Domingo 4º del Tiempo Ordinario – Ciclo A.-

29 de enero de 2017

Domingo 4º del Tiempo Ordinario

- Ciclo A.-

Primera lectura

Lectura de la profecía de Sofonías (2,3;3,12-13):

Buscad al Señor, los humildes, que cumplís sus mandamientos; buscad la justicia, buscad la moderación, quizá podáis ocultaros el día de la ira del Señor. «Dejaré en medio de ti un pueblo pobre y humilde, que confiará en el nombre del Señor. El resto de Israel no cometerá maldades, ni dirá mentiras, ni se hallará en su boca una lengua embustera; pastarán y se tenderán sin sobresaltos.»
Palabra de Dios

 

Salmo

Sal 145,7.8-9a.9bc-10


R/.
 Dichosos los pobres en el espíritu,
porque de ellos es el reino de los cielos


El Señor mantiene su fidelidad perpetuamente,
él hace justicia a los oprimidos,
él da pan a los hambrientos.
El Señor liberta a los cautivos. R/.

El Señor abre los ojos al ciego,
el Señor endereza a los que ya se doblan,
el Señor ama a los justos,
el Señor guarda a los peregrinos. R/.

Sustenta al huérfano y a la viuda
y trastorna el camino de los malvados.
El Señor reina eternamente,
tu Dios, Sión, de edad en edad. R/.

 

Segunda lectura

Lectura de la primera carta del apóstol san Pablo a los Corintios (1,26-31):

Fijaos en vuestra asamblea, hermanos, no hay en ella muchos sabios en lo humano, ni muchos poderosos, ni muchos aristócratas; todo lo contrario, lo necio del mundo lo ha escogido Dios para humillar a los sabios, y lo débil del mundo lo ha escogido Dios para humillar el poder. Aún más, ha escogido la gente baja del mundo, lo despreciable, lo que no cuenta para anular a lo que cuenta, de modo que nadie pueda gloriarse en presencia del Señor. Por él vosotros sois en Cristo Jesús, en este Cristo que Dios ha hecho para nosotros sabiduría, justicia, santificación y redención. Y así, como dice la Escritura, «el que se gloríe, que se gloríe en el Señor».

Palabra de Dios

Evangelio

Lectura del santo evangelio según san Mateo (5,1-12a):

En aquel tiempo, al ver Jesús el gentío, subió a la montaña, se sentó, y se acercaron sus discípulos; y él se puso a hablar, enseñándoles: «Dichosos los pobres en el espíritu, porque de ellos es el reino de los cielos. Dichosos los que lloran, porque ellos serán consolados. Dichosos los sufridos, porque ellos heredarán la tierra. Dichosos los que tienen hambre y sed de la justicia, porque ellos quedarán saciados. Dichosos los misericordiosos, porque ellos alcanzarán misericordia. Dichosos los limpios de corazón, porque ellos verán a Dios. Dichosos los que trabajan por la paz, porque ellos se llamarán los Hijos de Dios. Dichosos los perseguidos por causa de la justicia, porque de ellos es el reino de los cielos. Dichosos vosotros cuando os insulten y os persigan y os calumnien de cualquier modo por mi causa. Estad alegres y contentos, porque vuestra recompensa será grande en el cielo.»

Palabra del Señor

COLLATIONES

“Dejaré en medio de ti un pueblo pobre y humilde, que confiará en el nombre del Señor”, decía el profeta Sofonías, y este pueblo constituye la asamblea de la que hoy nos habla San Pablo. Asamblea “escogida” por el Señor, formada por necios para humillar a los sabios, y por débiles para humillar a los poderosos. Asamblea formada por esos pobres de espíritu de los que hablan las bienaventuranzas y que son, como dice San Agustín: “los humildes y aquellos que temen a Dios, es decir, los que no poseen un espíritu hinchado”.

Esta asamblea ha sido escogida de modo que nadie pueda gloriarse en presencia del Señor” y, por tanto, que como dice San Pablo: “El que se gloríe, que se gloríe en el Señor”. Es San Basilio el que nos explica que: “En esto consiste la sublimidad del hombre, su gloria y su dignidad, en conocer dónde se halla la verdadera grandeza y adherirse a ella, en buscar la gloria que procede del Señor de la gloria”. Nuestra gloria está por lo tanto en el Señor, “¿En qué Señor? En Cristo crucificado. Donde está la humildad, está también la majestad; donde la debilidad, allí el poder; donde la muerte, allí también la vida. Si quieres llegar a lo segundo, no desprecies lo primero” (San Agustín).

