6 de marzo de 2016. Domingo 4º de Cuaresma – Ciclo C.-

6 de marzo de 2016

Domingo 4º de Cuaresma

- Ciclo C.-

 

Primera lectura

Lectura del libro de Josué (5, 9a.10-12):

En aquellos días, el Señor dijo a Josué: «Hoy os he despojado del oprobio de Egipto.» 
Los israelitas acamparon en Guilgal y celebraron la Pascua al atardecer del día catorce del mes, en la estepa de Jericó. El día siguiente a la Pascua, ese mismo día, comieron del fruto de la tierra: panes ázimos y espigas fritas. Cuando comenzaron a comer del fruto de la tierra, cesó el maná. Los israelitas ya no tuvieron maná, sino que aquel año comieron de la cosecha de la tierra de Canaán.
Palabra de Dios

 

Salmo

Sal 33,2-3.4-5.6-7

R/. Gustad y ved qué bueno es el Señor

Bendigo al Señor en todo momento, 
su alabanza está siempre en mi boca; 
mi alma se gloría en el Señor: 
que los humildes lo escuchen y se alegren. R/.

Proclamad conmigo la grandeza del Señor, 
ensalcemos juntos su nombre. 
Yo consulté al Señor, y me respondió, 
me libró de todas mis ansias. R/.

Contempladlo, y quedaréis radiantes, 
vuestro rostro no se avergonzará. 
Si el afligido invoca al Señor, 
él lo escucha y lo salva de sus angustias. R/.

Segunda lectura

Lectura de la segunda carta del apóstol san Pablo a los Corintios (5, 17-21):

El que es de Cristo es una criatura nueva. Lo antiguo ha pasado, lo nuevo ha comenzado. Todo esto viene de Dios, que por medio de Cristo nos reconcilió consigo y nos encargó el ministerio de la reconciliación. Es decir, Dios mismo estaba en Cristo reconciliando al mundo consigo, sin pedirle cuentas de sus pecados, y a nosotros nos ha confiado la palabra de la reconciliación. Por eso, nosotros actuamos como enviados de Cristo, y es como si Dios mismo os exhortara por nuestro medio. En nombre de Cristo os pedimos que os reconciliéis con Dios. Al que no había pecado Dios lo hizo expiación por nuestro pecado, para que nosotros, unidos a él, recibamos la justificación de Dios. 
Palabra de Dios

 

Evangelio

Lectura del santo evangelio según san Lucas (15, 1-3.11-32):

En aquel tiempo, solían acercarse a Jesús los publicanos y los pecadores a escucharle. Y los fariseos y los escribas murmuraban entre ellos: «Ése acoge a los pecadores y come con ellos.» 
Jesús les dijo esta parábola: «Un hombre tenía dos hijos; el menor de ellos dijo a su padre: “Padre, dame la parte que me toca de la fortuna.” El padre les repartió los bienes. No muchos días después, el hijo menor, juntando todo lo suyo, emigró a un país lejano, y allí derrochó su fortuna viviendo perdidamente. Cuando lo había gastado todo, vino por aquella tierra un hambre terrible, y empezó él a pasar necesidad. Fue entonces y tanto le insistió a un habitante de aquel país que lo mandó a sus campos a guardar cerdos. Le entraban ganas de llenarse el estómago de las algarrobas que comían los cerdos; y nadie le daba de comer. Recapacitando entonces, se dijo: “Cuántos jornaleros de mi padre tienen abundancia de pan, mientras yo aquí me muero de hambre. Me pondré en camino adonde está mi padre, y le diré: Padre, he pecado contra el cielo y contra ti; ya no merezco llamarme hijo tuyo: trátame como a uno de tus jornaleros.” Se puso en camino a donde estaba su padre; cuando todavía estaba lejos, su padre lo vio y se conmovió; y, echando a correr, se le echó al cuello y se puso a besarlo. Su hijo le dijo: “Padre, he pecado contra el cielo y contra ti; ya no merezco llamarme hijo tuyo.” Pero el padre dijo a sus criados: “Sacad en seguida el mejor traje y vestidlo; ponedle un anillo en la mano y sandalias en los pies; traed el ternero cebado y matadlo; celebremos un banquete, porque este hijo mío estaba muerto y ha revivido; estaba perdido, y lo hemos encontrado.” Y empezaron el banquete. Su hijo mayor estaba en el campo. Cuando al volver se acercaba a la casa, oyó la música y el baile, y llamando a uno de los mozos, le preguntó qué pasaba. Éste le contestó: “Ha vuelto tu hermano; y tu padre ha matado el ternero cebado, porque lo ha recobrado con salud.” Él se indignó y se negaba a entrar; pero su padre salió e intentaba persuadirlo. Y él replicó a su padre: “Mira: en tantos años como te sirvo, sin desobedecer nunca una orden tuya, a mí nunca me has dado un cabrito para tener un banquete con mis amigos; y cuando ha venido ese hijo tuyo que se ha comido tus bienes con malas mujeres, le matas el ternero cebado.” El padre le dijo: “Hijo, tú siempre estás conmigo, y todo lo mío es tuyo: deberías alegrarte, porque este hermano tuyo estaba muerto y ha revivido; estaba perdido, y lo hemos encontrado.”»
Palabra del Señor

 

COLLATIONES

 

Dice el Evangelio de hoy, que se acercaban a escuchar a Jesús los publicanos y pecadores, y que eso hacía que los fariseos y escribas murmuraran. Por esta razón les cuenta la parábola del hijo prodigo: Un hombre tenía dos hijos…”.  “El hombre con dos hijos -nos dice San Agustín- es Dios, que tiene dos pueblos. El hijo mayor es el pueblo judío; el menor, el pueblo gentil”.

