Domingo XIII del Tiempo Ordinario – Ciclo C.-

26 de junio de 2016

Domingo 13º del Tiempo Ordinario

- Ciclo C.-

Primera lectura

Lectura del primer libro de los Reyes (19,16b.19-21):

En aquellos días, el Señor dijo a Elías: «Unge profeta sucesor tuyo a Eliseo, hijo de Safat, de Prado Bailén.»
Elías se marchó y encontró a Eliseo, hijo de Safat, arando con doce yuntas en fila, él con la última. Elías pasó a su lado y le echó encima el manto.
Entonces Eliseo, dejando los bueyes, corrió tras Elías y le pidió: «Déjame decir adiós a mis padres; luego vuelvo y te sigo.»
Elías le dijo: «Ve y vuelve; ¿quién te lo impide?»
Eliseo dio la vuelta, cogió la yunta de bueyes y los ofreció en sacrificio; hizo fuego con los aperos, asó la carne y ofreció de comer a su gente; luego se levantó, marchó tras Elías y se puso a su servicio.

Palabra de Dios

Salmo

Sal 15,1-2a.5.7-8.9-10.11

 

R/. Tú, Señor, eres el lote de mi heredad

Protégeme, Dios mío, que me refugio en ti;
yo digo al Señor: «Tú eres mi bien.»
El Señor es el lote de mi heredad y mi copa;
mi suerte está en tu mano. R/.

Bendeciré al Señor, que me aconseja,
hasta de noche me instruye internamente.
Tengo siempre presente al Señor,
con él a mi derecha no vacilaré. R/.

Por eso se me alegra el corazón,
se gozan mis entrañas,
y mi carne descansa serena.
Porque no me entregarás a la muerte,
ni dejarás a tu fiel conocer la corrupción. R/.

Me enseñarás el sendero de la vida,
me saciarás de gozo en tu presencia,
de alegría perpetua a tu derecha. R/.

Segunda lectura

Lectura de la carta del apóstol san Pablo a los Gálatas (5,1.13-18):

Para vivir en libertad, Cristo nos ha liberado. Por tanto, manteneos firmes, y no os sometáis de nuevo al yugo de la esclavitud. Hermanos, vuestra vocación es la libertad: no una libertad para que se aproveche la carne; al contrario, sed esclavos unos de otros por amor. Porque toda la Ley se concentra en esta frase: «Amarás al prójimo como a ti mismo.» Pero, atención: que si os mordéis y devoráis unos a otros, terminaréis por destruiros mutuamente. Yo os lo digo: andad según el Espíritu y no realicéis los deseos de la carne; pues la carne desea contra el espíritu y el espíritu contra la carne. Hay entre ellos un antagonismo tal que no hacéis lo que quisierais. En cambio, si os guía el Espíritu, no estáis bajo el dominio de la Ley.

Palabra de Dios

Evangelio

>Lectura del santo evangelio según san Lucas (9,51-62):

Cuando se iba cumpliendo el tiempo de ser llevado al cielo, Jesús tomó la decisión de ir a Jerusalén. Y envió mensajeros por delante. De camino, entraron en una aldea de Samaría para prepararle alojamiento. Pero no lo recibieron, porque se dirigía a Jerusalén.
Al ver esto, Santiago y Juan, discípulos suyos, le preguntaron: «Señor, ¿quieres que mandemos bajar fuego del cielo que acabe con ellos?»
Él se volvió y les regañó. Y se marcharon a otra aldea. Mientras iban de camino, le dijo uno: «Te seguiré adonde vayas.»
Jesús le respondió: «Las zorras tienen madriguera, y los pájaros nido, pero el Hijo del hombre no tiene donde reclinar la cabeza.»
A otro le dijo: «Sígueme.»
Él respondió: «Déjame primero ir a enterrar a mi padre.»
Le contestó: «Deja que los muertos entierren a sus muertos; tú vete a anunciar el reino de Dios.»
Otro le dijo: «Te seguiré, Señor. Pero déjame primero despedirme de mi familia.»
Jesús le contestó: «El que echa mano al arado y sigue mirando atrás no vale para el reino de Dios.»