Hoy hemos leído las Bienaventuranzas, que son, como dice San Agustín: “la forma definitiva de vida cristiana, en lo que se refiere a una recta moralidad”. Y de las que nos dirá San Bernardo: “Observa cómo por las tres primeras bienaventuranzas se reconcilia el alma consigo misma; por las dos siguientes con el prójimo; por la sexta con Dios, y por la séptima reconcilia a otros hombres como partícipe de la gracia de Dios y favorecido con su dichosa familiaridad”. Y añade algo por lo que también nos podemos llamar dichosos: “¡Dichosos quienes oyeron hablar físicamente a la Sabiduría! ¡Dichosos quienes escucharon las palabras de la Palabra de Dios, lo que proferían sus labios! También nosotros podemos escuchar sus mismas palabras, aunque no sea directamente de él”. Porque sus palabras: “Fueron pronunciadas para los que las oyeron sobre el monte, pero se consignaron por escrito para cuantos sin excepción habían de venir después” (San Juan Crisóstomo).

San Basilio Magno:

No se gloríe el sabio de su sabiduría, no se gloríe el fuerte de su fortaleza, no se gloríe el rico de su riqueza.

Entonces, ¿en qué puede gloriarse con verdad el hombre? ¿Dónde halla su grandeza? Quien se gloría —continúa el texto sagrado—, que se gloríe de esto: de conocerme y comprender que soy el Señor.

En esto consiste la sublimidad del hombre, su gloria y su dignidad, en conocer dónde se halla la verdadera grandeza y adherirse a ella, en buscar la gloria que procede del Señor de la gloria. Dice, en efecto, el Apóstol: El que se gloríe, que se gloríe en el Señor, afirmación que se halla en aquel texto: Cristo, que Dios ha hecho para nosotros sabiduría, justicia, santificación y redención; y así —come dice la Escritura— «El que se gloríe, que se gloríe en el Señor».

Por tanto, lo que hemos de hacer para gloriarnos de un modo perfecto e irreprochable en el Señor es no enorgullecernos de nuestra propia justicia, sino reconocer que en verdad carecemos de ella y que lo único que nos justifica es la fe en Cristo.

En esto precisamente se gloría Pablo, en despreciar su propia justicia y en buscar la que se obtiene por la fe y que procede de Dios, para así tener íntima experiencia de Cristo, del poder de su resurrección y de la comunión en sus padecimientos, muriendo su misma muerte, con la esperanza de alcanzar la resurrección de entre los muertos.

Así caen por tierra toda altivez y orgullo. El único motivo que te queda para gloriarte, oh hombre, y el único motivo de esperanza consiste en hacer morir todo lo tuyo y buscar la vida futura en Cristo; de esta vida poseemos ya las primicias, es algo ya incoado en nosotros, puesto que vivimos en la gracia y en el don de Dios.

Y es el mismo Dios quien activa en nosotros el querer y la actividad para realizar su designio de amor. Y es Dios también el que, por su Espíritu, nos revela su sabiduría, la que de antemano destinó para nuestra gloria. Dios nos da fuerzas y resistencia en nuestros trabajos. He trabajado más que todos —dice Pablo—aunque no he sido yo, sino la gracia de Dios conmigo.

Dios saca del peligro más allá de toda esperanza humana. En nuestro interior —dice también el Apóstol— dimos por descontada la sentencia de muerte; así aprendimos a no confiar en nosotros, sino en Dios, que resucita a los muertos. Él nos salvó y nos salva de esas muertes terribles; en él está nuestra esperanza, y nos seguirá salvando. (Homilía 20, sobre la humildad, 3)

San Agustín:

¿Hay cosa más segura que gloriarse en aquel que no puede ser motivo de vergüenza absolutamente para nadie? En efecto, si te glorías en el hombre, puedes hallar en él algunas cosas, quizá muchas, que produzcan vergüenza a quien pone en él su gloria. Si oyes que no hay que gloriarse en el hombre, tampoco en ti has de hacerlo, pues eres hombre… El mismo hecho de gloriarse en sí mismo es la declaración manifiesta de la necedad. Por lo tanto, quien se gloríe, que se gloríe en el Señor. Nada hay más seguro, nada que ofrezca más garantías…

