5 de junio de 2016. Domingo X del Tiempo Ordinario – Ciclo C.-

5 de junio de 2016

Domingo X del Tiempo Ordinario

- Ciclo C.-

 

Primera lectura


Lectura del primer libro de los Reyes 17,17-24

 

 

En aquellos días, cayó enfermo el hijo de la señora de la casa. La enfermedad era tan grave que se quedó sin respiración. Entonces la mujer dijo a Elías: «¿Qué tienes tú que ver conmigo? ¿Has venido a mi casa para avivar el recuerdo de mis culpas y hacer morir a mi hijo?» Elías respondió: «Dame a tu hijo.» Y, tomándolo de su regazo, lo subió a la habitación donde él dormía y lo acostó en su cama. Luego invocó al Señor: «Señor, Dios mío, ¿también a esta viuda que me hospeda la vas a castigar, haciendo morir a su hijo?» Después se echó tres veces sobre el niño, invocando al Señor: «Señor, Dios mío, que vuelva al niño la respiración.» El Señor escuchó la súplica de Elías: al niño le volvió la respiración y revivió. Elías tomó al niño, lo llevó al piso bajo y se lo entregó a su madre, diciendo: «Mira, tu hijo está vivo.» Entonces la mujer dijo a Elías: «Ahora reconozco que eres un hombre de Dios y que la palabra del Señor en tu boca es verdad.»

Palabra de Dios

 

Salmo

 

Salmo 29


R/. Te ensalzaré, Señor, porque me has librado.

Te ensalzaré, Señor, porque me has librado
y no has dejado que mis enemigos se rían de mí.
Señor, sacaste mi vida del abismo,
me hiciste revivir cuando bajaba a la fosa.

Tañed para el Señor, fieles suyos,
dad gracias a su nombre santo;
su cólera dura un instante;
su bondad, de por vida;
al atardecer nos visita el llanto;
por la mañana, el júbilo.

Escucha, Señor, y ten piedad de mí;
Señor, socórreme.
Cambiaste mi luto en danzas. Señor, Dios mío, 
te daré gracias por siempre.

 

Segunda lectura


Lectura de la carta del apóstol san Pablo a los Gálatas 1,11-19

Os notifico, hermanos, que el Evangelio anunciado por mí no es de origen humano; yo no lo he recibido ni aprendido de ningún hombre, sino por revelación de Jesucristo.

Habéis oído hablar de mi conducta pasada en él judaísmo: con qué saña perseguía a la Iglesia de Dios y la asolaba, y me señalaba en el judaísmo más que muchos de mi edad y de mi raza, como partidario fanático de las tradiciones de mis antepasados. Pero, cuando aquel que me escogió desde el seno de mi madre y me llamó por su gracia se dignó revelar a su Hijo en mí, para que yo lo anunciara a los gentiles, en seguida, sin consultar con hombres, sin subir a Jerusalén a ver a los apóstoles anteriores a mí, me fui a Arabia, y después volví a Damasco. Más tarde, pasados tres años, subí a Jerusalén para conocer a Cefas, y me quedé quince días con él.

Pero no vi a ningún otro apóstol, excepto a Santiago, el pariente del Señor.

Palabra de Dios

 

Evangelio


Lectura del santo evangelio según san Lucas 7,11-17

En aquel tiempo, iba Jesús camino de una ciudad llamada Naín, e iban con él sus discípulos y mucho gentío.

Cuando se acercaba a la entrada de la ciudad, resultó que sacaban a enterrar a un muerto, hijo único de su madre, que era viuda; y un gentío considerable de la ciudad la acompañaba. Al verla el Señor, le dio lástima y le dijo: «No llores.» Se acercó al ataúd, lo tocó (los que lo llevaban se pararon) y dijo: «¡Muchacho, a ti te lo digo, levántate!» El muerto se incorporó y empezó a hablar, y Jesús se lo entregó a su madre. Todos, sobrecogidos, daban gloria a Dios, diciendo: «Un gran Profeta ha surgido entre nosotros. Dios ha visitado a su pueblo.» La noticia del hecho se divulgó por toda la comarca y por Judea entera.

