Domingo 5º de Cuaresma – Ciclo A.-

2 de abril de 2017

Domingo 5º de Cuaresma

- Ciclo A.-

Primera lectura

Lectura de la profecía de Ezequiel (37,12-14):

Así dice el Señor: «Yo mismo abriré vuestros sepulcros, y os haré salir de vuestros sepulcros, pueblo mío, y os traeré a la tierra de Israel. Y, cuando abra vuestros sepulcros y os saque de vuestros sepulcros, pueblo mío, sabréis que soy el Señor. Os infundiré mi espíritu, y viviréis; os colocaré en vuestra tierra y sabréis que yo, el Señor, lo digo y lo hago.» Oráculo del Señor.
Palabra de Dios

Salmo

Sal 129,1-2.3-4ab.4c-6.7-8


R/.
 Del Señor viene la misericordia,
la redención copiosa

Desde lo hondo a ti grito, Señor; 
Señor, escucha mi voz, 
estén tus oídos atentos 
a la voz de mi súplica. R/.

Si llevas cuentas de los delitos, Señor, 
¿quién podrá resistir? 
Pero de ti procede el perdón, 
y así infundes respeto. R/.

Mi alma espera en el Señor, 
espera en su palabra; 
mi alma aguarda al Señor, 
más que el centinela la aurora. 
Aguarde Israel al Señor, 
como el centinela la aurora. R/.

Porque del Señor viene la misericordia, 
la redención copiosa; 
y él redimirá a Israel 
de todos sus delitos. R/.

Segunda lectura

Lectura de la carta del apóstol san Pablo a los Romanos (8,8-11):

Los que viven sujetos a la carne no pueden agradar a Dios. Pero vosotros no estáis sujetos a la carne, sino al espíritu, ya que el Espíritu de Dios habita en vosotros. El que no tiene el Espíritu de Cristo no es de Cristo. Pues bien, si Cristo está en vosotros, el cuerpo está muerto por el pecado, pero el espíritu vive por la justificación obtenida. Si el Espíritu del que resucitó a Jesús de entre los muertos habita en vosotros, el que resucitó de entre los muertos a Cristo Jesús vivificará también vuestros cuerpos mortales, por el mismo Espíritu que habita en vosotros.
Palabra de Dios

 

Evangelio

Lectura del santo evangelio según san Juan (11,3-7.17.20-27.33b-45):

En aquel tiempo, las hermanas de Lázaro mandaron recado a Jesús, diciendo: «Señor, tu amigo está enfermo.»
Jesús, al oírlo, dijo: «Esta enfermedad no acabará en la muerte, sino que servirá para la gloria de Dios, para que el Hijo de Dios sea glorificado por ella.»
Jesús amaba a Marta, a su hermana y a Lázaro. Cuando se enteró de que estaba enfermo, se quedó todavía dos días en donde estaba.
Sólo entonces dice a sus discípulos: «Vamos otra vez a Judea.»
Cuando Jesús llegó, Lázaro llevaba ya cuatro días enterrado. Cuando Marta se enteró de que llegaba Jesús, salió a su encuentro, mientras María se quedaba en casa. 
Y dijo Marta a Jesús: «Señor, si hubieras estado aquí no habría muerto mi hermano. Pero aún ahora sé que todo lo que pidas a Dios, Dios te lo concederá.»
Jesús le dijo: «Tu hermano resucitará.»
Marta respondió: «Sé que resucitará en la resurrección del último día.»
Jesús le dice: «Yo soy la resurrección y la vida: el que cree en mí, aunque haya muerto, vivirá; y el que está vivo y cree en mí, no morirá para siempre. ¿Crees esto?»
Ella le contestó: «Sí, Señor: yo creo que tú eres el Mesías, el Hijo de Dios, el que tenía que venir al mundo.»
Jesús sollozó y, muy conmovido, preguntó: «¿Dónde lo habéis enterrado?»
Le contestaron: «Señor, ven a verlo.»
Jesús se echó a llorar. Los judíos comentaban: «¡Cómo lo quería!»
Pero algunos dijeron: «Y uno que le ha abierto los ojos a un ciego, ¿no podía haber impedido que muriera éste?»
Jesús, sollozando de nuevo, llega al sepulcro. Era una cavidad cubierta con una losa.
Dice Jesús: «Quitad la losa.»
Marta, la hermana del muerto, le dice: «Señor, ya huele mal, porque lleva cuatro días.»
Jesús le dice: «¿No te he dicho que si crees verás la gloria de Dios?»
Entonces quitaron la losa.
Jesús, levantando los ojos a lo alto, dijo: «Padre, te doy gracias porque me has escuchado; yo sé que tú me escuchas siempre; pero lo digo por la gente que me rodea, para que crean que tú me has enviado.»
Y dicho esto, gritó con voz potente: «Lázaro, ven afuera.»
El muerto salió, los pies y las manos atados con vendas, y la cara envuelta en un sudario. 
Jesús les dijo: «Desatadlo y dejadlo andar.»
Y muchos judíos que habían venido a casa de María, al ver lo que había hecho Jesús, creyeron en él.
Palabra del Señor