Si tienes celo de Dios y quieres tenerlo según ciencia, perteneciendo a la nueva alianza, a la que no pudieron pertenecer los judíos porque su celo de Dios no era según ciencia, reconoce que la justicia es de Dios y no quieras atribuírtela a ti, si tienes alguna. Si vives rectamente, si cumples los mandamientos de Dios, no lo pongas en tu haber, pues en esto consiste el querer establecer la propia justicia. Reconoce de quién has recibido y tienes lo que has recibido. Pues nada tienes que no hayas recibido. Y si lo has recibido, ¿por qué te glorías como si no lo hubieses recibido? Cuando te glorías como si no lo hubieses recibido, pones tu gloria en ti mismo. ¿Dónde queda entonces aquello: Quien se gloríe, que se gloríe en el Señor? Quédate con el don, pero reconoce quien te lo ha donado...

Por tanto, si nos es posible, no busquemos algo que pueda subir a nuestro corazón, sino algo a donde merezca subir nuestro corazón. En efecto, merecerá ser glorificado con el Rey quien haya aprendido a poner su gloria en el Crucificado. El Apóstol vio no sólo adónde subir, sino también por dónde. Muchos hubo que vieron el adónde, pero no el por dónde; amaron la patria excelsa, pero desconocieron el camino de la humildad. Precisamente porque sabía el Apóstol el adónde y el por dónde, a ciencia y conciencia, dijo: Lejos de mí el gloriarme, a no ser en la cruz de nuestro Señor Jesucristo. Podía haber dicho: «En la sabiduría de nuestro Señor Jesucristo», y hubiese dicho la verdad. O también: «En la majestad», y hubiese dicho la verdad. O igualmente: «En el poder», siendo igualmente verdad; pero dijo: en la cruz. Donde el filósofo del mundo encontró motivo para ruborizarse, allí encontró el Apóstol un tesoro; debido a que no despreció la vil cáscara, llegó al precioso fruto. Lejos de mí —dijo— gloriarme a no ser en la cruz de nuestro Señor Jesucristo. Gran peso soportaste sin buscar ninguna otra cosa, y así mostraste cuán grande era lo que se ocultaba dentro. ¿Cuál fue la ayuda? Por quien —dijo— el mundo está crucificado para mí y yo para el mundo. ¿Cuándo iba a estar crucificado el mundo para ti, si no hubiese sido crucificado por ti el autor del mundo? Por lo tanto, quien se gloríe, que se gloríe en el Señor. ¿En qué Señor? En Cristo crucificado. Donde está la humildad, está también la majestad; donde la debilidad, allí el poder; donde la muerte, allí también la vida. Si quieres llegar a lo segundo, no desprecies lo primero. (Sermón 160, 1-2,4)

Si alguno con fe y con seriedad examinara el discurso que Nuestro Señor Jesucristo pronunció en la montaña, como lo leemos en el Evangelio de San Mateo, considero que encontraría la forma definitiva de vida cristiana, en lo que se refiere a una recta moralidad. Y esto no lo decimos a la ligera, sino que lo deducimos de las mismas palabras del Señor; en efecto, de tal manera concluye el sermón, que parece estar presente todo aquello que pertenece a una recta información de la vida cristiana. Pues dice así: Todo aquel que oye estas palabras mías y las lleva a la práctica... Pero no dijo solo quien escucha mis palabras, sino que añadió: quien escucha estas palabras mías, indicando con estas palabras que pronunció el Señor sobre el monte y que informan de tal manera la vida de aquellos que quieran vivir según ellas, que con toda razón se pueda comparar a aquel que edificó sobre piedra. Queriendo decir con esto que en el discurso aparecen todas las normas que regulan la existencia cristiana…

Pero oigamos a aquel que dice: Felices los pobres en el espíritu, porque de ellos es el reino de los cielos. Leemos que se ha escrito sobre el deseo de los bienes de la tierra: Todo es vanidad y presunción del espíritu; ahora bien, presunción del espíritu significa arrogancia y soberbia. El común de la gente dice que los soberbios poseen un gran espíritu ciertamente, y es porque también en algunos momentos al viento se le llama espíritu. Por esto, en la Escritura leemos: el fuego, granizo, nieve, hielo, espíritu de tempestad. ¿Quién podría ignorar que los soberbios son considerados inflados, como si estuviesen dilatados por el viento? De donde viene aquello del Apóstol: La ciencia hincha, la caridad edifica. También por esto en el texto bíblico son significados como pobres en el espíritu los humildes y aquellos que temen a Dios, es decir, los que no poseen un espíritu hinchado. Y no debía comenzar la bienaventuranza de otro modo, dado que debe llegar a conseguir la suma sabiduría. En efecto, el principio de la sabiduría es el temor del Señor, puesto que, por el contrario, está escrito que el principio de todo pecado es la soberbia. Por consiguiente, los soberbios apetezcan y amen los reinos de la tierra: Bienaventurados los pobres en el espíritu, porque de ellos es el Reino de los cielos.