Palabra del Señor

 

COLLATIONES

El Señor se va encontrando con cada uno de nosotros mientras vamos de camino. Y al igual que en el Evangelio de hoy, unos se ofrecerán muy dispuestos: «Te seguiré adonde vayas.» Pero como nos explica San Hilario: “El Hijo entregará el reinado de Dios, a los que él llamó a su reino y a quienes prometió la bienaventuranza de este misterio, diciendo: Dichosos los limpios de corazón, porque ellos verán a Dios”. A este, que se ofrece, no le había elegido el Señor y no tenía rectitud de intención. En él no podía el Señor reclinar la cabeza, “mas cuando halla un alma inocente, reclina, por decirlo así, sobre ella la plenitud de su majestad, porque derrama con profusión la gracia en el corazón de los buenos” (San Ambrosio).

Probablemente este hombre quería seguir al Señor, pero no cumplía aquello que nos dice el apóstol en la segunda lectura: “Andad según el Espíritu y no realicéis los deseos de la carne; pues la carne desea contra el espíritu y el espíritu contra la carne”. Los deseos de la carne nos los enumera San Agustín: “a saber: fornicación, impureza, lujuria, idolatría, hechicería, enemistades, contiendas, animosidades, disensiones, divisiones, envidias, embriagueces, comilonas y cosas parecidas, cosas que os indico, como ya os lo hice saber, pues quienes cometen tales acciones no poseerán el reino de los cielos”. Y añade qué es andar según el Espíritu: “Con el auxilio de la gracia de Dios, dad muerte en vosotros a la concupiscencia de la carne; despreciad las obras de la carne, amad los frutos del espíritu. Pues los frutos del espíritu son el gozo, la paz, la longanimidad, la benignidad, la bondad, la fidelidad, la mansedumbre y la continencia”

Otros no se ofrecerán al Señor, simplemente no dirán nada, y será Él quien les diga: «Sígueme.» “Al que no quiere le dices: Sígueme. Advierte que tienes un hombre dispuesto: Te seguiré adondequiera que vayas, ¿y dices Sígueme a quien no quiere seguirte?” (San Agustín). «Déjame primero ir a enterrar a mi padre.» Le responde éste hombre, y Jesús le contestó: «Deja que los muertos entierren a sus muertos; tú vete a anunciar el reino de Dios.» Y es que, como dice San Agustín: “cuando nuestro Señor Jesucristo destina a los hombres al servicio del Evangelio, no quiere que se interponga excusa alguna amparada en un afecto carnal y temporal”.

También hay otros que se ofrecen, pero que difieren el seguir al Señor: «Te seguiré, Señor. Pero déjame primero despedirme de mi familia.» Jesús le contestó: «El que echa mano al arado y sigue mirando atrás no vale para el reino de Dios.» Sobre este tema nos habla San Atanasio al narrarnos la vida de San Antonio, pues dijo San Antonio a sus monjes: “nos hemos comprometido a seguir el camino de la virtud… que nadie mire atrás… Mirar hacia atrás no es otra cosa que cambiar su propósito y volver a gustar las cosas de este mundo”.

“Si tuviéramos que buscar la cosa (la virtud y el Reino,) fuera de nosotros, eso sería lo verdaderamente difícil, pero, puesto que está en nosotros, guardémonos de pensamientos impuros y conservemos nuestra alma sólo para el Señor, como si hubiéramos recibido un depósito, de manera que el Señor pueda reconocer su obra al encontrar nuestra alma tal como él la ha hecho” (San Atanasio).

En resumen: “Esto es lo que aprendemos en este pasaje: que el Señor eligió a los que quiso. Como dice el Apóstol, los eligió según su gracia y conforme a la justicia de ellos” (San Agustín).

