Vigilia Pascual – Ciclo C.-

Vigilia Pascual

Ciclo C

Para la Vigilia pascual se proponen nueve lecturas: siete del Antiguo Testamento y dos del Nuevo. Si lo exigen las circunstancias y por causas particulares, se puede disminuir el número de las lecturas asignadas. Ténganse al menos tres lecturas de Antiguo Testamento y, en casos más urgentes, por lo menos dos, antes de la epístola y el evangelio. Nunca se omita la lectura del Éxodo sobre el paso del mar Rojo (tercera lectura).

PRIMERA LECTURA

Vio Dios todo lo que había hecho; y era muy bueno.

Lectura del libro del Génesis 1, 1—2, 2

Al principio creó Dios el cielo y la tierra. La tierra era un caos informe; sobre la faz del Abismo, las tinieblas. Y el aliento de Dios se cernía sobre la faz de las aguas.

Y dijo Dios:

—«Que exista la luz».

Y la luz existió.

Y vio Dios que la luz era buena. Y separó Dios la luz de las tinieblas: llamó Dios a la luz «Día»; a las tinieblas «Noche».

Pasó una tarde, pasó una mañana: el día primero.

Y dijo Dios:

—«Que exista una bóveda entre las aguas, que separe aguas de aguas».

E hizo Dios una bóveda y separó las aguas de debajo de la bóveda de las aguas de encima de la bóveda.

Y así fue. Y llamó Dios a la bóveda «Cielo».

Pasó una tarde, pasó una mañana: el día segundo.

Y dijo Dios:

—«Que se junten las aguas de debajo del cielo en un solo sitio, y que aparezcan los continentes».

Y así fue.

Y llamó Dios a los continentes «Tierra». Y a la masa de las aguas la llamó «Mar».

Y vio Dios que era bueno.

Y dijo Dios:

—«Verdee la tierra hierba verde, que engendre semilla y árboles frutales que den fruto según su especie, y que lleven semilla sobre la tierra».

Y así fue.

La tierra brotó hierba verde que engendraba semilla según su especie, y árboles que daban fruto y llevaban semilla según su especie.

Y vio Dios que era bueno.

Pasó una tarde, pasó una mañana: el día tercero.

Y dijo Dios:

—«Que existan lumbreras en la bóveda del cielo, para separar el día de la noche, para señalar las fiestas, los días y los años; y sirvan de lumbreras en la bóveda del cielo, para dar luz sobre la tierra».

Y así fue.

E hizo Dios dos lumbreras grandes: la lumbrera mayor para regir el día, la lumbrera menor para regir la noche; y las estrellas. Y las puso Dios en la bóveda del cielo, para dar luz sobre la tierra; para regir el día y la noche, para separar la luz de las tinieblas.

Y vio Dios que era bueno.

Pasó una tarde, pasó una mañana: el día cuarto.

Y dijo Dios:

«Pululen las aguas un pulular de vivientes, y pájaros vuelen sobre la tierra frente a la bóveda del cielo».

Y creó Dios los cetáceos y los vivientes que se deslizan y que el agua hace pulular según sus especies, y las aves aladas según sus especies.

Y vio Dios que era bueno.

Y Dios los bendijo diciendo:

—Creced, multiplicaos, llenad las aguas del mar; que las aves se multipliquen en la tierra».

Pasó una tarde, pasó una mañana: el día quinto.

Y dijo Dios:

—«Produzca la tierra vivientes según sus especies: animales domésticos, reptiles y fieras según sus especies».

Y así fue.

E hizo Dios las fieras según sus especies, los animales domésticos según sus especies y los reptiles según sus especies.
Y vio Dios que era bueno.

Y dijo Dios:

—«Hagamos al hombre a nuestra imagen y semejanza; que domine los peces del mar, las aves del cielo, los animales domésticos, los reptiles de la tierra».

Y creó Dios al hombre a su imagen; a imagen de Dios lo creó; hombre y mujer los creó.

Y los bendijo Dios y les dijo:

—«Creced, multiplicaos, llenad la tierra y sometedla; dominad los peces del mar, las aves del cielo, los vivientes que se mueven sobre la tierra».

Y dijo Dios:

«Mirad, os entrego todas las hierbas que engendran semilla sobre la faz de la tierra; y todos los árboles frutales que engendran semilla os servirán de alimento; y a todas las fieras de la tierra, a todas las aves del cielo, a todos los reptiles de la tierra —a todo ser que respira— la hierba verde les servirá de alimento».

Y así fue.

Y vio Dios todo lo que había hecho: y era muy bueno.

Pasó una tarde, pasó una mañana: el día sexto.

Y quedaron concluidos el cielo, la tierra y sus ejércitos. Y concluyó Dios para el día séptimo todo el trabajo que había hecho; y descansó el día séptimo de todo el trabajo que había hecho.

Palabra de Dios.

 

O bien más breve:

 

Al principio creó Dios el cielo y la tierra.

Génesis 1, 1. 26-31a

Al principio creó Dios el cielo y la tierra.

Y dijo Dios:

—«Hagamos al hombre a nuestra imagen y semejanza; que domine los peces del mar, las aves del cielo, los animales domésticos, los reptiles de la tierra».

Y creó Dios al hombre a su imagen; a imagen de Dios lo creo; hombre y mujer los creó.

Y los bendijo Dios y les dijo:

—«Creced, multiplicaos, llenad la tierra y sometedla; dominad los peces del mar, las aves del cielo, los vivientes que se mueven sobre la tierra».

Y dijo Dios:

—«Mirad, os entrego todas las hierbas que engendran semilla sobre la faz de la tierra; y todos los árboles frutales que engendran semilla os servirán de alimento; y a todas las fieras de la tierra, a todas las aves del cielo, a todos los reptiles de la tierra, a todo ser que respira, la hierba verde les servirá de alimento».

Y así fue.

Y vio Dios todo lo que había hecho; y era muy bueno.

Palabra de Dios.

 

Salmo responsorial: Salmo 103, 1-2a. 5-6. 10 y 12. 13-14. 24 y 35c (R.: cf.30)

  1. R. Envía tu espíritu, Señor, y repuebla la faz de la tierra.

Bendice, alma mía, al Señor;
¡Dios mío, qué grande eres!
Te vistes de belleza y majestad,
la luz te envuelve como un manto. R.

Asentaste la tierra sobre sus cimientos,
y no vacilará jamás;
la cubriste con el manto del océano,
y las aguas se posaron sobre las montañas. R.

De los manantiales sacas los ríos
para que fluyan entre los montes,
junto a ellos habitan las aves del cielo,
y entre las frondas se oye su canto. R.

Desde tu morada riegas los montes,
y la tierra se sacia de tu acción fecunda;
haces brotar hierba para los ganados
y forraje para los que sirven al hombre. R.

¡Cuántas son tus obras, Señor!,
y todas las hiciste con sabiduría;
la tierra está llena de tus criaturas.
¡Bendice, alma mía, al Señor! R.

 

O bien:

 

Salmo responsorial: Salmo 32, 4-5. 6-7. 12-13. 20 y 22 (R.: 5b)

  1.  RLa misericordia del Señor llena la tierra.

La palabra del Señor es sincera,
y todas sus acciones son leales.
El ama la justicia y el derecho,
y su misericordia llena la tierra. R.

La palabra del Señor hizo el cielo,
el aliento de su boca, sus ejércitos;
encierra en un orbe las aguas marinas,
mete en un depósito el océano. R.

Dichosa la nación cuyo Dios es el Señor,
el pueblo que él escogió como heredad.
El Señor mira desde el cielo,
se fija en todos los hombres. R.

Nosotros aguardamos al Señor:
él es nuestro auxilio y escudo.
Que tu misericordia, Señor, venga sobre nosotros,
como lo esperamos de ti. R.

