Solemnidad de la Ascensión del Señor

8 de mayo de 2016

Ascensión del Señor

- Ciclo C.-

Primera lectura

Lectura del libro de los Hechos de los apóstoles (1,1-11):

En mi primer libro, querido Teófilo, escribí de todo lo que Jesús fue haciendo y enseñando hasta el día en que dio instrucciones a los apóstoles, que había escogido, movido por el Espíritu Santo, y ascendió al cielo. Se les presentó después de su pasión, dándoles numerosas pruebas de que estaba vivo, y, apareciéndoseles durante cuarenta días, les habló del reino de Dios. 
Una vez que comían juntos, les recomendó: «No os alejéis de Jerusalén; aguardad que se cumpla la promesa de mi Padre, de la que yo os he hablado. Juan bautizó con agua, dentro de pocos días vosotros seréis bautizados con Espíritu Santo.» 
Ellos lo rodearon preguntándole: «Señor, ¿es ahora cuando vas a restaurar el reino de Israel?» 
Jesús contestó: «No os toca a vosotros conocer los tiempos y las fechas que el Padre ha establecido con su autoridad. Cuando el Espíritu Santo descienda sobre vosotros, recibiréis fuerza para ser mis testigos en Jerusalén, en toda Judea, en Samaria y hasta los confines del mundo.» Dicho esto, lo vieron levantarse, hasta que una nube se lo quitó de la vista. 
Mientras miraban fijos al cielo, viéndolo irse, se les presentaron dos hombres vestidos de blanco, que les dijeron: «Galileos, ¿qué hacéis ahí plantados mirando al cielo? El mismo Jesús que os ha dejado para subir al cielo volverá como le habéis visto marcharse.»
Palabra de Dios

 

Salmo

Sal 46,2-3.6-7.8-9


R/.
 Dios asciende entre aclamaciones; el Señor, al son de trompetas

Pueblos todos batid palmas, 
aclamad a Dios con gritos de júbilo; 
porque el Señor es sublime y terrible, 
emperador de toda la tierra. R/.

Dios asciende entre aclamaciones; 
el Señor, al son de trompetas; 
tocad para Dios, tocad, 
tocad para nuestro Rey, tocad. R/. 

Porque Dios es el rey del mundo; 
tocad con maestría. 
Dios reina sobre las naciones, 
Dios se sienta en su trono sagrado. R/.

 

Segunda lectura

Lectura de la carta del apóstol san Pablo a los Efesios (1,17-23):

Que el Dios de nuestro Señor Jesucristo, el Padre de la gloria, os dé espíritu de sabiduría y revelación para conocerlo. Ilumine los ojos de vuestro corazón, para que comprendáis cuál es la esperanza a la que os llama, cuál la riqueza de gloria que da en herencia a los santos, y cuál la extraordinaria grandeza de su poder para nosotros, los que creemos, según la eficacia de su fuerza poderosa, que desplegó en Cristo, resucitándolo de entre los muertos y sentándolo a su derecha en el cielo, por encima de todo principado, potestad, fuerza y dominación, y por encima de todo nombre conocido, no sólo en este mundo, sino en el futuro. Y todo lo puso bajo sus pies, y lo dio a la Iglesia como cabeza, sobre todo. Ella es su cuerpo, plenitud del que lo acaba todo en todos.
Palabra de Dios

 

Evangelio

Conclusión del santo evangelio según san Lucas (24,46-53):

En aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos: «Así estaba escrito: el Mesías padecerá, resucitará de entre los muertos al tercer día y en su nombre se predicará la conversión y el perdón de los pecados a todos los pueblos, comenzando por Jerusalén. Vosotros sois testigos de esto. Yo os enviaré lo que mi Padre ha prometido; vosotros quedaos en la ciudad, hasta que os revistáis de la fuerza de lo alto.» 
Después los sacó hacia Betania y, levantando las manos, los bendijo. Y mientras los bendecía se separó de ellos, subiendo hacia el cielo. Ellos se postraron ante él y se volvieron a Jerusalén con gran alegría; y estaban siempre en el templo bendiciendo a Dios.
Palabra del Señor

