Domingo 2º del Tiempo Ordinario – Ciclo A.-

15 de enero de 2017

Domingo 2º del Tiempo Ordinario

- Ciclo A.-

Primera lectura

Lectura del libro de Isaías (49,3.5-6):

El Señor me dijo: «Tú eres mi siervo, de quien estoy orgulloso.» Y ahora habla el Señor, que desde el vientre me formó siervo suyo, para que le trajese a Jacob, para que le reuniese a Israel –tanto me honró el Señor, y mi Dios fue mi fuerza–: «Es poco que seas mi siervo y restablezcas las tribus de Jacob y conviertas a los supervivientes de Israel; te hago luz de las naciones, para que mi salvación alcance hasta el confín de la tierra.»
Palabra de Dios

 

Salmo

Sal 39,2.4ab.7-8a.8b-9.10


R/.
 Aquí estoy, Señor, para hacer tu voluntad

Yo esperaba con ansia al Señor; 
él se inclinó y escuchó mi grito; 
me puso en la boca un cántico nuevo, 
un himno a nuestro Dios. R/. 

Tú no quieres sacrificios ni ofrendas, 
y, en cambio, me abriste el oído; 
no pides sacrificio expiatorio, 
entonces yo digo: «Aquí estoy.» R/. 

Como está escrito en mi libro: 
«Para hacer tu voluntad.» 
Dios mío, lo quiero, 
y llevo tu ley en las entrañas. R/. 

He proclamado tu salvación 
ante la gran asamblea; 
no he cerrado los labios: 
Señor, tú lo sabes. R/.

 

Segunda lectura

Comienzo de la primera carta del apóstol san Pablo a los Corintios (1,1-3):

Yo, Pablo, llamado a ser apóstol de Cristo Jesús por designio de Dios, y Sóstenes, nuestro hermano, escribimos a la Iglesia de Dios en Corinto, a los consagrados por Cristo Jesús, a los santos que él llamó y a todos los demás que en cualquier lugar invocan el nombre de Jesucristo, Señor de ellos y nuestro. La gracia y la paz de parte de Dios, nuestro Padre, y del Señor Jesucristo sean con vosotros.
Palabra de Dios

Evangelio

Lectura del santo evangelio según san Juan (1,29-34):

En aquel tiempo, al ver Juan a Jesús que venía hacia él, exclamó: «Este es el Cordero de Dios, que quita el pecado del mundo. Ese es aquel de quien yo dije: “Tras de mí viene un hombre que está por delante de mí, porque existía antes que yo.” Yo no lo conocía, pero he salido a bautizar con agua, para que sea manifestado a Israel.» 
Y Juan dio testimonio diciendo: «He contemplado al Espíritu que bajaba del cielo como una paloma, y se posó sobre él. Yo no lo conocía, pero el que me envió a bautizar con agua me dijo: “Aquél sobre quien veas bajar el Espíritu y posarse sobre él, ése es el que ha de bautizar con Espíritu Santo.” Y yo lo he visto, y he dado testimonio de que éste es el Hijo de Dios.»
Palabra del Señor

 

COLLATIONES

San Pablo se dirige hoy a los ciudadanos de Corinto y a los que, “invocan el nombre de Jesucristo, Señor de ellos y nuestro”, o como dice San Bernardo: “A los Apóstoles y hombres apostólicos”, o como nos diría el apóstol San Juan, a los que viven en la luz.

En esta luz vive, de ella forma parte, San Juan Bautista. Y aunque él se considere lámpara: “brilló por su ejemplo, su dedo y su palabra. Se nos mostró como modelo a imitar, nos indicó otro astro mucho mayor que pasaba inadvertido y era el único capaz de perdonar los pecados, e iluminó nuestras tinieblas” (San Bernardo).

En realidad, todos los que conocemos al Señor, formamos parte de la luz de la que se dijo: “Te hago luz de las naciones, para que mi salvación alcance hasta el confín de la tierra”.

Hoy San Juan presenta al que es la verdadera Luz y nuestra salvación, con estas palabras: “Este es el Cordero de Dios, que quita el pecado del mundo”. Y es que en Él reconoce, como San Cirilo de Alejandría, al “Cordero que el profeta Isaías nos había predicho, diciendo: Como un cordero llevado al matadero, como oveja ante el esquilador, enmudecía”.

