7 de febrero de 2016. Domingo 5º del Tiempo Ordinario – Ciclo C.-

7 de febrero de 2016

Domingo 5º del Tiempo Ordinario

- Ciclo C.-

Primera lectura

Lectura del libro de Isaías (6,1-2a.3-8):

El año de la muerte del rey Ozías, vi al Señor sentado sobre un trono alto y excelso: la orla de su manto llenaba el templo. Y vi serafines en pie junto a él. Y se gritaban uno a otro, diciendo: «¡Santo, santo, santo, el Señor de los ejércitos, la tierra está llena de su gloria!» Y temblaban los umbrales de las puertas al clamor de su voz, y el templo estaba lleno de humo. Yo dije: «¡Ay de mí, estoy perdido! Yo, hombre de labios impuros, que habito en medio de un pueblo de labios impuros, he visto con mis ojos al Rey y Señor de los ejércitos.» Y voló hacia mí uno de los serafines, con un ascua en la mano, que había cogido del altar con unas tenazas; la aplicó a mi boca y me dijo: «Mira; esto ha tocado tus labios, ha desaparecido tu culpa, está perdonado tu pecado.» Entonces, escuché la voz del Señor, que decía: «¿A quién mandaré? ¿Quién irá por mí?» Contesté: «Aquí estoy, mándame.»
Palabra de Dios

 

Salmo

Sal 137, 1-8


R/. Delante de los ángeles tañeré para ti, Señor

 

Te doy gracias, Señor, de todo corazón;
delante de los ángeles tañeré para ti,
me postraré hacia tu santuario. R/.

Daré gracias a tu nombre: 
por tu misericordia y tu lealtad, 
porque tu promesa supera a tu fama; 
cuando te invoqué, me escuchaste, 
acreciste el valor en mi alma. R/.

Que te den gracias, Señor, los reyes de la tierra, 
al escuchar el oráculo de tu boca; 
canten los caminos del Señor, 
porque la gloria del Señor es grande. R/.

Tu derecha me salva. 
El Señor completará sus favores conmigo: 
Señor, tu misericordia es eterna, 
no abandones la obra de tus manos. R/.

 

Segunda lectura

Lectura de la primera carta de san Pablo a los Corintios (15,1-11):

Os recuerdo, hermanos, el Evangelio que os proclamé y que vosotros aceptasteis, y en el que estáis fundados, y que os está salvando, si es que conserváis el Evangelio que os proclamé; de lo contrario, se ha malogrado vuestra adhesión a la fe. Porque lo primero que yo os transmití, tal como lo había recibido, fue esto: que Cristo murió por nuestros pecados, según las Escrituras; que fue sepultado y que resucitó al tercer día, según las Escrituras; que se le apareció a Cefas y más tarde a los Doce; después se apareció a más de quinientos hermanos juntos, la mayoría de los cuales viven todavía, otros han muerto; después se le apareció a Santiago, después a todos los apóstoles; por último, se me apareció también a mí. Porque yo soy el menor de los apóstoles y no soy digno de llamarme apóstol, porque he perseguido a la Iglesia de Dios. Pero por la gracia de Dios soy lo que soy, y su gracia no se ha frustrado en mí. Antes bien, he trabajado más que todos ellos. Aunque no he sido yo, sino la gracia de Dios conmigo. Pues bien; tanto ellos como yo esto es lo que predicamos; esto es lo que habéis creído. 
Palabra de Dios

 

Evangelio

Lectura del santo evangelio según san Lucas (5,1-11):

