21 de febrero de 2016. Domingo 2º de Cuaresma – Ciclo C.-

21 de febrero de 2016

Domingo 2º de Cuaresma

- Ciclo C.-

Primera lectura

Lectura del libro del Génesis (15,5-12.17-18):

En aquellos días, Dios sacó afuera a Abrán y le dijo: «Mira al cielo; cuenta las estrellas, si puedes.» 
Y añadió: «Así será tu descendencia.» Abrán creyó al Señor, y se le contó en su haber. 
El Señor le dijo: «Yo soy el Señor, que te sacó de Ur de los Caldeos, para darte en posesión esta tierra.»
Él replicó: «Señor Dios, ¿cómo sabré yo que voy a poseerla?» 
Respondió el Señor: «Tráeme una ternera de tres años, una cabra de tres años, un carnero de tres años, una tórtola y un pichón.» 
Abrán los trajo y los cortó por el medio, colocando cada mitad frente a la otra, pero no descuartizó las aves. Los buitres bajaban a los cadáveres, y Abrán los espantaba. Cuando iba a ponerse el sol, un sueño profundo invadió a Abrán y un terror intenso y oscuro cayó sobre él. El sol se puso y vino la oscuridad; una humareda de horno y una antorcha ardiendo pasaban entre los miembros descuartizados. 
Aquel día el Señor hizo alianza con Abran en estos términos: «A tus descendientes les daré esta tierra, desde el río de Egipto al Gran Río.»
Palabra de Dios

 

Salmo

Sal 26,1.7-8a.8b-9abc.13-14


R/.
 El Señor es mi luz y mi salvación

El Señor es mi luz y mi salvación, 
¿a quién temeré? 
El Señor es la defensa de mi vida, 
¿quién me hará temblar? R/.

Escúchame, Señor, que te llamo; 
ten piedad, respóndeme. 
Oigo en mí corazón: 
«Buscad mi rostro.» R/. 

Tu rostro buscaré, Señor, 
no me escondas tu rostro. 
No rechaces con ira a tu siervo, 
que tú eres mi auxilio. R/. 

Espero gozar de la dicha del Señor 
en el país de la vida. 
Espera en el Señor, sé valiente, 
ten ánimo, espera en el Señor. R/.

 

Segunda lectura

Lectura de la carta del apóstol san Pablo a los Filipenses (3,17–4,1):

Seguid mi ejemplo, hermanos, y fijaos en los que andan según el modelo que tenéis en nosotros. Porque, como os decía muchas veces, y ahora lo repito con lágrimas en los ojos, hay muchos que andan como enemigos de la cruz de Cristo: su paradero es la perdición; su Dios, el vientre; su gloria, sus vergüenzas. Sólo aspiran a cosas terrenas. Nosotros, por el contrario, somos ciudadanos del cielo, de donde aguardamos un Salvador: el Señor Jesucristo. Él transformará nuestro cuerpo humilde, según el modelo de su cuerpo glorioso, con esa energía que posee para sometérselo todo. Así, pues, hermanos míos queridos y añorados, mi alegría y mi corona, manteneos así, en el Señor, queridos.
Palabra de Dios

 

Evangelio

Lectura del santo evangelio según san Lucas (9,28b-36):

En aquel tiempo, Jesús cogió a Pedro, a Juan y a Santiago y subió a lo alto de la montaña, para orar. Y, mientras oraba, el aspecto de su rostro cambió, sus vestidos brillaban de blancos. De repente, dos hombres conversaban con él: eran Moisés y Elías, que, apareciendo con gloria, hablaban de su muerte, que iba a consumar en Jerusalén. Pedro y sus compañeros se caían de sueño; y, espabilándose, vieron su gloria y a los dos hombres que estaban con él. 
Mientras éstos se alejaban, dijo Pedro a Jesús: «Maestro, qué bien se está aquí. Haremos tres tiendas: una para ti, otra para Moisés y otra para Elías.» No sabía lo que decía.
Todavía estaba hablando, cuando llegó una nube que los cubrió. Se asustaron al entrar en la nube. Una voz desde la nube decía: «Éste es mi Hijo, el escogido, escuchadle.»
Cuando sonó la voz, se encontró Jesús solo. Ellos guardaron silencio y, por el momento, no contaron a nadie nada de lo que habían visto. 
Palabra del Señor