 

SEGUNDA LECTURA

El sacrificio de Abrahán, nuestro padre en la fe.

Lectura del libro del Génesis 22, 1-18

En aquellos días, Dios puso a prueba a Abrahán, llamándole:

—«¡Abrahán!»

Él respondió:

—«Aquí me tienes».

Dios le dijo:

—«Toma a tu hijo único, al que quieres, a Isaac, y vete al país de Moria y ofrécemelo allí en sacrificio en uno de los montes que yo te indicaré».

Abrahán madrugó, aparejó el asno y se llevó consigo a dos criados y a su hijo Isaac; cortó leña para el sacrificio y se encaminó al lugar que le había indicado Dios.

El tercer día levantó Abrahán los ojos y descubrió el sitio de lejos. Y Abrahán dijo a sus criados:

—«Quedaos aquí con el asno; yo con el muchacho iré hasta allá para adorar, y después volveremos con vosotros».

Abrahán tomó la leña para el sacrificio, se la cargó a su hijo Isaac, y él llevaba el fuego y el cuchillo. Los dos caminaban juntos.

Isaac dijo a Abrahán, su padre:

—«Padre».

Él respondió:

—«Aquí estoy, hijo mío».

El muchacho dijo:

—«Tenemos fuego y leña, pero, ¿dónde está el cordero para el sacrificio?».

Abrahán contestó:

—«Dios proveerá el cordero para el sacrificio, hijo mío».

Y siguieron caminando juntos.

Cuando llegaron al sitio que le había dicho Dios, Abrahán levantó allí el altar y apiló la leña, luego ató a su hijo Isaac y lo puso sobre el altar, encima de la leña. Entonces Abrahán tomó el cuchillo para degollar a su hijo; pero el ángel del Señor le gritó desde el cielo:

—«¡Abrahán, Abrahán!».

Él contestó:

—«Aquí me tienes».

El ángel le ordenó:

—«No alargues la mano contra tu hijo ni le hagas nada. Ahora sé que temes a Dios, porque no te has reservado a tu hijo, tu único hijo».

Abrahán levantó los ojos y vio un carnero enredado por los cuernos en la maleza. Se acercó, tomó el carnero y lo ofreció en sacrificio en lugar de su hijo.

Abrahán llamó aquel sitio «El Señor ve», por lo que se dice aún hoy «El monte del Señor ve».

El ángel del Señor volvió a gritar a Abrahán desde el cielo:

—«Juro por mí mismo —oráculo del Señor—: Por haber hecho esto, por no haberte reservado tu hijo único, te bendeciré, multiplicaré a tus descendientes como las estrellas del cielo y como la arena de la playa. Tus descendientes conquistarán las puertas de las ciudades enemigas. Todos los pueblos del mundo se bendecirán con tu descendencia, porque me has obedecido».

Palabra de Dios.

 

 

O bien más breve:

 

El sacrificio de Abrahán, nuestro padre en la fe.

Lectura del libro del Génesis 22, 1-2. 9a. 10-13. 15-18

En aquellos días, Dios puso a prueba a Abrahán, llamándole:

—«¡Abrahán!».

Él respondió:

—«Aquí me tienes».

Dios le dijo:

—«Toma a tu hijo único, al que quieres, a Isaac, y vete al país de Moria y ofrécemelo allí en sacrificio en uno de los montes que yo te indicaré».

Cuando llegaron al sitio que le había dicho Dios, Abrahán levantó allí el altar y tomó el cuchillo para degollar a su hijo; pero el ángel del Señor le gritó desde el cielo:

—«¡Abrahán, Abrahán!».

Él contestó:

—«Aquí me tienes».

El ángel le ordenó:

—«No alargues la mano contra tu hijo ni le hagas nada. Ahora sé que temes a Dios, porque no te has reservado a tu hijo, tu único hijo».

Abrahán levantó los ojos y vio un carnero enredado por los cuernos en la maleza. Se acercó, tomó el carnero y lo ofreció en sacrificio en lugar de su hijo.

El ángel del Señor volvió a gritar a Abrahán desde el cielo:

—«Juro por mí mismo -oráculo del Señor-: Por haber hecho esto, por no haberte reservado tu hijo único, te bendeciré, multiplicaré a tus descendientes como las estrellas del cielo y como la arena de la playa. Tus descendientes conquistarán las puertas de las ciudades enemigas. Todos los pueblos del mundo se bendecirán con tu descendencia, porque me has obedecido».

Palabra de Dios.

 

Salmo responsorial: Salmo 15, 5 y 8. 9-10. 11 (R.: 1)

  1.  RProtégeme, Dios mío, que me refugio en ti.

El Señor es el lote de mi heredad y mi copa,
mi suerte está en tu mano.
Tengo siempre presente al Señor,
con él a mi derecha no vacilaré. R.

Por eso se me alegra el corazón,
se gozan mis entrañas,
y mi carne descansa serena:
porque no me entregarás a la muerte
ni dejarás a tu fiel conocer la corrupción. R.

Me enseñarás el sendero de la vida,
me saciarás de gozo en tu presencia,
de alegría perpetua a tu derecha. R.

 

TERCERA LECTURA

Los israelitas en medio del mar a pie enjuto.

Lectura del libro del Éxodo 14, 15—15, 1

En aquellos días, dijo el Señor a Moisés:

—«¿Por qué sigues clamando a mí? Di a los israelitas que se pongan en marcha. Y tú, alza tu cayado, extiende tu mano sobre el mar y divídelo, para que los israelitas entren en medio del mar a pie enjuto. Que yo voy a endurecer el corazón de los egipcios para que los persigan, y me cubriré de gloria a costa del Faraón y de todo su ejército, de sus carros y de los guerreros. Sabrán los egipcios que yo soy el Señor, cuando me haya cubierto de gloria a costa del Faraón, de sus carros y de sus guerreros».

Se puso en marcha el ángel del Señor, que iba al frente del ejército de Israel, y pasó a retaguardia. También la columna de nube de delante se desplazó de allí y se colocó detrás, poniéndose entre el campamento de los egipcios y el campamento de los israelitas. La nube era tenebrosa, y transcurrió toda la noche sin que los ejércitos pudieran trabar contacto. Moisés extendió su mano sobre el mar, y el Señor hizo soplar durante toda la noche un fuerte viento del este, que secó el mar, y se dividieron las aguas. Los israelitas entraron en medio del mar a pie enjuto, mientras que las aguas formaban muralla a derecha e izquierda. Los egipcios se lanzaron en su persecución, entrando tras ellos, en medio del mar, todos los caballos del Faraón y los carros con sus guerreros.

Mientras velaban al amanecer, miró el Señor al campamento egipcio, desde la columna de fuego y nube, y sembró el pánico en el campamento egipcio. Trabó las ruedas de sus carros y las hizo avanzar pesadamente.

Y dijo Egipto:

—«Huyamos de Israel, porque el Señor lucha en su favor contra Egipto».

Dijo el Señor a Moisés:

—«Extiende tu mano sobre el mar, y vuelvan las aguas sobre los egipcios, sus carros y sus jinetes».

Y extendió Moisés su mano sobre el mar; y al amanecer volvía el mar a su curso de siempre. Los egipcios, huyendo, iban a su encuentro, y el Señor derribó a los egipcios en medio del mar.

Y volvieron las aguas y cubrieron los carros, los jinetes y todo el ejército del Faraón, que lo había seguido por el mar. Ni uno solo se salvó.

Pero los hijos de Israel caminaban por lo seco en medio del mar; las aguas les hacían de muralla a derecha e izquierda.

Aquel día salvó el Señor a Israel de las manos de Egipto. Israel vio a los egipcios muertos, en la orilla del mar. Israel vio la mano grande del Señor obrando contra los egipcios, y el pueblo temió al Señor, y creyó en el Señor y en Moisés, su siervo.