“Padre, dame la parte que me toca de la fortuna”, le dice el hijo menor. Tras haber recibido este patrimonio, el hijo menor se marchó a una región lejana: lejana, es decir, hasta el olvido de su creador (San Agustín). Pero la cosa no fue cono el hijo esperaba, y, “Después de tanto trabajo, estrechez, tribulación y necesidad, se acordó de su padre, y decidió volver a casa” (San Agustín). “¿Con qué esperanza? – nos pregunta San Pedro Crisólogo-  Con la que da el padre. Yo he perdido la condición de hijo; él no ha dejado de ser padre”.

“Se puso en camino a donde estaba su padre; cuando todavía estaba lejos, su padre lo vio y se conmovió; y, echando a correr, se le echó al cuello y se puso a besarlo”. “Se le echa al cuello para levantar al que yacía en tierra y para hacer así que el que ya estaba oprimido por el peso de los pecados e inclinado hacia las cosas terrenas, dirigiese nuevamente la mirada al cielo, donde debía buscar al propio Creador” (San Ambrosio).

“Padre, he pecado contra el cielo y contra ti; ya no merezco llamarme hijo tuyo.”  “Las entrañas del padre son incitadas de nuevo a generar al hijo a través del perdón. Volveré culpable junto a mi padre; pero el padre, nada más ver al hijo, borra inmediatamente su culpa; encubre al juez porque prefiere comportarse como padre; y cambia en seguida el juicio en perdón, queriendo que el hijo vuelva, no que se pierda” (San Pedro Crisólogo).

El hijo mayor, “se indignó y se negaba a entrar; pero su padre salió e intentaba persuadirlo”. “La música de la piedad hace huir al envidioso, la danza de la caridad le aleja; y a aquel a quien la ley de la naturaleza le invita a ir hacia el hermano, a acercarse a casa, la envidia no le permite aproximarse, y el rencor no consiente su entrada… ¡Oh tumor de la envidia! Dos hermanos carnales no caben en una casa amplia…” (San Pedro Crisólogo).

Y, ¿qué le dice el padre al hijo mayor? “Deberías alegrarte, porque este hermano tuyo estaba muerto y ha revivido; estaba perdido, y lo hemos encontrado”. Esa es la lección de Jesús para los que siempre han permanecido junto al Padre, que deben alegrarse del regreso de los que se habían alejado. 

En la segunda lectura San Pablo nos habla de que “Dios mismo estaba en Cristo reconciliando al mundo consigo, sin pedirle cuentas de sus pecados”. “Cristo se te echa al cuello porque quiere quitarte el peso de la esclavitud del cuello y cargarte un dulce yugo” (San Ambrosio).

“El que es de Cristo es una criatura nueva”, porque “desde el momento en que ha amanecido para nosotros la luz del Unigénito, somos transformados en la misma Palabra que da vida a todas las cosas” (San Cirilo de Alejandría).

“En nombre de Cristo os pedimos que os reconciliéis con Dios”. “No hay que olvidar que por Cristo tenemos acceso al Padre, ya que nadie va al Padre, como afirma el mismo Cristo, sino por él” (San Cirilo de Alejandría).

Hoy Jesús nos llama a volver por Él al Padre, si nos hemos alejado. “Abandonemos la extranjera tierra, que esa es el pecado que nos arrancó de la casa y el hogar paterno”, nos dirá San Juan Crisóstomo. Nos llama a alegrarnos por el hermano que vuelve después de haber estado lejos. Y, sobre todo, a unir nuestras voces a la de San Pablo y decir a nuestros hermanos alejados: “En nombre de Cristo os pedimos que os reconciliéis con Dios”.

 

San Cirilo de Alejandría:

Los que poseen las arras del Espíritu y la esperanza de la resurrección, como si poseyeran ya aquello que esperan, pueden afirmar que desde ahora ya no conocen a nadie según la carne: todos, en efecto, somos espirituales y ajenos a la corrupción de la carne. Porque, desde el momento en que ha amanecido para nosotros la luz del Unigénito, somos transformados en la misma Palabra que da vida a todas las cosas. Y, si bien es verdad que cuando reinaba el pecado estábamos sujetos por los lazos de la muerte, al introducirse en el mundo la justicia de Cristo quedamos libres de la corrupción.

Por tanto, ya nadie vive en la carne, es decir, ya nadie está sujeto a la debilidad de la carne, a la que ciertamente pertenece la corrupción, entre otras cosas; en este sentido, dice el Apóstol: Si alguna vez juzgamos a Cristo según la carne, ahora ya no. Es como quien dice: La Palabra se hizo carne y acampó entre nosotros, y, para que nosotros tuviésemos vida, sufrió la muerte según la carne, y así es como conocimos a Cristo; sin embargo, ahora ya no es así como lo conocemos. Pues, aunque retiene su cuerpo humano, ya que resucitó al tercer día y vive en el cielo junto al Padre, no obstante, su existencia es superior a la meramente carnal, puesto que murió de una vez para siempre y ya no muere más; la muerte ya no tiene dominio sobre él. Porque su morir fue un morir al pecado de una vez para siempre; y su vivir es un vivir para Dios.

