Domingo XXV del Tiempo Ordinario – Ciclo C.-

18 de septiembre de 2016

Domingo XXV del Tiempo Ordinario

- Ciclo C.-

Primera lectura

Lectura de la profecía de Amos (8, 4-7):

Escuchad esto, los que exprimís al pobre, despojáis a los miserables, diciendo: «¿Cuándo pasará la luna nueva, para vender el trigo, y el sábado, para ofrecer el grano?» Disminuís la medida, aumentáis el precio, usáis balanzas con trampa, compráis por dinero al pobre, al mísero por un par de sandalias, vendiendo hasta el salvado del trigo. Jura el Señor por la gloria de Jacob que no olvidará jamás vuestras acciones.

Palabra de Dios

 

Salmo

Sal 112,1-2.4-6.7-8


R/.
 Alabad al Señor, que alza al pobre

Alabad, siervos del Señor, 
alabad el nombre del Señor. 
Bendito sea el nombre del Señor, 
ahora y por siempre. R/.

El Señor se eleva sobre todos los pueblos, 
su gloria sobre los cielos. 
¿Quién como el Señor, Dios nuestro, 
que se eleva en su trono 
y se abaja para mirar al cielo y a la tierra? R/. 

Levanta del polvo al desvalido, 
alza de la basura al pobre, 
para sentarlo con los príncipes, 
los príncipes de su pueblo. R/.

 

Segunda lectura

Lectura de la primera carta del apóstol san Pablo a Timoteo (2, 1-8):

Te ruego, lo primero de todo, que hagáis oraciones, plegarias, súplicas, acciones de gracias por todos los hombres, por los reyes y por todos los que ocupan cargos, para que podamos llevar una vida tranquila y apacible, con toda piedad y decoro. Eso es bueno y grato ante los ojos de nuestro Salvador, Dios, que quiere que todos los hombres se salven y lleguen al conocimiento de la verdad. Pues Dios es uno, y uno solo es el mediador entre Dios y los hombres, el hombre Cristo Jesús, que se entregó en rescate por todos: éste es el testimonio en el tiempo apropiado: para él estoy puesto como anunciador y apóstol –digo la verdad, no miento–, maestro de los gentiles en fe y verdad. Quiero que sean los hombres los que recen en cualquier lugar, alzando las manos limpias de ira y divisiones.

Palabra de Dios

 

Evangelio

Lectura del santo evangelio según san Lucas (16, 1-13):

En aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos: «Un hombre rico tenía un administrador, y le llegó la denuncia de que derrochaba sus bienes. Entonces lo llamó y le dijo: “¿Qué es eso que me cuentan de ti? Entrégame el balance de tu gestión, porque quedas despedido.” El administrador se puso a echar sus cálculos: “¿Qué voy a hacer ahora que mi amo me quita el empleo? Para cavar no tengo fuerzas; mendigar me da vergüenza. Ya sé lo que voy a hacer para que, cuando me echen de la administración, encuentre quien me reciba en su casa.” Fue llamando uno a uno a los deudores de su amo y dijo al primero: “¿Cuánto debes a mi amo?” Éste respondió: “Cien barriles de aceite.” Él le dijo: “Aquí está tu recibo; aprisa, siéntate y escribe cincuenta.” Luego dijo a otro: “Y tú, ¿cuánto debes?” Él contestó: “Cien fanegas de trigo.” Le dijo: “Aquí está tu recibo, escribe ochenta.” Y el amo felicitó al administrador injusto, por la astucia con que había procedido. Ciertamente, los hijos de este mundo son más astutos con su gente que los hijos de la luz. Y yo os digo: Ganaos amigos con el dinero injusto, para que, cuando os falte, os reciban en las moradas eternas. El que es de fiar en lo menudo también en lo importante es de fiar; el que no es honrado en lo menudo tampoco en lo importante es honrado. Si no fuisteis de fiar en el injusto dinero, ¿quién os confiará lo que vale de veras? Si no fuisteis de fiar en lo ajeno, ¿lo vuestro, quién os lo dará? Ningún siervo puede servir a dos amos, porque, o bien aborrecerá a uno y amará al otro, o bien se dedicará al primero y no hará caso del segundo. No podéis servir a Dios y al dinero.»

