28 de febrero de 2016. Domingo 3º de Cuaresma – Ciclo C.-

28 de febrero de 2016

Domingo 3º de Cuaresma

- Ciclo C.-

 

Primera lectura

Lectura del libro del Éxodo (3,1-8a.13-15):

En aquellos días, Moisés pastoreaba el rebaño de su suegro Jetró, sacerdote de Madián; llevó el rebaño trashumando por el desierto hasta llegar a Horeb, el monte de Dios. El ángel del Señor se le apareció en una llamarada entre las zarzas. Moisés se fijó: la zarza ardía sin consumirse. 
Moisés se dijo: «Voy a acercarme a mirar este espectáculo admirable, a ver cómo es que no se quema la zarza.» 
Viendo el Señor que Moisés se acercaba a mirar, lo llamó desde la zarza: «Moisés, Moisés.» 
Respondió él: «Aquí estoy.» 
Dijo Dios: «No te acerques; quítate las sandalias de los pies, pues el sitio que pisas es terreno sagrado.» 
Y añadió: «Yo soy el Dios de tus padres, el Dios de Abrahán, el Dios de Isaac, el Dios de Jacob.» Moisés se tapó la cara, temeroso de ver a Dios. 
El Señor le dijo: «He visto la opresión de mi pueblo en Egipto, he oído sus quejas contra los opresores, me he fijado en sus sufrimientos. Voy a bajar a librarlos de los egipcios, a sacarlos de esta tierra, para llevarlos a una tierra fértil y espaciosa, tierra que mana leche y miel.» 
Moisés replicó a Dios: «Mira, yo iré a los israelitas y les diré: “El Dios de vuestros padres me ha enviado a vosotros.” Si ellos me preguntan cómo se llama, ¿qué les respondo?» 
Dios dijo a Moisés: «”Soy el que soy”; esto dirás a los israelitas: `Yo-soy’ me envía a vosotros”.» 
Dios añadió: «Esto dirás a los israelitas: “Yahvé (Él-es), Dios de vuestros padres, Dios de Abrahán, Dios de Isaac, Dios de Jacob, me envía a vosotros. Éste es mi nombre para siempre: así me llamaréis de generación en generación”.»
Palabra de Dios

 

Salmo

Sal 102,1-2.3-4.6-7.8.11


R/.
 El Señor es compasivo y misericordioso.

Bendice, alma mía, al Señor, 
y todo mi ser a su santo nombre. 
Bendice, alma mía, al Señor, 
y no olvides sus beneficios. R/.

Él perdona todas tus culpas 
y cura todas tus enfermedades; 
él rescata tu vida de la fosa 
y te colma de gracia y de ternura. R/. 

El Señor hace justicia 
y defiende a todos los oprimidos; 
enseñó sus caminos a Moisés 
y sus hazañas a los hijos de Israel. R/.

El Señor es compasivo y misericordioso, 
lento a la ira y rico en clemencia; 
como se levanta el cielo sobre la tierra, 
se levanta su bondad sobre sus fieles. R/.

 

Segunda lectura

Lectura de la primera carta del apóstol san Pablo a los Corintios (10,1-6.10-12):

No quiero que ignoréis, hermanos, que nuestros padres estuvieron todos bajo la nube y todos atravesaron el mar y todos fueron bautizados en Moisés por la nube y el mar; y todos comieron el mismo alimento espiritual; y todos bebieron la misma bebida espiritual, pues bebían de la roca espiritual que los seguía; y la roca era Cristo. Pero la mayoría de ellos no agradaron a Dios, pues sus cuerpos quedaron tendidos en el desierto. Estas cosas sucedieron en figura para nosotros, para que no codiciemos el mal como lo hicieron aquéllos. No protestéis, como protestaron algunos de ellos, y perecieron a manos del Exterminador. Todo esto les sucedía como un ejemplo y fue escrito para escarmiento nuestro, a quienes nos ha tocado vivir en la última de las edades. Por lo tanto, el que se cree seguro, ¡cuidado!, no caiga.
Palabra de Dios

 

Evangelio

Lectura del santo evangelio según san Lucas (13,1-9):