Si tal es la condición de aquel que se convirtió para nosotros en abanderado y precursor de la vida, es necesario que nosotros, siguiendo sus huellas, formemos parte de los que viven por encima de la carne, y no en la carne. Por esto, dice con toda razón san Pablo: El que es de Cristo es una criatura nueva. Lo antiguo ha pasado, lo nuevo ha comenzado. Hemos sido, en efecto, justificados por la fe en Cristo, y ha cesado el efecto de la maldición, puesto que él ha resucitado para librarnos, conculcando el poder de la muerte; y, además, hemos conocido al que es por naturaleza propia Dios verdadero, a quien damos culto en espíritu y en verdad, por mediación del Hijo, quien derrama sobre el mundo las bendiciones divinas que proceden del Padre.

Por lo cual, dice acertadamente San Pablo: Todo esto viene de Dios, que por medio de Cristo nos reconcilió consigo, ya que el misterio de la encarnación y la renovación consiguiente a la misma se realizaron de acuerdo con el designio del Padre. No hay que olvidar que por Cristo tenemos acceso al Padre, ya que nadie va al Padre, como afirma el mismo Cristo, sino por él. Y, así, todo esto viene de Dios, que por medio de Cristo nos reconcilió y nos encargó el ministerio de la reconciliación. (Comentario sobre la segunda carta a los Corintios; Caps 5, 5—6, 2)

 

San Juan crisóstomo:

Tal era aquel adolescente que, después de disipar toda su hacienda viviendo disolutamente, vino a dar en tanta necesidad y miseria, que quedó más flaco y macilento que un mendigo. Pero míralo luego; tan pronto como quiso se hizo otro hombre completamente nuevo: bástole mudar su voluntad, su propósito y disposición mala y perversa. Con sólo decir: Volverá a mi Padre, esta sola palabra, granjeó en un punto todos los bienes. Mas no, no fue sola palabra, son ejecución pronta y perfecta. Porque decir volveré  y comenzar su vuelta fue todo uno, y, haldas en cinta, emprende luego y acaba su viaje de regreso.

Hagamos nosotros eso mismo; y aunque hayamos sido deportados fuera de los confines de la patria y a muy lejanas tierras, volvamos a la casa paterna diligentes, y no nos arredren largos y costosos viajes. Pues si nosotros quisiéremos de veras, será fácil y rápido nuestro retorno, con tal que abandonemos la extranjera tierra, que esa es el pecado que nos arrancó de la casa y el hogar paterno abandonémosla, pues, y retornemos a nuestros patrios lares. Porque nuestro padre es amante de su prole, y aunque nos vea desgarrados, flacos y macilentos, no nos depreciará ni nos amará menos, sino más que a los que florecen por su buena y anta vida; como se vio también allí, que dispensó mayor honor el padre al pródigo, y experimentó mayor gozo y alegría por haberlo recobrado.

Mas ¿cómo verificaré yo mi regreso? – Comienza y está hecho todo: cesa de pecar, no prosigas, no pases adelante en ese mal camino, y lo tendrás todo en las manos. Pues así como acaece en las enfermedades, que el no ir adelante y agravarse es hacer crisis y comenzar la mejoría, así sucede también en los vicios y pecados; no pases adelante, y la perversidad y la malicia tendrán fin. Si así lo hicieres por espacio de dos días, al tercero te será más fácil el camino, y llegado, por fin, a la meta y a la cumbre, cogerás el fruto de riquísimos bienes.

Que también a la vuelta del pródigo hubo grade fiesta y regocijo, y músicas, y cítaras, y flautas, y danzas, y festines y grandes liberalidades, y muy numerosa concurrencia. Y aquel hombre, que parecía iba a pedir cuentas a su hijo del criminal derroche de su hacienda y de una tan precipitada y prolongada fuga, no hizo nada de eso, sino que le recibió con los brazos abiertos, como si su conducta hubiera sido intachable y excelente; ni le mentó para nada su pasada vida, sino que, rebosando de gozo, se arrojó a su cuello, le abrazó y le besó, y dijo a sus criados: Traed pronto la túnica más rica  y vestídsela; poned un anillo en su mano y unas ricas sandalias en sus pies, y traed un novillo bien cebado y matadlo, y comamos y alegrémonos, porque este hijo mío había muerto y ha vuelto a la vida; se había perdido, y ha sido hallado.

Con ese y otros ejemplos semejantes, animémonos y cobremos grande aliento y confianza: pues se alegra más al oírse llamar Padre que cuando le llaman Señor, y se goza más de tener hijos que esclavos. (Homilías sobre la carta a los romanos. Homilía X, 5)

 

Lo antiguo ha pasado, lo nuevo ha comenzado. Todo esto viene de Dios, por medio de Cristo y por un don de su liberalidad. Por medio de Cristo, Dios nos reconcilió consigo y nos encargó el ministerio de la reconciliación.

Este es el venero de todos los bienes. A quien nos ha hecho amigos de Dios, le debemos además todos los dones que Dios derrama sobre sus amigos. No nos ha colmado de todos estos bienes dejándonos en la enemistad con Dios, sino restituyéndonos su amistad. Cuando digo que Cristo es el autor de la reconciliación, quiero decir que también lo es el Padre; y cuando hablo de los dones del Padre no excluyo al Hijo, pues por su medio se hizo todo. Por tanto, es también el autor de este nuevo bien. No somos nosotros quienes nos hemos adelantado a su encuentro: no hemos hecho más que responder a su llamada.

Y ¿cómo nos ha llamado? Con el sacrificio de Cristo. Nos ha encargado el ministerio de la reconciliación. Pablo pone aquí en evidencia la dignidad de los apóstoles, mostrando la grandeza de la misión encomendada a ellos por el inmenso amor de Dios hacia nosotros. Aun habiendo los hombres rehusado escuchar al que les había invitado, Dios no dio libre curso a su ira ni los rechazó para siempre, sino que continúa llamándoles bien directamente, bien por medio de sus ministros.

