Domingo 2º de Cuaresma – Ciclo A.-

12 de marzo de 2017

Domingo 2º de Cuaresma

- Ciclo A.-

 

Primera lectura

Lectura del libro del Génesis (12,1-4a):

En aquellos días, el Señor dijo a Abrán: «Sal de tu tierra y de la casa de tu padre, hacia la tierra que te mostraré. Haré de ti un gran pueblo, te bendeciré, haré famoso tu nombre, y será una bendición. Bendeciré a los que te bendigan, maldeciré a los que te maldigan. Con tu nombre se bendecirán todas las familias del mundo.» 
Abrán marchó, como le había dicho el Señor.
Palabra de Dios

 

Salmo

Sal 32,4-5.18-19.20.22


R/.
 Que tu misericordia, Señor, venga sobre nosotros,
como lo esperamos de ti


La palabra del Señor es sincera, 
y todas sus acciones son leales; 
él ama la justicia y el derecho, 
y su misericordia llena la tierra. R/.

Los ojos del Señor están puestos en sus fieles, 
en los que esperan en su misericordia, 
para librar sus vidas de la muerte 
y reanimarlos en tiempo de hambre. R/. 

Nosotros aguardamos al Señor: 
él es nuestro auxilio y escudo. 
Que tu misericordia, Señor, venga sobre nosotros, 
como lo esperamos de ti. R/.

 

Segunda lectura

Lectura de la segunda carta del apóstol san Pablo a Timoteo (1,8b-10):

Toma parte en los duros trabajos del Evangelio, según la fuerza de Dios. Él nos salvó y nos llamó a una vida santa, no por nuestros méritos, sino porque, desde tiempo inmemorial, Dios dispuso darnos su gracia, por medio de Jesucristo; y ahora, esa gracia se ha manifestado al aparecer nuestro Salvador Jesucristo, que destruyó la muerte y sacó a la luz la vida inmortal, por medio del Evangelio.
Palabra de Dios

 

Evangelio

Lectura del santo evangelio según san Mateo (17,1-9):

En aquel tiempo, Jesús tomó consigo a Pedro, a Santiago y a su hermano Juan y se los llevó aparte a una montaña alta. Se transfiguró delante de ellos, y su rostro resplandecía como el sol, y sus vestidos se volvieron blancos como la luz. Y se les aparecieron Moisés y Elías conversando con él. 
Pedro, entonces, tomó la palabra y dijo a Jesús: «Señor, ¡qué bien se está aquí! Sí quieres, haré tres tiendas: una para ti, otra para Moisés y otra para Elías.» 
Todavía estaba hablando cuando una nube luminosa los cubrió con su sombra, y una voz desde la nube decía: «Éste es mi Hijo, el amado, mi predilecto. Escuchadlo.» Al oírlo, los discípulos cayeron de bruces, llenos de espanto. 
Jesús se acercó y, tocándolos, les dijo: «Levantaos, no temáis.» Al alzar los ojos, no vieron a nadie más que a Jesús, solo. 
Cuando bajaban de la montaña, Jesús les mandó: «No contéis a nadie la visión hasta que el Hijo del hombre resucite de entre los muertos.»

Palabra del Señor

 

COLLATIONES

“Los ojos del Señor están puestos en sus fieles, en los que esperan en su misericordia, para librar sus vidas de la muerte y reanimarlos en tiempo de hambre”. El Señor nos promete la vida eterna y nos invita a no perder la esperanza y perseverar, pues: “El tiempo del hambre es ahora, el de la hartura será después. El que no nos abandona durante el hambre que reina en esta corrupción, cuando nos transforme en inmortales, ¿de qué manera nos saciará? Ahora bien, mientras dura el tiempo del hambre, hay que tolerar, hay que resistir, hay que perseverar hasta el fin” (San Agustín).