En aquel tiempo, la gente se agolpaba alrededor de Jesús para oír la palabra de Dios, estando él a orillas del lago de Genesaret. Vio dos barcas que estaban junto a la orilla; los pescadores habían desembarcado y estaban lavando las redes. Subió a una de las barcas, la de Simón, y le pidió que la apartara un poco de tierra. Desde la barca, sentado, enseñaba a la gente. 
Cuando acabó de hablar, dijo a Simón: «Rema mar adentro, y echad las redes para pescar.»
Simón contestó: «Maestro, nos hemos pasado la noche bregando y no hemos cogido nada; pero, por tu palabra, echaré las redes.» 
Y, puestos a la obra, hicieron una redada de peces tan grande que reventaba la red. Hicieron señas a los socios de la otra barca, para que vinieran a echarles una mano. Se acercaron ellos y llenaron las dos barcas, que casi se hundían. 
Al ver esto, Simón Pedro se arrojó a los pies de Jesús diciendo: «Apártate de mí, Señor, que soy un pecador.» Y es que el asombro se había apoderado de él y de los que estaban con él, al ver la redada de peces que habían cogido; y lo mismo les pasaba a Santiago y Juan, hijos de Zebedeo, que eran compañeros de Simón.
Jesús dijo a Simón: «No temas; desde ahora serás pescador de hombres.» Ellos sacaron las barcas a tierra y, dejándolo todo, lo siguieron.
Palabra del Señor

 

 

COLLATIONES

Uno de los serafines toca la boca de Isaías con un ascua del altar y le dice: “Mira; esto ha tocado tus labios, ha desaparecido tu culpa, está perdonado tu pecado.» Entonces, escuché la voz del Señor, que decía: «¿A quién mandaré? ¿Quién irá por mí?» Contesté: «Aquí estoy, mándame.» Vemos que la vocación nace por iniciativa divina, pero requiere la respuesta del elegido, requiere ese: «Aquí estoy, mándame.» El cristiano ha sido elegido por Dios y de él se espera esa respuesta. No olvidemos que hemos sido elegidos y enviados, somos por tanto apóstoles. Hemos de transmitir el mensaje recibido, el mensaje de salvación.  «Aquí estoy, mándame.» Mándame, le dice Isaías, y Dios nos manda, para que el hombre pueda, obedeciendo, ser capaz de lo que en su debilidad, y por sí solo, no es capaz. «Maestro, nos hemos pasado la noche bregando y no hemos cogido nada; pero, por tu palabra, echaré las redes.» Sin el Señor, nuestras redes estarían vacías, pero dice San Agustín que: “Recibieron de él las redes de la palabra de Dios, las echaron al mundo como si fuera un mar profundo, y capturaron la muchedumbre de cristianos que vemos y nos causa admiración”. “Llenaron las dos barcas, que casi se hundían”.  Aquellas dos barcas simbolizaban a dos pueblos, el de los judíos y el de los gentiles, el de la Sinagoga y el de la Iglesia, el de la circuncisión y el del prepucio. Cristo es la piedra angular de aquellas dos barcas, semejantes a dos paredes que traen distinta dirección (San Agustín). “Llenaron las dos barcas, que casi se hundían”.  Lo mismo sucede ahora: los muchos cristianos que viven mal oprimen a la Iglesia. Y esto es poco: también rompen las redes. Pues, si no se hubiesen roto las redes, no hubiesen existido cismas (San Agustín).

“Jesús dijo a Simón: «No temas; desde ahora serás pescador de hombres.» Ellos sacaron las barcas a tierra y, dejándolo todo, lo siguieron”. Dice San Bernardo que: “este mar inmenso y dilatado tiene muchos peces puros, dignos de la mesa del Señor. De los que viven inmersos en la vida y costumbres del mundo se ha reservado muchos millares. La red apostólica los coge en sus mallas y cuando vuelve al puerto los separa de los malos”.

«Rema mar adentro, y echad las redes para pescar.»
Usemos las redes que nos da el Señor, porque según San Ambrosio: “Estos instrumentos de pesca de los apóstoles no hacen perecer a la presa sino que la conservan, la salvan de los abismos y la sacan a la luz, conduciéndola de los fondos bajos hacia las alturas… “.  

 

San Bernardo:

“Vi al Señor sentado sobre un trono alto y excelso; y la tierra estaba llena de su gloria”. El Profeta nos describe aquí una sublime visión. “Vi al Señor sentado”. ¡Qué espectáculo tan grandioso, hermanos! ¡Dichosos los ojos que pudieron contemplarlo! ¿Quién no arde en deseos de contemplar una gloria tan majestuosa? Este fue el deseo único de todos los santos, y lo que los ángeles ansían contemplar. Porque la vida eterna consiste en verle a él.