 

COLLATIONES

“Has oído, en efecto, que el Señor Jesús resucitó a un muerto; te basta para saber que, si quisiera, resucitaría a todos los muertos, mas se reservó ciertamente esto para «el final del mundo» porque, como asevera ese mismo acerca del que habéis oído que con un gran milagro resucitó del sepulcro al muerto cuatriduano, vendrá una hora cuando todos los que están en los sepulcros oirán su voz y saldrán” (San Agustín de Hipona). “Cuando abra vuestros sepulcros y os saque de vuestros sepulcros, pueblo mío, sabréis que soy el Señor. Os infundiré mi espíritu, y viviréis…”

Señor, ya huele mal, porque lleva cuatro días”. “La carne que huele mal está próxima a la podredumbre, y el que se confunde y quebranta más intensamente de lo que conviene, está cerca de la desesperación. Por tanto, Lázaro, sal afuera. Un abismo llama a otro abismo; el abismo de luz y de misericordia llama al abismo de miseria y tinieblas… Por modo parecido el impío que se ve hundido en el abismo de sus pecados está próximo a hundirse más aún en la corrupción, sin hacer caso de nada; pero prevenido por la voz de la virtud y vivificado por ella, da gracias al Señor diciendo: Me hiciste manifiestos los caminos de la vida y me llenarás de alegría con la vista de tu divino rostro. Porque elevaste mi mente a la contemplación de ti mismo y sacaste del infierno mi alma cuando se congojaba sobre mí mi espíritu, mirando el semblante demasiado abominable de la conciencia propia” (San Bernardo). En la resurrección de Lázaro, nos dice San Pedro Crisólogo que, el Señor “actúa de forma que se esfume toda humana esperanza y la desesperanza humana cobre sus cotas más elevadas, de modo que lo que se dispone a hacer se vea ser algo divino y no humano”.

 

“Yo soy la resurrección y la vida: el que cree en mí, aunque haya muerto, vivirá; y el que está vivo y cree en mí, no morirá para siempre”. “El que cree en mí, aun si hubiere muerto, como muerto está Lázaro, vivirá, porque es Dios no de muertos, sino de vivos” (San Agustín de Hipona).

“El que resucitó de entre los muertos a Cristo Jesús vivificará también vuestros cuerpos mortales, por el mismo Espíritu que habita en vosotros”.
“Andemos en una vida nueva, mostrándonos al que nos resucitó con Cristo, nuevos cada día y como quien dice más hermosos, reflejando en Cristo, como en un espejo, el esplendor de nuestro rostro, y proyectando en él la gloria del Señor, nos vayamos transformando en su imagen, como Cristo, resucitado de entre los muertos, subió de la humildad de nuestra tierra a la gloria de la majestad paterna” (Orígenes).

 

San Pedro Crisólogo: 

Regresando de ultratumba, Lázaro sale a nuestro encuentro portador de una nueva forma de vencer la muerte, revelador de un nuevo tipo de resurrección. Antes de examinar en profundidad este hecho, contemplemos las circunstancias externas de la resurrección, ya que la resurrección es el milagro de los milagros, la máxima manifestación del poder, la maravilla de las maravillas.