Entonces Moisés y los hijos de Israel cantaron este canto al Señor:

Palabra de Dios.

 

Interleccional: Éxodo 15, 1-2. 3-4. 5-6. 17-18 (R.: 1a)

  1.  RCantaré al Señor, sublime es su victoria.

Cantaré al Señor, sublime es su victoria:
caballo y jinete ha arrojado en el mar.

Mi fuerza y mi poder es el Señor,
él fue mi salvación.
Él es mi Dios: yo lo alabaré;
el Dios de mis padres: yo lo ensalzaré. R.

El Señor es un guerrero,
su nombre es «Yahvé».
Los carros del faraón los lanzó al mar,
ahogó en el mar Rojo a sus mejores capitanes. R.

Las olas los cubrieron,
bajaron hasta el fondo como piedras.
Tu diestra, Señor, es fuerte y terrible;
tu diestra, Señor, tritura al enemigo. R.

Los introduces y los plantas en el monte de tu heredad,
lugar del que hiciste tu trono, Señor;
santuario, Señor, que fundaron tus manos.
El Señor reina por siempre jamás. R.

 

CUARTA LECTURA

Con misericordia eterna te quiere el Señor, tu redentor.

Lectura del libro del profeta Isaías 54, 5-14

El que te hizo te tomará por esposa:
su nombre es el Señor de los ejércitos.

Tu redentor es el Santo de Israel,
se llama Dios de toda la tierra.

Como a mujer abandonada y abatida
te vuelve a llamar el Señor;

como a esposa de juventud, repudiada
—dice tu Dios—.

Por un instante te abandoné,
pero con gran cariño te reuniré.

En un arrebato de ira
te escondí un instante mi rostro,

pero con misericordia eterna te quiero
—dice el Señor, tu redentor.—

Me sucede como en tiempo de Noé:

juré que las aguas del diluvio
no volverían a cubrir la tierra;

así juro no airarme contra ti
ni amenazarte.

Aunque se retiren los montes
y vacilen las colinas,

no se retirará de ti mi misericordia
ni mi alianza de paz vacilará
—dice el Señor, que te quiere—.

¡Oh afligida, zarandeada, desconsolada!

Mira, yo mismo coloco tus piedras sobre azabaches,
tus cimientos sobre zafiros;

te pondré almenas de rubí,
y puertas de esmeralda,
y murallas de piedras preciosas,

Tus hijos serán discípulos del Señor,
tendrán gran paz tus hijos.

Tendrás firme asiento en la justicia.

Estarás lejos de la opresión,
y no tendrás que temer;

y lejos del terror,
que no se acercará.

Palabra de Dios.

 

 

Salmo responsorial: Salmo 29, 2 y 4. 5-6. 11 y 12a y 13b (R.: 2a)

  1.  RTe ensalzaré, Señor, porque me has librado.

Te ensalzaré, Señor, porque me has librado
y no has dejado que mis enemigos se rían de mí.
Sacaste mi vida del abismo,
y me hiciste revivir cuando bajaba a la fosa. R.

Tañed para el Señor, fieles suyos;
dad gracias a su nombre santo;
su cólera dura un instante;
su bondad, de por vida;
al atardecer nos visita el llanto;
por la mañana, el júbilo. R.

Escucha, Señor, y ten piedad de mí;
Señor, socórreme.
Cambiaste mi luto en danzas.
Señor, Dios mío, te daré gracias por siempre. R.

 

QUINTA LECTURA

 

Venid a mí, y viviréis; sellaré con vosotros alianza perpetua.

Lectura del libro del profeta Isaías 55, 1-11

Así dice el Señor:

«Oíd, sedientos todos, acudid por agua
también los que no tenéis dinero:

venid, comprad trigo, comed sin pagar,
vino y leche de balde.

¿Por qué gastáis dinero en lo que no alimenta
y el salario en lo que no da hartura?

Escuchadme atentos y comeréis bien,
saborearéis platos sustanciosos.

Inclinad el oído, venid a mí:
escuchadme y viviréis.

Sellaré con vosotros alianza perpetua,
la promesa que aseguré a David:

a él lo hice mi testigo para los pueblos,
caudillo y soberano de naciones;

tú llamarás a un pueblo desconocido,
un pueblo que no te conocía correrá hacia ti;

por el Señor, tu Dios,
por el Santo de Israel que te honra.

Buscad al Señor mientras se le encuentra,
invocadlo mientras está cerca;

que el malvado abandone su camino,
y el criminal sus planes;

que regrese al Señor, y él tendrá piedad;
a nuestro Dios, que es rico en perdón.

Mis planes no son vuestros planes,
vuestros caminos no son mis caminos
—oráculo del Señor—.

Como el cielo es más alto que a tierra,
mis caminos son más altos que los vuestros;
mis planes, que vuestros planes.

Como bajan la lluvia y la nieve desde el cielo,
y no vuelven allá sino después de empapar la tierra,

de fecundarla y hacerla germinar,
para que dé semilla al sembrador
y pan al que come;

así será mi Palabra, que sale de mi boca:
no volverá a mí vacía,

sino que hará mi voluntad
y cumplirá mi encargo».

Palabra de Dios.

 

Interleccional: Isaías 12, 2-3. 4bcd. 5-6 (R.: 3)

  1.  RSacaréis aguas con gozo

    de las fuentes de la salvación.

El Señor es mi Dios y Salvador:
confiaré y no temeré,
porque mi fuerza y mi poder es el Señor,
él fue mi salvación.
Y sacaréis aguas con gozo
de las fuentes de la salvación. R.

Dad gracias al Señor,
invocad su nombre,
contad a los pueblos sus hazañas,
proclamad que su nombre es excelso. R.

Tañed para el Señor, que hizo proezas;
anunciadlas a toda la tierra;
gritad jubilosos, habitantes de Sión:
¡Qué grande es en medio de ti el Santo de Israel! R.

 

SEXTA LECTURA

Caminad a la claridad del resplandor del Señor.

Lectura del libro del profeta Baruc 3, 9-15. 32—4, 4

Escucha, Israel, mandatos de vida,
presta oído para aprender prudencia.

¿A qué se debe, Israel, que estés aún en país enemigo,
que envejezcas en tierra extranjera,

que estés impuro con los muertos,
que te cuenten con los del abismo?
Es que abandonaste la sabiduría.

Si hubieras seguido el camino de Dios,
habitarías en paz para siempre.

Aprende dónde se encuentra la prudencia,
el valor y la inteligencia;

así aprenderás dónde se encuentra la vida larga,
la luz de los ojos y la paz.

¿Quién encontró su puesto
o entró en sus almacenes?

El que todo lo sabe la conoce,
la examina y la penetra.

El que creó la tierra para siempre
y la llenó de animales cuadrúpedos;

el que manda a la luz, y ella va;
la llama, y le obedece temblando;

a los astros, que velan gozosos
en sus puestos de guardia,

los llama y responden:
«Presentes»;

y brillan gozosos para su Creador.

Él es nuestro Dios
y no hay otro frente a él:

investigó el camino del saber
y se lo dio a su hijo Jacob,
a su amado, Israel.

Después apareció en el mundo
y vivió entre los hombres.

Es el libro de los mandatos de Dios,
la ley de validez eterna:

los que la guardan, vivirán;
los que la abandonan, morirán.

Vuélvete, Jacob, a recibirla,
camina a la claridad de su resplandor;

no entregues a otros tu gloria,
ni tu dignidad a un pueblo extranjero.

¡Dichosos nosotros, Israel, que conocemos
lo que agrada al Señor!

Palabra de Dios.

 

Salmo responsorial: Salmo 18, 8. 9. 10. 11 (R.: Jn 6,68)

  1.  RSeñor, tú tienes palabras de vida eterna.

La ley del Señor es perfecta
y es descanso del alma;
el precepto del Señor es fiel
e instruye al ignorante. R.