Pero también recuerdo, hermanos, aquellas otras palabras del mismo Profeta, y aquella otra estampa tan distinta del Señor: Es el mismo Isaías quien dice en otro lugar: “Lo vimos sin aspecto atrayente; nosotros le tuvimos por leproso, etc”. Lo primero que debemos advertir es que una afirmación es general, y la otra propia del carisma profético. Por eso en una se dice “vimos”, y la otra es una gracia especialísima. Herodes le vio sin figura ni belleza, y le despreció; también le vieron así los judíos, y contaron todos sus huesos. Pero sobre esa otra inefable visión el Profeta es categórico: “Desaparezca el malvado y no vea la gloria de Dios”.

Dios habló por los profetas en múltiples ocasiones y de muchas maneras. Y ellos le vieron a él. David reconoció al Señor hecho menor que los ángeles. Jeremías lo contempló en el mundo y viviendo entre los hombres. Isaías unas veces en un trono alto, y otra muy por debajo de los ángeles y de los mismos hombres: tanto, que le pareció un leproso; es decir, no sólo un hombre, sino un hombre pecador.

Si tú quieres contemplar al Señor de la majestad, acércate primero al Jesús humilde. Clava tus ojos en la serpiente levantada en el desierto, y después podrás ver al Rey sentado en su trono. Humíllate con esa imagen y serás ensalzado con la otra. Que una reviente tu hinchazón, y así la otra colmará y saciará tus deseos. ¿Lo contemplas anonadado? No te parezca una visión inútil, porque si no, no lo verás glorioso. No te asustes, y lo verás también glorioso. Cuando lo veas tal cual es, serás semejante a él. Hazte ahora igual que él y contémplale tal y como se hizo por ti. Si no te apartas de él en su humildad, merecerás compartir su misma gloria. Al que ha sido solidario suyo en el sufrimiento él no le negará la participación en su triunfo. Es tan fiel en admitir a su reino al que participa en su Pasión, que recibe inmediatamente en el paraíso al ladrón arrepentido. A los Apóstoles se les dice claramente: “Vosotros os habéis mantenido a mi lado en mis pruebas, y yo os confiero realeza”.

Si compartimos sus sufrimientos compartiremos también su gloria. Meditemos, pues, hermanos, sin cesar en Cristo crucificado. Grabémosle como un sello en nuestro corazón y en nuestro brazo. Abracémosle con los dos brazos del amor, y sigamos sus pisadas empeñados en una vida santa. Este es el camino por donde él mismo se nos dará a conocer como salvación de Dios. Entonces ya no lo veremos desfigurado y sin belleza, sino tan radiante de gloria que su majestad llenará toda la tierra…

Podemos afirmar, pues, que Isaías vio con mirada profética aquella gloria y dijo: “Vi al Señor sentado sobre un trono excelso, etc”. ¿De qué trono se trata aquí, hermanos? Porque el Altísimo no habita en edificios visibles, construidos por hombres. No existe ninguna materia idónea para ese trono y para ese personaje. Este edificio espiritual se levanta con piedras vivas, porque la Vida eterna y verdadera la llena graciosamente con su presencia. Y si las criaturas angélicas, diezmadas por los desertores, no bastan para construir este maravilloso edificio, levante del polvo al desvalido y alce de la basura al pobre, para sentarlo con los príncipes y se complete el trono real.

El vidente habla de un trono excelso y alto. Tal vez quiere indicar con ello la excelencia invariable de los ángeles y la misericordiosa elevación de los hombres. Lo que sigue nos exige una consideración más atenta. Por hoy bástenos haber comenzado la materia.

(SERMONES DEL PRIMER DOMINGO DE NOVIEMBRE. SERMÓN PRIMERO. LA VISIÓN DE ISAÍAS, 1-2.4)

 

Cuando nuestro gran contemplativo ve al que está sentado en el trono, exclama: Toda la tierra está llena de su gloria. ¡Venga, Señor, tu reino, y llena la tierra de tu gloria, lo mismo que llenas el cielo! El jefe de este mundo está loco de alegría, porque la tierra está en poder de los malvados. Es su hora y el dominio de las tinieblas. No os preocupéis: el que fue expulsado del cielo, también será eliminado de la faz de la tierra y encadenado en las mazmorras del abismo. Por eso el profeta David, después de ensalzar la felicidad de los santos, añade esta frase contra el maligno y sus ángeles cómplices: No así los malvados, no así: serán paja que el viento se lleva de la faz de la tierra. 