¿Quién será capaz de exaltar convenientemente tanta solicitud? Inmolaron al Hijo enviado para reparar sus ofensas, al Hijo único y consustancial, y el Padre no ha rechazado a sus asesinos. No dijo: les envié a mi Hijo y, no contentos con no escucharle, le han condenado a muerte y le han crucificado; justo es, pues, que yo les abandone. Hizo más bien todo lo contrario. Y una vez que Cristo abandonó la tierra, nos encargó que le sustituyéramos: Nos encargó el ministerio de la reconciliación. Es decir, Dios mismo estaba en Cristo reconciliando el mundo consigo, sin pedirle cuentas de sus pecados.

¡Oh caridad infinita! ¡Tú superas toda comprensión! ¿Quién es el ofendido? Dios mismo. ¿Quién dio el primer paso para la reconciliación? También Dios.

El Hijo, es cierto, es su enviado, pero no habla por su cuenta: es el Padre quien habla por él. Por eso dice el Apóstol: Dios mismo estaba en Cristo reconciliando el mundo consigo, es decir, actúa por medio de Cristo. Pablo ha dicho: Nos encargó el ministerio de la reconciliación; ahora parece corregirse y decir: No penséis que esta autoridad reside esencialmente en nosotros; nosotros somos únicamente los depositarios. Es Dios quien lo ha hecho todo y quien ha reconciliado consigo al mundo en su Hijo único. Y ¿qué hizo para reconciliarlo consigo?

Lo más admirable no es que lo haya admitido a su amistad, sino que lo haya unido íntimamente a sí. ¿De qué modo? Perdonándole los pecados. De lo contrario la unión hubiera sido imposible.

Dice en efecto: Sin pedirle cuentas de sus pecados. Si hubiera querido pedirnos cuentas, todo se hubiera acabado para nosotros, pues que todos estábamos muertos. Pues bien: no obstante el gran número de nuestros pecados, no sólo no nos ha obligado a sufrir la pena, sino que además ha querido reconciliarse con nosotros: no contento con abonarnos la deuda, no la ha tenido ni en cuenta.

¡Este es el modo en que debemos perdonar a nuestros enemigos, si queremos asegurarnos el perdón de Dios!

Él nos encargó el ministerio de la reconciliación. De hecho, nosotros no estamos aquí para imponeros nuevas cargas, sino para haceros a todos amigos de Dios. Él nos dice: no me escucharon a mí; insistid vosotros hasta que logréis convencerlos con vuestras exhortaciones. Si no, atended al sentido de las palabras de Pablo: Nosotros actuamos como enviados de Cristo, y es como si Dios mismo os exhortara por nuestro medio. En nombre de Cristo os pedimos que os reconciliéis con Dios. (Homilía 11 sobre la segunda carta a los Corintios, 2)

 

San Pedro Crisólogo:

Y él dividió, dice, entre ellos su patrimonio. Aunque solamente de uno procedía la petición, él inmediatamente dividió entre ambos todo su patrimonio, para que supieran los hijos que lo que anteriormente poseía el padre no había sido fruto de la avaricia, sino del amor; y que lo había dado por previsión y no por falta de ella. El padre retenía el patrimonio con la intención de guardarlo para los hijos, no de rehusarlo; queriendo que se conservase con seguridad y que no se perdiese. Dichosos los hijos cuya fortuna reside toda entera en el amor del padre. Dichosos aquellos para quienes toda su propiedad consiste en el respeto y devoción al padre. Por lo demás las riquezas rompen la unidad, dividen a los hermanos, deshacen los vínculos de sangre, echan a perder y violan el amor de los progenitores, como se ve por lo que sigue.

… Y, después que gastó todo, hubo un hambre extrema en aquella región, y él, dice, comenzó a sentir necesidad. Y se marchó y se juntó a uno de los ciudadanos de aquella región que le mandó a su finca, a apacentar puercos. Y suspiraba por llenar su vientre de bellotas, que comían los cerdos, pero nadie se las daba.

He aquí lo que hace la codicia cuando se precipita sobre la riqueza. He aquí cómo, sin padre, la riqueza le desnudó al hijo, no le enriqueció. He aquí cómo la riqueza sacó al hijo del regazo de su padre, le echó de casa, le desterró de su patria, le despojó del honor, le privó de la castidad. No le dejó nada de lo que es propio de la vida, de las costumbres, de la piedad, de la libertad, del prestigio.

Y finalmente (la riqueza) le cambió de ciudadano en extranjero, de hijo en mercenario, de rico en menesteroso, de hijo en esclavo; y unió a los puercos al que había separado de su padre afectuosísimo, para que sirviera a una grey inmunda quien había despreciado corresponder a un afecto sagrado…

Malgastó, dice, su patrimonio. Aquello que había sido reunido por el padre con el ahorro, es malgastado por el hijo con la prodigalidad, para que comprenda éste, aunque sea tarde, que el padre fue el protector no el usurpador del patrimonio. (Sobre el padre y sus dos hijos. Homilía 1, 2-3. 5)

 

¡Cuántos asalariados de mi padre tienen pan en abundancia, en cambio yo me muero de hambre! El hambre hizo volver al que la saciedad había desterrado. El hambre hizo que reconociera a su padre aquel a quien la abundancia se lo había impedido. Y si fue tan provechosa el hambre, incluso la involuntaria, probad qué pueda aportar el ayuno voluntario. El vientre satisfecho empuja el corazón a los vicios, oprime a la mente, para que no pueda advertir a la piedad celeste…

El vientre por tanto debe vaciarse con la templanza del ayuno, para que el alma aligerada pueda tender hacia arriba, elevarse a las virtudes y volar totalmente libre hacia el autor mismo de la piedad…

Me levantaré y volveré junto a mi padre. Yacía quien dijo: me levantaré. Se ha dado cuenta de su caída, ha comprendido su perdición, se ha visto yacer en el peligro de una torpe lujuria; y por eso exclama: Me levantaré y volveré junto a mi padre. ¿Con qué esperanza, con qué confianza, con qué conciencia?