 

COLLATIONES

“Se les presentó después de su pasión, dándoles numerosas pruebas de que estaba vivo, y, apareciéndoseles durante cuarenta días, les habló del reino de Dios”. Como nos dice San León Magno: “Hoy se cumple, amadísimos, la sagrada cuarentena dispuesta por la divina economía y previsoramente utilizada para nuestra instrucción”, porque, “aquellos días que transcurrieron entre la resurrección del Señor y su ascensión no se perdieron ociosamente, sino que durante ellos se confirmaron grandes sacramentos, se revelaron grandes misterios”.

San Bernardo nos presenta así esta solemnidad: “Es la cumbre y plenitud de las demás solemnidades, el broche de oro del largo peregrinar del Hijo de Dios. El mismo que bajó es el que sube hoy por encima de los cielos, para llenar el universo”. Pero si pensamos en sus discípulos: “¡Qué pena tan terrible ver cómo se aleja y desaparece aquel por quien todo lo han dejado!” (San Bernardo).

Jesús consuela a sus discípulos diciendo: “Yo os enviaré lo que mi Padre ha prometido; vosotros quedaos en la ciudad, hasta que os revistáis de la fuerza de lo alto”. Nos pone San Bernardo el ejemplo de los apóstoles y especialmente de San Pedro, para explicarnos lo que implica el “revestirse de la fuerza de lo alto”. El amor de Pedro hacia el Señor, no fue fuerte como la muerte, “pues sucumbió ante la muerte, pero sí poco después, una vez ceñido del poder de lo alto, prometido por Jesucristo. Entonces comenzó a amar con tal valor, que cuando el Consejo le prohibió predicar el santo nombre, respondió obstinadamente: Hay que obedecer a Dios antes que a los hombres. Amó con todas sus fuerzas y expuso su vida por el amor”. Es como si el Señor les dijera: cuando “os revistáis de la fuerza de lo alto”, amaréis con tal valor, que seréis capaces de exponer vuestra vida por el amor. Algo que era necesario para llevar a cabo la misión que les encomendaba: En su nombre se predicará la conversión y el perdón de los pecados a todos los pueblos, comenzando por Jerusalén”.

“Cuando el Espíritu Santo descienda sobre vosotros, recibiréis fuerza para ser mis testigos…”. “Mientras él está allí, sigue estando con nosotros… Él está con nosotros por su divinidad, su poder y su amor; nosotros, en cambio, aunque no podemos llevarlo a cabo como él por la divinidad, sí que podemos por el amor hacia él” (San Agustín).

“Mientras miraban fijos al cielo, viéndolo irse, se les presentaron dos hombres vestidos de blanco, que les dijeron: «Galileos, ¿qué hacéis ahí plantados mirando al cielo? El mismo Jesús que os ha dejado para subir al cielo volverá como le habéis visto marcharse”.  “Sí, vendrá. Vendrá tal y como ascendió, no como bajó. Se hizo humilde para salvarnos, y aparecerá sublime cuando resucite este cadáver y reproduzca en nuestro cuerpo el resplandor del suyo, dando a esta pobre criatura suya una grandeza incalculable. El que antes aparecía como un hombre cualquiera, vendrá con gran poder y majestad. Yo también lo contemplaré, pero no ahora; lo veré, pero no inmediatamente. Esa otra glorificación deslumbrará a la primera por su gloria incomparable” (San Bernardo).