Desde ese instante ya no habrá posibilidad de tentar, ni permisión para turbar, ni capacidad de hacer daño. El mundo entero estará lleno de su gloria, porque nadie quebrantará su voluntad, y las criaturas se verán liberadas de la esclavitud a la corrupción, por la que ahora lanzan un gemido universal con los dolores de parto. Habrá un cielo nuevo y una tierra nueva, y doquiera dirijas tu mirada el rostro de cada criatura será un nítido espejo de la majestad divina. 

Pero tienes otra tierra mucho más cerca de ti, y que te exige un cuidado mayor y más obligado. Porque nadie odia su propia carne. Consuélala, repítele que la gloria del Señor llenará toda la tierra, y así descansará serena. 

 

¿Es posible, hermanos, que la gloria divina pueda llenar ahora nuestro cuerpo, cuando un hombre tan grande como Pablo, que poseía las primicias del Espíritu, gemía inconsolable diciendo: Veo claro que en mi cuerpo no anida nada bueno? El pecado, ciertamente, ya no dominaba en su cuerpo mortal. Pero fíjate cómo se atribuye un cuerpo mortal y niega únicamente el dominio del pecado. Él sentía en sí mismo esa ley del pecado, que será suprimida cuando llegue la plenitud de la gloria. Más aún: como último enemigo aniquilará a la muerte. 

Así, pues, nuestra tierra quedará inundada de la gloria del Señor cuando desaparezca todo vestigio de pecado y pena de muerte. Nuestra tierra, insisto, se llenará de la majestad del Señor cuando se revista de la gloria de la resurrección, luzca la estola de la inmortalidad y se identifique con el cuerpo glorioso de Cristo. Pues aguardamos un Salvador, que transformará la bajeza de nuestro ser reproduciendo en nosotros el resplandor del suyo. ¿Todavía murmuras, carne miserable? ¿Por qué sigues tan rebelde y tienes apetencias contrarias al espíritu? Si te humilla, castiga, esclaviza, es porque busca su bien con tanto interés como el suyo. ¿Por qué envidias a aquellos que se degradan pidiendo prestada esa gloria tan poco gloriosa de los gusanos de seda o de las pieles de musaraña? Con una compostura indigna, de varones, y totalmente prohibida a las mujeres, en vez de adornarse se degradan. Deja que ellos reformen, o más bien deformen su cuerpo. Tú procura vivir en humildad y el artista que te formó te reclamará. Si eres sensato, confía en esa mano que reconstruirá lo que él mismo creó. 

Mas sigue escuchando lo que acontece en esa visión del Profeta: y cuanto estaba debajo de él llenaba el templo. Por eso dije antes que te humillaras ante la mano poderosa de Dios, para que te levante a su tiempo. Intenta someterte a él si deseas estar con él. ¿O crees que admitirá indistintamente a los hombres en ese templo tan glorioso, en el que no permitió morar a tantos ángeles? ¿No seleccionará cuidadosamente al que es un puñado de arcilla, el que selecciona las mismas estrellas? Si examinó y rechazó el oro, con mayor razón observará la plata. ¿Y podrá encontrar un hombre capaz de ocupar el lugar del ángel maldito? Tiene que ser un hombre libre de toda culpa, sobre todo de aquella que hizo reo al ángel, no de una ofensa leve o de una ira pasajera, sino del odio eterno. La soberbia hizo tambalear aquel reino, sacudió sus murallas y derribó gran parte de ellas, ¿creéis que volverá a ser admitida fácilmente? En aquella ciudad existe un odio implacable contra esta peste tan horrorosa. 

Tened por cierto, hermanos, que quien no perdonó a los ángeles tampoco se compadecerá de los hombres. Es imparcial y no tiene acepción de personas: sus juicios son todos idénticos. Lo que más le agrada, tanto en el ángel como en el hombre, es la humildad; y desde su trono real solamente escoge para llenar el templo a los sumisos. Lo dice la Escritura: ¿Quién como el Señor Dios nuestro que se eleva en su trono, y se abaja para mirar al cielo y la tierra? ¿No es éste el grito de Miguel contra aquel soberbio que vociferaba: Me igualaré al Altísimo? Porque Miguel significa: ¿Quién como Dios?