“Yo no lo conocía, pero el que me envió a bautizar con agua me dijo: Aquel sobre quien veas bajar el Espíritu y posarse sobre él, ése es el que ha de bautizar con Espíritu Santo”. “Recibió Juan el ministerio del bautismo con agua de penitencia, para preparar el camino al Señor, cuando el Señor no existía. Pero, cuando el Señor se dio a conocer, superfluamente se le preparaba el camino, porque él se hizo el Camino para quienes le conocieron; así pues, no duró mucho el bautismo de Juan” (San Agustín).

“¡Oh admirable intercambio, mediación incomprensible, beneficios inesperados: que la impiedad de muchos sea cubierta por un solo justo, y que la justicia de uno solo justifique a tantos impíos!”, (Carta a Diogneto).

 

San Bernardo:

A los Apóstoles y hombres apostólicos se recomienda encarecidamente: Que vuestra luz ilumine a los hombres. Como si dijera: estad encendidos y arded con fuerza, y de ese modo no temeréis el soplo y el ímpetu de los vientos. Eso mismo se dijo a Juan. Pero aquéllos lo escuchan sólo con los oídos, este, en cambio, lo aprendió internamente como los ángeles, porque nadie está tan cerca de Dios como la voz que precede al Verbo. Ahí sobran las palabras externas e intermedias para comunicarse. Juan no recibió su sabiduría por la predicación, sino por la inspiración que recibió en plenitud del Espíritu en el seno de su madre.

Sí, fue una antorcha ardiente y abrasada, tan invadido del fuego celeste que sintió la presencia de Cristo antes de ser consciente de sí mismo. Un fuego nuevo acaba de ser arrojado del cielo y había entrado por la boca de Gabriel en el oído de una virgen. Y ahora la boca de la Virgen lo hace llegar al niño por el oído de su madre. Desde ese momento el Espíritu Santo toma posesión de su instrumento elegido y lo convierte en lámpara de Cristo, el Señor.

Desde entonces fue una lámpara encendida, aunque escondida momentaneamente bajo el celemín. Pronto estará sobre el candelero y alumbrará a todos los que estén en la casa del Señor. Entonces sólo podía iluminar al celemín, esto es, a su madre, y lo hizo revelándole con saltos de gozo el gran misterio de la misericordia. ¿Quién soy yo, dice ella, para que me visite la madre de mi Señor? ¡Mujer!, ¿quién te dijo que es la madre del Señor? ¿De qué me conoces? Ella responde: En cuanto tu saludo llegó a mis oídos, la criatura saltó de gozo en mi vientre.

Aquel fue el momento en que llenó de luz al celemín, en el que se ocultaba. Ese celemín conocía ya muy bien la antorcha encendida que poco después alumbraría al mundo entero con nuevos resplandores. Era una lámpara encendida y resplandeciente. No dice: “resplandeciente y encendida”. El ardor de Juan no procedía de su brillo, sino al contrario, el resplandor emanaba de su ardor. Porque hay algunos que no lucen porque arden, sino que arden para lucir. A éstos no les inflama el espíritu de caridad, sino el ansia de vanidad.

 ¿Queréis conocer cómo ardió y brilló Juan? Yo creo que podemos hallar en él tres maneras de arder y de iluminar. Ardía en sí mismo con una gran austeridad de vida, ardía para Cristo con un fuego de amor profundo y total, y ardía con los pecadores amonestándoles sin cesar y libremente. Para ser más concisos, brilló por su ejemplo, su dedo y su palabra. Se nos mostró como modelo a imitar, nos indicó otro astro mucho mayor que pasaba inadvertido y era el único capaz de perdonar los pecados, e iluminó nuestras tinieblas, como dice la Escritura: Señor, tú enciendes mi lámpara, alumbra mis tinieblas, para que me corrija. (EN EL NACIMIENTO DE SAN JUAN BAUTISTA. 4-5)

San Agustín de Hipona:

Esto sucedió en Betania, al otro lado del Jordán, donde estaba Juan bautizando. Al día siguiente vio Juan venir a Jesús hacia él y dijo: He aquí el Cordero de Dios, he aquí el que quita el pecado del mundo. Nadie se arrogue y diga que él retira el pecado del mundo. Atended ya contra qué soberbios estiraba Juan el dedo. Aún no habían nacido los herejes y ya eran delatados. Desde el río clamaba entonces contra esos contra los que ahora clama desde el evangelio. Viene Jesús, y aquél ¿qué dice? He aquí el Cordero de Dios. Si un cordero es inocente, Juan es también cordero. ¿O acaso no es inocente también él? ¿Pero quién será inocente?¿Y hasta qué punto? Todos vienen del mugrón y del linaje sobre los que David cantaba con gemidos: Yo fui concebido en medio de iniquidad, y entre pecados me alimentó mi madre en el útero. Cordero, pues, es sólo aquel que no ha venido así, pues no fue concebido en medio de iniquidad, porque no fue concebido a partir de la condición mortal; tampoco entre pecados alimentó su madre en el útero a ese que concibió virgen y virgen parió, porque lo concibió por la fe y por la fe lo recibió. He aquí, pues, el Cordero de Dios. Ése no tiene de Adán el mugrón; de Adán tomó sólo la carne, no asumió el pecado. Quien de nuestra masa no asumió el pecado, ése es el que quita nuestro pecado. He aquí el Cordero de Dios, he aquí el que quita el pecado del mundo.

¡Qué grandeza la de Juan! Se le dice: «¿Eres tú el Mesías?». Dice: «No». «¿Eres tú Elías?». Dice: «No». «¿Eres tú el Profeta?». Dice: «No». ¿Por qué, pues, bautizas? He aquí el Cordero de Dios, he aquí el que quita el pecado del mundo. Éste es de quien dije: Detrás de mí viene un varón que ha sido hecho antes de mí porque estaba primero que yo. Viene detrás de mí, porque ha nacido después; ha sido hecho antes de mí, porque ha sido preferido a mí; estaba primero que yo, porque En el principio existía la Palabra, y la Palabra existía en Dios, y la Palabra era Dios.

Yo no le conocía, dijo; pero, para que fuese manifestado a Israel, por eso he venido yo a bautizar con agua. Y Juan dio testimonio, diciendo que «he visto al Espíritu descender del cielo como una paloma y se quedó sobre él; y yo no le conocía; pero, quien me envió a bautizar con agua, él me dijo: «Sobre quien veas al Espíritu descender y quedarse sobre él, éste es quien bautiza con Espíritu Santo». Y yo he visto y he testificado que éste es el Hijo de Dios». Atienda un poco Vuestra Caridad. ¿Cuándo conoció Juan a Cristo? Fue enviado, en efecto, a bautizar con agua. Y surge la pregunta: ¿para qué? Para que fuese manifestado a Israel, dijo. ¿Para qué sirvió el bautismo de Juan? Hermanos míos, si sirvió de algo, subsistiría incluso en este momento, los hombres se bautizarían con el bautismo de Juan y así vendrían al bautismo de Cristo. Pero ¿qué dice? Para que fuese manifestado a Israel. Esto es, vino a bautizar con agua, para que Cristo fuese manifestado a Israel mismo, al pueblo de Israel. Recibió Juan el ministerio del bautismo con agua de penitencia, para preparar el camino al Señor, cuando el Señor no existía. Pero, cuando el Señor se dio a conocer, superfluamente se le preparaba el camino, porque él se hizo el Camino para quienes le conocieron; así pues, no duró mucho el bautismo de Juan. Pero ¿cómo se manifestó el Señor? En condición baja, para que, por eso, Juan recibiera el bautismo con que sería bautizado el Señor en persona.