Los mandatos del Señor son rectos
y alegran el corazón;
la norma del Señor es límpida
y da luz a los ojos. R.

La voluntad del Señor es pura
y eternamente estable;
los mandamientos del Señor son verdaderos
y eternamente justos. R.

Más preciosos que el oro,
más que el oro fino;
más dulces que la miel
de un panal que destila. R.

 

SÉPTIMA LECTURA

Derramaré sobre vosotros un agua pura, y os daré un corazón nuevo.

Lectura del libro del profeta Ezequiel 36, 16-28

Me vino esta palabra del Señor:

«Hijo de Adán,

cuando la casa de Israel habitaba en la tierra,
la profanó con su conducta, con sus acciones,
como sangre inmunda fue su proceder ante mí.

Entonces derramé mi cólera sobre ellos,
por la sangre que habían derramado en el país,
por haberlo profanado con sus idolatrías.

Los esparcí entre las naciones,
anduvieron dispersos por los países;
según su proceder, según sus acciones los sentencié.

Cuando llegaron a las naciones donde se fueron,
profanaron mi santo nombre;

decían de ellos:
«Estos son el pueblo del Señor,
de su tierra han salido».

Sentí lástima de mi santo nombre,
profanado por la casa de Israel
en las naciones a las que se fue.

Por eso, di a la casa de Israel:

Esto dice el Señor:

No lo hago por vosotros, casa de Israel,
sino por mi santo nombre, profanado por vosotros
en las naciones a las que habéis ido.

Mostraré la santidad de mi nombre grande,
profanado entre los gentiles,
que vosotros habéis profanado en medio de ellos;

y conocerán los gentiles que yo soy el Señor
—oráculo del Señor—
cuando les haga ver mi santidad al castigarlos.

Os recogeré de entre las naciones,
os reuniré de todos los países
y os llevaré a vuestra tierra.

Derramaré sobre vosotros un agua pura
que os purificará:

de todas vuestras inmundicias e idolatrías
os he de purificar;

y os daré un corazón nuevo;
y os infundiré un espíritu nuevo;

arrancaré de vuestra carne el corazón de piedra,
y os daré un corazón de carne.

Os infundiré mi espíritu,
y haré que caminéis según mis preceptos
y que guardéis y cumpláis mis mandatos.

Y habitaré en la tierra que di a vuestros padres.
Vosotros seréis mi pueblo
y yo seré vuestro Dios».

Palabra de Dios.

 

Salmo responsorial: Salmo 41, 3. 5bcd; 42, 3. 4 (R.: 41,2)

  1.  RComo busca la cierva corrientes de agua,

    así mi alma te busca a ti, Dios mío.

Mi alma tiene sed de Dios,
del Dios vivo:
¿cuándo entraré a ver
el rostro de Dios? R.

Cómo marchaba a la cabeza del grupo
hacia la casa de Dios,
entre cantos de júbilo y alabanza,
en el bullicio de la fiesta! R.

Envía tu luz y tu verdad;
que ellas me guíen
y me conduzcan hasta el monte santo,
hasta tu morada. R.

Que yo me acerque al altar de Dios,
al Dios de mi alegría;
que te dé gracias al son de la cítara,
Dios, Dios mío. R.

 

O bien, cuando se celebra el bautismo:

Interleccional: Isaías 12, 2-3. 4bcd. 5-6 (R.: 3)

  1.  RSacaréis aguas con gozo

    de las fuentes de la salvación.

El Señor es mi Dios y Salvador:
confiaré y no temeré,
porque mi fuerza y mi poder es el Señor,
él fue mi salvación.
Y sacaréis aguas con gozo
de las fuentes de la salvación. R.

Dad gracias al Señor,
invocad su nombre,
contad a los pueblos sus hazañas,
proclamad que su nombre es excelso. R.

Tañed para el Señor, que hizo proezas;
anunciadlas a toda la tierra;
gritad jubilosos, habitantes de Sión:
¡Qué grande es en medio de ti el Santo de Israel! R.

O bien:

 

Salmo responsorial: Salmo 50, 12-13. 14-15. 18-19 (R.: 12a)

  1.  R¡Oh Dios!, crea en mí un corazón puro.

¡Oh Dios!, crea en mí un corazón puro,
renuévame por dentro con espíritu firme;
no me arrojes lejos de tu rostro,
no me quites tu santo espíritu. R.

Devuélveme la alegría de tu salvación,
afiánzame con espíritu generoso.
Enseñaré a los malvados tus caminos,
los pecadores volverán a ti. R.

Los sacrificios no te satisfacen;
si te ofreciera un holocausto, no lo querrías.
Mi sacrificio es un espíritu quebrantado,
un corazón quebrantado y humillado
tú no lo desprecias. R.

 

EPÍSTOLA

Cristo, una vez resucitado de entre los muertos, ya no muere más.

Lectura de la carta de san Pablo a los Romanos 6, 3-11

Hermanos:

Los que por el bautismo nos incorporamos a Cristo fuimos incorporados a su muerte.

Por el bautismo fuimos sepultados con él en la muerte, para que, así como Cristo fue resucitado de entre los muertos por la gloria del Padre, así también nosotros andemos en una vida nueva.

Porque, si nuestra existencia está unida a él en una muerte como la suya, lo estará también en una resurrección como la suya.

Comprendamos que nuestra vieja condición ha sido crucificada con Cristo, quedando destruida nuestra personalidad de pecadores, y nosotros libres de la esclavitud al pecado; porque el que muere ha quedado absuelto del pecado.

Por tanto, si hemos muerto con Cristo, creemos que también viviremos con él; pues sabemos que Cristo, una vez resucitado de entre los muertos, ya no muere más; la muerte ya no tiene dominio sobre él. Porque su morir fue un morir al pecado de una vez para siempre; y su vivir es un vivir para Dios.

Lo mismo vosotros, consideraos muertos al pecado y vivos para Dios en Cristo Jesús.

Palabra de Dios.

 

Salmo responsorial: Salmo 117, 1-2. 16ab-17. 22-23

  1.  RAleluya, aleluya, aleluya.

Dad gracias al Señor, porque es bueno,
porque es terna su misericordia.
Diga la casa de Israel:
eterna es su misericordia. R.

La diestra del Señor es poderosa,
la diestra del Señor es excelsa.
No he de morir, viviré,
para contar las hazañas del Señor. R.

La piedra que desecharon los arquitectos,
es ahora la piedra angular.
Es el Señor quien lo ha hecho,
es un milagro patente. R.

 

EVANGELIO

¿Por qué buscáis entre los muertos al que vive?

 Lectura del santo evangelio según san Lucas 24, 1-12

El primer día de la semana, de madrugada, las mujeres fueron al sepulcro llevando los aromas que habían preparado. Encontraron corrida la piedra del sepulcro. Y, entrando, no encontraron el cuerpo del Señor Jesús. Mientras estaban desconcertadas por esto, se les presentaron dos hombres con vestidos refulgentes. Ellas, despavoridas, miraban al suelo, y ellos les dijeron:

—«¿Por qué buscáis entre los muertos al que vive? No está aquí. Ha resucitado. Acordaos de lo que os dijo estando todavía en Galilea: “El Hijo del hombre tiene que ser entregado en manos de pecadores, ser crucificado y al tercer día resucitar”».

Recordaron sus palabras, volvieron del sepulcro y anunciaron todo esto a los Once y a los demás.

María Magdalena, Juana y María, la de Santiago, y sus compañeras contaban esto a los apóstoles. Ellos lo tomaron por un delirio y no las creyeron.

Pedro se levantó y fue corriendo al sepulcro. Asomándose, vio sólo las vendas por el suelo. Y se volvió admirándose de lo sucedido.