 

 

San Agustín:

⊕ Escuchad lo que Dios me conceda deciros sobre este pasaje del Evangelio. Se ha leído que el Señor Jesús actuó de modo diferente al rechazar a uno que se ofreció a seguirlo; al emplazar a seguirle a otro que no se atrevía; al censurar a un tercero que daba largas. En cuanto a lo que dijo uno: Señor, te seguiré adondequiera que vayas, ¿qué hay tan disponible, tan decidido, tan presto y más apto para un bien tan excelente como es seguir al Señor a dondequiera que vaya? ¿Te extrañas hoy? ¿Qué significa el que un hombre tan dispuesto haya desagradado al Maestro bueno, nuestro Señor Jesucristo, que invita a ser discípulos suyos, a los que dar el reino de los cielos? Pero como se trataba de un maestro que preveía el futuro, entendemos, hermanos, que si este hombre hubiera seguido a Cristo, hubiera buscado su propio interés y no el de Jesucristo. Pues el mismo Señor dijo: No todo el que me dice: Señor, Señor, entrará en el reino de los cielos. Y este era uno de ellos, y no se conocía a sí mismo como el médico lo veía. Porque si ya tenía en mente fingir, si ya se conocía como doble y falaz, no sabía a quien hablaba. Pues es de él de quien dice el evangelista: No necesitaba que nadie le informase sobre el hombre, pues sabía lo que había en el hombre. ¿Qué le respondió, entonces? Las zorras tienen madrigueras y las aves del cielo nidos, pero el Hijo del hombre no tiene dónde recostar su cabeza. Pero, ¿dónde no lo tiene? En tu fe. Efectivamente, las zorras tienen madrigueras en tu corazón: eres falaz. Las aves del cielo tienen nidos en tu corazón: eres orgulloso. Siendo doble y orgulloso, no me seguirás. ¿Cómo puede seguir la doblez a la simplicidad?

Pero a otro que está siempre callado y que nada dice, nada promete, le dijo: Sígueme. Cuanto era el mal que veía en el otro, tanto era el bien que veía en éste. Al que no quiere le dices: Sígueme. Advierte que tienes un hombre dispuesto: Te seguiré adondequiera que vayas, ¿y dices Sígueme a quien no quiere seguirte? «A este —afirma— le excluyo porque veo en él madrigueras, veo en él nidos». Pero ¿por qué molestas a este que invitas y se excusa? Mira que le obligas y no viene, le exhortas y no te sigue. Pues ¿qué dice? Iré primero a enterrar a mi padre. Manifestaba al Señor la fe de su corazón, pero el afecto filial le llevaba a diferir el seguirlo. Pero, cuando nuestro Señor Jesucristo destina a los hombres al servicio del Evangelio, no quiere que se interponga excusa alguna amparada en un afecto carnal y temporal. Ciertamente la ley ordena este afecto filial, y el Señor mismo acusó a los judíos de anular ese mandato divino. También el apóstol Pablo lo puso en su carta, y dijo: Este es el primer mandamiento que acarrea una promesa. ¿Cuál? Honra a tu padre y a tu madre. No hay duda de que lo mandó Dios. Este joven quería, pues, obedecer a Dios y dar sepultura a su padre. Pero hay lugares, circunstancias y cosas que tienen que ponerse al servicio de esta cosa, esta circunstancia, este lugar. Hay que honrar al padre, pero hay que obedecer a Dios; hay que amar al progenitor, pero hay que anteponer al Creador. Yo —dice Jesús— te llamo al servicio del Evangelio; tengo necesidad de ti para otra tarea mayor que la que tú quieres realizar. Deja que los muertos entierren a sus muertos. Tu padre ha muerto: hay otros muertos para que den sepultura a los muertos. ¿Quiénes son los muertos que sepultan a los muertos? ¿Puede ser enterrado un muerto por otros muertos? ¿Cómo lo amortajan si están muertos? ¿Cómo conducen el cadáver, si están muertos? ¿Cómo le lloran si están muertos? No solo lo amortajan, también conducen su cadáver, lo lloran, están muertos: porque carecen de fe. Nos ha enseñado lo que está escrito en el Cantar de los Cantares, al decir la Iglesia: Ordenad en mí el amor. ¿Qué significa Ordenad en mí el amor? Estableced un orden y dad a cada uno lo que se le debe. No sometáis lo que va delante a lo que va detrás. Amad a los padres, pero anteponedles a Dios. Fíjate en la madre de los Macabeos: Hijos —dice—, no sé cómo aparecisteis en mi seno. Pude concebiros y daros a luz; formaros no pude. Luego escuchadle a él, anteponedle a mí, no os importe el que me quede sin vosotros. Se lo indicó, la obedecieron. Lo que la madre enseñó a los hijos, eso enseñaba nuestro Señor Jesucristo a aquel al que decía: Sígueme.