 

“Cristo, por su naturaleza divina, no podía crecer ni ensalzarse, porque nada hay más alto que Dios. Pero vio que la humildad es el medio de elevarse, y vino a encarnarse, padecer y morir, para que nosotros no cayéramos en la muerte eterna; por eso Dios lo glorificó, lo resucitó, lo ensalzó y lo sentó a su derecha. Anda, haz tú lo mismo. Si quieres ascender, desciende; abraza esa ley irrevocable: a todo el que se encumbra lo abajarán, y al que se abaja lo encumbrarán” (San Bernardo).

 

San Bernardo:

⊕ Hermanos, esta solemnidad es gloriosa y gozosa. A Cristo le confiere una gloria extraordinaria, y a nosotros una peculiar alegría. Es la cumbre y plenitud de las demás solemnidades, el broche de oro del largo peregrinar del Hijo de Dios. El mismo que bajó es el que sube hoy por encima de los cielos, para llenar el universo. Ya había demostrado ser el dueño de todo el mundo: tierra, mar e infierno; ahora quiere manifestarse Señor del aire y del cielo, con pruebas semejantes o mayores. La tierra reconoció al Señor cuando éste gritó con voz potente: Lázaro, sal fuera, y devolvió al muerto. Lo reconoció el mar, cuando se cuajó bajo sus pies, y los apóstoles lo tomaron por un fantasma. Lo reconoció el infierno, cuando destrozó sus puertas de bronce y sus cerrojos de hierro, y encadenó a aquel insaciable homicida llamado diablo y Satanás.

El remate de tu túnica sin costura, Señor Jesús, y la plenitud de nuestra fe, pide ahora que te eleves por los aires a la vista de los discípulos, como dueño y Señor del firmamento. De este modo quedará patente que eres el Señor del mundo, porque llenas totalmente el universo. Y merecerás con pleno derecho que ante ti se doble toda rodilla en el cielo, en la tierra, en el abismo, y toda boca proclame que tú estás en la gloria y a la diestra de Dios Padre. En esta derecha está la alegría perpetua. Por eso nos apremia el Apóstol a buscar lo de arriba, donde está Cristo sentado a la derecha del Padre. Él es toda nuestra riqueza: en Él se esconden todos los tesoros del saber del conocer; en él habita realmente la plenitud total de la divinidad.

Considerad también, hermanos, la pena y angustia que embargó a los apóstoles al verle arrancarse de su lado y elevarse al cielo. No usa escaleras ni cuerdas, le acompaña una multitud de ángeles sin necesidad de ayudarle: avanza él solo y lleno de fuerza. Aquí tenernos convertido en realidad lo que había predicho: vosotros no sois capaces de venir al lugar donde voy a estar yo. Si hubiera marchado al último rincón de la tierra, allí le hubieran seguido. Si al mar, allí se hubieran sumergido, como ya lo hiciera Pedro. Mas aquí no pueden seguirle porque el cuerpo mortal es lastre del alma, y la tienda terrestre abruma la mente pensativa.

¡Qué pena tan terrible ver cómo se aleja y desaparece aquel por quien todo lo han dejado! Privados del novio, los amigos del novio lloran desconsolados. Y qué angustia la suya, al verse desamparados frente a los judíos, y sin recibir todavía la fuerza de lo alto. Al separarse de ellos los bendice, estremecido tal vez en su entrañable ternura, por dejar menesterosos a los suyos y a su pobre comunidad. Pero va a prepararles un sitio, y les conviene estar privados de su presencia humana.

¡Qué procesión tan dichosa y sublime! Ni los mismos apóstoles pudieron participar en ella. Escoltado por las almas santas y entre el regocijo de los coros celestiales, llega hasta el Padre y se sienta a la derecha de Dios. Ahora sí que ha empapado al mundo entero: nació como un hombre cualquiera, convivió con los hombres, sufrió y murió por culpa y en favor de ellos, resucitó, ascendió y está sentado a la derecha de Dios. Esta es la túnica tejida de una pieza de arriba abajo, rematada en las moradas celestes, donde Cristo alcanza su plenitud y es la plenitud de todo.

