Asunción de la Virgen María

15 de agosto de 2016

Solemnidad de la Asunción de la Virgen María

Primera lectura

Lectura del libro del Apocalipsis (11,19a;12,1.3-6a.10ab):

Se abrió en el cielo el santuario de Dios y en su santuario apareció el arca de su alianza. Después apareció una figura portentosa en el cielo: Una mujer vestida de sol, la luna por pedestal, coronada con doce estrellas. Apareció otra señal en el cielo: Un enorme dragón rojo, con siete cabezas y diez cuernos y siete diademas en las cabezas. Con la cola barrió del cielo un tercio de las estrellas, arrojándolas a la tierra. El dragón estaba enfrente de la mujer que iba a dar a luz, dispuesto a tragarse el niño en cuanto naciera. Dio a luz un varón, destinado a gobernar con vara de hierro a los pueblos. Arrebataron al niño y lo llevaron junto al trono de Dios. La mujer huyó al desierto, donde tiene un lugar reservado por Dios. 
Se oyó una gran voz en el cielo: «Ahora se estableció la salud y el poderío, y el reinado de nuestro Dios, y la potestad de su Cristo.»

Palabra de Dios

 

Salmo

Sal 44,10bc.11-12ab.16


R/.
 De pie a tu derecha está la reina, enjoyada con oro de Ofir

 

Hijas de reyes salen a tu encuentro, 
de pie a tu derecha está la reina, 
enjoyada con oro de Ofir. R/. 

Escucha, hija, mira: inclina el oído, 
olvida tu pueblo y la casa paterna; 
prendado está el rey de tu belleza: 
póstrate ante él, que él es tu señor. R/. 

Las traen entre alegría y algazara, 
van entrando en el palacio real. R/.

 

Segunda lectura

Lectura de la primera carta del apóstol san Pablo a los Corintios (15,20-27a):

Cristo resucitó de entre los muertos: el primero de todos. Si por un hombre vino la muerte, por un hombre ha venido la resurrección. Si por Adán murieron todos, por Cristo todos volverán a la vida. Pero cada uno en su puesto: primero Cristo, como primicia; después, cuando él vuelva, todos los que son de Cristo; después los últimos, cuando Cristo devuelva a Dios Padre su reino, una vez aniquilado todo principado, poder y fuerza. Cristo tiene que reinar hasta que Dios haga de sus enemigos estrado de sus pies. El último enemigo aniquilado será la muerte. Porque Dios ha sometido todo bajo sus pies.

Palabra de Dios

 

Evangelio

Lectura del santo evangelio según san Lucas (1,39-56):

En aquellos días, María se puso en camino y fue aprisa a la montaña, a un pueblo de Judá; entró en casa de Zacarías y saludó a Isabel. En cuanto Isabel oyó el saludo de María, saltó la criatura en su vientre.
Se llenó Isabel del Espíritu Santo y dijo a voz en grito: «¡Bendita tú entre las mujeres, y bendito el fruto de tu vientre! ¿Quién soy yo para que me visite la madre de mi Señor? En cuanto tu saludo llegó a mis oídos, la criatura saltó de alegría en mi vientre. Dichosa tú, que has creído, porque lo que te ha dicho el Señor se cumplirá.» 
María dijo: «Proclama mi alma la grandeza del Señor, se alegra mi espíritu en Dios, mi salvador; porque ha mirado la humillación de su esclava. Desde ahora me felicitarán todas las generaciones, porque el Poderoso ha hecho obras grandes por mí: su nombre es santo, y su misericordia llega a sus fieles de generación en generación. Él hace proezas con su brazo: dispersa a los soberbios de corazón, derriba del trono a los poderosos y enaltece a los humildes, a los hambrientos los colma de bienes y a los ricos los despide vacíos. Auxilia a Israel, su siervo, acordándose de la misericordia –como lo había prometido a nuestros padres– en favor de Abrahán y su descendencia por siempre.» 
María se quedó con Isabel unos tres meses y después volvió a su casa.

Palabra del Señor

 

COLLATIONES

“Hoy subió al cielo llamada por Dios, y recibió de mano del Señor, junto con la palma de la virginidad, la corona inmarcesible. Hoy ha sido acogida y sentada en el trono del reino. Hoy ha entrado en el tálamo nupcial, porque fue simultáneamente virgen y esposa. Hoy, en efecto, ha escuchado la acariciadora voz del que le decía desde su sede: «Ven, amada mía, y te pondré sobre mi trono, pues prendado está el rey de tu belleza»” (Pascasio Radberto).