Y precisamente para que resistieran y perseveraran, se transfiguró el Señor ante Pedro, Santiago y Juan: “En aquella transfiguración se trataba, sobre todo, de alejar de los corazones de los discípulos el escándalo de la cruz, y evitar así que la humillación de la pasión voluntaria conturbara la fe de aquellos a quienes se había revelado la excelencia de la dignidad escondida… Se estaba fundamentando la esperanza de la Iglesia santa, ya que el cuerpo de Cristo, en su totalidad, podría comprender cuál habría de ser su transformación, y sus miembros podrían contar con la promesa de su participación en aquel honor que brillaba de antemano en la cabeza” (San León Magno).

“Y se les aparecieron Moisés y Elías conversando con él”.  San Cirilo de Alejandría nos explica por qué: “El hecho de que estuviesen allí presentes Moisés y Elías conversando con Jesús, quería indicar que la ley y los profetas son como los dos aliados de nuestro Señor Jesucristo, presentado por ellos como Dios a través de las cosas que habían preanunciado y que concordaban entre sí”.

Y, ¿de qué conversaban? Dice San Juan Crisóstomo que hablaban: “De la gloria que había de cumplir en Jerusalén. Es decir, de la cruz y de la pasión, a la que llaman siempre “gloria”. Y no era ése el único modo como el Señor entrenaba a sus discípulos, sino también con la virtud de aquellos dos grandes varones… En realidad, si el Señor hizo aparecer a Moisés y Elías en su gloria, no fue para que sus discípulos se detuvieran en ellos, sino para que los sobrepasaran en la lucha por la virtud…”.

Y por si todavía tenían dudas de lo que veían y oían, “Una nube luminosa los cubrió con su sombra, y una voz desde la nube decía: «Éste es mi Hijo, el amado, mi predilecto. Escuchadlo.»” “¿Y qué dijo aquella voz?”, nos pregunta San Juan Crisóstomo: “Éste es mi Hijo amado. Si, pues, amado, no tienes Pedro por qué temer. Ya era tiempo de que conocieras su poder y tuvieras plena certeza de la resurrección; pero, puesto que aún la desconoces que la voz por lo menos del Padre te infunda confianza. Porque si el Padre es poderoso, como efectivamente lo es, es evidente que el Hijo lo es igualmente. No temas, pues, los sufrimientos”.

No temamos nosotros tampoco, porque “Los ojos del Señor están puestos en sus fieles, en los que esperan en su misericordia, para librar sus vidas de la muerte y reanimarlos en tiempo de hambre”. 

 

San Agustín:

¿De dónde? ¿Adónde acudiré? ¿Dónde encontraré mi salvación? No busques mucho ni largo tiempo. Mira que los ojos del Señor están puestos en los que le temen. Ya veis cómo son los mismos ojos que observaban desde su morada. Mira que los ojos del Señor están puestos en los que le temen, en los que esperan en su misericordia; no en sus propios méritos, no en su valor, no en su fortaleza, no en su caballo, sino en la misericordia del Señor.

Para librar sus vidas de la muerte. Promete la vida eterna. ¿Y en la presente peregrinación? ¿Los abandonará? Mira cómo sigue el salmo: Y alimentarlos en tiempo de hambre. El tiempo del hambre es ahora, el de la hartura será después. El que no nos abandona durante el hambre que reina en esta corrupción, cuando nos transforme en inmortales, ¿de qué manera nos saciará? Ahora bien, mientras dura el tiempo del hambre, hay que tolerar, hay que resistir, hay que perseverar hasta el fin. Debemos ahora recorrer todos los caminos, porque la senda es llana, y hay que pensar en la carga que llevamos. Se encuentran todavía en el anfiteatro algunos espectadores que quizá están enloquecidos, y sentados al sol; y nosotros si estamos de pie, sin embargo estamos la sombra, y lo que contemplamos es algo mucho más provechoso y bello. Contemplemos, sí, las cosas bellas, y seamos contemplados por la Belleza misma. Contemplemos mentalmente el significado de las expresiones de las Divinas Escrituras, y disfrutemos de tal espectáculo. ¿Y nuestro espectador quién es? Mira que los ojos del Señor están puestos en los que le temen, en los que esperan en su misericordia, para librar sus vidas de la muerte, y alimentarlos en tiempo de hambre.