Pero ¿qué tengo que ver yo con estas fiestas? Señor Jesús, ¿qué consuelo puedo tener si no te vi colgado de la cruz, ni cubierto de heridas, ni en la palidez de la muerte? ¿Si no puedo calmar sus heridas con mis lágrimas, porque no he sufrido con el crucificado, ni le he atendido después de morir? ¿Por qué no me saludaste cuando entraste en el cielo vestido de gala y como rey glorioso? El único consuelo que tengo son estas gozosas palabras de los ángeles: Galileos, ¿qué hacéis ahí plantados mirando al cielo? El mismo Jesús que se han llevado de aquí al cielo volverá como lo habéis visto marcharse.  Volverá, dicen ellos, ¿volverá a por nosotros, en aquella procesión grandiosa y universal, cuando venga a juzgar a vivos y muertos, con los ángeles como mensajeros y el séquito de los hombres? Sí, vendrá. Vendrá tal y como ascendió, no como bajó. Se hizo humilde para salvarnos, y aparecerá sublime cuando resucite este cadáver y reproduzca en nuestro cuerpo el resplandor del suyo, dando a esta pobre criatura suya una grandeza incalculable. El que antes aparecía como un hombre cualquiera, vendrá con gran poder y majestad. Yo también lo contemplaré, pero no ahora; lo veré, pero no inmediatamente. Esa otra glorificación deslumbrará a la primera por su gloria incomparable.

Entre tanto ha subido a la derecha del Padre, y nos recuerda siempre ante Dios. Está a la derecha, porque tiene en su diestra la misericordia la justicia en la izquierda. Su misericordia es infinita, y también su justicia. De la derecha mana agua, y de la izquierda brota fuego. Como se levanta el cielo sobre la tierra así se levanta su bondad sobre sus fieles: la misericordia del Señor supera en inmensidad a todas las distancias del cielo y de la tierra. El propósito de Dios sobre ellos es inmutable, y la misericordia con los suyos es eterna: eterna por la predestinación, y eterna por la glorificación. Pero también es terrible con los hombres malditos. La sentencia es irrevocable para todos: para los elegidos y para los condenados. ¿Quién me puede asegurar que todos los aquí presentes están inscritos en el cielo y en el libro de la vida? La humildad de vuestra vida es para mí un indicio muy claro de que estáis elegidos y justificados. Todo mi interior exultaría de gozo si lo supiera con certeza. Pero nadie sabe si Dios le ama o le odia.

Por eso, hermanos, perseverad en la disciplina que abrazasteis y subid por la pequeñez a la grandeza: es el único camino. Quien elige otro desciende, no asciende, porque únicamente la humildad encumbra y sólo ella nos lleva a la vida. Cristo, por su naturaleza divina, no podía crecer ni ensalzarse, porque nada hay más alto que Dios. Pero vio que la humildad es el medio de elevarse, y vino a encarnarse, padecer y morir, para que nosotros no cayéramos en la muerte eterna; por eso Dios lo glorificó, lo resucitó, lo ensalzó y lo sentó a su derecha. Anda, haz tú lo mismo. Si quieres ascender, desciende; abraza esa ley irrevocable: a todo el que se encumbra lo abajarán, y al que se abaja lo encumbrarán. ¡Qué maldad y necedad la de los hombres! Con lo difícil que es ascender y lo fácil que es descender, prefieren subir antes que bajar. Siempre están dispuestos para recibir los honores y grandezas eclesiásticas, que hacen temblar a los mismos ángeles. ¡Qué pocos son los que te siguen, Señor Jesús, los que se dejan atraer por ti, los que se dejan guiar por la senda de tus mandatos! Algunos se dejan seducir y exclaman: llévame contigo. Otros se dejan guiar y dicen: condúceme a tu alcoba, rey mío. Otros son arrebatados como lo fue el Apóstol al tercer cielo. Los primeros son felices, porque a base de paciencia consiguen la vida. Los segundos son más felices, porque le alaban espontáneamente. Y los últimos son totalmente felices: han sepultado ya su voluntad en la insondable misericordia de Dios y están transportados por el soplo ardiente a los tesoros de la gloria. No saben si con el cuerpo o sin él; pero lo cierto es que han sido arrebatados. ¡Dichoso quien te sigue siempre a ti, Señor Jesús, y no a a ese espíritu fugitivo que quiso subir y sintió sobre sí el peso infinito de la mano divina! Nosotros, pueblo tuyo y ovejas de tu rebaño, queremos seguirte a ti, con tu ayuda, para llegar hasta ti. Porque tú eres el camino, la verdad y la vida. Camino con el ejemplo, verdad en las promesas y vida en el premio. Tienes palabras de vida eterna, y nosotros sabemos y creemos que eres el Cristo, el Cristo, el Hijo de Dios vivo, Dios bendito por siempre. (SERMÓN SEGUNDO ASCENSIÓN)