En una ocasión, se presentaron algunos a contar a Jesús lo de los galileos cuya sangre vertió Pilato con la de los sacrificios que ofrecían. 
Jesús les contestó: «¿Pensáis que esos galileos eran más pecadores que los demás galileos, porque acabaron así? Os digo que no; y, si no os convertís, todos pereceréis lo mismo. Y aquellos dieciocho que murieron aplastados por la torre de Siloé, ¿pensáis que eran más culpables que los demás habitantes de Jerusalén? Os digo que no; y, si no os convertís, todos pereceréis de la misma manera.» 
Y les dijo esta parábola: «Uno tenía una higuera plantada en su viña, y fue a buscar fruto en ella, y no lo encontró. Dijo entonces al viñador: “Ya ves: tres años llevo viniendo a buscar fruto en esta higuera, y no lo encuentro. Córtala. ¿Para qué va a ocupar terreno en balde?” Pero el viñador contestó: “Señor, déjala todavía este año; yo cavaré alrededor y le echaré estiércol, a ver si da fruto. Si no, la cortas”.»
Palabra del Señor

 

COLLATIONES

“He visto la opresión de mi pueblo en Egipto, he oído sus quejas contra los opresores, me he fijado en sus sufrimientos. Voy a bajar a librarlos de los egipcios, a sacarlos de esta tierra, para llevarlos a una tierra fértil y espaciosa, tierra que mana leche y miel”. Dios quiere salvar a todo su pueblo, por eso a todos los libera de la esclavitud y a todos les envía la promesa por medio de Moisés, “pero, – como nos recuerda San Pablo-, la mayoría de ellos no agradaron a Dios, pues sus cuerpos quedaron tendidos en el desierto”. Nos avisa el apóstol: “el que se cree seguro, ¡cuidado!, no caiga”. Porque, aunque “El Señor es compasivo y misericordioso”, como hemos repetido en el salmo, “Si no os convertís, todos pereceréis de la misma manera”.

Y, ¿cómo sabremos que nos hemos convertido? Tomemos como ejemplo la higuera estéril del Evangelio, nosotros somos la higuera plantada en la viña, ¿encontrará el Señor nuestro fruto cuando vuelva a buscarlo? Que, ¿cuál es nuestro fruto? Escuchemos a Orígenes: “producid el fruto que la conversión pide. ¿Queréis saber cuáles son los frutos que la conversión pide? El amor es fruto del Espíritu, la alegría es fruto del Espíritu, la paz, la comprensión, la servicialidad, la bondad, la lealtad la amabilidad, el dominio de sí y otras cualidades por el estilo. Si poseyéramos todas esas virtudes, habríamos producido los frutos que la conversión pide”.

Si no damos fruto, oiremos: Córtala. ¿Para qué va a ocupar terreno en balde?” Afortunadamente contamos con la paciencia y la misericordia del viñador, que saldrá en nuestra defensa: “Señor, déjala todavía este año; yo cavaré alrededor y le echaré estiércol, a ver si da fruto. Si no, la cortas”. Pero nos advierte San Agustín: “No te mofes porque se te perdona; se aplazó el echar mano de la segur (hacha), pero no te sientas seguro. Vendrá y te cortará… Por tanto, el que sea estéril arrepiéntase y produzca frutos adecuados a ese arrepentimiento”.

Dice San Ambrosio que lo que hace a la higuera estéril es la dureza y la soberbia, es decir, que nuestra dureza y nuestra soberbia, nos impide dar fruto, los frutos de conversión que Dios pide. Dejémonos cuidar por los viñadores porque, como nos dice San Bernardo: “A veces debo cavar vuestra tierra, porque me han puesto de guarda y viñador”. El Señor nos ha puesto guardas y viñadores, en la Iglesia, que como San Bernardo, tratan de ablandar nuestros corazones y hacernos practicar la humildad, para que demos fruto.

