros, no uno solo. Esto es, hemos sido iniciados en unos mismos misterios y nos hemos sentado a una misma mesa. Y ¿por qué no dijo: «Comemos el mismo cuerpo y bebemos la misma sangre»? Pues porque al mencionar el Espíritu, significó ambas cosas: el cuerpo y la sangre: a través de ambos hemos bebido del mismo Espíritu. Todos hemos bebido del mismo Espíritu y hemos recibido la misma gracia. En efecto, si nos ha unido un solo Espíritu, es que nos ha llamado a formar todos un mismo cuerpo. Es esto precisamente lo que significa:

Hemos sido bautizados para formar un solo cuerpo; se nos ha obsequiado con una misma mesa y abrevado en una misma fuente. Es lo que significa la frase: Todos hemos bebido de un solo Espíritu. (Homilía 30 sobre la primera carta a los Corintios, 1-2)

 

San Bernardo:

No ha venido inútilmente, porque no llegó de vacío. ¿Es que no habita en la plenitud total? Y llegó cuando se cumplió el plazo revelando que venía con toda su plenitud. Verdaderamente colmado, porque el Padre lo había ungido con aceite de júbilo entre todos sus compañeros; lo ungió y lo envió lleno de gracia y lealtad. Lo ungió para que ungiese a los demás. Todos fueron ungidos por él, porque todos pudieron recibir de su plenitud. Por eso dice: El Espíritu del Señor está sobre mí, porque el Señor me ha ungido Me ha enviado para dar la buena noticia a los que sufren, para vendar los corazones desgarrados, para proclamar la amnistía a los cautivos, a los prisioneros la libertad, para anunciar el año de gracia del Señor.

Como has podido escuchar, vino para ungir nuestras heridas, y mitigar nuestros dolores. Por eso vino ungido, sencillo y humilde, con entrañas de misericordia para cuantos lo invocan. Sabía que bajaba para los débiles, mostrándose como ellos lo necesitaban. Y como eran tantas las enfermedades, como médico prevenido procuró traer toda clase de medicinas. Vino con el espíritu de prudencia y sabiduría, el espíritu de consejo y valentía, el espíritu de conocimiento y de piedad, y el espíritu de temor del Señor.

Ya ves cuántas redomas llenas de ungüentos compuso este médico celestial, para sanar las heridas de aquel infeliz que cayó en manos de los salteadores. Son siete las que hemos enumerado, en consonancia con los siete signos que describíamos. Porque esas redomas contenían la vida del espíritu. De ellas sacó el aceite con que ungió mis heridas; también puso un poco de vino, pero menos que aceite. Era lo más eficaz para mis debilidades, pues necesitaban más misericordia que justicia; también el aceite flota sobre el vino. Por eso nos trajo cinco barriles de óleo y sólo dos de vino. El temor y el poder corresponden al vino, y las otras cinco representan al aceite por la suavidad que le es propia. Con su espíritu de fortaleza, como un valiente excitado por el vino, descendió a los infiernos, destrozó las puertas de bronce, quebró los cerrojos de hierro, ató al malvado fuerte y se alzó con su botín. También descendió con el espíritu de temor, pero no temeroso, sino terrible.

¡Oh Sabiduría! ¡Qué habilidad la tuya! Con vino y aceite curas mi alma, para devolverle la salud fuertemente suave y suavemente fuerte. Fuerte para mí y suave conmigo. Pues, por lo demás, alcanzas con vigor de extremo a extremo y gobiernas el universo con acierto, domeñando al enemigo para proteger al débil. Sáname Señor, y quedaré sano; daré gracias y tañeré para tu nombre, diciendo: Tu nombre es como bálsamo fragante.

No lo alabo como vino generoso -para que no llames a juicio a su siervo-, sino como bálsamo que me colma de gracia y de ternura. Como verdadero óleo que sube por encima de todo líquido con el que se mezcle, claramente simboliza el nombre que sobrepasa todo nombre. ¡Oh suavísimo y dulcísimo nombre! ¡Nombre excelente, preferido a todos, alabado por los siglos! Este es el bálsamo más suave, que da brillo al rostro humano; ungüento que perfuma la cabeza del que ayuna para que no exhale el hedor del pecado. Este es el nombre nuevo pronunciado por la boca del Señor, con el que le había llamado el ángel antes de su concepción. No sólo el judío, sino cualquiera que lo invoque se salvará: hasta esos límites llega su fragancia. El Padre se lo ha concedido al Hijo, Esposo de la Iglesia y Señor nuestro, Jesús, Cristo, bendito por siempre. Amén.