Dice San Bernardo que, “Sin duda ella – María- es la que se vistió como de otro sol. Porque, así como aquél nace indiferentemente sobre los buenos y los malos, así también esta Señora no examina los méritos antecedentes, sino que se presenta inexorable para todos, para todos clementísima, y se apiada de las necesidades de todos con un amplísimo afecto”. Y “se debe entender la Iglesia en el nombre de luna, por cuanto no resplandece de suyo, sino por el Señor que dice: Sin mí nada podéis hacer”. Porque María, abre para todos “el seno de la misericordia, para que todos reciban de su plenitud: redención el cautivo, curación el enfermo, consuelo el afligido, el pecador perdón, el justo gracia, el ángel alegría; en fin, toda la Trinidad gloria, y la misma persona del Hijo recibe de ella la substancia de la carne humana, a fin de que no haya quien se esconda de su calor”.

“Una mujer vestida de sol, la luna por pedestal, coronada con doce estrellas”. En esta hermosa descripción de San Juan, podemos ver a María, y con ella a la Iglesia. Por eso el salmo hemos cantado, es para San Agustín, “el canto de una boda santa, de un esposo y una esposa, de un rey y de su pueblo, del Salvador y de los que se han de salvar”.

“Abracemos las plantas de María, hermanos míos, y postrémonos con devotísimas súplicas a aquellos pies bienaventurados. Retengámosla y no la dejemos partir hasta que nos bendiga, porque es poderosa… la mujer entre el sol y la luna…  colocada entre Cristo y la Iglesia” (San Bernardo).

Pascasio Radberto:

Celebramos hoy, amadísimos hermanos, la gloriosa festividad de la bienaventurada Virgen María, fiesta llena de gozo y repleta de dones inmensos por su asunción a los cielos. Solemnidad ilustre por sus méritos, pero mucho más ilustre por la gracia con que es ilustrada no sólo la misma santísima Virgen, sino también, y por su medio, toda la Iglesia de Cristo. Pues la gloriosa virginidad no se granjeó la gracia a causa de sus méritos, sino que, en virtud de la gracia, recibió el premio de los méritos. Por eso, la presente celebración es tanto más gloriosa que la fiesta natalicia de los demás santos, por cuanto la bienaventurada Virgen y Madre del Señor es ilustrada con los inefables privilegios de los divinos misterios, ya que el crecimiento de los méritos arranca de su original plenitud de gracia. Por eso, me inclino a creer que no hay nadie capaz de pensar, pero es que ni siquiera de imaginar, lo grandes que ante el Señor son sus méritos y sus premios, ni de hablar adecuadamente, sino el que lograse estimar en lo que vale cuál y cuán grande sea la gracia de que está llena aquella por cuyo medio vino al mundo la majestad de Dios.

Hoy subió al cielo llamada por Dios, y recibió de mano del Señor, junto con la palma de la virginidad, la corona inmarcesible. Hoy ha sido acogida y sentada en el trono del reino. Hoy ha entrado en el tálamo nupcial, porque fue simultáneamente virgen y esposa. Hoy, en efecto, ha escuchado la acariciadora voz del que le decía desde su sede: «Ven, amada mía, y te pondré sobre mi trono, pues prendado está el rey de tu belleza».

Ante tal invitación, estamos persuadidos de que, gozosa y exultante, se desligó aquella dichosa alma y se dirigió al encuentro del Señor, y allí se convirtió ella misma en trono, ella que, en la carne, había sido el templo de la divinidad. Tanto más hermosa y sublime que los demás, cuanto más refulgente brilló por la gracia. Esta es ciertamente, hermanos, la recompensa divina, de la que se ha dicho: El que se humilla será enaltecido. Como estaba cimentada sobre una profunda humildad y dilatada en la caridad, por eso hoy ha sido tan sublimemente exaltada.

La Virgen se humilla en todo, para poder recibir en ella la plenitud de gracia del donante, pues la gracia que a los demás se les ha dado parcialmente, descendió sobre ella en toda su plenitud. De ella vale lo que dice el evangelista: De su plenitud todos hemos recibido. En efecto, la desbordante gracia de la bienaventurada Virgen María, mereció, amadísimos, los desbordantes premios de la eterna remuneración; y porque, en medio de la inmensidad de dones y de los mutuos intercambios con la divinidad, se mantuvo profundamente humilde, por eso hoy el Señor exalta inmensamente a la gloriosa.