Felices los humildes, porque poseerán la tierra por herencia…  Son humildes quienes ceden ante los atropellos de quienes son víctimas y no hacen resistencia a la ofensa, sino que vencen el mal con el bien. Litiguen, pues, los soberbios y luchen por los bienes de la tierra y del tiempo; no obstante, felices los humildes, porque tendrán como heredad la tierra, aquella de la cual no han podido ser expulsados.

Felices los que lloran, porque ellos serán consolados. El luto es la tristeza por la pérdida de los seres queridos. Los convertidos a Dios pierden todo aquello a lo que estaban abrazados en este mundo; pues ya no se alegran con las cosas que se alegraban en otro tiempo y, mientras que no se produzca en ellos el amor de los bienes eternos, están doloridos de una cierta tristeza. Serán, pues, consolados por el Espíritu Santo, ya que especialmente por esto se le llama Paráclito, es decir Consolador, a fin de que, dejando las cosas temporales, se gocen en las eternas alegrías.

Felices los que tienen hambre y sed de la justicia, porque serán saciados. Se refiere aquí a los amadores del bien verdadero y eterno. Serán, pues, saciados de aquella comida de la que dijo el Señor: Mi comida es hacer la voluntad de mi Padre, que es la justicia, y de aquella agua de la cual quien beba, como Él mismo dice, se convertirá en él en fuente de agua que salta hacia la vida eterna.

Felices los misericordiosos, porque de ellos se hará misericordia. Llama felices a los que socorren a los infelices, porque a ellos se les dará como contrapartida el ser librados de la infelicidad.

Felices los que tiene un corazón limpio, porque ellos verán a Dios. Son insensatos los que buscan a Dios con los ojos del cuerpo, dado que se le ve con el corazón, como está escrito en otro lugar: Buscadlo con sencillez de corazón. Un corazón limpio es un corazón sencillo. Y como esta luz del día solo puede ser vista con ojos limpios, así no se puede ver a Dios si no está limpia la facultad con la cual puede ser visto.

Felices los hacedores de paz, porque se llamarán los hijos de Dios. La perfección está en la paz, donde no hay oposición alguna; y, por tanto, son hijos de Dios los pacíficos, porque nada en ellos resiste a Dios; pues, en verdad, los hijos deben tener la semejanza del Padre. Son hacedores de paz en ellos mismos los que, ordenando y sometiendo toda la actividad del alma a la razón, es decir a la mente y a la conciencia, y dominando todos los impulsos sensuales, llegan a ser Reino de Dios, en el cual de tal forma están todas las cosas ordenadas, que aquello que es más principal y excelso en el hombre, mande sobre cualquier otro impulso común a hombres y animales, y lo que sobresale en el hombre, es decir la razón y la mente, se someta a lo mejor, que es la misma verdad, el Unigénito del Hijo de Dios. Pues nadie puede mandar a lo inferior si él mismo no se somete a lo que es superior a él. Esta es la paz que se da en la tierra a los hombres de buena voluntad, es la vida dada al sabio en el culmen de su perfección. De este mismo reino tranquilo y ordenado ha sido echado fuera el príncipe de este mundo, que es quien domina a los perversos y desordenados. Establecida y afianzada esta paz interior, sea cual fuere el tipo de persecución que promueva quien ha sido echado fuera, crece la gloria que es según Dios; y no podrá derribar parte alguna de aquel edificio y con la ineficacia o impotencia de las propias máquinas de la guerra, significa la gran solidez con que está estructurada desde el interior. Por esto continúa: Felices aquellos que sufren persecución por ser honestos, porque de ellos es el reino de los cielos.