COLLATIONES

Hoy presenciamos la transfiguración del señor. Junto a los discípulos vemos a dos hombres que hablan con Él: “Eran Moisés y Elías, que, apareciendo con gloria, hablaban de su muerte, que iba a consumar en Jerusalén”. Ha llegado el tiempo de la nueva alianza, no como la de Abrahán, sellada con sangre de animales, sino una alianza sellada con la Sangre del Cordero, y el Señor prepara a sus discípulos.

“Abrán creyó al Señor, y se le contó en su haber”. Nos explica Orígenes que Moisés escribió esta frase “para que, de su lectura, sacáramos nosotros provecho para nuestra fe, en la convicción de que si creemos en Dios como él creyó, también a nosotros se nos contará en nuestro haber”. Él creyó en la resurrección cuando aún no había sucedido, cuando Jesús todavía no había resucitado de entre los muertos, y esa fe le hizo ofrecer a su hijo.  Es el primero de los ejemplos que hoy se nos proponen para imitar.

En el Evangelio, los discípulos de Jesús están viendo su Gloria, pero no han entendido que la Cruz precede a la Gloria, y que el Señor quiere que en todo, incluso en eso, en pasar por la Cruz, le imitemos.

En la segunda lectura, San Pablo nos insta a seguir su ejemplo: “Seguid mi ejemplo, hermanos, y fijaos en los que andan según el modelo que tenéis en nosotros”. San Clemente de Roma también nos muestra que siempre ha habido ejemplos dignos de ser imitados: “Tengamos los ojos fijos en aquellos que incondicionalmente se pusieron al servicio de su magnífica gloria. Tomemos como ejemplo a Henoc, Noé, Abrahán”. Y, ¿por qué?, le podemos preguntar: porque “los indecisos y los que dudan de la potencia de Dios se convierten en juicio y escarmiento para todas las generaciones”, como la mujer de Lot. Imitemos pues, a aquellos que como diría San Policarpo de Esmirna: “Son imágenes vivientes de la verdadera caridad”.

Y, la pregunta más importante, nos ha plantea San Bernardo: “¿Seré yo capaz de imitar al Hijo único del Padre, a Cristo fuerza y sabiduría de Dios? Se ofreció porque quiso, sufrió cuando quiso y lo que quiso, como quien era verdadero hombre y verdadero Dios”. Imitémosle, con la seguridad de que un día, “Él transformará nuestro cuerpo humilde, según el modelo de su cuerpo glorioso, con esa energía que posee para sometérselo todo”.

Orígenes:

Abrahán creyó al Señor y se le contó en su haber. No escribió esto Moisés para que lo leyera Abrahán, que hacía tiempo estaba muerto, sino para que, de su lectura, sacáramos nosotros provecho para nuestra fe, en la convicción de que si creemos en Dios como él creyó, también a nosotros se nos contará en nuestro haber, a nosotros que creemos en el que resucitó de entre los muertos a nuestro Señor Jesucristo. Veamos por qué, al confrontar nuestra fe con la de Abrahán, saca Pablo a colación el tema de la resurrección.

¿Es que Abrahán creyó en el que resucitó a Jesucristo de entre los muertos, cuando Jesús todavía no había resucitado de entre los muertos? Quisiera ahora considerar qué es lo que pensaba Pablo al prometernos que así como al creyente Abrahán la fe se le contó en su haber, así también a nosotros se nos contará si creemos en el que resucitó de entre los muertos a nuestro Señor Jesús.