Y la razón última de que Cristo humilde se encarnase en una humilde Virgen, elegida por él, es para, desde una humildad tan profunda, alzarse con el triunfo de la salvación, y para —como hemos cantado— elevarla a ella sobre los coros de los ángeles. Esta exaltación es ciertamente un privilegio de la gracia. Por lo cual, hemos de recordar estos místicos sacramentos de los dones de Dios con un temor y un temblor nacidos de una caridad perfecta, e intercambiar de esta forma los dones de gracia de esta celebración.

Pensad, pues, hermanos, con qué reverencia y con qué devoto obsequio hemos de participar en tan grandes misterios. El mismo ángel le comunicó reverentemente la buena noticia, no sin un santo temor y con el debido honor. Pues el ángel presentía que el Señor moraba ya de un modo especial en la santísima Virgen, y no desconocía los futuros sacramentos del divino misterio. Por eso le dijo con tanta reverencia: Alégrate, llena de gracia, el Señor está contigo.

Por tanto, demos también nosotros gracias a nuestro Creador, porque los privilegios que él nos ha otorgado son nuestra ofrenda, son nuestra masa, ya que la levadura que se metió en la especie se ha difundido por el género humano, hasta que todo haya fermentado, formando un solo cuerpo, una única masa nueva: Cristo y la Iglesia.

Por tanto, carísimos, es necesario que esta festividad que, mediante la fe, nos inflama el alma, sea poseída y contemplada por todos en la visión; y mientras ahora resplandece, por la fe, únicamente en los corazones, un día nuestros ojos puedan contemplarla en toda su gloria. Entonces será para nosotros una fiesta continua y eterna, la que ahora, en el alma, es diurna y hodierna; de modo que la que ahora nos hace arder en la fe y suspirar en la esperanza, pueda, a justo título, perpetuarse, vibrante, en la caridad, a fin de que podamos tomar parte en aquella festividad, en la que se halla presente la bienaventurada y gloriosa Madre de Dios y reina nuestra, que hoy ha sido asunta al cielo por Jesucristo, nuestro Señor, que vive y reina con Dios Padre y el Espíritu Santo, por los siglos de los siglos. Amén. (Sermón 3)

 

San Bernardo:

Muchísimo daño, amadísimos, nos causaron un varón y una mujer; pero, gracias a Dios, igualmente por un varón y una mujer se restaura todo. Y no sin grande aumento de gracias. Porque no fue el don como había sido el delito, sino que excede a la estimación del daño la grandeza del beneficio. Así, el prudentísimo y clementísimo Artífice no quebrantó lo que estaba hendido, sino que lo rehízo más útilmente por todos modos, es a saber, formando un nuevo Adán del viejo y transfundiendo a Eva en María. Y, ciertamente, podía bastar Cristo, pues aun ahora toda nuestra suficiencia es de Él, pero no era bueno para nosotros que estuviese el hombre solo. Mucho más conveniente era que asistiese a nuestra reparación uno y otro sexo, no habiendo faltado para nuestra corrupción ni el uno ni el otro…

Así, pues, ya no parecerá estar de más la mujer bendita entre todas las mujeres, pues se ve claramente el papel que desempeña en la obra de nuestra reconciliación, porque necesitamos un mediador cerca de este Mediador y nadie puede desempeñar tan provechosamente este oficio como María. ¡Mediadora demasiado cruel fue Eva, por quien la serpiente antigua infundió en el varón mismo el pestífero veneno! ¡Pero fiel es María, que propinó el antídoto de la salud a los varones y a las mujeres! Aquélla fue instrumento de la seducción, ésta de la propiciación; aquélla sugirió la prevaricación, ésta introdujo la redención… Ella se hizo toda para todos; a los sabios y a los ignorantes, con una copiosísima caridad, se hizo deudora. A todos abre el seno de la misericordia, para que todos reciban de su plenitud: redención el cautivo, curación el enfermo, consuelo el afligido, el pecador perdón, el justo gracia, el ángel alegría; en fin, toda la Trinidad gloria, y la misma persona del Hijo recibe de ella la substancia de la carne humana, a fin de que no haya quien se esconda de su calor.