Palabra del Señor

 

 

COLLATIONES

Al ver el Señor a la viuda de Naín, llorando ante su hijo muerto, le dice: “No llores”, y resucitando al hijo, éste se incorporó y empezó a hablar, y Jesús se lo entregó a su madre”.  “Llora por ti la madre Iglesia, que interviene por cada uno de su hijos únicos”, nos dice San Ambrosio. Y gracias a esta intervención de nuestra madre, podemos repetir con el salmo: “Te ensalzaré, Señor, porque me has librado”, porque estando muerta por el pecado, Cristo me ha resucitado. “Su madre, que era viuda, se alegró de la resurrección del joven; la madre Iglesia se alegra de los hombres resucitados a diario en su espíritu” (San Agustín).

“Pero todo hombre tiene ojos con los cuales puede ver los muertos que resucitan de la forma que resucitó el hijo de la viuda, al que se refiere el texto del evangelio que se ha leído ahora. En cambio, para ver cómo resucitan los muertos en el corazón, no los tienen sino los que ya han resucitado en su propio corazón” (san Agustín). En su propio corazón resucitó San Pablo, que a partir de su conversión, eligió “ultraje a cambio de honores, peligros en lugar de tranquilidad, tribulación en lugar de seguridad”, como nos cuenta San Juan Crisóstomo, y todo “por amor a la verdad”. “Ahora reconozco que eres un hombre de Dios y que la palabra del Señor en tu boca es verdad”, dice la viuda a Elías, y podían decir a San Pablo, que reconoce que el Evangelio que anuncia le ha sido revelado por el Señor.

“Los que vieron los milagros de Cristo y no entendieron lo que significaban ni lo que insinuaban a quienes eran capaces de comprenderlos, se admiraron únicamente del hecho; pero otros admiraron el hecho y alcanzaron su significado. Como estos debemos ser nosotros en la escuela de Cristo” (San Agustín).

San Juan Crisóstomo:

¿Observas cómo señala cada acontecimiento y no se avergüenza? No se limitó a perseguir a la Iglesia, sino que lo hizo con furia, no sólo fue tras ella, sino que también la devastó, es decir, intentó apagar a la Iglesia, destruirla, aniquilarla, hacerla desaparecer, porque eso es lo propio del que devasta… Para que no creas que se comportaba así por cólera, señala que actuaba por celo y, aunque no sabía qué hacía, perseguía, no por vanagloria, ni por odio, sino porque era ‘celoso’ de las tradiciones paternas. Sus palabras quieren decir lo que sigue: si lo que hice contra la Iglesia no lo hice por motivos humanos, sino por celo divino, equivocado, pero celo al fin, ¿cómo ahora corro en favor de la Iglesia y conozco la verdad podría actuar por vanagloria? Una pasión semejante no se apoderó de mí por error, sino que me guió el celo de Dios, por lo que ahora, que he conocido la verdad, sería más justo verme libre de esa sospecha. Al tiempo que pasé a la doctrina de la Iglesia, me liberé de todo prejuicio judaico, con un celo entonces mucho mayor, lo que, ya en posesión de un celo divino, es una prueba de haber cambiado realmente. Si no fuera así, dime: ¿qué otra cosa podría motivar un cambio semejante: ultraje a cambio de honores, peligros en lugar de tranquilidad, tribulación en lugar de seguridad? No se trata de nada que no sea amor por la verdad. (Comentario a la Carta a los Gálatas).

San Agustín:

Porque os notifico, hermanos, que el evangelio anunciado por mí no tiene origen humano. Pues yo no lo recibí ni aprendí de hombre alguno, sino por revelación de Jesucristo. Un evangelio con origen humano es una mentira. Todo hombre es mentiroso, puesto que cuanto de verdad se halla en el hombre, no procede del hombre, sino de Dios, que se sirve de un hombre. En consecuencia, a lo que tiene origen humano ni siquiera hay que llamarlo ya evangelio: es lo que aportaban quienes arrancaban de la libertad y arrastraban a la esclavitud a personas a las que Dios llamaba a pasar de la esclavitud a la libertad.