El Señor había resucitado a la hija de Jairo, jefe de la sinagoga, pero lo hizo restituyendo simplemente la vida a la niña, sin franquear las fronteras de ultratumba. Resucitó asimismo al hijo único de su madre, pero lo hizo deteniendo el ataúd, como anticipándose al sepulcro, como suspendiendo la corrupción y previniendo la fetidez, como si devolviera la vida al muerto antes de que la muerte hubiera reivindicado todos sus derechos. En cambio, en el caso de Lázaro todo es diferente: su muerte y su resurrección nada tienen en común con los casos precedentes: en él la muerte desplegó todo su poder y la resurrección brilla con todo su esplendor. Incluso me atrevería a decir que si Lázaro hubiera resucitado al tercer día, habría evacuado toda la sacramentalidad de la resurrección del Señor: pues Cristo volvió al tercer día a la vida, como Señor que era; Lázaro fue resucitado al cuarto día, como siervo.

Mas, para probar lo que acabamos de decir, examinemos algunos detalles del relato evangélico. Dice: Las hermanas le mandaron recado a Jesús, diciendo: «Señor, tu amigo está enfermo». Al expresarse de esta manera, intentan pulsar la fibra sensible, interpelan al amor, apelan a la caridad, tratan de estimular la amistad acudiendo a la necesidad. Pero Cristo, que tiene más interés en vencer la muerte que en repeler la enfermedad; Cristo, cuyo amor radica no en aliviar al amigo, sino en devolverle la vida, no facilita al amigo un remedio contra la enfermedad, sino que le prepara inmediatamente la gloria de la resurrección.

Por eso, cuando se enteró —dice el evangelista—de que Lázaro estaba enfermo, se quedó todavía dos días en donde estaba. Fijaos cómo da lugar a la muerte, licencia al sepulcro, da libre curso a los agentes de la corrupción, no pone obstáculo alguno a la putrefacción ni a la fetidez; consiente en que el abismo arrebate, se lleve consigo, posea. En una palabra, actúa de forma que se esfume toda humana esperanza y la desesperanza humana cobre sus cotas más elevadas, de modo que lo que se dispone a hacer se vea ser algo divino y no humano.

Se limita a permanecer donde está en espera del desenlace, para dar él mismo la noticia de la muerte, y anunciar entonces su decisión de ir a casa de Lázaro. Lázaro —dice— ha muerto, y me alegro. ¿Es esto amar? Se alegraba Cristo porque la tristeza de la muerte en seguida se convertiría en el gozo de la resurrección. Me alegro por vosotros. Y ¿por qué por vosotros? Pues porque la muerte y la resurrección de Lázaro era ya un bosquejo exacto de la muerte y resurrección del Señor, y lo que luego iba a suceder con el Señor, se anticipa ya en el siervo. Era necesaria la muerte de Lázaro para que, con Lázaro ya en el sepulcro, resucitase la fe de los discípulos. (Sermón 63. PL 52, 375-377)

Orígenes: 

Lo que se colige de las palabras del Apóstol a través de un conocimiento más elevado, es esto: que así como ningún vivo puede ser enterrado con un muerto, así ninguno que todavía vive para el pecado puede ser sepultado, en el bautismo, con Cristo que murió al pecado. Por eso, los que se preparan para el bautismo, deben procurar morir antes al pecado, para poder así ser sepultados con Cristo por el bautismo, de modo que también ellos puedan decir: Continuamente nos están entregando a la muerte, por causa de Jesús, para que también la vida de Jesús se manifieste en nuestra carne mortal.

Cómo la vida de Jesucristo pueda manifestarse en nuestra carne, nos lo aclara Pablo cuando dice: Vivo yo, pero no soy yo, es Cristo quien vive en mí. Es lo mismo que el apóstol Juan escribe en su carta, diciendo: Todo espíritu que confiesa a Jesucristo venido en carne es de Dios. Naturalmente que no es quien se limita a pronunciar estas sílabas con sus labios y a hacer pública confesión el que dará muestras de ser conducido por el Espíritu de Dios, sino el que de tal manera ha conformado su vida y ha dado en la práctica tales frutos, que manifiesta con la misma santidad de sus acciones y sentimientos que Cristo ha venido en carne y que él está muerto al pecado y vive para Dios.