Y ¿necesitaba el Señor ser bautizado? También preguntado, respondo yo inmediatamente: ¿Necesitaba el Señor nacer? ¿Necesitaba el Señor ser crucificado? ¿Necesitaba el Señor morir? ¿Necesitaba el Señor ser sepultado? Si, pues, por nosotros recibió tamañas humillaciones, ¿no iba a recibir el bautismo? ¿Para qué sirvió que recibiese el bautismo del siervo? Para que tú no te desdeñes de recibir el bautismo del Señor… Vino en persona al bautismo de su siervo y, aunque no tenía nada que se le perdonase ni que se lavase en él, de un siervo recibió el bautismo. Parece como si hablase a un hijo que se ensoberbece, se encumbra y que quizá se desdeña de recibir con ignorantes aquello de donde pueda venirle la salvación, y que le dijera: «¿Cuánto te creces? ¿Cuánto te encumbras? ¿Cuánta es tu excelencia? ¿Cuánta tu gracia? ¿Puede ser mayor que la mía? Si yo vine al siervo, ¿te desdeñas tú de venir al Señor? Si yo recibí el bautismo del siervo, ¿te desdeñas tú de que te bautice el Señor?»

Y, para que sepáis, hermanos míos, que el Señor venía a Juan mismo no por necesidad de algún vínculo de pecado, al venir el Señor a ser bautizado, Juan, como dicen otros evangelistas, pregunta: ¿Tú vienes a mí? Yo debo ser bautizado por ti. ¿Y qué le respondió él? Deja ahora; cúmplase toda justicia. ¿Qué significa «cúmplase toda justicia»? He venido a morir por los hombres; ¿no tengo que ser bautizado por los hombres? ¿Qué significa «cúmplase toda justicia»? Cúmplase toda clase de abajamiento. ¿Qué, pues? ¿De un siervo bueno no iba a recibir el bautismo quien de siervos malvados recibió la pasión? Atended, pues. Si Juan bautizó precisamente para que en su bautismo mostrase el Señor el abajamiento, ¿ningún otro iba a ser bautizado con el bautismo de Juan, una vez bautizado el Señor? Ahora bien, muchos fueron bautizados con el bautismo de Juan. Fue bautizado el Señor con el bautismo de Juan, y cesó el bautismo de Juan. En seguida fue enviado Juan a la cárcel; desde entonces, de nadie se sabe que haya sido bautizado con ese bautismo.

(Tratados sobre el Evangelio de San Juan. Tratado 4, 10-14)

 

San Cirilo de Alejandría:

Hemos de explicar quién es ése que está ya presente, y cuáles fueron las motivaciones que indujeron a bajar hasta nosotros al que vino del cielo. Dice en efecto: Este es el Cordero de Dios, Cordero que el profeta Isaías nos había predicho, diciendo: Como un cordero llevado al matadero, como oveja ante el esquilador, enmudecía. Cordero prefigurado ya antes por la ley de Moisés. Sólo que entonces la salvación era parcial y no derramaba sobre todos su misericordia: se trataba de un tipo y una sombra. Ahora, en cambio, aquel cordero, enigmáticamente en otro tiempo prefigurado, aquella víctima inmaculada, es llevada por todos al matadero, para que quite el pecado del mundo, para derribar al exterminador de la tierra, para abolir la muerte muriendo por todos nosotros, para cancelar la maldición que pesaba sobre la humanidad, para anular finalmente la vieja condena: Eres polvo y al polvo volverás, para que sea él el segundo Adán, no de la tierra, sino del cielo, y se convierta en origen de todo el bien de la naturaleza humana, en solución de la muerte introducida en el mundo, en mediador de la vida eterna, en causa del retorno a Dios, en principio de la piedad y de la justicia, en camino, finalmente, para el reino de los cielos.

Y en verdad, un solo cordero murió por todos, preservando así toda la grey de los hombres para Dios Padre: uno por todos, para someternos todos a Dios; uno por todos, para ganarlos a todos; en fin, para que todos no vivan ya para sí, sino para el que murió y resucitó por ellos.

Estando efectivamente implicados en multitud de pecados y siendo, en consecuencia, esclavos de la muerte y de la corrupción, el Padre entregó a su Hijo en rescate por nosotros, uno por todos, porque todos subsisten en él y él es mejor que todos. Uno ha muerto por todos, para que todos vivamos en él.

La muerte que absorbió al Cordero degollado por nosotros, también en él y con él se vio precisada a devolvernos a todos la vida. Todos nosotros estábamos en Cristo, que por nosotros y para nosotros murió y resucitó. Abolido, en efecto, el pecado, ¿quién podía impedir que fuera asimismo abolida por él la muerte, consecuencia del pecado? Muerta la raíz, ¿cómo puede salvarse el tallo? Muerto el pecado, ¿qué justificación le queda a la muerte? Por tanto, exultantes de legítima alegría por la muerte del Cordero de Dios, lancemos el reto: ¿Dónde está, muerte, tu victoria? ¿Dónde está, infierno, tu aguijón?