¿Con qué esperanza? Con la que da el padre. Yo he perdido la condición de hijo; él no ha dejado de ser padre. Un extraño no intercede ante el padre; está dentro, en lo íntimo del corazón del padre el afecto mismo que interviene e implora. Las entrañas del padre son incitadas de nuevo a generar al hijo a través del perdón. Volveré culpable junto a mi padre; pero el padre, nada más ver al hijo, borra inmediatamente su culpa; encubre al juez porque prefiere comportarse como padre; y cambia en seguida el juicio en perdón, queriendo que el hijo vuelva, no que se pierda. (Sobre el padre y sus dos hijos. Homilía 2, 1-2)

 

Se echó a su cuello con el peso del amor, no con el de los miembros. Se echó a su cuello no con el corrimiento de las entrañas, sino con amor entrañable. Se echó a su cuello para levantar al que estaba hundido. Se echó a su cuello para deshacer con el peso del amor la carga de los pecados.

Venid a mí, dice, todos los que estáis afligidos y sobrecargados; tomad mi carga sobre vosotros, porque es ligera. Veis que el hijo es aliviado, no sobrecargado con la carga de ese padre. Se echó a su cuello y le besó.

Así juzga el padre, así castiga, así da besos, no azotes, al hijo pecador. La fuerza del amor no ve los delitos; y por eso el padre ha redimido los pecados del hijo con un beso, los ha tapado con un abrazo, para que no queden al descubierto y aparezca el hijo afeado por su padre. El padre cura las heridas del hijo, de manera que no queden cicatrices ni manchas.

Dichosos, dice, aquellos cuyas culpas son perdonadas y cubiertos sus pecados.

Si desagrada el comportamiento de este joven, si horroriza su partida, nosotros no nos separemos de ninguna manera de un padre así. La presencia del padre aleja los pecados, expulsa el mal, rechaza las tentaciones y toda iniquidad.

En realidad, si nos hemos alejado, si hemos gastado todo el patrimonio del padre viviendo lujuriosamente; si hemos cometido toda clase de fechorías y delitos contra el cielo y contra la tierra; si, lanzados a una impiedad total llegamos a un hundimiento total, levantémonos finalmente y solicitados por un ejemplo semejante, volvamos a un padre así. (Sobre el padre y sus dos hijos. Homilía 3, 3)

 

Se hallaba, dice, su hijo mayor en el campo. Estaba en el campo cultivando con esmero la tierra, en tanto que se descuidad de sí mismo. Totura los terrones, pero endurece el corazón; arranca las zarzas y las hierbas, pero no extirpa los aguijones de la envidia. Así en la mies de la codicia recoge el fruto de los celos y del rencor.

Y al venir, dice, y acercarse a la casa, oyó instrumentos musicales y danzas. La música de la piedad hace huir al envidioso, la danza de la caridad le aleja; y a aquel a quien la ley de la naturaleza le invita a ir hacia el hermano, a acercarse a casa, la envidia no le permite aproximarse, y el rencor no consiente su entrada…

Por tanto salió su padre y comenzó a suplicarle. El corazón turbado del padre está angustiado por los diversos sentimientos de los hijos; y su misericordia transcurre atónita entre sus opuestas situaciones, viendo que uno de los hermanos huye tan pronto como ha regresado el otro, y que con la salvación del uno se pierde inmediatamente el otro, y que después de haber sido recompensado con una breve alegría, breve en comparación del largo sufrimiento, es turbado por el rencor de la envidia.

¡Oh tumor de la envidia! Dos hermanos carnales no caben en una casa amplia…

(Sobre el padre y sus dos hijos. Homilía 4, 1-2)

San Ambrosio:

Él corre a tu encuentro porque ya te escucha mientras estás reflexionando contigo en el secreto del corazón. Luego, cuando aún estás lejos, te ve y se echa a correr. Ve en tu corazón, se precipita para que nadie te entretenga, y además te abraza.

En el correr hacia ti está la presciencia, en el abrazo, su misericordia y diré casi ¡la viva sensibilidad del amor paterno!

Se le echa al cuello para levantar al que yacía en tierra y para hacer así que el que ya estaba oprimido por el peso de los pecados e inclinado hacia las cosas terrenas, dirigiese nuevamente la mirada al cielo, donde debía buscar al propio creador.

Cristo se te echa al cuello porque quiere quitarte el peso de la esclavitud del cuello y cargarte un dulce yugo. (Exp. Del Ev. de Lucas, 7).

San Agustín:

El hombre con dos hijos es Dios, que tiene dos pueblos. El hijo mayor es el pueblo judío; el menor, el pueblo gentil. La herencia recibida del padre es la inteligencia, la mente, la memoria, el ingenio y todo lo que Dios nos dio para que lo conozcamos y lo adoremos. Tras haber recibido este patrimonio, el hijo menor se marchó a una región lejana: lejana, es decir, hasta el olvido de su creador. Disipó su herencia viviendo pródigamente: gastando y no adquiriendo, derrochando lo que poseía y no adquiriendo lo que no tenía; es decir, consumiendo todo su ingenio en dispendios, en ídolos, en toda clase de perversos deseos a los que la Verdad llamó meretrices.