 

⊕ Los discípulos acogieron muy mal las palabras de Jesús, cuando les anunció su ascensión y les dijo: Si me amarais, os alegraríais de que me vaya con el Padre. Por tanto, ¿debemos concluir que no le amaban a él si les apenaba tanto su ausencia? En cierto sentido le amaban y no le amaban. Le amaban afectivamente, pero sin cautelas; le amaban carnalmente, pero sin discernimiento; le amaban con todo el corazón, pero no con toda el alma. Su amor era un obstáculo para su propia salvación. Por eso les decía: Os conviene que yo me vaya, reprochándoles su falta de juicio, no su afecto. Asimismo, cuando les hablaba de su muerte, Pedro se obstinaba en oponerse a ello y, como sabéis, le respondió increpando a quien le amaba tiernamente. ¿Por qué le reprendió sino por su imprudencia? Cuando le decía: Tu idea no es la de Dios, ¿acaso no venía a decirle: no amas juiciosamente, porque te dejas llevar de un afecto humano y te opones al plan de Dios? Y lo llamó Satanás, pues el que se opone a que muera el Salvador rechaza, aun sin saberlo, la salvación.
 Por eso, después de ser amonestado, no se opuso a su muerte cuando volvió a mencionarla; incluso le prometió que moriría con él. Pero no lo hizo, porque aún no había llegado a ese tercer grado de amor por el que se ama con todas las fuerzas. Sabía ya que se debe amar con toda el alma, pero aún era débil; no le faltaba conocimiento, pero careció de ánimo; no se le ocultó el misterio, pero temía el martirio. No fue su amor fuerte como la muerte, pues sucumbió ante la muerte, pero si poco después, una vez ceñido del poder de lo alto, prometido por Jesucristo. Entonces comenzó a amar con tal valor, que cuando el Consejo le prohibió predicar el santo nombre, respondió obstinadamente: Hay que obedecer a Dios antes que a los hombres. Amó con todas sus fuerzas y expuso su vida por el amor. Porque no hay amor más grande que dar la vida por los amigos, y aunque entonces no la dio, al menos la expuso. (SERMONES SOBRE EL CANTAR DE LOS CANTARES. SERMÓN XX. Capítulo 4).

 

San León Magno:

Desde la feliz y gloriosa resurrección de nuestro Señor Jesucristo, con que el verdadero templo de Dios, destruido por la impiedad judaica, fue reconstruido en tres días por el divino poder, hoy se cumple, amadísimos, la sagrada cuarentena dispuesta por la divina economía y previsoramente utilizada para nuestra instrucción: de modo que al prolongar durante este tiempo su presencia corporal, dé el Señor la necesaria solidez a la fe en la resurrección con la aportación de las oportunas pruebas.