Ahora entró en escena otro discípulo, al que nadie le dijo nada: Te seguiré, Señor —dice él—, pero antes voy a comunicárselo a los de casa. En mi opinión, el sentido de las palabras es el siguiente: «Avisaré a los míos, no sea que, como suele acontecer, me busquen». Pero el Señor le replicó: Nadie que pone las manos en el arado y vuelve la vista atrás es apto para el reino de los cielos. Te llama el Oriente y tú miras al poniente.

Esto es lo que aprendemos en este pasaje: que el Señor eligió a los que quiso. Como dice el Apóstol, los eligió según su gracia y conforme a la justicia de ellos. Las palabras del Apóstol son estas: Atended, pues, a lo que dice Elías: Señor, han matado a tus profetas, han destruido tus altares y he quedado yo solo y buscan mi alma. Pero ¿qué respondió el oráculo divino? Me he reservado siete mil hombres que no doblaron su rodilla ante Baal. Piensas que eres el único siervo que trabajas bien; pero hay más, y no pocos, que me temen, pues tengo allí siete mil. Y añadió el Apóstol: Así acontece también en este tiempo. En efecto, algunos judíos creyeron, pero muchos fueron reprobados, igual que el que tenía en su corazón madrigueras de raposas. Así pues, —dice—, también en este tiempo el resto se salvó por elección gratuita, es decir, es el mismo Cristo el de entonces y el de ahora, el que también entonces dijo a Elías: Me he reservado. ¿Qué significa me he reservado? Yo los elegí porque vi que sus pensamientos ponían su confianza en mí, no en sí mismos ni en Baal. No han cambiado: son como yo los hice. Y tú que hablas, ¿dónde te hallarías si no tuvieses tu confianza puesta en mí? Si no estuvieses lleno de mi gracia, ¿no doblarías también tu rodilla ante Baal? Mas estás lleno de mi gracia, porque no confiaste en tu propia virtud, sino por entero en mi gracia. No te gloríes, pues, de ello, juzgando que en tu servicio eres el único siervo. Los hay elegidos por mí, como tú; también ellos presumen de mí. Así dice el Apóstol: También ahora se salvó el resto por elección gratuita.