Pero para resistir durante la peregrinación, mientras dura el hambre, y mantenemos la esperanza de ser aliviados en el camino, para no desfallecer, ¿qué se nos impone, o qué es lo que debemos manifestar? Nuestra alma espera en el Señor. Nuestra esperanza ha de ser segura en el que promete con misericordia, y con misericordia lo cumplirá realmente. ¿Y qué haremos hasta que lo cumpla? Nuestra alma espera en el Señor. ¿Y qué sucederá si no permanecemos en esa esperanza? Sí, claro que permaneceremos: Porque él es nuestro auxilio y nuestro protector. Ayuda en la lucha, protege del bochorno, no te abandona: tú aguanta, persevera. El que persevere hasta el fin, ése se salvará.

Y cuando hayas perseverado, y sido paciente, y hayas llegado hasta el final, ¿qué tendrás? ¿Por qué premio estás aguantando? ¿Qué motivo hay para sufrir trabajos tan duros durante tanto tiempo? Porque en él se alegrará nuestro corazón, y en su santo nombre hemos confiado. Espera aquí para gozarte allí; pasa hambre y sed aquí, para disfrutar allí del banquete.

Nos ha exhortado a todo, nos ha llenado del gozo de la esperanza, nos ha indicado lo que debemos amar, y cuál es aquello en lo que solamente debemos poner nuestra confianza. Después de todo esto, se hace una breve y saludable oración: Que tu misericordia, Señor, venga sobre nosotros. ¿Por qué mérito? Como lo hemos esperado de ti.

… ¿Quieres saber cómo te dispensará Dios su misericordia? Sé tú generoso en la caridad; veremos si se te termina al repartirla. Pues bien, ¿cuánta no será la sobreabundancia en el que es supremo, si tanta puede ser en su imagen?

(COMENTARIO A LOS SALMOS. Salmo 32. Comentario II. Sermón 2º. 24-28)

San León Magno:

El Señor puso de manifiesto su gloria ante los testigos que había elegido, e hizo resplandecer de tal manera aquel cuerpo suyo, semejante al de todos los hombres, que su rostro se volvió semejante a la claridad del sol y sus vestiduras aparecieron blancas como la nieve.

En aquella transfiguración se trataba, sobre todo, de alejar de los corazones de los discípulos el escándalo de la cruz, y evitar así que la humillación de la pasión voluntaria conturbara la fe de aquellos a quienes se había revelado la excelencia de la dignidad escondida.

Pero con no menor providencia se estaba fundamentando la esperanza de la Iglesia santa, ya que el cuerpo de Cristo, en su totalidad, podría comprender cuál habría de ser su transformación, y sus miembros podrían contar con la promesa de su participación en aquel honor que brillaba de antemano en la cabeza. A propósito de lo cual había dicho el mismo Señor, al hablar de la majestad de su venida: Entonces los justos brillarán como el sol en el reino de su Padre. Cosa que el mismo apóstol Pablo corroboró, diciendo: Sostengo que los sufrimientos de ahora no pesan lo que la gloria que un día se nos descubrirá; y de nuevo: Habéis muerto, y vuestra vida está con Cristo escondida en Dios. Cuando aparezca Cristo, vida nuestra, entonces también vosotros apareceréis, juntamente con él, en gloria.

Pero, en aquel milagro, hubo también otra lección para confirmación y completo conocimiento de los apóstoles. Pues aparecieron, en conversación con el Señor, Moisés y Elías, es decir, la ley y los profetas, para que se cumpliera con toda verdad, en presencia de aquellos cinco hombres, lo que está escrito: Toda palabra quede confirmada por boca de dos o tres testigos.

¿Y pudo haber una palabra más firmemente establecida que ésta, en cuyo anuncio resuena la trompeta de ambos Testamentos y concurren las antiguas enseñanzas con la doctrina evangélica?