Palabra del Señor

 

COLLATIONES

“Un hombre rico tenía un administrador, y le llegó la denuncia de que derrochaba sus bienes” Está claro que Dios es el hombre rico y nosotros los administradores, pero, ¿cuáles son las riquezas que derrochamos y que han merecido tal denuncia? Dice un autor anónimo del siglo IV, que riquezas son aquello menudo de lo que el Señor nos dice: “El que es de fiar en lo menudo también en lo importante es de fiar; el que no es honrado en lo menudo tampoco en lo importante es honrado”. Para este autor, “lo menudo son los bienes de esta vida, que él prometió dar a los que creen en él, tales como el sustento, el vestido y otros subsidios corporales, como la salud y cosas por el estilo, ordenándonos taxativamente que no andemos agobiados por estas cosas, sino que esperemos confiadamente en él, pues Dios es la providencia de quienes a él se acogen, providencia segura y total”. Los que no somos fieles en lo menudo, es decir, creyendo que el Señor nos proveerá de todo lo necesario, y considerando que esta es nuestra riqueza, buscaremos riquezas materiales, que además no estaremos dispuestos a compartir, porque nunca nos parecerán suficientes. Es posible que para conseguirlas seamos capaces de, como dice la primera lectura, exprimir al pobre, despojar a los miserables, y también nos advierte: Jura el Señor por la gloria de Jacob que no olvidará jamás vuestras acciones”.

Tengamos pues, cuidado con nuestras acciones. Puede que no hayamos adquirido lo que tenemos injustamente, pero que nunca tengan que decirnos como dice San Basilio: “Y tú les niegas la limosna y dices que no puedes socorrer a los pordioseros. Juras con tu lengua que no puedes, pero tu mano te contradice; porque aunque ella calle, pregona tu mentira el anillo que brilla a vista de todos”. Sigamos el consejo de San Agustín: “Por tanto, haced el bien con lo que obtuvisteis injustamente. Quienes nada hayáis adquirido injustamente, no queráis adquirirlo así. Sé bueno tú que haces el bien con el dinero injusto y, cuando comiences a hacer el bien con lo malamente adquirido, no permanezcas tú siendo malo. ¿Se convierten en bien tus monedas y vas a seguir tú siendo malo?”

“Y yo os digo: Ganaos amigos con el dinero injusto, para que, cuando os falte, os reciban en las moradas eternas”. Los amigos que nos dice el Señor que nos ganemos, son según San Agustín, los “pequeños”. Y lo explica así: “Cuando lo hicisteis a uno de los más pequeños de los míos, a mí me lo hicisteis. ¿Quiénes son, entonces, esos más pequeños de Cristo? Los que abandonaron todas sus cosas y le siguieron, distribuyendo a los pobres cuanto poseían, para servir a Dios libres de todo vínculo mundano y, exonerados de las cargas del mundo, como aves, levantar a lo alto sus hombros. Estos son los más pequeños”. Los pobres son los pequeños, y como nos dice San Gregorio de Nisa: “Los pobres son los dispensadores de los bienes que esperamos, son los porteros del Reino de los cielos, para abrir la entrada a los misericordiosos y cerrarla a los despiadados. Son los pobres vehementísimos acusadores, pero intercesores muy poderosos y favorables”.