Guárdate, ¡oh cristiano!, guárdate del orgullo. Aunque imites a los santos, atribúyelo siempre todo a la gracia, porque el que haya un resto lo hizo la gracia de Dios para contigo, no tu propio mérito. Acordándose de ese resto había dicho el profeta Isaías: Si el Señor Sabaot no nos hubiese dejado una descendencia, hubiéramos venido a ser como Sodoma y nos hubiéramos asemejado a Gomorra. Y así dice el Apóstol: Por tanto —dice el Apóstol—, también en este tiempo se salvó un resto por elección gratuita; y si es por gracia, ya no es por las obras, es decir, no te vanaglories ya de ningún mérito tuyo, pues de otro modo la gracia ya no es gracia. Pues, si pones tu confianza en tus obras, entonces se te da la recompensa, no se te otorga una gracia. Ahora bien, si es gracia, se da gratuitamente. Pero es el momento de preguntarte: —«¿Crees, ¡oh pecador!, a Cristo?». —«Le creo, dices». —«¿Qué crees? —«Que por él se te pueden perdonar gratuitamente todos los pecados». —«Posees lo que has creído». ¡Oh gracia, otorgada gratuitamente! Y tú, ¡oh justo!, ¿por qué crees que sin Dios puedes mantener la justicia? El ser justo, atribúyelo enteramente a su amor paterno, y el ser pecador ponlo en la cuenta de tu maldad. Acúsate a ti mismo, y él te indultará. Pues todo delito, toda acción nociva o pecado se debe a nuestra negligencia, y toda virtud y santidad, a la divina clemencia. Vueltos al Señor… (Sermón 100)

 

⊕ Cuando se leyó su carta, escuchamos al apóstol Pablo, que con su autoridad apostólica nos exhortaba con estas palabras: Caminad en el espíritu y no deis cumplimiento a los deseos de la carne, pues la carne tiene deseos contrarios a los del espíritu, y el espíritu contrarios a los de la carne. Ambos luchan entre sí, de modo que no hacéis lo que queréis. Puso ante nuestros ojos cierto combate en el que luchan la carne y el espíritu de tal modo que no hacemos lo que queremos; y como los deseos de la carne han de someterse al imperio de Dios, arengó a los combatientes diciéndoles: Caminad en el espíritu y no deis cumplimiento a los deseos de la carne.Luchad, les dice, con fortaleza y venced, no a una naturaleza extraña que se rebela contra vosotros, sino a la concupiscencia que reina en vuestros miembros. Veo, dice el Apóstol, otra ley en mis miembros. Si te ataca, redúcela; si se rebela, domínala; no le otorgues tus miembros, y así no dará muerte a tu alma. No reine el pecado, dice, en vuestro cuerpo mortal, ni prestéis vuestros miembros como armas de iniquidad al servicio del pecado. Niégate a entregar armas a la concupiscencia y destacará tu victoria. Lucha, esfuérzate; ningún atleta recibe la corona sin sudor. Estás en un estadio de competición, participas en un combate: la concupiscencia de la carne lucha contra tu espíritu. La carne tiene deseos contrarios a los del espíritu, y el espíritu contrarios a los de la carne. Si la carne despierta la pasión, ordene el espíritu la castidad; si la carne incita a la ira, imponga el espíritu la misericordia. Si, envuelto en este combate, no pones a disposición de la concupiscencia rebelde tus miembros, los que fueron en otro tiempo armas de iniquidad al servicio del pecado se convierten en armas de justicia al servicio de Dios.

Por lo tanto, amadísimos, caminad en el espíritu y no deis cumplimiento a los deseos de la carne. Mientras te encuentres en esta lucha, no presumas de las fuerzas de tu libre albedrío, pues te vencerá tu contrario. Implora el auxilio de la gracia divina, y entonces vencerás a la concupiscencia de la carne que se rebela contra ti. Mas es posible que ya hayas sido vencido y dirás quizá: «Ya estoy vencido, ya la concupiscencia tiene sus armas contra mí, ya reina el pecado en mi cuerpo mortal para obedecer a sus deseos». Exclama y di con Pablo: ¡Desdichado de mí!, ¿quién me librará del cuerpo de esta muerte? Me deleito en la ley de Dios según el hombre interior, pero veo otra ley en mis miembros que se opone a la ley de mi mente y me lleva cautivo en la ley del pecado que reside en mis miembros. El gran maestro del campo de batalla es llevado (como) prisionero; ¿qué puedo hacer yo, prisionero y débil? Implora, pues, el auxilio de la gracia. Se te responderá con estas palabras: La gracia de Dios por Jesucristo nuestro Señor. ¿Quién, pregunta, me librará del cuerpo de esta muerte? ¡Oh maniqueo!, advierte que dijo: Del cuerpo de esta muerte y no «de la cautividad de aquella raza». La gracia de Dios, dice, por Jesucristo nuestro Señor. ¡Oh pelagiano!, advierte que dijo: Por Jesucristo nuestro Señor, no «por nuestro libre albedrío».