Las páginas de los dos Testamentos se apoyaban entre sí, y el esplendor de la actual gloria ponía de manifiesto, a plena luz, a aquel que los anteriores signos habían prometido bajo el velo de sus misterios; porque, como dice san Juan, la ley se dio por medio de Moisés, la gracia y la verdad vinieron por medio de Jesucristo, en quien se cumplieron, a la vez, la promesa de las figuras proféticas y la razón de los preceptos legales, ya que, con su presencia, atestiguó la verdad de las profecías y, con su gracia, otorgó a los mandamientos la posibilidad de su cumplimiento.

Que la predicación del santo Evangelio sirva, por tanto, para la confirmación de la fe de todos, y que nadie se avergüence de la cruz de Cristo, gracias a la cual el mundo ha sido redimido. Que nadie tema sufrir por la justicia, ni desconfíe del cumplimiento de las promesas, porque por el trabajo se va al descanso, y por la muerte se pasa a la vida; pues el Señor echó sobre sí toda la debilidad de nuestra condición, y, si nos mantenemos en su amor, venceremos lo que él venció y recibiremos lo que prometió.

En efecto, ya se trate de cumplir los mandamientos o de tolerar las adversidades, nunca debe dejar de resonar en nuestros oídos la palabra pronunciada por el Padre: Éste es mi Hijo, el amado, mi predilecto; escuchadlo. (Sermón 51, 3-4.8)

 

San Cirilo de Alejandría:

Jesús subió a una montaña con sus tres discípulos preferidos. Allí se transfiguró en un resplandor tan extraordinario y divino, que su vestido parecía hecho de luz. Se les aparecieron también Moisés y Elías conversando con Jesús: hablaban de su muerte, que iba a consumar en Jerusalén, o sea, del misterio de aquella salvación que había de operarse mediante su cuerpo, de aquella pasión —repito—que habría de consumarse en la cruz. Pues la verdad es que la ley de Moisés y los vaticinios de los santos profetas preanunciaron el misterio de Cristo: las losas de la ley lo describían como en imagen y veladamente; los profetas, en cambio, lo predicaron en distintas ocasiones y de muchas maneras, diciendo que en el momento oportuno aparecería en forma humana y aceptaría morir en la cruz por la salvación y la vida de todos.

Y el hecho de que estuviesen allí presentes Moisés y Elías conversando con Jesús, quería indicar que la ley y los profetas son como los dos aliados de nuestro Señor Jesucristo, presentado por ellos como Dios a través de las cosas que habían preanunciado y que concordaban entre sí. En efecto, no disuenan de la ley los vaticinios de los profetas: y, a mi modo de ver, de esto hablaban Moisés y Elías, el más grande de los profetas.

Habiéndose aparecido, no se mantuvieron en silencio, sino que hablaban de la gloria que el mismo Jesús iba a consumar en Jerusalén, a saber, de la pasión y de la cruz y, en ellas, vislumbraban también la resurrección. Pensando quizá el bienaventurado Pedro que había llegado el tiempo del reinado de Dios, gustoso se quedaría a vivir en la montaña; de hecho, y sin saber lo que decía, propone la construcción de tres chozas. Pero aún no había llegado el fin de los tiempos, ni en la presente vida entrarán los santos a participar de la esperanza a ellos prometida. Dice, en efecto, Pablo: El trasformará nuestra condición humilde, según el modelo de su condición gloriosa, es decir, de la condición gloriosa de Cristo.

Ahora bien, estando estos planes todavía en sus comienzos, sin haber llegado aún a su culminación, sería una incongruencia que Cristo, que por amor había venido al mundo, abandonase el proyecto de padecer voluntariamente por él. Conservó, pues, aquella naturaleza infraceleste, con la que padeció la muerte según la carne y la borró por su resurrección de entre los muertos.