El Profeta ha dicho que vio al Señor sobre un trono alto y excelso. Mas para evitar que el trono excelso se lo apliques al que dijo: escalaré la cima de las nubes, o el trono alto a los hombres llenos de soberbia, añade: Y cuanto estaba a sus pies llenaba el templo. Con ello quiere recomendar, no esa grandeza que se yergue contra Dios, sino esas otras criaturas que están debajo de él, en el templo o junto a su trono. Unas son eminentes por su estabilidad incomparable, y otras han sido elevadas del abismo por la misericordia divina.

 
Y no repliques que todas las cosas están sometidas a su imperio, o que la expresión lo que está debajo de él, es muy indeterminada. Lo que realmente quiere inculcar y ensalzar es la sumisión a Dios plenamente voluntaria, y que brota del fervor de la caridad. Por eso continúa hablando de los serafines, de los cuales diremos a su tiempo lo que el Señor nos inspire. 

Y todo lo que estaba a sus pies llenaba el templo. En el principio Dios creó a los ángeles para hacer con ellos su templo santo. Muchos no le agradaron porque, como dice la Escritura: En sus mismos ángeles descubre faltas. Uno gritó: Me sentaré en el vértice del cielo, y sus palabras arrastraron a otros muchos. ¡Desdichado de él, que prefirió alejarse de Dios antes que someterse a él! Y desdichados también aquellos otros que vieron a un ladrón y le siguieron. Los desgraciados se marcharon, y dejaron su sitio vacío y disponible para otros. 

Tú, alma mía, ¿no vas a someterte a Dios? En caso contrario no tendrás un sitio en el templo, pues todo lo que estaba debajo de él llenaba el templo. Es inútil que las muchachas necias llamen o griten; cuando la sala del banquete se llene de comensales la puerta se cerrará para siempre. ¡Desgraciada el alma que es excluida de esas bodas! Desgraciado al que se le diga: Desaparezca el malvado y no vea la gloria de Dios. ¿De qué le valió a esa infeliz ver la luz de este mundo, si no puede contemplar esa otra gloria? Si voy a estar privado de esa visión -Dios no lo permita-, preferiría no haber visto jamás nada de este mundo. Que los soberbios disfruten y se hinchen de orgullo; que se envanezcan y engrían y aspiren a subirse a la cima. Ya vendrá el justo nivelador y serán arrojados al vacío.

Alma mía tú no vivas así. Sométete a Dios, sométete libremente, sométete con el amor más ferviente, porque los serafines estaban junto a él. Hermanos, quedémonos hoy nosotros con ellos, y no nos movamos de este templo donde todos aclaman con un grito unánime: ¡Gloria! Porque contemplan la gloria de nuestro Señor Jesucristo, que es el Dios Soberano, bendito por siempre.

(SERMONES DEL PRIMER DOMINGO DE NOVIEMBRE. SERMÓN SEGUNDO. LA VISIÓN DE ISAÍAS, 1-5)

 

Espero que no hayáis olvidado que nuestro sermón de hoy versaría sobre los dos Serafines de que nos habla Isaías. Después de decir que vio al Señor sentado en un trono, añade que unos Serafines se mantenían de pie por encima de él. Como habéis oído muchas veces, queridos hermanos, llamamos serafines a esos espíritus supremos, que son los más excelsos y perfectos de los nueve coros celestiales. Pero este texto creo que no intenta ensalzar su dignidad: porque son una multitud incontable y aquí sólo habla de dos Serafines. Yo, usando la libertad de interpretación que todos tenemos, veo en estos dos Serafines las dos criaturas racionales: el ángel y el hombre. Y no extrañe que haga del hombre un Serafín: recuerda que el Creador y Señor de los Serafines se hizo hombre.