Por lo tanto, amadísimos, si vivimos en el espíritu, sigámosle también a él; no nos convirtamos en deseosos de vanagloria. Escuchasteis la lectura apostólica: Caminad en el espíritu y no deis cumplimiento a los deseos de la carne, pues la carne tiene deseos contrarios a los del espíritu, y el espíritu contrarios a los de la carne. Ambos luchan entre sí de modo que no hacéis lo que queréis. Así, pues, si os dejáis conducir por el espíritu, ya no estáis bajo la ley. Manifiestas, dice, son las obras de la carne; a saber: fornicación, impureza, lujuria, idolatría, hechicería, enemistades, contiendas, animosidades, disensiones, divisiones, envidias, embriagueces, comilonas y cosas parecidas, cosas que os indico, como ya os lo hice saber, pues quienes cometen tales acciones no poseerán el reino de los cielos. Con el auxilio de la gracia de Dios, dad muerte en vosotros a la concupiscencia de la carne; despreciad las obras de la carne, amad los frutos del espíritu. Pues los frutos del espíritu son el gozo, la paz, la longanimidad, la benignidad, la bondad, la fidelidad, la mansedumbre y la continencia. Cumplid estas cosas, permaneced en ellas, y el Dios de la paz estará con vosotros. (SERMÓN 163 A, 2-4)

 

San Atanasio:

 

Un día vinieron todos los monjes a ver a Antonio y le rogaron les dijera una palabra. Les dijo: … Hemos comenzado, nos hemos comprometido a seguir el camino de la virtud. Ahora, marchémonos con el deseo de proseguir el camino hasta alcanzar el fin. Que nadie mire atrás, como la mujer de Lot, porque el Señor ha dicho: “el que pone la mano en el arado y mira atrás no es apto para el Reino de los cielos”. Mirar hacia atrás no es otra cosa que cambiar su propósito y volver a gustar las cosas de este mundo. No temáis cuando oigáis hablar de virtud y no os extrañéis de esta palabra. Porque la virtud no está lejos de nosotros: no nace fuera de nosotros; es asunto nuestro y la cosa más simple con tal que lo queramos.

Los paganos abandonan su país y atraviesan el mar para estudiar. Nosotros, no tenemos ninguna necesidad de abandonar nuestro país para llegar al Reino de los cielos, ni cruzar el mar para adquirir la virtud. Porque el Señor ha dicho: “El Reino de los cielos está dentro de vosotros”. La virtud, pues, no tiene necesidad más que de nuestro querer, puesto que está en nosotros y nace de nosotros. Si el alma conserva su inteligencia natural, la virtud nace en nosotros. El alma se encuentra en su estado natural cuando permanece tal como ha sido creada; ha sido creada muy bella y muy recta. Por eso Josué, hijo de Nun, decía al pueblo exhortándolo: “Que vuestro corazón sea recto ante el Señor, el Dios de Israel”. Y Juan Bautista: “Allanad vuestros senderos”. El alma recta es la que conserva su inteligencia tal como ha sido creada. Por el contrario, cuando se desvía y abandona su estado natural, es entonces que se habla de vicios en el alma. La cosa, pues, no es difícil… Si tuviéramos que buscar la cosa fuera de nosotros, eso sería lo verdaderamente difícil, pero, puesto que está en nosotros, guardémonos de pensamientos impuros y conservemos nuestra alma sólo para el Señor, como si hubiéramos recibido un depósito, de manera que el Señor pueda reconocer su obra al encontrar nuestra alma tal como él la ha hecho. (Vida de san Antonio, 19-20).