Por lo demás y al margen de este admirable y arcano espectáculo de la gloria de Cristo, ocurrió además otro hecho útil y necesario para consolidar la fe en Cristo, no sólo de los discípulos, sino también de nosotros mismos. Allí, en lo alto, resonó efectivamente la voz del Padre que decía: Este es mi Hijo, el amado, mi predilecto. Escuchadlo. (Homilía 9 en la transfiguración del Señor (PG 77, 1011-1014)

 

San Juan Crisóstomo:

Tomando, pues, consigo a los principales, los condujo aparte, a un monte elevado, y se transfiguró delante de ellos, y resplandeció su rostro como el sol y sus vestidos se volvieron blancos como la luz. Y les aparecieron Moisés y Elías, que hablaban con Él. — ¿Por qué toma el Señor a sólo éstos consigo? —Porque ellos eran los que descollaban sobre los otros. Pedro sobresalía por el ardiente amor que tenía a su Maestro; Juan era por éste particularmente amado, y Santiago le había dado, juntamente con su hermano, aquella generosa respuesta: Sí, podemos beber el cáliz. Y no fue solo responder, sino que las obras probaron lo que había dicho. Era, en efecto, tan vehemente y tan duro para los judíos, que el mismo Herodes pensó que no podía hacerles mejor gracia que quitarlo de en medio. —Mas ¿por qué no los subió inmediatamente al monte? Porque los otros discípulos no sintieran algún celillo humano. De ahí que ni siquiera les dice los nombres de los que habían de subir. Y en verdad, todos habrían deseado ardientemente acompañarle, pues iban a ver un trasunto de la gloria celeste, y se hubieran dolido de haber sido preteridos. Porque si bien el Señor mostró su gloria de un modo muy corporal, la cosa, sin embargo, era para excitar el mayor deseo. —Entonces, ¿por qué se lo anuncia de antemano? —A fin de que, por habérselo dicho antes, estuvieran más dispuestos para la visión y, llenos de más vehemente deseo durante los ocho días de plazo, llegaran por fin al monte con alma vigilante y cuidadosa. — ¿Y por qué hace que se presenten allí Moisés y Elías? —Muchas causas cabría alegar de ello. Sea la primera la siguiente: puesto que las gentes decían que el Señor era Elías o Jeremías o uno de los antiguos profetas, Él trae allí a los dos más grandes de ellos, a fin de que vieran con sus propios ojos la distancia y diferencia que iba del Señor a los siervos y cuán justamente había sido alabado Pedro por haberle confesado por hijo de Dios. Luego, bien sabemos que le acusaban constantemente de que transgredía la ley y que le tenían por un blasfemo, al atribuirse una gloria que no le pertenecía, no menos que la gloria del Padre. Así decían: Éste no viene de Dios, puesto que no guarda el sábado. Y otra vez: No te apedreamos por obra alguna buena, sino porque blasfemas, ya que, siendo hombre, te haces a ti mismo Dios. Ahora, pues, para mostrar a sus enemigos que ambas acusaciones procedían de envidia y Él era totalmente inocente en ellas, pues ni sus actos eran transgresión de la ley ni se apropiaba una gloria que no se le debiera al proclamarse igual al Padre, saca allí al medio a los dos hombres que más habían brillado en la guarda de la ley y en el celo de la gloria de Dios. Moisés, en efecto, era el que había dado la ley, y los judíos podían calcular que Moisés no hubiera tolerado al que, como ellos pensaban, la conculcaba ni hubiera rendido pleitesía a un enemigo declarado del propio legislador. En cuanto a Elías, nadie como él tenía tanto celo por la gloria de Dios, y si el Señor hubiera sido contrario a Dios, si se hubiera proclamado Dios, haciéndose igual al Padre, sin ser lo que decía ni convenirle aquella gloria, Elías no se hubiera presentado a su lado ni le hubiera obedecido.