Palabra del Señor.

 

COLLATIONES

 

Nos comenta Orígenes que “Por su muerte destruyó al señor de la muerte, esto es, al diablo, para liberar a los esclavos de la muerte… Primero lo ató en la cruz; después entró en su casa, esto es, en el infierno, de donde subió a lo alto llevando cautivos, a saber, los que con él resucitaron y entraron en la ciudad santa, la Jerusalén del cielo. Por eso dice justamente el Apóstol: La muerte ya no tiene dominio sobre él”. Y por eso, “Una vez quitada la piedra que cubría el cuerpo del Señor, no se le encuentra muerto, sino que se le anuncia vivo” (San Beda). “¿Por qué buscáis entre los muertos al que vive? No está aquí. Ha resucitado”, dirán los dos hombres a las mujeres. Y si Cristo ha resucitado, escuchemos lo que nos dice San Pablo: “Por el bautismo fuimos sepultados con él en la muerte, para que, así como Cristo fue resucitado de entre los muertos por la gloria del Padre, así también nosotros andemos en una vida nueva”. “Andemos en una vida nueva, mostrándonos al que nos resucitó con Cristo, nuevos cada día y como quien dice más hermosos, reflejando en Cristo, como en un espejo, el esplendor de nuestro rostro, y proyectando en él la gloria del Señor, nos vayamos transformando en su imagen, como Cristo, resucitado de entre los muertos, subió de la humildad de nuestra tierra a la gloria de la majestad paterna” (Orígenes).

“Así dice el Señor: Oíd, sedientos todos, acudid por agua, también los que no tenéis dinero: venid, comprad trigo, comed sin pagar, vino y leche de balde”. Acudid por el agua del bautismo, porque como dirá San Cipriano de Cartago: “Siempre que en las Escrituras se menciona el agua sola, se proclama el bautismo”. Dios continuamente quiere apagar “la sed de su pueblo escogido, esto es, de los hijos que le nacerían a Dios por la generación del bautismo”. “Por el bautismo se recibe el Espíritu Santo y, una vez bautizados y recibido el Espíritu Santo, somos admitidos a beber del cáliz del Señor” (San Cipriano de Cartago).

Con el bautismo recibimos el don de la fe, y como nos explica San Bernardo: “Si tenemos una fe viva, Cristo vive en nosotros. Pero si nuestra fe está muerta, Cristo no vive en nosotros… Si se enfría el amor la fe muere”. Y se pregunta ¿qué podemos hacer con un alma de fe muerta?: “¿Qué hicieron las santas mujeres, las únicas que demostraron un amor inmenso? Compraron aromas para ir a embalsamar a Jesús. No para resucitarle. Sabemos perfectamente que lo único que podemos hacer es embalsamar, no resucitar”. Pero si tenemos una fe viva y Cristo vive en nosotros, estaremos muertos al pecado y vivos para Dios en Cristo Jesús”.

San Cipriano de Cartago:

Siempre que en las Escrituras se menciona el agua sola, se proclama el bautismo, como lo vemos significado en Isaías: No recordéis –dice– lo de antaño. Mirad que realizo algo nuevo; ya está brotando, ¿no lo notáis? Abriré un camino por el desierto, ríos en el yermo; para apagar la sed de mi pueblo, de mi escogido, el pueblo que yo formé, para que proclamara mi alabanza. En este pasaje Dios preanuncia por medio del profeta que entre los paganos, en lugares anteriormente áridos, nacerían próximamente ríos caudalosos y apagaría la sed de su pueblo escogido, esto es, de los hijos que le nacerían a Dios por la generación del bautismo.

Nuevamente se predice y se preanuncia que si los judíos tuvieran sed y buscaran a Cristo, se saciarían junto con nosotros, es decir, conseguirían la gracia del bautismo. Si tuvieran —dice— sed en el desierto, los conducirá a las aguas, hará brotar agua de la roca, hendirá la roca y manará agua y mi pueblo beberá. Lo cual tiene su pleno cumplimiento en el evangelio, cuando Cristo, que es la roca, se hiende a golpe de lanza en la pasión. El mismo, refiriéndose a lo que mucho antes había predicho el profeta, grita diciendo: El que tenga sed, que venga a mí; el que cree en mí que beba. Como dice la Escritura: de sus entrañas manarán torrentes de agua viva. Y para que quedase más claro todavía que aquí el Señor no habla del cáliz sino del bautismo, añade la Escritura: Decía esto refiriéndose al Espíritu que habían de recibir los que creyeran en él.

Por el bautismo se recibe el Espíritu Santo y, una vez bautizados y recibido el Espíritu Santo, son admitidos a beber del cáliz del Señor. Que nadie se extrañe de que, al hablar del bautismo, la Escritura divina diga que tenemos sed y que bebemos, puesto que el mismo Señor declara en el evangelio: Dichosos los que tienen hambre y sed de justicia, pues lo que se recibe con avidez y ansiedad, se toma con mayor plenitud y abundancia. Por lo demás, en la Iglesia siempre se tiene sed y siempre se bebe el cáliz del Señor.

No son necesarios muchos argumentos para demostrar que, bajo el apelativo de agua, se designa siempre el bautismo y que así debemos entenderlo, puesto que el Señor al venir al mundo nos ha revelado la verdad del bautismo y del cáliz. El que ha mandado dar a los creyentes, en el bautismo, el agua de la fe, el agua de la vida eterna, nos enseñó, con el ejemplo de su magisterio, que el cáliz debe estar integrado de una mezcla de vino y agua. Pues la víspera de su pasión, tomó el cáliz, lo bendijo y lo dio a sus discípulos diciendo: Bebed todos de él; porque ésta es la sangre de la alianza derramada por muchos para el perdón de los pecados. Y os digo que no beberé más del fruto de la vid hasta el día que beba con vosotros el vino nuevo en el reino de mi Padre.

De este texto se deduce que el cáliz que el Señor ofreció era un cáliz mezclado, y que lo que él llama sangre era vino. Es, pues, evidente que no se ofrece la sangre de Cristo, si falta vino en el cáliz; ni se da celebración santa y legítima del divino sacrificio, si nuestra ofrenda y nuestro sacrificio no están en sintonía con la pasión del Señor. Y ¿cómo podríamos beber con Cristo en el reino del Padre del nuevo fruto de la vid, si en el sacrificio de Dios Padre y de Cristo no ofrecemos vino, ni mezclamos el cáliz del Señor, de acuerdo con la tradición que él nos legó? (Carta 63, 8-9)

 

Orígenes:

Lo que se colige de las palabras del Apóstol a través de un conocimiento más elevado, es esto: que así como ningún vivo puede ser enterrado con un muerto, así ninguno que todavía vive para el pecado puede ser sepultado, en el bautismo, con Cristo que murió al pecado. Por eso, los que se preparan para el bautismo, deben procurar morir antes al pecado, para poder así ser sepultados con Cristo por el bautismo, de modo que también ellos puedan decir: Continuamente nos están entregando a la muerte, por causa de Jesús, para que también la vida de Jesús se manifieste en nuestra carne mortal.

Cómo la vida de Jesucristo pueda manifestarse en nuestra carne, nos lo aclara Pablo cuando dice: Vivo yo, pero no soy yo, es Cristo quien vive en mí. Es lo mismo que el apóstol Juan escribe en su carta, diciendo: Todo espíritu que confiesa a Jesucristo venido en carne es de Dios. Naturalmente que no es quien se limita a pronunciar estas sílabas con sus labios y a hacer pública confesión el que dará muestras de ser conducido por el Espíritu de Dios, sino el que de tal manera ha conformado su vida y ha dado en la práctica tales frutos, que manifiesta con la misma santidad de sus acciones y sentimientos que Cristo ha venido en carne y que él está muerto al pecado y vive para Dios.