 

San Ambrosio:

«Jesús le dijo: “Las zorras tienen guaridas, y las aves del cielo nidos; pero el Hijo del hombre no tiene donde reclinar la cabeza.”» Compara las zorras a los herejes, porque este animal engañoso, siempre ocupado en emboscadas, ejerce la rapiña del engaño; nada hay seguro, nada puede estar quieto, nada permite que esté protegido; porque busca la presa dentro de la misma morada de los hombres. Además, la zorra (animal astuto) se prepara una cueva y desea estar oculta en ella. Así son los herejes, que saben prepararse una casa (el sofisma) e intentan seducir a otros con sus argumentos. Este animal ni se amansa nunca, ni es para el uso. Por lo que dice el Apóstol: “Evita el trato con el hereje después de la primera y segunda corrección”. Las aves del cielo, que se toman frecuentemente para significar la malicia espiritual, hacen nidos, por decirlo así, en el corazón de los malos; y por tanto, dominando la maldad en los afectos de cada uno, no puede haber posesión de Dios. Mas cuando haya un alma inocente, reclina, por decirlo así, sobre ella la plenitud de su majestad, porque derrama con profusión la gracia en el corazón de los buenos. Así, pues, no parece razonable considerar sencillo y fiel a aquel hombre que el Señor juzgó digno de repulsión, cuando prometía seguirle con celo infatigable. Pero el Señor no se fija en la clase de servicios, sino en la rectitud de la intención, ni recibe los servicios de aquél cuya buena intención no está bien probada. La hospitalidad de la fe debe ser circunspecta; no sea que, abriendo a los infieles el interior de nuestra casa, caigamos en la perfidia ajena por una credulidad imprevisora. Y también el Señor actuó así para que adviertas que Dios no desprecia los servicios que se le hacen, sino las falsedades, puesto que rechaza al falso y acepta al inocente.

Prosigue, pues: «A otro dijo: “Sígueme.”». Decía esto a aquel cuyo padre sabía que se había muerto. Por lo que sigue: «El respondió: “Déjame ir primero a enterrar a mi padre.”».

Pero el Señor tiene buen cuidado de llamar a los que quiere. Por lo que prosigue: «Le respondió: “Deja que los muertos entierren a sus muertos; tú vete a anunciar el Reino de Dios.”». Cuando se nos impone el religioso cargo de enterrar a los cadáveres de nuestros semejantes, ¿cómo es que se prohíbe a éste que entierre a su padre, sino para dar a conocer que las cosas de Dios deben ser preferidas a las de los hombres? Bueno es el deseo, pero mayor es el impedimento. Porque quien divide el celo, disminuye el afecto; y quien divide el cuidado, difiere el provecho. Por tanto, debe darse la preferencia a las cosas de mayor importancia. Así los apóstoles, para no ser absorbidos por el cuidado de los pobres, ordenaron ministros que hiciesen sus veces.

No es que se prohíba enterrar al padre, sino que se da la preferencia a la vida de fe sobre las exigencias de la naturaleza. Aquello se deja a los que aún no siguen a Cristo; esto se manda a los discípulos. Mas ¿cómo pueden los muertos enterrar a los muertos, si no entiendes aquí dos muertes: una de la naturaleza y otra de la culpa? Hay también una tercera muerte, con la que morimos al pecado y vivimos para Dios.

Podemos decir también que, como la boca de los impíos es un sepulcro abierto, se manda olvidar su memoria porque su importancia concluye con su vida. De esta manera no se aparta al hijo de la piedad filial, sino que se separa al fiel de la comunión del infiel. No es que haya prohibición de sepultar, pero nuestra comunión no será con gente muerta.

