10 de abril de 2016. Domingo 3º de Pascua – Ciclo C.-

10 de abril de 2016

Domingo 3º de Pascua

- Ciclo C.-

Primera lectura

Lectura del libro de los Hechos de los apóstoles (5,27b-32.40b-41):

En aquellos días, el sumo sacerdote interrogó a los apóstoles y les dijo: «¿No os hablamos prohibido formalmente enseñar en nombre de ése? En cambio, habéis llenado Jerusalén con vuestra enseñanza y queréis hacernos responsables de la sangre de ese hombre.» 
Pedro y los apóstoles replicaron: «Hay que obedecer a Dios antes que a los hombres. El Dios de nuestros padres resucitó a Jesús, a quien vosotros matasteis, colgándolo de un madero. La diestra de Dios lo exaltó, haciéndolo jefe y salvador, para otorgarle a Israel la conversión con el perdón de los pecados. Testigos de esto somos nosotros y el Espíritu Santo, que Dios da a los que le obedecen.»
Prohibieron a los apóstoles hablar en nombre de Jesús y los soltaron. Los apóstoles salieron del Sanedrín contentos de haber merecido aquel ultraje por el nombre de Jesús.
Palabra de Dios

 

Salmo

Sal 29,2.4.5.6.11.12a.13b


R/.
 Te ensalzaré, Señor, porque me has librado

Te ensalzaré, Señor, porque me has librado 
y no has dejado que mis enemigos serían de mí. 
Señor, sacaste mi vida del abismo, 
me hiciste revivir cuando bajaba a la fosa. R/.

Tañed para el Señor, fieles suyos, 
dad gracias a su nombre santo; 
su cólera dura un instante, 
su bondad, de por vida; 
al atardecer nos visita el llanto; 
por la mañana, el júbilo. R/.

Escucha, Señor, y ten piedad de mí; 
Señor, socórreme. 
Cambiaste mi luto en danzas. 
Señor, Dios mío, te daré gracias por siempre. R/.

 

Segunda lectura

Lectura del libro del Apocalipsis (5,11-14):

Yo, Juan, en la visión escuché la voz de muchos ángeles: eran millares y millones alrededor del trono y de los vivientes y de los ancianos, y decían con voz potente: «Digno es el Cordero degollado de recibir el poder, la riqueza, la sabiduría, la fuerza, el honor, la gloria y la alabanza.» Y oí a todas las criaturas que hay en el cielo, en la tierra, bajo la tierra, en el mar -todo lo que hay en ellos, que decían: «Al que se sienta en el trono y al Cordero la alabanza, el honor, la gloria y el poder por los siglos de los siglos.» Y los cuatro vivientes respondían: «Amén.» Y los ancianos se postraron rindiendo homenaje.
Palabra de Dios

 

Evangelio

Lectura del santo evangelio según san Juan (21,1-19):