Veamos nuevamente qué es lo que dice: Para que, así como Cristo fue resucitado de entre los muertos por la gloria del Padre, así también nosotros andemos en una vida nueva. Si hemos sido sepultados con Cristo, tal como arriba dijimos, esto es, en cuanto que hemos muerto al pecado, es lógico que al resucitar Cristo de entre los muertos, resucitemos también nosotros con él; y al subir él a los cielos subamos también nosotros con él; y al sentarse él a la derecha del Padre, sabemos que también nosotros nos sentaremos con él en los cielos, según lo que el Apóstol dice en otro lugar: Nos ha resucitado con Cristo Jesús y nos ha sentado en el cielo con él. Resucitó Cristo por la gloria del Padre; y si nosotros estamos muertos al pecado, hemos sido sepultados con Cristo, y todo el que viere nuestras buenas obras da gloria a nuestro Padre que está en el cielo, con razón se dirá de nosotros que hemos resucitado con Cristo, para que andemos en una vida nueva.

Andemos en una vida nueva, mostrándonos al que nos resucitó con Cristo, nuevos cada día y como quien dice más hermosos, reflejando en Cristo, como en un espejo, el esplendor de nuestro rostro, y proyectando en él la gloria del Señor, nos vayamos transformando en su imagen, como Cristo, resucitado de entre los muertos, subió de la humildad de nuestra tierra a la gloria de la majestad paterna.

Cuando el Apóstol dice: Por el bautismo, fuimos incorporados a su muerte, quedando incorporados a él por una muerte semejante a la suya, quiere demostrarnos de este modo que estamos con Cristo muertos al pecado, habiendo muerto Cristo por nuestros pecados, según las Escrituras. Y en virtud de su muerte, concedió a los creyentes, como premio a su fe, la gracia de morir a su propio pecado: es decir, a cuantos están seguros, por la fe, de haber muerto con él, de haber sido con él crucificados y sepultados, por cuya razón el pecado ya no puede actuar en ellos, como no puede actuar en los muertos. Por esto se dice que han muerto al pecado.

Por lo cual, afirma el Apóstol: Si morimos con él, viviremos con él. No dice «hemos vivido», como dice «hemos muerto»; sino «viviremos», para demostrar cómo la muerte actúa en el presente, la vida, en cambio, en el futuro, esto es, cuando aparezca Cristo, que es nuestra vida escondida en Dios. De momento, sin embargo, la muerte está actuando en nosotros, como enseña el mismo Pablo.

Ahora bien, esa misma muerte que actúa en nosotros, me parece que presenta diferentes aspectos. En Cristo, al menos, se distinguen tres momentos: uno fue el tiempo de la muerte propiamente dicha, cuando Jesús, dando un fuerte grito, exhaló el espíritu; otro fue el tiempo en que yació en el sepulcro sellado; y otro, finalmente, cuando, buscado en la tumba, no fue hallado por haber ya resucitado. A nadie le fue dado ver los primeros instantes de aquella gloriosa resurrección. Pues bien: a nosotros, que creemos en él, nos es dado experimentar este triple género de muerte.

En primer lugar, hemos de mostrar en nosotros la muerte de Cristo mediante la profesión de fe: Por la fe del corazón llegamos a la justicia, y por la profesión de los labios, a la salvación. En segundo lugar, con la mortificación de los miembros terrenales, puesto que ahora en toda ocasión llevamos en el cuerpo la muerte de Jesús; y éste es el significado de las palabras: la muerte está actuando en nosotros. En tercer lugar, cuando hayamos resucitado ya de entre los muertos y andemos en una vida nueva.

Y para explicarnos con mayor precisión y brevedad, podríamos decir que el primer momento de la muerte consiste en renunciar al mundo; el segundo, en renunciar asimismo a las pasiones de la carne; mientras que la plenitud de la perfección radica en la luz de la sabiduría, y éste es el tercer momento: el momento de la resurrección. Sin embargo, estos diversos aspectos que se encuentran en cualquier creyente, y los diversos grados del progreso, sólo puede conocerlos y discernirlos aquel a quien le son patentes los secretos del corazón.

Pues bien: Cristo voluntariamente se despojó de su rango, y tomó la condición de esclavo, y soportó el dominio del tirano, hasta someterse incluso a la muerte. Por su muerte destruyó al señor de la muerte, esto es, al diablo, para liberar a los esclavos de la muerte. Cristo, en efecto, después de haber atado al fuerte y habiéndolo vencido en su cruz, se dirigió a su misma casa, la casa de la muerte, el infierno, y allí arrambló con su ajuar, es decir, liberó las almas que tenía prisioneras. Así se cumplió lo que el mismo Cristo había dicho en el evangelio, con palabras misteriosas: Nadie puede meterse en casa de un hombre forzudo para arramblar con su ajuar, si primero no lo ata. Así pues, primero lo ató en la cruz; después entró en su casa, esto es, en el infierno, de donde subió a lo alto llevando cautivos, a saber, los que con él resucitaron y entraron en la ciudad santa, la Jerusalén del cielo. Por eso dice justamente el Apóstol: La muerte ya no tiene dominio sobre él. (Comentario sobre la carta a los Romanos, Libro 5, 8.10) 

 

San Bernardo:

Nos dice el Apóstol que Cristo vive por la fe en lo íntimo de nuestro ser. Podemos afirmar en consecuencia que si tenemos una fe viva Cristo vive en nosotros. Pero si nuestra fe está muerta, Cristo no vive en nosotros. La prueba de una fe viva son las obras, como dice la Escritura: Las obras que el Padre me ha encargado realizar, me acreditan como enviado del Padre. Lo mismo enseña el que afirma que la fe, si no tiene obras, es un cadáver. El movimiento demuestra que nuestro cuerpo está vivo, y las buenas obras que la fe vive.

La vida del cuerpo procede del alma, por la cual se mueve y siente; y la vida de la fe es el amor, que le hace capaz de obrar. Recordemos aquello del Apóstol: La fe actúa por el amor. Si se enfría el amor la fe muere, como ocurre con el cuerpo al separarse el alma. En consecuencia, cuando vemos que una persona se dedica con ardor a las buenas obras, a una vida honesta, estamos convencidos de que tiene una fe viva, porque tenemos pruebas evidentes. Pero algunos comienzan por el espíritu y terminan en la carne. Ya no tienen el espíritu vital. Lo dice la Escritura: Mi espíritu no durará por siempre en el hombre, puesto que es de carne. Y si no hay espíritu desaparece el amor que inunda nuestros corazones por el Espíritu Santo que se nos ha dado.

Hemos dicho que una persona cimienta la vida de la fe en el amor, si manifiesta que su fe se actualiza en obras de amor. Y al que no tiene espíritu le falta la fe, porque sólo el espíritu da vida. Quienes se entregan a los bajos instintos están muertos; y no hay duda que si celebramos con gozo la vida de quienes refrenan sus vicios, debemos llorar por muertos a quienes viven entregados al placer. Lo leemos en el Apóstol: si vivís según los bajos instintos vais a la muerte, y al contrario, si con el Espíritu dais muerte a las bajas acciones, viviréis.

Desgraciado del perro que vuelve a su propio vómito, y de la cerda lavada que se revuelca en el fango. Me refiero a quienes retornan a Egipto corporalmente, y sobre todo con el corazón; se dejan ofuscar por los regalos del mundo, y carecen de la vida de la fe que es el amor. Quien ama al mundo no lleva dentro el amor del Padre. Al muerto de verdad no le abrasa el fuego en sus entrañas, ni el pecado en su conciencia: ni siente, ni se asusta, ni lo arroja de sí.