Orígenes:

Sobre nuestro siglo pende la amenaza de una gran ira: todo el mundo deberá sufrir la ira de Dios. La ira de Dios provocará la subversión de la inmensidad del cielo, de la extensión de la tierra, de las constelaciones estelares, del resplandor del sol y de la nocturna serenidad de la luna. Y todo esto sucederá por culpa de los pecados de los hombres. En todo tiempo, es verdad, la cólera de Dios se desencadenó únicamente sobre la tierra, porque todos los vivientes de la tierra se habían corrompido en su proceder; ahora, en cambio, la ira de Dios va a descargar sobre el cielo y la tierra: los cielos perecerán, tú permaneces –se dirige a Dios–, se gastarán como la ropa. Considerad la calidad y la extensión de la ira que va a consumir el mundo entero y a castigar a cuantos son dignos de castigo: no le va a faltar materia en que ejercerse. Cada uno de nosotros suministramos con nuestra conducta materia a la ira. Dice, en efecto, san Pablo a los Romanos: Con la dureza de tu corazón impenitente te estás almacenando castigos para el día del castigo, cuando se revelará el justo juicio de Dios

¿Quién os ha enseñado a escapar del castigo inminente? Producid el fruto que la conversión pide. También a vosotros que os acercáis a recibir el bautismo, se os dice: producid el fruto que la conversión pide. ¿Queréis saber cuáles son los frutos que la conversión pide? El amor es fruto del Espíritu, la alegría es fruto del Espíritu, la paz, la comprensión, la servicialidad, la bondad, la lealtad la amabilidad, el dominio de sí y otras cualidades por el estilo. Si poseyéramos todas esas virtudes, habríamos producido los frutos que la conversión pide.

Y no os hagáis ilusiones pensando: «Abrahán es nuestro padre»; porque os digo que de estas piedras Dios es capaz de sacar hijos de Abrahán. Juan, el último de los profetas, profetiza aquí el rechazo del primer pueblo y la vocación de los paganos. A los judíos, que estaban orgullosos de Abrahán, les dice en efecto: Y no os hagáis ilusiones pensando: «Abrahán es nuestro padre»; y refiriéndose a los paganos, añade: Porque os digo que de estas piedras Dios es capaz de sacar hijos de Abrahán. ¿De qué piedras se trata? No apuntaba ciertamente a piedras inanimadas y materiales: se refería más bien a los hombres insensibles y antaño obstinados que por haber adorado ídolos de piedra y de madera, se cumplió en ellos aquello que de los tales se canta en el salmo: Que sean igual los que los hacen, cuantos confían en ellos.

Realmente los que hacen y confían en los ídolos pueden parangonarse con sus dioses: insensibles e irracionales, se han convertido en piedras y leños. No obstante ver en la creación un orden, una armonía y una disciplina admirables; a pesar de ver la sorprendente belleza del cosmos, se niegan a reconocer al Creador a partir de la criatura; no quieren admitir que una organización tan perfecta postula una Providencia que la dirija: son ciegos y sólo ven el mundo con los ojos con que lo contemplan los jumentos y las bestias irracionales. No admiten la presencia de una razón, en un modo manifiestamente regido por la razón. (Homilía 22 sobre el Evangelio de san Lucas, 7-10)

 

San Bernardo:


Las palabras de Dios son frutos llenos de vida, no simples hojas, y si son hojas, lo son de oro. Por lo tanto, no las tengamos en poco ni pasen de largo, ni dejemos que se las lleve el viento. Recoged incluso los pedazos, que nada se desperdicie. Porque la tierra que ha sido favorecida con lluvias abundantes y no produce fruto, es tierra de desecho y a un paso de la maldición. Nos lo dice el Evangelio a propósito de la higuera estéril: si después que el viñador la cava y la echa estiércol sigue sin dar fruto, seguro que la cortará de un hachazo.

Estoy convencido que, si el Señor no encuentra en los seglares todo lo que espera, se mostrará con ellos más paciente que con nosotros. Porque a nosotros nos concede la lluvia abundante de los consuelos celestes, y nunca nos falta ni la azada de la disciplina, ni el estiércol de la humildad y de la pobreza. ¿No es acaso estiércol lo que abominan los egipcios y ofrecemos al Señor? Un estiércol repugnante pero muy fecundo. Quien desee la fecundidad no se asuste de su mal olor: porque de ese repugnante montón de estiércol que llevamos al campo, brota la hermosa gavilla de espigas que traemos al granero. 