En aquel tiempo, Jesús se apareció otra vez a los discípulos junto al lago de Tiberíades. Y se apareció de esta manera: Estaban juntos Simón Pedro, Tomás apodado el Mellizo, Natanael el de Caná de Galilea, los Zebedeos y otros dos discípulos suyos. 
Simón Pedro les dice: «Me voy a pescar.» 
Ellos contestan: «Vamos también nosotros contigo.» 
Salieron y se embarcaron; y aquella noche no cogieron nada. Estaba ya amaneciendo, cuando Jesús se presentó en la orilla; pero los discípulos no sabían que era Jesús. 
Jesús les dice: «Muchachos, ¿tenéis pescado?» 
Ellos contestaron: «No.» 
Él les dice: «Echad la red a la derecha de la barca y encontraréis.» 
La echaron, y no tenían fuerzas para sacarla, por la multitud de peces. Y aquel discípulo que Jesús tanto quería le dice a Pedro: «Es el Señor.» 
Al oír que era el Señor, Simón Pedro, que estaba desnudo, se ató la túnica y se echó al agua. Los demás discípulos se acercaron en la barca, porque no distaban de tierra más que unos cien metros, remolcando la red con los peces. Al saltar a tierra, ven unas brasas con un pescado puesto encima y pan. 
Jesús les dice: «Traed de los peces que acabáis de coger.» 
Simón Pedro subió a la barca y arrastró hasta la orilla la red repleta de peces grandes: ciento cincuenta y tres. Y aunque eran tantos, no se rompió la red. 
Jesús les dice: «Vamos, almorzad.» 
Ninguno de los discípulos se atrevía a preguntarle quién era, porque sabían bien que era el Señor. Jesús se acerca, toma el pan y se lo da, y lo mismo el pescado. Esta fue la tercera vez que Jesús se apareció a los discípulos, después de resucitar de entre los muertos. 
Después de comer, dice Jesús a Simón Pedro: «Simón, hijo de Juan, ¿me amas más que éstos?» 
Él le contestó: «Sí, Señor, tú sabes que te quiero.» 
Jesús le dice: «Apacienta mis corderos.» 
Por segunda vez le pregunta: «Simón, hijo de Juan, ¿me amas?» 
Él le contesta: «Sí, Señor, tú sabes que te quiero.» 
Él le dice: «Pastorea mis ovejas.» 
Por tercera vez le pregunta: «Simón, hijo de Juan, ¿me quieres?» 
Se entristeció Pedro de que le preguntara por tercera vez si lo quería y le contestó: «Señor, tú conoces todo, tú sabes que te quiero.» 
Jesús le dice: «Apacienta mis ovejas. Te lo aseguro: cuando eras joven, tú mismo te ceñías e ibas adonde querías; pero, cuando seas viejo, extenderás las manos, otro te ceñirá y te llevará adonde no quieras.» Esto dijo aludiendo a la muerte con que iba a dar gloria a Dios. 
Dicho esto, añadió: «Sígueme.»
Palabra del Señor

 

COLLATIONES

Nos habla San Bernardo, de cómo debemos amar al Señor, y nos pone como ejemplo a Pedro, del cual nos dice: “No fue su amor fuerte como la muerte, pues sucumbió ante la muerte, pero sí poco después, una vez ceñido del poder de lo alto, prometido por Jesucristo. Entonces comenzó a amar con tal valor, que cuando el Consejo le prohibió predicar el santo nombre, respondió obstinadamente: Hay que obedecer a Dios antes que a los hombres. Amó con todas sus fuerzas y expuso su vida por el amor”.

Nos dice San Agustín que el Señor había pertrechado a Pedro “para tareas más sublimes y mayores; se le dice: Apacienta mis ovejas, tarea en que su carne iba a peligrar y su espíritu a ser glorificado. En efecto, ¡cuánto no iba a padecer por el nombre de Cristo en el oficio de apacentar las ovejas!”.  Pero a pesar de los padecimientos, leemos: Los apóstoles salieron del Sanedrín contentos de haber merecido aquel ultraje por el nombre de Jesús”. “No, no se puede explicar el placer de quienes sufren por Cristo alguna cosa pesada, porque se deleitan en sus males como en sus bienes. Si alguien ha amado a Cristo, sabe lo que digo” (San Juan Crisóstomo).

Y San Beda nos explica que “El Señor, después de preguntar repetidas veces a Pedro si le amaba, y habiendo él respondido que el Señor mismo era testigo de que de veras lo amaba, agregó como conclusión cada una de las veces: Apacienta mis ovejas o apacienta mis corderos. Que es como si abiertamente le dijera: la única y verdadera prueba del auténtico amor a Dios consiste en el ejercicio de una diligente y laboriosa solicitud para con los hermanos”.

Nos aconseja San Agustín: “Cuando oyes decir al Señor: «Pedro, ¿me amas?», considera esta pregunta como un espejo y mira de verte reflejado en él”. Te está preguntando a ti y me está preguntando a mí, si le amamos, debemos hacer como nos indica San Beda: “adherirnos a nuestro Redentor con el debido afecto, y, con fraterna solicitud, velar por la salvación del prójimo, con la ayuda de quien nos manda obrar de este modo y promete recompensarnos por lo que hubiéramos hecho”.