(SERMÓN XVI SOBRE EL CANTAR DE LOS CANTARES. LA CONFESIÓN DEBE SER HUMILDE, SENCILLA Y CRÉDULA).

 

San Clemente de Roma:

Militemos, pues, hermanos, con todas nuestras fuerzas, bajo sus órdenes irreprochables. Pensemos en los soldados que militan a las órdenes de nuestros emperadores: con qué disciplina, con qué obediencia, con qué prontitud cumplen cuanto se les ordena. No todos son perfectos, ni tienen bajo su mando mil hombres, ni cien, ni cincuenta, y así de los demás grados; sin embargo, cada uno de ellos lleva a cabo, según su orden y jerarquía, las órdenes del emperador y de los jefes. Ni los grandes podrían hacer nada sin los pequeños, ni los pequeños sin los grandes; la efectividad depende precisamente de la conjunción de todos.

Tomemos como ejemplo a nuestro cuerpo. La cabeza sin los pies no es nada, como tampoco los pies sin la cabeza; los miembros más ínfimos de nuestro cuerpo son necesarios y útiles a la totalidad del cuerpo; más aún, todos ellos se coordinan entre sí para el bien de todo el cuerpo.

Procuremos, pues, conservar la integridad de este cuerpo que formamos en Cristo Jesús, y que cada uno se ponga al servicio de su prójimo según la gracia que le ha sido asignada por donación de Dios.

El fuerte sea protector del débil, el débil respete al fuerte; el rico dé al pobre, el pobre dé gracias a Dios por haberle deparado quien remedie su necesidad. El sabio manifieste su sabiduría no con palabras, sino con buenas obras; el humilde no dé testimonio de sí mismo, sino que deje que sean los demás quienes lo hagan. El que guarda castidad, que no se enorgullezca, puesto que sabe que es otro quien le otorga el don de la continencia.

Pensemos, pues, hermanos, de qué polvo fuimos formados, qué éramos al entrar en este mundo, de qué sepulcro y de qué tinieblas nos sacó el Creador que nos plasmó y nos trajo a este mundo, obra suya, en el que, ya antes de que naciéramos, nos había dispuesto sus dones.

Como quiera, pues que todos estos beneficios los tenemos de su mano, en todo debemos darle gracias. A él la gloria por los siglos de los siglos. Amén. (Carta a los Corintios , 37-38).

 

San Basilio Magno:

¿Quién, habiendo oído los nombres que se dan al Espíritu, no siente levantado su ánimo y no eleva su pensamiento hacia la naturaleza divina? Ya que es llamado Espíritu de Dios y Espíritu de verdad que procede del Padre; Espíritu firme, Espíritu generoso, Espíritu Santo son sus apelativos propios y peculiares.

Hacia él dirigen su mirada todos los que sienten necesidad de santificación, hacia él tiende el deseo de todos los que llevan una vida virtuosa, y su soplo es para ellos a manera de riego que los ayuda en la consecución de su fin propio y natural.

Él es fuente de santidad, luz para la inteligencia; él da a todo ser racional como una luz para entender la verdad.

Aunque inaccesible por naturaleza, se deja comprender por su bondad; con su acción lo llena todo, pero se comunica solamente a los que encuentra dignos, no ciertamente de manera idéntica ni con la misma plenitud, sino distribuyendo su energía según la proporción de la fe.

Simple en su esencia y variado en sus dones, está integro en cada uno e íntegro en todas partes. Se reparte sin sufrir división, deja que participen en él, pero él permanece íntegro, a semejanza del rayo solar cuyos beneficios llegan a quien disfrute de él como si fuera único, pero, mezclado con el aire, ilumina la tierra entera y el mar.

Así el Espíritu Santo está presente en cada hombre capaz de recibirlo, como si sólo él existiera y, no obstante, distribuye a todos gracia abundante y completa; todos disfrutan de él en la medida en que lo requiere la naturaleza de la criatura, pero no en la proporción con que él podría darse.