Todas estas bienaventuranzas constituyen ocho sentencias. Y como convocando a otros, se dirige, no obstante, a los presentes diciéndoles: Seréis felices cuando hablen mal de vosotros y os persigan. Hablaba en general en las sentencias anteriores, pues no dijo: Felices los pobres en el espíritu, porque vuestro es el reino de los cielos, sino porque de ellos es el reino de los cielos; ni dijo: Felices los mansos, porque vosotros poseeréis la tierra; sino, porque ellos poseerán la tierra; y así las otras sentencias hasta la octava a la que añade: Bienaventurados los que padecen persecución por ser honestos, porque de ellos es el reino de los cielos. Ahora comienza a hablar dirigiéndose ya a los presentes, si bien es verdad que los aforismos que habían sido enunciados anteriormente, se dirigen también a aquellos que, estando presentes, escuchaban; y éstos, que parecen ser dichos de modo especial para los presentes, se refieren también a los ausentes o a los que vendrán en el futuro. Por lo cual hay que considerar con mucha diligencia este número de las sentencias. Comienza la bienaventuranza por la humildad: Felices los pobres de espíritu, es decir, los que no son hinchados, cuando el alma se somete a la divina autoridad, ya que teme ir a la perdición después de esta vida, aunque, quizás, le parezca ser feliz en esta vida. Como consecuencia llega al conocimiento de la Sagrada Escritura, donde con espíritu de piedad aprende la mansedumbre, para que nunca se propase a condenar aquello que los profanos juzgan absurdo y no se haga indócil sosteniendo obstinadas contiendas. De aquí comienza a entender con qué lazos de la vida presente se siente impedida mediante la costumbre sensual y los pecados. Por consiguiente, en el tercer grado, en el cual se halla la ciencia, se llora la pérdida del sumo bien que sacrificó, adhiriéndose a los más ínfimos y despreciables. En el cuarto grado está presente el trabajo, que se da cuando el alma hace esfuerzos vehementes para separarse de las cosas que le cautivan con funesta delectación. Aquí tiene hambre y sed de honestidad y es muy necesaria la fortaleza, ya que no se deja sin dolor lo que se posee con delectación. En el quinto grado se da el consejo de dejar a un lado a quienes persisten en el esfuerzo, ya que, si no son ayudados por un ser superior, no son absolutamente capaces de desembarazarse de las múltiples complicaciones de tantas miserias. Pues es un justo consejo que, quien quiere ser ayudado por un ser superior, ayude a otros más débiles en aquello en que él es más fuerte. Así pues, felices los misericordiosos, porque a ellos se les hará misericordia. En el sexto grado se tiene la pureza del corazón, que, consciente de las buenas obras, anhela contemplar el sumo bien que solo se puede vislumbrar con mente pura y serena. Finalmente, la séptima bienaventuranza es la misma sabiduría, es decir, la contemplación de la verdad que pacifica a todo el hombre al recibir la semejanza de Dios y así concluye: Felices los pacíficos, porque se llamarán hijos de Dios. La octava vuelve al principio, ya que muestra y prueba que se ha consumado y perfeccionado. De hecho, en el primero y en el octavo se nombra el reino de los cielos: Felices los pobres en el espíritu, porque de ellos es el reino de los cielos, y felices los que padecerán persecución por la justicia, porque de ellos es el reino de los cielos. De hecho, leemos en la Escritura: ¿Quién nos separará de la caridad de Cristo: quizás la tribulación, la angustia, la persecución, el hambre, la desnudez, el peligro, la espada? Son siete, por tanto, las bienaventuranzas que llevan al cumplimiento; pues la octava, como volviendo todavía al principio, clarifica y muestra lo que ha sido cumplido, a fin de que a través de estos grados sean completados también los demás. (Sermón de la montaña. Libro I: Capítulo I, 1,3. Capítulo II, 4-9. Capítulo III, 10)

San Juan Crisóstomo:

Escuchemos con toda diligencia Sus palabras. Fueron pronunciadas para los que las oyeron sobre el monte, pero se consignaron por escrito para cuantos sin excepción habían de venir después. De ahí justamente que mirara el Señor, al hablar, a sus discípulos, pero sin limitar a ellos sus palabras. Las bienaventuranzas se dirigen, sin limitación alguna a todos los hombres. No dijo en efecto: “bienaventurados vosotros, si sois pobres”, sino: “bienaventurados los pobres”. Cierto que a ellos se lo dijo, pero el consejo tenía validez para todos… «Hay muchas maneras de ser humilde. Hay quienes son humildes moderadamente, y hay quienes llevan la humildad a su último extremo. Ésta es la humildad que alaba el bienaventurado profeta cuando, describiéndonos un alma no contrita simplemente, sino un alma hecha pedazos por el dolor, nos dice: “mi sacrificio es un espíritu quebrantado; un corazón quebrantado y humillado Tú no lo desprecias”. Ésta es la humildad que Cristo proclama ahora bienaventurada. (Homilía 15,1).