No ha de extrañar que a ese dispendio siguiese el hambre. Reinaba la penuria en aquella región: no penuria de pan visible, sino penuria de la verdad invisible. Impelido por la necesidad, fue a dar con un jefe de aquella región. Se entiende que se trata del diablo, jefe de los demonios, en quien van a dar todos los curiosos, pues toda curiosidad ilícita no es otra cosa que una pestilente penuria de verdad. Aquel hijo, arrancado de Dios por el hambre de su inteligencia, fue reducido a servidumbre y le tocó ponerse a cuidar cerdos; es decir, la servidumbre última e inmunda de que suelen gozarse los demonios. En efecto, no en vano permitió el Señor a los demonios entrar en la piara de los puercos. Aquí se alimentaba de bellotas, que no le saciaban. Las bellotas son, a nuestro parecer, las doctrinas mundanas, que meten ruido, pero no sacian; digno alimento para puercos, pero no para hombres; es decir, las que producen satisfacción a los demonios, pero no hacen justos a los fieles.

Al fin, tomó conciencia de dónde se encontraba, qué había perdido, a quién había ofendido y con quién había ido a dar. Y volvió a sí mismo; primero a sí mismo y de esta manera al padre. Pues quizá se había dicho: Mi corazón me abandonó, por lo cual convenía que primero retornase a sí mismo y, de esa manera, conociese que se hallaba lejos del padre. Lo mismo reprocha la Escritura a ciertos hombres diciéndoles: Volved, prevaricadores, al corazón. Vuelto a sí mismo, se encontró miserable: He hallado —dice— la tribulación y el dolor, y he invocado el nombre del Señor. ¡Cuántos jornaleros de mi padre —dice— tienen pan de sobra, mientras que yo perezco aquí de hambre! ¿Cómo le vino esto a la mente, sino porque ya se anunciaba el nombre de Dios? Ciertamente, algunos tenían pan, pero no como era debido, y buscaban otra cosa…

Se levanta y retorna, pues, tras haber caído, había quedado postrado en el suelo. Su padre lo ve de lejos y le sale al encuentro. Su palabra está en el salmo: Tú has conocido de lejos mis pensamientos. ¿Cuáles? Los que tuvo en su interior: Diré a mi padre: he pecado contra el cielo y ante ti; ya no soy digno de que me llames hijo tuyo, equipárame a uno de tus jornaleros. En efecto, aún no lo decía, sino que pensaba decirlo; con todo, el padre lo oía como si lo estuviera diciendo. A veces se halla uno en medio de una tribulación o una tentación y piensa orar; y con el mismo pensamiento reflexiona sobre lo que ha de decir a Dios en la oración, como hijo que, apoyándose en un derecho propio, reclama la misericordia del padre. Y dice en su interior: «Diré a mi Dios esto y aquello; no temo que al decirle esto, con estas lágrimas, no me vaya a escuchar mi Dios». La mayor parte de las veces ya le está oyendo mientras dice «esto», pues ni siquiera al reflexionar ocultó sus pensamientos a los ojos de Dios… ¡Cuán cerca está la misericordia de Dios de quien confiesa su pecado! Dios no está lejos de los contritos de corazón. Así lo tienes escrito: Cerca está el Señor de los que tienen contrito su corazón. Por tanto, aquel hijo ya tenía contrito su corazón en la región de la miseria; a él había retornado para hacerlo trizas. Orgulloso había abandonado su corazón y airado había retornado a él. Se airó para castigarse, para castigar su propia maldad; había retornado para merecer la bondad del padre. Habló airado conforme a las palabras: Airaos y no pequéis. Efectivamente, todo el que se arrepiente se aíra consigo mismo, pues, por estar airado, se castiga… Lo que hace externamente la mano, lo hace internamente la conciencia; se golpea en sus pensamientos, se hiere y, para decirlo con más verdad, se da muerte. Y dándose muerte ofrece a Dios el sacrificio de un espíritu atribulado: Dios no desprecia el corazón contrito y humillado. Por tanto, haciendo trizas, humillando, hiriendo su corazón, le da muerte.

Aunque aún estaba planeando dirigirse a su padre, diciéndose en su interior: Me levantaré, iré y le diré, el padre, conociendo a distancia su pensamiento, le salió al encuentro. ¿Qué quiere decir salir a su encuentro sino anticiparse con su misericordia? Estando todavía lejos —dice— le salió al encuentro su padre movido por la misericordia. ¿Por qué se conmovió de misericordia? Porque el hijo estaba ya extenuado por la miseria. Y corriendo hacia él se le echó encima. Es decir, puso su brazo sobre el cuello de su hijo. El brazo del Padre es el Hijo; le dio, por tanto, el llevar a Cristo, carga que no pesa, sino que alivia. Mi yugo —dice— es suave y mi carga ligera. Se echaba encima del erguido; echándosele encima, le impedía caer de nuevo. Tan ligera es la carga de Cristo, que no sólo no oprime, sino que alivia. Y no como las cargas que se llaman ligeras: aunque ciertamente son menos pesadas, con todo, pesan algo. Una cosa es llevar una carga pesada, otra llevarla ligera y otra no llevar carga alguna. A quién lleva una carga pesada se le ve oprimido; quien lleva una ligera, se siente menos oprimido, pero oprimido; a quien, en cambio, no lleva carga alguna se le ve que anda con los hombros totalmente libres. No es de este estilo la carga de Cristo, pues te conviene llevarla para sentirte aligerado; si te la quitas de encima, te encontrarás más oprimido. Y, hermanos, no os parezca cosa imposible… Por tanto, al echarse el padre sobre el cuello del hijo, no lo oprimió, sino que lo alivió; lo honró, no lo abrumó. ¿Cómo, pues, es el hombre capaz de llevar a Dios, a no ser porque le lleva Dios, llevado a su vez?