Pues habéis oído hablar de mi conducta pasada en el judaísmo: cómo perseguía fuera desaforadamente a la Iglesia de Dios, y la asolaba y hacía más progresos en el judaísmo que muchos de los de mi raza y edad, superándolos en celo por las tradiciones de mis antepasados. Si hacer progresos en el judaísmo se manifestaba en el perseguir y asolar a la Iglesia de Dios, salta a la vista que el judaísmo se opone a la Iglesia de Dios, no por razón de la ley espiritual, que recibieron los judíos, sino por la vida conforme a la carne, propia de su esclavitud. Y si Pablo perseguía a la Iglesia de Dios en cuanto celoso, esto es, imitador de las tradiciones de sus padres, son estas tradiciones las que resultan contrarias a la Iglesia de Dios. No hay que hacer responsable de ello a la ley. La ley es espiritual y no obliga a que se la entienda en sentido carnal. El mal está en quienes entendieron en sentido carnal lo que recibieron y, además, transmitieron muchas cosas de su cosecha, derogando el mandato del Señor por mantener sus tradiciones.

Mas cuando al Señor que me escogió desde el vientre de mi madre y me llamó por su gracia le plugo revelar en mí a su Hijo para que lo anunciase entre los gentiles, no condescendí con la carne ni la sangre y ello sin dilación. Es escogido en cierto modo desde el seno de su madre todo aquel al que se le aparta de la costumbre de seguir ciegamente a los padres carnales; a su vez, condesciende con la carne y la sangre todo el que da su asentimiento a las propuestas, con origen en la carne, de los parientes y personas de su entorno, también carnales. Ni vine a Jerusalén a visitar a los apóstoles anteriores a mí, sino que me fui a Arabia y de allí regresé otra vez a Damasco. Luego, tres años después, subí a Jerusalén a ver a Pedro y permanecí en su compañía quince días. Pablo vio a Pedro después de haber anunciado el evangelio en Arabia; en consecuencia, no fue a visitarlo para que le enseñara el evangelio, pues, de lo contrario, se habría encontrado antes con él. Si lo visitó fue para afianzar la caridad fraterna mediante el conocimiento personal. No vi a ningún otro apóstol, a excepción de Santiago, el hermano del Señor. Se ha de entender que Santiago era hermano del Señor o en cuanto hijo de José, fruto de un matrimonio anterior, o en cuanto pariente de María, la madre de Jesús.

Respecto a esto que os escribo, Dios es testigo de que no miento. Quien dice Dios es testigo de que no miento pronuncia un juramento. ¿Y hay algo más sagrado que este juramento? Pero no va contra el precepto el juramento que procede del mal, no del que lo pronuncia, sino del mal de la incredulidad de aquel ante quien se ve obligado a jurar. A partir de este texto se entiende el sentido de la prohibición del Señor respecto del juramento. Quiere decir que nadie jure en cuanto dependa de él, algo que hacen muchos que tienen siempre a punta de lengua el juramento, como si se tratase de una realidad noble y sabrosa. El Apóstol conocía sin duda el precepto del Señor y, sin embargo, pronunció ese juramento. No hay que hacer caso a quienes opinan que expresiones como la señalada no constituyen un juramento. ¿Qué dirán los tales de esta otra: Muero día a día, ¡por vuestra gloria, hermanos!, la que tengo en Cristo Jesús, Señor nuestro? Los ejemplares en lengua griega no dejan lugar a duda de que se trata de un juramento. Así, pues, en cuanto depende de él, el Apóstol no jura, dado que no busca jurar por un capricho o porque le resulte placentero hacerlo. Es algo más que decir Sí, sí; no, no, y, por ello mismo, procede del mal, pero del mal de la debilidad o del de la incredulidad de quienes sólo de esa manera se sienten impulsados a dar crédito. Después me dirigí a las regiones de Siria y Cilicia, pero de vista era un desconocido para las Iglesias de Judea que están en Cristo. Hay que señalar que no sólo en Jerusalén creyeron judíos en Cristo y que no fueron tan pocos que se diluyesen entre las Iglesias gentiles; al contrario, eran tantos que ellos solos constituían Iglesias. Sólo habían oído decir: «El que en otras ocasiones nos perseguía, ahora anuncia la buena nueva de la fe que antes devastaba», y por causa mía proclamaban la grandeza de Dios. Es lo mismo que decía antes, a saber, que no buscaba agradar a los hombres pensando en sí mismo, sino en proclamar la grandeza de Dios. Es también lo mismo que dice el Señor: Brillen vuestras obras delante de los hombres, para que vean vuestras buenas acciones y glorifiquen a vuestro Padre que está en los cielos. (Exposición de la carta a los gálatas 6-9).