¿No juzgas, pues, que esta misma es aquella mujer vestida del sol? Porque, aunque la misma serie de la visión profética demuestre que se debe entender de la presente Iglesia, esto mismo seguramente parece que se puede atribuir sin inconveniente a María. Sin duda ella es la que se vistió como de otro sol. Porque, así como aquél nace indiferentemente sobre los buenos y los malos, así también esta Señora no examina los méritos antecedentes, sino que se presenta inexorable para todos, para todos clementísima, y se apiada de las necesidades de todos con un amplísimo afecto. Todo defecto está debajo de ella y supera todo lo que hay en nosotros la fragilidad y corrupción, con una sublimidad excelentísima en que excede y sobrepasa las demás criaturas, de modo que con razón se dice que la luna está debajo de sus pies… Con razón, pues, se nos representa a María vestida del sol, por cuanto penetró el abismo profundísimo de la divina sabiduría más allá de lo que se pueda creer, de suerte que, en cuanto lo permite la condición de simple criatura, sin llegar a la unión personal, parece estar sumergida totalmente en aquella inaccesible luz, en aquel fuego que purificó los labios del profeta Isaías, y en el cual se abrasan los serafines. Así que de muy diferente modo mereció María no sólo ser rozada ligeramente por el sol divino, sino más bien ser cubierta con él por todas partes, ser bañada alrededor y como encerrada en el mismo fuego. Candidísimo es, a la verdad, pero y también calidísimo el vestido de esta mujer, de quien todas las cosas se ven tan excelentemente iluminadas, que no es lícito sospechar en ella nada, no digo tenebroso, pero ni oscuro en algún modo siquiera o menos lúcido, ni tampoco algo que sea tibio o no lleno de fervor.

Igualmente, toda necedad está muy debajo de sus pies, para que por todos modos no se cuente María en el número de las mujeres necias ni en el coro de las vírgenes fatuas. Antes bien, aquel único necio y príncipe de toda la necedad que, mudado verdaderamente como la luna, perdió la sabiduría en su hermosura, conculcado y quebrantado bajo los pies de María, padece una miserable esclavitud. Sin duda, ella es aquella mujer prometida otro tiempo por Dios para quebrantar la cabeza de la serpiente antigua con el pie de la virtud, a cuyo calcaño puso asechanzas en muchos ardides de su astucia, pero en vano, puesto que ella sola quebrantó toda la herética perversidad. Uno decía que no había concebido a Cristo de la substancia de su carne; otro silbaba que no había dado a luz al niño, sino que le había hallado; otro blasfemaba que, a lo menos, después del parto, había sido conocida de varón; otro, no sufriendo que la llamasen Madre de Dios, reprendía impiísimamente aquel nombre grande, Theocotos, que significa la que dio a luz a Dios. Pero fueron quebrantados los que ponían asechanzas, fueron conculcados los engañadores, fueron confutados los usurpadores y la llaman bienaventurada todas las generaciones. Finalmente, luego que dio a luz, puso asechanzas el dragón por medio de Herodes, para apoderarse del Hijo que nacía y devorarle, porque había enemistades entre la generación de la mujer y la del dragón.

Mas ya, si parece que más bien se debe entender la Iglesia en el nombre de luna, por cuanto no resplandece de suyo, sino que aquel Señor que dice: Sin mí nada podéis hacer, tendremos entonces evidentemente expresada aquí aquella mediadora de quien poco ha os he hablado. Apareció una mujer, dice San Juan, vestida del sol, y la luna debajo de sus pies. Abracemos las plantas de María, hermanos míos, y postrémonos con devotísimas súplicas a aquellos pies bienaventurados. Retengámosla y no la dejemos partir hasta que nos bendiga, porque es poderosa. Ciertamente, el vellocino colocado entre el rocío y la era, y la mujer entre el sol y la luna, nos muestran a María, colocada entre Cristo y la Iglesia. Pero acaso no os admira tanto el vellocino saturado de rocío como la mujer vestida del sol, porque si bien es grande la conexión entre la mujer y el sol con que está vestida, todavía resulta más sorprendente la adherencia que hay entre ambos. Porque ¿cómo en medio de aquel ardor tan vehemente pudo subsistir una naturaleza tan frágil? Justamente te admiras, Moisés santo, y deseas ver más de cerca esa estupenda maravilla; mas para conseguirlo debes quitarte el calzado y despojarte enteramente de toda clase de pensamientos carnales. Iré a ver, dice, esta gran maravilla. Gran maravilla, ciertamente, una zarza ardiendo sin quemarse, gran portento una mujer que queda ilesa estando cubierta con el sol. No es de la naturaleza de la zarza el que esté cubierta por todas partes de llamas y permanezca con todo eso sin quemarse; no es poder de mujer el sostener un sol que la cubre. No es de virtud humana, pero ni de la angélica seguramente. Es necesaria otra más sublime. El Espíritu Santo, dice, sobrevendrá en ti. Y como si respondiese ella: Dios es espíritu y nuestro Dios es un fuego que consume. La virtud, dice, no la mía, no la tuya, sino la del Altísimo, te hará sombra. No es maravilla, pues, que debajo de tal sombra sostenga también una mujer vestido tal…