Cuando le fue ordenado sacrificar a su hijo único, Abrahán creyó que Dios era capaz de resucitarlo de entre los muertos; creyó asimismo que aquel asunto no concernía únicamente a Isaac, sino que la plena realización del misterio estaba reservada a su posteridad, es decir, a Jesús. Por eso, ofrecía gozoso a su único hijo, porque en este acto veía no la extinción de su posteridad, sino la reparación del mundo y la renovación de todo el género humano, que se llevó a cabo por la resurrección del Señor. Por eso dice de él el Señor: Abrahán, vuestro padre, saltaba de gozo pensando en ver mi día: lo vio, y se llenó de alegría.

Consideradas así las cosas, se ve muy oportuna la comparación entre la fe de Abrahán y la de quienes creen en aquel que resucitó al Señor Jesús; pues lo que él creyó que había de venir, eso es lo que nosotros creemos ya venido. (Comentario sobre la carta a los Romanos. Lib 7)

 

San Clemente de Roma:

Obedezcamos, por tanto, a su magnífico y glorioso designio, e implorando con súplicas su misericordia y benignidad, recurramos a su benevolencia y convirtámonos, dejadas a un lado las vanas obras, las contiendas y la envidia, que conduce a la muerte.

Tengamos los ojos fijos en aquellos que incondicionalmente se pusieron al servicio de su magnífica gloria. Tomemos como ejemplo a Henoc, quien, hallado justo en la obediencia, fue trasladado sin pasar por la muerte. Noé fue hallado fiel, y se le confió la misión de predicar al mundo la regeneración y, por su medio, salvó el Señor a los animales que, en buena armonía, entraron con él en el arca.

Abrahán, llamado amigo, fue hallado fiel por haber obedecido los mandatos de Dios. Por obediencia, salió de su tierra, de su parentela y de la casa de su padre, para poder entrar en posesión de las promesas de Dios a cambio de una tierra escasa, de una parentela débil y de una casa pequeña.

Le dijo, en efecto, el Señor: Sal de tu tierra, de tu patria y de la casa de tu padre hacia la tierra que te mostraré. Haré de ti un gran pueblo, te bendeciré, haré famoso tu nombre, y será una bendición. Bendeciré a los que te bendigan, maldeciré a los que te maldigan. Con tu nombre se bendecirán todas las familias del mundo. Y cuando se hubo separado de Lot, nuevamente le dijo Dios: Desde tu puesto dirige la mirada hacia el norte, mediodía, levante y poniente. Toda la tierra que abarques te la daré a ti y a tus descendientes para siempre. Haré a tus descendientes como el polvo de la tierra: el que pueda contar el polvo de la tierra podrá contar a tus descendientes. Y de nuevo: El Señor sacó afuera a Abrán y le dijo: «Mira al cielo, cuenta las estrellas si puedes: así será tu descendencia». Por su fe y su hospitalidad le fue concedido un hijo siendo ya viejo, y por obediencia se lo ofreció a Dios en sacrificio en uno de los montes que Dios le había indicado.

Por su hospitalidad y su piedad Lot salió ileso de Sodoma, mientras toda la región en torno era abrasada en el fuego y el azufre, con lo que el Señor puso de manifiesto que no abandona a los que esperan en él, pero castiga severamente a los que se apartan de sus mandatos. En efecto, la mujer de Lot quedó convertida hasta el día de hoy en estatua de sal, como símbolo de esta verdad: que los indecisos y los que dudan de la potencia de Dios se convierten en juicio y escarmiento para todas las generaciones. (Carta a los Corintios, 9-11)

 

San Policarpo de Esmirna:

Policarpo y los presbíteros que están con él, a la Iglesia de Dios que vive como forastera en Filipos: Que la misericordia y la paz, de parte de Dios todopoderoso y de Jesucristo, nuestro salvador, os sean dadas con toda plenitud.