 

San Agustín:

La amonestación que se me hace a mí os la debo hacer a vosotros. El texto del evangelio recién leído nos exhortó a hacer amigos con la mammona ilícita, para que estos reciban en las moradas eternas a quienes los hacen. ¿Quiénes son los que poseerán las moradas eternas, sino los santos de Dios? ¿Y quiénes son los que han de ser recibidos por ellos en tales moradas, sino quienes socorren su indigencia y les suministran con alegría lo que necesitan? Recordemos, pues, que en el último juicio el Señor dirá a los que estén a su derecha: Tuve hambre y me disteis de comer y las demás cosas que sabéis. Al preguntarle estos cuándo le ofrecieron tales servicios, responderá: Cuando lo hicisteis a uno de los más pequeños de los míos, a mí me lo hicisteis. Estos pequeños son los que reciben en las moradas eternas. Eso lo dijo a los de la derecha, que lo habían hecho, y eso mismo dijo a los de la izquierda, que no quisieron hacerlo. Pero ¿qué recibieron o, mejor, qué recibirán los de la derecha que lo hicieron? Venid —dijo—, benditos de mi Padreposeed el reino preparado para vosotros desde la creación del mundo, pues tuve hambre y me disteis de comer. Cuando lo hicisteis a uno de los más pequeños de los míos, a mí me lo hicisteis. ¿Quiénes son, entonces, esos más pequeños de Cristo? Los que abandonaron todas sus cosas y le siguieron, distribuyendo a los pobres cuanto poseían, para servir a Dios libres de todo vínculo mundano y, exonerados de las cargas del mundo, como aves, levantar a lo alto sus hombros. Estos son los más pequeños. ¿Por qué los más pequeños? Porque son humildes, no son altivos ni orgullosos. Pesa a estos más pequeños y advertirás cuán grande es su peso.

… Lo que los hebreos llaman mammona, en latín recibe el nombre de riquezas. Para expresarlo enteramente en latín, esto es lo que dice nuestro Señor Jesucristo: Haceos amigos con las riquezas injustas. Algunos, entendiendo mal esta sentencia, roban lo ajeno y de lo robado reparten algo a los pobres, pensando que así cumplen lo mandado. Dicen: «La mammona injusta consiste en robar las cosas ajenas; dar algo de ello especialmente a los santos necesitados equivale a hacerse amigos con la mammona injusta». Esta comprensión hay que corregirla; más aún, hay que borrarla totalmente de las tablas de vuestro corazón. No quiero que lo comprendáis de ese modo. Haced limosnas con lo ganado justamente con vuestras fatigas; dad de lo que poseéis como es debido. Pues no podréis corromper a Cristo en su condición de juez, para que no os juzgue junto con los pobres a quienes se lo arrebatáis. Suponte que tú, más fuerte y poderoso, robas a un inválido y aquí en la tierra os presentáis los dos ante un juez —un hombre como otro cualquiera con cierta potestad para juzgar— y él quiere defender su causa, la que tiene pendiente contigo; si de lo que robaste y quitaste a ese pobre das algo al juez para que sentencie a favor tuyo, ¿te agradaría incluso a ti ese juez? Ciertamente sentenció a favor tuyo y, sin embargo, es tan grande la fuerza de la justicia, que hasta a ti te desagrada ese comportamiento. No te imagines así a Dios; no coloques tal ídolo en el templo de tu corazón. Tu Dios no es tal cual no debes ser ni tú. Aunque tú no juzgases de ese modo, sino que actuases rectamente, aun así tu Dios es mejor que tú; no te es inferior; es más justo, es la fuente de la justicia. Cuanto de bueno has hecho, de él lo has recibido, y cuanto de bueno eructaste, de él lo bebiste. Alabas el vaso porque contiene algo de agua y ¿denigras la fuente? No hagáis limosnas con dinero procedente de préstamos y de la usura. Lo digo a bautizados, a los que distribuyo el cuerpo de Cristo. Temed, corregíos para que no tenga que deciros después: «Tú y tú lo estáis haciendo». Y creo que, si llego a hacerlo, no debéis airaros conmigo, sino con vosotros para corregiros. Pues a esto se ajusta lo que dice el salmo: Airaos, pero no pequéis. Quiero que os airéis, mas para no pecar. Ahora bien, para no pecar, ¿con quiénes debéis airaros sino con vosotros mismos? Pues ¿qué hombre se arrepiente sino quien se aíra consigo mismo? Para obtener el perdón él se impone a sí mismo un castigo, y con razón dice a Dios: Aparta tus ojos de mis pecados, porque reconozco mi pecado. Si tú reconoces tu pecado, él te lo perdona. Los que lo hacíais, no lo hagáis; no está permitido.