En su cabeza, dice, tenía una corona de doce estrellas. Digna, sin duda, de ser coronada con estrellas aquella cuya cabeza, brillando mucho más lucidamente que ellas, más bien las adornará que será por ellas adornada… Sobre la capacidad del hombre es dar idea de esta corona y explicar su composición. Con todo eso, nosotros, según nuestra cortedad, absteniéndonos del peligroso examen de los secretos, podremos acaso sin inconveniente entender en estas doce estrellas doce prerrogativas de gracias con que María singularmente está adornada. Porque se encuentran en María prerrogativas del cielo, prerrogativas del cuerpo y prerrogativas del corazón; y si este ternario se multiplica por cuatro, tenernos quizá las doce estrellas con que la real diadema de María resplandece sobre todos. Para mí brilla un singular resplandor, primero, en la generación de María; segundo, en la salutación del ángel; tercero, en la venida del Espíritu Santo sobre ella; cuarto, en la indecible concepción del Hijo de Dios. Así, en estas mismas cosas también resplandece un soberano honor, por haber sido ella la primiceria de la virginidad, por haber sido fecunda sin corrupción, por haber estado encinta sin opresión, por haber dado a luz sin dolor. No menos también con un especial resplandor brillan en María la mansedumbre del pudor, la devoción de la humildad, de magnanimidad de la fe, el martirio del corazón. Cuidado vuestro será mirar con mayor diligencia cada una de estas cosas…

Y sin duda que bastante claramente se deja ver en la Virgen, por esta misma mansedumbre, la virtud de la humildad con la mayor brillantez. Verdaderamente, compañeras son la mansedumbre y la humildad, confederadas más íntimamente en aquel Señor que decía: Aprended de mí, que soy manso y humilde de corazón. Porque así como la altivez es madre de la presunción así la verdadera mansedumbre no procede sino de la verdadera humildad. Mas ni sólo en el silencio de María se recomienda su humildad, sitio que resuena todavía más elocuentemente en sus palabras. Había oído: Lo santo que nacerá de ti se llamará Hijo de Dios, y no responde otra cosa sino que es la sierva de El. De aquí llega la visita a Isabel, y al punto se le revela a ésta por el espíritu la singular gloria de la Virgen. Finalmente, admiraba la persona de quien venía, diciendo: ¿De dónde a mí esto, que venga a mi casa la madre de mi Señor? Ensalzaba también la voz de quien la saludaba, añadiendo: Luego que sonó la voz de tu salutación en mis oídos saltó de gozo el infante en mi vientre. Y alababa la fe de quien había creído diciendo: Bienaventurada tú que has creído, porque en ti serán cumplidas las cosas que por el Señor se te han dicho. Grandes elogios, sin duda, pero también su devota humildad, no queriendo retener nada para sí, más bien lo atribuye todo a aquel Señor cuyos beneficios se alababan en ella. Tú, dice, engrandeces a la Madre del Señor, pero mi alma engrandece al Señor. Dices que a mi voz saltó de gozo el párvulo, pero mí espíritu se llenó de gozo en Dios, que es mi salud, y él mismo también, como amigo del Esposo, se llena de gozo a la voz del Esposo. Bienaventurada me llamas porque he creído, pero la causa de mi fe y de mi dicha es haberme mirado la piedad suprema, a fin de que por eso me llamen bienaventurada las naciones todas, porque se dignó Dios mirar a esta su sierva pequeña y humilde.