Sobremanera me he alegrado con vosotros, en nuestro Señor Jesucristo, al enterarme de que recibisteis a quienes son imágenes vivientes de la verdadera caridad y de que asististeis, como era conveniente, a quienes estaban cargados de cadenas dignas de los santos, verdaderas diademas de quienes han sido escogidos por nuestro Dios y Señor. Me he alegrado también al ver cómo la raíz vigorosa de vuestra fe, celebrada desde tiempos antiguos, persevera hasta el día de hoy y produce abundantes frutos en nuestro Señor Jesucristo, quien, por nuestros pecados, quiso salir al encuentro de la muerte, y Dios lo resucitó, rompiendo las ataduras de la muerte. No lo veis, y creéis en él con un gozo inefable y transfigurado, gozo que muchos desean alcanzar, sabiendo como saben que estáis salvados por su gracia, y no se debe a las obras, sino a la voluntad de Dios en Cristo Jesús.

Por eso, estad interiormente preparados y servid al Señor con temor y con verdad, abandonando la vana palabrería y los errores del vulgo y creyendo en aquel que resucitó a nuestro Señor Jesucristo de entre los muertos y le dio gloria, colocándolo a su derecha; a él le fueron sometidas todas las cosas, las del cielo y las de la tierra, y a él obedecen todos cuantos tienen vida, pues él ha de venir como juez de vivos y muertos, y Dios pedirá cuenta de su sangre a quienes no quieren creer en él.

Aquel que lo resucitó de entre los muertos nos resucitará también a nosotros, si cumplimos su voluntad y caminamos según sus mandatos, amando lo que él amó y absteniéndonos de toda injusticia, de todo fraude, del amor al dinero, de la maldición y de los falsos testimonios, no devolviendo mal por mal, o insulto por insulto, ni golpe por golpe, ni maldición por maldición, sino recordando más bien aquellas palabras del Señor, que nos enseña: No juzguéis, y no os juzgarán; perdonad, y seréis perdonados; compadeced, y seréis compadecidos. La medida que uséis la usarán con vosotros. Y: Dichosos los pobres y los perseguidos, porque de ellos es el reino de Dios. (Comienza la carta de san Policarpo de Esmirna a los Filipenses, Caps 1,1- 2,3)

 

San Bernardo:

Nos exhortan a imitarles a ellos, como ellos imitan a Cristo, y a que aprendamos como ellos a ser mansos y humildes de corazón. Pero no predican con la lengua y con palabras, sino con obras y de verdad. 

Lo mismo hizo María al visitar a Isabel: la Virgen asistió a la casada, la señora a la esclava, la Madre del juez a la del Precursor, la Madre de Dios a la de un modesto criado. E idéntica fue la actitud de Jesús al acercarse a Juan para recibir el bautismo, porque debía cumplir el plan divino… 

Suscita, Señor, entre nosotros, patriarcas y profetas, hombres sumisos a tus preceptos, obedientes con toda su voluntad, e incluso en contra de su voluntad. Mirad, aquí los tenemos. Fijaos en Abrahán, por no citar a otros, por mandato del Señor sale de su casa, despide a la esclava y a su hijo, y está dispuesto a sacrificar a su querido hijo Isaac. ¿Cómo reacciona ante esto la astucia humana? Tal vez responda que Dios se le manifestó de otras muchas y muy diversas maneras: como huésped, como invitado a la mesa, charlando con él, aconsejándole, dándole hijos, concediéndole victorias y colmándole de riquezas.
¿Y qué me dices cuando se presenta Cristo hecho obediente al padre hasta la muerte y una muerte de cruz? Mucho -me respondes- bajo todos los aspectos. ¿Seré yo capaz de imitar al Hijo único del Padre, a Cristo fuerza y sabiduría de Dios? Se ofreció porque quiso, sufrió cuando quiso y lo que quiso, como quien era verdadero hombre y verdadero Dios. No me alegues tampoco la obediencia de los apóstoles que, según la promesa del Profeta, vieron con sus propios ojos al Maestro y escucharon personalmente sus palabras. Lo confiesa expresamente uno de ellos: Oímos al Verbo de la vida, lo vieron nuestros ojos, lo contemplamos y palpamos con nuestras manos. ¿Cómo no iban a dejar todas sus cosas? ¿Cómo no iban a seguirle a ciegas ante experiencia tan sublime? También yo lo haría si hubiera tenido esa misma suerte. Pero esto no lo ha hecho con ningún otro pueblo, ni antes ni después. Muchos reyes quisieron verle y no lo vieron; y nosotros deseamos ver un solo día del Hijo del hombre y no lo alcanzamos.