Contemplemos a Cristo en el sepulcro, y a un alma de fe muerta. ¿Podremos hacer algo? ¿Qué hicieron las santas mujeres, las únicas que demostraron un amor inmenso? Compraron aromas para ir a embalsamar a Jesús. No para resucitarle. Sabemos perfectamente que lo único que podemos hacer es embalsamar, no resucitar. Y eso, para que no huela mal, ni contagie a otros, o se descomponga y se disuelva. Compren, pues, aromas las tres mujeres: para la mente, la lengua y las manos. También a Pedro se le ordenó por tres veces apacentar el rebaño del Señor: que lo apaciente con el espíritu, con la boca y con las obras. Que cuide de las ovejas con la oración interior, con las palabras de exhortación y con el ejemplo de las obras.

Adquiera, pues, el espíritu sus aromas: en primer lugar el afecto de la compasión; después el celo de la rectitud; y no olvide la discreción. Si ves que un hermano comete una falta, trátale con sentimientos de compasión, como partícipe que es de tu misma naturaleza, como si tú mismo lo hubieras engendrado. Vosotros, dice el Apóstol, los hombres de espíritu, recuperad a ese tal con mucha suavidad; estando tú sobre aviso, no vayas a ser tentado también tú. Cuando el Señor iba con la cruz a cuestas se lamentaban por él, no todo el mundo, sino unas cuantas mujeres; y él se volvió hacia ellas y les dijo: Mujeres de Jerusalén, no lloréis por mí; llorad más bien por vosotras y por vuestros hijos. Fíjate cómo responde: primeramente por vosotras, y después por vuestros hijos.

Examínate a ti mismo, y así aprenderás a compadecerte del prójimo y amonestarle con mucha suavidad. Obsérvate a ti mismo, no vayas a ser tentado también tú. Pero como el mejor argumento y lo que más convence es el ejemplo, os remito a aquel santo anciano de quien se cuenta que, al conocer los pecados de otro hermano, lloraba amargamente y decía: ¿Hoy él, mañana yo? ¿Crees que no se compadece del hermano, quien así llora por sí mismo? Este sentimiento de compasión es muy provechoso, porque a un hombre comprensivo no se le ocurre atormentar al que ya está suficientemente apenado.

Pero ¿qué podemos hacer con esa gente testaruda, que cuanto más nos compadecemos de ella más abusa de nuestra piedad y benevolencia? ¿No debemos compadecernos también de la justicia, lo mismo que del hermano al verla tan impunemente despreciada y provocada? Estoy convencido de que si amamos la verdad, no podemos soportar a sangre fría este desprecio de Dios. El celo de la justicia nos inflama contra los transgresores, y actuamos por amor a la justicia de Dios, que vemos pisoteada. A pesar de todo debemos dar la preferencia al sentimiento de compasión. No sea que con la violencia del huracán destrocemos las naves de Tarsis, quebremos la caña cascada o apaguemos el pabilo vacilante.

Cuando se dan ambas cosas, esto es, el afecto de la compasión y el celo de la justicia, conviene que actúe el espíritu de discreción; no sea que utilicemos una cosa en vez de otra, y suframos las consecuencias de la indiscreción. Cultivemos, pues, el espíritu de discreción, y según las circunstancias, conjuguemos el celo ardiente con la misericordia. Como aquel buen samaritano que sabe proveerse utilizar a su tiempo el óleo de la misericordia y el vino del ardor. No penséis que esto es una invención mía: el Profeta pide estas mismas cosas y con el mismo orden, en un salmo: Instrúyeme en la bondad, en la disciplina y en la sabiduría.

¿Dónde podemos conseguirlas? La tierra de nuestro corazón no produce estas plantas, sino zarzas y espinas. Debemos comprarlas. ¿A quién? A aquel que dijo: Venid, comprad sin pagar y de balde vino y leche. Sabéis muy bien que la leche simboliza la dulzura y el vino la sobriedad. Pero ¿qué significa comprar sin pagar y de balde? Esto no se estila en los negocios del mundo, pero con el dueño del mundo no hay otra solución. Por eso dice el profeta al Señor: Tú eres mi Dios porque no necesitas de mis bienes. ¿Cómo va a pagarle el hombre sus gracias, si Dios no necesita nada, y es el dueño del mundo? La gracia es algo gratuito; incluso cuando se compra lo hacemos gratis, porque nos quedamos con eso mismo que pagamos por ella.

Compremos, pues, estos tres aromas del espíritu con el precio de nuestra propia voluntad. Al desprendernos de ella no perdemos nada. Salimos ganando, porque la cambiamos por otra mejor: la voluntad propia se hace común. Y la voluntad común es el amor. Compramos sin dinero, porque recibimos lo que no teníamos, y aumentamos con creces lo que teníamos. ¿Podrá compadecerse del hermano el que, llevado de su propia voluntad, sólo se compadece de sí mismo? ¿Amará el bien y odiará la maldad el que se ama a sí mismo? Movido por el amor propio o el odio, creerá que practica sentimientos de compasión o aplica el rigor de la justicia; y de este modo engañará a los hombres y se engañará a sí mismo.

Pero es muy fácil distinguir lo que procede de la voluntad propia o del amor, porque son dos eternos rivales. El amor es afable y no lleva cuentas del mal. En cambio, el peor enemigo del espíritu de discreción es la voluntad propia, que trastorna el corazón humano y ciega la razón. Compremos tres aromas para el alma: sentimientos de compasión, empeño por la equidad y espíritu de discreción. Y paguémoslos con la moneda de la voluntad propia.

Los tres aromas que necesita la lengua son: moderación en reprender, facilidad en exhortar y eficacia en persuadir. ¿Quieres poseerlos? Cómpraselos al Señor tu Dios. Cómpralos sin dinero, como los anteriores: consigue lo que puedas y no pagues nada. Cómprale al Señor la moderación en corregir: es un don extraordinario, todo un buen regalo y rarísimo de encontrar. Dice Santiago que no hay hombre capaz de domar la lengua. Muchos, con la mejor intención y magnífica voluntad hablan irreflexivamente y molestan mucho. Las palabras corren en todas direcciones, y aquella frase que debía ser medicina, aviva encona aún más la herida por su acento mordaz. Si a la negligencia se le une la petulancia, crece la impaciencia, y el manchado sigue manchándose. Se vale de todos los medios a su alcance para excusar su pecado, y a semejanza del frenético, rechaza o intenta morder la mano del médico.

Otros no tienen facilidad de palabra, y ante la falta de expresión sienten que la lengua se les pega al paladar. Lo cual molesta mucho a quienes le escuchan. Y otros tienen una palabra muy fluida, pero no es agradable ni amena; y al carecer de gracia no surte efecto. Ya ves cómo necesitamos comprar al dueño de todo bien y de toda ciencia moderación para reprender, facilidad para exhortar y eficacia para persuadir.

Compra todo esto con la moneda de la confesión: antes de corregir a los demás confiesa tus pecados. Salvar un alma es un misterio extraordinario: no te acerques con tu alma manchada. Si no eres inocente, y no lo eres, lava tus manos en la inocencia antes de acercarte al altar de Dios: la confesión todo lo limpia. Esta purificación te devolverá la inocencia y te permitirá actuar como todos los inocentes. Nadie celebra los divinos oficios con el vestido ordinario, sino revestido de alba. Tú, pues, cuando subas al altar de Dios, lávate, vístete de blanco, ponte el traje de gala; que todos te digan: Te has vestido de confesión y belleza. Sí, la confesión nos embellece ante Dios. Así, pues, creemos que con el precio de la confesión se compran los aromas para la lengua: la reprensión moderada, la exhortación asidua y la persuasión eficaz.