Veamos nuevamente qué es lo que dice: Para que, así como Cristo fue resucitado de entre los muertos por la gloria del Padre, así también nosotros andemos en una vida nueva. Si hemos sido sepultados con Cristo, tal como arriba dijimos, esto es, en cuanto que hemos muerto al pecado, es lógico que al resucitar Cristo de entre los muertos, resucitemos también nosotros con él; y al subir él a los cielos subamos también nosotros con él; y al sentarse él a la derecha del Padre, sabemos que también nosotros nos sentaremos con él en los cielos, según lo que el Apóstol dice en otro lugar: Nos ha resucitado con Cristo Jesús y nos ha sentado en el cielo con él. Resucitó Cristo por la gloria del Padre; y si nosotros estamos muertos al pecado, hemos sido sepultados con Cristo, y todo el que viere nuestras buenas obras da gloria a nuestro Padre que está en el cielo, con razón se dirá de nosotros que hemos resucitado con Cristo, para que andemos en una vida nueva.

Andemos en una vida nueva, mostrándonos al que nos resucitó con Cristo, nuevos cada día y como quien dice más hermosos, reflejando en Cristo, como en un espejo, el esplendor de nuestro rostro, y proyectando en él la gloria del Señor, nos vayamos transformando en su imagen, como Cristo, resucitado de entre los muertos, subió de la humildad de nuestra tierra a la gloria de la majestad paterna. (Comentario sobre la carta a los Romanos. Libro 5, 8: PG 14, 1041-1042)

San Agustín de Hipona:

Entre todos los milagros que hizo nuestro Señor Jesucristo, se predica principalmente la resurrección de Lázaro. Pero, si observamos quién lo realizó, debemos deleitarnos más que asombrarnos. Resucitó a un hombre el que hizo al hombre, pues ese mismo es el Único del Padre, mediante el cual, como sabéis, se hizo todo. Si, pues, mediante él se hizo todo, ¿qué tiene de particular si mediante él ha resucitado uno solo, cuando tantos nacen mediante él cotidianamente? Más es crear a los hombres que resucitarlos. Se ha dignado empero crear y resucitar: crear a todos, resucitar a algunos. Por cierto, aunque el Señor Jesús hizo muchas cosas, no todas están escritas; ese mismo evangelista san Juan testifica que el Señor Cristo dijo e hizo muchas cosas que no están escritas; ahora bien, para ser escritas se han elegido las que parecían bastar a la salvación de los creyentes. Has oído, en efecto, que el Señor Jesús resucitó a un muerto; te basta para saber que, si quisiera, resucitaría a todos los muertos, mas se reservó ciertamente esto para «el final del mundo» porque, como asevera ese mismo acerca del que habéis oído que con un gran milagro resucitó del sepulcro al muerto cuatriduano, vendrá una hora cuando todos los que están en los sepulcros oirán su voz y saldrán. Resucitó a un hediondo, pero en todo caso estaba aún en el cadáver hediondo la forma de los miembros; aquél, a una única voz, en el último día va a restituir las cenizas a su primitivo estado de carne. Pero era preciso que de momento hiciera algunas cosas para que, dados cual indicios de su energía, creamos en él y nos preparemos a la resurrección que acontecerá para vida, no para castigo, puesto que asevera así: Vendrá una hora cuando todos los que están en los sepulcros oirán su voz y quienes obraron bien saldrán para resurrección de vida; quienes obraron mal, para resurrección de juicio.

Cuando se leía el evangelio, asombrados como si ante nuestros ojos se hubiese montado el espectáculo de un gran milagro, escuchábamos cómo revivió Lázaro. Si observamos obras de Cristo más asombrosas, resucita todo el que cree; si observamos todas las clases de muertes y entendemos las más detestables, muere todo el que peca. Pero todo hombre teme la muerte de la carne; la muerte del alma, pocos. Respecto a la muerte de la carne, que sin duda va a llegar alguna vez, todos procuran que no llegue; de eso es de lo que se preocupan. El hombre que va a morir se preocupa de no morir, mas no se preocupa de no pecar el hombre, que a vivir eternamente. Y, cuando se preocupa de no morir, sin causa se preocupa, pues consigue diferir mucho la muerte, no evadirla; si, en cambio, no quiere pecar, no se preocupará y vivirá eternamente. ¡Oh, si pudiéramos estimular a los hombres y con ellos estimularnos en idéntico grado a ser tan amadores de la vida permanente, como los hombres son amadores de la vida huidiza!…