El padre manda que se le lleve su primer vestido, el que había perdido Adán al pecar. Tras haber recibido ya en paz al hijo y haberlo besado, ordena que se le dé un vestido: la esperanza de la inmortalidad que confiere el bautismo. Manda asimismo que se le dé un anillo, prenda del Espíritu Santo, y calzado para los pies, como preparación para el evangelio de la paz, a fin de que sean hermosos los pies del que anuncia el bien. Esto, por tanto, lo hace Dios mediante sus siervos, es decir, a través de los ministros de la Iglesia. Pues ¿acaso dan los ministros el vestido, el anillo o los zapatos de su propio haber? Ellos deben prestar su servicio, cumplen con su deber, pero quien otorga es aquel de cuya despensa y tesoro se saca eso. También mandó matar un becerro cebado, es decir, que se le admitiese a la mesa en la que el alimento es Cristo muerto. Pues a todo el que llega de una región lejana y, junto con los demás, corre a la Iglesia, se le mata el becerro cuando se le predica la muerte de Jesús, cuando se le admite a participar de su cuerpo. Se mata un becerro cebado por haber hallado a quien se había perdido.

El hermano mayor, al volver del campo, se enoja y rehúsa entrar. Simboliza al pueblo judío que mostró animadversión incluso hacia los que ya habían creído en Cristo. Efectivamente, los judíos se indignaron de que, sin que se les impusiesen las cargas de la ley, sin sufrir el dolor de la circuncisión carnal, los pecadores gentiles llegasen por esa vía rápida a recibir el bautismo salvador; se indignaron de que se celebrase un banquete a base del becerro cebado. Ciertamente, ellos habían creído ya, y explicándoseles el motivo, se tranquilizaron también. Pensad ahora en cualquier judío que haya guardado en su corazón la ley de Dios y que haya vivido sin tacha en el judaísmo. Así dijo que había vivido Saulo, convertido en Pablo para nosotros, tanto mayor cuanto más pequeño se hizo y tanto más ensalzado cuanto en menos se tuvo —Pablo, en efecto, significa poco; de aquí que digamos: «Poco después te hablaré o poco antes». Ved lo que significa paulo ante: un poco antes. ¿Qué significa, pues, Pablo? Él mismo lo dijo: Pues yo soy el menor de los apóstoles—. Este judío, pues, quienquiera que sea, que se tenga por tal y sea consciente de ello, que haya adorado desde su infancia al único Dios, el Dios de Abrahán, de Isaac y de Jacob, el Dios anunciado por la ley y los profetas, y que haya observado lo predicho en la ley, comienza a pensar en la Iglesia al ver que, en el nombre de Cristo, el género humano corre hacia ella. El pensar en la Iglesia equivale a acercarse a casa desde el campo. Pues así está escrito: Al venir el hermano mayor del campo y acercarse a casa. Del mismo modo que el hijo menor aumenta diariamente entre los paganos que creen, así el hijo mayor, aunque raramente, vuelve entre los judíos. Piensan en la Iglesia y se llenan de admiración ante ella: ven que tanto ellos como nosotros tenemos la ley; que los profetas son suyos y nuestros; que ellos carecen de sacrificios y entre nosotros el sacrificio se ofrece a diario; ven que estuvieron en el campo del padre y, sin embargo, no comen del becerro cebado.

El hijo mayor, al oír la música procedente de la casa, enojado, no quería entrar. Igual que acontece realmente que un judío, benemérito entre los suyos, diga: «¡Gran poder el de los cristianos! Nosotros tenemos las leyes paternas; Dios habló a Abrahán, de quien hemos nacido. La ley la recibió Moisés, quien nos libró de la tierra de Egipto, conduciéndonos a través del mar Rojo. Y he aquí que éstos, apropiándose de nuestras Escrituras, cantan nuestros salmos por todo el mundo y ofrecen a diario un sacrificio, mientras que nosotros hemos perdido tanto el sacrificio como el templo». Pregunta incluso a un siervo: «¿Qué sucede aquí?» Pregunte el judío a cualquier siervo: abra a los profetas, abra al Apóstol, pregunte a quien quiera: ni el Antiguo ni el Nuevo Testamento callaron sobre la vocación de los gentiles. Veamos en el siervo al que pregunta el libro consultado. En él encontrarás la Escritura que te dice: Tu hermano ha vuelto y tu padre ha matado en su honor el becerro cebado, porque lo recobró sano. Dígale eso el siervo. ¿A quién recibió con salud el padre? Al que había muerto y ha vuelto a la vida: a éste recibió para devolverle la salvación. Se debía la matanza del becerro cebado a quien se marchó a una región lejana, pues, habiéndose alejado de Dios, se había convertido en un impío. Responde el siervo, el apóstol Pablo: En efecto, Cristo murió por los impíos. Malhumorado y airado, no entró; pero, tocado por las palabras del padre, entró quien no quiso hacerlo tras la respuesta del siervo. En verdad, hermanos míos, eso acontece también ahora. A menudo convencemos a los judíos sirviéndonos de las Escrituras divinas, pero quien habla es todavía el siervo; se enoja el hijo, y así no quieren entrar, para no darse por vencidos. «¿Qué es esto?». Las voces de la sinfonía te han afectado, el coro te ha conmovido, la afluencia de gente, la fiesta de la casa, el becerro cebado dado como manjar te han impresionado. Nadie te excluye. Mas ¿a quién lo dices? Mientras es el siervo quien habla, el hijo se enoja, no quiere entrar.