¡Qué afrenta tan enorme la tuya! Por tu soberbia no mereciste vivir entre tus compañeros los ángeles; y he aquí que nuestro Rey viene a la tierra a crear otros nuevos ángeles. Y para que te atormentes y te consumas de envidia, no creará unos ángeles cualesquiera o del orden más ínfimo, sino Serafines. Escucha lo que acaba de decir: He venido a traer fuego a la tierra y ¡cuánto desearía que ya estuviera encendido! Sí, quiere hacer Serafines, y que estén allí mismo donde tú estabas y te perdiste.

Dice la Escritura que unos Serafines estaban de pie encima de él. Más tú, Lucero matutino, no fuiste capaz de mantenerte en la verdad, porque no eras un auténtico Serafín. Porque Serafín significa el que arde, el que se abrasa. Y tú, miserable, tenías luz, pero carecías de ardor. Te hubiera sido más provechoso arder que brillar. Y si estabas tan frío, ¿por qué no elegiste la región más glacial, en vez de obcecarte por tu ansia apasionada de brillar? Recuerda lo que dijiste: Escalaré la cima de las nubes, y me sentaré en el vértice del cielo. Lucero, ¿por qué quieres amanecer tan pronto? ¿Te crees superior a los demás astros porque te parece que brillas algo más que ellos? ¡Qué fugaz va a ser tu presunción! 

Cayó, pues, Lucifer como un rayo del cielo. En cambio, unos Serafines estaban de pie por encima de él. Sí, se mantenían en pie porque el amor no pasa nunca. Están atónitos y extáticos, contemplando al que está sentado en el trono; viven en una eterna inmutabilidad y en una inmutable eternidad. Tú, oh malvado, quisiste sentarte allí, y por eso diste un mal paso y resbalaron tus pisadas. El único digno de ocupar el trono es el Hijo, el Señor del universo, que todo lo juzga con inmensa moderación. Solamente la Trinidad puede sentarse, la única que posee la inmortalidad, y no tiene fases ni períodos de sombra.

También los Serafines perseveran inmutables, pero a otro nivel muy distinto del Señor. Están abiertos y absortos en aquel que no se cansan de contemplar…

(SERMONES DEL PRIMER DOMINGO DE NOVIEMBRE. SERMÓN TERCERO. LA VISIÓN DE ISAÍAS, 3-4)

Porque ese malvado tiene sus redes y dardos. Es un astuto cazador de hombres, que está sediento de la sangre de las almas. A unos les echa con habilidad los dardos de cualquier sugerencia, y de ese modo hiere a los que tienen poca paciencia. A otros les echa la red del placer, y atrapa a toda esa gente que se arrastra por la tierra o revolotea a ras de ella. 

 

Pero si nos gozamos en la tribulación el enemigo se queda totalmente desarmado y desconcertado. Nos hemos liberado de la red del cazador y de la ponzoña de sus consejos. El enemigo será incapaz de vencerle, sugiriéndole placeres carnales, a quien se complace en la cruz de Cristo. Y el malvado no le hará daño alguno cuando intente inquietar su espíritu con sentimientos de amargura. 

El que sabe alimentarse con ayunos no sueña en banquetes, y menos aún murmurará de lo que es su mejor manjar. Se refugia en el Altísimo, y allí no llegan las redes ni los dardos del enemigo. Es un pez puro, con escamas y aletas. Y si es inútil tender una red a los animales alados, se pierde el tiempo arrojando saetas a las escamas de las corazas. La Ley establece que son peces puros los que se mueven con aletas y están cubiertos de escamas, sean de mar, de río o de estanque.

Sí, este mar inmenso y dilatado tiene muchos peces puros, dignos de la mesa del Señor. De los que viven inmersos en la vida y costumbres del mundo se ha reservado muchos millares. La red apostólica los coge en sus mallas y cuando vuelve al puerto los separa de los malos. Allí estará, sin duda alguna, este gran pescador de hombres que arrastra tras de sí a la Acaya entera.