San Beda el Venerable:

Esta perícopa del santo evangelio nos recomienda la virtud del amor perfecto. En realidad, el amor perfecto es aquel con que se nos manda amar al Señor con todo el corazón, con toda el alma, con todo nuestro ser, y al prójimo como a nosotros mismos. Ninguno de estos dos amores sin el otro alcanzan la cota de la perfección, pues no es posible amar de verdad a Dios sin el prójimo, ni al prójimo sin Dios. Por eso, el Señor, después de preguntar repetidas veces a Pedro si le amaba, y habiendo él respondido que el Señor mismo era testigo de que de veras lo amaba, agregó como conclusión cada una de las veces: Apacienta mis ovejas o apacienta mis corderos. Que es como si abiertamente le dijera: la única y verdadera prueba del auténtico amor a Dios consiste en el ejercicio de una diligente y laboriosa solicitud para con los hermanos.

Con calculada bondad pregunta el Señor por tres veces a Pedro si lo ama, para que con esta trina confesión rompa las cadenas que lo tenían aherrojado con su triple negación, y cuantas veces, bajo el terror de su pasión, había negado conocerlo, otras tantas, reconfortado por su resurrección, afirme que lo ama de todo corazón. Con calculada economía encomienda justamente por tres veces el cuidado de apacentar sus ovejas al que por tres veces le ha confesado su amor, pues era conveniente que cuantas veces había vacilado en la fidelidad al Pastor, otras tantas veces le fuera encomendado cuidar, con renovada fidelidad, incluso los miembros de su Pastor.

Lo que ahora le dice: Apacienta mis ovejas, es exactamente lo que con mayor claridad se le había dicho antes de la pasión: Yo he pedido por ti, para que tu fe no se apague. Y tú, cuando te recobres, da firmeza a tus hermanos. Por tanto, apacentar las ovejas de Cristo consiste en confirmar a los creyentes en Él, para que no desfallezcan en la fe, y trabajar incesantemente para que más y más se afiancen en la fe. Si bien conviene tener muy presente que este apacentar el rebaño del Señor ha de llevarse a cabo con una solicitud no uniforme, sino diversificadora. Pues el superior debe procurar diligentemente que no falten a los súbditos incluso los subsidios materiales, y ha de ser solícito en ofrecerles, junto con la palabra de la predicación, ejemplos de virtud; y si descubriera que hay quienes bloquean los intereses espirituales o incluso los comunes, opóngase en la medida de lo posible a tales presiones. Y si sus mismos súbditos llegaren alguna vez a errar, según el consejo del salmista, que el justo me golpee, que el bueno me reprenda, guárdese muy mucho de halagar sus corazones con el ungüento de una condescendencia perjudicial, pues también esto cae dentro de las incumbencias del buen pastor. En efecto, quien descuidare corregir los errores de los súbditos y curar, en la medida de sus posibilidades, las heridas que les han inferido los pecados, ¿con qué cara pretenderá ser contado entre los pastores de las ovejas de Cristo?

Otra cosa debe tener el pastor bien grabada en el corazón: ha de recordar que a quienes preside debe tratarlos no como si fueran propios, sino como a rebaño de su Señor, según lo que se le dijo a Pedro: si me amas, apacienta mis ovejas. Las mías —dice—, no las tuyas. Has de saber que se te han confiado mis ovejas, a las que has de pastorear como mías, si es que me amas correctamente; recuerda que en ellas has de buscar mi gloria, mi dominio, mis intereses y no los tuyos propios.

Y lo que se dijo a Pedro: Pastorea mis ovejas, se dijo a todos. Lo que fue efectivamente Pedro, lo eran asimismo el resto de los apóstoles, pero a Pedro se le confiere  el primado para salvaguardar la unidad de la Iglesia. Todos son pastores, pero uno es el rebaño que entonces era apacentado con perfecta armonía por todos los apóstoles y más tarde es pastoreado con unánime solicitud por sus sucesores, de muchos de los cuales sabemos que glorificaron a su Creador con la muerte y todos con su vida. Y no sólo aquellas máximas lumbreras de la Iglesia, sino también la restante muchedumbre de los elegidos glorifica, cada uno en su tiempo, a Dios viviendo o muriendo.