San Bernardo:

Al ver Jesús el gentío subió a la montaña. Los miraba con ojos compasivos, porque andaban como ovejas dispersas, sin pastor. ¿Por qué subió a la montaña antes de comenzar a hablar? Para enseñarnos que quienes predican la palabra divina deben elevarse sobre los demás y escalar el monte de la virtud por los deseos de su alma y sus costumbres honestas.

Se sentó y se le acercaron sus discípulos. Se sentó, porque de otro modo nadie podría aproximarse a un gigante como él. Se dignó inclinarse y humillarse hasta sentarse, y decir a su Padre: Me conoces cuando me siento o me levanto. Cuando está de pie, ni los mismos ángeles pueden acercarse a él. Mas ahora, sentado pueden acudir a el los publicanos y pecadores, María Magdalena y el ladrón clavado en una cruz.

Se sentó y se le acercaron sus discípulos. No se acercaron a él con el movimiento de sus pies, sino con el afecto de su corazón y la imitación de sus virtudes. Y precisa acertadamente que no fue el gentío, ni unos cualesquiera quienes se le acercaron, sino sus discípulos. Cuando se realizó la antigua Alianza en el monte Sinaí, sólo Moisés estaba en la montaña y el pueblo esperaba en la falda. Lo mismo ocurre ahora: los montes reciben la paz para el pueblo y los collados la justicia. Los apóstoles escuchan de noche y al oído lo que ellos pregonarán más tarde en pleno día y desde las azoteas. Por eso sigue diciendo el texto sagrado:

Tomó la palabra y se puso a enseñarles. El que había puesto su palabra en la boca de los Profetas, toma ahora su palabra. Recordad lo que dice el Salmista: Señor, ábreme los labios y mi boca proclamará tu alabanza. El que había hablado en múltiples ocasiones y de muchas maneras por boca de los Profetas, en esta etapa final nos habla él mismo directamente. Parece decirnos: Yo era el que os hablaba y heme aquí con vosotros. ¡Dichosos quienes oyeron hablar físicamente a la Sabiduría! ¡Dichosos quienes escucharon las palabras de la Palabra de Dios, lo que proferían sus labios! También nosotros podemos escuchar sus mismas palabras, aunque no sea directamente de él.

Tomó la palabra se puso a enseñarles así: Dichosos los pobres de espíritu. No cabe duda que es él quien ha dicho esto. El único que posee todos los tesoros del saber y del conocer. Es su doctrina por excelencia; la del que dice en el Apocalipsis: Todo lo hago nuevo. Y mucho antes lo había predicho por la Profecía: Abriré mis labios y anunciaré cosas escondidas desde que empezó el mundo.

¿Hay algo más insondable que una pobreza feliz? Pues lo dice la Verdad, incapaz de engañarse ni de engañar. Dichosos los pobres de espíritu. ¿Por qué, pues, vosotros, insensatos hijos de Adán, seguís buscando y ansiando las riquezas, si la felicidad de los pobres  ya está garantizada por Dios, proclamada en el mundo y aceptada por los hombres? Que las busque el incrédulo, que prescinde de Dios; que las mendigue el judío, aferrado a las promesas terrenas. Pero ¿con qué cara o con qué espíritu puede ir el cristiano tras las riquezas, después que Cristo proclamó dichosos a los pobres? ¿Hasta cuando, hijos bastardos, hasta cuándo os va a dominar la vanidad y tendréis por dichoso al que posee estas cosas visibles y tangibles? El Hijo de Dios tomó la palabra y pregonó la verdad: dichosos los pobres y ¡ay de los ricos!

Observa, empero, que no llama dichosos a cualquier clase de pobres. Porque hay pobres que lo son únicamente por triste necesidad, no por una libertad meritoria. Yo confío que la misericordia divina se compadecerá de su miserable condición. Pero en este momento el Señor no habla de ellos, sino de los que dicen con el Profeta: Te ofreceré un sacrificio voluntario.

Ni toda forma de pobreza voluntaria merece el beneplácito de Dios. Los filósofos también abandonaron todas sus cosas para liberarse de las inquietudes del mundo y entregarse con holgura al estudio de las vanidades. Vaciaban sus arcas e hinchaban sus cabezas. Por eso se nos pide ser pobres de espíritu, es decir, por decisión del espíritu. Dichosos los pobres de espíritu, esto es, los que lo son por un propósito o deseo espiritual, cual es la gloria de Dios o la salvación de las almas. De ellos es el Reino de los cielos. Son realmente dichosos, porque de ellos es el Reino de los cielos…

Fíjate qué remedio tan sabio establece la Sabiduría para el primer pecado. Escúchale: “¿Quieres conseguir el cielo que perdió el Ángel rebelde por confiar en su virtud y en sus inmensas riquezas? Acepta el desprecio de la pobreza y será tuyo”. Pero sigamos.