Otra causa cabe alegar juntamente con las ya dichas. — ¿Cuál es ésta? —Hacerles entender que Él tenía poder sobre la vida y la muerte y que lo mismo domina en el cielo que en el infierno. De ahí que haga presentarse allí tanto a Moisés, que ya había muerto, como a Elías, que no había aún pasado por la muerte. La quinta causa (porque cinco van ya con ésta), nos la revela el mismo evangelista. ¿Y cuál es ésta? Mostrarles la gloria de la cruz, consolar a Pedro y a los otros, que temían la pasión, y levantar así sus pensamientos. Porque fue así que, llegados allí Moisés y Elías, no se estuvieron callados, sino que hablaban —dice el evangelista— de la gloria que había de cumplir en Jerusalén. Es decir, de la cruz y de la pasión, a la que llaman siempre “gloria”. Y no era ése el único modo como el Señor entrenaba a sus discípulos, sino también con la virtud de aquellos dos grandes varones, que Él más requería de ellos. Él les había dicho: Si alguno quiere venir en pos de mí, tome su cruz y sígame; de ahí que ahora les pone delante aquellos dos hombres que mil veces se habían expuesto a la muerte por cumplir la voluntad de Dios y por amor del pueblo que les había sido encomendado. Los dos, por haber perdido su alma, la hallaron. Los dos valientemente se enfrentaron a tiranos: Moisés al de Egipto, Elías a Acab, y eso en favor de hombres ingratos y rebeldes. Porque los dos se vieron en extremo peligro por culpa justamente de los mismos a quienes habían salvado… He ahí, pues, una nueva razón de ponerles delante a Moisés y a Elías: quería el Señor que sus discípulos imitaran el amor al pueblo, la constancia e inflexibilidad de aquellos dos grandes profetas y que fueran mansos como Moisés y celosos como Elías y, como los dos, solícitos por la salvación del pueblo… En realidad, si el Señor hizo aparecer a Moisés y Elías en su gloria, no fue para que sus discípulos se detuvieran en ellos, sino para que los sobrepasaran en la lucha por la virtud…

¿Qué hace, pues, el ardiente Pedro? Bueno es —dice— estarnos aquí. Como había oído que Jesús tenía que ir a Jerusalén y allí padecer, temiendo aún y temblando por la suerte de su Maestro, después de la reprimenda recibida, no se atreve ciertamente a acercársele y decirle lo mismo, aquello de Dios te sea propicio…; sin embargo, dominado del miedo, viene a decir lo mismo por otras palabras. Y era así que, como veía el monte, el retiro y la soledad, pensó sin duda que aquel paraje les ofrecía la mayor seguridad; y no sólo el paraje, sino el hecho que el Señor no volvería más a Jerusalén. Porque su plan era quedarse allí definitivamente, y ésa es la razón por la que hace mención de tiendas. Si esto lográramos—parece decirse Pedro—, ya no subiremos más a Jerusalén; y si allí no subimos, el Maestro no morirá, pues allí dijo Él que habían de acometerle escribas y fariseos. Claro que Pedro no se atrevió a decirlo en estos términos, pero esto es lo que él intentaba conseguir cuando, curándose en salud, decía: Bueno es que nos quedemos aquí, donde tenemos con nosotros a Moisés y Elías—Elías, el que hizo bajar fuego sobre el monte, y Moisés, que entró en la oscuridad para hablar con Dios—. Y no habrá nadie que sepa ni dónde estamos.