Sin embargo, ¿creéis acaso, hermanos, que Santa Isabel errase en lo que, iluminada por el Espíritu Santo, hablaba? De ningún modo. Bienaventurada ciertamente era aquella a quien miró Dios, y bienaventurada la que creyó, porque su fe fue el fruto sublime que produjo en ella la vista de Dios. Pues por un inefable artificio del Espíritu Santo, a tanta humildad se juntó tanta magnanimidad en lo íntimo del corazón virginal de María, para que (como dijimos antes de la integridad y fecundidad) se volvieran igualmente estas dos estrellas más claras por la mutua correspondencia, porque ni su profunda humildad disminuyó su magnanimidad ni su excelsa magnanimidad amenguó su humildad, sino que, siendo en su estimación tan humilde, era no menos magnánima en la creencia de la promesa, de suerte que aunque no se reputaba a sí misma otra cosa que una pequeña sierva, de ningún modo dudaba que había sido escogida para este incomprensible misterio, para este comercio admirable, para este sacramento inescrutable, y creía firmemente que había de ser luego verdadera madre del que es Dios y hombre. Tales son los efectos que en los corazones de los escogidos causa la excelencia de la divina gracia, de forma que ni la humildad los hace pusilánimes ni la magnanimidad arrogantes, sino que estas dos virtudes más bien se ayudan mutuamente, para que no sólo ninguna altivez se introduzca por la magnanimidad, sino que por ella principalmente crezca la humildad; con esto se vuelven ellos mucho más timoratos y agradecidos al dador de todas las gracias y al propio tiempo evitan que tenga entrada alguna en su alma la pusilanimidad con ocasión de la humildad, porque cuanto menos suele presumir cada uno de su propia virtud, aún en las cosas mínimas, tanto más en cualesquiera cosas grandes confía en la virtud divina…

Y ahora, ¡oh Madre de misericordia!, postrada humildemente a tus pies, como la luna, te ruega la Iglesia con devotísimas súplicas que, pues estás constituida mediadora entre ella y el Sol de justicia, por aquel sincerísimo afecto de tu alma le alcances la gracia de que en tu luz llegue a ver la luz de ese resplandeciente Sol, que te amó verdaderamente más que a todas las demás criaturas y te adornó con las más preciosas galas de la gloria, poniendo en tu cabeza la corona de hermosura. Llena estás de gracia, llena del celestial rocío, sustentada por el amado y rebosando en delicias. Alimenta hoy, Señora, a tus pobres; los mismos cachorrillos también coman de las migajas que caen de la mesa de su Señor; no sólo al criado de Abrahám, sino también a sus camellos dales de beber de tu copiosa cántara de agua, porque tú eres verdaderamente aquella doncella anticipadamente elegida y preparada para desposarse con el Hijo del Altísimo, el cual es sobre todas cosas Dios bendito por los siglos de los siglos. (OCTAVA DE LA ASUNCIÓN: SOBRE LAS DOCE PRERROGATIVAS DE LA BIENAVENTURADA VIRGEN MARÍA, SEGÚN LAS PALABRAS DEL APOCALIPSIS: «UN PORTENTO GRANDE APARECIÓ EN EL CIELO: UNA MUJER ESTABA CUBIERTA CON EL SOL Y LA LUNA A SUS PIES Y EN SU CABEZA TENÍA UNA CORONA DE DOCE ESTRELLAS»)

San Agustín:

Con la misma alegría con que he cantado con vosotros este salmo, así os suplico que conmigo lo meditéis atentamente. Porque se trata del canto de una boda santa, de un esposo y una esposa, de un rey y de su pueblo, del Salvador y de los que se han de salvar. Quien acude a la boda con vestido nupcial, buscando no su propia gloria, sino la del esposo, no solamente pone atención de buen grado, como suele ser propio de quienes desean asistir a un espectáculo, y no de exhibirse, sino que también le ordena a su corazón que no esté ocioso en esa situación, sino que sea fructífero, germinando, naciendo, creciendo, perfeccionándose, aportando algo… 