Pero si ya lo habéis hecho y conserváis tales riquezas y con ellas llenasteis vuestras carteras y amontonasteis tesoros, lo que poseéis procede de la injusticia. No añadáis ya otro mal, y haceos amigos con la mammona injusta. ¿Acaso las riquezas de Zaqueo tenían un origen limpio? Leed y vedlo. Era el jefe de los publícanos, es decir, aquel al que se entregaban los tributos públicos. De allí obtenía sus riquezas. Había oprimido a muchos; a muchos se las había quitado, mucho había acumulado. Entró Cristo en su casa y le llegó la salvación a esa casa, pues así dice el Señor mismo: Hoy ha llegado la salvación a esta casa. Pero ved en qué consiste la salvación misma. Primeramente deseaba poder ver al Señor, puesto que era de baja estatura. Al impedírselo la muchedumbre, se subió a un sicómoro y lo vio cuando pasaba. Jesús le miró y le dijo: «Zaqueo, baja; conviene que yo me quede yo en tu casa. Estás pendiente, pero no te tengo en suspenso, es decir, no doy tiempo al tiempo. Querías verme al pasar; hoy me encontrarás albergado en tu casa. Entró en ella el Señor. Lleno de gozo dijo Zaqueo: Doy a los pobres la mitad de mis bienes. Ved cómo corre quien se apresura a hacerse amigos con la mammona injusta. Y para no hallarse reo por cualquier otro apartado legal, dice: Si a alguno quité algo, le devolveré el cuádruplo. Se infligió a sí mismo una condena para no incurrir en la condenación. Por tanto, haced el bien con lo que obtuvisteis injustamente. Quienes nada hayáis adquirido injustamente, no queráis adquirirlo así. Sé bueno tú que haces el bien con el dinero injusto y, cuando comiences a hacer el bien con lo malamente adquirido, no permanezcas tú siendo malo. ¿Se convierten en bien tus monedas y vas a seguir tú siendo malo?

Se puede entender también de otra manera. No la silenciaré. Mammona injusta son todas las riquezas mundanas, procedan de donde procedan. De cualquier forma que se acumulen, son mammona injusta, es decir, riquezas injustas. ¿Qué significa «son riquezas injustas»? Es al dinero a lo que la iniquidad designa con el nombre de riquezas. Pues, si buscas las verdaderas riquezas, son otras. En ellas abundaba Job aunque estaba desnudo, cuando tenía el corazón lleno de Dios y, perdido todo, profería alabanzas a Dios, cual piedras preciosas. ¿De qué tesoro, si se había quedado sin nada? Esas son las verdaderas riquezas. A las otras es la maldad la que las denomina así. Si las tienes, no te lo reprocho: te llegó una herencia, tu padre fue rico y te las legó. Las adquiriste honestamente. Tienes tu casa llena como fruto de tus justas fatigas; no te lo reprocho. Con todo, ni aún así las llames riquezas. Porque, si lo haces así, las amarás y, si las amas, perecerás con ellas. Piérdelas para no perecer tú; dónalas para adquirirlas; siémbralas para cosecharlas. No las llames riquezas, porque no son verdaderas. Están llenas de pobreza y siempre sometidas a infortunios. ¿Qué riquezas son aquellas a causa de las cuales temes al salteador, temes que tu siervo te dé muerte, las coja y huya? Si fueran verdaderas riquezas, te darían seguridad.