 

Los milagros de nuestro Señor y Salvador Jesucristo impactan a todos los que los escuchan y los creen. Ciertamente, a unos de una manera y a otros de otra. En efecto, algunos, aturdidos por los milagros realizados en los cuerpos, no saben contemplar otros mayores; en cambio, a otros les produce más admiración los que se producen ahora en las almas que los que oyen que fueron realizados en los cuerpos. El Señor mismo dice: Pues como el Padre resucita y da vida a los muertos, así también el Hijo da vida a los que quiere. No se trata ciertamente de que a unos los resucite el Hijo y a otros el Padre; sino de que a los mismos los resucita el Padre y el Hijo, ya que todas las cosas las realiza el Padre por el Hijo. Por tanto, ningún cristiano dude de que también ahora se resucitan muertos. Pero todo hombre tiene ojos con los cuales puede ver los muertos que resucitan de la forma que resucitó el hijo de la viuda, al que se refiere el texto del evangelio que se ha leído ahora. En cambio, para ver cómo resucitan los muertos en el corazón, no los tienen sino los que ya han resucitado en su propio corazón. Mayor milagro es resucitar a quien ha de vivir para siempre que resucitar a quien volverá a morir.

Su madre, que era viuda, se alegró de la resurrección del joven; la madre Iglesia se alegra de los hombres resucitados a diario en su espíritu. El joven había muerto físicamente, estos espiritualmente. La muerte visible de aquel se lloraba de forma visible; en cuanto a la muerte invisible de estos ni interesaba, ni se la veía. Se interesó por ella quien conocía a los muertos; solo conocía quiénes estaban muertos el que podía devolverles la vida. Efectivamente, si el Señor no hubiese venido a resucitar a los muertos, no diría el Apóstol: Levántate, tú que duermes; sal de entre los muertos y te iluminará Cristo. Escuchas que se habla de «dormir» cuando dice: Levántate tú que duermes; pero entiende que se trata de un muerto, dado que escuchas: Y sal de entre los muertos. Con frecuencia se llama también durmientes a los que han muerto visiblemente. Sin duda, para el que puede despertarlos, todos están dormidos. Consideras a alguien muerto cuando, por más que lo agites, lo pellizques o lo laceres, no despierta. Para Cristo, en cambio, estaba dormido aquel al que dijo: Levántate y al instante se levantó. Nadie hace salir con tanta facilidad a uno del lecho como Cristo le hizo salir del sepulcro.