San Hilario de Poitiers:

Todo le ha sido sometido a Cristo, a excepción del que le ha sometido todo. Entonces también el Hijo se someterá al que se lo había sometido todo. Y así Dios lo será todo para todos. Así pues, la primera fase de este misterio es la total sumisión de las cosas a Cristo; y entonces él mismo se someterá al que le ha sometido todo: y así como nosotros somos súbditos de Cristo que reina en su cuerpo glorioso, así y en virtud del mismo misterio, el que reina en la gloria de su cuerpo se someterá al que le ha sometido todo. Nos sometemos a la gloria de su cuerpo, para participar en la claridad con que reina en el cuerpo, pues seremos configurados a su cuerpo.

Y la verdad es que los evangelios se hacen lenguas de la gloria del que ya ahora reina en su cuerpo. Leemos en efecto estas palabras del Señor: Os aseguro que algunos de los aquí presentes no morirán antes de haber visto llegar al Hijo del hombre en su reino. Y a los apóstoles efectivamente se les mostró la gloria del que venía a reinar en su cuerpo, pues el Señor se les apareció revestido en su gloriosa transfiguración, revelándoles la claridad de su cuerpo real. Y al prometer a los apóstoles una participación de su gloria se expresó así: Así será al fin del tiempo: el Hijo del hombre enviará a sus ángeles, y arrancarán de su reino a todos los corruptores y malvados y los arrojarán al horno encendido; allí será el llanto y el rechinar de dientes. Entonces los justos brillarán como el sol en el reino de su Padre. El que tenga oídos que oiga.

¿Es que no todos tienen bien abiertos los oídos naturales y corporales para escuchar lo que se nos ha dicho, de modo que sea necesaria la exhortación del Señor a escuchar? Mas queriendo el Señor insinuar el conocimiento de un misterio, reclama una escucha atenta de su enseñanza. Al fin del tiempo, en efecto, arrancarán de su reino a los corruptores. Tenemos pues al Señor reinando según la claridad de su cuerpo, mientras son apartados los corruptores. Y estamos nosotros también configurados a la gloria de su cuerpo en el reino del Padre, refulgentes como la luz del sol. Este será el traje de etiqueta en su reino tal como lo demostró a sus apóstoles cuando se transfiguró en el monte.

Y entregará el reino a Dios Padre: no como si lo concediera en virtud de su propio poder, sino que, a nosotros configurados ya a la gloria de su cuerpo, nos entregará como reino a Dios. Nos entregará pues, como un reino, según este pasaje del evangelio: venid vosotros, benditos de mi Padre; heredad el reino preparado para vosotros desde la creación del mundo. Entonces los justos brillarán como el sol en el reino de su Padre. El Hijo entregará al reinado de Dios, a los que él llamó a su reino y a quienes prometió la bienaventuranza de este misterio, diciendo: Dichosos los limpios de corazón, porque ellos verán a Dios.

Cuando llegue a reinar, arrancará a los corruptores, y entonces los justos brillarán como el sol en el reino del Padre. Y entregará a Dios Padre el reino, y entonces los que entregase a Dios como reino, verán a Dios. Qué clase de reino sea éste, él mismo lo declaró cuando dijo a los apóstoles: El reino de Dios está dentro de vosotros. El que reina entregará el reino. Y si alguien quiere saber quién es este que entrega el reino, escuche: Cristo resucitó de entre los muertos: el primero de todos. Si por un hombre vino la muerte, por un hombre ha venido la resurrección. Todo lo que acabamos de decir se refiere al sacramento del cuerpo, pues Cristo es las primicias de los resucitados de entre los muertos. ¿Y por qué secreta razón resucitó Cristo de entre los muertos? Nos lo aclara el Apóstol al decir: Haz memoria de Jesucristo, resucitado de entre los muertos, nacido del linaje de David. Así que la muerte y la resurrección en Cristo son correlativas a su condición de hombre. Reina en este su cuerpo ya glorioso hasta que, eliminadas las potencias adversas y vencida la muerte, someta a todos los enemigos. (Tratado sobre la Trinidad. Libro 11, 36-40)

 

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