Por tanto, son auténticas riquezas las que, una vez poseídas, no podemos perder. Y para no temer al ladrón por causa de ellas, estarán allí donde nadie las arrebate. Escucha a tu Señor: Acumulad vuestros tesoros en el cielo, a donde el ladrón no tenga acceso. Entonces serán riquezas: cuando las traslades a otro lugar. Mientras están en la tierra, no son riquezas. Pero el mundo, la maldad las denomina riquezas. Por eso Dios las llama mammona injusta, porque es la maldad quien las denomina riquezas… «Esas riquezas son falsas; dame las verdaderas». Desapruebas estas, muéstrame las que tú alabas. Deseas que desprecie estas, indícame cuáles he de preferir… El salmista responde y dice: «Ellos proclaman dichosos a los ricos; pero yo digo: Dichoso el pueblo cuyo Dios es el Señor». Acabas de escuchar cuáles son las auténticas riquezas; haz amigos con la mammona injusta y serás el pueblo dichoso cuyo Dios es el Señor…¡Oh Señor, Dios mío!; ¡oh Señor, Dios nuestro!; para que lleguemos a ti, haz que la felicidad nos llegue de ti. No queremos que la felicidad nos llegue del oro, ni de la plata, ni de las fincas; no queremos que nos llegue de estas cosas terrenas, sumamente vanas y pasajeras, propias de esta vida caduca. Que nuestra boca no hable vanidad. Que nuestra felicidad nos llegue de ti, porque no te perdemos a ti. Si te tenemos a ti, ni te perdemos, ni pereceremos. Haznos felices con la felicidad que procede de ti, porque dichoso el pueblo cuyo Dios es el Señor… (Sermón 113)

 

San Basilio el Grande:

Dime, ¿qué utilidad mayor te proporcionan los lechos de plata, las mesas de plata, los asientos y sillas de marfil, si por usar tales cosas no llegan las riquezas a los pobres que se agolpan a tus puertas, lanzando toda clase de gemidos dignos de toda compasión? Y tú les niegas la limosna y dices que no puedes socorrer a los pordioseros. Juras con tu lengua que no puedes, pero tu mano te contradice; porque aunque ella calle, pregona tu mentira el anillo que brilla a vista de todos. ¿A cuántos puedes sacar de sus deudas con un solo de tus anillos? ¿Cuántas casas puedes levantar que están en ruinas? Una sola arca de aquellas en que guardas tus vestidos, basta para vestir a todo el pueblo, que está aterido de frío; y, sin embargo, sufres que el pobre se vaya sin nada, sin temer el justo castigo del juez. No te compadeciste, no se te compadecerá; no abriste tu casa, se te cerrará el reino de los cielos; no diste pan, no recibirás la vida eterna.