Hay un género de muerte monstruoso: se llama la mala costumbre. Una cosa es, en efecto, pecar; otra, formar la costumbre de pecar. Quien peca y se corrige al instante, revive rápidamente; porque no está aún implicado en la costumbre, no está sepultado. Quien, en cambio, acostumbra a pecar, está sepultado y de él se dice bien «hiede», pues comienza a tener pésima fama, olor asquerosísimo, digamos…

Para las hermanas estaba muerto, para el Señor dormía. Para los hombres, que no podían resucitarlo, estaba muerto; por cierto, el Señor lo sacaba del sepulcro con facilidad mayor que esa con que tú sacas de la cama a quien duerme…

Tienen, pues, todas las almas, como instruiré con esta ocasión a Vuestra Caridad; tienen todas las almas, cuando hayan salido del mundo, sus diversas recepciones. Tienen gozo las buenas; las malas, tormentos. Pero, cuando haya acontecido la resurrección, el gozo de los buenos será muy intenso, y muy rigurosos los tormentos de los malos, ya que serán torturados con el cuerpo. Fueron recibidos en la paz los santos patriarcas, los profetas, los apóstoles, los mártires, los fieles buenos; todos empero van a recibir al final lo que Dios ha prometido; se ha prometido, en efecto, incluso la resurrección de la carne, la consunción de la muerte, la vida eterna con los ángeles. Todos a una vamos a recibir esto, porque cada uno recibe, cuando muere, el descanso que se da inmediatamente tras la muerte, si es digno de él. Lo recibieron los primeros los patriarcas; ved desde cuándo descansan; los siguientes, los profetas; más recientemente los apóstoles, mucho más recientemente los mártires santos, cotidianamente los fieles buenos. Unos están en ese descanso hace ya tiempo, otros no tanto; otros hace muy pocos años, otros ni hace poco tiempo. Pero, cuando despierten de este sueño, todos van a recibir a una lo que está prometido…

Quien cree en mí, aun si hubiere muerto, vivirá, y todo el que vive y cree en mí no morirá para siempre. ¿Qué significa esto? El que cree en mí, aun si hubiere muerto, como muerto está Lázaro, vivirá, porque es Dios no de muertos, sino de vivos. Respecto a los patriarcas muertos antaño, esto es, respecto a Abrahán, Isaac y Jacob, dio a los judíos tal respuesta: Yo soy el Dios de Abrahán y el Dios de Isaac y el Dios de Jacob; no es Dios de muertos, sino de vivos, pues para él todos viven. Cree, pues, y aunque estuvieres muerto vivirás; si, en cambio, no crees, aunque vives, estás muerto. Probemos también esto: que si no crees, aunque vives, estás muerto. El Señor, a un quídam que aplazaba seguirlo y decía «Iré primero a sepultar a mi padre» , dijo: Deja a los muertos enterrar a sus muertos; tú ven y sígueme. Había allí un muerto que sepultar, había también allí muertos que iban a sepultar al muerto; aquél, muerto en la carne; éstos, en el alma. ¿Por qué la muerte del alma? Porque no hay fe. ¿Por qué la muerte en el cuerpo? Porque no hay allí alma. El alma, pues, de tu alma es la fe. Quien cree en mí, afirma, aun si hubiere muerto en la carne, vivirá en el alma, hasta que resucite también la carne para nunca morir después. Esto significa «Quien cree en mí, aunque muera, vivirá». Y todo el que vive en la carne y cree en mí, aunque a causa de la muerte del cuerpo muere por un tiempo, no morirá para siempre, a causa de la vida del espíritu y la inmortalidad de la resurrección. Esto significa lo que asevera: «Y todo el que vive y cree en mí no morirá para siempre».

Derramó lágrimas Jesús. Dijeron, pues, los judíos: ¡He ahí cómo le amaba! ¿Qué significa: le amaba? No he venido a llamar a justos, sino a pecadores a enmienda. En cambio, algunos de esos mismos dijeron: Este que abrió los ojos del ciego ¿no podía hacer también que éste no muriese? Lo que va a hacer quien no quiso hacer que no muriese es más: que, muerto, sea resucitado.