También nosotros, hermanos míos, en nuestra época, debemos seguir sus huellas, sea regulando nuestra conducta según el ejemplo de los buenos, sea perseverando hasta la muerte en el proyecto de una vida santa, para que estando unidos a ellos en el mismo género de vida, merezcamos estarlo también en la recompensa. Lo cual conseguiremos si —a tenor de esta sacratísima lectura— nos adherimos a nuestro Redentor con el debido afecto, y, con fraterna solicitud, velamos por la salvación del prójimo, con la ayuda de quien nos manda obrar de este modo y promete recompensarnos por lo que hubiéramos hecho, Jesucristo, nuestro Señor, que vive y reina con el Padre, en la unidad del Espíritu Santo y es Dios por los siglos de los siglos. Amén. (Homilía 22)

 

San Agustín de Hipona:

Cuando oyes decir al Señor: «Pedro, ¿me amas?», considera esta pregunta como un espejo y mira de verte reflejado en él. Y para que sepáis que Pedro era figura de la Iglesia, recordad aquel texto del Evangelio: Tú eres Pedro, y sobre esta piedra edificaré mi Iglesia, y el poder del infierno no la derrotará. Te daré las llaves del reino de los cielos. Las recibe un solo hombre. Y cuáles sean estas llaves del reino de los cielos, lo explicó el mismo Cristo: Lo que atareis en la tierra, quedará atado en el cielo, y lo que desatareis en la tierra, quedará desatado en el cielo. Si sólo a Pedro se le dijo, sólo Pedro lo hizo; murió Pedro y se fue: ¿quién ata?, ¿quién desata? Me atreveré a decirlo: estas llaves las tenemos también nosotros. Pero ¿qué es lo que digo? ¿Que nosotros atamos?, ¿que nosotros desatamos? Atáis también vosotros, desatáis también vosotros. Porque es atado quien se separa de vuestra comunidad, y, al separarse de vuestra comunidad, queda atado por vosotros. Y cuando se reconcilia, es desatado por vosotros, porque también vosotros rogáis a Dios por él.

Todos efectivamente amamos a Cristo, somos miembros suyos; y cuando él confía su grey a los pastores, todo el colegio de los pastores pasa a formar parte del cuerpo del único pastor. Y para que comprendáis cómo todo el colegio de pastores se integra en el cuerpo del único pastor, pensad: ciertamente Pedro es pastor y plenamente pastor; pastor es Pablo y pastor en el sentido pleno de la palabra; Juan es pastor, Santiago es pastor, Andrés es pastor, y los demás apóstoles son realmente pastores. Entonces, ¿cómo se veríficará aquello de: Habrá un solo rebaño, un solo pastor?

Ahora bien, si es cierto aquello de que habrá un solo rebaño, un solo pastor, es que todo el inmenso número de pastores se reduce al cuerpo del único pastor. Pero en él estáis también vosotros, pues sois miembros suyos.

Estos son los miembros que oprimía aquel Saulo, primero perseguidor, luego predicador, echando amenazas de muerte, difiriendo la fe. Una sola palabra dio al traste con todo su furor. ¿Qué palabra? Saulo, Saulo, ¿por qué me persigues? ¿Qué podía hacer al que estaba sentado en el cielo?, ¿qué daño podrían hacerle las amenazas?, ¿qué daño podrían hacerle los gritos? Nada de esto podría ya afectarle, y sin embargo clamaba: ¿por qué me persigues? Cuando decía: ¿por qué me persigues? declaraba que nosotros somos miembros suyos. Así pues, el amor de Cristo, a quien amamos en vosotros; el amor de Cristo, a quien también vosotros amáis en nosotros nos conducirá, entre tentaciones, fatigas, sudores, miserias y gemidos, allí donde no hay fatiga alguna, ni miseria, ni gemidos, ni suspiros, ni molestia; donde nadie nace, ni muere; donde nadie teme las iras del poderoso, porque se adhiere al rostro del Todopoderoso. (SERMÓN 229 N (= Guelf. 16) 2-3)