La muerte de Cristo había, en efecto, turbado profundamente el corazón de los discípulos y, viendo el suplicio de la cruz, la exhalación del último aliento, y la sepultura del cuerpo exánime, un cierto abatimiento difidente se había insinuado en los corazones apesadumbrados por la tristeza. Tanto que, cuando las santas mujeres anunciaron —como nos narra la historia evangélica— que la piedra del sepulcro estaba corrida, que la tumba estaba vacía y que habían visto ángeles que atestiguaban que el Señor vivía, estas palabras les parecieron a los apóstoles y demás discípulos afirmaciones rayanas con el delirio. Nunca el Espíritu de verdad hubiera permitido que una tal hesitación, tributo de la humana debilidad, prendiese en el corazón de sus predicadores, si aquella titubeante solicitud y aquella curiosa circunspección no hubiera servido para echar los cimientos de nuestra fe. En los apóstoles eran anticipadamente curadas nuestras turbaciones y nuestros peligros: en aquellos hombres éramos nosotros entrenados contra las calumnias de los impíos y contra las argucias de la humana sabiduría. Su visión nos instruyó, su audición nos adoctrinó, su tacto nos confirmó. Demos gracias por la divina economía y por la necesaria torpeza de los santos padres. Dudaron ellos, para que no dudáramos nosotros.

Por tanto, amadísimos, aquellos días que transcurrieron entre la resurrección del Señor y su ascensión no se perdieron ociosamente, sino que durante ellos se confirmaron grandes sacramentos, se revelaron grandes misterios.

En aquellos días se abolió el temor de la horrible muerte, y no sólo se declaró la inmortalidad del alma, sino también la de la carne. Durante estos días, el Señor se juntó, como uno más, a los dos discípulos que iban de camino y los reprendió por su resistencia en creer, a ellos, que estaban temerosos y turbados, para disipar en nosotros toda tiniebla de duda. Sus corazones, por él iluminados, recibieron la llama de la fe y se convirtieron de tibios en ardientes, al abrirles el Señor el sentido de las Escrituras. En la fracción del pan, cuando estaban sentados con él a la mesa, se abrieron también sus ojos, con lo cual tuvieron la dicha inmensa de poder contemplar su naturaleza glorificada, inmensamente mayor que la que tuvieron nuestros primogenitores, confusos por la propia prevaricación. (Tratado 73, 1-2).

San Agustín:

Nuestro Señor Jesucristo ascendió al cielo tal día como hoy; que nuestro corazón ascienda también con él.

Escuchemos al Apóstol: Ya que habéis resucitado con Cristo, buscad los bienes de allá arriba, donde está Cristo, sentado a la derecha de Dios; aspirad a los bienes de arriba, no a los de la tierra. Y así como él ascendió sin alejarse de nosotros, nosotros estamos ya allí con él, aun cuando todavía no se haya realizado en nuestro cuerpo lo que nos ha sido prometido.

Él fue ya exaltado sobre los cielos; pero sigue padeciendo en la tierra todos los trabajos que nosotros, que somos sus miembros, experimentamos. De lo que dio testimonio cuando exclamó: Saulo, Saulo, ¿por qué me persigues? Así como: Tuve hambre, y me disteis de comer.

¿Por qué no vamos a esforzarnos sobre la tierra, de modo que gracias a la fe, la esperanza y la caridad, con las que nos unimos con él, descansemos ya con él en los cielos? Mientras él está allí, sigue estando con nosotros; y nosotros, mientras estamos aquí, podemos estar ya con él allí. Él está con nosotros por su divinidad, su poder y su amor; nosotros, en cambio, aunque no podemos llevarlo a cabo como él por la divinidad, sí que podemos por el amor hacia él.

No se alejó del cielo, cuando descendió hasta nosotros; ni de nosotros, cuando regresó hasta él. El mismo es quien asegura que estaba allí mientras estaba aquí: Nadie ha subido al cielo, sino el que bajó del cielo, el Hijo del hombre que está en el cielo.