Por él los corazones se elevan a lo alto, por su mano son conducidos los débiles, por él los que caminan tras la virtud llegan a la perfección. Es él quien ilumina a los que se han purificado de sus culpas y al comunicarse a ellos los vuelve espirituales.

Como los cuerpos limpios y transparentes se vuelven brillantes cuando reciben un rayo de sol y despiden de ellos mismos como una nueva luz, del mismo modo las almas portadoras del Espíritu Santo se vuelven plenamente espirituales y transmiten la gracia a los demás.

De esta comunión con el Espíritu procede la presciencia de lo futuro, la penetración de los misterios, la comprensión de lo oculto, la distribución de los dones, la vida sobrenatural, el consorcio con los ángeles; de aquí proviene aquel gozo que nunca terminará, de aquí la permanencia en la vida divina, de aquí el ser semejantes a Dios, de aquí, finalmente, lo más sublime que se puede desear: que el hombre llegue a ser como Dios. (Libro sobre el Espíritu Santo, Cap 9, 22-23)

 

San Agustín:

La ley del Señor es intachable y convierte las almas: la ley del Señor es él mismo, que vino a cumplirla, no a abrogarla. Y es ley intachable aquel que no cometió pecado alguno y en cuya boca no se halló engaño; él no oprime a las almas con el yugo de la esclavitud, sino que las convierte para que le imiten libremente. El testimonio del Señor es fiel y otorga sabiduría a los pequeños: el testimonio del Señor es fiel, porque nadie conoce al Padre sino el Hijo y aquél a quien el Hijo se lo quiera revelar. Todo ello está escondido a los sabios y se le ha revelado a los pequeños, porque Dios resiste a los soberbios, pero concede la gracia a los humildes.

Las justicias del Señor son rectas y alegran el corazón: todas las justicias del Señor son rectas en aquél que no enseñó lo que él no realizó, para que los que le imitaran tuvieran alegría en el corazón en sus acciones hechas libremente por amor, no servilmente con temor. El precepto del Señor es radiante y da luz a los ojos: el precepto del Señor es radiante, sin el velo de las observancias carnales, e ilumina la mirada del hombre interior.

El temor del Señor es casto y permanece por los siglos de los siglos: el temor del Señor, no el que consiste en un castigo bajo la ley, temor que tiembla ante la pérdida de los bienes materiales con cuyo amor fornica el alma, sino el temor puro. Si la Iglesia posee este temor, cuanto más cálidamente ama a su esposo, tanto mayor será su cautela para no ofenderle. Consiguientemente, el amor perfecto no echará fuera este temor, sino que dura por los siglos de los siglos …

Y las palabras de mi boca serán tales que te complazcan, y el meditar de mi corazón estará siempre en tu presencia: la meditación de mi corazón no tiene como objeto la petulancia de agradar a los hombres, porque ya no hay orgullo alguno; sino que estará siempre en tu presencia, dado que ves dentro de la conciencia pura. Señor, ayudador mío y redentor mío. Señor, ayudador mío cuando me encamino a ti, ya que eres redentor mío para que yo me encaminara hacia ti. Para que nadie atribuya a su propia sabiduría el retorno a ti, ni a sus propias fuerzas el haber llegado hasta ti, esos tales sean rechazaron aún más por ti, que resistes a los orgullosos. Porque no queda limpio del gran pecado, ni fue agradable a tus ojos, Señor, que nos rescatas para que nos convirtamos a ti, y nos ayudas para que lleguemos a ti. (Comentarios a los salmos. Salmo 18, sermón 1º).

 

La ley del Señor es intachable y convierte las almas. La ley es aquí personificación del Espíritu Santo. El testimonio del Señor es fiel y otorga sabiduría a los pequeños, no a los orgullosos. Nueva referencia al Espíritu Santo.

Las justicias del Señor son rectas, no terroríficas, y alegran el corazón. Esto es el Espíritu Santo. El precepto del Señor es radiante y da luz a los ojos, sin ofuscarlos. No a los ojos carnales, sino a los del corazón. No a los ojos del hombre exterior, sino a los del hombre del interior. De nuevo es el Espíritu Santo.