También el río cría peces puros: son los administradores honrados. El río simboliza a todo ese conjunto de predicadores que no permanecen fijos en un lugar, sino que se mueven en todas direcciones para regar todos los campos. Y existen también muchos peces puros en los estanques: los que sirven a Dios en el claustro, en espíritu y virtud. Está muy bien comparar los monasterios con los estanques, pues sus moradores son unos peces encarcelados que no pueden corretear libremente y están siempre disponibles para el banquete espiritual. Tienen esta obsesión: “¿Cuándo vendrán por mí? Cada día de mi servicio, espero que llegue mi traslado. (LOS PECES PUROS. EN EL NACIMIENTO DE SAN ANDRÉS, 3)

 

San Ambrosio:

“Rema lago adentro”, es decir en la alta mar de los debates. ¿Hay abismos comparables a “…la profanidad de riqueza, de la sabiduría y de la ciencia de Dios” a la proclamación de la filiación divina?… La Iglesia es conducida por Pedro en la alta mar del testimonio, para contemplar al Hijo de Dios resucitado y al Espíritu derramado.  ¿Cuáles son las redes que Cristo manda a los apóstoles de echar al agua? No es el conjunto de las palabras, los discursos, la profanidad de los argumentos que no dejan escapar a los que se han quedado en sus redes? Estos instrumentos de pesca de los apóstoles no hacen perecer a la presa sino que la conservan, la salvan de los abismos y la sacan a la luz, conduciéndola de los fondos bajos hacia las alturas…   “Maestro, dice Pedro, hemos estado toda la noche faenando y no hemos cogido nada, pero puesto que tú lo dices, echaré las redes.” Yo también, Señor, sé que para mí es de noche si tú no me guías. Todavía no he convertido a nadie por mis palabras, todavía es de noche. He hablado el día de la Epifanía; he echado las redes y no he pescado nada. He echado las redes de día. Espero que tú me mandes echar las redes. A tu palabra la volveré a echar. La confianza en uno mismo no vale nada mientras que la humildad es fecunda. Los apóstoles, que hasta entonces no habían pescado nada, a la voz del Señor, capturaron una gran cantidad de peces. (Tratado sobre el evangelio de San Lucas, IV, 71-76)

San Agustín:

Recordad, pues, la primera pesca, para ver en ella cómo es la Iglesia del tiempo presente. El Señor Jesús encontró a sus discípulos entregados a la pesca cuando por primera vez los llamó a que lo siguiesen. Entonces no habían capturado nada en toda la noche. Cuando lo vieron, escucharon que les decía: Echad las redes. Señor -le replican-, en toda la noche nada hemos capturado pero, en tu palabra, las echamos. Echaron las redes por orden del todopoderoso. ¿Qué otra cosa podía hacerse sino su voluntad? Con todo, como ya dije, en ese mismo hecho se dignó simbolizar algo que nos conviene conocer. Echaron, pues, las redes. El Señor aún no había sufrido la pasión ni había resucitado. Echaron las redes: capturaron tal cantidad de peces que las dos barcas se llenaron y las mismas redes se rompían de tantos que eran. Entonces les dijo: Venid y os haré pescadores de hombres. Recibieron de él las redes de la palabra de Dios, las echaron al mundo como si fuera un mar profundo, y capturaron la muchedumbre de cristianos que vemos y nos causa admiración. Aquellas dos barcas simbolizaban a dos pueblos, el de los judíos y el de los gentiles, el de la Sinagoga y el de la Iglesia, el de la circuncisión y el del prepucio. Cristo es la piedra angular de aquellas dos barcas, semejantes a dos paredes que traen distinta dirección. Pero ¿qué hemos escuchado? Que entonces las barcas amenazaban hundirse por la multitud de peces. Lo mismo sucede ahora: los muchos cristianos que viven mal oprimen a la Iglesia. Y esto es poco: también rompen las redes. Pues, si no se hubiesen roto las redes, no hubiesen existido cismas. (SERMÓN 248,2)

 