Pero te llamas pobre a ti mismo; convengo contigo en ello, porque pobre es el que necesita muchas cosas. Mas a vosotros os hace necesitar muchas cosas vuestra insaciable avaricia. Te esfuerzas por amontonar diez talentos encima de otros diez: reunidos veinte, apeteces otros tantos, y lo que vas amontonando no satisfacen tu avaricia, sino que la enciende. Como para los ebrios el tener junto a sí vino es ocasión para beber, así los que acaban de hacerse ricos después de adquirir muchas cosas desean aún más, alimentando su enfermedad a la vez que amontonan y produciéndoles sus ansias un efecto contrario al que ellos buscan. Porque no les alegran tanto los bienes presentes, con ser tan abundantes, cuanto les entristecen los que les faltan, o mejor dicho, los que ellos creen que les faltan; de suerte que siempre está su ánimo preocupado, luchando por adquirir más. Cuando habían de alegrarse y estar en paz por ser más ricos que muchos, se amargan y se entristecen de que haya alguno que otro más rico que les supere. Cuando alcanzan a uno de estos ricos enseguida se esfuerzan por igualar a otro que lo es más; y cuando alcanzan también a este pasan su emulación a otro. Como los que suben una escalera tienen siempre un pie levantado para ponerle sobre el banzo que sigue y no se detienen hasta que llegan al último; así estos no cesan de apetecer el poder hasta que, subidos a lo alto, se estrellan desde lo más alto de la desgracia. Al ave seléucida la hizo el Criador del universo insaciable para bien de los hombres; pero tú haces insaciable tu corazón para mal de muchos. Cuanto ve la vista, tanto apetece el avaro. “No se saciará el ojo viendo”, ni se saciará el avaro recibiendo. “El infierno nunca dijo basta” ni el avaro dijo jamás basta. ¿Cuándo vas a usar de las cosas presentes? ¿Cuándo gozarás de ellas, si siempre te detiene el trabajo de adquirir más? “¡Ay de los que añaden a una casa otra casa, y juntan un campo con otro campo para quitar algo a su prójimo!”  ¿Qué es lo que tú haces? ¿No das mil excusas para despojar a tu prójimo? Me hace sombra la casa del vecino, es un alborotador, alberga a los vagabundos; y trayendo otros pretextos, exagerándolos y pregonándolos, revolviéndolos siempre y molestando, no para hasta obligarle a irse a otro sitio. ¿Qué fue lo que mató al israelita Nabután? ¿No fue la avaricia de Acab que apetecía su viña?. El avaro es mal vecino en la ciudad, mal vecino en el campo. Conoce el mar sus términos; respeta la noche los límites que tanto tiempo ha le fueron señalados; pero el avaro no respeta el tiempo, no conoce el término, no cede al orden de sucesión, imita la violencia del fuego; todo lo invade, todo lo devora. Y como los ríos nacidos de un pequeño principio crecen de una manera increíble con los afluentes que poco a poco se les juntan, y arrastran en su violenta corriente todo lo que encuentran a su paso; así también los avaros cuando suben a gran poder, después que han recibido mayor fuerza para hacer injusticias de aquellos a quienes ya han dominado, reducen a la esclavitud a los demás, viniendo a aumentar el número de los antes injuriados; y el aumento de poder es para ellos ocasión de mayor maldad. Porque los primeros que recibieron el daño ayudándoles contra su voluntad, infieren también a otros, perjuicios y agravios. Porque ¿a qué vecino, a qué doméstico, a quién que tenga trato con ellos no atraen? Nada resiste a la fuerza de las riquezas; todo cede ante la tiranía; ante el poder todo se estremece: pues cada uno de los que han sido injuriados, más cuenta tiene con que no le venga algo peor, que de vengarse de lo que ha padecido. Conduce las yuntas de bueyes, ara, siembra, recoge la cosecha que no le pertenece. Si te opones, vienen las heridas; si te quejas, eres reo, porque injuriaste; serás contado entre los esclavos, habitará la cárcel: preparados están los calumniadores para poner en peligro tu vida. Te tendrás por bien librado si, dando algo más, te ves libre de estas molestias.

Quisiera que respirases un poco de la injusticia de estas obras y se aquietasen tus pensamientos, para que ponderaras a donde va a parar el deseo de estas cosas. Tienes tantas yugadas de tierra arable: otras tantas de tierra para plantar árboles: montes, campos, selvas, ríos, prados. Y después de esto ¿qué? ¿No te esperan sólo tres codos de tierra? ¿No bastará para guardar tu cuerpo miserable, el peso de unas pocas piedras? ¿Para qué trabajas? ¿Por qué obras perversamente? ¿Por qué recoges con tus manos cosas infructuosas? Y ojalá fueran infructuosas, y no materia para el fuego eterno. ¿No despertarás de esta embriaguez? ¿No recobras tus sentidos? ¿No vuelves en ti? ¿No pondrás delante de tus ojos el juicio de Cristo?

¿Qué excusa vas a traer cuando aquellos a quienes has injuriado te rodeen y griten contra ti delante del juez eterno? ¿Qué harás? ¿qué abogados llevarás? ¿Qué testigos sacarás? ¿Cómo sobornarás al juez a quien con ningún artificio se le puede engañar? (Homilía a los ricos)

Autor del siglo IV:

Queriendo el Señor conducir a sus discípulos a la fe perfecta, dijo en el evangelio: El que no es honrado en lo menudo, tampoco en lo importante es honrado; el que es de fiar en lo menudo, también en lo importante es de fiar. ¿Qué es lo menudo?, ¿qué es lo importante?