Pero nos dicen los libros y la experiencia cotidiana que, cuando la vida de una persona es indigna, sus palabras caen en el vacío. Procúrese, pues, la mano sus aromas, para que no se mofe de nosotros el Sabio, como lo hace del holgazán que se cansa con sólo llevarse la mano a la boca; ni le responda al que reprende: enseñando tú a otros, ¿no te enseñas nunca a ti mismo? lías fardos pesados y los cargas en las espaldas de los demás, mientras tú no quieres empujarlos ni con un dedo. Os digo una vez más que el mejor sermón es el ejemplo de las obras; convence fácilmente y demuestra que es posible lo que aconsejamos. Para ello la mano necesita sus propios aromas: la continencia corporal, la misericordia con el hermano y la perseverancia en la piedad. Lo dice el Apóstol: vivamos con equilibrio, rectitud y piedad.

Son tres cosas muy necesarias en nuestra vida: la primera para con nosotros, la segunda para con el prójimo y la tercera para con Dios. Porque el lujurioso perjudica a su propio cuerpo: lo despoja de su excelsa nobleza, y lo sume en una terrible y repugnante abyección; le quita un miembro a Cristo y lo hace miembro de una prostituta. No sólo debemos evitar este vicio tan detestable, sino toda especie de incontinencia.

Procura, pues, en primer lugar, la continencia que te debes a ti mismo: tu primer prójimo eres tú mismo. Añade a esto la misericordia que debes al prójimo, porque te salvarás junto con él. Y no olvides tampoco la paciencia que te pide Dios, de quien recibirás la salvación. Pues todo el que se proponga como buen cristiano será perseguido. Y tenemos que pasar mucho para entrar en el Reino de Dios.

Según esto, cuídate mucho de no perderte por la impaciencia: sopórtalo todo por amor de aquel que antes sufrió mucho más por ti, y que recompensa todo acto de paciencia. Así lo dice el Profeta: la paciencia del humilde no perecerá.

Estos aromas para las manos se adquieren con el precio de la sumisión. Ella dirige nuestros pasos y nos merece la gracia de una vida honesta. En nuestro cuerpo percibimos impulsos de rebelión, pero la sumisión trae consigo la continencia. Sabe inspirar misericordia y derrochar paciencia.

Acércate ya con todos estos perfumes al que tiene una Fe muerta. Cuando nos damos cuenta de lo que supone resucitar a una tal persona, y cuán difícil es llegar a tocar su corazón, encerrado tras la losa de la obstinación y de la insolencia, suspiramos y decimos: ¿quién nos correrá la losa de la entrada del sepulcro? Mas ocurre que, mientras nos acercamos tímidos, y dudamos de ese gran milagro, Dios mismo atiende compasivo los deseos de nuestro corazón, y con su voz poderosa resucita al muerto. Y el ángel del Señor, que es la sonrisa de su rostro, aparece ante nosotros a la puerta del sepulcro; y el resplandor -señal de la resurrección- cambia totalmente su aspecto.

Tenemos ya todo abierto para llegar a su corazón, y él mismo nos llama. El ángel retira la losa de su obstinación y se sienta sobre ella. Nos presenta la fe vuelta a la vida, y nos muestra el sudario con que le habían envuelto. Nos descubre todo lo que anidaba antes en su corazón, confiesa como se había enterrado a sí mismo, y publica su tibieza e indolencia diciendo: Venid a ver el sitio donde yacía el Señor. (SERMON SEGUNDO RESURRECCIÓN. En el santo día de Pascua. Sobre el texto evangélico: María Magdalena…, etc.)

 

San Gregorio Magno:

María Magdalena, cuando llegó al sepulcro y no encontró allí el cuerpo del Señor, creyó que alguien se lo había llevado, y así lo comunicó a los discípulos. Ellos fueron también al sepulcro, miraron dentro y creyeron que era tal como aquella mujer les había dicho. Y dice el evangelio acerca de ellos: Los discípulos se volvieron a su casa. Y añade a continuación: Fuera, junto al sepulcro, estaba María, llorando.

Lo que hay que considerar en estos hechos es la intensidad del amor que ardía en el corazón de aquella mujer, que no se apartaba del sepulcro, aunque los discípulos se habían marchado de allí. Buscaba al que no había hallado, lo buscaba llorando y, encendida en el fuego de su amor, ardía en deseos de aquel a quien pensaba que se lo habían llevado. Por esto, ella fue la única en verlo entonces, porque se había quedado buscándolo, pues lo que da fuerza a las buenas obras es la perseverancia en ellas, tal como afirma la voz de aquel que es la Verdad en persona: El que persevere hasta el final se salvará.

Primero lo buscó, sin encontrarlo; perseveró luego en la búsqueda, y así fue como lo encontró; con la dilación, iba aumentando su deseo, y este deseo aumentado le valió hallar lo que buscaba. Los santos deseos, en efecto, aumentan con la dilación. Si la dilación los enfría, es porque no son o no eran verdaderos deseos. Todo aquel que ha sido capaz de llegar a la verdad es porque ha sentido la fuerza de este amor. Por esto dice David: Mi alma tiene sed de Dios vivo: ¿cuándo entraré a ver el rostro de Dios? Idénticos sentimientos expresa la Iglesia cuando dice, en el Cantar de los cantares: Estoy enferma de amor; y también: Mi alma se derrite.

Mujer, ¿por qué lloras?, ¿a quién buscas? Se le pregunta la causa de su dolor con la finalidad de aumentar su deseo, ya que, al recordarle a quién busca, se enciende con más fuerza el fuego de su amor.

Jesús le dice: «¡María!» Después de haberla llamado con el nombre genérico de «mujer», sin haber sido reconocido, la llama ahora por su nombre propio. Es como si le dijera:

«Reconoce a aquel que te reconoce a ti. Yo te conozco, no de un modo genérico, como a los demás, sino en especial».

María, al sentirse llamada por su nombre, reconoce al que lo ha pronunciado, y, al momento, lo llama: «Rabboni», es decir: «Maestro», ya que el mismo a quien ella buscaba exteriormente era el que interiormente la instruía para que lo buscase. (Homilía 25 sobre los evangelios, 1-2.4-5)

 

San Beda el Venerable:

En sentido místico puede decirse que las mujeres vinieron muy temprano al sepulcro, dándonos un ejemplo, para que vengamos a recibir el cuerpo del Señor tan pronto como desaparezcan las tinieblas de los pecados. Porque aquel sepulcro es figura del altar del Señor, en que los misterios del Cuerpo de Cristo deben consagrarse no en seda ni en paño teñido, sino en hilo puro, imagen de la sábana con la que José lo envolvió; porque el lienzo puro debe consagrarse. Y así como El ofreció a la muerte todo lo que tenía de humano, por testimonio de gratitud debemos ofrecerle sobre su altar, lo más puro de cuanto produce la tierra, lo más inocente y mortificado por medio de la penitencia, así ofreceremos el lino sobre el altar. Los aromas que llevaron las mujeres significan el olor que deben producir nuestras virtudes y la suavidad de nuestra oración, con las que debemos aproximarnos al altar. La separación de la losa representa la resiembra de los misterios que estaban encubiertos con el velo de la letra de la Ley, escrita en piedra. Pero una vez quitada la piedra que cubría el cuerpo del Señor no se le encuentra muerto, sino que se le anuncia vivo, porque aun cuando hemos visto vivir a Jesús en carne mortal, ahora ya no lo vemos. “Si conocimos a Cristo según la carne, mas ahora ya no le conocemos”. Como vemos que los ángeles se encuentran rodeando el cuerpo del Señor en el sepulcro, así debemos creer que también se encuentran tributándole homenaje en la consagración. Por lo tanto nosotros, a imitación de las santas mujeres, cuantas veces nos acerquemos a los Sagrados Misterios, debemos inclinar nuestra frente al suelo por respeto a los ángeles y reverencia a la Santa Ofrenda, recordando que somos tierra y ceniza. (Catena Aurea. Santo Tomás de Aquino).

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