El temor del Señor: no el servil, sino el casto: el que ama gratis, el que no teme el castigo de la persona temida, sino verse apartado de la persona amada. Este es el temor casto, no aquel al que echa fuera la caridad perfecta, sino el que permanece por los siglos de los siglos. Aquí aparece el Espíritu Santo. Es decir, es el Espíritu quien lo dona, quien lo entrega, y quien lo infunde. Los juicios del Señor son verdaderos, y se justifican por un único objetivo fomentar no las discordias del cisma, sino la comunión de la unidad. Esto es lo que significa por un único objetivo. Otra obra del Espíritu Santo. Por eso hizo que aquéllos sobre quienes vino por vez primera hablaran las lenguas de todas las naciones: porque comunicó su intención de agrupar en la unidad todas las lenguas. Lo que aquel día realizaba un solo hombre después de recibir el Espíritu Santo: hablar él solo todas las lenguas, lo hace actualmente la unidad misma: hablarlas todas. Y en la época actual un solo hombre habla en todas las naciones todas las lenguas, un solo hombre, cabeza y cuerpo, un único hombre: Cristo y la Iglesia, el varón perfecto, él esposo y ella esposa. Serán dos, dice, en una sola carneLos juicios de Dios son verdaderos y se justifican por un único objetivo: la unidad. (Comentarios a los salmos. Salmo 18, sermón 2º, 8-10).

 

El mismo apóstol Pablo habló y enumeró muchos dones de Dios presentes en los miembros de Cristo que constituyen la Iglesia, diciendo que a cada miembro se le han concedido los dones adecuados y que no puede darse que todos tengan el mismo don. Pero ninguno quedará sin su don: Apóstoles, profetas, doctores, intérpretes, habladores de lenguas, poseedores del poder de curación, de auxilio, de gobierno, distintas clases de lenguas. De éstos se habló, pero vemos otros muchos en otras distintas personas. Que nadie, pues, se apene porque no se le ha concedido lo que se ve que se concedió a otro: tenga la caridad, no sienta envidia de quien posee el don y poseerá con quien lo tiene lo que él personalmente no tiene. En efecto, cualquier cosa que posea mi hermano, si no siento envidia por ello y lo amo, es mío. No lo tengo personalmente, pero lo tengo en él; no sería mío si no formásemos un solo cuerpo bajo una misma cabeza.

Sí, por ejemplo, la mano izquierda tiene un anillo y no la derecha, ¿acaso está ésta sin adorno? Mira las dos manos y verás que una lo tiene y la otra no; mira el conjunto del cuerpo al que se unen ambas manos y advierte que la que no tiene adorno lo tiene en aquella que lo tiene. Los ojos ven por donde ha de irse, los pies van por donde los ojos ven; ni los pies pueden ver, ni los ojos caminar. Pero el pie te responde: «También yo tengo luz, pero no en mí, sino en el ojo, pues el ojo no ve sólo para sí y no para mí». Dicen también los ojos: «También nosotros caminamos, no por nosotros, sino por los pies; pues los pies no se llevan sólo a sí mismos y no a nosotros». Así, pues, cada miembro, según los oficios distintos y peculiares que se les han confiado, realizan lo que ordena la mente; no obstante eso, todos constituyen un solo cuerpo y forman una unidad; y no se arrogan lo que tienen otros miembros en el caso de que no lo tengan ellos, ni piensan que les es ajeno lo que todos tienen al mismo tiempo en el único cuerpo. Finalmente, hermanos, si a algún miembro del cuerpo le sobreviene alguna molestia, ¿cuál de los restantes miembros le negará su ayuda? ¿Qué cosa en un hombre está más en el extremo que el pie?; y en el mismo píe, ¿qué más en el extremo que la planta?; y en la misma planta, ¿qué otra cosa que la misma piel con que se pisa la tierra? Así y todo, esta extremidad de todo el cuerpo forma tal parte del conjunto que, si en ese mismo lugar se clava una espina, todos los miembros concurren a prestar su ayuda para extraerla: al instante se doblan las rodillas y la espina —no la que hirió, sino la que sostiene todo el dorso—; se sienta, para sacar la espina; ya el mismo hecho de sentarse con el fin expuesto es obra de todo el cuerpo. ¡Cuán pequeño es el lugar que sufre la molestia! Es tan pequeño cuanto la espina que lo punzó; y, sin embargo, el cuerpo entero no se desentiende de la molestia sufrida por aquel extremo y exiguo lugar; los restantes miembros no sufren dolor alguno, pero todos lo sienten en aquel único lugar. De aquí tomó el Apóstol un ejemplo de caridad exhortándonos a amarnos mutuamente como se aman los miembros en el cuerpo: Si sufre —dice— un miembro, se compadecen también los otros miembros; y si es glorificado uno solo, se alegran todos. Vosotros sois el cuerpo de Cristo y sus miembros. Si así se aman los miembros que tienen su cabeza en la tierra, ¡cómo deben amarse aquellos que la tienen en el cielo! Es cierto que tampoco se aman si los abandona su cabeza; pero cuando esa cabeza de tal manera lo es, de tal manera ha sido exaltada al cielo y de tal manera colocada a la derecha del Padre, que, no obstante, se fatiga aquí en la tierra; no en sí, sino en sus miembros, hasta el punto de decir al final: tuve hambre, tuve sed, fui huésped cuando se le pregunte: ¿Cuándo te vimos hambriento o sediento?, como si respondiera: «Yo estaba en el cielo en cuanto cabeza; pero en la tierra los miembros tenían sed» —para concluir dice: cuando lo hicisteis a uno de mis pequeños a mí me lo hicisteis; y, a su vez, a los que nada hicieron: cuando no lo hicisteis a uno de mis pequeños, tampoco a mí me lo hicisteis— a esta cabeza no nos unimos si no es por la caridad.