Contempla a Pablo, una partecita de esa heredad; mírale debilitado cuando dice: No merezco el nombre de apóstol, pues perseguí a la Iglesia de Dios. ¿Por qué, entonces, eres apóstol? Por la gracia de Dios soy lo que soyNo lo merezco, pero por la gracia de Dios soy lo que soy. Pablo se hizo débil, tú, en cambio, lo hiciste perfecto. Ahora bien, dado que es lo que es por la gracia de Dios, mira lo que sigue: Y su gracia no ha sido estéril en mí, sino que trabajé más que todos ellos. Estate atento, no sea que pierdas por tu presunción lo que mereciste por tu debilidad. Bien, bien dichas están estas palabras: No merezco el nombre de apóstol; por su gracia soy lo que soy; y su gracia no ha sido estéril en mí. Todo muy bien dicho. Pero he trabajado más que todos ellos: da la impresión de que comienzas a atribuirte lo que antes habías atribuido a Dios. Fíjate y sigue: pero no yo, sino la gracia de Dios conmigo. Muy bien, hombre débil: Serás exaltado con la máxima fortaleza ya que no eres ingrato. Eres el mismísimo Pablo, pequeño en ti, grande en el Señor. Tú eres quien rogaste tres veces al Señor que alejase de ti el aguijón de la carne, el ángel de Satanás, que te abofeteaba. Y ¿qué se te dijo? ¿Qué oíste cuando eso pediste? Te basta mi gracia, pues la virtud alcanza su perfección en la debilidad. He aquí que él se hizo débil, pero tú lo hiciste perfecto.

Así también dice Pedro: Mándame ir a ti sobre las aguas. Me atrevo como hombre, pero no ruego a un hombre. Mándelo el Dios—hombre, para poder lo que no puede un hombre. Y él dijo: ¡Ven! Descendió de la barca y comenzó a caminar sobre las aguas; y pudo Pedro, porque lo había mandado la piedra. Ved lo que pudo Pedro en el Señor. (Sermón 47, 7-8)

Este Pedro, que así habla, fue pescador: y en la actualidad es un inestimable timbre de gloria para un orador, ser capaz de comprender al pescador. Esta es la razón por la que el apóstol Pablo, hablando de los primeros cristianos, les decía: Fijaos, hermanos, en vuestra asamblea; no hay en ella muchos sabios en lo humano, ni muchos poderosos, ni muchos aristócratas; todo lo contrario, lo necio del mundo lo ha escogido Dios para humillar a los sabios; lo débil del mundo lo ha escogido Dios para humillar al fuerte. Aún más, ha escogido la gente baja del mundo, lo despreciable, lo que no cuenta, para anular a lo que cuenta.

Si para dar comienzo a su obra, Cristo hubiera elegido un orador, el orador hubiera dicho: «He sido elegido en consideración a mi elocuencia». Si hubiera escogido a un senador, el senador hubiera dicho: «He sido escogido en atención a mi dignidad». Finalmente, si primeramente hubiera elegido a un emperador, el emperador hubiera dicho: «He sido elegido en consideración a mi poder». Descansen los tales y aguarden todavía un poco. Descansen un poco: no se prescinda de ellos ni se les desprecie; sean tan sólo aplazados quienes pueden gloriarse de sí mismos y en sí mismos.

Dame —dice— ese pescador, dame a ese ignorante, dame ese analfabeto, dame a ese con quien no se digna hablar el senador, ni siquiera al comprarle la pesca: dame a ese. Y cuando le haya colmado de mis dones, quedará patente que soy yo quien actúo. Aunque bien es verdad que me propongo hacer lo mismo con el senador, el orador y el emperador: lo haré llegado el momento también con el senador, pero con un pescador mi actuación es más evidente. Puede el senador gloriarse de sí mismo, y lo mismo el orador y el emperador: en cambio el pescador sólo puede gloriarse en Cristo. Que venga, que venga primero el pescador a enseñar la humildad que salva; por su medio será más fácilmente conducido a Cristo el emperador.

Acordaos, pues, del pescador santo, justo, bueno, lleno de Cristo, en cuyas redes, echadas por todo el mundo, había de ser pescado, junto con los demás, este pueblo africano; acordaos, pues, que él había dicho: Esto nos cerciora la palabra de los profetas. (Sermón 43, 5-6)

Últimas publicaciones

Dirección

Monasterio Cisterciense Ntra. Sra. de la Paz
Carril de los Vidales 20
30593 La Palma, Cartagena (Murcia)
Teléfono: 968 55 42 25
Website: http://monasteriodelapalma.es
Email: ocsomclp@gmail.com

Enlaces de interés