Jesús, pues, tras bramar de nuevo dentro de sí mismo, llegó al sepulcro. Brame también dentro de ti si dispones revivir. A todo hombre al que aplasta una costumbre pésima se dice: Llegó al sepulcro. Pues bien, era una cueva y había puesta sobre ella una piedra. El muerto bajo la piedra es el reo bajo la Ley. Sabéis, en efecto, que la Ley que fue dada a los judíos fue escrita en piedra. Pues bien, todos los reos están bajo la Ley, quienes viven bien están con la Ley: La Ley no está puesta para el justo. ¿Qué significa, pues: Retirad la piedra? Predicad la gracia. En efecto, el apóstol Pablo se llama a sí mismo ministro del Nuevo Testamento, no de letra, sino de espíritu, porque la letra, afirma, mata, el Espíritu vivifica. La letra asesina es cual piedra aplastante. Retirad, afirma, la piedra. Retirad el peso de la Ley; predicad la gracia, ya que, si se hubiese dado una ley que pudiera vivificar, la justicia existiría absolutamente en virtud de la Ley; pero la Escritura encerró todo bajo el pecado, para que en virtud de la fe en Jesucristo se diera a los creyentes la promesa. Retirad, pues, la piedra

Quitaron, pues, la piedra. Jesús, por su parte, elevados a lo alto los ojos, dijo: Padre, te doy gracias porque me escuchaste; por mi parte, yo sabía que siempre me escuchas; pero lo dije por el pueblo que está alrededor, para que crean que tú me enviaste. Como hubiese dicho esto, gritó con fuerte vozBramó, derramó lágrimas, gritó con fuerte voz. ¡Qué difícilmente se levanta ese a quien aplasta la mole de una costumbre mala! Pero en todo caso se levanta: lo vivifica dentro la oculta gracia; se levanta tras la fuerte voz. ¿Qué ha sucedido? Gritó con fuerte voz: ¡Lázaro, ven afuera! Y el que había muerto se presentó al instante, atado con vendas las manos y los pies, y su faz estaba cercada por un sudario. ¿Te asombras de cómo se presentó atados los pies, y no te asombras de que resucitó cuatriduano? En una y otra cosa estaba la potencia del Señor, no las fuerzas del muerto. Se presentó, y aún está atado; aún envuelto, se presentó empero ya afuera. ¿Qué da a entender? Cuando desprecias, yaces muerto; y, si desprecias tantas cosas cuantas he dicho, yaces sepultado; cuando confiesas, te presentas. En efecto, ¿qué es presentarse, sino manifestarse cual saliendo de escondites? Pero que confieses, Dios lo hace gritando con fuerte voz, esto es, llamando con gran gracia. Por eso, como el muerto se hubiese presentado aún atado, confeso y reo aún, para que sus pecados fuesen soltados, el Señor dijo esto a los ministros: Desatadlo y dejadlo irse. ¿Qué significa: Desatadlo y dejadlo irse? Lo que hayáis desatado en la tierra, quedará desatado también en el cielo.

(Tratados sobre el Evangelio de San Juan. Tratado 49, 1-3,9-10,15.21-22,24)

San Bernardo:

Yo veo a Jesús, nuestra vida, que corre presuroso hacia el monumento funerario para sacar de allí al muerto de cuatro días, sobre quien (si vuestra caridad se acuerda bien) debe versar el sermón de hoy; esto es, a Lázaro. Busca para ser El buscado y hallado de Lázaro. Porque en esto está precisamente la caridad, no en que nosotros hayamos amado a Dios, sino en que Él nos amó primero. Ea, pues, Señor, busca a quien amas para hacerle a él amante de ti y diligente en buscarte. Pregunta en dónde le han puesto, puesto que yace encerrado, atado y como aplastado por la losa sepulcral. Yace en el túmulo de la conciencia, está preso con los lazos de la disciplina, está apretado como con una piedra que gravita sobre él y es oprimido con la carga de la penitencia, especialmente porque le falta por ahora el amor fuerte como la muerte y la caridad que lo soporta todo, y además, Señor, ya huele mal, puesto que hace ya cuatro días que se halla en ese estado…