¡He ahí el ardiente amador de Cristo! Porque no hay que buscar tanto la oportunidad del consejo que Pedro daba a su Maestro cuanto lo ardiente de su amor. Y que no hablaba así porque temiera por sí mismo, pruébalo la respuesta que le dio a Cristo cuando éste anunció su propia muerte y sufrimientos: Yo daré mi vida por ti. Aun cuando fuere preciso morir contigo, yo no te he de negar. Y mirad cómo, puesto en medía de los peligros, se desentendió también de sí mismo. Pues fue así que, no obstante rodearle toda aquella chusma, no sólo no huyó, sino que, desenvainando su puñal, cortó la oreja al criado del sumo sacerdote. Así es que no miraba por sí mismo, sino que todo su temor era por su Maestro. Luego, como había hablado muy afirmativamente, vuelve sobre sí y, considerando no fuera nuevamente reprendido, dice: Si quieres, hagamos aquí tres tiendas: una para ti, otra para Moisés y otra para Elías. ¿Qué dices, oh Pedro? ¿No separabas hace bien poco al Maestro de sus esclavos? ¿Cómo es que ahora le cuentas otra vez entre ellos? ¡Ya veis cuán imperfectos eran los apóstoles antes de la cruz! A Pedro le había hecho el Padre una revelación, pero Pedro no la recuerda continuamente, sino que se deja perturbar por la angustia, y no sólo por la que he dicho, sino por la misma que les producía aquella visión. Por lo menos los otros evangelistas, queriéndonos dar a entender esto, a la vez que la confusión de la mente con que Pedro había hablado y cómo todo procedía de aquella angustia, dicen: Marcos, que Pedro no sabía lo que se decía, pues habían quedado aterrados; y Lucas, a las palabras de Pedro: Hagamos aquí tres tiendas, les pone esta apostilla: Sin saber lo que decía. Luego, declarándonos cómo estaban poseídos de miedo, tanto Pedro como sus compañeros Santiago y Juan, prosigue el mismo Lucas: Estaban rendidos de sueño y, despertándose, vieron la gloría de Él; llamando sueño a la misma extraordinaria pesadez de cabeza que les producía la visión misma. Porque así como los ojos quedan cegados por el exceso de resplandor, algo así les pasó entonces a los apóstoles. Porque no era de noche, sino de día, y fue el exceso de resplandor lo que agravó la debilidad de sus ojos.

¿Qué pasa, pues, entonces? El Señor no habla nada, como tampoco Moisés ni Elías. Mas el Padre, que es mayor que todos y está por encima de todos, el Padre es el que emite una voz desde la nube. ¿Por qué desde la nube? Porque de este modo suele aparecerse siempre Dios: Nube y obscuridad en torno suyo; y otra vez: El que hace de las nubes trono suyo; y otra: El Señor se sienta sobre ligera nube… Así, pues, a fin de que creyeran que la voz venía de Dios, salió también entonces de la nube, y la nube era luminosa: Porque, cuando Pedro estaba aún hablando, una nube luminosa los cubrió con su sombra; y he aquí una voz que salía de la nube diciendo: Este es mi Hijo amado, en quien me complazco. Escuchadle. Cuando Dios viene para amenazar, hace aparecer una nube obscura, como en el Sinaí. Porque entró —dice la Escritura— Moisés en la nube y en la oscuridad, y el humo se levantaba como vapor. Y el profeta, hablando de la amenaza de Dios dice: Agua tenebrosa en las nubes del aire. Mas aquí, que no quería Dios espantar, sino enseñar, la nube es luminosa. Pedro había dicho: Hagamos tres tiendas, pero el Padre muestra una tienda que no había sido hecha por mano de hombre. Por eso, allí, humo y vapor de horno; aquí, luz inefable y voz. Luego, para hacer ver que no hablaba de ninguno de los otros dos sino solamente de Cristo, apenas se oyó la voz, desaparecieron Moisés y Elías. Si de uno de ellos se hubiera dicho la voz, no hubiera quedado Cristo solo, por haberse apartado los otros dos, ¿Por qué, pues, no cubrió la nube a Cristo solo, sino que los cobijó a todos? —Porque si sólo a Cristo hubiera cubierto, pudiera pensarse haber sido Él mismo el que emitió la voz. De ahí que el mismo evangelista, queriendo dejar este punto bien asegurado, dice que la voz salió de la nube, es decir, de Dios. — ¿Y qué dijo aquella voz? Éste es mi Hijo amado. Si, pues, amado, no tienes, Pedro, por qué temer. Ya era tiempo de que conocieras su poder y tuvieras plena certeza de la resurrección; pero, puesto que aún la desconoces que la voz por lo menos del Padre te infunda confianza. Porque si el Padre es poderoso, como efectivamente lo es, es evidente que el Hijo lo es igualmente. No temas, pues, los sufrimientos. Mas si todavía no aceptas esto, reflexiona por lo menos que es Hijo y que es amado. Porque: Este es —dice— mi Hijo amado. Ahora bien, si es amado, no temas, puesto que nadie traiciona a aquel a quien ama. No te turbes, por tanto. Porque por mucho que tú le ames, no le amas tanto como su Padre. En quien me he complacido. Porque no le ama sólo por haberle engendrado, sino también porque es en todo igual a Él y no tiene otro sentir que Él. De suerte que doble, por mejor decir, triple, es el motivo de su amor: por Hijo, por amado y por tener en Él sus complacencias. Y ¿qué quiere decir: En quien me he complacido? Es como si dijera: “En quien tengo mi descanso, en quien hallo mis delicias”. Y eso porque tengo en todo y con toda perfección era igual a Él, porque sólo había en Él una voluntad con la del Padre, porque, aun siguiendo Hijo, era en todo una sola cosa con el que le había engendrado. Escuchadle. De suerte que aun cuando Él quiera ser crucificado, no te opongas tú a ello. Y oyendo que oyeron la voz, cayeron sobre su rostro y quedaron por extremo espantados, y, acercándose a ellos Jesús, les tocó y les dijo: Levantaos y no temáis. Y alzando ellos los ojos, a nadie vieron sino a Jesús solo.