Esto lo dice en razón de la unidad que existe entre él, nuestra cabeza, y nosotros, su cuerpo. Y nadie, excepto él, podría decirlo, ya que nosotros estamos identificados con él, en virtud de que él, por nuestra causa, se hizo Hijo del hombre, y nosotros, por él, hemos sido hechos hijos de Dios.

En este sentido dice el Apóstol: Lo mismo que el cuerpo es uno y tiene muchos miembros, y todos los miembros del cuerpo, a pesar de ser muchos, son un solo cuerpo, así es también Cristo. No dice: «Así es Cristo», sino: así es también Cristo. Por tanto, Cristo es un solo cuerpo formado por muchos miembros.

Bajó, pues, del cielo, por su misericordia, pero ya no subió él solo, puesto que nosotros subimos también en él por la gracia. Así, pues, Cristo descendió él solo, pero ya no ascendió él solo; no es que queramos confundir la dignidad de la cabeza con la del cuerpo, pero sí afirmamos que la unidad de todo el cuerpo pide que éste no sea separado de su cabeza. (Sermón 263 A. sobre la Ascensión del Señor (Mai 98), 1-2)

San Cirilo de Alejandría:

El ordenamiento de la doctrina de la fe ya nos advertía de que habláramos también sobre la ascensión, pero la gracia de Dios dispuso las cosas de manera que ayer, que era domingo, oyeses, en la medida de nuestras fuerzas, hablar de esto. Fue porque, por gracia de Dios, las lecturas de la reunión litúrgica contenían lo referente a la ascensión de nuestro Salvador a los cielos. Lo que dijimos fue de cara a todas las personas y por causa de la multitud de fieles reunidos. Pero, sobre todo, ayer hablamos de esto pensando en ti. Queremos ver ahora si atendiste a lo que se dijo. Pues sabes que la fe enseña que creas en aquel «que resucitó al tercer día, y ascendió a los cielos y está sentado a la derecha del Padre». Creo que recordarás lo que expusimos, aunque, sin demasiada insistencia, te haré memoria de lo que dijimos. Acuérdate de que en los Salmos está escrito claramente; «Sube Dios entre aclamaciones». Las Potestades divinas clamaban unas a otras: «Puertas, levantad vuestros dinteles», etc. Téngase en la mente el otro salmo: «Tú has subido a la altura, conduciendo cautivos». Y acuérdate del profeta, que dice: «El que edifica en los cielos sus aletas moradas». Y todas las demás cosas que ayer se dijeron a causa de las contradicciones de los judíos.

Pues cuando se han opuesto, juzgándola imposible, a la ascensión del Salvador, acuérdate de lo que se dice de la traslación de Habacuc. Pues si Habacuc fue transportado por el ángel cogiéndolo por los pelos de la cabeza, mucho más el Señor de los profetas y de los ángeles, subiendo en una nube desde el Monte de los Olivos, pudo preparar su ida a los cielos y por su propio poder. Retén también en tu mente otras cosas semejantes, teniendo en cuenta que la grandeza es del Señor, que hace tales maravillas: aquellos eran llevados y éste es el que «todo lo sostiene». Recuerdas que Henoc fue trasladado, pera Jesús ascendió. Recuerda las cosas que ayer se dijeron de Elías: que Elías fue tomado en un carro de fuego, pero el carro de Cristo fueron «los carros de Dios, por millares de miríadas»; y que Elías fue tomado al Este del Jordán mientras que Cristo ascendió al Este del torrente Cedrón; que aquél ascendió «como hacia el cielo» pero Jesús lo hizo «al cielo»; y que el primero había dicho a su discípulo que le daría dos partes de su espíritu, pero Cristo ha concedido a sus discípulos una participación tan grande en la gracia del Espíritu Santo que no lo posean sólo para ellos, sino que también por la imposición de las manos lo otorguen a los que creen en él. (Catequesis XIV. Resurrección y Ascensión de Jesucristo, 24-25).

 

 

 

 

 

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