Presentemos ahora públicamente a Martín, para que nos arguya de nuestro pecado. Es un hombre idéntico a nosotros, sensible y pasible como nosotros. No fue contemporáneo de las visiones de los patriarcas y profetas. Era simplemente un hombre, y no poseía la naturaleza divina. Pero creyó en aquel a quien no veía, y fue muy fecundo en frutos de obediencia y de todas las virtudes: dejó el suelo y subió al cielo; confió a la tierra lo que de ella había recibido y orientó su espíritu al Padre de los espíritus, al que sirvió fielmente como hijo adoptivo. No era un cuerpo celeste, ni un espíritu celeste; era un animal racional y, además, mortal, hijo de la tierra y de otros hombres. En la tierra nació, en la tierra se educó, en la tierra actuó y se acrisoló, y en la tierra consumó su vida. Tampoco era patriarca ni profeta, de quienes dice el Evangelio que la Ley y los Profetas llegaron hasta Juan. Y mucho menos aún era Cristo, aunque, indudablemente, Cristo estaba en él por la fe.

Así pues, también ahora el Verbo está a tu alcance, en tus labios y en tu corazón, si lo buscas con sinceridad de corazón. Este Verbo, según el Apóstol y Moisés, es el Verbo de la fe. Por eso dice en otro momento el Apóstol: Jesucristo es el mismo hoy que ayer y por la eternidad. Su ayer abarca desde el comienzo del mundo hasta su ascensión; su hoy va desde la ascensión hasta el fin del mundo, y su eternidad se refiere a después de la resurrección universal. Cristo no está ausente de nadie, Jesús está presente en todo; su gracia y su salvación llega a todos. Se manifestó a los patriarcas y profetas en visiones, a los apóstoles por su humanidad, a Martín por la fe y a los ángeles cara a cara. También ha prometido que verán su rostro todos los escogidos, pero no ahora sino en la eternidad. Los apóstoles están convencidos de que ya ha pasado el ayer y ha llegado nuestro hoy; por eso exclaman: Antes valorábamos a Cristo por las apariencias, ahora ya no. Con todo, parece que también ahora han quedado restos de la carne del Cordero para esta mañana nuestra. Intentemos quemarla, es decir, aceptemos esa carne, no con criterios humanos, sino espirituales.

No nos quejemos tampoco de que no se hayan concedido a nuestra época aquellas apariciones hechas a los Padres de la antigua Alianza o la presencia humana de que gozaron los Apóstoles. Si prestamos atención vemos que no nos falta una ni otra. Porque también nosotros tenemos la verdadera sustancia de su carne, aunque sea en el sacramento. Y no nos faltan tampoco el espíritu y las fuerzas de las revelaciones. Nuestro tiempo es un tiempo de gracia, y no carecemos de ninguna gracia. En una palabra: Nadie jamás ha visto ni ha oído, ni ha imaginado lo que Dios tiene preparado para los que le aman, pero nos lo ha revelado a nosotros por medio de su Espíritu. Y no te extrañe que se apareciera corporalmente a quienes esperaban su venida temporal. Nosotros esperamos algo más excelente: por eso necesitamos una gracia más eficaz y una revelación más digna.