Vuelve al Señor, que dice: Nadie viene a mí sino aquel al que atrae el Padre. Sale, pues, el padre y suplica al hijo; es lo que significa atraer. El superior logra más suplicando que obligando…

¿Qué le responde el padre? Hijo, tú siempre estás conmigo. El padre atestiguó que los judíos siempre estuvieron con él, ya que siempre adoraron al único Dios. Tenemos el testimonio del Apóstol, que dice que los judíos estaban cerca y los gentiles lejos. Pues hablando a los gentiles, dice: Al venir —esto es, Cristo— os anunció la paz a vosotros que estabais lejos y también a los que estaban cerca. A los que estaban lejos como si fuera al hijo menor, mostrando que los judíos, puesto que no huyeron lejos a cuidar puercos, no abandonaron al único Dios, no adoraron ídolos, no sirvieron a los demonios. No hablo de la totalidad de los judíos; no os vengan a la mente los perdidos y sediciosos, sino los que reprenden a estos, los responsables, los que guardan los preceptos de la ley, que aún no entran a participar del becerro cebado, pero ya pueden decir: No he transgredido una orden tuya; aquel al que, cuando comience a entrar, le diga el padre: «Tú estás siempre conmigo

Todo lo mío —dijo— es tuyo. Si eres hacedor de paz, si te aplacas, si te alegras del regreso del hermano, si nuestro festín no te entristece, si no permaneces fuera de casa, aunque ya vengas del campo, todo lo mío es tuyo. Ahora bien, conviene que lo festejemos y nos alegremos, puesto que Cristo ha muerto por los impíos y ha resucitado. Este es el significado de las palabras: Pues tu hermano había muerto y ha vuelto a la vida; se había perdido y le hemos hallado. (SERMÓN 112 A, 2-8. 10-11. 13-14)

 

De lejos penetras mis pensamientos; distingues mi camino y mi descanso, todas mis sendas te son familiares. ¿Qué significa de lejos? Mientras todavía estoy en camino, antes de llegar a la patria, tú penetras mis pensamientos. Atiende a aquel hijo menor, pues también él se ha convertido en cuerpo de Cristo, Iglesia procedente de la gentilidad. Y es que el hijo menor había emigrado a un país lejano. Porque había un hombre que tenía dos hijos: el mayor no había ido lejos, sino que trabajaba en el campo, y simboliza a los santos que, en tiempo de la ley, cumplían las obras y preceptos de la ley.

En cambio, el género humano, que había derivado hacia el culto a los ídolos había emigrado a un país lejano. ¿Qué más lejano de aquel que te hizo, que la hechura que tú mismo te hiciste? Así, pues, el hijo menor emigró a un país lejano, llevando consigo toda su fortuna y —según nos informa el evangelio— la derrochó viviendo perdidamente. Y empezando a pasar necesidad, fue y se ajustó con un hombre principal de aquella región, quien lo mandó a guardar cerdos. Le entraban ganas de llenarse el estómago de las algarrobas que comían los cerdos; y nadie le daba de comer.

Después de tanto trabajo, estrechez, tribulación y necesidad, se acordó de su padre, y decidió volver a casa. Se dijo: Me pondré en camino adonde está mi padre. Reconoce ahora su voz que dice; me conoces cuando me siento o me levanto. Me senté en la indigencia, me levanté por el deseo de tu pan. De lejos penetras mis pensamientos. Por eso dice el Señor en el evangelio que el padre echó a correr al encuentro del hijo que regresaba. Realmente, como de lejos había penetrado sus pensamientos, distingues mi camino y mi descanso. Mi camino, dice. ¿Cuál, sino el malo, el que él había recorrido, apartándose del padre, como si pudiera ocultarse a los ojos del vengador, o como si hubiera podido ser humillado por aquella extrema necesidad o ser ajustado para guardar cerdos, sin la voluntad del padre que quería flagelarlo lejano, para recibirlo cercano?

Así pues, como un fugitivo capturado, perseguido por la legítima venganza de Dios, que nos castiga en nuestros afectos, por cualquier sitio que vayamos y en cualquier lugar adonde hubiéramos llegado; como un fugitivo capturado —repito— dice: Distingues mi camino y mi descanso. ¿Qué significa mi camino? Aquel por el que anduve. ¿Qué significa mi descanso? El término de mi peregrinación. Distingues mi camino y mi descanso. Aquella mi meta lejana no era lejana a tus ojos: me alejé mucho, y tú estabas aquí. Distingues mi camino y mi descanso.

Todas mi sendas te son familiares. Las conocías antes de que yo las andara, antes de que yo caminara por ellas, y permitiste que yo anduviera en la fatiga, mis propios caminos para que, si en un momento dado decidiera abandonar ese trabajoso camino, regresara a tus sendas. Porque no hay dolo en mi lengua. ¿Por qué dijo esto? Porque, te lo confieso, anduve por mis sendas, me alejé de ti; me aparté de ti, con quien me iba bien, y mi propio bien fue un mal para mí sin ti. Pues de haberme ido bien sin ti, quizá no hubiera querido volver a ti. Por lo cual, confesando éste sus pecados, declarando que el cuerpo de Cristo está justificado no por sí mismo, sino por la gracia de Cristo, dijo: No hay dolo en mi lengua. (Comentario sobre el salmo 138, 5-6)

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