¿Mas qué significan aquellas palabras: Señor, mira que hiede, pues hace ya cuatro días que está ahí? Acaso no entenderá cualquiera prontamente lo que significa este hedor y estos cuatro días. Yo juzgo que el primero de estos días es del temor, cuando el mal del pecado, penetrando en nuestros corazones, nos da la muerte, y en algún modo nos sepulta en el fondo de nuestras conciencias. El segundo, si no me engaño, se pasa en el trabajo del combate. A la verdad, en los principios de la conversión suele acometer más fuertemente la tentación de la mala costumbre, y apenas se pueden extinguir los dardos inflamados del enemigo. El tercero parece ser el del dolor, cuando uno repasa sus años en la amargura de su alma y no trabaja tanto en evitar lo que está por venir, cuanto en llorar con muchísimas lágrimas lo pasado. ¿Os admiráis de que he llamado días a éstos? Tales eran debidos a una sepultura; unos días de niebla y de obscuridad, días de llanto y de amargura. Síguese a éstos el día de la vergüenza y confusión, muy semejante a los anteriores, cuando ya se cubre de horrible confusión esta lamentable alma, considerando atentísimamente en qué y cuánto ha delinquido, y mirando con los ojos del corazón las denegridas imágenes de sus pecados. Semejante alma nada disimula, sino que todo lo juzga, todo lo agrava, todo lo exagera; no se perdona a sí, hecha duro juez contra sí misma. Enojo útil ciertamente y crueldad digna de misericordia, que fácilmente le concilia la divina gracia cuando el alma se llena del celo por la gloria de Dios, aun contra sí misma. Mientras tanto, ¡oh Lázaro!, sal ya afuera, no te detengas más tiempo envuelto en tanto hedor. La carne que huele mal está próxima a la podredumbre, y el que se confunde y quebranta más intensamente de lo que conviene, está cerca de la desesperación. Por tanto, Lázaro, sal afuera. Un abismo llama a otro abismo; el abismo de luz y de misericordia llama al abismo de miseria y tinieblas. Mayor es la bondad de Dios que tu iniquidad, y donde abunda el delito, El hace sobreabundar su gracia. Lázaro, dice Jesús, sal afuera. Como si dijera más claramente: ¿Hasta cuándo te detiene la obscuridad de tu conciencia? ¿Cuánto tiempo te compungirás en tu interior con un corazón pesado? Sal afuera, anda, respira en la luz de mis misericordias. Porque esto es lo que leíste en el profeta: Enfrenaré tu boca con mi alabanza para que no perezcas. Y más explícitamente otro profeta dice de sí: Conturbada está interiormente mi alma, por eso me acordaré de ti.

Mas ¿qué nos da a entender Jesús cuando dice: Quitad la piedra; y casi a continuación: desatadle? ¿Por ventura, después de la visita de la gracia que le trajo el consuelo, cesará de hacer penitencia porque se acercó a él el reino de los cielos, o desechará la enseñanza, dando acaso lugar a que el Señor se enoje, perezca él fuera del camino de la justicia? De ninguna manera haga esto. Quítese la piedra, pero permanezca la penitencia, no ya apremiando y cargando, sino antes corroborando y confirmando la mente vigorosa y robusta, siendo ya su comida lo que antes no sabía hacer, o sea, la voluntad del Señor. Así la disciplina ya no constriñe al que se halla libre, según aquello: No hay puesta ley para los justos, sino que le rige como voluntario y le dirige por el camino de la paz. Acerca de esta resurrección de Lázaro, más claramente canta el profeta: No abandonarás mi alma en el infierno , porque, como me acuerdo haber dicho en el segundo día de esta festividad, es como un infierno y cárcel del alma la conciencia culpable. Ni permitirás que tu santo, es decir, aquel a quien tú mismo santificas, vea la corrupción. Porque está próximo a la corrupción el muerto de cuatro días, que ya comienza a oler mal. Por modo parecido el impío que se ve hundido en el abismo de sus pecados está próximo a hundirse más aún en la corrupción, sin hacer caso de nada; pero prevenido por la voz de la virtud y vivificado por ella, da gracias al Señor diciendo: Me hiciste manifiestos los caminos de la vida y me llenarás de alegría con la vista de tu divino rostro. Porque elevaste mi mente a la contemplación de ti mismo y sacaste del infierno mi alma cuando se congojaba sobre mí mi espíritu, mirando el semblante demasiado abominable de la conciencia propia. Clamó Jesús, dice el evangelista, con grande voz: Lázaro, sal afuera, con grande voz, ciertamente, no tanto elevada en el sonido cuanto magnífica en la piedad y virtud.

(DE LOS CUATRO DÍAS DE LÁZARO. ELOGIOS DE LA VIRGEN 2-4)

 

 

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