Como dijimos hace un momento Martín no era Cristo, pero tuvo en sí a Cristo; no gozó como los ángeles de la primacía de su majestad, ni como los Apóstoles de la vista de su humanidad, ni como otros santos a quienes habló en visiones. Tuvo en sí a Cristo como hoy lo tiene la Iglesia: por la fe y los sacramentos. De Juan se dice que no era la luz, sino una lámpara encendida y resplandeciente. Pero no quiero presentároslo como modelo, para que no me digáis: “Es el hombre más extraordinario, es más que profeta, e incluso es un mensajero de Dios Padre, como él mismo lo testifica: “Mira, yo te envío mi mensajero”.
Pues también Martín fue una lámpara encendida y luminosa. Imitémosle en lo que tiene de imitable y no en lo que tiene de admirable. Estás sentado a la mesa de un rico: mira bien lo que te ponen. No confundas los manjares con los platos en que te lo sirven. Toma aquéllos y deja éstos. Martín es muy rico en méritos, en milagros, en virtudes y en prodigios. Repito: Fíjate bien en lo que te ponen. Unas cosas son para que las admires, otras para que las imites. Sigue leyendo el texto sagrado: Como debes estar preparado, presta atención a lo que te presentan y en qué te lo presentan… 

Dios te manifiesta ahora su gloria en su Santo, porque no puedes admirar directamente su gloria… (EN LA FIESTA DEL OBISPO SAN MARTÍN, 1. 8-12)

 

Pedro de Blois

♦ Aquel que —aun permaneciendo intacta la gloria de su divinidad— llevaba realmente la debilidad de nuestra naturaleza humana pudo mostrar en su carne mortal la gloria de la verdadera inmortalidad. Y el que después de su resurrección pudo mostrar las cicatrices de las llagas en su cuerpo glorificado, con el mismo poder ha querido mostrar en su carne, todavía sujeta al dolor, la gloria de la resurrección.

Así pues, en la misma glorificación, conservaba siempre la capacidad de padecer el que, en medio de la debilidad de nuestra naturaleza mortal, era absolutamente inmortal. Pero no debemos pasar por alto el hecho de que, en esta transfiguración, la futura glorificación del cuerpo no se manifestó en su plenitud, sino de manera limitada. En efecto, la glorificación del cuerpo consta de cuatro cualidades: claridad, agilidad, sutileza e inmortalidad. Aquí el Señor sólo apareció glorificado en cuanto a la claridad; demostró, en cambio, la futura sutileza de los cuerpos cuando se apareció a sus discípulos entrando con las puertas cerradas; y la agilidad, cuando anduvo sobre las aguas a pie enjuto.

Su rostro resplandeció como el sol y sus vestidos se volvieron blancos como la luz. De esta forma mostró en sí mismo aquel esplendor que un día comunicará a los justos. Dice efectivamente la Escritura: Los justos brillarán como el sol en el reino de su Padre. Lo que ciertamente sucederá cuando Cristo transforme nuestra condición humilde, según el modelo de su condición gloriosa. El evangelista compara el Sol de justicia con el sol natural, pues entre los elementos de la creación no existe criatura alguna que tan significativamente exprese a Cristo, quien con el esplendor de su gloria, de tal modo supera el fulgor del sol y de la luna cuanto el Creador debe superar a la criatura. Y si el trono de Cristo es parangonado con el sol, según lo que dice el Padre por el profeta: Su trono como el sol en mi presencia, ¿cuánto más brillante que el sol no será el rostro del que está sentado en el trono? Él es el sol del que dice el profeta: Ya no será el sol tu luz en el día, ni te alumbrará la claridad de la luna; será el Señor tu luz perpetua. Su esplendor es superior a cualquier esplendor y belleza.