Dichosos los mansos porque poseerán la tierra. Así es, justamente. Convenía que tras recomendar la pobreza se predicara la mansedumbre, porque al dejar todos los bienes surge muy pronto la tentación de las incomodidades corporales o de un terrible abatimiento. Inútil pobreza que engendra pobres amargados por la murmuración, impacientes y rebeldes. Por eso, después de prometernos el reino se nos dan las arras de este otro reino. De este modo, en frase de la Escritura, tenemos una promesa para esta vida y para la futura; y al hacerse realidad lo de hoy se nos garantiza lo de mañana.

Dichosos los mansos porque poseerán la tierra. Para mi, esta tierra es nuestro cuerpo. El alma que desea poseerlo y dominar sus tendencias debe revestirse de mansedumbre y acatar al que es superior a ella. Como trate a su superior, así le tratará a ella el inferior. La criatura está siempre dispuesta a vengar los agravios hechos a su Creador. Así, pues, el alma que sufre la rebeldía de su carne, vea si está plenamente sumisa a los poderes superiores. Ablándese y humíllese bajo la mano poderosa del Altísimo. Sométase a Dios y obedezca a sus prelados y encontrará muy pronto a su cuerpo sumiso y obediente. Es la Verdad quien proclama dichosos a los mansos, porque poseerán la tierra…

Dichosos los que lloran, porque serán consolados. El caballo salvaje se doma a fuerza de látigo; el alma violenta, con un corazón arrepentido y lágrimas abundantes. Piensa, pues, siempre en tus novísimos; no ceses de contemplar con tu corazón el horror de la muerte, el trance terrible del juicio y el pavor del infierno. Examina las miserias de tu peregrinación, repasa tus años en la amargura de tu alma, medita los peligros de la vida humana, considera tu fragilidad. Si perseveras en esta meditación no te afectarán las molestias externas, porque te absorberá la inquietud interior.

¡Cuánto más feliz hubieras sido, Eva, si tras la culpa hubieras buscado tu consuelo en el llanto! Una vida penitente te hubiera conseguido el perdón…

Dichosos los que tienen hambre y sed de justicia, porque se saciarán. El que tiene hambre, auméntela; y quien desea, desee mucho más; porque recibirá según la grandeza de su deseo. Y no se tendrá en cuenta la imperfección o límites de su deseo; el deseo perfecto supone la posesión total, y ésta requiere la perfección del deseo. Recibirá una medida generosa, colmada, remecida y rebosante. Dichosos los que tienen hambre y sed de justicia, porque se saciarán. Para un paladar espiritual enfermizo y un alma achacosa la justicia resulta algo áspero e insípido. En cambio, los que la saborean conocen bien la felicidad de sus insaciables buscadores: Quedan saciados. ¡Qué hartura tan feliz y gloriosa! ¡Qué convite tan divino! ¡Qué banquete tan apetecible! Está exento de ansiedad y monotonía, porque es la hartura y el deseo infinito. Dichosos los que tienen hambre y sed de justicia, porque se saciarán.

Estas palabras podemos aplicárselas a Adán, que manifestó ciertos vislumbres de justicia al compadecerse de su mujer. Pero no tuvo verdadera hambre de justicia, pues en tal caso hubiera sido justo con su mujer y con su Creador. La mujer necesitaba misericordia y disciplina por ser ella más débil y el marido cabeza de la mujer. Pero Dios merece obediencia y sumisión. ¿No creéis, hermanos, que son muchos los que condenan severamente aquel gesto, y siguen neciamente su ejemplo? Se indignan contra Adán, porque hizo más caso a su mujer que a Dios; y ellos a su vez se dejan guiar continuamente por los criterios de esa otra Eva -su carne- que por los de Dios…

Dichosos los misericordiosos, porque alcanzarán misericordia. Zaqueo sintetiza esto mismo en una frase: La mitad de mis bienes se la doy a los pobres, y si a alguien le he sacado dinero se lo restituiré cuatro veces. Aquí tenemos un verdadero hambriento de justicia, que no se contenta con devolver lo que debe, sino cuatro veces más. Y un hombre de gran misericordia, que reparte a los hombres la mitad de sus bienes…