En realidad, todas las almas, nacidas de la predicación y evangelización, son hijas de reyes, y las iglesias, hijas de los apóstoles, son hijas de reyes. Porque él es Rey de reyes; y reyes son aquellos de quienes se dijo: Os sentaréis sobre doce tronos para juzgar a las doce tribus de Israel. Predicaron la palabra de la verdad, y engendraron iglesias, no para sí mismos, sino para él. De este misterio forma parte lo que está escrito en la Ley: Si un hermano muere, que su hermano tome a su mujer por esposa, y le dé descendencia a su hermano. Tome a la esposa de su hermano y de ella tenga descendencia, no para sí, sino para su hermano. Dijo Cristo: Dile a mis hermanos. Dijo en el salmo: Hablaré de tu nombre a mis hermanos. Cristo murió, resucitó, ascendió, se ausentó corporalmente: sus hermanos tomaron a su esposa, para, por la predicación del Evangelio, engendrarle hijos, no por sí mismos, sino por el Evangelio, en atención al nombre de su hermano. Dice Pablo: Porque yo os he engendrado en Cristo Jesús por el Evangelio. De ahí que los que dieron descendencia a su hermano, no llamaron a los engendrados Paulinos o Petrinos, sino Cristianos. Fijaos cómo en estos versículos está también presente el mismo sentido. Cuando dice: Desde las moradas de marfiles, se refería a los palacios reales, amplios, hermosos, cómodos, como son los corazones de los santos, y añadió: Desde los cuales te festejaron las hijas de reyes en honor tuyo, puesto que le suscitaron descendencia a su hermano. Y por eso, a los que Pablo había suscitado para su hermano, al ver que recurrían a su nombre, exclamó: ¿Acaso Pablo fue crucificado por vosotros? ¿Qué dice la Ley? Que el nacido lleve el nombre del difunto. Nazca para el difunto, lleve el nombre del difunto. Pablo observa esta norma; a los que pretendían llevar su nombre, los disuade y les dice: ¿Acaso Pablo fue crucificado por vosotros? Poned la atención en el difunto: ¿Fue Pablo acaso crucificado por vosotros? ¿Y entonces? Que cuando tú los has engendrado, ¿les has puesto tu nombre? No lo hagas. Así dice: ¿Habéis sido bautizados en nombre de Pablo? Te festejaron las hijas de reyes en honor tuyo. Retened, conservad lo de en tu honor. Esto es tener la vestidura nupcial, buscar su honor y su gloria. Entended en las hijas de reyes, las ciudades que creyeron en Cristo, y que fueron fundadas por reyes; y también: desde los palacios de marfiles, por los ricos, los soberbios, los engreídos. Hijas de reyes te festejaron en tu honor; porque no fueron buscando el honor de sus padres, sino el tuyo. Que se me muestre a mí en Roma el templo de Rómulo con tanto honor como el que yo en ella muestro en memoria de Pedro. ¿Quién es honrado en Pedro, sino aquél que murió por nosotros? Nosotros somos Cristianos, no Petrinos. Y si hemos nacido por obra del hermano del difunto, sin embargo llevamos el nombre del difunto. Por el uno nacimos, pero nacimos para el otro. Y así Roma, Cartago, y tantas y tantas otras ciudades son hijas de reyes. Y han festejado a su rey en honor suyo; y de todas ellas se constituye como una sola reina.

¿Y cuál es el canto nupcial? Mira cómo se acerca también la esposa entre cantos llenos de alegría. El esposo era el que venía, se lo describía a él, en él estaba fija toda nuestra atención. Que se presente también la esposa. De pie a tu derecha está la reina. Quien esté a su izquierda no es reina. A la izquierda estará aquélla a quien se diga: Vete al fuego eterno. A la derecha estarán aquellos a quienes se les diga: Venid, benditos de mi Padre, recibid el reino preparado para vosotros desde el principio del mundo. De pie a tu derecha está la reina, vestida de oro, adornada de las más variadas joyas. ¿Qué vestido es el de esta reina? Es precioso y variado: los misterios de la doctrina se expresan en todas las varias lenguas. Unos en la lengua africana, otros en lengua siria, otros en griego, otros en hebreo, y así sucesivamente: las diversas lenguas forman la variedad del vestido de esta reina. Y así como la variedad en el vestido se armoniza en la unidad, así también todas estas lenguas llevan a una misma fe. Que en el vestido haya variedad, pero no rotura. Ved que orientamos la diversidad de lenguas y la variedad en el vestido a la unidad. ¿Dónde está el oro en esta variedad? Es la sabiduría misma. Sea cualquiera la variedad de lenguas, se predica un mismo oro: no un oro distinto, sino la variedad del oro único. Así, pues, la misma sabiduría, la misma doctrina, la misma disciplina la predican todas las lenguas. Variedad en las lenguas, oro en las sentencias.