Habéis oído la confesión del apóstol Pedro cuando el Señor le preguntó, como oísteis antes su negación cuando la criada lo llenó de espanto. Lleno él de presunción, el Señor le aseguró: Me negarás; lleno de amor, le preguntó: ¿Me amas? La causa de que el apóstol Pedro vacilase está en que antes había presumido de las fuerzas de su alma. Ya lo había dicho el salmo con anterioridad: Los que confían en su valor. Pedro se había hecho semejante a aquel de quien se canta en los Salmos: Yo dije en mi abundancia: No me moveré jamás. En su abundancia había dicho a Cristo: Iré contigo hasta la muerte; en su abundancia había dicho: No me moveré jamás. Pero el Señor, como médico y hacedor, conocía mejor que el enfermo mismo lo que pasaba en el enfermo. Los médicos hacen respecto de la salud física lo que el Señor puede hacer también respecto de la salud espiritual. Dime, te ruego, ¿qué te parece el que el enfermo tenga que esperar a que le diga el médico lo que pasa en él mismo? Él personalmente puede conocer los dolores que sufre; pero su peligrosidad, sus causas, la posibilidad de salir o no de ellos, no; el médico toma el pulso e informa al enfermo de lo que pasa en el enfermo mismo. Así, pues, cuando el Señor decía a Pedro: Me negarás tres veces auscultaba la vena de su corazón. Ved que se cumplió lo que predijo el médico y resultó ser falso lo que presumió el enfermo. Allí, en el mismo salmo, continúa el Espíritu Santo: Yo dije en mi abundancia: No me moveré jamás, como quien presume de las fuerzas de su alma. Acto seguido añadió: Señor, por tu bondad diste vigor a mi hermosura. Apartaste tu rostro, y me llené de turbación. ¿Qué dijo? «Lo que tenía lo había recibido de ti, pero creía que era de mí. Apartaste tu rostro: retiraste lo que me habías dado, y me llené de turbación. Cuando tú te apartaste, descubrí quién soy». El Señor se apartó temporalmente de Pedro para hacerle saludablemente humilde; mas cuando le dirigió la mirada, entonces Pedro lloró. Así lo encuentras en el evangelio. Después de haberle negado tres veces y después de haberse cumplido lo predicho por el Señor, ¿qué está escrito? Le miró el Señor, y Pedro se acordó. Si el Señor no le hubiese vuelto la mirada, Pedro se hubiera olvidado totalmente. Le miró el Señor, y Pedro recordó que le había dicho Jesús: Antes de que el gallo cante, me negarás tres veces. Y, saliendo fuera, rompió a llorar amargamente. Pedro tenía necesidad del bautismo de lágrimas para lavar el pecado de su negación; pero ¿cómo podía obtenerlo si el Señor no se lo daba? Por eso dice el apóstol Pablo cuando advertía al pueblo sobre cómo debían comportarse con algunos que pensaban distintamente: Corrigiendo con suavidad a los que piensan distintamente, por si Dios les concede la penitencia. Así, pues, también la penitencia es un don de Dios. Tierra dura es el corazón de un soberbio; no se ablanda para la penitencia si no llueve sobre él la gracia de Dios.

Ahora, ya después de la resurrección del Señor, Pedro es sometido a un interrogatorio. El Señor provoca su confesión y le predice su martirio; lo encuentra anclado en la caridad y lo fortalece en la virtud. Ya después de la resurrección, le dice: «Pedro, ¿me amas más que éstos? Tú que me negaste, ¿me amas? Bastantes cosas has pasado ya: ves en vida a quien viste ir a la muerte cuando temiste morir. Mira que estoy vivo, que soy yo; ¿por qué temiste morir? Cuando me negaste, no por eso me perdiste. Por tanto, puesto que soy yo mismo, ¿me amas?». Y él: «Señor, también tú sabes que te amo. ¿Por qué me preguntas lo que ya sabes? Lo sabías cuando me predecías que iba a negarte. Tú sabías lo que yo ignoraba de mí mismo, y ¿vas a desconocer lo que yo sé? Veo en mi corazón que te amo, pero lo ves también tú; no puedes no ver mi actual amor, tú que viste mi temor futuro». También ahora lo sabe el Señor, y le pregunta no obstante; y, preguntándole de nuevo lo mismo, Pedro respondió de idéntica manera. El Señor le pregunta por tercera vez para borrar con la triple confesión la triple negación. Congratulémonos con el Apóstol: Había muerto, y volvió a la vida; se había perdido, y fue encontrado.