Lo menudo son los bienes de esta vida, que él prometió dar a los que creen en él, tales como el sustento, el vestido y otros subsidios corporales, como la salud y cosas por el estilo, ordenándonos taxativamente que no andemos agobiados por estas cosas, sino que esperemos confiadamente en él, pues Dios es la providencia de quienes a él se acogen, providencia segura y total.

Lo importante son los dones de la vida eterna e incorruptible, que él prometió conceder a cuantos crean en él y a los que continuamente están pendientes de estas cosas y a él acuden en su demanda, porque así está ordenado: Vosotros, en cambio, buscad sobre todo el reino de Dios y su justicia; lo demás se os dará por añadidura. En estas cosas menudas y temporales se demostrará si uno cree en Dios, que prometió concedérnoslas, a condición sin embargo de que no andemos agobiados por tales cosas, sino que únicamente nos preocupemos de las realidades futuras y eternas.

Y quedará perfectamente asentado que uno cree en los bienes incorruptibles y busca de verdad los bienes eternos si conserva una fe sana en dichos bienes. En efecto, cada uno de los que aceptaron la palabra de verdad debe probarse a sí mismo y examinarse, o ser examinado y probado por maestros del espíritu, cuáles son las razones de su fe y cuáles las motivaciones de su entrega a Dios: debe sopesar si cree realmente y de verdad apoyado en la palabra de Dios, o si cree más bien inducido por la opinión que él se ha formado sobre la justificación y la fe.

Toda persona tiene a su alcance la posibilidad de comprobar y demostrarse a sí mismo si es fiel en lo menudo — me refiero a los bienes temporales. ¿De qué forma? Escucha: ¿Te crees digno del reino de los cielos?, ¿te confiesas hijo de Dios nacido de arriba?, ¿te consideras coheredero de Cristo, destinado a reinar eternamente con él y a gozar de las delicias en la arcana luz por siglos incontables e infinitos, exactamente como Dios? Me contestarás sin duda: Ciertamente: ésa es precisamente la razón por la que he dejado el mundo y me he entregado en cuerpo y alma al Señor.

Examínate, pues, y mira si no te retienen todavía las preocupaciones terrenas, o el desmedido afán del sustento y del vestido corporal, o bien otros intereses y el confort, como si tú fueras capaz de proveerte por ti mismo de lo que se te ha ordenado no preocuparte en absoluto, es decir, de tu vida. Pues si estás convencido de poder conseguir los bienes inmortales, eternos, permanentes y carentes de envidia, mucho más convencido has de estar de que el Señor te otorgará estos bienes caducos y terrenos, que él concede incluso a los hombres impíos y hasta a los mismos pájaros, habiéndote él mismo enseñado a no preocuparte lo más mínimo de estas cosas.

Tú, pues, que te has hecho peregrino de este mundo, debes obtener una nueva y peregrina fe, un modo de pensar y de vivir superior al de todos los hombres de este mundo. Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo por los siglos. Amén. (Homilía 48, 1-6)

 

San Gregorio de Nisa:

No despreciéis a esos pobres que veis echados en el suelo: considerad lo que son y conoceréis su dignidad. Esos están representando la persona de nuestro Salvador… Los pobres son los dispensadores de los bienes que esperamos, son los porteros del Reino de los cielos, para abrir la entrada a los misericordiosos y cerrarla a los despiadados. Son los pobres vehementísimos acusadores, pero intercesores muy poderosos y favorables… Usad de vuestros bienes. No pretendo impediros su uso. Pero cuidado con abusar de ellos… Es un delito igual, con corta diferencia, el de no prestar al pobre o el de prestarle con usura; porque lo uno es inhumanidad, lo otro es una ganancia sórdida e ilegítima. (De pro amand. 22-25).

 

 

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