Es lo que leemos en el profeta Isaías, inspirado por el Espíritu Santo: La Cándida se sonrojará, el Ardiente se avergonzará, cuando reine el Señor de los ejércitos en el monte Sión, glorioso delante de su senado. Las vestiduras de Cristo son sus fieles, que se revisten de Cristo y son revestidos por Cristo, como afirma el Apóstol: Los que os habéis incorporado a Cristo por el bautismo, os habéis revestido de Cristo. Y así, lavados por Cristo mediante el baño del segundo nacimiento, superarán en blancura al resplandor de la nieve, como dice también el profeta: Lávame: quedaré más blanco que la nieve. (Tratado sobre la transfiguración del Señor, PL 207, 778-780)

 

♦ Todavía estaba hablando, cuando una nube luminosa los cubrió con su sombra. Y el Apóstol recuerda que desde la creación del mundo, las perfecciones invisibles de Dios son visibles para la mente que penetra en sus obras. De aquí que, si consideramos diligentemente lo que se hizo visible en la santa Transfiguración, veremos claramente que en ella hizo acto de presencia toda la santísima Trinidad.

En efecto, siendo Cristo Dios de Dios y Luz de Luz, lógicamente se apareció envuelto en luz, según lo que está escrito: Y tu luz nos hace ver la luz. En cambio, el Espíritu Santo apareció en la nube, él que en otro tiempo sacó de Egipto a los hijos de Israel guiándolos con una columna de fuego y bautizándolos en la nube y en el mar; por eso, el Hijo resplandece en la luz, mientras que el Espíritu Santo cubre con su sombra en la nube. Y para que no te quepa la menor duda de que toda la Trinidad está aquí presente, he aquí que se deja oír la voz del Padre. Vino, en efecto, una voz desde la nube: Este es mi Hijo, el amado, mi predilecto —yo que rechacé a Adán—. Escuchadlo.

Esta es la palabra que un día empleó Moisés, cuando dijo: «Dios suscitará un profeta de entre vuestros hermanos: lo escucharéis como si fuese yo en persona. Quien no escuche las palabras que pronuncie en mi nombre, será exterminado de en medio de mi pueblo». La profecía de Moisés acerca del Hijo viene confirmada por el Padre, de modo que la Escritura concuerde consigo misma, y todos caigan en la cuenta de que allí se hablaba de Cristo y no de un segundo Moisés. De hecho, Cristo explica lo que de él había dicho Moisés, cuando dice: Si creyerais a Moisés, me creeríais a mí, porque de mí escribió él.

Dice bien: Mi Hijo, no por adopción, sino por naturaleza; y no nacido en el tiempo, sino coeterno; no de otra sustancia, sino consustancial, amado desde toda la eternidad y predilecto de un modo singular. De él dijo por el profeta: Mirad a mi siervo, a quien sostengo; mi elegido, a quien prefiero. Con razón es llamado amado; pues de él dice la esposa en el Cantar de los cantares: Yo soy de mi amado y mi amado es mío.

Nada tiene de extraño que se le llame predilecto del Padre, puesto que es el Unigénito del Padre. El Padre ama al Hijo, el eterno al coeterno, el excelso ama a su igual, el amante al que le corresponde con amor. Y como el Hijo es amado por el Padre, así Cristo ama al Padre. Es lo que indica el evangelio cuando dice que el Padre glorifica al Hijo y es glorificado por el Hijo. El evangelio recuerda la mutua glorificación del Padre y del Hijo, para alejar la idea de que el Hijo es inferior al Padre, y para descartar la sugestión de que el Hijo no es dueño de la propia gloria, como si fuese inglorioso.

Pide el Hijo ser glorificado con aquella gloria que él tenía antes de que el mundo existiese. Lo cual significa que la gloria del Hijo no es posterior a la gloria del Padre, pues lo mismo que es igual al Padre por la naturaleza divina, así también le es coeterno en la claridad de la gloria. (Tratado sobre la Transfiguración del Señor, PL 207, 788-790)

 

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