Así pues, no despreciéis esa inestimable vileza, sino apreciad el oprobio de Cristo mucho más que todos los tesoros de Egipto. Y además del estiércol terreno, contamos siempre con la lluvia celeste que son las fervorosas oraciones, la rumia gustosa de los salmos, la meditación sabrosa y el consuelo que dan las Escrituras. También es lluvia esto que recibís de mis labios, si cuando os hablo llegan hasta vosotros algunas gotas del río que alegra la ciudad de Dios, y bebéis del torrente de sus delicias.

Pero a veces debo cavar vuestra tierra, porque me han puesto de guarda y viñador. ¡Pobre de mí! Nunca guardé ni cultivé la mía, y ahora mientras ocupo este lugar, tengo este deber de cavar y abonar. Es una tarea muy pesada, pero no puedo dejarla de hacer, porque el hacha es más temible que la azada, y el fuego más que el estiércol. Así, pues, a veces tengo que amonestar y reprender: la reprensión, la corrección y el reproche son como el estiércol; y si no fuera porque es necesario, desagrada mucho más aún al que tiene que usar de ello. ¿Y por qué algunos se ablandan con este estiércol, y otros se vuelven más duros que las piedras? Dice la Escritura que con el estiércol de los bueyes el perezoso se vuelve como una piedra. ¿No es cierto que se ablanda el que recibe humildemente la corrección, responde con mansedumbre e intenta corregirse? 
Esta es la lluvia buena y fecunda: corregir al justo con misericordia, pero que el ungüento del impío no perfume mi cabeza. Porque de la grasa que produce el ungüento del pecador brotan muchos cardos y espinas, y retoñan a granel las raíces venenosas. Por eso al llamar misericordia la reprensión del justo, indica claramente cómo debe aceptarse: con sentimientos de humildad, con espíritu de devoción y con gratitud. Si a acogemos así será para nosotros una manteca exquisita, no el semillero de vicios como el ungüento del impío. Como dice el Apóstol, su fruto es una consagración que lleva a la vida eterna. 
Mas ¿qué podemos hacer contigo, indolente, que ante semejante misericordia te irritas y enfureces? ¿No echamos buen estiércol en tu campo? ¿Por qué tiene piedras? Tú mismo eres el enemigo que hizo esto, porque quien ama la maldad se odia a sí mismo. Y lo haces al empeñarte en no abandonar sino en excusar tu desidia; el estiércol lo conviertes en piedras y en vez de manteca estás lleno de piedras. Os digo esto, hermanos, para que comprendáis con qué humildad debemos oír, con qué docilidad debemos recibir y con cuánta diligencia debemos conservar todo lo que pertenece a la salvación de las almas: no como palabra humana, sino como lo que es realmente, como palabra de Dios. Unas veces nos alienta, otra nos exhorta y otras nos reprende…

¡Ojalá sepamos ser sobrios en esta vida, ojalá aceptemos a corregirnos de la vida anterior, y ojalá nos abandonemos con fe ciega a Dios, para tener, por su misericordia, un fin dichoso! Este es el triple cordel que nos lleva a la salvación: una conducta ordenada, un juicio recto y una fe ardiente. (EN LA SOLEMNIDAD DE LOS APÓSTOLES PEDRO Y PABLO. SERMÓN SEGUNDO).

 

San Agustín:

♦ La higuera es el género humano. Los tres años son las tres épocas: una, antes de la ley; otra, durante la ley, y la tercera, bajo la gracia. No es desacertado entender simbolizado en la higuera al género humano, pues el primer hombre, al pecar, cubrió sus vergüenzas con hojas de higuera, ocultando de esta manera los miembros de donde nacimos. Los miembros que antes del pecado eran motivo de gloria, después de él se convirtieron en motivo de vergüenza. En efecto, estaban desnudos y no se avergonzaban. No tenían de qué avergonzarse antes de haber cometido el pecado, ni podían tampoco avergonzarse de las obras de su creador, puesto que ninguna obra mala del hombre se había inmiscuido en las obras buenas de su creador. De ahí, pues, nació el género humano: el hombre del hombre, el culpable del deudor, el mortal del mortal y el pecador del pecador. Sirviéndose, por tanto, de este árbol, llama a los que en todo tiempo se negaron a dar fruto. La segur amenazaba las raíces de ese árbol improductivo. Intercede el colono: se aplaza el castigo para prestarle una ayuda. El colono que intercede es todo santo que, formando parte de la Iglesia, ruega por cuantos se hallan fuera de ella. ¿Y qué significa: Señor, déjala también por este año? Es decir, en este tiempo de gracia perdona a los pecadores, perdona a los infieles, perdona a los estériles, perdona a los infructuosos. Cavaré alrededor, le echaré un cesto de abono; y si da fruto, bien; si no, vienes y lo cortas. Vienes, ¿cuándo? Para el juicio. Vienes, ¿cuándo? De allí ha de venir a juzgar a vivos y a muertos. Ahora, en el entretiempo, se concede el perdón. ¿Qué significa cavar un hoyo alrededor, sino enseñar la humildad, el arrepentimiento? En efecto, el hoyo es una porción de terreno bajo, humilde. Al cesto de abono dale un significado positivo. Es estiércol, pero produce fruto. El estiércol del agricultor es el dolor del pecador. Si lo entienden bien y se arrepienten de verdad, el arrepentimiento de los arrepentidos está relacionado con el estiércol. Luego a este árbol se le dice: Arrepentíos, pues ha llegado el reino de los cielos.

¡Ea, árbol estéril! No te mofes porque se te perdona; se aplazó el echar mano de la segur, pero no te sientas seguro. Vendrá y te cortará. Créelo, ha de llegar… Aún no ha llegado el día del juicio, pero, dado que está profetizado, se cumplirá.

Lo prometió a nuestros padres, pero dejó una garantía para que la leyéramos también nosotros… Por tanto, el que sea estéril arrepiéntase y produzca frutos adecuados a ese arrepentimiento. Quien está encorvado y mira a la tierra, se alegra de la felicidad terrena, piensa que no hay más vida que esta para ser feliz, no cree en la otra. Quien esté así de encorvado, enderécese; si no puede hacerlo por sí mismo, invoque a Dios… (Sermón 110,1.4-5)

♦ Con razón dice también el Señor en el evangelio a propósito de cierto árbol estéril: Hace ya tres años que me acerco a él sin encontrar fruto: lo cortaré para que no estorbe en el campo. Intercede el colono; intercede cuando ya el hacha está a punto de caer y cortar las raíces estériles; intercede el colono como intercedió Moisés ante Dios; intercede el colono diciendo: Señor, déjalo todavía un año; cavaré a su alrededor y le echaré un cesto de estiércol; si da fruto, bien; si no, podrás venir y cortarlo. Este árbol es el género humano. El Señor lo visitó en la época de los patriarcas: el primer año, por así decir. Lo visitó en la época de la ley y los profetas: el segundo año; he aquí que con la llegada del evangelio amaneció el tercer año; casi debió ser cortado ya, pero el misericordioso intercede ante el misericordioso. Quien quería mostrarse misericordioso, él mismo se presentó como intercesor. «Déjale -dijo- todavía este año. Hay que cavar a su alrededor -la fosa es signo de humildad-, y echarle un cesto de estiércol, por si da fruto». Más todavía: puesto que una parte da fruto y otra no lo da, vendrá su dueño y la separará. ¿Qué significa la separará? Que ahora los hay buenos y los hay malos, como formando un solo montón, un solo cuerpo.