 

¿Cómo es que al oír la voz quedaron de ese modo aterrados? Realmente, antes de ahora se había oído una voz semejante sobre el Jordán, y allí había una muchedumbre de gente y a nadie le pasó nada semejante. Y otra vez, después de ahora, cuando decían haberse oído un trueno, y tampoco entonces le pasó nada a nadie. ¿Cómo es, pues, que en el monte cayeron por tierra? Es que la soledad, la altura, el silencio grande, la transfiguración del Señor, llena de tanto estremecimiento; aquella luz purísima, aquella nube que los cubría, todo hubo de influir para infundirles un grande terror. De todas partes se sentían sobrecogidos, y cayeron al suelo a la vez aterrados y en adoración. Sin embargo, para que el terror, de prolongarse mucho, no les quitara la memoria de lo acontecido, el Señor les disipó inmediatamente toda su angustia, y se les muestra Él solo y les manda que a nadie dijeran nada de lo que habían visto, hasta que Él resucitara de entre los muertos. Porque: Bajando que iban —dice el evangelista— del monte, les mandó que a nadie hablaran de la visión hasta que Él resucitara de entre los muertos. Y es que cuanto mayores cosas se decían de Él entonces, más difícilmente las aceptaba entonces el vulgo, y con ello no se lograba sino acrecentar el escándalo de la cruz. De ahí que les mande callar, y no sin motivo, pues nuevamente les recuerda la pasión, con lo que veladamente les da a entender la causa por la que les mandaba callar. Porque, ciertamente, no les mandó que callaran siempre, sino hasta que Él resucitara de entre los muertos. Y notemos cómo callando lo difícil, sólo hace mención de lo agradable. — ¿Pues qué? ¿Es que después de esto no había la gente de escandalizarse? —De ninguna manera. El problema era el tiempo anterior a la cruz. Después vendría la gracia del Espíritu Santo, la fuerza de los milagros corroboraría las palabras de la predicación y todo cuanto dijeran sería fácilmente aceptado, pues los hechos mismos pregonarían el poder del Señor con voz más clara que la de una trompeta, y no habría ya un escándalo como el de la cruz que se interpusiera entre ellos. Bienaventurados, pues, los apóstoles, y señaladamente aquellos tres que merecieron, cubiertos por la nube, estar bajo el mismo techo del Señor. (Homilías sobre el Ev. de San Mateo. De la homilía 56)

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