Dichosos los limpios de corazón, porque verán a Dios. Dichosos, sí, una y mil veces los que vean al que desean contemplar los ángeles, y en cuya visión consiste la vida eterna. Te dijo mi corazón: te busca mi rostro. Yo busco tu rostro, Señor. ¿A quién tengo yo en el cielo? Contigo ¿qué me importa la tierra? Aunque se consumen mi espíritu y mi carne, Dios llena mi corazón y es mi lote perpetuo. ¿Cuándo me colmarás de gozo en tu presencia? ¡Miserable de mí, que tengo un corazón tan manchado y no puedo ser admitido a esa dichosa visión! Hermanos, entreguémonos con toda solicitud y empeño a purificar nuestros ojos para ver a Dios.

 … Y para eliminar las huellas del pecado tenemos el remedio dela confesión que todo lo purifica. Oración y confesión son los dos remedios que limpian el ojo del corazón…

Dichosos los pacíficos, porque serán llamados hijos de Dios. Con razón merecen el nombre de hijos los que actúan como hijos. El Hijo nos reconcilió y por él estamos en paz con Dios. El reconcilió con su sangre lo terrestre y lo celeste, el mediador entre Dios y los hombres, el hombre Cristo Jesús. Observa cómo por las tres primeras bienaventuranzas se reconcilia el alma consigo misma; por las dos siguientes con el prójimo; por la sexta con Dios, y por la séptima reconcilia a otros hombres como partícipe de la gracia de Dios y favorecido con su dichosa familiaridad.

La pobreza, la mansedumbre y el llanto hacen revivir en el alma una cierta semejanza e imagen de la eternidad, que abraza todos los tiempos. La pobreza conquista el futuro, la mansedumbre se adueña del presente, y el llanto de la penitencia recupera el pasado. Recordemos la Escritura: Examinaré en tu presencia todos mis años, con sentimientos de contricción.

La justicia y la misericordia nos relacionan perfectamente con el prójimo: la primera nos impide hacer a otros lo que no queremos que nos hagan los demás, y la segunda nos invita a hacer con ellos por misericordia lo que queremos hagan con nosotros. Reconciliados con nosotros mismos y con el prójimo, la pureza de corazón nos reconcilia con Dios. Dichosos los que, agradecidos de su reconciliación y santamente solícitos de sus hermanos, intentan reconciliarlos consigo mismo y con Dios. No hay palabras con qué alabar, ni amor con qué recompensar al hermano que es intachable en comunidad, y procura con todo empeño no molestar en nada y soportar pacientemente todas las molestias. Hace suyas las miserias de los demás y dice como el Apóstol: ¿Quién cae sin que a mí me dé fiebre? ¿Quién enferma sin que yo enferme? Dichosos los pacíficos, porque se les llamará hijos de Dios. Dios no quiere la disensión, sino la paz. Por eso los hijos de la paz merecen ser llamados hijos de Dios.

Lo siguiente se aplica especialmente a los mártires. Hoy, gracias a Dios, no hay persecuciones, y si las hubiera deberíamos soportarlas con paciencia. Dichosos los que padecen persecución por causa de la justicia, porque de ellos es el reino de los cielos. Es interesante advertir que a los pobres y a los mártires se les hace idéntica promesa: tal vez porque la pobreza voluntaria es una especie de martirio. Dichoso el hombre que no corre tras el oro, ni se pervierte por la riqueza. ¿Quién es? Vamos a felicitarlo, porque ha hecho algo admirable. ¿Existe algo más admirable o un martirio más acerbo que pasar hambre rodeado de manjares, helarse de frío entre múltiples y valiosos ropajes, sentir las angustias de la pobreza en medio de las riquezas que ofrece el mundo, las que ostenta el maligno y las que codicia nuestro apetito? ¿No merece la corona el que se entrega a este combate y rechaza los halagos del mundo, se burla del enemigo que le tienta y, sobre todo, triunfa de sí mismo crucificando su astuta concupiscencia? También se promete el reino de los cielos a los pobres y mártires, porque con la pobreza se posee, y al morir por Cristo se recibe inmediatamente. (EN LA FESTIVIDAD DE TODOS LOS SANTOS. SERMÓN PRIMERO. SOBRE LA LECTURA DEL EVANGELIO: AL VER JESÚS AL GENTÍO, 6-15)

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