Por tanto, hermanos míos, como dije, el estiércol en el sitio adecuado da fruto y en el sitio inadecuado ensucia el lugar. Hay alguien triste; veo a alguien que está triste. Veo el estiércol, trato de averiguar su lugar. -Dime, amigo, ¿por qué estás triste? -He perdido el dinero. No hay más que un lugar sucio; el fruto será nulo. Escuche al Apóstol: La tristeza por motivos mundanos causa la muerte. No sólo es nulo el fruto, sino también enorme el daño. Dígase lo mismo de las restantes cosas que producen gozo mundano, y que es largo enumerar. Veo que otro está triste, gime y llora. Veo gran cantidad de estiércol; también en este caso trato de averiguar su lugar. Al mismo tiempo que lo vi triste y llorando, advertí que estaba también orando. Triste, gimiendo y llorando, y en oración: me hizo pensar en no sé qué buen augurio; pero todavía investigo su lugar. ¿Y si este que ora y gime con grande llanto pide la muerte para sus enemigos? Aun así, aun así, está en llanto, en oración y súplica. No hay más que un lugar sucio, el fruto será nulo. Más grave es lo que encontramos en la Escritura. Cuando pide la muerte de su enemigo, viene a parar en la maldición que pesa sobre Judas: Que su oración se convierte en pecado. Me he fijado nuevamente en otro que gemía, lloraba y oraba. Advierto el estiércol, trato de averiguar su lugar. Presté oído a su oración, y le escuché decir: Yo he dicho: Señor, ten compasión de mí; sana mi alma, porque he pecado contra ti. Gime por su pecado; reconozco el campo y quedo a la espera del fruto. ¡Gracias a Dios! El estiércol está en buen lugar, no está ahí de más, está produciendo fruto.

Éste es, en verdad, el tiempo de la tristeza fructuosa; el tiempo de dolernos y estar tristes por nuestra condición mortal, la abundancia de tentaciones, las insinuaciones de los pecados, la oposición de los deseos y las contiendas de la concupiscencia, siempre en ebullición contra los buenos pensamientos.

Los cuarenta días anteriores a la Pascua simbolizan este tiempo de nuestra miseria y nuestros gemidos, si hay quien tenga una esperanza por la que valga la pena gemir; en cambio, el tiempo de la alegría que tendrá lugar después, del descanso, de la felicidad, de la vida eterna y del reino sin fin que aún no ha llegado, está simbolizado en estos cincuenta días en que cantamos las alabanzas de Dios. Dos tiempos tenemos con valor simbólico: uno anterior a la resurrección del Señor y otro posterior; uno en el que nos hallamos y otro en el que esperamos estar en el futuro. El tiempo de tristeza -no otra cosa significan los días de cuaresma- es un símbolo y una realidad; por el contrario, el tiempo del gozo, del descanso y del reino, del que son expresión estos días, lo hallamos simbolizado en el Aleluya, pero aún no poseemos esas alabanzas, aunque suspires ahora por el Aleluya. ¿Qué significa el Aleluya? Alabad al Señor. Por eso en estos días posteriores a la resurrección se repiten en la Iglesia las alabanzas de Dios: porque después de nuestra resurrección también será perpetua nuestra alabanza. La pasión del Señor simboliza el tiempo en que lloramos aquí. Los azotes, las cadenas, burlas, esputos, la corona de espinas, el vino con hiel, el vinagre en la esponja, los insultos, los oprobios y, finalmente, la misma cruz y los santos miembros que penden del madero, ¿qué otra cosa nos simbolizan sino el tiempo presente, tiempo de tristeza, de mortalidad y de prueba? En consecuencia, tiempo feo; pero esta fealdad del estiércol esté en el campo, no en la casa. Que la tristeza provenga de los propios pecados, no de las ambiciones insatisfechas. Tiempo feo, pero fértil, si es bien empleado. ¿Hay cosa más repulsiva que un campo abonado? Hermoso estaba el campo antes de recibir los cestos de abono. Al campo se le hace antes feo para que luego se convierta en fértil. La fealdad es, pues, un símbolo del tiempo presente; conviértase, sin embargo, esta fealdad en tiempo de fertilidad para nosotros. Y veámosle en compañía del profeta que dice: Le vimos. ¿Cómo? Sin honra ni hermosura. ¿Por qué? Pregunta a otro profeta: Contaron todos mis huesos. Se contaron todos los huesos del colgado del madero. Horrible vista la de un crucificado, pero esa fealdad engendra belleza. ¿Qué belleza? La de la resurrección, puesto que es más hermoso que los hijos de los hombres. (SERMÓN 254, 3-5)

San Ambrosio:

En sentido místico, aquellos cuya sangre mezcló Pilato con sus sacrificios, son en cierto modo figura de los que por sugestión diabólica no ofrecen el santo sacrificio con pureza y cuya oración está en el pecado, así como está escrito de Judas, que meditaba su traición en medio del sacrificio de la Sangre del Señor.