Tenemos constancia de que el Señor realizó tres resurrecciones de forma visible y millares de forma invisible. Pero ¿quién sabe cuántos muertos resucitó visiblemente? Pues no todo lo que hizo Jesús quedó escrito. Lo dice Juan: Muchas otras cosas realizó Jesús que, si hubiesen sido escritas, juzgo que el mundo entero no podría contener los libros. Por tanto, no hay duda de que muchos otros fueron resucitados, pero no en vano los mencionados son tres. En efecto, nuestro Señor Jesucristo quería que entendiésemos como realizado también en los espíritus lo que hacía en los cuerpos. Y no hacía milagros por hacerlos, sino con la finalidad de que llamasen la atención de quienes los viesen y fuesen verdaderos para quienes entendiesen su significado. Igual que uno que ve las letras de un códice admirablemente escrito y no sabe leer: alaba el pulso del copista admirando la belleza de los caracteres, pero ignora qué significan o qué indican; sus ojos los alaban, su mente no los conoce. Otro, en cambio, al mismo tiempo admira la obra de arte y entiende lo significado: es el que no solo puede ver los caracteres, algo común a todos, sino también leerlos, lo que no es posible a quien no aprendió a leer. De igual manera, los que vieron los milagros de Cristo y no entendieron lo que significaban ni lo que insinuaban a quienes eran capaces de comprenderlos, se admiraron únicamente del hecho; pero otros admiraron el hecho y alcanzaron su significado. Como estos debemos ser nosotros en la escuela de Cristo. Pues quien dice que Cristo realizó milagros para que fuesen solo eso: milagros, puede decir también que ignoraba que no era tiempo de frutos cuando fue a buscar higos en la higuera. Según atestigua el evangelista, no era el tiempo de los frutos y, sin embargo, al sentir hambre, los buscó en el árbol. ¿Ignoraba Cristo lo que sabía el hortelano? ¿Lo que sabía el cultivador del árbol, no lo conocía quien fue su creador? Por consiguiente, si, al sentir hambre, buscó frutos en el árbol, significó que él sentía hambre de otra cosa y que buscaba algo más. Encontrando la higuera llena de hojas, pero sin fruto, la maldijo y se secó. ¿Qué había hecho el árbol al no dar fruto? ¿Qué culpa tenía de no producirlos? Pero hay quienes no pueden dar fruto por propia voluntad. La esterilidad es culpable solo cuando la fecundidad es voluntaria. Por tanto, los judíos, que poseían las palabras de la ley pero no poseían hechos, estaban llenos de hojas, pero no daban frutos. Os he dicho esto con el fin de convenceros de que nuestro Señor Jesucristo realizó los milagros para significar algo con ellos, de forma que, exceptuando que eran acciones admirables, grandiosas y divinas, aprendiésemos también otra cosa en ellos.

Veamos, pues, qué quiso el Señor que aprendiéramos en los tres muertos que resucitó. Resucitó a la hija muerta del jefe de la sinagoga, cuya curación le habían pedido cuando aún estaba enferma. Hallándose en camino a casa de ella, le anunciaron su muerte. Y como si la fatiga del Señor resultase ya inútil, se le comunicó al padre de ella: La niña ha muerto, ¿por qué molestas todavía al Maestro? Jesús prosiguió su camino y dijo al padre de la niña: No temas, solamente ten fe. Llegó a casa, encontró preparadas las debidas honras fúnebres, y les dijo: No lloréis, pues la niña no está muerta sino que duerme. Y dijo la verdad: dormía, pero solo para quien tenía el poder de resucitarla. Una vez resucitada, se la devolvió viva a sus padres.

También resucitó al joven, hijo de una viuda. El Señor me ha exhortado a hablar al respecto con Vuestra Caridad lo que él se digne concederme. Habéis acabado de oír cómo lo resucitó. El Señor se acercaba a la ciudad, cuando he aquí que sacaban ya al muerto de la casa. Conmovido de misericordia por las lágrimas de la madre viuda y privada de su único hijo, hizo lo que habéis oído, diciendo: Joven, a ti te lo digo, levántate. Resucitó el difunto, comenzó a hablar y se lo entregó a su madre. Resucitó igualmente a Lázaro, pero del sepulcro. Puesto que los discípulos con quienes hablaba sabían que estaba enfermo —él mismo le quería—, les dijo allí: Nuestro amigo Lázaro duerme. Ellos, pensando que era un sueño reparador de la salud, le responden: Señor, si duerme, está a salvo. Y él, hablando ya de forma más clara, replica: Os digo que nuestro amigo Lázaro ha muerto. Las dos veces dijo la verdad: para vosotros está muerto, para mí duerme.