Así, pues, hermanos, vemos que cada miembro, en su competencia, realiza su tarea propia, de forma que el ojo ve, pero no actúa; la mano en cambio actúa, pero no ve; el oído oye, pero no ve ni actúa; la lengua habla, pero ni oye ni ve; y aunque cada miembro tiene funciones distintas y separadas, unidos en el conjunto del cuerpo tienen algo común entre todos. Las funciones son distintas, pero la salud es única. En los miembros de Cristo, la caridad es lo mismo que la salud en los miembros del cuerpo. El ojo está colocado en el lugar mejor, en lugar destacado, puesto como consejero en la fortaleza, para que desde ella mire, vea y muestre. Gran honor el de los ojos, por su ubicación, por su sensibilidad más aguda, por su agilidad y por cierta fuerza que no tienen los restantes miembros. De aquí que los hombres juran por sus ojos con más frecuencia que por cualquier otro miembro. Nadie ha dicho a otro: «Te amo como a mis oídos», a pesar de que el sentido del oído es casi igual y cercano a los ojos. ¿Qué decir de los restantes? Cada día dicen los hombres: «Te amo como a mis propios ojos». Y el Apóstol, indicando que se tiene mayor amor a los ojos que a los otros miembros, para mostrarse amado por la Iglesia de Dios dice: Doy testimonio en favor vuestro de que, si hubiera sido posible, os hubieseis sacado los ojos y me los habríais dado a mí. Nada hay, por lo tanto, en el cuerpo más sublime y más respetado que los ojos y nada hay quizá más en la extremidad del cuerpo que el dedo meñique del pie. Aun siendo así conviene, no obstante, que en el cuerpo haya dedos y que estén sanos, antes que sean ojo cubierto de legañas por alguna afección, pues la salud, común a todos los miembros, es más preciosa que las funciones de cada uno de ellos. Así ves que en la Iglesia un hombre tiene algún don pequeño y, con todo, tiene la caridad; quizá veas en la misma Iglesia a otro más eminente, con un don mayor, que, sin embargo, no tiene caridad. Sea el primero el dedo más alejado, y el segundo el ojo; el que pudo obtener la salud, ése es el que está más integrado en el conjunto del cuerpo. Finalmente, es molestia para el cuerpo entero cualquier miembro que en él enfermare, y, en verdad, todos los miembros aportan su colaboración para que sane el que está enfermo y la mayor parte de las veces sana. Pero si no hubiera sanado y la mucha podredumbre producida indicase la imposibilidad de ello, de tal modo se mira por el bien de todos que se le separa de la unidad del cuerpo. (SERMÓN 162 A, 4-6).

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