Era la viña del Señor Sabbaoth, la cual entregó al pillaje de los gentiles. Es muy propia la comparación de la sinagoga con este árbol, porque así como este árbol abunda en hojas hermosas y engaña la esperanza de su dueño que espera sus frutos, así también en la sinagoga, mientras sus doctores, infecundos por sus obras se gloriaban con sus palabras redundantes como las hojas, la sombra vana de la ley se hacía más oscura. También este árbol es el único que produce los frutos desde luego en vez de flores y los frutos primeros caen para dar lugar a los segundos, aunque quedan algunos, muy raros, de los primeros, que no caen. El primer pueblo de la sinagoga cayó como fruto inútil para que saliera el nuevo pueblo de la Iglesia, como de la savia de la antigua religión. Los primeros tallos que brotaron de Israel, como naturaleza vigorosa, bajo la sombra de la ley y de la cruz, en el seno de una y otra, tomando vida de su savia vivificadora (como los higos que maduran primero), aventajaron a todos los demás por la gracia de sus bellos frutos, de los que se dice: “Os sentaréis sobre doce tronos”. Algunos, sin embargo, creen que esta higuera no es figura de la sinagoga, sino de la malicia y la iniquidad, pero su interpretación se diferencia de la anterior únicamente en que se toma el género por la especie.

Buscaba el Señor, no porque ignorase que la higuera carecía de fruto, sino para dar a conocer en esa figura que la sinagoga ya debía tener fruto. Y por lo que sigue da a entender que no había venido antes de tiempo, porque estaba ya tres años predicando. Por esto continúa: «Dijo entonces al viñador: “Ya hace tres años que vengo a buscar fruto en esta higuera, y no lo encuentro” …» Vino a Abraham, vino a Moisés, vino a María; esto es, vino en figura, vino en la ley y vino corporalmente. Hemos conocido su venida en sus beneficios, primero en la purificación, después en la santificación y, por último, en la justificación. La circuncisión purificó, la ley santificó y la gracia justificó. Pero el pueblo judío ni pudo purificarse, porque aun cuando tuvo la circuncisión del cuerpo, no tuvo la del alma. Ni pudo santificarse, porque ignorando la virtud de la ley, se dejaba llevar más bien de las cosas carnales que de las espirituales. Ni podía justificarse, porque no haciendo penitencia por sus pecados, desconocía la gracia. Por tanto, con razón puede decirse que no se encontró fruto ninguno en la sinagoga y por esto se mandó cortarla.

Sigue: «… “Córtala; ¿para qué va a cansar la tierra?”» El buen colono (acaso aquél en quien se funda la Iglesia), presagiando que habría de enviarse otro a los gentiles y a él a los circuncidados, intervino para suplicar que no fuera cortada, comprendiendo, confiado en su vocación, que el pueblo judío podría salvarse también por la Iglesia. Por esto sigue: «Pero él le respondió: “Señor, déjala por este año todavía…» Conoció en seguida que la dureza y la soberbia de los judíos eran las causas de su esterilidad. De este modo el que supo reprender sus vicios conoció cómo había de labrar. Por lo cual añade: «Y mientras tanto cavaré a su alrededor» Ofrece cavar la dureza de sus corazones con los azadones apostólicos, para evitar que se hunda y esconda en la tierra la raíz de la sabiduría. Dice pues, «Y le echaré estiércol (abono)…» Esto es, el afecto de la humildad, por el cual cree que aún el judío puede fructificar en el Evangelio de Cristo. Por lo cual añade: «Por si da fruto en adelante» es decir, será bueno. «Si no da, la cortas.» (Tratado sobre el Evangelio de San Lucas).

Últimas publicaciones

Dirección

Monasterio Cisterciense Ntra. Sra. de la Paz
Carril de los Vidales 20
30593 La Palma, Cartagena (Murcia)
Teléfono: 968 55 42 25
Website: http://monasteriodelapalma.es
Email: ocsomclp@gmail.com

Enlaces de interés