Se le pertrecha para tareas más sublimes y mayores; se le dice: Apacienta mis ovejas, tarea en que su carne iba a peligrar y su espíritu a ser glorificado. En efecto, ¡cuánto no iba a padecer por el nombre de Cristo en el oficio de apacentar las ovejas! Apacienta mis ovejas, apacienta mis corderos. Pues a mí ¿qué puedes darme, si me amas? El príncipe de los pastores le constituyó pastor para que él, Pedro, apacentase las ovejas de Cristo, no las propias. Los mismos apóstoles convirtieron al sentido común a algunos que quisieron ser seguidores suyos. Eran ovejas de Cristo y querían serlo de los hombres, y decían unos y otros: Yo soy de Pablo, yo de Apolo, yo de Cefas. Allí había también ovejas que reconocían al Señor: Yo, en cambio, soy de Cristo. Pablo, conocedor de que Cristo confió a los apóstoles sus propias ovejas, no las de ellos, rechazó tal dominio; para estar con el Señor, confiesa que él no es el Señor. ¿Acaso fue crucificado Pablo por vosotros? ¿O habéis sido, acaso, bautizados en el nombre de Pablo? Sois ovejas de Cristo, ¿no lo sabéis? Leed la señal con la que habéis sido marcados. Apacienta mis ovejas. ¿Por qué? Puesto que me amas, puesto que me tienes afecto, te confío mis ovejas; apaciéntalas, pero no olvides que son mías. Los cabecillas de las herejías quieren hacer propias las ovejas de Cristo; pero, quiéranlo o no, se ven obligados a ponerles la marca de Cristo; las hacen patrimonio propio, pero les ponen el nombre del Señor. ¿Qué dice la Escritura divina en el Cantar de los Cantares a quienes así obran? El esposo llama a la esposa, es decir, Cristo a la Iglesia, y le dice: Si no te conoces a ti misma, ¡oh hermosa entre las mujeres! ¿Qué significa hermosa entre las mujeres? La Iglesia católica en medio de las herejías. Mirad cómo la amenaza. Si no te conoces a ti misma: de quién eres, qué crees, a quién perteneces, por dónde estás extendida, con qué sangre has sido redimida; si no te conoces a ti misma, ¡oh hermosa entre las mujeres!, si no te conoces a ti misma, yo te expulso, sal tú. ¿Qué significa sal tú? Lo que dice Juan en su carta: Salieron de entre nosotros, pero no eran de los nuestros. Sal tú tras las huellas de los rebaños; no tras las huellas del pastor, sino de los rebaños; siguiendo las huellas de los hombres, no las de Cristo. Y apacienta a tus cabritos, no a mis ovejas, como Pedro. Apacienta tus cabritos, ¿dónde? En las tiendas de los pastores; disgregada en las tiendas de los pastores, no en la del único pastor. Tengo también otras ovejas que no son de este redil. Conviene que yo las atraiga, y escucharán también mi voz, y habrá un solo rebaño y un solo pastor. (SERMÓN 229 O (= Guelf. 17)1,2)

 

San Bernardo:

Los discípulos acogieron muy mal las palabras de Jesús, cuando les anunció su ascensión y les dijo: Si me amarais, os alegraríais de que me vaya con el Padre. Por tanto, ¿debemos concluir que no le amaban a él si les apenaba tanto su ausencia? En cierto sentido le amaban y no le amaban. Le amaban afectivamente, pero sin cautelas; le amaban carnalmente, pero sin discernimiento; le amaban con todo el corazón, pero no con toda el alma. Su amor era un obstáculo para su propia salvación. Por eso les decía: Os conviene que yo me vaya, reprochándoles su falta de juicio, no su afecto. Asimismo, cuando les hablaba de su muerte, Pedro se obstinaba en oponerse a ello y, como sabéis, le respondió increpando a quien le amaba tiernamente. ¿Por qué le reprendió sino por su imprudencia? Cuando le decía: Tu idea no es la de Dios, ¿acaso no venía a decirle: no amas juiciosamente, porque te dejas llevar de un afecto humano y te opones al plan de Dios? Y lo llamó Satanás, pues el que se opone a que muera el Salvador rechaza, aun sin saberlo, la salvación.
Por eso, después de ser amonestado, no se opuso a su muerte cuando volvió a mencionarla; incluso le prometió que moriría con él. Pero no lo hizo, porque aún no había llegado a ese tercer grado de amor por el que se ama con todas las fuerzas. Sabía ya que se debe amar con toda el alma, pero aún era débil; no le faltaba conocimiento, pero careció de ánimo; no se le ocultó el misterio, pero temía el martirio. No fue su amor fuerte como la muerte, pues sucumbió ante la muerte. pero si poco después, una vez ceñido del poder de lo alto, prometido por Jesucristo. Entonces comenzó a amar con tal valor, que cuando el Consejo le prohibió predicar el santo nombre, respondió obstinadamente: Hay que obedecer a Dios antes que a los hombres. Amó con todas sus fuerzas y expuso su vida por el amor. Porque no hay amor más grande que dar la vida por los amigos, y aunque entonces no la dio, al menos la expuso. (SERMÓN XX. SERMONES SOBRE EL CANTAR DE LOS CANTARES. IV)

 

San Juan Crisóstomo:

Se dieron cuenta que no sólo no era quebrantada la confianza de los apóstoles, sino que también se extendía más y más la predicación, y que se expresaban sin ningún temor y que no daban ocasión alguna para castigarlos. Debemos imitarlos, carísimos, y en las adversidades hay que mantenerse sin temor. Nada hay pesado para quien teme a Dios; pero a quienes no lo temen les amenazan graves males. Quien domina las pasiones de su ánimo mediante la virtud y deja pasar lo presente como si fuera una sombra, ¿qué desgracia le puede convencer? ¿Qué puede temer o qué adversidad le hará reflexionar? Así pues, refugiémonos en esta roca inconmovible.

Si alguien construyera una ciudad y la rodeara de una muralla; o mejor aún, si nos llevara a una región donde no hubiera perturbación alguna, y al mismo tiempo nos suministrara abundancia de todas las cosas, de manera que nada tuviéramos que ver con nadie, no nos proporcionaría una seguridad tan grande como es la que ahora Cristo nos proporciona…

De igual manera que quienes poseen una alta magistratura, si les molesta una adversidad, no la sienten, sino que no pierden su alegría, así sucede con los apóstoles, pues con semejantes males es con lo que más se alegran. No, no se puede explicar el placer de quienes sufren por Cristo alguna cosa pesada, porque se deleitan en sus males como en sus bienes. Si alguien ha amado a Cristo, sabe lo que digo…

Pero los apóstoles, como empujados por una orden del rey, todo lo llevaban a cabo, e incluso con mayor facilidad. Porque un mandato regio no es capaz de llevar a cabo lo que realizaba la predicación de ellos; ciertamente el mandato regio obliga por necesidad, mientras que los apóstoles llevaban a cabo la empresa voluntariamente y dando incontables gracias. ¿Qué mandato regio habría podido persuadirlos a dejar todas sus riquezas, incluso a exponer su vida y despreciar casa, parientes y la salud misma? Sin embargo, lo lograron las palabras de unos pescadores y fabricantes de tiendas de campaña. Como si estuvieran gozosos, eran más poderosos y fuertes que todos. (Homilías a los hechos de los apóstoles. Homilía XIII, 5-6. 8-9).

 

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