Estas tres clases de muertos corresponden a tres clases de pecadores a los que Cristo resucita también hoy. En efecto, la hija del jefe de la sinagoga se hallaba muerta dentro de casa; aún no la habían sacado al exterior. Allí dentro la resucitó y entregó viva a sus padres. El joven ya no estaba en casa, pero tampoco aún en el sepulcro; le habían sacado de casa, pero aún no había sido sepultado. Quien resucitó a la difunta aún no sacada de casa resucitó al ya sacado de ella, pero aún no sepultado. Faltaba el tercer caso: que lo resucitara también estando en el sepulcro; esto lo realizó en Lázaro. Hay, pues, personas que tienen el pecado dentro en su corazón, aún no convertido en obra. Un tal se sintió sacudido por cierto mal deseo. El Señor mismo dice: Quien mire a una mujer casada, deseándola, ya adulteró con ella en su corazón. Aunque aún no ha habido contacto físico, ya consintió en su corazón. Tiene el muerto en su interior; aún no lo ha sacado fuera. Y como acontece, según sabemos conforme a lo que a diario experimentan en sí las personas, a veces, después de oír la palabra de Dios, como si el Señor le dijese: Levántate, se condena el haber consentido al pecado y se anhela la salud y la justicia. Resucita el muerto en casa y revive el corazón en el secreto de la conciencia. Esta resurrección del alma muerta se ha producido en el secreto de la conciencia, como si fuese dentro de los muros de la casa.

Hay otros que, después de haber consentido, pasan a la acción; es el caso paralelo a quienes sacan fuera al muerto, para que aparezca a las claras lo que permanecía oculto. ¿Acaso han perdido ya la esperanza estos que pasaron a la acción? ¿No se dijo también al joven: A ti te lo digo, levántate? ¿No fue devuelto también él a su madre? Luego, igualmente, quien cometió una acción pecaminosa, si amonestado y tocado por la palabra de la verdad, se levanta obedeciendo a la palabra de Cristo, vuelve a la vida. Pudo avanzar en el pecado, pero no perecer para siempre.

A su vez, quienes a fuerza de obrar mal se ven envueltos en la mala costumbre, de forma que la mala costumbre misma no les deja ver que es un mal, se convierten en defensores de sus malas acciones, se enfurecen cuando se les reprende, asemejándose a los sodomitas que, en otra época, replicaron al justo que les reprendía su perverso deseo: Tú viniste a vivir con nosotros, no a darnos leyes. Tan arraigada estaba allí la costumbre de la lujuria nefanda que la maldad se identificaba para ellos con la justicia, hasta el punto de reprender antes al que la prohibía que al que la practicaba. Estos, oprimidos por tan malvada costumbre, están como sepultados. Pero ¿qué he de decir, hermanos? De tal forma sepultados que se da en ellos lo que se dijo de Lázaro: Ya hiede. El peñasco colocado sobre el sepulcro es la fuerza opresora de la costumbre que oprime al alma y no la deja ni levantarse ni respirar.