El Profeta canta a esta reina, (lo hace de buen grado), y a cada uno de nosotros; si hemos conocido dónde estamos, y nos esforzamos en pertenecer a aquel cuerpo y continuamos unidos a los miembros de Cristo. Entonces se dirige a nosotros diciendo: Escucha, hija, y mira. Le habla a ella como si él fuera uno de los padres, puesto que son hijas de reyes; y aunque hable un profeta, o un apóstol como a una hija (de hecho llamamos padres nuestros a los profetas, a los apóstoles; si nosotros los llamamos padres, ellos nos tratan como a hijos), y la única voz paterna se dirige a la única hija: Escucha, hija, y mira. Primero escucha, y después mira. Porque vino a nosotros por el Evangelio y se nos predicó lo que aún no vemos, y oyendo hemos creído, y creyendo lo veremos. Como dice el mismo esposo por boca de un profeta: Un pueblo desconocido fue mi servidor; con oído atento me obedeció. ¿Qué significa: con oído atento? Que no vio. Vieron los judíos y lo crucificaron; los gentiles no vieron y creyeron. Que venga la reina de entre los gentiles, con su vestido dorado y rodeada de muchas joyas; salga de los gentiles y venga rodeada de todas las lenguas, con la unidad de la sabiduría; dígasele: Escucha, hija, y mira. Si no oyes, no verás. Oye para que purifiques el corazón por la fe, como dice el Apóstol en los Hechos: Purificando sus corazones por la fe. Para esto, pues, oímos lo que hemos de creer antes de ver. Así, creyendo purifiquemos el corazón, y por tanto podremos legar a ver. Escucha para creer, purifica el corazón por la fe. Y cuando tenga el corazón limpio, ¿qué veré? Dichosos los limpios de corazón, porque ellos verán a Dios. Escucha, hija, y mira; inclina tu oído. Escuchar es poco: debes escuchar con humildad: Inclina tu oído. Olvida tu pueblo y la casa paterna. Había un cierto pueblo y una casa paterna, en la que tú has nacido: el pueblo de Babilonia, que tiene como rey al diablo. De cualquier procedencia que llegaran los gentiles, su padre era el diablo; pero renunciaron al diablo como padre. Olvida tu pueblo y la casa paterna. Él te engendró deforme, al hacerte pecadora: este otro, que justifica a la impía, te ha regenerado y hecho bella. Olvida tu pueblo y la casa paterna.

Prendado está el rey de tu belleza. ¿De qué belleza, sino de la que él mismo le dio? Está prendado de la belleza. ¿La belleza de quién? ¿De la pecadora, de la malvada, de la impía, como lo era con su padre el diablo y con su pueblo? No, sino de aquélla de quien se dice: ¿Quién es ésta que asciende toda blanqueada? Antes no estaba blanca, pero después ya estaba de blanco. Porque aunque vuestros pecados sean como la púrpura, los volveré blancos como la nieve. Prendado está el rey de tu belleza. ¿Qué rey es éste? Porque él es tu Dios. Mira bien si no debes abandonar a aquel padre tuyo, y aquel tu pueblo, y venir a este rey, Dios tuyo: es tu Dios, es tu rey. Sí, tu rey, y además es tu esposo. Te casas con el rey Dios, embellecida por él, engalanada por él, redimida por él y por él sanada. Todo lo que tienes para complacerle, de él lo has recibido.

Las llevan entre alegría y algazara; serán conducidas al templo del rey. El templo del rey es la misma Iglesia: entra en el templo la misma Iglesia. ¿Y de qué está construido el templo? De los hombres que vienen al templo. ¿Quiénes son las piedras vivas, sino los fieles? Serán conducidas al templo del rey. Porque hay vírgenes fuera del templo del rey: las monjas herejes. Cierto que son vírgenes, pero ¿de qué les sirve si no son conducidas al templo del rey? El templo del rey está en la unidad; el templo del rey no está ruinoso, no está fragmentado, no está dividido. El cemento de sus piedras vivientes es la caridad. Serán conducidas al templo del rey. (Comentarios a los salmos; salmo 44, 1.23-26.31)

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