Como en cierto lugar cantó el salmista: A la maldad se le tapa la boca, y en adelante no podrá ya seguir acusando a los que pecan por fragilidad, porque Dios es el que justifica. Cristo nos rescató de la maldición de la ley, haciéndose por nosotros un maldito, para que nosotros nos veamos libres de la maldición del pecado.

(Comentario sobre el evangelio de san Juan. Libro)

San Clemente de Roma:

La Iglesia de Dios que peregrina en Roma, a la Iglesia de Dios que peregrina en Corinto: a los llamados y consagrados en la voluntad de Dios por nuestro Señor Jesucristo. Que la gracia y la paz se multipliquen entre vosotros de parte de Dios omnipotente por mediación de Jesucristo.

A causa de las súbitas y sucesivas calamidades y adversidades que nos han sobrevenido, consideramos, hermanos, habernos demorado demasiado en interesarnos de los problemas controvertidos entre vosotros. Nos referimos, queridos, a la impía y detestable sedición, absolutamente impropia de los elegidos de Dios, suscitada por un puñado de hombres audaces y temerarios con una insolencia tal, que vuestro nombre, celebrado e ilustre y digno de ser amado por todos, ha venido a ser gravemente ultrajado.

Porque, ¿quién que haya convivido un tiempo entre vosotros, no se hizo lenguas de vuestra fe adornada de todas las virtudes, firme y estable? ¿Quién no admiró vuestra sobria y modesta piedad para con Cristo? ¿Quién no encomió vuestro espléndido y generoso sentido de la hospitalidad? ¿Quién no os felicitó por vuestro conocimiento, cabal y seguro?

Todo lo hacíais ciertamente sin discriminaciones y caminabais según la ley de Dios, sumisos a vuestros dirigentes, tributando el debido honor a los presbíteros constituidos entre vosotros; recomendabais a vuestros jóvenes sentimientos de moderación y honestidad; mandasteis a las mujeres que se comportaran en todo con una conciencia intachable, honesta y casta, amando, sinceramente a sus maridos, y, manteniéndose dentro de los límites de la acostumbrada sumisión, les enseñasteis a administrar con seriedad los asuntos domésticos, conduciéndose con absoluta honestidad.

(Comienza la carta a los Corintios. 1)

Carta a Diogneto:

«Nadie jamás ha visto ni ha conocido a Dios, pero Él ha querido manifestarse a Sí mismo. Se manifestó a través de la fe, que es la única a la que se le concede ver a Dios. Porque Dios es Señor y Creador de todas las cosas, que todo lo hizo y todo lo dispuso con orden, no sólo amó a los hombres, sino que también fue paciente con ellos. Siempre lo fue, lo es y lo será: bueno, benigno, exento de toda ira, veraz; más aún Él, es el único bueno. Después de haber concebido un designio grande e inefable se lo comunicó a su único Hijo. «Mientras mantenía oculto su sabio designio y lo reservaba para Sí, parecía abandonarnos y olvidarse de nosotros. Pero, cuando lo reveló por medio de su amado Hijo y manifestó lo que había establecido desde el principio, nos dio juntamente todas las cosas: participar de sus beneficios y ver y comprender sus designios. ¿Quién de nosotros hubiera esperado jamás tanta generosidad? «Dios, que todo lo había dispuesto junto con su Hijo, permitió que hasta el tiempo anterior a la venida del Salvador viviéramos desviados del camino recto, atraídos por los deleites y concupiscencias, y nos dejáramos arrastrar por nuestros impulsos desordenados… Nos dio a su propio Hijo como precio de nuestra redención: entregó al que es santo para redimir a los impíos, al inocente por los malos, al justo por los injustos, al incorruptible por los corruptibles, al inmortal por los mortales… «¡Oh admirable intercambio, mediación incomprensible, beneficios inesperados: que la impiedad de muchos sea cubierta por un solo justo, y que la justicia de uno solo justifique a tantos impíos!» (Diogneto 8).

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