De Lázaro se dijo: Ya lleva muerto cuatro días. En realidad, el alma llega a esta costumbre de la que estoy hablando como en cuatro etapas. La primera consiste en el titilar del placer en el corazón; la segunda, en el consentimiento; la tercera, en la acción; la cuarta, en la costumbre. Pues hay quienes rechazan tan radicalmente las cosas ilícitas que se presentan a su pensamiento, que ni siquiera hallan deleite en ellas. Existen quienes hallan deleite en ellas, pero no les dan su consentimiento: la muerte no ha llegado a su término, pero en cierto modo ha empezado ya. Si el consentimiento sigue a la delectación, ahí está lo que es objeto de condena. Tras el consentimiento, se da el paso a la acción; la acción lleva a la costumbre, y se produce una cierta pérdida de esperanza, por lo cual se dice: Lleva cuatro días, ya hiede. Llegó, pues, el Señor para quien todo era fácil y te mostró que el caso tenía cierta dificultad. Se estremeció en su espíritu y mostró que a quienes la costumbre ha hecho insensibles tienen necesidad de que se le levante bien la voz en tono de reproche. Sin embargo, ante el grito del Señor que le llamaba, se rompieron lo lazos que los ataban sin poderse librar de ellos. Tembló el poder del infierno, Lázaro fue devuelto vivo. También libera el Señor a los que, por la costumbre de pecar, llevan cuatro días muertos, pues para él, que quería resucitarle, Lázaro solo dormía. Pero ¿qué dice? Observad de qué manera le resucitó. Salió vivo del sepulcro, pero no podía caminar. Y Jesús dice a sus discípulos: Desatadlo y dejadlo ir. Él resucitó al muerto, los apóstoles desataron al aún atado. Ved que algo es propio de la majestad divina que resucita al muerto. Alguien, enfangado en la mala costumbre, es reprendido por la palabra de la verdad. ¡A cuántos increpa sin que la escuchen! ¿Quién, entonces, actúa en el interior de quien la oye? ¿Quién infunde dentro la vida? ¿Quién es el que aleja la muerte secreta, el que otorga la vida también secreta? ¿No es verdad que después de la reprensión y recriminación quedan los hombres solos con sus pensamientos y comienzan a reflexionar sobre la mala vida que llevan y la opresión que, por la pésima costumbre, soportan? Después, descontentos de sí mismos, deciden cambiar de vida. Estos han resucitado; han revivido aquellos a quienes les desagrada lo que fueron; mas, no obstante haber vuelto a la vida, no pueden caminar. Les atan los lazos de sus culpas. Es, pues, necesario que quien ha recobrado la vida sea desatado y se le permita andar. Esta función la otorgó el Señor a sus discípulos al decirles: Lo que desatéis en la tierra, quedará desatado en el cielo.

Oigamos, pues, amadísimos, estas cosas de forma que quienes están vivos sigan viviendo y quienes se hallan muertos recobren la vida. Si el pecado está en el corazón y aún no ha salido fuera, arrepiéntase, corrija su mal pensamiento, resucite el muerto en el interior de la conciencia. Si ya consintió a lo pensado, ni siquiera en este caso pierda la esperanza. El muerto no ha resucitado dentro, resucite una vez sacado fuera. Arrepiéntase de lo hecho, vuelva a la vida de inmediato; no descienda al fondo de la sepultura, no reciba sobre sí el peñasco de la costumbre. Pero quizá estoy hablando a quien ya se halla oprimido por la dura piedra de su costumbre, quien se ve atenazado por el peso de su hábito, quien quizá ya hiede de cuatro días. Tampoco él pierda la esperanza: es verdad que yace muerto en lo profundo, pero Cristo es alto. Sabe quebrar con su grito los pesos terrenos, sabe vivificar interiormente por sí mismo y entregarlo a los discípulos para que lo desaten. Arrepiéntanse también ellos, pues ningún hedor quedó a Lázaro, vuelto a la vida, no obstante haber pasado cuatro días en el sepulcro. Por tanto, los que tienen vida, manténganla; mas los que se hallen muertos, cualquiera que sea, de las tres mencionadas, la muerte en que se encuentren, hagan lo posible para resucitar cuanto antes. (Sermón 98).

San Ambrosio de Milán:

Este pasaje es rico en un doble provecho. Creemos que la misericordia divina se inclina pronto a las lágrimas de una madre viuda, principalmente cuando está quebrantada por el sufrimiento y por la muerte de su hijo único, viuda, sin embargo, a quien la multitud del duelo restituye el mérito de la maternidad. Por otra parte, esta viuda, rodeada por una multitud de pueblo, nos parece algo más que una mujer: ella ha obtenido por sus lágrimas la resurrección del adolescente, su hijo único; es que la Iglesia santa llama a la vida desde el cortejo fúnebre y desde las extremidades del sepulcro al pueblo más joven, en vista de sus lágrimas; está prohibido llorar a quien está reservada la resurrección… Aunque existe un pecado grave que no puede ser lavado con las lágrimas de tu arrepentimiento, llora por ti la madre Iglesia, que interviene por cada uno de su hijos únicos; pues ella se compadece, por un sufrimiento espiritual que le es connatural, cuando ve a sus hijos arrastrarse hacia la muerte por vicios funestos. Somos nosotros entrañas de sus entrañas… (Tratado sobre el Evangelio de San Lucas lib. V, 89 y 92).

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